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martes, 20 de enero de 2026

"NO ENSEÑAR AL QUE NO SABE". Antonio Muñoz Molina, El País

FRAN PULIDO
Los buenos profesores sufren el descrédito, la postergación y el asedio porque son una barrera, casi la última, contra el triunfo de la ignorancia y la barbarie

Cabe la triste posibilidad de que la educación, en España, no le importe a nadie, salvo a algunos profesores no vencidos por el desaliento ni aquejados en exceso por las oscuridades depresivas, a algunos alumnos y alumnas misteriosamente poseídos por el deseo de aprender, a algunos padres y madres de convicciones humanistas, y a unos cuantos ilustrados sueltos que siguen sosteniendo la extraña convicción de que el saber es un ingrediente de la libertad y también de la dicha. Son ilusos convencidos de que el ser humano, para alcanzar la plenitud de sus facultades, necesita un aprendizaje en ocasiones arduo que le ayude a comprender racionalmente el mundo, a reconocerse en la humanidad de los otros, a situarse en el espacio gracias a la geografía y en el tiempo gracias a la historia. Sin tal aprendizaje no hay posibilidad alguna de distinguir entre las cosas ciertas y los embustes, entre la astronomía y la astrología, entre la evidencia fiable y la propaganda religiosa o política, entre la justicia y la injusticia, la democracia y la tiranía.

No nacemos de la nada ni somos los primeros ni los únicos en el mundo. Desde que salimos de nuestra deliciosa condición prenatal y submarina empezamos a aprender, porque nuestro equipaje genético no nos provee con la mayor parte de las capacidades que otros animales ya tienen al nacer. Aprendemos por nosotros mismos, y aprendemos de los adultos y los niños que nos rodean, y sin los cuales nuestro aprendizaje quedaría malogrado y nuestras posibilidades de sobrevivir serían irrisorias. La mayor parte de las cosas un ser humano no las aprende solo: ni a caminar, ni a hablar, ni a leer ni a escribir. Y quien nos enseña no es el transmisor mecánico de un conocimiento, o de una destreza, o de una pantalla. Aprendes de quien amas y te ama. Después del padre y la madre, el buen maestro te enseña no solo porque sabe las cosas que necesitas aprender, sino porque pone un fervor cordial en esa transmisión, sea en una escuela de párvulos o en un aula de Instituto.

Las religiones, las ideologías racistas, las tradiciones sagradas, dividen a los seres humanos en jerarquías según ellos innatas: los hombres por encima de las mujeres, los nobles de los plebeyos, los fieles de los infieles, los ricos de los pobres, los blancos de los negros. La convicción ilustrada es que todos los seres humanos, tan diferentes entre sí en inclinaciones y caracteres, poseen una misma dignidad y un conjunto de capacidades que no están marcadas por el origen, sino que se descubren y se van desarrollando través de la buena salud y la enseñanza sólida e igualitaria. Solo así se puede lograr que cada uno y cada una den lo mejor de sí, al ejercer destrezas y formas de talento científico, técnico o creativo que de otro modo se habrían frustrado, y por lo tanto habrían empobrecido la propia vida y a la comunidad.

Estos principios tan simples no le importan a nadie, o casi. En el cochambroso gallinero del Parlamento no se oye ni una sola palabra sobre la educación, una vez que cada nuevo gobierno ha derogado la nueva ley que promulgó el anterior. Cuando entrevistan en la televisión al presidente del Gobierno llegan incluso a preguntarle por el fútbol, pero nunca sobre la enseñanza, ni él se acuerda de mencionarla. Acaba de dimitir una ministra de Educación a la que durante varios años hemos visto hablar de casi todo, salvo de los asuntos propios de su ministerio. A un gran número de padres y madres tampoco parece que les preocupe la educación de sus hijos: tan solo que el profesorado se dé cuenta de lo especiales que son sus criaturas, o de que obtengan las credenciales suficientes para hacerse ricos cuanto antes, lo cual, como todo el mundo sabe, se consigue en instituciones religiosas privadas. Lo que le importa a las consejerías llamadas de Educación, en las comunidades gobernadas por la derecha, es demoler cuanto antes la enseñanza pública, a fin de beneficiar a la privada y a la santa Iglesia. Las quejas de los profesores, según informaba Ignacio Zafra hace unos días en estas páginas, son muy parecidas en todas partes, y nos las cuentan los amigos que se dedican al oficio: en las aulas de los centros públicos hay grupos hasta de cuarenta alumnos, lo cual no solo impide la célebre “atención personalizada”, por decirlo en el lenguaje entre psicopedagógico y empresarial que se ha impuesto, sino cualquier tipo de enseñanza verdadera.

Una luminaria internacional del saber educativo, Andreas Schleichen, director de Educación de la OCDE, declaró hace unos años en este mismo periódico, en el curso de una visita auspiciada por nuestro Gobierno socialista, que una ratio de treinta o cuarenta alumnos por clase no tenía efectos perjudiciales sobre el aprendizaje. Lástima que eso no lo supieran los educadores españoles, que han de enfrentarse a esos grupos tan numerosos bajo una sombra que también es una queja universal entre ellos: el descrédito de la figura del profesor y la falta de respeto a su trabajo, compartida por los alumnos y por sus familias, y alentada por las autoridades académicas, y por esa corriente universal de desprecio al saber que viene de la mano del ascenso de la extrema derecha y el poder de las compañías tecnológicas. El profesor, la profesora, es de antemano culpable de una acusación contra él, incluso tras una agresión física. Y si los resultados académicos —puramente cualitativos— no son todo lo favorables que las estadísticas exigen, y con las que los cargos políticos aspiran a condecorarse, la culpa no será nunca de la falta de medios, de las aulas pequeñas y mal habilitadas, del exceso de alumnos, del desinterés de los padres, de la carga burocrática insufrible que la administración impone a los profesores: son ellos los culpables, por no adaptarse a las metodologías modernas, por su cabezonería en seguir creyendo en la importancia del conocimiento, y en el valor de transmitirlo con el entusiasmo necesario para que sea fértil. Un profesor extraordinario al que conozco bien, que enseña con éxito literatura en el instituto de un barrio popular de Madrid, me explica que todas estas aberraciones, tristemente abrazadas por la izquierda, tienen su origen en un informe sobre la educación del porvenir que la OCDE solicitó a la consultora McKinley. Sus conclusiones se resumían en dos puntos igual de aterradores: la escuela tenía que educar en el liderazgo para la innovación; y no tenía que promover el conocimiento, sino las “competencias”. Un programa, me dice este amigo, a la medida de un neocapitalismo de pillaje.

¿Qué competencias pueden enseñarse separándolas de ese conocimiento que tanto les desagrada a todos? ¿Pueden la creatividad o el sentido crítico ejercerse sin una formación verdadera? El conocimiento no se transmite mecánicamente, como la información que uno copia de la inteligencia artificial. La principal arma de supervivencia y progreso de los seres humanos fue la capacidad de preservar y transmitir las experiencias adquiridas gracias primero a la palabra y luego además a la escritura. Los buenos profesores sufren el descrédito, la postergación y el asedio porque son una barrera, casi la última, contra el triunfo de la ignorancia y la barbarie, de la amnesia colectiva y el cinismo insidioso para el que todo da igual, salvo la ansiosa satisfacción de cualquier capricho instantáneo. Nos quieren ignorantes, groseros, sectarios, ansiosos, apoltronados, narcisistas, aislados cada uno en su paraíso virtual, insolentes y mansos en nuestro aborregamiento colectivo. En la Guerra Civil, los fascistas españoles tenían predilección por fusilar maestros. Ahora se trata de volverlos irrelevantes, de despojarlos de su dignidad y de los medios necesarios para su trabajo hasta que claudiquen y se rindan, o esperen desmoralizados a jubilarse.

domingo, 10 de agosto de 2025

"IDEOLOGÍA EN LAS AULAS". PILAR MERA, El País 03 AGO 2025

Si trabajar sobre un contenido implica adoctrinar en él, ¿estudiar las cuevas de Altamira fomenta las cavernas como solución al problema de la vivienda?

Cada vez me gusta más participar en cursos de verano. Son actividades científicas a las que te invitan para hablar de temas a los que dedicas o has dedicado mucho tiempo y muchas ganas. Compartirlos con estudiantes los convierte en una de esas magníficas ocasiones donde nuestras dos almas, la docente y la investigadora, trabajan mano a mano. Y lo hacen en forma de reto. Contar tu investigación a un estudiante obliga a aterrizar las ideas, a acercar tus análisis, tus fuentes y tus argumentos a alguien con interés en lo que vas a contar, pero que desconoce los tecnicismos y el entramado teórico que sustenta tu trabajo. Eso implica encontrar el lenguaje y la manera de llegar, sin perder un ápice de rigurosidad en el contenido. Contarlo bien y contarlo bonito. Enseñar y enganchar. A esto se añade el coincidir con un pequeño número de colegas que trabajan temas próximos y te dan la oportunidad de pensar y repensar. Con suerte, compartes largas conversaciones, de esas que ensanchan la mente y reconfortan el corazón. ¿Puede haber algo mejor?

Asimilando aún las buenas sensaciones de La raíz rota, nuestro curso de este año en el aula de Vigo del centro asociado de UNED Pontevedra, choqué incrédula con la noticia de que la Generalitat de Carlos Mazón había vetado un curso de verano de la Universitat de València. No lo había prohibido (ya sería el colmo recuperar la censura educativa), sino vetado como curso de formación para el profesorado de secundaria. Es decir: a pesar de ser un curso acordado con el Cefire, el Servicio de Formación del Profesorado, de repente dejó de estar homologado. O lo que es lo mismo, cualquier profesora o profesor que haya seguido esta actividad no podrá sumarla como mérito a su currículum.

Lo peor de esta historia llegó con la sonora excusa de la Consejería de Educación para justificar su veto: “La ideología debe estar fuera de las aulas”. Una se imagina con una frase así que el contenido del curso va de cómo lavar el cerebro adolescente a favor de una ideología partidista, en el mejor de los casos, o de derribar la democracia y sus consensos, en el peor. Pero resulta que era un curso sobre el antifascismo en la historia, organizado por el Departamento de Historia Moderna y Contemporánea y con una nómina de ponentes llena de profesionales de prestigio consolidado, como Hugo García, Sandra Souto, Assumpta Castillo, Laura Branciforte o el coordinador, Aurelio Martí.

Ante la frase de la consejería, se me plantean dos interrogantes. El primero es si trabajar sobre un contenido implica adoctrinar en él. ¿Debemos entender entonces que estudiar las cuevas de Altamira busca fomentar la supervivencia en las cavernas como solución al problema de la vivienda? ¿Quieren los organizadores de otro curso homologado por el Cefire y centrado en los enfoques pedagógicos para la enseñanza del sufrimiento en la historia crear una generación de torturadores y máquinas de matar? Las preguntas absurdas se responden por sí solas.

La segunda cuestión es si realmente la ideología está fuera de las aulas y, más aún, si debe estarlo. Y qué ideología. ¿No son los valores democráticos y constitucionales un sistema ideológico? ¿Y los derechos humanos? ¿De verdad queremos erradicar su estudio o, por el contrario, consideramos que es necesario reforzar la pedagogía democrática y la defensa de que aquellos valores que asumimos como pilares de nuestra sociedad y nuestra convivencia? ¿A qué demócrata le puede parecer mal que la educación forme ciudadanas y ciudadanos?Cierto es que en 2007 ya escuchamos que enseñar Educación para la Ciudadanía era “colaborar con el mal” y vimos al Gobierno autonómico valenciano, como al de Madrid, boicotear con orgullo la asignatura, promoviendo incluso la objeción a cursarla pese a ser obligatoria. Veinte años después, se mantiene el mismo discurso antisistema, aunque ahora lo llaman concordia.

domingo, 29 de junio de 2025

"NADIE QUIERE A LOS FILÓSOFOS". La sociedad debería convertir el pensamiento y la literatura en grandes aliados del progreso. Jordi Llovet. (El País 24 ABR 2016)

La crisis por la que atraviesan los estudios de humanidades no solo en España, sino en el mundo entero, era perfectamente previsible desde los albores de la revolución industrial. Lo que se fundó en la Grecia clásica —el amor por el saber— y se mantuvo en Roma —la alabanza del ocio y el menosprecio del negocio—; aquello que las órdenes monásticas conservaron durante la Edad Media; aquello que resurgió con una insólita pujanza durante el Renacimiento europeo, luego durante la Ilustración y en buena medida en las universidades del siglo XIX siguiendo el ejemplo de la reforma universitaria de Humboldt en Berlín, todo eso empezó a librar ya a mediados de ese mismo siglo una batalla muy dura contra un enemigo de potencia no solo no prevista, sino también incalculable. El hombre de estudio, la mujer de artes o letras, vieron, a lo largo del gran siglo de la burguesía y de todo el siglo XX cómo la legitimidad de su quehacer quedaba mermada y amenazada a causa del desarrollo de la ciencia, la industria, el comercio y la técnica.

En 1872, Flaubert lamentaba el desequilibrio que un nuevo plan de estudios para el bachillerato en Francia exhibía entre algo tan elemental como el deporte —que ya no tenía en Europa el destino agónico que había tenido en Grecia o Roma— y la enseñanza de la literatura, de la que apenas se hablaba. Con mayor énfasis, escribió lo siguiente sobre el mismo asunto: "Estoy asustado, aterrorizado, escandalizado por las gilipolleces cardinales que gobiernan a los seres humanos. Eso es algo nuevo; por lo menos en el grado en que se produce. Las ganas de alcanzar el éxito, la necesidad de triunfar a toda costa —debido al provecho económico que se obtiene— le ha minado a la literatura la moral hasta tal punto que la gente se está volviendo idiota".

Él, como tantos otros autores que empezaron entonces a reflexionar sobre el descrédito progresivo de las humanidades, no poseía distancia suficiente respecto a las causas de tal descalabro. Hoy sí la tenemos. Al auge del comercio, las ciencias, la industria y la técnica, hay que sumarle, en los últimos 30 años por lo menos, un nuevo factor, imprevisible hace un siglo y medio: el auge de las nuevas tecnologías. Los filósofos que heredaron la preocupación por este asunto a la sombra de Heidegger o de Jaspers no parecieron alarmarse cuando el fenómeno de esas brillantes tecnologías y los ingenios digitales irrumpieron progresivamente en la vida cotidiana de todo el orbe. La inocencia con la que se recibió ese alarde del progreso técnico-científico se ha transformado, ya en nuestros días, en una preocupación —solo para algunos, este es el problema—, sin que se atisbe la posibilidad de alcanzar alguna solución. Estamos ya, propiamente, en lo que ha venido en denominarse la era poshumana, en el bien entendido que nos hallamos en la era en la que el ente, el ser, no es más que un flatus vocis: una nadería nostálgica, un recuerdo de tiempos pasados en los que filosofía, religión, moral y estética otorgaban a esa palabra un valor casi tan alto como el que se otorgaba a Dios o a la muerte.

Esto nos lleva a analizar otros factores, no menudos, del descrédito de las humanidades en las universidades de España y de casi todo el mundo: la religión ha perdido adeptos en todas partes, y con ella han desaparecido los referentes trascendentales que actuaban, con sordina pero con eficacia, en todas las sociedades y sus cultos; los nuevos estilos musicales, de los que los jóvenes no pueden prescindir en sus momentos de ocio, han venido a suplantar el carácter órfico —y por ello, sagrado— de la mal denominada música clásica; el uso universal de los teléfonos llamados inteligentes rebajan sin pausa la inteligencia de aquellos que podrían dedicar su ocio a cualquier otro tipo de actividad y destierran la conversación, además de haber provocado la desaparición de las áreas de privacidad que tanto convienen al ser que piensa y actúa mediatamente; el subsiguiente descrédito de la lectura anula la posibilidad de que exista algo así como un imaginario subjetivo, en beneficio del llamado imaginario colectivo, que viene a ser lo mismo que la aceptación sumisa de la opinión común —todo lo contrario de la operación de discurrir en primera persona—, asumida esta sin el menor atisbo de crítica; el mercado laboral lo es de profesiones consideradas productivas y necesarias, y apenas de las profesiones en las que el saber humanístico podría multiplicarse y difundirse, como es el caso de la educación —hoy vencida y desarmada en España— a todos sus niveles.

No podemos tener la certeza de que tal estado de cosas vaya a cambiar en favor de un lugar honroso para las humanidades. Seguirá habiendo filólogos, artistas, historiadores y filósofos; seguirá habiendo escritores y lectores; algunos centros urbanos de difusión cultural seguirán abiertos y más o menos activos, pero todo lo que se relacione con el ser y sus problemas fundamentales parecerá superfluo, en estado de letargia y, en el mejor de los casos, será escenario de heroísmo para renitentes.

A esta cuestión queríamos llegar. Los planes de estudio de las facultades universitarias de humanidades irán a peor, en favor de las banalidades que ha generado la era de lo llamado políticamente correcto: una alquimia en la que se funden los feminismos y homosexualismos más insolventes con los estudios coloniales más improductivos y las ridiculeces más espantosas como métodos de análisis y crítica del saber humanístico heredado. Pero toda persona vinculada a la enseñanza de las humanidades puede, si no modificar esas tendencias disolventes de las litterae humaniores, sí otorgar a sus actividades un trasfondo y un alcance que minen hasta los cimientos esos falsos edificios del saber. A nuestro juicio, no hay más solución para las facultades humanísticas que implicarlas en la vida cotidiana de la polis, o sea, convertir las humanidades en la punta de lanza de una restauración de la política —que es como actuar en beneficio de la ciudadanía en aquello en lo que ni las ciencias ni las técnicas pueden hacer mucho—; transformar todas las escenas del saber humanístico en el gran aliado del progreso espiritual de una nación y de sus ciudadanos. Por ejemplo, enviar a los estudiantes de los últimos cursos a comentar las grandes o menos grandes obras de la literatura universal en las bibliotecas públicas; no obligar a los profesores a hacer gestión académica, algo que los convierte en burócratas, sino agitación cultural más allá de sus muros; convertir a profesores y alumnos avanzados en asesores de centros de creación y difusión de la cultura; mandar a todos ellos a los diarios del país para favorecer un periodismo de mayor alcance cultural; invitar a cualquier empresario del mundo de la técnica, la informática, los negocios, y lo que sea, a contratar antes a un graduado que, siéndolo en la profesión adecuada y pertinente, lo sea también en cualquier rama de las humanidades, como ya sucede en Estados Unidos, para satisfacción incluso del rendimiento de sus empresas. Porque no es factible suponer que unos buenos estudios de humanidades (como todavía pueden cursarse en escasos centros universitarios del mundo entero, pues casi todos han quedado arruinados por el efecto de metodologías "seculares") resulten suficientes para obtener legitimidad en las sociedades actuales si no salen de las cuatro paredes de los centros universitarios.

Su papel tendrá que ser, en el futuro, el de una rigurosa resistencia, el de un profundo conocimiento del pasado, el de la transmisión eficaz de ese saber antiguo en provecho del futuro antes de que todo el mundo caiga en la "amnesia institucionalizada" de que ha hablado George Steiner. Pero, sobre todo, si los profesionales de las humanidades quieren por una vez actuar con sentido común y eficacia, su papel habrá de ser el de garantes de la permeabilidad entre las instituciones sabias a las que pertenecen y el progreso de la sabiduría, la democracia y la dignidad del ser entre los ciudadanos de un país entero.

Jordi Llovet es catedrático de Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona.

jueves, 20 de marzo de 2025

"INQUIETANTES PANDILLAS DE ADOCTRINADAS". María Iglesias, elDiario.es 14 MAR 2025

Grupo de alumnos del colegio concertado Aixa-Llaüt,
de Palma de Mallorca, haciendo el saludo fascista
en la imagen que compartieron en sus redes sociales.

Llueve con ganas en España estas semanas. El pasado sábado, las feministas tuvimos que desafiar al temporal para reivindicar la igualdad y conjurarnos frente a la amenaza de retrocesos fascista. Yo me coloqué una gabardina color buganvilla, ya sabéis, entre fucsia y morado, y unas katiuskas muy chulas, con estampado de viñetas de comic en esos tonos. Prendas para el agua compradas en Cantabria en esos veranos en que vuelvo a las raíces como tantos jándalos. Esa noche, tras la manifestación y el tapeo con amigas, las botas propiciaron un encuentro inquietante. Revelador de peligros que afrontamos como sociedad y que no se resuelven con los rearmes bélicos a los que nos empujan, sino intelectuales y cívicos.

Dos de las amigas íbamos hasta Puerta Jerez antes de coger cada cual a su barrio cuando cuatro, seis, ocho chavalas adolescentes se nos fueron plantando delante gritando: “¿De dónde son las botas?”, “¡Son ideales!”, “¿Dónde las has comprado?”, “¡Las queremos iguales!”. Me hizo gracia porque preguntaban admiradas como ante lujos de las pasarelas de Nueva York o París cuando son de Calzados Cristi en el pueblo montañés de Unqueras, de unos mil habitantes, y lo son gracias al buen gusto de la dueña de la zapatería que las compró a un estiloso proveedor italiano que al poco se esfumó. Les di los datos, divertida. Creyendo que les importaban. Mi amiga y yo nos reímos, halagadas de que algo de nuestro cuarentón estilo juvenil pudiera molarle a esa pandilla de catorceañeras. Entonces la más alta y resuelta, la cabecilla, centró el tiro:

“¿Sois feministas?” En ese instante se les unieron cuatro, seis, ocho varones. Hubo miradas y risitas cómplices. Entre todos eran más de doce, quizá hasta dieciocho. Me fijé en su look homogeneizado. Eran de colegio privado, aunque no llevaran su uniforme. «¿Sois feministas?», repitió ansiosa la lidercilla. Recordé el reciente ataque, aquí en Sevilla, otro sábado, también a una hora temprana de la noche, perpetrado por un grupo de adolescentes contra dos hombres de nuestra edad a quienes antes preguntaron “¿Sois maricones?”. Recordé también la inspiradora frase de Chillida sobre los terribles años de la amenaza etarra: “Hay que mantener la dignidad siempre un punto por encima del miedo”. Asumí contestar:

–Claro que lo somos. ¿Y vosotras?

–Yo no –respondió la líder y todas la secundaron.

–¿Ah, no? Entonces, ¿aceptaríais necesitar el permiso de cualquiera de estos para viajar, estudiar, trabajar, alquilar o comprar piso, tener una cuenta de banco...?

–Yo es que no soy feminista porque soy de Jesucristo.

–Puedes ser ambas cosas. Y como cristiana te encantará la defensa de los derechos de inmigrantes de las monjas vedrunas de Ceuta y los curas del Servicio Jesuita a Migrantes, ¿verdad?

–¿Ceuta? Pfff… –risitas despectivas.

–Sí, una ciudad española muy interesante. Deberíais ir. Yo trabajo temas de migración, como periodista y...

–¿Periodista? Pfff… –más guasa compartida–. Y ¿qué pensáis de Podemos? –vuelve la portavoz a la carga.

–¿Y de Vox? –subió la provocación uno de los chavales, de aspecto infantil no amedrentador.

–¿Qué pensáis vosotros?

Tardan en contestar, aunque sus miradas hablan.

–Yo os respondo sin problemas –les digo–. Yo soy de izquierdas. Pero, por encima de todo soy demócrata. Siempre estaré más de acuerdo con un demócrata de derechas que con un autoritario de izquierdas. En la sociedad, como en las familias, no pensamos todos igual y la democracia es el mejor sistema de convivir sin violencia. En paz y libertad. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 3 de febrero de 2025

"PROFES: EL OBJETIVO PRINCIPAL DEL NUEVO FASCISMO". Antonio Maestre, elDiario.es 02/02/2025

Independientemente de quién gestione la educación en cada comunidad autónoma, la presión ejercida a través de la opinión pública, los alumnos ideologizados, influidos por familias reaccionarias y el contenido de redes sociales, y la presión de los partidos filofascistas hacen pensar que el tiempo que espera al personal docente será duro

No es un ejercicio retórico el que planteo. El profesorado, sobre todo de izquierdas, incluso aquel que sin sentirse de izquierdas cree en el respeto de los derechos humanos y se dedica solamente a enseñar lo que tiene que enseñar, está en peligro porque es uno de los principales objetivos de la contrarrevolución reaccionaria en la que nos vemos inmersos.

El vicepresidente de los EEUU, J.D. Vance, no disimuló al plantear sus objetivos cuando en una conferencia de los conservadores a nivel internacional lo expresó sin paños calientes: “Los profesores son nuestros enemigos”. El discurso versaba sobre cómo a su parecer en la academia predominaban las ideas liberales y progresistas que habría que combatir, y como ahora está haciendo Donald Trump, perseguirlas. Ha comenzado por los funcionarios de justicia que le juzgaron, pero no va a parar.

El nuevo macartismo que está llevando a cabo Donald Trump contra todo aquel que identifique con un fantasma llamado “woke”, que no es más que una manera de etiquetar a quien crea en la diversidad, la igualdad y la justicia social, tiene como objetivo una purga ideológica que le permita homogeneizar las administraciones para llevar a cabo su plan de desdemocratización. En ese plan la educación ocupa un lugar preeminente y para ello el profesorado es su primer dique a tumbar. No tardaremos en ver cómo esas persecuciones pasan de los discursos a los hechos instaurando el miedo y la autocensura para que a nadie se le ocurra enseñar valores de respeto al prójimo y que se le ocurra sancionar a estudiantes que insulten de manera homófoba o inculquen que las personas trans tienen derecho a existir y que su vida importa.

El fascismo nunca ha desaparecido, simplemente adopta máscaras que le permiten adaptarse a su tiempo y conseguir con sus nuevos ropajes introducirse en las mentes de quienes rechazarían sus formas antiguas. Pero las nuevas formas no cambian sus maneras de proceder y siempre elige los mismos objetivos, las mismas herramientas y el mismo modo de operar contra la alteridad y contra aquellos que señala como enemigos. Para lograr todos sus fines es imprescindible acotar la disidencia desde sus orígenes y por eso siempre la educación se encuentra entre sus obsesiones. No hay expresión nueva del fascismo que no señale al profesorado como un elemento a disciplinar.

En España es conocida la obsesión con lo que los fascistas llaman ideología de género, que según su enferma consideración es utilizada para adoctrinar a menores. El pin parental fue la clave de bóveda del principio de actuación de nuestros fascistas patrios para señalar que el profesorado estaba en cuestión y que era preciso establecer una tutela parental sobre el trabajo de los docentes para decirles qué pueden hacer y qué es inaceptable. Lógicamente esas campañas de acoso y derribo contra los docentes tienen concreciones aunque no sean capaces de llevar a cabo hasta el extremo sus políticas. Los alumnos se empapan de lo que ocurre y cualquier elemento que puedan usar para cuestionar la autoridad del profesorado lo usarán en su beneficio generando una sensación de incomodidad permanente en el personal docente que les llevará a la autocensura para no tener problemas en su desempeño laboral.

No va a mejorar la situación. Independientemente de quién gestione administrativamente la educación en cada comunidad autónoma, la presión ejercida a través de la opinión pública, los alumnos ideologizados, influidos por familias reaccionarias y el contenido de redes sociales, y la presión de los partidos filofascistas hacen pensar que el tiempo que espera al personal docente será duro. No podrán defenderse solos y necesitarán que quienes creen que la educación pública es el único camino efectivo para la libertad del individuo se sitúen a su lado y ejerzan sin miedo y con coraje de escudo contra quienes se fajan en solitario para defender desde la base nuestra democracia y los derechos humanos más elementales. Defender hoy al profesor de tus criaturas es asegurar que en el futuro sean independientes y libres, a salvo del odio y la discriminación.

lunes, 9 de enero de 2023

"NO HAY FUTURO SIN MEMORIA: EL MENSAJE PARA LOS JÓVENES SOBRE EL TERRORISMO". Un artículo de Eder García publicado en Crónica Vasca el 2 de enero de 2023

Fantasía e historias reales se unen en la nueva iniciativa del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo para acercar a los más jóvenes a la memoria y la verdad

Un estudio reciente del Gobierno vasco revela que el 78% de los vascos no conoce las políticas de memoria sobre terrorismo, y hasta un 33% aboga por "no remover el pasado". Asimismo, Covite denuncia que los actos de apoyo a ETA se han duplicado en 2022. Estos datos reflejan que gran parte de la ciudadanía desconoce el pasado, o que al menos, no ha recibido una educación basada en la memoria y en los principios de convivencia y democracia.

 Algo falla en una sociedad donde habitualmente numerosas instituciones y asociaciones realizan actos en memoria de las víctimas, ya sean de ETA, del franquismo, de los GAL o de otros episodios violentos que ha sufrido Euskadi en su pasado reciente, y aún así la ciudadanía muestra un nivel de indiferencia tan alto con respecto a este tema.

Es fundamental difundir unos principios democráticos y éticos construidos sobre la defensa de la libertad y de los derechos humanos para construir un compromiso colectivo hacia el reconocimiento y la memoria de las víctimas. Y uno de los lugares más comprometidos en inculcar a la sociedad dichos valores es el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo de Vitoria-Gasteiz, que desde junio de 2021 se ha convertido un espacio de recuerdo y homenaje a aquellos que perdieron la vida por el terrorismo. Además de ETA, los GAL, el Batallón Vasco Español y otros grupos que actuaron en España, el centro también incluye datos sobre diferentes atentados, como el de Las Ramblas de Barcelona o el 11-S de Nueva York.

Este museo, que se acordó con el máximo nivel de consenso parlamentario, busca ser un signo de reconocimiento y respeto con las víctimas de todas las manifestaciones de terrorismo registradas desde el 1 de enero de 1960. Desde esta década más de 50 organizaciones terroristas se han llevado por delante la vida de 1.451 personas.

Uno de los retos de la sociedad en general y del Centro Memorial en particular es acercar a los más jóvenes a la historia reciente de Euskadi para que construyan su relato de la historia. Para ello el museo realiza visitas guiadas a los estudiantes de secundaria de los institutos vascos. Estas visitas se realizan desde que se inauguró el centro, pero en este curso escolar han puesto en marcha una nueva iniciativa con la que pretenden ir más allá a la hora de llamar la atención y desarrollar el pensamiento crítico de los estudiantes: visitas teatralizadas. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 28 de agosto de 2022

"SÍ O NO, EN LIBERTAD". Por Rosa Mª Artal, publicado en elDiario.es el 26 de agosto de 2022

Manifestación en Pamplona
por la puesta en libertad de la manada


Educados en la sumisión, todavía tiene mayor mérito plantar cara y ser libre y autónomo. Cada vez más mujeres en el mundo crecen en la dignidad de ser y no acatar normas atávicas. Es un logro importante el de España esta ley de derechos

Hace unos días, la escritora Marina Perezagua publicó en El País una columna a la que he vuelto varias veces: Permitan que el amor rompa el alma de mi hija, lo tituló. Hablaba de cómo hemos sido educados en la sumisión al punto de –algunos- no notarlo. Son los domadores de animales salvajes quienes llaman “romper el alma” el proceso por el que se “domestica” y somete a las bestias.

En el proyecto de ser educados en la sumisión estamos la mayor parte de los humanos. Y, sin embargo, no por casualidad, pienso, los ejemplos que citaba Marina Perezagua eran los de una hembra orangutana en el Zoológico de Viena y de ella misma, ambas con sus bebés –dice- en los brazos apenas separadas por un cristal. La madre simia se acercó como a mostrarle orgullosa a su cría. Le iba a ir peor con toda probabilidad.

Si la tribuna me enganchó fue por el final en rebeldía de la madre humana, de Marina: “Mi hija aún no entiende, pero yo pronuncio para ella paria, insurrecta, desobediente. Yo escupo vino a las órdenes y guerras de mi patrón. (…) Intentaré que el amor sea lo único que te rompa el alma”. Hasta eso asumimos. A ellos también se les rompe sin duda, pero, en general, menos. Se recompone antes, quizás. Suele recomponerse en la mayoría de los casos.

El Ministerio de Igualdad que dirige Irene Montero ha sacado adelante la conocida como Ley del 'solo sí es sí' (Ley de Garantía Integral de Libertad Sexual) que cambia radicalmente el concepto de juzgar la violencia sexual. El consentimiento pasa a ser reforzado e imprescindible y desaparece la figura del abuso, que se cambia por agresión. Los últimos años se han recrudecido este tipo de delitos al ritmo que lo hacía el machismo y las ideologías ultras. Las violaciones “en manada” y algunas sentencias escandalosas mostraron la imperiosa necesidad de actuar.

Irene Montero es atacada sistemáticamente. La delincuencia mediática la expuso hasta con las ecografías de su embarazo en una foto robada por un sicario cualquiera de estos medios, y las embestidas casi diarias en redes y publicaciones no han cesado. Parece la Enemiga número 1 del machismo en sus diversas modalidades y de ciertos sectores del feminismo. Nunca se amilana, no es un producto del adiestramiento en la sumisión. CONTINUAR LEYENDO


sábado, 27 de agosto de 2022

"PERMITAN QUE EL AMOR ROMPA EL ALMA DE MI HIJA". Marina Perezagua, 13/Ago/2022, El País

EVA VÁZQUEZ

Los domadores de animales salvajes conocen como “romper el alma” el proceso de sumisión de las bestias por el cual se logra que una foca aplauda o un elefante haga estupideces propias sólo de un humano. Es curioso que, a pesar de las evidencias del daño físico que conlleva esta cruenta metamorfosis (heridas abiertas, espaldas quebradas, mutilaciones), en este caso no utilicen un eufemismo, sino que llamen a las cosas por su nombre: romper el alma, una de las expresiones tópicas pero efectivas que se suelen utilizar cuando nuestro primer amor nos hace daño: me ha roto el alma. Pero qué ingenuos somos. Eso no es posible, porque antes de llegar a la adolescencia ya tenemos el alma rota, con una diferencia: nos han vendido su fractura como educación, ahorro, sentido cívico. Todos hemos sido criados desde niños en la ficción de que nuestra educación está diseñada para cimentar el ejercicio de una mayor libertad, de la que podremos gozar cuando seamos adultos. Lógicamente, esto no puede ocurrir, porque ejercitamos una instrumentalización orientada a la producción y que está absolutamente arraigada en las identidades y entidades que nos conforman, desde la escuela hasta los medios de comunicación que fijan estas estructuras defectuosas en las masas. De igual manera que no existe un pegamento que una los pedazos del elefante roto aunque sea liberado, vivimos en un chantaje prometedor de futuro hacia el niño, una transformación irreversible que pasa por un proceso encubierto de doma y mansedumbre, un sistema que por desgracia no permite que sea el amor el primer sentimiento que llegue a rompernos el alma, de frente, sin artificio, sin opacar la transparencia de ese dolor.

Estoy sentada en un banco del zoológico más antiguo del mundo. Fue fundado en 1752 como casa de fieras imperial del palacio de Schönbrunn en Viena. Hace años solía resistirme a entrar en cualquier zoológico, pero teniendo en cuenta que cualquiera de nosotros ha llegado a conocer la extinción total de diversas especies, oponerse a los zoológicos me parece un gesto escénico. Escribo esto sobre la estela de una emoción intensa que he vivido hace escasos minutos, frente al recinto acristalado de los orangutanes. Al fondo había un orangután que, al darse la vuelta, resultó ser hembra, y que sostenía a su bebé tal como en ese momento yo sostenía a mi hija de seis meses. Se fue acercando lentamente, hasta que lo único que se interponía ya entre nuestro olfato y nuestro olor era el cristal. Nos observaba mientras acariciaba la cabeza diminuta, con mechones dispersos y anaranjados de su cría, que con los ojos negros muy abiertos miraba a su madre de esa forma paradójica que contiene la mirada de los bebés: con más admiración que pensamiento. Cada vez se acercaban más personas que querían asistir a lo que parecía ser un insólito gesto de presentación por parte de la madre orangután. A pesar de la emoción que me provocó esa suerte de comunicación entre ella y yo, dos especies distintas de primates, sé que mi experiencia no ha sido única. Por las redes circulan vídeos con escenas similares. Otras madres han sido testigos de esta interacción por parte de grandes primates que se acercan para mostrar orgullosas a su bebé e interesarse por ese otro bebé que se encuentra al otro lado del encierro, con una mirada que no resulta más inteligente, una ternura que no resulta más humana.

Esto me lleva a recordar un episodio que viví en mis años de doctorado: conocí a un chico con el que me gustaba hablar, era inteligente, me divertía. Mi interés se transformó en repulsión en el momento en que me contó sobre su nuevo trabajo: le pagaban por criar, jugar, mimar y ganarse la confianza de las crías de chimpancé que llegaban al laboratorio de la universidad, de modo que, cuando hiciera falta realizar un nuevo experimento, él les tendiera la mano y ellos, confiados por el cariño programado y asesino, marcharan sin rechistar hacia la experimentación con su cuerpo. Esta persona utilizó palabras muy similares a estas, que recuerdo con precisión por el impacto que me causó su frialdad: “Confían en mí y vienen sin rechistar”. En otras palabras, esta persona se encargaba de eso que los domadores conocen como “romper el alma”, sólo en que en su caso la sumisión no llevaba al animal a hacer equilibrios sobre una pelota o a tocar una trompeta, sino a entregar sus córneas o partes de sus órganos.

Me repugnaba la figura del protector, del padre, como medio hacia la traición y la tortura. Entonces pienso en el cuento de Leopoldo Lugones en el que el narrador describe los experimentos que realizó con un mono que había comprado en el saldo de un circo arruinado, a quien llamó Yzur. Los experimentos se fundamentaban en una leyenda de la isla de Java que aseguraba que el hecho de que los monos no hablen no se debe a una incapacidad fisiológica o de inteligencia. Aludiendo a que no hay ninguna evidencia científica para que el mono no hable, la conclusión es que los monos no hablan para que no les hagan trabajar. A partir de esta creencia, el nuevo dueño del mono comenzará a torturarle gradualmente para intentar sacarle las palabras.

Si lo pienso, el trabajo de aquel chico de mi universidad y las acciones del dueño de Yzur no son tan extraordinarios en su crueldad como podría parecerme. Como a estas crías de chimpancé, todos hemos sido educados en la sumisión. Y nos han sometido con tal destreza que se trata de una sumisión que, en el caso de que lleguemos a descubrir, no estaremos dispuestos a enfrentar, porque para entonces ya no seremos capaces de renunciar a los mecanismos de sometimiento, que en muchos casos incluyen ciertas comodidades de las que no queremos prescindir. En los últimos años todos hemos podido sentir la fragilidad de la libertad individual, esa sensación de paz inestable, tornadiza, que antes sólo atribuíamos a países de políticas conflictivas, pero no creo que tengamos menos libertades que antes; es sólo que la pedagogía de la sumisión se ha hecho más evidente, aunque sigue sin importar. Esa es la tortura asumida. Antes de que el amor nos rompa el alma, el Estado ya lo hizo, no una, sino mil veces, todas ellas a traición, pero en el nombre del padre, del hijo, del educador.

¿Cómo mitigar para mi hija siquiera parte de esa pedagogía de la sumisión? Tal vez no deba contarle que yo misma he cometido delitos de los que no me arrepiento. ¿Le digo lo que de verdad pienso para que a base de quejarse corra el riesgo de terminar siendo lo que se conoce como una inadaptada social? ¿O la engaño enseñándole respeto y obediencia a la idiotez de ciertas autoridades para que acabe bailando al ritmo del organillo ciudadano? Aún no lo sé. Pero no creo poder inculcarle el don de la ceguera, porque no lo tengo.

Los experimentos con Yzur terminan con su muerte, pero en los últimos minutos de su agonía el chimpancé logra murmurar sus primeras y últimas palabras:

“AMO, AGUA, AMO, MI AMO”.

Estas palabras, no por azar, son de necesidad y sumisión.

Mi hija aún no entiende, pero yo pronuncio para ella paria, insurrecta, desobediente. Yo escupo vino a las órdenes y guerras de mi patrón. Yo le digo:

“Respetaremos el silencio de los monos que no quieren trabajar”.

Intentaré que el amor sea lo único que te rompa el alma.






viernes, 10 de junio de 2022

"PÁNICO EN LA ESCUELA. CÓMO "ABC" CARGA CONTRA LA EDUCACIÓN". Daniel Bernabé, infoLibre.es, 31 de mayo de 2022

Este pasado domingo 29 de mayo, Abc pasó de diario decano del conservadurismo a convertirse en alarma antiaérea que alertaba a sus lectores del mal inminente que se cernía sobre sus cabezas. “El credo sanchista asalta los libros de texto del próximo curso”, se leía en el único titular de portada, acompañado de un montaje con extractos de libros escolares que referían a temas como la eutanasia, el ecologismo o la inmigración. Las páginas centrales del periódico incidían en el apocalípsis, en este caso según Josefina G. Steggman, que ampliaba los males a la memoria democrática o la monarquía. Por último, el editorial, “Caudillismo en la enseñanza”, dejaba pocas dudas sobre la amenaza:

“Nunca hasta ahora un Gobierno había introducido en la enseñanza tanta propaganda oficial, tanta autocomplacencia y tanto adoctrinamiento. Y sin sutilezas. Es sanchismo a borbotones para los niños y jóvenes. Y sin sutilezas [...] Nada escapa al divismo de Sánchez y su gestión de Gobierno como eje esencial [...] Nadie hizo tan poco por la educación. Y nunca ningún presidente en democracia incurrió en este ejercicio de abuso escolar, de ventajismo político y de perversión educativa [...] un eslabón más para el secuestro intelectual de la sociedad [...] caudillismo de diseño”.

Sin sutilezas, efectivamente, nos encontramos con uno de esos ejercicios de alarmismo que, cada vez que gobierna la izquierda, surgen en torno a la educación con la palabra “adoctrinamiento” como fetiche absoluto. Uno que convendría analizar para ver no sólo que lo que se avecina sobre la educación es otro curso más, no la revolución cultural maoista, sino para entender que la enseñanza, para la derecha, es tanto herramienta de división de clases, en el terreno de lo real, como ariete ideológico dentro de sus guerras culturales.

En primer lugar hay que destacar que todo este incendio de adjetivos y exageraciones se produce sin que los libros de texto finales hayan sido aún ni siquiera comercializados, estando tan sólo en su fase de ediciones no venales dentro del propio sector editorial y educativo. Algo que parece resultar indiferente para la construcción del relato y que el propio periódico reconoce de soslayo al afirmar que la ley educativa está aterrizando en los “borradores”. Abc monta este teatro de marionetas al borde de un ataque de nervios sobre los movimientos que las editoriales lanzan a finales del curso, unas que recogen pequeños adelantos de las obras finalizadas con el objetivo de situar comercialmente sus materiales entre el profesorado.

Lo que resulta aún más llamativo es que este número especial de pánico en la escuela, que Abc llevó a los kioskos el domingo, saliera tan sólo unos días después de que en Twitter cuentas de ultraderecha la emprendieran contra uno de estos manuales de filosofía. Varios de los ejemplos señalados por el periódico coinciden exactamente con los expuestos en redes sociales, dedicando el rotativo un aparte en su reportaje contra uno de los autores del mismo manual, en el que, al más puro estilo caza de brujas, rescatan un tuit del año 2015 para averiguar sus simpatías electorales. Dejando a un lado el proceder macartista de los herederos de Luca de Tena, la imagen de postración del periodismo conservador al demencial ambiente digital de los ultras es tan triste como significativa.

Sin realizar el mismo ejercicio abyecto de indagar en la vidas de los demás por todo argumento para desacreditar su trabajo, cabe destacar que la cuenta de Twitter de la redactora de la información de las páginas centrales, Josefina G. Steggman, muestra como imagen de cabecera una foto suya con el Papa Francisco. El propio pontífice, según Vatican News, rechaza “una educación que se reduce a la transmisión de conceptos, [una] pedagogía desconectada de la realidad que desconoce el valor de las experiencias, la diversidad y el diálogo”, es decir, una visión inversa de los males que la propia periodista destaca en su escrito. Estos manuales contienen, además de los contenidos curriculares de siempre, pequeños apartados con temas de actualidad reconocibles por los jóvenes para captar su atención, una tendencia que cualquiera que conozca el ámbito editorial-educativo sabe que es generalizada antes de la propia ley Celaá.

El Mundo se sumaba a la hoguera inquisitorial el lunes 30 de mayo alertando de que los “profesores denuncian que los manuales escolares ‘infantilizan’ a los alumnos y reproducen toda la ideología del Gobierno”, además de que sus “portadas imitan carteles de festivales de rock”: terrible, sobre todo teniendo en cuenta que a los chavales no hay dios que les saque del perreo. Seamos mínimamente serios: este no es un debate en torno a los contenidos de los manuales, a su profundidad intelectual, a su adecuación a nuestros tiempos, al gusto estético de sus portadas, ni siquiera a la ardiente reivindicación de que vuelva a las manos de los escolares El Florido Pensil por todo libro de referencia educativa. Esto es simplemente una nueva guerra cultural en la que, mediante la exageración, el recorte y el collage creativo, se reducen manuales de 300 páginas a tres o cuatro ejemplos que se consideran intolerables desde el reaccionarismo más evidente.

La cuestión no es que una minoría tenga problemas con el ecologismo, el feminismo o la eutanasia, algo tan respetable como añadir piña a la pizza, el sadomasoquismo o leer el Abc, la cuestión es que se está exigiendo que la educación dé la espalda a nuestro presente y finja la inexistencia de una serie de realidades patentes. Pero sobre todo que este falso debate es sólo una herramienta más para agitar un avispero, a través de un peligro que acecha a los pobres e indefensos niños, para convertir esa minoría en una mayoría que sin ser ultra-conservadora teme porque a sus hijos les adoctrinen en la escuela. Lo cierto es que, si realizáramos el ejercicio en dirección inversa, nos encontraríamos con unos cuantos ejemplos de cómo, sobre todo en el ámbito económico, se induce a los escolares a pensar que el neoliberalismo es la única clave posible en este ámbito. Eso en la escuela pública, dejando a un lado la concertada y la privada.

Lo cierto es que estas alertas no son nuevas, a pesar de que el Abc ahora cargue a ese asustaviejas llamado “sanchismo” con el pecado original de querer instaurar la joven guardia roja en la educación española. A mediados de la década de los 2000 —sólo hace falta utilizar el propio buscador del periódico— se suceden los artículos por decenas con tres palabras clave: Zapatero, adoctrinamiento y educación. El mismo furor milenarista, la misma alarma injustificada, idéntica maniobra con los mismos protagonistas:

“La LOE es una ley estatalista e intervencionista, que no respeta el derecho constitucional a educar a nuestros hijos conforme a nuestros criterios y convicciones religiosas y morales (art. 27 CE), ni el derecho a la libre elección de centro necesario para que aquélla sea efectiva. Y al tiempo que nos priva de este derecho, pretende adoctrinar en la «moral» del Estado a nuestros hijos mediante una asignatura, Educación para la ciudadanía, para enseñarles a ser «ciudadanos políticamente correctos», según dicten los cánones del gobierno”.

Paradójicamente, como ocurre con todas las guerras culturales de la derecha, los asuntos materiales quedan en un segundo plano. Lo que hoy son libros con cuerno y rabo, hace diez años eran asépticas informaciones cuando Rajoy recortó 10.000 millones de euros en Educación y Sanidad: el adjetivo de intención pirómana se debió caer del teclado. “Wert tiene razón”, editorializaba Abc en 2012, “La difusión del proyecto de reforma educativa preparado por el Ministerio de Educación ha actuado como un elemento reactivo que ha provocado la erupción del sectarismo más rancio de la izquierda”. En 2013, cuando la comunidad educativa protagonizó unas históricas movilizaciones contra la ley educativa de Wert, Abc calificó sus argumentos de “falsos motivos”. Que aparezcan ligeras referencias a la memoria histórica, mal, que los críos estudien en barracones, como no son los nuestros, mucho mejor.

El asunto de fondo es que, mientras que perseguimos fantasmas reaccionarios, en Madrid ya casi la mitad de la educación ha sido privatizada, situándose la media del país en torno a algo menos de un 30%. Guerras culturales para enturbiar el debate público, ideología aspiracional para los pobres, negocio y elitismo para los ricos: el abc para construir la sociedad modelo de la derecha, para quebrar un sistema educativo igualitario, la mejor herramienta de nivelación social.

sábado, 26 de marzo de 2022

"LIBRO: PEDAGOGÍA ERÓTICA. PAULO FREIRE Y EL EJÉRCITO ZAPATISTA DE LIBERACIÓN NACIONAL (EZLN). Miguel Escobar Guerrero


Es un texto escrito por Miguel Escobar Guerrero, cuenta con 220 páginas y se estructura en seis capítulos, un epílogo más anexo, junto a la referencia de las diversas fuentes consultadas, las cuales pueden resultar enriquecedoras al acceder a cada una de ellas. Asimismo, el prólogo fue escrito por Luis Villoro y Fernanda Navarro.








lunes, 22 de febrero de 2021

"La dictadura del coaching. Manifiesto por una educación del yo al nosotros", Vanessa Pérez Gordillo, Akal, 2019



Acabo de terminar de leerlo y he de decir que he quedado impactado por lo que en él se plantea. Diré más. En cierta medida ha hecho temblar parte de mis cimientos pedagógicos.

El discurso es claro y rotundo y coincide con otros autores y autoras que desde hace tiempo van denunciando el aumento de la injusticia y la explotación en este mundo, así como la crisis, que yo llamaría confusión, de valores en la que nos movemos, y el encumbramiento del YO frente a una mirada humanitaria en cuanto que existimos gracias a los otros, es decir, gracias a la familia humana o Humanidad.

Ahora bien, en este caso la autora se centra en el coaching, tan de moda en nuestros días y que tan nefastas consecuencias está trayendo a ese sentir humano. Coaching que se ha colado, y cada vez más, en la educación a través de diferentes propuestas y programas de formación del profesorado y de aplicación en las aulas. Y en ese análisis que hace, merece especial atención, las páginas que dedica a "la inteligencia emocional" acompañada de la educación emocional, así como a "las inteligencias múltiples".

En fin, un gran libro que recomendaría leer a todo el mundo en general, y al de la educación en particular, especialmente al profesorado y a las personas que se dedican a su formación y asesoramiento. Un texto para reflexionar y debatir colectivamente.


"EL SUMO SACERDOTE". Juan José Millás, El País

No se pierdan a Florentino Pérez entrando en la sala de prensa de Valdebebas con el gesto de quien se dispone, más que a responder pregunta...