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domingo, 5 de abril de 2026
sábado, 5 de abril de 2025
"NO ES EL EUSKARA, ES LA POLÍTICA (LINGÜÍSTICA)". Ricardo Arana, El Correo 2 ABR 2025
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| José Ibarrola |
Hay que volver a los consensos iniciales que tenían en cuenta la pluralidad y han permitido a la lengua vasca salir de la situación que padecía hace 50 años
En los últimos días ha existido una polémica sobre si el euskara es una barrera para atraer el talento, conseguir un empleo estable, un mejor rendimiento educativo… La simplificación tiene la virtud de resumirlo en pocas palabras pero, en este caso, conlleva también un riesgo evidente de falseamiento del debate. Porque no es la lengua vasca la causante de ninguno de estos y otros problemas, sino la utilización que de la misma hacen distintas instituciones, esto es, la política lingüística que se practica con la lengua (vasca) y sobre la lengua (vasca). Una política profundamente errada.
En primer lugar, porque nos aleja de los pactos iniciales, caracterizados por acuerdos profundos sobre objetivos en ningún caso excluyentes y pasos muy medidos, que tenían en cuenta nuestra diversidad y pluralidad. Sí, ya éramos plurales y diversos antes de la globalización o del cambio demográfico de los últimos años. Siempre lo hemos sido y, posiblemente, salvo catástrofe, lo seguiremos siendo. De ahí la necesidad de desplegar prudencia y consenso.
La actual política lingüística yerra, asimismo, porque subordina la función eminentemente comunicativa y cultural de la lengua vasca a un carácter identitario del que, como cualquier otra lengua, carece. Pero que, irresponsablemente, se lo imputan nuestros dirigentes políticos, introduciendo un tóxico que envenena una preocupación digna. Estamos ante una mezcla que puede ser letal para el progreso, la convivencia y también para el propio idioma. Y por eso resulta terrible tener que empezar con una verdad de Perogrullo: es tan vasco, y debe tener los mismos derechos, quien sabe euskara como quien no sabe, quien tiene reconocido un nivel C2 en esta lengua como quien no alcanza ni un A1.
Como expresión de tales errores de fondo en esta política desplegada, durante estos últimos años hemos visto que se adjudica un perfil, un requerimiento lingüístico a un puesto de trabajo no por la necesidad objetiva del mismo, sino para crear comunidad, o en lenguaje más propio, para la construcción nacional. Por ese motivo, y no por una razón justa, muchos trabajadores deben acreditar una alta cualificación lingüística aunque sus puestos no la demanden realmente (recordemos que tenemos realidades sociolingüísticas diferentes). Y como es difícil hacerlo con los de mayor cualificación, para que nos cuadren los números que pretendemos nos cebamos con los de menor preparación (limpieza, seguridad, cuidados…). Aunque no se trata de echarlos del trabajo (bueno, a algunos, sí), sino sobre todo de que no se sientan demasiado cómodos en él.
Y cuando un tribunal señala el abuso, o protege a la persona frente al absolutismo de la política lingüística practicada, invertimos rápidamente los papeles. Estamos ante un asalto, ante un ataque a nuestras instituciones: Oldarraldia! ¡A las barricadas! Hay que defender el euskara ante el tropel de cuidadoras castellanohablantes de nuestros aitites y amamas, avanzadilla de turbas de administrativos, conserjes y sanitarios que pretenden hacerse con el control de la lengua en la que hablamos. Un trueque patético, pero un daño enorme.
Cuando se llega a la educación, el sacrificio es máximo. No importa lo que ocurra con el alumno. La lengua está por encima de él. El último ejemplo: resistirse a la recomendación de la OCDE de que realice la prueba PISA en la lengua en la que se sienta más cómodo. Pese a que sabemos desde hace más de veinte años que en ella se expresará mejor. Pues que se exprese peor, parece que decimos. Ridículo desde fuera, dramático desde dentro.
Y no hablemos de facilitar los aprendizajes en la lengua de su entorno. Si esta no es el euskara, imposible en ningún caso. Al parecer, ese derecho solo le corresponde al vasco vascohablante. Y para que no proteste el vasco no vascohablante, le contamos una mentira: que estudiando en una sola lengua aprende dos, o incluso más, que aprende todo sin ningún problema y a velocidad récord en todos los casos. Cuando abordamos las evidencias, leemos los informes o analizamos los datos entendemos que no es así. ¿Y qué se nos ocurre? Pues correr un velo, tan tupido como estúpido.
Por eso no podemos simplificar con que el euskara es un límite para atraer talento, o para conservarlo si lo tenemos, como se ha comentado. No es el euskara. Es la utilización política que hacemos del idioma. Ese es el obstáculo, tanto para quien viene de fuera como para quien está dentro. Y está en nuestra mano removerlo. Tan simple como contar en las decisiones con la opinión de quienes queremos que incorporen también a su acervo la lengua vasca. Tan sencillo como volver a los consensos iniciales, que son los que han permitido, por cierto, salir al euskara de la situación en la que se encontraba hace cincuenta años.
miércoles, 3 de noviembre de 2021
martes, 2 de noviembre de 2021
LA LENGUA, EL SUPREMACISMO Y LOS PRIVILEGIOS DE CLASE: DE ABASCAL A OTEGI. Un artículo de Ander Gutiérrez-Solana Journoud publicado en elDiario.es
EH Bildu ha optado por la táctica supremacista de la extrema derecha. Ya no estamos ante un debate de política lingüística sino ante un debate identitario, un debate de buenos y malos vascos
Los debates sobre la identidad de los pueblos o de las personas son habituales en cualquier lugar del mundo. La identidad, por definición, se constituye respecto a la propia visión que cada cual tiene al mirarse al espejo en relación con diferentes factores sociales y culturales que conforman el mundo en el que vive. Género, clase social, opción(es) sexual(es), raza, cultura, lengua y nacionalidad son elementos que conforman la autopercepción.
En el ámbito político, cada vez de forma más profunda, los discursos se sirven de las cuestiones identitarias para conformar microcosmos de identificación colectiva frente a otros. Este fenómeno supone, necesariamente, dibujar unos límites a la identidad colectiva de un grupo, invisibilizando la mixtura y el mestizaje de cada individuo, para consolidar una imagen del grupo como monolítico y permanentemente amenazado por "contaminaciones externas".
Es este el caldo de cultivo de la extrema derecha a nivel mundial. El nuevo movimiento ultra está siendo capaz de dibujar simplificaciones absurdas de la realidad de diferentes estados: el obrero blanco hetero estadounidense, el agnóstico francés de campo, el católico español que pasea en caballo, etc. No importa que estas representaciones no tengan relación alguna con la realidad social si ayudan a definir un sentimiento de pertenencia. Este imaginario, siempre en torno a figuras masculinas que representan el todo, está irremediablemente rodeado de factores que amenazan su identidad: otros idiomas, libertad sexual, empoderamiento de las mujeres, etc. De fondo, un intento no muy oculto de sostener los elementos estructurales del sistema: la acumulación de riqueza y poder y el patriarcado.
Las personas de izquierda nos hemos llevado las manos a la cabeza en cada ocasión en que la derecha o la extrema derecha española ha utilizado el castellano para discriminar a personas migrantes o para atacar las lenguas minorizadas. Las peticiones de examen de idioma para obtener permiso de residencia o trabajo, de realización de exámenes culturales a cambio de reconocimiento de derechos o la negativa a incorporar perfiles lingüísticos en los pueblos bilingües del Estado han sido calificadas unánimemente, y con razón, como expresión del supremacismo español.
En Euskadi tenemos que soportar, y ya es mala suerte, dos supremacismos. El del vasco Abascal y quienes le siguen, siempre amenazado por nuestra lengua milenaria, por nuestras instituciones e incluso nuestras fiestas y el supremacismo, sibilino a veces, de una parte de la izquierda abertzale, siempre amenazada por la pluralidad de la sociedad vasca. Normalmente pensaríamos que no puede haber dos políticos vascos más diferentes que Abascal y Otegi y sus equipos pero, ¿lo son?
Tanto Abascal como Otegi, hombres blancos burgueses heterosexuales, han decidido utilizar símbolos comunes (la lengua, la bandera, la nación etc.) como elementos propios de los que los demás carecemos. En la cuestión lingüística es donde más evidente es esta conexión. El euskara, lengua propia de nuestro pueblo minorizada y perseguida durante decenios, se ha convertido en elemento de ataque a una parte de población vasca por parte de dirigentes de EH Bildu en términos sólo comparables a los de la extrema derecha.
EH Bildu considera, legítimamente, que todos los puestos de trabajo de la Administración pública deben ser ocupados por personas bilingües. Es decir, que el 65% de la población no tiene derecho a acceder al empleo público (más estable y mejor remunerado). Es importante señalar que, de esta mayoría del pueblo vasco excluido el 47% no sabe nada de euskara, el 19% sería belarriprest y no tienen el perfil requerido. Nótese además que, de la población euskaldun también se quedaría fuera el 43% de euskaldunzahar que no han superado las pruebas.
Otras opciones proponen una aproximación a la realidad vasca más holística: es necesario que los derechos lingüísticos se cumplan y, para ello, cada puesto de trabajo debe exigir el perfil de euskara que se necesite. No es lo mismo un puesto de trabajo en equipo, que un puesto unipersonal. No es irrelevante que el puesto implique atención al público o que no. No es igual que la zona donde se vaya a desarrollar el trabajo sea castellanoparlante o euskaldun. No es inocuo que las competencias requeridas sean, en unos casos, escritas y orales y, en otros, simplemente orales.
Hasta aquí, un debate complejo, con muchas aristas y que debería garantizar diferentes derechos a la ciudadanía: el derecho al acceso al empleo público y el derecho a dirigirse a las Administraciones en la lengua propia. Son derechos compatibles, nunca excluyentes.
Sin embargo, EH Bildu ha optado por la táctica supremacista de la extrema derecha. Ya no estamos ante un debate de política lingüística sino ante un debate identitario, un debate de buenos y malos vascos. Esta semana, la coalición independentista y varios de sus cargos públicos han calificado al segundo sindicato vasco (CCOO) "exterminadores lingüísticos y fanáticos" por proponer que la petición de nivel de euskera de la policía local no sea igual en Lekeitio que en Laguardia. Como puede verse, no parece que el sindicato haya cuestionado la oportunidad de perfilar plazas, sino la metodología. Ha osado, en cambio, cuestionar los privilegios conectados al acceso al empleo público que tenemos los euskaldunes. Y eso ha removido las estructuras de poder de la "izquierda" abertzale.
Lejos de ser un error, han afirmado que permitir el acceso de castellanoparlantes (recuerden el 65% de la CAPV, porcentaje aún mayor en Nafarroa) a las Administraciones vascas supone, y cito literalmente un comunicado oficial, que se “están abriendo las puertas para aspirantes que no tienen ninguna vinculación y apego hacia este pueblo”. Al igual que Abascal y compañía, la lengua ya no es un patrimonio cultural común sino elemento de entrada o salida del imaginario colectivo. Si no sabes euskara, no eres vasca. Dicho de otra manera, y también siguiendo el modelo de LePen o Trump, el vasco bueno es el vasco que habla la lengua correcta, que tiene el color de piel correcto y que trabaja donde debe: en la Administración Pública. Este ataque salvaje al euskara escondido de intento de protección no es un error, es política de partido y propuesta de país: un país a dos velocidades y con dos tipos de derechos: los que disfrutaremos las personas euskaldunes (que vendremos de ikastolas privadas, accederemos a los mejores puestos de trabajo y garantizaremos la sucesión de nuestro privilegios a nuestra descendencia) y los que tendrán las no euskaldunes (que sufrirán una escuela pública mermada de recursos, gestionarán las migraciones y serán excelente mano de obra poco cualificada).
No acaba ahí la locura identitaria. Para Bildu, aceptar que personas sin conocimiento de euskera se incorporen al empleo público supone, y vuelve a ser literal "que aspirantes con vinculaciones a ideas ultra-derechistas y autoritarias colonicen la propia policía vasca". Gracias a esta fascinante revelación, ya sabe, si su vecina no sabe euskera, seguramente sea ultraderechista. Para Abascal la frase es igual pero contraria, "si tu vecina no sabe español, seguramente sea terrorista islamista".
El ascenso de las ideas supremacistas en el mundo es tan poderoso que arrastra a organizaciones otrora de izquierdas. Organizaciones que lo mismo pactan con la derecha vasca una ley de educación segregadora para beneficiar a la escuela privada concertada y los privilegios de clase que esto conlleva (véase la denuncia de la portavoz del STEE-EILAS sobre esta cuestión), que plantean el debate sobre poder presentarse a elecciones sin el EGA o que ataca violentamente a cualquier ciudadana que ose manifestar que la mejor manera de promocionar, impulsar y proteger nuestra lengua es la gratuidad de su enseñanza y la no apropiación partidista de la misma.
La izquierda, vasca y española, que se lleva las manos a la cabeza con los exabruptos de Abascal, bien haría en analizar las barbaridades cercanas, las que dividen nuestros barrios entre vascos buenos y malos. Señores Abascal y Otegi, quiten sus sucias manos de nuestras lenguas.
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