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martes, 25 de febrero de 2025

"ESPAÑA PSICODÉLICA". Luis García Montero, El País 17 FEB 2025

Cuando la historia democrática exige Unión Europea, brotan los nacionalismos haciendo muy difícil la unidad

Recuerdo que Rafael Alberti y Pepín Bello, cuando charlaban con una copa sobre la mesa, se ponían de pronto a cantar: “España, país psicodélico, qué gran nación cultural”. Era una canción que habían inventado con García Lorca y Buñuel en la Residencia de Estudiantes. Y es que los españoles hemos estado siempre a vueltas con España. Ortega y Gasset hizo su diagnóstico frente a la sociedad anclada de la Restauración: España es el problema y Europa la solución. Los artistas que compartían la modernización que dio lugar a la Segunda República cantaron la energía cultural respirada en su país psicodélico. Después llegó el desastre de 1936 y los españoles volvimos a ser refundados como la reserva espiritual de Occidente. Y después llegó el abrazo democrático entre Europa y España. De la fascinación por las suecas, pasamos a la libertad nacional.

Pero la historia se enreda hasta el punto de que ahora puede decirse que Europa es el problema de España. O con más exactitud, Europa es un problema porque Francia, Alemania, Italia y las otras naciones son un incordio para ella. Cuando la historia democrática exige Unión Europea, brotan los nacionalismos haciendo muy difícil la unidad. Por ejemplo: para evitar la invitación al militarismo que lanza Trump desde su butacón de emperador, más que elevar las inversiones en armamentos, sería conveniente definir un proyecto único de inversiones en un solo ejército. También sería más eficaz una política ordenada sobre la inteligencia artificial, y no grandes declaraciones nacionalistas sobre la transformación tecnológica. Hay motivos para sentirse orgullosos de una Europa que ha dejado de matarse entre sí. Resulta fácil comprender que son las identidades nacionalistas las que acaban sometiéndonos a las manos ajenas. Y defender los valores democráticos es un reto que merece la pena en el mundo de mandarines y fanáticos que se nos viene encima.

sábado, 16 de marzo de 2024

"EL PASADO EN CONSTRUCCIÓN. PERDONEN LAS MOLESTIAS". Irene Vallejo (El País 10 MAR 2024)

Ciertos discursos políticos anhelan recuperar grandezas perdidas, seleccionando ciertas etapas de la historia nacional para encarnar las esencias, como si otras épocas fueran solo impureza y simulacro

 Somos la única especie que conoce el mundo anterior a nuestro nacimiento, las únicas criaturas capaces de asomarnos al misterio de los milenios antiguos. Un caballo, un gato o una pulga ignoran las peripecias de sus antepasados. Nosotros podemos reconstruir las nuestras —y las suyas—. Heródoto, inventor del género, tituló en plural sus Historias; en griego significaba “investigaciones”. Nos encanta indagar en el ayer, reinterpretarlo desde la mirada del ahora. Viajamos por los meandros de la nostalgia, las falsificaciones, las raíces, los asideros, la curiosidad y las coartadas. Nuestra relación con lo que fue es apasionada: el pasado pesa, y eso es lo que nos pasa.

Las ansias del presente modelan también nuestra memoria íntima. La palabra “recordar” incluye en su interior la raíz latina de “corazón”; en ella suena la sístole y la diástole de las emociones, es un juego de constante de demolición y reconstrucción. Como escribió Gabriel García Márquez en sus memorias: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda”. Casi sin querer, la fantasía empieza a rellenar los huecos excavados por los remordimientos y el olvido: por eso nuestro relato vital puede ser completamente imaginario, pero nunca totalmente verdadero.

Cuando los intereses del presente se apoderan de la mirada, la historia de los países deriva ya no en crónica de acontecimientos sucedidos, sino en antología legendaria de aquello que sus miembros quieren o pueden recordar. Con un hábil manejo del pasado podemos manipular y ser manipulados. En la antigua Roma, el inquietante Augusto fue pionero de esta propaganda. Siempre se presentó como paladín de las costumbres de los ancestros —mores maiorum—, símbolo del orgullo de ser ciudadano romano y heredero de la grandeza patria, frente a las costumbres extranjeras, que hacían peligrar la integridad moral autóctona. Astutamente, tras el parapeto tranquilizador de esas tradiciones, transformó la República en algo diferente y nuevo: un régimen más autoritario, dominado por la figura providencial del emperador. El historiador Suetonio cuenta que Augusto, ya muy enfermo, mandó llamar a sus amigos. Cuando rodearon la cama donde agonizaba, les preguntó: “¿Os parece que he representado bien esta farsa de la vida?”. Y cuando presintió la muerte, exclamó, bromeando con gran seriedad: “Aplaudid. La función ha terminado”. CONTINUAR LEYENDO

"EL GRAN REEMPLAZO EUROPEO". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Los movimientos en Bruselas contra la política migratoria española muestran que se está rompiendo el relato de Von der Leyen: sí que hay alt...