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sábado, 28 de diciembre de 2024

"LA ABSTENCIÓN DE LOS ESPECTADORES". Luis García Montero, infoLibre.es 21 DIC 2024

Tuve la oportunidad de estrechar mi amistad con Federico Mayor Zaragoza en 2001, cuando la Universidad de Granada reconoció con el título de Doctor Honoris Causa al profesor de farmacia que había sido su rector entre 1968 y 1972. Pude reconocer yo la honestidad con la que su alta e histórica personalidad, después de haber sido Ministro de Educación y Ciencia y Director General de la UNESCO, se había comprometido con las políticas que defendían los derechos humanos y los caminos nacionales e internacionales de la paz en el mundo. Alzaba su voz, además de con su militancia, con sus libros de poesía.

He recordado muchas veces una de sus advertencias en aquel discurso del Honoris Causa: vivimos en un mundo en el que cada vez hay más espectadores y menos actores. Se trata de una dinámica que afecta en su raíz a la articulación social. Resulta notable ver cómo en las diversas ofertas creativas se ha ido desplazando la cultura en favor del entretenimiento. Más que una conciencia que necesite ser dueña de sí misma para intervenir, se alimenta el ocio de los que se dejan llevar con facilidad por los aires de sus mundos particulares y halagados.

Esto tiene que ver con la trampa que supone el desprestigio actual de la política, una verdadera oferta para el enfadado y para el cómodo clientelismo de los abstencionistas. La frase de Federico Mayor se relaciona con las preocupaciones de Albert Camus ante una existencia narcisista de personas incapaces de asumir deberes. En realidad, si no asumimos deberes es porque estamos renunciando a nuestros derechos. Tenemos menos deberes porque hemos perdido la conciencia de los derechos que debemos exigir. Derechos y deberes van de la mano, y esa hermandad se rompe cuando los actores se convierten en espectadores y la cultura en entretenimiento.

Resultan llamativos, por ejemplo, los éxitos de las invitaciones a la abstención. Desde siempre y en todas partes, ha habido políticos que quisieron aprovechar sus cargos para hacer negocios particulares. Desde siempre y en cualquier parte, más en las dictaduras que en las democracias, hay partidos políticos e instituciones que castigan la corrupción y otros partidos e instituciones que la esconden y la amparan. Un mundo de actores políticos, conscientes de la responsabilidad de la soberanía popular, acude a votar en apoyo a las personas que pueden dignificar la convivencia y acabar con la corrupción. Un mundo de espectadores entretenidos llega incluso a admirar la capacidad negociante de los sinvergüenzas, convertidos en protagonistas del espectáculo. Y cuando no se llega a ese extremo, se cae en la renuncia y la irresponsabilidad, todos son iguales, yo me quedo en mi casa, conmigo que no cuenten. La abstención es una forma de protesta esperada por los corruptos, supone otra versión de la irresponsabilidad de una ciudadanía que deja de ser actora para convertirse en un patio de indignados o acomodados espectadores.

Abstenerse es renunciar. En medio de la cultura neoliberal, eso supone formar parte de los que quieren cancelar los servicios públicos del Estado y acabar con la fiscalidad solidaria para imponer los intereses de las élites económicas. Uno entiende el cansancio ante la política cuando hay partidos, medios de comunicación y jueces al servicio de los que intentan convertir la representación pública en un perpetuo escándalo. Una buena estrategia para dejar de hablar de sanidad, educación, derechos laborales, acuerdos internacionales e instituciones creadas en favor de la ciudadanía, la paz y la convivencia. Y si se consigue identificar la política con el negocio, cada vez se alejarán más de ella los sectores desfavorecidos. Hay muchos anzuelos antisistema preparados para su mordedura.

La vida cansa, es verdad. Al paso de los años uno puede renunciar a la esperanza y a la ética responsable, igual que hacen los abstencionistas. Por eso resulta hoy tan necesario el ejemplo de algunos viejos de la tribu. Federico Mayor Zaragoza ha muerto a los 90 años. Su forma de ser convirtió el tiempo vivido y la experiencia en buenas razones para luchar sin descanso, cada vez más comprometido con la política decente, los derechos humanos y la paz.

domingo, 3 de noviembre de 2024

"LA DOCTRINA DEL 'SHOCK' Y LA DEMOLICIÓN DE LO PÚBLICO", Raquel Marcos Oliva, elDiario.es

Vecinos y voluntarios limpian los estragos
de la dana en Utiel, Valencia

Estamos en ese momento de trauma colectivo en que eslóganes como “solo el pueblo salva al pueblo”, “todos los políticos son iguales” o “la política no sirve de nada” se clavan como arpones en la conciencia colectiva, erosionando el poder y la validez y vigencia de lo público y del servicio público

En un libro muy adecuado para estos días después de la tragedia, La doctrina del shock, Naomi Klein explica una de las tesis del economista Milton Friedman y la célebre Escuela de Chicago: esperar a que se produzca una crisis de primer orden o estado de shock, y vender al mejor postor pedazos de la red estatal pública a agentes privados mientras los ciudadanos aún se recuperaban del trauma, y rápidamente lograr que las reformas ultraliberales que se quieren implantar y que no son posibles sin una ciudadanía desgarrada por una crisis repentina y atroz, fueran permanentes. En uno de sus ensayos, Friedman escribe: “Sólo una crisis —real o percibida— da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que esa ha de ser nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable”.

La última vez en su vida que Friedman pudo poner en práctica esta idea fue tras el huracán Katrina que destrozó Nueva Orleans y dejó 1.800 muertos en 2005. El economista, ídolo de la derecha liberal, murió un año más tarde, pero le dio tiempo a diseñar el desmantelamiento de la escuela pública en Nueva Orleans y sustituirla por una red de escuelas chárter construidas por el estado pero gestionadas por instituciones privadas. Con mucha mayor agilidad de la que se hizo gala para restaurar la red eléctrica en toda la ciudad, las escuelas chárter se hicieron realidad, miles de maestros de la pública se quedaron en la calle y de 123 escuelas públicas que funcionaban antes del huracán sobrevivieron 3. El libro de Klein es un extenso estudio de la relación entre el shock y el libre mercado y cómo se aprovechan momentos de trauma colectivo para dar el pistoletazo de salida a reformas económicas y sociales de derecha radical.

En estos días estamos en ese momento de trauma colectivo, y empiezan a ser patentes “las ideas que flotan en el ambiente” de las que hablaba Friedman y que nos influyen a todos, también a los periodistas que estamos tratando con esa información tan delicada y sensible. Eslóganes como “solo el pueblo salva al pueblo”, “todos los políticos son iguales” o “la política no sirve de nada” se clavan como arpones en la conciencia colectiva, erosionando el poder y la validez y vigencia de lo público y del servicio público. Parece evidente que se han cometido errores de prevención y gestión y el altísimo número de fallecidos, más de 200, y la previsión de que sean muchos más, dificultan el análisis de una catástrofe que aún no ha concluido. Nos olvidamos de que los cambios que se imponen a través de la conmoción pueden ser irreversibles cuando la normalidad se restaure. Klein advierte de que siempre hay personas, organizaciones y movimientos que “rezan para que se produzcan las crisis igual que los granjeros sedientos rezan para que llueva y los cristianos apocalípticos rezan para que llegue el Rapto que ha de llevarse a los fieles a la derecha de Cristo. Cuando por fin se desata la tragedia, saben inmediatamente que ha llegado su momento”.

“Sus mentes son como tablas rasas sobre las que nosotros podemos escribir”, escribieron los doctores Cyril J.C. Kennedy y David Anchel sobre los beneficios de la terapia de electroshocks. Klein apunta que Friedman creía que la única manera de avanzar en su camino al capitalismo más puro era aprovechando los shocks más dolorosos, y en nombre del pueblo diseñar y llevar a cabo la disminución o desaparición de lo público, de lo que realmente es del pueblo. En ese camino sin retorno estorban los científicos, agotadora e injustamente cuestionados, estorban las limitaciones a las exigencias empresariales, estorba el periodismo que informa y no se refocila en la adjetivación de la tragedia y en el frentismo, estorba la conciencia cívica frente al individualismo y estorba el Estado ya tachado sin remedio de opresor e inútil. Tardamos en comprender que, mientras lloramos, mientras nos estremecemos, ya hay alguien cavilando sobre cómo alimentarse de las ruinas, cómo sacar partido de las buenas intenciones y de millones de sensaciones de inseguridad y dolor, cómo desguazar lo que nos mantiene a flote. La esperanza está en las personas arraigadas en las comunidades en las que viven, que defienden y mejoran lo público, que aprenden juntas de los errores, que practican la política de resistencia democrática, y rechazan la antipolítica. Que están preparadas para cuando llegue la próxima tragedia.

lunes, 6 de febrero de 2023

"LA CEGUERA DE LOS EMPRESARIOS QUE TANTO DAÑO HACE A LOS ESPEAÑOLES". Un artículo de Juan Torres, catedrático en la Universidad de Sevilla en el Departamento de Análisis Económico y Economía Política

Unas recientes declaraciones del dueño de Mercadona, Juan Roig, diciendo que los empresarios son los que crean la riqueza, muestran el desconocimiento que gran parte de la clase empresarial española tiene sobre cómo funcionan realmente la economía y sus propias empresas.

Las declaraciones son desafortunadas porque es sencillamente falso que el empresario, el dueño o el directivo de una empresa, sea por sí solo quien crea riqueza.

No podría crear ni un solo producto y, por tanto, obtener un euro de ingreso sin utilizar capital producido por otras sujetos; sin infraestructuras generalmente de construcción pública o sin bienes públicos que obligadamente debe proveer el Estado porque no puede hacerlo el mercado; sin beneficiarse del conocimiento que durante décadas han generado y acumulado otras personas; sin la investigación básica que casi nunca es rentable por sí misma y debe financiar el gobierno; sin personal más o menos cualificado empleado a su servicio; sin sistema de educación o de salus; sin clientela que disponga de ingresos, generalmente proveniente de otras actividades no necesariamente generadas por la empresa privada; sin normas legales e instituciones que lo protejan a él y a los negocios que lleva a cabo; sin impuestos, sí, sin impuestos, para que pueda financiarse el capital y el gasto público del que cualquier empresa privada, sin excepción posible, se beneficia en mayor o menor medida. La empresa, cualquier de ellas, es un sistema complejo con diferentes subsistemas o partes y no puede funcionar sin el funcionamiento interactivo de todos ellos. El empresario o el directivo es nada por sí solo: no puede crear nada sin todo ello.

Cuando un empresario dice cosas como las que acaba de decir el Sr. Roig, por lo demás un empresario de éxito que efectivamente ha creado mucha riqueza y no precisamente el que peor trata a sus empleados en España, se está manifestando la enorme ceguera con la que actúa el empresariado español. La peor de las cegueras, la que afecta, como decía José Saramago, a quienes viendo no ven, la que hace que no reconozcamos lo que tenemos delante.

Gran parte de los empresarios españoles, o al menos los dirigentes de la gran patronal que los representa, muestran también una gran ceguera cuando confunden constantemente el todo con la parte. CONTINUAR LEYENDO



"CUIDADO CON LOS PATRIOTAS". Luis García Montero, El País

Quien estudia la cultura desde que España se constituyó como nación en el siglo XIX comprueba el afán sucesivo con el que traicionan a su pa...