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lunes, 27 de abril de 2026

"EL JUEZ DE VIOLENCIA MACHISTA QUE NO CREÍA A LAS MUJERES". Violeta Assiego, elDiario.es

El juez David Maman Benchimol en la ponencia del 18 de febrero
Ilustre Colegio de la Abogacía de Madrid

Cuando la credibilidad de las mujeres y las infancias que denuncian violencia machista se pone en duda de forma sistemática por quien tiene que interpretar la ley e impartir justicia, la violencia desaparece del análisis jurídico y el juzgado especializado deja de cumplir con su función, deja de proteger, prevenir el riesgo y de aplicar el derecho con perspectiva de género

“Con frecuencia, los jueces adoptan normas rígidas sobre lo que consideran un comportamiento apropiado de la mujer y castigan a las que no se ajustan a esos estereotipos. El establecimiento de estereotipos afecta también a la credibilidad de las declaraciones, los argumentos y los testimonios de las mujeres, como partes y como testigos. Esos estereotipos pueden hacer que los jueces interpreten erróneamente las leyes o las apliquen en forma defectuosa.” (CEDAW, Recomendación General nº 33, CEDAW/C/GC/33, 23 de julio de 2015)

Cuando la credibilidad de las mujeres y las infancias que denuncian violencia machista se pone en duda de forma sistemática por quien tiene que interpretar la ley e impartir justicia, la violencia desaparece del análisis jurídico y el juzgado especializado deja de cumplir con su función, deja de proteger, prevenir el riesgo y de aplicar el derecho con perspectiva de género. Cuando esto sucede, lo que queda es una decisión que, bajo la apariencia de imparcialidad que se le otorga a un juez, vacía de contenido todas las garantías legalmente previstas precisamente para estos casos, y deja a la víctima expuesta a la violencia machista y a otra violencia más, la institucional.

Ante este tipo de creencias por parte de algunos titulares de juzgados, como el juez Maman Benchimol, la pregunta es ¿qué hace un juez así en un juzgado de violencia de género? Porque si no creen a las mujeres y las reducen prejuiciosamente a estereotipos (aprovechadas que manipulan a sus hijas e hijos para quedarse con la casa, apartar al padre y disfrutar de todas “las ventajas que tienen” las víctimas“), su papel pierde todo el sentido; a no ser que estén en esas plazas judiciales no para proteger a las mujeres sino a los hombres, para hacer justicia patriarcal.

Lamentablemente, la misoginia de la que hemos tenido noticia por las palabras del titular del juzgado de violencia sobre la mujer número 8 de Madrid no es un caso aislado. Responde a una lógica jurídica conocida y reiteradamente denunciada por diferentes organismos nacionales e internacionales. Una lógica en la que el sistema judicial incurre en estereotipos de género para cuestionar a las madres y priorizar el contacto paterno con las y los hijos comunes en contextos donde existen hechos verosímiles y compatibles con la violencia de género. En esta línea, el GREVIO viene advirtiendo con claridad que ordenar la custodia o las visitas sin tener suficientemente en cuenta los antecedentes de violencia y sin una evaluación adecuada del riesgo para los menores y sus madres no cumple con las obligaciones del artículo 31 del Convenio de Estambul.

Pero el juez Maman no debe dar credibilidad tampoco a estos informes sobre lo que pasa en España, porque parece que se dejará llevar por la inercia de un sistema judicial que todavía no se ha desempolvado algunas creencias del derecho de familia franquista. Ese en el que no se prohibía la custodia materna porque ya el padre era el titular principal de la patria potestad, y la madre estaba relegada por ley a una posición subsidiaria. Ese que, cuando una mujer se separaba era castigada sin patria potestad porque ya no encajaba en el ideal de “buena madre”. Ese, donde, obviamente, no existía el interés superior del menor, sino un orden familiar atravesado por la moral católica y los roles de género.

El Código Civil actual, en cambio, es claro, y se aleja mucho de aquella mentalidad que todavía tienen tantos jueces y juezas, también abogadas y abogados. El artículo 92.7 excluye la guarda conjunta cuando existen indicios de violencia de género. El artículo 94 establece límites igualmente claros al régimen de visitas. No son orientaciones abiertas a interpretación, son límites legales diseñados para evitar el riesgo. A ello se suma que la LO 1/2004, reformada en 2015 para reconocer expresamente a las niñas y niños como víctimas de violencia de género, y la LOPIVI de 2021, que parte del derecho de las infancias a vivir libres de violencia y refuerza su protección cuando están expuestos a violencia contra las mujeres, conforman un marco normativo que no deja margen de duda.

Si la custodia compartida no es compatible con la violencia de género, no es porque sea enemiga de las mujeres, ni porque respondan a supuestos intereses económicos, como afirma el juez Maman. Es porque la custodia compartida presupone cooperación, confianza mínima, comunicación funcional y reconocimiento recíproco de la autoridad parental, condiciones que la violencia de género destruye al convertir la relación parental en un espacio de riesgo, control y revictimización. Bien debería saberlo quien es titular de un juzgado especializado: aplicar la custodia compartida en estos contextos, ignorando las asimetrías de poder y los antecedentes de violencia, no es neutral, sino que produce un efecto discriminatorio y contrario al interés superior del menor.No explicar esto y desplazar el foco hacia una supuesta mala fe de las mujeres que denuncian violencia de género no es solo jurídicamente impreciso, sino que supone legitimar, desde espacios institucionales como el ICAM, una aplicación defectuosa del derecho que, en la práctica, puede traducirse en exposición continuada al daño para mujeres, niñas y niños. Justo lo contrario de lo que un juzgado especializado debería garantizar. A no ser que el juez esté ahí no para proteger a las mujeres y sus hijos sino al pater familias de la sagrada institución familiar.


miércoles, 4 de marzo de 2026

"LA RESPONSABILIDAD DE LOS INFLUENCERS". Leila Nachawati, publico.es

La influencer Violeta Mangriñan publicó una fotografía
de un plato de jamón acompañada del siguiente texto:
“Feliz Ramadán”,  en sus redes sociales
En una entrevista reciente, a la influencer Violeta Mangriñán se le planteó una cuestión aparentemente sencilla: el motivo de su influencia. Con su característico estilo desenfadado y directo, ella devolvió la pregunta: "Dímelo tú, ¿por qué influyo?" No es banal plantearse esto en un ecosistema digital donde la relevancia es tan masiva como difícil de definir. Como la cuestión no se aclaró, decidí consultar a Gemini, la IA de Google: "¿Por qué influye Violeta Mangriñán?"

Esto responde Gemini: Violeta Mangriñán cuenta con más de 2.4 millones de seguidores en Instagram. Su influencia se basa en la exposición de su estilo de vida, maternidad y moda, generando un alto compromiso (engagement) que la convierte en un referente aspiracional para una audiencia joven.

Es decir, cualquier mensaje emitido en su plataforma tiene un alcance masivo: desde los productos que recomienda hasta sus rutinas o viajes, pasando por las polémicas que desata. La última ocurrió el 22 de febrero, cuando publicó una fotografía de un plato de jamón acompañada del siguiente texto: "Feliz Ramadán". Una imagen ante la que le llovieron críticas, insultos y hasta amenazas de muerte.

¿Cómo reaccionó Mangriñán a la polémica? Siguiendo un patrón ya habitual en estas situaciones, hubo una fase de pánico en la que la influencer dijo haber pasado "dos días encerrada en el baño, llorando". Después llegaron las disculpas, formuladas como un trámite para salir del paso. Hace tiempo que se advierte que "Pido disculpas a quien se haya podido sentir ofendido" no es una disculpa porque no incluye el reconocimiento de qué se ha hecho mal, a quién y por qué. Si esa reflexión no existe, por tanto, más vale no disculparse. Como colofón al episodio, Mangriñán añadió que, dado el nivel de hostilidad recibido en redes, recurrirá a escolta privada para protegerse a ella y a sus hijas durante todo el mes de Ramadán.

¿Qué ha hecho realmente la influencer? Desde luego nada delictivo. Tampoco nada que justifique que reciba agresiones o amenazas. Simplemente ha hecho una broma de mal gusto, pero la ha hecho en un terreno abonado.

En el contexto actual (español, europeo, occidental), las personas musulmanas conforman el principal colectivo estigmatizado en nuestras sociedades. Son el gran "Otro", quienes sufren el mayor proceso de deshumanización sistemática, un fenómeno que guarda muchos paralelismos con el que sufrió la población judía a principios del siglo XX.

Recordar esa etapa histórica ayuda a entender lo que está en juego, y hasta qué punto la violencia contra el otro requiere del lenguaje para normalizarse.

Como explicaba el filólogo alemán y judío Víctor Klemperer al analizar cómo se inoculó el odio en la Europa de los años treinta, el lenguaje no solo refleja la violencia sino que la prepara. Y es que ciertas expresiones o burlas, cuando se ceban en quienes ya son objeto de escrutinio, actúan como "pequeñas dosis de arsénico": las tragamos sin darnos cuenta y, aunque parezcan inofensivas, sus efectos se acumulan y acaban siendo tóxicos.

Para ver cómo opera esta maquinaria hoy basta mirar a Estados Unidos, donde las más altas esferas del poder global lideran esta dinámica. El propio presidente Donald Trump difundía recientemente un vídeo generado por inteligencia artificial en el que Barack y Michelle Obama aparecían representados como monos. Lo que desde su equipo se intentó justificar como un simple meme no tiene nada de broma inocente: es un ejercicio abierto, sin tapujos, de racismo y deshumanización del otro. Son los líderes políticos más extremistas quienes marcan el paso, pero hacen falta miles, millones de pequeños granitos de arena cotidianos para normalizarla.

Con esto en mente, conviene cuestionar en qué medida las acciones, las palabras y los gestos de quienes disponen de grandes plataformas contribuyen a esa criminalización del otro. En un panorama marcado por el racismo institucional y la normalización de los discursos de odio en la esfera pública, ¿qué tipo de imaginario nutren y refuerzan estas burlas, en particular entre los más jóvenes?

Ante el incendio social y (geo)político mundial que vivimos, es de agradecer que quienes disponen de un enorme altavoz lo usen para calmar ánimos y tender puentes, en vez de avivar el fuego que se ceba en los más vulnerables.

viernes, 6 de junio de 2025

"SER CHICO HOY EN DÍA ES DIFÍCIL, ES MUY DIFÍCIL". Ana Requena Aguilar, Cuarto Propio (elDiario.es)

"Ser chico hoy en día es difícil, es muy difícil". Podría estar de acuerdo con esa frase. Podríamos utilizarla para pensar en cómo es ser un niño o un chico en un mundo en el que la crisis climática amenaza la vida tal como la conocemos y en el que el capitalismo feroz compromete el bienestar de quienes estamos aquí hoy como adultos o como niñxs y de quienes vendrán.

Podríamos, incluso, pensar qué es lo que necesitan los niños y los chicos (en masculino nada genérico) para vivir mejor, para no tener que reproducir un modelo de masculinidad dañino , para independizarse de esas expectativas terribles sobre lo que un hombre debe ser: siempre fuerte, siempre agresivo, siempre activo, nada sentimental, podado emocionalmente, alejado convenientemente de vínculos y cuidados.

El problema es que esa frase la ha pronunciado alguien en un contexto muy distinto y con un propósito muy diferente al de estas reflexiones. Es de Antonio Carlos Serrano, uno de los abogados de los cuatro chicos acusados de violar a una chavala que en el momento de los hechos tenía 14 años. Ellos, entonces, tenían entre 20 y 21. El juicio está siendo estos días en la Audiencia Provincial de València.

Voy a ahorrarme detalles porque, aun sin darlos, el caso ya es tremendo. Estos cuatro hombres están sentados en el banquillo, pero hay testigos que aseguran que hubo muchos más. La chica estaba bajo los efectos del alcohol y, sospechan, quizás bajo alguna droga que alguien le administrara sin su consentimiento.

Antonio Carlos Serrano, sin embargo, a las puertas del juicio, explicó indignado ante los medios que sus clientes estaban "con un miedo espantoso" desde que les imputaron y criticó que la ley ampare que no puede existir consentimiento entre una chavala de 14 años y unos tíos mayores de edad. Y dijo la famosa frase: "Ser chico hoy en día es difícil, es muy difícil. Ser chica no es tan difícil, porque estás protegida". Ya de paso balbuceó algo en contra de la ley del solo sí es sí y del tremendo problema de "desintegración familiar" que tenemos.

Esos cuatro hombres tienen derecho a una defensa y a un juicio justo. Antonio Carlos Serrano tiene derecho a ejercer una buena defensa como abogado. El problema es que eso se sigue confundiendo demasiado a menudo con atacar la integridad y la dignidad de las víctimas, con reproducir estereotipos e ideas falsas o dañinas y con atacar al feminismo e invocar la guerra de sexos.

Seguramente sea difícil ser chico hoy en día. Y el discurso de este señor y la conducta de sus representa no ayuda a que sea más fácil, más bien lo contrario. Porque los chicos de hoy necesitan ejemplos distintos de cómo se puede ser un hombre distinto. Necesitan saber que sus derechos no los ponen en peligro los derechos de las mujeres. Necesitan educación sexual de calidad. Necesitan espacios para encontrarse y para hablar. Necesitan ver a las mujeres como iguales, necesitan tener referentes femeninos.

Para Antonio Carlos Serrano, ser una mujer hoy en día es, en cambio, muy fácil. Tendríamos tanto que contarle... si quisiera escuchar. Tiene tantos lugares donde mirar, donde aprender, tantas historias que atender... si quisiera.

lunes, 12 de septiembre de 2022

"ELIMINAR LO ESTEREOTIPOS PARA REIVINDICAR LA VEJEZ". Por Raquel Medina Bañón, publicado en elDiario.es el 27 de agosto de 2022

La crisis sanitaria provocada por la COVID-19 ha hecho que las personas mayores se convirtieran en foco mediático, revelando así la existencia no solamente de los estereotipos, sino de un lenguaje edadista que se ha naturalizado y normalizada

El diccionario de la Real Academia Española define “vejez” de la siguiente manera:

1. f. Cualidad de viejo. 2. f. Edad senil, senectud. 3. f. Achaques, manías, actitudes propias de la edad de los viejos. 4. f. Dicho o narración de algo muy sabido y vulgar.

Claramente, esta definición determina una concepción negativa de la vejez, la cual ha penetrado en los discursos sociales y culturales. Si este concepto negativo se repite una y otra vez en el ámbito público, lo que se produce y perpetúa es la discriminación por edad. De hecho, la edad es la tercera causa de discriminación en España, únicamente superada por la discriminación de género y la racial.

A la discriminación por edad se la denomina ‘edadismo’, un término que fue acuñado por Robert Butler en 1969, quien lo definió como “un proceso de estereotipos y discriminación sistemático contra las personas por ser mayores”. El edadismo se considera parte del sistema social cuyos miembros desarrollan desde una edad temprana un concepto negativo del envejecimiento; es decir, un edadismo interiorizado. Asimismo, los discursos sociales hegemónicos han retratado la vida tras la jubilación como un tiempo de decrepitud, fragilidad, dependencia, pérdida de vigor sexual, aislamiento social, pasividad, falta de atractivo físico e improductividad. Esta homogeneización negativa del envejecimiento es la que resulta necesario eliminar para evitar la discriminación de las personas mayores.

Sin embargo, es necesario también indicar que existe un edadismo interiorizado, el cual se produce cuando los estereotipos por edad contribuyen a una discriminación tanto hacia uno mismo como hacia los demás.

Este edadismo también es intergeneracional y afecta a la percepción que las personas mayores tienen de los/las jóvenes y niños/as y viceversa. Por ejemplo, a los jóvenes también se los homogeneiza con características tales como que son irresponsables, incultos, conflictivos o vagos, entre otras. De la misma manera, las personas jóvenes interiorizan los estereotipos sobre la vejez de tal modo que cuando llegan a ser mayores suelen tener una percepción negativa de aquellas personas que son más mayores, de más edad. En vez de avivar el conflicto generacional (por ejemplo, el que resulta de culpar a los ‘baby boomers’ de la precariedad laboral que sufren los jóvenes y de la hucha de pensiones, o a los jóvenes de los repuntes en contagios durante las últimas olas de la COVID-19), se debería fomentar la solidaridad entre las distintas generaciones y así ayudar a eliminar este edadismo interiorizado y resolver el conflicto intergeneracional que crea.

Como la definición de la RAE pone de manifiesto, el lenguaje tanto escrito como visual tiene el poder de fijar los estereotipos, los prejuicios y la discriminación de las personas mayores. Este edadismo emerge en el ámbito social de muchas maneras; por ejemplo, en la forma en que nos dirigimos a las personas mayores: llamarles viejos/viejas, ancianos/ancianas, abuelos/abuelas o yayos/yayas es edadismo. Hablar de residencias de ancianos o asilos es también edadismo; como también lo es dirigirnos a las personas mayores usando diminutivos o infantilizándoles. Dar por hecho que las personas mayores no entienden de lo que hablamos es edadismo, así como pensar que no pueden aprender cosas nuevas ni enfrentarse a las nuevas tecnologías.

La crisis sanitaria provocada por la COVID-19 ha hecho que las personas mayores se convirtieran en foco mediático, revelando así la existencia no solamente de los estereotipos, sino de un lenguaje edadista que se ha naturalizado y normalizado. Es más, a pesar de que existe una guía, ‘El uso del lenguaje frente al edadismo y los estereotipos’, respaldada por el Imserso, durante la pandemia no hemos dejado de oír y leer una y mil veces palabras como viejos/viejas, ancianos/ancianas, abuelos/abuelas, yayos/yayas, dependientes, jubilados/jubiladas, pensionistas, nuestros mayores, etcétera. Incluso las fotografías que acompañaban a las noticias revelan la deshumanización a la que se ven sometidas las personas mayores al mostrar una parte de su cuerpo, generalmente las manos (y normalmente de mujer), sosteniendo en muchas ocasiones un bastón. ¿Por qué las manos para mostrar a las personas mayores? ¿Es que la vejez no es digna de ser mirada? ¿Solamente lo joven puede ser retratado? ¿Es que todas las personas mayores necesitan un bastón?

Las agendas neoliberales de austeridad han puesto de relieve una política de envejecimiento activo o exitoso con el objetivo de, por una parte, retrasar los costes médicos que para las arcas estatales pueda suponer el envejecimiento de la población, y de, por otra, abrir un sinnúmero de espacios de mercado para el consumo de las personas mayores. En este sentido, la actividad física (gimnasios), la actividad sexual (Viagra), el turismo, el ocio, los cosméticos, las cirugías estéticas... se convierten en productos de consumo que favorecen y apoyan tanto un envejecimiento saludable como la concepción de la vejez como un espacio de consumo. Sin embargo, este envejecimiento activo lo que hace es enfatizar que envejecer de manera positiva se circunscribe a las clases con poder adquisitivo medianamente alto.

La importancia dada al envejecimiento positivo ha llevado a una distinción entre la tercera edad y la cuarta edad. La tercera edad del neoliberalismo se caracteriza como la edad de la jubilación en la que destacan el ocio, la autorrealización, la salud y el compromiso social. En la tercera edad somos mayores, pero no ‘viejos’, con lo que la independencia se mantiene. Por el contrario, la cuarta edad implica la falta de autonomía e individualidad y la presencia de una muerte inminente. En la cuarta edad las personas mayores son despojadas del capital social y cultural y desplazadas a las residencias de mayores o relegadas a la reclusión en el espacio de la casa. Obviamente, este énfasis que se pone en la productividad y en el envejecimiento exitoso deja a los enfermos crónicos, a las personas discapacitadas o a las que prefieren no ser activas o no pueden serlo por cuestiones económicas como un problema para la sociedad, debido a su complacencia con ser ‘viejos’; de ahí que se les aparte y discrimine.

La soledad no deseada de las personas mayores es un gran problema social en España. Según el INE, en 2020 2.131.400 personas mayores de 65 años vivían solas, de las cuales 1.511.000 eran mujeres. Por edad, el 44,1% de las mujeres mayores de 85 años vivían solas, frente al 24,2% de los hombres. La soledad no deseada se produce cuando no se escoge, sino que se impone, pudiendo afectar a nuestro bienestar y estado de salud. La discriminación, los prejuicios y los estereotipos son factores determinantes de la soledad no deseada, de ahí la urgencia en cambiar la percepción de la vejez y del envejecimiento. La labor que diversas ONG (Amigos de los Mayores, Fundación Pilares, Envejecimiento en Red o Matia Fundazioa) están llevando a cabo para acompañar a personas mayores, desarrollar su capacidad creativa y propiciar su participación social es fundamental. Tal y como reivindican estas ONG, es necesario un nuevo modelo de acompañamiento y de cuidados en el que se reconozcan y se prioricen el empoderamiento, la identidad individual y la autonomía.

En definitiva, las personas mayores tienen derecho a tomar decisiones por sí mismas, a potenciar sus relaciones sociales y a obtener prestaciones médicas no discriminatorias que afirmen su dignidad como seres humanos. Por esos motivos, lograr que los derechos humanos de las personas mayores sean respetados debe ser un objetivo primordial de cualquier política social.

jueves, 31 de marzo de 2022

"MUJER NEGRA Y RESPETABILIDAD". Afroféminas, 18/03/2018

No se si estáis familiarizadas con lo que se llama la “política de respetabilidad”. Se trata de una regla no escrita que deben seguir las personas marginadas y las minorías (negros, asiáticos, colectivo LGTB, etc) para ganarse el respeto en la cultura dominante.

Si hablamos de mujeres negras, esto significa vigilar nuestra apariencia, manera de expresarnos y conducta sexual, para no ser clasificadas con el estereotipo grupal del que somos víctimas. Ajustamos nuestro comportamiento para evitar el racismo, el clasismo y estereotipos sexistas del grupo privilegiado y dominante.

Demasiado a menudo somos nosotras mismas las que nos autoimponemos o presionamos a otras mujeres con la “política de respetabilidad”. Desde luego que el principal responsable es el sistema racista que nos hace de menos como negrxs, pero la consecuencia de vivir con un sistema tan virulento contra nuestra negritud, es que interiorizamos el racismo y nos aplicamos las normas que nos impone a nosotrxs mismxs.

La razón de buscar esa respetabilidad está muy clara: queremos protegernos y mantener nuestra dignidad, no queremos que nos traten como a inferiores. No es fácil no practicar estas reglas y querámoslo o no, afectan mucho a nuestras vidas.

El problema es que esta respetabilidad nos enseña a despreciar nuestra esencia como afrodescendientes o negrxs. Se trata de pretender ser algo que no somos y que nunca alcanzaremos. Por eso además de inútil, es frustrante.

Cuidado, no estoy diciendo que no haya que ser una persona educada, con valores y solidaria. Estoy hablando de lo que seguro muchas habéis sentido cuando estabas a punto de hacer algo que creías os iba a señalar. Yo por ejemplo he suavizado mi forma de hablar en un local para no llamar la atención. Tengo la voz fuerte y no pasa nada si hablo alto, muchos hombres blancos lo hacen. Pero ellos no tienen miedo a ser tachados de nada ya que son el grupo privilegiado.

Hay muchísimas cosas que entran en la llamada respetabilidad política y que coartan a las mujeres negras. La presión estética sobre su pelo. La presión profesional sobre su capacidad académica, de ahí la obsesión por tener títulos univeristarios como tabla de salvación. La presión sobre su sexualidad que hace que deba mantenerse más recatada para no parecer demasiado promiscua, porque una mujer negra siempre es sospechosa de promiscuidad o incluso de prostitución.

Hay más, como la presión de no parecer demasiado enfadada, la presión de no ser demasiado mal hablada, demasiado étnica, demasiado…

Debemos liberarnos de esta “política de respetabilidad” e identificar cual es el verdadero problema: el racismo. El desprecio de esta sociedad a lo que somos y representamos.

Un paso para vencerlo es salir de esos estándares que nos imponen y que no podremos cumplir nunca. Porque no importa como nos comportemos, nunca seremos como el prototipo.

Así que se tú misma. En ti no hay nada malo ni pernicioso. Todo lo contrario, llevas a tus espaldas una cultura creadora, positiva, avanzada y llena de amor. Quiérete!!!!

"DIVAGACIONES ESTIVALES SOBRE LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA". Carlos López-Keller, infoLibre.es

Cuando la probabilidad sustituye a las pruebas En los albores del derecho romano, que es tanto como decir del derecho mismo, dos escuelas de...