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sábado, 6 de junio de 2026

"SEER LIBRE NO ES DIVERTIDO". Santiago Alba Rico, Publico.es

Concentración en favor de la ley de la eutanasia
Cada vez desconfío más de la gente que tiene las cosas demasiado claras y aborda todos los conflictos, propios y ajenos, con tajante firmeza simplificadora. Personalmente, respecto de la eutanasia, como respecto del aborto, lo único que tengo claro es que se trata de dilemas morales que todos nosotros preferiríamos no tener que afrontar jamás.

Uno y otro, sin embargo, se repiten con demasiada frecuencia como para escurrir el bulto. ¿Qué hacer? ¿Qué decidir? En general, la derecha cristiana lo plantea como si la elección fuese entre la Vida y la Muerte, palabras pronunciadas acusatoriamente con mayúsculas, reprochando así al "progresismo" su necrofilia: a la izquierda le gustaría, al parecer, asesinar niños y enfermos. Dejo a un lado ahora la paradoja de que aquí la Vida, despojada de todas las apreturas materiales, sociales, psicológicas, en las que cobra sentido humano, se enuncia en su pura desnudez biológica, pero con mucho más valor que la de un pez o la de un perro en razón de una intervención exterior: es sagrada -quiero decir- porque la ha creado Dios. Se la reduce primero a su composición celular para salvarla después desde fuera, a través del prestigio prestado por un ser cuya existencia pertenece al orden muy personal de las creencias religiosas. Inseparable de esta paradoja es esa otra, señalada una y otra vez con mucho tino, en virtud de la cual, entre el aborto y la eutanasia, entre el embrión y el ictus, la vida deja de tener valor y se puede escribir de nuevo, digamos, con letras minúsculas: para esa misma derecha cristiana, en efecto, no hay nada sagrado en la vida de un niño palestino, de una mujer iraní o de un anciano abandonado en pleno covid en una residencia de Madrid.

Ahora bien, si no se puede escurrir el bulto, entonces hay que intentar plantear bien la cuestión. No se trata, no, de decidir entre la Vida y la Muerte. Se trata de decidir quién decide. No soy un constructivista radical que cree que uno es su propio dios y que no hay ningún “dato”, nada "dado", que preceda a nuestra voluntad soberana. Si tenemos que decidir quién decide es justamente porque hay cosas que nos caen encima, y esas cosas que nos caen encima -la nieve, el cuerpo, la familia, el amor, la mortalidad- hacen imposible desatar la belleza del dolor. Conviene aceptar esta atadura si no queremos renunciar al sentido humano de la vida. Pero conviene no menos rescatar ese sentido de entre las garras de los ricos, los machos, los poderosos, los sacerdotes, los patrones. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Donar órganos tras la eutanasia: “Ya que no me van a servir, que alguien pueda disfrutar la vida que yo no voy a tener”. Pablo Linde, El País

Ana Segundo Urbano, junto a sus padres, Puri y Salvador,
momentos antes de la eutanasia en una imagen cedida por la familia

Impulsar la donación en personas que están en las últimas etapas de su vida es una de las nuevas estrategias de la Organización Nacional de Trasplantes para mantener a España como líder mundial

Los últimos pitidos del monitor cardíaco de Ana Segundo Urbano todavía resuenan en las cabezas de sus padres, Puri y Salvador. Hasta ese piii final que indicó que el corazón de su hija había dejado de latir tras haber recibido una eutanasia que puso fin a años de sufrimiento. Pero esos sonidos adquirieron un matiz distinto cuando el coordinador de trasplantes del Hospital Gregorio Marañón de Madrid les hizo llegar la carta que había recibido de la persona que ahora tenía en su pecho el corazón de Ana.

“Oímos el pitido final, pero no el que sonó cuando comenzó a latir de nuevo en otro quirófano”, relata Puri. El de la persona que a través del médico ―los donantes no pueden saber a quién van sus órganos ni viceversa― les dijo: “Tengo el corazón de vuestra hija y estoy vivo por eso”.

Desde que la ley de eutanasia entró en vigor, en 2021, han donado órganos 154 personas que recibieron ayuda para morir dignamente, lo que ha beneficiado a 442 receptores. “No es solo que beneficiamos a los pacientes”, dice Beatriz Domínguez-Gil, directora de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), “también es positivo para las familias [de quienes reciben la eutanasia]”.

Las donaciones de pacientes en procesos de final de vida ―como pueden ser la eutanasia o ciertos estadios de cuidados paliativos― forman parte de la estrategia 2026-2030 de la ONT, que pretenden afianzar a España como líder mundial de trasplantes, puesto en el que lleva 33 años consecutivos, con un récord de 52 donantes por millón de habitantes en 2024

Domínguez-Gil ha presentado la estrategia esta semana en el XX Encuentro entre profesionales de la comunicación y coordinadores de trasplantes, en San Lorenzo de El Escorial (Madrid). “¿Va a aumentar disponibilidad de órganos? Por supuesto, pero sobre todo tiene el objetivo de que las personas que quieren ser donantes cumplan deseo de fallecer y de donar órganos“, ha asegurado.

Era el caso de Ana, que falleció en 2023 con 27 años. Sus padres explican por videoconferencia que lo primero que hizo con 18 fue donar sangre y registrarse como donante de órganos.

Nació con espina bífida. Su vida estaba salpicada de pruebas médicas y rehabilitación, pero era “relativamente normal”. Hasta 2013. Empezó a acumularse un líquido en la zona lumbar que hacía presión. Le hicieron una operación que no acabó de solucionar el problema. “Tenía unos dolores que no conseguíamos calmar con nada. Ella se enteró de cuál podría ser su final: iba a ir perdiendo movilidad y seguramente moriría asfixiada”, relata Puri. Nos dijo: “Ya que no me van a servir, que alguien pueda disfrutar la vida que yo no voy a tener”.

“No soportaba dolor, no iba a mejorar, no podía curarse, no podía haber una segunda intervención. Ella no quería quedarse postrada en cama moviendo solo los ojos, así que pidió la eutanasia”, continúa su madre.

Tras el rechazo inicial del cirujano que la operó, los trámites fueron rápidos. El Gregorio Marañón dispuso un equipo médico que validó su intención, pasó por otro especialista que la ratificó, tal y como dispone la ley. Y finalmente fue aprobada por la Comisión de Garantía y Evaluación para la aplicación de la prestación de ayuda para morir en la Comunidad de Madrid.

El proceso fue muy duro para todos. “A cualquier padre le cuesta dejar ir a sus hijos, pero teníamos claro una cosa: no son tu propiedad. Ella era mayor de edad, era su cuerpo, su sufrimiento, por mucho que nos rompiera el corazón, teníamos claro que respetábamos su decisión”, cuenta Salvador.

Ana sabía que no quería vivir así. Se planteaba el suicidio en caso de que le denegasen la prestación pero, incluso en esos momentos, pensaba que si lo hacía sus órganos se perderían.
Gestionar el final de la vida

La donación tras la eutanasia es un buen ejemplo de cómo ha cambiado el proceso de los trasplantes desde que comenzaron a generalizarse en los años ochenta (el primero fue en 1965). José Miguel Pérez Villares, coordinador sectorial de trasplantes de Granada, explica que por aquella época todo el foco estaba puesto en el receptor; en cuántos órganos llegaban a tiempo, cuántos no. “Más tarde, en los noventa, empezamos fijarnos en las familias de los donantes, cómo a través de la solidaridad y generosidad de la donación, su duelo empieza a ser menos malo”, continúa.

En 1999 llegó la donación renal entre personas vivas. “Ahí ya no preguntamos a una familia, empezamos a interactuar con el propio donante. Y es lo que pasa ahora con la asistolia controlada, de personas con enfermedades terminales que expresan su deseo que ser donantes cuando les duerman. Se trata de darles el derecho a gestionar el final de su vida con sus propios valores”, narra Pérez Villares.

En todo este proceso, la figura del coordinador de trasplantes es clave. Ana Isabel Tur Alonso, que tiene esa responsabilidad en el Hospital de la Fe (Valencia), explica que lo primero que hay que dejar claro a los pacientes es que su decisión de recibir ayuda para morir no tiene nada que ver con la de donar órganos, y que una cosa no va a impedir ni favorecer la otra.
Personas sensatas, tranquilas

“La mayoría que se dirige a nosotros ya tiene la intención de donar. Son personas sensatas, tranquilas, estables y que tienen claro lo que quieren. Hacen muchas preguntas porque quieren saber cómo va a ser, qué van a sentir”, cuenta Tur Alonso.

En estos casos, la eutanasia no se puede realizar en casa. Tiene que prestarse en el quirófano, para poder aprovechar los órganos. Pero, de la misma forma que en su domicilio, los pacientes pueden elegir cómo quieren ser acompañados, si quieren una música. “Tenemos que ser sinceros y transparentes con lo que se puede realizar y lo que no, pero siempre con empatía. Se genera un gran vínculo con estas personas, que normalmente llevan mucho tiempo luchando por fallecer y quieren hacerlo a su manera. Nuestro reto es conseguir que sea algo cálido, acogedor, íntimo”, agrega.

Por lo general, se realizan unas pruebas para tratar de averiguar si sus órganos se podrán aprovechar. Siempre que la persona quiera se hace, por ejemplo, un análisis serológico para comprobar que no hay enfermedades infecciosas, lo cual impediría un eventual trasplante.

Una de las preocupaciones de Ana antes de fallecer era, precisamente, que sus órganos no sirvieran, dice su padre: “Tenía miedo a que toda la medicación que había tomado los hubiera dañado. Sobre todo el hígado, porque los fármacos eran muy intensos. Hasta el último momento tuvo en la cabeza dos cosas: ‘Me voy a morir’ y ‘quiero que los órganos ayuden a la mayor cantidad de gente”.

Cuentan que se fue despidiendo de todos con paz y naturalidad, manteniendo su carácter “alegre, expansivo, con mucho humor negro”. Cuando llegó el día acordado, se despidió de las gatas, se fueron al hospital y estuvieron juntos los tres hasta el último momento. Desde entonces, muchos de los amigos y familiares han decidido ser también donantes de órganos.

lunes, 21 de octubre de 2024

"LOS PLACERES PALIATIVOS". Marta Peirano, El País14 OCT 2024

Julianne Moore (a la derecha) y Tilda Swinton en
'La habitación de al lado', de Pedro Almodóvar

El impulso de garantizarse la tranquilidad de los últimos días en el círculo protector de una colectividad acomodada y anestesiada por la literatura, el cine, la música y los opiáceos es tan popular que ya es un meme

En mi pandilla de profesionales sin hijos al borde de la mediana edad hay una fantasía recurrente: cuando dejemos de ser jóvenes y bellos, como la canción de Lana del Rey, compraremos entre todos una casa ajardinada de balcones frente al mar, o un refugio de piedra en mitad de la montaña, que llenaremos de libros, gatos, proyectores y mesas de mezclas.

Contrataremos servicios de limpieza y enfermería para mantener el orden de nuestros cuerpos el máximo tiempo posible. Mantendremos un club de lectura, jueves de cine, una piscina de agua salada y mesas para jugar al ping-pong y al ajedrez. Compraremos un saco de heroína que guardaremos en un lugar fresco, seco y oscuro para cuando todo duela y no queden buenas razones para salir de la cama. En algún momento nos llegó a parecer ligeramente escandalosa, con los años he descubierto que esta fantasía nuestra tan primermundista es un cliché.

“Desearía que, al final de la vida, cuando todo estuviera realmente ‘terminado’, hubiera algo que esperar”, escribe Roz Chast, la icónica caricaturista de The New Yorker en una memoria sobre el cuidado de sus padres ancianos, titulada ¿Podemos hablar de algo más agradable? Y sigue: “Algo más orientado al placer. Tal vez opio, o heroína. Te vuelves adicto. ¿Y qué? Heladerías de todo lo que puedas comer para los muy ancianos. Grandes libros de arte con imágenes y música. Cuidado paliativo extremo, para cuando ya estés harto de todo lo demás: las radiografías, las resonancias magnéticas, la comida aburrida y las pastillas que no hacen nada en absoluto. ¿Sería tan malo?” No parece malo cuando lo quiere Roz para sus ancianos padres, pero parece perverso cuando lo quiero yo.

El impulso de garantizarse la tranquilidad de los últimos días en el círculo protector de una colectividad acomodada y anestesiada por la literatura, el cine, la música y los opiáceos es tan popular que ya es un meme, pero un meme clandestino. No sale del clan. Inyectarse la sangre de tu propio hijo para vivir más tiempo te garantiza portadas en Wired, pero, fuera del marco de las instituciones, familia, residencia u hospital, la idea de compartir un espacio vital, no como proyecto de futuro sino como búnker hedonista de los últimos días, parece egoísta, escapista y ególatra.

Pensé que era por la ausencia de hijos. Son los que se quedan, los que nos dicen cómo y cuándo nos podemos ir. Ahora creo que tiene más que ver con la ausencia de opciones. En esta sociedad del bienestar, hemos decidido que no todo el mundo puede irse como quiere. Nuestra piscina futura, llena de cuerpos flácidos flotando sin resistencia en la gracia divina de la metilendioximetanfetamina, encaja perfectamente en ese universo ballardiano del rascacielos como catedral del colapso y del accidente como el hacha capaz de romper los mares helados de un vacío emocional.

Es realismo capitalista. Es peligroso, irresponsable y hedonista, pero la alternativa es más cruel. “Para poder funcionar en el capitalismo tardío sin ser un desastre psicológico, es necesario aceptar lo insano como algo normal” escribe Mark Fisher en su Realismo capitalista. Hay algo más insano que esperar la inevitabilidad de la dependencia, la indefensión y la invalidez mientras cancelamos los servicios sanitarios más básicos. Yo digo que el dolor no purifica. Elijo el respeto y la dignidad.