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martes, 18 de marzo de 2025

"LO QUE SABEMOS SOBRE LA IGNORANCIA". Iren Vallejo, El País 9 MAR 2025

FERNANDO VICENTE
El error es valioso: puede hacernos conscientes de nuestras lagunas y abrir ventanas a lo nuevo e inesperado

La ciencia económica enseña que la mayor parte de los bienes disponibles son limitados y escasos. Las riquezas, el poder o la fama están al alcance de una minoría. Existe, sin embargo, una insólita excepción, un don que cada habitante del planeta posee a raudales: el sentido común. Todo el mundo afirma tenerlo y además se muestra dispuesto a pregonarlo a diestro y siniestro. Algunos incluso auguran una revolución del sentido común que vendría a ser, en realidad, el eterno retorno de lo mismo: pensar que nuestras ideas son ciertas por el simple hecho de ser nuestras.

Heródoto, padre de la historia, descubrió en sus viajes que cada cultura tiende a confundir lo habitual con lo natural. “Si a todos los hombres”, escribió, “se les diera a elegir entre todas las costumbres, cada cual escogería las suyas; tan sumamente convencido está cada uno de que son perfectas”. Por ejemplo, los griegos pensaban que lo más sensato era incinerar a los muertos. Heródoto cuenta que cierta vez el rey persa Darío los convocó a su corte y les preguntó por cuánto dinero accederían a comerse los cadáveres de sus padres. Ellos, indignados, respondieron que a ningún precio. A continuación, Darío invitó a los indios calatias, cuya venerable tradición consistía en devorar a sus progenitores, y quiso saber por qué suma estarían dispuestos a quemar los restos mortales de sus parientes; ellos rompieron a vociferar, rogándole que no blasfemara. La costumbre es reina del mundo, concluye el historiador. Quizá lo realmente común sea despreciar otras formas de pensar y vivir convencidos de que la nuestra es la mejor y más cabal.

Solemos caer en un razonamiento circular: definimos como sentido común un conjunto de afirmaciones con las que todas las personas sensatas estarán de acuerdo, y las personas sensatas son aquellas que poseen nuestro mismo sentido común. Recientemente, Mark Whiting, científico social de la Universidad de Pensilvania, reclutó a más de 2.000 voluntarios para un experimento. Les pidió que valorasen afirmaciones filosóficas, prácticas y morales, como “todo el mundo tiene derecho a estudiar”. Después analizaron las respuestas en busca de patrones de creencias compartidas, pero encontraron una gran variedad de formas de entender la sensatez. Casualmente, estas ideas claras y contundentes, aparentemente obvias y naturales, tienden a coincidir con lo que cada uno piensa: si estamos de acuerdo, lo llamamos sentido común; si no, lo tildamos de ideología. Nos parecen la prueba de nuestro buen juicio, un sillar de certezas sólidas en plena era de la sospecha. En general, son verdades que no se razonan, se amurallan.

En su ensayo Ignorancia, Peter Burke sostiene que todos somos ignorantes, solo que en distintas áreas. Los sesgos del conocimiento humano son la base de nuestra empecinada tendencia al autoengaño. Aun así, el error es valioso: puede hacernos conscientes de nuestras lagunas y abrir ventanas a lo nuevo e inesperado. Del mismo modo que los cantantes han de identificar dónde desafinan, es beneficioso entender que, con frecuencia, estamos equivocados. Saber lo que no sabemos es el preludio de cualquier avance, y el bisturí que disecciona los dogmatismos. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 10 de septiembre de 2023

"ENJAMBRE DE OPINIONES". Un artículo de Irene Vallejo publicado en El País el 3 de septiembre de 2023

Ante las torpezas y tropiezos, el dedo acusador casi nunca es la mejor medicina. Más sabio que discutir será divertirse

Tenemos más opiniones que contemplaciones. “No juzguéis y no seréis juzgados” es tal vez uno de los preceptos más incumplidos de la historia. O, más bien, nadie cree desafiarlo: de nuestra boca jamás emanan veredictos, solo la verdad. Tú misma asomas la cabeza en estas páginas para propinar consejos no solicitados, uniéndote alegremente al sermoneo generalizado.

Hace siglos el griego Esopo ilustró en una de sus fábulas esta pasión irrefrenable por la crítica a destajo. Dos labradores, padre e hijo, se dirigían a un mercado con un burro para que cargase las compras al regreso. Tirando del animal por las riendas, echaron a andar. “Vaya par”, comentaron dos desconocidos, “ellos que tienen caballería van a pie. Qué mal repartido está el mundo”. Al oírlo, el padre ordenó al chiquillo que subiera a lomos del borrico. “Lo que hay que ver”, opinaron entonces unos campesinos que seguían la misma ruta, “el joven va cómodo mientras al padre le falta el aliento. No sé cómo lo consiente”. Entonces el labrador, avergonzado, hizo bajar al hijo para auparse él. “Parece mentira que haga trabajar así al pobre niño”, escuchó a un grupo de viajeros. Ofendido, montó al pequeño en la grupa, detrás de él. “Ahora ya no podrán decir nada”, pensó triunfante. Se equivocaba. Una voz taladró sus oídos: “Fíjate, no pararán hasta que el burro reviente”.

Según repetidas encuestas, todas las personas tienden a considerarse más atractivas, inteligentes y simpáticas que el promedio, lo que es estadísticamente imposible. Además pensamos unánimemente que siempre tenemos razón —otra asombrosa anomalía en términos de probabilidad—. En la vida real y en la digital, a quienes nos llevan la contraria hemos aprendido a etiquetarlos para no escucharlos. Divididos por la espiral de ira, hijos de la hipérbole, creemos que solo nuestras normas permiten avanzar, mientras fuera de ellas imperan los intereses, las mentiras y las turbias complicidades. Nosotros tenemos ideas; los demás, ideología. Al negarnos a comprender al otro, alimentamos una tensión colectiva que nos vuelve más conflictivos y menos efectivos. En su libro La conversación infinita, Borja Hermoso entrevista a Inma Puig, psicóloga experta en contextos de alta tensión: “Estamos juzgando todo el tiempo a todo el mundo, sin pruebas. Y dictamos sentencias, de forma que cerramos ya toda posibilidad de seguir tratando de entender”. Quizá necesitemos redescubrir que cada mirada sobre el mundo es una peculiar aleación de deseos, experiencias, esperanzas y emociones. Las personas somos un material frágil y valioso.

Resulta paradójica esta afición universal al lanzamiento de jabalina verbal, cuando tanto nos irrita ser la diana. Es un hecho comprobado: hagas lo que hagas, siempre tendrás cerca a alguien dispuesto a opinar. Ese cuestionamiento constante erosiona nuestros intentos y nuestros encuentros, nuestros amores y esplendores. En la familia, los reproches crean fallas sísmicas entre generaciones. Cuando se supera el miedo a defraudar a los padres, surge el espanto por las miradas de piedra, los juicios explosivos y las frases letales de los vástagos adolescentes. La autora mexicana Rosario Castellanos escribió Autorretrato, un poema irónico sobre sí misma que retrata sus inseguridades con humor autocrítico e irreverencia. Los versos más desasosegantes los dedica a su hijo: “Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño que un día se erigirá en juez inapelable y que acaso, además, ejerza de verdugo. Mientras tanto lo amo”. En esas treguas, cuando aún se comparten las miradas risueñas y las bromas mutuas sin irritación ni enmiendas a la totalidad, la escritora sitúa los momentos más felices de la vida.

Nos ayudará, cuando los lazos se enmarañan, dejar de ver mala fe en la opinión ajena, evitar el juicio sumarísimo, aprender a confiar en la honestidad de los distintos. Y ante las torpezas y tropiezos, el dedo acusador casi nunca es la mejor medicina. Más sabio que discutir será divertirse juntos con la variedad de caracteres y actitudes. Cultivar un cierto sentido de improvisación y experimentación infantil. Si a “juzgar” le quitas tan solo una letra, podrás jugar.

"EL SUMO SACERDOTE". Juan José Millás, El País

No se pierdan a Florentino Pérez entrando en la sala de prensa de Valdebebas con el gesto de quien se dispone, más que a responder pregunta...