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jueves, 30 de abril de 2026

"PREFERENCIA NACIONAL". Imanol Zubero, Noticiasobreras.es

La llamada “preferencia nacional”, tal como ha sido planteada en el acuerdo entre PP y Vox en Extremadura, no es simplemente una medida técnica de política social o económica: es, en realidad, una toma de posición moral y política de gran calado. Supone establecer una jerarquía de dignidad entre seres humanos en función de su pertenencia nacional, y eso la sitúa en una tradición claramente iliberal. La idea de que los derechos, o incluso el acceso a bienes básicos, deben depender del origen o la nacionalidad rompe con uno de los pilares normativos de las democracias contemporáneas: la igualdad moral de todas las personas.

Desde este punto de vista, la propuesta de Vox, y la asunción de sus premisas por parte del PP, encierra una profunda inhumanidad. No se trata solo de que discrimine a quienes llegan desde fuera, aunque esa llegada se haya producido en muchos casos hace años; es que redefine la comunidad política como un espacio de exclusión, donde la otra y el otro son sospechosos por definición. En un contexto global marcado por las migraciones, muchas de ellas forzadas por conflictos, desigualdades estructurales o crisis climáticas, esta concepción no solo resulta éticamente problemática, sino que contribuye a erosionar los fundamentos mismos de la convivencia democrática.

Nación, ciudadanía y exclusión: los límites del marco estatonacional

Ahora bien, una crítica honesta no puede detenerse ahí. Existe un riesgo evidente en limitarse a denunciar la “preferencia nacional” como si fuera una anomalía introducida por la extrema derecha. En realidad, esa lógica, aunque sea en formas más suaves o implícitas, está profundamente arraigada en la organización estatonacional del mundo moderno. Los Estados, incluso los más liberales, operan sobre la base de una distinción entre nacionales y no nacionales, entre quienes pertenecen plenamente a la comunidad política y quienes no. La ciudadanía, con todo su valor emancipador, también es un mecanismo de delimitación.

Aquí resulta iluminadora la reflexión de R. H. S. Crossman sobre la dificultad de definir qué es una nación. Sus ejemplos son incisivos: el nazi que apela al linaje biológico mientras perpetra el genocidio; el inglés que invoca la historia y la cultura mientras convive con tensiones internas en el Reino Unido; el estadounidense que habla de voluntad política común mientras evita mirar de frente sus propias fracturas raciales y sus políticas migratorias restrictivas. La lección es clara: ya sea racial, cultural o cívica, toda definición de nación contiene elementos problemáticos, exclusiones más o menos explícitas, zonas de sombra.

Esto cuestiona también la supuesta solución ofrecida por la distinción clásica entre el nacionalismo culturalista de Johann Gottfried Herder y el nacionalismo cívico de Ernest Renan. La célebre idea de Renan de la nación como un “plebiscito cotidiano” resulta seductora porque parece desplazar el foco desde la identidad esencial hacia la voluntad compartida. Sin embargo, esta visión presupone una homogeneidad que rara vez existe. ¿De verdad todos los miembros de una comunidad nacional comparten por igual una historia de sacrificios? ¿No es más preciso afirmar que esa historia está atravesada por conflictos, desigualdades y memorias divergentes, en las que algunas personas y grupos se han sacrificado o han sido sacrificados en favor de otros? Frente al idealismo de Locke y Rawls, no hay contrato social que no sea al tiempo un contrato sexual (Pateman), racial (Mills) y clasista (Marx) y, por lo mismo, nunca igualitario.

En toda sociedad compleja hay grupos que han sido sistemáticamente marginados, explotados o silenciados, mientras otros han acumulado privilegios. Presentar la nación como una comunidad de destino homogénea implica invisibilizar esas tensiones. En ese sentido, la mirada de Renan, aunque menos abiertamente excluyente que la de Herder, también puede derivar en una forma de totalización que resulta peligrosa.CONTINUAR LEYENDO

jueves, 14 de abril de 2022

Soy siniestra. Por Irene Vallejo (EL PAÍS Semanal -14 FEB 2021).

Lo habitual se convierte en deseable, luego en preceptivo y finalmente en obligatorio. Lo que no es normal está mal

De niña te preguntabas por qué tu cuerpo tropezaba con los objetos, mientras los demás encajaban con misteriosa fluidez en el laberinto de las cosas y los espacios. Los anillos de las tijeras se hincaban en tus dedos como una mordedura, y las cuchillas no te dejaban ver el rumbo del corte. Luchabas contra la rebeldía del sacapuntas, que era dócil con el resto de compañeros. En la mesa dabas codazos por usar el lado equivocado y tus amigos se apartaban ampliando el espacio que acordonaba tu torpeza. En el corcho de la clase infantil, cuando se desplegaba un museo de láminas, el único dibujo emborronado era siempre el tuyo. Todo se empeñaba en recordarte que algo en ti no funcionaba bien.

Así se sentirían ya los legionarios romanos zurdos, a quienes adiestraban en la lucha con la mano derecha, obligándolos a mantener la otra rígida en el costado. En las antiguas cazas de brujas, el mero hecho de usar la mano izquierda se interpretaba como signo diabólico. En época ilustrada arraigaron en la escuela métodos brutales que incluían golpes y ataduras para castigar a quienes no escribían con la derecha: sombras en el siglo de las luces. Hace menos de 200 años, el padre de la criminología, Cesare Lombroso, afirmó que los criminales acostumbran a ser feos, orejudos, simiescos y zurdos. Estos potenciales delincuentes —el 10% de la humanidad— siguieron siendo marginados hasta bien entrado el siglo pasado. En el franquismo se les consideró rebeldes o incluso precoces comunistas, mientras que a su vez los países comunistas también los contrariaban. Al igual que en todo prejuicio, hay varios saltos lógicos sin red: lo habitual se convierte en deseable, luego en preceptivo y finalmente en obligatorio. Y así tropezamos con la eterna aversión al diferente: lo que no es normal está mal.

Tal vez no sea una casualidad que el zurdo Charles Chaplin crease un personaje marginal, desgarbado, propenso a romper con lo establecido y desatar el caos. Una respuesta humorística a todo un historial de estereotipos. En su otoñal Candilejas, firma una secuencia inolvidable junto a Buster Keaton, ambos envejecidos y frágiles. De Keaton, el gran cómico de rostro impasible, se cuenta que una cláusula de su contrato le prohibía reír en público, y que esta violencia psíquica desencadenó un ataque de locura y su ingreso en una clínica. Alcohólico y enfermo, se reunió con Chaplin para un gag conmovedor: dos músicos torpes y desnortados intentan con todas sus fuerzas salvar del naufragio un concierto catastrófico. Chaplin toca el violín con la mano izquierda, sujetando el mástil y pisando las cuerdas con el gesto forzado, torcido, tenso y casi imposible que todo zurdo reconoce al instante. La escena es a la vez divertida y triste, y expresa la extraña vulnerabilidad de quien no consigue hacer nada a derechas. 

En la antigüedad existió la escritura en bustrofedón, que alternaba la orientación de las palabras de un renglón a otro, como el buey —bous— que ara el campo en un sentido y regresa en el contrario, dando un giro —­strophé—. Esta excepción igualitaria no prosperó y la caligrafía occidental se convirtió en una tortura para zurdos. Aún hoy el lenguaje revela los arcaicos prejuicios sobre la lateralidad. En inglés, to be right es tener razón; en español, “destreza” es sinónimo de habilidad; el derecho y los derechos aluden a las leyes y la justicia; en cambio, en latín sinister quería decir “izquierdo”, pero hoy se asocia a lo temible y a la siniestralidad. Los bienaventurados desfilan a la derecha del padre, la misma mano que debe usarse para jurar, bendecir y santiguarse. Por el contrario, levantarse con el pie izquierdo es siempre un mal presagio. El diccionario etimológico de Corominas aclara que los vocablos que significan zurdo en los distintos idiomas suelen partir de la idea de “grosero” y “torpe”, por la ineptitud que se les atribuye. Tras milenios de sospechas, ya es hora de asociar una simbología más amable a la zurdera: este mundo, diseñado para los diestros, podría ser un lugar mejor si todos actuásemos con mano izquierda.