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sábado, 14 de marzo de 2026

"MEDITACIÓN SOBRE LA OBEDIENCIA Y LA LIBERTAD". Simone Weil

La sumisión de la mayoría a la minoría, hecho fundamental de casi toda organización social, no ha dejado de asombrar a quienes han reflexionado mínimamente sobre este tema. Vemos en nuestro entorno cómo lo más pesado prevalece sobre lo menos pesado, cómo las razas más prolíficas asfixian a las demás. Entre los hombres, esas relaciones tan claras parecen invertidas. Sabemos, sin duda, por la experiencia cotidiana, que el hombre no es un simple fragmento del ecosistema, que lo más elevado del hombre—la inteligencia, la voluntad, la fe— produce todos los días milagros enormes. Pero no es esta cuestión lo que se trata aquí. La necesidad implacable que ha mantenido y mantiene de rodillas a las masas de esclavos, de pobres o de subordinados no tiene nada de espiritual; es análoga a todo lo que hay de brutal en nuestro entorno. Y, sin embargo, se ejerce aparentemente en virtud de leyes contrarias a las del ecosistema. Como si, en la balanza social, el gramo prevaleciese sobre el kilo.

Hace casi cuatro siglos, el joven La Boétie, en su Contr’un, plantea la pregunta, sin responder a la misma. ¡Con qué ilustraciones conmovedoras podríamos apoyar su pequeño libro nosotros, que vemos hoy, en un país que ocupa la sexta parte del globo, a un solo hombre desangrando a toda una generación! Cuando la muerte se enseñorea cuando el milagro de la obediencia estalla ante nuestros ojos. Que muchos hombres se sometan a uno solo por miedo a ser masacrados por él es ciertamente sorprendente; pero ¿cómo comprender que permanezcan sometidos hasta el punto de morir por orden suya? ¿Cómo se mantiene obediencia cuando comporta al menos tantos riesgos como la rebelión?.

El conocimiento del mundo material en que vivimos pudo desarrollarse tanto a partir del momento en que Florencia, después de tantas otras maravillas, aportó a la humanidad, por medio de Galileo, la noción de fuerza. Fue sólo entonces cuando la industria pudo emprender el aprovechamiento del medio material. Y nosotros, que pretendemos organizar el medio social, no poseemos de él ni siquiera el conocimiento más burdo mientras no hayamos concebido claramente la noción de fuerza social. La sociedad no puede tener sus ingenieros mientras no tenga su Galileo. ¿Existe en este momento, en toda la superficie de la Tierra, una inteligencia que pueda entender, aunque sea vagamente, cómo es posible que un hombre, en el Kremlin, tenga la posibilidad de hacer caer cualquier cabeza dentro de los límites de las fronteras rusas?.

Los marxistas no han facilitado una visión clara del problema al elegir la economía como clave del enigma social. Si se considera a una sociedad como un ser colectivo, entonces ese gran animal, como todos los animales, se define principalmente por la manera en que se asegura el alimento, el sueño, la protección de la intemperie, en pocas palabras, la vida. Pero la Sociedad considerada en su relación con el individuo no puede definirse simplemente por los modos de producción. Por más que se recurra a todo género de sutilezas para hacer de la guerra un fenómeno esencialmente económico, es patente y manifiesto que la guerra es destrucción no producción. La obediencia y el mandato son también fenómenos que las condiciones de producción no bastan para justificar. Cuando un viejo obrero sin trabajo y sin ayuda perece silenciosamente en la calle o un cuchitril, esta sumisión que se extiende hasta la muerte no se puede explicar por el juego de las necesidades vitales. La destrucción masiva del trigo o el café durante las crisis es un ejemplo no menos claro. La noción de fuerza, y no la de necesidad, constituye la clave que permite leer los fenómenos sociales. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 12 de marzo de 2026

"EL MONSTRUOSO VICIO DE LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA". Berta Ares Yáñez, El País

Hemos llegado al siglo XXI completamente inclinados por el interés material, atados a los dispositivos celulares y rodeados de tiranos

Era muy joven cuando sentó las bases de su famoso escrito. Como mucho rozaba la actual mayoría de edad, no obstante, Étienne de La Boétie, el gran amigo de Michel de Montaigne, escribió uno de los textos más profundos contra la tiranía: El discurso sobre la servidumbre voluntaria. Un texto breve, absolutamente contemporáneo, profusamente traducido y publicado desde que se difundió por primera vez años después de su fallecimiento a causa de la peste, en 1563.

Este poeta, filósofo y abogado del Renacimiento describió la servidumbre voluntaria como un “monstruoso vicio”. Un vicio que lleva a un número infinito de personas a ser tiranizadas y conducidas al servilismo por su propia voluntad, con el cuello bajo el yugo, no obligadas bajo una fuerza mayor, encantadas y fascinadas “por el solo nombre de uno”. Todo ello a pesar de que es perjudicial, pues la servidumbre al tirano implica, primero, la pérdida del sentido natural de la libertad, después la merma del valor y, finalmente, se instala la impotencia.

El tirano se alimenta de obediencia, servidumbre y devoción voluntaria de las personas. Nunca alcanza la amistad, porque está hecha de una virtud que no posee ni poseerá. No es amado ni ama. Una vez asentado en el poder, gana en astucia. Le resulta fácil engañar y persuadir. Su esquema de funcionamiento es piramidal. Somete a los que están en la cúpula, próximos, mediante el reparto de propiedades y dinero, pues sabe que nada avasalla tanto como la riqueza. A los súbditos, los que forman las bases, los embrutece. El tirano teme la traición. A su alrededor solo hay conspiración. Todo se corrompe.

No es de extrañar que entrado el siglo XX el escrito de La Boétie acompañara la reflexión de no pocos pensadores en torno al totalitarismo y el valor de la desobediencia. Simone Weil, por ejemplo, escribió una Meditación sobre la obediencia y la libertad. Lo hizo en la primavera de 1937, es decir, tras haber participado en la Guerra Civil española. Es una reflexión provocada por el ascenso de los fascismos. Plantea el asombro que le produce ver la sumisión de la mayoría a una minoría criminal y trata de vislumbrar cuál debe ser la fuerza social capaz de romper ese fatídico sometimiento colectivo. Se pregunta cómo comprender que los hombres permanezcan sometidos hasta el punto de morir por orden del tirano. Escribe: “La mayoría obedece hasta dejarse imponer el sufrimiento y la muerte, mientras que la minoría manda”. En esta breve meditación, Weil señala que todo lo que hay de más alto en la vida humana, todo esfuerzo de pensamiento, todo esfuerzo de amor, es corrosivo para el orden tiránico. Y, sin embargo, ve imposible trasladar a la acción política la pureza de espíritu sin condenarse de antemano a la derrota.

Frente al vicio de la servidumbre, La Boétie, al igual que su amigo Montaigne, eligió la virtud de la libertad. Explica Montaigne en su célebre ensayo dedicado a la amistad que, al contrario de la servidumbre, la condición de libertad voluntaria no produce nada más propiamente suyo que el afecto. Rememora también a Aristóteles, quien insistiera en que los buenos legisladores cuidaron más de la amistad que de la justicia, pues las formas de afecto son más hermosas y generosas que aquellas edificadas sobre el placer o el beneficio.

En su texto, La Boétie ilustra con ejemplos históricos que quienes no se entregaron a la servidumbre lucharon con más ímpetu y mejor en defensa de su libertad que quienes vivían subyugados. El Discurso fue comprendido como radical, pues somete a crítica los fundamentos mismos de la autoridad. Pero es que él confiaba en la bondad de la virtud y ésta sólo puede darse en libertad. Este es un punto central de su argumento. Él pensaba que la naturaleza es contraria a la ofensa y, por tanto, si los seres humanos fuimos creados diferentes los unos de los otros es precisamente para favorecer que entre las personas se den los afectos y los cuidados. Naturalmente libres, escribió, todos somos compañeros.

Montaigne describó a La Boétie como un hombre de otra época. Quizá de un tiempo, si es que realmente existió, en el cual la virtud prevalecía sobre el poder y el dinero. Nada que ver con el actual. Las sociedades contemporáneas hemos llegado al siglo XXI completamente inclinadas por el interés material. Vivimos entregados a un embrutecimiento sin parangón. Despreocupados ante la desatendida transmisión del conocimiento de los clásicos y de la antigüedad. Dominados por patologías que se producen en el seno de nuestras democracias. Fatalmente anclados en conflictos políticos del pasado. Servilmente atados a los dispositivos celulares. Embelesados ante los avances de una inteligencia artificial dirigida por intereses que nos alejan de los afectos, por decirlo suavemente. No es de extrañar que al final nos hayamos rodeado de tiranos, cada vez más peligrosos y sofisticados. ¿Qué permanece? De momento todos somos humanos.