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viernes, 6 de septiembre de 2024

"RETICENTES Y NEGACIONISTAS: QUIÉNES SE OPONEN A LAS POLÍTICAS CLIMÁTICAS". Por David Lorenzo Cardiel en Ethic, 10/XI/2022

En plena celebración de la 27º Cumbre del Clima en Egipto, el Center of Economic Policy de Esade acaba de publicar un informe revelador: a pesar de que para el 71% de la población española los efectos del cambio climático son claramente visibles, un 17,5% es reticente a la toma de medidas paliativas. Es el resultado de una desconexión entre la realidad de la ciudadanía y el ejercicio político.

No será en 2030, sino mucho antes. La Organización Meteorológica Mundial (OMM), en su informe Global Annual to Decadal Climate Update ha señalado recientemente que las probabilidades de que el aumento de la temperatura global alcance los 1,5 ºC antes de 2026 son del 50%. Hace un lustro, cuando se alcanzaron los Acuerdos de París en los que se fijó ese límite, apenas alcanzaban el 10%.

Los efectos son palpables más allá de los datos. Por ejemplo, España ha vivido este año su verano más caluroso desde 1961, según la AEMET, misma agencia que anunció en septiembre que el año hidrológico 2021-2022 había sido el tercero con menos precipitaciones de la serie histórica. Además, al margen de la guerra en Ucrania, la sequía que se está viviendo en países de la cuenca mediterránea, India y algunas regiones de China han comprometido la producción mundial de cereal, un acontecimiento que está encareciendo los alimentos en todo el globo, afectando en especial a los países menos desarrollados.

Sin embargo, a pesar de la evidencia, todavía hay cierto porcentaje de la población que sigue oponiéndose a la toma de medidas para paliar las consecuencias del cambio climático. Algunos incluso afirman que no existe un impacto humano sobre el clima. Así lo revela la radiografía social que acaba de publicar el Center of Economic Policy de Esade, Los reticentes a las políticas contra el cambio climático: quiénes son, qué piensan y cómo votan.

La investigación, realizada por Lluís Orriols, de la Universidad Carlos III de Madrid, y Jorge Galindo, de EsadeEcPol, comienza señalando los datos aportados por el CIS en septiembre de 2022. Según el organismo estatal, el 8,6% de los encuestados no creen que asistamos a un proceso de cambio climático. Por otra parte, el estudio de Ipsos aportó otro dato clave: el 71% de los españoles considera que los efectos sobre el clima son notorios, una percepción equivalente a la de Italia (70%) y muy superior a la de otros países europeos del entorno, como Portugal (59%) o Reino Unido (45%). Sin embargo, estos resultados quedan desnudos de sus efectos político-económicos. CONTINUAR LEYENDO



viernes, 13 de enero de 2023

"DESIGUALDADES CLIMÁTICAS: IMPACTOS Y RESPONSABILIDADES DE LOS EVENTO METEOROLÓGICOS EXTREMOS". Un Dosier Ecosocial del FUHEM elaborado por: Mateo Aguado Caso, Nuria del Viso Pavón, Miguel Ángel Navas Martín, Sergio Tirado Herrero, Claudia Narocki, Álvaro Ramón Sánchez, Cristina Contreras Jiménez, Rodrigo Blanca Quesada

El cambio climático antropogénico es hoy una realidad incontestable. Una realidad que, si no lo es ya, se convertirá en los próximos años en el mayor desafío reconocido que haya tenido jamás la humanidad. El derretimiento de los glaciares, la subida del nivel del mar y el aumento de eventos meteorológicos extremos como los ciclones, las inundaciones, las sequías o las olas de calor son fenómenos cada vez más intensos y recurrentes que arrojan cada año miles de pérdidas humanas en todo el mundo y constituyen ya la principal causa mundial de desplazamientos forzados dentro de los países.

Según datos del International Displacement Monitoring Centre (IDMC), de los 38 millones de desplazamientos internos sucedidos en todo el mundo en 2021, más de la mitad (el 58,7%) se debieron a “desastres naturales” relacionados con el clima (11,5 millones por tormentas, 10,1 millones por inundaciones, casi medio millón por incendios, y un cuarto de millón por sequías).1

Este último verano de 2022 ha vuelto a romper todos los registros existentes, alzándose como el verano más caliente de toda la historia en Europa.2 Aunque las cifras están aún bajo estudio, el Instituto de Salud Carlos III estima que, solo en España, se ha producido entre finales de abril y comienzos de septiembre de 2022 un exceso de mortalidad de al menos 4.700 personas atribuibles directamente a las elevadas temperaturas (una cifra que triplica la media del último lustro).3 Y lo peor de todo es que el final del verano no parece haber frenado esta tendencia. Al momento de escribir estas líneas —finales de octubre de 2022— se están registrando anomalías térmicas excepcionales en gran parte de Europa, con temperaturas hasta 15 grados por encima de lo habitual para estas fechas.4

Frente a una realidad como esta, el presente dosier trata de arrojar luz sobre cómo los eventos meteorológicos extremos, que son una de las expresiones más preocupantes del cambio climático, están atravesados por múltiples desigualdades —económicas, geográficas, ambientales, de género, de etnia, de edad— que hacen que sus causas y efectos sean muy diferentes según los territorios, los colectivos y los sujetos que contemplemos. Atendiendo a las desigualdades ambientales, estas se expresan fundamentalmente a través de tres grandes ejes: un acceso muy desigual a los bienes naturales (como por ejemplo la energía), unos impactos sociales repartidos muy asimétricamente entre la población afectada (como las olas de calor o las sequías), y una responsabilidad respecto a la generación del problema que responde, nuevamente, a enormes disparidades (como sería el caso de las emisiones de gases de efecto invernadero).

Todas estas desigualdades constituyen en suma un nuevo tipo de desigualdad, la desigualdad climática, cuya importancia y trascendencia está por fin comenzando a reconocerse y visibilizarse. CONTINUAR LEYENDO

Si quieres leer el texto completo del Dosier Ecosocial, aquí tienes el acceso en formato pdf: Desigualdades climáticas: impactos y responsabilidades de los eventos metereológicos extremos

Si quieres consultar dosieres anteriores: Dosieres Ecosociales.

lunes, 28 de noviembre de 2022

"MÁS DE 260 MILLONES DE DESPLAZADOS POR EL CAMBIO CLIMÁTICO EN UNA DÉCADA". En Ethic, 20 de octubre de 2022

Mientras el concepto ‘migraciones climáticas’ sigue sin tener un reconocimiento, las personas de los países más empobrecidos tienen una probabilidad seis veces mayor que las de las naciones ricas de sufrir lesiones, perder sus hogares, ser desplazadas o evacuadas por factores que, a menudo, tienen que ver con el calentamiento global.


En tan solo diez años, más de 260 millones de personas han tenido que migrar de sus hogares, entre 2008 y 2018, por desastres de tipo ambiental, una parte importante de los cuales se vincula al cambio climático, según la Organización Internacional para las Migraciones. La cifra no deja de aumentar: el pasado verano, las inundaciones en Pakistán generaron millones de desplazamientos. Mientras, el concepto ‘migraciones climáticas’ sigue sin tener un reconocimiento por la multiplicidad de factores con la que se relaciona.

El informe ¿Más allá del pánico?: análisis de los desplazamientos climáticos en Senegal, Guatemala, Camboya y Kenia, cuya publicación se produce en el marco del proyecto Climate of Change, financiado por la Unión Europea, recoge testimonios de personas afectadas en los cuatro países. También, el resultado de grupos de discusión con especialistas, diarios climáticos, entrevistas en profundidad y encuestas a la población en los tres continentes. Entre los datos se menciona que las personas de los países más empobrecidos tienen una probabilidad seis veces mayor que las de las naciones ricas de sufrir lesiones, perder sus hogares, ser desplazadas o evacuadas, o necesitar ayuda de emergencia como consecuencia de las catástrofes. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 27 de noviembre de 2021

CRIPTOMONEDAS: SOLO ESPECULACIÓN QUE ACELERA EL DESASTRE CLIMÁTICO. Por Juan Torres López. Publicado en Público.es el 12 de noviembre de 2021.

Las llamadas criptomonedas se están convirtiendo en una de las expresiones más fieles de la lógica y la ética que dominan el capitalismo de nuestros días.

El número de todas las que existen en el mundo es ya impresionante. A última hora del 10 de este mes de noviembre la web coinmarketcap.com registraba 13.969. Veinticuatro horas más tarde, ya registraba 14.055, 86 más.

El valor de todas ellas en los mercados tampoco para de crecer. En ese mismo periodo de un día, ha pasado de 2,79 billones de dólares a 2,84 billones, según los datos de la misma web,. (aquí). Y hace justo un año el valor total era de 440.000 millones, lo que quiere decir que en estos últimos doce meses se ha multiplicado por 6,4.

Pero si es grande el número y el valor de las criptomonedas que se han creado y circulan por todo el mundo, mayor aún es la confusión que existe sobre su auténtica naturaleza.

Dicho de la forma más elemental posible, las criptomonedas son anotaciones digitales obtenidas por diferentes procedimientos, todos los cuales se basan en la utilización de cifras o códigos muy complejos para crearlas y controlar su circulación de modo descentralizado.

Se dice que esas anotaciones digitales son dinero, lo mismo que lo es la anotación que los bancos hacen en las cuentas de sus clientes, y por eso se denominan criptomonedas. Pero esta es una idea errónea porque no es verdad que las criptomonedas estén desempeñando las funciones que siempre desempeña cualquier cosa que sea utilizada como dinero: ser medio de pago de aceptación generalizada, unidad de cuenta y depósito de valor.

El dinero es cualquier cosa que es generalizadamente aceptada como medio de pago, para saldar las deudas. Y, al contrario, se puede decir que no es dinero lo que no haya sido aceptado generalizadamente para esa función.

Si yo le debo a mi vecina 500 euros, puedo saldarle la deuda con una moneda del reinado de Isabel II de mi propiedad que para ella tenga el valor de esos 500 euros. Sin embargo, aunque haya saldado una deuda con ella, esa moneda no se puede considerar como dinero si no es aceptada como tal por todas las personas. Ahora bien, si al día siguiente el Estado declarase que esas antiguas monedas de Isabel II pasan a ser de curso legal, es decir, de obligada aceptación para saldar deudas, la moneda que le di a mi vecina sería ya dinero. Por tanto, para que algo se convierta en dinero no basta que alguien lo acepte como pago de una deuda. Es necesario que la aceptación sea generalizada, bien por imposición del Estado o por decisión colectiva (eso es lo que ocurría en los campos de concentración, donde se aceptaban cigarrillos como medio de pago, convirtiéndose así en dinero en ese espacio).

Las criptomonedas que se han creado hasta la fecha no son dinero por la sencilla razón de que su aceptación no es generalizada para saldar deudas y, además, porque eso no ocurre debido a otras circunstancias quizá todavía más relevantes.

Hoy día, la inmensa mayoría de la gente o de las empresas que necesitan disponer de medios de pago para intervenir en los intercambios normales y corrientes de la vida económica no aceptaría como pago un axie infinity, un quant, un ardor o un prometeus, por poner algunos ejemplos. Sencillamente, porque saben que no es seguro que otras personas o empresas acepten esas criptomonedas como pago en otro momento o intercambio; entre otras cosas, porque no sabrían ni a qué se refieren esos términos.

La segunda razón de por qué las criptomonedas actuales no se pueden considerar dinero es todavía más decisiva: no se usan como medio de pago generalizado sencillamente porque no conviene usarlas para ello. Su valor es tan volátil, incierto e inseguro que resultan materialmente inútiles como dinero. Nadie en su sano juicio utilizaría hoy para pagar sus deudas una «moneda» que mañana puede tener mucho más valor, ni sabiendo que es posible que, en unas horas, puede perder gran parte de él. Nadie firmaría hoy un contrato suscrito en alguna de esas criptomonedas porque sería como hacerlo a precio indeterminado.

Sea lo que sea que se utilice como medio de pago, para que pueda cumplir esa función debe tener un valor con cierta estabilidad.

La realidad es que el precio de las criptomonedas es muy volátil y esto también impide que puedan desempeñar la otras dos funciones del dinero que he mencionado antes, la de depósito de valor y unidad de cuenta. Usar cualquier de ellas para esto último sería como establecer como unidad de medida un metro de extensión variable que cada vez que se usara tuviese una longitud diferente.

Además, hay que tener en cuenta que la oferta de criptomonedas es fija (de bitcoin se emitirán 21 millones de unidades y ya se han creado 18,6 millones) y, su precio, además, fácilmente manipulable por pocos poseedores (a finales de 2020 los 100 mayores poseedores de bitcoins cash disponían del 13% de los que circulan). Eso hace que no se pueda garantizar ni su disponibilidad en un momento dado, ni su estabilidad, ni su posible utilización para corregir los desequilibrios de la economía, como puede hacer y es necesario que haga la política monetaria.

Por último, el procedimiento tecnológico y algorítmico que ha de seguirse para producirlas y controlar su circulación hace que sea prácticamente imposible que alcancen la capacidad que sería necesaria para hacer frente a las transacciones que se realizan en la economía mundial.

El sistema de funcionamiento del bitcoin, por ejemplo, impide que pueda llevar a cabo más de 7 transacciones por segundo, lo que supone un máximo de 220 millones al año. Una cifra ínfima comparada con los 700.000 millones de pagos digitales que se efectúan en el sistema financiero global anualmente. O con las 65.000 operaciones por segundo que puede realizar VISA.

Las criptomonedas son hoy día registros digitales de los que solo conviene o interesa disponer para obtener beneficios gracias a las variaciones de su precio, es decir, para especular con ellas. Pero no porque convenga utilizarlos como medios de pago habituales o unidades de cuenta, es decir, no porque sean dinero.

Esta es la primera razón por la que dije al principio que las criptomonedas se han convertido en una de las expresiones más fieles de la naturaleza del capitalismo de nuestros días, basado preferentemente en la obtención de ganancias a través de la especulación financiera y no del desarrollo de la actividad productiva que crea bienes y servicios para satisfacer nuestras necesidades.

Las criptomonedas no sirven hoy día nada más que para especular con ellas, para ganar dinero comprándolas y vendiéndolas sin realizar ninguna de las actividades productivas que satisfacen necesidades humanas.

Es posible que dentro de un tiempo alguna de las criptomonedas actualmente existentes se haya ganado la confianza de los sujetos económicos, que se utilicen generalizadamente porque su valor se haya estabilizado y que las limitaciones técnicas actuales que he señalado hayan desaparecido. No niego que, entonces, pudieran ser consideradas como dinero. Aunque, en todo caso y si llegaran a serlo, sería a costa de un gasto de energía tan desorbitado que cuesta mucho creer que fuese posible asumirlo.

Es así porque la creación y control de todas estas criptomonedas necesita que haya miles de ordenadores dedicados a realizar continuamente operaciones muy complejas que requieren mucha electricidad y ser renovados, como media, en unos 18 meses. Los datos que lo demuestran producen escalofrío.

Se estima que la huella anual de carbono que genera la producción de bitcoin (más o menos la mitad del valor de todas las criptomonedas) equivale a la de un país como Chile; su consumo de electricidad anual (116,7 TWh, según el Indice de Cambridge) está entre el de Países Bajos (111 TWh) y el de Argentina (121,1 TWh) y es la mitad del que realiza España (233 TWh); y los residuos electrónicos que genera equivalen a los producidos por Países Bajos.

La ineficiencia de las criptomonedas y el despilfarro que conllevan se perciben todavía más claramente si se considera el gasto de energía que lleva consigo realizar una sola transacción con el bitcoin: produce una huella de carbono equivalente a la de 2 millones de transacciones con tarjetas VISA y requiere la misma cantidad de electricidad que 1,2 millones de esas transacciones. Y el desecho de material electrónico que lleva consigo una sola transacción de bitcoin es el mismo que producen 1,69 iPhones de últimaa generación o 0,56 iPads (datos aquí)

Hasta ahora y según el cálculo que realiza la Universidad de Cambridge, el 61% de la energía que consume la producción y control de las criptomonedas procede de energías no renovables es decir, de las más costosas y contaminantes.

Es cierto que hay un acuerdo internacional para lograr en 2025 que el 100% de la energía que consuman sea renovable, pero se trata de una previsión que ni es realista ni positiva. No es realista porque las energías renovables son de provisión normalmente intermitente mientras que las criptomonedas necesitan un suministro constante. Y, por otra parte, es inevitable que su demanda de electricidad siga creciendo exponencialmente para poder suministrar criptomonedas (de 2015 a marzo de 2021, el consumo de energía de Bitcoin aumentó casi 62 veces). Por tanto, aunque toda esa nueva demanda procediera de energías renovables, lo cierto es que supondría un gasto en producción de energía despilfarrador, sobre todo, si se tiene en cuenta que solo sirve para multiplicar la especulación que debilita la actividad económica productiva y destroza los incentivos que pueden hacer que los sujetos se dediquen a crear empleo y riqueza.

En resumen, las criptomonedas solo son una pieza más del «gran casino» financiero, como lo llamaba el gran economista liberal francés Maurice Allais, en que se ha convertido el capitalismo de nuestros días.

Son pura especulación financiera, despilfarro que impulsa el incremento de la deuda y destruye la economía productiva y una de las principales responsables del desastre climático de nuestros días. Además de servir, para colmo, como una una vía por la que pueden transitar los grandes criminales del planeta para ocultar su dinero y sacar mucha más rentabilidad de lo que roban.

En los años sesenta, viendo venir el desastre que iba a provocar la especulación financiera que se abría paso, James Tobin propuso «echar arena en las ruedas de las finanzas internacionales» para, al menos, frenarla. No se le hizo caso y hemos pagado las consecuencias: casi seis décadas de menos actividad económica, más desempleo, más deuda y crisis económicas y financieras recurrentes. Si no se quiere seguir por ese camino, se debería desinflar cuanto antes la burbuja financiera de las criptomonedas y evitar el gigantesco daño ambiental que están provocando.

domingo, 7 de noviembre de 2021

ES EL CONSUMISMO, ESTÚPIDOS. Un artículo de Iñaki Iriarte Goñi publicado en elDiario.es el 6.11.2021

 

Escaparate de una tienda de la marca de moda H&M, en el que se indica que hay
rebajas de hasta el 50%. Archivo. 
Eduardo Parra / Europa Press

Una de las principales claves explicativas de la actual crisis climática que padecemos es que hemos convertido en normal un modelo económico en el que los países ricos consumimos muy por encima de nuestras necesidades, utilizando para ello unos sistemas de producción que generan emisiones y residuos muy por encima de las posibilidades de la naturaleza para asimilarlos


Desde que Bill Clinton lo utilizara en su campaña contra George Bush padre en las elecciones presidenciales de 1992, el slogan "es la economía estúpido" y sus variantes, han hecho fortuna como expresión para resaltar lo que, pese a ser evidente, no es percibido como tal por algunos de los afectados. Por eso, viendo las declaraciones y las decisiones que los líderes mundiales están barajando en el marco de la COP26, dan ganas de gritarles: "es el consumismo, estúpidos". Y no con ánimo de insultar, sino simplemente de advertir algo que resulta obvio, pero que ni ellos ni, en general, la mayor parte de la ciudadanía reconocemos. Tenemos un elefante llamado consumo desmesurado dentro de la habitación, pero no queremos verlo.

Una de las principales claves explicativas de la actual crisis climática que padecemos es que hemos convertido en normal un modelo económico en el que los países ricos consumimos muy por encima de nuestras necesidades, utilizando para ello unos sistemas de producción que generan emisiones y residuos muy por encima de las posibilidades de la naturaleza para asimilarlos. Consumir es necesario para sobrevivir y para alcanzar un grado suficiente de bienestar, pero caer en un consumismo irracional que convierte al propio consumo en objetivo vital prioritario, no solo no mejora nuestro bienestar, sino que nos perjudica al tiempo que deteriora el planeta y a las sociedades que lo habitan.

Aunque se empieza a hablar de una economía circular que debe potenciar entre otras cosas la reutilización y el reciclaje, de momento seguimos instalados en una economía lineal en la que producimos, consumimos y desechamos en grandes cantidades a un ritmo cada vez más rápido. Instalados en una cultura de la abundancia, a poco que podamos sustituimos los objetos antes de que acabe su vida útil, en un ejercicio inconsciente de despilfarro. Lo hacemos con la comida y con la ropa, con los móviles, los ordenadores y los televisores. Las empresas nos incitan a ello ofreciéndonos constantemente productos con pequeñas mejoras tecnológicas que a veces son más aparentes que reales, pero caemos en la trampa. Y no es raro que quienes pueden abusen también del consumo energético usando de forma excesiva la calefacción o el aire acondicionado incluso a costa de alcanzar temperaturas muy poco naturales. Lo peor es que no parece que estos comportamientos nos hagan más felices, porque también el consumo de ansiolíticos y antidepresivos está disparado.

Incluso la información que manejamos se ve afectada en parte por vicios consumistas. En este momento producimos y consumimos ingentes cantidades de mensajes y datos relacionados con la cumbre climática de Glasgow y con la necesidad de reducir emisiones para que la temperatura del planeta se mantenga dentro de unos límites razonables. Pero en unos pocos días habremos desechado la mayor parte de esa información y entraremos en la vorágine del marketing relacionado con el Black Friday, una de las bacanales consumistas a las que nos vemos empujados anualmente. ¿Alguien cree de verdad que este tipo de eventos son compatibles con una planificación seria de la reducción de emisiones?

Tiene mucha razón el secretario general de la ONU Antonio Guterres cuando dice que nuestra adicción a los combustibles fósiles nos está llevando al abismo, pero sería importante dar un paso más y reconocer que el modelo imperante de consumo es una de las principales causas que retroalimenta esa adicción. Esta muy bien que los líderes mundiales acuerden, como han hecho, acabar con la deforestación y reducir las emisiones de metano. Pero sabemos que ambos fenómenos están indisolublemente asociados a escala global al mantenimiento de una ganadería intensiva que seguirá estando ahí mientras no reduzcamos el voraz consumo actual de carne, totalmente ajeno a nuestras necesidades fisiológicas. Es obvio que los intereses para ocultarnos ese tipo de links son muchos y poderosos, pero si no los desvelamos no atacaremos la raíz del problema, y las declaraciones bienintencionadas quedarán seguramente solo en eso.

Y si hablamos de consumo tenemos que considerar, por supuesto, la desigualdad. Según datos del Banco Mundial, en 2020 cada habitante de los Estados Unidos de América consumió de media en una sola semana lo que un habitante de la India consume en 11 meses, o lo que un habitante de Mozambique consume en dos años. Esos datos se corresponden, por supuesto, con grandes diferencias en la huella de carbono asociada a cada nivel de consumo. La desigualdad se traslada también al interior de cada país con consumos muy distintos según los diferentes niveles de riqueza. Está comprobado además que conforme se incrementa el nivel de ingresos, crece también la propensión a consumir productos con mayor contenido y necesidades energéticas. Dicho de otra forma, la responsabilidad de ricos y pobres a la hora de generar emisiones ligadas al consumo es muy distinta, y distintos deberían ser los esfuerzos exigidos a unos y otros a la hora de reducir sus respectivas huellas.

Si queremos aminorar el incremento de las temperaturas debido a las emisiones de gases de efecto invernadero, debemos actuar en muchos frentes. Los acuerdos de la COP26 pueden ayudar en algo, pero será necesario mucho más. Pensar que las energías limpias y el cambio tecnológico unido a las ayudas de los donantes nos van a sacar del atolladero dejando intacto todo lo demás, es una quimera. La transición ecológica requiere cambios profundos en las formas de producir, pero también de consumir y de distribuir la riqueza. Renunciar en lo individual al consumismo irracional y actuar en lo colectivo para promocionar un consumo menor, más consciente y responsable y mejor repartido, puede ayudar y mucho. La buena noticia es, además, que si lo hiciéramos bien, no solo estaríamos ayudando a frenar el cambio climático, sino que estaríamos mejorando también nuestra calidad real de vida.

"EL SUMO SACERDOTE". Juan José Millás, El País

No se pierdan a Florentino Pérez entrando en la sala de prensa de Valdebebas con el gesto de quien se dispone, más que a responder pregunta...