martes, 31 de marzo de 2026

"ARGUMENTOS". Luis García Montero, El País

Es aburrido hablar de sanidad y educación públicas, economía, impuestos, paz, justicia internacional o derechos humanos; mejor descalificar e insultar

Como las vacaciones de Semana Santa facilitarán las comidas familiares y las reuniones de amigos con tambores y cornetas, quiero ofrecer algunas palabras para que las bocas de la derecha y la extrema derecha puedan analizar las causas de la mala, muy mala, malísima situación que vive España. Si atendemos a la capacidad metafórica del mundo animal, los rojos son hienas, zorros (o zorras, mucho peor), sabandijas, ratas, víboras, chinches, fieras, moscas y todo tipo de bichos que pueden representar la molestia cojonera o los colmillos peligrosos.

Este amor del ser humano por el mundo animal se justifica por identificación. Los rojos muestran unas raíces fundadas en el mal: malhechores, malcasados, malparidos, maleducados y malolientes. También ayuda el prefijo des: deshonestos, desleales, desafectos o, si el insulto viene de la izquierda a la izquierda, descafeinados. Los rojos representan la degradación de la humanidad cuando se comportan, todo junto, como delincuentes, corruptos, sobornados, pesebreros, viciosos, mentirosos, pervertidos, moros, islamitas, antisemitas, antisionistas, ladinos, judíos, migrantes, feminazis, pecadores, anticlericales, devotos, sacrílegos, clerófobos, canallas, sinvergüenzas, granujas, bribones, rastreros, chusma, gentuza, morralla, vengativos, amargados, fracasados, abortados, mierdas, analfabetos, incultos, imbéciles o indocumentados comunistas.

¡Miserables! La lengua saca mucho petróleo de sus pozos para jugar con los sexos, las almas y los cuerpos. Es aburrido hablar de sanidad y educación públicas, economía, impuestos, paz, justicia internacional o derechos humanos. Mejor descalificar e insultar. Uno se tiene que morder la lengua para no hablar de los rebaños o las coces de los mulos que rebuznan. Mejor recordar que mi infancia son recuerdos donde madura el limonero y que ya no hay dos Españas que quieran rompernos el corazón. Ahora nos basta con una.

lunes, 30 de marzo de 2026

"HABERMAS: EL FILÓSOFO QUE CREYÓ QUE CONVENCER ERA POSIBLE". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Perder al pensador no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena

Habermas muere en un momento poco hospitalario para la empresa a la que dedicó su obra. No es una paradoja sentimental, sino un diagnóstico preciso. Construyó el andamiaje intelectual más sofisticado del siglo XX para sostener una idea simple y radical: que la democracia puede fundarse en la razón comunicativa, que la legitimidad nace del mejor argumento y no del poder bruto, y que Europa podía ser la prueba histórica de que ese proyecto era viable. Hoy, cuando sus dirigentes hablan con naturalidad de abandonar la pretensión normativa que definió el proyecto europeo, la muerte de Habermas adquiere un significado que no es biográfico sino político.

Jürgen Habermas fue el filósofo que se negó a rendirse ante el pesimismo. Heredero de la Escuela de Fráncfort, creció intelectualmente en la sombra de Adorno y Horkheimer, pensadores que habían visto en la razón moderna no solo una promesa de emancipación sino también el germen de Auschwitz. Habermas tomó ese diagnóstico sombrío y lo sometió a una corrección radical: si la razón había contribuido a la catástrofe, pensaba, no era porque estuviera condenada, sino porque había sido reducida a un instrumento. Había que repensarla de otro modo: no como técnica de dominio, sino como capacidad de entendimiento entre sujetos. De esa intuición nació su gran proyecto filosófico: la teoría de la acción comunicativa.

La idea es tan simple en su formulación como exigente en sus consecuencias. Cuando los seres humanos hablan para entenderse —no para manipular ni para vencer— activan una forma de racionalidad distinta a la del mercado o a la de la burocracia del Estado. Una racionalidad que propone en lugar de imponer, que escucha en lugar de silenciar y que funda su legitimidad no en el poder de quien habla sino en la fuerza del mejor argumento. De ese principio Habermas extrajo una teoría de la democracia, una filosofía del derecho y una defensa del proyecto europeo como el experimento político más avanzado de la historia: la apuesta de que es posible construir orden sin soberano y legitimidad sin espada. Fue también, como se señaló desde la teoría feminista, un proyecto con puntos ciegos: su ideal de imparcialidad tendía a expulsar del espacio público precisamente aquello que no encajaba en el molde de la razón desapasionada. Pero era un proyecto. Tenía horizonte. Creía que el mundo podía ser mejor mediante la palabra.

Habermas no fue un teórico de gabinete. Fue un intelectual que entendía que los argumentos tienen consecuencias y que por tanto hay que defenderlos en público. Intervino en el debate sobre la memoria del nazismo cuando historiadores conservadores intentaban relativizarlo. Se enfrentó a Foucault y a los posmodernos cuando creyó que su escepticismo radical disolvía las bases mismas de la crítica. Criticó la intervención en Irak y se posicionó sobre Ucrania cuando ya tenía más de noventa años. No siempre tuvo razón, pero siempre estuvo dispuesto a jugársela.

Habermas construyó toda su obra sobre un supuesto: que existe un espacio público donde los argumentos pueden competir en condiciones de igualdad y que el mejor argumento tiene posibilidades de ganar. Ese supuesto no era ingenuo. Sabía que el capitalismo lo erosionaba, que los medios lo podían distorsionar, y que el poder lo podía colonizar. Lo diagnosticó en 1962 con una lucidez extraordinaria, pero el diagnóstico de 1962 describía una degradación. Lo que tenemos hoy es algo cualitativamente distinto: no la colonización del espacio público sino su sustitución. Como ha señalado Evgeny Morozov, el espacio público habermasiano donde debía nacer el entendimiento ha sido reemplazado por una infraestructura propietaria donde el debate no se distorsiona desde fuera sino que se diseña desde dentro. Y en ese nuevo espacio el intelectual público de la razón ilustrada -el que baja al barro con argumentos, el que cree que convencer es posible- ha sido sustituido por el oráculo tecnológico. En lugar de argumentar, profetiza; en lugar de debatir, acumula seguidores; en lugar de buscar el mejor argumento, administra el algoritmo. Eso es Yarvin frente a Habermas. Eso es Musk frente a Habermas. Ese contraste resume, en última instancia, la oposición entre la Ilustración Oscura y la Ilustración tout court: entre el filósofo que creía posible convencer mediante argumentos y el tecnomagnate que controla la plataforma, diseña el algoritmo y decide qué argumentos circulan y cuáles desaparecen.

La teoría de la acción comunicativa no tenía herramientas para pensar un mundo en el que el espacio del debate deja de ser corrompido y pasa a ser privatizado, y en el que la manipulación no se ejerce sobre los argumentos sino sobre la arquitectura misma del debate. Eso es una limitación real y hay que decirlo. Pero la pregunta que animaba todo su proyecto —¿puede la razón ser el fundamento de la democracia?— es hoy más urgente que nunca. Precisamente porque ya nadie la defiende con su rigor. Precisamente porque se ha vuelto incómoda, ingenua, pasada de moda. Perder a Habermas no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena. En un momento en que los oráculos de Silicon Valley han ocupado el lugar del intelectual público y los líderes europeos abandonan el orden normativo como quien se quita un abrigo que ya no calienta, lo que se va con Habermas no es solo un filósofo. Es la última gran voz que insistió, sin ingenuidad y sin rendirse, en que el poder necesita justificarse ante la razón. Y no al revés.

domingo, 29 de marzo de 2026

"LA INVASIÓN". Leila Guerriero, El País

Javier Milei y Viktor Orbán en Budapest
Si mis entrañables abuelos sirios eran invasores, se camuflaron bien

Parece que mis abuelos invadieron la Argentina. No estoy segura, pero intento averiguarlo desde que el presidente Javier Milei le dijo a Orbán, el primer ministro húngaro: “Cuando la inmigración no se adapta culturalmente al lugar donde va, deja de ser inmigración para convertirse en invasión”. Orbán quedó contento porque considera que la inmigración es “un veneno”.

Si mis entrañables abuelos sirios eran invasores, se camuflaron bien: tomaban mate, pero “sospechosamente” lo primero que hicieron fue plantar una higuera para recordar su tierra, y comían más keppe, guisos de trigo y tabule que carne. Hablaban español, pero entre ellos y con sus hijos hablaban en árabe. Mi abuelo hacía un ayuno largo, no religioso, en cualquier momento del año, porque lo había aprendido en su tierra para depurarse. Los días de calor no tomaban bebidas frías sino té caliente y se ponían varias capas de ropa porque era el método que usaban en su país para estar frescos. Mi abuelo hablaba con nostalgia de cuando se “duchaba” con arena. Mi abuela añoraba los gusanos de seda que criaba y las moreras que les servían de alimento. Iban a reuniones donde se bailaba dabki, se tomaba anís y café con borra. Se vestían siempre de la misma forma modesta y ninguno de los dos sabía conducir.

¿Qué salió de esa gente trabajadora, bondadosa? Una mujer elegante, lectora, mi madre, que cocinaba desde ñoquis hasta asado pasando por todas las recetas de mi abuela, que escuchaba tango, folklore, Amalia Rodrigues, Joan Manuel Serrat y música árabe, que adoraba el teatro, que sabía carpir, bordar, ultimar un animal, criar hijos, recitar a Sor Juana, hablar perfectamente su lengua materna, vestirse como una modelo y manejar un camión. Después vengo yo, que cuando llego a Madrid, Bogotá o Ciudad de México el día de Halloween, y veo a todas esas personas disfrazadas de zombies, me digo que la invasión empezó hace rato y que la venimos tragando de lo más bien.

sábado, 28 de marzo de 2026

"LOS BUENOS COMEN LANGOSTA: LAS OBSCENIDADES DE LA GUERA DE IRÁN". Íñigo Domínguez, El País

El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth,
en el Pentágono, el pasado 19 de marzo
A la monstruosa ofensiva en Oriente Próximo se suma un estilo y un lenguaje que parecen una caricatura del peor estereotipo de estadounidense

El ataque a Irán iba a ser cosa de unas semanas, cada día se anuncia que Irán ya ha sido destruido (deben de reconstruirlo por la noche), pero resulta que ahora el dinero no les llega. El Departamento de Defensa de la Casa Blanca, que el aspirante a Nobel de la Paz ha renombrado Departamento de Guerra, acaba de pedir 200.000 millones de dólares. Su secretario, Pete Hegseth, lo ha argumentado así: “Hace falta dinero para matar a los malos”. Yo siempre lo he dicho, si es que solo es cuestión de dinero. Y no les quiero ni contar el que hace falta para que vivan los buenos, sobre todo si los buenos quieren vivir bien. Porque los buenos, por ejemplo, comen langosta. Yo la he comido una o dos veces en mi vida, así que muy bueno no debo de ser. Pero según la plataforma de transparencia Open The Books, solo en septiembre, último mes del año fiscal, Hegseth se fundió 93.000 millones, cifra histórica, la mitad de lo que pide ahora. Y una parte fue en cosas como un piano de cola Steinway & Sons de 98.000 dólares para la casa de un mando de aviación. Es verdad que en un momento dado puede usarse como arma de guerra, lanzándolo desde el aire, pero hay otros dispendios menos comprensibles: en un mes, 6,9 millones de dólares en langosta y dos millones en centollos reales de Alaska. Ni Departamento de Guerra, ni de Paz, mejor Departamento de Crustáceos. Además Trump es de color naranja, le encantaría. En todo caso el nombre está disputado, porque también se les fueron 124.000 dólares en máquinas de helados y 139.000 en dónuts. No puedes evitar imaginar a Homer Simpson sentado ante los mandos de la guerra de Irán. Aunque Pete Hegseth, exmarine y expresentador de la Fox, es uno de esos individuos que ahora, y no importa cuándo lea esto, está haciendo flexiones, y seguramente enfadado, siempre está enfadado.

“Tenemos que asegurarnos de que nuestras tropas cuentan con todo lo que necesitan”, ha justificado. Lo dice uno del Gobierno que ha acabado con los programas de asistencia alimentaria y sanitaria de sus compatriotas por ser un derroche innecesario. Por no hablar del cierre de los programas de cooperación, que han hundido la ayuda humanitaria y han dejado a millones de personas sin acceso a un médico, a medicinas, a una escuela, a comida, y eso que nunca comían langosta. En fin, esos 200.000 millones de dólares son tres veces más que la ayuda militar que EE UU ha enviado a Ucrania en cuatro años.Hay algo monstruosamente obsceno en esta guerra, más allá de que cualquier guerra lo sea, por una mera cuestión de estilo y de lenguaje, en la manera de hacer y decir las cosas. Asistimos a un paroxismo casi caricaturesco del peor estereotipo de estadounidense que imaginemos, incluso sin haber estado nunca en Estados Unidos, por lo que hemos visto en películas de vaqueros y de policías sobrados. El equivalente español sería Torrente con una bomba nuclear. Esta apoteosis de langostas me ha recordado a David Foster Wallace, bendito sea, que en uno de sus descacharrantes reportajes se fue en 2003 al Festival de la Langosta de Maine, un despiporre americano total donde se comen toneladas de este animal, con gorras con forma de langosta y langostas hinchables, y una masa popular devorando todo a su paso en una catarsis consumista, en la que nadie reparaba en el extraño ritual de la muerte de miles de bichos: “Puros americanos del último tipo: ajenos, ignorantes, ansiosos de algo que no se podrá tener nunca, desilusionados como no podrán admitir jamás”, escribió. Ahora mandan, agitan la Biblia y declaran guerras. Y encima son los buenos. Así que ya saben, a portarse bien.

viernes, 27 de marzo de 2026

Odome Angone, ensayista: “Las personas no blancas no tenemos derecho a ser nosotros. Hablamos siempre en nombre de un colectivo”. Una entrevista de Silvia Laboreo Longás publicada en El País

Profesora de literatura hispanoafricana en la universidad en Dakar, ha escrito el libro ‘¿De qué color son los blancos?’, donde reflexiona sobre quién produce el conocimiento aceptado y visibiliza las voces silenciadas

Odome Angone (Gabón, 46 años) se define como madre, universitaria y africana. Tres etiquetas que “carga con mucho orgullo”. Desde hace más de 11 años, esta filóloga hispánica y doctorada por la Universidad Complutense es profesora de literatura hispanoafricana y afrodescendiente en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar, desde donde reflexiona sobre quién produce el conocimiento que es aceptado.

Su último libro, ¿De qué color son los blancos? (Edicions Bellaterra, 2025), presentado recientemente en Casa África en Canarias y en Madrid, pretende visibilizar las voces históricamente eclipsadas y empujadas hacia los márgenes de la normalidad en la ciencia, la academia o el arte.

“Nos da la impresión, a las personas que no somos de esa categoría social, de que muchas veces las personas blancas han sido socializadas como si no tuvieran color. Por eso titulo el libro con esa pregunta sarcástica”, explica Angone en una entrevista con este diario. “Para que ellos también se autocritiquen y piensen qué papel desempeñan en ese sistema global, que al fin y al cabo ha sido diseñado según una perspectiva eurocéntrica y que de algún modo les beneficia”, añade.

miércoles, 25 de marzo de 2026

"SIN RAMADÁN NO HAY SEMANA SANTA". Sergio del Molino, El País

Rezo colectivo musulmán en Jumilla (Murcia)
Si jugamos a la aconfesionalidad, hay que jugar bien: o se ponen facilidades para ambas fiestas o se las saca de la calle

Impotente ante un conflicto religioso y social que le supera, un policía local de Jumilla fió la solución a “que su Dios y el nuestro se pongan de acuerdo”. Se lo contó a la periodista de EL PAÍS Elena Reina, que andaba por el municipio murciano dando noticia de los problemas que la comunidad musulmana tuvo para celebrar el Ramadán en un espacio público. La frase del agente es ingeniosa y conciliadora, al estilo de un capitán Renault en Casablanca, pero también falsaria: el dios de las tres religiones monoteístas es el mismo. Una confusión normal en el politeísmo católico, que trata a la Virgen del Pilar y a la de la Macarena como entidades distintas y rivales. Así no hay dios que se aclare.

Más grave es que un funcionario haga distingos entre dioses “nuestros” y “de ellos”, como si en un municipio cupiera un “nosotros” diferente al que engloba a todos los vecinos. Y mucho peor que se invoque la aconfesionalidad del Estado para reprimir la libertad religiosa de una parte de la población. Los laicistas y ateos no vimos venir que un día se usaría el comodín laico para defender privilegios religiosos, pues muchos de los que quieren prohibir ramadanes tienen ya los hábitos de cofrade planchados y listos para procesionar. Laicismo, sí, pero solo para los moros. Para los demás, incienso y tambores.

Si jugamos a la aconfesionalidad, hay que jugar bien: los mismos argumentos que los agitadores voxeros avientan para hacer la puñeta a los vecinos musulmanes sirven también para que no se corte el tráfico ante el paso de los penitentes. En unos días, cientos de miles de católicos se apropiarán del espacio público para expresar su fe, exactamente igual que los musulmanes al final del Ramadán. Una sociedad que respete la libertad religiosa no puede elegir entre este y la Semana Santa: o pone facilidades para ambas fiestas o las saca de la calle.

Abrir la espita laicista plantearía un debate sobre los usos religiosos del espacio común, pero me temo que a los saboteadores de ramadanes no los anima la confrontación de ideas, por mucho que las palabras democracia y libertad no se les caigan de la boca. Si así fuera, centrarían los ataques en la religión mayoritaria, la que más presencia pública disfruta de lejos y la que más invade las calles y las plazas. Pero si solo te molesta una religión, no eres laicista, tan solo un intolerante, y cabe aplicarte aquel versículo del evangelio según Víctor Manuel, que debería conocer también el policía municipal de Jumilla: “Aquí cabemos todos o no cabe ni Dios”.

martes, 24 de marzo de 2026

"MUJER Y NEGRA: LAS FEMINISTAS BLANCAS ANTE SUS PRIVILEGIOS". Paula Cáceres, El País

Una mujer peina a otra de edad
Las mujeres caucásicas deben reconocer su posición en la jerarquía colonial y entender que la raza no es un tema más, sino la base de una modernidad que las beneficia

Acabamos de vivir otro 8-M, así que hemos leído y escuchado la palabra interseccionalidad en todos lados. Devenida en muletilla política, desde hace tiempo asistimos a una suerte de redefinición política de este concepto, producto de la manipulación del feminismo hegemónico que lo ha terminado convirtiendo en un arma de lucha para sus privilegios de mujeres blancas, vaciándolo de su contenido original y despojándolo de su significado e historia.

Por estas fechas, es común que el término aparezca en un sinfín de manifiestos, afiches, declaraciones, convocatorias y eslóganes, forme parte de documentos institucionales y se utilice a modo de validación en campañas de comunicación. Dicho de otro modo, este concepto se ha convertido en un “sello de calidad”, o lavado de cara, para el activismo feminista blanco.

Y es también común que se realicen congresos, conferencias, talleres y cursos sobre interseccionalidad, o que se publiciten eventos utilizando este concepto. Sin embargo, también es habitual que en los equipos que diseñan y organizan estas actividades no se incluya la participación de ninguna mujer negra, ni perteneciente a otra comunidad/pueblo racializado, o que su participación quede relegada a un papel meramente estético y superficial: 20 minutos para dar una charla en un marco de discursos mayoritariamente blancos, o un afiche publicitario con su imagen. En otras palabras, un concepto que surgió del feminismo negro para describir la vivencia de la opresión cuando está presente el eje de la raza se ha terminado utilizando en prácticas que reproducen precisamente racismo y colonialismo.

El concepto interseccionalidad no surgió para que las mujeres blancas se sintieran “incluidas” en la diversidad. El término lo acuña a finales de la década de los ochenta la abogada y académica estadounidense Kimberlé Crenshaw, figura clave en el desarrollo de la teoría crítica de la raza, basándose en el análisis de una demanda que interpuso un grupo de mujeres negras contra General Motors tras ser despedidas. El tribunal del caso concluyó que no había existido discriminación por raza, ya que muchos hombres negros seguían trabajando en la empresa, y que tampoco existía discriminación por género, puesto que muchas mujeres (blancas) también permanecían contratadas.

A partir del análisis de este caso, Crenshaw determinó que la experiencia de las mujeres negras no podía ser explicada solo desde el punto de vista de la raza o solo desde el punto de vista del género, ya que es la intersección de ambos ejes la que produce su realidad concreta y, por tanto, una forma única de discriminación. No se trata solo de la suma de opresiones, sino de la manera en que estas se imbrican e interactúan, generando experiencias concretas que describen la discriminación específica que viven las mujeres negras, primero por ser negras y luego por ser mujeres.

Interseccionalidad fue el término que acuñó Crenshaw para poner de manifiesto esta realidad, un prisma desde el que observar cómo la raza intersecciona e interactúa con cuestiones como la clase y el género. Antes de Crenshaw, mujeres de diferentes movimientos subalternos, en diversos contextos históricos y geopolíticos, ya debatían sobre cómo el factor étnico y racial juega un rol determinante en la configuración de las relaciones de poder, y por qué es imposible analizar la opresión de género o de clase sin tomar en cuenta cuestiones como la raza o la etnia, lo que evidencia el intenso debate que ya existía en los movimientos de mujeres no blancas sobre esta materia.

El enfoque teórico de Crenshaw fue ampliamente desarrollado en la tercera ola del feminismo, una etapa muy marcada por la introducción de conceptos como raza, etnia, religión y sexualidad. En este contexto, relevante fue el aporte teórico de la socióloga estadounidense negra Patricia Hill Collins con su concepto “matriz de dominación”, un enfoque que permite analizar cómo los diferentes sistemas de poder (raza, clase, género, etcétera) se interrelacionan y se refuerzan mutuamente, creando una jerarquía de dominación (privilegio) y opresión (resistencia) que organiza y estructura la sociedad.

A pesar del origen de estos debates, con el tiempo hemos visto cómo el feminismo blanco ha convertido el término interseccionalidad casi en un sinónimo de feminismo hegemónico. Tal como afirma la filósofa Esther (Mayoko) Ortega Arjonilla en el prólogo del libro de Rafia Zakaria Contra el feminismo blanco, uno de los ejemplos más evidentes del extractivismo epistémico que hace el feminismo es la utilización del término, llegando al punto de entenderlo como la forma de hacer “un análisis del género y todo lo demás”, como le afirmó en una ocasión una feminista académica blanca.

Lo que estamos presenciando es un borrado progresivo, interesado y político del factor raza/etnia del concepto interseccionalidad. No estamos planteando que se dejen fuera categorías de opresión diversas, sino que no se excluya el aspecto racial, que fue lo que dio origen no solo al término, sino a todo el estudio y análisis del eje raza/etnia en la configuración de las relaciones de poder.

El extractivismo ha sido una constante en la historia del sistema-mundo. En palabras del sociólogo Ramón Grosfoguel, se trata de un saqueo, robo, despojo y apropiación de recursos del sur global para el beneficio de grupos demográficos considerados racialmente superiores. Con el tiempo este extractivismo se ha extendido también al ámbito epistémico y ontológico, y la redefinición interesada del concepto interseccionalidad es una clara prueba de ello.

El concepto interseccionalidad interpela a las feministas blancas a que reconozcan su posición en la jerarquía colonial y entiendan que la raza no es un “tema más”, sino el cimiento sobre el que se construyó la modernidad que hoy las privilegia. No olvidemos que el feminismo blanco se ha cimentado sobre la división racial del trabajo porque para que las feministas blancas salgan de sus casas, estudien, entren al mercado laboral, ocupen puestos de dirección y cargos políticos, han tenido que existir mujeres negras, mujeres racializadas, que les limpien, cocinen, críen a sus hijos y cuiden de sus padres y abuelos. Se trata de mujeres que muchas veces no tienen la posibilidad de formarse ni de cuidar a su propia descendencia, o que incluso teniendo formación deben ejercer trabajos mal pagados, por parte incluso de estas mismas mujeres blancas que hablan de derechos y liberación.

Porque el feminismo blanco se ha visto beneficiado por un sistema que marca racialmente como inferiores a los pueblos del sur global a través de marcadores raciales como el color de la piel, la etnicidad, la religión, el idioma o la cultura, situándolos en una zona de no-ser, una zona deshumanizada de no derechos, con el fin de mantener la supremacía y los privilegios políticos, económicos y sociales de las poblaciones blancas, entre las que se incluyen las feministas blancas. No reconocer esta realidad implica la anulación y negación de la definición misma del concepto interseccionalidad que sitúa el eje de la raza como un factor estructurante y jerarquizante del sistema-mundo que las privilegia sobre las mujeres racializadas.

¿Están dispuestas las feministas blancas a reconocer sus privilegios? ¿Están dispuestas a hacerse a un lado para ceder y compartir espacios de trabajo, participación y visibilidad?

lunes, 23 de marzo de 2026

"ENTREVISTA A ARUNDHATI ROY, ESCRITORA INDIA". Marc Bassset, El País

ARUNDHATI ROY

La escritora india, autora de ‘El dios de las pequeñas cosas’, encarna la figura de la intelectual radical y global. Rechaza el ataque de Trump en suelo iraní. Argumenta que ella vive bajo un régimen cruel, el de Nerendra Modi, pero eso no significa que quiera que llegue Estados Unidos a bombardear el país. Y avisa de que en autoritarismo, la India va muy por delante de Occidente: allí, dice, el odio y el veneno ya no vienen solo del Estado, sino también de la sociedad

La cita para esta entrevista, al principio, estaba fijada a mediados de febrero en un hotel de Berlín. La escritora Arundha­ti Roy (Shillong, India, 64 años) estaba invitada a la Berlinale, el festival de cine, con ocasión del estreno de la versión restaurada de In Which Annie Gives It Those Ones (en el que Annie la monta, sin traducir al español), un popular telefilme de 1989 cuyo guion ella escribió y en el que actuó. A última hora, y estando en París a punto de subirse al avión hacia Berlín, vio que, en una rueda de prensa el cineasta alemán Wim Wenders, presidente del jurado, y otros miembros del cónclave eludían las preguntas sobre Israel y Gaza. “Me sorprendió que personas tan inteligentes tuviesen miedo de decir cualquier cosa sobre Gaza”, recuerda Roy. Y anuló el viaje y la entrevista.

La autora de El dios de las pequeñas cosas, la novela que la lanzó a la fama hace casi tres décadas, publicó hace unos meses en castellano Mi refugio y mi tormenta (Alfaguara, traducción de Catalina Martínez Muñoz), unas memorias centradas en la figura de su madre, una mujer a la vez extraordinaria y compleja. “Alguien me dijo que tuve la misma relación con la India que con ella”, dice. “La India también es mi refugio y mi tormenta”. Acosada por el nacionalismo hindú, y en el punto de mira de la justicia de su país por haber cuestionado que la región de Cachemira hubiese sido históricamente india, Roy —referente para intelectuales occidentales como Judith Butler o Naomi Klein— encarna la figura de la intelectual radical, a la vez global y muy arraigada en la India, su civilización y su universo de referencias.

“Por supuesto, habría podido ir al pase en Berlín, pero entonces habría sido ‘la mujer cabreada en el circo’, y era algo que yo no quería hacer”, explicó unos días después de la polémica en la Berlinale. Roy ya había vuelto a Nueva Delhi y se había concertado otra cita para la entrevista, esta vez por videoconferencia. “Es interesante”, explicó, “porque ha circulado una cita de Wim Wenders, de 1988, y es muy inteligente lo que dice. Dice que las películas que no son políticas son en realidad las más políticas, porque en cada fotograma apoyan el statu quo. No es que esto no se entienda ahora, es que, cuando se trata de Gaza, los cerebros se revuelven. Pueden ser políticos sobre cualquier cosa, pero no sobre Palestina”.

sábado, 21 de marzo de 2026

"LAS MUJERES IRANÍES NO NECESITAN SALVADORES". Violeta Assiego, elDiario.es

 Si algo necesitan de quienes dicen defenderlas es que dejen de bombardearlas y dejen de instrumentalizarlas. Porque el feminismo no va a ser nunca un lenguaje al servicio de la guerra

Las mujeres iraníes no pidieron esto. Pedían el fin de la policía moral, el derecho a elegir su vestimenta, igualdad ante la ley y el fin de la impunidad estatal. Lo venían diciendo desde las calles, desde las cárceles, desde la rebelión de los velos que dio origen al lema “Mujer, Vida, Libertad” como grito por la libertad política y los derechos fundamentales frente al autoritarismo. Un movimiento de mujeres que surgió en 2022 como una respuesta directa a décadas de opresión contra ellas y la imposición obligatoria del hiyab. Cuando los ataques aéreos de las fuerzas israelíes y estadounidenses comenzaron en todo Irán el pasado 28 de febrero a las 9:45 (hora local) nadie les había preguntado si querían esas las bombas que están cayendo sobre las escuelas de sus hijas e hijos, sobre sus familias, sobre sus vidas. Las que reducen a escombros sus hogares. Las que están asesinando a su gente y a ellas mismas.

Ellas son el pretexto. Las bombas de Israel y de Estados Unidos no caen en su nombre. Porque la violencia no se detiene con más violencia. Netanyahu invocó precisamente el lema “Mujer, Vida, Libertad” para justificar esos bombardeos y Trump habló de rescatar al pueblo iraní de la opresión. Lo que esta guerra produce no es la liberación de las mujeres iraníes, sino más precariedad, más destrucción y más violencia sobre ellas y sobre el conjunto de la población civil. El lema que nació del asesinato de Jina Mahsa Amini está siendo mancillado por los soldados israelíes que lo escriben en sus armas, no lo están honrando: lo están profanando. Shirin Ebadi, Premio Nobel de la Paz, lo ha dicho sin ambigüedad, los derechos de las mujeres iraníes no se conquistan con bombas. Se conquistan desde dentro, con las mujeres iraníes como sujeto, no como símbolo. Esa es la diferencia entre el feminismo como práctica política y el feminismo como coartada geopolítica.

La propaganda de Israel habla de ataques selectivos y eliminación de líderes. Pero calla sobre las miles de personas civiles asesinadas, las ciudades arrasadas, las vidas atravesadas por el terror y la pérdida. Mientras construyen un relato errático de victoria, la realidad es otra más de un millón de personas han sido desplazadas, se ha documentado el uso de fósforo blanco en zonas residenciales, sanitarios asesinados en el sur del Libano… e imposible borrar de la memoria el bombardeo sobre la escuela primaria Shajare Tayyebeh (Minab) mientras estaba llena de alumnas y donde al menos 180 personas murieron, en su mayoría niñas de entre siete y doce años. Nadie está pensando en las mujeres ni en términos de vida ni de derechos. Esta lógica es la de la muerte, la de la destrucción, la del genocida, la de colonialismo devorando todo deshumanizadamente.

Nadje Al-Ali, que ha investigado durante décadas los efectos de los conflictos armados sobre las mujeres en Irak y en toda la región, señala que las intervenciones militares empeoran sistemáticamente la vida de las mujeres, aunque se justifiquen en su nombre. Porque la violencia en una guerra, en un conflicto armado, en la invasión de otro país, nunca es neutra. Como dice Judith Butler en Marcos de Guerra no todas las vidas son consideradas llorables, hay vidas que cuentan y vidas que no, hay muertes que se narran y otras que se diluyen en cifras. Esa jerarquía del duelo es también una forma de violencia. Las niñas de Minab no merecieron un minuto de silencio en ningún parlamento occidental.

Lo que está en juego no es solo este conflicto concreto, sino los valores que queremos que ordenen el mundo. Las mujeres iraníes no necesitan salvadores, les basta con que se reconozca su agencia política, su capacidad de lucha y su derecho a decidir sobre sus propias vidas sin injerencias que las utilicen como coartada. Si algo necesitan de quienes dicen defenderlas es que dejen de bombardearlas y dejen de instrumentalizarlas. Porque el feminismo no va a ser nunca un lenguaje al servicio de la guerra. Por cierto, defender el derecho internacional no es ingenuidad, es memoria política. Es el aprendizaje acumulado de otras guerras, de otros genocidios, de otros crímenes horribles donde ya vimos lo que ocurre cuando la fuerza sustituye al Derecho. Es, precisamente, el límite que las sociedades se han dado para que el poder no arrase sin freno, para que la violencia no se convierta en norma. Defenderlo es defendernos sin excepciones, sin jerarquías, sin bombas. Es defender la Vida.

jueves, 19 de marzo de 2026

"AMANCIOLIEBERS". Antonio Maestre, elDiario.es

Plantearse la inconveniencia de estos dividendos empresariales y estas fortunas escandalosas es un deber cívico. Nadie tendría que poder ganar tanto dinero sin importar qué sea lo que hace ni aporta. Nadie. Haga lo que haga, sin importar cuál sea su aportación de su actividad económica a la sociedad

Yo trabajé en Zara Home poco después de acabar la carrera. Una vez que trabajas para Amancio no te resulta muy difícil comprender de dónde saca sus beneficios millonarios. Yo fui uno de los trabajadores que pusieron en marcha la tienda que se abrió en Parquesur cuando se produjo la ampliación del centro comercial. Mi experiencia laboral hasta el momento había sido mucho más precaria y para mí resultó un salto sustancial en las condiciones laborales que había tenido, porque las anteriores pasaban por ni siquiera estar dado de alta, que me pagaran lo que les cuadraba y que no tuviera ni horario laboral. En muchas ocasiones eso es lo que fundamenta que se vea a estas grandes empresas que contratan a gente muy joven con una gran consideración, se debe a que no hay situaciones previas aceptables con las que comparar.

En mi caso llegué a agradecer, lo contaba en mi familia como algo excepcional, que el fin de semana en el que tuvimos que montar toda la tienda para la apertura, haciendo jornadas de 18 horas, me pusieran un taxi para poder volver a mi casa en Fuenlabrada de madrugada. Flipé cuando vi lo que había ganado, ahora sé que era una miseria, a pesar de que muchas de las horas extra que hice me advirtió la encargada que eran un servicio a la empresa que servía para hacer carrera en Inditex aunque la mayoría jamás la haríamos ni queríamos hacerla. Con los años aprendí con qué sudor se consiguen sacar los beneficios empresariales del adinerado coruñés.

Amancio Ortega cobrará este año 3.234 millones de euros por los dividendos que le corresponden de Inditex. Como esas rentas las cobra a través de su empresa Pontegadea tributa por el impuesto de sociedades y al invertir antes del año en patrimonio inmobiliario queda exento de tributar una parte importante, ahorrándose hasta un 20% sobre lo que paga un ciudadano común. Amancio Ortega paga menos impuestos en porcentaje que cualquiera de sus trabajadores que lo hacen por IRPF. Su fortuna es de tal dimensión que cuando se mudó al barrio de Ciudad Vieja en A Coruña lo convirtió en el segundo de más renta de España detrás de La Moraleja en Madrid. No es que el resto de ciudadanos se hubieran vuelto millonarios, es que Amancio Ortega subió la media hasta pervertir la condición del barrio. Es fácil entender que esto no es normal y no tendría que pasar.

Plantearse la inconveniencia de estos dividendos empresariales y estas fortunas escandalosas es un deber cívico. Nadie tendría que poder ganar tanto dinero sin importar qué sea lo que hace ni aporta. Nadie. Haga lo que haga, sin importar cuál sea su aportación de su actividad económica a la sociedad. Las sociedades desiguales siempre serán menos democráticas, por lo que establecer unos filtros a la riqueza es imprescindible para tener una estructura social sana y segura. La manera en la que las democracias liberales más avanzadas proponen este equilibrio es mediante una fiscalidad progresiva. La realidad es que no estamos haciéndolo bien porque estos personajes multimillonarios tienen cientos de herramientas fiscales de elusión, que se les permiten por ser legales, que propician que paguen proporcionalmente mucho menos que un docente, un enfermero o una médica.

Amancio Ortega proporciona caridad en relación a lo que tendría que pagar haciendo regalos que le generan un alto impacto publicitario y de reputación porque tiene una serie de amancioliebers dispuestos a defender a los millonarios por cualquier cosa que hagan soñando con que alguna vez les caiga una migaja del banquete que se celebra por arriba. Son los tontos útiles de la seudocientífica —magufa más bien— teoría económica del derrame que viene a decir que cuando se bajan los impuestos a los multimillonarios ese dinero caerá en cascada hacia los de abajo.

Durante muchos meses acompañé a mi madre a los tratamientos y revisiones oncológicas en el Hospital de Fuenlabrada. Algunas de esas veces, no fueron pocas, le pospusieron una prueba de control porque la máquina para hacer los PET-TAC estaba averiada generando más lista de espera. Eso ocurría mientras veía como al lado de la planta de oncología se construía un edificio anexo para la instalación de una de las máquinas de prontoterapia donadas por la Fundación Amancio Ortega. El edificio se anunció en julio de 2024 con un plazo de ejecución de 12 meses, estamos en marzo de 2026 y solo tienen que acercarse para ver lo que falta para que esa obra termine.

Hay muchas veces que de manera terriblemente concreta vemos cómo los impuestos de los ricos no van a donde deben ir y las máquinas que necesitamos no funcionan para que el capricho caritativo de un multimillonario se haga realidad. A mí me pasó cada día en el servicio de oncología del Hospital de Fuenlabrada al ver construirse el edificio del antojo orteguiano sin que las que máquinas ya instaladas funcionen como deben. No sé cuándo se inaugurará con boato y fanfarrias la máquina donada, hasta entonces los impuestos eludidos por multimillonarios impedirán a muchas personas en su día a día hacerse una prueba diagnóstica o de control porque las máquinas que hacen falta para salvar vidas están averiadas.

miércoles, 18 de marzo de 2026

"VON DER LEYEN Y LA MUERTE DE EUROPA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El mal, en política, rara vez se presenta con la máscara del villano. Más a menudo adopta la forma de una conclusión prudente

Europa escucha hoy una frase que pretende ser realista: “La UE ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial”. Lo dijo Ursula von der Leyen, arrogándose unas competencias que no son suyas y un liderazgo que está muy lejos de poder ejercer. Lo dijo como una constatación, como quien lee el parte meteorológico. Las metáforas de inevitabilidad, frecuentes en la retórica política, tienen su función precisa: disolver la propia responsabilidad en el clima de la Historia. El orden mundial está cambiando, de acuerdo, pero lo inquietante es la tranquilidad con la que aceptamos que ciertas líneas éticas y normativas, hasta ayer consideradas fundamentales, pasan a ser obstáculos prácticos. El mal, en política, rara vez se presenta con la máscara del villano. Mucho más a menudo adopta la forma de una conclusión prudente. La diferencia entre Trump y Von der Leyen no es solo el contenido de sus posiciones, sino la estética moral con la que narran su necesidad: Trump exhibe la ruptura como voluntad; Von der Leyen la presenta como realidad.

La realpolitik funciona como un dispositivo retórico que convierte casi cualquier acción en justificable mediante la apelación a la necesidad. El argumento es siempre igual: ante circunstancias excepcionales, los principios ordinarios no se aplican, la responsabilidad exige realismo y a quien no lo acepta se le relega al papel de ingenuo. Von der Leyen no ha dicho “abandonemos el derecho internacional porque es malo”, sino algo mucho más eficaz: “las circunstancias nos obligan a ser realistas”. Es la forma más clásica ―y más peligrosa― del entreguismo anticipado: se enmascara una elección política como una simple rendición ante los hechos. Es una lógica sin ningún freno interno. Una vez que se acepta que la necesidad suspende las normas, ya no hay un punto claro donde detenerse: es una pendiente.

El peligro está en el político que deja de percibir que sus manos están sucias. Von der Leyen no dijo “sé que esto tiene un coste enorme, pero las circunstancias me obligan”. Al menos, habría sido honesto. Dijo algo peor: no hay coste, es pragmatismo. Pero cuando abandonar los principios no es una dramática excepción y se presenta como mero sentido común, el daño ya no necesita justificarse porque se vuelve invisible. En uno de los momentos más reveladores del discurso Von der Leyen pidió que no se debatiera si la guerra de Irán es “elegida o necesaria” porque perdíamos “el punto esencial”. Setenta años de derecho internacional dirían exactamente lo contrario: ese es el único punto. Distinguir entre guerra elegida y guerra necesaria no es un debate filosófico: es la diferencia entre agresión y legítima defensa, entre un crimen y una respuesta. Descartarla no es pragmatismo. Es decir que la legalidad es irrelevante cuando los fines son convenientes.

Lo que se nos presenta como realismo es, en realidad, la pérdida del juicio político: la capacidad de ver los hechos sin rendirse ante ellos, de entender el mundo sin confundirlo con el único mundo posible. Necesitamos líderes que mantengan viva la tensión entre el mundo que existe y el mundo que debe existir. Porque esa tensión no es ingenuidad. Es la política misma. Trump destruye el orden internacional desde fuera, con voluntad y como acto de fuerza. Pero para que el colapso sea completo necesita que los agentes que deberían defender ese orden lo abandonen antes de que llegue el ataque. Von der Leyen le ha proporcionado esta semana exactamente eso. Ni siquiera por complicidad consciente, sino por algo más profundo y difícil de combatir: asumir que la única política posible es la que acepta las condiciones del adversario. Europa no muere en directo por el empuje de sus enemigos. Lo hace por la incompetencia de quienes creen que la salvan.

martes, 17 de marzo de 2026

"DISCURSO SOBRE LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA". Étienne de La Boétie


Murió por la peste en Germignan el 18 de agosto de 1563 a los 33 años. El Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno es una corta requisitoria de 18 páginas, contra el Absolutismo que sorprende por su erudición y solidez ya que quien lo escribió sólo tenía 18 años de edad. Al leer esta obra Michel de Montaigne quiere conocer al autor y de este encuentro nace una amistad que sólo acaba con la muerte de La Boétie. El texto de La Boétie plantea la cuestión de la legitimidad de cualquier autoridad sobre un pueblo y analiza las razones de la sumisión (relación dominación/ servidumbre). De esta manera el Discurso prefigura la teoría del contrato social e invita al lector a una minuciosa vigilancia siempre con la libertad como punto de mira. Los numerosos ejemplos sacados de la Antigüedad clásica que —como era costumbre en la época— aparecen en el texto, le permiten criticar, bajo una apariencia de erudición, la situación política de su tiempo. Si bien La Boétie fue un servidor del orden público, es considerado por algunos como un precursor intelectual de la desobediencia civil y del anarquismo.

lunes, 16 de marzo de 2026

"LA EXPULSIÓN DE LO DISTINTO". Han, Byung-Chul (2017), Barcelona, Herder


Los tiempos en los que existía el otro han pasado. El otro como amigo, el otro como infierno, el otro como misterio, el otro como deseo van desapareciendo, dando paso a lo igual. La proliferación de lo igual es lo que, haciéndose pasar por crecimiento, constituye hoy esas alteraciones patológicas del cuerpo social. Lo que enferma a la sociedad no es la alienación, la sustracción, la prohibición ni la represión, sino la hipercomunicación, el exceso de información, la sobreproducción y el hiperconsumo. La expulsión de lo distinto y el infierno de lo igual ponen en marcha un proceso destructivo totalmente diferente: la depresión y la autodestrucción.

Este nuevo ensayo de Byung-Chul Han rastrea el violento poder de lo igual en fenómenos tales como el miedo, la globalización y el terrorismo, que son los que caracterizan la sociedad actual.


"EL DERRUMBE DEL DEBATE PÚBLICO". Esther Palomera, elDiario.es

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso,
en el pleno de la Asamblea regional 
Cuando en la conversación manda el escándalo diario, la mentira, la confrontación y la ausencia de valores es que el pensamiento, el análisis y el diálogo se han esfumado definitivamente. Cada día, gana espacio la bajeza moral y la vulneración de todos los estándares éticos, políticos y periodísticos sin que haya quien se escandalice por ello.

Sostener que Begoña Gómez es una mujer trans o el “esposo” del presidente del Gobierno y que está vinculada al narcotráfico es “improvisación”. Ni injuria ni calumnia. Es repentizar y es libertad de expresión.

Sostener que “ETA gobernará el País Vasco y Navarra en un año” es una “verdad incómoda”. Ni pronóstico, ni obsesión, ni lucubración. Es una certeza como que en las próximas elecciones “nos jugamos la Corona y la desagregación de España”.

Sostener en sede parlamentaria que el PSOE de Madrid está “jodío” es institucionalidad. Ni chabacanería ni mala educación. Es altura política y es propio de un liderazgo inigualable.

Sostener ante un micrófono que uno conoce cuatro cosas del presidente del Gobierno que le obligarán a dimitir sin aportar ni cuáles, ni cuándo, ni qué pruebas hay al respecto es periodismo de calidad aunque de tal afirmación haya pasado más de uno año y no haya rastro ni de bombas de racimo ni de detonaciones informativas.

Un país en el que todo lo anterior se aplaude, se jalea, se premia y, además, se le otorga categoría de veracidad es un país en el que cada día gana espacio la bajeza moral y la vulneración de todos los estándares éticos, políticos y periodísticos sin que haya quien se escandalice por ello.

Son solo unos ejemplos. Pero hay muchos más: las inventadas cuentas en el extranjero de media docena de ministros, las minas de oro de un expresidente de Gobierno de las que no hay rastro, la reunión de Sánchez con Otegi en un caserío que no existió, el itinerante parador en el que en pandemia se pegó la juerga padre Ábalos, el dinero que Bolaños ofreció a Aldama por su silencio…

Astracanadas que, de no ser acusaciones serias, serían dignas de carcajada y de materia para un buen libreto de Muñoz Seca. Se sostienen, se publican y se difunden por quienes siempre ven la paja en el ojo izquierdo pero nunca la viga en el derecho. Quienes se erigen en salvadores de una patria en la que solo caben ellos. Quienes destilan bilis en cada palabra que pronuncian. Quienes prefieren la gloria al rigor. Quienes quieren ajustar cuentas. Quienes no olvidan agravios.

En política, en periodismo y en cualquier ámbito profesional se cometen errores a diario, pero una cosa es el yerro involuntario y otra muy distinta la manipulación, la insidia, la inquina o la ausencia de objetividad, que no es lo mismo que neutralidad. Acusar sin pruebas, contar historias a sabiendas de que son inciertas o dar pábulo a lo que se lee en redes sociales, cuenta algún represaliado o declara el primer delincuente confeso sin la más mínima comprobación puede ser el camino para un honor efímero, pero rara vez consolida trayectorias.

La agitadora y tertuliana Pilar Baselga, que afirmó en un programa de Distrito TV en noviembre de 2022 que Begoña Gómez era una mujer transexual y la involucró en casos de narcotráfico, sabía que sus palabras eran susceptibles de demanda y, sin embargo, en el juicio celebrado contra ella por calumnias e injurias se ha escudado en que se hizo eco de “noticias publicadas” y que, con perspectiva, ahora entiende que lo que dijo fue “inadecuado”.

El exministro Jaime Mayor Oreja sabe que ETA dejó de matar hace 15 años, se desarmó hace 9 y se disolvió oficialmente hace 8. También que Bildu es una coalición de partidos legal, con representación parlamentaria y a la que han votado miles de ciudadanos vascos. Y aun así fantasea con un gobierno de etarras. No es desconocimiento, sino un enésimo y burdo intento de manipulación de los hechos construido desde la mentira a sabiendas de que lo es.

José María Aznar sabe que si España es hoy una monarquía constitucional es porque, entre su alma republicana y su compromiso con la Constitución, hace ya más de 40 años que el PSOE eligió lo segundo. Si los socialistas un día abjurasen de ese contrato, en el Congreso de los Diputados habría una mayoría republicana. Felipe VI lo sabe, pero el expresidente del Gobierno y todo el PP se empeñan en dibujar a Sánchez como un peligro para la monarquía cuando en realidad la principal amenaza para el jefe del Estado es hoy la ultraderecha de Vox, socio y hermano de los populares.

Isabel Díaz Ayuso es la autora del “Pedro Sánchez, hijo de puta” y del “que te vote, Txapote”, además de la campeona de los eslóganes vacíos y la voz más injuriante de cuantas anidan en la conversación pública. Este jueves ha hecho mofa del HODIO, el instrumento que el Gobierno ha inventado para identificar la huella del odio en las redes sociales, para atacar al PSOE madrileño: “Veo que la herramienta se llama ‘jodío’, que es como lo llevan ustedes”. Y la sincronizada de guardia ha aplaudido la gracia y casi pedido el ingreso como académica de la Lengua por su conocimiento y dominio del castellano. No hay extravagancia, insulto, corruptela o boutade que no tape un buen pellizco en publicidad institucional.

Pedro Sánchez, pese a una supuesta bomba de racimo que con toda seguridad iba a llevarle a la dimisión hace año y medio, sigue en el Gobierno. De momento, tampoco nadie ha aportado pruebas de algo que le implique en trama alguna de corrupción, pero ahí siguen los autores de tanta falsa exclusiva impartiendo lecciones de ética, de imparcialidad y de periodismo.

El panorama, sin duda, es desolador porque estamos ante un verdadero derrumbe del debate público. Cuando en la conversación pública y publicada mandan el escándalo diario, la mentira, la confrontación y la ausencia de valores es que el pensamiento, el análisis y el diálogo constructivo se han esfumado definitivamente. Y llegará el día en que nos lamentemos por no haber hecho algo para evitarlo.

sábado, 14 de marzo de 2026

"MEDITACIÓN SOBRE LA OBEDIENCIA Y LA LIBERTAD". Simone Weil

La sumisión de la mayoría a la minoría, hecho fundamental de casi toda organización social, no ha dejado de asombrar a quienes han reflexionado mínimamente sobre este tema. Vemos en nuestro entorno cómo lo más pesado prevalece sobre lo menos pesado, cómo las razas más prolíficas asfixian a las demás. Entre los hombres, esas relaciones tan claras parecen invertidas. Sabemos, sin duda, por la experiencia cotidiana, que el hombre no es un simple fragmento del ecosistema, que lo más elevado del hombre—la inteligencia, la voluntad, la fe— produce todos los días milagros enormes. Pero no es esta cuestión lo que se trata aquí. La necesidad implacable que ha mantenido y mantiene de rodillas a las masas de esclavos, de pobres o de subordinados no tiene nada de espiritual; es análoga a todo lo que hay de brutal en nuestro entorno. Y, sin embargo, se ejerce aparentemente en virtud de leyes contrarias a las del ecosistema. Como si, en la balanza social, el gramo prevaleciese sobre el kilo.

Hace casi cuatro siglos, el joven La Boétie, en su Contr’un, plantea la pregunta, sin responder a la misma. ¡Con qué ilustraciones conmovedoras podríamos apoyar su pequeño libro nosotros, que vemos hoy, en un país que ocupa la sexta parte del globo, a un solo hombre desangrando a toda una generación! Cuando la muerte se enseñorea cuando el milagro de la obediencia estalla ante nuestros ojos. Que muchos hombres se sometan a uno solo por miedo a ser masacrados por él es ciertamente sorprendente; pero ¿cómo comprender que permanezcan sometidos hasta el punto de morir por orden suya? ¿Cómo se mantiene obediencia cuando comporta al menos tantos riesgos como la rebelión?.

El conocimiento del mundo material en que vivimos pudo desarrollarse tanto a partir del momento en que Florencia, después de tantas otras maravillas, aportó a la humanidad, por medio de Galileo, la noción de fuerza. Fue sólo entonces cuando la industria pudo emprender el aprovechamiento del medio material. Y nosotros, que pretendemos organizar el medio social, no poseemos de él ni siquiera el conocimiento más burdo mientras no hayamos concebido claramente la noción de fuerza social. La sociedad no puede tener sus ingenieros mientras no tenga su Galileo. ¿Existe en este momento, en toda la superficie de la Tierra, una inteligencia que pueda entender, aunque sea vagamente, cómo es posible que un hombre, en el Kremlin, tenga la posibilidad de hacer caer cualquier cabeza dentro de los límites de las fronteras rusas?.

Los marxistas no han facilitado una visión clara del problema al elegir la economía como clave del enigma social. Si se considera a una sociedad como un ser colectivo, entonces ese gran animal, como todos los animales, se define principalmente por la manera en que se asegura el alimento, el sueño, la protección de la intemperie, en pocas palabras, la vida. Pero la Sociedad considerada en su relación con el individuo no puede definirse simplemente por los modos de producción. Por más que se recurra a todo género de sutilezas para hacer de la guerra un fenómeno esencialmente económico, es patente y manifiesto que la guerra es destrucción no producción. La obediencia y el mandato son también fenómenos que las condiciones de producción no bastan para justificar. Cuando un viejo obrero sin trabajo y sin ayuda perece silenciosamente en la calle o un cuchitril, esta sumisión que se extiende hasta la muerte no se puede explicar por el juego de las necesidades vitales. La destrucción masiva del trigo o el café durante las crisis es un ejemplo no menos claro. La noción de fuerza, y no la de necesidad, constituye la clave que permite leer los fenómenos sociales. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 13 de marzo de 2026

"MÁS FEMINISMOS, MENOS RELIGIÓN". Violeta Assiego, elDiario.es

El feminismo que necesitamos hoy tiene que ser capaz de ver la imagen completa del patriarcado y del colonialismo, de la violencia de género y de la violencia imperialista, sobre los cuerpos de las mujeres, pero también de los hombres y de las niñas y niños que habitan los territorios saqueados y bombardeados

La imagen de Trump rodeado de líderes religiosos, hombres y mujeres que rezan mientras le imponen las manos, no es una escena espiritual. Es una imagen de poder. Representa la alianza entre la extrema derecha política y la extrema derecha religiosa, una alianza que no busca solo ganar elecciones, sino ante todo gobernar las conciencias. Su agenda es global y coordinada, profundamente contraria a los derechos humanos.

El dios que bendice esta alianza es un dios militarista, negacionista del cambio climático, cómplice de la violencia de género, que persigue según el origen y el color de la piel, legitimador de guerras y genocidios… Es un dios vengativo y cruel. Es el dios que usa la religión como dispositivo de odio.

La imagen que hemos visto en el Despacho Oval de la Casablanca no es un gesto estrambótico de un presidente impredecible, sino que es parte de una transformación institucional deliberada. En este segundo mandato de Trump, las reuniones gubernamentales se abren con oraciones cristianas y versículos bíblicos y una recién creada Comisión de Libertad Religiosa trabaja para redefinir los (no) límites entre el Gobierno y la religión con propuestas que incluyen retirar financiación a escuelas consideradas “hostiles a la fe” o perseguir a quienes vayan contra la fe cristiana. El propio Trump dejó claras sus intenciones cuando la presentó el febrero pasado: “las personas no pueden ser felices sin religión, sin esa creencia. Traigamos de vuelta a la religión. Traigamos de vuelta a Dios a nuestras vidas (..) Tenemos que traer de vuelta la religión a Estados Unidos, más fuerte que nunca.” Si bien fue uno de sus comisionados quien dejó claro de cuál es la motivación: “Estamos en una guerra religiosa y cultural, y cada uno de nosotros es un combatiente.”

Pero esta alianza no es nueva. Dorothee Sölle acuñó en los años setenta el término cristofascismo para describir el apoyo de sectores cristianos al nazismo. En España, esa alianza entre poder político autoritario y religión adoptó otra forma, la del nacionalcatolicismo franquista. Hoy, teólogos como Juan José Tamayo hablan de cristoneofascismo para describir la alianza actual entre extrema derecha política, ultraliberalismo económico y movimientos cristianos integristas. En este contexto es imprescindible la lectura de su libro La internacional del Odio.

La actual alianza entre la extrema derecha y el fundamentalismo religioso es profundamente reaccionaria en términos de género, y sigue siendo profundamente colonial. Durante siglos, el discurso de la “civilización cristiana” ha servido para justificar conquistas, dominación y extracción de recursos en distintos lugares del mundo. Hoy reaparece con nuevos lenguajes que hablan de defensa de Occidente, lucha contra la decadencia moral, de ideología de género, de reemplazo e invasión… En el fondo, se trata del mismo relato en el que una civilización se presenta como superior y que necesita enemigos para reafirmarse. Una civilización que lleva siglos explotando y expoliando los cuerpos y los territorios de esos otros pueblos a los que ni miramos ni nos conmueven porque están en esos márgenes a los que no llega nuestra “empática blanquitud”.

Trump está haciendo del nacionalismo cristiano uno de los pilares de su liderazgo político. Se presenta como un defensor de la fe, como el líder elegido por Dios para restaurar y proteger los valores tradicionales de Occidente. Ese nacionalismo cristiano necesita un enemigo interior (la inmigración, el progresismo, el feminismo, la diversidad...) y un enemigo exterior (la inmigración, el comunismo, el islam...) para cohesionar a sus electores y legitimar su poder. En ese marco, la religión no es espiritualidad sino violencia, un relato que sacraliza al líder de la nación y convierte la violencia en una guerra santa. Convierte la política exterior es una misión mesiánica que defiende la superioridad moral de Occidente para justificar intervenciones, expansión de intereses estratégicos y las violaciones del derecho internacional.

Religión, nación y supremacía civilizatoria se entrelazan para sostener estructuras de dominación que no son nuevas, porque son el mismo proyecto colonial de siempre, ahora relanzado desde la Casa Blanca con una Biblia en la mano. Frente a ello, necesitamos un feminismo que no puede ser liberal ni solo occidental. El feminismo que necesitamos hoy tiene que ser capaz de ver la imagen completa del patriarcado y del colonialismo, de la violencia de género y de la violencia imperialista, sobre los cuerpos de las mujeres, pero también de los hombres y de las niñas y niños que habitan los territorios saqueados y bombardeados. Porque todas estas violencias tienen el mismo origen y se sostienen mutuamente. Un feminismo antirracista y decolonial no es una opción más dentro del movimiento, ahora más que nunca es la condición para que el movimiento sea verdaderamente emancipador.

jueves, 12 de marzo de 2026

"EL MONSTRUOSO VICIO DE LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA". Berta Ares Yáñez, El País

Hemos llegado al siglo XXI completamente inclinados por el interés material, atados a los dispositivos celulares y rodeados de tiranos

Era muy joven cuando sentó las bases de su famoso escrito. Como mucho rozaba la actual mayoría de edad, no obstante, Étienne de La Boétie, el gran amigo de Michel de Montaigne, escribió uno de los textos más profundos contra la tiranía: El discurso sobre la servidumbre voluntaria. Un texto breve, absolutamente contemporáneo, profusamente traducido y publicado desde que se difundió por primera vez años después de su fallecimiento a causa de la peste, en 1563.

Este poeta, filósofo y abogado del Renacimiento describió la servidumbre voluntaria como un “monstruoso vicio”. Un vicio que lleva a un número infinito de personas a ser tiranizadas y conducidas al servilismo por su propia voluntad, con el cuello bajo el yugo, no obligadas bajo una fuerza mayor, encantadas y fascinadas “por el solo nombre de uno”. Todo ello a pesar de que es perjudicial, pues la servidumbre al tirano implica, primero, la pérdida del sentido natural de la libertad, después la merma del valor y, finalmente, se instala la impotencia.

El tirano se alimenta de obediencia, servidumbre y devoción voluntaria de las personas. Nunca alcanza la amistad, porque está hecha de una virtud que no posee ni poseerá. No es amado ni ama. Una vez asentado en el poder, gana en astucia. Le resulta fácil engañar y persuadir. Su esquema de funcionamiento es piramidal. Somete a los que están en la cúpula, próximos, mediante el reparto de propiedades y dinero, pues sabe que nada avasalla tanto como la riqueza. A los súbditos, los que forman las bases, los embrutece. El tirano teme la traición. A su alrededor solo hay conspiración. Todo se corrompe.

No es de extrañar que entrado el siglo XX el escrito de La Boétie acompañara la reflexión de no pocos pensadores en torno al totalitarismo y el valor de la desobediencia. Simone Weil, por ejemplo, escribió una Meditación sobre la obediencia y la libertad. Lo hizo en la primavera de 1937, es decir, tras haber participado en la Guerra Civil española. Es una reflexión provocada por el ascenso de los fascismos. Plantea el asombro que le produce ver la sumisión de la mayoría a una minoría criminal y trata de vislumbrar cuál debe ser la fuerza social capaz de romper ese fatídico sometimiento colectivo. Se pregunta cómo comprender que los hombres permanezcan sometidos hasta el punto de morir por orden del tirano. Escribe: “La mayoría obedece hasta dejarse imponer el sufrimiento y la muerte, mientras que la minoría manda”. En esta breve meditación, Weil señala que todo lo que hay de más alto en la vida humana, todo esfuerzo de pensamiento, todo esfuerzo de amor, es corrosivo para el orden tiránico. Y, sin embargo, ve imposible trasladar a la acción política la pureza de espíritu sin condenarse de antemano a la derrota.

Frente al vicio de la servidumbre, La Boétie, al igual que su amigo Montaigne, eligió la virtud de la libertad. Explica Montaigne en su célebre ensayo dedicado a la amistad que, al contrario de la servidumbre, la condición de libertad voluntaria no produce nada más propiamente suyo que el afecto. Rememora también a Aristóteles, quien insistiera en que los buenos legisladores cuidaron más de la amistad que de la justicia, pues las formas de afecto son más hermosas y generosas que aquellas edificadas sobre el placer o el beneficio.

En su texto, La Boétie ilustra con ejemplos históricos que quienes no se entregaron a la servidumbre lucharon con más ímpetu y mejor en defensa de su libertad que quienes vivían subyugados. El Discurso fue comprendido como radical, pues somete a crítica los fundamentos mismos de la autoridad. Pero es que él confiaba en la bondad de la virtud y ésta sólo puede darse en libertad. Este es un punto central de su argumento. Él pensaba que la naturaleza es contraria a la ofensa y, por tanto, si los seres humanos fuimos creados diferentes los unos de los otros es precisamente para favorecer que entre las personas se den los afectos y los cuidados. Naturalmente libres, escribió, todos somos compañeros.

Montaigne describó a La Boétie como un hombre de otra época. Quizá de un tiempo, si es que realmente existió, en el cual la virtud prevalecía sobre el poder y el dinero. Nada que ver con el actual. Las sociedades contemporáneas hemos llegado al siglo XXI completamente inclinadas por el interés material. Vivimos entregados a un embrutecimiento sin parangón. Despreocupados ante la desatendida transmisión del conocimiento de los clásicos y de la antigüedad. Dominados por patologías que se producen en el seno de nuestras democracias. Fatalmente anclados en conflictos políticos del pasado. Servilmente atados a los dispositivos celulares. Embelesados ante los avances de una inteligencia artificial dirigida por intereses que nos alejan de los afectos, por decirlo suavemente. No es de extrañar que al final nos hayamos rodeado de tiranos, cada vez más peligrosos y sofisticados. ¿Qué permanece? De momento todos somos humanos.

miércoles, 11 de marzo de 2026

"CUANDO LA POLÍTICA IRRUMPE EN LA GRAMÁTICA". Alex Grijelmo, El País

La concejala del Ayuntamiento de Madrid Rita Maestre atiende a los medios
Volvió a suceder. Una persona que en sus declaraciones públicas suele duplicar sustantivos, adjetivos y pronombres cuando pronuncia términos positivos o neutrales –aunque a veces desista o se despiste porque cuesta mantener la concentración– deja de hacerlo cuando toca expresar una carga negativa. Rita Maestre, portavoz de Más Madrid en el Ayuntamiento de la capital, escribió en X el 4 de febrero: “Nos roban la ciudad y se ríen. Vamos a plantar cara a esta minoría de privilegiados y lacayos de los ricos”.

La “visibilidad” de las mujeres deja de constituir un objetivo cuando se trata de lacayos, privilegiados y ricos; o cuando han de pronunciarse genéricos como “los millonarios inflacionistas”, “los intereses de grandes inversores”, “los especuladores”, “los empresarios”, “los banqueros”.

En las distintas declaraciones públicas de la concejala Rita Maestre, con cuyas posiciones de fondo suelo concordar, conviven estas frases…:

“Feliz Año Nuevo chino a todos y todas las vecinas chinas que han hecho de Madrid su casa”. “Lo que oyes en el chat de madres y padres, en las calles, en el metro”. “Orgullo madrileño de vecinas y vecinos organizados frente a los fondos buitres”. “Los madrileños y madrileñas tienen derecho a saber qué hacen asesores municipales del alcalde en la Universidad Complutense”.

…Con estas otras:

“Buitres y poderosos nos están robando Madrid”. “La única respuesta al poder de los poderosos que gobiernan en Madrid es el poder de la gente organizada”. “Vamos a pelear para ponerle freno a la especulación, el turismo de lujo y los millonarios que compran nuestra ciudad a trozos”. “15.000 pisos turísticos ilegales en Madrid. 1.289 denuncias. Solo 92 sancionados”. “Las facilidades son para los millonarios (...), para los famosos; para la gente normal todo son facturas, burocracias y listas de espera”.

Si diéramos por válido que las mujeres no se hallan representadas en los genéricos (por lo que hace falta esa duplicación que convierte los genéricos en masculinos), resultaría que no existen ricas, ni poderosas, ni corruptas, ni criminalas (en analogía con “concejalas”). Ni banqueras, aunque conozcamos a financieras como Ana Botín (Santander), María Dolores Dancausa (Bankinter) o Christine Lagarde (Banco Central Europeo). Ni empresarias como Marta Ortega (Inditex), Cristina Álvarez Guil (El Corte Inglés), Belén Garijo (de la farmacéutica francesa Sanofi, y antes de la alemana Merck)…

Sí tiene sentido que quienes doblan los sustantivos, los adjetivos o los pronombres expresen en masculino (y no en genérico) “los agresores sexuales”, por ejemplo, puesto que las agresoras son estadísticamente insignificantes. Pero quien considera que el genérico excluye a las mujeres debería duplicar también, salvo manipulación en su mensaje: “los banqueros y las banqueras”, “los ricos y las ricas”, “los corruptos las corruptas”…; que existen.

A cada rato leemos en las nuevas leyes la expresión “las personas trabajadoras”, a fin de evitar el genérico “los trabajadores”, pero no se menciona jamás a “las personas empresarias” porque no se ve problema en el genérico “los empresarios”. Observamos aquí por tanto uno de los efectos que se producen cuando la política irrumpe en la gramática: que la bienintencionada sinrazón de no discriminar mediante el uso de los genéricos acaba derivando en una discriminación mediante el uso de los genéricos.

lunes, 9 de marzo de 2026

"HAY QUE HABLAR". Elvira Lindo, El País 17 jun 2015

La escritora Elvira Lindo charla con su marido, Antonio Muñoz Molina,
en el Ateneo de Madrid

Ceder continuamente el uso de la palabra, esa empecinada costumbre nos perjudica a todas. Y a ellos, aunque no lo sepan

Imparto una charla sobre mi trabajo. Al final, se abre el turno de preguntas del público. La situación es incómoda, porque quien desee preguntar ha de acercarse al micrófono. Entiendo que intimide. A mí, acostumbrada como estoy a hablar en público, también me pasa, pero he comprendido que la timidez no es aceptable como excusa. Aunque la audiencia es mayoritariamente femenina, sólo los hombres preguntan. Sin embargo, cuando el acto termina, se me acercan varias de las mujeres que tan atentamente me han escuchado a compartir de tú a tú sus pensamientos.

Acudo al jurado de un premio. La representación femenina es ridícula. La quinta parte. Hablan los hombres, hablan y hablan. Nada nuevo. De vez en cuando, una de las tres mujeres apostilla. O sonríe. O asiente. O niega dulcemente. Yo trato de no hablar demasiado para no parecer la típica mujer que habla demasiado. El resultado es que intervenimos poco y nuestro papel se me antoja meramente representativo.

Tal vez no se puedan construir teorías generales de la experiencia propia, pero tras muchos años de oficio y haber observado el frecuente silencio de las mujeres, el voluntario y el forzado, se me vienen a la cabeza algunas preguntas que formularía a todas aquellas que tienen, tenemos, alguna posibilidad de cambiar esta inercia: ¿por qué no hablamos? ¿por qué sólo opinamos en las distancias cortas? ¿no estamos hartas de escuchar? La brillante investigadora Jocelyn Bell se pregunta por qué si mejoramos los equipos con nuestra presencia nos retraemos luego en cuanto hay que pelear por un puesto directivo. O cedemos continuamente el uso de la palabra, añadiría yo. Esa empecinada costumbre nos perjudica a todas. Y a ellos, aunque no lo sepan.

domingo, 8 de marzo de 2026

"MUJER,VIDA,LIBERTAD". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Los cuerpos de las mujeres son el territorio donde primero se instala el poder autoritario y desde donde se le puede desmontar

En septiembre de 2022, Mahsa Amini murió bajo custodia de la policía de la moral iraní por llevar el velo supuestamente mal puesto. Su muerte convirtió en consigna global el lema: “Mujer, vida, libertad”. Esta semana, en plena guerra contra Irán, Emmanuel Macron anunció que Francia reforzará su arsenal nuclear, y dijo: “El próximo medio siglo será una época de armas nucleares. Seamos poderosos, estemos unidos, seamos libres”. Dos invocaciones de la libertad, una acompañada de cabezas nucleares y otra de un cuerpo sin vida. Pero el orden de las palabras importa. Macron llega a la libertad desde la potencia destructiva: primero el arsenal, luego el poder, luego la libertad. Las mujeres iraníes hacen el camino inverso: primero ellas, sus cuerpos; luego la vida, la condición de existencia; finalmente el anhelo político, la libertad. No empiezan por una abstracción, sino por lo que no se puede eludir. Hay algo en su lema que en Europa no hemos sabido leer. “Mujer, vida, libertad” no es un eslogan sino una doctrina política. La mujer no funciona en ella como identidad sino como principio, pues el cuerpo de las mujeres es precisamente el territorio donde primero se instala el poder autoritario, y desde donde se le puede desmontar. El feminismo de estas mujeres no pide representación, o no solo; más bien impugna la gramática del poder desde la experiencia de quien lo sufre en su propia piel. Paradójicamente, el país desde donde ese lema sacudió al mundo está hoy siendo bombardeado en nombre de la seguridad nuclear. Las mismas mujeres que Occidente aplaudió como símbolo de libertad viven y mueren bajo las bombas de quienes invocaban esa hermosa palabra. Mientras, Macron la utiliza vestido de luto, y con un submarino nuclear detrás.

Hannah Arendt dedicó algunas de sus páginas a pensar exactamente sobre esto. La política, escribió, existe porque los seres humanos somos plurales y compartimos un mundo. Pero la bomba atómica, explicaba, introducía algo nuevo: la capacidad de eliminar ese mundo. No es solo un arma más potente: es el instrumento que destruye las condiciones mismas de la política. Invocar la libertad mostrando aquello que puede borrar el espacio donde la libertad ocurre no es política. Es su amenazante negación. Al final de El corazón de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad, cuando la prometida de Kurtz pregunta cuáles fueron sus últimas palabras, el narrador, Marlow, contesta que fue su nombre, a pesar de que sabe que murió invocando el horror. Marlow comprende que ella necesita seguir creyendo en Kurtz, en la nobleza del proyecto civilizatorio: no soportaría la verdad. Y es algo así lo que hacemos hoy en Occidente. Donald Trump habla de defensa mientras bombardea un país que no le ha atacado. Friedrich Merz habla de responsabilidad mientras avala en el Despacho Oval un cambio de régimen que nadie le ha pedido. Macron habla de libertad mientras anuncia más cabezas nucleares. Cuando se invoca la democracia para Irán, lo que se busca en realidad es un Irán sometido, no libre. Una democracia iraní sería nacionalista, tendría política exterior propia y probablemente mantendría su programa nuclear. Sería un interlocutor incómodo, no un subordinado. Y la prueba es que los aliados actuales de Estados Unidos en la zona —como Arabia Saudí, como Emiratos— no son democracias y a nadie le importa: son funcionales.

Las mujeres iraníes no son la meliflua prometida de Kurtz. No necesitan que les mintamos porque conocen el horror de primera mano. Lo viven en su cuerpo, en el velo impuesto, en la represión, ahora en las bombas que también las matan. Y desde esa experiencia, desde ese conocimiento, construyeron una secuencia que no admite trampas: “Mujer, vida, libertad”. Sin atajos, sin abstracción, sin mentira. Este 8 de marzo, la pregunta no es cuántas mujeres hay en el poder, es en cuál de estas dos invocaciones de la libertad nos reconocemos: la que nació del cuerpo sin vida de Mahsa Amini o la que puede destruirlo todo invocando su nombre.

"DESPLAZAMIENTO ESPIRITUAL". Juan José Millás, El País

He ahí un grupo de personas apelotonadas en forma de enjambre alrededor de esa especie de abeja reina religiosa. He ahí por tanto un enjambr...