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sábado, 5 de septiembre de 2026

"MARRUECOS CONTRA LOS MARROQUÍES". Najat El Hachmi, El País

El régimen lleva décadas forzando la emigración para rebajar las tensiones de la pobreza y la tiranía

La entrada masiva de marroquíes a finales de julio en Ceuta no es una entrada masiva; es la plasmación más gráfica y fidedigna del trato que da el régimen alauí a su gente, en especial a sus menores. Estarán orgullosos los artífices de la iniciativa, quienes hayan decidido usar a la población para lo que es a todas luces un ataque a una ciudad que lleva cinco siglos siendo española. Estarán contentos por haber dado al mundo esa imagen precisa de lo que es en realidad un país que se presenta como el más moderno, que progresa económicamente, el que tiene una buena selección de fútbol (compuesta casi toda por hombres que ni nacieron ni crecieron en Marruecos y que le deben poco o nada a la bandera que llevan en la camiseta), que prohíbe las bolsas de plástico de forma radical lavando en verde el despotismo con que somete a su población.

Nada nuevo, en realidad: el mundo no lo ha visto, pero el país en el que nací lleva décadas haciendo exactamente lo que hizo este verano, vertiendo a los marroquíes en otros países como se vierte la mierda en las alcantarillas. Pregunten a cualquiera que proceda del magnífico reino dirigido por Mohamed VI y les contará lo que es no tener patria porque la que se supone tuya de nacimiento hace lo posible para que te vayas, para que huyas de su territorio. No es algo reciente: la emigración ya la usaba Hassan II como arma de represión contra sus “súbditos”. La historia de la zona de la que yo procedo, el Rif, no es más que una historia de destierros involuntarios. Nos contaron que era por razones económicas, para tener una vida mejor; pero lo que quedó enterrado por el silencio traumático de nuestros padres y abuelos es que hubo políticas deliberadas para que nos fuéramos. Éramos demasiados, queríamos comer, organizábamos manifestaciones cuando subía el precio del pan y no veíamos forma alguna de aplacar el hambre en esa tierra yerma y abandonada, arrasada por las élites extractivas —empezando por el propio Rey, que puede llevar una vida de lujo y regalar joyas carísimas a mandatarios extranjeros— mientras los niños que viven bajo su dictadura no ven otra salida que la de ir hacia el Norte, donde sus ídolos viven en paz y puede crecer la esperanza.

No, ese Marruecos que ha visto el mundo entero no es nada nuevo, es el plomo de antaño, es Betty Lachgar encarcelada por una camiseta, es Nasser Zafzafi cumpliendo 20 años a la sombra, es usar a seres humanos con finalidades geoestratégicas. Es arrojar a los niños al mar. Y que se ahoguen como se ahoga el resto del país bajo la bota dictatorial.

miércoles, 1 de julio de 2026

"EL PESO DE LAS PALABRAS". Juan José Millás, El País

Una mujer desplazada lleva a un niño en Goma,
en República Democrática del Congo en 2025

¿Pero qué hay de esta mujer sin nombre, con un bebé sin nombre, qué hay de esta pobre mujer “desplazada” de su hogar en la República Democrática del Congo?

El término desplazado (o desplazada, puto genérico incapaz) suele pasar por la lavandería antes de salir a escena. Está ahí, colgado de la percha, como un traje, para que lo utilicemos sin culpa. “Miles de desplazados”, decimos, y continuamos tan frescos porque no los vemos, no los imaginamos, no somos capaces de ponernos en su lugar. Desplazamos ligeramente una silla de su sitio para pasar la escoba. Desplazamos la cama unos centímetros para cambiar las sábanas. Desplazamos el cursor por la pantalla del ordenador para buscar porno. Desplazamos una maceta para que le dé el sol, o una pieza de ajedrez para huir del jaque, o el peso del cuerpo de una pierna a otra para…

¿Pero qué hay de esta mujer sin nombre, con un bebé sin nombre, qué hay de esta pobre mujer “desplazada” de su hogar en la República Democrática del Congo? Sin nombre ni ella ni el niño, y con la espalda cargada de un colchón y cuatro cosas más. No huye solo de un punto en el mapa. Deja atrás sin duda una cocina, una esterilla, una puerta, unos vecinos, una sombra familiar, una cama, un vaso, una butaca. Una geografía física, sí, pero sobre todo un espacio sentimental. Detrás de cada “desplazamiento” hay un estallido, una amenaza, un tanque, un grupo de violadores armados. El lenguaje tiene estas trampas. Llamamos “desplazados” a quienes han sido desalojados de sus vidas. Las fotografías devuelven a veces a la realidad el peso que las palabras habían perdido en las conversaciones. Todos vivimos “emplazados” en una red invisible de afectos, costumbres y rutinas que esta mujer acaba de perder.

sábado, 23 de mayo de 2026

"SÍNDROME DE ULISES". Irene Vallejo, Milenio (Ciudad de Mexico)

Luis M. Morales
Todas las familias son emigrantes. Cada hogar añora a alguien que salió hacia lo desconocido: abuelos, tíos, hijos o sobrinos. Ante la catarata de discursos xenófobos que nos anegan, entremos en su piel y su angustia: la lucha por la supervivencia, la lejanía de los seres más queridos, las barreras del idioma y el acento, las leyes hostiles, el rechazo racista, la indefensión, la soledad y el fantasma del fracaso.

Los psiquiatras han denominado “síndrome de Ulises” a los trastornos de salud que padecen los inmigrantes a causa de la ansiedad prolongada. Según los cálculos, en sus manifestaciones extremas, afecta a más de 50 millones de personas en los horizontes de todo el mundo. Debe su nombre a Ulises, el héroe griego que luchó durante una década en la guerra de Troya y después vagabundeó de costa a costa durante otros 10 años. Lejos de Ítaca, afrontó todos los peligros imaginables, invadido siempre por la nostalgia de Penélope y su hijo Telémaco. Perdió el rumbo muchas veces, sufrió agresiones, naufragios, pérdidas, y a menudo pareció que su destino era extraviarse sin remedio. Homero cuenta que la diosa de la inteligencia, Atenea, siempre estuvo de su parte y acudía a infundirle esperanza en sus momentos de desconsuelo. La divinidad más sabia nos diría hoy que atemorizar al inmigrante resquebraja nuestra propia seguridad.

sábado, 7 de febrero de 2026

"HABLAN LOS CLÁSICOS: ¿QUÉ NOS DICE SHAKESPARE SOBRE LA EMIGRACIÓN?.

Esta página ha sido identificada como un manuscrito de Shakespeare. Forma parte de una obra teatral sobre Tomás Moro en la que encargaron a William la escena más álgida. Se enmarca en el motín de 1517, cuando los habitantes de Londres se alzaron para reclamar que los inmigrantes fueran expulsados. Tomás Moro, alcalde de la ciudad, intenta convencer a la multitud para que los acoja. La pieza nunca se estrenó, fue prohibida por la censura de la reina. (Irene Vallejo)

«Imaginad que veis a los desdichados forasteros
con sus hijos a la espalda y su equipaje humilde
arrastrándose a los puertos y costas para ser deportados,
y vosotros, sentados como reyes sobre vuestros deseos,
la autoridad silenciada por vuestra trifulca,
y vosotros, ataviados con vuestras opiniones,
¿qué habríais conseguido? Yo os lo diré. Habríais probado
que la insolencia y la mano dura prevalecen
y en ese escenario ninguno de vosotros llegaría a viejo,
ya que otros rufianes a su antojo
con la misma mano, las mismas razones y el mismo derecho,
os depredarían, y los hombres, como peces voraces,
se devorarían los unos a los otros (…)

Digamos ahora que el rey os destierra. ¿Adónde os marcharíais?
¿Qué país os daría asilo? Marchaos a Francia
o Flandes, a alguna provincia alemana, a España o Portugal,
a cualquier parte que no esté en alianza con Inglaterra,
donde no podéis ser sino extranjeros. ¿Os agradaría
encontrar una nación con temperamento tan bárbaro
que, estallando con una violencia espantosa,
no os proporcionase un hogar en sus dominios,
afilase sus abominables cuchillos contra vuestras gargantas,
os desdeñará como a perros, como si Dios
no fuera vuestro dueño ni os hubiera creado, como si los elementos
no fueran en absoluto apropiados para vuestro bienestar,
sino un privilegio reservado a ellos? ¿Qué pensaríais
si se os tratara de esa manera? Este es el caso de los extranjeros
y tal es vuestra monumental falta de humanidad».

Traducción: Víctor Rico

Texto completo en la Revista Contexto (mayo 2016)

Documento digitalizado en la web de la British Library

miércoles, 28 de mayo de 2025

"ÉRAMOS ELLOS". Paco Cerdá El País 25 MAY 2025

Varios temporeros dormían el pasado verano en la estación
de autobuses de Fraga (Huesca), en una foto tomada por CC OO

Hace décadas, nosotros fuimos los peones, los temporeros, los exiliados, los emigrantes. Pero no lo recordamos

La mujer llora. Se llama Rosa. Tiene el pelo gris. Llega con la mirada gacha, retraído el mentón. Ha esperado hasta el final de la cola para contarme en susurros que su padre y su tío viajaron en el Stanbrook, el barco de la derrota y las esperanzas, aquel buque mercante que cargó desde el puerto de Alicante hasta Orán al último reducto de la resistencia republicana en la primavera amarga del 39. Le gustaría que en la dedicatoria figurasen sus nombres. Los nombres de dos de aquellos 2.638 hombres, mujeres, niños, mutilados de guerra evacuados de los hospitales, soldados llegados desde el frente, andrajos humanos revestidos de dignidad; toda aquella gente cargada con fardos, bolsas, líos, pañuelos y maletas, todos ellos envueltos por los gritos y el hambre y el miedo que tiñen el final de una guerra.

Para mí eran Historia; para Rosa son su vida. Su padre, su tío.

La mujer se excusa por la emoción. Sus ojos cuentan más que mil páginas de libro. Son la herencia de aquel exilio español que desembarcó en el norte de África al acabar la Guerra Civil. Más de 13.000 personas que escapaban de un paredón posible o de una celda probable y que terminaron en campos de concentración, de trabajo forzado o de castigo en remotos lugares de Argelia, Marruecos o Túnez. El mundo de ayer.

Dice Juan Valbuena que la gente pobre no deja apenas rastro. Un nombre en un listado, una carta familiar, una fotografía desleída, unos dibujos en el reverso de un calendario, un juguete de madera del niño; una bandera roja amarilla y morada bien plegada hasta el siguiente 14 de abril. Lo cuenta en la exposición Del éxodo y del viento, una narración visual y sentimental sobre el exilio español en el Magreb entre 1939 y 1962.

Entonces íbamos nosotros.

Aquella otra mujer, hace menos tiempo, no lloraba. Solo apretaba los dientes. El viaje era otro: el de los temporeros españoles por media Europa. Ya casi no había miedo ni hambre, pero sí incertidumbre y apreturas entre las clases trabajadoras de la España franquista. Era una noche con luna de los años sesenta, y su tren cruzaba los Pirineos. En el vagón no sonaban los Beatles. Si acaso ya se oía lo que vendría: las órdenes del capataz en un campo de Francia para hacer la larga vendimia. A obedecer, a cumplir, a ganarse la vida a destajo. A eso iba Carmen con su familia. Me lo cuenta mi tía y lo completa la exposición Huir de la miseria, una radiografía sobre los temporeros españoles que migraban para trabajar cuando el franco podía más que Franco. Más de cien mil temporeros españoles salían cada año de pueblos como el mío. Una historia olvidada por nuestra amnesia colectiva, tan propia de los nuevos ricos. Una historia, rescatada por el profesor Sergio Molina, que estaba llena de engaños, penurias, noches al raso, jergones en almacenes, soledades de domingo, fincas grandes, idioma desconocido y toda la explotación laboral que era capaz de soportar la necesidad cuando la palabra ahorro era más común que préstamo o hipoteca. Una historia —¿hay otra?— de patronos y peones.

Hace unas semanas, liberaron en Sagunt a nueve temporeros de distintas nacionalidades y una misma patria —la miseria— que eran obligados a trabajar en jornadas interminables por un salario insultante y que eran mantenidos en condiciones infrahumanas en un hotel abandonado.

No hace mucho, los peones éramos nosotros. Pero no lo recordamos. Quizá porque hay un punto ciego en nuestra memoria colectiva. Punto ciego: la metáfora es de Santi Donaire, un fotógrafo andaluz que se ha pasado más de siete años documentando con su cámara las exhumaciones del cementerio de Paterna, paredón de la España de posguerra. En su tétrico muro siguen los agujeros de las balas. Donaire se ha dedicado a mirar la dureza y la emoción del proceso de localizar, exhumar, identificar, entregar a las familias y enterrar los restos de tantos represaliados engullidos por el olvido oficial. Ese silencio —ese punto ciego de nuestra historia, ese baúl de silencios y miedo— fue rellenado con olvido para intentar taponar una herida que aún chorrea. Una ausencia en nuestro relato. Un punto ciego. Fuimos nosotros, aunque no lo queramos ver.También éramos nosotros los temporeros, los exiliados, los emigrantes. Ahora que el Congreso va a debatir la regularización de casi medio millón de personas extranjeras que viven en España sin papeles, personas que trabajan y que nos hacen la vendimia en los campos y en las casas, con nuestros mayores y con nuestros paquetes de reparto, en las cocinas de los bares y en las habitaciones de hotel, estaría bien recordar que hace poco éramos ellos. Y que el tren era oscuro y hacía frío al llegar. O que el barco iba hacinado y solo había viento al llegar.

"HIPÓCRITA HOMENAJE A LA VIRTUD". Aldo Conway, elDiario.es

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