Mostrando entradas con la etiqueta Libertad de expresión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libertad de expresión. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de noviembre de 2025

"ELOGIO Y REFUTACIÓN DE LA RISA". Daniel Innerarity, Diario Vasco

Asistimos a un choque entre la libertad de expresión, llevada al límite de la burla, y la capacidad de sentirse ofendido, llevada al límite de quienes no son capaces de tolerar la sátira de lo que consideran más sagrado. Me temo que esta espiral causada por las caricaturas de Charlie Hebdo y a las que ha seguido una respuesta terrorista brutal no es más que el comienzo de un conflicto destinado a durar.

El humor es algo que nos distingue como humanos y la capacidad de ampliar el catálogo de aquellas cosas de las que podemos reírnos constituye una gran conquista de la humanidad. Forma parte de esta liberalidad el tener que convivir con gustos, expresiones y modos de vivir que nos parecen absurdos, que incluso nos desagradan profundamente, pero por cuyo derecho a existir nos batiríamos todo lo que hiciera falta. No deberíamos renunciar a nuestra libertad de expresión, que incluye el deber de soportar el humor incluso sobre aquello que consideramos intocable por la ironía. Tampoco estamos obligados, por cierto, a que esas caricaturas nos hagan ninguna gracia. La libertad de practicar una religión no incluye el derecho a que ningún aspecto de esa religión pueda ser objeto de sátira por otros.

El derecho a caricaturizar a cualquiera forma parte de este tipo de civilización, abierta y liberal, pero por eso mismo está limitado y debe reconsiderarse en un mundo que no está organizado en torno a una civilización dominante sino que se configura como una constelación de civilizaciones. Este es el primer asunto sobre el que deberíamos reflexionar. ¿Cómo convive la secularización en una parte del mundo con el fanatismo religioso o, simplemente, la susceptibilidad que podemos juzgar excesiva? Me refiero tanto a la convivencia en un mismo espacio como a esa convivencia peculiar de la globalización en virtud de la cual todos están al tanto de todo y, por ejemplo, Macron y Erdogan comparten el mismo mundo.

Nuestra cultura de la sátira está pensada para sociedades homogéneas y no para las sociedades plurales y globales. En la actual fusión y convivencia de culturas la misma idea de caricatura cambia de significado. Como lo cómico y la ironía, la caricatura solo se entiende en el marco de una comunidad que comparte los códigos simbólicos, fuera de los cuales resulta incomprensible e incluso agresiva. Jacob Rogozinski llamaba la atención sobre el hecho de que las sociedades secularizadas no podamos concebir que cierto ejercicio de nuestra libertad de expresión pueda ser percibido como una ofensa no solamente por una minoría de fanáticos sino también por un gran número de creyentes pacíficos de buena voluntad. Hay creyentes incultos, por supuesto, pero también increyentes que no tienen la menor idea qué significa lo sagrado para otros.

Es cierto que nadie tiene el derecho a no ser ofendido, como decía un editorial del The Economist tras los brutales atentados terroristas en Francia, pero también es verdad que nadie está eximido de la obligación de medir las consecuencias de sus acciones. Mi argumento no gira tanto a deberes y derechos como a la convivencia. De hecho, todos tenemos experiencia en la vida privada de haber auto-limitado nuestro “irrenunciable” derecho a la libertad de expresión por no ofender, por motivos de prudencia o para facilitar la convivencia. No tenemos el deber de sacrificar siempre y en todo nuestra libertad de expresión por el hecho de que haya unos fanáticos que no nos la reconozcan, pero sí el deber de examinar si en lo que hacemos y decimos hay algo que pueda resultar ofensivo para alguien, incluidos quienes no tienen, para su desgracia, la cultura de sarcasmo e ironía de la que disfrutamos. Si todo lo reducimos a cuestiones de principio (la apelación abstracta a la libertad de expresión), seremos incapaces de resolver aquellos conflictos en los que además de tener razón hay que tener prudencia. Defender la libertad de expresión y el derecho a caricaturizar es compatible con la autolimitación pragmática para no ejercerlos siempre y de cualquier modo.

Si hay una libertad de blasfemar, faltaría más, es porque también existe el deber de no ofender innecesariamente a nadie. De hecho, la libertad de expresión está muy limitada en casi todas las legislaciones, por lo que no tenemos que elegir entre una libertad absoluta y una autocensura total. Hay una regulación de esta libertad, del mismo modo que está regulada la libertad económica o el derecho de asociación. Como ha señalado la filósofa Donatella di Cesare, precisamente en estos tiempos oscuros de pandemia se pone de manifiesto qué vacía es la idea de libertad de un sujeto soberano que se siente emancipado de cualquier tipo de responsabilidad en relación con los demás. No existe en nuestras legislaciones el delito de blasfemia, pero sí el de odio. No deja de ser contradictorio que se exalte abstractamente la libertad de expresión en un momento en el que estamos debatiendo intensamente sobre cómo combatir el discurso del odio en las redes sociales, cuando la reflexión postcolonial llama la atención sobre la arrogancia implícita en el intento de imponer unos valores pretendidamente universales sobre otras culturas y cuando tratamos de que nuestro lenguaje no resulte ofensivo, discriminatorio o machista.

Hay una frontera muy fina que separa la sátira del desprecio. ¿Es posible ironizar sin arrogancia, un sarcasmo que no implique humillación? Las bromas y las ridiculizaciones no suelen ayudarnos en la tarea de revisar los estereotipos que tenemos de los demás y frecuentemente construyen un cierto tipo de superioridad frente a ellos. Por cierto: ¿qué tipo de burla estaríamos dispuestos a tolerar si el objeto fueran nuestras serias ceremonias de homenaje a las víctimas de los atentados islamistas? ¿Aceptaríamos la ridiculización de los judíos, los homosexuales o las mujeres? Reconozcamos que toda sociedad traza un límite del que no es demasiado consciente entre lo que se puede y no se puede decir. En todas hay algo incuestionable o sagrado, aunque solo sea el derecho universal a la mofa, que nadie puede cuestionar. En cualquier caso, lo que demuestra una mayor madurez y liberalidad no es burlarse de otros sino ser capaz de mirarse a sí mismo con ironía. ¿Estaríamos dispuestos a tomarnos menos en serio nuestro derecho a ridiculizar a los demás, sean humanos o divinos?

lunes, 14 de abril de 2025

"¿MATÓ MI ABUELO AL TUYO?". Sergio del Molino, El País 05 ABR 2025

Retrato del poeta Miguel Hernandez pintado por Buero Vallejo en 1940
La condena al historiador Juan Antonio Ríos Carratalá por intromisión ilegítima parcial en el derecho al honor de Antonio Luis Baena Tocón, secretario del juzgado de instrucción que procesó a Miguel Hernández en 1939, zanja de un mazazo una discusión sutil

Mi abuelo contaba siempre un chiste que le hacía mucha gracia: un violinista pasea por la selva y se encuentra con un tigre. El músico saca su instrumento y empieza a tocar, amansando a la fiera. Poco a poco, convoca a todos los animales, hasta que se forma un auditorio de serpientes, gorilas y demás fauna encandilada. Al final, aparece un león. Avanza hasta la primera fila y se zampa al violinista. Los animales protestan: “Maldita sea, llegó el sordo y se jodió el concierto”.

La magistrada del juzgado de primera instancia número 5 de Cádiz, Ana María Chocarro López, podría interpretar el papel de león en este cuento que no tiene ninguna gracia. Al condenar al historiador Juan Antonio Ríos Carratalá por intromisión ilegítima parcial en el derecho al honor de Antonio Luis Baena Tocón, secretario del juzgado de instrucción que procesó a Miguel Hernández en 1939, zanja de un mazazo una discusión sutil, larga, tentacular y en buena medida inefable sobre la responsabilidad y la culpa (colectiva e individual) de las sociedades sometidas a la violencia y la dictadura. Es una discusión sobre cómo funciona la represión, quién la ejerce y qué supone mirar hacia otro lado o cumplir las órdenes. Filósofos, historiadores, escritores, juristas fuera de servicio y ciudadanos de toda condición participan en un ágora necesariamente abierta cuyo valor no son las conclusiones, sino las modulaciones de la conversación misma, cuya persistencia mide la densidad democrática de un país.

La mención inicial a mi abuelo es oportuna. Hace una década escribí un libro titulado Lo que a nadie le importa sobre él, soldado raso del ejército franquista durante toda la guerra, reclutado a la fuerza, y vigilante de un campo de prisioneros al terminarla. En aquella novela me preguntaba sobre su responsabilidad y su culpa, si la sintió. ¿Nos arrastra la historia o podemos oponernos a ella? ¿Somos cómplices o marionetas? Millones de españoles con abuelos como el mío podían compartir mis dudas, y la literatura ofrece un marco para el matiz. Salvo en los casos flagrantes de gente poderosa con culpas clarísimas, la mayoría vive en un claroscuro donde no se puede separar lo blanco de lo negro.

Eso es lo que aduce el hijo de Baena Tocón en su demencial demanda contra todos los medios de comunicación de España (desestimada en su casi totalidad, salvo en unos aspectos referidos a Ríos Carratalá): que su padre era un joven que hacía el servicio militar y recaló en aquel juzgado como podría haber caído en cualquier otra covacha de la administración franquista. Considera —y la jueza le ha dado parcialmente la razón— que echarle encima la condena del poeta es un exceso y una infamia, y si no hubiera llevado la discusión por la vía judicial, su punto de vista sería un reto que enriquecería muchísimo este debate. La sentencia, en cambio, lo empobrece.

Cuando Ríos Carratalá, en su libro Nos vemos en Chicote y en otros estudios sobre la represión del primer franquismo sobre escritores y periodistas, estudia el papel de figuras como Baena Tocón, no busca una revancha judicial, sino alumbrar los rincones más oscuros de la sociedad franquista. ¿Hasta dónde llega la responsabilidad ética de la represión? ¿Es pasivo un funcionario que estampa una firma? ¿O su cumplimiento acrítico del deber pone en marcha el aparato? Más allá de los errores factuales que cualquier investigador puede cometer, la cuestión es muy especulativa y necesita grandes dosis de opinión. La sentencia toma el rábano por las hojas y aprovecha unas minucias ya corregidas e incorporadas a la discusión para recortar la libertad de expresión. Con este precedente, elaborar juicios de valor y argumentos sobre los actores de la represión va a ser muy costoso.

Desde Hannah Arendt y la banalidad del mal de su Eichmann en Jerusalén hasta la hipocresía de los Mitläufer retratados por Géraldine Schwarz en Los amnésicos (aquellos alemanes que no militaron ni colaboraron con el nazismo, pero se beneficiaron pasivamente de su silencio), estas cuestiones atormentan y entretienen a los intelectuales europeos desde la primera vez que un joven de los años cincuenta preguntó en la cena: “Papá, ¿dónde estabas tú cuando pasó aquello?”. Muchos respondieron como el personaje de Billy Wilder en Uno, dos, tres: no se enteraron de nada, trabajaban en el metro. Desde entonces, unos se han dedicado a señalar, y otros, a negar. En el caso español, la pregunta es más dura: ¿mató o encarceló tu padre al mío? Y afinando más, para centrarnos en este caso: ¿firmó la sentencia o solo la tramitó?

En cuanto las investigaciones trascienden los libros académicos (700 ejemplares en dos ediciones vendió Nos vemos en Chicote: el secreto de Baena Tocón estaba bien guardado hasta que su hijo decidió exponerlo a los tribunales), es natural que despierten duelos y quebrantos, pues hablamos de historia aún viva. Al hijo de Baena Tocón le habrán escocido más los tuits y comentarios a las noticias que cualquier licencia literaria de Ríos Carratalá, pero es al historiador a quien le ha caído encima el león sordo. No le ha devorado como al músico del chiste, pero le ha dado un buen mordisco que disuadirá al resto de violinistas de adentrarse por esa selva.

sábado, 12 de abril de 2025

"RESPONSABILIDAD DE EXPRESIÓN". Antonio Muñoz Molina, El País El País 05 ABR 2025

Fran Pulido
Uno escribe sobre alguien real y se engolfa tanto en su invención solitaria que acaba olvidándose de que no es una criatura inventada

En toda la gran borrasca verbal que rodea ese libro de Luisgé Martín, El odio, una palabra ha permanecido ausente, la sobria palabra “responsabilidad”. Hemos visto a defensores incondicionales de la libertad de expresión, y hemos visto y escuchado también a quienes vindicaban el derecho al honor de las víctimas vivas y muertas de un doble asesinato cuya crueldad tal vez las palabras no pueden expresar, igual que no hay palabras para contar el dolor de la madre de los niños asesinados, ni probablemente capacidad para comprender su hondura. Y ha sido instructivo observar en todo esto lo que en la jerga contemporánea se llama sesgo de género: han sido hombres, en su mayoría, los que militaban, prietas las filas, en el bando de la libertad de expresión, y mujeres las que señalaban el tormento que la publicación del libro, y con ella el regreso a la actualidad del nombre, la cara y la voz de impasible asesino iba a causar a la madre de los niños, y sin duda también a los abuelos y los familiares cercanos.

Hay ciertos argumentos, y ciertos títulos, ya tan deteriorados por el uso que da un poco de vergüenza ajena verlos formulados con la convicción de quien acaba de tener una ocurrencia fulminante. Igual que cuando se habla del contraste entre la calidad literaria de un escritor y su vileza humana es preceptivo sacar en procesión la momia ya maltrecha de Louis Ferdinand Céline, en este debate nuestro las voces masculinas han recurrido al ejemplo doble de Truman Capote y Emmanuel Carrère, autores de dos obras al parecer indiscutibles sobre el género narrativo de crímenes reales, que ahora también es conveniente llamar true crime, para que se sepa que quien lo usa está en el ajo, o quizás debiera yo decir in the know, de lo más actual y lo más último de los debates culturales. He leído dos veces, con un intervalo de varios años, el libro de Emmanuel Carrère: la primera, como a mucha gente, me deslumbró por lo inaudito de la historia y por la manera de contarla; la segunda vez leí El adversario porque yo mismo se lo había recomendado a unos estudiantes, y para mi sorpresa el impacto que había anticipado no se repitió. Hay libros a los que es peligroso regresar. La historia de aquel triste impostor que se volvió asesino de su propia familia cuando iba a ser desenmascarado seguía siendo igual de poderosa, pero una figura en la que apenas había reparado la vez anterior se me volvió insufrible, y era la del propio Carrère, empeñado en plantarse a sí mismo en el centro de su libro, gesticulando para hacer más evidente su autoría. Quizás con los años me voy volviendo menos tolerante a los aspavientos del protagonismo literario, a las hinchazones e hipertrofias de la figura del artista. Yo mismo habré caído más de una vez, cuando era joven, en lo que podríamos llamar la épica halagadora del escritor como personaje de sí mismo, como miembro de un gremio entre golfo y heroico. Al releer a Carrère, me irritó que se concediera tanta importancia en su libro como a aquellas personas sobre las que escribía, y que habían sufrido incomparablemente más que él.

Truman Capote es mejor que Carrère, y A sangre fría es uno de esos libros a los que voy volviendo a lo largo de los años. Pero tampoco creo que el libro valga del todo en estos tiempos como ejemplo indiscutible no ya de una alta calidad literaria, sino del derecho de un escritor de no ficción a pasar por encima de cualquier escrúpulo en el afán de lograr una obra maestra. Tenemos derecho a escribir en libertad, pero es más discutible que lo tengamos también para manipular a nuestro servicio a personas mucho más vulnerables y dañadas que nosotros, sin contar con su permiso, y a explotar ávidamente su desgracia para alcanzar el éxito y ganar dinero, muchísimo éxito y dinero, en el caso de Truman Capote. Desde hace tiempo se sabe qué trampas indignas, incluso sexuales, utilizó para ganarse la confianza de los dos descerebrados que asesinaron a la familia Clutter. Y él mismo atestiguó de palabra y por escrito la impaciencia creciente con que esperaba el cumplimiento de la pena de muerte y temía el indulto, con el libro a punto de editarse, con el golpe seguro y gratuito de publicidad que el desenlace cruento de la historia iba a depararle. El reverso de aquella doble y sórdida ejecución en la horca, en una especie de hangar helado al amanecer, fue la fiesta multitudinaria que dio Capote en el hotel Plaza de Nueva York para celebrar los cientos de miles de ejemplares que estaba vendiendo el libro desde que apareció. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 25 de mayo de 2024

"CAGARSE EN LOS DIOSES". Un artículo de Luis Arroyo publicado en infoLibre el 9 de febrero de 2023

Solo dos años después hacer la Revolución, en 1791, los franceses abolieron el delito de blasfemia. Aquí en España, nuestro Código Penal sigue recogiéndolo bajo el eufemístico delito de “ofensa a los sentimientos religiosos” y de “escarnio” (artículo 525 y otros). Esta ridícula anacronía permite a personas y entidades fundamentalistas, casi siempre ultracatólicas, acosar a los artistas, los sátiros, los músicos o los políticos que osan “ofenderles”.

Lo último han sido sendas querellas de HazteOír y de la Fundación de Abogados Cristianos contra los editores de Mongolia, por la portada de la Navidad en la que en una representación del portal de Belén, en lugar del niño Jesús dibujaron lo que bien podría ser un helado de chocolate, aunque más bien parece el típico emoji de una mierda con ojos, tan utilizado en WhatsApp. Como cabía esperar los ofendiditos han visto la caca y no el chocolate y se ve que les ha dañado mucho que alguien ponga el truño en el lugar del Cristo recién nacido. Los editores de la revista satírica han puesto en marcha una campaña para recaudar fondos (aquí) que van a presentar el día 20 en Madrid.

Estas querellas suelen archivarse, pero en ocasiones derivan en sentencias condenatorias, como esas que han afectado a las cómicas feministas de Coño Insumiso, que se atrevieron a hacer una Salve y un Ave María sustituyendo los términos “sagrados” por otros profanos. Por ejemplo, como transcribe la propia sentencia, “Diosa te salve, vagina, llena eres de gracia, el coño es contigo, bendita tú eres entre todas nuestras partes y bendito es el fruto de tu sexo, el clítoris…”.

Aunque las denuncias y las querellas terminen por archivarse o deriven en sentencias absolutorias, pueden hacer mucho daño a los afectados y hacen desde luego mucho daño a la sociedad en su conjunto. Javier Krahe tuvo que aguantar un viacrucis judicial de ocho años por haber grabado unas imágenes en las que metía a Cristo en un horno en 1977, muchos años antes de la formulación de la querella. El actor Willy Toledo puso en Facebook que se cagaba en Dios y tuvo también que afrontar un proceso judicial en 2020. Sea cual sea la decisión de los tribunales, el hecho de que penda siempre la espada de Damocles sobre los creadores es una señal intolerable de atraso en una sociedad como la española, que está en realidad entre las más tolerantes del mundo.

Sucede que a esos mismos meapilas si yo les dijera que me cago en los dioses del Olimpo o en los dioses del Bosque, probablemente les daría igual. El problema sería si yo me cagara en “su” dios: no en cualquier otro. Sucede que si hubiera una legislación que limitara o prohibiera la expansión de nuevas mezquitas o sinagogas es seguro que ellos callarían. Y sucede, en fin, que cuando ellos defienden la libertad de los padres a elegir la educación de sus hijos (es decir que los niños puedan ir a colegios donde la asignatura de Religión sea obligatoria, donde se prohíba la educación sexual o donde se separe a los niños de las niñas), entonces queda bastante claro que no defienden la libertad, sino todo lo contrario: la obligación de atenerse a un credo concreto, al suyo, a la verdad que a ellos se les ha revelado, la única en la que creen y la única que defienden. Qué bien lo expresó Richard Dawkins en su ya clásico El espejismo de Dios: Solo hay algo que molesta más a un creyente que un creyente de otra religión: un ateo.

Esos fundamentalistas majaderos tratan en realidad de imponer sus creencias fanáticas a los demás bajo la apariencia de la libertad y el respeto. Respeto y libertad exigen que nadie persiga a nadie por causa de sus declaraciones o expresiones religiosas. Ni en un sentido ni en otro, y mientras no se ejerza fuerza ni coacción. Entiendo que los católicos y los protestantes y los menonitas y los judíos y los testigos de Jehová deben tener derecho a desarrollar sus cultos en paz, pero tanto derecho tienen ellos a defender su credo como yo el mío, incluida la posibilidad de cagarme en alguno de sus dioses.

viernes, 14 de abril de 2023

"PROHIBIDO REIRSE". Un artículo de Joaquín Urías publicado en blico.es el 11 de abril de 2023

La pasada Semana Santa en un programa satírico de la televisión pública catalana emitieron un sketch en donde unos humoristas bromeaban con la devoción popular mariana andaluza, imitando de manera forzada el acento andaluz y con una de ellos disfrazada de la Virgen del Rocío llegando incluso a hacer bromas sexuales sobre su virginidad. A la emisión le siguió una oleada de protestas en Andalucía. Una de las primeras indignadas fue la líder de la marca andaluza de los anticapitalistas, Teresa Rodríguez, que vio en ello un episodio más de andaluzofobia, señalando que no era humor porque no iba de abajo hacia arriba. Pronto se le sumaron voces de la derecha, incluidos obispos, alcaldes populares y el mismísimo Presidente de la Junta de Andalucía que exigió públicamente una rectificación. Al final, hasta la hermandad matriz del Rocío anunció acciones legales contra la televisión.

Hay quien dice que este episodio ha vuelto a poner de actualidad el debate sobre los límites del humor. En realidad, lo que pone de manifiesto es lo difícil que resulta ejercer libremente la libertad de expresión en nuestra sociedad cuando se usa contra las ideas mayoritarias de un grupo amplio.

Ciertamente, los andaluces estamos cansados de ser objeto de burlas por nuestro acento. Superados antiguos complejos de superioridad, la mayoría de la gente en Andalucía reivindica una forma de hablar el castellano propia y enriquecedora. Los tópicos del andaluz vago e ignorante hacen aún daño a nuestra sociedad seguramente de un modo más intenso -por su componente clasista- que otros tópicos igualmente dañinos como el del catalán tacaño, el vasco bruto o el gallego sin personalidad. Sin embargo, eso no significa que cada vez que alguien, con mayor o menor acierto, imite nuestro acento estemos ante un caso de odio a lo andaluz. El sketch se ríe de la religión católica y de la devoción popular en Andalucía. Sin duda. Pero no deja de ser un ejercicio de crítica que, guste más o menos, apena se diferencia de otras.

¿Los que se quejan del sketch de la televisión catalana nunca han hecho bromas imitando el acento galleguiño? Lo dudo. Apuesto también a que la mayoría de ellos alguna vez han llamado gordo a Buda, se han reído de que los musulmanes no puedan disfrutar del jamón o han ironizado con que los judíos no puedan entender una luz en sábado. Normalmente, los mismos que se burlan de la bajada del ángel en el misterio de Elche o del ayuno durante el Ramadán montan en cólera cuando es otro el que hace humor a partir de sus tradiciones y religión. Es la maldición de la libertad de expresión: todos la quieren para sí, pero nadie la entiende en los otros.

Quienes ahora se indignan con ese sketch, adoptan la postura contraria cuando se trata del derecho de ellos o su gente a reírse de otros. Teresa Rodríguez, por supuesto, defiende que en el carnaval de Cádiz se rían de Ortega Lara haciendo bromas sobre el tiempo que pasó a la sombra. Y evidentemente, Juanma Moreno defiende sin dudar el derecho de los vecinos de Coripe de quemar monigotes con la esfinge de Carles Puigdemont y otros líderes independentistas. Esto último, por cierto, muy criticado por algunos de los catalanes que ahora defienden a muerte el derecho de los humoristas de TV3. CONTINUAR LEYENDO


viernes, 3 de febrero de 2023

"VIAJE AL CENTRO DEL PENSAMIENTO LIBRE". Un artículo de Juan Soto Ivars publicado en Ethic el 10 de febrero de 2022

Ilustración

Carla Lucena

El poder, el tabú y las nuevas formas de censura dejan poco margen para la libertad de pensamiento en una era acelerada por el ritmo, tantas veces bronco, que marcan las redes sociales. Recuperar esa capacidad crítica, tan necesaria para el progreso y la convivencia democrática, pasa por rebelarse contra la arbitrariedad de esos límites.

Para alcanzar el centro del pensamiento libre hay que hacer el mismo movimiento que Lidenbrock en Viaje al centro de la Tierra: profundizar. Pensar es emprender un camino tortuoso hacia lo profundo a través de la espesura, un movimiento que podemos imaginar como una excavación o una indagación. La raíz latina de excavar habla de sacar algo que está escondido debajo de la tierra; la de indagar, de la persecución del rastro de las pisadas de los animales con el fin de sorprenderlos y darles caza. Son dos metáforas de la cavilación, y ambas remiten a la aventura. Creo que no hace falta subrayar que, en demasiados momentos, la aventura particular de pensar libremente ha estado sembrada de peligros.

Los enemigos del pensamiento libre son muchos y tan antiguos como el pensamiento expresado: no se puede hablar de una cosa sin referir la otra. Y no cuesta imaginar al primer hombre asesinado por expresar una idea, tirado en el umbral de una cueva, muerto de una pedrada o varazo por decir lo que otro más fuerte consideraba ofensivo. No podemos saber cuáles fueron esas palabras ni en qué idioma se expresaron; tampoco podemos imaginar el contenido del mensaje, pero antes o después, entre la niebla del tiempo, alguien tuvo que ser el primero en caer por haber expresado lo que tenía en la cabeza. Por haber excavado. Por haber indagado. Por regurgitar, en una lengua muerta, lo que venía rumiando.

Aquí, en la elucubración, aparece ya con claridad el primer enemigo del pensamiento libre. Quizá sea el más famoso, aunque no necesariamente el más temible. Me refiero a la fuerza, es decir, al poder. Donde existe el poder siempre hay personas que desean imponer límites al pensamiento de las otras, porque la presencia de cuestionamiento es el primer síntoma de la debilidad del poder. El poder, que adopta muchas formas, suele fingir que detesta que se hable, pero lo que en realidad detesta es que se piense. Si reacciona a la palabra expresada es porque esta delata un cauce de pensamiento que corre sin permiso del jefe.

Este miedo del poder al pensamiento libre explica el origen de la censura, y así nos lo cuenta J. M. Coetzee en Contra la censura, donde añade que la represión es más fuerte cuando el poder se siente más débil. En El cero y el infinito, Arthur Koestler escribe la mejor novela –superior incluso a 1984 de George Orwell– sobre el ataque del poder al pensamiento, en la que nos muestra meticulosamente el proceso de sometimiento intelectual sin recurrir a la fábula. Cuenta la historia de Nikolái Rubashov, comisario del pueblo y bolchevique de 1917, quien cae en una de las purgas estalinistas de los años treinta. Rubashov, comunista íntegro y articulado, es sometido a un interrogatorio que logra convencerlo de aquello en lo que no cree.

La novela muestra que un pensamiento puede ser acosado y aplastado más allá, incluso, de la simple censura. Muestra que se puede convencer a un hombre de que piensa lo que no piensa, y que un criterio puede resistir, tratar de escabullirse de la tenaza y fracasar sin necesidad de que nadie haya usado la fuerza o la tortura. Rubashov, que al comienzo se planta ante su interrogador con orgullo y entereza, lleno de libertad interior y argumentos para contraatacar todas las trampas, termina confesando con absoluta sinceridad que sí, que quería matar al Número 1 (Stalin), aunque nunca se planteó hacerlo, y que sí, que deseaba el sabotaje de su amada Unión Soviética, aunque fuese mentira.

Los interrogatorios de El cero y el infinito están escritos para que el lector acompañe a un pensamiento de camino a la esclavitud y la desaparición. Y no es casual que Koestler utilice un interrogatorio para narrarlo, porque interrogar es lo mismo que inquirir, e inquirir es el verbo que da nombre a la Santa Inquisición. En el Directorium inquisitorum, manual práctico para los inquisidores del siglo XIV, el fraile catalán e inquisidor general de Gerona Nicolau Eimeric explica el método para anular en el reo la capacidad de pensar. Eimeric no quiere que el hereje calle ni que finja que está convencido. Quiere que el razonamiento, la cavilación y el análisis sean absolutamente imposibles para él. Quiere llevarlo a un extremo de sometimiento en el que la creencia herética sea vencida porque no tiene mente en la que apoyarse. CONTINUAR LEYENDO


"EN LA HORA MALVADA". Samanth Subramanian entrevista a Susana Muhamad en "Equator".

Fernando Botero, Masacre de Mejor Esquina (1997) / Alamy / La pintura representa la masacre de 28 campesinos en 1988 a manos de paramilit...