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sábado, 4 de octubre de 2025

"EL NEGACIONISMO COMO IDEOLOGÍA". Miguel Urbán, Público, 29 AGO 2025

Imagen de archivo de una pintada que dice
'Yo no creo en el cambio climático'
El negacionismo está de moda. Solo hay que darse una vuelta por las redes sociales o por buena parte de los programas de famosos podcasters para escuchar todo tipo de teorías negacionistas. Aunque creencias más o menos exóticas, más o menos conspiranoicas, han existido siempre, el negacionismo se está convirtiendo en una suerte de ideología con un amplio repertorio temático que abarca desde los movimientos antivacunas, el terraplanismo, el negacionismo climático, el creacionismo (que afirma la imposibilidad científica de la teoría de la evolución), hasta los negacionistas de genocidios tan dispares como la conquista de América o el que actualmente está perpetrando Israel en Gaza. De hecho, el negacionismo moderno surge justamente de la negación de un genocidio, hundiendo sus raíces en la Francia de la posguerra como un movimiento de revisionismo histórico destinado a deslegitimar las evidencias del Holocausto perpetrado por el nazismo.

Así, al hablar del negacionismo como ideología, me refiero a una actitud que va más allá de una decisión personal de un individuo como mecanismo de defensa psicológico —ignorar la realidad de una situación que nos produce aversión o angustia—. Se trata de un posicionamiento activo contra evidencias, realidades y hechos históricos o naturales relevantes, con la intención de influir en los procesos sociales y políticos para favorecer determinados intereses. En este sentido, son conocidos y están documentados los esfuerzos del poder corporativo para impulsar la ideología del negacionismo como una forma de agnotología activa destinada a sembrar dudas: desde los efectos del tabaco sobre la salud en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado hasta el carácter antropogénico del cambio climático.

Un informe publicado hace unos años por Greenpeace, Koch Industries: Secretly Funding the Climate Denial Machine, mostró cómo grandes multinacionales norteamericanas ligadas a la energía fósil son el cerebro y la fuente de financiación del negacionismo climático. Entre estos mecenas ultraconservadores destacan los hermanos Koch, pertenecientes a una estirpe petrolera que llegó a ser la tercera fortuna del país. Los "Big Brothers" —como popularmente se les conocía— utilizaron parte de su fortuna para financiar una enorme maquinaria política ultraconservadora y negacionista climática.

Como explica John Cook, uno de los mayores expertos en el análisis y combate de la propaganda climática, los think tanks conservadores han sido una de las fuentes más prolíficas de desinformación, recibiendo cientos de millones de dólares de las empresas de combustibles fósiles para "atacar de modo general a la ciencia climática, ya fuera el consenso científico, los modelos climáticos, los datos sobre el clima o a los propios científicos". Estos think tanks conservadores han actuado como un auténtico cuarto de máquinas del negacionismo, que, aprovechando la emergencia de una especie de "política de la posverdad" —caracterizada por la aparición de burbujas informativas independientes, inmunes a los pesos y contrapesos que tradicionalmente funcionaban como árbitros en el espacio público—, han conseguido esparcir la ideología negacionista.

Un negacionismo que genera nuevas hegemonías que se oponen a los discursos dominantes y ponen en circulación otros conocimientos, otros valores y otras ideologías. Esta estrategia, como explica la profesora Luisa Martín Rojo, común en el discurso político, adquiere aquí rasgos especiales, sobre todo en la manera en que moviliza la sospecha y la conspiración, y en las fuertes emociones que ambas desatan: el odio y el miedo.

Una estrategia discursiva que se imbrica en la nueva sociedad de la "información", basada en el binomio nuevas tecnologías–internet, en un contexto informativo definido por la sobreabundancia, la inmediatez y el culto a la brevedad. Un ecosistema donde la innovación tecnológica responde a los intereses subterráneos de las grandes empresas, beneficiadas por este desplazamiento de lo real a lo virtual. Donde las personas pueden elegir su fuente de información de acuerdo con sus propias opiniones y prejuicios, en una suerte de inviolabilidad ideológica que es también una forma de autismo informativo que favorece la extensión del negacionismo.

Así, en las redes sociales, la propia exposición a la información —inseparable de la conexión y desconexión con otros usuarios mediada previamente por algoritmos diseñados para personalizar la experiencia del usuario, mostrando contenido que probablemente le guste o con el que interactúe— crea una especie de "burbuja" informativa. Una situación que favorece el modelo conocido como "cámara de eco", donde solo encontramos información u opiniones que refuerzan nuestras propias creencias o puntos de vista, limitando la exposición a perspectivas diversas.

En este sentido, el consumo de información se convierte, en parte, en una experiencia comunitaria condicionada por los lazos que se crean y se deshacen en relación con nuestras filias y fobias, en el marco de un espacio digital mediado por un algoritmo al servicio de los intereses del poder corporativo. Lo que favorece la creación de comunidades negacionistas: terraplanistas, antivacunas, negacionistas climáticos… que trascienden el marco del caso concreto para el que habían nacido y acaban naturalizando los discursos negacionistas, comprometiendo los límites entre "realidad" y "ficción". Porque ya no vale el escrutinio de la razón. Las palabras ya no sirven para designar lo que existe: estamos ante la extensión del negacionismo como ideología, como una forma irracional de estar y de ver el mundo que la extrema derecha está explotando como una palanca para arrastrar pasiones y votantes.

Ex eurodiputado por Anticapitalistas

martes, 18 de marzo de 2025

"LO QUE SABEMOS SOBRE LA IGNORANCIA". Iren Vallejo, El País 9 MAR 2025

FERNANDO VICENTE
El error es valioso: puede hacernos conscientes de nuestras lagunas y abrir ventanas a lo nuevo e inesperado

La ciencia económica enseña que la mayor parte de los bienes disponibles son limitados y escasos. Las riquezas, el poder o la fama están al alcance de una minoría. Existe, sin embargo, una insólita excepción, un don que cada habitante del planeta posee a raudales: el sentido común. Todo el mundo afirma tenerlo y además se muestra dispuesto a pregonarlo a diestro y siniestro. Algunos incluso auguran una revolución del sentido común que vendría a ser, en realidad, el eterno retorno de lo mismo: pensar que nuestras ideas son ciertas por el simple hecho de ser nuestras.

Heródoto, padre de la historia, descubrió en sus viajes que cada cultura tiende a confundir lo habitual con lo natural. “Si a todos los hombres”, escribió, “se les diera a elegir entre todas las costumbres, cada cual escogería las suyas; tan sumamente convencido está cada uno de que son perfectas”. Por ejemplo, los griegos pensaban que lo más sensato era incinerar a los muertos. Heródoto cuenta que cierta vez el rey persa Darío los convocó a su corte y les preguntó por cuánto dinero accederían a comerse los cadáveres de sus padres. Ellos, indignados, respondieron que a ningún precio. A continuación, Darío invitó a los indios calatias, cuya venerable tradición consistía en devorar a sus progenitores, y quiso saber por qué suma estarían dispuestos a quemar los restos mortales de sus parientes; ellos rompieron a vociferar, rogándole que no blasfemara. La costumbre es reina del mundo, concluye el historiador. Quizá lo realmente común sea despreciar otras formas de pensar y vivir convencidos de que la nuestra es la mejor y más cabal.

Solemos caer en un razonamiento circular: definimos como sentido común un conjunto de afirmaciones con las que todas las personas sensatas estarán de acuerdo, y las personas sensatas son aquellas que poseen nuestro mismo sentido común. Recientemente, Mark Whiting, científico social de la Universidad de Pensilvania, reclutó a más de 2.000 voluntarios para un experimento. Les pidió que valorasen afirmaciones filosóficas, prácticas y morales, como “todo el mundo tiene derecho a estudiar”. Después analizaron las respuestas en busca de patrones de creencias compartidas, pero encontraron una gran variedad de formas de entender la sensatez. Casualmente, estas ideas claras y contundentes, aparentemente obvias y naturales, tienden a coincidir con lo que cada uno piensa: si estamos de acuerdo, lo llamamos sentido común; si no, lo tildamos de ideología. Nos parecen la prueba de nuestro buen juicio, un sillar de certezas sólidas en plena era de la sospecha. En general, son verdades que no se razonan, se amurallan.

En su ensayo Ignorancia, Peter Burke sostiene que todos somos ignorantes, solo que en distintas áreas. Los sesgos del conocimiento humano son la base de nuestra empecinada tendencia al autoengaño. Aun así, el error es valioso: puede hacernos conscientes de nuestras lagunas y abrir ventanas a lo nuevo e inesperado. Del mismo modo que los cantantes han de identificar dónde desafinan, es beneficioso entender que, con frecuencia, estamos equivocados. Saber lo que no sabemos es el preludio de cualquier avance, y el bisturí que disecciona los dogmatismos. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 21 de septiembre de 2023

"NEGAR LAS ALARMAS, DUDAR DE LOS DATOS Y LOS EXPERTOS: POR QUÉ LA DERECHA RECELA DE LA CIENCIA. Un artículo de Javier Salas publicado en El País el 12 de septiembre de 2023

Los más conservadores desconfían de los científicos porque perciben que su identidad está en riesgo, influidos por las élites populistas y tras décadas de desinformación.

La derecha más radical tiene problemas con la ciencia. Es algo que innumerables estudios habían observado, pero desde la pandemia el problema se ha agravado porque gana importancia y se extiende socialmente. Y esa tensión asoma a menudo en el discurso político, en episodios como el que se vivió en torno a la dana en Madrid y la probabilidad de que sufriera un diluvio histórico. Las críticas contra la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) y las alarmas de las autoridades, por parte de políticos y periodistas de derechas, llegaron mucho antes de que se cerrara el plazo de alerta roja. Algunos ciudadanos se lanzaron a la calle con el único ánimo de mostrar en redes sociales cómo desafiaban las peticiones de prudencia de las autoridades. Finalmente, al margen de alardes y controversias, murieron ocho personas.

Esta negación amenaza no solo la convivencia y la toma de decisiones informadas; también pone en peligro la vida misma de los ciudadanos de derechas, como demuestra lo sucedido en Estados Unidos en torno a la vacunación contra la covid. Un estudio publicado este verano por la Universidad de Yale muestra que, desde que las vacunas están disponibles, los votantes republicanos están muriendo a un ritmo muchísimo más alto que los demócratas.

El trabajo, publicado por la Asociación Médica de EE UU, analizó más de medio millón de muertes (en Ohio y Florida) y las cotejó con el censo de votantes registrados. El resultado de su análisis es demoledor: el exceso de mortalidad entre los votantes republicanos “fue un 43% más alto” que el de los demócratas. “La brecha fue mayor en los condados con tasas de vacunación más bajas”, concluye. Los votantes conservadores dudan de las vacunas y mueren, alentados por el populismo anticientífico.

El fenómeno es muy complejo y no para de crecer. En EE UU, la confianza en los científicos se desplomó en apenas un par de años en el flanco derechista de la ciudadanía: entre 2019 y 2021, mientras se mantenía por encima del 90% entre los demócratas, el procentaje de republicanos que se fían de investigadores médicos pasó de un 88% a solo un 66%. La desconfianza conservadora en los científicos en general ha crecido en ese periodo del 14% al 36%.

En España también se observa ya cómo esa parte de la sociedad se desengancha de lo científico. La socióloga Celia Díaz Catalán estudia la percepción que tienen los españoles de la ciencia y “en general, la confianza es alta, pero hay una mayor desconfianza en la ideología extrema de derechas”. El 40% de los ciudadanos más de derechas creen que muchas teorías científicas están completamente equivocadas, frente al 22,8% de la media general de todos los españoles; y un 54% de los derechistas opina que la gente confía en los científicos mucho más de lo que debería, el doble que la media. Estos datos son novedosos, pero hay una marea que venía de antes, según los datos de Díaz: “Ya se veían muchas más reticencias a considerar positivos los resultados de la ciencia. En general, la gente de la derecha desconfía más de este tipo de instituciones”. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 27 de julio de 2022

"AHORA RESULTA QUE EL CALENTAMIENTO GLOBAL ES DE IZQUIERDAS". Por Sergio C. Fanjul en retinatendencias.com

No es indigno que un presidente hable de las muertes que genera el Cambio Climático. Son indignos los que se oponen cerrilmente al conocimiento científico en momentos de emergencia civilizatoria. Y los palmeros que les aplauden las gracias.

“Decir de forma frívola que el cambio climático mata no es propio de alguien que se digne a ser presidente del Gobierno de España”, dijo el otro día Enrique López, el consejero de Presidencia, Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid, en referencia a los incendios en España. Lo dijo con ese patetismo del que cree que está cantando las verdades del barquero (el entrecejo apretado) pero, en realidad, está cayendo en el descrédito. No es el único miembro de la derecha española que le quita hierro al problema del calentamiento global, incluso cuando dicho calentamiento se hace evidente: las olas de calor que se registran son cada vez más frecuentes, más duraderas y más intensas, y tienden más a coincidir en diferentes puntos de la geografía. Y, sí, influyen en el aumento de los incendios.

Varios cargos del equipo de Isabel Díaz Ayuso se han pronunciado de manera parecida en los últimos tiempos, incluso han querido quitar el término “crisis climática” del currículo escolar. Eso en la derecha mediopensionista, en la extrema derecha de Vox se habla con mucho más desparpajo de la “dictadura climática”, de los “chiringuitos climáticos” y, en fin, de todo aquello que, en la línea del trumpismo más descerebrado, pueda desacreditar la, en efecto, “emergencia climática”. Lo más tremendo es el cuñadismo ilustrado de aquel que se seca las gotas de sudor con el pañuelo, si es que no está disfrutando del aire acondicionado su despacho en una administración, y espeta: “¡Es normal que haga calor en verano!”.

El otro día vi un vídeo de mi admirado Carl Sagan compareciendo ante una comisión del Congreso de los Estados Unidos en 1985. Con su voz grave y su excelente manera de explicar los fenómenos naturales, Sagan narraba a sus señorías, en fecha ya tan lejana, cómo el efecto invernadero podía modificar la atmósfera de la Tierra y convertirla en algo parecido a la de otros planetas que eran su objeto de estudio, como el infernal Venus.

Desde esa fecha, como mínimo, viene alertando la comunidad científica, avalada por profusos datos, claro está, y de forma prácticamente unánime sobre la gravedad del asunto. Véase el libro Perdiendo la Tierra (Capitán Swing), de Nathaniel Rich, una crónica de cómo en los años 80 se perdió una gran oportunidad para atajar el problema. Hete aquí que estamos en 2022, con el asunto desatado, olas de calor frecuentes y largas, incendios por doquier, altas cifras de muertes por calor (e-xac-ta-men-te como se había predicho, véase El planeta inhóspito (Debate), de David Wallace-Wells) y, al igual que en la película No mires hacia arriba, hay quien todavía prefiere el negacionismo y las chanzas, antes que la acción urgente. Porque ahora, por motivos electoralistas y para paliar una larga tradición de ecologismo progresista, resulta que la preocupación por el calentamiento global es de izquierdas, cuando debería considerarse un riesgo existencial para la civilización.

Crecí en un mundo donde había unos consensos impepinables que, como tales, se enseñaban desde la escuela infantil. Entre ellos se encontraban el deber de cuidar el medioambiente y el respeto por la ciencia, que es nuestra mejor fuente de conocimiento (aunque este conocimiento sea incompleto, provisional y revisable) y la forma más eficaz de hacer las cosas (ya sean estas cosas curar el cáncer o destruir el planeta). Ahora parece que estos y otros consensos saltan por los aires y ya es difícil manejarse por el mundo, y más aún manejar los destinos humanos, porque ya no existe ni un sustrato común sobre el que entenderse. Qué hacer cuando volvemos a posiciones medievales que hacen prevalecer la creencia sobre la evidencia (ese matiz es precisamente lo que posibilitó el mundo moderno), ya sea en el negacionismo climático de la derecha, el terraplanismo o los antivacunas.

No tomarse en serio el calentamiento global es inadmisible, sobre todo si uno es un político. Es ser un “mal antepasado” para las generaciones venideras, como diría el filósofo Roman Krnacik: debemos dejar de “colonizar el futuro” para extraer rendimiento sin preocuparnos por las personas que lo habitan. Sería conveniente, además, dejar de hablar del futuro del “planeta” o la amenaza “al medioambiente”. En realidad, al planeta, a la naturaleza, al medio ambiente, le importa bien poco el calentamiento global: como sistema resiliente, como siempre ha hecho, se adaptará a la nueva situación, y la vida seguirá avanzando ciegamente hacia el futuro, con su tenacidad habitual. Lo que está en juego no es el planeta, ni la naturaleza, sino la especie humana y la civilización, que sí es vulnerable a una subida de las temperaturas de la magnitud de la que se nos presenta ya mismo.

No es indigno que un presidente hable de las muertes que genera el Cambio Climático. Son indignos que se oponen cerrilmente al conocimiento científico en momentos de emergencia civilizatoria. Y los palmeros que les aplauden las gracias.


Sergio C. Fanjul

Sergio C. Fanjul es licenciado en Astrofísica y Máster en Periodismo. Tiene varios libros publicados (Pertinaz freelance, La vida instantánea, La ciudad infinita). Es profesor de escritura, guionista de tele, radiofonista y performer poético. Desde 2009 firma columnas, reportajes, crónicas y entrevistas en EL PAÍS y otros medios.

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