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lunes, 3 de noviembre de 2025

"LAS VOCES DE LOS MUERTOS". Elvira Lindo, El País

Familiares de las víctimas increpan a Mazón durante
el funeral de Estado en memoria de las víctimas de la dana.

Me provoca desazón que nadie exigirá responsabilidades a los palmeros que protegieron a Mazón para que escondiera la verdad a costa de humillar a las víctimas

Nada hay comparable a la voz. La voz de la persona que se fue es lo que va disipándose en la memoria. Se desvanece el recuerdo exacto de lo que fuera su risa, el llanto, el tono de las palabras que nos dieron consuelo. No hay inteligencia artificial que pueda reproducir lo que nos diría un muerto si pudiera hablarnos desde el más allá, porque la voz de los muertos es patrimonio y fantasía de los que se quedan y nos habla desde el lado más íntimo del pasado.

Veo que hay personas que quieren que la IA le devuelva la voz de su madre y no me explico cómo pueden encontrar consuelo en esa simulación macabra. Esto lo escribo yo, que llevo dialogando con los muertos desde hace 50 años. Jamás he dejado de escucharlos, queriendo creer que me transmiten un orgullo póstumo o temiendo que me juzguen por algo que no aprueban; siguiendo sus consejos o desobedeciéndolos para liberarme de algún prejuicio antiguo que no comparto.

Los vivos cargamos con la obligación de dar voz a los ausentes y esto es lo que hicieron esta semana los familiares de las víctimas de la dana. Conscientes de que son ellos los encargados de defender su memoria nos han ido describiendo a los seres irrepetibles que perdieron. A las imágenes de la terrible avalancha de agua, que nos acercan tan solo un poco al terror que debieron pasar esas criaturas, se superpusieron las voces de los que intentan mantener viva la memoria de los ahogados.

Los hemos escuchado esta semana guardando silencio. Mientras desayunábamos, sus voces surgían de la radio, en la comida, en el café ante la tele, y ocurría que cuando esas voces a veces quebradas por la emoción resumían la vida del ser querido, se disipaba el ruido insoportable de tantos voceros de la vida pública, porque los relatos de experiencias reales lograban imponerse, de manera contenida y verdadera, a la desfachatez y brutalidad que soportamos a diario. Ha sido una lección de dignidad que nos ha ayudado a percibir que habitamos en dos países cada vez más ajenos entre sí: el de quienes saben transmitir un dolor que nace de la verdad y del corazón, aunque éste se encuentre herido, y aquellos otros seres que enmascaran su vergüenza acusando a las víctimas de estar manipuladas.

No sé si los políticos que durante este año aplaudieron al presidente de la Generalitat valenciana, de manera muy pública y hasta el mismo día del funeral de estado, han sido capaces de callarse siquiera unos minutos para escuchar las voces de aquellos que compartían su sufrimiento; no sé si en algún rincón de la conciencia de estos desalmados algo les decía que con esos aplausos situaban el oficio de la política en su escalón más bajo, en el mismo lodo que anegó los hogares de tantos inocentes.

Cabe preguntarse si en un futuro, cuando el estúpido relato de suspense desvele un final que se sospecha sonrojante, alguien se atreverá a pedir perdón por haber vitoreado a un mentiroso mayúsculo que no tuvo la valentía de confesar el error. La verdad se sabrá, y quienes creyeron que podrían seguir disfrutando del poder olvidando las voces de los muertos habrán de pagarlo de una u otra manera. Pero lo que me provoca verdadera desazón es que nadie exigirá responsabilidades a los palmeros que lo protegieron para que escondiera la verdad como un trilero, a costa de humillar a las víctimas. Y ocurrirá que los mismos idiotas que aplaudieron sus embustes serán los primeros en darle la espalda en cuanto sea defenestrado.

Esto es, insisto, como vivir en dos países diferentes y cada vez más ajenos: el cinismo sigue un camino; la honestidad, otro paralelo. A menudo pienso que hay una indiscutible responsabilidad de los medios que por creer que solo la bronca atrae al pueblo ceden un espacio inmerecido a los portavoces del enconamiento y la estupidez. Hasta que un día ocurre una tragedia y entonces nos acordamos de que ese otro país habitado por personas nobles también existe.

miércoles, 3 de septiembre de 2025

"COMER COMO PRÍNCIPES". Juan José Millás, El País 13 JUL 2025

A la derecha el presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo,
y el presidente de la Generalitat, Carlos Mazón,
durante el acto celebrado con militantes en Alicante.
Morell (Efe)

Aquí estoy, aquí estamos, querido público, sumisos votantes, estimados compatriotas, amados contribuyentes. Aquí estamos como dos amiguetes que acabaran de salir a escena para divertir a su público. Como dos colegas, como dos cómplices, dos brothers. El de la derecha de la imagen soy yo, Alberto Núñez Feijóo, con acento incorrecto en la primera o porque me paso por los huevos la gramática. Todas las gramáticas. No hay regla ortográfica o sintáctica, ni siquiera de sentido común, que detenga mi ascenso. Lo verán. Sobran explicaciones porque el gesto de mi rostro y mi postura corporal lo dicen todo. La trasgresión ha marcado mi vida. He sobrevivido a la amistad con un narcotraficante en los peores tiempos del narcotráfico en Galicia, cuando los jóvenes caían como moscas. Una amistad documentada, quiero decir, con imágenes, de cuando no había posibilidad alguna de echarle la culpa a la IA. He sobrevivido a Isabel Díaz Ayuso. Me fotografío con ella para destrozarla, porque tengo ese don, ese superpoder, no sé, esa gracia.

De ahí que pose también sin miedo alguno con Mazón, el que está a mi derecha y al que paso tranquilamente la mano por el hombro, abrazándolo. El hombre no se lo puede creer. Observen el gesto de estupor con el que me observa, la risa congelada en los labios (dónde, si no) y la mirada entre esperanzada y atónita. Mazón es Mazón, ya saben, el de El Ventorro, o donde quiera que estuviese cuando a sus administrados se los llevaba cruelmente la riada. Pelillos a la mar. Somos dos amiguetes que acaban de comer como príncipes y ahora se van de copas. Buenos días.

lunes, 9 de junio de 2025

"SABERES AMENAZANTES". Antonio Muñoz Molina, El País 7 JUN 2025

Cuanta menos información veraz tenga la gente, mayor será la impunidad de los poderosos

Este hombre de la foto no tiene aspecto de ser una amenaza para nadie. Es de esas personas en las que la calvicie parece una condición natural, más que un infortunio o un signo de declive. Es una calva sólida, de firme osamenta, complementada por unas gafas austeras, sin el menor rastro de coquetería, o de esa modernidad que establecieron en los años ochenta arquitectos y diseñadores, los cuales proclamaban por el color o la forma chocante de sus gafas el grado de su talento, no siempre corroborado luego por la originalidad de sus obras. En un mundo en el que tanta gente exhibe un empeño narcisista de singularidad, cuyo paradójico resultado es la monótona repetición de lo mismo, este hombre da la impresión de un impulso contrario y ya muy anticuado, el de no llamar la atención, con su cara tan común, su calva, sus gafas, su camisa azul discreta, la mochila con la que carga, que según se ve es una mochila con cierto peso, sin duda el de los informes y estudios que transporta en ella, y en los que se sustenta como un sillar de granito la declaración que ha hecho o está a punto de hacer.

Porque este hombre al que no recordarías si te lo cruzaras por la calle, pero en el que confiarías de manera instintiva si dependieras de él en un asunto grave —si fuera tu asesor fiscal, tu abogado, el médico que te recibe en la consulta—, José Ángel Núñez, fue a declarar en otro día al juzgado de Catarroja, en Valencia, no con el propósito de eludir una responsabilidad, ni de sembrar confusión, sino de establecer en lo posible la realidad de los hechos y de las omisiones que provocaron el 29 de octubre del año pasado la mayor mortandad por una catástrofe natural que se ha registrado en nuestro país en más de medio siglo. La política española es una picadora envilecida y envilecedora de escándalos verdaderos y escándalos artificiales y bien escenificados que lo convierte todo en una pulpa tóxica donde la realidad deja de existir, y donde cada nuevo abuso desaloja del presente y condena a la indiferencia y el olvido los abusos anteriores. Las zonas devastadas de Valencia se van recuperando con una lentitud intolerable, y el sufrimiento de los que sobreviven se alejaría de la actualidad tan rápidamente como los nombres y la memoria de los muertos, si no fuera por el activismo heroico de sus familiares y por una tradición valenciana de resistencia cívica que parece tan arraigada como el impulso festivo. Pero el suministro de carnaza política es tan abrumador, y tan continuo que se lo lleva todo por delante, y lo mismo que los corruptos confesos y convictos distraen su culpa acusando a otros de corrupción, los responsables directos del desastre de Valencia adoptan un aire de dignidad agraviada y confían en la confusión y en el simple paso del tiempo para no responder de una incompetencia en la que hay mucho de literalmente criminal.

Es entonces cuando aparece el hombre de la foto, con su cara tranquila y su comedida informalidad para presentarse en el juzgado, camisa y pantalón de diario y no chaqueta ni corbata, mochila en la mano, y no a la espalda, quizás por el peso de tanta evidencia, que equivale con bastante precisión al peso de la culpa de la que otros se quieren escabullir. Este hombre, José Ángel Núñez, se halla en posesión de un arma temible: el conocimiento de las cosas, en un campo con pocas posibilidades de estrellato académico o intelectual, la geografía. Desde los años en que yo la estudié en la universidad, con menos ahínco del que hubiera debido, la geografía sufrió un desprestigio que quizás fue dañino, sobre todo en la educación primaria y media. Para los triunfales psicopedagogos, el pecado de la geografía era que apenas podía enseñarse por experiencia directa. Es verdad que uno difícilmente podrá tener la experiencia inmediata de la Amazonia o del desierto de Gobi, pero la imaginación humana y la capacidad de aprender permiten que se comprenda lo inaccesible y lo muy lejano. La geografía se fue encogiendo a medida que encogían también las ambiciones de la enseñanza, víctimas de una propensión a la estrechez comarcal propalada con la misma devoción por todos los partidos políticos. Y todo eso formaba y tristemente forma parte del gran descrédito del conocimiento que es una desgracia secular de la vida española. Cuanta menos información veraz tenga la gente, y menos herramientas intelectuales para comprender y juzgar, mayor impunidad podrán disfrutar los que llegan al poder sin más mérito que el medro político, y más demoledora será la victoria de los señores feudales del dinero. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 30 de diciembre de 2024

"EL BARRO Y MAMÁ: UN CUENTO DE NAVIDAD TRAS LA DANA". Paco Cerdá, El País 24 DIC 2024

DIGO MIR
La memoria crece en los detalles. Aquel fuerte de juguete. El agua creciendo. Las calles anegadas. Los coches amontonados. El cuerpo de la modista de Catarroja flotando en su habitación

El tiempo sería frío, desapacible y cortante, pues así lo quieren desde Dickens todos los cuentos de Navidad. El niño, Juanjo, tendría 11 o 12 años, no más. Aún creía en la magia de estas noches largas vestidas de niebla. Mejor creer en eso, en la Navidad, que esperar a que su madre, una pobre modista que iba de casa en casa cosiendo vestidos de boda o de fallera para las mujeres del pueblo y que volvía cansada más allá de las diez de la noche, esa mujer que jamás había podido irse de viaje ni darse caprichos, reuniera el dinero necesario para cumplir el sueño de su hijo pequeño: tener un fuerte. Un fuerte de madera con sus indios y vaqueros, con sus caballos, con su saloon de doble puerta y su torreta de vigilancia. Un escenario para vivir cada tarde, desde el salvaje Oeste de Catarroja, aventuras épicas y batallas a vida o muerte.

Y sin embargo, el milagro ocurrió.

A Juanjo le resulta imposible olvidar aquella imagen de hace 40 años: la caja, el papel de regalo, el fuerte de madera, la bandera americana flameando en lo alto de la torreta. Su sonrisa, la sonrisa de su madre, bon Nadal.

Juanjo tampoco puede olvidar esa otra imagen de hace 56 noches: su madre, la vieja modista Isabel, flotando muerta y sola en la habitación de casa, la vieja casa familiar.

Hablo con él en estos días raros, estos días tristes que pringan el alma más que el barro, aunque las almas abatidas se vean menos que los coches amontonados. No hay vertederos para vidas desguazadas. Nadie sabe dónde están los voluntarios capaces de limpiar el interior de miles de personas destrozadas. No es un coche. No es una casa. No es un trabajo. No es un bar, una tienda, un negocio o una fábrica. Es la vida perdida, opacada en mate.

Duele preguntarle a Juanjo por los detalles. Pero la vida está en los detalles. La memoria crece y anida en los detalles. Son sus asideros. Las tres de la mañana. Las calles anegadas. Los coches flotando. La llave temblorosa en la cerradura. El silencio. El agua creciendo por encima de los 70 centímetros, de pared a pared. El olor a humedad. El pasillo lóbrego, más oscuro que nunca. Los gritos asustados de mare, mare, mare. El miedo viscoso. La aciaga oscuridad. La luz de acomodador que proyecta la linterna del móvil. Y, de repente, el drama. El cuerpo de su madre boca abajo, flotando como un náufrago sin relato. El cuerpo de Isabel Ibáñez, de 84 años, la modista de Catarroja, flotando en el mar negro de su habitación; quién sabe si con un crucifijo mudo en la pared, quién sabe si con una foto de su difunto Salvador flotando en alguna esquina junto a los muebles boya.

Hay detalles que se pierden. La memoria, muchas veces, los reconstruye. Yo recuerdo una Navidad extraña: vestido de paje del rey Baltasar con la cara pintada de negro y visitando a las reclusas de la cárcel de mujeres de Murcia, con sus niños encerrados en calabozos sin culpa ni delito. Me gustaría evocar rostros y frases precisas de aquella mañana amarga, pero solo recuerdo el frío que todo aquello dejó en mí. Una pena que cada Navidad regresa cuando me pregunto cuántos de esos niños volvieron o volverán, ya de adultos, a la cárcel, y un día de Reyes verán de nuevo entre rejas a Melchor, Gaspar y Baltasar.

Lo que no se pierde en la memoria de Juanjo es el impacto de la imagen que ha quedado impresionada en su cerebro. El cuerpo mojado de su madre. Su traslado a la cama-isla. La sábana echada por encima de mamá: un no quiero verla tan lorquiano, tan íntimo, tan humano. Esa imagen, me cuenta Juanjo, no para, no para, no para. Sigue en bucle cada día. Cuando me voy a dormir. Cuando estoy viendo la televisión. Cuando menos me lo espero, vuelve la imagen. El cadáver flotando boca abajo. Y habla Juanjo de las pastillas para dormir. Y del sueño que arrastra todo el día porque ya van muchas noches con el comecome en la cabeza y el techo en las pupilas.

Por eso duele preguntarle a Juanjo qué espera de esta Navidad. La voz se le romperá. Dirá que los turrones serán como las piedras. Que solo quiere que pasen rápidas las fiestas. Que ya nunca más habrá, para él, Navidad. Aunque eso ya es lo de menos; lujos de aquel mundo sin barro que el otoño se llevó. Juanjo solo quiere que se acabe esta película. Esa chica boliviana embarazada de ocho meses que murió ahogada cerca del polígono de Riba-roja, cuando volvía del trabajo, dos días antes de pedir la baja por maternidad. Esa chica venezolana que murió con su bebé de tres meses en Paiporta. Ese colombiano que se vio atrapado en un atasco con la furgoneta de los repartos después de llamar a su hijo para decirle que tenía miedo y que hoy no entregará paquetes ni andará con prisas porque está muerto. Ese matrimonio de británicos ahogados dentro de su coche en Pedralba. Esa pareja de rumanos que vivía sobre un campo de arroz en l’Albufera en una casa de madera que la tromba se llevó con ellos. Ese camionero libanés atrapado fatídicamente cuando iba a la base a devolver el camión. Y Amparo la Barrina con su alzhéimer. Y Susana de Pedralba con su Down. Y Andrés el marinero ahogado en la residencia de ancianos de Paiporta. Y los niños hermanos Izan y Rubén, con sus cuerpecitos mojados y luego secos y después perdidos y finalmente ya para siempre quietos.

Todo es para volverse loco, dice Juanjo. Pero es Navidad. Y al menos le queda otro recuerdo. Otra imagen. Lo que sucedió después de cubrirla con una sábana. Protegió el cuerpo de su madre. La trasladó a la casa alta de un vecino para que otra avenida de agua no arrastrara sus restos. Estuvo 48 horas con ella. Peleó y peleó y movilizó hasta a 2.000 voluntarios que limpiaron el destrozado cementerio municipal. Consiguió que a su madre no la incinerasen ni la enterraran en otro pueblo. Y gracias a todo eso ahora Isabel la modista duerme ya con su Salvador, 64 años casados, en el mismo nicho de Catarroja. Y no es un final feliz, claro que no. Tampoco lo era el del fuerte de indios y vaqueros, en realidad.

Cuando Juanjo destapó el regalo aquella noche de Reyes y montó el fuerte, maravillado, pensando en todas las historias que contenían aquellas maderas con olor a nuevo, pasó lo inesperado. Su hermano mayor, que ya sabía que los Reyes eran las modistas y que sentía celos por el regalo de su hermano, entró en el cuarto y a patadas se lo rompió. Le destrozó el fuerte de madera. Juanjo nunca lo olvidó. Y era un fuerte de indios y vaqueros. Solo eso. Esto ha sido un escenario de guerra con su radiación de dolor todavía incalculable.Escribió Dante, en su Infierno, que no hay mayor dolor que acordarse de los días felices en la miseria. Ahí estamos todavía: en la miseria del desgarro; un poco temerosos de que desaparezca este presente continuo de fango y telediario y entonces, en la nueva normalidad, afloren las preguntas. Quizá por eso dice Juanjo Monrabal que no va a parar. Que va a luchar en esta épica batalla, a vida o muerte, contra la impunidad y el olvido. Lo dijo Simone Weil: el pasado y el futuro son las únicas riquezas del hombre. Porque incluso aquello que ayer parecía amargo, como un fuerte roto a patadas, puede ser mañana un buen recuerdo de Navidad.

domingo, 17 de noviembre de 2024

"LA BATALLA PERDIDA". José Luis Sastre, El País

Estamos en una sociedad segmentada en grupos de seguidores y abocada a una polarización partidista. El mundo se explica en sus divisiones y las opiniones tienen más peso que los hechos

Algunas batallas se han perdido ya, o se han perdido de momento. Quizá nunca se dieron del todo. Mucha gente ha decidido confiar en los bulos y no sirve que esas falacias se demuestren falsas o que se desmonten con argumentos. No basta con los hechos para quien ha escogido creer y ha llegado a la conclusión, engaño tras engaño, de que a ellos no les van a engañar igual que a los demás. No se trata solo de las informaciones falsas que aparentan ser ciertas y que se difunden a menudo sin querer, de teléfono en teléfono; sino de las otras: las que provocan el miedo o el odio de manera deliberada porque pretenden que todo salte por los aires

Dijimos durante muchos años que las redes sociales no eran la vida real, pero que fuera un mundo virtual no lo volvía un mundo de ficción. Ahora, la información llega antes por las redes que por los medios convencionales, atrapados en la eterna e irresoluble crisis del periodismo. Ahora, la vida tiene dinámicas propias de las redes: logra más visibilidad quien más grite o polemice. Uno puede quedar proscrito por describir aquello que haya visto con sus ojos y, en cambio, puede saltar a la notoriedad por especular con todo lo que no haya visto. El resultado es una sociedad segmentada en grupos de seguidores, que mezcla la verdad con las mentiras y abocada a una polarización partidista. El mundo se explica en sus divisiones y las opiniones tienen más peso que los hechos. Al cabo, las opiniones son objetivas y los hechos, subjetivos.

La tragedia de Valencia ha demostrado de nuevo el alcance de los bulos y, más que eso, lo difíciles que son de combatir. Ofrecen una explicación rápida, aunque sea falsa, y alimentan la sensación de sospecha. Es probable que esa sea la única verdad que contengan, por encima incluso de su vocación de ser creídos: la vocación de que la gente no se crea nada más. Que sospeche. Que recele. Que no haya verdades y que la incertidumbre sólo pueda combatirse con sospechas. Una sociedad desconfiada y recelosa.

Para quienes han decidido creer, la batalla de los hechos está perdida. El periodismo deberá cumplir su función y contar aquello que esté demostrado, porque los hechos hacen más falta que nunca por mucho que los destierren. Pero con eso no alcanza y eso hay que asumirlo cuanto antes: ya cuesta más desmontar un bulo que confirmar un titular.

La pregunta de qué podemos hacer invita a responderse que no hay otra salida más que seguir haciendo lo que se exige al periodismo: su trabajo. Sinceridad y precisión, en palabras de Bernard Williams. Pero la inercia de la época lleva a pensar que eso cambiará poco las cosas. Quizá las cambie el tiempo, que es lo que se dice cuando no se sabe qué decir. Entretanto, tiene sentido preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí y si esta conspiración contra los hechos se explica sólo en lo bien que se organizaron los propagadores de las mentiras. Algo hicimos mal si otros nos arrebataron ante mucha gente aquello que costaba años conseguir: su credibilidad y su confianza.

lunes, 11 de noviembre de 2024

"TODOS LOS VALIENTES". Antonio Muñoz Molina, El País

Un paso más allá de reverenciar el valor presunto o verdadero de otros está la convicción de que uno mismo habría sido un valiente. Pero lo que no debería hacerse, por prudencia, es afirmar que uno tampoco se habría escondido

En esta época de permanente exhibición pública del verbo follar, incluso en medios antes tan comedidos como este, y de celebración de los órganos genitales de uno y otro sexo, o género, o como haya que decirlo ahora, estoy esperando el momento en que alguien dé un paso al frente y alabe sin eufemismos el tamaño y la potencia de los atributos del rey Felipe VI. Cabe suponerlos muy superiores a los del presidente del Gobierno, que en virtud sin duda de la pobre dotación de los suyos salió huyendo protegido por los paraguas de los escoltas —”como una rata”, dicen algunos estilistas del columnismo—, mientras el Rey, “el rubio alto”, en palabras de mi colega Arturo Pérez-Reverte, aguantaba a cuerpo limpio la furia de los ciudadanos todavía envueltos en barro y azotados por la desgracia. He observado que de la valentía de la reina Letizia se habla mucho menos, quizás porque, careciendo de la prestigiosa anatomía masculina, su coraje no llega a esas alturas épicas exclusivas de quien esté marcado “por varón en la ingle con un fruto”, como en el soneto taurino y ya tristemente rancio de Miguel Hernández.

Todo indica que “vuelve el hombre”, como decía el anuncio de colonia. En el mismo programa de televisión en el que glosaba la estatura y el pelo rubio de Felipe VI, Arturo Pérez-Reverte aseguró saber cómo es la “herramienta” del ya caído Íñigo Errejón. Eso me hizo recordar una observación célebre de Donald Trump sobre los comentarios de quienes acababan de compartir la ducha con un campeón de golf, y habían tenido así la oportunidad de calibrar sus varoniles frutos: “Oh Boy!”. La testosterona es como aquel brandi Soberano que veíamos anunciado en los televisores del paleolítico franquista: “Cosa de hombres”. No han debido de ser muy eficaces décadas enteras de pedagogía dedicadas a desmontar los estereotipos de lo masculino y de lo femenino cuando los héroes de la música urbana posan al filo de sus piscinas bien despatarrados para mostrar el volumen de sus atributos, y las chicas jóvenes se someten al quirófano para adquirir culos neumáticos, pectorales y labios de favoritas en los harenes de los narcotraficantes.

La valentía, como el antifranquismo, brilla incluso más cuando es retrospectiva. Hay grandes luchadores antifascistas que ni siquiera habían nacido cuando murió Franco, lo cual no les impide afear la cobardía de quienes en vez de derribar por la fuerza el franquismo, traer la Tercera República y culminar la revolución bolchevique, se conformaron con armar una democracia, ganar derechos civiles y sindicales e integrar al país en Europa, apoltronándose en otro régimen no mucho menos lamentable, el Régimen del 78. Hace años tuve una de esas discusiones extenuadoras y superfluas, en las que uno se pregunta más tarde cómo se dejó enredar. Un valiente retrospectivo o virtual se empeñaba en convencerme de que los judíos europeos eran responsables de su propio exterminio por no haberse rebelado a mano armada y en masa contra los matarifes alemanes. El levantamiento del gueto de Varsovia, o la muy bien documentada participación de luchadores judíos en la Resistencia, no le parecían pruebas suficientes de valor; ni era capaz de imaginar la infinita vulnerabilidad de las personas comunes, débiles o no, ante la maquinaria de la fuerza bruta, el aturdimiento que congela a casi cualquiera que se ve sometido de golpe a la violencia extrema y en un relámpago de horror se sabe una víctima inerme.

Tiempo después, un querido amigo ya muerto, el escritor Aharon Appelfeld, que a los ocho años se había visto huérfano y perdido en esas zonas del este de Europa que Timothy Snyder ha llamado las “tierras de sangre”, me contó que los supervivientes de los campos, cuando llegaban al Israel recién fundado, eran vistos con desprecio por los pioneros sionistas que lideraban el nuevo país: machos guerreros, fortalecidos por la intemperie, la disciplina espartana, reacios al intelectualismo afeminado de los judíos cosmopolitas, pálidos habitantes cobardes de los cafés europeos. Con más de 80 años, pequeño, con una cara redonda y afable, con los ojos claros y miopes tras las gafas, Appelfeld recordaba al niño asustado y hambriento que había sido, cuando solo pudo salvarse porque lo acogió una banda de forajidos en los bosques de Ucrania.

Un paso más allá de reverenciar la valentía presunta o verdadera de otros está la convicción de que uno mismo habría sido un valiente. Es como cuando alguien dice que es poeta, con el mismo aplomo con que diría que es funcionario de Hacienda. A mí me dan ganas de preguntar: “¿Y cómo lo sabes?”. El novelista, y poeta, Manuel Vilas se ha sumado en estos días a la glorificación del coraje físico, recordando la foto en la que se ve a Santiago Carrillo y Adolfo Suárez sentados en sus escaños del Congreso, mirando sin señales de inmutarse el espectáculo de los guardias civiles con bigotazos, tricornios y exabruptos de bebedores de coñac, que blandían sus pistolas con una rigidez de marionetas de esperpento, aunque también con una determinación de ejecutores. Es sin duda admirable el coraje personal y civil de esos dos hombres: pero no creo que deba ser usado para rebajar la dignidad o poner en duda la entereza de quienes sí se escondieron bajo sus escaños, hombres y mujeres, diputados, taquígrafos, ujieres, periodistas. A nadie se le puede reprochar que actúe según el instinto primario de supervivencia, más aún si está desarmado y tiene delante un arma de fuego, uno de aquellos pistolones cascados y subfusiles inestables de entonces.

Pero lo que no debería hacerse, por prudencia, es afirmar que uno tampoco se habría escondido. ¿Cómo lo sabes? ¿Con qué derecho te sientes superior a quien estuvo allí, a quien humanamente tuvo miedo? En la red X, cuyo dueño sátrapa y lunático es cada día más poderoso gracias a los muchos millones de personas que contribuyen a su enriquecimiento y a su propagación de la mentira, Manuel Vilas dice que él, a diferencia de Pedro Sánchez, se habría quedado delante de los amotinados en Paiporta: “Yo me habría quedado, aunque me hubieran abierto la cabeza. No soporto la cobardía, es lo más feo del mundo. Aunque me hubieran abierto la frente a pedradas, yo me habría quedado”. Dan ganas de decir, como don Latino de Hispalis ante las exclamaciones de Max Estrella en Luces de Bohemia: “¡Admirable, Max!” Admirable, Manuel. Pero permíteme una pregunta: ¿Cómo lo sabes, Manuel? ¿Te has visto en esa misma situación? ¿Te han gritado “perro” y “asesino” y han destrozado a golpes los cristales blindados del coche en que viajabas?

Tuve hace bastantes años la suerte de conversar despacio y a fondo con el psicólogo José Luis Pinillos, conocedor agudo del cerebro y de la mente humana, y además veterano de la División Azul, en la que se había alistado con insensato fervor falangista cuando era poco más que un adolescente. Aquel hombre erudito y apacible y siempre algo pesaroso con el que era tan grato conversar, había participado con el uniforme de la Wehrmacht en el sitio de Leningrado, y recibido una Cruz de Hierro. Fue a Rusia con la ilusión de convertirse en un héroe fascista y al ver lo que los alemanes hacían a los judíos y a los rusos se convirtió por asco y vergüenza en un demócrata. Me dijo que cuando se llega al frente, cuando suenan las bombas y los disparos y la gente empieza a caer fulminada, nadie sabe si va a ser valiente o cobarde, si va a dar media vuelta, o a sentarse llorando en el suelo. Algo sí es seguro: los que más se jactaban de su valentía antes de entrar en batalla suelen ser los que más rápidamente se derrumban. Decía Pinillos: “Los más chulos son los que antes se cagan de miedo”. Él los había visto, y los había olido.

"EL PENSAMIENTO VIVO DE AVERROES". Juan José Tamayo

Santo Tomás de Aquino confunde a Averroes', de Giovanni di Paolo (1445-1450) Andrés Martínez Lorca reivindica con maestría narrativa, ri...