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lunes, 20 de abril de 2026

"A LA MIERDA". Silvia Cosio, Publico.es

La semana pasada decidí que ya era hora de cortarme el pelo y hacerme un shag. Lo que es una decisión arriesgada si tienes el pelo rizado -y eres bajita como una servidora- porque la posibilidad de acabar como Frodo Bolsón está siempre presente. De hecho yo recomiendo a todo el mundo en mi situación que se hagan con un chaleco y una capa para, en caso de emergencia, abrazar con todas las de la ley su nueva identidad como hobbit. Afortunadamente mi peluquero es un sol y me dejó guapísima, en plan mirarme de reojo en los espejos y sonreír. Todo esto sucedió el mismo día en el que Trump amenazó con borrar del mapa Irán, esto es, apretar el botón de la bomba nuclear y destruirnos a todos por el camino de su inabarcable estulticia y egocentrismo ridículo. Y yo mirándome al espejo -que es algo rarísimo en mí- y tocándome el pelo, ahora con flequillo, ahora para atrás, ahora con volumen, ahora detrás de las orejas y pensando que si el mundo se iba a acabar a mí me pillaba lista para el primer plano, señor De Mille. Y me entró la risa. Y esa noche conseguí dormir a pesar de la amenaza de levantarme y ver el mundo -y mi mundo- hecho unos zorros.

Mi marido siempre me dice que soy capaz de reírme de cualquier cosa. Y lo dice como un elogio. Tiene razón, me río muchísimo. También soy de lágrima fácil, ponme un perro delante haciendo monerías o una princesa Disney bailando y se me cae la lágrima. Hay quien piensa que la risa -y el llanto- son síntomas de inestabilidad y debilidad mental. Pero como ando con el ego subidísimo gracias a mi peluquero no me va a temblar el pulso en defender todo lo contrario: que la risa es un arma poderosa. Y también temible.

La risa es tan peligrosa que durante siglos las élites, que hasta el invento de las democracias liberales se identificaban con el Estado, se han preocupado en mantener su monopolio, al igual que han hecho con la violencia. Porque la risa ha sido el instrumento de los poderosos para humillar a los de abajo, la excusa de los abusones para vejar al débil, el pretexto del cerrado de mente para despreciar todo -y a todos- lo que no entiende, el bozal con el que se quiere silenciar al disidente, al discordante. Pero en manos de los de abajo, en manos del pueblo, la risa destruye los pedestales construidos con arcilla a los que se suben los poderosos, los iguala -como la muerte- al resto, les roba la "gravitas" con la que justifican su poder y arbitrariedad, les humaniza y les recuerda que todos somos, en algún momento de nuestras vidas, risibles, falibles, ridículos. También ellos. Sobre todo ellos.

En tiempos en los que las élites, con los dueños de Silicon Valley a la cabeza, sueñan con recuperar el orden del Antiguo Régimen y deshacer los principios de la Ilustración para volver a encarnar el Estado -incuestionable, inconmovible, caprichoso, autoritario, corrupto-, debemos recuperar el poder disuasorio y subversivo de la risa. Porque esta pone a prueba las costuras de ese invento maravilloso que llamamos democracia. En Atenas, por ejemplo, las comedias, que se representaban delante de toda la polis, eran las que realmente testaban el compromiso democrático de las élites, pues en ellas era donde se las dejaba expuestas al escarnio público, desnudadas y ridiculizadas ante toda la ciudad, incluidos los esclavos. Este era el peaje que había que pagar si se quería ostentar el poder -político, religioso, económico, moral-. Porque solo los tiranos -y los idiotas- prohíben que se rían de ellos.

Por eso, que en España la judicatura mire hacia otro lado cuando se acosa en los portales de las casas a políticos o periodistas, se pide “cuneta” para una sindicalista o cuando se ahorcan muñecos con la imagen del presidente, pero que se muestre implacable si alguien hace un chiste sobre Dios o ETA -dos entes inexistentes, pues la banda terrorista vasca cesó toda actividad armada en el año 2011 y desapareció en el 2018-, es un síntoma de una enfermedad más que preocupante. Toda una revelación, no solo de la falta de sentido del humor de la que hacen gala algunas de sus señorías, sino sobre todo de su intolerancia y arbitrariedad y, principalmente, de lo confundidos que parecen estar sobre cuestiones tan fundamentales como su papel como garantes de la democracia, el laicismo y la libertad de expresión.

Y es que la risa bien usada -de abajo hacia arriba- es emancipadora y contestataria. Porque la risa no elude el conflicto, lo enfrenta, lo desafía. No es superficialidad ni banalidad, sino compromiso con la vida y el mundo que te rodea, desenmascaramiento de la pomposidad, la arrogancia y la estupidez con la que se manejan las élites y los poderosos. Tampoco es conformismo, pues la risa lleva a la alegría y esta solo puede nacer del verdadero inconformismo que pone en cuestión el orden establecido. De esta manera la risa y la alegría de vivir deberían ser los ejes centrales en todo movimiento de izquierdas, progresista y emancipador, de todo proyecto que luche por acabar con las desigualdades y aspire a garantizar la buena vida -alegre, feliz, segura, agradable- para todos y todas sin excepción.

Pero hete aquí que en casa nos encontramos con una izquierda ceniza, triste y en perpetuo cabreo. Una izquierda que siempre está dando pellizcos de monja a sus aliados, que siempre acaba poniéndole peros a todo, escrutando dónde está la mácula que desvirtúa cualquier victoria, cualquier avance. Una izquierda -cada vez más minoritaria pero muy ruidosa- que ha hecho de su aguafiestismo militante su razón de ser. Una izquierda tan tristona y chirriante que ya es incapaz de reconocer los triunfos, mucho menos celebrarlos. Porque lo sucedido el pasado fin de semana en Hungría fue mucho más que la caída de Orbán y de su régimen, que se había convertido en la punta de lanza y en el laboratorio de las políticas de la internacional reaccionaria en Europa. Fue el anuncio del principio de algo. De un cambio impulsado por la sociedad húngara, que fue capaz de unirse para vencer a todo un vicepresidente de EEUU -por muy devaluado que esté este cargo en la actualidad-, a los señores tecnofeudales de Silicon Valley, al ejército de bots rusos y a un sistema electoral amañado y que hacía casi imposible la derrota del tirano húngaro. Una sociedad que se encontraba en una encrucijada y que eligió democracia frente a Reacción, alegría y risa frente al miedo, las presiones y las amenazas de Trump y Putin.

Esta izquierda de suspirito jesuítico está molesta por que la marea política por fin comience a cambiar, porque no son ellos los que lideran este cambio. Una izquierda mustia empeñada en negar lo que tiene delante de sus narices: que Europa parece dar muestras de que está despertando y de que es posible revertir la fiebre reaccionaria que nos empequeñecía, que nos estaba ahogando en miedo, odio y tristeza. Y es que hay -y siempre ha habido- una Europa que merece la pena, una Europa que quiere dejar atrás a las Von der Leyen y la severidad calvinista que nos metió en la trampa de la austeridad y alentó el resurgimiento del fascismo. Una Europa que, con todas sus sombras y máculas, salió masivamente a las calles a denunciar y exigir el fin del genocidio del pueblo palestino y la complicidad de la UE con Israel, Una Europa que grita No a la Guerra, una Europa que comienza a darle la espalda a la reacción, al enfado constante. Una Europa que sonríe, que desafía, que planta cara.

Resulta esperanzador que, en medio de tanta confusión y ruido, la resistencia a la Reacción, a la guerra, a las amenazas de matón de un Trump cada vez más acorralado, aislado y enajenado -incluso del propio movimiento MAGA-, esté personificada por dos italianos en camiseta fumando, bebiendo Campari y escuchando música de los ochenta en una terraza al sol. Una terraza que podría estar en Xixón, Berlín, Barcelona o Sofía. Una terraza europea que, cuando más lo necesitamos, representa la alegría de vivir, el compromiso con todo lo bueno de la vida y el desafío al gesto torcido, al mohín del que nunca está conforme, al dedito de señorita Rottenmeyer, al aguafiestas. Una Europa que por fin comienza a entender su papel en el mundo y que está perdiendo el pudor y el miedo de decirles a los cenizos, a los reaccionarios y a la mala gente que ya va siendo hora de que se vayan a la mierda.

martes, 3 de marzo de 2026

"FRENTE AL BURKA, FEMINISMO TRANSVERSAL". Azahara Palomeque, Pulbico.es

Nunca he visto un burka en España, pero sí lo he hecho en Estados Unidos: normalmente, en mujeres que caminaban ocultas al lado de sus maridos a cara descubierta, deslizándose, tuteladas, como una presencia fantasmagórica, por la calle o los centros comerciales, espacios donde generaban miradas reprobatorias o, como mínimo, de sorpresa. La gente que volvía el rostro para juzgar en silencio se enfocaba en ellas; no en ellos, los acompañantes cancerberos. Y yo me preguntaba en esos momentos hasta qué punto se podía considerar esa práctica como parte de la "libertad" religiosa si las que portaban tal indumentaria, muy probablemente, no habían podido tomar dicha decisión. Como mujer, me incomodaba, al toparme con un espejo que representaba igualdad y diferencia a la vez: féminas ambas, pero provenientes de mundos antagónicos. Tampoco sentía que ese atuendo invisibilizase a la señora que había debajo: ¿cómo podía ser, si los cuellos se giraban a su paso?, ¿si el género de la susodicha destacaba sobre todas las cosas? Más bien, el burka servía para visibilizar una opresión de cuerpo velado, colectivamente tolerada al amparo de una Constitución que protegía la libertad de culto, pero que no necesariamente avalaba todas las prácticas asociadas a un dogma concreto. Al final, entre mi respeto a la diversidad espiritual y aquella visión enmascarada, predominaba una opinión muy parecida a la de Gabriel Rufián: "el burka es una salvajada".

Como símbolo de machismo, alguien que se oponga a la ejecución estructural de la dominación masculina debería, en buena lógica, rechazar esta prenda. Esto no tiene tanto que ver con la vestimenta en sí –si fuese un disfraz de carnaval cargado de connotaciones críticas, otro gallo cantaría– sino con su significado, de ahí que las comparaciones asociadas al hábito de una monja o al traje de un nazareno no se sostengan, pues el marco semántico varía. Parece una obviedad, pero es preciso repetir que, por ejemplo, los capirotes de una procesión de Semana Santa en nada equivalen a los de un ritual del Ku Klux Klan, por mucho que su forma se asemeje. Otro matiz relevante provendría de distinguir entre la práctica específica y la religión que supuestamente la acoge: sólo una minoría de población musulmana (femenina) usa el burka, y su repudio no implicaría la demonización de la totalidad del islam, de la misma manera que tampoco conduce a ese camino oponerse férreamente a la ablación del clítoris –culturalmente aceptada en algunas partes del globo–. Trazar las líneas rojas de los derechos humanos importa, aunque a veces conlleve enfrentarse a debates éticos complejos. En ese umbral de lo tolerable (o no) se juega la izquierda su legitimidad, y no es difícil contemplar estos días a algunos de sus miembros más mediáticos caer en la trampa de una transigencia que atenta contra la dignidad de las mujeres.

Ahora bien, la (ultra)derecha, sabedora de su capacidad para imponer la agenda de la opinión pública, fortalecida internacionalmente y autoproclamada valedora de ciertas esencias –la nación, la familia, etc. – es consciente de que, quizá, el obstáculo más implacable frente a su avance sea el feminismo, y anda pescando futuros votos en un caladero que aún se le resiste: las mujeres. Ante eso, no proponen ampliar los permisos por maternidad, fortalecer la misma sanidad pública que no estuvo a la altura con los cribados del cáncer de mama, dotar de más recursos al pacto contra la violencia de género, solventar la desigualdad salarial, o aumentar las plazas en guarderías públicas; más bien, han optado por introducir un populismo identitario en torno al burka que actúa como caballo de Troya en el corazón de la fortaleza feminista. La estrategia es tan brillante como malvada; responde al poder electoral femenino donde aún queda democracia; y encima nutre el habitual catálogo de odios. Pero si ya sabe la izquierda que se trata de una emboscada, ¿por qué muerde el anzuelo? ¿O es que no lo sabe? ¿Qué hace barajando números, si "cuando tocan a una, nos tocan a todas"? ¿Por qué no reacciona contraponiendo a la sugerencia de prohibir el burka un paquete legislativo radicalmente feminista, que sea la tumba de la misoginia? De lo contrario, estarán regalándole al adversario el reino del sentido común, y toda una historia de luchas, disidencias y conquistas sociales.

No es difícil llegar a la conclusión de que el burka es una salvajada; pero, entonces, nos debemos una conversación amplia sobre cómo erradicar el machismo en cada una de sus vertientes, desde la prostitución hasta la falta actual de prestación por crianza, pasando por la IA que desnuda a chicas sin su consentimiento. Vaya a ser que dejemos entrar al caballo y con él venga, luego, el ejército completo.

lunes, 26 de mayo de 2025

Iñaki Gabilondo: "Feijóo debe temer más a Ayuso que a Vox". Entrevista de Henrique Mariño, publico.es 21/05/2025

El histórico presentador de 'Hoy por hoy' reflexiona sobre el periodismo, la ultraderecha, el capitalismo, el futuro de la izquierda o la crisis del pensamiento utópico progresista.

Iñaki Gabilondo (San Sebastián, 1942) es un grande de la radio. No el más grande, porque Luis del Olmo mide uno noventa. El histórico presentador de Hoy por hoy, el programa de la SER que logró desbancar a Protagonistas como líder de audiencia, se reencuentra con su antaño competidor y siempre amigo en la Biblioteca Nacional, donde han inaugurado el ciclo Periodismo. La profesión va por dentro. Iñaki no echa de menos la emisora, pero Gabilondo se enzarza imaginariamente con los tertulianos cuando sintoniza la cadena.

¿Cuándo fue la última vez que sintió que le gustaría estar en el estudio?

No he tenido esa nostalgia. Yo me fui casi convencido de que ya hubiéramos debido quitarnos de en medio mucho antes, porque tenía una cierta sensación de pelmazo [risas]. En cambio, muchas veces he tenido la sensación de participar: a menudo me veo a mí mismo de pronto discutiendo con los contertulios o con los presentadores de los programas. Vamos, que ya era muy mayor cuando me quité de la radio por última vez y estaba un poquito harto de mí.

En cambio, se fue de la radio, pero se metió en la tele.

Eso fue un regalo de la vida que no puedes rechazar. Que te permitan hacer entrevistas con cuatro cámaras a científicos por todo el mundo (Singapur, China, Stanford, Harvard...) es un premio enorme.

En Cuando ya no esté (Movistar) pretendía explorar el futuro. ¿Qué se ha adelantado en este mundo antes del horizonte que fijó en 25 años?

Yo estaba queriendo ver qué se estaba moviendo por ahí. Y cuando regresaba, algunas veces descubrí algo muy importante: había ido buscando una respuesta a la pregunta de “qué va a pasar” y me encontré con que la pregunta era equivocada. No es qué va a pasar, sino qué vamos a hacer.

Todos los científicos que me hablaban de las novedades con las que trabajaban y que anunciaban un futuro muy especial, cuando yo les preguntaba "¿qué va a pasar?" se sentían un poquito molestos y venían a decir: "Nosotros vamos a colocar sobre la mesa de la sociedad un montón de posibilidades, pero a vosotros os toca [aportar las] reflexiones de corte jurídico, político, ético, etcétera, y de ahí se derivará una cosa u otra".

O sea, "no os sacudáis el bulto de esta forma tan alegre", como vemos que ocurre cuando la gente mira al futuro como si fuera un hecho que va a ser una particularidad geológica que se va a producir al margen de nosotros, o como si la ciencia fuese a dejar resueltas las cosas. No, la ciencia va a dejar una montaña de posibilidades y de interrogantes que el ser humano tendrá que responder.

El periodismo ha cambiado y estamos asistiendo al fin de una época. Quizás también al ocaso de su público tradicional, cada vez de mayor edad en algunos soportes, lo que podría darnos alguna pista sobre el futuro del sector y hacernos reflexionar sobre los ingresos por las ventas o las suscripciones, entre otras cuestiones.

Se ha perdido mucho la esperanza. Es decir, si vamos viendo el ciclo de mi vida, el recorrido de la gente de mi edad y de mi generación, de la ilusión enorme que tuvo cuando llega la democracia, el encuentro con la realidad ha resultado en ocasiones llenos de altibajos, pero siempre con una especie de inclinación declinante que en los últimos últimos tiempos ha producido un "esto es lo que hay y no hay manera humana de soñar con otra cosa".

Es la primera vez que no existe un pensamiento utópico progresista. El único pensamiento utópico que hay es regresivo. O sea, los únicos que sueñan con algún futuro son los que sueñan con el pasado. Quieren que el pasado regrese. Ese es el único futuro que ahora calienta los corazones de la sociedad. El pensamiento que anteriormente alimentaba un "otro mundo es posible" ha dado por imposible cualquier otro mundo.

Mucha gente no lo dice, a lo mejor tampoco lo ha llegado ni siquiera a interiorizar, pero tiene la sensación de que se ha construido un juego de poderes de tal magnitud que está fuera del alcance de las posibilidades de la sociedad, y de que estamos inexorablemente arrastrados por una corriente que impone su ley con autoridad. El pensamiento ha perdido gas, ilusión o esperanza.

Insisto, es la primera vez que no veo en el horizonte un pensamiento que sueñe. Lo único que veo en el horizonte es el sueño de los que quieren regresar al pasado. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 25 de julio de 2024

"CUANTO MEJOR, PEOR (PARA LA DERECHA RADICAL)". Ignacio Sánchez-Cuenca, El País

Enrique Flores

[...] De la misma manera en que a las izquierdas les perjudica la crisis de representación democrática, a las derechas, sobre todo a las radicales, les favorece (para ellas, “cuanto peor, mejor”). Al fin y al cabo, estas derechas propugnan mecanismos alternativos a la representación clásica, delegando en líderes fuertes que se burlan de los resortes institucionales de las democracias representativas. Esos líderes se supone que encarnan y defienden valores nacionales que los políticos tradicionales (de la derecha o la izquierda) han abandonado. No es que propugnen una vía revolucionaria, pero tampoco se someten a la lógica institucional. Proponen una solución intermedia (e inestable), basada en gran medida en el fenómeno de un hiperliderazgo liberado de restricciones institucionales.

Las derechas radicales capitalizan el descontento con la representación y prometen una política distinta, intransigente, sin complejos, dura, que permita superar la parálisis de la política institucional. Las izquierdas, en cambio, se encuentran en una posición incómoda y débil: no consiguen transformar el descontento económico en una palanca política porque no saben cómo resolver antes la crisis de la representación. Mientras no haya unos niveles superiores de confianza política e institucional, los programas de izquierdas tendrán grandes dificultades para ganar apoyos.

Esta manera de plantear el asunto permite entender por qué, a pesar de los problemas económicos a los que se hizo referencia al principio, es la derecha radical la que está consiguiendo ganar terreno en muchos países occidentales. Esos problemas económicos no son una invención, están ahí y muchos de ellos son urgentes, pero la solución no vendrá por la izquierda si tanta gente continúa pensando que los partidos y las instituciones están averiadas. Ese es el principal caldo de cultivo de la derecha radical, el descontento tan generalizado con la política. Y por eso mismo, la derecha radical invierte tanta energía en desprestigiarla.

jueves, 1 de febrero de 2024

Entrevista a "NAOMI KELIN". Iker Seisdedos (El País, Ideas 21 ENE 2024)

La ensayista, referente de los descontentos con la globalización, reflexiona en su nuevo libro sobre las realidades paralelas catapultadas por internet y recreadas en la política, en los medios y por la inteligencia artificial

La primera vez fue en 2011, en un baño público próximo a la acampada de Occupy Wall Street.

―“¿Has oído lo que ha dicho Naomi Klein?”, le preguntó una mujer a otra, indignada por unas críticas a la manifestación de ese día.

Klein, que las escuchó tras la puerta de uno de los cubículos y no había dicho nada al respecto, las corrigió al salir: “Me parece que estáis hablando de Naomi Wolf”.

Entonces, la confusión aún tenía cierto sentido. Ambas se llamaban Naomi y eran escritoras de izquierdas “de libros de grandes ideas”: feminismo, en el caso de Wolf, autora del éxito El mito de la belleza; los descontentos de la globalización, en el de Klein. Las dos eran judías de pelo largo moreno. Hasta sus parejas compartían nombre: Avram. Pero, después, Wolf se deslizó por el abismo de las conspiraciones, se hizo antivacunas, negacionista electoral, y empezó a aparecer en el programa de Steve Bannon, ideólogo del trumpismo y líder de la internacional nacionalpopulista. Cayó, como la Alicia de Lewis Carroll, en la madriguera, y la confusión trascendió el mero incordio hasta inspirar un poemilla que se hizo viral: “Si la Naomi es Klein / todo bien / si la Naomi es Wolf [pronúnciese Wulf] / uuuuf”.

Así que Klein (Montreal, 53 años) decidió durante la pandemia que debía escribir un libro a partir de “La otra Naomi”. Se titula Doppelganger, como cierto arquetipo de la literatura, no solo fantástica, que resulta de combinar en alemán Doppel (doble) y Gänger (caminante) y que Freud describió como “esa especie de miedo que parte de lo que antaño conocíamos bien, pero que de pronto se torna ajeno”. Editado por Paidós y traducido por Ana Pedrero e Ignacio Villoro, llega en español a las librerías.

Gracias a sus exitosos ensayos No Logo (1999), manifiesto contra la globalización corporativa, y La doctrina del shock (2007), sobre Milton Friedman y su recetas para el (capitalismo del) desastre, Klein se erigió en una de las voces más influyentes de la generación altermundialista del cambio de siglo, la que salió a las calles en Seattle, Génova y Porto Alegre, y volvió a hacerlo una década después para acampar en las plazas de Madrid a Nueva York. A la lucha contra la negación del futuro que trajo el cambio climático a los hijos de aquellos manifestantes dedicó Klein su activismo de la década siguiente (y los libros Esto lo cambia todo y En llamas, también en Paidós).

Doppelganger es otra cosa: una memoria personal e intelectual de la pandemia, una historia cultural sobre la idea del doble (de Doctor Jekyll y Mister Hyde a Vértigo o la magistral novela de Philip Roth Operación Shylock) y un tratado sobre la desinformación y cómo internet nos incita a crear nuestros propios clones para alimentar una cierta identidad de marca personal. Trata sobre ver cómo personas a las que creías conocer regresan radicalmente cambiadas de un día para otro de los rincones más oscuros de las redes sociales, y sobre quedarse “sin palabras” ante las teorías de la conspiración. El resultado es un brillante artefacto sobre el mundo en el que vivimos, con su difusión de la realidad y su abono para el extremismo, que no escatima críticas a la suficiencia de la izquierda y a la dialéctica del “nosotros contra ellos”.

La auténtica Naomi Klein estaba el jueves pasado poco después del amanecer esperando en el pintoresco puerto de Sechelt la llegada del único pasajero del hidroavión de línea que cubre el trayecto desde Vancouver. Estaba previsto que la entrevista se celebrara en la universidad de la ciudad canadiense, donde imparte una asignatura sobre justicia climática, pero hubo que reprogramar el encuentro debido a una tormenta de nieve.

Klein se mudó desde Estados Unidos junto a su esposo y su hijo a este remoto rincón de la costa sur del Pacífico canadiense durante la pandemia para “estar cerca de sus padres”. Fue entonces cuando empezó a obsesionarse con su doble, y a recibir clases de escritura. “Doppelganger”, explicó al volante de su 4X4, que condujo por carreteras nevadas, “surgió del deseo de escribir diferente. Estaba aburrida de la no ficción tradicional y deprimida de lo que esta era capaz de lograr. No me veía con fuerzas para hacer otro libro-alerta sobre que solo nos quedan cinco años para evitar la catástrofe climática”. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 24 de noviembre de 2023

"PAÍSES BAJOS: TENÍA QUE PASAR". Por Juan Torres López

La reciente victoria de la extrema derecha en las elecciones generales de Países Bajos sólo ha podido sorprender a quienes hayan sido ajenos a lo que ha venido pasando en ese país en los últimos trece años.

Desde entonces, viene gobernando la derecha liberal, liderada por Mark Rutte, que no ha parado de llevar a cabo bajadas de impuestos para los más ricos, privatizaciones y recortes en el gasto y las ayudas sociales.

Países Bajos, por ejemplo, tiene uno de los sistemas fiscales más regresivos de Europa: el porcentaje de ingresos dedicado a pagar impuestos en la mayoría de los grupos de renta es de alrededor del 40%, pero sólo el 20% en el 1% más rico de la población.

Los sucesivos gobiernos liberales han hecho una política de vivienda proclive al mercado que ha incrementado la dificultad de acceso a las clases medias, sin mejorar las de ingreso más bajo, y que ha provocado un gran aumento de los precios.

Mark Rutte dijo al principio de su mandato que había que acabar con la idea que, según él, tenían sus compatriotas del Estado: “una maquinita de la felicidad”. Para lograrlo, ha recortado la inversión y el gasto, provocando el empeoramiento de los servicios públicos de salud, transporte, educación, o cuidados (en 2015, se estableció que el de ancianos y dependientes pasaba a ser una “obligación” familiar). La directora de UNICEF en Países Bajos denunció en 2018 que en ese país tan próspero se dejaran de lado los derechos de grupos de niños y niñas vulnerables.

En estos últimos trece años, los sucesivos gobiernos liberales han llevado a cabo una auténtica desposesión de ingresos y derechos de las clases de renta media y baja, al mismo tiempo que han convertido a su país en el paraíso fiscal más agresivo de Europa, concediendo todo tipo de favores fiscales y financieros a las grandes empresas.

Quizá la prueba más evidente de esa desposesión es que las familias de Países Bajos son las que tienen el endeudamiento más elevado respecto a su renta bruta disponible de Europa: 187,03% en el primer trimestre de este año, el doble que las españolas (89,4%).

La estrategia seguida por los liberales holandeses (como los de otros países) para que esa desposesión no se tradujera en una revuelta social ha sido doble. Por un lado, culpar a las clases trabajadoras de derrochar el dinero público y, por otro, hacer responsable a la inmigración de todo lo malo que les estaba ocurriendo.

Lo primero alcanzó su cima más vergonzosa en 2021: hasta el gobierno tuvo que dimitir cuando se descubrió que había acusado de fraude en las ayudas sociales a más de 30.000 familias de bajos ingresos, sin fundamento ninguno. Unos 70.000 niños y niñas sufrieron principalmente la falsa acusación y 1.115 terminaron en instituciones de tutela por esa causa. El discurso contra la inmigración no ha dejado de darse y se ha hecho cada vez más fuerte, justo a medida que crecía la desposesión, cuando la realidad es que los trabajadores inmigrantes se ocupan de los empleos de muy bajo salario y más precarios y que los problemas asociados a la inmigración tienen que ver, sobre todo, con el debilitamiento de los servicios públicos y sociales que he señalado.

A diferencia de lo que sucedía hace unas décadas, la derecha liberal no oculta la desposesión que se produce cuando gobierna. Ahora la reconoce, pero culpando de ella a la inmigración o a los propios desposeídos (como dicen mis colegas economistas liberales, porque no invierten lo suficiente en ellos mismos).

Es ahí cuando aparece la extrema derecha ofreciendo ayuda (soberanía, seguridad, valores tradicionales, defensa de la nación…) y protección frente al enemigo que viene a quitarnos “lo nuestro”.

Ahora bien, aparece la extrema derecha porque al mismo tiempo las izquierdas desaparecen o pierden el norte. En lugar de centrarse en las cuestiones socioeconómicas que condicionan realmente la vida de la gente con un discurso ecuménico, dirigido a las grandes mayorías sociales para protegerlas desde la transversalidad y el sentido común, se dividen y fragmentan para identificarse con los intereses de pequeños segmentos o grupos minoritarios de la población, y dando prioridad a cuestiones identitarias y territoriales o a decirle a la sociedad lo que es o no políticamente correcto. Sin ser capaces de frenar lo que se nos viene encima.

miércoles, 4 de mayo de 2022

"EL VIAJE A NINGUNA PARTE DE LAS IZQUIERDAS DE NUESTRO TIEMPO". Por Juan Torres López


Ideológicamente hablando, las izquierdas son puro material de derribo porque carecen de cosmovisión y siguen ancladas en el pensamiento mecanicista y lineal del XIX que les impide percibir y analizar la complejidad para operar en ella. Perdidas en un sinfín de reivindicaciones, diseminadas en mil tribus y creando sin cesar nuevos y más dispersos rebaños, han renunciado a utilizar la lengua franca del cambio global que permite el entendimiento y la movilización común. No es sin duda el único, pero el caso del feminismo, que termina incluso negando la existencia como sujeto de las propias mujeres, es un ejemplo palmario de la auto-deconstrucción de la inteligencia que está llevando a ninguna parte a la izquierda y a sus diversas expresiones satelitales.


domingo, 6 de febrero de 2022

"LA DIGNIDAD LABORAL Y LA REFORMA POLÍTICA". Por Luis Garcia Montero en elDiario.es, 5 de febrero de 2022.

No hay mejor ayuda para la derecha que un tonto de izquierdas. Nuestros tontos son tan puros, tan puros, que sirven para dificultar cualquier progreso real

Hay nacionalistas que tienen de ezquer o de esquerra lo que yo tengo de arzobispo católico. Espero que los sacerdotes de barrio y las personas de izquierda tomen nota en las próximas elecciones.

El nacionalismo ha servido desde entonces para limitar los progresos de la clase trabajadora, confundir los debates políticos y facilitar los intereses neoliberales a la hora de desmantelar la sanidad y la educación pública.

"A mi trabajo acudo, con mi dinero pago...", escribió Antonio Machado en su Retrato, orgulloso de ganarse la vida como profesor de Instituto. Pagaba su traje, su pan y su vivienda. En estos versos late una convicción ética de primera magnitud: el buen trabajo es la raíz profunda no sólo de la realización personal, sino del compromiso con la vida en común.

Machado había comenzado a escribir en un tiempo movido por el esteticismo modernista y las invitaciones a la bohemia. El utilitarismo burgués produjo a finales del XIX reacciones líricas que defendían el extremo contrario, el valor de la inutilidad, la bagatela y la ornamentación retórica. Cuando Machado se presentaba en verso y con orgullo como un trabajador, tomaba una postura cívica inseparable de su conciencia democrática y republicana. Más allá de las mezquindades, los egoísmos y las mentiras, el espacio público es el lugar en el que deben ponerse de acuerdo los intereses personales y el bien común.

Se trata de una cuestión de estilo. El poeta debe cultivar su conciencia propia y su lenguaje personal, pero intentando que ese cultivo sirva para enriquecer el entendimiento en una lengua compartida. El realismo singular de Machado hizo que sus gotas de sangre jacobina se encarnaran en un lenguaje que no quería confundirse con una doctrina cerrada. Su negociación pretendía llegar a un acuerdo con los lectores, una emoción común. Como poeta y ciudadano, Machado fue, en el buen sentido de la palabra, bueno.

De la negociación entre la intimidad, lo privado y lo público nace la buena poesía. Los sindicalistas saben que de las negociaciones dependen las mejoras del trabajo, es decir, el verdadero progreso de la patria. El poema memorable sirve para emocionarnos, pero además deja al descubierto las trampas de la cursilería, el hermetismo y las retóricas huecas. La negociación memorable entre el Gobierno, los empresarios y los sindicatos para reformar la ley laboral mejora la vida de la mayoría social , protege contratos de trabajo más dignos y legitima la eficacia de los convenios colectivos. Pero, además, ha dejado al descubierto algunas cuestiones importantes.
La primera afecta a una realidad conocida porque se ha repetido mucho en nuestra historia contemporánea: no hay mejor ayuda para la derecha que un tonto de izquierdas . Nuestros tontos son tan puros, tan puros, que sirven para dificultar cualquier progreso real.

Pero hay, además, dos hechos que merecen atención: el verdadero juego que los nacionalismos políticos cumplen en España y la soledad desvalida de la derecha democrática.Cuando la derecha española vio los resultados de las primeras elecciones democráticas en Cataluña, con una mayoría muy notable de los socialistas y los comunistas que habían soportado el peso de la lucha contra la dictadura, tardó poco en comprender que debía devolver a casa, lo antes posible, al presidente Tarradellas. El nacionalismo ha servido desde entonces para limitar los progresos de la clase trabajadora, confundir los debates políticos y facilitar los intereses neoliberales a la hora de desmantelar la sanidad y la educación pública. Creo significativo que el pacto entre derecha e izquierda, defendido en nombre de una gran coalición, fracase en el parlamento español, pero gobierne en Cataluña en nombre de la identidad independentista. El lema “todo por la patria” me sigue dejando mal sabor de boca. Hay nacionalistas que tienen de ezquer o de esquerra lo que yo tengo de arzobispo católico. Espero que los sacerdotes de barrio y las personas de izquierda tomen nota en las próximas elecciones.Por otra parte, la soledad de la derecha democrática es grave para nuestra sociedad y el PP debería tomarse en serio sus reformulaciones. Los medios de información de derechas van por delante de él, acercándose a Vox con sus titulares crispados, sus bulos y su manipulación comunicativa. Los empresarios, sin embargo, se quedan por detrás y apoyan la reforma, pensando en el bien de sus propios negocios y en la economía del país. Que la derecha española no apoye una reforma acordada por los empresarios es un síntoma de malestar democrático tan grave y torcido como el endecasílabo al que le sobran dos sílabas o el soneto al que le faltan tres versos.

En fin, la buena política ha acudido esta vez con dignidad a su trabajo, llegando a acuerdos en beneficio del traje que nos viste, el pan que nos alimenta y la casa que habitamos. La suerte y los imprevistos han sido, por encima de las trampas, en el buen sentido de la palabra…buenos . Y me limito a decir buenos porque la poesía me ha enseñado a negociar conmigo mismo.

"CUANDO LOS JUECES QUIEREN GOBERNAR". José González Arenas, infoLibre.es

Cuando esa función se desborda y empieza a sustituir la decisión política, el problema ya no es técnico, sino democrático En su reciente art...