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domingo, 31 de mayo de 2026

"UN PAÍS SIN AUTOESTIMA". Ingnacio Escolar, elDiario.es

Recordar de dónde venimos es la única manera de saber quiénes somos. Nuestro presente es muy mejorable. Pero, si miras medio siglo atrás, simplemente no hay color. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocerlo.

Hay una manera eficaz para evaluar los cambios en la vida. Recordar el pasado, pero no de año en año, sino de lustro en lustro. Dónde estabas hace cinco años, hace diez, hace quince, hace veinte... Cómo era entonces tu familia, tu trabajo, tu casa, tu vida. Quién eras entonces. Quién eres hoy.

Cuando recuerdas en lustros, y no en meses o en años, el paso del tiempo se comprende mejor. Es inevitable caer en la nostalgia, en la idealización del pasado. Pero los cambios profundos se distinguen bien.

Con los países, la escala cambia, pero el procedimiento es válido también. En vez de cinco años, cincuenta. Una medida que demuestra a las claras el éxito o el fracaso de una nación.

En el caso de España, los datos objetivos son los que son. Hay que irse a ejemplos como Taiwán o Corea del Sur para encontrar una historia de éxito tan enorme como el último medio siglo español. España era un país pobre, inculto y atrasado. Subdesarrollado para los estándares europeos. Secuestrado por una dictadura y por la moral católica. Era un convento y un cuartel.

Hoy España es uno de los países más prósperos y libres del mundo. La esperanza de vida supera los 83 años –una de las más altas del planeta–, y el nivel de desarrollo humano la sitúa entre el diez por ciento de naciones con mejores condiciones de vida. Es una democracia plural y europeísta. Tiene sanidad universal, educación pública y libertades civiles que hace medio siglo parecían inalcanzables. La renta per cápita más que duplica la media mundial y es casi 20 veces más alta que medio siglo atrás. Es un país donde las mujeres votan, deciden, gobiernan. Uno de los lugares del mundo donde amar a quien quieras o decir lo que piensas no te cuesta la cárcel.

Medio siglo ha dado para mucho. Me resulta sencillo ponerme en esa escala porque es la medida de mi vida. Nací el 20 de diciembre de 1975. Justo un mes después de la muerte de Franco. Cuando esta revista llegue a nuestros socios y socias, yo también cumpliré 50 años.

Veo las fotos de mi infancia, en un pequeño pueblo de Burgos, y me parece estar viendo otro país. Las calles de tierra, los hombres con boina, las mujeres con el negro del eterno luto. Recuerdo a mi tío Álvaro y sus historias de cuando era emigrante en Suiza. La casa de mis abuelos, con las vacas en el establo y sus madrugones todos los días del año para ordeñar y sacar el estiércol. El baño de la casa donde vivía con mis padres, que estaba en un antiguo balcón; en invierno, había que dejar el grifo levemente abierto para que las tuberías no explotaran por congelación y, algunas mañanas, allí amanecía un pequeño carámbano de hielo. Recuerdo el Citroën 2CV que compró mi madre a plazos, y su cara de felicidad cuando lo estrenó.

No ha habido, en la historia de España, una transformación mayor que la vivida en este medio siglo. No hay, en ningún momento del pasado, una etapa de mayor prosperidad. Nunca hubo un periodo mejor que celebrar. Tampoco el imperio español, salvo para quienes confunden el poder de los Austrias con el bienestar del pueblo español.

No diré que todo sea perfecto. Sin duda no lo es. Hay muchísimo por mejorar y algunos asuntos –como el acceso a la vivienda– donde hemos ido claramente para atrás. Las libertades, tan duramente conseguidas, están hoy en cuestión. Nuestra democracia es mejorable y corre el riesgo de una involución autoritaria. La prosperidad económica no ha alcanzado a todos los barrios por igual. El ascensor social sigue roto, aunque casi todos los jóvenes hoy llegan a la universidad. La memoria sigue siendo otra de las asignaturas pendientes. En parte explica por qué ofende tanto la celebración del último medio siglo en algunos sectores de la derecha: les molesta que se recuerde lo nefasta que fue la dictadura, el pésimo periodo anterior.

Nuestro presente es muy mejorable. Pero, si miras medio siglo atrás, simplemente no hay color. A ojos de un extranjero –lean, en esta misma revista, el fantástico artículo de Martín Caparrós– la transformación de España es siempre vista con admiración. Algo que cambia cuando la mirada es la propia. ¿Por qué nos cuesta tanto a los españoles reconocer los méritos de nuestro propio país? ¿Por qué tenemos la autoestima tan baja?

Como todos los traumas, para entenderlo hay que mirar al pasado; a la muy deficiente construcción nacional española. El historiador José Álvarez Junco lo explicó como nadie en una obra imprescindible: ‘Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX’. En ese ensayo, explica cómo se torció en nuestro país ese concepto progresista: la nación. Una idea revolucionaria, nacida del 1789 francés, y que transformaba al pueblo en soberano, a los súbditos en ciudadanos. De esa nación progresista –que aquí se despreció como “afrancesada”– surgió en España una mutación reaccionaria: el nacionalcatolicismo. Su idea más estúpida viene del propio hito fundacional, el 2 de mayo de 1808. Como fue el pueblo más bruto, y no los ilustrados, quien se rebeló en Madrid contra el francés, llegaron a la nefasta conclusión de que el español cuanto más analfabeto más patriota. La ignorancia, y una ensalada de falsos mitos sobre Numancia, la reconquista y el Cid, sustituyeron a un verdadero proyecto nacional con una idea de futuro para el país.

En el resto de Europa, la nación se construyó con escuelas públicas. Aquí no. El nacionalcatolicismo entregó la educación a la Iglesia, que nunca tuvo interés en educar a ciudadanos, sino a cristianos.

Miremos la historia, de cincuenta en cincuenta años, para entender cómo hemos llegado hasta aquí. En los últimos dos siglos, España perdió las colonias, vivió cuatro guerras civiles, sufrió varias dictaduras y se convirtió en la caricatura del hidalgo, del Quijote, alguien con sueños de una gloria pasada que más bien son delirios. Y así llegó España a 1975, con la nación de los ciudadanos –que no súbditos– por construir. Una patria donde quienes la celebran piensan en desfiles militares, en vez de en hospitales públicos. Para algunos de estos supuestos patriotas, es coherente llevar una pulserita rojigualda y esconder su dinero en Panamá.

En la derecha, se instaló una idea de España enfrentada a medio país –a la que de nuevo se vuelve a tachar de “antiespaña”–. Y en la izquierda, esa España excluyente provocó una reacción, un complejo, una desilusión. El modelo autonómico ha sido parte del éxito. Y al mismo tiempo, ha provocado una respuesta furibunda de quienes confunden federalismo con debilidad de la nación. Esos que tanto dicen querer España, y de apretarla tan fuerte, un día se la van a cargar.

Por eso nos cuesta tanto querernos como país. Porque durante demasiado tiempo el patriotismo fue monopolio de los reaccionarios y el rechazo a la bandera, la respuesta natural de quienes defendían la libertad. En España, el amor a la patria se confundió con el amor a la dictadura, y a la democracia le ha costado construir un relato propio. El resultado es esta paradoja: un país que ha vivido su mejor época y, sin embargo, no se la cree.

Superar esa contradicción no exige olvidar el pasado –como plantea la derecha– sino comprenderlo. Mirarlo de frente, sin miedo ni indulgencia. Recordar de dónde venimos es la única manera de saber quiénes somos. La historia de España no es solo la de sus reyes ni de sus guerras, sino también la de quienes lucharon por la libertad, la ciencia, la cultura, la justicia y la igualdad; la de las Misiones Pedagógicas, la de Ramón y Cajal, la de Rosalía de Castro, Clara Campoamor, María Moliner, Miguel Hernández y Concepción Arenal, la de Lorca, Buñuel, Machado, Pardo Bazán o Pérez Galdós. En ellos, entre otros nombres, está la verdadera herencia nacional que deberíamos reivindicar.

Medio siglo después de la muerte de Franco, este país tiene motivos de sobra para recuperar su autoestima. No la altanería hueca del nacionalismo, sino el orgullo tranquilo de quienes saben de dónde vienen y adónde quieren ir. Ese, y no otro, debería ser el verdadero patriotismo español.

domingo, 9 de noviembre de 2025

"FUTUROS AMENAZADOS, PRESENTES PERTURBADOS". Daniel Innerarity, El País

Eulogia Merle
No se confía en el porvenir como lugar de compensación de las actuales renuncias; el único tiempo de gratificación es hoy
 
La política es el intento de equilibrar los riesgos del futuro con las premuras del presente, los intereses de las generaciones venideras con las actuales, las escuelas y las residencias, las amenazas posibles con los apuros reales, el fin del mundo con el fin de mes. El problema es que ese futuro al que nos encaminamos es un desastre, pero seguimos aferrados a un presente que no estamos dispuestos a sacrificar para hacer viable un futuro incierto e incalculable.

A principios de este siglo, el sociólogo Bruno Latour anunciaba el surgimiento de una “clase ecológica”, un grupo que se movilizaría en defensa del futuro al igual que la clase trabajadora por sus derechos. Lo que hoy observamos es que está ganando significación un sujeto político que se afirma contra los imperativos ecológicos y, en general, contra la prevalencia del futuro. El actual paisaje político se caracteriza por la retirada progresiva de apoyo a medidas de salvaguardia del futuro a costa del presente, sea en materia de pensiones o de políticas medioambientales.

Las protestas de los chalecos amarillos en Francia en 2018 contra la subida del precio del diésel o la prohibición de los pesticidas marcaron un punto de inflexión a este respecto. Más allá de su dimensión económica, el malestar responde a la percepción de que se están cuestionando ciertas formas de vida; los intereses heterogéneos coinciden en la autodefensa del modelo de vida, producción y consumo propio del periodo de crecimiento de la segunda mitad del siglo XX. Los agricultores hacen valer la tierra, pero no en un sentido ecológico sino identitario. Su resistencia es un caso concreto de ese miedo general a la propia continuidad y a la pérdida de futuro (oficios, lugares, generaciones, competencias, culturas) que se vive también en otros espacios sociales y que une en la misma inquietud a quienes recelan de la transformación ecológica y a quienes temen la furia destructiva de la disrupción tecnológica.

El núcleo de la cuestión es que el arreglo de problemas sistémicos es percibido como una amenaza a ciertas formas de vida; se ha desacoplado el presente vital de la gente de los problemas, imperativos y promesas que se refieren al futuro. Pensemos en la reivindicación de libertad que ciertos actores políticos y sectores de la población han hecho valer contra nuestras obligaciones respecto de lo común, en materia ecológica o sanitaria. Armados con esta idea unilateral de libertad subjetiva, los diversos actores políticos pueden defender casi cualquier cosa como un gesto de rebeldía y autenticidad: desde el petróleo a los derechos de los automovilistas, el consumo ilimitado de carne y las cervezas.

El éxito electoral de Trump se explica en buena parte por haber asegurado la continuidad de las industrias de los combustibles fósiles y del carbón o la cultura del automóvil en ciertas regiones o determinados sectores de la población donde todo esto se había convertido en una cuestión identitaria, en algo propio del american way of life. El mensaje del movimiento MAGA es que alguien está tratando de modificar las evidencias culturales de una identidad que se supone compacta: la familia, las formas de producción y consumo, la religión entendida como solidaridad con el compatriota y cimiento de la nación, un confortable pasado y presente, una normalidad acosada, una inmigración que aumenta la extrañeza de la sociedad.

Es verdad que no nos faltan datos y evidencias acerca del futuro catastrófico que se seguiría de no llevar a cabo las transformaciones necesarias; lo que parecemos desconocer es la condición humana, la limitada capacidad de modificación que tienen esas evidencias sobre nuestra conducta. Se sigue pensando que los humanos reconocemos con facilidad lo que hay que hacer y abandonamos con la misma facilidad aquello a lo que estamos acostumbrados. Eso que llamamos negacionismo climático es un fenómeno más complejo que lo que da a entender la habitual contienda ideológica. Nos resulta más cómodo pensar que esa resistencia se debe a la estupidez o la maldad que entenderla como resultado de nuestra limitada condición, especialmente cuando están en juego esas dos dimensiones que no manejamos demasiado bien: los cálculos acerca del futuro y el cambio de hábitos.

La principal explicación de la debilidad de esos futuros presagiados es que no se confía en el futuro como lugar de compensación de las actuales renuncias; el único tiempo de gratificación es el presente. Ha perdido credibilidad el cálculo de ganancias futuras. El pesticida que hoy se prohíbe es más relevante que una intangible biodiversidad cuyos benéficos efectos se presentan en términos de sostenibilidad, es decir, como provecho futuro de otros. Los bienes futuros o los males distantes no tienen la fuerza movilizadora suficiente para privarse de las ventajas actuales o para modificar prácticas consolidadas que afectan a las identidades y modos de vida.

Quien está convencido de que mañana será mejor que hoy puede aceptar determinados sacrificios e injusticias en el presente; cuando esa promesa deja de ser verosímil, se retira también la legitimidad a la situación presente y se desconfía de los llamamientos a la transformación. Al decaer la expectativa de un futuro mejor, la realidad presente se repolitiza; ya no resulta aceptable una compensación futura inverosímil para el malestar presente.

Hay otra explicación añadida a esta reticencia frente a la transformación y que tiene que ver con el cansancio que ha producido el modo de gestionar la larga serie de crisis de este comienzo de siglo. El argumento para justificar esa gestión ha sido apelar a la sostenibilidad (del sistema financiero, de la salud pública, de las prestaciones del Estado), es decir, en favor de un futuro que carga sobre el presente, pero la ciudadanía lo vive de otra manera. Las sucesivas crisis padecidas han ejercido una fuerte presión de adaptación y resiliencia sobre los individuos.

Las reformas del Estado de bienestar han consistido en descargar sobre los individuos una responsabilidad que era asumida hasta ahora fundamentalmente por el Estado. Los individuos son obligados cada vez más a absorber el peso de las adaptaciones necesarias para la estabilidad del sistema. En la crisis económica los bancos fueron rescatados con dinero público, es decir, a costa de las personas; las estrategias de privatización de servicios públicos alivian al Estado, pero empeoran las prestaciones o las encarecen; no considerar la vivienda como un derecho termina convirtiéndola en algo inasequible para muchos; buena parte de las medidas de resolución de las crisis se apoyan en la restricción de libertades individuales (de movilidad, consumo, limitación del crédito...), lo que nos ha acostumbrado a ser destinatarios de exigencias y obligaciones. Todo esto produce una fatiga que explicaría el hecho de que buena parte de la sociedad reciba con agrado llamamientos irresponsables de ciertos líderes políticos a ejercer una libertad individual en detrimento de las obligaciones comunes.

Muchos de los fenómenos políticos que nos inquietan, como el auge de la ultraderecha, se han alimentado del cansancio que produce esta sobrecarga individual. Si a esto se añade la presión de un entorno competitivo y engañosamente meritocrático, la precarización y vulnerabilidad que tienen consecuencias en la salud mental y la debilidad de las instituciones intermediadoras que absorbían buena parte de las tensiones de la vida contemporánea, tenemos el terreno abonado para un nuevo tipo de conflictos: la afirmación de un presente insostenible implica una ceguera respecto de sus consecuencias negativas en el futuro, pero quienes abogan por ese futuro no han conseguido hacerlo verosímil en el presente.

domingo, 29 de septiembre de 2024

"LAS IDEAS". Luis García Montero. El País 23 SEP 2024

Las democracias no deben aparcar sus inquietudes. Mejor llenar las plazas para hablar de una cultura que convierta las quejas en la imaginación de un futuro mejor

Esta semana pasada se celebró en Madrid el Festival de las Ideas. Los organizadores, el Círculo de Bellas Artes y La Fábrica, consiguieron llenar de público no sólo los salones de actos, sino también la plaza de España. Tuve la suerte de conversar allí con Raquel Lanseros y María José Bruña sobre poesía, sobre todo lo que cabe en las palabras. En la palabra plaza, por ejemplo, cabe la obsesión por los aparcamientos, el deseo de hacer negocio con un parking, aunque haya que talar los árboles del barrio. Y cabe también una corrida de toros, una lucha entre la vida y la muerte con vehemencia de identidades y pases de pecho. El Festival de las Ideas quiso hacer de la plaza de España un ágora para conversar sobre los peligros de un mundo sin valores, las sociedades que revuelven sus emociones contra la democracia y las fobias que provoca una promesa incumplida en el tiempo gris del malestar.

Las democracias no deben dejar aparcadas sus inquietudes, ni aceptar los engaños de las muletas. Mejor llenar las plazas con mucha gente de distintas generaciones para hablar de una cultura que convierta las quejas en la imaginación de un futuro mejor, más limpio. Los diálogos generacionales son más necesarios que nunca en esta existencia de prisas, con desapariciones de la memoria y olvidos del porvenir. Aunque no lo sepan, van de la mano los jóvenes adánicos y los viejos cascarrabias. Aquellos que no quieren recibir ninguna herencia del pasado se parecen mucho a los que niegan el paso del tiempo, la existencia de un mundo nuevo más allá de sus viejos poderes y sus prebendas.

Pensar la democracia es citarse en un ágora, preguntar desde el presente por las realidades del futuro. Todo lo contrario hacen los que se sitúan en su pasado o en su futuro para decirnos cómo debe ser el presente. Importa mucho saber desde hoy lo que cabe en palabras como igualdad, libertad, fraternidad, periodismo y dictadura.

"DIVAGACIONES ESTIVALES SOBRE LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA". Carlos López-Keller, infoLibre.es

Cuando la probabilidad sustituye a las pruebas En los albores del derecho romano, que es tanto como decir del derecho mismo, dos escuelas de...