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jueves, 5 de marzo de 2026

"LA FUERZA DEL FEMINISMO". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El problema no es que los jóvenes se alejen del feminismo, sino que nadie les cuenta lo que está haciendo realmente mientras seguimos discutiendo sobre su imagen o radicalidad

Un príncipe británico ha sido detenido por primera vez desde 1647. Los archivos Epstein exponen una red global donde el abuso sexual de menores era moneda de cambio entre las élites del planeta. En Francia, 51 hombres corrientes (enfermeros, militares, funcionarios) fueron condenados por violar a una mujer drogada por su propio marido. Y ella, Gisèle Pelicot, renunció a su derecho al anonimato en el gesto político más radical de la década: convertir lo sufrido en privado en un hecho público que exige respuesta. Nada de esto ocurrió porque el feminismo fuera popular. Ocurrió porque es eficaz. El problema no es, como parece decir una reciente encuesta, que los jóvenes se alejen del feminismo, que algo de eso hay. Es que nadie les cuenta lo que el feminismo está haciendo realmente mientras seguimos discutiendo sobre su imagen o radicalidad.

Rebecca Solnit reconstruye en The Guardian la cadena causal que llevó a la detención del príncipe Andrés. Fueron décadas de trabajo feminista las que lograron que muchas mujeres ocuparan posiciones ―juezas, editoras, productoras― donde podían decidir “qué es verdad y quién importa”, hasta que la “sociedad que se había negado durante décadas a escuchar a las víctimas estuvo finalmente dispuesta a hacerlo”. Sin ese trabajo acumulado, la investigación de Julie K. Brown en el Miami Herald no habría sido siquiera publicada. Sin esa publicación, Epstein no habría sido detenido. Sin esa detención, los archivos no se habrían abierto. Sin los archivos, un príncipe seguiría impune. Cada eslabón de esa cadena fue feminismo. Ni teoría ni identidad: acción política con consecuencias. Porque el #MeToo no fue una batalla de las guerras culturales: fue la mayor ampliación del perímetro de la rendición de cuentas democrática en décadas. Hizo exactamente lo que hace la democracia cuando funciona: extender el principio de igualdad ante la ley a territorios donde antes no llegaba, y no porque faltasen leyes, sino porque existía un consenso tácito sobre qué puertas no se podían abrir. El feminismo las abre, y lo que encuentra detrás no es una cuestión de identidad. Es poder.

Eva Illouz muestra en Le Grand Continent de qué clase de poder hablamos. Los archivos Epstein no revelan un depredador solitario sino una red global donde el abuso forjaba lealtades y garantizaba protección mutua frente a la ley. Las víctimas, chicas precarias a quienes se les prometían falsas oportunidades, tenían la misma edad que los jóvenes que dicen no sentirse feministas. ¿Por qué se tardó tanto en romper la impunidad? Sara Ahmed ha dedicado años a responder esa pregunta, y describe un mecanismo tan simple como devastador. Las instituciones no solo ignoran a quien denuncia: lo castigan. Nombrar el problema te convierte en el problema. La verdad, muestra Ahmed, no se pierde solo por la propaganda o la mentira organizada. Se pierde también por los mecanismos cotidianos que castigan a quien la enuncia. Algo sabemos de esto en España, donde el número dos de la Policía Nacional está acusado de violar a una inspectora subordinada que no utilizó los protocolos internos y fue directamente a los tribunales porque sabía que la institución que debía protegerla no lo haría.

La reacción de los jóvenes no es proporcional a los excesos feministas, sino a su fuerza. Por eso hay un aparato de algoritmos, influencers y redes de masculinidad herida dedicado a enseñarles que las mujeres son el origen de su malestar. Y es la política quien debe combatir esto, también con pedagogía. Pedirle al feminismo que se modere porque genera reacción es pedirle a la democracia que se detenga donde más incómoda resulta. No se trata de negar los problemas sino precisamente de afrontarlos. La pregunta aquí es por qué no hay ninguna fuerza política capaz de ofrecer a esos jóvenes algo mejor que la antigua cantinela de que las mujeres hablan demasiado.

lunes, 2 de marzo de 2026

"JEFFREY EPSTEIN: EL PARADIGMA MASCULINO DE LA ÉLITE FINANCIERA MUNIDAL". Eva Illouz, Grand Continent

 El primer gran caso de la globalización sacude todas nuestras representaciones.
Desde Steve Bannon hasta Noam Chomsky, pasando por Bill Clinton y Donald Trump: una misma élite parece sostenerse en un mismo nodo.
¿Por qué?

El caso Epstein es más que una simple noticia: es un acontecimiento excepcional que perturba e interrumpe la rutina de nuestra vida colectiva. Por definición, los escándalos siempre violan normas profundamente arraigadas. Pero sería engañoso creer que solo son rupturas. En realidad, pueden violar las normas morales y, al mismo tiempo, poner de relieve las continuidades y las líneas de fuerza de una estructura profunda subyacente de la sociedad en la que estallan.

Si el escándalo de los Epstein Files es tan inquietante es porque saca a la luz los engranajes invisibles de mundos sociales cuyo funcionamiento suele estar oculto y que se despliega a escala mundial.

En este sentido, Jeffrey Epstein no era un «desviado».

Representaba la forma paradigmática del éxito en el capitalismo financiero globalizado.

La gran convergencia: los Epstein Files como escándalo de la globalización

La lista de personas ricas y famosas que gravitaban en diversos grados alrededor de Epstein es vertiginosa: Bill Clinton, Noam Chomsky, Donald Trump, Les Wexner, Steve Bannon, Leon Black, Larry Summers, el príncipe Andrés, la duquesa de York, Mick Jagger, Alan Dershowitz, Larry Summers, Kevin Spacey, Peter Thiel…, por citar solo algunos nombres conocidos y más o menos prestigiosos.

Al consultar esta lista, encontramos a algunas de las personas más poderosas del planeta en los ámbitos político, económico y cultural. Aún más fascinante es el alcance geográfico mundial de la red de Epstein, desde Rusia hasta Estados Unidos, desde África hasta Europa, y en particular París.

Ya sabíamos que las élites económicas y políticas se reunían en Davos, que las estrellas de cine se reunían en Cannes y los académicos en conferencias internacionales en las grandes universidades de todo el mundo. Sin embargo, menos conocida es la gran burbuja social que forman las élites políticas, económicas, intelectuales y culturales —nuevas y antiguas— que viven en todos los rincones del mundo, pero que son capaces de reunirse e interactuar de manera fluida y armoniosa en lugares prestigiosos. Si nuestras sociedades civiles están polarizadas, las élites globalizadas del caso Epstein parecen estar por encima de las divisiones políticas: beben champán y toman el sol juntos en diferentes continentes, intercambian información crucial y se ayudan mutuamente para sacar adelante sus proyectos en todo el mundo y, de vez en cuando, abusan sexualmente juntos de adolescentes en una isla alejada de todo.

El lingüista de izquierda Noam Chomsky se codea con el tiburón de las finanzas Jeffrey Epstein o con el spin doctor del movimiento MAGA Steve Bannon, y esa es la verdadera novedad del caso Epstein: muestra que Chomsky y Bannon están sociológicamente más cerca el uno del otro de lo que su ideología sugiere. Uno domina a los demás en el ámbito de los signos, las palabras y las ideas; el otro, por su influencia política. Ambos pertenecen a redes mundiales.

En esta sorprendente convergencia de elementos aparentemente divergentes se encuentra el núcleo del caso Epstein. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 16 de octubre de 2025

"ELÍAS CANETTI, EL FILÓSOFO QUE CONSIDERABA EL PODER COMO UNA ENFERMEDAD MENTAL". Use Lahoz, El País 26 AGO 2025

El autor de ‘La provincia del hombre’ pensaba que el deseo de dominar a los demás o de fundirse en una muchedumbre nacía del miedo a la muerte. Frente a esa tendencia proponía una ética del respeto

Misia Sert, pareja del pintor Josep Maria Sert, tío del gran arquitecto Josep Lluís Sert, y considerada musa de tantos artistas en el París de principios del siglo XX, contaba en sus memorias que siendo niña ensartaba con gran placer moscas vivas en un hilo para hacer con ellas un “collar” que colocaba luego alrededor de su cuello. Le emocionaba profundamente el zumbido de las alas atrapadas que sentía contra su piel. La imagen de ese collar —la crueldad disfrazada de juego— inquietó tanto a Elias Canetti que la utilizó en 1992 como metáfora central del ensayo El suplicio de las moscas, donde trata de forma inquietante la fascinación humana por el poder y el sufrimiento ajeno.

Sin fundar una escuela filosófica ni un sistema teórico cerrado, Elias Canetti (Ruse, Bulgaria, 1905-Zúrich, Suiza, 1994), autor de una novela, Auto de fe, y de numerosos ensayos en lengua alemana como el recientemente reeditado por Taurus La provincia del hombre, apuntes y textos breves escritos entre 1942 y 1970, mereció en 1981 el Premio Nobel de Literatura. Es uno de los pensadores determinantes del siglo XX por su mirada única, penetrante y radicalmente humana sobre los grandes temas de su tiempo: el poder como enfermedad mental y la avaricia como enfermedad moral, la masa, la lucha contra la muerte, el lenguaje y la identidad, la violencia, la libertad del espíritu, la relación entre el individuo y la sociedad.

También en El suplicio de las moscas decía Elias Canetti: “El verdadero poder no se ejerce a gritos ni con látigos, sino en los detalles sutiles, en actos que parecen insignificantes pero que anulan a otros seres con impunidad”, y añadía: “A medida que crece, el saber cambia de forma. No hay uniformidad en el verdadero saber. Todos los auténticos saltos se realizan lateralmente, como los saltos del caballo en el ajedrez. Lo que se desarrolla en línea recta y es predecible resulta irrelevante. Lo decisivo es el saber torcido y, sobre todo, lateral”, una cita que inspiró hace años el nacimiento de la revista de cultura Lateral.

La idea del “salto lateral” como un movimiento del pensamiento libre y creativo estaba ya presente en La provincia del hombre. En el prólogo a la nueva edición de Taurus, Ignacio Echevarría recuerda: “Buena parte de este libro, uno de los más ricos y plurales del siglo XX, está escrito al dorso de otro no menos rico pero mucho más monolítico y extraño, Masa y poder, de 1960, que Canetti consideró siempre la obra de su vida”. No es La provincia del hombre una obra sistemática ni teórica: se lee como un diario intelectual fragmentario, donde Canetti plasma sus impresiones sobre el ser humano y su misterio, el poder, la lengua, la muerte, la locura, el mundo animal…, y lo hace con una escritura incisiva, a veces lírica, a veces filosófica, otras casi profética. Canetti desconfía del pensamiento rígido: “Quien piensa con rigor deja de pensar”. Y en otro momento: “El pensamiento más claro es el que más duda de sí mismo”. Canetti analiza no solo los dictadores y las masas, sino los gestos cotidianos de dominio: “Quien quiere dominar a los demás, se convierte en esclavo de su propio poder”. No escribe como un filósofo académico. Lo hace a través de apuntes que le permiten respirar y sobrevivir en el mundo intelectual, lo que en cierto modo lo vincula con Heráclito, Demócrito, Pascal, Nietzsche o Cioran. En 1943 Canetti anota: “Los grandes aforistas se leen como si todos ellos se hubieran conocido bien unos a otros”. Y seguidamente: “Ha habido imperios milenarios: el de Platón, el de Aristóteles, el de Confucio”. Después de vivir las catástrofes del siglo XX —las guerras, el nazismo y el gulag—, Canetti articuló una resistencia del espíritu, una especie de ética de la atención, la vigilancia, la compasión. Cada ser vivo merece respeto. Se rechaza toda forma de destrucción gratuita, desde torturar a una mosca hasta el exterminio de pueblos enteros (sería interesante conocer hoy su opinión sobre Gaza, él que era un judío sefardita ciudadano del mundo). CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 21 de mayo de 2025

"CONTRA EL ANTIWOKISMO". Daniel Innerarity, El País 25 FEB 2025

RAQUEL MARÍN
La idea de que por todas partes nos acecha el poder de una minoría sirve para justificar ideológicamente el poder de la mayoría, o sea, el de siempre

El organizador de los Juegos Olímpicos de Tokio en 2021 afirmó que no se debía aumentar el número de mujeres en el comité organizador porque “las mujeres hablan mucho en las reuniones”. ¿Estamos ante una constatación sociológica o ante un modo de hablar ofensivo? El hecho de que exista un nuevo consenso social acerca de la igualdad de hombres y mujeres que implica un modo de referirse a ellas, ¿es una imposición injustificada o un valor que hay que proteger también evitando las formas de hablar que implican una falta de respeto y con las que se justifican ciertas exclusiones? Aquel varón habría sido hoy criticado y seguro que se defendería denunciando una persecución woke.

En ocasiones se critica el wokismo, no para impugnar alguna de sus exageraciones, sino con la intención de deslegitimar el cuidado a la hora de referirse a los demás y cuestionar la voluntad de inclusión. No hace falta estar de acuerdo con algunas de sus manifestaciones más exageradas para compartir el objetivo que anima la exigencia de respeto e igualdad. Comencemos analizando la maniobra: el antiwokismo exagera los peligros que para la libertad tiene una determinada cancelación y así minusvalora la falta de libertad estructural para las minorías que el wokismo quiere denunciar. De la anécdota se concluye en la categoría, con un par de exageraciones se pasa a ridiculizar todo un movimiento y, lo que es más importante, a minusvalorar el tipo de discriminaciones sobre las que trata de llamar la atención y combatir. En ocasiones la libertad de expresión que se reclama es selectiva y uno desea gozar del derecho a decir cualquier cosa, también en defensa de quienes sostenían un estado de cosas en el que ciertas personas no podían ejercer ese derecho. Por supuesto que silenciar a quienes sostienen ciertas opiniones ofensivas o excluyentes puede no ser la mejor medida para combatirlas, pero debe haber una posibilidad de impugnarlas, algo que cierto antiwokismo pretende impedir; quiere que no se cancele a quien ha gozado inveteradamente de la potestad de cancelar.

La crítica a la corrección política y a la cultura de la cancelación son solo marcos de combate estratégicos para la agenda conservadora de las nuevas derechas, cuya repetición ha conseguido que se instale incluso en buena parte del mainstream liberal. Se trata del típico conservadurismo que presenta como defensa de la libertad el mantenimiento de un statu quo que discrimina a tantas personas y grupos enteros. Se habla de la cultura de la cancelación para no tener que hablar de aquello que ese movimiento, con mayor o menor acierto, pretende superar. Los conservadores se escandalizan de que se haya cancelado a un autor que utilizaba en el pasado expresiones racistas sin que les escandalice la persistencia del racismo; critican lo que interpretan como una censura (en ocasiones lo es y sin ninguna justificación), pero parecen desconocer que ese arte cuya libertad ahora dicen defender ha estado siempre estructurado por normas que excluían por principio a muchas personas del mundo de la cultura. No se trata, por supuesto, de sustituir las cancelaciones de antes por otras, sino de que sea posible la crítica a cualquier intento de exclusión, incluido el que se esconde bajo la apariencia de normalidad. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 22 de julio de 2024

"IDEOLOGÍA VS. RACIONALIDAD". Iñaki Domínguez, Ethic 17 JUL 2024

La ideología a menudo contradice la realidad, los hechos mismos y su objetividad. Frecuentemente, incluso, es diametralmente opuesta a esa realidad.

Desde finales del siglo XVIII cuando los ideólogos franceses acuñaron el concepto de ideología este ha ocupado un lugar central en el pensamiento político, sociológico, filosófico y antropológico. La ideología sería una herramienta del poder para moldear la conciencia colectiva y ajustar esta a los intereses del mismo; algo así como el filtro o sistema operativo que moldea nuestras conciencias. La ideología es ejercida y perpetuada a todos los niveles y escalafones sociales; digamos que se ramifica a todos los niveles y en todos los estratos sociales. Al igual que el «negro de la casa», del que hablaba Malcolm X, en contraste con el esclavo negro que trabajaba el campo, son a menudo los propios sometidos quienes velan por que el poder imponga su influencia.

Curiosamente, a día de hoy, es una supuesta izquierda la que vela por que la ideología y los poderosos impongan su discurso. Como afirma un meme de internet: «Activista de izquierdas cree luchar contra el sistema mientras su discurso coincide con el de las corporaciones, las universidades, la televisión y Hollywood». Como dijo Gil Scott-Heron en una famosa canción, hace ya mucho: «The revolution will not be televised» (la revolución no será televisada), siendo la televisión otro de los canales que favorece el discurso ideológico. La izquierda ha pasado, por medio de una transición dialéctica, a estar del lado del sistema, del poder, y sin tener conciencia de ello: se ha tornado presa de la ideología con gran ahínco y voluntad. Ya sabemos que tradicionalmente la izquierda ha sido contraria a las empresas farmacéuticas y, curiosamente, durante la crisis del covid ha apoyado sin freno alguno los intereses de tales corporaciones. Y lo cierto es que hay multitud de ejemplos similares. Podemos afirmar que la izquierda y su discurso ha sido cooptado por el poder, con gran éxito. Y ese cooptar, debo decir, es la mayor manera de desactivar y neutralizar a un antagonista político y social.

La ideología a menudo contradice la realidad, los hechos mismos y su objetividad. A menudo, incluso, es diametralmente opuesta a esa realidad. La ideología es un mecanismo antirracional, siendo el enfoque racional aquel que conduce a una vida libre (puesto que nos permite tomar decisiones mejores y más convenientes para nosotros). En el caso de la política, la coherencia sería una forma de ser libre, mientras la visión ideológica es incoherente. El sujeto que ejerce su voto ideológicamente carece de coherencia. Esta falta de coherencia es más que palpable tanto en la izquierda como la derecha. Un ejemplo es la visión que la izquierda a menudo tiene de la ciencia. La ciencia ha sido tradicionalmente baluarte de la izquierda, pero el pensamiento posmoderno, base ideológica de la izquierda woke, es contrario a la misma, haciendo de esta un constructo cultural. El discurso de izquierdas, por ejemplo, dice creer en la ciencia cuando habla de calentamiento global, pero no cuando habla de feminismo, por ejemplo, cuestionando la validez de la ciencia biológica al afirmar que todo es un constructo cultural.

La falta de coherencia de tal posición es manifiesta, puesto que la ciencia será válida en todos los casos, no solo en los que interesan a cada cual. La falta de coherencia es síntoma de un enfoque típicamente ideológico. La derecha, por su parte, habla hoy día de la libertad de expresión, cuando tradicionalmente no ha sido precisamente aliada de la misma. Da la sensación de que la derecha cree en la libertad de expresión cuando los contenidos de la misma favorecen un discurso más tradicional, etc. Lo mismo ocurre con el nacionalismo. La derecha ha sido nacionalista, patriota, en cuanto a la idea de España, pero no ocurre los mismo cuando se trata del nacionalismo catalán o vasco. En esos casos, la derecha habla de la enfermedad del nacionalismo y sus deletéreos efectos, de lo absurdo e irracional que es el nacionalismo. Aquí detectamos, de nuevo, una evidente falta de coherencia.

De nuevo, en el caso del covid, la incoherencia política era total, tanto en la derecha como en la izquierda. Un día la derecha afirmaba que Pedro Sánchez gobernaba una dictadura al tenernos encerrados y, al otro, decía que íbamos a morir por culpa del 8M y sus manifestaciones, puesto que supondría un contagio peligroso. Y lo mismo la izquierda, que celebraba el 8M o protestaba por la muerte de George Floyd generando grandes aglomeraciones humanas, para luego llevar las mascarillas y apoyar el confinamiento como medidas para proteger a los más vulnerables.

Lamentablemente, la mayor parte de la gente opera y vota ideológicamente, no de modo racional y coherente. La política se asemeja a un deporte como el fútbol, que mueve masas. La mayoría vota como votaría un fanático del Real Madrid o el F.C. Barcelona: desea que su partido político gane, como el aficionado desea que su club salga vencedor en la Champions League. Tal realidad no puede sino perjudicar a la ciudadanía como un todo, puesto que es esta la manera alienada y vasalla de votar y actuar; una modalidad de actuación contraria a la libertad, la coherencia y la razón.

lunes, 15 de enero de 2024

"LA PALABRA ANARCOCAPITALISMO". Un artículo de Martín Caparrós (El País 13 ENE 2024)

Murray Rothbard
Es fea. Para empezar es fea, horrible: cocapí y todas esas cosas, anar, talista. Para seguir, es el engaño más cochino.

Hay, a veces, palabras que aparecen y se imponen a la lógica y se difunden aunque lo que dicen sea imposible y, entonces, cada vez, se ríen del que las pronuncia. Se divierten: palabras que se miran y se guiñan un ojo y dicen uy qué bruto, ya me dijo otra vez. Pensemos en microgigantes, barbilampiños, polipieles: palabras que contienen su propia negación. O palabras inverosímiles, como si yo me definiera calvopitt: un Brad Pitt con la cara de torta, los ojos pardos arrugados, ni un pelo en el cráneo pero sí, algo en los lóbulos que se parece a las orejas del americano. Las personas, es obvio, se reirían de mí. Por eso esas palabras-chasco suelen tener una carrera corta. Pero ahora hay una que demasiada gente acepta y lanza y reproduce sin reírse: anarcocapitalismo, dicen, como si dijeran algo. Calvopitt.

La palabra anarcocapitalismo es un invento que se mantuvo décadas en merecidas sombras. La acuñó Murray Rothbard, un troglodita norteamericano. Nació en el Bronx en 1926, hijo de inmigrantes judíos europeos; aplicado, hacendoso, se volvió economista, matemático, politólogo, y empezó a dar clases y escribir libros. En uno de ellos, hacia 1955, intentó definir el “anarco-capitalismo”: un sistema donde “anarco” significaba que el Estado debía desaparecer para que “el Mercado” pudiera actuar sin regulación, porque el único derecho inalienable, decía, además de la vida, es la propiedad privada, y el Estado la viola recaudando impuestos, apoderándose de los bienes de todos. “El Estado es una banda de ladrones, compuesta por los individuos más inmorales, codiciosos y sin escrúpulos de cada sociedad”, escribió. Y se apropió de la palabra anarquismo y la despojó de todos sus sentidos y se guardó uno solo: el de rechazar el Estado.

Sin Estado, decía, solo “el Mercado” puede definir y validar las relaciones entre las personas: todos tienen derecho a vender su trabajo y sus propiedades —incluido su cuerpo o partes de su cuerpo— si se les canta o antoja, y nadie tiene la opción de impedirlo: es su libertad. Aquellos que lo sepan hacer bien vivirán bien; los que no, mala suerte muchachos. Comerán los que puedan vender o venderse; los otros, vaya usted a saber, que pedaleen o roben o se mueran. Es la definición de una sociedad hiper-individualista, donde solo vale el triunfo personal y toda forma de solidaridad es una afrenta. Nada podría estar más lejos de la idea de anarquismo, tanto más compleja que el borrón de Rothbard. El anarquismo tuvo su gran momento en el siglo XIX, impulsado por pensadores/militantes como Proudhon, Bakunin, Malatesta, Kropotkin y tantos otros: en esos días era, junto al socialismo, la forma más habitual de rebelarse contra las instituciones y su base económica, el capitalismo.

El anarquismo no se definía contra el Estado: se definía contra el poder. Los sindicatos y grupos anarquistas rechazaban todas sus formas: el dinero, los patrones, los sacerdotes, las armas. El anarquismo no se opone al Estado porque sí ni porque cobra impuestos o impide hacer negocios: lo combate porque es la herramienta de dominio que permite ejercer todos los demás poderes.

El anarquismo nunca se pensó como un sálvese quien pueda: al contrario, se definía como “el orden menos el poder”, sociedades autorreguladas por la solidaridad y colaboración de todos sus miembros para instaurar un orden colectivo igualitario y acabar, precisamente, con el imperio del dinero. Cuya forma más eficaz y difundida es, en nuestras sociedades, el capitalismo. Por eso “anarco-capitalismo” es una contradicción flagrante, una de las mayores falacias de esta época de identidades falaces. Es obvio que no se puede ser anarquista y capitalista al mismo tiempo. Pero tantos lo repiten, lo aceptan como si fuera siquiera pensable. Habría que evitar la vergüenza de decirlo como, por ejemplo, convendría evitar la de decir catolicateo o pacibelicista. O la de hablar de “libertad” cuando uno solo quiere tomarse una cerveza —o que lo exploten. O llamar “cambio” a lo que hicieron los ricos neoliberales de los 90, cuando recuperaron viejos privilegios. No por nada: solo para mantener cierto respeto por uno mismo, para no ser hablado por el lenguaje de los medios baratos, por el idioma de los amos. Para saber —o disimular que uno no sabe— qué dice cuando habla.

Y me disculpo por los exabruptos: pocas cosas me ponen más nervioso que escuchar cómo millones dicen lo que unos pocos quieren que repitan. Eso, exactamente eso, es lo que esa forma de educación llamada anarquismo siempre quiso evitar.

lunes, 23 de enero de 2023

"LA SOCIEDAD DEL PANÓPTICO". Un artículo de publicado en Iñaki Domínguez publicado en Ethic el 18 de enero de 2023

En una sociedad completamente digitalizada, la vigilancia ya no se ejerce, sino que se vive cada día de forma voluntaria. Las redes sociales son el panóptico del mundo: un punto central que todo lo ilumina (y del que nada queda a salvo).

Toda ideología genera censura y autocensura, ya que representa un poder que domina al ciudadano desde su mismo interior, inoculando su percepción, pensamiento, lenguaje y valores. La ideología es una construcción simbólica que en muchos casos es totalmente contraria a la verdad. Esto se debe al hecho de que representa una herramienta del poder, que sirve a los intereses de este, de ahí que el arte y el humor sean enemigos viscerales de la misma. Como dice Foucault en su clásico Vigilar y castigar: «El arte de castigar, por tanto, debe apoyarse en una completa tecnología de la representación». El francés, de hecho, también explica que «el discurso se convertirá en el vehículo de la ley»; es decir, que la ley será, pues, internalizada por el discurso.

Servan, uno de los ideólogos franceses originales del siglo XVIII, afirma algo similar. «Cuando hayas formado una cadena de ideas en la mente de los ciudadanos, podrás dar por hecho que eres su guía y maestro. Un déspota estúpido puede forzar a sus esclavos por medio de cadenas de hierro, pero un verdadero político los amarra incluso con más fuerza por medio de la cadena de sus propias ideas; es en el estable punto de la razón donde se cierra la cadena misma. Este eslabón es más fuerte en tanto que no sabemos de qué está hecho y creemos que es fruto de nuestra propia voluntad; la desesperación y el tiempo carcomen las ataduras de hierro y acero, pero son impotentes ante la vinculación habitual entre ideas, pues tan solo pueden reforzar estas aún más, y es sobre las fibras más blandas del cerebro que se asienta el consistente fundamento del más sólido de los imperios». De este modo, la ideología, desde sus mismos orígenes, era una forma de someter y dominar a la ciudadanía por el más sutil de los mecanismos sociales.

En este sentido surge la idea del panóptico –cuya raíz etimológica proviene del griego «verlo todo» (pan-opticon)– de Jeremy Bentham, autor utilitarista de la misma época que los ideólogos franceses, un edificio circular diseñado para que el poder pudiese contemplar y vigilar a las personas presas en una institución penitenciaria. Desde el centro del edificio, así, era posible tener acceso visual a las celdas dispuestas circularmente en torno a una torre central de vigilancia. Tanto la Cárcel Modelo de Barcelona como la prisión madrileña de Carabanchel seguían este principio, al igual que otras tantas prisiones del mundo. Según Foucault, el panóptico representa una arquitectura que permite «un control interno, articulado y detallado para hacer visible a aquellos que están en su interior». En términos generales, señala, «se trataría de una arquitectura que operaría para transformar a los individuos: para actuar sobre aquellos que acoge y proporcionar un control sobre su conducta, para traer a ellos los efectos del poder, para hacer posible el conocerlos, para alterarlos». La sociedad digital de las redes sociales en la que hoy vivimos es precisamente eso: una sociedad–panóptico, tanto en términos literales como figurados.

¿No somos, acaso, casi totalmente visibles como miembros de la sociedad digital que todo lo ve y de la que participamos activamente? Foucault señalaba a este respecto que «el aparato disciplinario perfecto permitiría verlo todo constantemente con una simple mirada». Por tanto, ¿qué mejor modo de vigilar a otros que tener acceso a ellos por medio de Instagram, Twitter o Facebook? «Un punto central sería tanto la fuente de luz que todo lo iluminaría y el lugar donde convergería todo aquello ha de saberse: un ojo perfecto al que nada escaparía y un centro hacia el cual se dirigirían todas las miradas», explicaba hace años el filósofo francés. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 18 de enero de 2023

"LA MENTIRA COMO ARMA DEL PODER". Un artículo de Luis Antonio Espino publicado en Letras Libres (México) el 1 de enero de 2023

La mentira usada abierta y sistemáticamente como arma del poder para dividir y confundir a la sociedad será parte central del agrio legado del populismo.

“Nos robaron la elección de 2006.” “Nos hicieron fraude en 2012.” “Regresaré al Ejército a sus cuarteles.” “Cancelamos el aeropuerto de Texcoco porque había mucha corrupción.” “Hay escasez de gasolina porque estamos combatiendo el huachicol.” “El gabinete de seguridad fue quien decidió liberar a Ovidio Guzmán.” “Se han ahorrado 1.5 billones de pesos gracias a la lucha contra la corrupción.” “Ya tenemos comprador para el avión presidencial.” “Nuestra estrategia de seguridad está funcionando.” “Había corrupción en las estancias infantiles, por eso las cancelamos.” “No se talará un solo árbol por el Tren Maya.” “La próxima semana tendremos medicamentos para los niños con cáncer.” “El aifa es el mejor aeropuerto de América Latina.” “Salgan, abrácense, no pasa nada, no es tan fatal ese coronavirus.” “Ya no hay corrupción.” “Se acabaron las masacres.” “Ya domamos la pandemia.” “La maestra Delfina es una mujer honesta.” “Calumnian a Salgado Macedonio.” “López-Gatell merece reconocimiento mundial.” “Que se aplique la ley, aunque se trate de mi hermano.” “El récord en remesas es un logro para presumir.” “Soy el presidente más atacado en cien años.” “Tendremos un sistema de salud como el de Dinamarca.” “No hay militarización.” “El ine hace fraudes electorales.” “No hay un país donde se estén aplicando tantas vacunas.” “Este es el gobierno que más ha apoyado a las mujeres.” “No somos iguales.” “Vamos muy bien.”

Se podrían llenar muchas páginas con las mentiras y las afirmaciones engañosas que a diario dice el presidente Andrés Manuel López Obrador, pero él no ha pagado ningún costo jurídico, administrativo, político, social o diplomático por ello. Los medios siguen difundiendo lo que dice a diario, incluso cuando se ha demostrado su falta de veracidad. Los líderes empresariales aún dan crédito a lo que el presidente asegura. Los enviados de gobiernos extranjeros dicen en público que confían en su palabra. Y, en promedio, seis de cada diez ciudadanos siguen teniendo una opinión favorable de él, como muestran las encuestas. Al presidente no le interesa la verdad, pero esta tampoco parece tener muchos aliados.

Pregunte usted a cualquier ciudadano qué opina de que el presidente diga tantas mentiras y muy probablemente le responderá –con una mezcla de cinismo y resignación– que todos los políticos mienten. Pero hay tres factores que hacen diferentes y mucho más peligrosas las mentiras de López Obrador: su inmensa cantidad, la gravedad de sus efectos y, sobre todo, su motivación para mentir.

Comencemos por la cantidad. El conteo de la empresa SPIN-Taller de Comunicación Política registra que AMLO ha hecho casi 87 mil afirmaciones falsas, engañosas o que no están respaldadas por información pública hasta agosto de 2022, es decir, en poco más de tres años y medio de gobierno. Para comparar, el Washington Post contabilizó poco más de 30 mil 500 afirmaciones falsas y engañosas de Donald Trump durante sus cuatro años en la Casa Blanca. Más allá de comprobar con espanto que AMLO supera al presidente más mendaz de la historia de Estados Unidos, lo importante es que entendamos la naturaleza y magnitud del problema. No estamos solamente ante un político mentiroso, estamos ante una estrategia deliberada de desinformación que busca imponer dos ideas falsas: uno, que López Obrador es un líder infalible y el único con legitimidad –él le llama “autoridad moral”– para gobernar; y dos, que toda persona que critique, cuestione o se oponga al presidente vive en un estado permanente de inferioridad moral y por eso no tiene legitimidad para participar en la vida pública. López Obrador usa la mentira para ponerse a sí mismo por encima de toda la sociedad a fin de blindar sus decisiones del escrutinio público, eludiendo por completo la rendición de cuentas.

Esto nos lleva al segundo punto, la gravedad de las mentiras y sus efectos. Cuando se usa el poder del Estado para desinformar, se daña la capacidad de la sociedad para entender la situación real del país. Las mentiras del presidente no sustituyen a la verdad, pero sí la vuelven irrelevante a los ojos de millones. Y aquí no debemos pensar que todos sus seguidores son incautos que creen literalmente cada afirmación falsa. Muchos saben que son mentiras o frases engañosas, pero saben también que son útiles como arma para defenderlo de sus críticos, porque les evitan el esfuerzo de aportar evidencia y argumentos para sostener sus posturas políticas. Falsedades flagrantes como “salvamos el lago de Texcoco”, “se está reduciendo como nunca antes la pobreza” o “a México no le fue tan mal en la pandemia” se vuelven mantras que, al repetirse una y otra vez, protegen al creyente de la realidad, sustituyen la razón con la emoción y refuerzan el control de López Obrador sobre sus seguidores. Esto es muy bueno para el presidente, pero muy malo para el país, porque la mentira es un pantano en el que es imposible construir soluciones a nuestros problemas colectivos.

Las mentiras del presidente han tenido enormes costos en términos financieros, institucionales y sociales. Pero hay algunas cuyo costo es irreparable, pues se mide en vidas perdidas o dañadas. Ese es el caso del cruel engaño en torno a la pandemia de covid-19. Desde el inicio de la crisis, el presidente –con ayuda de un vocero envilecido y sin escrúpulos– le dio la espalda a la verdad y se dedicó a confundir y saturar a la sociedad con afirmaciones destinadas a negar la gravedad del problema, minimizar su impacto real y eludir toda responsabilidad. La prioridad siempre fue cuidar su imagen, no la salud y la vida de la gente. La falta de una comunicación profesional de riesgo sanitario de parte del Estado para proteger a la población le costó a México decenas de miles de vidas que no tenían que perderse.

Emparentadas con todas las mentiras sobre la pandemia están las que el presidente ha dicho para ocultar el brutal desmantelamiento del sistema público de salud. Esa otra tragedia se ha manifestado en situaciones límite de falta de presupuesto para equipar hospitales, así como en un desabasto crónico de medicamentos, lo que también ha costado sufrimiento, dolor y vidas. “Salgan, abrácense, no es tan fatal este coronavirus, no es ni siquiera como la influenza”, “ya domamos la pandemia”, “la próxima semana habrá medicamentos para los niños enfermos de cáncer” y “en este sexenio tendremos un sistema de salud como el de Dinamarca” son mentiras que nunca habrían sido aceptadas por una sociedad con valores cívicos más sólidos.

En tercer lugar, lo que hace diferentes a las mentiras de López Obrador es su motivación. Debajo de la máscara de aspiraciones compartidas –como la honestidad en el gobierno o una sociedad más justa– el presidente oculta la destrucción del Estado con el fin de centralizar el poder en su persona y garantizar el dominio de su movimiento populista durante las próximas décadas. Su discurso tóxico y falaz es el ariete con el que va destruyendo a instituciones clave para la república y para la democracia. A algunas, como el ine, las destruye desde fuera, quitándoles recursos, desprestigiando su trabajo y poniendo en su contra a parte de la sociedad con afirmaciones falsas. A otras, como a las fuerzas armadas, las destruye desde dentro, pervirtiendo sus funciones, deformando su estructura y convirtiéndolas en instrumento político, mientras dice actuar por la seguridad ciudadana. A base de mentiras, el presidente va alejando las urnas y acercando las bayonetas.

Al final, tenemos que entender que el presidente miente porque puede hacerlo con impunidad. Miente porque está rodeado de incondicionales que le ayudan a corroer la verdad para amasar más poder, más dinero y más capacidad para inspirar temor. Miente porque no hay Congreso o poder judicial que realmente le exijan cuentas. Miente porque buena parte de las élites cree que es más costoso defender la verdad que tolerar la mentira. Miente porque tiene como aliadas a la ignorancia y la apatía de millones. Y miente porque sabe que la mentira es muy útil para encender a los creyentes, ofuscar a los críticos, engañar a los incautos e intimidar a sus opositores.

La mentira usada abierta y sistemáticamente como arma del poder para dividir y confundir a la sociedad será parte central del agrio legado del populismo. Nos guste o no, en algún momento tendremos que darnos cuenta de que, para reconciliarnos entre nosotros, los mexicanos debemos primero reconciliarnos con la verdad. ~

"EL SUMO SACERDOTE". Juan José Millás, El País

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