sábado, 7 de marzo de 2026

"FURIA ÉPICA". Equator, editorial

La adoración de la fuerza se ha convertido en la pasión dominante de Occidente

Durante el invierno de 1940, unos meses después de que la Wehrmacht completara su conquista de Francia, la filósofa de 31 años Simone Weil publicó un ensayo sobre La Ilíada en la revista Cahiers du Sud, con sede en Marsella . «La Ilíada, o el poema de la fuerza» interpreta la epopeya de Homero como un espectáculo inhumano cuyas lecciones son completamente contemporáneas. Para Weil, el poema es un «estudio de los extremos y de los actos injustos de violencia», que presenta un retrato inquebrantable de lo que la fuerza hace a los humanos que la ejercen y la sufren por igual. O bien «convierte a un hombre en una piedra», escribió, o bien, «ejercitado hasta el límite, lo convierte en un cadáver».

La importancia contemporánea del texto de Weil reside no solo en su descripción de los efectos de la fuerza sobre los individuos, sino también sobre las sociedades y civilizaciones que caen bajo su influencia. En la raíz de tantas de nuestras crisis morales y políticas actuales se encuentra lo que Weil, al describir la vida bajo el fascismo europeo, denominó «la adoración del poder en su forma más brutal».

La vulgaridad de la guerra estadounidense e israelí contra Irán es solo la última demostración del poder profético de Weil. Desde el inicio de los bombardeos, los beligerantes han hecho pocos esfuerzos por justificar legal o moralmente el asesinato: dicho sin rodeos, creen que el poder de dominación otorga licencia para matar. Al negarse a articular una justificación coherente para iniciar lo que ahora se ha convertido en un conflicto regional, con consecuencias incalculables, Trump y Netanyahu han enviado un mensaje claro: actuaron porque podían.

Pete Hegseth, secretario de Guerra de Estados Unidos, se jactó de que los iraníes se enfrentarán a «muerte y destrucción desde el cielo todo el día» y anunció que «los estamos atacando mientras están caídos, que es exactamente como debe ser». Nos muestra lo que Dwight Macdonald (quien primero presentó el ensayo de Weil a los lectores anglófonos cuando lo publicó en Politics en 1945) describió como «la máxima devastación física acompañada del mínimo significado humano». CONTINUAR LEYENDO

viernes, 6 de marzo de 2026

"Laurence Joseph, psicoanalista: “Callarse, a veces, significa aprender a escuchar y eso es algo raro en la sociedad actual”. Entrevista realizada por Enrique Alpañés, El País

La autora francesa publica ‘Nuestros silencios’, un ensayo en el que reflexiona sobre secretos, violencias y ‘omertá’
Igual que hay muchos tipos de ruidos, hay también distintos tipos de silencios. Algunos pueden servir para proteger a la víctima o para encubrir al verdugo. Pueden enquistarse y hacerse bola cuando envuelven un vergonzoso secreto. Pueden ser silencios cómplices o una siniestra omertá. En la sociedad hiperconectada y ruidosa en la que vivimos, a veces el silencio se convierte en un bien de lujo. Cristales insonorizados, cascos con cancelación de ruido, retiros para meditar... Aunque el silencio puede ser también una especie de intemperie, un lugar inmenso y desprotegido para quien no tiene a nadie con quien hablar. De todo esto habla Laurence Joseph (Le Mans, 1980) en su libro Nuestros silencios, por qué callamos (Gatopardo, 2026).

Joseph trabaja con silencios. Es psicóloga clínica y psicoanalista y, como explica en su libro, solo ante el mutismo de su interlocutor puede una persona empezar a contarse. Se llama escucha silenciosa. Aprender a callar en provecho del otro, con el propósito de que pueda explorar y explotar su discurso. “Callarse, a veces, significa aprender a escuchar, y eso es algo bastante raro en la sociedad actual”, explica la autora en videollamada desde su casa de París. Ella escribió este libro basándose en su experiencia de más de 20 años en consulta. Pero no es una simple recopilación de casos clínicos. Joseph recurre a la mitología, la literatura y la filosofía para trazar una cartografía de nuestros silencios individuales y colectivos.

La autora arranca explicando los silencios más duros e incómodos que ha vivido en su consulta. “He tenido muchos pacientes, especialmente niños, víctimas de incesto o violencia sexual, así que es evidente que hay un aspecto del silencio que rodea a niños, adolescentes y mujeres, que se debe a la imposibilidad de escucharlos”, reflexiona. Pero cree que algo está cambiando. Cita como prueba varios éxitos literarios recientes, especialmente El Consentimiento, donde la editora Vanessa Springora cuenta la relación que mantuvo a los 14 años con un escritor de 50, Gabriel Matzneff, y el silencio y hasta la connivencia social con un pederasta celebrado en el mundo de las letras hasta hace muy poco.

“Creo firmemente en el poder del ejemplo para permitir que las personas se expresen, la narrativa de la vergüenza hace posible que pasen cosas”, señala. “El hecho de que figuras públicas se pronuncien demuestra que estos testimonios se escuchan. Y esto tiene un efecto dominó. A través de estas historias mediáticas, descubrimos nuestro potencial para compartir nuestros secretos, para que nuestra relación con la vergüenza pueda cambiar. En este sentido, la historia del movimiento #MeToo es fascinante”.

Fue el filósofo francés Roland Barthes quien explicó que el silencio es neutral. Luego las personas lo manipulan a su manera para darle un significado, y a veces para convertirlo en algo político, explica la autora. “De esta forma el silencio no es una simple ausencia de sonido, no es una pausa pasiva, sino un acto cargado de significado”. Joseph considera que veníamos de años, décadas de silencio político. Y que denuncias como las de Springora han empezado a quebrarlo.

Procesos de reparación de las víctimas y persecución de los agresores, como el que en España se ha realizado con los abusos en el seno de la Iglesia católica, son otro ejemplo de este antiguo silencio que dejó de serlo. Hay un componente político innegable en todo ello. Hay un mutismo social que cobija muchos secretos individuales. Al pinchar la burbuja del primero, las historias van saliendo a flote una a una.

Pero Nuestros silencios no solo analiza la ausencia de palabras que rodea al trauma. Habla de la necesidad de silencio en un mundo especialmente ruidoso. Las redes sociales tienen un papel importante en todo esto. Ahora podemos tener una opinión sobre todo. Cada vez que sucede algo, nos animan a compartir nuestra opinión, a rebatir y discutir. Y esa actitud se ha extendido al resto de nuestras vidas, de modo que la gente no para de hablar y opinar sobre todo.

Se ha trasladado al mundo laboral, donde tenemos demasiadas reuniones. Se ha trasladado al ocio, donde tenemos millones de canales y plataformas de televisión. Y esto genera demasiado ruido, una sobrecarga de información que nuestros cerebros no están preparados para manejar.

La autora traza un arco generacional, pues los silencios cambian según la etapa vital en la que estemos. Para una madre, el silencio puede ser una bendición, un momento de paz y relax (bien lo sabe ella que tiene dos hijos adolescentes). Pero para una abuela suele estar asociado a una mayor soledad. “Pensé mucho en mi propia abuela, y en las personas mayores en general, mientras escribía el libro”, explica. “Imaginé cómo transcurría su jornada, tenía más de 90 años y vivía sola en casa. Si yo no la llamaba, no hablaba con nadie en todo el día. Y traté de imaginar cómo sería un día entero sin ruido. En el silencio absoluto de la soledad”.

Joseph habla mucho de hijos, abuelas y padres. El silencio, explica, es algo inherente a la familia. Hay secretos que existen con el propósito de proteger, que solo se cuentan en lo más íntimo de la tribu. “Y eso es lo interesante”, explica. “El secreto puede ser el núcleo ético de un grupo. La capacidad de guardar secretos sobre la muerte, la enfermedad, los orígenes o la sexualidad”.

La sexualidad también tiene un rol importante en el libro. “Entre los nombres secretos, hay uno que se impone siempre”, explica la autora, “el del amado o la amada”. La homosexualidad, las aventuras fuera del matrimonio, las castas, la diferencia de edad… “Algunos nombres resultan impronunciables durante un tiempo o para siempre. ¿Qué sucede con una aventura amorosa sin testigos? ¿Se vuelve más intensa o, por el contrario, se convierte antes en una quimera? ¿El secreto aviva las palabras susurradas en la intimidad?”.

También aquí tira de literatura para explicar su tesis. La protagonista de Pura pasión, de Annie Ernaux, acepta el silencio, el secretismo que rige su relación con un hombre casado, extranjero, más joven. Un hombre con quien nunca podrá conversar, dado que carecen de palabras en común: ella no habla su lengua ni él la suya; el cuerpo es su único diccionario.“Toda la infelicidad de los hombres se debe a una sola cosa: la incapacidad de permanecer en silencio a solas en una habitación”. La frase la dijo el matemático y filósofo Blaise Pascal y la recupera Joseph en su libro. Es buena. “Sí, pero el problema de Pascal es que olvida la importancia de los demás”, matiza la autora. “Esta idea del silencio en una habitación me recuerda a Virginia Woolf, a Una habitación propia. De hecho, lo interesante es que Pascal, aquí, se inclina por la oración, la fe, la meditación, tiene una visión más masculina. Virginia Woolf parte de otro lugar, ve los momentos de soledad como una bendición, quizá porque las mujeres tenemos acceso a ella más tarde en la vida”.

jueves, 5 de marzo de 2026

"LA FUERZA DEL FEMINISMO". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El problema no es que los jóvenes se alejen del feminismo, sino que nadie les cuenta lo que está haciendo realmente mientras seguimos discutiendo sobre su imagen o radicalidad

Un príncipe británico ha sido detenido por primera vez desde 1647. Los archivos Epstein exponen una red global donde el abuso sexual de menores era moneda de cambio entre las élites del planeta. En Francia, 51 hombres corrientes (enfermeros, militares, funcionarios) fueron condenados por violar a una mujer drogada por su propio marido. Y ella, Gisèle Pelicot, renunció a su derecho al anonimato en el gesto político más radical de la década: convertir lo sufrido en privado en un hecho público que exige respuesta. Nada de esto ocurrió porque el feminismo fuera popular. Ocurrió porque es eficaz. El problema no es, como parece decir una reciente encuesta, que los jóvenes se alejen del feminismo, que algo de eso hay. Es que nadie les cuenta lo que el feminismo está haciendo realmente mientras seguimos discutiendo sobre su imagen o radicalidad.

Rebecca Solnit reconstruye en The Guardian la cadena causal que llevó a la detención del príncipe Andrés. Fueron décadas de trabajo feminista las que lograron que muchas mujeres ocuparan posiciones ―juezas, editoras, productoras― donde podían decidir “qué es verdad y quién importa”, hasta que la “sociedad que se había negado durante décadas a escuchar a las víctimas estuvo finalmente dispuesta a hacerlo”. Sin ese trabajo acumulado, la investigación de Julie K. Brown en el Miami Herald no habría sido siquiera publicada. Sin esa publicación, Epstein no habría sido detenido. Sin esa detención, los archivos no se habrían abierto. Sin los archivos, un príncipe seguiría impune. Cada eslabón de esa cadena fue feminismo. Ni teoría ni identidad: acción política con consecuencias. Porque el #MeToo no fue una batalla de las guerras culturales: fue la mayor ampliación del perímetro de la rendición de cuentas democrática en décadas. Hizo exactamente lo que hace la democracia cuando funciona: extender el principio de igualdad ante la ley a territorios donde antes no llegaba, y no porque faltasen leyes, sino porque existía un consenso tácito sobre qué puertas no se podían abrir. El feminismo las abre, y lo que encuentra detrás no es una cuestión de identidad. Es poder.

Eva Illouz muestra en Le Grand Continent de qué clase de poder hablamos. Los archivos Epstein no revelan un depredador solitario sino una red global donde el abuso forjaba lealtades y garantizaba protección mutua frente a la ley. Las víctimas, chicas precarias a quienes se les prometían falsas oportunidades, tenían la misma edad que los jóvenes que dicen no sentirse feministas. ¿Por qué se tardó tanto en romper la impunidad? Sara Ahmed ha dedicado años a responder esa pregunta, y describe un mecanismo tan simple como devastador. Las instituciones no solo ignoran a quien denuncia: lo castigan. Nombrar el problema te convierte en el problema. La verdad, muestra Ahmed, no se pierde solo por la propaganda o la mentira organizada. Se pierde también por los mecanismos cotidianos que castigan a quien la enuncia. Algo sabemos de esto en España, donde el número dos de la Policía Nacional está acusado de violar a una inspectora subordinada que no utilizó los protocolos internos y fue directamente a los tribunales porque sabía que la institución que debía protegerla no lo haría.

La reacción de los jóvenes no es proporcional a los excesos feministas, sino a su fuerza. Por eso hay un aparato de algoritmos, influencers y redes de masculinidad herida dedicado a enseñarles que las mujeres son el origen de su malestar. Y es la política quien debe combatir esto, también con pedagogía. Pedirle al feminismo que se modere porque genera reacción es pedirle a la democracia que se detenga donde más incómoda resulta. No se trata de negar los problemas sino precisamente de afrontarlos. La pregunta aquí es por qué no hay ninguna fuerza política capaz de ofrecer a esos jóvenes algo mejor que la antigua cantinela de que las mujeres hablan demasiado.

miércoles, 4 de marzo de 2026

"LA RESPONSABILIDAD DE LOS INFLUENCERS". Leila Nachawati, publico.es

La influencer Violeta Mangriñan publicó una fotografía
de un plato de jamón acompañada del siguiente texto:
“Feliz Ramadán”,  en sus redes sociales
En una entrevista reciente, a la influencer Violeta Mangriñán se le planteó una cuestión aparentemente sencilla: el motivo de su influencia. Con su característico estilo desenfadado y directo, ella devolvió la pregunta: "Dímelo tú, ¿por qué influyo?" No es banal plantearse esto en un ecosistema digital donde la relevancia es tan masiva como difícil de definir. Como la cuestión no se aclaró, decidí consultar a Gemini, la IA de Google: "¿Por qué influye Violeta Mangriñán?"

Esto responde Gemini: Violeta Mangriñán cuenta con más de 2.4 millones de seguidores en Instagram. Su influencia se basa en la exposición de su estilo de vida, maternidad y moda, generando un alto compromiso (engagement) que la convierte en un referente aspiracional para una audiencia joven.

Es decir, cualquier mensaje emitido en su plataforma tiene un alcance masivo: desde los productos que recomienda hasta sus rutinas o viajes, pasando por las polémicas que desata. La última ocurrió el 22 de febrero, cuando publicó una fotografía de un plato de jamón acompañada del siguiente texto: "Feliz Ramadán". Una imagen ante la que le llovieron críticas, insultos y hasta amenazas de muerte.

¿Cómo reaccionó Mangriñán a la polémica? Siguiendo un patrón ya habitual en estas situaciones, hubo una fase de pánico en la que la influencer dijo haber pasado "dos días encerrada en el baño, llorando". Después llegaron las disculpas, formuladas como un trámite para salir del paso. Hace tiempo que se advierte que "Pido disculpas a quien se haya podido sentir ofendido" no es una disculpa porque no incluye el reconocimiento de qué se ha hecho mal, a quién y por qué. Si esa reflexión no existe, por tanto, más vale no disculparse. Como colofón al episodio, Mangriñán añadió que, dado el nivel de hostilidad recibido en redes, recurrirá a escolta privada para protegerse a ella y a sus hijas durante todo el mes de Ramadán.

¿Qué ha hecho realmente la influencer? Desde luego nada delictivo. Tampoco nada que justifique que reciba agresiones o amenazas. Simplemente ha hecho una broma de mal gusto, pero la ha hecho en un terreno abonado.

En el contexto actual (español, europeo, occidental), las personas musulmanas conforman el principal colectivo estigmatizado en nuestras sociedades. Son el gran "Otro", quienes sufren el mayor proceso de deshumanización sistemática, un fenómeno que guarda muchos paralelismos con el que sufrió la población judía a principios del siglo XX.

Recordar esa etapa histórica ayuda a entender lo que está en juego, y hasta qué punto la violencia contra el otro requiere del lenguaje para normalizarse.

Como explicaba el filólogo alemán y judío Víctor Klemperer al analizar cómo se inoculó el odio en la Europa de los años treinta, el lenguaje no solo refleja la violencia sino que la prepara. Y es que ciertas expresiones o burlas, cuando se ceban en quienes ya son objeto de escrutinio, actúan como "pequeñas dosis de arsénico": las tragamos sin darnos cuenta y, aunque parezcan inofensivas, sus efectos se acumulan y acaban siendo tóxicos.

Para ver cómo opera esta maquinaria hoy basta mirar a Estados Unidos, donde las más altas esferas del poder global lideran esta dinámica. El propio presidente Donald Trump difundía recientemente un vídeo generado por inteligencia artificial en el que Barack y Michelle Obama aparecían representados como monos. Lo que desde su equipo se intentó justificar como un simple meme no tiene nada de broma inocente: es un ejercicio abierto, sin tapujos, de racismo y deshumanización del otro. Son los líderes políticos más extremistas quienes marcan el paso, pero hacen falta miles, millones de pequeños granitos de arena cotidianos para normalizarla.

Con esto en mente, conviene cuestionar en qué medida las acciones, las palabras y los gestos de quienes disponen de grandes plataformas contribuyen a esa criminalización del otro. En un panorama marcado por el racismo institucional y la normalización de los discursos de odio en la esfera pública, ¿qué tipo de imaginario nutren y refuerzan estas burlas, en particular entre los más jóvenes?

Ante el incendio social y (geo)político mundial que vivimos, es de agradecer que quienes disponen de un enorme altavoz lo usen para calmar ánimos y tender puentes, en vez de avivar el fuego que se ceba en los más vulnerables.

martes, 3 de marzo de 2026

"FRENTE AL BURKA, FEMINISMO TRANSVERSAL". Azahara Palomeque, Pulbico.es

Nunca he visto un burka en España, pero sí lo he hecho en Estados Unidos: normalmente, en mujeres que caminaban ocultas al lado de sus maridos a cara descubierta, deslizándose, tuteladas, como una presencia fantasmagórica, por la calle o los centros comerciales, espacios donde generaban miradas reprobatorias o, como mínimo, de sorpresa. La gente que volvía el rostro para juzgar en silencio se enfocaba en ellas; no en ellos, los acompañantes cancerberos. Y yo me preguntaba en esos momentos hasta qué punto se podía considerar esa práctica como parte de la "libertad" religiosa si las que portaban tal indumentaria, muy probablemente, no habían podido tomar dicha decisión. Como mujer, me incomodaba, al toparme con un espejo que representaba igualdad y diferencia a la vez: féminas ambas, pero provenientes de mundos antagónicos. Tampoco sentía que ese atuendo invisibilizase a la señora que había debajo: ¿cómo podía ser, si los cuellos se giraban a su paso?, ¿si el género de la susodicha destacaba sobre todas las cosas? Más bien, el burka servía para visibilizar una opresión de cuerpo velado, colectivamente tolerada al amparo de una Constitución que protegía la libertad de culto, pero que no necesariamente avalaba todas las prácticas asociadas a un dogma concreto. Al final, entre mi respeto a la diversidad espiritual y aquella visión enmascarada, predominaba una opinión muy parecida a la de Gabriel Rufián: "el burka es una salvajada".

Como símbolo de machismo, alguien que se oponga a la ejecución estructural de la dominación masculina debería, en buena lógica, rechazar esta prenda. Esto no tiene tanto que ver con la vestimenta en sí –si fuese un disfraz de carnaval cargado de connotaciones críticas, otro gallo cantaría– sino con su significado, de ahí que las comparaciones asociadas al hábito de una monja o al traje de un nazareno no se sostengan, pues el marco semántico varía. Parece una obviedad, pero es preciso repetir que, por ejemplo, los capirotes de una procesión de Semana Santa en nada equivalen a los de un ritual del Ku Klux Klan, por mucho que su forma se asemeje. Otro matiz relevante provendría de distinguir entre la práctica específica y la religión que supuestamente la acoge: sólo una minoría de población musulmana (femenina) usa el burka, y su repudio no implicaría la demonización de la totalidad del islam, de la misma manera que tampoco conduce a ese camino oponerse férreamente a la ablación del clítoris –culturalmente aceptada en algunas partes del globo–. Trazar las líneas rojas de los derechos humanos importa, aunque a veces conlleve enfrentarse a debates éticos complejos. En ese umbral de lo tolerable (o no) se juega la izquierda su legitimidad, y no es difícil contemplar estos días a algunos de sus miembros más mediáticos caer en la trampa de una transigencia que atenta contra la dignidad de las mujeres.

Ahora bien, la (ultra)derecha, sabedora de su capacidad para imponer la agenda de la opinión pública, fortalecida internacionalmente y autoproclamada valedora de ciertas esencias –la nación, la familia, etc. – es consciente de que, quizá, el obstáculo más implacable frente a su avance sea el feminismo, y anda pescando futuros votos en un caladero que aún se le resiste: las mujeres. Ante eso, no proponen ampliar los permisos por maternidad, fortalecer la misma sanidad pública que no estuvo a la altura con los cribados del cáncer de mama, dotar de más recursos al pacto contra la violencia de género, solventar la desigualdad salarial, o aumentar las plazas en guarderías públicas; más bien, han optado por introducir un populismo identitario en torno al burka que actúa como caballo de Troya en el corazón de la fortaleza feminista. La estrategia es tan brillante como malvada; responde al poder electoral femenino donde aún queda democracia; y encima nutre el habitual catálogo de odios. Pero si ya sabe la izquierda que se trata de una emboscada, ¿por qué muerde el anzuelo? ¿O es que no lo sabe? ¿Qué hace barajando números, si "cuando tocan a una, nos tocan a todas"? ¿Por qué no reacciona contraponiendo a la sugerencia de prohibir el burka un paquete legislativo radicalmente feminista, que sea la tumba de la misoginia? De lo contrario, estarán regalándole al adversario el reino del sentido común, y toda una historia de luchas, disidencias y conquistas sociales.

No es difícil llegar a la conclusión de que el burka es una salvajada; pero, entonces, nos debemos una conversación amplia sobre cómo erradicar el machismo en cada una de sus vertientes, desde la prostitución hasta la falta actual de prestación por crianza, pasando por la IA que desnuda a chicas sin su consentimiento. Vaya a ser que dejemos entrar al caballo y con él venga, luego, el ejército completo.

lunes, 2 de marzo de 2026

"JEFFREY EPSTEIN: EL PARADIGMA MASCULINO DE LA ÉLITE FINANCIERA MUNIDAL". Eva Illouz, Grand Continent

 El primer gran caso de la globalización sacude todas nuestras representaciones.
Desde Steve Bannon hasta Noam Chomsky, pasando por Bill Clinton y Donald Trump: una misma élite parece sostenerse en un mismo nodo.
¿Por qué?

El caso Epstein es más que una simple noticia: es un acontecimiento excepcional que perturba e interrumpe la rutina de nuestra vida colectiva. Por definición, los escándalos siempre violan normas profundamente arraigadas. Pero sería engañoso creer que solo son rupturas. En realidad, pueden violar las normas morales y, al mismo tiempo, poner de relieve las continuidades y las líneas de fuerza de una estructura profunda subyacente de la sociedad en la que estallan.

Si el escándalo de los Epstein Files es tan inquietante es porque saca a la luz los engranajes invisibles de mundos sociales cuyo funcionamiento suele estar oculto y que se despliega a escala mundial.

En este sentido, Jeffrey Epstein no era un «desviado».

Representaba la forma paradigmática del éxito en el capitalismo financiero globalizado.

La gran convergencia: los Epstein Files como escándalo de la globalización

La lista de personas ricas y famosas que gravitaban en diversos grados alrededor de Epstein es vertiginosa: Bill Clinton, Noam Chomsky, Donald Trump, Les Wexner, Steve Bannon, Leon Black, Larry Summers, el príncipe Andrés, la duquesa de York, Mick Jagger, Alan Dershowitz, Larry Summers, Kevin Spacey, Peter Thiel…, por citar solo algunos nombres conocidos y más o menos prestigiosos.

Al consultar esta lista, encontramos a algunas de las personas más poderosas del planeta en los ámbitos político, económico y cultural. Aún más fascinante es el alcance geográfico mundial de la red de Epstein, desde Rusia hasta Estados Unidos, desde África hasta Europa, y en particular París.

Ya sabíamos que las élites económicas y políticas se reunían en Davos, que las estrellas de cine se reunían en Cannes y los académicos en conferencias internacionales en las grandes universidades de todo el mundo. Sin embargo, menos conocida es la gran burbuja social que forman las élites políticas, económicas, intelectuales y culturales —nuevas y antiguas— que viven en todos los rincones del mundo, pero que son capaces de reunirse e interactuar de manera fluida y armoniosa en lugares prestigiosos. Si nuestras sociedades civiles están polarizadas, las élites globalizadas del caso Epstein parecen estar por encima de las divisiones políticas: beben champán y toman el sol juntos en diferentes continentes, intercambian información crucial y se ayudan mutuamente para sacar adelante sus proyectos en todo el mundo y, de vez en cuando, abusan sexualmente juntos de adolescentes en una isla alejada de todo.

El lingüista de izquierda Noam Chomsky se codea con el tiburón de las finanzas Jeffrey Epstein o con el spin doctor del movimiento MAGA Steve Bannon, y esa es la verdadera novedad del caso Epstein: muestra que Chomsky y Bannon están sociológicamente más cerca el uno del otro de lo que su ideología sugiere. Uno domina a los demás en el ámbito de los signos, las palabras y las ideas; el otro, por su influencia política. Ambos pertenecen a redes mundiales.

En esta sorprendente convergencia de elementos aparentemente divergentes se encuentra el núcleo del caso Epstein. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 1 de marzo de 2026

"UNA FORMA DE RESISTENCIA". Juan José Millás, El País

Liam Ramos, de cinco años, detenido por agentes de ICE
en Columbia Heights, Minnesota, en una imagen tomada
por un empleado del colegio público donde estudia.

Esta foto no es el final de una historia miles de veces repetida, sino una interrupción en la nuestra

Antes de convertirse en símbolo de la barbarie, este niño era solo un cuerpo pensante, un ser sintiente. Tenía una estatura concreta, un peso, una temperatura, unas fantasías. La foto, a estas alturas, es ya un discurso sobre la maldad, pero lo que ocurrió primero fue brutalmente físico, cruelmente real, lo mismo que un golpe de frío o fiebre. Lo más inquietante no es solo la violencia de la escena, sino la manera en que el pequeño parece saber qué hacer dentro de ella. No llora, no se resiste, no mira a la cámara. Está concentrado en su papel, como un detenido profesional, un detenido de película. Ha entendido que, en ciertas circunstancias de la vida, si conviene hacerse el muerto, uno se hace el muerto. No es sumisión, es una técnica de supervivencia. El cuerpo infantil, enfrentado a una maquinaria gigantesca, cuya manaza se posa sobre su mochila, improvisa una conducta aprendida para no romperse. Cruzar las manos, permanecer quieto, mirar al frente. Un modo de decir sin palabras:

—No me pegues.

La foto captura ese instante en que Liam Ramos, que devendría símbolo de la animalidad de Trump y los suyos, es solo alguien que administra como puede su vulnerabilidad. Luego vendrán los titulares, la indignación, la lástima. Pero antes solo hubo un crío gestionando su propio miedo con una decencia involuntaria. Esta foto no es el final de una historia miles de veces repetida, sino una interrupción en la nuestra. Nos detiene. Nos incomoda. Nos exige una pausa. Y en un mundo que pasa las imágenes como si fueran nada, una pausa ya es una forma de resistencia.

"FURIA ÉPICA". Equator, editorial

La adoración de la fuerza se ha convertido en la pasión dominante de Occidente Durante el invierno de 1940, unos meses después de que la Weh...