miércoles, 3 de junio de 2026

"QUIETO TODO EL MUNDO". Elvira Lindo, El País

Ignatius Farray, fotografiado en el barrio de Malasaña de Madrid
Hay políticos que a veces juegan a ser humoristas. No funciona y a veces da vergüenza

El insigne Ignatius Farray dijo el otro día que si el expresidente Aznar había tomado como lema eso de “el que pueda hacer que haga” era porque la frase “¡Quieto todo el mundo!” ya estaba cogida. El humorismo siempre ha sido una profesión de riesgo, y no es de extrañar, porque mientras el analista ha de tomarse un tiempo para expresar una idea que, dado que se basa en una sospecha, ha de presentar con matices y manejar en el terreno de lo indiciario (palabra de moda), el humorista, o la humorista, traduce lo que tanta gente intuye en unas pocas palabras puntiagudas que mueven a la risa a unos y ofenden a los señalados. El humor es creativo, el humorista no necesita echar el rato leyéndose un auto judicial, el humorista huele lo que se cuece en la olla podrida y lo suelta. Así ha soltado el Mundo Today eso de que “el expresidente Felipe González celoso porque Zapatero está haciendo más por la derecha que él”. ¿Será cierto? Ese terreno que el periodista no puede pisar sin ser tachado de sectario es en el que retoza el humorista, convirtiendo el rumor en chiste y el chiste, cuanto más exprese lo que no nos atrevemos a decir, más carcajadas provoca. También alivia, porque es un desahogo vicario. El humorista que no se arriesga no hace del todo honor a su oficio. Hay humoristas a los que esperan a la salida de las salas donde actúan, hay humoristas a los que amenazan desde el universo virtual, supuestamente inofensivo. Pero los humoristas, desde que el humor se hizo presente en la especie humana, saben que, por más admiradores que llenen sus shows en buenos teatros, siempre habrán de ser fieles a su carácter de pobladores de los márgenes, de payasos que dicen lo inadecuado como así harían los niños. El humorista que dejó de ser niño, que perdió su inocencia, el que intelectualiza el humor porque en el fondo le da vergüenza dedicarse a algo tan primitivo, no pertenece a ese grupo de los que siempre eligen decir lo inadecuado y sin haber reflexionado mucho sobre ello sueltan lo que se huelen que el pueblo quiere decir y no puede.

Hay políticos que a veces juegan a ser humoristas. No funciona y a veces da vergüenza. No es compatible hacer humor cuando se practica desde una posición de poder; sea cual sea el cargo, la gracieta chirría. A veces los vemos hacer juegos de palabras, que les han escrito otros, y quieren hacer como si se les acabara de ocurrir. Desistan, por Dios, porque el repentista canta y cuenta de manera totalmente improvisada. El repentismo es un arte para el que están dotados muy pocos. Solo a veces responde a un don popular colectivo que dejan en herencia abuelos y abuelas, como ocurre en la ciudad de Cádiz, donde cada bar parece contar con un tipo repentizando. El humor, como el compás, se lleva en el corazón, aunque se desarrolle luego prestando oído al habla de la calle. El humor nace de abajo arriba por eso no hay humorista, al menos en España, que no alimente su humor de las palabras que escuchó en la calle. Inglaterra, ejem, ya es otra cosa. Nuestro humor es cervantino, corrosivo con el poderoso, escatológico, sanchopancista, especialmente adecuado para hacer reír en tiempos de crisis. En vísperas de la llegada de este Papa que se nos ha revelado como el hombre que en voz baja dice, sin que le tiemble la voz, lo que piensa, yo animo a ponerles unas velas a esos santos que no están en las iglesias, a ese batallón de payasas y payasos que nos sirven de espejo mucho mejor de lo que podemos hacer desde una columna como esta. Ellos, en ese afán de alimentarnos la risa, ya viven en el reino de los cielos. Salen al escenario y tienen las butacas llenas de fieles que están esperando como agua de mayo llenarse el pecho de risa para seguir resistiendo. Cuando acaba el show, Ignatius Farray se quita los pantalones y enseña los huevos al respetable. Hay semanas en las que una solo espera eso: que un payaso inocente se muestre desnudo.

lunes, 1 de junio de 2026

"MIRAR HACIA ROMA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

León XIV hace lo que la política democrática ha dejado de hacer: invocar un estándar frente al cual medir la desviación

Cuando un Papa dice sobre la IA lo que ningún gobierno democrático se atreve a decir con la misma autoridad, la pregunta no es en qué acierta la Iglesia, sino qué ha dejado de hacer la política. La misma mañana en la que Pedro Sánchez visitaba el Vaticano y agradecía a León XIV su encíclica Magnifica humanitas por su llamamiento a desarmar la IA, a someterla al control público, a devolver a la persona al centro, la UCO entraba en Ferraz. Ni siquiera importa cuál de las dos escenas retrata mejor nuestro tiempo. ¿Por qué la palabra política ha dejado de obligar por sí misma y necesita tomar prestada su autoridad de otra parte? Pero conviene un matiz sobre la encíclica. El papa Prevost diagnostica el síntoma, no la enfermedad. Pide “volver a poner a la humanidad en el centro”, como si lo que estuviera en juego fuese una esencia humana amenazada por la técnica. La IA no pone en riesgo lo que somos, sino lo que existe entre nosotros: las condiciones materiales de la conversación, los hechos que aceptamos juntos, las instituciones que arbitran cuando no nos ponemos de acuerdo, el lenguaje que sirve para describir lo mismo y no para anularlo. El problema no es esencialista, sino político; no es nuestra falta de humanidad, sino de mundo. Por eso es preocupante que el diagnóstico, aun parcial, llegue de Roma y no del campo democrático. Cuando quienes deben producir el lenguaje político dejan de hacerlo, el lugar no se queda vacío. Lo llena lo que tiene autoridad propia y no necesita la del juego democrático: una iglesia, un mercado, una plataforma, un caudillo.

Pero seamos concretos. En España oímos que “este juez es parcial” o que “todo es fango” y parecen lo mismo, pero no lo son. Lo primero es crítica democrática, lo otro, cinismo disolvente. Decir que un juez es parcial implica creer en la imparcialidad: la usa como medida y denuncia su ausencia. Tiene arreglo. Decir “todo es fango” niega cualquier medida. Si la imparcialidad es imposible, no hay nada que reparar, solo bandos. La pregunta ya no es “¿es justo este fallo?” sino “¿de qué lado está?”. Sustituimos el eje justo/injusto por el de amigo/enemigo. Y eso no es neutral. La democracia se sostiene en justificarse ante una norma común; el poder fuerte solo se impone. Disolver al árbitro no nivela el campo: desarma al único equipo que jugaba con reglas. Si ya nadie puede decir “esto es injusto” y ser oído porque pensamos que toda vara es una ficción o una máscara de poder, si toda crítica se lee como jugada de bando, entonces el único que aún puede decir “esto no es permisible” y ser escuchado es quien habla desde fuera del juego. Alguien cuya autoridad no dependa de las reglas que hemos disuelto. Eso es el Papa: no convence por tener mejores argumentos, sino porque no está en el tablero. El Papa suena a pensamiento no porque acierte sino porque nuestra habla política está tan hueca, tan secuestrada, que ya no se puede decir “esto no es permisible” con voz propia.

Es inquietante. Al parecer, el único enunciado normativo audible viene de una autoridad que no rinde cuentas a nadie. La encíclica no es una buena o mala noticia sobre la Iglesia. Es un termómetro de la democracia. León XIV hace lo que la política democrática ha dejado de hacer: invocar un estándar frente al cual medir la desviación, aunque su diagnóstico se quede corto. Lo inquietante no es que él hable, es que su voz suene tan sola y tan fuerte. Y la pregunta que deja la coincidencia de esa mañana —el Vaticano y Ferraz, la palabra elevada y el ruido judicial— no es cuál de las dos escenas dice la verdad de nuestro tiempo. Es por qué la silla desde la que se enuncia el principio común está, ahora mismo, en Roma.

domingo, 31 de mayo de 2026

"UN PAÍS SIN AUTOESTIMA". Ingnacio Escolar, elDiario.es

Recordar de dónde venimos es la única manera de saber quiénes somos. Nuestro presente es muy mejorable. Pero, si miras medio siglo atrás, simplemente no hay color. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocerlo.

Hay una manera eficaz para evaluar los cambios en la vida. Recordar el pasado, pero no de año en año, sino de lustro en lustro. Dónde estabas hace cinco años, hace diez, hace quince, hace veinte... Cómo era entonces tu familia, tu trabajo, tu casa, tu vida. Quién eras entonces. Quién eres hoy.

Cuando recuerdas en lustros, y no en meses o en años, el paso del tiempo se comprende mejor. Es inevitable caer en la nostalgia, en la idealización del pasado. Pero los cambios profundos se distinguen bien.

Con los países, la escala cambia, pero el procedimiento es válido también. En vez de cinco años, cincuenta. Una medida que demuestra a las claras el éxito o el fracaso de una nación.

En el caso de España, los datos objetivos son los que son. Hay que irse a ejemplos como Taiwán o Corea del Sur para encontrar una historia de éxito tan enorme como el último medio siglo español. España era un país pobre, inculto y atrasado. Subdesarrollado para los estándares europeos. Secuestrado por una dictadura y por la moral católica. Era un convento y un cuartel.

Hoy España es uno de los países más prósperos y libres del mundo. La esperanza de vida supera los 83 años –una de las más altas del planeta–, y el nivel de desarrollo humano la sitúa entre el diez por ciento de naciones con mejores condiciones de vida. Es una democracia plural y europeísta. Tiene sanidad universal, educación pública y libertades civiles que hace medio siglo parecían inalcanzables. La renta per cápita más que duplica la media mundial y es casi 20 veces más alta que medio siglo atrás. Es un país donde las mujeres votan, deciden, gobiernan. Uno de los lugares del mundo donde amar a quien quieras o decir lo que piensas no te cuesta la cárcel.

Medio siglo ha dado para mucho. Me resulta sencillo ponerme en esa escala porque es la medida de mi vida. Nací el 20 de diciembre de 1975. Justo un mes después de la muerte de Franco. Cuando esta revista llegue a nuestros socios y socias, yo también cumpliré 50 años.

Veo las fotos de mi infancia, en un pequeño pueblo de Burgos, y me parece estar viendo otro país. Las calles de tierra, los hombres con boina, las mujeres con el negro del eterno luto. Recuerdo a mi tío Álvaro y sus historias de cuando era emigrante en Suiza. La casa de mis abuelos, con las vacas en el establo y sus madrugones todos los días del año para ordeñar y sacar el estiércol. El baño de la casa donde vivía con mis padres, que estaba en un antiguo balcón; en invierno, había que dejar el grifo levemente abierto para que las tuberías no explotaran por congelación y, algunas mañanas, allí amanecía un pequeño carámbano de hielo. Recuerdo el Citroën 2CV que compró mi madre a plazos, y su cara de felicidad cuando lo estrenó.

No ha habido, en la historia de España, una transformación mayor que la vivida en este medio siglo. No hay, en ningún momento del pasado, una etapa de mayor prosperidad. Nunca hubo un periodo mejor que celebrar. Tampoco el imperio español, salvo para quienes confunden el poder de los Austrias con el bienestar del pueblo español.

No diré que todo sea perfecto. Sin duda no lo es. Hay muchísimo por mejorar y algunos asuntos –como el acceso a la vivienda– donde hemos ido claramente para atrás. Las libertades, tan duramente conseguidas, están hoy en cuestión. Nuestra democracia es mejorable y corre el riesgo de una involución autoritaria. La prosperidad económica no ha alcanzado a todos los barrios por igual. El ascensor social sigue roto, aunque casi todos los jóvenes hoy llegan a la universidad. La memoria sigue siendo otra de las asignaturas pendientes. En parte explica por qué ofende tanto la celebración del último medio siglo en algunos sectores de la derecha: les molesta que se recuerde lo nefasta que fue la dictadura, el pésimo periodo anterior.

Nuestro presente es muy mejorable. Pero, si miras medio siglo atrás, simplemente no hay color. A ojos de un extranjero –lean, en esta misma revista, el fantástico artículo de Martín Caparrós– la transformación de España es siempre vista con admiración. Algo que cambia cuando la mirada es la propia. ¿Por qué nos cuesta tanto a los españoles reconocer los méritos de nuestro propio país? ¿Por qué tenemos la autoestima tan baja?

Como todos los traumas, para entenderlo hay que mirar al pasado; a la muy deficiente construcción nacional española. El historiador José Álvarez Junco lo explicó como nadie en una obra imprescindible: ‘Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX’. En ese ensayo, explica cómo se torció en nuestro país ese concepto progresista: la nación. Una idea revolucionaria, nacida del 1789 francés, y que transformaba al pueblo en soberano, a los súbditos en ciudadanos. De esa nación progresista –que aquí se despreció como “afrancesada”– surgió en España una mutación reaccionaria: el nacionalcatolicismo. Su idea más estúpida viene del propio hito fundacional, el 2 de mayo de 1808. Como fue el pueblo más bruto, y no los ilustrados, quien se rebeló en Madrid contra el francés, llegaron a la nefasta conclusión de que el español cuanto más analfabeto más patriota. La ignorancia, y una ensalada de falsos mitos sobre Numancia, la reconquista y el Cid, sustituyeron a un verdadero proyecto nacional con una idea de futuro para el país.

En el resto de Europa, la nación se construyó con escuelas públicas. Aquí no. El nacionalcatolicismo entregó la educación a la Iglesia, que nunca tuvo interés en educar a ciudadanos, sino a cristianos.

Miremos la historia, de cincuenta en cincuenta años, para entender cómo hemos llegado hasta aquí. En los últimos dos siglos, España perdió las colonias, vivió cuatro guerras civiles, sufrió varias dictaduras y se convirtió en la caricatura del hidalgo, del Quijote, alguien con sueños de una gloria pasada que más bien son delirios. Y así llegó España a 1975, con la nación de los ciudadanos –que no súbditos– por construir. Una patria donde quienes la celebran piensan en desfiles militares, en vez de en hospitales públicos. Para algunos de estos supuestos patriotas, es coherente llevar una pulserita rojigualda y esconder su dinero en Panamá.

En la derecha, se instaló una idea de España enfrentada a medio país –a la que de nuevo se vuelve a tachar de “antiespaña”–. Y en la izquierda, esa España excluyente provocó una reacción, un complejo, una desilusión. El modelo autonómico ha sido parte del éxito. Y al mismo tiempo, ha provocado una respuesta furibunda de quienes confunden federalismo con debilidad de la nación. Esos que tanto dicen querer España, y de apretarla tan fuerte, un día se la van a cargar.

Por eso nos cuesta tanto querernos como país. Porque durante demasiado tiempo el patriotismo fue monopolio de los reaccionarios y el rechazo a la bandera, la respuesta natural de quienes defendían la libertad. En España, el amor a la patria se confundió con el amor a la dictadura, y a la democracia le ha costado construir un relato propio. El resultado es esta paradoja: un país que ha vivido su mejor época y, sin embargo, no se la cree.

Superar esa contradicción no exige olvidar el pasado –como plantea la derecha– sino comprenderlo. Mirarlo de frente, sin miedo ni indulgencia. Recordar de dónde venimos es la única manera de saber quiénes somos. La historia de España no es solo la de sus reyes ni de sus guerras, sino también la de quienes lucharon por la libertad, la ciencia, la cultura, la justicia y la igualdad; la de las Misiones Pedagógicas, la de Ramón y Cajal, la de Rosalía de Castro, Clara Campoamor, María Moliner, Miguel Hernández y Concepción Arenal, la de Lorca, Buñuel, Machado, Pardo Bazán o Pérez Galdós. En ellos, entre otros nombres, está la verdadera herencia nacional que deberíamos reivindicar.

Medio siglo después de la muerte de Franco, este país tiene motivos de sobra para recuperar su autoestima. No la altanería hueca del nacionalismo, sino el orgullo tranquilo de quienes saben de dónde vienen y adónde quieren ir. Ese, y no otro, debería ser el verdadero patriotismo español.

"DESMITIFICANDO LA EDAD MEDIA PENINSULAR. Cómo y por qué se ha construido una historia que no existió". Alejandro García Sanjuán (2026), Madrid, Los Libros de la Catarata

La crítica a la llamada leyenda negra española ha derivado con frecuencia en su reverso acrítico: una leyenda rosa igualmente falsificadora del pasado. Desde el romanticismo hasta la historiografía moderna, la idealización de la Edad Media ha alimentado mitos nacionales que presentan la historia como un relato continuo de identidad, fe y destino colectivo. En el caso español, la cronología misma del período —de 711 a 1492— revela una lectura orientada por la idea de la lucha contra el islam como origen de la nación. Esta narrativa, promovida especialmente durante el franquismo, y también en democracia, por instituciones, manuales escolares y discursos públicos, no es inocente: cumple funciones de legitimación política y genera vínculos emocionales que refuerzan la idea de un nosotros que se enfrente a ellos. Este libro ofrece herramientas para reconocer cómo el pasado se selecciona, se edulcora y se tergiversa para justificar identidades e inadmisibles exclusiones en el presente.

sábado, 30 de mayo de 2026

"RESPONDIENDO A ZARZALEJOS (Y AZNAR): EL QUE PUEDA RESISTIR, QUE RESISTA". Jesús Maraña, infoLibre.es

Jesús Maraña, Director de infoLibre.es

Otros defendemos de forma transparente principios progresistas y rechazamos la deslegitimación permanente del adversario o su expulsión del gobierno por cauces antidemocráticos

Sostiene José Antonio Zarzalejos en su última columna (ver aquí) que los “daños” que el sanchismo está causando al régimen constitucional de 1978 pueden ser “irreversibles”, y que ya no son los socios del Gobierno quienes pueden “rescatar” al sistema: “Ya sólo lo pueden hacer los medios que estuvieron al servicio de la democracia (…). Resistir no es ganar. Por el contrario, resistir es, frecuentemente, sólo aplazar la derrota”, concluye el exdirector de ABC en lo que se podría interpretar como una (poco) velada alusión al manifiesto que infoLibre ha hecho público hace unos días (ver aquí).

En realidad, cabe entender el llamamiento del influyente analista conservador como una clara extensión de ese “el que pueda hacer, que haga” que Aznar ha reiterado estos días, al hilo de los escándalos político-judiciales que afectan al PSOE, al Gobierno y a José Luis Rodríguez Zapatero, un referente moral del espacio progresista. No basta al parecer con lo que ya vienen haciendo un montón de medios escritos, digitales o audiovisuales de la casi infinita derecha mediática, ni con las sonoras acciones de unos cuantos jueces, policías y fiscales, ni con la falsa equidistancia con la que ciertas cabeceras supuestamente progresistas vienen abordando esos escándalos… Ahora se trata de presionar a los (escasísimos) medios que defendemos la legitimidad del Gobierno para seguir gobernando y la de su presidente para convocar elecciones cuando considere oportuno (como estipula, por cierto, la propia Constitución).

Ni Zarzalejos ni Aznar parecen otorgar el menor recorrido a la táctica de Feijóo de presionar por tierra, mar y aire a los socios de investidura de Sánchez, y especialmente a PNV y Junts. Lo cual supone también asumir que el PP sigue teniendo un problema que él mismo se ha buscado y no sabe gestionar: ir del brazo de Vox en los gobiernos autonómicos y en el camino hacia la Moncloa produce una urticaria difícil de superar para las derechas nacionalistas que, ¡ay, se siente!, existen en España y tienen millones de votos. Aznar o Zarzalejos podrían quizás dedicar sus esfuerzos intelectuales y divulgativos a aportar ideas para convencer a los partidos conservadores mayoritarios en Cataluña o Euskadi de que apoyen una moción de censura junto a una extrema derecha que en su programa plantea precisamente la ilegalización de esos partidos nacionalistas. Complicado esfuerzo, nada respetuoso con el “sistema constitucional de 1978”, pero legítimo, por supuesto.

Mucho menos democrática me parece esa repetida exigencia de Aznar que nunca explica en qué consiste, por lo que es obligado entender lo que todo el mundo entiende y él no desmiente: se trata de que cada juez, fiscal, policía, político o periodista, todo ciudadano desde su ámbito personal o profesional, haga lo que esté en su mano para “echar a este Gobierno de mafiosos y corruptos”. Que es en lo que estamos desde antes de que estallaran los principales casos de presunta corrupción que se investigan o que ya han empezado a juzgarse. Ese insistente llamamiento se parece demasiado a un manifiesto golpista como los que a principios de los ochenta publicaba el colectivo Almendros en El Alcázar en vísperas del 23F (ver aquí). Para sus autores, Suárez era un traidor a los principios del Movimiento como ahora Sánchez es un traidor al “sistema constitucional”.

Y no menos antidemocrática me resulta la proclama de Zarzalejos, que como periodista emplaza a otros periodistas y medios a “acabar con el sanchismo”, ya que la derecha a la que apoya no consigue reunir suficientes votos en el Congreso para una moción de censura que tumbe a Sánchez como él tumbó a Rajoy en 2018, tras la primera sentencia de la Gürtel. Es una lástima que no seamos muchísimos más los medios y periodistas que procuramos informar de todos los asuntos de corrupción política, afecten a quien afecten, pero cumpliendo las reglas mínimas del oficio, distinguiendo hechos y opiniones, respetando la presunción de inocencia y analizando desde un pensamiento crítico toda actuación judicial que ofrezca sombras de contaminación política. O denunciando no sólo las intromisiones que desde la política se produzcan en el poder judicial, sino también las que se ejercen en sentido contrario, cuando jueces y algunos órganos de la justicia critican, rechazan o hasta incumplen las decisiones legítimas del poder legislativo o las que son responsabilidad exclusiva del Ejecutivo. ¿Hacen falta ejemplos? Pues ahí están las protestas de togados contra una ley de amnistía que ni siquiera estaba redactada (ver aquí); o la creatividad made in Marchena para no ejecutar esa misma ley en toda su extensión (ver aquí); o la impunidad con la que el magistrado García-Castellón mantuvo causas abiertas contra Podemos durante años sin una sola prueba… (ver aquí).

Para que se entienda sin rodeos. Me parece que tiene peso el argumento de reclamar elecciones anticipadas cuando un gobierno no logra aprobar presupuestos varios años seguidos, o cuando no consigue suficiente mayoría para legislar en el Parlamento. Pero también creo que un periodista crítico debe tener en cuenta siempre el contexto. ¿En qué medida el Gobierno tiene recursos para gestionar la vida pública en esta etapa en la que todavía tenemos miles de millones de fondos europeos para utilizar antes de fin de año? ¿Es o no cierto que España vive una situación económica y de empleo que es la envidia de Occidente desde hace ya varios años? ¿Es verdad o no que, a pesar de la obvia debilidad parlamentaria, se ha seguido legislando para mejorar la vida de millones de ciudadanas y ciudadanos? Y sobre todo: ¿es o no legítimo que un presidente de gobierno convoque elecciones cuando lo considere oportuno dentro de los límites constitucionales, como ha hecho cualquier otro jefe de gobierno de la democracia?

Y sigamos con el contexto. Si uno se limita a leer los titulares o escuchar el griterío sobre cada proceso judicial que afecta al PSOE, al Gobierno o al expresidente Zapatero, será difícil no caer en la tentación del “¡que se vayan, ya!”. Pero la obligación de un periodista decente (de cualquier demócrata no sectario) es analizar caso por caso, afecte a quien afecte. Sin prejuicios, pero también sin sumisiones acríticas. Lo escribo como lo pienso: ha pasado una semana larga desde que conocimos el auto del juez Calama contra Zapatero, después los informes de la UDEF y por último el sumario (casi) completo. Y me mantengo en lo escrito (ver aquí): no encuentro un solo indicio sólido y directo que sostenga la afirmación reiterada del juez que sitúa al expresidente como “líder de una trama de tráfico de influencias y blanqueo de capitales”. No lo encuentro yo ni lo han encontrado juristas “de reconocido prestigio” (ver aquí o aquí o aquí). Tiene mucho que explicar Zapatero sobre sus ingresos y los de sus hijas, pero me atrevo a insistir en que por esa vía también cabría exigir muchas explicaciones a Felipe González o a José María Aznar sobre su patrimonio, sus ingresos o los de familiares directos.

Nada más alejado de un espíritu crítico que lo conspiranoico. Pero Zarzalejos sabe perfectamente que las acumulaciones de supuestas casualidades con efectos políticos letales sólo son creíbles desde la ignorancia o la ingenuidad. Vivimos tiempos veloces en los que la excepcionalidad principal no es el sanchismo, sino los múltiples procesos paralelos y convergentes que vienen respondiendo de una u otra forma a ese “el que pueda hacer, que haga”. ¿En serio aceptamos como casual que las últimas “bombas” judiciales contra el Gobierno o sus entornos coincidan con el juicio oral de la trama Kitchen, el ejemplo más grave de una mafia que utilizó los recursos del Estado y la mismísima cúpula policial para obstruir la acción de la justicia contra la dirigencia del PP durante el Gobierno de Rajoy? ¿No tienen nada que decir el CGPJ ni las asociaciones de jueces –tan sensibles a cualquier crítica desde la política o los medios– sobre ese último auto del juez Peinado amenazando a Begoña Gómez con enviarle a la Policía si no acude a una citación que por ley no es obligatoria? (aquí).

Sabe muy bien Zarzalejos –y esto lo hemos hablado– que la llamada “crispación” político-mediática en España empezó con la campaña de intoxicación y desinformación en torno a los atentados del 11M (campaña que a él le costó la dirección de ABC por presiones de Esperanza Aguirre). Y también sabe que hubo un precedente de operación antidemocrática practicada por el llamado “sindicato del crimen” a finales de los 90 para dar la puntilla a los gobiernos de Felipe González, también afectados por casos de corrupción. Lo contó Anson unos años después en la revista Tiempo (ver aquí). Así que sí: sobran motivos para percibir que hay movimientos políticos, empresariales, mediáticos y judiciales que vienen abonando una especie de golpismo suave, sin armas pero con poderosas herramientas que utilizan sin descanso desde la instrucción del llamado procés catalán. Con la convicción –en algunos casos pregonada– de que hay que “salvar España” de quienes quieren, en su opinión, “cargársela”. Con la prepotencia de quienes consideran que este país es patrimonio exclusivo suyo, y que todo gobierno progresista debe ser un paréntesis, sobre todo si toca los intereses de determinadas elites económicas que se niegan a aceptar cualquier tipo de regulación, ya sea en el mercado especulativo de la vivienda, en el tecnológico o en el negocio de la desinformación.

Sostiene Zarzalejos que “resistir no es ganar”. Lo que uno cree es que resistir es, hoy por hoy, una obligación democrática que debe invitar al activismo en defensa precisamente de los valores que distinguen una convivencia respetuosa con las reglas que tenemos y con las vías que permitan mejorarlas o cambiarlas, de acciones políticas, judiciales o mediáticas que utilizan la mentira, la mera sospecha o la simple inquina para liquidar reputaciones personales y colectivas. En las urnas ganará quien gane, y gobernará quien consiga una mayoría parlamentaria. La ansiedad permanente no es buena, ni para la salud personal ni para la democrática. Y hay quien lleva sufriendo ansiedad y actuando bajo sus efectos desde junio de 2018, y más aún desde julio de 2023. Un poco de calma. Ya falta menos.

P.D. Inicia su columna Zarzalejos con la cita de un editorial de Manuel Chaves Nogales en Ahora (de una fecha en la que no era director, contra lo que dice Zarzalejos), pero que comparto en lo esencial: “No estando adscritos a partido alguno, no tenemos ningún dogma cerrado que defender. En cada caso y ante cada problema sustentaremos lo que nos parezca más útil a la República y al país”, o sea, a la democracia. Ahí estamos. De modo que, igual que Zarzalejos tiene derecho a defender a las derechas hasta el extremo que considere oportuno, debe aceptar que otros defendemos de forma transparente principios progresistas y rechazamos la deslegitimación permanente del adversario o su expulsión del gobierno por cauces antidemocráticos. Resistimos… y seguimos (si podemos contar con suscriptores suficientes).*Por cierto, para no caer en la ola hagiográfica sobre Chaves Nogales, más allá de 'A sangre y fuego' y su imprescindible (y manoseado) prólogo, son recomendables lecturas como la de Alfons Cervera (ver aquí) o la de Juan Carlos Mateos, 'La construcción de un mito', de editorial Renacimiento (ver aquí).

viernes, 29 de mayo de 2026

"LA DECENCIA DE CERRAR LAS VENTANAS". Daniel Innerarity, El País

Raquel Marín

La revelación irrelevante de conductas personales es políticamente devastadora porque desplaza el juicio de la prueba a la insinuación.

La leyenda de lady Godiva no habla solo de desnudez; habla, sobre todo, de decencia pública. Según la tradición, Godiva pidió a su marido, señor de Coventry, que aliviara la carga fiscal de sus vecinos. Él, intuyendo que la humillación sería más eficaz que la compasión, le impuso una condición cruel: atravesar la ciudad desnuda montada a caballo. Ella aceptó, pero pidió a los vecinos que se metieran en sus casas y cerraran puertas y ventanas.

John Collier la pintó en 1897. Godiva no mira al espectador. Su cabeza está inclinada, el cabello cae como un velo; el cuerpo, desnudo y luminoso, se repliega sobre sí mismo. Es quizá la imagen más reproducida del mito, pero no es una imagen de exhibición: es una imagen de pudor. Incluso en su desnudez más bella, Godiva pide que no la miren.

Lo importante de la leyenda no es el desnudo. Lo importante es que el pueblo no miró. Comprendieron que aquello no era espectáculo, sino sacrificio; que una mujer pagaba con su pudor una mejora para los demás. Tuvieron la decencia de no convertir la vulnerabilidad en entretenimiento. Esa es la clave moral: la dignidad de una sociedad se mide, a menudo, no por lo que puede ver, sino por aquello que decide no mirar.

La leyenda tiene, sin embargo, una cara oscura que la tradición registra con el nombre de Peeping Tom: un sastre que no cerró su ventana y pagó con la ceguera el precio de su curiosidad. Toda sociedad produce sus Peeping Toms: quienes convierten la desgracia ajena en entretenimiento y quienes, más peligrosamente, organizan el espectáculo para que otros miren.

Algo de esto ocurre cuando un procedimiento penal, antes incluso de probar un delito, desnuda la vida privada de una persona ante la opinión pública. La justicia debe investigar hechos penalmente relevantes, conductas antijurídicas y culpables, pero no convertir cada relación, cada mensaje o cada proximidad personal en una pieza de sospecha moral. Cuando esto ocurre, el objetivo no es probar un delito, sino producir una impresión: en muchas ocasiones, se trata de una filtración contra todo derecho que causa un daño, a veces irreparable, al imputado y no nos hace mejores a la ciudadanía, que nos convertimos en unos auténticos cotillas. La pregunta fundamental que ha de hacerse quien tiene en sus manos desvelar algo es para qué sirve: ¿a la causa judicial, para alimentar la curiosidad publica o para favorecer ciertas estrategias políticas? ¿Somos así los ciudadanos personas mejor informadas o mirones que han satisfecho su ración de indignación?

A menudo, la información sobre procesos judiciales en curso está repleta de conexiones hipotéticas y detalles escabrosos que nos distraen de lo esencial y que no tienen significado penal sino reputacional. La fijación en lo anecdótico o escandaloso, ¿mejora nuestra tarea de vigilancia democrática o funciona como una gigantesca distracción colectiva? El público crítico no es el que mira todo lo que le ponen delante, sino el que es capaz de preguntarse por qué le muestran eso y de ese modo.

Así, ni siquiera la función de vigilancia democrática puede ejercerse con plenitud, ya que la espectacularización de la vida política impide percibir todo aquello que no encaja en la categoría de lo sensacional, que resulta poco atractivo para el ciudadano-espectador, aquello que no impresiona ni es personal, cuanto no provoca rabia o envidia o indignación, todo lo que es normal, banal, estructural o complejo.

También los medios tienen que hacerse preguntas incómodas porque no pocas veces contribuyen a esta degradación de nuestra conversación pública. Cuando un medio se plantea si debe o no dar a conocer un comportamiento privado, las preguntas que debería hacerse son: ¿qué efectos tendría esto sobre la calidad de nuestra vida democrática? ¿Se trata de un conocimiento del que deben disponer los ciudadanos para evaluar la acción de sus representantes? Si hay que hacerlo, ¿guarda proporción el grado de publicidad con su pertinencia? ¿A quién beneficia y a quién perjudica (injustamente) determinada revelación o el modo de enfocarla?

La revelación irrelevante es políticamente devastadora porque desplaza el juicio desde la prueba hacia la insinuación. Mientras el derecho penal exige hechos, la opinión pública se conforma con atmósferas; mientras el juez distingue entre culpabilidad e inocencia, el escándalo solo necesita confundirlas durante el tiempo suficiente. El resultado es lo que podríamos llamar la pena de desnudez: una persona puede ser absuelta jurídicamente y quedar condenada socialmente, una vez que su intimidad ha sido expuesta, fragmentada y convertida en munición. Sin contexto, lo que decimos y hacemos, enjuiciados únicamente a partir de lo que dicen otros de nosotros mismos, no somos nada.

Aquí reside la responsabilidad política de quienes impulsan estos procesos. Desnudar a una persona ante la mirada pública no siempre es un daño colateral de la justicia; con frecuencia puede ser su verdadero objetivo. Existe una perversión específica en quienes, sabiendo que la prueba es insuficiente, se afanan en exponer los restos de la intimidad para mantener viva la sospecha. No se desnuda a alguien para servir a la verdad, sino para intimidar o destruir a un adversario, convirtiendo la humillación en arma política. Quien organiza el espectáculo no es un espectador curioso: es un actor que ha elegido su papel. También lo es quien pide más. También quien asiste complacido.

Se dirá que la transparencia exige explicaciones: las conversaciones, los vínculos, las decisiones. Es verdad, pero esa exigencia tiene un límite que conviene no olvidar: afecta a los actos públicos del poder, no a la vida entera de las personas. Confundir ambas cosas no es rigor democrático; es voyerismo institucionalizado.

Nadie resiste una transparencia absoluta. Todos vivimos rodeados de frases incompletas, vínculos equívocos, afectos desordenados, torpezas, fragilidades. Sacados de contexto, muchos gestos humanos parecen feos, pero no todo lo que incomoda a un observador exterior merece convertirse en reproche público. La confianza democrática no nace de verlo todo; nace de aceptar que no podemos, y no debemos, verlo todo, y convivir aun así bajo reglas comunes. Una sociedad construida solo sobre la vigilancia no es más virtuosa: es más desconfiada, más cruel y, al final, más autoritaria.

Por eso la leyenda de Godiva sigue interpelándonos. Ante la maquinaria que coloca a una persona desnuda en la plaza pública, la pregunta no es solo qué hicieron quienes promovieron, alentaron o aprovecharon el espectáculo. La pregunta es qué hacemos nosotros cuando nos invitan a mirar. También los ciudadanos y ciudadanas podemos tomar ciertas decisiones libres y responsables a este respecto. Porque mirar no es inocente ni inocuo: alimenta el poder de quien organizó la humillación, nos aparta de lo que verdaderamente está en juego y, al final, nos ciega. Visto lo cual, propongo que cerremos ciertas ventanas que no dan luz a nuestra existencia, sino que se asoman a un patio donde se desarrolla un espectáculo en el que se nos muestra todo para que no nos enteremos de nada.

jueves, 28 de mayo de 2026

«ESTADOS UNIDOS YA NO ES UNA DEMOCRACIA». Ricardo Dudda, Ethic 25 mayo 2026

La filósofa estadounidense Susan Neiman, directora del Einstein Institute y autora de ‘El mal en el pensamiento moderno’ (Debate, 2026), considera que el trumpismo es un nuevo fascismo. Sin embargo, observa que los estadounidenses ya están despertando y ve signos de esperanza en la oposición.

En enero, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció en Davos un discurso donde dijo que el orden liberal basado en normas era en parte falso y había sido destruido.

Luego contribuyó a destruirlo al aprobar la acción contra Irán en marzo.

¿Cree, como él, que el orden liberal era una «ficción útil»?

Me parece una opinión muy cínica. El problema es que el orden basado en normas o en leyes solo funciona si existen líderes que tienen la obligación moral de obedecerlo. Hemos visto cómo se ha destruido eso en Estados Unidos. Tengo otro libro, que saldrá en inglés y alemán a finales de verano y probablemente el año que viene en español, titulado Call It Evil. Trata de comprender el hecho de que el Estado de derecho y la separación de poderes son inútiles, como hemos visto en el caso de Trump, si no se tiene en absoluto ningún sentido moral. No me había sentido tan preocupada y disgustada desde septiembre de 2001. Al ver la guerra en Irán, pensé que era sorprendente que no hayamos aprendido la lección de prudencia que deberíamos haber aprendido después de la guerra de Irak.

Esa crítica al orden liberal recuerda a las críticas a la Ilustración, un tema que ha estudiado a fondo. Los críticos antiilustrados pensaban que era una fachada intelectual para justificar diversas opresiones e injusticias.

Vivimos en una era cínica y antiilustrada. La protagonizan las fuerzas de las que hablé en Izquierda no es woke, pero también otra fuerza que analizo en el nuevo libro, donde profundizo en la ideología económica y las interpretaciones erróneas que se han hecho, por ejemplo, de Adam Smith. Estas interpretaciones sugieren que no hay principios y que todo el mundo busca necesariamente su propio interés. Llevamos oyendo esto desde Trasímaco, que es como un joven posmoderno nihilista, salvo que tiene 2.500 años. Ahora hay más ideologías que refuerzan la «supremacía del interés propio». Lo que ocurre con los contrailustrados es que criticaban, por ejemplo, la hipocresía respecto al colonialismo, cuando los ilustrados decían que colonizaban a los pueblos por su propio bien. Pero había otras muchas suposiciones válidas. Es obvio que nos mueven el interés propio, la pasión y la envidia, pero se mezclan con otros motivos legítimos. Cuando alguien dice que ha hecho algo porque era lo correcto, siempre hay otros que intentan deconstruir esas palabras para descubrir otra cosa, un motivo oculto. La idea de los principios morales o el derecho internacional no es una ficción, pero tampoco está escrita en mármol. Para que sean reales, un número significativo de personas tiene que tomárselos en serio como una decisión libre, diciendo: «Aunque vaya en contra de mis intereses, es mejor que el mundo se rija por el derecho internacional». En Izquierda no es woke, me centré en unas ideas filosóficas que se generalizaron a través de las universidades. Aunque la gente no lea a Michel Foucault o Carl Schmitt, lee periódicos escritos por periodistas que han ido a la universidad y a los que les cuesta desprenderse de esta ideología. Tengo una amiga antropóloga, una apasionada luchadora por la socialdemocracia, que me dijo que «no puede hacer trabajo normativo» debido a su formación. Una vez que la gente siente que parece tonta por hacer afirmaciones normativas (sobre la moral y cómo debería ser el mundo), tenemos un problema. En mi nuevo libro, hablo más sobre economía. La idea de que la economía es el «mundo real» y todo lo demás no lo es es muy poderosa.

Es curioso cómo se malinterpreta a Adam Smith como un profeta del laissez-faire, sin tener en cuenta lo que escribe en libros como Teoría de los sentimientos morales. Se le considera un símbolo neoliberal, lo cual no es cierto en absoluto.

En mi nuevo libro, descubrí que esto fue deliberado. Un grupo de industriales de los años 40, 50 y 60 creó think tanks que prepararon versiones breves de 20 páginas de Adam Smith, al estilo de Reader’s Digest, omitiendo las partes que no encajaban en su agenda, como por ejemplo su crítica a los rentistas o su defensa del Estado. Los neoliberales censuraron su obra.

El pensador John Gray dice que el liberalismo fue un accidente histórico y que solo pudo producirse en una época de supremacía occidental. ¿Qué opina usted de su «liberalismo sin esperanza»?

Yo no soy liberal, soy de izquierdas. Hay una gran diferencia: no se pueden tener derechos políticos efectivos sin derechos sociales. John Gray es un liberal de tipo conservador. Desconfío de las personas que afirman saber lo que va a pasar históricamente. Hemos tenido demasiadas sorpresas, como el colapso de la Unión Soviética en 1991, que nadie vio venir. El liberalismo sin socialdemocracia es un callejón sin salida. No se puede tener igualdad ante la ley si las personas no tienen asistencia sanitaria, vivienda, condiciones de trabajo dignas, educación y acceso a la cultura. Me gustaría que Europa apreciara lo que ha conseguido como socialdemocracia. Si John Gray dice que el liberalismo está muerto y concluye que el único camino a seguir es a través de regímenes tiránicos semifascistas, yo diría: ¿qué tal si probamos realmente el socialismo? Si nos fijamos en Estados Unidos, ya no se puede llamar democracia. Incluso en Alemania, la brecha entre lo que quiere la mayoría de la gente y la política del Gobierno es extraordinaria. En Estados Unidos, vemos cómo los multimillonarios compran los medios de comunicación, lo que supone la muerte de los medios independientes, la base de una democracia.

¿Qué opina del debate sobre el uso del término fascismo para describir el autoritarismo de Trump?

No soporto la palabra autoritarismo.

Hay quienes dicen que el término fascismo es solo una forma de mostrar indignación moral y no ayuda a comprender el trumpismo.

En la primera página de mi nuevo libro se menciona que, en octubre de 2024, Mark Milley, exjefe del Estado Mayor Conjunto con Trump, declaró públicamente que Trump es «fascista hasta la médula». De repente, todo el mundo utiliza el término autoritarismo porque no quiere dar la voz de alarma. Federico Finchelstein señaló que uno de los argumentos en contra de que Trump sea fascista es que no ha iniciado guerras. Y mira ahora. Cumple todos los requisitos: no hay separación de poderes, se ha apoderado de los tribunales y los medios de comunicación, incita a su propio pueblo a la violencia y establece una distinción entre «nuestra gente» y «los otros». Deberíamos estar más indignados moralmente. Hablar de autoritarismo no cambia nada. Pero hablar de fascismo da la voz de alarma.

¿Cree que el término es útil para un público occidental que piensa que solo describe la década de 1930?

Cuando dijimos «nunca más» después del fascismo, ¿nos referíamos solo a que los alemanes no deberían otra vez meter a los judíos en vagones de ganado? No. Nos referíamos a que nunca más debía producirse algo parecido a eso. Estaba claro que si el fascismo llegaba a Estados Unidos, sería ligeramente diferente al nazismo o al fascismo italiano. Es obvio. Pero veo todos los elementos. Otra cuestión: Trump está socavando la legitimidad de las elecciones y sembrando dudas sobre ellas, lo cual es fascista.

¿Puede el trumpismo sobrevivir sin Trump?

MAGA [Make America Great Again] es claramente un movimiento fascista. Muchos estadounidenses se preguntan si podemos detenerlo. Hace poco pasé cuatro meses en Estados Unidos y, desde dentro, la situación parece mejor. Hay mucha oposición democrática. No siempre está bien organizada, pero es impresionante ver a la gente común oponiéndose al ICE. Todos los candidatos que han ganado las elecciones a corto plazo han sido demócratas de izquierda, como Zohran Mamdani. Si Trump no hubiera invadido Venezuela, habríamos tenido más tiempo para celebrar ese cambio. Vi más signos de esperanza hablando con la gente en los supermercados que con los intelectuales. Si hay unas elecciones libres y justas, creo que recuperaremos el Congreso con demócratas más progresistas.

Después de la captura de Maduro y la guerra en Irán, volvió a mencionarse mucho la obra de Carl Schmitt y su idea de las áreas de influencia. Es un autor que usted ha estudiado a fondo. ¿Vivimos en un mundo schmittiano?

Por desgracia, sí. Stephen Miller y J. D. Vance han citado a Schmitt. Es inquietante que haya gente en la Casa Blanca que defienda abiertamente a un teórico jurídico nazi. Lo peor es que muchas personas que se consideran progresistas también lo hacen.

Uno de los principales instigadores de la guerra en Irán es Israel. Una encuesta reciente en Estados Unidos reveló que, por primera vez en la historia, hay más estadounidenses a favor de Palestina que de Israel.

Las acciones de Israel en Gaza se han vuelto difíciles de digerir. El descrédito de Israel tiene muchos motivos. Por ejemplo, Israel ha instrumentalizado el consenso que siempre existió sobre el Holocausto para justificar otro genocidio. Es moralmente indignante. En Estados Unidos, hay bastantes estudiosos del genocidio que han calificado lo ocurrido en Gaza como genocidio (en Alemania todavía es tabú esa cuestión). Además, a los estadounidenses les desagrada la cercanía de Netanyahu con la extrema derecha. Israel se asocia ahora con el lobby proisraelí AIPAC (American Israel Public Affairs Committee), que gasta dinero para arruinar a los candidatos al Congreso que no apoyan al 100% la política israelí. Luego están los cristianos evangélicos fanáticos que quieren un apocalipsis en Oriente Medio para que Jesús regrese. Tienen más influencia en la política que los judíos porque son 40 millones. Da miedo que estas opiniones estén presentes en el ejército en este momento. Al final, los estadounidenses se darán cuenta de que Israel es el que más se beneficia de esta guerra. Los estadounidenses más jóvenes son más pro-Palestina, pero este cambio se está produciendo independientemente de la edad.

"QUIETO TODO EL MUNDO". Elvira Lindo, El País

Ignatius Farray, fotografiado en el barrio de Malasaña de Madrid Hay políticos que a veces juegan a ser humoristas. No funciona y a veces da...