viernes, 25 de septiembre de 2026

"EL MARCO MENTAL DE LA CRISIS DE CEUTA". Daniel Innerarity, El País

EVA VÁZQUEZ

El miedo al crecimiento de la extrema derecha puede llevarnos a combatirla aceptando su descripción del mundo

La crisis de Ceuta, aunque se haya designado como una invasión física, es un asalto mental a nuestros conceptos y marcos de interpretación que aceptamos con servil estupidez, en el entorno de la oposición, pero también en buena parte de la opinión pública progresista que apoya al actual Gobierno. Es un buen ejemplo de cómo funcionan los marcos mentales y las agendas o, mejor, cómo algunos están empeñados en que funcionen, para beneficio propio y desconcierto del público en general.

Sabemos que cuando jugamos en campo contrario, con las reglas de otros y el arbitraje en contra sería un milagro que no perdiéramos. Casi nunca se trata de una manipulación directa, sino de una sutil persuasión para establecer un nuevo sentido común en la que con frecuencia colaboramos sin ser muy conscientes de ello. La paradoja consiste en que el miedo al crecimiento de la extrema derecha puede llevarnos a combatirla aceptando su descripción del mundo, por ejemplo, demostrando que nosotros también podemos imponer el orden o la seguridad según ellos los entienden.

Se me ocurren al menos cuatro interpretaciones y significados que se han erigido desde que se desató la crisis de Ceuta y que hemos aceptado de una manera poco crítica. Los mejores análisis han coincidido en designarla como una crisis en la que intervienen múltiples factores (los migrantes, Marruecos, la sentencia del Tribunal Supremo), en un escenario peculiar (una pequeña ciudad fuera del espacio Schengen) y en la que deben intervenir diversos actores (el gobierno autonómico, el de España con distintos ministerios, la oposición, la Unión Europea, los medios de comunicación), con actores políticos mucho más interesados en la competición que en la colaboración. El intento de imponer una nueva hegemonía pasa, de entrada, por simplificar: poner el foco en un solo factor, generalmente en términos de culpa frente a unos inocentes: sean los migrantes, Marruecos o el Gobierno de España. Por supuesto que hay diferentes grados de responsabilidad, quién agrede y quién es agredido, pero la rotunda simplificación que se pretende tiene éxito cuando solo aparece un culpable singular y se silencia, por ejemplo, la falta de solidaridad de las comunidades autónomas gobernadas por el PP y Vox, que se han manifestado en la calle pero no han puesto ningún recurso a disposición de posibles traslados para aliviar a la población de Ceuta o la propia negativa del Gobierno autónomo a colaborar en la gestión de espacios seguros de acogida.

Otra de las operaciones para que se imponga una nueva visión sobre la crisis es plantearla en el lenguaje de la firmeza, el poder, el control o la soberanía. Toda lo que se refiere a los derechos de las personas que allí se encuentran o la dimensión diplomática desaparece cuando se reclama únicamente un poder con determinación que resuelva rápidamente lo que, como es obvio, requiere un trabajo que durará semanas o meses. Tiene mucho que ver con esto la operación de descargar toda la responsabilidad en el presidente (qué invento más rentable lo del antisanchismo, qué gran instrumento de simplificación). Ahora resulta que en un Estado compuesto todo depende de él y se malogra por su falta de olfato o por sus vacaciones, cuando en vez de coordinar debería estar dando ruedas de prensa en la ciudad autónoma, como Ayuso en la sierra de Madrid durante los incendios. Una variante de esta personalización es hacerlo depender todo de una visita del Rey a Ceuta, otro de los grandes temas de la discusión pública este verano.

Si personalizar es un error (a veces, muy voluntario), es porque estamos en un proceso que involucra a muchos autores y no se puede acortar en el tiempo sin incurrir en algunos de los errores cometidos en la crisis de 2021 y que se saldó con lesión de derechos y dos personas inhabilitadas. Por lo visto no queremos un presidente que descanse (no estaba en El Ventorro precisamente y seguro que en todo tiempo conectado). Por cierto: qué visión de la cultura tienen quienes le reprochaban haber recomendado libros y canciones durante la crisis, como si no pudiera hacerse otra cosa en periodos de crisis, es decir, la inmensa mayoría del año, al paso que vamos, con incendios y guerras.

Otra estrategia es acompañar el lenguaje de la inmediatez y la efectividad con términos rotundos: todo se reduce al poder, la soberanía, las fronteras, la determinación y la firmeza ejecutiva, el lenguaje de la autoridad, el adentro frente al afuera. El principal error serían la descoordinación, al tiempo que se exige órdenes directas de quien debería coordinar. Se incurre también en la contradicción de achacar debilidad a quien se acusa también de autoritarismo. Es una concepción del poder muy reveladora de cómo desearían ejercerlo sus críticos, muy poco compatible además los valores y procedimientos democráticos y con la realidad compuesta del Estado.

La manipulación más inquietante y perversa es la de hacer pasar por agresores (asaltantes, hordas, se les ha denominado) a las víctimas (o al menos a las más vulnerables, más aún que la población ceutí, sometida también a una fortísima tensión), entre ellas, sobre todo, a las niñas (a las que hasta la fecha solo han acogido los Gobiernos de Navarra, Euskadi y Cataluña). En vez de una crisis con dimensiones de derechos humanos y nuevos riesgos, se utiliza el lenguaje de la invasión. Lo siguiente es deshumanizar su situación atribuyéndoles conductas y amenazas que les situarían fuera de nuestra común humanidad. Qué poco se habló al principio de las más de 140 personas ahogadas, que parecían un accidente natural y sin capacidad para sobrecogernos. Al mismo tiempo se han extendido bulos acerca de su comportamiento brutal (que violan y comen animales). Esto supone una preocupante inversión de la mirada. Como sucede con el fenómeno de la migración en general, llevamos tiempo escuchando discursos que presentan a quienes vienen como si fueran unos fuertes invasores y a nosotros como débiles víctimas, para que no nos preguntemos qué responsabilidad podemos tener en ello y cuáles serían nuestras pasadas y presentes obligaciones.

Si las extremas derechas y las que anteriormente no lo parecían tanto están resultando exitosas es porque, en vez de estar en la solución de los problemas, han descubierto que es más interesante en términos electorales cabalgar las crisis y servirse de ellas para desgastar a los gobiernos y esperar que una catástrofe mal resuelta se los lleve por delante. El problema consiste en que llevamos tiempo ayudándoles involuntariamente a que esa operación les salga bien, al darles la razón con la manera de designar esos problemas. Las batallas políticas comienzan con la denominación de lo que está en juego. Propongo dar esas batallas desde el principio, sin otorgarles una ventaja que no merecen.

jueves, 24 de septiembre de 2026

"EL INSULTO COMO ARGUMENTO". Juan González-Posada, Tribuna Valladolid

El 14 de marzo de este año murió, en su casa de Starnberg, el hombre que mejor había explicado por qué merece la pena que dos desconocidos discutan de política sin insultarse. Jürgen Habermas dedicó buena parte de su obra a reconstruir el origen de algo que hoy damos por perdido: la esfera pública burguesa, ese espacio nacido en los cafés londinenses y los salones parisinos del siglo XVIII donde aristócratas y burgueses, dejando el rango en la puerta, empezaron a discutir primero de literatura y después de política, usando un solo criterio para decidir quién tenía razón: el mejor argumento. No era una utopía: era, literalmente, un local con mesas y sillas. Y de ahí, según Habermas, salió la idea misma de opinión pública tal y como la seguimos invocando.

Seis meses después de su muerte, conviene preguntarse qué queda de esa idea. La respuesta, a la vista de cualquier tertulia o sesión de control al Gobierno, es que casi nada. El insulto ha ocupado el lugar del argumento, y lo ha hecho con una naturalidad que hace una década habría sido impensable. El ejemplo más claro lleva ya años instalado en la vida pública española: el grito de "Pedro Sánchez, hijo de puta", nacido en manifestaciones de la derecha y la extrema derecha, se corea hoy con toda normalidad en mítines y conciertos, y hasta en las gradas del circuito de Fórmula 1 de Madrid hace apenas unos días, mientras sonaba el himno nacional, sin que a nadie se le exija acompañarlo de un solo argumento. Y cuando eso no basta, el siguiente escalón es la amenaza o directamente el golpe. No hace falta demostrar nada: genera más titulares que cualquier propuesta política y obliga al otro a defenderse de una descalificación en lugar de explicar lo suyo. Ya no se debate para convencer. Se gana insultando.

Funciona porque toda sociedad controla quién tiene derecho a hablar. Lo hace mediante procedimientos de exclusión: mecanismos que no discuten lo que se dice, sino que apartan a quien lo dice, como la prohibición de ciertas palabras, la separación entre razón y locura, o la voluntad de verdad que legitima unos discursos y descalifica otros. El insulto, la amenaza y la agresión son, sencillamente, la versión más rápida y más barata de todos esos procedimientos. Cuando una plaza entera corea "hijo de puta" al presidente del Gobierno, no se está respondiendo a ningún argumento suyo: se le está expulsando de la conversación, literalmente a gritos, antes de que pueda terminar una frase. Es más barato descalificar al mensajero que desmontar el mensaje, y les funciona mejor.

Lo mismo pasa con el bulo, que gana terreno tan fácilmente frente a lo que sí se puede comprobar. La verdad de los hechos siempre es frágil ante el poder, porque cualquier suceso concreto podría perfectamente no haber ocurrido, y esa contingencia es la grieta por donde entra la mentira. No necesita ser más convincente que lo real: le basta con circular más rápido y provocar más indignación, porque no compite con la verdad en el terreno de la razón, sino en el de la velocidad. Y esa carrera la gana casi siempre quien tiene el megáfono más grande, no quien tiene razón. Miguel Ángel Rodríguez, jefe de gabinete de Ayuso, lo confesó este año como testigo en el juicio al fiscal general del Estado: reconoció haber lanzado, sin ninguna fuente real, una acusación contra la Fiscalía, y se defendió diciendo "soy periodista, no soy un notario que necesite una compulsa". No hacía falta que fuera verdad. Bastaba con que circulara.

Esa carrera por la velocidad tiene, en la era digital, una forma que describió el filósofo Byung-Chul Han en "En el enjambre". Lo llamó shitstorm: una descarga colectiva, anónima e inmediata de indignación que no delibera, no argumenta, no espera respuesta. El enjambre digital, escribió, ha sustituido por el ruido el respeto, esa distancia mínima entre las personas que hacía posible el debate. No hace falta ni un argumento para generarlo: basta con una foto sacada de contexto o una frase corta bien elegida. Al café de Habermas se iba a sentarse frente a alguien con nombre y cara; al enjambre de Han se entra para gritarle a un perfil, casi nunca a una persona.

Queda una última pregunta: qué gana quien se suma al griterío, no solo quien lo empieza. El pensador René Girard tiene una respuesta incómoda: las comunidades se cohesionan señalando y castigando juntas a una víctima común, y ese ritual de culpa compartida produce un placer social real, casi religioso, que no depende de si la víctima merece o no el castigo. Cuando esa plaza corea "hijo de puta", no solo lo aparta a él: se une a sí misma. El insulto compartido no es solo un arma contra el otro. Es el pegamento de quien lo lanza.

El resultado se puede medir. El barómetro del CIS de enero de este año reflejó que casi el ochenta y nueve por ciento de la ciudadanía española percibe mucha o bastante crispación política: casi nueve de cada diez personas viven ya la política como un ambiente, no como un debate. Y esto se repite, con variaciones locales, en cualquier democracia donde las redes hayan sustituido al café como espacio de discusión pública.

Lo verdaderamente grave no es que la gente se insulte, siempre lo ha hecho, sino que hacerlo se haya convertido en la forma más rentable de ejercer la política. El insulto no necesita estar justificado, ni ser coherente con lo dicho ayer: basta con que genere más reacción que cualquier propuesta. Mientras eso siga siendo verdad, ningún político tendrá incentivos para argumentar, y cada ciclo de crispación allanará el camino al siguiente, un poco más bajo que el anterior: es lo que la socióloga Diane Vaughan llamó "normalización de la desviación". Cada transgresión sin castigo no vuelve al punto de partida. Se convierte en el nuevo suelo desde el que empezar la próxima.

Habermas murió convencido de que la razón comunicativa, la idea de que dos personas pueden ponerse de acuerdo si intercambian argumentos de buena fe, seguía siendo posible, aunque los medios de masas la hubieran maltratado. Puede que tuviera razón en el diagnóstico y no en el pronóstico. Los cafés donde nació la opinión pública no han desaparecido: siguen abiertos, con wifi gratis, y la gente los sigue llenando con el móvil en la mano. Solo que ya no se sientan a discutir de tú a tú. Se sientan a mirar, cada uno por su lado, el enjambre, y a veces a lanzarle una piedra.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

"FIEBRE, ARREBATO Y NÉMESIS". Irene Vallejo, El País

FERNANDO VICENTE
Cuando cotizan al alza el narcisismo y la arrogancia, se dispara la inflación de odio al diferente y al desamparado

¿Te crees muy lista? Fui una niña parlanchina, preguntona y respondona, reñida con el argumento de autoridad. Por eso, supongo, me acusaron tantas veces de sabelotodo. Tal vez lo fuera, pero con el paso de los años he descubierto que esa vanidad abunda por doquier. Según repetidas encuestas, prácticamente todos nos consideramos más atractivos, inteligentes, simpáticos y honrados que la mediana poblacional, lo que es estadísticamente imposible. Nadie se identifica con el individuo promedio, mucho menos por debajo. Con elegancia irónica y socarrona, estos resultados prueban que, por defecto, tendemos a sobreestimarnos. No somos árbitros fiables de los méritos propios.

Esa superioridad ilusoria suele justificarse con razones estrafalarias. El supremacismo blanco, por ejemplo, exalta una mutación que decoloró a los migrantes en su adaptación al norte. Los grupos de homo sapiens que partieron de África hacia otros continentes tenían la piel oscura, escudo natural ante el sol abrasador de su tierra. En latitudes frías y menos soleadas, una piel clara absorbía más luz y ayudaba a fabricar vitamina D, evitando el raquitismo y los huesos blandos. No se extendió por ser más bella, signo de elegidos o destino manifiesto. Fue un cambio, en origen azaroso, que se expandió gradualmente y con variadas gamas, porque resultaba útil para sobrevivir en otros climas: ventaja aquí, desventaja allá. Parece extravagante entonar hoy odas entusiastas a la despigmentación; con la misma lógica, podríamos considerar a la gente canosa como la cúspide de la especie.

El racismo es, en términos históricos, un fenómeno reciente: la clasificación en razas —y no en pueblos— cundió entre la población solo en época moderna. Según la antigua mitología, los dioses griegos amaban y visitaban con frecuencia el pueblo etíope en su reino del sur. Odiseo afirma, trenzando hexámetros homéricos, que nunca vio un hombre más hermoso y gallardo que Memnón. Este héroe negro, adversario de Aquiles, protagonizó una epopeya del ciclo de Troya, la Etiópida, hoy reducida a fragmentos. Siglos después, el historiador Heródoto aseveró que los etíopes eran los más altos y apuestos del mundo. En aquel país de resonancias legendarias situó la fuente de la juventud.

En nuestro imaginario colectivo sigue vigente la idea de que las razas conllevan diferencias decisivas. Sin embargo, los científicos no han encontrado genes que permitan agrupar a las personas en categorías raciales coherentes. Ante el solapamiento de rasgos independientes entre sí, como el tono de la piel, el color de ojos y la textura del cabello, el concepto de raza se ha resquebrajado, y en la investigación contemporánea carece de validez biológica. Además, los análisis de ADN han demostrado que la diferencia genética entre dos individuos cualesquiera representa menos del uno por ciento. Los humanos somos mucho más parecidos entre nosotros que la mayoría de mamíferos dentro de su especie. La nuestra es una combinación asombrosamente rara: los animales más extendidos por el planeta y, a la vez, los más cohesionados genéticamente. La expresión “nuestros semejantes” es literal: tan idénticos somos que necesitamos inventar diferencias insalvables.

Los ronroneos de la vanidad acariciada dan gusto, es cierto. Pero creerse mejor que los demás conlleva riesgos. Las más poderosas dinastías y monarquías, proclamándose únicas, diferentes e intocables, han practicado a lo largo de los siglos la endogamia. La condición de elegidos y la sangre azul no debían contaminarse. Así, por cierto, los bienes quedaban en familia. Sin embargo, los matrimonios dentro de poblaciones cerradas incrementan las enfermedades hereditarias de la descendencia. El dorado y célebre faraón niño Tutankamón accedió al trono con once años. En su estirpe era habitual el matrimonio entre familiares, los preferidos de los dioses. Frente al despliegue hipnótico de lujos en su tumba, fácilmente olvidamos que murió enfermo con diecinueve años. Entre los sarcófagos de oro macizo, las joyas, los carros de combate y el esplendor de su ajuar funerario, en un ángulo oscuro reposan los bastones del adolescente frágil, que sufría varios síndromes, una enfermedad ósea y una malformación en el pie. Junto a sus propiedades y riquezas, junto a sus ínfulas exclusivas, la gota, la sífilis, el prognatismo o la hemofilia han formado parte de las herencias imperiales.

Como explicó el teórico ruso Mijaíl Bajtín, la risa es nuestro mejor instrumento para poner música —y carcajadas— al absurdo de la desigualdad. Por eso, adoro esos momentos juguetones en que los héroes arrogantes reconocen su pertenencia a la familia numerosa del despropósito humano. En Grecia circuló la epopeya humorística Margites, atribuida al mismísimo Homero, una parodia de la Ilíada y la Odisea. Gracias a menciones de otros autores, sabemos que el tal Margites era torpe y solía fracasar en sus quehaceres épicos. De ese famoso personaje, escribió Aristóteles, procede la estrambótica genealogía de la comedia. Es sintomático que el poema se perdiera. Pero Margites no fue el único en asumir su ridiculez. Cuenta la leyenda que, en cierta ocasión, mientras Heracles dormía a la orilla de un sendero, dos gemelos salteadores de caminos le birlaron las armas. Heracles los capturó y, como castigo, los ató cabeza abajo a un palo que cargó a hombros, como quien acarrea cubos de agua a la espalda con un madero. Los hermanos rompieron a reír porque así colgados tenían ante los ojos el trasero de Heracles, peludo y feísimo. Heracles preguntó por su jolgorio y, cuando supo de la desairada espesura de sus nalgas, le pareció tan cómico que entre risotadas dejó ir a sus deslenguados prisioneros.

Los griegos llamaban hybris a la locura que se desata cuando alguien, enfebrecido por el poder, sufre un arrebato de arrogancia; cuando ejerce intimidación y violencia sobre los demás, quebrantando las leyes humanas y divinas. El individuo infatuado y que cree merecerlo todo —pensaban— rompe los equilibrios universales que rigen el mundo. En una espiral sin retorno, el soberbio era poseído por la ofuscación y las ideas necias, y después Némesis —diosa de la justicia distributiva, la solidaridad y la venganza— le aplicaba el castigo destinado a quienes ultrajan a los demás. Némesis era una antigua divinidad, la santa patrona de la colaboración y la indignación, encargada de suprimir la desmesura. Su nombre viene de némein, “dar a cada cual lo que corresponde, repartir”. Cuando un hombre se jactaba de sus riquezas sin aliviar la pobreza del prójimo, Némesis intervenía para reprenderlo. Arrastró al rey Creso, ufano de sus lujos, convencido de su grandeza y demasiado seguro de la victoria, a una expedición contra los persas en el actual Irán, donde sufriría un trágico descalabro.

Contra esta antigua sabiduría, la nueva consigna social en las redes y la autoayuda nos impulsa a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos, a “maximizarnos” –según la jerga de moda– en una pendiente que se desliza fácilmente hacia el sentimiento de superioridad hacia quienes carecen de dinero, hogar, tiempo, disciplina o un cuerpo cincelado. Y así nosotros, criaturas que nacemos frágiles y permanecemos más tiempo que ninguna otra en el desvalimiento, vamos olvidando nuestras limitaciones, el valor de la colaboración, la necesidad de los otros. Tal vez por eso, cuando cotizan al alza el narcisismo y la arrogancia, se dispara la inflación de odio al diferente y al desamparado. Némesis, experta en bajarnos los humos, susurra que sentirnos mejores que otros es solo una ilusión, un error que nos arrastra al horror.

lunes, 21 de septiembre de 2026

"LA PATRIA DE MBAPPÉ". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

La pregunta es si un cuerpo que llega tiene todavía derecho a ser mirado como un ‘alguien’ antes de ser instrumentalizado

Cuando Ursula von der Leyen ofreció en Estrasburgo convertir a Canadá en el primer “miembro asociado” de la historia europea —una asociación reforzada, no una membresía de pleno derecho—, dio por sabido algo que rara vez decimos en voz alta: que Europa dejó de ser un lugar en el mapa para ser una manera de entender la convivencia, y que se es europeo no por nacer dentro de una frontera, sino por suscribir lo que Europa asegura defender, la democracia y el Estado de derecho, ese orden liberal que se resiste a morir. Es la versión más halagadora que solemos contarnos de nosotros mismos, la de una comunidad que no encierra, sino que acoge. Y sin embargo, minutos después, en el mismo discurso, la geografía que acababa de declararse irrelevante se volvió inevitable. Bastó con que el asunto pasara a ser la frontera sur. Von der Leyen proclamó que todas las fronteras exteriores son fronteras europeas y anunció un mecanismo de emergencia pensado para llegadas como la de Ceuta. El mapa regresaba al centro, no como aquello que se comparte para pertenecer, sino como una línea trazada para que otros no lleguen. La frontera no como criterio de pertenencia, sino como línea de defensa. Ahí está la paradoja. Alguien que ha llegado a Ceuta está, físicamente, dentro de Europa, pero lo que se encuentra no es una pregunta sobre sus derechos, sino una maquinaria que lo administra para expulsarlo. Para Marruecos solo es un arma arrojadiza, munición de un ataque híbrido; para quienes gritan “¡Que los devuelvan!”, una invasión; para quien gestiona la frontera, una cifra en una hoja de cálculo. Tres miradas distintas, pero en ninguna de ellas se habla de personas, solo de cuerpos que pueden convertirse en arma, en invasión, en cifras que se añaden o se tachan.

Es verdad que no hay un “nosotros” sin borde, que toda comunidad política es finita. Pero el problema no es que Europa trace una frontera, sino que finja que hacerlo no es una decisión suya. Von der Leyen, desde arriba, mueve la línea: la borra para Canadá y la repone para Ceuta con idéntica naturalidad, como si la pertenencia fuera algo que Europa concede y retira según le convenga. Y es contra esa lógica, la de una pertenencia que se presta y se quita, contra la que se plantaron Mbappé, Vinicius y Konaté cuando saltaron al campo con la camiseta doblada, tapando el lema “Todos somos caballas”. Tres jugadores que ya están dentro del perímetro, de ese “nosotros” que la camiseta da por descontado, y a los que ese mismo público que los corea les recuerda, cuando fallan un penalti, de dónde vienen sus apellidos y de qué color es su piel. Al doblar la camiseta no rechazaban la solidaridad con Ceuta: rechazaban que se la sirvieran envuelta en un “nosotros” nacional al que se les deja entrar y salir según convenga. Mbappé lo explicó con sencillez: no quería elegir un sufrimiento sobre otro. Impugnaba un “todos” que excluye al que llega a la valla. Pero el gesto dice más de lo que él dijo. Lo que los jugadores exigen es justo lo que Ceuta y quienes de ella se aprovechan deniegan a diario: ser vistos como alguien, antes de ser clasificados o usados. Por eso el jugador reclamado solo cuando rinde y el migrante percibido solo como amenaza son dos caras de un mismo “nosotros” instrumental. Y es en esa negativa a dejarse vestir de un “todos” intermitente donde cabe esa pregunta que Europa clausura antes de formularse: la de si un cuerpo que llega tiene todavía derecho a ser mirado como un alguien antes de ser contado, devuelto y, en última instancia, instrumentalizado.

domingo, 20 de septiembre de 2026

"GALLETAS, ASESINATOS Y OTROS DEPORTES". Luis García Montero, infoLibre.es

Recordar el pasado y defender la memoria histórica es ahora una apuesta decisiva

De trabajo en Mánchester, mientras preparamos desde allí la apertura de una Cátedra Cervantes en la Universidad de Queen's de Belfast, Martín López Vega me lleva a visitar el People's History Museum. Había tenido ya la oportunidad de ver hace unos años este museo de la gente, y conocí los testimonios que conserva de la Guerra Civil española. Pero noto que ahora me emocionan más las fotografías de los bombardeos, el miedo en una situación de terror y la necesidad de sobrevivir que se mezcla con el espanto, pero también con la inocencia de los niños.

Las imágenes con las que convivimos en los últimos tiempos, la barbarie del genocidio que Israel y Estados Unidos están sosteniendo en Palestina, las cifras de niños muertos y el paisaje de los escombros y la aniquilación de la dignidad democrática internacional, se mezcla de nuevo con mi propia historia, por ejemplo, cuando veo una fotografía del poeta Federico García Lorca que ilustra la noticia de su asesinato o los cadáveres de unas mujeres españolas después de un bombardeo. Apuntan desde luego al corazón, lo mismo que las cartas de los niños. Son documentos que se mezclan con la historia, pero también con el presente.

Leo una carta en la que un niño agradece los envíos de leche recibidos de una organización solidaria y aprovecha para preguntar si en Inglaterra por casualidad habría también galletas. A otro niño, ya en el exilio, se le invita a decir qué deporte le gusta más. Quizá aconsejado por alguna de sus maestras, afirma que lo más deseable es que se le deporte a México. Y muchos de esos niños acabaron en México, como el poeta Luis Cernuda, que fue destinado al Reino Unido para ayudar en lo posible a una infancia maltratada por el terror. Los dibujos de trenes y barcos, el vuelo de los aviones en el lápiz de los niños, las cartas de las madres separadas de sus hijos y las revistas ilustradas con los testimonios de la crueldad me devuelven por desgracia del pasado al presente.

Se notan dos direcciones en las dinámicas inglesas de entonces. Había quien consideraba mejor cerrar los ojos, no darse por enterados de lo que ocurría en España para no ofender al nazismo alemán, y también había quien consideraba el sufrimiento español de 1937 como un anticipo de lo que no tardaría en sufrir el mundo entero. Se estaba permitiendo que personajes como Hitler fuesen a más sobre Madrid, Barcelona, Bilbao para ejercer sin escrúpulos el autoritarismo y la violencia. Así estaban las cosas en el pasado, y así están ahora. Por eso lo documentos que veo en el People's History Museum de Mánchester me conmueven más que cuando los vi por primera vez hace unos años. Nos equivocábamos al creer que el mundo había superado para siempre algunas realidades simbolizadas por el golpe de Estado de 1936 y la Guerra de España, anticipo de los campos de concentración en Alemania o los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki.

Recordar el pasado y defender la memoria histórica es ahora una apuesta decisiva. Dentro del festival literario Centroamérica Cuenta, que preside el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, se ha presentado en España el libro Lo intolerable (Anagrama, 2026) de Enrique Díaz Álvarez, un ensayista mexicano que estudia los vientos históricos de nuestro presente. Como en las épocas más cruentas de la historia, quieren inclinarnos a aceptar aquello que no tiene justificación humana. Se pervierte la palabra tolerancia para guardar silencio ante la crueldad. Pero defender la tolerancia exige también denunciar lo que resulta intolerable. La barbarie no es sólo un asunto público, necesita la indiferencia, las ventanas cerradas y la corrupción de las conciencias individuales. Habitamos un mundo que quiere obligarnos a aceptar lo intolerable.

Si no asumimos ya una militancia activa en favor de los derechos humanos universales, volveremos a pasar de los deportes a las deportaciones y beberemos leche recordando con nostalgia el sabor pacífico de las galletas.

sábado, 19 de septiembre de 2026

"ABDELKRIM NO QUERÍA MELILLA". Najat El Hachmi, El País

Las fuerzas españolas que retomaron la plaza fuerte de Monte Arruit
observan los cadáveres, aún sin enterrar, de los soldados muertos
durante la batalla, tres meses antes.
La ultraderecha aprovecha la crisis de Ceuta para reivindicar las guerras coloniales en Marruecos, que fueron un desastre sin paliativos

Los hechos de Ceuta este verano han avivado un vergonzoso nacionalismo colonizador. El debate postcolonial español se centra siempre en América Latina, pero la última penetración de este tipo que llevó a cabo España fue a principios del siglo XX: la del norte de Marruecos, la zona que acabaría convirtiéndose en el Protectorado Español (que nada protegió). Pero no es la entrada masiva a Ceuta lo que ha reavivado una historia olvidada sino la ideología de esa derecha extrema y racista, que necesita un enemigo exterior para aglutinar el malestar colectivo y un sentir patriótico del que se apropian como si solo se pudiera ser español a su manera. Mucho antes de que el Gobierno de Marruecos (que no el pueblo de Marruecos) permitiera la invasión del antiguo presidio español, la fundación Disenso, brazo ideológico de Vox, ya organizaba conferencias para reivindicar el desembarco de Alhucemas. Los de Abascal se quejan de que no hayamos celebrado la efeméride.

¿Pero qué vamos a celebrar? ¿Que hace cien años este país se embarcó en una guerra absurda que no querían más que los empresarios que tenían intereses económicos en la zona? ¿Que fue un matadero para los hijos de los pobres mandados todos a una muerte segura? ¿Que el Ejército español sufrió una vergonzosa humillación, en parte debido a la corrupción que lo corroía por dentro? ¿Que tardó 18 años en someter a unos moros primitivos y harapientos con fusiles viejos, comiendo tortas de cebada e higos secos, que resistieron la penetración extranjera hasta el punto de sacudir la monarquía y el Gobierno de entonces?

“Operación híbrida”, “gran victoria”, dicen los que quieren devolvernos a los tiempos predemocráticos en los que matar y doblegar la voluntad de los “indígenas” era signo de hombría. No cuentan que, sin la intervención de Francia, España habría perdido esa contienda ni que lo único que hacía Abdelkrim, el líder de la resistencia anticolonial, era defender su tierra. Quieren confundir esa defensa de lo propio por parte de unas tribus que nada tenían que ver con el gobierno de Marruecos, que estaba en manos de un sultán rendido a los intereses extranjeros, con lo que ha pasado en Ceuta. Cuando Abdelkrim nunca reclamó ni Ceuta ni Melilla, cuya españolidad no puso jamás en cuestión. Y dudo mucho que los marroquíes de hoy, los ciudadanos de a pie, tengan ningún interés en esa ambición territorial. Eso es cosa del nacionalismo de Rabat que no solo no se parece en nada al de Abdelkrim sino lo contrario: un sistema extractivista, también colonizador del Rif.

viernes, 18 de septiembre de 2026

Santiago Alba Rico (2026), “Gaza y el destino del mundo. Un ensayo sobre la verdad, el poder y el retorno de la barbarie”. Barcelona, Arpa Editores


Hay lugares que, a fuerza de concentrar el horror del mundo, trascienden su geografía para convertirse en conceptos. Así ocurrió con Auschwitz o con Hiroshima y, ahora, con Gaza. Ya no está solo en Palestina, sino en nuestra imaginación, en nuestra conciencia y, si se quiere, en nuestra tradición moral. Nombra una época que termina y otra que empieza bajo reglas distintas.

Este libro no es una historia del conflicto palestino-israelí ni una denuncia de los crímenes de Israel, o no solo eso. Es la profunda y conmovedora reflexión de Santiago Alba Rico sobre lo que Gaza revela de nosotros: de la historia de Europa, del antisemitismo como proyecto de expulsión, del colonialismo como forma de construir Estados humanistas sobre ruinas y del derecho internacional como frágil consenso inhibidor de la barbarie que hoy vemos desaparecer. Un texto para pensar el mundo después del genocidio, cuando ya no basta con mirar, sino que hay que imaginar un futuro.

"EL MARCO MENTAL DE LA CRISIS DE CEUTA". Daniel Innerarity, El País

EVA VÁZQUEZ El miedo al crecimiento de la extrema derecha puede llevarnos a combatirla aceptando su descripción del mundo La crisis de Ceut...