domingo, 21 de junio de 2026

"LA AGENDA DE LOS ULTRARRICOS". Azahara Palomeque, Publico.es

Manifestación contra la celebración por el establecimiento
de Elon Musk como primer billonario del mundo

En la era del exceso y la aceptación social de la inmoralidad –desde algunos sectores, incluso con aires celebratorios– ha pasado por legítimo un hecho que debería provocar estupor: Elon Musk, tras la salida a bolsa de su empresa SpaceX, dedicada a la actividad aeroespacial en conjunción con la Inteligencia Artificial, se ha convertido en el primer billonario del mundo. "Billonario" siguiendo la acepción del neologismo en castellano; pues billionaire, en el diccionario anglosajón (mil-millonario), ya lo era. Se calcula que el magnate posee la misma riqueza que el 46% más pobre de la población: unos 3.800 millones de personas. La cantidad, nunca antes acumulada en las manos de un solo individuo en la historia de la humanidad, nos habla de un mundo con los niveles más altos de desigualdad –como ya analizara el economista Thomas Piketty–; de la falta de políticas fiscales redistributivas y la permisividad generalizada ante este hecho; de una injusticia estructural embadurnada con la falsa pátina de la meritocracia. Además de todo ello, esa cifra de sonoridad estrambótica, que obliga a construir otro lenguaje, apunta, sobre todo, a una nueva reconfiguración del poder mediante la acción de empresarios que trazan su propia agenda política, y la exhiben impudorosamente ante los ojos admirados de muchos.

Si uno se da un paseo por Hollywood, comprobará las enormes colas que se forman de ciudadanos de a pie deseando realizar un tour alrededor de las mansiones de famosos. La gente paga por contemplar, llena de fervor y encomio, la desigualdad en el estado inmobiliario: la misma que los ha condenado a unas existencias probablemente dificultosas. Las cuentas en redes sociales de estas celebrities se encuentran plagadas de fans procedentes de todas las clases sociales, también las más humildes. Y me gustaría recordar la anécdota de esa familia que acudió a un restaurante de lujo para sacarse fotos y reproducirlas en internet, sin revelar, por supuesto, que aquella cena iban a pagarla a plazos. No se trata sólo de que los grandes magnates, CEOs o "estrellas" cinematográficas o deportistas luzcan sus obscenas fortunas, sino de que han sabido construir subjetividades capaces de darles la enhorabuena y ambicionar destinos parecidos, a todas luces inalcanzables. Los valores de los ultrarricos se han transformado en hegemónicos; su marco de sentido parece ya ser el de todos, o casi todos, pues cada vez son más minoritarias las voces que exigen subirles los impuestos, dinero con el que podrían financiarse nuestros raquíticos Estados del bienestar. Por no hablar de la huella de carbono de estos multimillonarios, cuyo impacto apenas se cuestiona.

Y, ¿qué hay de su programa político? Muchos son los que aplauden la militarización de las naciones, con puntos concretos del mapa donde la guerra no cesa. Sabemos de los peligros de la IA en cuanto a la seguridad nacional, el retroceso cognitivo que experimentamos a nivel global, la pérdida de la verdad y sus consiguientes consensos sociales; aun así, se sigue favoreciendo que la IA continúe en manos privadas, felices de lucrarse con ella. La destrucción medioambiental ligada a la actividad espacial y el proyecto último de fundar una colonia en Marte, según una visión post-humanista radicada en un extractivismo interplanetario, va calando en las conciencias de una manera que perjudica la supervivencia de la especie humana y otras, y nos despoja de no pocos aspectos que caracterizaron los procesos evolutivos, como la conexión con la naturaleza. Por último, el ideario de la Ilustración Oscura, validado por buena parte de la élite tecnológica, propone suprimir la democracia y sustituirla por una suerte de feudalismo corporativo donde las mayorías sociales estaríamos destinadas a ejercer de siervos de la gleba. Con este panorama, resulta aún más desolador la desorganización de las izquierdas mundiales, cuando no su connivencia con unos objetivos que persiguen la destitución de casi toda alma viviente.

viernes, 19 de junio de 2026

"Laura Bates: “La reacción contra el progreso feminista está alimentada con el poder inmenso de los algoritmos”. Ana Requena Aguilar, elDiario.es

En su libro 'La nueva era del machismo', la periodista inglesa analiza cómo la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías están reinventando el odio contra las mujeres

Es un libro de tecnología que, en realidad, va de otra cosa. Lo explica su autora, la periodista Laura Bates (Oxford, 1986): “Va de poder y de sexismo”. En La nueva era del machismo (Península), Bates, que en su anterior libro (Los hombres que odian a las mujeres, editado por Capitán Swing) trazaba el panorama de las subculturas misóginas online y alertaba sobre la manosfera, analiza cómo la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías están reinventando el odio contra las mujeres.

En su libro habla de IA de 'deepfakes', de robots sexuales, de asistentes creados para ser parejas sentimentales... ¿Algunas tecnologías son un problema en sí mismas o el problema es la manera en la que se entrenan y configuran?

En general, la tecnología en sí no es realmente el problema, se trata más bien del sesgo en la información con la que se entrena o de la falta de ajustes de seguridad y medidas de protección. Pero en algunos casos la tecnología sí me parece en sí misma el problema, y me refiero a las aplicaciones de 'deepfakes': programas y herramientas diseñados para permitir el abuso, para permitir desnudar a otra persona sin su consentimiento. El otro ejemplo es quizá la 'novia virtual', porque están diseñadas para crear la ilusión de una forma muy específica de desequilibrio de poder de género en las relaciones y, si facilitan el abuso sexual virtual, creo que eso es directamente perjudicial en sí mismo.

Cuando hablamos de 'deepfakes' sexuales hay quien excusa su uso en que se trata de imágenes que no son reales, ¿cómo responder a esta justificación?

Podemos ver muy claramente que el daño es real: hay niños que abandonan la escuela, hay niñas de 10 y 11 años que se avergüenzan tanto cuando les sucede que no salen de casa, hay mujeres que son chantajeadas con estas imágenes. Hay políticas que son blanco de ataques con ellas; periodistas y mujeres de la vida pública contra las que se utiliza estas imágenes para amenazarlas, chantajearlas y obligarlas a callar, o para apartarlas de la vida pública. Podemos ver que el impacto psicológico es real: todo el mundo entiende que si llevas unas gafas de realidad virtual o estás viendo una película en 3D en el cine y un tiburón sale de la pantalla hacia ti, das un respingo, tu ritmo cardíaco se acelera y empiezas a sudar. Sabemos que hay una respuesta fisiológica real a los estímulos virtuales y, sin embargo, cuando se trata de mujeres y niñas simplemente no queremos aceptar que sabemos que estas imágenes están provocando que las mujeres pierdan sus trabajos y que, en algunos casos, algunas corran el riesgo de sufrir violencia a causa de ellas o de perder la custodia de sus hijos. El peligro es real porque la misoginia es real y nuestra respuesta a las imágenes es real. Diría que esa excusa es solo otra versión de las formas en las que la sociedad lleva años intentando silenciar las objeciones feministas.

Nos decían que no le diéramos tanta importancia al acoso callejero porque, al menos, no es una violación, así que no podíamos hablar de ello. Nadie está diciendo que las formas de violencia sexual en Internet sean iguales a las que se dan fuera de línea, pero eso no significa que no sean totalmente inaceptables por sí mismas. Es un tipo diferente de daño, pero es un daño muy real y sigue siendo inaceptable.

Los 'deepfakes' se generan con aplicaciones o incluso con bots, y hemos visto algunos casos, como el que sucedió en Almendralejo, que menciona en su libro, en el que los chavales lo usan casi como un juego. ¿Hay una sensación de que esas aplicaciones son eso, una especie de juego? ¿Hay un envoltorio que hace que haya una especie de gamificación de los 'deepfakes'?

Sí, y eso contribuye a la normalización, porque lo convierte en algo colaborativo y social que los hombres hacen juntos y, de nuevo, eso lo normaliza y hace que resulte más aceptable. Lo que estamos viendo en algunos colegios es el intercambio de estas imágenes 'deepfake', casi como si fuera un juego de cromos, es decir, además de normalizar, esa gamificación fomenta la difusión, el intercambio y el comercio de estas imágenes. Eso es muy malo para las mujeres y las niñas, se convierte en una forma de deshumanización.

Señala que la inmensa mayoría de 'deepfakes' que se generan están relacionados con contenido sexual de mujeres pero que, sin embargo, las iniciativas que están surgiendo para regularlos se centran en los 'deepfakes' que afectan a políticos, ¿por qué?

Es un ejemplo de un problema más amplio: cuando pensamos en los retos o riesgos de la IA, la gente piensa en los retos para los hombres, pensamos en quiénes verán afectados sus puestos de trabajo, nos preguntamos si los futuros políticos se verán amenazados y si los robots se harán con el control del mundo. Pero la gente no presta atención a las mujeres, que ya están sufriendo en este mismo momento. ¿Por qué? Porque no hay una legislación adecuada. No hay ninguna protección eficaz y, una vez más, las mujeres se quedan solas haciendo frente a un problema enorme que, en esencia, se ignora.

¿Sigue siendo difícil de asumir socialmente que cuando hablamos de 'deepfakes' sexuales o de difusión de imágenes íntimas sin consentimiento estamos hablando de un delito?

Sí, creo que encaja en dos patrones. Uno es el patrón según el cual pensamos que lo que ocurre en Internet no es real y no creemos que tenga consecuencias en el mundo real; y el otro es que no nos tomamos en serio los delitos de violencia y acoso contra las mujeres. Así que, cuando ambas cosas se unen, como sociedad nos mostramos muy desdeñosos con el problema. Despreciamos a las víctimas y no vemos que el debate público al respecto sea una emergencia, que lo es, porque tantas mujeres políticas actualmente en el cargo están siendo blanco de esta forma de abuso que existe un riesgo real de socavar la democracia. Estamos viendo cómo mujeres políticas de todo el mundo dimiten antes de tiempo, y el abuso en línea es una de las principales razones por las que lo hacen, y eso esa es una amenaza para la política y para la democracia.

Con o sin IA, ¿en el fondo el problema sigue siendo el señalamiento y la culpabilización de la sexualidad femenina?

Sí, esto facilita que se ataque a las mujeres de esta manera porque la sociedad ya está cómoda con avergonzar y señalar la sexualidad de las mujeres, lo que agrava aún más el impacto de estos delitos. Y, por supuesto, eso significa que este es solo el último ejemplo de una larga tradición de ataques contra las mujeres basados en su sexualidad y en sus cuerpos. La gente poco sensata culpaba a las mujeres. Decían: “Bueno, tú hiciste estas fotos” o “tú compartiste estas imágenes, ¿qué pensabas que iba a pasar?”. Lo que sucede ahora con el abuso de los 'deepfakes' es la prueba definitiva de que ese planteamiento es un gran error, porque lo que vemos es que incluso las que no se hacen fotos desnudas pueden ser víctimas. Eso demuestra que nunca deberíamos haber pensado en si las mujeres se mantuvieran a salvo, deberíamos habernos centrado desde el principio en los agresores, en hacer que las empresas tecnológicas rindan cuentas por hacer posible esta tecnología y en la necesidad de que el gobierno la regule.

En el libro relata lo fácil que resulta que sucedan agresiones sexuales en el metaverso. ¿Una agresión sexual en el metaverso es una agresión sexual?

Creo que debería considerarse un delito sexual. Tenemos que tener en cuenta el impacto psicológico que esto tiene. En el Reino Unido en este momento la policía está investigando una violación colectiva virtual de una menor de 16 años en el metaverso. La policía ha hecho pública información indicando que esa chica ha sufrido un trauma psicológico muy similar al de una víctima real de un delito sexual real. Yo diría que los delitos no tienen por qué ser iguales para que reconozcamos que ambos son inaceptables y graves.

También es muy importante reconocer que el desarrollo de la tecnología wearable (vestible) avanza tan rápido que, en un periodo de tiempo muy breve, podremos llevar un traje que cubra todo el cuerpo y que esté equipado con sensores por todas partes, de modo que, cuando alguien te toque o te agreda en la realidad virtual, lo sentirás en todo el cuerpo. Así que nos estamos acercando aún más a una agresión sexual real y es muy importante que nos lo tomemos en serio. ¿Qué significa esto para la sociedad? Estamos construyendo este mundo completamente nuevo que se supone que nos debe entusiasmar, pero si simplemente hacemos la vista gorda ante el hecho de que hay hombres que persiguen a las mujeres, fingen agredirlas, les gritan, las acosan y las acechan, haciendo que esos espacios sean inseguros para ellas, estamos construyendo un mundo nuevo, pero dejando completamente atrás a las mujeres.

¿Cuál es la diferencia entre jugar a videojuegos en los que hay violencia explícita y participar en un metaverso en el que suceden comportamentos violentos?

En primer lugar, cuando jugamos a videojuegos violentos experimentamos una respuesta fisiológica. Por eso, nos sobresaltamos cuando alguien nos dispara en un videojuego. Pero la gran diferencia es que, cuando jugamos a un videojuego violento, estamos tomando la decisión de jugar a ese juego porque queremos participar en esa actividad, mientras que las mujeres están siendo acosadas y agredidas en el metaverso y eso no es lo que ellas han elegido, no es lo que quieren, no han dado su consentimiento para eso.

De alguna manera parece relacionar lo que sucede con el metaverso, los robots sexuales o los asistentes que la gente está usando como una especie de pareja creada por IA con que la violencia sexual y contra las mujeres se siga reproduciendo. ¿No es peligroso hacer una conexión directa entre una cosa y otra?, ¿la violencia de género y sexual no sucede independientemente de que todas esas tecnologías existan porque su origen es otro?

Yo no defiendo eso exactamente, sugiero que existe la posibilidad de que, si normalizamos por completo la violencia sexual en estos espacios online, esto anime a los agresores en la vida real, especialmente a los jóvenes que crecen en un mundo online que para ellos es tan real como el mundo exterior y ven cómo se acosa, se menosprecia y se maltrata constantemente a las mujeres en esos espacios online. Quizás esto aumente la probabilidad de que se insensibilicen ante ese tipo de comportamientos también fuera de Internet, pero no creo que necesitemos demostrar esa relación para afirmar que, en cualquier caso, es inaceptable que esos comportamientos se produzcan en los espacios virtuales por sí mismos.

Usted se pregunta en el libro qué se está haciendo al respecto de todo esto y responde: casi nada. ¿Qué no se está haciendo que sí se debería estar haciendo?

Regulación. Regulación en los casos en que se lanzan al público productos que constituyen nuevas herramientas y tecnologías emergentes, o cuando los estados los adquieren y los integran en los sistemas sanitarios o judiciales, o cuando las empresas privadas los compran para utilizarlos en sus procesos de selección de personal. Por ejemplo, en el caso de los servicios financieros, debería haber un punto en el que, antes de que esos productos lleguen a afectar al público en general, deban cumplir una norma de seguridad.

Esto no es nada nuevo, es exactamente lo que ocurre con las normas alimentarias y de higiene. Cuando se lanzan al mercado los coches, primero deben cumplir las normas de seguridad y superar unas pruebas; lo mismo ocurre con los juguetes. Incluso en la ropa y en cualquier otro sector, aceptamos que, cuando los productos van a salir al mercado, primero deben cumplir unas normas que dejen claro que no van a ser peligrosos, inseguros o causantes de daños. Solo en el ámbito tecnológico no tenemos la percepción generalizada de que esa regulación deba existir.

Cambiando de tema y hablando de las comunidades misóginas que utilizan Internet para extender esa misoginia, usted rechaza el término 'incel' (que describe a quienes se han llamado célibes involuntarios) y propone que utilicemos los 'autodenominados incel', ¿por qué?

Porque, de lo contrario, estaríamos aceptando la premisa de que, que una mujer decida no tener relaciones sexuales con esos hombres es un acto de violencia o crueldad tal que impone toda una categoría de identificación y victimismo, cuando la realidad es que estos hombres eligen percibirse a sí mismos como víctimas. Y, por lo tanto, creo que es muy importante que no nos limitemos a aceptar acríticamente la premisa presentada por esos grupos misóginos y extremistas; ahí es donde creo que deberíamos describirlos como los llamados o autodenominados incels. También porque ese lenguaje crea la sensación de que no han hecho nada y de que no pueden evitar la situación en la que se encuentran, pero mi investigación sugiere claramente que su misoginia y sus actitudes extremas hacia las mujeres son probablemente la causa de su celibato. Así que en realidad no es involuntario, porque están tomando decisiones para comportarse de ciertas maneras que son extremadamente problemáticas.

En este contexto político que vivimos en buena parte del mundo, en el que las derechas cuestionan conceptos clave como el de violencia de género y despliegan un doble rasero sobre la violencia sexual, ¿corremos el riesgo de dar un paso atrás respecto a concienciación y a políticas que aborden las violencias machistas?

Estamos viviendo un momento muy peligroso, ya estamos asistiendo a un retroceso de los derechos de las mujeres en países de todo el mundo, desde Estados Unidos hasta Irán y Afganistán. Vemos una reacción contra la idea de la justicia social y del progreso feminista que está siendo alimentada, con un poder inmenso, por algoritmos en todo el mundo. Eso significa que las actitudes también se están volviendo en contra de los movimientos e ideas progresistas. El momento se vuelve aún más peligroso por la proximidad política entre los magnates de las grandes tecnológicas y las administraciones políticas, lo que significa que la tecnología que está impulsando y facilitando gran parte de esta reacción es casi intocable. Es muy importante que sigamos reconociendo y poniendo de relieve la misoginia extrema. Existe el riesgo de que los políticos de extrema derecha estén normalizando ahora ese discurso hasta tal punto de que simplemente se acepte.

Tenemos que seguir dejando claro que es inaceptable, pero también debemos rechazar el secuestro de la narrativa sobre la violencia contra las mujeres y las niñas que hacen grupos racistas de extrema derecha, que afirman actuar como defensores de las mujeres y las niñas, cuando un análisis riguroso de sus políticas y posturas reales sugiere que planean socavar nuestros derechos de las mujeres de todas las formas posibles si llegan al poder. Por todo eso es realmente importante que luchemos contra la desinformación. Debemos apoyar y educar a los jóvenes de nuestro entorno para que identifiquen la desinformación en Internet, para que comprueben los hechos y reconozcan que lo que ven en la red no es necesariamente real. Y no debemos perder la esperanza.

jueves, 18 de junio de 2026

"DEMOCRACIAS AMENAZADAS". Luis García Montero, El País

Garzón y García Ortiz
Resulta muy peligrosa la estrategia que confunde el respeto a la justicia con la indiferencia ante el comportamiento de algunos jueces

No me duelen los actos de la gente mala, me duele la indiferencia de la gente buena. Eso afirmó Martin Luther King en su lucha por la dignidad humana y eso recuerda Baltasar Garzón al analizar las situaciones de la justicia en España y en el panorama internacional. Resulta muy peligrosa la estrategia que confunde el respeto a la justicia con el silencio, la indiferencia y el cerrar los ojos ante el comportamiento de algunos jueces y de las administraciones judiciales que deberían velar por la ciudadanía, no por los intereses más turbios de los ámbitos de poder. La literatura suele entrar en el interior de las vidas para preguntarse por los sentimientos de los seres humanos ante los hechos públicos. El nuevo libro de Baltasar Garzón, La democracia amenazada (Planeta, 2026), hace el camino contrario. Parte de las situaciones vividas por él, por Dolores Delgado o por Álvaro García Ortiz, para reflexionar con una detallada sabiduría profesional sobre los deterioros de la convivencia democrática y las responsabilidades de los poderes que manipulan la justicia. Tenía mucha razón Eugenio Raúl Zaffaroni, exjuez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, cuando afirmaba que el poder punitivo no es un fenómeno exclusivamente jurídico, sino esencialmente político.

La memoria nos lleva a recordar el nazismo, el franquismo o los golpes de Estado en América Latina. Pero los fangos actuales de la corrupción nos advierten de que las armas de los golpistas pueden ser desplazadas por los ruidos, las verdades y los bulos de las dictaduras silenciosas que buscan la dinámica del y tú más y del todos son iguales. Cuando se nos invita a renunciar a la política, resulta más necesario que nunca tomar medidas políticas para defendernos de la corrupción. Baltasar Garzón estudia el fango que entra en la justicia cada vez que los intereses económicos de las élites pretenden invadir las democracias.

lunes, 15 de junio de 2026

"LOS SILENCIOS DEL PAPA PREVOST". Máriam Martinez-Bascuñán, El País

Cuando “víctima de abuso” se convierte en “persona herida”, el sujeto se queda solo con su dolor. Y el dolor no comparece ante un juez


El Papa ha conseguido que España, un país con 1.621 acusados de abusos y más de 3.000 víctimas documentadas, hable durante una semana de migración, de humanismo, de polarización… y sólo marginalmente de los abusos, no sea que la Iglesia se ofenda. ¿Cómo es posible que aceptemos este desplazamiento? León XIV diseñó su viaje para presentarse como el papa político pos-Francisco, y habló de migración, de dignidad, incluso denunció en el Congreso la xenofobia, escogiendo con precisión qué cosas siguen siendo “espirituales” e inexpugnables al lenguaje de la justicia. En Montserrat, donde una investigación encargada por la propia abadía concluyó que el monje Andreu Soler abusó de menores durante más de 30 años, no dijo una palabra sobre el asunto. En la Conferencia Episcopal, sentado a su mesa, estuvo el cardenal Rouco Varela, acusado de encubrir dos casos de pederastia y por uno de los cuales el arzobispado de Madrid acabó condenado a indemnizar en 2007. Allí, ante los obispos y a puerta cerrada, sí habló de “justicia” y “reparación”, pero fuera, donde todo el mundo le escuchaba, sólo dijo “herida”. Utilizó las palabras del derecho donde no se le oía y las del consuelo ante la opinión pública. Pero las palabras solo obligan si se dicen en voz alta. Por eso, Montserrat fue el lugar donde el silencio se convirtió en acto.

La teórica británica Sara Ahmed ya nos habló de las instituciones que dicen escuchar las quejas para no atenderlas, allí donde la declaración sustituye al acto y decir “escuchamos” reemplaza al acto de escuchar. Leamos una de las frases de Prevost: “Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación”. No dice “víctima” ni nombra el delito. Cuando “víctima de abuso” se convierte en “persona herida”, el sujeto pierde su estatuto jurídico y se queda solo con su dolor. Y el dolor, a diferencia del delito, no comparece ante un juez. Pero Europa se hizo arrebatándole a la Iglesia esta gramática. Lo escribió una mujer en 1847. En Jane Eyre, Charlotte Brontë cuenta cómo Jane está a punto de casarse con Rochester cuando descubre que él ya tiene una esposa… encerrada en el desván. Rochester le ofrece amor y protección, todo el cuidado que una mujer sin recursos podría desear. Le ofrece lo que la Iglesia ofrece a sus víctimas: el cuidado de quien te ha dañado, a condición de no nombrar el daño. Pero Jane se marcha de noche, sola, a través del páramo, después de pronunciar una frase que es uno de los nacimientos secretos del individuo europeo: “I care for myself”. Me importo a mí misma. No es individualismo sino algo más radical: la negativa a que sea otro (el hombre, la institución, la autoridad) quien decida cómo se nombra lo que le ha pasado.

Buena parte de Europa se construyó sobre este gesto. La emancipación de las mujeres fue eso, los derechos de los trabajadores también. Europa, en su mejor versión, le quitó a la Iglesia las palabras del dolor humano y las puso en manos de quien sufre. ¿Qué ha pasado para que volvamos a pedir a Roma lo que Europa tardó siglos en quitarle? Las palabras seculares de la dignidad parecen huérfanas: la política las ha gastado, el mercado las ha vaciado y una autoridad antigua, vestida de humanismo, se ofrece a devolvérnoslas. Aplaudimos a un papa que habla de los migrantes con el lenguaje de los derechos y de las víctimas de su propia Iglesia con el de la compasión, y no notamos (o preferimos no notar) que esa asimetría es precisamente lo que habíamos aprendido a no tolerar. Frente a la Nunciatura protestaban las víctimas a las que no se quiso recibir. Ellas, las molestas, las díscolas, las que exigen ser nombradas y no solo consoladas, sostienen hoy lo mejor de Europa. Dicen, 200 años después de Jane y en español: “Me importo a mí misma”. Es la frase más humanista que se ha pronunciado esta semana, y no la dijo el Papa.

domingo, 14 de junio de 2026

"UN ORIGEN DIVINO". Juan José Millás, El País

El Papa tiene la habilidad de producir una satisfacción transversal como el algoritmo de las redes sociales

¿Nos encontramos ante el primer papa algorítmico de la historia? Quizá sí, si atendemos a su capacidad para producir un grado de satisfacción trasversal desconocido hasta el momento. Los conservadores perciben en él señales de continuidad. Los progresistas, matices revolucionarios. Los jóvenes lo hallan cercano. Los mayores, sensato. Los creyentes se sienten ratificados en su fe, y a los ateos les parece un hombre razonable y hasta maravilloso, da gusto verle bendecir ambulancias. Como los algoritmos, León XIV es un espejo que devuelve una imagen mejorada a quien se busca en él. Abres una red social y enseguida tienes la impresión de que el mundo piensa igual que tú. Pues eso, que el algoritmo nos sirve una realidad a medida. León XIV habla de forma que cada cual escucha la música que le conviene.

ChatGPT posee una habilidad semejante. Millones de personas diferentes conversan a diario con esta IA y a todas proporciona el consuelo de ser entendidas. El mérito de una inteligencia artificial consiste en ofrecer a cada usuario lo que espera encontrar minimizando el ruido provocado por los motores de esa prestación. Hay algo inquietante en esta capacidad para agradar a todos, porque los seres humanos estamos acostumbrados a que la realidad nos contradiga. De hecho, a veces, confiamos más en quien nos incomoda que en quien nos halaga. Pero cuando alguien satisface simultáneamente a las izquierdas y a las derechas, a los optimistas y a los pesimistas, a los altos y a los bajos, a los jóvenes y a los viejos, cabe preguntarse si estamos ante una persona verdaderamente sabia o ante un espejo muy sofisticado.

Ni idea. Solo sé que, observando estos días a León XIV, tuve la impresión de que el Espíritu Santo había elegido, para ocupar el trono de San Pedro, a la encarnación de un algoritmo. A ver si dejamos de meternos, en fin, con la inteligencia artificial, que, como queda demostrado, es un invento de los dioses.

viernes, 12 de junio de 2026

"LA POBREZA SE FABRICA: TAMBIÉN PUEDE ERRADICARSE”. Olivier de Schutter, Thomas Piketty, Joseph E. Stiglitz y 360 firmas más., El País

Refugiados sudaneses hacen cola para el agua
en un campo de refugiados de Chad

“La pobreza y la desigualdad no son accidentes; son resultados previsibles de decisiones de política pública”, escriben los casi 400 autores de esta ‘Hoja de ruta’

Vivimos en una era de escasez fabricada. En un mundo más rico que nunca, más de una décima parte de la población mundial sigue viviendo en la pobreza extrema. Millones de personas no pueden permitirse alimentos suficientes, vivienda o atención sanitaria básica, mientras una ínfima minoría acumula niveles sin precedentes de riqueza y poder. Al mismo tiempo, las sequías, los megaincendios, las inundaciones y las olas de calor nos recuerdan que nuestras economías están empujando al planeta más allá de sus límites.

No se trata de crisis separadas. Son síntomas de un modelo económico que ha llegado al final del camino. La pobreza y la desigualdad no son accidentes; son resultados previsibles de decisiones de política pública: cómo diseñamos los sistemas tributarios, regulamos los mercados laborales, valoramos los cuidados, estructuramos los servicios públicos y decidimos qué necesidades y qué voces importan. Cuando se niega a las personas los medios para vivir con dignidad y participar como iguales en sus sociedades, se vulneran sus derechos humanos. Lo crucial es que si los gobiernos pueden fabricar pobreza, también pueden desmantelarla.

Durante décadas, la receta fue sencilla: hacer crecer la economía y la pobreza desaparecería gradualmente. Pero no se ha cumplido la promesa de que el crecimiento económico “elevaría todos los barcos”. Mientras los ingresos nacionales aumentaban, los salarios se estancaban, el trabajo precario se expandía y se recortaban los servicios públicos. En la cúspide, las fortunas se disparaban; en la base, las familias recurrían a los bancos de alimentos. El crecimiento se ha desvinculado de la prosperidad compartida.

También se ha vuelto ecológicamente insostenible. Los científicos advierten que nos acercamos a una “Tierra invernadero”, en la que el aumento de las emisiones y la pérdida de biodiversidad están desestabilizando las condiciones que sustentan la vida humana. Alrededor del 92% de las emisiones mundiales de carbono pueden atribuirse a los países más ricos, y el 10% más acaudalado de la población es responsable de casi la mitad de las emisiones globales, mientras que las personas en situación de pobreza son las primeras en afrontar la pérdida de cosechas y el aumento de los precios de los alimentos. Un modelo económico que depende de una expansión sin fin en un planeta finito no solo es injusto; es peligroso.

Muchos países de ingresos bajos siguen necesitando crecimiento para construir carreteras, hospitales, escuelas, energías renovables y empleos decentes. Pero la senda dominante hacia el crecimiento —basada en la extracción de recursos, la mano de obra barata y dócil, la dependencia de las exportaciones y un endeudamiento cada vez mayor— ha ampliado la desigualdad y degradado el medio ambiente. La verdadera pregunta hoy no es si el crecimiento continúa, sino qué tipo de economías estamos construyendo, a quién sirven y si permiten que todas las personas vivan con dignidad dentro de los límites planetarios.

Por eso nos reunimos para desarrollar y respaldar la Hoja de ruta para erradicar la pobreza más allá del crecimiento, que fue lanzada recientemente en Ginebra en la Organización Internacional del Trabajo, bajo los auspicios de la Coalición Mundial para la Justicia Social. La Hoja de ruta ofrece una serie de alternativas para ir más allá del enfoque estrecho centrado en “crecer-gravar-transferir” que ha moldeado las políticas durante décadas. No es un plan elaborado por un pequeño grupo de expertos. Es exactamente lo contrario: durante 18 meses, más de 400 personas —organismos de las Naciones Unidas, gobiernos nacionales, personas expertas del ámbito académico, organizaciones de la sociedad civil, sindicatos, actores de la economía social y solidaria y movimientos de base, tanto del Norte como del Sur globales— trabajaron para responder a una pregunta sencilla: ¿cómo podemos poner fin a la pobreza y reducir las desigualdades sin tratar el crecimiento del PIB como nuestra condición principal para el progreso?

No coincidimos en todos los detalles de política. Pero nos une la convicción de que nuestras economías deben rediseñarse para organizar la producción, la distribución y el consumo en torno a la realización de los derechos y al bienestar colectivo dentro de los límites planetarios, en lugar de maximizar la producción a cualquier costo. Los derechos humanos no son aquí una ocurrencia tardía; son el principio organizador de cómo medimos el progreso, fijamos prioridades y resolvemos las disyuntivas.

Es una prioridad absoluta garantizar una protección social universal basada en los derechos y el acceso universal a servicios públicos de calidad; en muchos países, esta sigue siendo la primera y más urgente tarea. Pero una economía basada en los derechos humanos va más allá de la redistribución y la compensación posteriores al mercado. La protección social y los servicios públicos son esenciales, pero no pueden compensar indefinidamente economías que, por diseño, generan salarios de pobreza, empleos inseguros y viviendas inasequibles.

Necesitamos cambiar las reglas desde el origen. Eso significa, por ejemplo, trabajo decente y sistemas de garantía de empleo, salarios dignos y una remuneración justa, sindicatos más fuertes y democracia en el lugar de trabajo, combatir la discriminación y valorar el trabajo de cuidados remunerado y no remunerado del que dependen nuestras sociedades. Significa invertir en la infancia, la vivienda, la salud, la educación y el transporte mediante una provisión pública universal, de modo que la pobreza se prevenga en lugar de transmitirse de generación en generación. Significa control público de los activos estratégicos, orientación del crédito para dirigir la inversión hacia prioridades sociales y ecológicas, y apoyo al desarrollo de la economía social y solidaria.

Aplicar esta visión significa cambiar las reglas de una economía mundial que todavía organiza las capacidades productivas de los países de ingresos bajos y medianos en función del consumo del Norte, en lugar de atender las necesidades locales. Hoy se reprocha a los gobiernos del Sur Global no hacer lo suficiente para combatir la pobreza, al tiempo que se les asfixia con sanciones unilaterales, acuerdos comerciales restrictivos, intercambio desigual y cargas de deuda arraigadas en siglos de despojo colonial. Unos 3.400 millones de personas viven en países que gastan más en el servicio de la deuda que en salud o educación. A los países fuertemente endeudados las instituciones financieras internacionales los presionan para recortar el gasto social y debilitar la protección laboral en nombre de la “competitividad”. Mientras tanto, las cadenas mundiales de suministro permiten una vasta transferencia neta de trabajo y recursos del Sur al Norte, en una escala que bastaría para poner fin a la pobreza extrema muchas veces.

La solidaridad internacional es, por tanto, una obligación jurídica y moral arraigada en la realidad histórica de que muchos países ricos construyeron su riqueza empobreciendo al Sur mediante patrones de extracción que hoy continúan bajo nuevas formas. Una transición justa más allá del crecimiento debe incluir justicia de la deuda, una mayor cooperación Sur-Sur, financiación climática reparadora y restaurativa y apoyo a los pisos de protección social universal, sobre la base de los principios de no dominación y autodeterminación, de modo que los países puedan trazar sus propios futuros económicos de manera Soberana.

Igualmente crucial es quién puede dar forma a esta transición. Con demasiada frecuencia, las políticas que afectan a las personas en situación de pobreza se diseñan sin ellas, y a veces en su contra. Cuando los sistemas de bienestar se construyen en torno a la sospecha, las sanciones y condiciones humillantes, profundizan el estigma y disuaden a las personas de reclamar las prestaciones que les corresponden. Cuando las reformas agrarias o los programas de vivienda social están contaminados por la corrupción y el favoritismo, o excluyen a quienes viven en asentamientos informales, no logran llegar a quienes necesitan el apoyo con mayor urgencia. Quienes viven en la pobreza saben mejor que nadie cómo pueden fallar los sistemas en la práctica. Su experiencia debe orientar el diseño, la aplicación y el seguimiento de las estrategias de lucha contra la pobreza, desde los consejos locales hasta los parlamentos y los foros internacionales.

No partimos de cero. En todo el mundo, las luchas Indígenas, la organización feminista, los sindicatos y los movimientos por la justicia climática están defendiendo y construyendo futuros alternativos arraigados en el cuidado colectivo y los derechos territoriales. Nuevas coaliciones de Estados están impulsando nuevas visiones de la gobernanza económica mundial, y distintos gobiernos están experimentando con estrategias de lucha contra la pobreza basadas en los derechos, asambleas ciudadanas y creación de riqueza comunitaria. La ONU y muchos aliados están explorando indicadores de “Más allá del PIB” y nuevas instituciones, como un Panel Internacional sobre la Desigualdad, para ayudar a orientar este cambio.

Nuestra hoja de ruta se apoya en esos esfuerzos, los conecta y los impulsa aún más. La ofrecemos ahora como un punto de referencia común para quienes se niegan a aceptar que la pobreza y el colapso ecológico sean el precio que hay que pagar por la manera en que actualmente definimos el “éxito” económico. De cara a la Cumbre de los ODS de 2027 y a otras importantes negociaciones mundiales sobre financiación, fiscalidad y clima, los gobiernos y las instituciones multilaterales tienen una elección: redoblar la apuesta por un modelo fallido centrado primero en el crecimiento, o comprometerse a erradicar la pobreza transformando las reglas económicas que la producen.

La pobreza se fabrica. Esa es la mala noticia, y también la buena. Lo que ha sido fabricado puede desmantelarse y sustituirse. Con la Hoja de ruta para erradicar la pobreza más allá del crecimiento, ponemos sobre la mesa opciones concretas, cada una respaldada por detallados “perfiles de políticas” que exponen la evidencia, los pasos para su aplicación y ejemplos del mundo real. Hacemos un llamamiento a las y los dirigentes políticos de todos los niveles para que las utilicen, escuchen a quienes más se ven afectados y consideren el fin de la pobreza, la reducción de las desigualdades y la realización efectiva de los derechos humanos como la medida con la que debe juzgarse la política económica.

jueves, 11 de junio de 2026

"NO ESTÁS SOLO, ERES INVISIBLE". Sara Berbel Sánchez, El País

Un hombre delante de una mesa en una oficina vacía 
Las sociedades se sostienen sobre vínculos de reciprocidad y confianza y cuando dejamos de vernos y reconocernos el resultado es una comunidad más fragmentada

El conserje del edificio donde trabajo me sorprendió un día cuando, tras su amable “buenos días” cotidiano, me dijo: “Gracias por saludar; la mayoría de la gente ni siquiera me ve”. Apenas me detuve —llegaba tarde a una reunión—, pero aquella frase quedó suspendida en algún rincón de mi memoria. Volvió hace unos días, al leer a la socióloga Allison J. Pugh. Según ella, la gran crisis de nuestro tiempo no es la epidemia de soledad, sino una profunda crisis de invisibilidad humana.

De pronto, mi mirada se aclaró, como solo ocurre con las buenas lecturas. Aquella capa mágica con la que fantaseé tantas veces de niña, capaz de volverme invisible ante el mundo, existe de verdad para muchas personas que nos rodean. Ya no es un sueño ni una película de Harry Potter. Y sus efectos no tienen nada de fascinantes: son devastadores.

Existe un déficit de reconocimiento mutuo que conviene nombrar. ¿Puede tener consecuencias para todos el hecho de no ver a nuestro conserje, a quien limpia nuestras calles o nos entrega un paquete? Desde la psicología social sabemos que el reconocimiento no es un lujo emocional, sino una necesidad humana básica. Construimos nuestra identidad a través de la mirada de los demás: necesitamos sentir que existimos, que contamos, que nuestra aportación tiene valor. Cuando una persona se siente invisible de forma persistente, aumentan el aislamiento, la desmotivación, la pérdida de autoestima y la desconexión del proyecto colectivo. La soledad suele venir después.

Pero la invisibilidad no solo daña a quien la padece. También erosiona la vida en común. Las sociedades se sostienen sobre vínculos de reciprocidad y confianza; cuando dejamos de vernos y reconocernos, disminuyen la cooperación, la empatía y el sentido de pertenencia. El resultado es una comunidad más fragmentada, donde crecen la indiferencia, el repliegue individualista y la polarización.

Pugh va aún más lejos al señalar que los trabajos mediados por la tecnología y la automatización dificultan que seamos reconocidos como seres humanos. Las estructuras laborales actuales reducen con frecuencia a las personas a datos, métricas o funciones, mientras desaparecen espacios de convivencia y relación. Las pantallas multiplican las conexiones, pero también vacían de contacto humano significativo que nos permite sentirnos vistos.

Pensemos en quienes trabajan en la economía de plataformas, repartiendo pedidos o gestionando aplicaciones. Con demasiada frecuencia son tratados por las empresas y por los propios clientes como simples “máquinas expendedoras” o extensiones de un algoritmo: eficaces, sí, pero invisibles cuando cumplen su tarea.

Por eso, cuando el Ayuntamiento de Barcelona impulsa programas contra la soledad no deseada, quizá convenga ampliar el foco. No se trata solo de fortalecer vínculos sociales, sino también de garantizar la importancia psicosocial de ser vistos. Porque la soledad no se combate únicamente creando actividades colectivas o redes comunitarias. También exige valorar todos los trabajos que sostienen nuestras vidas y promover la empatía, el contacto físico y los cuidados para lograr algo insustituible: el reconocimiento humano. Ese gesto sencillo mediante el cual alguien nos mira y nos confirma que no estamos solos.

Pacte de ciutat contra les soledatS 2026-2030
Cap a una Barcelona que obre els ulls davant les soledatS.
De l’Estratègia municipal contra la soledat al Pacte de ciutat.

"LA AGENDA DE LOS ULTRARRICOS". Azahara Palomeque, Publico.es

Manifestación contra la celebración por el establecimiento de Elon Musk como primer billonario del mundo En la era del exceso y la aceptació...