jueves, 23 de julio de 2026

"LOS BORBONES A SUS ÓRDENES, MI GENERAL". Nieves Concostrina, Publico.es

Por mucho que se les seque la boca a algunos seudoprogresistas uniendo el apellido Borbón a la sagrada palabra democracia, no conseguirán engañarnos. Podrán repetir mil veces la mentira, pero no la convertirán por ello en verdad. Los borbones apoyaron al asesino Francisco Franco. Los Borbones reventaron de alegría el 18 de julio. Los Borbones se referían al sangriento golpe de Estado como “nuestra cruzada”. Los Borbones estuvieron de acuerdo con el criminal Emilio Mola cuando, al día siguiente del golpe, leyó en Pamplona su célebre bando de guerra: “El restablecimiento del principio de autoridad exige inexcusablemente que los castigos sean ejemplares, por la seriedad con que se impondrán y la rapidez con que se llevarán a cabo, sin titubeos ni vacilaciones. Hay que sembrar el terror (…) hay que dejar sensación de dominio, eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros. Nada de cobardías. Si vacilamos un momento y no procedemos con la máxima energía, no ganamos la partida. Todo aquel que ampare u oculte a un sujeto comunista o del Frente Popular será pasado por las armas”.

Y por no hablar en abstracto de “los Borbones”, señalemos nombres y parentesco: con el golpe de Estado y la represión que trajo, con los miles de fusilados, con la pérdida de derechos y libertades… con todo ello estuvieron de acuerdo el bisabuelo y el abuelo de Felipe VI. Y al igual que Alfonso XIII y Juan de Borbón se pusieron a las órdenes del dictador Franco, también se puso a su servicio y bajo su obediencia el convicto Juan Carlos, el padre del actual rey. ¿Por qué debería creer que Felipe VI es distinto a ellos?

En unas fechas como estas, cuando se recuerda la carnicería que trajeron a este país unos sublevados, hay que decir alto y claro que Felipe VI es uno de los suyos, no de los nuestros; no de los demócratas. Un rey espurio, procedente de una dinastía golpista y cuya actitud falsamente demócrata es eso, una farsa que se ve obligado a representar para mantener sus privilegios; un rey perteneciente a una casta servil y fascista que no aceptó la decisión soberana de un pueblo que reclamaba en los años treinta reformas sociales urgentes y que acudió legítimamente a las urnas para conseguirlas. Los borbones son y eran antidemócratas, y contribuyeron al desastre social y económico de España.

Hace 90 años que estaban emocionados con la sublevación, y que no dejaron de aplaudir las acciones y los crímenes rebeldes cada uno de los mil días de horror que duró la guerra; hace 90 años que se levantaban cada mañana con la ilusión de conocer los triunfos de los golpistas contra la democracia y los avances hacia el fascismo; hace casi 90 años que a los borbones les trajo sin cuidado los cientos de cadáveres con los que fueron rellenando la fosa de Pico Reja en Sevilla, las minas extremeñas y los pozos de Gran Canaria, a donde arrojaban a los fusilados para que se amontonaran o, en el caso canario, empujándolos vivos para que agonizaran en el fondo. En estos meses de hace 90 años sus católicas majestades celebraban la matanza de casi todo el pueblo de Constantina, el fusilamiento de los cien de Almonte aquella noche donde retumbaban los gritos de “¡Viva la virgen del Rocío” con cada descarga, los 4.000 asesinados en Badajoz, los otros 4.000 fusilados en Córdoba, la matanza de civiles en la carretera Málaga-Almería en el 37, la masacre durante el bombardeo del mercado de Alicante en el 38, la aniquilación de hombres en Sartaguda, en Navarra, para que el pueblo se recordara para los restos como “el de las viudas”… Hace 90 años que los malditos borbones solo tenían un objetivo: volver. Cayera quien cayera. Y si la vuelta la facilitaban unos militares criminales dispuestos a fusilar a todo el que no pensara como ellos, bienvenido fuera.

Así que… no, que Felipe no tenga la desfachatez de pronunciar estos días la palabra democracia. Toda su familia, incluido él, ha estado contra ella. Él solo se ha adaptado a su irremediable circunstancia, y solo porque los franquistas dejaron perfectamente organizada la transición. Felipe no estaría aquí si los españoles hubieran podido elegir. Qué cuajo hay que tener para vivir donde no te quieren y a costa de los que no te quieren. Ni siquiera la familia republicana de su mujer ha contribuido al blanqueo de una institución manchada por el absolutismo, la corrupción y, desde hace 90 años para acá, el crimen. Al contrario, la familia plebeya ha acabado empercudida. Qué triste paradoja que Francisco Rocasolano luchara por aquella democracia, por aquella República legítima y ganada en las urnas, y que su nieta haya preferido olvidarlo en cuanto pisó moqueta.

“Nuestra Cruzada continúa metódica y victoriosa”, escribía Alfonso XIII desde la suite del hotel de Roma donde vivió durante diez años con todo lo expoliado en España. Producto de ese expolio fue el millón de libras que le regaló a Franco para que matara más y mejor. Y no solo contribuyó económicamente; también presionó directamente a Mussolini para que enviara cuanto antes los aviones prometidos a Franco.

Se impone recordar en este instante esa falacia que recogen historiadores cortesanos, periodistas mentirosos y hasta la embustera IA, que repiten hasta la saciedad aquellas farsantes palabras de Alfonso XIII en su carta de despedida en abril de 1931 cuando las urnas lo echaron del país (igual que hoy echarían a su bisnieto si nos dejaran votar): “Quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil”. Señor majestad Felipe VI, ya que no se lo puedo decir al play boy de su bisabuelo, se lo digo a usted: ¡Y un mojón! Alfonso XIII contribuyó todo lo que pudo y más a una guerra en la que se puso del lado de los asesinos.

Alfonso XIII, que disfrutaba jugando a la guerra desde que empezó liándola en Marruecos a principios del siglo XX siendo solo un joven irreflexivo y caprichoso, iba señalando los avances de los sublevados en un gran mapa de España que tenía clavado en sus regios aposentos, y estallaba de júbilo con cada éxito: “Todos tenemos que ayudar al movimiento de salvación de España. ¡Quién pudiera estar con vosotros!”, le escribió al general Alfredo Kindelán. Deseaba Alfonso XIII poder disparar a españoles con sus propias manos, como también aspiraba a ello su hijo, el príncipe de Asturias, Juan de Borbón, que el mismísimo 18 de julio de 1936 andaba nerviosito perdido cerca de la frontera con Francia pidiendo paso para entrar a matar. Y su hermano sordo, Jaime, también emocionado por unirse a la cruzada de Franco y los Borbones, pero Alfonso XIII no se lo permitió alegando, más o menos, que no se enteraría por dónde le vendrían los tiros.

Juan acabó pasando a España clandestinamente con el nombre de Juan López. Este joven de 23 años era ansia viva por disparar contra los españoles que no pensaran como él, y no dejó de dar la turra en los primeros meses escribiendo a oficiales y al mismísimo Franco para que le dejaran matar a alguno. Cuando el abuelo golpista de Felipe VI supo que el crucero “Baleares” iba a hacerse a la mar, rogó a Franco en una carta fechada en diciembre de 1936 que le permitiera embarcarse para “prestar algún servicio útil”. Y ya creo que lo hubiera prestado, porque el “Baleares” fue el que participó junto con el “Canarias” y el “Almirante Cervera” en el asesinato de miles de civiles durante la Huía (Desbandá la llamaron los sublevados) por la carretera de Málaga a Almería. Cuánto hubiera disfrutado Juan firmando alguno de los 5.000 asesinatos perpetrados a las órdenes de cualquiera de los oficiales rebeldes que comandaron aquel crimen: Francisco Bastarreche y los hermanos Francisco y Salvador Moreno Fernández.

Aquella carta la despedía Juan de Borbón diciéndole a su admirado Franco: “Con mis votos más fervientes porque Dios le ayude en la noble empresa de salvar a España, le ruego acepte el testimonio del respeto con que se reitera a sus órdenes y muy afectuosamente, Juan de Borbón”. Chúpate esa, Felipe. Ahí tienes cómo se trataban tus dos abuelos ideológicos: el biológico y el putativo.

Tampoco le permitió el dictador a “Juan López” su participación en el crimen de la carretera Malaga-Almería, y lo trampeó excusándole por el importante lugar que ocupaba “en el orden dinástico”. Qué ilu, debió de exclamar Juan… mi guía cuenta conmigo en un futuro.

En resumen, que Alfonso XIII le dijo a Franco que le hubiera gustado matar compatriotas que no pensaban como ellos, pero, la verdad, sus monterías en República Checa, sus veraneos en Austria y sus novias no le dejaban tiempo; Juan lo intentó con ahínco, pero no pudo meterle ni un cañonazo a un español. Juan Carlos, en cambio, ha sido hasta ahora el único de la familia que, sin quererlo, ha matado de un disparo a otro español, pero porque él, además, es idiota.

Los borbones son mansos fáciles de pastorear, y la prueba está en que, por mucho que humillaran ante su líder llamándole “Mi respetado General”, “Excelentísimo Sr. General”, “Vuestra Excelencia”… Franco sentía un manifiesto desprecio por ellos que no se molestó en disimular: “Si el momento de la restauración llegara, la nueva monarquía tendría que ser, desde luego, muy distinta a la que cayo el 14 de abril de 1931; distinta o diferente en el contenido y, aunque nos duela a muchos, pero hay que atenerse a la realidad, hasta en la persona que la encarne”. Así se explicaba el dictador el 18 de julio de 1937 en el diario ABC de Sevilla. Un sopapo a Alfonso XIII en toda regla. Le costó al Borbón, pero después de unos cuantos sopapos más acabó reconociendo que Franco “me ha traicionado y engañado a cada paso”.

Bien es cierto que hasta ahora ningún Borbón ha destacado por sus dotes intelectuales, pero lo de Alfonso XIII roza la estupidez. Proclamar desde Roma que se sentía “falangista de primera hora” para que a Franco le llegara su apoyo entusiasta demostraba que era un necio que hablaba por no callar. Los falangistas son republicanos, so cenutrio, ¿o no estabas informado del famoso discurso de José Antonio Primo de Rivera en 1935?: “Nosotros entendemos que la monarquía española cumplió su ciclo, se quedó sin sustancia y se desprendió, como cáscara muerta, el 14 de abril de 1931. (…) una institución que reputamos gloriosamente fenecida”. En fin… que la ignorancia es la madre del atrevimiento.

El dictador, ya instalado en el trono de su dictadura, no dejó de menoscabar la dignidad de Alfonso XIII, y en cuanto una angina de pecho se lo llevó a criar malvas, Franco pasó a menoscabar la de su hijo. Juan se impacientó por pillar reino en cuanto los aliados derrotaron al Tercer Reich, midió mal sus nulas fuerzas y exigió la restauración de su Casa en la Jefatura del Estado. Lo único que faltaba para tocarle las narices a Franco.

Alberto Martín-Artajo, de la Asociación Católica de Propagandistas, aconsejó al dictador en 1945, según relata en su libro El precio del trono Pilar Urbano, “dar al régimen una envergadura ‘más católica y menos falangista’; soltar lastre fascista de símbolos, uniformes, himnos y saludos, porque es lo que más desagrada a los gobiernos aliados, e ir a la restauración monárquica pronto y de modo visible”. Demoledora respuesta del dictador: “Que España sea un reino no implica necesariamente el retorno de los Borbones: hay otras ramas y hay otros príncipes con posibilidades”. Que Felipe VI deje de manosear la palabra democracia. El 18 de julio de 1936 los Borbones, su casta, estuvieron en la banda de los asesinos

Y venga sopapos…

Me pregunto muchas veces si, además de disfrazarse de los tres ejércitos, subirse y bajarse de tanques, cazas y buques-escuelas, los borbones, incluida la última que nos ha caído en la lotería, Leonor, han estudiado la calamitosa historia de su familia y el rastro de indecencias que la jalonan. Franco los conocía bien. A todos, y por eso los desdeñaba y decía que la “monarquía debería ser electiva, y no hereditaria”. Tiene mucha guasa oír a Franco hablar de elegir a alguien.

Tal y como Franco debía verlo, nadie tendría derecho a señalarle como jefe de Estado ilegítimo viniendo de dónde venimos, con una dinastía lujuriosa repleta de bastardos. “No puede ser padre de un rey el último hombre con quien se acueste la reina”, decía el dictador refiriéndose a Isabel II y su bastardo Alfonso XII.

Y se cebó aún más con la prole de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, tal y como recoge en su libro “Franco y los católicos” el historiador Javier Tusell: “Habría que ver si es o no es apto para reinar todo lo que salga del vientre de una reina: Don Alfonso, hemofílico; Don Jaime, sordomudo; Don Gonzalo, hemofílico también; Don Juan, prometía, pero… carece de voluntad y de carácter, está manejado por sus consejeros. No lo veo idóneo”.

Y tan inapropiado como lo era Juan para Franco, ha demostrado serlo Juan Carlos para el conjunto de España, como inapropiado es Felipe e inapropiada será Leonor al proceder de una instauración ilegítima decidida por un sublevado que trajo el horror a este país hace 90 años en medio de la cerrada ovación de los Borbones.

Que Felipe VI deje de manosear la palabra democracia. El 18 de julio de 1936 los Borbones, su casta, estuvieron en la banda de los asesinos. Y esa memoria no nos la van a borrar.

miércoles, 22 de julio de 2026

"VON DER LEYEN HA DESCUBIERTO A LOS NIÑOS". Sira Rego, El País

Europa renuncia a gobernar el poder y decide gobernar los cuerpos

Los ha descubierto en los discursos, en los comunicados de prensa, en las fotografías con la luz adecuada y el fondo institucional. Los pronuncia con la solemnidad con la que en Bruselas se pronuncian las palabras que serán automáticamente vaciadas de sentido, de acción, de compromiso. Derechos. Paz. Autonomía estratégica.

Esta vez propone limitar el acceso a las redes sociales a los menores de 13 años. Una formidable innovación europea: trece años es ya la edad mínima declarada por Instagram, TikTok y la mayoría de las grandes plataformas. La Comisión llega, por tanto, tarde a su cita con la historia y, para asegurarse de no equivocarse de sala, presenta como solución una regla que ya existe y que las empresas digitales no han sido capaces —o no han tenido interés— en hacer cumplir.

Von der Leyen ha hablado también del scroll infinito, de los mecanismos de adicción y de los riesgos de un entorno digital construido para retener a los más jóvenes el mayor tiempo posible. Pero el centro político del anuncio está en otra parte. Mientras varios gobiernos europeos intentan, con instrumentos todavía insuficientes y a menudo dentro de márgenes legislativos estrechísimos, poner límites reales al poder de las plataformas, la Comisión propone una medida que los caudillos digitales pueden recibir sin perder un minuto de sueño.

En España partimos de un principio elemental: los derechos de los niños y las niñas no se detienen ante una pantalla. Hemos propuesto una ley que interviene sobre la responsabilidad de las empresas, que exige control público sobre los entornos digitales y que, sí, fija también un límite de edad: los 16 años. No porque un umbral lo resuelva todo, sino porque debe formar parte de una política que obligue a las plataformas a cambiar. Las infancias no son consumidoras defectuosas encargadas de defenderse solas de una de las industrias más poderosas del planeta. Son titulares de derechos.

Otros gobiernos europeos están intentando avanzar en la misma dirección. Sin embargo, cada vez se encuentran con la religión del mercado único: competencias europeas, riesgo de fragmentación, libre circulación de servicios, equilibrio competitivo. Para garantizar los derechos de un niño, la legislación se convierte de repente en un laberinto. Para proteger el mercado, en cambio, Bruselas encuentra enseguida la salida.

Los Estados intentan avanzar, la Comisión les pide prudencia y, al final, recoge la medida menos molesta para las empresas, la envuelve con 12 estrellas y la llama liderazgo. A los gobiernos les quedan los límites. A las plataformas, el mercado. A las niñas y niños, una regla que ya figuraba en las condiciones de uso.

No es falta de iniciativa. Es una elección de bando.

Von der Leyen no quiere únicamente evitar un enfrentamiento con las grandes plataformas. Quiere tranquilizarlas. Decirles que Europa seguirá hablando con severidad, siempre que esa severidad no interfiera demasiado con su modelo de beneficio.

Por eso seguimos planteando la pregunta que la Comisión evita: ¿por qué ese entorno ha sido construido de manera peligrosa? ¿Por qué la reproducción tiene que ser automática, el scroll infinito, la publicidad personalizada y la perfilación tan capilar? ¿Por qué el derecho de una empresa a maximizar el tiempo de permanencia debe prevalecer sobre el derecho de las personas a habitar el entorno digital sin que cada emoción se convierta en una señal comercial?

Son preguntas que exigen una Comisión dispuesta a gobernar el mercado. Von der Leyen prefiere, una vez más, dejarse gobernar por él.

Nada de autonomía estratégica. El único y verdadero plan industrial de esta Europa parece ser la producción en serie de vasallaje.

Vasalla de Donald Trump cuando transforma la migración en una cuestión de policía, detención y deportación. Vasalla de los caudillos digitales cuando trata su modelo económico como una ley de la naturaleza y no como una elección política. Vasalla de Netanyahu cuando llama equilibrio a mirar hacia otro lado y se convierte en complice del genocidio en Gaza. En Washington mandan los multimillonarios de las plataformas y marchan los agentes del ICE; Bruselas responde copiando el uniforme de los segundos y preguntando cortésmente a los primeros si estarían dispuestos a coser un botón de seguridad en sus productos.

Esta es la sorprendente coherencia entre el plano digital y el migratorio.

En ambos casos, Europa renuncia a gobernar el poder y decide gobernar los cuerpos.

Dura con los migrantes, prudente con los multimillonarios. Inflexible con quien cruza el mar, subalterna con quien explota a los niños. La Europa que debía representar una alternativa democrática al trumpismo importa, en cambio, sus dos grandes pasiones: la deportación como espectáculo político y la concentración privada del poder como destino inevitable.

Pero sería demasiado cómodo atribuir todo esto únicamente a Meloni, Le Pen, Vox y a la galaxia reaccionaria. La extrema derecha ha puesto los gritos, los grandes partidos de estado los sellos. Antes del “send them back” estuvieron los pactos, las abstenciones, los comunicados prudentes y una socialdemocracia convencida de que podía domesticar a los ultras administrando una versión aseada de sus obsesiones.

Así se ha desplazado Europa. No con un golpe, sino con una cadena de concesiones presentadas como sentido de Estado. Ellos pedían expulsiones, Bruselas redactaba retornos. Ellos señalaban al extranjero, las grandes alianzas diseñaban procedimientos. Ellos imponen el miedo, las instituciones de la UE lo llamaban realismo.

Y ahora Von der Leyen descubre a los niños. Los coloca bajo la luz, junto a la bandera y pronuncia sus derechos. Fuera de campo quedan los que esperan en una frontera, los que crecen bajo las bombas y los que alimentan con sus emociones el negocio de las plataformas. La foto sale perfecta. Europa, no.

martes, 21 de julio de 2026

"UNIDOS EN LA DIFEERENCIA SOMOS IMPARABLES. ¿QUÉ DIFERENCIA?". Lucila Rodríguez-Alarcón, infoLibre.es

Lamine Yamal, con 19 años recién cumplidos, define preciosamente eso de la diferencia: "Cada uno somos de un sitio, cada uno somos de una manera y creo que esa es la riqueza que tenemos"

El miércoles pasado la selección española ganaba 2-0 a Francia. El comentador de RTVE cerraba la retransmisión con esta frase que repite mucho últimamente en las coberturas del Mundial: "Unidos en la diferencia somos imparables". Me parece una gran frase, claro, pero ¿a qué diferencias se refiere? ¿Habla de las capacidades físicas, de las cualidades técnicas, del equipo del que vienen? ¿Se aplica a la selección de España o a todas las personas que vivimos en este país? Seguro que Rajoy tiene mucho que decir al respecto. No creo que todas entendamos el tema de la diferencia de la misma manera. Y se trata de un asunto clave en estos momentos en los que, en varias comunidades autónomas, una serie de personas están intentando imponer una definición sesgada de lo que es la “prioridad nacional”.

Y es que el tema de la diferencia o la pertenencia está siendo uno de los ejes del debate público global en el Mundial. Empezamos el campeonato teniendo que aguantar una diferenciación del trato de los participantes en los distintos puntos fronterizos del territorio donde se ha desarrollado. La segregación y las vejaciones que sufrieron algunos equipos y trabajadores del Mundial fueron portada los primeros días. Fue sonado el rechazo en frontera del árbitro somalí Omar Artan, que con 34 años iba a hacer historia como el primer colegiado de su país en pitar en una Copa del Mundo. Pero le obligaron a volverse sin poder participar en el campeonato. Solo este incidente debería haber generado una respuesta internacional contundente y sin fisuras. Pero produjo únicamente una leve indignación parcial. Ciudadanos originarios de naciones africanas y de Oriente Medio sufrieron demoras sistemáticas, cancelaciones de acreditaciones de última hora y revisiones exhaustivas en las aduanas estadounidenses; y la respuesta fue igual, nada de nada.

El epítome de esto fue la anulación de la sanción de una tarjeta roja impuesta al equipo de Estados Unidos. El presidente Trump realizó tres llamadas telefónicas consecutivas a su amigo personal Gianni Infantino para presionar y conseguir que Folarin Balogun pudiera jugar contra Bélgica. Menos mal que esta última paleó 4-1 a los estadounidenses. Pero el “tarjetazo” constituye sin duda el precedente histórico más peligroso de injerencia política en el arbitraje de un mundial. No se me ocurre un tongo mayor que este. Y me dirán que tongo siempre hubo. Y seguro que así es. Pero esto es como el chiste del marqués al que no dejan entrar en la piscina. Y cuando pregunta a qué se debe el rechazo y le explican que es porque se hace pis en la piscina, responde airado: "¡Pero si todo el mundo se hace pis en la piscina!". "Sí, pero usted es el único que lo hace desde el trampolín". Y eso es lo que nos está pasando: Trump se saca la cho**a y arrasa con el sistema de derechos a todos los niveles, pero le seguimos dejando entrar en la piscina y nos bañamos a su lado.

Dos días antes del partido España-Francia, el ICE se cobraba su novena víctima reconocida desde que este señor llegara a la presidencia de su país. Johan Sebastián Durán Guerrero era un chaval de origen colombiano que vivía en Maine, donde trabajaba y residía. Tenía 26 años, estaba casado y era padre de una niña de tres años que, según testigos, presenció el asesinato. Lo mataron por error, lo confundieron con un "alien", según aparece citado en fuentes oficiales —en serio, ¿cómo se puede llamar a una persona “alien”?—. Lo acribillaron, destrozando decenas de vidas y sin que tenga consecuencia alguna para sus asesinos y los que los amparan. Todo comienza con narrativas y simbolismos que luego se convierten en acciones. Por eso es tan importante que España gane el Mundial. Ya no solo para regocijo de millones de españoles que vivirán el triunfo como propio. También por el simbolismo político que implica.

No hay más que mirar el caso de Noruega. El Viking row se ha convertido en la acción más viral del Mundial. Eso de ver a toda la afición remando, y a los jugadores y hasta al primer ministro uniéndose, ha generado muchísima simpatía. Y en paralelo, tras no conseguir la suspensión de Israel por crímenes de guerra, la Federación Noruega de Fútbol (NFF), liderada por su presidenta Lise Klaveness, anunció la donación de la totalidad de las ganancias por la venta de entradas de su partido de clasificación mundialista contra Israel a organizaciones humanitarias, como Médicos Sin Fronteras, destinadas a la emergencia en Gaza. Así los vikingos llenaron su participación de un simbolismo que nos calienta el corazón a aquellas personas que creemos en los derechos, en la igualdad y en la fraternidad. Los eliminaron, y también a los irlandeses, pero todavía queda España de la troika que en mayo de 2024, en plena escalada del conflicto en la Franja de Gaza, dio el paso histórico de reconocer formalmente el Estado de Palestina.

Así que, si ganamos el Mundial, también lo ganará el simbolismo que acompaña internacionalmente a nuestro país en estos momentos. Esa narrativa es muy diferente de la que se nos regala dentro de nuestras fronteras. En el ámbito exterior, España es el país de la regularización extraordinaria frente a los crímenes del ICE, el del no al uso de las bases militares frente a la invasión de Irán, el del amor frente al odio, el de la justicia para Gaza. Es el país del Balón de Plata 2025 para Lamine Yamal, que con 19 años recién cumplidos define preciosamente eso de la diferencia: "Cada uno somos de un sitio, cada uno somos de una manera y creo que esa es la riqueza que tenemos".

Lo más gracioso de todo es que, cuando Lamine dice que cada uno es de un sitio, se refiere a un sitio de España, que ya de por sí implica un nivel de diversidad altísimo. Pero no se puede hablar de origen migrante porque nuestra selección apenas tiene tres jugadores de segunda generación. Alemania, Reino Unido o Francia tienen plantillas donde la mayoría son hijos de migrantes y, por ejemplo, el Congo tiene un equipo donde más de la mitad han nacido fuera. Esto lo sé gracias al proyecto de Artur Scartazzini, Diego Vieira y Felipe Líbano que, bajo el título El factor Inmigrante, analizan la composición de los equipos desde esa perspectiva. Es fascinante. Quizás sacó de ahí Rajoy sus desastrosas conclusiones. Es posible que para el PP, que ya bucea en el oscuro abismo de la "prioridad nacional", una persona que ha nacido y crecido en España no sea digna de ser española. Y aquí volvemos a la famosa cuestión de qué variable nos van a medir para saber si podemos formar parte de esa “prioridad nacional”.

Sea como fuere, somos diferentes todas las personas que habitamos este planeta. Si nos ponemos, podemos segregar hasta límites insospechados. Desde el color de la piel, que tiene miles de pantones –como lo muestra la obra Humanae ,de Angelica Dass–, hasta el tamaño de la nariz. No hay nadie igual, ni siquiera los gemelos. Y, por otro lado, somos todas muy similares. Nuestro diseño, lo que viene de fábrica y nos hace humanos, es un fino entramado de características neurológicas, hísticas y espirituales que nos definen como iguales. Todas las personas buscamos lo mismo: vivir una vida satisfactoria y plena. En lo que diferimos es en los caminos que creemos que debemos tomar para conseguirla. Ojalá fuéramos capaces de entender esto de forma orgánica y absoluta, y de respetar a las demás personas con sencillez y empatía. Porque, al final, es cierto que, se refiera a quien se refiera —selección, país o mundo—, unidas en la diferencia somos imparables.

domingo, 19 de julio de 2026

"INDEPENDENCIA E IMPARCIALIDAD DE LOS JUECES". Tomás de la Quadra Salcedo, El País

Juan Carlos Peinado, en los juzgados de la plaza de Castilla en Madrid
Solo anulando completamente toda la instrucción del juez se hubiera salvado la credibilidad y dignidad de la Justicia que aquí está en juego junto con los derechos fundamentales de los inculpados

El Tribunal Supremo en sentencia de 2/2/2011 anuló una condena impuesta por la Audiencia Nacional (AN) por su parcialidad, pues en una condena por enaltecimiento del terrorismo (caso Otegi), la presidenta de la AN —tras negarse el acusado a responder a la pregunta sobre si condenaba el terrorismo de ETA— dijo: “Ya sabía que no me iba a responder a esta pregunta”. Sometido a nuevo juicio, un tribunal de distinta composición absolvió finalmente al acusado.

Recordar la importancia de la imparcialidad viene a cuento de las palabras del juez Peinado —instructor del caso de Begoña Gómez— en sus autos de 11.4.26 y de 20.6.26, en los que, en relación con el delito de tráfico de influencias que le imputa, sostenía: “Lo determinante es que, por mucho que se busque en la jurisprudencia, … no podrá hallarse un supuesto de similares características, pues las conductas que provienen de palacios presidenciales, como este supuesto, parecen más propias de regímenes absolutistas, por suerte ya olvidados en el tiempo en nuestro Estado, lo que obliga a tratar de analizar (quizás hubiera que remontarse al reinado de Fernando VII) este tipo desde la perspectiva de una interpretación teleológica y hermenéutica de los citados artículos 428 y 429 del Código Penal”.

Esas palabras no expresan la opinión serena y objetiva de un juez imparcial que describe los hechos que está investigando, sino que son —en los términos estrictamente objetivos de su formulación— su antítesis: un “prejuicio” donde los hechos puros se sustituyen por calificativos, opiniones y valoraciones de conductas ajenas a su investigación. En un supuesto delito de tráfico de influencias, los autos lo vinculan con el presidente del Gobierno bajo la sinécdoque de “palacios presidenciales absolutistas”, referidas inequívocamente al consorte de la investigada; y los hechos –únicos que son objeto de la instrucción– se sustituyen por el “prejuicio” de la desmesura que expresa el párrafo con la imagen del absolutista presidente/Fernando VII, sugerente de los mayores excesos y abusos de los que, asegura, no hay noticia peor en nuestra historia hasta esos mismos autos.

Un juicio sobre la total conducta del presidente, completamente ajena a la concreta instrucción y a las pruebas practicadas, ceñidas a singulares actuaciones de su consorte en relación con la Universidad Complutense. Nunca, en todo caso, la investigación ha versado sobre el total comportamiento político del presidente, que es a lo que se refieren con perífrasis claras las palabras transcritas del auto. Estamos ante un “prejuicio” que no se refiere a hechos, sino a la opinión general del instructor sobre el Presidente; opinión que Peinado considera “determinante” del juicio indiciario sobre el supuesto delito de su esposa, contaminado, así, por su opinión política sobre el desempeño integral del Presidente –“palacios presidenciales absolutistas” sin parangón desde Fernando VII– en modo alguno circunscrito al caso investigado. Una opinión política del instructor, disparatada y sectaria a todas luces, que –en lo que aquí importa― necesariamente condiciona (“determinante”, dicen los autos mismos) su juicio sobre los hechos de que está conociendo, valorándolos integrados en el contexto ―imaginado y ni siquiera investigado― del comportamiento del calificado como dictador absolutista.

Las razones de la Sentencia del Tribunal Supremo de 2/2/2011 antes citada —reiteradas en sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) de 6/12/2018 sobre el mismo afectado (Asunto Otegi Mondragón y otros c. España)— pueden traerse a colación aquí sobre las consecuencias nulificantes de tal parcialidad del instructor. Los términos de la decisión del juez Peinado no se ajustan al deber de imparcialidad objetiva que también obliga al instructor, como veremos, y contaminan de nulidad lo actuado; del mismo modo, las doce palabras de la presidenta en el caso Otegui ―“ya sabía que no me iba a responder a mi pregunta”― anularon el juicio entero, incapacitando a todos los miembros de la Sala para volver a conocer del asunto.

Ciertamente, la instrucción de los jueces tiene carácter inquisitivo en cuanto, a partir de algunos hechos conocidos pero incompletos, tienen que completar los hechos mismos y su autoría e investigar y buscar la verdad, construyendo e imaginando hipótesis, sospechas (y sospechosos) con arreglo a las cuales continúan la investigación para completar los hechos y descubrir la verdad. Ese carácter inquisitivo les puede hacer perder inicialmente parte de su imparcialidad, pero solo en ese sentido de empezar por construir hipótesis que han de verificar, pues la imparcialidad se exige de todos los jueces, también del instructor (art. 14 del Pacto internacional de derechos civiles y políticos y art. 47 de la Carta de derechos de la UE), impidiéndole formular afirmaciones sobre hechos ajenos a la investigación y de naturaleza política que “determinen” lo investigado. Eso es lo que ocurre cuando se equipara al marido de la investigada con un déspota absolutista: se pierde objetivamente la imparcialidad.

Reclamar públicamente la imparcialidad —exigible también ante una instrucción— es indispensable cuando a muchos se les escapa tanto su ausencia en este caso como su trascendencia. Lo prueba que un director de programa radiofónico —para mí muy estimable— se limitara a calificar esa afirmación del auto como “ventajista” o como “escarceo histórico del juez Peinado” o “concesión populista del juez al público más cafetero” y en esa línea otros comentaristas y tertulianos. Es preocupante cómo al público y a muchos comentaristas se les escapa que un juez no puede hacer “una concesión populista al público más cafetero”, como lo pueden hacer políticos deslenguados que solo merecen, en atención a su libertad de expresión política, el reproche de la opinión pública. Un juez nunca tiene esa libertad en sus autos para decir lo que Peinado ha dicho: sus palabras son una confesión propia de su parcialidad objetiva no amparada por la independencia judicial indisolublemente vinculada con la imparcialidad. Quien no lo vea así blanquea lo más inadmisible y abre paso, inconscientemente tal vez, a una independencia judicial hipertrofiada, erigida y transformada en patente de corso para cualquier concreta parcialidad en que se incurra; una especie de legitimación para interferir en los derechos fundamentales de los ciudadanos más allá de los límites de la función jurisdiccional. La parcialidad que los autos confiesan desvela, finalmente, la real naturaleza de lo que algunos han querido pasar por meras extravagancias de las que rebosa la instrucción.

La imprescindible independencia judicial la reclamamos todos, empezando por los tribunales nacionales e internacionales (Luxemburgo y Estrasburgo), que evitan sin embargo sus excesos con la doctrina de la imparcialidad objetiva sin necesidad de atender a la intención subjetiva del órgano judicial, proscribiendo que la independencia sirva para corromper la imparcialidad con conductas o expresiones que, objetivamente, la ponen en entredicho: bajo el digno pabellón de la independencia, no cabe de contrabando la mercancía de la parcialidad.

No es el CGPJ ―en una actividad netamente jurisdiccional―, sino la Audiencia Provincial de Madrid, quien, aplicando la doctrina del TS en la sentencia de 2/2/2011 citada al principio, pudo poner remedio a la parcialidad de Peinado declarando la nulidad de toda su instrucción. Una instrucción objetivamente parcial no se convalida ni remedia en el juicio oral, irremediablemente contaminado ya por aquella hasta convertirlo en una formalidad vacía, como denunciara en 2007 Vives Antón (vicepresidente del Tribunal Constitucional y catedrático de Derecho penal). Solo anulando completamente toda la instrucción del juez se hubiera salvado la credibilidad y dignidad de la Justicia que aquí está en juego junto con los derechos fundamentales de los inculpados. La Audiencia Provincial acaba de comprometerlas al seguir adelante sin detectar ―desconociendo la doctrina del TS y del TEDH― la parcialidad objetiva del instructor que, por la nulidad absoluta que comporta, podrá y deberá declararla de oficio cuando la perciba, aunque solo sea para salvar el honor de la Justicia.

sábado, 18 de julio de 2026

"YO FANÁTICA". Irene Vallejo

Es más fácil convivir si actuamos con menos inclemencia, si nos reímos de nuestra solemnidad y empatizamos con el prójimo

Desde siempre, tus amigos han bromeado sobre tu terquedad. Cuando una idea te obsesiona, te aferras al asunto, te exaltas y no sueltas el mordisco. Poco ágil en las conversaciones saltarinas y ligeras, insistes en ahondar machaconamente y ser escuchada hasta la última minúscula matización. Necesitas vencer y convencer. Llegué, vi, insistí. Cuentan que Churchill —autor del mayor glosario de citas probablemente ficticias— afirmó: “Un fanático es alguien que no puede cambiar de mentalidad y no quiere cambiar de tema”. Te asalta una hipótesis incómoda: quien sufre este arrebato intransigente no se da cuenta. Quizá ni siquiera tú misma.

“Fanático” deriva del latín fanum, que significaba “santuario” o “templo”. En la Antigüedad llamaban así a los sacerdotes del culto de Belona o Cibeles, cuyos ritos resultaban excéntricos y frenéticos para los creyentes paganos. Desde el principio, integrista siempre es alguien de otro credo. El escritor Amos Oz se consideraba —con saludable ironía— un experto en fanatismo comparado. Sostenía que el peligro no solo acecha en las manifestaciones colectivas de fervor ciego, entre esas multitudes que agitan sus puños mientras gritan eslóganes en lenguas que no entendemos. No, el fanatismo también se expresa con modales silenciosos y un barniz civilizado. Está presente en nuestro entorno y tal vez también seamos víctimas de su temida infección.

El fenómeno fan se ha incorporado a la vida cotidiana a través de la música y el deporte. Son sus manifestaciones más leves —aludidas con solo las tres primeras letras de la palabra—, aunque a veces también se desmadran. En la antigua Roma algunos devastadores motines empezaron como reyertas en los juegos de gladiadores o en el circo, entre partidarios de las distintas facciones deportivas.

El fanatismo nace de la necesidad —profundamente humana— de pertenecer a algún grupo, equipo o colectivo. Por desgracia, ese anhelo suele derivar en el rechazo a quienes no forman parte de nuestro núcleo, hasta el punto de querer cambiar a los demás, o expulsarlos. Estas actitudes comienzan en casa, en esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar al cónyuge, de hacer ingeniero al niño o enderezar al hermano, en vez de dejarlos tranquilos. El fanático quiere salvarte, redimirte, mejorar tus hábitos. Se desvive por ti, te alecciona. En uno de sus discursos fundacionales de la democracia ateniense, Pericles formuló una idea novedosa para construir comunidades donde nadie sea despreciado: “En el trato cotidiano, no nos enfadamos con el prójimo si hace su gusto, ni ponemos mala cara”. En cada caso y en cada casa, antes de intentar modelar al otro o darle la espalda, recordemos el deseo universal de vivir a nuestro aire.

El romano Luciano de Samósata escribió en el siglo II un irresistible repertorio de obras satíricas donde parodia a los filósofos por sus feroces enemistades, su rigidez y su habilidad para olvidar sus propias faltas cuando pontifican. Con sus bromas certeras denuncia que hasta los sabios se embarran de autoritarismo. Podemos volvernos fanáticos de todo, incluso del diálogo y el respeto. Con frecuencia, quien empieza predicando la tolerancia termina apedreando verbalmente a los diferentes. En nuestras ágoras mediáticas, abundan los fanáticos antifanáticos y los cruzados antifundamentalistas.

Contra este trastorno, previene Oz en su ensayo Contra el fanatismo, no hay tratamiento de eficacia probada. Nos pueden ayudar el arte y la ficción, que abren la mirada a otras mentes y fomentan cambios de perspectiva. Incluso si alguien está absolutamente en lo cierto y el otro vive en el error, sigue siendo útil ponerse en el lugar de los demás. Aprender a mirarnos como nos ven. Asumir que, cuando nos sentimos cargados de razones, nos volvemos pelmas. Peligrosos pomposos. A la larga, es más fácil convivir si actuamos con menos inclemencia, nos reímos de nuestra solemnidad y empatizamos con el prójimo. En un arrebato de locura, incluso podríamos llegar a considerar como posibilidad que —tal vez— estemos equivocados —un poco—. Por supuesto, eso es imposible, puro delirio, pero resulta preferible caer en un exceso fantástico que fanático.

viernes, 17 de julio de 2026

"La catástrofe moral de los tecnomagnates totalitarios: nos roban los datos, nos roban la democracia". Shoshana Zuboff, El País

SR. GARCÍA
Un grupo de caciques corporativos son los responsables del colapso democrático al que asistimos a escala mundial. Con sus algoritmos han conseguido que los ciudadanos naveguemos en un lodo informativo mientras los líderes políticos improvisan ante cada nueva crisis. Cuando las prácticas empresariales entrañan un coste moral y humano inaceptable, hay que abolirlas. Se hizo con el trabajo infantil. Y con la esclavitud

El 10 de noviembre de 2019, la presidenta electa de la Comisión, Ursula von der Leyen, viajó de Bruselas a Berlín para entregarme el Premio Axel Springer por La era del capitalismo de la vigilancia. Parecía consciente de la importancia histórica de aquel momento en el que Europa era la única fuerza geopolítica capaz de frenar la caída precipitada hacia la distopía digital.

“Creemos que lo más importante es el ser humano. Europa pone los valores, los derechos, la confianza y el Estado de derecho por delante de todo lo demás, y eso debe valer también para la estrategia europea en la era digital. Para nosotros, las nuevas tecnologías nunca significarán nuevos valores… Las personas somos, ante todo, ciudadanos, dotados de derechos y con el control de nuestra propia vida… Tanto en el mundo analógico como en el digital…”.

La presidenta electa era consciente de que las demás grandes potencias iban a pulverizar esos valores. “En EE UU, el mercado es tradicionalmente lo más importante… En Asia, el Gobierno tiende a dominar y el individuo tiene que aceptar un papel subordinado al del grupo. Rusia exige a los proveedores de internet que instalen equipos de red capaces de identificar el origen del tráfico y filtrar contenidos”. “Por el contrario”, subrayó, “Europa tiene una larga tradición de equilibrio entre el poder del Estado y el del mercado y, al mismo tiempo, otorga una prioridad especial al individuo. Esa es la gran ventaja de Europa a la hora de dar forma a la era digital. Y todavía no es demasiado tarde. Por supuesto, el progreso no está garantizado. Hay que seguir trabajando”.

Recuerdo el ambiente que se respiraba en la sala después de sus palabras. El viento helador azotaba las ventanas que dominaban la ciudad, pero allí dentro compartíamos una sensación de esperanza, calidez y solidaridad al ver que la mujer que iba a presidir la UE comprendía verdaderamente la importancia y la oportunidad que ofrecía esta próxima gran transformación. También nos tranquilizó ver que comprendía que la UE era la única de las grandes potencias que había institucionalizado y estaba dispuesta a actuar en defensa de los valores, derechos y leyes capaces de forjar un siglo democrático y digital para Europa y para todos los que, en todo el mundo, están desesperados por huir de la distopía. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 15 de julio de 2026

"PATRIOTISMO". Jordi Nieva Fenoll, elDiario.es

El nacionalismo no es más que una ultraidentificación de la propia cultura, que se considera diferente o incluso superior al resto por razones absurdas e inconcretas, por lo general. Si se exacerba, se llega al crimen del racismo

Siempre me ha molestado profundamente que se utilice el deporte para hacer exhibiciones o proclamas patrióticas. Hay quien dice que es mejor que esa exaltación nacionalista se haga en los terrenos de juego y no en el campo de batalla, y también es verdad que, en el panorama ultranacionalista internacional que rige desde hace mucho tiempo, algunos pueblos sin Estado solo pueden expresarse a través de ocasiones incidentales, como el deporte precisamente. Sin embargo, creo que hubiera sido bastante mejor anular la pulsión nacional y no exhibirla en ninguna parte, sustituyéndola por el amor a la cultura, en general. Puede parecer naif este pensamiento. Intentaré explicarlo a continuación.

El nacionalismo no es más que una ultraidentificación de la propia cultura, que se considera diferente o incluso superior al resto por razones absurdas e inconcretas, por lo general. Si se exacerba, se llega al crimen del racismo. Este último ni siquiera se distingue de las peleas entre grupos colindantes de chimpancés, cuyo único pretexto es siempre la protección del propio grupo frente al vecino. Se trata, en definitiva, de un instinto de autoprotección colectivo, considerando que si desaparece el grupo, uno mismo también está en peligro de perecer. Con esa base, se invaden territorios, o se defiende la propia tierra a muerte, y se protegen a veces hasta límites irracionales las propias expresiones culturales o costumbristas, creyendo que, si desaparecen, el grupo también será eliminado.

De ahí que inquiete la presencia de otras culturas en el medio que se considera propio, como le sucede actualmente a demasiadas personas con los inmigrantes. En ocasiones, se produce la misma reacción dentro del propio grupo, cuando algunos quieren distanciarse por preferir una nueva religión, o un cambio político no deseado por el resto, o simplemente nuevas costumbres que alteran las tradiciones respetadas por la mayoría, lo que hace que se individualice a ese grupúsculo de prácticamente la misma genética, y algunos piensen hasta en extirparlo, nuevamente, por el horror a los cambios y al nacimiento de diferencias. En realidad, claro está, las diferencias pueden hacer nacer nuevos grupos, acabando con el original, y ningún grupo desea perder huestes, sobre todo en previsión de ataques de grupos vecinos, para cuya defensa se necesita, por supuesto tropa, como bien sabe cualquier país en guerra. Nuevamente, también les sucede a los chimpancés, como han demostrado los primatólogos. De ahí, de hecho, las ideas ultraconservadoras de la vida de algunas religiones con respecto al aborto o a la eutanasia, y sorprendentemente más liberales con la pena de muerte; no se desea que el ejército pierda soldados, pero sí se desea acabar con los discrepantes.

Todo ello es esencialmente absurdo, si se considera despacio y en simples términos de supervivencia y consecución de la felicidad, que solo es posible gozando de una libertad que no permite el yugo costumbrista de estas agrupaciones de individuos. Sin embargo, hay algo que sí es positivo de todo lo indicado, sobre todo en términos de diversidad en todos los sentidos, que siempre produce mayores oportunidades de supervivencia. Un grupo de sujetos que siempre hace exactamente lo mismo, perecerá si cambian las circunstancias. En cambio, un colectivo propenso a los cambios, sabrá reaccionar a cualquier novedad y sobreponerse cuando dichas novedades se conviertan en adversidades. Además, esa propensión favorecerá la identificación de dichas novedades como oportunidades, lo que hará crecer intelectualmente al colectivo, cosa que, obviamente, también le otorgará mayores oportunidades de supervivencia.

Esa es justamente la razón por la que el amor a la cultura se convierte en una eficaz herramienta de bienestar. Si se respetan y promueven las lenguas propias de todos los individuos de un territorio, sin imponer por la fuerza un idioma común, se conservan diversos modos de expresar la realidad, lo que también hace nacer nuevas ideas. Lo sabe cualquier políglota que, además de recordar palabras en diversos idiomas, es capaz de profundizar en sus raíces etimológicas y comprende que detrás de cada modo de expresarse, existen diversas maneras de ver el mundo que ayudan a entenderlo cada vez mejor. Lo mismo sucede con las ideologías políticas, los hábitos morales o las simples costumbres alimenticias o de higiene. Mejoramos cuando incorporamos platos sabrosos de otras culturas, o adoptamos medidas de control de la suciedad, o del calor, o del frío, o probamos otras formas de vestirnos, o incluso de dirigirnos a los demás. Todo ello amplía el acervo cultural general, de manera que cada vez es menos posible que las diferencias culturales sean contempladas como abismos que nos separan, transformándose en fuentes de curiosidad que nos llevan a acercarnos e integrarnos sin dejar de sentirnos nosotros mismos.

Algo así debería ocurrir algún día con los Estados. Son, en su origen, muy claramente, territorios que se consiguió controlar militarmente en una época pasada, y poco más. El cierre de fronteras ha hecho que sus integrantes se parezcan cada vez más entre sí y se diferencien de sus antiguos vecinos, otrora tan parecidos a ellos. En realidad, en ocasiones no son más que una fuente de empobrecimiento cultural general, pretendiendo a veces ser, en realidad, lo contrario.

Por ello, si bien en el pasado, sobre todo desde la paz de Westfalia del siglo XVII, aprendimos -mal que bien- a respetar las fronteras para prevenir conflictos, puede que la próxima “paz” que llegue en el futuro consista en la toma de consciencia de lo absurdo de las diferencias nacionales, reconociendo a los grupos humanos vecinos como personas de las que aprender y con las que convivir. Mutuamente, por supuesto. De ese modo, será más posible que nadie quiera imponerse culturalmente sobre otro, ni que sigamos tolerando auténticos crímenes de lesa humanidad cuando ridiculizamos formas de vestir, idiomas, religiones, gastronomía o cualquier expresión de las costumbres de cualquier colectivo humano.

Puede que en el futuro seamos capaces de liberarnos de la esclavitud de todas esas expresiones culturales, viendo precisamente en la cultura solamente lo que es: una oportunidad de constante aprendizaje permanente abierta a nuevas experiencias observadas desde el más estricto respeto a la libertad. Tal vez de esa forma logremos disfrutar del deporte como juego, y no como victoria. Quizás de ese modo aprenderemos a perder el orgullo de la pertenencia al propio pueblo en beneficio de la identificación como ser humano. Ojalá que, de ese modo, sepamos ya, por fin, que solamente somos una agrupación de sustancias omnipresentes en un mismo universo que tuvieron la suerte de crear unidades de autoconsciencia que nos dan la oportunidad de disfrutar. De ser felices. Y de vivir pensando permanentemente en hacer felices a los demás como el mejor camino para obtener la propia felicidad.

"LOS BORBONES A SUS ÓRDENES, MI GENERAL". Nieves Concostrina, Publico.es

Por mucho que se les seque la boca a algunos seudoprogresistas uniendo el apellido Borbón a la sagrada palabra democracia, no conseguirán en...