miércoles, 4 de marzo de 2026

"LA RESPONSABILIDAD DE LOS INFLUENCERS". Leila Nachawati, publico.es

La influencer Violeta Mangriñan publicó una fotografía
de un plato de jamón acompañada del siguiente texto:
“Feliz Ramadán”,  en sus redes sociales
En una entrevista reciente, a la influencer Violeta Mangriñán se le planteó una cuestión aparentemente sencilla: el motivo de su influencia. Con su característico estilo desenfadado y directo, ella devolvió la pregunta: "Dímelo tú, ¿por qué influyo?" No es banal plantearse esto en un ecosistema digital donde la relevancia es tan masiva como difícil de definir. Como la cuestión no se aclaró, decidí consultar a Gemini, la IA de Google: "¿Por qué influye Violeta Mangriñán?"

Esto responde Gemini: Violeta Mangriñán cuenta con más de 2.4 millones de seguidores en Instagram. Su influencia se basa en la exposición de su estilo de vida, maternidad y moda, generando un alto compromiso (engagement) que la convierte en un referente aspiracional para una audiencia joven.

Es decir, cualquier mensaje emitido en su plataforma tiene un alcance masivo: desde los productos que recomienda hasta sus rutinas o viajes, pasando por las polémicas que desata. La última ocurrió el 22 de febrero, cuando publicó una fotografía de un plato de jamón acompañada del siguiente texto: "Feliz Ramadán". Una imagen ante la que le llovieron críticas, insultos y hasta amenazas de muerte.

¿Cómo reaccionó Mangriñán a la polémica? Siguiendo un patrón ya habitual en estas situaciones, hubo una fase de pánico en la que la influencer dijo haber pasado "dos días encerrada en el baño, llorando". Después llegaron las disculpas, formuladas como un trámite para salir del paso. Hace tiempo que se advierte que "Pido disculpas a quien se haya podido sentir ofendido" no es una disculpa porque no incluye el reconocimiento de qué se ha hecho mal, a quién y por qué. Si esa reflexión no existe, por tanto, más vale no disculparse. Como colofón al episodio, Mangriñán añadió que, dado el nivel de hostilidad recibido en redes, recurrirá a escolta privada para protegerse a ella y a sus hijas durante todo el mes de Ramadán.

¿Qué ha hecho realmente la influencer? Desde luego nada delictivo. Tampoco nada que justifique que reciba agresiones o amenazas. Simplemente ha hecho una broma de mal gusto, pero la ha hecho en un terreno abonado.

En el contexto actual (español, europeo, occidental), las personas musulmanas conforman el principal colectivo estigmatizado en nuestras sociedades. Son el gran "Otro", quienes sufren el mayor proceso de deshumanización sistemática, un fenómeno que guarda muchos paralelismos con el que sufrió la población judía a principios del siglo XX.

Recordar esa etapa histórica ayuda a entender lo que está en juego, y hasta qué punto la violencia contra el otro requiere del lenguaje para normalizarse.

Como explicaba el filólogo alemán y judío Víctor Klemperer al analizar cómo se inoculó el odio en la Europa de los años treinta, el lenguaje no solo refleja la violencia sino que la prepara. Y es que ciertas expresiones o burlas, cuando se ceban en quienes ya son objeto de escrutinio, actúan como "pequeñas dosis de arsénico": las tragamos sin darnos cuenta y, aunque parezcan inofensivas, sus efectos se acumulan y acaban siendo tóxicos.

Para ver cómo opera esta maquinaria hoy basta mirar a Estados Unidos, donde las más altas esferas del poder global lideran esta dinámica. El propio presidente Donald Trump difundía recientemente un vídeo generado por inteligencia artificial en el que Barack y Michelle Obama aparecían representados como monos. Lo que desde su equipo se intentó justificar como un simple meme no tiene nada de broma inocente: es un ejercicio abierto, sin tapujos, de racismo y deshumanización del otro. Son los líderes políticos más extremistas quienes marcan el paso, pero hacen falta miles, millones de pequeños granitos de arena cotidianos para normalizarla.

Con esto en mente, conviene cuestionar en qué medida las acciones, las palabras y los gestos de quienes disponen de grandes plataformas contribuyen a esa criminalización del otro. En un panorama marcado por el racismo institucional y la normalización de los discursos de odio en la esfera pública, ¿qué tipo de imaginario nutren y refuerzan estas burlas, en particular entre los más jóvenes?

Ante el incendio social y (geo)político mundial que vivimos, es de agradecer que quienes disponen de un enorme altavoz lo usen para calmar ánimos y tender puentes, en vez de avivar el fuego que se ceba en los más vulnerables.

martes, 3 de marzo de 2026

"FRENTE AL BURKA, FEMINISMO TRANSVERSAL". Azahara Palomeque, Pulbico.es

Nunca he visto un burka en España, pero sí lo he hecho en Estados Unidos: normalmente, en mujeres que caminaban ocultas al lado de sus maridos a cara descubierta, deslizándose, tuteladas, como una presencia fantasmagórica, por la calle o los centros comerciales, espacios donde generaban miradas reprobatorias o, como mínimo, de sorpresa. La gente que volvía el rostro para juzgar en silencio se enfocaba en ellas; no en ellos, los acompañantes cancerberos. Y yo me preguntaba en esos momentos hasta qué punto se podía considerar esa práctica como parte de la "libertad" religiosa si las que portaban tal indumentaria, muy probablemente, no habían podido tomar dicha decisión. Como mujer, me incomodaba, al toparme con un espejo que representaba igualdad y diferencia a la vez: féminas ambas, pero provenientes de mundos antagónicos. Tampoco sentía que ese atuendo invisibilizase a la señora que había debajo: ¿cómo podía ser, si los cuellos se giraban a su paso?, ¿si el género de la susodicha destacaba sobre todas las cosas? Más bien, el burka servía para visibilizar una opresión de cuerpo velado, colectivamente tolerada al amparo de una Constitución que protegía la libertad de culto, pero que no necesariamente avalaba todas las prácticas asociadas a un dogma concreto. Al final, entre mi respeto a la diversidad espiritual y aquella visión enmascarada, predominaba una opinión muy parecida a la de Gabriel Rufián: "el burka es una salvajada".

Como símbolo de machismo, alguien que se oponga a la ejecución estructural de la dominación masculina debería, en buena lógica, rechazar esta prenda. Esto no tiene tanto que ver con la vestimenta en sí –si fuese un disfraz de carnaval cargado de connotaciones críticas, otro gallo cantaría– sino con su significado, de ahí que las comparaciones asociadas al hábito de una monja o al traje de un nazareno no se sostengan, pues el marco semántico varía. Parece una obviedad, pero es preciso repetir que, por ejemplo, los capirotes de una procesión de Semana Santa en nada equivalen a los de un ritual del Ku Klux Klan, por mucho que su forma se asemeje. Otro matiz relevante provendría de distinguir entre la práctica específica y la religión que supuestamente la acoge: sólo una minoría de población musulmana (femenina) usa el burka, y su repudio no implicaría la demonización de la totalidad del islam, de la misma manera que tampoco conduce a ese camino oponerse férreamente a la ablación del clítoris –culturalmente aceptada en algunas partes del globo–. Trazar las líneas rojas de los derechos humanos importa, aunque a veces conlleve enfrentarse a debates éticos complejos. En ese umbral de lo tolerable (o no) se juega la izquierda su legitimidad, y no es difícil contemplar estos días a algunos de sus miembros más mediáticos caer en la trampa de una transigencia que atenta contra la dignidad de las mujeres.

Ahora bien, la (ultra)derecha, sabedora de su capacidad para imponer la agenda de la opinión pública, fortalecida internacionalmente y autoproclamada valedora de ciertas esencias –la nación, la familia, etc. – es consciente de que, quizá, el obstáculo más implacable frente a su avance sea el feminismo, y anda pescando futuros votos en un caladero que aún se le resiste: las mujeres. Ante eso, no proponen ampliar los permisos por maternidad, fortalecer la misma sanidad pública que no estuvo a la altura con los cribados del cáncer de mama, dotar de más recursos al pacto contra la violencia de género, solventar la desigualdad salarial, o aumentar las plazas en guarderías públicas; más bien, han optado por introducir un populismo identitario en torno al burka que actúa como caballo de Troya en el corazón de la fortaleza feminista. La estrategia es tan brillante como malvada; responde al poder electoral femenino donde aún queda democracia; y encima nutre el habitual catálogo de odios. Pero si ya sabe la izquierda que se trata de una emboscada, ¿por qué muerde el anzuelo? ¿O es que no lo sabe? ¿Qué hace barajando números, si "cuando tocan a una, nos tocan a todas"? ¿Por qué no reacciona contraponiendo a la sugerencia de prohibir el burka un paquete legislativo radicalmente feminista, que sea la tumba de la misoginia? De lo contrario, estarán regalándole al adversario el reino del sentido común, y toda una historia de luchas, disidencias y conquistas sociales.

No es difícil llegar a la conclusión de que el burka es una salvajada; pero, entonces, nos debemos una conversación amplia sobre cómo erradicar el machismo en cada una de sus vertientes, desde la prostitución hasta la falta actual de prestación por crianza, pasando por la IA que desnuda a chicas sin su consentimiento. Vaya a ser que dejemos entrar al caballo y con él venga, luego, el ejército completo.

lunes, 2 de marzo de 2026

"JEFFREY EPSTEIN: EL PARADIGMA MASCULINO DE LA ÉLITE FINANCIERA MUNIDAL". Eva Illouz, Grand Continent

 El primer gran caso de la globalización sacude todas nuestras representaciones.
Desde Steve Bannon hasta Noam Chomsky, pasando por Bill Clinton y Donald Trump: una misma élite parece sostenerse en un mismo nodo.
¿Por qué?

El caso Epstein es más que una simple noticia: es un acontecimiento excepcional que perturba e interrumpe la rutina de nuestra vida colectiva. Por definición, los escándalos siempre violan normas profundamente arraigadas. Pero sería engañoso creer que solo son rupturas. En realidad, pueden violar las normas morales y, al mismo tiempo, poner de relieve las continuidades y las líneas de fuerza de una estructura profunda subyacente de la sociedad en la que estallan.

Si el escándalo de los Epstein Files es tan inquietante es porque saca a la luz los engranajes invisibles de mundos sociales cuyo funcionamiento suele estar oculto y que se despliega a escala mundial.

En este sentido, Jeffrey Epstein no era un «desviado».

Representaba la forma paradigmática del éxito en el capitalismo financiero globalizado.

La gran convergencia: los Epstein Files como escándalo de la globalización

La lista de personas ricas y famosas que gravitaban en diversos grados alrededor de Epstein es vertiginosa: Bill Clinton, Noam Chomsky, Donald Trump, Les Wexner, Steve Bannon, Leon Black, Larry Summers, el príncipe Andrés, la duquesa de York, Mick Jagger, Alan Dershowitz, Larry Summers, Kevin Spacey, Peter Thiel…, por citar solo algunos nombres conocidos y más o menos prestigiosos.

Al consultar esta lista, encontramos a algunas de las personas más poderosas del planeta en los ámbitos político, económico y cultural. Aún más fascinante es el alcance geográfico mundial de la red de Epstein, desde Rusia hasta Estados Unidos, desde África hasta Europa, y en particular París.

Ya sabíamos que las élites económicas y políticas se reunían en Davos, que las estrellas de cine se reunían en Cannes y los académicos en conferencias internacionales en las grandes universidades de todo el mundo. Sin embargo, menos conocida es la gran burbuja social que forman las élites políticas, económicas, intelectuales y culturales —nuevas y antiguas— que viven en todos los rincones del mundo, pero que son capaces de reunirse e interactuar de manera fluida y armoniosa en lugares prestigiosos. Si nuestras sociedades civiles están polarizadas, las élites globalizadas del caso Epstein parecen estar por encima de las divisiones políticas: beben champán y toman el sol juntos en diferentes continentes, intercambian información crucial y se ayudan mutuamente para sacar adelante sus proyectos en todo el mundo y, de vez en cuando, abusan sexualmente juntos de adolescentes en una isla alejada de todo.

El lingüista de izquierda Noam Chomsky se codea con el tiburón de las finanzas Jeffrey Epstein o con el spin doctor del movimiento MAGA Steve Bannon, y esa es la verdadera novedad del caso Epstein: muestra que Chomsky y Bannon están sociológicamente más cerca el uno del otro de lo que su ideología sugiere. Uno domina a los demás en el ámbito de los signos, las palabras y las ideas; el otro, por su influencia política. Ambos pertenecen a redes mundiales.

En esta sorprendente convergencia de elementos aparentemente divergentes se encuentra el núcleo del caso Epstein. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 1 de marzo de 2026

"UNA FORMA DE RESISTENCIA". Juan José Millás, El País

Liam Ramos, de cinco años, detenido por agentes de ICE
en Columbia Heights, Minnesota, en una imagen tomada
por un empleado del colegio público donde estudia.

Esta foto no es el final de una historia miles de veces repetida, sino una interrupción en la nuestra

Antes de convertirse en símbolo de la barbarie, este niño era solo un cuerpo pensante, un ser sintiente. Tenía una estatura concreta, un peso, una temperatura, unas fantasías. La foto, a estas alturas, es ya un discurso sobre la maldad, pero lo que ocurrió primero fue brutalmente físico, cruelmente real, lo mismo que un golpe de frío o fiebre. Lo más inquietante no es solo la violencia de la escena, sino la manera en que el pequeño parece saber qué hacer dentro de ella. No llora, no se resiste, no mira a la cámara. Está concentrado en su papel, como un detenido profesional, un detenido de película. Ha entendido que, en ciertas circunstancias de la vida, si conviene hacerse el muerto, uno se hace el muerto. No es sumisión, es una técnica de supervivencia. El cuerpo infantil, enfrentado a una maquinaria gigantesca, cuya manaza se posa sobre su mochila, improvisa una conducta aprendida para no romperse. Cruzar las manos, permanecer quieto, mirar al frente. Un modo de decir sin palabras:

—No me pegues.

La foto captura ese instante en que Liam Ramos, que devendría símbolo de la animalidad de Trump y los suyos, es solo alguien que administra como puede su vulnerabilidad. Luego vendrán los titulares, la indignación, la lástima. Pero antes solo hubo un crío gestionando su propio miedo con una decencia involuntaria. Esta foto no es el final de una historia miles de veces repetida, sino una interrupción en la nuestra. Nos detiene. Nos incomoda. Nos exige una pausa. Y en un mundo que pasa las imágenes como si fueran nada, una pausa ya es una forma de resistencia.

sábado, 28 de febrero de 2026

"ORGULLO DEMOCRÁTICO". Luis García Montero, infoLibre.es 15 FEB 2026

Sentarse a escribir, igual que sentarse a escuchar, es una toma de postura ante la prisa, esa dinámica que enturbia la capacidad de pensar y nos empuja al mundo accidentado de las obsesiones. Cuando habitamos una situación difícil, el destino puede llegar a confundirse con la fatalidad y el futuro se hunde en la desconfianza como si cualquier deseo de luz estuviese condenado al fracaso. Tomar conciencia supone desde luego valorar las heridas, medir la gravedad, sentir los peligros, pero también implica una reflexión sobre las causas, un análisis de los acontecimientos y un compromiso con la esperanza. Se puede tratar de un compromiso activo, porque no tirar la toalla, no renunciar a la conciencia, debe ser algo más que sentarse a esperar los acontecimientos. La esperanza invita al activismo. Seamos activistas de la esperanza, un modo de espera en el compromiso de la propia conciencia.

Las dinámicas que atentan en los últimos años contra la democracia son evidentes. Más allá de los desalientos y las tristezas de la actualidad, la memoria puede ayudarnos a comprender el significado de las situaciones, y la comprensión de las causas facilita a veces que el desaliento se convierta en orgullo. Cosas de la edad y la poesía. La relevancia que el machismo ha recuperado ahora en el pensamiento reaccionario puede ser un buen ejemplo.

Confieso que se trata de un asunto que me afecta de manera especial, porque la poesía se relaciona de forma íntima con la educación sentimental de la sociedad. Los poetas herederos de Antonio Machado aprendimos que la historia no sólo pasa por las declaraciones políticas, sino también por el modo de decir amor, te quiero. Así que intentar comprometerse en la sociedad a través de la poesía supone siempre un esfuerzo por transformar los sentimientos más íntimos, esos que dialogan con el deseo, el miedo y los matices profundos de la palabra yo. ¿Qué digo yo cuando digo te quiero?

A principios de los años 80, hace más de 40 años, un grupo de poetas publicamos una declaración en la que asumíamos nuestro compromiso para conseguir una nueva sentimentalidad. La democracia no consistía sólo en poder votar cada 4 años. El franquismo había supuesto algo más que la cancelación del derecho al voto. Además de prohibir la libertad del pensamiento político, la dictadura había fijado una vigorosa instrucción sentimental fundada en un machismo imperativo.

Quien tenga edad para recordar las costumbres dictatoriales sabrá qué significa vivir en una sociedad fundada en el machismo, y no sólo porque la mujer dependiese legalmente del marido a la hora de tomar decisiones, sino porque la condición femenina se identificaba con el espacio de lo privado, la dependencia familiar, la incomodidad pública (en el trabajo, la literatura o las relaciones sociales) y la tarea natural de los cuidados domésticos. Si comparo la condición femenina que marcó la vida de mi madre con la que hoy define la vida de mis hijas, la distancia es abismal. Y yo me siento democráticamente orgulloso de esa diferencia. Creo, además, que la poesía, la cultura democrática, han ayudado mucho a transformar la sociedad.

Creo también que el protagonismo machista en el pensamiento reaccionario es una respuesta a los avances conseguidos por una democracia de la que, en medio de las dificultades, podemos sentirnos orgullosos. Y podemos comprender así las estrategias reaccionarias: un esfuerzo por no hablar de los derechos legítimos en la igualdad, una apuesta por convertir cualquier avance justo en una amenaza. Las mujeres son un peligro contra los hombres. De ahí la confusión que un pensamiento conservador e indignado busca a la hora de denunciar cualquier progreso, convirtiéndolo en un peligroso desarreglo social.

Y puestos a sentir orgullo, me hago una pregunta que nos invita a seguir pensando. El apoyo de las élites económicas, los oligarcas de las tecnológicas y las grandes multinacionales a la extrema derecha antidemocrática, ¿no significa también que la democracia, pese a sus defectos y limitaciones, ha conseguido avances económicos en favor de la igualdad?

Para luchar por la democracia, además de los defectos, conviene sentirse orgulloso de lo conseguido. Y un poeta como yo, nacido en Granada poco después del asesinato de Federico García Lorca, tiene muchos motivos para sentirse orgulloso de nuestra democracia.

viernes, 27 de febrero de 2026

"INGERENCIA EXTRANJERA O MANGONEO TECNOLÓGICO". Clara Jiménez, El País

Cuando los magnates ponen las redes al servicio de sus propios intereses y tratan de moldear la conversación pública, hay que replantear la influencia que tienen en los asuntos internos de los países

Deberíamos buscar un término para definir lo que magnates tecnológicos como Pável Dúrov o Elon Musk están intentando hacer en España (y en otros países). No queremos llamarlo injerencia porque eso se le atribuye a estados, pero, ¿cómo llamamos a la presión política directa que viene de compañías internacionales que, en ocasiones, tienen un valor de mercado superior al PIB de la mayoría de países? ¿Qué hacemos cuando usan su acceso privilegiado a esas aplicaciones, que utilizan un gran porcentaje de ciudadanos, y los obligan a consumir su opinión? Cuando los magnates de la tecnología la ponen al servicio de sus propios intereses y tratan de moldear de manera directa e indirecta la conversación pública, entonces igual hay que plantearse que alguna influencia pueden tener en los asuntos internos de un Estado.

Los CEO de Telegram y X pueden tener opinión, faltaría más, y expresarla públicamente, incluso en forma de emoji de caca hacia el presidente español o hacia cualquier otro dirigente. El problema no es ese. El problema es la utilización de las estructuras de comunicación masiva de sus plataformas para que le lleguen a todos los usuarios de un país, también a los que no están interesados en su opinión ni la han buscado: desde la utilización del chat de soporte de Telegram por parte de Pável Dúrov para expresar su opinión sobre las medidas anunciadas por el Gobierno, al hecho de que cada vez que abres X lo primero que ves es un tuit de Elon Musk. Esto no es la primera vez que ocurre ni pasa solo en España.

En 2021, cada vez que un australiano iba a buscar algo en Google, se topaba con un banner de la propia compañía en que explicaba por qué estaban en contra de la legislación que pretendía aprobar el Gobierno de Australia para obligar a las plataformas a pagar por el contenido periodístico que usaban. En 2023, Google y YouTube, entre otros, consiguieron tumbar el Proyecto de Ley de las Fake News propuesto por el Gobierno de Brasil gracias a una agresiva campaña de lobby que incluía banners publicitarios en sus propios buscadores rechazando el proyecto. Este modus operandi no siempre está en contra del Gobierno de turno. En enero de 2025, los usuarios estadounidenses que accedían a TikTok se encontraban con un mensaje que avisaba de que la red social había sido prohibida por ley en EE UU. Ese mensaje también decía que “afortunadamente el presidente Trump” ya había dicho que reinstauraría TikTok una vez tomase posesión. Dos días después, TikTok volvía a estar disponible en el país gracias a una orden ejecutiva de Trump.

Podemos pensar que es legítimo que las plataformas utilicen sus propios sistemas como altavoz de defensa de sus ideas siempre que lo hagan de manera transparente y sin manipulación algorítmica. Pero estas intromisiones directas en las decisiones legislativas de un país aparecen cuando se pretende regular el ecosistema digital: no tienen un interés público, sino un interés privado. Mensajes como el del fundador de Telegram alentando a los españoles a luchar por sus derechos para que nuestro país no se convierta en un “Estado de vigilancia” no parten del buenismo de las grandes tecnológicas, sino de un interés de negocio y un rechazo a cualquiera que intente legislarles. Si bien esto no quiere decir necesariamente que los planes anunciados por el Gobierno sean adecuados o que los peligros que plantean Dúrov y Musk sobre ellos no tengan base.

Solo conocemos el anuncio de las medidas y es difícil valorar legislación sin texto legal, pero es comprensible que la idea de prohibir el acceso de menores de 16 años a las redes sociales plantee tantas esperanzas como recelos. Ni una medida que pretende proteger a los menores puede convertirse de facto en el fin del anonimato en internet o en un mecanismo de control por parte del Estado para saber quién y quién no tiene un perfil en redes; ni las plataformas pueden ser por sí solas las garantes de este cumplimiento si esto les lleva a recopilar y procesar datos sensibles de todos sus usuarios, especialmente si son menores. Prohibir el acceso a menores es una de las posibles medidas, pero no la única. Los menores y todos los españoles necesitamos mucha más formación para afrontar las amenazas en internet, para cultivar el sentido crítico y la alfabetización mediática. La escuela y el hogar son espacios adecuados para tener este tipo de conversaciones y las administraciones pueden favorecerlas, empezando por incluir oficialmente estos temas como competencias transversales en el currículo educativo. A día de hoy, esto no ocurre de manera sistémica.

Sería fútil pensar que solo los magnates tecnológicos están intentando influir en la toma de decisiones legislativas sobre el espacio digital en otros países. Esta semana se ha publicado un informe del Congreso de EE UU en el que se acusa a la Unión Europea de llevar 10 años censurando el “contenido americano”. El informe, en realidad, es una crítica frontal a la legislación Europea sobre grandes plataformas, más en concreto, la Ley de Servicios Digitales.

Como parte de ese informe se adjuntan centenares de comunicaciones entre las grandes plataformas, la Comisión Europea, y las organizaciones de la sociedad civil (entre ellas la Fundación Maldita.es) en el marco del Código de Conducta sobre desinformación de la UE. En esas conversaciones se debaten medidas para proteger a la ciudadanía europea de los riesgos sistémicos de dichas plataformas en cuanto a integridad electoral, salud o protección de menores. Medidas con las que las plataformas estaban de acuerdo hasta el día en que Trump tomó posesión.

La soberanía de los Estados democráticos está siendo cuestionada por terceros que quieren hacernos creer que somos Bielorrusia. Nuestra democracia tiene sus defectos, muchos, pero no somos ni Bielorrusia, ni El Salvador, ni Corea del Norte. Tampoco Hungría. En este país habrá elecciones libres en 2027 (si no antes) y el Gobierno entrante tendrá que lidiar con los mismos problemas que el actual en lo que a soberanía digital se refiere. Para los magnates tecnológicos esto no va de qué políticas digitales concretas se adoptan en Europa o en España, sino de cuestionar que los Gobiernos democráticos tengan legitimidad para ponerle reglas a internet con el fin de proteger a la ciudadanía. Y esas personas, por ser dueños de una tecnología que usamos todos, tienen una influencia directa en el grado de libertad con el que formamos nuestras opiniones o con el que decidimos nuestro voto en esas elecciones. A eso es a lo que tenemos que poner nombre y atención cuanto antes.

jueves, 26 de febrero de 2026

"Edith Bruck, superviviente de Auschwitz: “El mal está dentro de nosotros”. Entrevista de Íñigo Domínguez, El País

La novelista húngara, nacionalizada italiana, es uno de los últimos testigos vivos de los campos de concentración nazis. Señala que los países no se enfrentan a su pasado

Edith Bruck, de 94 años, nació en un pequeño pueblo de Hungría en una familia judía muy pobre, en un ambiente hostil. A los 13 años fue deportada a Auschwitz con su familia y solo sobrevivieron ella y una de sus hermanas. Participó en la terrible marcha de la muerte de evacuación de Auschwitz, hasta ser liberada en 1945. Tiene un poema que dice: “Nacer por casualidad/ nacer mujer/ nacer pobre/ nacer judía/ es demasiado/ en una sola vida”. Pero es una vida que Bruck ha vivido intensamente, incluso sigue fumando, y la recuerda conversando con EL PAÍS en su casa del centro de Roma.

Tras dar tumbos por Europa e Israel, acabó en Italia en 1954, donde empezó una nueva vida en la que ha sido escritora, periodista, guionista y directora de cine. En 1959 publicó su primera novela, Quien así te ama (editorial Ardicia), donde narraba sus vivencias en el campo de concentración, telón de fondo de muchos de sus libros, poco traducidos en España. Además de su primera obra, en 2021 se publicó El pan perdido (Universidad de Salamanca). Pero en Italia es una institución, y hasta el papa Francisco fue a visitarla a su casa en 2021. No se cansa de recordar, se toma la memoria como una misión.

"LA RESPONSABILIDAD DE LOS INFLUENCERS". Leila Nachawati, publico.es

La influencer Violeta Mangriñan publicó una fotografía de un plato de jamón acompañada del siguiente texto: “Feliz Ramadán”,  en sus redes s...