martes, 26 de mayo de 2026

AMADOR FERNÁNDEZ SAVATER: “EL NEOLIBERALISMO ES UNA COLONIZACIÓN DE LA ATENCIÓN, PENSAR IMPLICA LIBERACIÓN”. David Gallardo, infoLibre.es

El activista, editor y 'filósofo pirata' Amador
Fernández-Savater publica 'La batalla del pensamiento'

El filósofo, escritor y activista aborda cuestiones políticas profundas sin grandilocuencia ni consignas, con un tono suave, curioso y algo vulnerable. Hablamos con él de su nuevo ensayo

Vivimos acelerados y atrapados en una tempestad de automatismos que nos mantienen funcionando 24/7 y que, al mismo tiempo, bloquean nuestra capacidad de pensar y, con ella, de responder al malestar de esta época. Un tren en marcha en dirección al final de la vía a no ser que tiremos del freno de emergencia. Eso es lo que propone, entre otras muchas cuestiones, Amador Fernández-Savater (Madrid, 1974) en La batalla del pensamiento (NED Ediciones, 2026): detenernos antes de la catástrofe.

¿Qué es La batalla del pensamiento?

Pensar hoy tiene algo de dificultad, de conflicto, de riesgo, por eso le asocio la palabra batalla. También significa que pensar juntos, inventar los modos de pensar juntos, es lo único que puede crear una bifurcación en los caminos desastrosos que lleva la humanidad.

¿Por eso también pensar es conspirar?

Conspirar significa respirar juntos. Me gusta esa metáfora de vincular el pensamiento a una respiración, con lo pulmonar, frente a una situación que nos asfixia. Y lo hace porque, en principio, no habría más que funcionar, sin nada que pensar, pues es a lo que invita el mundo de muy diversas maneras: a funcionar en el periodismo haciendo muchos artículos sobre cualquier cosa a gran velocidad, a funcionar en la escuela dando programas y contenidos uno detrás de otro, o a funcionar en la política utilizando argumentarios de bueno-malo para luchar contra el otro. Hoy hay un mandato de funcionar en las empresas que están en la gestión, en el rendimiento, en la productividad, por lo que pensar, de alguna manera, es interrumpir ese mandato y abrir un espacio para respirar con otros. No hay simplemente que funcionar, también respiramos y podemos decir algo, pensar algo, crear algo, tomarnos el tiempo.

El tiempo que creemos que no tenemos, porque tenemos que, efectivamente, funcionar.

Los imperativos que hoy mandan, aunque en cada lugar se aterricen de manera distinta, son de rendimiento, productividad y competitividad, algo que también tiene que ver con la aceleración de la vida. Por eso, para mí el pensamiento es hacernos preguntas por lo que nos pasa juntos en la escuela, en torno a la salud, en los barrios en los que vivimos, en nuestra relación con el mundo, con la tierra, con la naturaleza. El pensamiento es una pregunta por el sentido de las cosas, que introduce una interrupción en esa máquina acelerada. Porque al preguntarse uno qué está haciendo en la vida, los sentidos ya no están dados y el imperativo de que todo es rendir, producir, competir o triunfar queda interrumpido, por lo que ahí se abre el tiempo. Para mí, no se trata tanto de ralentizar como de interrumpir, que es una operación más conflictiva. No se trata solo de bajar el ritmo, sino de lograr hacer una grieta en los mecanismos que están forzando el mundo a una aceleración catastrófica.

Por eso la necesidad que plantea de tirar del freno de emergencia.

Exacto. Esa es una imagen muy famosa de Walter Benjamin, que fue el primero que pensó que la revolución tenía que ser un momento de detención radical y no, como se había pensado en el siglo XIX, la locomotora de la historia, que era la idea un poco productivista de la revolución. La idea es que pensar es tirar del freno de emergencia, porque de repente, en lugar de obedecer los mandatos de más velocidad, más rendimiento, más productividad y más competencia, se trata de preguntarnos juntos cuál es el sentido de esto. ¿Qué significa vivir juntos, cuáles son nuestros valores, cómo organizar la vida en común según esos valores? En cada espacio de la vida, un barrio, una escuela, el periodismo, pensar es hacer esa pregunta por el sentido que tiene vivir, porque vivir no tiene sentido de antemano, sino que se va creando.

¿Pensar nos lleva a abandonar el individualismo imperante y pensar en colectivo?

La idea es pensar juntos. El libro propone cómo recuperar esa posibilidad, algo que no es nada fácil, porque para pensar hay que crear antes las condiciones para poder hacerlo. Por eso, no hay pensamiento si los espacios colectivos están desmantelados y los tiempos están acelerados, si no hay posibilidad de encuentro con el otro. Pensar juntos, en primer lugar, es inventar las condiciones materiales para poder pensar juntos. Además, pensar juntos no es lo opuesto ni va en detrimento del pensamiento de cada cual; es decir, se trata de pensar juntos los diferentes, porque cada uno también piensa. Es, digamos, una especie de música que se hace entre lo personal y lo común, no pensar juntos contra el individuo, ni solamente el individuo que piensa solo contra lo común. Es un baile entre lo propio de cada cual, que se pone en relación con el vínculo con los demás puesto que vivimos juntos.

¿Qué es la filosofía pirata?

Es una práctica de la filosofía que se quiere no especializada, al alcance de cualquiera, que no pasa necesariamente por los grandes textos de la filosofía. Es decir, que muchos filósofos, desde Sócrates a Gramsci, han afirmado que todos somos filósofos en tanto que nos preguntamos por el sentido de la vida, que no te viene dado por la sociedad. Filosofar al modo pirata es, digamos, autorizarse a pensar por uno mismo. No solo se piensa en las facultades de filosofía, no solo piensan los que han leído 17.000 libros, no solo piensan los que tienen un acceso a un lenguaje especializado; cada cual puede pensar con los amigos, con los cercanos, a partir de los materiales de la propia vida. Es una relación con la filosofía, pero desde lo que nos importa vitalmente. Frente a la filosofía académica, es un saber puesto al servicio de la vida, pirateado desde otro lado, que se hace sin contemplaciones, sin jerarquías.

¿Se piensa en la escuela? Está también precarizada, automatizada, acelerada, como la vida misma.

La escuela sería uno de esos lugares donde el pensamiento está en juego: aprender a pensar y también pensar lo que es la escuela. En un mundo donde la inteligencia artificial es cada vez más potente, ¿qué sentido tiene la escuela como expendedora de contenidos? Si intentas competir con las máquinas expendedoras de contenidos, pues vas a perder siempre. ¿Cuál es el sentido de la escuela hoy? Si el pensamiento logra encarnarse, hacerse algo común, si se presencializa, se materializa, si tiene un cuerpo, ahí sí que la escuela aporta algo que el modo dominante de inteligencia artificial no podría alcanzar.

¿Leer es una potencia subversiva?

Leer no es necesariamente leer libros, lo intento tomar más en general, como una manera de estar en el mundo, de hacer un esfuerzo de escuchar y crear sentido. Un libro es una herramienta que nos solicita como sujetos, porque tienes que leerlo tú y tienes que juntar una palabra con la otra e inventar sentido, completarlo a veces con la imaginación o la experiencia. Es una actividad que obliga a un esfuerzo, que no todo es así en el mundo de hoy, en el que tenemos relación con dispositivos en los que está todo hecho, tú eres un objeto y no hay un espacio donde moverse, mientras que en el libro tienes que completar lo que se te propone y verificar con la razón si te convence o no. Leer nos hace sujetos distintos a lo que este mundo hace de nosotros, que es consumidores, tertulianos, espectadores u opinadores. Pensar es una actividad subversiva en tanto que hace de nosotros sujetos, individuales o comunitarios, mientras todas las fuerzas de este mundo hacen de nosotros objetos manipulables: los políticos con sus propagandas, los mercados con sus seducciones, las tecnologías con sus automatismos, los saberes dominantes con su autoridad. Por eso, pensar es ser protagonistas de nuestra propia vida entramados con los demás.

¿Pensar nos libera de la rueda del neoliberalismo?

El neoliberalismo es una colonización de la atención, y pensar implica, en primer lugar, una liberación de esa atención, es decir, es construirse un paisaje propio en el mundo de cuáles son tus referencias, coordenadas y criterios. Mientras que hoy todos somos objetos de ese mercado de la atención generado por miles de dispositivos tecnológicos, empresariales y mercantiles que quieren colonizar la atención, pensar suspende esos automatismos y nos hace sujetos capaces de poner atención en otras cosas o en algo que todavía no ha sido creado. Podría haber muchos modos de enfocarlo, pero en tanto que es una liberación, una batalla, una suspensión de la colonización de la atención, podríamos decir que pensar es conflictivo con la dinámica del neoliberalismo.

Sin todos estos dispositivos tecnológicos, antes teníamos más espacio para la imaginación.

Hay muchísimas máquinas produciendo por todas partes 'respuestas tapón', en las pantallas, en lo político, en lo tecnológico, en lo cultural, y por eso la sensación de asfixia. La lectura, el pensamiento y la imaginación son liberaciones de la atención, son formas de hacer un lugar 'no lleno' donde poder imaginar, pensar o atender a otras cosas frente a esa multitud de 'respuestas tapón' de qué es ser feliz, qué es el amor, qué es una vida buena... y el mercado dice todo el rato 'compra la mía'. La batalla del pensamiento es suspender, interrumpir, hacer paréntesis en todas esas 'respuestas tapón', y en ese espacio que se despeja, poder pensar, decir, sentir y crear algo por nosotros mismos. Eso tiene un punto de revolucionario a todos los niveles, desde el personal hasta lo político.

¿Qué le gustaría que pensara el lector de este libro?

Es un libro que puede acompañarte porque no se cierra. Me gustaría que este libro suscite una respuesta del lector que no sea simplemente acatar lo escrito, sino inventar algo a partir de eso. Espero que este libro, de alguna manera, haga sentir que en la batalla del pensamiento se juega nuestra existencia colectiva, porque si no se tira del freno de emergencia el tren va hacia el muro. Eso es literalmente así hoy, con todas las amenazas catastróficas que están ya ahí. Porque una vida sin pensamiento es una vida que repite lo que otros han pensado: cómo hay que ser feliz, cómo tiene que ser tu cuerpo, cómo tienen que ser tus relaciones, cómo tienes una vida plena, qué significa estar vivos, qué significa el amor. Pensar tiene que ver no solamente con saber más o menos cosas, sino con la plenitud de la vida que se lleva. Si se piensa, esa vida puede ser creadora de nuevos sentidos; si no se piensa, esa vida será repetidora de los ya impuestos y, en tanto que repetidora, siempre triste, porque estás viviendo la vida que otros pensaron, decidieron y diseñaron, y a ti nunca te va a encajar el traje que otros hicieron. Por eso, ya Platón dice en el mito de la caverna que no pensar nos condena no solamente a ser ignorantes, sino también a una vida mala, tonta, repetitiva, a una vida en la que nuestro cuerpo y nuestra mente están repitiendo cosas que otros pensaron y dijeron.

lunes, 25 de mayo de 2026

"EL AUTO DE IMPUTACIÓN A ZAPATERO: UN TEXTO POLICIAL". Carlos López-Keller, elDiario.es

No solo es una cuestión de estilo: el auto del juez sumerge la descripción de hechos en un océano de insinuaciones y juicios de valor típicos, y al tiempo impropios, de un atestado policial. Ello otorga a la resolución un tono extrañamente apodíctico, insólito en un simple auto de imputación

Es curioso comprobar como los dos cambios fundamentales que han sacudido la tramitación de un proceso penal en los últimos treinta años, aligerando notablemente la labor de los jueces, han venido sin reformas legislativas de calado. Por un lado, en el ámbito del enjuiciamiento, la conformidad penal se ha generalizado, simplificando el trabajo de los juzgadores, a quienes las partes ofrecen el fallo ya pactado; por otro lado, en el ámbito de la instrucción penal, ya no asombra el dejar la investigación en manos de fuerzas policiales, lo que ha difuminado hasta el desconcierto la labor de la justicia.

Esto se advierte particularmente en la Audiencia Nacional donde, desde hace años, los jueces de instrucción han dejado de instruir, encargando a los cuerpos de seguridad, en alguna de sus siglas, que averigüen lo que ha pasado y le traigan la sentencia hecha. Parecerá sorprendente, pero hace no tanto tiempo la policía no existía en el proceso penal: era el juez el encargado de recabar los datos, decidir las pruebas y valorar su resultado. Ahora, sin ningún cambio en la ley, los jueces delegan en la policía no solo la función de buscar datos y aportarlos al procedimiento, sino también la labor de valorar tales datos y sacar conclusiones. El proceso se ha convertido así en un expediente vacío donde todos, desde el juez hasta los imputados, quedan a la espera de que la policía aporte sus conclusiones cocinadas extramuros.

Meditaba yo sobre estas cuestiones mientras me disponía a leer el auto de Calama con el ánimo encogido, con esa aprensión del espíritu de quien abre una novela triste que termina mal. Parecería que toda decepción es, por naturaleza, imprevisible; sin embargo, en este caso se me antoja predecible y, de tan obvia, me ronda antes de leer nada.

Según me interno por las páginas del auto, se confirman mis primeros temores: estamos ante un texto policial. Será un pálpito estilístico, si quieren, pero el tenor atrancado, quebrado y reiterativo del auto sugiere un origen en un corta y pega de previos relatos, de anteriores informes de los que se han seleccionado párrafos sin una estructura lineal ni ordenada; en un discurso inaprehensible, desfilan ante nosotros personas que no sabemos quiénes son ni qué hacen. No solo es una cuestión de estilo: el auto del juez sumerge la descripción de hechos en un océano de insinuaciones y juicios de valor típicos, y al tiempo impropios, de un atestado policial. Ello otorga a la resolución un tono extrañamente apodíctico, insólito en un simple auto de imputación.

Volviendo a su fortaleza, el señor se queja a su sirviente de lo largo que es el camino de regreso. “Dé gracias a que el camino sea largo”, le replica este, “si fuera más corto no llegaba al castillo”. Algo parecido le sucede al auto de Calama. A lo largo de páginas enteras intenta desgranar la “influencia en la concesión de la ayuda pública a Plus Ultra”, pero el camino no llega al castillo. Lo que describe, con un detalle minucioso, son las gestiones de Julio Martínez, al mando de Análisis Relevante, en favor de Plus Ultra. En este capítulo, Zapatero no aparece: se habla de él, pero no consta ni una llamada, ni un correo, ni un mensaje que haya remitido o recibido. El auto asume, con cierto azoramiento, que habría ejercido un liderazgo que “no se manifiesta de forma formal o pública”, lo que parece extraño, porque la influencia consiste precisamente en dejarse ver, en actuar públicamente, en hacer valer su presencia para mover voluntades. Zapatero es un líder que no hace nada, que no se manifiesta; una especie de dios.

Sí que se describe que Análisis Relevante hizo bastantes cosas a favor de Plus Ultra en relación con la ayuda que pretendía: gestiones para presentar su petición, agendar reuniones, canalizar y hacer seguimiento de la solicitud, interesarse por la tramitación... Bien, nada de esto supone una influencia en la concesión.

Como recordarán los más veteranos, el tráfico de influencias entró en el Código Penal en 1991, a rebufo del escándalo de Juan Guerra, alentado por un legislativo que creía, como sigue creyendo hoy, que el respeto a la legalidad se garantiza aumentando la lista de conductas ilegales. Desde entonces, este delito ha ido buscando su acomodo a puros codazos con la actividad de ‘lobby’, actividad lícita y oscura, propia de quienes viven de monetizar su agenda de contactos. La línea divisoria entre una y otra actividad es delicada y fina, casi imperceptible pero necesaria, porque separa el delito de lo que no lo es.

Quizás el tajamar habría de colocarse en la influencia: hay delito cuando al resolver el funcionario está sucumbiendo a la influencia de un tercero; cuando el funcionario, con su decisión, está respondiendo a un favor que se le pide, aunque lo que se le pida sea legal. Siendo sinceros, esto no aparece por ninguna parte en el auto: ayudar a una empresa a que su petición tenga éxito no es delictivo. Por el contrario, el juez destacará que SEPI pidió más y más información, al menos en cinco ocasiones, a Plus Ultra, de quien se llega a decir que falseó los datos presentados y maquilló su situación patrimonial. Si la ayuda estaba concedida de antemano, ni la SEPI hubiera pedido tantas explicaciones ni Plus Ultra hubiera tenido que falsearlas.

Estas deficiencias argumentales se observan también respecto a las gestiones de Julio Martínez ante el Instituto Nacional de Aeronáutica Civil de Venezuela para que autorizaran unos vuelos a la aerolínea. No hay delito en pedir algo a la administración y que esta conceda lo pedido. Consciente de ello, el auto debe insinuar que Julio Martínez tenía una “posición de influencia” en el Mayor General presidente del INAC, pero no explica de dónde saca semejante conclusión.

Finalmente, la referencia a la constitución de unas sociedades en Dubai ya entra en el auto derrapando. No convendrá poner la mano en el fuego, que luego uno se tiene que comer sus palabras, pero el relato apunta a un conocido sesgo policial: cuando la sospecha es infundada pero muy golosa, no te resistas a plantearla. El indicio es este: un tipo le informa a Julio Martínez sobre cómo crear una sociedad en Dubai y la víspera Julio había comido con Zapatero, con reserva previa únicamente para dos personas. Debe haber algo que se me escapa porque, como indicio, es más que pobre.

El auto ofrece, en definitiva, poca chicha. Termina su argumentario con la relación de pagos a Zapatero y sus hijas, en un capítulo inexplicablemente breve del auto --no más de cinco páginas de las ochenta y cinco que tiene-- y confuso --la policía suele mezclar las cantidades facturadas con las recibidas, haciéndose un lío con el IVA--. Y es aquí donde encontramos la parte que nos convoca los sentimientos más encontrados. En una primera lectura, muestra una debilidad de enfoque: Zapatero no ha recibido ni un euro de Plus Ultra, y no hay prueba que vincule lo que cobró de Análisis Relevante con lo que esta sociedad recibió de aquella. Las cifras no cuadran en absoluto. De hecho, Zapatero ha cobrado de Análisis Relevante más dinero del que esta recibió de Plus Ultra. Nada relaciona los pagos a Zapatero con la aerolínea ni con gestiones a su favor.

El hecho de que estas transacciones no vengan vinculadas a Plus Ultra deja pendiente la explicación de su razón de ser. Y aquí viene la segunda lectura, ya más desconcertante porque, puesto el foco en esta cuestión, no nos sacamos de la cabeza un molesto ruido de fondo. De ser ciertas las cantidades expuestas en el auto, Zapatero y sus hijas habrían cobrado de Análisis Relevante mucho dinero, tal vez la mitad de todo lo facturado por esta empresa, demasiado como para desentenderse de sus vicisitudes y pretenderla completamente ajena.

En fin, en alguna de las llamadas interceptadas, alguien llama a Julio Martínez “lacayo” de Zapatero. Más que un lacayo, como he adelantado, aparece en el relato de Calama como el sacerdote de un dios que no se manifiesta. Es posible que, como hacen todos los sacerdotes, este hombre haya vendido falsas influencias. Tal vez Julio Martínez se anunciara en sus tarjetas como “amigo de Zapatero”, como Anton Schindler ponía en las suyas “amigo de Beethoven”, gracias a las cuales se le abrieron puertas y tendieron alfombras. Lo malo es que este dios ha cobrado del sacerdote, así que será una buena oportunidad para que aproveche el inmenso crédito moral que todavía posee en colmarnos de explicaciones, y nos aclare el contenido y destino de los trabajos que cobró.

Termino el auto decepcionado, como suponía, pero no rendido. La decepción es un tesoro precioso, un privilegio al alcance solo de los ingenuos. No dejemos de creer.

domingo, 24 de mayo de 2026

"NEVENKA FERNÁNDEZ, MAESTRA DE FISCALES". Isabel Valdés, El País

Nevenka Fernández en la sede de la Fiscalía General del Estado
La mujer que ganó el primer juicio en España por acoso contra un político explica a 60 fiscales y jueces qué fue lo más doloroso de su proceso y cómo mejorar su trabajo con las víctimas

La misma mujer que caminaba por Madrid encogida sobre sí misma y envuelta en una sudadera con capucha para intentar algo parecido a la invisibilidad está este martes en la sede de la Fiscalía General del Estado viendo cómo unos 45 fiscales y una quincena de jueces dan grititos en una sala con la luz apagada y los ojos cerrados y un globo entre las piernas porque ella va paseando entre las filas pinchando algunos de esos globos.

Ha pasado un cuarto de siglo entre la mujer encapuchada que se encorvaba para hacerse pequeñita y la que dirige ese ejercicio para esos hombres y mujeres de la judicatura. La ciudad es la misma, pero no es la misma sociedad la que la habita, y sobre todo no es la misma Nevenka Fernández. “Así se siente una víctima en un juzgado, con el globo entre las piernas y el pecho encogido”, les dice mientras se vuelve a encender la luz. Les explica que “el miedo y la ansiedad de no saber lo que va a ocurrir es uno de los mayores terrores de las víctimas de abusos”.

Ella lo fue poco después de cumplir los 20 años. Era concejala de Hacienda en su ciudad, Ponferrada (León), y el alcalde, Ismael Álvarez, comenzó contra ella una caza que la fue minando día a día, poco a poco: acoso sexual, acoso laboral, abuso de poder. “Me anuló”. Hasta que denunció. Fue la primera mujer que ganó un juicio por ese delito en España, pero era 2001, tenía 25 años y ya había decidido su propio exilio a Inglaterra porque no quería vivir en una sociedad de la que, dijo en septiembre en una entrevista en este diario, su silencio fue lo que más daño le hizo.

Lo ha vuelto a repetir este martes: “Era muy difícil encontrar un resquicio de comprensión. La sociedad, los medios y las instituciones, en general, en el mejor caso no se expresaban, y quienes se expresaban no querían escuchar lo que yo tenía que decir”.

Ni siquiera la Fiscalía.

Porque también ha relatado todo el dolor añadido, la violencia institucional que sufrió durante el proceso por José Luis García Ancos, fiscal jefe del TSJ de Castilla y León en aquel momento, al que el fiscal General del Estado entonces, Jesús Cardenal, acabó por relevar de su puesto por esa revictimización a la que sometió a Fernández.

Ella les ha contado el tono “culpabilizador” de Ancos que aún recuerda. Recuerda un interrogatorio de 10 horas en el que sintió que “le agotaban el espacio y el oxígeno”. Recuerda “la postura agresiva de Ancos, coherente con sus palabras, horribles, insultos” en una sala pequeña, terreno hostil. Recuerda “el cuerpo en tensión, mucho ruido alrededor, el peso gordísimo de la vivencia del acoso”.

Ahora, 12 de mayo de 2026, tiene casi 52 años. Ya no solo puede volver a casa, sin encogerse y sin llorar, sino que todo eso que recuerda se ha sentado a contárselo a esos y esas fiscales, y algún juez y alguna jueza. Nevenka Fernández es una de las profesoras del programa Abordaje integral del testimonio de las víctimas vulnerables que ha organizado la Fiscalía General del Estado durante tres días. Durante más de cuatro horas les ha enseñado qué deja el paso por la justicia; cómo viven las víctimas, cómo vivió ella, un proceso judicial; les ha explicado qué le hizo daño, que es algo que no debe provocar el trabajo institucional, el de la Fiscalía.

El segundo ejercicio ha sido leer un testimonio en un folio mientras Fernández hacía sonar o una trompeta o un silbato. Dependiendo de con qué hiciese ruido, tenían que levantarse y dar una vuelta sobre sí mismos, o, sin levantarse, zapatear en el suelo. Al final, ella les ha contado por qué los ha puesto a esa danza: “Una de las consecuencias del trauma es que no te permite concentrarte en una sola cosa, que en el juicio es la pregunta a la que tienes que responder, no es sencillo con todos esos estresores. Si vuestra carrera, vuestra vida dependiera de cómo respondéis ahora mismo aquí haciendo esto, ¿cómo os sentiríais?, ¿creéis que os sería más fácil hacerlo?”.

Fernández les ha hablado de hipervigilancia, de vivir en alerta constante, del caos que sienten que atraviesan continuamente las víctimas. Les ha hecho dibujar con ceras en el reverso del folio que tenía el testimonio del anterior ejercicio: “Ahora cojan el papel y mírenlo, hagan una bola con él, como si fueran a tirarlo a la basura, ahora estírenlo, tanto como puedan, ¿se queda igual? Miren bien el dibujo. Quedan las marcas, siempre”.

Varias veces se ha quedado mirando a esa sesentena de fiscales y jueces durante un instante, brevísimo, como en esas de querer decir algo pero no decirlo. Ha acabado haciéndolo: “Es una locura estar aquí”.

"¿POR QUÉ NO TE MUERES? SOBREVIVIR A LA TORTURA Y LA BRUTALIDAD EN LAS CÁRCELES DE ISRAEL". Nasser Abu Srour (prisionero palestino). Equator: Memorias

Me desperté con la noticia de última hora el 7 de octubre de 2023. En la televisión de nuestra celda se veían imágenes de los ataques de Hamás y los combates en Gaza. Vimos durante una hora antes de que cortaran la señal y la pantalla se pusiera azul. Esas fueron las primeras y las últimas imágenes que vi de la guerra.

De pronto, vimos a los guardias irrumpir en nuestro pabellón armados, algo que nunca habían hecho antes, ya que las armas estaban prohibidas en los edificios penitenciarios. Nos ataron las manos y los pies con violencia y nos llevaron al patio. Al regresar a nuestras celdas, estaban tan vacías que nuestras voces resonaban. Nos habían robado todas nuestras pertenencias: ropa y ropa de cama, utensilios de cocina y productos de limpieza, espejos y maquinillas de afeitar. Nuestros cepillos de dientes habían sido sustituidos por otros más pequeños, de unos cinco centímetros. Habían quitado las cortinas, dejándonos expuestos al frío y, con el tiempo, a la lluvia. A cada uno nos quedamos con dos camisas, una manta y un juego de cubiertos de plástico. Incluso nos confiscaron las sillas de ruedas; a partir de entonces, los presos discapacitados tendríamos que ser llevados a todas partes.

«Estamos en estado de guerra». El anuncio nos lo hicieron las autoridades penitenciarias israelíes el 7 de octubre. En algún momento de esa primera semana, el funcionario de nuestro pabellón fue de celda en celda leyendo las normas de guerra.

Se impusieron nuevas prohibiciones: a los presos se les prohibió hablar en voz alta dentro de sus celdas; hablar con los reclusos de celdas vecinas; rezar en voz alta o en grupo; y acercarse a menos de un metro y medio de la puerta de su celda. Nuestros privilegios domésticos se redujeron drásticamente: el tiempo en el patio se redujo de seis horas a diez minutos al día; el agua caliente se limitó a cuarenta y cinco minutos diarios; las visitas familiares se suspendieron indefinidamente; la clínica y la biblioteca quedaron fuera de nuestro alcance. Quizás lo más significativo fue que el suministro eléctrico se redujo a seis horas diarias, en un horario rotativo. Algunos días estaba disponible de mediodía a seis de la tarde; otros, de seis de la tarde a medianoche; finalmente, se estableció de dos de la tarde a ocho de la noche.

Durante 31 años soporté una rutina monótona e inmutable en diversas cárceles israelíes. Cada día era igual al anterior, sin importar dónde me encontrara. Ahora, todo cambió radicalmente. Ya no era posible predecir lo que sucedería. Cada hora traía consigo mil posibilidades, todas nefastas.

El nuevo régimen pudo haber sido impuesto por Itamar Ben-Gvir, el ministro de Seguridad Nacional. Pero las autoridades penitenciarias también actuaron por iniciativa propia. Su transformación fue más impactante, y quizás más trascendental. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 23 de mayo de 2026

"SÍNDROME DE ULISES". Irene Vallejo, Milenio (Ciudad de Mexico)

Luis M. Morales
Todas las familias son emigrantes. Cada hogar añora a alguien que salió hacia lo desconocido: abuelos, tíos, hijos o sobrinos. Ante la catarata de discursos xenófobos que nos anegan, entremos en su piel y su angustia: la lucha por la supervivencia, la lejanía de los seres más queridos, las barreras del idioma y el acento, las leyes hostiles, el rechazo racista, la indefensión, la soledad y el fantasma del fracaso.

Los psiquiatras han denominado “síndrome de Ulises” a los trastornos de salud que padecen los inmigrantes a causa de la ansiedad prolongada. Según los cálculos, en sus manifestaciones extremas, afecta a más de 50 millones de personas en los horizontes de todo el mundo. Debe su nombre a Ulises, el héroe griego que luchó durante una década en la guerra de Troya y después vagabundeó de costa a costa durante otros 10 años. Lejos de Ítaca, afrontó todos los peligros imaginables, invadido siempre por la nostalgia de Penélope y su hijo Telémaco. Perdió el rumbo muchas veces, sufrió agresiones, naufragios, pérdidas, y a menudo pareció que su destino era extraviarse sin remedio. Homero cuenta que la diosa de la inteligencia, Atenea, siempre estuvo de su parte y acudía a infundirle esperanza en sus momentos de desconsuelo. La divinidad más sabia nos diría hoy que atemorizar al inmigrante resquebraja nuestra propia seguridad.

miércoles, 20 de mayo de 2026

"EL MÁS GRAVE DE LOS CRÍMENES CONTRA LA HUMANIDAD". José Antonio Piqueras, El País

SR. GARCÍA
Cerca de 13 millones de africanos, hombres y mujeres, niños y niñas, fueron capturados, reducidos a mercancía y llevados a la fuerza a América para trabajar

¿Acaso pueden ser jerarquizados los delitos que han sido comprendidos en los crímenes de lesa humanidad? La sospecha sobre potenciales obligaciones económicas en el caso de suscribir una declaración política y moral —carente de consecuencias jurídicas, según se apresuró a subtitular la noticia la mayor parte de la prensa europea—, ¿justifica negar un cúmulo de evidencias y una llamada a promover derechos humanos dando a conocer la raíz de su vulneración? La resolución 80/250 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobada el 25 de marzo pasado con el amplísimo respaldo de 123 países, declaró “la trata de africanos esclavizados y la esclavitud realizada a africanos como el crimen de lesa humanidad más grave”. Los argumentos y las dudas con las que iniciamos este artículo fueron esgrimidos por los tres estados que votaron en contra y por los 52 que se abstuvieron, entre estos, el Reino Unido y los países de la Unión Europea. Mientras en varias regiones del mundo se libra la defensa del multilateralismo, en la sede de Naciones Unidas se evidenciaba cómo el juego lo practican jugadores plurales y el llamado Sur Global ofrecía un cerrado respaldo a la iniciativa auspiciada por Ghana en representación de la Unión Africana y la Comunidad del Caribe (Caricom).

La declaración del 25 de marzo es un recordatorio doloroso y necesario del sufrimiento y la humillación infligidos durante cuatro siglos. En el apartado de fundamentos, resume circunstancias históricas entre las que destaca la excepcionalidad, sistematicidad, organización, brutalidad y duración de la experiencia esclavizadora de personas africanas, promovida, legislada y regulada en sus aspectos fiscales por Estados que arrastran esa responsabilidad. La declaración alude a precedentes recientes de reconocimiento, disculpas y reparaciones; se ampara en las líneas abiertas por el derecho penal internacional sobre la imprescriptibilidad de los crímenes contra la humanidad y el principio de justicia reparadora; y se ofrece como ejemplo consecuente de acciones anteriores de las Naciones Unidas, como la Declaración contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y las formas conexas de discriminación racial, adoptada en 2001 en Durban, en la que se estableció que por su magnitud, su carácter organizado y la negación de la esencia de las víctimas, “la esclavitud y la trata de esclavos, especialmente la trata transatlántica de esclavos, constituía y siempre debía haber constituido un crimen de lesa humanidad”.

En 2013, la ONU proclamó el Decenio Internacional de los Afrodescendientes a fin de prestar especial atención a la desigualdad y la discriminación estructurales que padece esta población. La declaración sostuvo que todas las doctrinas de superioridad racial son científicamente falsas, moralmente condenables, socialmente injustas y peligrosas, y deben rechazarse al igual que las teorías con que se pretende determinar la existencia de distintas razas humanas. Esa misma afirmación se reiteró en la declaración del segundo Decenio Internacional de los Afrodescendientes, aprobada el 17 de diciembre de 2024 por la Asamblea General sin necesidad de ser sometida a votación. Esta última iniciativa fue patrocinada por un grupo de países entre los que se hallaban Estados Unidos (la Administración saliente de Joe Biden, todavía en la estela del Black Lives Matter), Brasil, Jamaica y Colombia, y reconocía la persistencia de un racismo sistémico en nuestras sociedades. Los afrodescendientes, en sentido estricto, son los descendientes de la emigración forzada conducida a América en régimen de esclavitud, que constituye la diáspora; existe una segunda situación, los descendientes de la emigración protagonizada desde África a partir de los años cincuenta de originarios de las colonias europeas. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 17 de mayo de 2026

"EL MESTIZAJE DE AYUSO". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El viaje de la presidenta madrileña no fue solo una ‘performance’ de nostalgia imperialista. Fue un capítulo más de la operación liderada por Trump, que celebró en octubre que Colón llevase a América “los principios de la civilización occidental”

Son tiempos de palabras que no describen la realidad. Más bien sirven para sustituirla. Vean, por ejemplo, “Evangelización y mestizaje”, el emblema enarbolado por Isabel Díaz Ayuso esta semana en Ciudad de México en un chusco acto de homenaje a Hernán Cortés. Es una formulación conocida, pero tampoco la única que el pensamiento español tiene a su disposición. Rafael Sánchez Ferlosio dejó escrito hace años, en Esas Yndias equivocadas y malditas, que cuando el mestizaje surge dentro de una relación de conquista y desigualdad, la mezcla no expresa igualdad, sólo la huella social de la dominación. Pero Ayuso, claro, no quiere dialogar con la historia sino producir una imagen reconocible de sí misma, por eso es inútil responder con archivos, historiografía o datos: el emblema no opera en el régimen de la verdad. “Evangelización y mestizaje” simula ser una descripción histórica, pero funciona como un “¡Viva España!”. Quien lo repite no sostiene una tesis, exhibe una bandera, y al exhibirla evita la conversación que desde hace tiempo impugna la idea celebratoria de la mezcla: la de que el “descubrimiento” no fue un hallazgo, sino la declaración de que aquello que ya existía no contaba hasta ser nombrado por el conquistador. Como escribió Ferlosio, la asimetría del mestizaje revela quién tenía el poder, quién era incorporado al mundo del otro. Y aunque el discurso oficial todavía no lo haya recogido, una parte del pensamiento español ya impugnó hace tiempo esta lectura con un rigor que la fórmula de Ayuso no admite, pues no busca convencer sino exacerbar el sentido de pertenencia.

Lo que Ayuso vendía en México (la España imperial civilizadora, la herencia de Cortés, los gobiernos progresistas latinoamericanos como amenaza autoritaria y Madrid como refugio pijo de la libertad) no es una verdad incómoda que México necesita escuchar. Es mercancía vieja, pero México no es un escenario pasivo; tiene sus propios practicantes de la guerra cultural sobre la conquista, con experiencia y oficio, y la narrativa interesada de Ayuso tuvo que sostenerse en un país que respondió desde su Estado, desde su presidenta, desde sus medios y desde la calle, incluso desde la oposición conservadora y la propia jerarquía católica, que la recibieron sin defenderla cuando arreció el cuestionamiento. El balance ha sido cualquier cosa menos un éxito. Ayuso rozó el ridículo, y el ridículo en política obliga a producir un relato que lo redima. Por eso lanzó, casi al instante, una segunda narrativa falsa ("Nos hemos sentido en peligro") convirtiendo el fracaso de su salida anticipada de México en su segundo movimiento.

¿Por qué México y por qué ahora? La lectura doméstica se queda corta. El viaje no fue solo una performance de la nostalgia imperial, reciclada como provocación culturalista y dirigida al votante madrileño. Fue un capítulo más de una operación que trasciende la escala nacional. Giorgia Meloni ya publicó una glosa sobre el “vínculo indisoluble” entre Europa y América como “esencia de Occidente”. Y Trump firmó en octubre una proclamación celebrando que Colón llevase a América “los principios de la civilización occidental”. No es nostalgia sino estrategia, y aquí aparece la paradoja. Lo que invocan como Occidente (el conquistador civilizador, la cruz sobre la espada) no es la modernidad democrática que Occidente tardó siglos en construir, precisamente contra esa tradición. Los supremacistas son hoy sus mayores destructores.

El viaje, en fin, no fue casual, ni en destino ni en fecha. Mientras Trump presiona a México por el flanco norte, Sheinbaum articula con Sánchez, Petro y Lula una alianza por el sur. Ayuso aparece en medio de esa pinza, donde se la oye mejor. Su gesto se inscribe en un movimiento internacional que reacciona cuando el sur global ha empezado a presentarle a Occidente una cuenta pendiente, la de hacernos cargo de nuestra historia para seguir siendo un interlocutor legítimo. Lo que Ayuso vino a hacer es lo contrario: negar la cuenta con altivez, precisamente, cuando reconocer al otro es la única manera de seguir hablándonos.

AMADOR FERNÁNDEZ SAVATER: “EL NEOLIBERALISMO ES UNA COLONIZACIÓN DE LA ATENCIÓN, PENSAR IMPLICA LIBERACIÓN”. David Gallardo, infoLibre.es

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