jueves, 26 de febrero de 2026

"Edith Bruck, superviviente de Auschwitz: “El mal está dentro de nosotros”. Entrevista de Íñigo Domínguez, El País

La novelista húngara, nacionalizada italiana, es uno de los últimos testigos vivos de los campos de concentración nazis. Señala que los países no se enfrentan a su pasado

Edith Bruck, de 94 años, nació en un pequeño pueblo de Hungría en una familia judía muy pobre, en un ambiente hostil. A los 13 años fue deportada a Auschwitz con su familia y solo sobrevivieron ella y una de sus hermanas. Participó en la terrible marcha de la muerte de evacuación de Auschwitz, hasta ser liberada en 1945. Tiene un poema que dice: “Nacer por casualidad/ nacer mujer/ nacer pobre/ nacer judía/ es demasiado/ en una sola vida”. Pero es una vida que Bruck ha vivido intensamente, incluso sigue fumando, y la recuerda conversando con EL PAÍS en su casa del centro de Roma.

Tras dar tumbos por Europa e Israel, acabó en Italia en 1954, donde empezó una nueva vida en la que ha sido escritora, periodista, guionista y directora de cine. En 1959 publicó su primera novela, Quien así te ama (editorial Ardicia), donde narraba sus vivencias en el campo de concentración, telón de fondo de muchos de sus libros, poco traducidos en España. Además de su primera obra, en 2021 se publicó El pan perdido (Universidad de Salamanca). Pero en Italia es una institución, y hasta el papa Francisco fue a visitarla a su casa en 2021. No se cansa de recordar, se toma la memoria como una misión.

miércoles, 25 de febrero de 2026

"TE ESTÁN USANDO PARA JODER A TU ABUELO". Antonio Maestre, elDiario.es

Nadie va a decir abiertamente que quiere recortar las pensiones porque quiere quedarse con ese pastel, tiene que venderlo como una necesidad imperiosa por el equilibro de las cuentas, y para llevarlo a cabo necesita aliados dentro de la sociedad

No existe el conflicto generacional. Es un invento del capital para facilitar el negocio de las pensiones privadas. Nadie va a decir abiertamente que quiere recortar las pensiones porque quiere quedarse con ese pastel, tiene que venderlo como una necesidad imperiosa por el equilibro de las cuentas, y para llevarlo a cabo necesita aliados dentro de la sociedad. Los principales objetivos para ejercer como quintacolumnistas dentro de la clase trabajadora son los jóvenes que ven muy lejano el momento en el que se harán beneficiarios de una pensión, quien tiene difícil el presente es imposible que piense en el futuro lejano.

Cada vez que escuches a alguien hablar de Zeta, X, Millenial, Boomer, Alfa o categorizaciones similares basadas únicamente en el año en el que naciste para hablar de política económica échate la mano al bolsillo porque quiere robarte. A veces dirán que lo hacen porque eres víctima, pero solo es una estrategia para instaurar otro inmenso expolio de clase y fomentar una nueva etapa de acaparamiento de capital por parte de las capas más privilegiadas de la estratificación social. No es difícil saber quiénes son: los mismos que para solucionar el problema de la vivienda tienen como única medida relajar los impuestos para construir más sin poner límites a la especulación.

Todo discurso que niega el conflicto de clases para sustituirlo por el conflicto generacional tiene como objetivo ser funcional a una futura rebaja de las pensiones. Es normal que este debate sea liderado por esas personas que forman parte del colectivo en el que se quiere instaurar el estado de agravio y que sin verse afectados por tener una posición de clase favorable busca el favor del capital para mejorar en esa estratificación de clase. Su actitud es en sí misma una evidencia de que el conflicto es de clase y no generacional.

No es un discurso que tenga ninguna base intelectual seria ni deba tenerse en cuenta desde el punto de vista narrativo, es una retórica que tiene como objetivo mejorar su propia situación personal ayudando a los que quieren que las pensiones públicas desaparezcan para ser sustituidas por el jugoso negocio de las pensiones privadas. De forma paradójica la negación del conflicto de clases es una manera de confirmarlo porque buscan mejorar su situación profesional y aumentar su capital. Por eso serán acogidos con alborozo por todo el sistema extractivista para usarlo en su beneficio dando unas cuántas migajas al colaboracionista.

A los jóvenes de clase trabajadora que se sientan cercanos a este mensaje solo lanzarles una advertencia: te están usando para joder a tu abuelo. Es lo único que les interesa, y si eso no te convence porque solo piensas en tu presente, que sepas que un mensaje así no va a mejorar tu presente, pero sí ten claro que va a hipotecar tu futuro. La clase trabajadora que se siente atraída por el discurso de la lucha generacional perderá su juventud antes de que mejore su situación convirtiéndose antes de que se dé cuenta en el enemigo de ese mismo discurso que antes defendía. Los años pasan más rápido que los cambios estructurales a mejor mientras que los recortes de derechos son casi inmediatos.

Es lamentable asistir a discursos completamente desinformados sobre la estratificación social y que tengan espacio privilegiado en el debate publicado. No pido que desaparezcan los adanistas que se creen que inventan conceptos y relatos, pero al menos que tengan un mínimo de sentido del ridículo y lean lo que se ha escrito antes de provocar bochorno. No es posible hablar de clases sociales o negar las clases sociales sin atender todo lo teorizado por Karl Marx, Max Weber, Talcott Parsons, Ralph Dahrendorf, Pierre Bourdieu, Erik Olin Wright o Michael Savage. Al menos hay que tener un poco de vergüenza y no querer pontificar ante quienes sí los conocen y los han estudiado porque se os ven todas las costuras.

Personalmente siento un desprecio profundo por esa degeneración individualista que encabeza discursos lesivos para el colectivo solo para el beneficio propio. Es propio de trepas y advenedizos y es muy fácil identificarlos porque van buscando aquellos mensajes que favorecen a las elites para poco a poco adaptarlos y encabezarlos para lograr su favor. No es difícil hacer una leve prospección por los espacios mediáticos para identificarlos.

martes, 24 de febrero de 2026

"EL CANALLA COMO IDEAL: POR QUÉ EL NEOLIBERALISMO PREMIA AL QUE DESPRECIA". Daniel Seara, Spanish Revolution 23 MAY 2025

EL CANALLA ES EL NUEVO HÉROE DEL CAPITALISMO TARDÍO

Vivimos en una sociedad donde ser una buena persona no cotiza. Es sospechoso. Es “blandito”. Y el algoritmo, como el mercado, penaliza la ternura y recompensa la puñalada. ¿Para qué cuidar si puedes destacar? ¿Para qué empatizar si puedes pisar? Esa es la lógica que ha convertido el canallismo —esa mezcla de cinismo, egoísmo y crueldad sonriente— en una identidad aspiracional.

La bondad no vende. La ternura no viraliza. El sistema necesita antagonismo, ruido, conflicto. Porque si nos organizáramos desde el cuidado, si entendiésemos que nuestras vidas están entrelazadas, entonces empezaríamos a cuestionarlo todo: desde los sueldos de miseria hasta los algoritmos que deciden lo que vemos, lo que deseamos, lo que odiamos. Por eso el canalla no es una anomalía: es el ciudadano modelo del neoliberalismo. Agresivo, competitivo, narcisista. Perfectamente adaptado al desastre.

Lo grave no es que haya gente así. Lo grave es que les aplauden. Les votan. Les dan platós, micrófonos, editoriales. Les celebran como si fueran valientes, cuando en realidad no son más que cobardes con traje y community manager.

EDUCACIÓN PARA PISAR, INFLUENCERS DE LA CRUELDAD Y LIBERTAD SIN ÉTICA

Desde pequeños nos enseñan que hay que destacar. Ser los mejores. Brillar. Competir. Ganar. Y claro, en un mundo así, cuidar al de al lado no sirve para nada. Al contrario: te retrasa. Te hace débil. Así que aprendemos a mirar hacia otro lado, a justificar lo injustificable, a normalizar el dolor ajeno. Se educa para ascender, no para convivir. Y así, el canalla no solo sobrevive: prospera.

No es casual que los grandes referentes de la derecha contemporánea —Trump, Milei, Ayuso, Bolsonaro— sean modelos perfectos del canalla sin vergüenza. Han demostrado que se puede mentir, insultar, robar y seguir ganando. Porque si algo ha enseñado el poder en los últimos años es que ser mala persona sale gratis. A veces incluso da beneficios.

Y ahora, además, está de moda. No hay más que abrir TikTok. La crueldad se monetiza. La empatía, no. Hay influencers cuya marca personal consiste en burlarse de quien sufre, humillar al diferente, reírse del feminismo, del ecologismo, de los derechos humanos. Convertir en chiste lo que debería ser un escándalo. Y lo peor no es que lo hagan. Lo peor es que funcionan.

Lo llaman libertad de expresión. Pero no es libertad: es impunidad. No es personalidad: es violencia performativa. No es sinceridad: es brutalidad con aplausos. La nueva derecha emocional ha conseguido una cosa muy peligrosa: transformar la falta de ética en autenticidad. Y así, el canalla ya no se esconde. Se exhibe. Se enorgullece. Y se reproduce.

SER BUENA PERSONA ES SUBVERSIVO. Y LO SABEN

En este contexto, ser buena persona se ha vuelto revolucionario. Es ir a contracorriente. Es elegir la solidaridad en un mundo que premia la competencia. Es frenar un comentario machista en una comida familiar. Es no compartir el vídeo que humilla a alguien. Es poner el cuerpo cuando insultan a una compañera. Es decir que no a la deshumanización aunque lo digan los más seguidos, los más votados, los más influyentes.

La bondad es hoy un gesto de disidencia. Porque va contra todo lo que este sistema celebra.

Y por eso hay tanto empeño en ridiculizarla. Porque saben que si dejáramos de competir para empezar a cuidarnos, su mundo se vendría abajo. Porque no habría espacio para el fascismo si la empatía fuese hegemónica. Porque no podrían sostenerse los abusos si todas y todos nos atreviéramos a nombrarlos.

La pregunta es sencilla: ¿quieres ser el que levanta o el que pisa? El que suma o el que desprecia. El que cuida o el que escupe. Porque esa decisión no es solo personal: es política. Y urgente.

No necesitamos más canallas con megáfono. Necesitamos a quien, en medio del barro, elige no ensuciarse el alma.

lunes, 23 de febrero de 2026

"CUIDADO CON LOS PATRIOTAS". Luis García Montero, El País

Quien estudia la cultura desde que España se constituyó como nación en el siglo XIX comprueba el afán sucesivo con el que traicionan a su patria los que se llaman patriotas

Algunos estribillos históricos se repiten. Quien estudia la cultura desde que España se constituyó como nación en el siglo XIX comprueba el afán sucesivo con el que traicionan a su patria los que se llaman patriotas con un orgullo agresivo. Jovellanos vio como los absolutistas vendían España a los franceses para imponer sus privilegios frente a los liberales. El falso imperialismo españolista sobre Cuba y Filipinas facilitó que los procesos naturales de independencia y diálogo desembocasen en un feroz dominio imperialista norteamericano. Machado murió en el exilio cuando el llamado bando nacional preparó un golpe de Estado con la ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista para cancelar la democracia republicana. Y los escritores y artistas que intentan hoy con su trabajo afianzar en España e Iberoamérica los lazos culturales comunes, frente a una identidad norteamericana muy represiva, ven que la Comunidad de Madrid, el centro de la Madre Patria, concede la Medalla Internacional a los Estados Unidos de Donald Trump.

Prefiero aplaudir a Bad Bunny. No voy a explicar aquí los lazos que se forjan ahora en la fraternidad panhispánica amenazada, ni los esfuerzos para defender el español como lengua de herencia en favor de los más de 50 millones de estadounidenses que tienen una identidad hispánica. Me limitaré a dos cosas. Primero, recordar que los autoproclamados españolistas son siempre los más traidores a su patria. Y segundo, que merece la pena dar la batalla en favor de España. Así que celebro los insultos de los patriotas, loros de cloaca, programados para traicionar la convivencia en español y defender un nuevo caciquismo. Pueden decir que soy un rojo asqueroso y llamarme basura, comunista, pesebrero, comemierdas, viudo de una criminal, ladrón de dinero público y lameculos. Soy peor, pero bajo el tono para no atentar contra el Libro de estilo de estas columnas.

domingo, 22 de febrero de 2026

"CONTRA LA FRUSTRACIÓN". Juan José Millás, El Faro de Vigo

No basta con advertir de los peligros de la derecha si, al mismo tiempo, no se ofrece una imagen clara de mejora tangible

En los últimos días, a raíz sobre todo de los movimientos impulsados por Gabriel Rufián -ese llamamiento a construir un frente común de izquierdas porque “lo que viene no se para con siglas”-se ha instalado una idea que muchos, en la ensalada de partidos que conforman las fuerzas progresistas, comparten: hay que unirse para frenar el avance de la derecha. La propuesta seduce desde el punto de vista táctico. El problema aparece cuando se examina atentamente el contenido de la proposición. Porque el mensaje que acaba llegando al ciudadano no es “vamos a mejorar su vida”, sino “vótennos para que no ganen los otros”. Y el miedo, ya se sabe, moviliza un rato, pero no construye proyectos vitales.

La izquierda parece hablar hoy más del adversario que de la vida cotidiana de sus votantes. Mientras tanto, mucha gente que ha venido apoyando programas presentados por fuerzas progresistas, siente que su horizonte se estrecha: la vivienda se vuelve inalcanzable, el ahorro una rareza y la idea misma de hacer planes a largo plazo algo casi extravagante. No es una cuestión ideológica, tampoco una bronca de carácter académico. Es una cuestión doméstica: llegar a fin de mes, imaginar el futuro sin vértigo.

Por eso el discurso defensivo resulta insuficiente. No basta con advertir de los peligros de la derecha si, al mismo tiempo, no se ofrece una imagen clara de mejora tangible. El votante medio no quiere participar en una guerra permanente de trincheras; quiere saber si podrá pagar un alquiler sin hipotecar la mitad de su sueldo o si tendrá alguna oportunidad real de estabilidad. Quizá el problema no sea solo la falta de unidad, sino la falta de concreción. Bastaría tal vez un programa mínimo, un programa que cupiera en medio folio, un programa de cuatro o cinco compromisos claros, verificables, y la promesa -casi notarial- de ejecutarlos en meses, no en décadas.

La política española ha abusado de los grandes relatos y de las grandes alarmas. Tal vez ha llegado el momento de la modestia: prometer menos, precisar más y cumplir rápido. Porque quien renuncia a formar una familia por falta de medios materiales no vota contra algo; vota, simplemente, contra la frustración.

viernes, 20 de febrero de 2026

"DESPUÉS DE LOS TERREMOTOS. El problema fundamental del presente es la complicidad". Editorial de "Equator", 11.02.2026

Leon Golub: Interrogatorio II (1981) 
En 1956, la noticia de que Nikita Khrushchev había relatado los crímenes del estalinismo en un discurso "secreto" provocó una conmoción generalizada y una parálisis intelectual en todo el bloque soviético. El escritor ruso Ilya Ehrenburg se encontraba entre quienes quedaron "conmocionados", no porque desconociera algunos hechos ampliamente conocidos sobre el estalinismo, sino porque estos habían sido pronunciados "por el primer secretario del partido". Para Ehrenburg y muchos otros, comprometidos por un sistema quebrado, la confesión planteó una pregunta desestabilizadora: ¿Qué nos llevó a ocultar lo obvio durante tanto tiempo?

Muchos en el mundo libre se enfrentan hoy a un ajuste de cuentas similar. Los terremotos de las últimas semanas —empezando por el secuestro de Maduro por parte de Trump, sus amenazas a Europa por Groenlandia, el continuo estrangulamiento de Cuba y las escabrosas revelaciones de depredación en los archivos de Epstein— han confrontado a la élite anglófona con una realidad que ignoraban o negaban activamente.

Hannah Arendt escribió que si el problema fundamental de la vida intelectual de posguerra después de 1918 era la muerte, después de 1945 era el mal. Hoy, el problema fundamental es la complicidad: lidiar con nuestra aquiescencia a un sistema político que de repente parece criminal. Todas estas conmociones exponen algo podrido bajo la superficie de la respetabilidad liberal: cómo las élites participan en atrocidades mientras mantienen el prestigio; cómo las instituciones que se supone deben salvaguardar la justicia, de hecho, protegen a los poderosos y explotan a los vulnerables; cómo el consentimiento masivo se asegura mediante una cuidadosa distribución del acceso y el silencio. Los nombres en esos archivos de Epstein —líderes políticos, titanes corporativos, académicos y empresarios culturales— son inquietantes porque su autoridad continua y sus carreras ininterrumpidas hacen innegable lo que sabíamos, pero quizás nos negamos a admitir por completo: que el vocabulario moral del orden internacional liberal liderado por Estados Unidos se convirtió en una tapadera para la dominación y la cleptocracia.

La indignación de Epstein y la demolición del prestigio estadounidense por parte de Trump han propiciado el colapso del silencio forzado. La admisión de Mark Carney en Davos de que el orden liderado por Estados Unidos había sido aprobado fue aplaudida por las mismas élites atlantistas que lo defendieron durante décadas. La obscenidad de Trump ha hecho que el sistema sea imposible de defender con la piedad habitual. El hecho de que estos mismos comentaristas no se conmovieran ante el apoyo de Biden al genocidio demuestra lo que realmente les preocupa: no la violencia oculta del orden, sino la pérdida de su fachada digna. Ahora se lucha por salvar reputaciones en medio del colapso general.

La geografía de estas recientes revelaciones tampoco es casual: es un breve salto de la isla de Epstein a Caracas, un recordatorio, al igual que las amenazas de Trump a Groenlandia, de cómo Washington trata a los territorios fuera del santuario de ese mismo orden, sujetos a extracción, interferencia o confiscación directa. El lema de Trump, "América Primero", simplemente explicita el credo que durante mucho tiempo ha impulsado el poder estadounidense en esta zona de impunidad.

Aimé Césaire observó que el fascismo se volvió inaceptable para los europeos solo cuando desató en Europa la brutalidad que habían infligido a los pueblos "inferiores" de Asia y África. Su visión se confirma hoy con una velocidad vertiginosa en el contraste entre la alarma europea por Groenlandia y la indiferencia oficial ante una campaña de exterminio contra los palestinos proclamada a viva voz. Los líderes occidentales aún posan sonrientes para fotos con criminales de guerra israelíes buscados.
*
Durante décadas después de 1945, y especialmente después de 1989, se impuso un poderoso mito: que todas las sociedades, independientemente de sus puntos de partida, convergían hacia una modernidad de corte occidental. Esta era una afirmación metafísica más que geopolítica. El orden internacional liberal liderado por Estados Unidos funcionaba no solo mediante el poder militar y económico, sino también mediante la gestión de la imaginación política. La disidencia con este consenso, la sugerencia de que las sociedades podrían modernizarse siguiendo caminos diferentes y de que el poder estadounidense no era ni benévolo ni inevitable, se consideraba una especie de herejía intelectual.

La desaparición de esta ilusión revela algo crucial sobre la complicidad de las élites. Nunca se trató solo de fracasos morales individuales, sino de instituciones y redes organizadas en torno a una teleología que situaba a Washington al final de la historia. Quienes se atrevieron a contrarrestar estas ortodoxias fueron marginados, y sus advertencias fueron desestimadas por radicalmente antiamericanas o ingenuamente utópicas. La maquinaria de complicidad y preservación de las élites funcionó precisamente controlando el pensamiento aceptable, insistiendo en que no había alternativa a los modelos angloamericanos de democracia y capitalismo.

Ahora esa trayectoria se ha revelado como una ficción. Los viejos cronistas y bardos del poder atlántico luchan por reposicionarse, pero carecen de las categorías para comprender un mundo que ya no se organiza en torno a lo que Perry Anderson una vez llamó "la civilización de la OCDE". Por eso, la tarea de comprender nuestro momento no puede dejarse en sus manos. Muchos alcanzaron la madurez en el momento triunfalista posterior a 1989, cuando el "Fin de la Historia" parecía evidente, y han pasado tres décadas confundiendo esta fábula con una verdad inmutable. Han sido generosamente remunerados por su conformismo, pero este los ha incapacitado para un análisis lúcido. Estos centristas desconcertados solo pueden proferir profecías catastróficas o fantasear con recuperar el orden liberal de alguna forma, mientras pierden terreno ante una extrema derecha insurgente que ofrece formas de dominación más brutales.

La cuestión de la complicidad no se centra principalmente en atribuir culpas individuales. Se trata de comprender cómo los sistemas de poder aseguran la participación y distribuyen beneficios y cargas de maneras que hacen que la resistencia parezca imposible o incluso impensable. La red de Epstein funcionó mediante redes de complicidad. Los abogados obtuvieron resultados legales favorables, los fiscales ofrecieron acuerdos indulgentes, los académicos aceptaron donaciones, los políticos mantuvieron vínculos y sus socios se negaron a cuestionar lo que estaba sucediendo. Cada decisión individual, quizás comprensible de forma aislada, en conjunto constituyó un negocio de protección.

Lo mismo ocurre con nuestra relación con el orden internacional liberal liderado por Estados Unidos, como se aprecia con mayor claridad en Gaza. No todos somos igualmente cómplices ni responsables del genocidio israelí. Pero todos estamos implicados en sistemas que nos obligan a no registrar plenamente ciertas realidades, a mantener formas de ignorancia y a participar en rituales de denuncia que dejan intactas las estructuras subyacentes de la impunidad occidental.
*
“Todas las naciones occidentales están atrapadas en una mentira”, advirtió James Baldwin en 1963. “La mentira de su pretendido humanismo; esto significa que su historia carece de justificación moral y que Occidente carece de autoridad moral”. Quienes están atrapados en esta mentira ya no pueden sostenerla. ¿Qué hacemos con este conocimiento ahora innegable?

Nos encontramos ahora en un mundo completamente desprovisto de los significados morales y espirituales que antaño generaban las narrativas estadounidenses de progreso universal. Debemos hacerlo habitable para las generaciones futuras y afrontar sus injusticias. Esto requiere más que una simple crítica. Requiere la construcción de nuevas infraestructuras intelectuales y culturales capaces de dar sentido a un mundo posestadounidense; no desde la nostalgia por lo perdido, sino desde el reconocimiento de la complejidad que hemos sido liberados para ver. Requiere reconocer nuestra propia complicidad no como parálisis, sino como el inicio de un pensamiento genuino.

«Algo extraordinario está sucediendo», le dijo un estudiante a Ehrenburg en 1956. «Todo el mundo discute, y además, absolutamente todo el mundo empieza a pensar». Hoy, millones de personas discuten y empiezan a reflexionar sobre cuáles deberían ser sus propias visiones del futuro. Se encuentran en una realidad geopolítica que ya no se define por bloques estabilizados y divisiones familiares, y se enfrentan a un mundo cuya multiplicidad y heterogeneidad ya no pueden encajar en una única historia de inevitable convergencia occidental.

La historia se construirá cada vez más fuera de Occidente, sin ajustarse a ninguno de los diseños racionales propuestos por los marcos intelectuales originados en una parte relativamente pequeña y uniforme del mundo. Nuestra tarea es participar en este diálogo sin pretender eludir la complicidad, construir nuevas formas de solidaridad admitiendo nuestra implicación en sistemas de opresión, imaginar futuros que no repliquen la violencia del pasado, registrando la profundidad con la que ese pasado ha moldeado nuestra capacidad actual de imaginación. Esta es la tarea que nos enfrenta: la difícil práctica de aprender a pensar y actuar sin las garantías y certezas que hicieron posible nuestra complicidad.

jueves, 19 de febrero de 2026

"LA PÁGINA TREINTA Y DOS". Juan José Millás, El País

Las ideas brotan cuando permaneces distraído; liberada del ejercicio de la búsqueda, la mente se dedica a jugar con los materiales acumulados

A las buenas ideas no se las ve llegar: se manifiestan de súbito, como el espíritu de un muerto. Cuando ves llegar a un muerto, es que no se trata de un muerto, sino de alguien que nos lo recuerda. En cambio, un día abres la nevera, sacas el pescado que compraste ayer y notas que su ojo es el ojo de tu padre extinto. La sensación dura poco, porque enseguida vuelve a ser astutamente el ojo de un salmonete. Pero durante una fracción de segundo tu progenitor se asomó a ti a través del pescado. Lo sabes, lo sabes, no lo podrías explicar, pero lo sabes. Por eso mismo, porque no lo podrías explicar, lo guardas para ti. Luego arrojas el pez a la sartén y aquí paz y después gloria.

Las ideas, decíamos, son como ese ojo. Se te aparecen, qué sé yo, en la ducha, cuando no puedes tomar nota de ellas. No les gusta que las apuntes, porque es como externalizarlas, sino que las conserves en la memoria y que les des vueltas en ella, igual que a un caramelo en la boca. ¿De dónde vienen? No se sabe. Viven en los pliegues de la memoria, como los calcetines perdidos en las rugosidades del tambor de la lavadora. Se acumulan allí restos de conversaciones oídas en el autobús, titulares de periódico que apenas llamaron tu interés, o una frase suelta de un libro abandonado en la página treinta y dos. Todas esas partículas de experiencia, que parecen inútiles, flotan en un depósito invisible hasta que un día se atraen como limaduras de hierro y forman una imagen inesperada. ¡Eureka!

Las ideas brotan cuando permaneces distraído (mientras pelas una patata, por ejemplo). Liberada del ejercicio de la búsqueda, la mente se dedica a jugar con los materiales acumulados. Las ideas habitan en la frontera borrosa donde lo íntimo se abraza a lo extraño. Como si el pensamiento fuera, en gran medida, un préstamo de lo que flota en el ambiente. Recibámoslas con hospitalidad, como al fantasma de un muerto que viene a decirnos algo de la vida.

"Edith Bruck, superviviente de Auschwitz: “El mal está dentro de nosotros”. Entrevista de Íñigo Domínguez, El País

La novelista húngara, nacionalizada italiana, es uno de los últimos testigos vivos de los campos de concentración nazis. Señala que los país...