miércoles, 18 de febrero de 2026

"TODA ESTA LIBERTAD QUE NO QUERRÍA PERDER". Najat El Hachmi, El País

Cristina Estanislao
El velo islámico no es un derecho individual; es la parte visible de una política sexual que pretende anular nuestra condición de sujetos deseantes

Será solo un fantasma el que me persigue: el de la posibilidad de volver atrás en el tiempo y que, en vez de seguir disfrutando de esta gozosa libertad, el retroceso me devuelva a los tiempos oscuros en los que la sumisión no solo era tenida por natural sino por algo deseable y respetable. Hoy ese espectro lo agita una joven estudiante de Logroño, que ha llevado a los tribunales al centro educativo que la está formando porque, aplicando la normativa que ya tenía el instituto, no la dejaban entrar con la cabeza cubierta. La chica, apoyada por numerosas asociaciones y defendida por una abogada comunista, pedía una indemnización de 40.000 euros, porque hacerle cumplir con las normas del centro era “vulnerar su derecho a la libertad religiosa”. Algo en lo que ha estado de acuerdo la magistrada que ha dictado sentencia, que ha hecho prevalecer el derecho del islam a someter a las mujeres por encima del derecho de las niñas a tener una educación igualitaria. No sabemos cómo llega la jueza a la conclusión de que el hiyab representa la identidad como musulmana de la joven, cuando no hay un solo versículo en el Corán que especifique hasta dónde tiene que cubrirse una para cumplir con el mandato de modestia y recato que sí exige al sexo femenino. Si las sentencias judiciales se van a poner a validar los preceptos religiosos de los ciudadanos, yo reclamo que revisen la entrepierna de todos los varones que se declaran seguidores de Mahoma y se aseguren de que no queda en ellos ni rastro de prepucio, no sea que se esté vulnerando así su libertad religiosa.

Este caso es grave porque sienta un precedente y porque la magistrada no parece haber tenido en cuenta el interés superior de la menor, su derecho a tener una infancia y una adolescencia libres de la marca de misoginia que es el hiyab en todas sus formas. Pero hay algo mucho más profundo y trascendental en esta cuestión que velo sí o velo no, incluso más que feminismo sí o feminismo no. Lo que está en juego es un concepto de libertad del que hoy parecen desconfiar incluso los demócratas de esta parte del mundo. Es algo que puedo nombrar con conceptos abstractos que todos conocemos, pero más que nada es algo que siento incluso de un modo físico y que me permite ser enteramente persona. Es una expansión, un sentido de la vida misma. No estar sometida a la voluntad de otro ser humano, no tener que obedecer a otro solo porque ese otro tenga unos determinados rasgos que se consideran mejores que los míos (por ejemplo, gónadas fuera de la cavidad abdominal, un apéndice que cuelga). La libertad es tomar decisiones por mi propia cuenta, con toda la angustia existencial que caracteriza a los neuróticos, con todas las dudas, idas y venidas, con todo ese árbol de ramificaciones de pensamientos que atormentan a los que tenemos la facilidad de imaginar todo tipo de catástrofes. Es también la escritura misma, como hago ahora en un arrebato que siento como una secreción corporal y que sé que no me va a traer un castigo tan insoportable que tenga que callarme. La libertad es escribir, decir, reírse de todo aquello que alguien decidió que era sagrado. Impugnar ese orden establecido con una sonora carcajada que emerge del grito de la vida misma.

¿Exagero? Podría ser, es a lo que nos dedicamos los escritores, pero creo que hay algo muy real en mi miedo a perder la libertad, no solo a perderla para mí, sino para todos y para todas las nacidas en familias y tradiciones que odian que podamos ser sin someternos, que nos odian cuando nos alzamos firmes sobre nuestros propios pies y no nos doblegamos por terribles que sean las consecuencias. Las religiones no son más que formas de dominar extensos grupos humanos. Nosotros mismos creamos dioses, los moldeamos, inventamos historias y mitos con los que sostenerlos y luego los adoramos y nos sometemos a ellos. Solo que algunos, unas élites privilegiadas, se dedican a mover los hilos para su propio beneficio. ¿O alguien puede creer en el relato ingenuo que afirma que una chica menor de edad acaba llegando por sí sola a la conclusión de que tiene que erigirse en una Juana de Arco del hiyab? ¿O que de repente a tantos jóvenes les dé una epifanía casualmente católica? Tomarse en serio las religiones y sus preceptos es, a estas alturas, ridículo. ¿Cómo voy a tener en cuenta las opiniones de un obispo si sé que cree que Jesucristo fue concebido de forma inmaculada? ¿Cómo no tener por locos a quienes afirman que María parió a un hijo siendo virgen? ¿Por qué los cristianos son más respetables que los terraplanistas? Si los segundos tuvieran más poder y estuvieran organizados en iglesias que establecen pactos y concordatos con los Estados, tendríamos leyes que nos obligarían a respetar su “libertad religiosa”. En cambio, seguimos aceptando todos los pulpos que nos venden las confesiones más establecidas y otorgándoles derechos inmerecidos que atentan contra el orden democrático mismo. ¿Puede una organización que afirma que Mahoma estuvo una noche entera dando tumbos por el cielo montado sobre un caballo alado decidir la identidad y la forma de vestir de las mujeres en un país con una Constitución basada en principios republicanos, un país aconfesional? ¿Puede una magistrada docta en leyes laicas aceptar la injerencia de un ser imaginario y fantástico en la autonomía de un centro educativo, por muy Alá que se llame?

Entiendo que con la secularización alcanzada por la sociedad española en su conjunto no veamos hasta qué punto el empuje del oscurantismo fundamentalista puede hacer peligrar los cimientos de este sistema, pero ya fue asesinado un profesor en Francia por hablar de libertad de expresión, ya se viene atacando y señalando a cualquiera que no se comporte como es debido con el islam; es decir, como un creyente. Porque muchos musulmanes que dicen defender la libertad religiosa en realidad están aprovechando este derecho fundamental para imponer su propia visión teocrática; están queriendo someter al resto de ciudadanos a sus propios dogmas. Cuando una madre pone una queja en la escuela a la que van sus hijos porque han recibido una charla de educación sexual, está pretendiendo imponer el islam al sistema educativo, está enfrentándose y atacando una de las libertades más importantes y que más ha costado conquistar: la libertad del propio cuerpo sexuado, del deseo y los afectos.

¿Se imaginan vivir en un país sin libertad sexual? Gozar sin culpa, sabiendo que no hay nada malo en el placer carnal; explorar y descubrir este vasto terreno de la existencia que es lo contrario a la muerte, fantasear sin remordimientos, llenarse del aire único que provoca el orgasmo. Y decirlo y escribirlo y que no pase nada. Entender profundamente que no es delito ni transgresión ni algo malo o sucio. Desenturbiar y desoscurecer el placer y traerlo a la luz de lo normal y natural y bueno. El deseo liberado de atávicas ataduras impuestas por los clérigos hincha el pecho de la fuerza necesaria para denunciar el resto de opresiones y represiones. ¿Se imaginan no tener todo esto? Cuando les hablo de libertad a los fanáticos, me flagelan con una pregunta que en realidad es una acusación, un reproche: ¿para qué quieres la libertad? ¿Para follar? A veces, añaden esos insultos tan universalmente patriarcales para reprocharnos que queramos ser dueñas de nuestros cuerpos y gozarlos como nos venga en gana: “Zorra”, “puta”. Fornicadoras, en lenguaje coránico. Así que el velo no solo no es una simple tela ni mucho menos un derecho individual; es la parte visible de una política sexual que pretende seguir convirtiéndonos en objetos inertes al servicio del hombre y anular nuestra condición de sujetos deseantes. Qué miedo tan grande les debemos provocar las mujeres sexualmente libres cuando dedican tanto esfuerzo a organizar nuestro sometimiento, a borrar nuestro deseo.

martes, 17 de febrero de 2026

"AGRUPÉMONOS TODOS". Antonio Muñoz Molina, El País

FRAN PULIDO
Las fuerzas progresistas se pelean con saña hasta que el triunfo del enemigo contra el que no supieron unirse les descubre que tienen en común la cárcel, la persecución, el exilio

Las fuerzas progresistas se pelean con saña entre sí hasta que el triunfo del enemigo contra el que no supieron unirse les hace descubrir que por fin tienen algo en común: la cárcel, la persecución, el exilio. Los que tanto se pelearon se encuentran por fin juntos en una celda, o en un café de desterrados en el que van envejeciendo sin mucha expectativa de regreso, y en el que son capaces de revivir con una furia parecida los enfrentamientos que los debilitaron hasta hacer más fácil su derrota. Pasan los años, y en vez de la lucidez del escarmiento lo que llega es el victimismo que convierte en épica el fracaso y permite volver a las andadas, una vez que la democracia que no se supo defender queda restablecida, una o varias generaciones después. En la universidad yo no aprendí casi nada, pero desde muy joven me ha apasionado el estudio de la Historia. No creo en las leyes históricas inquebrantables que nuestros profesores querían inculcarnos, pero sí en la capacidad de obcecación de la mente humana. Y lo que he aprendido del trabajo de los historiadores, y de los testimonios de muchos perseguidos y exiliados, lo voy pudiendo completar con una memoria personal que se remonta a los primeros años sesenta, y que sigo cultivando con un grado creciente de melancolía, aunque no de fatalismo, pues esa misma experiencia me dice que a veces las cosas cambian a mejor.

En la Alemania de Weimar, que tan actual se nos vuelve a cada momento, los comunistas llamaban socialfascistas a los socialdemócratas, y los combatían con más furia que a los nazis, junto a los cuales votaron unas cuantas veces en el Parlamento. Los comunistas alemanes, como los de otros partidos de Europa, incluidos los del entonces minúsculo PC español, seguían la consigna dictada por la Tercera Internacional, es decir, por el poder soviético y Stalin: la confrontación máxima, la “guerra de clase contra clase”. En circunstancias imposibles de derrota e inflación, gobiernos formados por socialdemócratas y partidos de centro y de inspiración cristiana habían ido tejiendo una república de grandes mejoras sociales y progreso democrático, a cada momento amenazada por conspiraciones de extrema derecha y por la creciente brutalidad demagógica de los nazis. Pero a partir de 1933, cuando empezaron las persecuciones y se abrieron los primeros campos, los comunistas se encontraron compartiendo el destino de los que creían sus peores enemigos, aquellos vergonzosos reformistas y socialfascistas, los socialdemócratas.

Fue en noviembre de ese mismo año cuando en las elecciones generales de la República española la dirigencia del Partido Socialista decidió no repetir la coalición con los republicanos que había llevado a la victoria en 1931, propiciando dos años de consolidación del régimen y avances sociales de mucho calado: en la construcción de escuelas públicas, en el derecho a voto de las mujeres, entre otros. En las guerras internas de los socialistas se imponía la actitud extremista de Francisco Largo Caballero, que dominaba el partido y la UGT, por encima de dirigentes más sensatos, Indalecio Prieto y Julián Besteiro. Sindicalista veterano pero de pocas luces, Largo Caballero había caído bajo la influencia de intelectuales doctrinarios como Julio Álvarez del Vayo y Luis Araquistain, de los que yo siempre he sospechado que actuaban a las órdenes directas de los soviéticos. Como era de prever, la pureza ideológica y el utopismo político que a Largo Caballero le impedían colaborar con burgueses reformistas y poltrones como Manuel Azaña sirvió para que esas elecciones las ganaran las derechas, la CEDA católica y el Partido Radical de Alejandro Lerroux. Los anarquistas, tan puros siempre, promovían la abstención. Lerroux era un antiguo libertino incendiario, y Gil-Robles, el líder de la CEDA, un beato de misa diaria, pero eso no les impidió colaborar en un Gobierno impaciente por abolir los avances de los dos años anteriores.

En vez de aprender una lección, Largo Caballero y los suyos decidieron dar un paso valeroso hacia el abismo. Que el Gobierno fuera conservador y Lerroux un botarate corrupto en modo alguno justificaba nada menos que un levantamiento armado contra la legalidad republicana. En octubre de 1934, el Partido Socialista y la UGT, bajo la inspiración de Largo Caballero, al que sus manipuladores halagaban llamándole el Lenin Español, dieron la orden de desatar un movimiento revolucionario que no tenía ni planificación ni fines claros, pero que, al prender entre los mineros de Asturias desató una represión militar que fue el ensayo general del salvajismo del golpe de 1936. El Lenin Español se quedó en su casa. Indalecio Prieto, que había maniobrado para suministrar armas a los revolucionarios, aunque era consciente del disparate que emprendían, escapó gloriosamente a Francia en el maletero de un coche.

Poco después, Stalin cambió de estrategia: de la guerra de clases había que pasar a los frentes populares contra el avance del fascismo. Ahora sí se podía unir fuerzas con reformistas socialdemócratas y burgueses. Formado a toda prisa, y con muy pocos objetivos unitarios de verdad, salvo la amnistía para los presos de 1934, el Frente Popular español fue tan débil que en el momento mismo de la victoria en febrero de 1936 ya estaba desmoronándose. Conseguida la amnistía, los anarquistas siguieron con sus estrategias de agitación permanente. Los socialistas estaban tan divididos que ese Primero de Mayo Indalecio Prieto tuvo que dar su mitin en Cuenca, y no en Madrid, donde no iban a permitirlo los caballeristas. Juan Negrín tuvo que salir huyendo del acto público en el que participaba, interrumpido a tiros por pistoleros de su propio partido. Abandonados a su suerte por la irresponsabilidad y la trifulca interna de los socialistas, sus únicos socios naturales, los republicanos formaron solos un Gobierno condenado a una inestabilidad extrema, justo cuando arreciaban la violencia sectaria y las conspiraciones militares. Cuando llegó el 18 de julio, Madrid estaba paralizado por una huelga de la construcción decretada por la CNT. El sindicato no consideró que una amenaza de golpe militar fuera motivo para suspenderla.

En el Hospital Real de Granada, donde estaba entonces la Facultad de Letras, hubo en la primavera de 1976 una explosión de huelgas, de asambleas políticas, de pintadas y carteles que llenaban los muros, carteles enormes escritos a mano con proclamas revolucionarias, muchos signos de admiración, estrellas rojas, hoces y martillos. Vivíamos en una especie de Mayo del 68 pobre y comprimido: a unos pasos, montaban guardia los furgones y las patrullas de los grises, que en cualquier momento podían asaltarlo. A lo que nos dedicábamos en aquella especie de invernadero ideológico era a pelearnos los unos con los otros, cada uno en el reducto de su partidillo ínfimo, troskos, chinos, marxistas-leninistas, hasta unos exóticos carlistas defensores del socialismo autogestionario. Los partidos de extrema izquierda se multiplicaban por escisión, como las amebas. Los más fuertes y mejor organizados, claro, eran los comunistas del PCE, contra los que se enfurecían de manera unánime todos los demás, por su reformismo (¡habían renunciado a la dictadura del proletariado!), en los ratos en los que no estaban peleándose entre sí con disquisiciones teóricas ardientes, aunque también superfluas. ¿Íbamos a derribar solo al fascismo, en una primera frase revolucionaria, o, ya puestos derribaríamos a la vez el fascismo y el capitalismo, en vez de conformarnos un tiempo con la democracia burguesa? Éramos como cristianos primitivos discutiendo en las catacumbas sobre la naturaleza del Espíritu Santo mientras los leones del circo se relamían en sus jaulas. Estábamos tan concentrados en nuestros anatemas mutuos que casi no nos acordábamos de que el franquismo permanecía intacto. De vez en cuando, la Policía daba un golpe y se llevaba por delante a alguien sin fijarse en las siglas, y le aplicaba la todavía vigente ley antiterrorista, que no era una broma, aunque Franco estuviera muerto. Pero andábamos tan a la greña que ni las colectas para pagar multas y abogados para los detenidos eran unitarias.

lunes, 16 de febrero de 2026

"EL 'CASO EPSTEIN' REVELA EL ROSTRO DE UNA NUEVA ÉLITE QUE ENGLOBA MONARQUÍAS, GOBIERNOS Y MAGNATES". Martine Orange (Mediapart), infoLibre

Bill Gates, Steve Bannon, Richard Branson con Jeffrey Epstein
Es imposible separar al delincuente financiero del mundo en el que se mueve

Los millones de documentos publicados reflejan la imagen espantosa de una clase dirigente globalizada que ha prosperado con el neoliberalismo

“Esto tiene que acabar.” Tres días después de que el Departamento de Justicia de Estados Unidos publicara tres millones de documentos, Donald Trump volvió a intentar cerrar lo antes posible el caso Epstein ante la avalancha de preguntas de los periodistas. Pero, a pesar de su voluntad, esto no va a acabar. Se está extendiendo una onda expansiva mundial a medida que aparecen nombres, hechos, conversaciones y estructuras en esa gigantesca masa de documentos.

En una semana, los daños ya eran considerables. Al menos en Europa. Tras el descubrimiento de sus vínculos comerciales con el poco recomendable financiero, revelados por Mediapart, Jack Lang presentó su dimisión del Instituto del Mundo Árabe. En Gran Bretaña no deja de extenderse el escándalo Mandelson, obligado a dimitir de su cargo de embajador en Estados Unidos en septiembre tras revelarse su estrecha relación con Jeffrey Epstein. La dimisión del jefe de gabinete del primer ministro británico, Keir Starmer, el 8 de febrero, no es más que el último intento del Gobierno laborista por sobrevivir.

En Noruega, más allá del descubrimiento de los vínculos familiares que mantenía la princesa Mette-Marit, el descubrimiento de que personalidades de primer orden formaban parte del círculo íntimo del depredador sexual está conmocionando a todo el país. El ex primer ministro laborista Thorbjørn Jagland, que también fue miembro del comité del Nobel y secretario general del Consejo de Europa, está directamente implicado, al igual que el diplomático Terje Roed-Larsen, uno de los artífices de la paz de Oslo, o el político Børge Brende, presidente del Foro de Davos desde 2017. Los organizadores del Foro Económico Mundial anunciaron el 5 de febrero que abrirían una investigación para determinar los vínculos de este último con Jeffrey Epstein.

El Wall Street Journal, periódico de referencia del mundo financiero, no se equivoca sobre los peligros del momento. “Para aquellos que se encuentran fuera del restringido círculo de los poderosos —los millennials antiboomer, la generación Z, los mal pagados y las personas agraviadas—, las revelaciones sobre Epstein confirman una sórdida historia que sospechaban desde hacía tiempo. Ahí están, los ricos y poderosos, algunos expresando sus simpatías por un criminal de su círculo, a menudo para proteger a los suyos”, escribe Pamela Paul, una de las columnistas del periódico, el 6 de febrero.

En pocos días, el caso Epstein ha cambiado de dimensión. Ya no es solo un gran escándalo de pederastia, agresiones y abusos sexuales en el que están implicados multimillonarios, miembros de la realeza y personas poderosas. La revelación de millones de documentos, conversaciones privadas, correos electrónicos, fotos y vídeos que afectan a prácticamente todo este mundo globalizado, en el que se mezclan financieros, políticos, gerifaltes de lo digital, antiguas familias del establishment, académicos, asesores de todo tipo, estrellas y figuras mediáticas, ha tenido un efecto devastador. Expone el horroroso y escalofriante espejo de una clase dirigente globalizada que ha perdido todo límite, toda moral, dominada por la depredación, la corrupción, el compromiso y la impunidad. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 15 de febrero de 2026

"NO INCOMODA LA PROSTITUCIÓN: INCOMODA QUE SE NOMBRE COMO VIOLENCIA". Amelia Tiganus, El País

Ninguna mujer debería tener que poner su cuerpo al servicio del deseo masculino para sobrevivir y el feminismo no puede convertirse en un gestor amable del mercado sexual

Cada cierto tiempo, la prostitución vuelve a aparecer en el debate feminista presentada como un supuesto dilema moral. Y casi siempre con la misma escenografía: una historia individual elevada a verdad universal; una mujer convertida en excepción que pretende desmontar el análisis estructural; y un feminismo retratado como rígido, dogmático o desconectado de la “vida real”. El artículo sobre Georgina Orellano ―publicado en Ideas el pasado 9 de febrero― encaja, punto por punto, en ese guion ya conocido.

La verdad es que no estamos ante un debate honesto sobre “escuchar voces”. Estamos ante algo bastante más concreto: una operación política que busca redefinir la prostitución como trabajo y, de paso, desactivar su lectura como violencia sexual estructural. Y para ello se recurre a una estrategia muy eficaz: enfrentar experiencia a teoría, cuerpo a pensamiento, calle a análisis feminista. Como si el feminismo no hubiera nacido, precisamente, del cuerpo vivido, del dolor encarnado, de la experiencia directa de millones de mujeres explotadas sexualmente.

Yo también he sido prostituida. Yo también he puesto el cuerpo. Y desde ahí, desde ese lugar que no es abstracto ni cómodo, digo algo muy claro: la prostitución no es trabajo. Es violencia sexual organizada por un sistema patriarcal y capitalista. No lo afirmo desde una torre de marfil, sino desde una trayectoria vital y política que he desarrollado también por escrito en La revuelta de las putas, un libro que nace de la necesidad de nombrar lo que tantas veces se nos ha pedido callar: que la prostitución no nos libera, nos desgasta, nos rompe y nos deja fuera.

El artículo presenta a Orellano como prueba de que el feminismo debería “salir de su confort moral”. Pero conviene detenerse un momento y preguntarse: ¿de qué confort estamos hablando? ¿Del confort de nombrar la prostitución como explotación cuando se ha vivido en el propio cuerpo? ¿Del confort de señalar que la mayoría de mujeres prostituidas son pobres, migrantes, racializadas, con historias previas de violencia? ¿O del confort de no mirar nunca al sujeto central del sistema prostitucional: los hombres que pagan?

Porque, seamos sinceras, no hay nada radical en llamar “trabajo” a una práctica que consiste en que hombres compren acceso sexual al cuerpo de mujeres en situación de desigualdad. Eso no incomoda al patriarcado. Al contrario: lo ordena, lo legitima y lo hace más presentable. Lo verdaderamente incómodo es decir que no existe consentimiento libre cuando hay necesidad, miedo, dependencia o desigualdad estructural. Lo incómodo es señalar que convertir la prostitución en “trabajo” implica normalizar que el cuerpo de las mujeres funcione como un recurso económico más, como una mercancía disponible.

Se acusa al feminismo abolicionista de negar . Pero la agencia no flota en el aire. No existe en el vacío. Elegir entre pobreza o prostitución no es libertad; es supervivencia. Y la supervivencia no puede convertirse en coartada ideológica. Defender derechos laborales sobre esa base no emancipa: institucionaliza la desigualdad. Por eso, cuando se habla de “derechos conquistados”, conviene hacerse algunas preguntas incómodas: ¿derechos para quién?, ¿a costa de quién?, ¿derechos que no cuestionan la demanda masculina ni el mercado sexual global?

El artículo insiste en la idea de “violencia epistémica” cuando se cuestiona la voz de Orellano. Pero hay otra violencia, mucho más persistente, de la que apenas se habla: el silencio sistemático sobre las mujeres que quieren salir de la prostitución, las que no pudieron, las que enfermaron, las que fueron desechadas cuando dejaron de ser rentables. Esas mujeres no escriben libros, no presiden sindicatos, no ocupan tribunas mediáticas. Y, sin embargo, son la norma. No la excepción.

Nombrar la prostitución como violencia no es negar la humanidad de las mujeres prostituidas. Es exactamente lo contrario. Es negarse a aceptar que su explotación sea presentada como destino laboral legítimo. Es decir, sin rodeos, que ninguna mujer debería tener que poner su cuerpo al servicio del deseo masculino para sobrevivir. Es rechazar que el feminismo se convierta en un gestor amable del mercado sexual.

El feminismo no tiene que elegir entre teoría y experiencia. El feminismo nace, precisamente, del cruce entre ambas. De cuerpos explotados que pensaron políticamente su dolor. De mujeres que entendieron que lo que les pasaba no era un fracaso individual, sino una estructura.

La prostitución no incomoda al patriarcado.
Lo sostiene.

Lo que incomoda —y mucho— es que se diga alto y claro.
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Amelia Tiganus es escritora y activista abolicionista de la prostitución, superviviente de la trata de mujeres.​

sábado, 14 de febrero de 2026

"NAIDE QUEMA NADA, PERO TODO ARDE". Juan José Millás, El País

Donald Trump y María Corina Machado posan
con la medalla del Nobel de la Paz en la Casa Blanca
el 16 de enero de 2026, en Washington D. C.

Debajo del retrato de George Washington, cuidadosamente enmarcado para convertirlo en símbolo, cuelga la Declaración de Independencia, protegida por cortinas que se abren o se cierran a gusto del consumidor, como el que baja la persiana del dormitorio cuando el domingo por la mañana entra demasiada luz. Quizá no hacían falta: la musealización (¡qué extraño sustantivo: musealización!) ya anquilosa o fosiliza lo suyo. Nada como colocar una joya histórica sobre una peana para que pierda su significado, si algún día lo tuvo. Y, al contrario: basta con instalar un bacín sobre un pedestal para otorgárselo (recuerden el famoso urinario de Duchamp). Son contradicciones del arte, qué le vamos a hacer. Ese famoso texto, que nació para incomodar al poder, aparece aquí reducido a decorado solemne. Si se desprendiera de la pared y se estrellara contra el suelo, el marco sonaría a ataúd roto, quizá a ataúd vacío. La escena es de una crueldad casi municipal. Arriba, el fundador, neutralizado por el óleo, que a veces funciona como camisa de fuerza. Debajo, un documento que habla de igualdad, rebelión y límites al poder. Y un poco más abajo todavía (donde arriba y abajo poseen connotaciones de orden moral) Corina Machado y Trump sonríen como quienes acaban de inaugurar una rotonda para organizar el tráfico mundial de diplomas noruegos.

Todo aparece planchado, aunque institucionalmente muerto, como el decorado de una peli cuando se termina la jornada de rodaje. No hay choque, pese a la acumulación de contradicciones cuidadosamente ordenadas. Nadie quema nada, pero arde todo.

viernes, 13 de febrero de 2026

"ESTA INACABABLE CHARLATANERÍA". Irene Vallejo, El País

Fernando Vicente
Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha

Un grupo de inconformistas se reúne en casa de un amigo para beber vinos y arreglar el mundo. La conversación se adentra en la noche, y fluye y sigue. Saben que les ha tocado vivir malditos tiempos interesantes. A sus ojos, la política se parece cada vez más a una despiadada guerra de bandos. En la atmósfera de una democracia nerviosa y amenazada, hasta el lenguaje empieza a transformarse; muchos desprecian la moderación como disfraz de pusilánimes y la inteligencia como incapacidad para la acción. Consideran digno de confianza al más furibundo; y al que no, sospechoso. La adhesión de los exaltados recibe aplausos, mientras la razón sosegada solo cosecha burlas. Estamos en El Pireo, hace unos 2.500 años. Quien inicia el debate es un tal Sócrates. Lo narran las primeras páginas de La República de Platón.

Uno de los comensales lanza la pregunta esencial: qué es lo justo y la justicia. Rodeados de rugidos y furia, aquellos insólitos personajes —de profesión, filósofos— creían imprescindible interrogarse sobre esos conceptos en los que nos jugamos la vida, dedicar sus esfuerzos al excéntrico empeño de la conversación, buscando la palabra precisa, la idea certera. En los primeros compases del debate, parecen acercarse a un acuerdo: la justicia sería garantizar a cada cual lo que le corresponde o merece. Hasta que el sofista Trasímaco pierde la calma y estalla: “¿A qué viene, Sócrates, toda esta inacabable charlatanería? ¿Qué sentido tienen todas estas estúpidas condescendencias? Lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte".

Todos callan, sobrecogidos. Desde siempre, el cinismo irrumpe en el debate ético con aura de experiencia, sagacidad y realismo. Sócrates, sin apabullarse, lo enfrenta con socarronería zalamera. ¿A quién se refiere Trasímaco cuando dice: “más fuerte”? ¿A los campeones de lucha libre? ¿Deberían ser los luchadores olímpicos nuestros gobernantes? A lo largo de la historia, la propaganda de las dictaduras ha exaltado los cuerpos hercúleos, pero los dictadores mismos no suelen responder a su propio ideal físico supremacista. Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha. Para Trasímaco ser fuerte no es cuestión de músculo, pelea y esplendor halterofílico, sino inspirar obediencia, sumisión y miedo; es decir, tener poder. Un poder que, como demuestra la experiencia, recae en aptos e ineptos, en personas cuerdas y también en gente desequilibrada. Esa fuerza. Y al calor de la conversación, estalla la pregunta incómoda: ¿es la justicia una ilusión, una invención al servicio de los poderosos?

En democracia, como en las tiranías, aclara Trasímaco, cada gobierno establece las leyes que le interesan y castiga a quienes no las cumplen. Justicia es, concluye, el deseo de quien manda: el poder define el bien y el mal. Milenios más tarde, este argumento del sofista inspiró a Nietzsche, que denunciaría la moral cristiana como glorificación del débil y mutilación de la excelencia. A su muerte, su hermana Elisabeth editó muchos de esos textos y los aproximó al imaginario del nazismo. Y hoy, por el zigzagueante camino de la filosofía y de los siglos, aquella conversación en el Pireo influye también en los teóricos de la Ilustración Oscura, los nuevos autoritarios, que defienden tesis antidemocráticas y aspiran a regir los países como si se tratara de grandes empresas donde se ensalza la obediencia al jefe máximo.

El diálogo platónico aborda sin rodeos esta cuestión aún palpitante. Sócrates afirma que gobernar no estriba en buscar lo que conviene al dirigente, sino a los gobernados. La política debería parecerse a la medicina: ambos oficios consisten en cuidar y beneficiar a otros. Intentando probar la candidez e ingenuidad de esa idea, Trasímaco desnuda su teoría sin rodeos: la política no tiene ni la más remota aspiración al servicio público, solo consagra al depredador máximo.

A lo largo de milenios, una ristra interminable de tiranos y políticos corruptos parece dar la razón al cinismo de Trasímaco. El sofista defiende que abusar resulta siempre más provechoso que ser justo. En todas partes salen ganando –dice– quienes rapiñan, quienes no tributan, quienes se aprovechan de lo público, quienes benefician a familiares y amigos a costa de lo común. Sostiene que nos quejamos de las injusticias cuando las sufrimos, pero a todos nos parece estupendo cometerlas. Cuando pronuncia esas palabras, el fuego de sus ojos parece preludiar la democracia en llamas. Este filósofo, defensor a ultranza de los poderosos, existió en carne, hueso y fiereza; no se trata de una ficción inventada por Platón. Nacido en el Bósforo, fue maestro itinerante de retórica. El patriarca de quienes, hechizados por el aura del líder firme y aplastante, aclaman la política de la fuerza y no la del servicio.

Sócrates, en tono socarrón, replica con una paradoja: incluso los ladrones y bandidos, sea cual sea el saqueo que realicen en común, conseguirán mejores resultados si colaboran. Los atropellos y dentelladas contra tus aliados despiertan rencor y luchas. Lo mismo en una familia que en cualquier sociedad: nada lograrás si siembras discordias y enemistades.

Siglos después, San Agustín escribiría: “¿Qué ladrón hay que soporte a otro ladrón?“. También los injustos exigen justicia y lealtad hacia ellos: no es extraño que, de hecho, exhiban una piel muy fina. La apología del poder como apetito sin límites exalta el egoísmo —propio— mientras reclama obediencia, renuncia y hasta servilismo —ajenos—. Incluso la persona más despiadada lo es asimétricamente: se muestra inmisericorde hacia el prójimo, pero exige ser tratada con respeto y delicadeza. Así opera la extraña equidad de los apóstoles de la desigualdad.

Sócrates argumenta que un estado arbitrario termina por ser más débil: la solidez de una ciudad no se mide por lo que unos pocos pueden saquear, sino por la unidad de todos. La violencia no trae concordia, la corrupción levanta sospechas mutuas, el abuso no robustece. Los economistas del presente han detectado una clara correlación entre leyes justas, confianza y prosperidad. Y, frente a las bravuconadas de Trasímaco, la historia prueba que los líderes fieros dividieron a las ciudades y condujeron a grandes tragedias colectivas.

El biólogo Edward Wilson, en su ensayo La conquista social de la Tierra, ofrece la clave para entender el dilema del éxito de los ególatras. "En la evolución social genética existe una regla de hierro, según la cual los individuos egoístas vencen a los individuos altruistas, mientras que los grupos altruistas ganan a los grupos de individuos egoístas". La gran ventaja de nuestra especie deriva de esa insólita capacidad para colaborar y repartir los beneficios de la cooperación. La pregunta de Sócrates continúa vigente: ¿para qué nos sirven a todos los demás esos individuos egoístas, interesados y codiciosos que convierten su voluntad en ley? A ellos mismos les beneficia su avidez, de acuerdo, pero ¿por qué deberíamos aplaudirlos o votarlos, cuando solo nos consideran adversarios o instrumentos a su servicio y además nos debilitan como grupo? Tendremos mejores líderes si dejamos de admirar la ferocidad de sus éxitos individuales —casi siempre frágiles— y valoramos su capacidad de forjar comunidades robustas —es decir, justas—. Nuestros mejores logros nunca han sido fruto de la fuerza bruta. Confundir la prepotencia con la potencia es el signo del momento histórico e histriónico que vivimos.

miércoles, 11 de febrero de 2026

"LAS MUJERES DE LA FOTO". Nevenka Fernández, El País

Estos días he leído algunas de las nuevas revelaciones sobre el caso Epstein. He sentido enfado y repugnancia. Escuchar a las víctimas, mujeres y algún hombre —también hay pedófilos que abusan de niños— es un acto que requiere valor. Porque su dolor desgarrador, insistente y largo en el tiempo, te revuelve por dentro y te rompe.

La violencia sexual, moral y laboral es una violencia social. Estos abusos insidiosos, inhumanos y mundialmente organizados, que no terminan en la oscuridad en la que se producen ―ahí solo empiezan― son una forma social de entender el mundo.

Algunos quieren que aceptemos esta cultura; que aceptemos que unos tienen el derecho de pernada mientras otros solo tienen derecho al silencio. Buscan que todos estos crímenes sucedan sin que se note, sin que sepa, sin que se hable de ello.

Pero lo que más observo desde hace un tiempo son “las mujeres de la foto”. Las he visto también estos días en una ciudad de Madrid. Y siento un déjà vu.

Las mujeres de la foto son todas las que, por acción u omisión, se colocan al lado de esos hombres con poder ―que no poderosos―, de esos hombres sin escrúpulos, sin valores y sin moral. Las mujeres de la foto son las que sonríen al lado del presunto acosador, violador, pedófilo; aquellas que intentan defender una dignidad de la que claramente estos hombres carecen.

No habría habido un Epstein tan longevo sin una Ghislaine Maxwell. Ni “un señor de Ponferrada de conducta impecable” sin un par de Anas blanqueando su delito.

Esta semana, también las concejalas de Móstoles han elegido salir en la foto con el presunto acosador. Seguramente, como dijo una de las dirigentes de su partido, “han tenido que aguantar mucho para estar en política”.

Qué triste. Qué duro me parece que, junto a todas las mujeres valientes, inteligentes, buenas y dignas de la Historia, las mujeres de la foto dejen ese mal ejemplo a sus futuras hijas (e hijos). Seguramente ellas se conformen, contentas, con el documental de Melania Trump.

Parece lo que es: que hay personas con escrúpulos torcidos en los dos sexos, en todas las ideologías. Solo hay que mirar bien las fotos. Ellas son también parte de la herida que acepta perpetuar la impunidad.

Pero muchos, y cada vez muchos más, sabemos que nuestro cuerpo es nuestro y no de otros. Sin culpa. Sin vergüenza. Aunque tengamos que seguir enfrentándonos al miedo.

Sabemos que mostrarse real, sensible y verdadero puede acarrear consecuencias, a veces graves, pero elegimos defender la verdad para seguir viviendo. Porque la verdad es el poder más fuerte.

Por eso el feminismo no es una guerra entre hombres y mujeres. Por eso es tan necesario y por eso nos incumbe a todos.

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