jueves, 9 de abril de 2026

"LA FALACIA DEL GRAN REEMPLAZO: LOS DATOS QUE DESMIENTEN LA ISLAMIZACIÓN DE ESPAÑA". Fernando Varela, infoLibre.es

Musulmanes en la oración durante el Ramadán.

En 2020, el 3,6% de la población española era musulmana; la proporción de personas sin religión casi la triplicaba
Un informe del Pew Research Center desmonta con cifras el relato del pánico demográfico que ha colonizado el discurso de la extrema derecha

En 2020, España tenía más ateos y agnósticos que musulmanes. Bastante más: el 26,4% de la población no se identificaba con ninguna religión, frente al 3,6% que era musulmán. Si hubiera que describir la transformación religiosa real de España en la última década, el protagonista no sería el islam. Sería la secularización.

Este dato procede del informe Religious Diversity Around the World, publicado en febrero de 2026 por el Pew Research Center, el centro de investigación demográfica más citado del mundo en materia de religión. El estudio analiza la composición religiosa de 201 países y territorios a partir de más de 2.700 censos y encuestas, y construye un índice que permite comparar el grado de pluralismo religioso entre naciones y regiones. Sus conclusiones sobre España no dejan mucho margen a la ambigüedad: este es un país con una minoría musulmana modesta, en retroceso cristiano acelerado y con un nivel de diversidad religiosa inferior al promedio europeo.

Para ordenar y comparar, Pew utiliza el Índice de Diversidad Religiosa (RDI), una herramienta matemática derivada del índice Herfindahl-Hirschman, habitual en economía para medir la concentración de mercados. Una puntuación cercana a 0 indica que casi toda la población pertenece a un único grupo religioso. Una próxima a 10 refleja una distribución muy equilibrada entre siete categorías: cristianos, musulmanes, hindúes, budistas, judíos, otras religiones y personas sin afiliación religiosa.

España obtuvo en 2020 una puntuación de 5,2, lo que la sitúa en el nivel “moderado” de diversidad. Diez años antes, en 2010, su puntuación era de 4,0. El salto es real, pero su causa principal no es el crecimiento del islam sino la desafiliación religiosa masiva entre la población tradicionalmente cristiana.

La comparación dentro de Europa es donde el contraste se hace más nítido. El continente en su conjunto registra un RDI de 5,6, clasificado como diversidad ”alta”. España, con su 5,2, no alcanza ese umbral. Está por debajo de la media.

Los países europeos con mayor diversidad religiosa son también aquellos con minorías más numerosas y mejor distribuidas: Francia alcanza un RDI de 6,9, el Reino Unido llega igualmente a 6,9, Suecia a 6,3, Alemania a 6,4, Suiza a 6,1 y Bélgica a 6,8. Todos clasificados como diversidad “alta”. España, con su 5,2, no comparte esa categoría.

Por debajo de la mayoría
El desglose de población musulmana confirma la misma imagen. Francia tenía en 2020 un 9,1% de musulmanes. El Reino Unido, un 6,4%. Alemania, un 6,5%. Suecia, un 8,1%. Austria, un 8,3%. Bélgica, un 6,8%. España, con su 3,6%, estaba por debajo de todos ellos, y en algunos casos la diferencia no es marginal: Francia tenía más del doble de proporción de población musulmana que España. Suecia, más del doble también. Austria, más del doble.

Para encontrar países europeos con proporciones similares a las de España hay que mirar hacia el sur y el este del continente: Italia tenía un 4,4%, Grecia un 5,1%, Portugal un 0,4%. España ocupa, en el mapa europeo, una posición intermedia-baja en lo que a presencia musulmana se refiere.

Hay un ángulo que los relatos del pánico demográfico eluden sistemáticamente. El principal cambio en la composición religiosa española entre 2010 y 2020 no fue el crecimiento del islam, sino el retroceso del cristianismo y la expansión de la desafiliación religiosa.

En una sola década, la proporción de cristianos en España bajó del 78,6% al 69,5%: nueve puntos porcentuales. En el mismo período, las personas sin religión pasaron del 19% al 26,4%, un crecimiento de más de siete puntos. El islam creció del 2,1% al 3,6%, un aumento de un punto y medio. Los titulares sobre el cambio religioso en España deberían hablar de laicización, no de islamización.

Este patrón se repite en toda Europa occidental con variaciones de grado. El informe de Pew documenta que los cambios más significativos en el RDI de alrededor de dos docenas de países entre 2010 y 2020 se debieron fundamentalmente a la desafiliación cristiana. En Estados Unidos, el mayor país cristiano del mundo por número de fieles, la proporción de cristianos cayó catorce puntos en una década, del 78% al 64%, mientras que los sin religión pasaron del 16% al 30%. El país no se islamizó. Se secularizó.

Ni en las proyecciones más pesimistas
Un informe anterior del mismo Pew Research Center, publicado en 2017 y dedicado específicamente al crecimiento de la población musulmana en Europa, ofrecía proyecciones hasta 2050 bajo tres escenarios distintos en función de los flujos migratorios.

En el escenario de cero migración —suponiendo que toda inmigración cesase de forma inmediata y permanente—, la población musulmana en España crecería del 2,6% de 2016 al 4,6% en 2050, impulsada únicamente por la mayor fecundidad relativa y la menor edad media de esa población. En el escenario de migración media —continuación de flujos regulares sin el componente de refugiados—, el porcentaje llegaría al 6,8%. En el escenario alto, el más extremo y que el propio informe calificaba de poco realista para España dado su perfil migratorio histórico, alcanzaría el 7,2%. Dentro de 24 años.

El contexto de esas cifras importa tanto como las cifras mismas. España es un destino de migración regular procedente principalmente de Marruecos, no un receptor masivo de refugiados como sí lo fueron Alemania o Suecia durante la crisis de 2014-2016. Esa diferencia en el perfil migratorio explica por qué las proyecciones españolas son las más moderadas de Europa occidental. En el escenario alto para Suecia, la proporción de musulmanes podría superar el 30% en 2050. Para España, no llega al 8% ni en el peor de los casos.

Dicho de otro modo: en 2050, incluso en el escenario más elevado de las proyecciones, España tendría una proporción de musulmanes inferior a la que Francia, el Reino Unido o Alemania tenían ya en 2020.

Habrá quien considere desactualizadas las cifras del Pew y sus previsiones. Según el Barómetro sobre Religión y Creencias en España (BREC) 2025, elaborado por un equipo académico coordinado por Eugenia Relaño Pastor y publicado por el Observatorio del Pluralismo Religioso en España, las confesiones no católicas, incluyendo la musulmana junto al resto de minorías religiosas, no superan en 2025 el 8% de la población adulta, frente a una mayoría relativa que sigue declarándose católica y a un 42% que se sitúa ya fuera de cualquier adscripción religiosa.

Menos religiosos
No es el único estudio que apunta en esa dirección. En la nota de coyuntura social de Funcas titulada Poco más de la mitad de los españoles se reconoce como católico (junio de 2025), elaborada por el Área Social de Funcas, se señala que las religiones no cristianas —principalmente el islam— han crecido en la población residente en España, pasando del 1% al 3% entre 2002 y 2024 según la Encuesta Social Europea.

Pero este aumento se inscribe en un contexto en el que el espacio dejado por el catolicismo no ha sido ocupado sobre todo por otras confesiones, sino por personas que se declaran indiferentes, agnósticas o ateas. El informe subraya que, pese a la incorporación de población de origen extranjero que podría haber impulsado otras religiones, el cambio más cuantitativamente relevante es el incremento de quienes no se identifican con ninguna religión, del 22% en 2002 al 42% en 2024, lo que supone una transformación sustancial del panorama religioso en España.

La teoría del gran reemplazo, popularizada por el escritor francés Renaud Camus a partir de 2011 y adoptada posteriormente por partidos y movimientos de extrema derecha en toda Europa, incluido Vox, sostiene que las poblaciones autóctonas occidentales están siendo reemplazadas deliberadamente por poblaciones inmigrantes de mayoría musulmana. Es una narrativa que ha inspirado atentados terroristas —en Christchurch, en Quebec o en Londres— y que ha ido ganando terreno en el discurso político convencional de varios países europeos, España incluida.

Su eficacia persuasiva no descansa en los datos, sino en su capacidad de generar inquietud ante cambios demográficos reales, pero mucho más modestos de lo que el relato sugiere. La presencia musulmana en España es un hecho documentado y ha crecido en las últimas décadas, igual que ha crecido el número de personas de otras confesiones y de ninguna. Eso es lo que hacen las sociedades abiertas: diversificarse. Pero la distancia entre ese proceso —gradual, documentable, comparable con el de cualquier democracia europea— y la narrativa de la sustitución deliberada es la distancia que separa un hecho de una conspiración.

Los datos del Pew Research Center no hacen política. Miden distribuciones, proporciones, índices. Y lo que miden para España en 2020 es un país con mayoría cristiana en retroceso acelerado, un sector laico en expansión, una minoría musulmana por debajo de la media europea y un nivel de diversidad religiosa moderado. Nada en esas cifras sostiene el relato del gran reemplazo.

miércoles, 8 de abril de 2026

"A TU IMAGEN Y SEMEJANZA". Irene Vallejo, ElPaís

Fernando Vicente
Pese a lo que digan los xenófobos, los enormemente variados mitos de la creación coinciden en su mayoría en un mensaje: nos hicieron iguales

A lomos de su rocín flaco, entre desagravios y entuertos, afirma don Quijote que la libertad es uno de los más preciosos dones, por encima de los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre. Aplaudimos esas palabras al unísono. Sin embargo, muchas de las voces que sacralizan la autonomía individual se enfurecen contra sus efectos. Añoran las ciudades sin inmigrantes, las tradiciones sólidas, el idioma único, la sangre sin mezcla. Cunde la ansiedad porque en este océano de posibilidades se diluyen nuestras costumbres de siempre, emergen valores nuevos y fluyen identidades líquidas. Los nostálgicos de la uniformidad parecen ignorar que la fuente de todas las diversidades es, precisamente, la libertad.

Nos gusta creer que somos imparciales, que nuestras opiniones brotan limpias de prejuicios, como manantiales cristalinos. En realidad, según la ciencia, el conocimiento humano tiende a resbalar por la pendiente de los sesgos. Uno de los más habituales es el de afinidad: más vale malo semejante que bueno por conocer. Numerosos estudios revelan que, si sentimos similitud con alguien, de forma inconsciente nos parecerá mejor persona. La misma ciudad o color de piel; orígenes, cualidades y trayectorias semejantes crean sigilosamente una predisposición favorable. Un resorte interno nos impulsa hacia esa constelación de rasgos compartidos, hacia el anhelo de un mundo homogéneo que resulte previsible, seguro, tranquilizador. En cambio, lo diferente o mestizo genera inquietud, incluso dentro de uno mismo. Así lo advierte el Lazarillo de Tormes, un clásico español poco sospechoso de veleidades inclusivas. Cuando el padre del niño Lázaro muere en la guerra, la madre viuda, viéndose sin marido ni abrigo, empieza a tener trato carnal con un hombre negro, trabajador en unas caballerizas, “porque traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños con que calentarnos”. Al principio Lázaro tenía miedo, pero empezó a encariñarse con el extraño cuando vio que mejoraba el comer. “Con tanta visita, mi madre vino a darme un hermano negrito muy bonito, al que yo brincaba en mis rodillas”. El pequeño, al ver a su padre tan distinto del resto de la familia, lo señalaba con dedo miedoso y decía: “¡Madre, coco!”. Y así concluye el protagonista: “¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!”.

Los sesgos cognitivos son atajos mentales para pensar rápido. Gracias a ellos encadenamos ideas sin demasiada lógica, con distorsiones, pero aprisa. Son herramientas evolutivas que tienen sentido cuando la supervivencia depende de una respuesta inmediata, no de un análisis profundo —es decir, rara vez en nuestras vidas actuales—. Esa misma velocidad nos arrastra hoy a equivocarnos, presa de tópicos o conclusiones apresuradas. En general no somos conscientes cuando circulamos por la ruta breve. Si queremos contrarrestar las pendientes deslizantes de nuestra percepción es preciso conocerlas —y reconocerlas—. En particular, ese gusto por lo afín es el origen de nuestro deseo, un tanto irracional, de rodearnos de personas a nuestra imagen y semejanza. Esta forma de pensar conduce a exagerar diferencias que no son decisivas. Ante la asombrosa variedad del mundo, el pensamiento rápido —y simple— acentúa lo dispar, mientras el razonamiento sosegado —y complejo— descubre lo compartido.

Los relatos fundacionales de las diversas culturas reflejan la curiosidad humana, siempre palpitante, por nuestros orígenes. Aunque fabulosamente variados, coinciden en un mensaje compartido: nos hicieron iguales, del mismo material. Dependiendo de la geografía de las narraciones será barro, maíz, nieve... Entre los más poéticos encontramos, en el antiguo Egipto, el mito heliopolitano del nacimiento de la humanidad. Cuenta que el dios Atum, creador de la tierra y todas las cosas, vivía aburrido en una tediosa colina rodeada de agua. Tan poderoso como soy —decía— y no tengo compañía. Cierta vez estornudó, y de sus espasmos nasales surgieron su hijo Shu y su hija Tefnut. Ambos jóvenes eran curiosos, querían ver mundo más allá del cerro natal. Partían y cada vez tardaban más en regresar, hasta que Atum, de nuevo solo, los perdió de vista por completo. Cuando un buen día los vio retornar a salvo, las primeras lágrimas del mundo rodaron por su rostro paterno. Al caer a la tierra se transformaron en pequeños seres, la especie humana, hija de un llanto de alegría.

En esas leyendas late la intuición de que somos muy semejantes. Como afirma el antropólogo Agustín Fuentes en su ensayo La chispa creativa, la ciencia ha probado que pertenecemos a una única raza de individuos muy afines. “Ni la genética, ni el comportamiento, ni la altura, ni la forma del cuerpo, la cara o la cabeza, ni el color de la piel, ni la nariz, ni el tipo de pelo ni ninguna otra medida biológica divide a los humanos modernos en subespecies”. A pesar de habernos extendido por todo el planeta, permanecemos extremadamente cohesionados desde el punto de vista genético. La idea de raza, explica, carece de base evolutiva, “es una categoría creada y mantenida en lo social, histórico y político”. El concepto de las diferencias irreconciliables ha sido, durante siglos, una herramienta útil para azuzar bandos y alentar el odio. Da resultado por los sesgos y la desconfianza alojada en nosotros hacia lo desconocido.

En los últimos tiempos, algunos líderes atizan el fuego del miedo y reviven el debate de la convivencia con los extranjeros. Afirman conocer lo que la ciudadanía quiere, cuando en realidad están intentando modelar sus percepciones. Nos dicen: “Os oímos”. Pero el sociólogo Hein de Haas, tras estudiar durante décadas los flujos de opinión, concluye en Los mitos de la inmigración que la gente piensa, en general, de forma mucho más matizada que sus líderes, contemplando pros y contras. Conscientes del valor emocional de las percepciones, políticos partidarios de la mano dura contra la inmigración espolean el sesgo de afinidad al servicio de sus intereses. Paralelamente, las redes sociales no solo complacen, sino acentúan esos mismos prejuicios para cautivar la atención. Unos y otras rentabilizan el señuelo del odio, fuente de errores y horrores.

Se suele pensar que la xenofobia aumenta en proporción a la presencia de forasteros, pero los estudios prueban que las sociedades con un historial más largo de acogida y mestizajes suelen ser más abiertas. Con frecuencia, las comunidades de frontera se muestran más hospitalarias, porque comparten un largo pasado de convivencia. Familiarizarse con extranjeros favorece la mutua confianza, y no a la inversa, sobre todo si hay mezcla y si las generaciones jóvenes se escolarizan de forma natural junto a niños inmigrantes. En cambio, la segregación por barrios y escuelas abre trincheras. A largo plazo, el racismo mengua cuando la gente se habitúa a convivir en tranquila vecindad, y contempla a los demás como individuos, no como epítomes andantes de la incompatibilidad cultural. Cuanto más se relacionan propios y ajenos, iguales y distintos, más claramente emergen las semejanzas que nos unen. Y ahí, en el encuentro cotidiano, se tejen las alianzas de lo humano compartido. Los egipcios creían que la prole de los dioses nació de un par de estornudos; nosotros, los mortales, algo más líricos, fuimos lágrimas. A fin de cuentas, todos, divinos y carnales, gotas en el mismo charco. Secreciones de la alergia o la alegría de Atum, no somos tan diferentes ni podemos permitirnos ser indiferentes.

martes, 7 de abril de 2026

"La historia desconocida del movimiento judío antisionista más importante del siglo XX: el Bund y el espíritu marxista". Guillermo Martínez, elDiario.es 01/09/2025

Desfile de las juventudes del Bund en Varsovia (1935)
Un libro recién publicado cuenta el papel de un destacado movimiento de judíos europeos que apostaron por la defensa de la clase obrera y la revolución en los países en los que vivían y que rechazaron la creación de Israel

Llegaron a tener unos cinco millones de afiliados, reivindicaron las nacionalidades de los países en los que se encontraban, lucharon contra el Imperio zarista, defendieron el yidis como lengua propia, participaron en la Revolución Rusa, resistieron frente al genocidio nazi y fue uno de los grupos que se enfrentó de forma más frontal a la creación del Estado de Israel.

A pesar de que la organización de los socialistas judíos es anterior, el Bund, o Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia, toma como punto de partida 1897; una época de pogromos contra su pueblo por parte de la Rusia imperial. Ese mismo año surgieron los llamados Protocolos de los Sabios de Sion —un alegato antisemita falsificado para justificar los pogromos—, un “documento falso e inventado de unas supuestas actas del congreso sionista de Basilea, que no era más que un plagio mal traído de un libro de Maurice Joly”, tal y como apunta el historiador Julián Vadillo en el prólogo del libro ‘Historia general del Bund. Un movimiento revolucionario judío’, escrito por Henri Minczeles y ahora publicado por la editorial La Tormenta.

“Hablamos quizás del grupo socialista más numeroso de finales del siglo XIX e inicios del XX”, dice a elDiario.es Vadillo. En el Bund confluirán los movimientos judíos del Imperio ruso, aunados en una organización de carácter marxista y socialista que a lo largo de sus casi cien años de historia se opondrá al imperialismo rusificador, el nacionalismo judío, el sionismo y el nazismo. “En contra del zarismo, el Bund siempre reivindicó las nacionalidades en las que se movían, como Polonia, Ucrania, Lituania y Rusia, para luchar por el beneficio para la clase trabajadora con base en los principios socialistas”, apuntilla el también doctor en Historia.

El Bund mantuvo debates de forma permanente con otras corrientes políticas. El culmen de estas relaciones llegó en 1898, con la creación del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, en el que se integraron como grupo autónomo. “Al final se salieron por divergencias, sobre todo con la dirección bolchevique”, explica Vadillo. Pero estos debates no se limitaron únicamente con la rama socialista. En muchos lugares hicieron lo propio con los anarquistas, otro gran movimiento integrado por judíos que buscaba la mejor forma de organizar a la clase trabajadora.

Para Vadillo, el Bund no fue un accidente, sino una respuesta organizada al momento político en el que apareció. “Llegó a tener más de 5 millones de trabajadores afiliados, superando al Partido Socialista Alemán, al Francés y, desde luego, al PSOE español”, clarifica en una entrevista con este periódico el historiador.

La primera gran incursión en la historia por parte de la Unión General de Trabajadores Judíos llegó en la Revolución rusa de 1905 al también levantarse contra el zarismo. “Se mostraron partidarios de los soviets y tuvieron un papel muy importante en los debates con otros agentes del movimiento obrero, como anarquistas y socialdemócratas, de cómo se debían configurar esos nuevos organismos”, añade Vadillo. En ese tiempo fundaron escuelas, bibliotecas, organizaciones deportivas y el famoso Sanatorio Medem, que trataba a los niños judíos pobres con tuberculosis.
Judíos en contra de la creación de Israel

Sin embargo, la gran peculiaridad del Bund fue su carácter antisionista y su alejamiento de aquellos socialistas judíos que sí comulgaron con la creación de un Estado hebreo. El concepto nacional era importante para ellos, pero no como judíos, sino como polacos, lituanos, ucranianos o rusos. “Lo judío era una marca cultural que, si bien les diferenciaba de otros, también les servía para presentar sus particularidades”, afirma el historiador.

Este grupo de socialistas judíos siempre se opuso a la creación de Israel en Palestina al entender que aquellos que huían de Europa por la persecución que sufrían eran unos “cobardes”, señala. Haciendo alarde de su carácter internacionalista, consideraron al sionismo un movimiento contrarrevolucionario que desviaba el verdadero objetivo de la clase trabajadora y se enfrentaban a él porque entendían que distanciaba a los trabajadores judíos de su emancipación, fijando su objetivo en la creación de una nación artificial.

El Bund reivindicaba dos cuestiones principales. Por un lado, la identidad judía y el yidis; por otro, la alternativa socialista

Vadillo recalca que el Bund fue quien más se opuso a los organismos internacionales judíos que facilitaban la emigración a Palestina, siendo importantes los enfrentamientos con personajes como Vladímir Jabontinsky, de origen ucraniano y cuyas ideas estaban muy cercanas al fascismo italiano, tal y como recoge en el prólogo del libro.

En resumen, el Bund reivindicaba dos cuestiones principales. Por un lado, la identidad judía y el yidis; por otro, la alternativa socialista. “Querían que no se perdiera la lengua judía de Centroeuropa, el yidis, algo parecido al alemán pero con grafías hebreas”, describe Vadillo. Con la creación de Israel, muchos dejaron de hablarlo tras el establecimiento de un hebreo estándar y homogéneo como nueva lengua del país. De hecho, todos los periódicos bundistas de la época estaban escritos en la lengua autóctona o en yidis.
La resistencia judía en Polonia

Su crecimiento en Polonia a lo largo de los años 20 y 30 del siglo pasado hizo que fuera el Bund quien sostuviera la resistencia en el gueto de Varsovia en 1943. “Los bundistas fueron la base de la resistencia judía contra el nazismo”, afirma tajante Vadillo. Dos personas jugaron un papel crucial para el devenir de la resistencia antinazi: Marek Edelman y Mordejai Anielewicz formaron la Organización Judía de Combate. El primero de ellos logró salvar su vida en aquel enfrentamiento y después formó parte del levantamiento polaco contra los nazis en 1944.

Una vez derrotados los nazis, el Bund siguió participando en la política de reconstrucción de Polonia. Tras el establecimiento de la dictadura comunista en el país, fueron disueltos como partido. “Volvieron a reaparecer con la caída del comunismo, pero evidentemente sin la misma fuerza que antes”, dice el historiador.

Miles de bundistas acabaron asesinados por el nazismo. Tras la persecución que los judíos sufrieron durante décadas en Europa, sobre todo en los países del este, y el posterior exterminio auspiciado por el Tercer Reich alemán, muchos de ellos recalaron en otras naciones, incluso al otro lado del Atlántico. “Sabemos de importantes grupos bundistas en Nueva York y en Francia, pero también en México y Argentina, que se mantuvieron en activo durante mucho tiempo”, añade Vadillo.
Frente al genocidio en Gaza

A día de hoy, el Estado de Israel se erige como el representante de todo el pueblo judío. “Quieren dar la sensación de que todo lo judío es homogéneo, que todos son iguales y tienen las mismas ideas e intereses. Eso es lo que pensaban los nazis, por ejemplo, y no es verdad”, defiende el historiador. A pesar de los intentos de silenciarlos por todos los medios, existieron movimientos judíos opuestos al sionismo que ofrecieron alternativas para luchar por el beneficio para la clase obrera desde los países en los que se encontraban.

Vadillo recalca que ser antisionista no equivale a ser antisemita: “Si eres antisemita eres un racista, pero si eres antisionista lo que muestras es tu posición contraria a un modelo de Estado en concreto”, explica. Desde su punto de vista, el gran problema de Israel es que todas las críticas a sus actuaciones las considera antisemitas. “Hay muchos judíos que han denunciado el genocidio que Israel comete contra Palestina, algo que tendríamos que repetir una y otra vez”, apuntilla.

Más de un siglo después de la creación del Bund, apenas se conoce su historia en España. Según Vadillo, esto se debe a la complejidad de la sociedad de Europa del este. La historiografía poco a poco se empieza a acercar a este y otros movimientos que marcaron el devenir político de Europa no hace tantos años, como demuestra la publicación de ‘Historia general del Bund. Un movimiento revolucionario judío’. Vadillo concluye en su prólogo: “Esperemos que esta sea la primera piedra en la construcción de un proceso de conocimiento del movimiento obrero socialista y judío, como fue el Bund. Una de esas pequeñas grandes historias”.

lunes, 6 de abril de 2026

"EL REGRESO DE LYNCH". Juan José Millás, El País

El ministro de Seguridad Nacional israelí, Itamar Ben Gvir,
celebraba el día 30 la aprobación por la Kneset de la pena
de muerte a palestinos.
Algunas noticias tienen matices. La aprobación de la pena de muerte para los palestinos en Israel no es una de ellas

Hay informaciones a las que basta con darles la vuelta para que aparezcan los hilos, los remiendos, las puntadas apresuradas con las que alguien ha querido ajustar la realidad a un patrón previo. Son noticias que, al tiempo de informar, insinúan, orientan, empujan. Noticias, en fin, trufadas de opinión. Las lees del derecho y parecen limpias. Del revés, en cambio, brotan las valoraciones escondidas, las pequeñas o grandes trampas del lenguaje, los adjetivos que, más que describir, juzgan. Noticias partidistas, prendas confeccionadas a medida para que le sienten bien a una idea o a una formación política.

La realidad misma está hecha de costuras con frecuencia discretas, invisibles. A veces, de costurones que dejan cicatrices horribles en el cuerpo de la historia de los seres humanos. Pero hay noticias que carecen de forro. Que son igual de atroces si las miras del derecho como si las observas del revés. En el catálogo de estas últimas conviene incluir la decisión del Parlamento israelí de aprobar la pena de muerte para acusados de terrorismo en los territorios ocupados. Y por ahorcamiento, método que nos retrotrae a las películas del viejo Oeste americano, con sus linchamientos exprés y sus multitudes sedientas de espectáculo. El ahorcamiento evoca también esas ejecuciones públicas que hemos visto en Irán, con los cadáveres balanceándose durante días de las plumas de grúas modernísimas. El ministro de Seguridad Nacional del Gobierno de Netanyahu intentó descorchar una botella de champán en la Cámara para celebrar la buena nueva. Parece que un ujier, figura casi invisible del engranaje institucional, logró impedírselo. Pero el ministro entusiasta, ebrio de dicha, la abrió luego en los pasillos de la Cámara. Aquí, como decimos, no hay costuras ni lectura alternativa posible. Estamos ante una pieza informativa maciza, compacta, hecha de una sola sustancia moral. La sustancia de la que está hecha la barbarie.

sábado, 4 de abril de 2026

"LA SOLEDAD DE EUROPA NO ES UNA CONDENA, ES UNA LIBERACIÓN". Anrtoniio Scurati, El País

Eva Vázquez
Estados Unidos y Rusia están conduciendo el mundo hacia un lugar distinto al que se soñó desde Europa. E incluso quienes deberían venerar los valores del Viejo Continente, como la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, hacen amagos de ceder ante la nueva ola imperialista. La UE se ha quedado sola. Pero en esa soledad está su fortaleza para renacer como la última barrera defensiva contra la deriva fascistoide

Cuántas veces nos lo hemos repetido en nuestro fuero interno, con un gesto melancólico mientras bebemos a sorbos nuestro campari bien agitado? Por el este nos amenaza la Rusia de Putin; por el oeste, los Estados Unidos de Trump, después de abandonarnos, insultarnos y sabotearnos, se han convertido también en una amenaza; nuestra influencia en el resto del mundo no deja de disminuir. Solos, debilitados, consternados. Así nos sentimos. Así nos vemos a nosotros mismos. Parece que todo nuestro pasado glorioso nos hubiera olvidado. “Europa, esa pequeña península del continente asiático”. Nuestra rabia da la razón al sarcasmo de Paul Valéry, el gran poeta europeo del siglo pasado, él también olvidado. Ahora bien, ¿y si la soledad de Europa fuera una oportunidad? ¿Y si no fuera una maldición, sino una promesa?

En un libro reciente sobre Europa, El continente sin cualidades [que publicará en español Siruela], Peter Sloterdijk la describe como un escenario vacío. El gran filósofo alemán adopta una metáfora teatral y arroja luz sobre un fenómeno sin precedentes en la historia europea: la renuncia a toda ambición imperial. Durante milenios, la política europea se aferró, en versiones más o menos creativas, al guion fundacional del Imperium Romanum. De Carlomagno a Hitler, la Europa política fue “el teatro en el que se volvían a escenificar los sistemas de poder romanos”. Ese deseo provocó devastadoras guerras continentales de conquista y una violencia colonial obscena.

Después del apocalipsis de la Segunda Guerra Mundial, Europa renunció al imperio en un pronunciamiento sin precedentes. El último país de Occidente que aspiró a recrear el Imperio Romano fue Estados Unidos. Y ese fue un cambio trascendental, porque, desde esta perspectiva, la segunda mitad del siglo XX inaugura una era en la que todavía estamos viviendo. Cuando el presidente francés se negó a que Estados Unidos se apropiara de Groenlandia y dijo “no a un nuevo imperialismo”, estaba renovando los votos de los padres fundadores de la Europa de la posguerra y reafirmando su renuntiatio ab imperio.

Una de las primeras escenas de este guion divergente que señala Sloterdijk se produce el octavo día de abril de 1341, Domingo de Pascua, en Roma. Ese día, Francesco Petrarca es “coronado” poeta e historiador supremo en una solemne ceremonia. La coronación de Petrarca es la escena paradigmática de otra Europa, distinta del poder político y eclesiástico. Yo la llamaría la Tercera Europa. La Europa que introduce en el mundo un formidable impulso ascendente, la “explosión del conocimiento”, en las famosas palabras de Peter Burke.

En suelo europeo se desatan las energías disruptivas del progreso: aprendizaje permanente, constante superación personal, libertad para la ciencia, competencia y comercio, sistemas innovadores en los ámbitos de las artes, las tecnologías y las instituciones gubernamentales. Siguiendo esta evolución, Europa comienza donde termina el poder político imperial romano y resurge de sus propias ruinas; es el denominado Renacimiento.

En este sentido, la genealogía de Europa es peculiar: no presenta una fecha de nacimiento concreta, sino muchas en las que vuelve a vivir. Europa no nace (ni muere) de una vez por todas. Renace una y otra vez. La Europa moderna —nuestra Tercera Europa— no se construye mediante la reencarnación política del Imperio Romano, sino por la supervivencia del núcleo de su cultura dentro de una civilización milenaria. Europa no es una geografía. Es una civilización.

El núcleo de esa civilización europea, a pesar de todas sus catástrofes, sus repetidos holocaustos y renacimientos, es el humanismo: la revolucionaria visión del mundo derivada de situar al ser humano en el centro del universo. Todos los logros morales y materiales de la civilización europea moderna emanan de esta visión, que en el Renacimiento tendió un puente —­transitable en ambas direcciones— hacia la Antigüedad. De ella descienden el reconocimiento y la defensa de los derechos humanos y su inviolabilidad por parte del poder político y religioso. En otras palabras: la libertad es la dignidad de la persona. La Europa moderna nace y renace cada vez que un individuo, movido por pasiones creativas, reivindica su libertas frente al poder religioso y el poder político. Esta génesis diferida, esta tarea sin fin, como dice Sloterdijk, “consiste en desaprender gradualmente la sumisión”. En resumen: la democracia liberal.

No podemos extraer conclusiones sin mencionar, al menos por un instante, el lado oscuro de la luminosa explosión de conocimiento impulsada por el humanismo europeo, es decir, los imperios coloniales europeos. Estamos hablando del eje central de la historia mundial moderna. Esto no es un elogio, sino un hecho. Pero también es importante reconocer que el humanismo europeo engendró, al mismo tiempo, un sistema de conocimiento y pensamiento comprometido con el ejercicio de la crítica y la limitación constantes del poder político. Los pueblos oprimidos por la política europea recibieron de la propia Europa las herramientas culturales para su liberación. 

Para afrontar la crisis actual, debemos ser plenamente conscientes de que nuestra época representa el fin de esa historia de dominación. Vivimos en el ocaso de una era. A principios del siglo XXI, por primera vez en 500 años, Occidente ha dejado de ser hegemónico. Desde luego, Europa no lo es. Y creo que todavía no se han evaluado ni apreciado por completo las inmensas consecuencias psicopolíticas de este ocaso. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 3 de abril de 2026

"ABANDONEMOS A LOS LÍDERES FUERTES. ABRACEMOS EL PODER DE LO FEMENINO". Corine Pelluchon, El País

Muchos ciudadanos se refugian en los autócratas y aceptan perder libertad a cambio de una ilusión de protección. Ante la crisis de la democracia, la filósofa francesa Corine Pelluchon propone “el poder de lo femenino”. No es algo reservado a las mujeres, sino un potencial humano al alcance de todos. Una política basada en la consideración, los cuidados y la madurez emocional es posible

En toda Europa y más allá, la democracia se percibe frágil. Las instituciones siguen en pie. Se celebran elecciones. Los tribunales funcionan. Sin embargo, algo más profundo se está erosionando.

Los ciudadanos ya no confían los unos en los otros. El debate público se ha convertido en un campo de batalla de acusaciones y humillaciones. El miedo viaja más rápido que los hechos. El resentimiento se expande a más velocidad que la esperanza. Muchos analistas explican esta crisis en términos económicos: globalización, desigualdad, precariedad laboral, transición ecológica. Otros apuntan a la decadencia institucional o la fragmentación de los medios de comunicación. Estas explicaciones no son erróneas, pero sí incompletas.

La crisis de la democracia también es psicológica. Pero las disposiciones psicológicas no surgen en el vacío. Nuestras formas de ser y nuestras emociones están moldeadas por estructuras socioeconómicas que organizan el trabajo, el reconocimiento y la pertenencia social.

Por lo tanto, debemos tener en cuenta el impacto de las estructuras socioeconómicas en la psique. Sin ello, cualquier diagnóstico seguirá siendo incompleto y cualquier remedio, inadecuado. La dinámica de aceleración característica de la modernidad tardía —marcada por una expansión constante de la producción, el consumo y el intercambio sin otro fin que sostenerse a sí misma—, junto con las formas de gestión del trabajo, las nuevas tecnologías y las redes sociales, somete a los individuos a una presión intensa. Muchos llegan a sentirse superfluos, intercambiables, insignificantes. La consiguiente desubjetivización y la dificultad para establecer relaciones significativas con el mundo y con los demás se traducen en una insatisfacción generalizada y en un malestar difuso, persistente.

Al mismo tiempo, se ha abierto una brecha cada vez mayor entre la innovación tecnológica y económica —que avanza a un ritmo frenético— y la política, que requiere el tiempo lento de la deliberación. Este desajuste alimenta la desconfianza hacia el Estado de derecho y hacia Europa, ambos percibidos como demasiado lentos e ineficaces a la hora de abordar problemas urgentes. Este desencanto con la democracia, combinado con el miedo al descenso social en un mundo donde la competencia impregna todas las relaciones, vuelve a los individuos más vulnerables a los discursos autoritarios que glorifican el nacionalismo y dividen a las sociedades entre buenos y malos, puros e impuros.

Analizar las fuerzas conscientes e inconscientes que llevan a una parte cada vez mayor de la población a votar a partidos de extrema derecha no consiste en emitir un juicio moral. Se trata de dotar a los ciudadanos de las herramientas necesarias para reconocer las estrategias de quienes se aprovechan de la ansiedad social y del miedo al declive, y para comprender cómo gestionar las emociones negativas generadas por las convulsiones económicas, tecnológicas y geopolíticas actuales.

Solo enfrentándonos a nuestras heridas narcisistas —en lugar de reprimirlas— podremos adquirir la madurez necesaria para convivir en un planeta frágil. Analicemos el vínculo específico entre los líderes de extrema derecha y sus seguidores, la naturaleza de la fascinación que ejercen y las condiciones en las que un proyecto ecológico y democrático podría, en el contexto actual, resultar más atractivo.

El psicoanalista alemán Erich Fromm advirtió en su día de que la humanidad había desarrollado un extraordinario poder técnico sin alcanzar una madurez emocional y moral equivalente. El resultado, sugirió, era un desequilibrio peligroso: habíamos aprendido a fabricar armas destructivas, pero no a superar nuestro narcisismo. Y, sin embargo, este narcisismo es la raíz tanto del sufrimiento personal como de la tragedia colectiva. Refleja una incapacidad para convivir con los demás y, en última instancia, una incapacidad para amar. En este sentido, el nacionalismo no es más que narcisismo colectivo: un delirio compartido, tan intenso y violento como una pasión devoradora, pero totalmente desprovisto de amor. Porque no se basa en el reconocimiento de la diferencia, sino en un vínculo narcisista: la necesidad de llenar un vacío interior, expulsar el miedo y protegerse de la vulnerabilidad. CONTINUAR LEYENDO

"LA FALACIA DEL GRAN REEMPLAZO: LOS DATOS QUE DESMIENTEN LA ISLAMIZACIÓN DE ESPAÑA". Fernando Varela, infoLibre.es

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