martes, 3 de noviembre de 2026

""APOCALIPSIS AHORA Y ENTONCES". Arundhati Roy, Equator.es

La inteligencia artificial es el destino final del capitalismo

Los presagios caen con fuerza. Piensa o hunde. Obedece o muere. Mira hacia arriba o te quedarás fuera. Y así, con estas amenazas nada suaves, ha sucedido que la Era de la IA — Idiotez real, Súper idiotez real, Idiotez recursiva en bola de nieve — está sobre nosotros. Caramba, ya he usado dos guiones en este párrafo inicial. Eso, como dicen, es una señal. Así que, tal vez no he escrito este ensayo en absoluto. Tendrías que usar una aplicación de IA para comprobar si realmente es IA, y si soy realmente, o no realmente, o solo parcialmente yo. Ya no puedes usar tus instintos. Tienes que usar la aplicación. Ahora que la IA es dueña del guion largo, ¿qué pensarán las futuras generaciones de Emily Dickinson y su amor por ellas? ¿También la han entregado a la máquina? ¿La amarán menos? ¿Nos están excluyendo gradualmente del lenguaje? ¿Importa ya?

Por razones que tienen más que ver con el ego de un escritor que con la fe, siempre me ha fascinado el primer versículo del Evangelio según San Juan: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». Creo que esto es cierto. Creo que perturbar y viciar la relación fundamental entre los seres humanos y el lenguaje socavará toda apariencia de coherencia social.

La IA ha irrumpido en el mundo de la literatura, dejando a escritores, editores, agentes literarios, lectores, críticos, profesores y estudiantes con la sensación de que el suelo se abre bajo sus pies. Los profesores ahora deben mirar los trabajos de los estudiantes con desconfianza. Las editoriales deben evaluar a los nuevos escritores como detectives que inspeccionan la escena de un posible crimen. Es difícil describir el impacto que esto tiene en la lectura y el aprendizaje. El placer y el desafío del compromiso intelectual han sido reemplazados por algo cerrado, mordaz y mecánico. Un Shangri-La de taxidermistas donde todo lo que alguna vez estuvo vivo ha sido disecado y te mira fijamente, con un brillo significativo en sus ojos brillantes y falsos. Es como mirar a alguien y preguntarse si realmente es quien crees que es. O mirarse en el espejo y ver tu propio reflejo, pero saber que no eres tú.

Con el tiempo, también podríamos perder ese conocimiento. Entonces ya no sabremos quiénes somos, ni siquiera si existimos.

Y cuando esto le sucede a toda una sociedad, a toda una especie, cuando ya no podemos confiar en instintos aprendidos a lo largo de los siglos, transmitidos de generación en generación, cuando ya no podemos confiar en nuestros corazones, nuestros ojos ni nuestros oídos, cuando ya no podemos distinguir la verdad de la mentira ni lo virtual de lo real, cuando el tiempo se desmorona y el pasado, el presente y el futuro se entremezclan, cuando un millón de lenguas y culturas se convierten en una masa informe, cuando un antiguo pacto social —cualesquiera que sean sus limitaciones y defectos— se hace añicos hasta quedar irreconocible, ¿nos estamos preparando para una psicosis colectiva? CONTINUAR LEYENDO

lunes, 2 de noviembre de 2026

"ARDE EUROPA: CONVOCATORIA ABIERTA PARA ADOLESCENTES VULNERABLES". Dolores Almudéver, elDiario.es

Los han llamado a filas. A los adolescentes y jóvenes más vulnerables. Los han convocado a través de TikTok, Telegram, carteles chapuceros hechos con IA, vídeos virales de otros chavales en plena batalla campal en la palma de la mano. Y nadie se lo ha visto venir. O sí

Los han llamado a filas. A los adolescentes y jóvenes más vulnerables. A los menores desclasados de las periferias, esos chicos “en situación de riesgo social”. A los hijos de las familias migrantes sin recursos o llegados hace pocos años a España ellos mismos. A esa juventud invisibilizada, si no repudiada, de los países con mayor bienestar de Europa. Pero también a los alumnos de Bachillerato de la parte alta de la ciudad que andan desnortados, en general, y embelesados con Alvise, en particular. Los han convocado a través de TikTok, Telegram, carteles chapuceros hechos con IA, vídeos virales de otros chavales en plena batalla campal en la palma de la mano. Y nadie se lo ha visto venir. O sí.

La violencia teatral y de motivaciones ambiguas que ahora toma las calles de Barcelona o Bilbao, y que tanto sorprende a la ciudadanía y en los platós, se ha venido alimentando a fuego lento de un tiempo a esta parte en nuestros jóvenes –ese “ejército en deportivas blancas y chándal negro” sobre el que escribí hace unas semanas– por parte de poderes que les tienen secuestrados el teléfono y el cerebro, y a los que todavía no sabemos ponerles cara ni nombre, pero cuyo origen se va descubriendo poco a poco.

Fue en 2022, tal vez 2023, cuando los equipos docentes empezamos a observar en la conducta y discurso de nuestro alumnado el reflejo de una maquinaria perversa, a priori sin ideología (creadores de contenido y presentadores de televisión ecuánimes, adalides del sentido común y el justo medio), con un tufo inconfundible a neofascismo disfrazado de apatía o escepticismo. (No hace falta citar aquí a Hannah Arendt porque ya sabemos todas que tenía más razón que una santa).

En las aulas de Formación Profesional Básica o las escuelas de segunda oportunidad, donde racistas y racializados comparten pupitre, precariedad y amor al GTA, así como desde pisos tutelados y otros lugares de protección y asistencia a la infancia y la adolescencia, los educadores y agentes sociales hemos sido testigos de un suceso cruel y amargo: la creación de una retaguardia que no sabe que lo es. Lo que no podíamos intuir es que la iban a usar ya.

(En los colegios concertados acomodados, me comentan compañeras de profesión de Barcelona, se ha creado otra retaguardia similar que también participó de los altercados del sábado, según contaron los propios alumnos el lunes en clase. La diferencia entre ambas radica en que, posiblemente, esta tropa entiende mejor cuándo es hora de volverse para casa –una casa que nada tiene que ver en condiciones y código postal con las casas de la otra facción–).

Podría referir muchas escenas, con diferente nivel de sutileza, vividas en los últimos cursos que han hecho que se me ponga un nudo en la garganta; señales de una agresividad soterrada pero fiera que hoy emerge. Desde una dinámica inaugural para conocer a los chicos y chicas que incluye la cuestión: “Nombra a una persona a quien admiras mucho y da tres razones por las que merece tu admiración” y, al abrir el papel de un estudiante, encontrar un “A Abascal porque, aunque tenga ideas racistas, quiere lo mejor para el país y para los españoles. Muerte a Pedro Sánchez” (el mejor amigo de este alumno a quien yo quise mucho era un chico nacido en Senegal); a un desafiante “Profe, ¿tú no serás una feminista de esas?” lanzado, a los diez minutos de haber empezado la sesión, por un alumno al que acabo de conocer. Está el “Rojo muerto, abono para mi huerto” que dos chicas incluyeron en un directo grabado dentro de la propia aula y están los constantes “Pero es que yo tengo libertad para pensar lo que quiera”, igual da que se hable de biología que de Derechos Humanos. Del terraplanismo, la desconfianza en la ciencia y el nihilismo sumiso y mal entendido ya he hablado. Todo normalizado, todo en los marcos de lo que ven y escuchan a través del móvil.

Los ejércitos de capucha y zapatilla de marca que se despliegan ahora por nuestras calles, aunque no son exactamente los que actuaron en Milán o París, comparten algo fundamental: no son antisistema: son el sistema mismo. Menores y veinteañeros uniformados, con poco o nada que perder, atravesados por todas las violencias y aficionados a la estética de videojuego postapocalíptico –de las adicciones a la consola y a las partidas online hablamos luego–, lanzados a pelear contra otros hombres igualmente uniformados. La fuerza del grupo, la testosterona y la adrenalina hacen el resto. A diestro y siniestro. Igual les da reventar un McDonald's que una librería porque no hay ideología, sino desprotección, falta de sentido y ganas de ser parte de algo que salga por las redes; de consumidores a protagonistas de imágenes virales. El sistema los ha criado y para sí los usa.

Porque no hay nada más útil que un edificio en llamas abriendo telediarios para desviar la atención de las verdaderas reivindicaciones y las protestas legítimas –necesarias y urgentes a estas alturas– de los estudiantes, el profesorado o los jóvenes que exigen acceso a la vivienda; ni mejor modo de azuzar el miedo contra quienes conforman la otredad de este país (que es la población que vive bajo el umbral de la pobreza y no los inmigrantes; hacia los expats y digital nomads y jubilados de Calahonda no tenemos acritud ninguna), un discurso de odio racista y aporófobo del que se benefician los dueños de internet y del cotarro.

Sacrificar a 89 menores detenidos en Barcelona y 10 en Bilbao es un mal menor. Pero yo los conozco. Los profesores, las educadoras, los asistentes sociales los conocemos. Y sabemos de su fragilidad y de la falta de oportunidades, de su influenciabilidad y su ceguera ante el retorcido funcionamiento del entramado económico y político que los ha mandado al calabozo.

Estos episodios de violencia finalizarán una vez se les haya sacado el rédito pertinente, pero la juventud desprotegida, nuestra infancia desamparada y manejable, a merced de algoritmos y redes invisibles, permanecerá. La escuela tiene ahora un papel más importante que nunca. Tanto en cuanto a espacio de convivencia y justicia social, como en cuanto a centro de alfabetización digital, que nada tiene que ver con configurar un Excel (que también), sino con saber que En ese grupo de Telegram no te metas, nene, que no quieres acabar esposado esta noche, y con No te da por preguntarte quién le paga las emisiones y la difusión masiva a ese youtuber tan simpático. Los protegeremos desde ahí, aunque nuestros disgustos nos cueste.

Que no nos despisten los contenedores ardiendo (tiemblo ante ese horror y sufro por las personas que han perdido el coche, su pequeño comercio, el sueño). Inversión, inversión y más inversión en Educación pública, en servicios sociales, en bibliotecas y otros espacios de encuentro y aprendizaje para la juventud. Eso piden los estudiantes en Europa, eso pedimos profesoras y profesores de Madrid, Comunitat Valenciana, Catalunya. Lo demás es juego sucio de sobremesa y de sobra sabemos de dónde están sacando a los peones.

domingo, 1 de noviembre de 2026

"POLÍTICA COMECOÑOS". Najat El Hachmi, El País

Gabriel Rufián e Irene Montero hablan con David Broncano
en el programa 'La revuelta', de TVE

El problema no es de Montero ni de Rufián; es el de un tiempo en el que llamar la atención es más importante que el tema sobre el que se consigue que te miren y te escuchen

Hay que espectacularizar la realidad y todo tiene que ser entretenimiento banal y frívolo, incluso obsceno. Y en campaña electoral epatar es lo que importa: hacerse viral, llegar al votante indiferente y al rezagado. Entiendo que la comunicación manda pero ¿no creen ustedes, señoras y señores de la izquierda posmoguay, ecopija y deconstructora, no creen que se están pasando tres pueblos? Mientras las calles arden pidiendo techo, después de ocho años en los que a pesar de tocar algo de poder, aunque fuera de modo tangencial, no derogaron la reforma laboral de Rajoy ni su ley mordaza, ni hicieron nada que cambiara el problema de la vivienda, habiendo destruido la cohesión del feminismo español suplantándolo por una feria de identidades, mientras los trabajadores (rebautizados por ustedes como los de “abajo” o “de la mierda”, expresión que usa Gabriel Rufián para hablar de sí mismo cuando era pobre y currante) sienten sobre el cuello la bota de un sistema que explota cada minuto de su existencia, mientras todo esto pasa, ¿de verdad creen que lo mejor es hablarles a los españoles de comer coños y comer culos? Que no digo yo que el tema no tenga su relevancia pero, señora Montero, ¿acaso va a promulgar usted una ley para que los hombres aprendan el muy noble arte del cunnilingus?

No es un problema de Montero ni de Rufián; es el de un tiempo en el que llamar la atención es más importante que el tema sobre el que se consigue que te miren y te escuchen. Que los jóvenes están alejados de la política y pueden quedarse en casa el día que toca ir a las urnas, pues hablémosles de coños y culos y pollas como los niños dicen teta, culo, caca. A esos niveles han bajado quienes aspiran a presidir este país. Y lo hacen, además, en la televisión que pagamos todos, donde todo el mundo debería expresarse de forma libre, claro está, ¿pero de verdad creen que insultar así nuestra inteligencia es una buena estrategia? Será que de verdad nos toman por idiotas porque la propia Irene Montero, cuando David Broncano acierta preguntándole por qué a la izquierda le cuesta tanto hablar de inmigración, achaca el problema a que los xenófobos lo son porque la extrema derecha los ha convencido de que tienen que odiar al vecino inmigrante. Lo cual es en parte cierto pero no tiene en cuenta el malestar en los barrios donde los pobres, de aquí y de fuera, compiten en la miseria de los márgenes. Entiendo que sea difícil entender la complejidad y las tensiones de esa realidad que tan lejos queda de Galapagar, donde las señoras tienen preocupaciones más importantes: conseguir que alguien les coma bien el coño.

sábado, 31 de octubre de 2026

"EL SUEÑO DE UNA SOMBRA". Irene Vallejo, El País

A lo largo de la historia, los días de difuntos han existido en civilizaciones diversas y sin contacto entre sí

Cuando muere alguien querido, se desvanece el futuro que no compartiremos, pero también grandes regiones del pasado. Lo que vivimos juntos, la jerga íntima, las canciones, los chistes incomprensibles para el resto del mundo y los recuerdos quedan huérfanos igual que un zapato solitario. Tenemos que acostumbrarnos a un mundo podado, a una casa vacía. Todo sigue en su sitio, pero nos parece gastado, insulso y tedioso. A medida que pasan los días, disminuye la incredulidad de la ausencia, pero subsiste esa aspereza, como una miga alojada en la garganta, como un guijarro en las botas, y ese ardor sin freno que sube a los ojos.

Y fantaseamos. Loca e inútilmente, los llamamos por su nombre para que vuelvan y restauren el mundo tal y como era. Por eso, todos los grandes mitos incluyen una bajada al país de los muertos. Odiseo había dejado viva a su madre cuando partió a la guerra de Troya, y ya nunca pudo despedirse de ella. En el imaginario homérico, cuando un héroe desea hablar con un espectro amado debe ejecutar un ritual de tintes vampíricos: sacrificar un animal, llenar un hoyo de sangre y dejar que el fantasma se sacie. Tras beber la negra sangre, Anticlea reconoce a Odiseo y ambos rompen a llorar. “Tres veces me acerqué, y tres veces voló de mis brazos semejante a una sombra o a un sueño. ‘Madre mía, ¿por qué no te quedas cuando deseo abrazarte para que ambos gocemos del frío llanto?’. ‘Ay de mí, hijo mío, esta es la condición de los mortales al morir: los nervios ya no sujetan la carne ni los huesos, y el alma anda revoloteando como un sueño”.

Este breve episodio de la Odisea describe bien cómo retornan los muertos, siempre de forma incompleta, etérea, pero deseada. Nos visitan de noche, mientras dormimos, “revoloteando como en un sueño”. Los escuchamos en una nota de voz que quedó varada en el teléfono, y nos golpea esa repentina proximidad. A veces, los dedos reproducen inconscientes la costumbre de hacer una llamada que nadie contestará. Al oír un ruido de pasos o una llave que hurga en la cerradura, levantamos la mirada hacia la puerta, ensordecidos por el galope del corazón.

Ovidio relató en Las metamorfosis, donde abundan los personajes desgarrados, una leyenda sorprendentemente apacible sobre amor y muerte. Se cuenta que cierto día Júpiter y Mercurio bajaron a la tierra disfrazados de viajeros. Al llegar la noche, buscaron cobijo, pero sólo les acogieron dos ancianos, Filemón y Baucis, que compartían una pobre cabaña. En su desvencijado interior, se derrumbaba el techo, apuntalado con varas de madera. Baucis avivó el fuego con roncos soplidos, mientras Filemón salía al huerto a recoger frutas. Tambaleándose, Baucis preparó la mesa en el centro de la choza, usó un tiesto para calzarla y la limpió con una mata de menta. Sobre ella fue colocando un panal de miel, queso, dátiles, manzanas. Los anfitriones sonrieron disculpándose ante sus invitados, las arrugas se enmarañaron alrededor de sus ojos. “Somos dioses”, dijo Júpiter conmovido. “A cambio de vuestra hospitalidad os concederemos un deseo”. Filemón miró a Baucis y le susurró al oído. “Estamos muy unidos. Queremos morir juntos para que yo no vea la tumba de mi esposa ni ella tenga que enterrarme”. Júpiter les concedió más que eso. Llegado su día, los transformó en dos árboles —una encina y un tilo—, que siguieron vivos uno al lado del otro. Generación tras generación, los habitantes del lugar colocaban guirnaldas en sus ramas.

En México conmemoran el Día de Muertos con un despliegue de vitalidad: en las tumbas brillan flores, telas y calaveras de azúcar. Durante la noche, los sepulcros se adornan con grabados de José Guadalupe Posada y su esquelética Catrina, junto a rimas y canciones satíricas sobre la huesuda. En esa fiesta fúnebre, conjuros de canto y llanto, de comida y colorido, de memoria y misterio, reclaman a los ausentes para que regresen como sombra o como sueño. A lo largo de la historia, los días de difuntos han existido en civilizaciones diversas y sin contacto entre sí, alejadas por océanos de tiempo y de distancia. Necesitamos, al menos una vez al año, celebrar que los muertos florecen en la vida de los vivos.

viernes, 30 de octubre de 2026

"LA JUSTICIA CAPTURADA". Baltasar Garzón, infoLibre.es

Nemesis (The Great Fortune) de Alberto Durero

Garzón repasa en este texto las carencias estructurales de la justicia, denuncia su instrumentalización política y mediática y reclama una regulación de los colaboradores con la justicia

Cartas secretas

Hay una imagen que no me abandona. La del ministro Fernando de los Ríos, en septiembre de 1931, anunciando la retirada del Gran Collar de la Justicia para reemplazarlo por una función viva, moderna, al servicio de los ciudadanos. Noventa y cinco años después, ese collar sigue puesto. No en el cuello de nadie en concreto, sino en la cultura, en los usos, en la distancia infranqueable entre quienes imparten justicia y los que la necesitan.

Lo recordaban el fiscal Carlos Jiménez Villarejo y el juez Antonio Doñate en su libro Jueces, pero parciales: la ritualidad elevada al máximo, el lenguaje críptico, la toga como escudo frente a la realidad, incluso para protegerse de la sociedad. Es la conceptuación de la justicia como algo exclusivo y excluyente salvo para una élite ideológica que ampara a quienes beneficia. La justicia ha adoptado formas nuevas –tecnología, eficiencia procesal, especialización– sin transformar su médula. Esta médula tiene nombre: el poder de nombrar, de ascender, de decidir quién ocupa qué sillón. Mientras ese poder siga siendo el verdadero motor del sistema, la independencia será una palabra, pero no una realidad que proteja a la ciudadanía.

Escribo esto desde la experiencia acumulada en décadas como juez de instrucción en la Audiencia Nacional, en la investigación del terrorismo, el narcotráfico, el blanqueo de dinero, la corrupción sistémica. Y, también, desde la experiencia de haber sido objetivo de ese mismo sistema cuando incomodé a quienes no debía incomodar. Sé de lo que hablo. Precisamente por ello no me quedo en el diagnóstico: busco soluciones.

Si tuviera que buscar un origen al lawfare en nuestras instituciones judiciales, lo ubicaría en la interacción entre la política y la judicatura que comienza desde el momento en que se decide quién gobierna a los jueces. El Consejo General del Poder Judicial lleva décadas siendo el tablero en el que los grandes partidos mueven sus fichas. El episodio del WhatsApp del portavoz del PP en 2018 no fue una anécdota: fue la expresión sin filtros del funcionamiento del sistema. El “control” de la Sala Segunda del Tribunal Supremo “desde detrás”, que las votaciones fueran “cercanas al 21 a 0”, revela que el objetivo no era el mejor jurista sino el más manejable. Eso no es independencia judicial. Es colonización institucional.

El juez emérito Perfecto Andrés Ibáñez lo ha formulado con precisión: cuando la política de nombramientos no responde a los valores constitucionales, promueve auténticos contravalores que se filtran hacia abajo, generación tras generación, en forma de juristas que saben que su carrera depende no de la calidad de sus resoluciones sino de la fidelidad a quien meció su cuna. A ello hay que añadir la influencia de estructuras corporativas, de corporaciones económicas, financieras, mediáticas o religiosas como el Opus Dei, que han colocado estratégicamente sus piezas mediante un proceso tan eficaz como invisible. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 29 de octubre de 2026

"HIPÓCRITA HOMENAJE A LA VIRTUD". Aldo Conway, elDiario.es

Carteles de protesta en la primera manifestación
por el desahucio de Maricarmen
El conservador ha descubierto el placer de saltarse las normas y lo presenta como su arma para ofender a una sociedad de ofendidos, de wokes y de sojas que se escandalizan por darle a una abuela una patada en el culo. La ofensa es la prueba de que sus golpes funcionan: si el otro se indigna, es que has dado en el clavo

La Rochefoucauld dejó escrito que la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud. La frase tiene algo de consuelo. Un hipócrita miente, pero al mentir admite que hay algo que debe ocultarse y, con eso, reconoce, aunque sea a su pesar, que existe un consenso moral por el que debe pasar. Mientras alguien se siga tomando la molestia de disimular, por ejemplo, su crueldad, la crueldad seguirá siendo algo de lo que avergonzarse. La derecha española nunca ha sido precisamente discreta. En el año 2012, mientras Rajoy anunciaba el recorte de las prestaciones por desempleo, una diputada del PP, Andrea Fabra, gritó “¡que se jodan!” desde su escaño. Aquello causó un gran revuelo, y la hija de Carlos Fabra —acaba de ocurrírseme que este es un insulto muy ingenioso— tuvo que disculparse y e inventarse que lo había dicho mirando a la bancada socialista. Esa excusa de Fabra era lo que La Rochefoucauld llamó siglos antes el homenaje a la virtud.

Catorce años después, aquel “que se jodan” no necesitaría ninguna disculpa. En 2012, el daño a los parados era el efecto colateral de un recorte mayor, con un sentido y una dirección, y celebrarlo en voz alta fue un desliz; un desliz de desalmado, pero un desliz. Hoy la crueldad se ejerce por sí misma, porque sirve para reconocerse a sus iguales. El periodista estadounidense Adam Serwer lo formuló a propósito del trumpismo con una frase que circuló mucho: la crueldad es el objetivo. Para explicarlo, recordaba las fotografías de linchamientos en el sur de Estados Unidos, en las que lo que más perturba no es el cuerpo colgado; lo peligroso son las sonrisas complacientes de quienes posaban a su alrededor.

Para que la crueldad pueda celebrarse en público, antes hay que hacer desaparecer a la víctima. No se trata de esconder el cadáver, es darle una coartada al buitre que lo sobrevuela: quien se burla de una víctima queda como un miserable, pero quien desenmascara a una farsante queda como un valiente. Así que primero hay que convertirla en otra cosa, en una actriz o en una aprovechada. O en una vieja mala que va al bingo por las tardes.

Ese “valiente” es el personaje que encarna el zeitgeist. La derecha que ha dado este giro lo vive como una liberación y lo llama rebeldía. El conservador ha descubierto el placer de saltarse las normas y lo presenta como su arma para ofender a una sociedad de ofendidos, de wokes y de sojas que se escandalizan por darle a una abuela una patada en el culo. La ofensa es la prueba de que sus golpes funcionan: si el otro se indigna, es que has dado en el clavo. Pero toda rebeldía necesita un poder contra el que rebelarse, y, al no encontrarla arriba, la fabrica mirando hacia abajo, e inventa una dictadura de lo políticamente correcto, una policía del pensamiento que nadie ha visto patrullar, pero que justifica cualquier exceso contra los que sufren. Gracias a ella, el requeté de un periódico monárquico o el mamporrero de la pequeña burguesía que veta leyes en el Congreso puede presentarse como un disidente perseguido. Es una rebeldía muy cómoda, porque nunca se enfrenta a nadie más fuerte que ella. Se atreve con la inquilina y deja en paz al casero, se burla del parado y no molesta al empresario, y cuando alguien se lo reprocha, lo toma como la confirmación de que tenía razón.

Pasa que, esta forma de identidad, tiene una debilidad estructural. Quien se define llevando la contraria al adversario acaba dependiendo por completo de él, porque necesita saber qué piensa el otro para saber qué debe pensar él. Esa dependencia anula la posibilidad de rectificarse. Cuando la realidad tumba su relato, detenerse equivaldría a conceder, y reconocer que se está equivocado es lo único que esa identidad no se puede permitir, de modo que su única opción es subir la apuesta. La muerte, que en la tradición política que esa misma derecha decía encarnar obligaba a una pausa, ha dejado de obligar, y lo que en otro tiempo habría sido un silencio incómodo se convierte en una nueva vuelta de tuerca.

Esa mecánica, además, tiene quien la pague. En 2021, tres investigadores de Cambridge y Nueva York analizaron cerca de tres millones de publicaciones en redes sociales y llegaron a una conclusión poco consoladora: lo que más se difunde no es la indignación en abstracto, sino la hostilidad hacia el grupo contrario. Cada palabra dedicada al adversario aumenta de forma notable las posibilidades de que un mensaje circule. Las plataformas no inventaron la crueldad, pero le pusieron precio, y ese precio se cobra en atención, que es la moneda con la que hoy se compra casi todo lo demás. Sería cómodo concluir que la máquina los arrastra, pero no es así; no son víctimas de nada. El mismo algoritmo está a disposición de todos, y lo que distingue a unos de otros es el entusiasmo con que han aceptado el precio a pagar.

Lo más extraño de todo es que nadie tiene que hacer nada para que ocurra. Llorar a alguien no es una estrategia; llorar a Maricarmen, tampoco; es lo que haría cualquiera que no haya convertido la crueldad en un carné de afiliado a cualquier club de tarados. Pero basta con que alguien haga lo normal para que quien vive de llevar la contraria quede obligado a situarse en el lado opuesto, y a veces el lado opuesto es el borde de un precipicio. No hace falta empujarlos. Basta con no seguirlos, y saltarán solos, convencidos de que la gravedad también es una forma de rebeldía a la física más elemental.

miércoles, 28 de octubre de 2026

"EL GRAN REEMPLAZO EUROPEO". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Los movimientos en Bruselas contra la política migratoria española muestran que se está rompiendo el relato de Von der Leyen: sí que hay alternativa

¿Recuerdan cuando la UE reconvenía a estados como Hungría o Polonia cuando sus gobiernos recortaban derechos, cuando debatíamos cómo controlar sus desmanes iliberales? Esta semana, en el Consejo Europeo celebrado en Bruselas, la primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen, con el respaldo entusiasta de la posfascista Giorgia Meloni, invirtió de forma oficial esa lógica al pedir que se examinara a España no por recortar derechos, sino por reconocérselos a medio millón de personas mediante un proceso de regularización. Esa inversión dice mucho sobre el estado de la Unión, pues Europa servía precisamente para proteger los derechos individuales frente a las mayorías y acervos nacionales, mientras hoy, de forma falaz, cuando nadie puede afirmar que la regularización viole norma alguna, se apuesta abiertamente por una política migratoria, mayoritaria en Europa, donde los derechos, pensados para no someterse a votación, pueden revisarse y cercenarse cuando así lo quieren nuestros gobiernos.

¿Quién compone esa mayoría y en nombre de qué habla? Tras la crisis de Ceuta, Meloni y Frederiksen publicaron una delirante declaración comprometiéndose a proteger la herencia cultural cristiana de Europa y pidiendo a quienes llegan que no les impongan un modo de vida que no desean. Tiene guasa que esa defensa de la cristiandad la firmen la heredera de la tradición fascista y la primera ministra socialdemócrata de uno de los países más secularizados del mundo. Su cristianismo sin creyentes solo remite a una frontera, y su vocabulario, el del Gran Reemplazo, delata un desplazamiento de fondo, pues ya no hablamos de derechos reconocidos a quienes viven bajo una misma ley, sino de un modo de vida que se hereda y hemos de defender. Es fácil ver la ironía en que pidan examinar a España por apartarse de lo europeo quienes promueven centros de deportación en terceros países. Frederiksen acusa a España de actuar por su cuenta cuando solo la mueve su propio interés electoral, y lo hace un mes después de haber pactado a solas el futuro de Groenlandia. En enero, cuando Trump amenazaba con apoderarse de la isla y castigar a los países que enviaron allí fuerzas simbólicas, los europeos cerramos filas con Copenhague sin preguntarnos a qué electorado le convenía hacerlo, aunque a Frederiksen aquella solidaridad le vino estupendamente. Hoy, quien recibió esa solidaridad pide examinar a un socio a punto de celebrar elecciones, y lo hace por algo que no amenaza a nadie, sino que reconoce a quienes ya viven y trabajan en España.

Pero lo más revelador de la cumbre fue el desayuno que la precedió, donde dieciocho gobiernos y la propia Comisión se reunieron sin España para preparar su ofensiva. La forma (el método del club) reproduce el contenido: quienes discuten quién no pertenece a Europa lo hacen en secreto, sin contar con otros socios. Pero la legitimidad de Europa depende de que sus decisiones se tomen en público, con reglas conocidas y responsabilidades claras, como debiera garantizar la Comisión, supuesta guardiana de los tratados y que debería estar por encima de las facciones. Que conspire con el bando que prepara un ataque a otro Estado miembro dice mucho sobre la deriva de Von der Leyen. Pero su repliegue es un signo de debilidad: la regularización española quiebra la supuesta inevitabilidad del relato europeo sobre migración, desmintiendo que no haya alternativa y planteando recuperar aquello que nos dijeron que era ser europeos: derechos, convivencia y protección jurídica y laboral.

""APOCALIPSIS AHORA Y ENTONCES". Arundhati Roy, Equator.es

La inteligencia artificial es el destino final del capitalismo Los presagios caen con fuerza. Piensa o hunde. Obedece o muere. Mira hacia ar...