lunes, 12 de octubre de 2026

¿POR QUÉ LA CRUELDAD ES RENTABLE ELECTORALMENTE?". Violeta Assiego, elDiario.es


Solo desde esta lógica se pueden comprender algunas de las cosas que hemos escuchado sobre Maricarmen antes de morir, e incluso después. Desde el «Morocarmen» y el «puta sinvergüenza» hasta la ironía de Ayuso: «Que me avisen a partir de qué edad dejo de pagar». Esta obscenidad y crueldad no es un error político, es una estrategia

“La crueldad es electoralmente rentable”. Así resumía el politólogo Pablo Simón, con lucidez, una de las claves del momento político que vivimos. Para ilustrarlo, hacía referencia a un estudio publicado en la revista científica Political Psychology que reveló que más de un tercio de las personas encuestadas en Estados Unidos estaba dispuesto a votar a un candidato que prometiera impulsar políticas perjudiciales para los simpatizantes del partido contrario. No porque esas políticas fueran a mejorar sus propias vidas, sino por la satisfacción de saber que quienes consideran sus adversarios lo iban a pasar mal, es decir, el sufrimiento del otro convertido en recompensa electoral.

Solo desde esta lógica se pueden comprender algunas de las cosas que hemos escuchado sobre Maricarmen antes de morir, e incluso también después. Desde el «Morocarmen» y el «puta sinvergüenza» hasta la ironía de Ayuso: «Que me avisen a partir de qué edad dejo de pagar». Esta estrategia, la de la obscenidad de la crueldad no es un error político, es una estrategia política. Humillar, despreciar o recrearse en el sufrimiento de quien previamente ha sido convertido en adversario, y hacerlo, además, ante un público dispuesto a celebrarlo y a votarte por ello.

Resulta especialmente llamativo que Feijóo denuncie un intento de «manipulación emocional» con el caso de Maricarmen, mientras su partido alimenta el resentimiento y el desprecio hacia quienes convierte en adversarios. Al PP y a Vox les molesta que la ciudadanía se conmueva ante el sufrimiento de esta mujer de 87 años, desahuciada de su casa y presentan esa conmoción como manipulación emocional, mientras exhiben la crueldad que destilan sus propias palabras, sus mensajes en las redes sociales y hasta sus negativas a guardar un minuto de silencio por ella.

No es casual que se desprecie la empatía mientras se exhibe la crueldad como una demostración de poder. Es una de las grandes batallas del orden político del patriarcado, convertir la crueldad en una forma de ejercer el poder y hacer de su aprendizaje una vía para conquistarlo y mantenerse en él. Inevitable pensar, por ello, en la antropóloga feminista Rita Segato, que lleva años advirtiéndonos sobre esa pedagogía de la crueldad, sobre «todos los actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas». Es decir, a deshumanizar, a quebrar la empatía y a romper los vínculos que nos permiten reconocernos en el sufrimiento de otras personas.

Hay algo en el pensamiento de Segato a lo que quizá no hemos prestado suficiente atención desde los feminismos: esta pedagogía también se ejerce sobre los propios hombres, a quienes el mandato de masculinidad obliga a demostrar su poder mediante la dominación y el desprecio de la vulnerabilidad. Para ejercer esa crueldad sobre otros, primero tienen que aprender a ejercerla sobre sí mismos, amputando su propia capacidad de sentir, cuidar y conmoverse, cualquier rastro de empatía, miedo o ternura. Ese aprendizaje de la crueldad no solo condiciona cómo tratamos a los demás, sino también cómo sentimos, cómo juzgamos y qué decisiones tomamos, incluida la de votar.

El neurocientífico portugués António Damásio lleva décadas demostrando que las emociones no son lo contrario de la razón, sino que forman parte de nuestros procesos de decisión. Por eso, despachar como simples irracionalidades los discursos y comportamientos cargados de odio y crueldad que presenciamos puede impedirnos comprender lo que hay detrás. La cuestión es que la crueldad también nos enseña a sentir de otra manera, a encontrar satisfacción en la humillación ajena, a canalizar la frustración, el resentimiento o el malestar propio contra otras personas. Y cuando esa satisfacción se convierte en una motivación política, el sufrimiento del adversario puede llegar a importar más que el propio bienestar. Cabe preguntarse, entonces, cuántas personas acudirán a las próximas elecciones no tanto para mejorar sus propias vidas como para disfrutar viendo empeorar las de quienes han aprendido a considerar sus enemigos: las personas migrantes, feministas, LGTBIQ+, racializadas, ecologistas, sindicalistas, de izquierdas, trabajadoras y voluntarias de ONG, defensoras de derechos humanos…

Viktor Frankl, superviviente de los campos de concentración nazis, exponía en El hombre en busca de sentido la importancia de la responsabilidad personal frente a las circunstancias y que incluso en los contextos más adversos, nuestras decisiones tienen una dimensión moral. La Historia nos ha enseñado hasta dónde puede llegar una sociedad cuando convierte a determinados grupos humanos en enemigos a los que despojar de su dignidad. Nadie está a salvo de esa pedagogía de la crueldad, tampoco quienes creemos combatirla, por eso no podemos caer en la misma trampa, denunciar la crueldad no exige deshumanizar a quienes la ejercen, sino comprender sus mecanismos, señalar sus actos, exigir responsabilidades y construir alternativas que no reproduzcan su lógica.

El movimiento por la vivienda nos está dando algunas pistas de cómo hacer, nadie se esperaba este despertar de la conciencia colectiva que nos muestra que frente a una política que necesita enemigos, lo que nos une es colocar en el centro las necesidades de las personas y sus derechos. Pero, además, nos recuerda algo que la historia de nuestras democracias confirma, que han sido los movimientos sociales, con sus luchas y conquistas, quienes han empujado a las instituciones políticas a reconocer derechos y transformar nuestras sociedades. Quizá por eso al fascismo le da tanto miedo la empatía, porque desactiva su propuesta política de crueldad y deshumanización.

domingo, 11 de octubre de 2026

"MÁS ALLÁ DE LA DESOLACIÓN". José Henrique Bortoluci, Revista Piauí

La noche de la primera ronda de elecciones no dejó lugar a dudas sobre nuestro estado de descontento y la magnitud de nuestra responsabilidad

Algunos pensamientos fervientes, en una noche que resume gran parte de nuestra desolación y expone inequívocamente nuestra responsabilidad con el futuro:
  1. En la última década, la extrema derecha ha logrado llevar a cabo una revolución cultural radical en Brasil; simultáneamente, el Centrão (o la derecha oportunista) ha podido implementar una serie de reformas políticas que han alterado definitivamente las reglas del ordenamiento político e institucional establecido por la Constitución de 1988.
  2. Estos dos vectores se combinaron en una alianza de inmensa fuerza, un coloso político capaz de generar transformaciones sociales pocas veces vistas en nuestra historia. Esta convergencia se produjo en un contexto internacional y en un entorno tecnológico-comunicativo que garantizó un alcance histórico y aportó información valiosa a estos movimientos internos.
  3. En el ámbito cultural, la derecha ha desarrollado una estética, un amplio dominio de la comunicación de masas, tecnologías sociales y afectivas para la construcción de comunidad, un diálogo profundo con la espiritualidad popular y una utopía convincente del individualismo como camino hacia la transformación personal. Una auténtica revolución gramsciana centrada en imágenes y valores guiados por la fe, la familia y la prosperidad individual.
  4. Esta es una visión seductora y de gran alcance, a pesar de su cinismo, su complicidad con las formas más brutales de explotación, su apelación a la violencia, su retroceso en materia de derechos y su perpetuación de la desigualdad. Al mismo tiempo, es un error no percibir cómo esta visión del mundo resuena con la vida real de la mayoría de la población y ofrece cierta esperanza, una utopía de lo posible y algunas herramientas para afrontar los reveses de la vida.
  5. El individualismo del sálvese quien pueda y la concepción de la vida como una guerra en la que gana el más fuerte, promovida por esta amalgama reaccionaria, dan nuevos matices a nuestra historia de violencia social y devastación ambiental. En los últimos años, se ha observado en Brasil la expansión metastásica de una especie de «capitalismo minero», una mezcla de «ética vorcaro» con lógica de milicia, con amplia penetración en las instituciones públicas. Las «apuestas», por citar solo una faceta de esta economía política y lógica cultural, son también una forma de explotación de vidas, apuestas y los ingresos de familias ya empobrecidas.
  6. Mientras los distintos grupos de derecha promovían esta revolución, nosotros, en el bando progresista, perdimos la energía de lo nuevo.
  7. La centroizquierda dominante, tanto en sus gobiernos como en sus discursos, prácticamente solo conserva el recuerdo de políticas ya rutinarias, muchas de ellas implementadas hace unos veinte años, o de propuestas que apenas modifican el statu quo. Esto se debe en parte al éxito de logros como Bolsa Família (un programa de asistencia social), el aumento del salario mínimo y la expansión de la educación superior: políticas públicas cruciales, pero que hoy son percibidas por la mayoría de la población como políticas estatales ya garantizadas o como medidas insuficientes. Y es fundamental reconocer que, de hecho, son absolutamente insuficientes.
  8. Tras los intentos de golpe de Estado del gobierno de Bolsonaro y los ataques del 8 de enero de 2023, la única arma política de alto calibre que se sumó a la lucha democrática fue la consolidación de un Tribunal Supremo agresivo e hiperpersonalista, una estrategia que fue notoriamente contradictoria desde el principio y que ahora ha demostrado ser una carga imposible de soportar.
  9. Los nuevos avances en el ámbito progresista, por fundamentales y justos que sean (el fortalecimiento del movimiento feminista, la ampliación del repertorio de luchas antirracistas y LGBT+), no han logrado generar mayorías políticas ni popularizar visiones de futuro que organicen la relación entre la vida privada de los ciudadanos y la vida colectiva. Son fuerzas indispensables, lo que exige una evaluación de sus logros, sus limitaciones, sus tácticas, sus repertorios y su eficacia en la movilización.
  10. Para revertir esta situación, es necesario crear alternativas que se correspondan con la revolución política y cultural implementada con impresionante éxito por la oposición. Una visión radicalmente nueva y convincente del futuro, tangible, arraigada en la realidad e impulsada por la energía de los sueños.
  11. Esto exige la creación de nuevas lógicas culturales, nuevos discursos, nuevos enfoques estéticos, nuevas lógicas de comunicación; tejer formas de solidaridad aún no probadas y desarrollar propuestas políticas transformadoras. Nos estamos desacostumbrando a lo ya establecido, lo que requiere una nueva disposición a escuchar a la mayoría de la población en su inmensa diversidad, un distanciamiento de nuestro propio vocabulario (no se puede escuchar si insistimos en imponer nuestro léxico) y la observación de iniciativas innovadoras que ya están en marcha en comunidades y movimientos, así como en ámbitos intelectuales y artísticos menos visibles.
  12. En cuanto al arte, ya es hora de que miremos más allá del pequeño escenario donde siempre se repiten la viejas y jóvenes estrellas. Lo nuevo no vendrá de aquellos artistas y expresiones que se pliegan a los gustos repetitivos y predecibles de la izquierda dominante, por muy grandes que sean sus logros en las últimas décadas y por muy buenas que sean las intenciones de los nuevos miembros de este grupo selecto.
  13. Este diagnóstico es independiente del resultado final de las elecciones presidenciales. Una victoria de Lula en la segunda vuelta podría impedir una aceleración aún mayor de esta revolución en curso, y por ello es crucial que el sector democrático concentre todas sus energías en las próximas semanas. Sin embargo, por sí sola, no allanará el camino hacia lo nuevo ni sentará sus bases. Quizás ganemos algo de tiempo, pero las placas tectónicas de la devastación social, el desmantelamiento de los derechos y la descarada vulgaridad no cesarán.
  14. El futuro es una ficción política que escribimos hoy. Recurro a estas dos palabras: responsabilidad y valentía. La responsabilidad de investigar el pasado reciente y evaluar nuestro progreso (que ha sido considerable), pero también de pensar más allá de las soluciones existentes, las estrategias consolidadas, los discursos aceptados y las políticas públicas ya probadas. La valentía de admitir que todo lo que hemos construido en el pasado y lo que estamos construyendo en el presente se queda corto respecto a lo que la historia nos impone como nuestra misión.
  15. Esta postura ética es, además, una manifestación de respeto por las luchas y victorias del pasado, pero, sobre todo, un reconocimiento a las derrotas de otras épocas. Invertir en un futuro de justicia e igualdad, contra viento y marea, es una forma de honrar a nuestros muertos y vencidos de luchas pasadas; estos compañeros aguardan, al lento ritmo de la historia, el momento de su redención.
  16. Si seguimos por este camino, será una construcción que llevará muchos años, quizás décadas, y no estará liderada por una sola persona, un solo partido o un solo movimiento. Es una tarea que involucra a amplios sectores de la sociedad, una diversidad de conocimientos, experimentos y apuestas, y requiere la audacia de participar en las batallas políticas más difíciles, incluso si esto implica derrotas a corto plazo.
  17. Esta responsabilidad es inmensa. Es la mayor misión política de nuestras vidas.

sábado, 10 de octubre de 2026

"NO ES CRUELDAD ES ENCARNIZAMIENTO". Noelia Adánez, Publico.es

Acampada en la Puerta del Sol de Madrid
por el derecho a la vivienda
Se han cumplido tres años del inicio del genocidio perpetrado por Israel en Gaza. Las cifras de esta operación premeditada de exterminio y ocupación son escalofriantes. Más de 74 mil muertos de entre los cuales más de 21 mil eran niñas y niños. Un número indeterminado de desaparecidos, cuyos cadáveres se pudren bajo los escombros de una Gaza ruinosa a la que Israel ha sustraído por la fuerza bruta más del 70% de su territorio. Cerca de dos millones de palestinos han sido desplazados y los que permanecen son víctimas del asedio y la violencia que el ejército israelí sigue desplegando en la zona.

El daño causado a Gaza no afecta únicamente al pueblo palestino. Las consecuencias de la atrocidad israelí y la exposición pública y documentada de la violencia infringida escala a la humanidad en su conjunto. El dolor de Gaza es el dolor de todas. Hacernos cargo del sufrimiento de este pueblo exige reaccionar; exige como mínimo tener una posición.

Este miércoles Isabel Díaz Ayuso expresó públicamente su posición al respecto al tuitear un mensaje de apoyo a Israel. Durante estos tres años, la presidenta de la Comunidad de Madrid, sionista confesa y simpatizante del gobierno de extrema derecha que preside Benjamin Netanyahu (sobre quien existe una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional), ha guardado un silencio absoluto respeto del genocidio en Gaza. Ni una sola palabra sobre el hecho de que, a la vista de todo el mundo, Israel continúe matando de hambre y dejando morir de enfermedades al pueblo palestino. Ese silencio va más allá de la crueldad y entra de lleno en el terreno del encarnizamiento, puesto que se recrea y persiste de manera implacable en el sufrimiento de un pueblo.

En esta misma línea de encarnizamiento, el Gobierno de Ayuso -como hemos contado en ‘Público’- ha reducido de 4.039 a 1.000 euros la cuantía de las ayudas destinadas a facilitar la conciliación de las familias que tienen a su cargo hijos o hijas con enfermedades que requieren cuidados constantes. La Comunidad de Madrid razonó estos recortes argumentando que "la experiencia adquirida (...) aconseja el diseño e implementación de un nuevo modelo (...) con el fin de garantizar una asignación eficiente de los recursos económicos disponibles (...) evitando cargas adicionales innecesarias para los ciudadanos".

Esta es una más de las muchas decisiones políticas que el Gobierno de la Comunidad de Madrid ha tomado, desacomplejadamente, en contra de la ciudadanía cuyo bienestar y cuyos derechos pisotea.

Los protocolos de la vergüenza aplicados en pandemia constituyeron un hito en este sentido, pero ha habido muchos otros jalones en esta larga historia de desprotección, arbitrariedad y abuso de poder. El mismo Gobierno que recorta las ayudas a las familias con hijos que sufren enfermedades graves y lo argumenta alegando que lo hace para evitar cargas innecesarias a la ciudadanía, es el que ha comprado sin justificación y con una muy fundada sospecha de malversación un ático de lujo de más de seis millones de euros. Esto también es encarnizamiento, como lo es negarse a topar los precios del alquiler en plena crisis habitacional o evitar activamente que se avance en la elaboración de las listas de objetores para que las madrileñas puedan abortar en la sanidad pública.

Al momento de escribir esta tribuna, se ha conocido que un juzgado de lo social condena al gobierno de Ayuso por haber discriminado a una mujer de 73 años con discapacidad intelectual, física y sensorial a la que negó el acceso a una plaza en una residencia especializada.

Ayuso cercena derechos ciudadanos de forma deliberada y continua. El menoscabo de derechos que provocan sus medidas no es incidental a las políticas de recortes presupuestarios y ahorro con las que se justifican. El encarnizamiento que despliega aspira a disciplinar a la ciudadanía, violentándola hasta dejarla sin capacidad de respuesta, sumisa.

La forma en que se ha gestionado el desahucio de Maricarmen y su trágica muerte por parte de las instituciones madrileñas sigue esta estela de encarnizamiento. Ayuso se descolgó, como acostumbra a hacerlo, con unas declaraciones en las que frivolizaba con el arrancamiento de una mujer de 87 años de su casa y cuestionaba su derecho a resistirse a abandonar su hogar, por el que llevaba años pagando religiosamente un alquiler. La presidenta madrileña embarró la figura de Maricarmen cuando estaba viva y ya había sido desahuciada. Tras su muerte, ni ella ni el alcalde de Madrid han aceptado guardar un minuto de silencio en la Asamblea y el Ayuntamiento respectivamente.

El desahucio de Maricarmen ha sido uno más de los miles que tienen lugar cada año en España, pero por lo dilatado de su proceso, por la edad de esta vecina y por el apoyo decidido y constante del Sindicato de Inquilinas, Maricarmen ha simbolizado y dignificado la lucha por la vivienda como nadie lo había hecho hasta ahora en nuestro país.

Su historia ha hecho comprensible el problema de la exclusión residencial a sectores de la sociedad que o bien permanecían indiferentes ante la crisis habitacional o bien no sabían cómo expresar su indignación.

Maricarmen ha sido y es un símbolo de lucha, la chispa que ha prendido la llama de lo que se vislumbra como un ciclo intenso de movilizaciones reivindicativas y solidarias que se sustentan, precisamente, en una crítica severa a la crueldad como forma de relacionarse en sociedad. Estas movilizaciones, además, anteceden un ciclo electoral en el que las políticas del encarnizamiento practicadas por las derechas podrían sufrir un correctivo democrático en forma de castigo electoral.

Tanto si es esto sucede como si no, tenemos enfrente la inmensa tarea de recuperar la humanidad. La que has liado, Maricarmen.

viernes, 9 de octubre de 2026

"MORIR EN CASA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Maricarmen Abascal encabeza el pasacalles organizado por el Sindicato de
Inquilinas e Inquilinos de Madrid en protesta contra su orden de desahucio,
el pasado mes de junio en Madrid
Todas las sociedades deciden qué vidas quedan a la intemperie, entre las que están con demasiada frecuencia las mujeres mayores

Una casa es tu biografía hecha cosa. La silla que heredaste de tu abuela, el hueco gastado del sofá donde siempre te sientas, la vajilla que se saca solo en Navidad, el orden en que guardas las cosas y que nadie más entiende. Nada de eso tiene valor de mercado, pero cada objeto remite a algo que te pasó, a alguien que estuvo ahí, a una época. La filósofa Iris Marion Young pensó en el hogar como anclaje material de una identidad que, por lo demás, es cambiante y frágil porque en esas cosas se sedimenta quién eres y de dónde vienes. Pero también en esa familiaridad del cuerpo que sabe dónde está cada cosa sin mirar y que es lo primero que se rompe cuando te sacan de casa, sobre todo a los 87 años.

Cuando una ciudad expulsa a la mujer que llevaba 70 años subiendo la misma escalera y saludando a los mismos vecinos, pierde a quien podía recordar cómo era aquel portal antes de que llegaran los inversores, quién vivió en cada piso y qué familias se fueron marchando, y con ella se va una memoria del barrio que ningún registro de la propiedad conserva. Maricarmen Abascal llegó a su casa del Retiro con 17 años y salió de ella con 87, tumbada en una camilla y sin poder llevarse sus cosas, de modo que lo que perdió aquel día no fue únicamente un techo, sino el lugar donde estaba depositada su propia historia. Catorce días después ha muerto en un hospital sin haber podido regresar a su casa.

La filósofa Judith Shklar advertía que la frontera entre la desgracia y la injusticia no la traza la naturaleza sino la política, y que solemos llamar desgracia a aquello de lo que no queremos hacernos cargo. Por eso conviene desconfiar de quienes estos días han presentado el caso de Maricarmen como uno más de los miles de desahucios que se ejecutan cada año, o como un drama ante el que no cabía otra cosa que obedecer a los jueces, porque cuando un caso pasa más de un año a la vista de todos, con alternativas sobre la mesa, y aun así termina con una mujer de 87 años en una camilla, algo ha fallado en quienes tenían el poder de impedirlo. Shklar llamaba injusticia pasiva a esto, la de quienes, pudiendo evitar un daño, se limitan a dejar que ocurra.

Esa injusticia pasiva termina siempre recayendo sobre un cuerpo concreto, y no sobre cualquiera, porque hay formas de precariedad que se reparten políticamente y dejan a unas personas mucho más expuestas que a otras. Maricarmen Abascal tenía 87 años y una salud frágil, y esa vulnerabilidad es la que tarde o temprano compartimos todos, pero lo que vino a sumarse a ella, un desahucio, una camilla y 14 días de hospital, fue algo que otros decidieron o no supieron impedir. Ninguna sociedad lo dice abiertamente, pero todas deciden qué vidas cuentan con más redes que las sostengan y cuáles quedan a la intemperie, y entre estas últimas están con demasiada frecuencia las mujeres mayores. Mujeres que viven más años que los hombres y cobran de media pensiones más bajas, a menudo porque dedicaron buena parte de su vida a un trabajo de cuidados que nadie les pagó, y que, cuando todavía viven de alquiler, como ella, dependen de contratos de renta antigua que la venta de un edificio puede convertir en papel mojado.

Hay una medida mínima de la decencia de una sociedad, anterior a cualquier ideal de justicia, que la ética política lleva décadas recordándonos y consiste en que sus instituciones no humillen a quienes deberían proteger. Pocas humillaciones son más hondas que ser arrancada, al final de la vida, del lugar que guarda tu propia historia. Madrid ha perdido a una vecina y, con ella, ha dejado de poder decir que en esta ciudad se puede envejecer y morir en casa.

jueves, 8 de octubre de 2026

"JEFA MARROQUÍ". Najat El Hachmi, El País

El rey Mohamed VI recibe a la nueva primera ministra de Marruecos,
Fatima Zahra El Mansouri
El nombramiento de Fatima Zahra El Mansouri sería un hito en la lucha por la igualdad si no fuera porque va a dirigir un país donde la población está empobrecida y oprimida, especialmente las mujeres

Marruecos ha elegido como primera ministra a una mujer: Fatima Zahra El Mansouri, abogada de profesión y exalcaldesa de Marraquech. Desde el feminismo podría ser una gran noticia si no fuera por… si no fuera porque va a presidir un país donde el Rey tiene un poder absoluto con una población cuyo único proyecto de futuro es el de emigrar. Si no fuera porque la libertad de la que disfrutan figuras de la clase dirigente como Mansouri no está, ni de lejos, al alcance del resto de marroquíes. Cierto es que se agradece que la primera ministra sustituya a un empresario multimillonario que no parece haber conectado con las necesidades reales de los electores, pero con Ajanuch o con Mansouri los problemas de la gente de a pie siguen siendo los mismos: que a la inmensa mayoría le llega poco de la riqueza que genera ese país en desarrollo del que los indicadores macroeconómicos cuentan maravillas. Marruecos va bien pero los marroquíes no tanto.

El nombramiento de la marraquechí sería un hito en la lucha por la igualdad si no fuera porque va a dirigir un país en el que ella misma podría ir a la cárcel por delito de adulterio, sus hijos serían ilegítimos de haberlos tenido fuera del matrimonio, podría ser llevada ante los tribunales por practicar el aborto, podría ser denunciada por la policía por reservar una habitación de hotel a su nombre en la ciudad en la que vive porque “¿para qué quiere una mujer ir a un hotel donde tiene casa?”. No podría, por supuesto, casarse con un no musulmán si éste no se convierte a la religión de Estado, algo que Ajanuch sí que podría hacer porque es hombre.

Tampoco puede beber alcohol ni comer en público durante el mes de ramadán. Si se diera un beso en la boca con otra persona en un sitio público sería arrestada. Si recibiera alguna herencia tendría que conformarme con que se le dieran la mitad que a sus hermanos varones y, por supuesto, no podría ser lesbiana. De hecho ahora mismo, en ese país tan moderno que tiene por primera vez una primera ministra, otra mujer, Betty Lachgar, está en la cárcel por llevar una camiseta considerada blasfema y por defender las libertades civiles. Porque no se puede dejar de ser musulmana ni heterosexual ni esposa si se quiere tener relaciones sexuales. Mansouri alabó la reforma del Código de Familia de 2004 impulsada por Mohamed VI, el mismo que a día de hoy sigue permitiendo los matrimonios infantiles. Así que sí, un aplauso por Fatima Zahra Mansouri; pero yo, de momento, me guardo el champán para cuando el cambio real sea para todas las niñas y mujeres marroquíes.

miércoles, 7 de octubre de 2026

"ESCRITO EN LA CARA". Antonio Muñoz Molina, El País

FRAN PULIDO
Dolores Vázquez es el ejemplo de que basta acusar a un inocente para que nos parezca culpable

Basta que a uno lo acusen de algo para que se le ponga cara de culpable. Por eso en las fotos de frente y de perfil de las fichas policiales no hay nadie que parezca inocente. Yo quisiera encontrar ciertas fotos mías de hace 52 años que me tomaron en las dependencias de la Dirección General de Seguridad, en Madrid, al día siguiente de la ejecución de Salvador Puig Antich. A las once de la mañana estaba participando en mi primera manifestación antifranquista en la Ciudad Universitaria y antes de la una ya me habían tomado las huellas dactilares y me estaban tomando fotos de frente y de perfil con un flash que empalidecía más aún y aumentaría la cara de susto y de culpa del retratado. Esa es la cara que me gustaría ver de nuevo, y que no se si andará todavía grapada a un expediente en los subsuelos de un archivo de quién sabe dónde. Cómo sería esa cara de 18 años recién cumplidos, de adolescente que se había empezado a dejar la barba y el pelo largo nada más salir de la vigilancia capilar de su padre, de inocente arrojado a la intemperie y la amplitud de un Madrid más habitable en los sueños de provincia que en la torva realidad de las postrimerías franquistas.

Una vez se le pone a alguien la cara de culpable a ver cómo se la quita. Una persona sola es tan frágil como un insecto cuando se vuelca sobre ella el peso terrible de las instituciones acusadoras del Estado y el no menos amenazante de la condena colectiva. Ya es terrorífico que la policía, los fiscales, los jueces, los funcionarios de la justicia se conjuren para perseguirlo a uno: pero además están los vecinos, los entrañables colegas, los aficionados a gritar palabras infames a las puertas de los juzgados, los criminólogos y psicólogos y hasta astrólogos que en caso necesario certificarán en los platós de televisión la culpabilidad indudable del señalado y alentarán esa impaciencia por que se haga justicia que es difícil de distinguir de la sed de venganza.

Estoy convencido de que, aparte de la anestesia, la presunción de inocencia es una de las mayores conquistas de la civilización. En el mundo más o menos desarrollado la anestesia no se le niega a casi nadie. La presunción de inocencia también ayuda en lo posible a reducir el dolor innecesario, pero cada vez se administra, al menos entre nosotros, con más cicatería, y hasta los que más deberían defenderla prescinden de ella, porque a todo el mundo le gusta sumarse al linchamiento de un culpable. Tereixa Constenla recordaba hace unos días el infierno en que se convirtió de la noche a la mañana la vida de Dolores Vázquez, hace 25 años, cuando la acusaron de asesinar a puñaladas a Rocío Wanninkhof, la hija de la mujer con la que había convivido hasta no mucho tiempo antes. Que la acusación fuera inverosímil, y las pruebas de la inocencia de Vázquez indudables, no fue obstáculo para que los investigadores de la Guardia Civil la señalaran sin vacilación, y para que un juez y un jurado la condenaran a largos años de cárcel por el asesinato.

Era fácil mirar las fotos de Dolores Vázquez y encontrarle cara de culpable. Quien va esposado, rodeado de policías, asediado por una chusma ávida de sensacionalismo y venganza, baja la cabeza y pone una expresión de derrumbe y vergüenza, más aún si es inocente. Revisadas ahora, en el reportaje estremecedor de Constela, las supuestas pruebas de la culpa despiertan la incredulidad, y hasta el miedo. Con investigaciones y expertos así a cualquiera lo pueden condenar por cualquier cosa: Dolores Vázquez parecía “fría y calculadora”; las huellas de los neumáticos de su coche no coincidían con las encontradas en el lugar del crimen, y existía la certeza de que justo esa noche ella estaba cuidando a su madre, pero ni los jueces, los jurados, los periodistas, los aficionados a disfrutar del sufrimiento ajeno, estaban dispuestos a que unos mezquinos pormenores de la realidad malograran la fantasía que entre todos habían levantado. Que la Guardia Civil aportara el testimonio de una vidente nos sume ya no en el desconcierto ni la indignación sino el puro desconsuelo. Quizás a los detenidos las fuerzas del orden deberían leerles las rayas de la mano, además de tomarles las huellas dactilares.

En la cara de Dolores Vázquez lo veían escrito todo: el rencor hacia su antigua amante, la voluntad de castigarla matando a su hija, la saña de las puñaladas, la sangre fría de esconder el cadáver en el coche para tirarlo en otra parte, hasta la ausencia de remordimiento —sin olvidar el morbo añadido de la condición sexual—. Veinticinco años después, Vázquez conserva el aire reservado que tenía entonces, una cara fuerte que resiste bien el paso del tiempo, igual que su fortaleza de espíritu le ha permitido no claudicar a la amargura. Lo que ahora lleva escrito en la mirada es una serena integridad que debería abrumar de vergüenza a quienes pusieron tanto empeño en agredirla, de cerca y de lejos.

La cara de Dolores Vázquez nos impresiona más cuando nos damos cuenta de que su ejemplo no ha servido para que los acusadores vocacionales, las instituciones, los medios, acepten y ejerzan la presunción de inocencia, el sagrado escrúpulo de la búsqueda de la verdad, del respeto a un procedimiento de indagación que debe ejercerse con la discreción y el rigor necesarios para que la tarea de la justicia y la reparación de las víctimas no impliquen el daño y menos aún el castigo anticipado de quien bien puede no tener culpa de nada, incluso cuando las apariencias indiquen lo contrario, cuando parezca que lleva su crimen escrito en la cara. En un país tan sectario como el nuestro, a nadie le cuesta respetar la presunción de inocencia, a condición de que el acusado sea uno de los suyos. En el caso contrario, la sospecha se convierte en seguida en acusación, y el presunto culpable es despojado preventivamente de su dignidad, de su derecho a defenderse, de su trabajo, de su forma de vida.

Hay castigos evidentes, y otros insidiosos, sobre todo en ámbitos profesionales muy viciados. Alguien aparta un instante la mirada, alguien se cruza a otra acera con la cabeza baja. La cobardía y el gregarismo pueden ser tan dañinos como la maldad, y agravarla. Hay un espantoso instinto humano muy anterior a la idea de la justicia, que es el del señalamiento de un miembro de la comunidad que de repente ha de ser excluido, castigado, hasta sacrificado. En La caza, una película de Thomas Vintenberg (en Filmin), que tiene la virtud de devolvernos la limpia emoción inesperada del cine, Mads Mikkelsen interpreta a un maestro de escuela infantil en un pueblo edénico de Suecia, que se ve acusado de abusar de una de las niñas, hija además de su mejor amigo. El grupo fraternal de amigos y vecinos se convierte en una jauría. La autoridad pone en marcha sus protocolos implacables. Una historia de amables costumbres escandinavas, con navidades nevadas y coros de voces blancas, deriva en una película de terror: el terror verdadero y factible, el que uno siente que puede invadir su propia vida e instalarse en los lugares cotidianos, y volver monstruosas las caras de las personas más cercanas. Nosotros, los espectadores de la película, sabemos que ese maestro, Lucas, es inocente, y que su naturalidad jovial en el trato con los niños será precisamente un argumento para quienes se apresuran a considerarlo un criminal depravado. Pero nos haría falta aceptar la duda, la posible sospecha, y sin embargo aceptar siempre la posibilidad humana del error, y reconocerle hasta a quien parece más culpable su derecho a la presunción de inocencia. Cuesta muy poco destruir una vida.

martes, 6 de octubre de 2026

"UNA CASA EN EL KILÓMETRO CERO". Máriam Martínez Bascuñán, El País

Aunque el Congreso haya tumbado los decretos, lo ocurrido quizá haya empezado a cambiar la manera en cómo este país concibe lo que es una casa

Una plaza se vuelve plenamente pública cuando la usamos para mostrar lo que sufrimos a solas y descubrimos que es asunto de todos. Por eso es tan revelador el modo en que Ayuso —quien gobierna el mercado de alquiler más caro del país con competencias para intervenir en él— pretende tratar como un problema de orden público el ejercicio de un derecho, y hacer desaparecer de la vista lo que la plaza ha conseguido mostrar. Ocurre, sin embargo, que los movimientos sociales nunca hablan solo hacia fuera, a las instituciones a las que piden una ley, sino también hacia dentro, a la sociedad que construyen con su protesta. Al llevar a la plaza las necesidades que suelen quedarse en casa, quienes acampan en Sol nos piden a todos que nos hagamos cargo de ellas, y en esa ciudad efímera de turnos, cuidados y asambleas nos muestran que es posible otra manera de habitar juntos, una que ningún decreto puede recoger. Pero estamos tan acostumbrados a imaginar el futuro como catástrofe (el colapso climático, las guerras, las máquinas que nos sustituyen) que cualquier otra posibilidad nos parece ingenua, como si el sentido común hubiera decidido de antemano qué es realista y qué no.

Los movimientos sociales rara vez consiguen de inmediato lo que piden, pero hacen algo más duradero: desplazar los límites de lo posible y razonable, al igual que la lucha contra los desahucios convirtió hace una década en injusticia colectiva lo que muchas familias vivían como un fracaso privado. Por eso, aunque el Congreso haya tumbado los decretos, lo ocurrido quizá haya empezado a cambiar la manera en cómo este país concibe lo que es una casa. Durante años dimos por muerto el 15-M, juzgándolo con el lenguaje de las instituciones, de los escaños ganados o perdidos por los partidos nacidos de él, sin advertir que lo que abrió no era una opción electoral, sino una manera de mirar. Esa mirada es la que vuelve hoy a la Puerta del Sol, no como nostalgia, sino con una pregunta distinta. Ya no se trata de saber si habrá trabajo; aun teniéndolo, la pregunta es si es posible construir una vida digna, pues el empleo ya no es esa llave que abría las puertas de la vida adulta: el techo, el tiempo para criar, la luz y el calor en invierno, la certeza de poder quedarse donde hemos echado raíces. La palabra vivienda no respeta las fronteras habituales de la ideología, la clase o el territorio. Alcanza a la vez al trabajador precario, al joven mal pagado, al migrante y la familia de clase media, al estudiante y al jubilado, al catalán y al andaluz.

Pierre Rosanvallon dice que la democracia consiste en dar un lenguaje a lo que vive la gente. Por eso la política francesa no vio venir los chalecos amarillos, porque no encajaban en ninguna de sus categorías, como no encaja hoy la inseguridad que comparten la joven precaria o la jubilada desahuciada, y que las instituciones traducen a su lenguaje de cartón piedra, el del orden público y los propietarios frente a los inquilinos, el de las competencias y el cálculo electoral. La confianza en las instituciones se construye cuando sentimos que nos reconocen, y por eso lo ocurrido el viernes en el Congreso fue algo más que una derrota legislativa, fue la negativa a reconocer como asunto político lo que la plaza lleva días mostrando. Quienes acampan en Sol ya han hecho lo que la democracia no supo hacer por ellos: encontrar un lenguaje para nombrar lo que viven, con tiendas, cuerpos y asambleas, y la pregunta que nos arrojan es si la política institucional, y todos nosotros, estamos dispuestos a aprenderlo.

¿POR QUÉ LA CRUELDAD ES RENTABLE ELECTORALMENTE?". Violeta Assiego, elDiario.es

Solo desde esta lógica se pueden comprender algunas de las cosas que hemos escuchado sobre Maricarmen antes de morir, e incluso después. Des...