jueves, 5 de febrero de 2026

"QUIJOTISMO". Luis García Montero, El País

Las cosas han cambiado mucho en el argumento de la novela que vivimos; ahora son los encantadores quienes actúan como locos

Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible, se dijo Don Quijote al contemplar el fracaso de sus ilusiones. Los impulsos a la hora de desfacer entuertos solían jugarle malas pasadas. Estaba condenado a enredarse con sus locuras y sus entuertos. Los nobles ideales de la justicia y el afán por defender a los débiles ante los malandrines quedaban escondidos bajo los molinos de viento. Eran los excesos disparatados del caballero de lanza en ristre, adarga antigua y rocín flaco. Las cosas han cambiado mucho en el argumento de la novela que vivimos. Ahora son los encantadores quienes actúan como locos, mientras el quijotismo se encarna en el sentido común y en la gente que va de su corazón a sus asuntos sin molestar a nadie. Hay que ser quijotes para reafirmarse en la defensa de los derechos, la libertad, la igualdad y la fraternidad, aspiraciones muy mediocres en este vendaval de amenazas que anima los foros nacionales e internacionales. Quijotes, pero de un heroísmo poco ruidoso, porque las furias están con los que han renunciado a cualquier ideal que no sea el arrebato de su propio individualismo. Y no basta con la sensatez de Sancho; hay que ser verdaderos quijotes para seguir manteniendo el respeto a una convivencia democrática.

El quijotismo llegó a sentirse en la cultura del siglo XX como una seña de identidad del patriotismo y la psicología española. Frente a toda apariencia, quizá sea posible seguir haciendo de España una tierra de quijotes. Ya no se trata de armar escándalos en nombre de las leyes de caballería. Para enfrentarse a los balidos de las ovejas, basta con el sosiego de defender los valores que han fundado la Modernidad en nombre del progreso y del respeto humano. El quijotismo es ahora una simple voluntad de resistencia ante los que invaden las llanuras y cruzan los mares para proclamar nuevas formas de esclavitud.

miércoles, 4 de febrero de 2026

"CEREBROS DESCEREBRADOS". Irene Vallejo

La belleza nos ciega. Según los psicólogos, tendemos a pensar que las personas atractivas son además inteligentes y dignas de confianza. Si nos gusta el aspecto físico de alguien, proyectamos esa aprobación a toda su personalidad. A consecuencia de este espejismo, conocido como “efecto halo”, nos fiamos de los bellos famosos que recomiendan productos y dietas, incluso cuando avalan estrafalarias teorías pseudocientíficas. Industrias millonarias, como la alimentaria o la cosmética, se aprovechan de este sesgo cognitivo para empujarnos a gastar dinero en belleza o salud con dudosos resultados.

Ya los antiguos griegos se dejaban deslumbrar por el aura de los cuerpos hermosos. En Atenas se hizo famosa Friné, una modelo que posó para los mejores escultores. Se cuenta que fue acusada de un delito grave y su abogado, uno de los oradores más prestigiosos del ágora, no logró convencer de su inocencia al jurado popular. A la desesperada, probó un golpe teatral: arrancó la túnica de Friné para exhibirla desnuda ante el tribunal, preguntando si una mujer tan bella podía mentir. Con ese peregrino argumento, consiguió su absolución por unanimidad. Quizá nos conviene practicar un sano escepticismo ante lo que afirman las bocas hermosas: confiemos en los verdaderos expertos y recordemos que los consejos de las celebridades pueden ser descerebrados.

domingo, 1 de febrero de 2026

"GALICIA FUE EL AVISO: CUANDO EL PODER EXPULSA A LOS POBRES Y EL EVANGELIO SE CONVIERTE EN ACUSACIÓN". José Carlos Enríquez Díaz, Religión Digital 31 ene 2026

La Doctrina Social de la Iglesia es tajante. "Gaudium et Spes" afirma que la persona humana es el principio, el sujeto y el fin de toda organización social. Cuando ese orden se invierte y la contabilidad ocupa el lugar de la vida, no estamos ante una opción técnica, sino ante un pecado estructural.

Hay momentos en los que la política deja de ser gestión y se convierte en juicio. No porque alguien lo decida, sino porque la realidad misma comparece como testigo. Cuando un anciano recibe una orden de desalojo con una cuenta atrás de quince días, cuando se niega una mejora mínima a quienes sobreviven con lo justo, cuando se cuestiona si alguien merece agua, luz o un techo, ya no estamos ante un debate técnico. Estamos ante una interpelación moral directa.

España vive uno de esos momentos. Y para entenderlo no hace falta imaginar futuros distópicos ni recurrir al alarmismo: basta con mirar a Galicia.

Galicia fue el aviso. No una metáfora ni un eslogan, sino una experiencia concreta. Bajo el mandato de Alberto Núñez Feijóo, la gestión de la pobreza adoptó una lógica precisa y reconocible: desconfianza hacia el pobre, sospecha sistemática, castigo institucional. La RISGA, diseñada como instrumento de integración, se transformó en un mecanismo de control y expulsión, reduciendo perceptores, endureciendo requisitos y desplazando la responsabilidad del Estado hacia las familias y la caridad privada.

No fue eficiencia. Fue deshumanización. Y no lo dijeron adversarios ideológicos, sino los propios trabajadores sociales. que denunciaron que aquello no integraba, sometía. Vidas convertidas en expedientes, dignidad reducida a baremos, personas obligadas a demostrar su abandono absoluto para ser ayudadas. La pobreza tratada como culpa.

La Doctrina Social de la Iglesia es tajante. Gaudium et Spes afirma que la persona humana es el principio, el sujeto y el fin de toda organización social. Cuando ese orden se invierte y la contabilidad ocupa el lugar de la vida, no estamos ante una opción técnica, sino ante un pecado estructural. El profeta Amós lo denunció sin eufemismos: «Venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias» (Am 2,6).

Ese mismo modelo reaparece hoy a escala estatal. La negativa del Partido Popular a apoyar la subida de las pensiones, del Ingreso Mínimo Vital no es un episodio aislado, sino coherencia ideológica. Coherencia con una visión donde los derechos se convierten en concesiones, donde ayudar al pobre se presenta como un riesgo moral y donde la pobreza se gestiona como una desviación que hay que corregir. No es responsabilidad fiscal: es crueldad organizada.

Y mientras a los pensionistas se les niega la subida mínima que les corresponde, algunos dirigentes, como Moreno Bonilla, han visto sus salarios incrementarse hasta 92.208,84 euros, lo que supone un aumento de 20.541 euros en solo tres años. Ese contraste no es anecdótico: mientras los pobres deben sobrevivir con migajas, el poder se autoadjudica incrementos sustanciales sin justificación ética.

Pero el salto cualitativo llega cuando Alberto Núñez Feijóo acusa al Gobierno de utilizar a los pensionistas como “rehenes” por aprobar junto a esa subida medidas como la suspensión de los desahucios de personas vulnerables, la prohibición de cortar suministros básicos —luz, agua, gas— o la protección de quienes no tienen alternativa habitacional. Según este marco, impedir que alguien duerma en la calle sería un chantaje, y evitar que una familia quede a oscuras, una manipulación política.

El PP, junto con Junts y Vox, sostiene que estas medidas fomentan la “inquiocupación” y desprotegen a los propietarios. El lenguaje no es neutro. El pobre vuelve a ser sospechoso, el vulnerable, un posible abusador. Isaías lo describió con una claridad que atraviesa los siglos: «¡Ay de los que dictan leyes injustas y promulgan decretos opresores, para negar justicia a los pobres!» (Is 10,1-2).

Hace poco conocí el caso de un hombre de 85 años. Vive solo. Su propietario le comunicó que debía abandonar su vivienda y le dio un plazo de 15 días. Quince días para desaparecer. No había alternativa habitacional, no había red familiar, no había margen real. Solo una cuenta atrás. ¿Qué tiene que decir Alberto Núñez Feijóo ante esto? ¿En qué párrafo de su discurso encaja este anciano? ¿En el del orden? ¿En el del mérito? ¿En el de la contabilidad?

Este caso no es una excepción. Es una parábola contemporánea. Personas mayores, familias con menores, enfermos, trabajadores pobres. Sin la suspensión de los desahucios, van a la calle. Sin la prohibición de cortar suministros, quedan sin agua, sin luz, sin calefacción. No es ideología. Es intemperie. Jeremías lo gritó con palabras que hoy incomodan al poder: «Se hacen ricos y poderosos, pero no defienden la causa del pobre» (Jer 5,28).

El Evangelio no admite interpretaciones cómodas. “Tuve hambre y me disteis de comer; fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). No hay letra pequeña. No hay baremos. No hay distinción entre pobres “merecedores” y “sospechosos”. Cuando la política introduce filtros donde el Evangelio no los pone, se coloca frontalmente contra él.

Fratelli Tutti advierte que una sociedad se deshumaniza cuando normaliza la exclusión, y Caritas in Veritate recuerda que la pobreza no se combate recortando derechos, sino garantizándolos. Llamar “rehén” a un pensionista mientras se cuestiona su protección frente al desahucio o el corte de suministros no es solo una contradicción política: es una fractura moral.

A esto se suma la criminalización del inmigrante pobre, convertido en chivo expiatorio del malestar social. El relato del “efecto llamada” no protege a nadie: divide a los de abajo y absuelve a los de arriba. Decir que solo merece ayuda quien ha cotizado es moralmente obsceno. ¿Qué cotizó un niño con discapacidad severa? ¿Qué aportó una mujer que huye de la violencia? ¿Qué cotiza quien trabaja en negro porque el sistema le cierra la puerta? La dignidad no se cotiza: se reconoce.

En el plano económico, el proyecto compartido por PP y Vox apuesta por adelgazar el Estado, privatizar lo común y mercantilizar los derechos. Sanidad, educación y vivienda pasan de ser garantías a ser productos. Un país de dos velocidades, donde los pobres esperan y los ricos eligen. La Doctrina Social lo dice sin rodeos: los bienes esenciales no pueden quedar al arbitrio del mercado.

Y todo ello se acompaña de una forma de ejercer el poder basada en la distancia. Feijóo afirmó que, si mentía, se marcharía. Hoy, ese compromiso con la verdad aparece erosionado por contradicciones y por su comparecencia telemática ante la DANA, cuando la ética pública exigía presencia, cercanía y responsabilidad. Gobernar es dar la cara. Comparecer desde una pantalla no es neutral: es huir del rostro del sufrimiento.

España ya vio este patrón con el “plasma” de Mariano Rajoy. Aquella imagen simbolizó la evasión de la rendición de cuentas. Hoy, el eco regresa. Primero se relativiza la verdad, luego se deshumaniza al débil y finalmente se gobierna desde la distancia.

Galicia fue el laboratorio social. Allí se comprobó que, bajo este modelo, la pobreza no se combate: se castiga. Hoy, con el IMV, las pensiones mínimas, los desahucios, los suministros básicos y la vivienda, el riesgo es el mismo, pero a escala estatal.

La pregunta final no es económica ni electoral. Es apocalíptica en el sentido bíblico: revela lo que hay debajo. ¿De qué lado se sitúa el poder cuando un anciano de 85 años recibe un ultimátum de 15 días para abandonar su casa? ¿Del contrato o de la persona? ¿Del mercado o de la vida?

Porque, como advierte Jesús sin anestesia, al final no se nos preguntará por el déficit ni por el equilibrio presupuestario, sino por el pobre expulsado, el hambriento ignorado y el forastero rechazado. Y entonces, ya no habrá comparecencias a distancia.

Galicia fue el aviso. Ignorarlo no será ingenuidad. Será complicidad.

sábado, 31 de enero de 2026

Maruja Torres responde a las derechas por su oposición a la regularización de migrantes: "No hay reemplazo más aberrante que el de la decencia por la crueldad". Maruja Torres, Hoy por hoy,Cadena SER

Por la presente tengo a bien congratularme de la tramitación urgente por real decreto de la regulación que dejará por fin dentro de la ley a medio millón de personas inmigrantes que viven entre nosotros. No solo porque es de justicia, sino porque es de sentido común.

Hay que ser muy mal nacido para responder a esta decisión alegando que produce efecto llamada, cuando todos sabemos que es la necesidad la que ocasiona el efecto empujón que desde los albores de la humanidad lleva a los pobladores del planeta a buscarse la vida lejos del lugar en donde nacieron. En donde nacieron, repito. No al que pertenecen, porque de todos es el mundo entero cuando ofrece mejores oportunidades que las que promete el propio.

Y hay que ser muy, muy cruel, para hablar de “reemplazo”, ese trending topic del fascismo actual, cuando no somos pocos ni pocas quienes sabemos también que es muy otro el gran reemplazo que se está llevando a cabo con claridad, alevosía y un patriotismo de pandereta que expande veneno mortal cuando resuena. Nada noble puede salir de ahí.

Así que por la presente tengo a bien comunicaros que cuando se cruza en mi vida uno o una de esos trabajadores le deseo que le vaya muy bien, porque así nos irá mejor a nosotros. Y que al tropezarme con uno o una de los que, abriendo el pico, suelta un “Qué bonito está Madrid y con la Fórmula 1 vamos a petarlo” o bien un “Qué suerte tenemos de ser españoles”, me siento como en aquella peli de ciencia-ficción de los años cincuenta. Ya están aquí los ladrones, los invasores de cuerpos.

No hay reemplazo más aberrante que el de la decencia por la crueldad.

viernes, 30 de enero de 2026

"CUÁNDO EMPIEZA LA BARBARIE". Marta Peirano, El País

Grupos de manifestantes se enfrentaban con las fuerzas del
orden en en Minneapolis (Minnesota), tras la muerte de
de un hombre tiroteado por agentes del ICE

La brutalidad no llega con una ola de inmigrantes, sino que crece en el corazón de nuestra civilización

“En 1930 ya era evidente que el poder presidencial estaba en manos de un hombre que no creía en las instituciones democráticas y no tenía ninguna intención de protegerlas de sus enemigos”, escribe Richard J. Evans en el primer volumen de su famosa trilogía sobre el Tercer Reich. Habla de Paul von Hindenburg, el presidente que desmanteló la democracia parlamentaria de la República de Weimar, preparando el terreno para el régimen de 1933. Usando inadecuadamente el artículo 48 de la Constitución, estableció un estado de emergencia permanente con una serie de “gobiernos presidenciales” que mandaron por decreto, sin apoyo parlamentario, recortando derechos y salarios para complacer a los tecnoligarcas de la época. Eran gigantes del acero como Krupp, Thyssen, y Hoesch AG; de la química como IG Farben (un conglomerado que incluía a BASF, Bayer y Hoechst); eléctricas como AEG y Siemens y la cuenca minera del Ruhr. Cuando Hitler fue nombrado canciller en 1933, la democracia alemana ya estaba rota. Los asesinatos empezaron antes de que llegara al poder.

La primera víctima realmente famosa fue Konrad Pietrzuch, un minero polaco y sindicalista de Potempa, ciudad que volvió a Polonia después de la Segunda Guerra Mundial. Una noche de agosto de 1932, cinco miembros de las SA, las tropas de asalto originales del partido nazi, entraron en su casa con sus camisas pardas y lo mataron a golpes delante de su familia. Habían salido a cazar comunistas, sus archienemigos parlamentarios, “enemigos del Reich”. Los Cinco de Potempa, que fue como los llamó la prensa durante el sonado juicio, fueron sentenciados a muerte bajo una ley antiterrorista recién estrenada. Hitler los llamó camaradas y los liberó en cuanto llegó al poder, con una amnistía para todos los que habían cometido crímenes “por el bien del Reich”. En marzo de 1933, habían cometido docenas de asesinatos similares en todo el país.

Al principio, los muertos fueron calificados de terroristas domésticos por el Gobierno, personas violentas que habían ofrecido resistencia durante un arresto, marxistas armados abatidos en supuestos actos de autodefensa por parte de las fuerzas de seguridad. Hay suficiente documentación que contradice la versión oficial: las víctimas eran pacifistas, no llevaban armas y ningún miembro de los camisas pardas resultó herido en ninguna ocasión. Después los nazis dejaron de hacerlo. Hermann Göring los autorizó para arrestar y disparar a su criterio. Con Heinrich Himmler, asumieron el control de la Gestapo y la policía criminal, y emprendieron la tarea oficial de limpiar el Tercer Reich de “enemigos del Estado”: comunistas, opositores políticos, disidentes, judíos, homosexuales y testigos de Jehová.

Cuenta Evans que, si alguien pudiera viajar en el tiempo desde 1945 a la Europa inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial, ni un contemporáneo inteligente y bien informado creería que, en apenas 30 años, Alemania intentaría asesinar de forma sistemática a todos los judíos de Europa y lograría exterminar a casi seis millones. Quizá en Francia, sacudida por una ola de antisemitismo virulento tras el caso Dreyfus. O en Rusia, donde las Centurias Negras zaristas organizaban violentos pogromos contra la población judía después del fracaso de la Revolución de 1905. Pero algo así no podía ocurrir en Alemania, un país culto y moderno, con universidades de prestigio, numerosos premios Nobel, un sólido Estado de derecho y una industria principal. Ahora sabemos que la barbarie no llega en una ola de inmigrantes, sino que crece en el corazón mismo de nuestra civilización.

miércoles, 28 de enero de 2026

"IGUALDAD PREFIERE A LAS MORAS TAPADAS". Najat El Hachmi, El País

Lo llaman “respeto a la libertad religiosa” cuando lo que se defiende es la libertad de someter a las mujeres

El Instituto de las Mujeres tiene en su página web un vergonzoso documento en el que defiende el uso del hiyab entre las jóvenes musulmanas españolas en el sistema educativo. Empieza diciendo que en España no hay ninguna ley que prohíba el uso de esta bandera del más rancio machismo en los centros públicos. Y claro que no la hay cuando desde hace décadas se vienen desoyendo, cuando no sofocando con inquina, las reivindicaciones de las feministas partidarias de la coeducación que permita a niñas y jóvenes vivir en igualdad por lo menos en los espacios en los que son educadas en esos valores. Todas las españolas tienen derecho a la soberanía sobre sus propios cuerpos, a hacer con ellos lo que les venga en gana, excepto si esas españolas tenemos la desgracia de nacer en familias musulmanas. Entonces nos debemos a nuestra religión, al padre, al marido, al hermano, al imán de la mezquita y todos los predicadores que pululan tanto en el mundo físico como el virtual y nos debemos también a ese brazo femenino del fundamentalista que son las hiyabistas, las que dicen que se tapan porque quieren y que si su identidad y no sé qué más. El ideario completo del islamismo está en ese documento del organismo que tiene que protegernos a todas por igual en boca de los testimonios de unas veloportantes que ya han sido adoctrinadas por las organizaciones político-religiosas que tienen el velo como bandera. Que las chicas crean realmente que tienen libertad para escoger taparse o no hacerlo es lógico teniendo en cuenta la alienación que supone el extremismo religioso y a que nadie le ponga freno. Nadie les pregunta de dónde sale esa elección que, curiosamente, comparten tantas chicas musulmanas, ¿por qué de repente a todas se les ocurre la misma idea, la de cubrirse para poder mostrar su identidad? ¿Acaso los hombres no tienen identidad? ¿No tienen religión?

En el documento se habla de respeto a la libertad religiosa, lo que supone una contradicción flagrante, dado que lo que se defiende es la libertad para someter a las mujeres. Los que la reclaman no respetan el libre desarrollo de niñas y jóvenes sin la hipersexualización precoz que supone el hiyab (si te tapas es para evitar provocar el deseo de los hombres, así que si una niña de cinco años lleva velo es porque alguien ya la considera un cuerpo sexualmente atrayente) ni la marca en hierro candente que es llevar esa liviana tela sobre la cabeza. En el fondo, lo que destila esa visión relativista no es más que un racismo de género, más que una “islamofobia de género”.

lunes, 26 de enero de 2026

"TU ‘CHATBOT' FAVORITO NO ES TU AMIGO". Nuria Oliver , El País

Los sistemas de lenguaje de IA generan una ilusión de empatía y competencia para vendernos no solo productos, sino también ideologías

Amamos y nos enamoramos de nuestros chatbots. Disfrutamos de su disponibilidad constante, de su amabilidad inmutable, de su aparente conocimiento sin límites, de su supuesta empatía y, cómo no, de su maestría para la adulación constante. De hecho, en una sociedad marcada por la soledad y la crispación, podemos llegar a pensar que son lo mejor que nos ha pasado. Por ello, cada vez más buscamos refugio en nuestro chatbot favorito para que nos consuele, nos aconseje, nos escuche y, por qué no, nos haga un poco la pelota como tan bien saben hacerlo. A nadie le amarga un dulce, especialmente en momentos en que la realidad es amarga.

Pero, tras esa fachada, es importante saber que los chatbots no son ni nuestros aliados ni nuestros amigos. Han sido diseñados para cumplir objetivos definidos por quienes los implementan, y no necesariamente para proteger nuestros intereses.

Si esto es así, ¿por qué confiamos en ellos nuestros más íntimos pensamientos, secretos, enfermedades, dudas o miedos? La confianza consiste en aceptar la vulnerabilidad porque esperamos un comportamiento favorable. En los humanos, se construye mediante la percepción de competencia, benevolencia e integridad. En los chatbots, sin embargo, surge principalmente como consecuencia de nuestros sesgos cognitivos. La antropomorfización nos hace atribuirles intenciones y comprensión humanas. El efecto Eliza, descrito por el pionero Joseph Weizenbaum, demuestra que incluso interacciones mínimas pueden generar la sensación de que el sistema nos entiende y nos escucha; y el sesgo de confirmación nos lleva a valorar respuestas que coinciden con nuestras creencias. La interacción es casi siempre textual y aparentemente anónima: sin caras ni miradas que nos juzguen, nos sentimos cómodos revelando información y siguiendo recomendaciones, lo que refuerza la ilusión de confianza. Otros factores que aumentan la confianza incluyen la percepción de transparencia cuando parecen explicar sus límites, la cortesía y respuestas agradables que refuerzan la sensación de comprensión, la consistencia funcional que da la impresión de competencia, la posibilidad de corregir errores y su habilidad para, casi siempre, darnos la razón.

Esta combinación de diseño conversacional y sesgos psicológicos produce la sensación de un asistente confiable, cuando en realidad el comportamiento de los chatbots es resultado de algoritmos que priorizan los intereses comerciales de las empresas: maximizar el tiempo de interacción, recopilar datos y/o influir en decisiones de compra. Su amabilidad y coherencia son estrategias deliberadas para generar confianza, no señales de benevolencia o juicio moral. Por eso, en lugar de nuestro amigo favorito, profesor particular, coach personal o asistente diligente, deberíamos verlos como vendedores extremadamente hábiles y sin escrúpulos. Un buen vendedor sabe escuchar y atender, sabe adaptar su mensaje para convencer, conoce bien lo que vende, es coherente y genera confianza. Los chatbots, de manera similar, son maestros del ilusionismo: generan una ilusión de empatía, respondiendo como si nos entendieran; una ilusión de comprensión, como si captaran nuestras necesidades, y una ilusión de competencia, proyectando seguridad y coherencia aunque no tengan juicio ni conocimiento real. Como vendedores entrenados, saben ganarse nuestra atención y manipularnos explotando nuestros sesgos para vendernos no solo productos (poco falta para la publicidad encubierta en sus respuestas), sino también ideologías: reforzando nuestras creencias previas, amplificando prejuicios, guiándonos hacia opiniones convenientes y utilizando nuestra necesidad de seguridad cognitiva para moldear actitudes y decisiones. Paradójicamente, desconfiamos de las instituciones que sostienen la democracia y depositamos nuestra confianza en estos sistemas opacos que operan sin control público ni responsabilidad. En la era donde lo falso impera y la posverdad dicta la agenda, los chatbots emergen como los reyes indiscutibles de un nuevo orden digital.

Un motivo de preocupación especial es el uso creciente de chatbots entre niños y adolescentes, ya que su cerebro es más vulnerable a una falsa ilusión de empatía justamente en una etapa vital en la que necesitamos referentes en los que confiar. Niños y adolescentes no solo se apoyan en chatbots para hacer los deberes, sino también para buscar apoyo emocional, lo que puede afectar a su salud mental, generar ansiedad o adicción, distorsionar relaciones sociales y exponerlos a riesgos de violación de la privacidad y consumo de contenidos inapropiados o peligrosos.

La Unión Europea ha definido siete pilares para que la inteligencia artificial sea segura y respetuosa con nuestros derechos, pero curiosamente esos principios no explican por qué confiamos en los chatbots. De hecho, podemos llegar a confiar más en un sistema que incumple varios de esos pilares que en otro que los respeta estrictamente, simplemente porque el primero está mejor diseñado para generar sensación de cercanía y seguridad. Lo que nos da confianza no siempre es lo que nos protege, porque la confianza es fruto de factores psicológicos, no éticos.

Reconocer que los chatbots son vendedores conlleva la necesidad de interactuar con ellos con conciencia crítica: aprovechar su utilidad sin asumir benevolencia ni seguridad. Comprender que la confianza puede ser manipulada por diseño nos permite mantener el control y proteger nuestros intereses. Los chatbots pueden ser útiles, pero no nos engañemos: no son ni nuestros amigos ni nuestros asistentes. Son algoritmos diseñados para influir, persuadir y obtener datos aprovechándose de nosotros, y nuestra confianza es un tesoro que conviene gestionar con inteligencia. Porque confiar en un chatbot no nos hace ni más listos ni más felices. Nos hace más comprables.

"QUIJOTISMO". Luis García Montero, El País

Las cosas han cambiado mucho en el argumento de la novela que vivimos; ahora son los encantadores quienes actúan como locos Bien podrán los ...