viernes, 8 de mayo de 2026

"SEMANA SANTA: ¿QUÉ TRADICIÓN?". Azahara Palomeque, Publico.es

Cuando mi abuela Luciana me llevaba de la mano a ver procesiones yo me estremecía entre el ritmo de los pasos, el olor a incienso y el sentimiento que le entraba a ella hasta las lágrimas a raíz de aquel desfile. Era capaz de hilvanar una historia bíblica a partir de las esculturas, y me la contaba bajito, susurrando, mientras se persignaba tocando centímetros de una ropa elegante, pues debíamos, si no estrenar, sacar las mejores galas del armario para la ocasión, al igual que los zapatos. Un año, mi madre me compró unas manoletinas de piel rematadas con una flor que yo arranqué cuando todo el mundo dormía, porque me parecía una cursilada; pero otro, mi abuela –ella sí sabía– me regaló un par de charol sin moña que aún hoy me pondría si las tuviera adaptadas a mi talla. Siempre me gustó la Semana Santa, como lugar de reunión familiar que invitaba a la excepción, no sólo respecto al atuendo, sino también, por ejemplo, en lo concerniente a la comida: qué rico el bacalao frito, y los pestiños. Décadas más tarde, ya fallecida su fervorosa espectadora, he seguido sintiendo que aquella festividad me pertenecía, debido a ese componente espiritual que guarda mucho de baúl afectivo y memoria. Sin embargo, algo se ha roto en la ecuación y no sólo porque falten mis mayores: quizá su finalidad última, lo que volvía especiales los encuentros y albergaba el deseo de esperar justo al mismo instante del año siguiente.

Recientemente, una cofradía multitudinaria de Sagunto (Valencia) ha votado por mayoría de dos tercios de cofrades –todos hombres– impedir que las mujeres participen en las caminatas destinadas a pasear a los santos en angarillas. La decisión ha desatado no pocos detractores, e incluso el gobierno ha puesto el foco en el asunto por una posible violación de las premisas democráticas de igualdad con que intentamos regir la vida. El argumento adoptado para tal sentencia es tan sencillo como demoledor: "la tradición es la tradición" –dijeron–, como fuente inamovible de unas prácticas que, por definición, mutan a lo largo de la historia. En el Malleus maleficarum (1487), dos frailes alemanes propusieron novedosos métodos de tortura y muerte para las brujas, señoras a las que asumían pactando con el diablo. Gracias a ese libro sabemos que miles de féminas inocentes fueron quemadas en la hoguera, instaurándose así una tradición que también caló en España, aunque de manera más minoritaria que en el norte de Europa. Lo curioso es que los autores del famoso libro se quejaban de que los castigos fuesen tan blandos: antiguamente se arrojaba a los herejes a las fieras –reportaron–; ahora se prefiere que ardan, sólo porque la mayoría son mujeres. ¡Qué benevolencia!

Quizá debamos dar las gracias por haber superado aquella fase de violencia, pero lo que quiero resaltar aquí es el hecho de que, con la tradición, nunca llueve a gusto de todos. Tradicional fueron las palizas y los llamados "crímenes pasionales", la homofobia, pero también –durante otras épocas– la tolerancia religiosa entre judíos, cristianos y musulmanes. En cuanto a la abarcadura de mi propia memoria, considero tradicional una juntura social en torno al compás de los nazarenos y nazarenas, sus cirios y la banda de música que los acompañaba por unas calles libres de turistas. Porque todo el mundo compartía unos códigos de respeto ceremonioso y sólo se alzaba la cámara de profesionales, los elementos de la performance penetraban de forma profunda hasta en los corazones más descreídos. Ahora acuden hordas de visitantes que, en Andalucía, desde donde hablo, anegan cada vericueto e impiden el tránsito incluso en situaciones de emergencia; la colonización masiva del espacio público se da, además, en unos cascos históricos donde algunos lugareños tampoco viven: sólo se acercan, en sus coches, cuando les conviene, reclamando más aparcamientos antes de retornar a la España de las piscinas, que diría Jorge Dioni. El carácter popular del ritual queda profanado por butacas de pago a lo largo de los trayectos; la fe –que solía ser austera– se mide en ocupación hotelera y miles de euros. Supongo que esos okupas no importan tanto en las agendas políticas, pero tradición, lo que se dice tradición, no son.

Tampoco recuerdo yo que antaño se llegase al fin de la cuaresma en AVE, aunque en Málaga andan rasgándose las vestiduras porque la alta velocidad ferroviaria no funciona, como consecuencia de las últimas lluvias atroces, y eso repercute directamente en el descenso del turismo. ¿Qué parte de los usos y costumbres se valora y cuál no? Si queremos que lo habitual continúe inexpugnable, ¿no deberíamos propugnar una celebración calmada entre vecinos que no perciban, de madrugada, las ruedecitas de maletas dirigiéndose hacia la cerradura sin llave, apenas el código bajo el cartel que reza "AT"? Y las niñas de merceditas de charol acurrucadas bajo las faldas de sus abuelas; y la absoluta mudez reverencial frente a la procesión del silencio, ¡ah!, cuando no había borrachos que la perturbasen. Lástima de tradición crematística rabiosamente contemporánea, nunca protegida por ningún corpus jurídico.

jueves, 7 de mayo de 2026

"MACHITOS RESENTIDOS". Najat El Hachmi, El País

Compadecerse de los adolescentes por la pérdida de sus privilegios patriarcales les perjudica; hay que animarles a que se pongan las pilas

Pobrecitos míos, esos chavales reaccionarios. Hay que entenderlos. Claro, ¿cómo no se van a sentir mal si están todas las chicas adelantándoles a derecha e izquierda, formándose más, sacando mejores notas, organizando mejor sus vidas? ¿Cómo no nos van a dar pena si resulta que ellas saben bien lo que quieren y ya no están para aguantar a niñatos posesivos, ni dispuestas a sufrir ni por amor ni por sexo ni por príncipes de ningún color? Ni un segundo hemos tardado en justificar su pataleta contra el cambio cultural de la igualdad y lo que les pide: que renuncien a los privilegios de género que vienen heredando desde hace siglos por simple razón biológica mediante esa sólida estructura llamada patriarcado. No, hay que entenderlos a ellos, tan frágiles, tan heridos por esa charla sobre violencia que les dieron un día en el instituto. No es el machismo lo que los hace machistas sino el feminismo, mira tú por dónde. ¿Cómo se explica que un niño que ha crecido en las mismas aulas que sus homólogas femeninas de repente llegue a la adolescencia y se declare partidario de un orden antiguo hegeliano en el que el esclavo siempre se flexiona en femenino? ¿Cómo unas criaturas con madres trabajadoras, fruto de parejas que se escogen y se vinculan libremente (para eso está el divorcio) puedan transformarse en aspirantes a machos dominantes? ¿Cómo, pero cómo puede ser que habiendo crecido en una sociedad en la que hay maestras, médicas, funcionarias, mujeres policía o soldado, cómo se puede tener por normal esa rebelión contra lo que no es más que una cuestión de equidad y justicia? Pobrecitos, repiten, no mojan porque ellas se han vuelto exigentes, desean y aman siendo fieles a sí mismas, sin someterse y claro, los que no las quieren así, emancipadas e independientes, no tienen opciones. Y por ellos debemos llorar, nos dicen. Como las madres de antes, que sentían pena por el niño al que todo le costaba mientras que a la niña le mandaba hacerle la cama, fregar los platos, recoger la ropa sucia del hombrecito de la casa. Y esa compasión por los machitos destronados los perjudica a ellos aunque no lo vean. En vez de acompañarlos en el lloriqueo alguien (a ser posible un hombre adulto) debería decirles que se pongan de una vez las pilas, que si quieren llegar a sus compañeras no les queda otra que cambiar de cultura y sumarse a la del feminismo. Y que esos que les susurran a través de las pantallas que volverán tiempos pasados de dominación masculina no son más que timadores embusteros que los están llevando a engaño. Y en masa.

miércoles, 6 de mayo de 2026

"ALFABETO DE MACHO ALFA". Irene Vallejo, El País

Fernando Vicente

Sobre los animales siguen circulando simplificaciones, que algunos usan para justificar sus ideales sociales

De madrugada el despertador taladra nuestros sueños. Es el heraldo chillón de los horarios y las obligaciones, de las tareas nuestras de cada día. En esos instantes todavía oníricos, entre bostezos, alguien añora tal vez una vida sin jefes ni imposiciones. En lugar de legañas y atascos de tráfico, imagina un mundo a su mando, una vida sometida solo a su voluntad. Y mientras acalla a la fiera aulladora que da la hora desde la mesita de noche, fantasea con parecerse a esos animales salvajes y pletóricos que aterrorizan la selva. Al parecer, existen tantos hombres deseosos de encarnar la quimera del macho alfa que ha nacido un nuevo negocio: el mercado ofrece campamentos de endurecimiento para padres e hijos, concebidos por gurús del ramo. Prometen largas tandas de flexiones, baños en agua helada y rutas reptando entre barrizales y alambradas, amenizadas por arengas de marines retirados, todo incluido. Garantizan la inmediata transformación en un tipo duro y triunfador, un auténtico jefe de la manada.

Somos carne, hueso y fantasías. Pensamos el mundo y, en algún momento misterioso, las teorías se impregnan de nuestras burbujeantes ilusiones. El concepto del macho alfa empezó siendo una descripción estrictamente científica, pero brincó al territorio anhelante de las aspiraciones. En el camino se forjó un gran malentendido. El primatólogo Frans de Waal, que contribuyó sin pretenderlo a construir el mito, señala que la expresión se refería a los lobos, luego incluyó a los primates, pero no se aplicaba a los humanos. Todo cambió cuando su libro La política de los chimpancés catapultó el concepto al torrente de las revistas, los vídeos y los discursos sobre el liderazgo agresivo. La biología parecía refrendar un viejo sueño de poder. Había nacido un arquetipo social: el hombre arrogante y avasallador que domina intimidando a sus competidores.

Desde entonces, De Waal ha intentado rebatir esos estereotipos falaces. Explicó que en cada grupo de primates hay un macho alfa, pero también una hembra alfa; ambos no se excluyen y a veces trabajan juntos. Contra la idea extendida, el macho de mayor rango no es el más grandullón. La posición en la cima no se dirime en la cruda lucha, sino a través de un proceso político que depende de coaliciones. Si el cabecilla resulta demasiado violento —a veces triunfan tiranos y matones—, alguien suele desafiarlo y los demás apoyan la revuelta. En la naturaleza, el macho alfa ideal protege a los desvalidos, detiene peleas y mantiene al grupo unido. Hay diferentes tipos simultáneos de poder: las imponentes abuelas alfa ejercen el mando por sus conocimientos, carisma y redes de apoyo. De Waal lamentó que una lectura interesada modificara el sentido del término en la primatología. “Deberíamos volver al significado original, el del líder responsable macho —y muy a menudo hembra— que vela por la convivencia. Esa tontería sobre demostrar quién es el jefe siendo autoritario, obtuso y egoísta para quedarse con las chicas es una equivocación".

A lo largo del tiempo, una y otra vez hemos mirado a otras especies animales para entender quiénes somos. Más egolatría que biología: siempre se trata de nosotros. Ya en las fábulas del griego Esopo, animales antropomórficos encarnan nuestros rasgos y pasiones: el zorro es astuto; el burro, estúpido; el león, rey todopoderoso; el lobo, rapaz y traicionero; la cigarra, indolente y poco previsora; la oveja, ingenua. Estos personajes ofrecen una mirada con moraleja sobre la humanidad, pero nada revelan sobre esas especies. El escritor hondureño guatemalteco Augusto Monterroso escribió, entre otras fábulas contemporáneas, El mono que quiso ser escritor satírico. En ella, el mico —y cómico— protagonista asiste a todos los cócteles de la jungla para observar por el rabillo del ojo a sus congéneres animales mientras unos y otros, copa en mano, charlan sobre política internacional. Le abrían las puertas de los más elegantes salones selváticos porque era gracioso y entretenía a todos con sus piruetas. Y así —escribe Monterroso— llegó a ser, entre la fauna, “el más experto conocedor de la naturaleza humana”.

Sobre los animales siguen circulando simplificaciones, que algunos usan para justificar sus ideales sociales. Si los machos alfa de los chimpancés no son como pretenden ciertos gurús, tampoco las hembras reales se amoldan al estereotipo de criaturas pasivas, menudas, desvalidas o complacientes. En su ensayo Hembras, Lucy Cooke, especialista en Zoología, describe sociedades animales dominadas no por machos, sino por hembras que van desde el tipo más benevolente hasta el más brutal. Despliegan un fascinante espectro de anatomías y conductas. Pueden competir entre sí con saña: las antílopes topi se enzarzan en feroces batallas por los machos más deseados, mientras las matriarcas suricatas son el mamífero más sanguinario del planeta. Existen arañas hembra caníbales que se comen a sus amantes como tentempié después del coito, o lagartijas que prescinden de los machos y se reproducen por clonación. El animal más grande conocido es la hembra de la ballena azul —que supera al macho de su especie—. Un ejemplar capturado en las islas Georgias del Sur medía 30 metros de largo y pesaba 173 toneladas: tres veces la longitud de un autobús de dos pisos y más de trece veces su peso.

Según Cooke, observar con verdadera atención a los animales enriquece nuestra visión de lo que significa ser hembras. Se documentan madres cariñosas, pero también otras que se desentienden de la descendencia. En la mayoría de especies de peces, los padres se encargan solos del cuidado de las crías, mientras las madres desaparecen para siempre. Algunos machos, como el del caballito de mar, incluso dan a luz. Tras el cortejo, la hembra deposita sus huevos en el saco de crianza del macho, donde este los insemina. Diversas investigaciones recientes revelan que el carnoso saco del macho se asemeja mucho a un útero.

Solemos contemplar el reino animal a través del prisma de nuestra existencia más bien limitada —y usarlo para limitarnos todavía más—. Muchos creen que la naturaleza enseña a las sociedades humanas lo correcto: es la falacia naturalista. El error consiste en convertir una descripción en prescripción moral o política. Hay machos que devoran a las crías de una hembra para aparearse con ella, o hembras que se zampan a su pareja sexual. Sucede en el seno de la madre naturaleza, pero eso no lo convierte en pauta de conducta. No es cierto que lo natural sea siempre bueno y lo cultural no: en la vida salvaje pueden devorarte vivo, pero no te graduarán unas gafas ni recibirás un trasplante de corazón.

El estudio de las especies vivas demuestra que, lejos de las expectativas estrictas y obsoletas, el abanico de conductas es variopinto y dinámico. Sea lo que sea lo que busques, encontrarás algún ejemplo en apoyo de tu posición. Existe la competencia descarnada, pero también abunda la colaboración. Las características de los animales, tan variadas como plásticas, no ofrecen un modelo unívoco. O más bien sí: de capacidad para transformarse, perpetuo ajuste y lucha por la supervivencia. Machos y hembras, hombres y mujeres nos parecemos en la asombrosa diversidad que podemos desplegar. ¿Qué es la bravuconería alfa? Un delirio fanfarrón, una sombra, una ficción. Antes de creer en energías masculinas y femeninas, Frans de Waal reclamaba que aprendamos biología: será una revelación e incluso una revolución.

lunes, 4 de mayo de 2026

"LA LECCIÓN GALLEGA DE LA INMIGRACIÓN". Arturo Lezcano ,El País

Los gallegos emigrados sufrieron el mismo látigo de los tópicos étnicos y de clase, reduccionistas e hirientes, que se aplica ahora a las nuevas colectividades inmigrantes

A veces los mapas son jeroglíficos que al resolverlos funcionan como un libro de historia. En el interactivo que publicó EL PAÍS el pasado día 14 para radiografiar la presencia de extranjeros en España hay un detalle imperceptible a primera vista. Lejos de las grandes zonas de inmigración —las costas, los centros agrícolas y las grandes ciudades— aparece un punto aislado con una alta concentración de foráneos. Está en el interior de Galicia, en el límite entre las provincias de Ourense y Pontevedra, aparentemente un lugar con poco reclamo, habida cuenta del despoblamiento y el nulo desarrollo industrial. En ayuntamientos como Avión, Beariz, Boborás o A Lama viven más de un 30% de extranjeros, según el censo, aunque pocos lo sientan así, ya que sus familias salieron de ese lugar al que ellos, descendientes, han vuelto. En ese cuadrilátero migratorio —tanto de expulsión como de acogida— se encierra siglo y medio de historia y, también, se guarda una lección de peso en torno al debate sobre las migraciones y la regularización aprobada por el Gobierno.

Dos millones de gallegos dejaron su aldea por América entre 1850 y 1960, apenas por debajo de Irlanda en porcentaje de población. Iban a cubrir la acuciante demanda de mano de obra no cualificada en países en pleno crecimiento. En los años 60 cambiaron los barcos por la carretera y se encaminaron al centro y norte de Europa, donde se requerían brazos para las fábricas, la construcción, la hostelería. La fuerza de trabajo llegó del sur pobre del continente, entre otros lugares de Galicia, donde la sangría demográfica fue más bien una hemorragia sin freno justamente en los puntos negros del mapa. El historiador Félix García Yáñez calcula que en la década de 1960 emigró el 56% de la población de Ourense de entre 18 y 40 años. Hay que leerlo dos veces para darse cuenta de la magnitud del fenómeno.

Cuando España empezó a converger con Europa se produjo el retorno desde la Europa rica, donde magrebíes y subsaharianos de las excolonias reemplazaron a italianos, portugueses y españoles como mano de obra barata (y garantía para pagar las pensiones). En Galicia, que es pura migración, a ese regreso se añadió el más reciente de los descendientes latinoamericanos. Solo han cambiado los prefijos, de emigración a inmigración, pero las causas de las diásporas, sus patrones de vida y sus comportamientos son demasiado parecidos como para desdeñarlos ahora que las flechas en los mapas son de entrada y no de salida. ¿Cómo no va a haber empatía entre los gallegos, algo que se podría ampliar a asturianos, vascos, andaluces o canarios? Hagamos un ejercicio de comparación entre los que se fueron y los que han ido llegando.

Cuando alguien dice que la inmigración irregular la provocan el tráfico de personas y las mafias, habría que recordar la aventura de terror que era salir hacia América desde Galicia en las primeras oleadas. Atraídos por los ganchos de las navieras y consignatarias, muchos eran engañados con propaganda falsa. Hubo casos sangrantes, como el contingente que llevó como esclavos a Cuba a cientos de gallegos para la zafra del azúcar o el reclutamiento masivo para la construcción del Canal de Panamá. Entre los 40.000 obreros había una mayoría de afroantillanos, pero también 6.500 gallegos, expuestos a las penurias del clima y las enfermedades.

Se escucha a políticos pedir el cierre de fronteras, pasando por alto que a nuestros coterráneos les abrieron las puertas de par en par en América: Brasil subvencionaba la inmigración al punto de pagar el billete a los trabajadores, porque necesitaba músculo para las ingentes infraestructuras que emprendió en el salvaje interior del país. El México de Lázaro Cárdenas tendió la mano al exilio de la Guerra Civil, e incluso Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. En los años cincuenta Venezuela promovió una política sin restricciones: en un lustro entraron 150.000 españoles a un país de cinco millones de habitantes. Hoy hay unos 700.000 venezolanos en una España de casi 50 millones, menos de la mitad en términos porcentuales.

Donde no se abrían puertas se tiraban abajo de manera irregular, ya fuera con entradas clandestinas sin papeles, como polizones, numerosísimos, o estableciendo cadenas migratorias que facilitaban la radicación a través del parentesco y la reunión familiar, enrolados en los mismos trabajos manuales o pequeños negocios comerciales de escala muy básica. Como ocurre hoy con las nuevas diásporas, no todos eran exiliados económicos, sino también refugiados políticos o incluso militares, huyendo de reclutamientos y guerras. Casi todos varones jóvenes en un primer momento, y no todos honrados padres de familia o hijos ejemplares; también pícaros, buscavidas y escapistas. Pero esto no va de poner adjetivos, sino de entender que la gente se marcha de su país para mejorar, da igual en qué siglo o continente de salida y entrada suceda.

“Éramos como los venezolanos que ahora nadie quiere aquí”, me dijo en Panamá un oriundo de Ourense. Él llegó como ambulante, cuando los gallegos en América se apretujaban para dormir turnándose los colchones, el sistema de camas calientes —quizás les suene— en viviendas colectivas: “conventillos” en Argentina, “repúblicas” en Brasil, “vecindades” en México, tenements en Estados Unidos, por cierto todos ellos países llamados a sí mismos con orgullo “naciones inmigrantes”.

En Nueva Jersey se instaló una última oleada, consecuencia de la crisis pesquera tras la entrada de España en la CEE. Como tantos ahora, ingresaban en el país en avión sin visado y ya no salían. Otros, más avezados, se enrolaban en un buque mercante en Galicia y al llegar a la orilla americana se quedaban para siempre. “Saltaban el barco”, así lo llaman sus descendientes, ellos ya sí regularizados antes de las arremetidas del ICE de Trump.

A los que repiten el mantra de que los extranjeros no se integran se les podría llevar a visitar a nuestros migrantes, que a duras penas aprendieron inglés. A quienes dicen que los recién llegados se encierran en sus culturas y forman guetos se les puede recordar que los gallegos eran conocidos por invadir calles y plazas para sus xuntanzas y romerías. También lo eran por sus centros gallegos, que les daban respaldo asistencial y un lugar para el ocio al margen de la sociedad. En algunos países latinoamericanos se siguen casando entre coterráneos y mantienen la zeta en el habla como símbolo de estatus. En otros, todavía en este siglo, se hacía la matanza del cerdo en pueblos y ciudades. Y en toda América se siguen escuchando la lengua gallega y las gaitas. No solo es folclore e identidad; también se mantienen los negocios cerrados dentro de la colectividad y se celebran como una marca distintiva.

Ahora cambiemos la gallega por cualquiera de las nuevas diásporas. Podría repasarse punto por punto y el relato sería semejante, y hay algo que sería idéntico. El látigo de los tópicos étnicos y de clase, reduccionistas e hirientes, que fueron arrastrando los gallegos en todos esos países, chistes incluidos, se aplica ahora a las nuevas colectividades inmigrantes. Esa herida compartida añade grados a la empatía y funciona como antídoto contra la xenofobia: hasta la fecha, Galicia es la única comunidad donde la extrema derecha carece de representación, pues no ostenta ni un solo cargo público, ni siquiera a nivel municipal.

Quizás porque los gallegos saben que ir contra las migraciones es como ir contra la lluvia: una pérdida de tiempo. Y porque cualquier día el mapa se da la vuelta otra vez y ellos serán los primeros en saber cómo abrir la misma puerta que algunos quieren poner al campo. Otro imposible.
  • Arturo Lezcano es autor de El país invisible. La epopeya atlántica de la diáspora gallega (Libros del KO).

domingo, 3 de mayo de 2026

"PILLARLE EL TRUCO". Juan José Millás, El País

A veces, en mitad de una conversación trivial o mientras espero a que cambie el semáforo, algo se desajusta de pronto

De pequeño, se me salía con frecuencia la cadena de la bicicleta, de modo que adquirí cierta maña para obligarla a regresar a su sitio. Bastaba un pequeño salto, un cambio de ritmo en el pedaleo, una distracción mínima, y la cadena se desprendía de los dientes del plato con un chasquido seco que interrumpía su marcha. Yo me bajaba, le daba la vuelta y, manchándome las manos de grasa, volvía a poner las cosas en su lugar. Había algo tranquilizador en ese gesto: la certeza de que el mecanismo, aunque traicionero, obedecía a unas leyes. Si encontrabas el punto exacto, si tensabas lo suficiente, todo volvía a encajar. La bicicleta recuperaba su sintaxis y yo podía continuar el trayecto (o la frase) como si nada hubiera ocurrido.

Con los años, también a mí se me sale la cadena. No hay un chasquido audible, pero sí una especie de desplazamiento interior, una pérdida de engranaje con la realidad. Ocurre en momentos inesperados, a veces en mitad de una conversación trivial o mientras espero a que cambie el semáforo. De pronto, algo se desajusta: las palabras de los otros suenan huecas, los gestos se vuelven mecánicos, y yo experimento la sensación de haberme salido del carril común. Como si la relación con el mundo, que damos por hecha, se hubiera roto.

No sé cómo devolverme a mi sitio. Quizá, se me ocurre a veces, no tengo sitio. Me mancharía con gusto las manos si ese fuera el precio. Pero no hay un plato ni un piñón donde recolocar lo desacoplado. Permanezco entonces en una situación de atonía, observando desde fuera una realidad que continúa sin mí, perfectamente engrasada, indiferente a mi avería. Por lo general, el engranaje se recompone solo. Una frase, un golpe de luz, o un recuerdo cualquiera actúan como ese pequeño empujón que devolvía la cadena a su lugar. Entonces, las palabras recuperan su peso, los semáforos su utilidad, y yo, más o menos, mi papel en el conjunto. Pero no logro pillarle el truco.

sábado, 2 de mayo de 2026

"FELIZ DOS DE MAYO". David Uclés, La Vanguardia

¡Feliz día de la Comunidad de Madrid! Un enclave idóneo para asentarse. Una de las regiones de Europa más prósperas, ajena a la escisión norte-sur entre ricos y pobres, ni en la región ni en la capital. Así, la sierra verde del norte y la campiña seca del sur tienen el mismo PIB, y las célebres divisiones de Salamanca y Lavapiés resultan intercambiables, resultado de no tener que habitar el madrileño la pobreza ni entornos discriminados. Madrid, donde no existe ninguna laxitud política ante el posible abuso de las fuerzas de seguridad que persiguen a manteros e inmigrantes sin papeles como si fueran la causa y no el resultado de un sistema corrupto.

Es, también, una comunidad unida a la capital del reino: la gran ciudad que te acoge con los brazos abiertos. Quizás porque el precio del alquiler es razonable y se puede vivir cerca del trabajo, así como dentro de la M30, en su corazón cultural y espiritual. No encontrarás pisos a precios desorbitados, sin apenas ventilación y en zonas no habitables: garajes, porterías y trasteros. Quien vive en Madrid y se deja el sueldo en el alquiler es porque quiere. Y esto se debe al esfuerzo de sus políticos: nacionales, regionales y locales.

Pero la excelencia de una comunidad no solo la otorga un inmueble digno. En Madrid, si enfermas, las listas de espera son casi inexistentes. La sanidad pública no está amenazada por la privada –tampoco la universidad–. Si, además, sobreviniera una nueva pandemia, las instituciones no te dejarían morir en casa. Las cifras dibujadas en las camisetas por los trabajadores de las residencias serían un valor cercano al cero. Y las mascarillas tendrían el precio intervenido gracias a los pactos de sus políticos.

¡Qué honor poder decirse uno de Madrid! Una tierra permeable a otros regímenes democráticos que ha concedido medallas a Milei y a Donald Trump por ser “el principal faro del mundo libre”. Muy porosa culturalmente. ¡Si hasta tiene su propia falla en Madrid Río! Un espectáculo que agrada sobre todo a la fauna del río.

No tiene playa ni montaña, pero no le hace falta. Siempre se puede fabricar una. A tal efecto, se renombraría si fuera necesario la estación más importante de la capital como Vodafone Sol y se rotularía para Año Nuevo la Puerta del Sol con las letras de una serie de Netflix. Estas usurpaciones identitarias se compensarían con el esfuerzo político para que resistan los negocios de barrio de toda la vida. Porque esta ciudad no es una bella carcasa de tripas parasitadas por multinacionales y fondos buitre. Madrid ha sido la primera región occidental en prohibir los alquileres turísticos y en reducir a dos el número de inmuebles permitidos por persona. Ha sentado jurisprudencia al respecto. No ejecuta orden sin contemplar al pueblo. La identificación con el ciudadano es clave. Por eso, aquí es gratis hasta orinar en las estaciones. La sola idea de que el baño de Atocha fuera de pago es ridícula.

Pero lo mejor de Madrid es que sus dirigentes nunca se vanagloriarían de una gestión impoluta ni señalarían Madrid como un paraíso. Son conscientes de que están lejísimos de asegurar a sus habitantes unos derechos básicos como vivienda digna, educación y sanidad públicas de primer orden. Y eso los hace grandes.

Ahora, a ver quién es el espabilado que se marca un Trueba y desea que no celebremos hoy el Dos de Mayo. ¡Longue vie à la Communauté de Madrid!

“DESMITIFICANDO LA EDAD MEDIA PENINSULAR. Cómo y por qué se ha construido una historia que no existió”. Alejandro García Sanjuán (2026), Madrid, Los Libros de la Catarata


La crítica a la llamada leyenda negra española ha derivado con frecuencia en su reverso acrítico: una leyenda rosa igualmente falsificadora del pasado. Desde el romanticismo hasta la historiografía moderna, la idealización de la Edad Media ha alimentado mitos nacionales que presentan la historia como un relato continuo de identidad, fe y destino colectivo. En el caso español, la cronología misma del período —de 711 a 1492— revela una lectura orientada por la idea de la lucha contra el islam como origen de la nación. Esta narrativa, promovida especialmente durante el franquismo, y también en democracia, por instituciones, manuales escolares y discursos públicos, no es inocente: cumple funciones de legitimación política y genera vínculos emocionales que refuerzan la idea de un nosotros que se enfrente a ellos. Este libro ofrece herramientas para reconocer cómo el pasado se selecciona, se edulcora y se tergiversa para justificar identidades e inadmisibles exclusiones en el presente.

Alejandro García Sanjuán es catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Huelva. Su principal campo de investigación es el medievo peninsular, con especial atención a al-Andalus.

"SEMANA SANTA: ¿QUÉ TRADICIÓN?". Azahara Palomeque, Publico.es

Cuando mi abuela Luciana me llevaba de la mano a ver procesiones yo me estremecía entre el ritmo de los pasos, el olor a incienso y el senti...