lunes, 9 de febrero de 2026

"EL RENTISTA VULNERABLE". Antonio Maestre, elDiario.es

Un hombre protesta con un cartel durante una 
manifestación por el alquiler en la Puerta del Sol,
frente a la sede de la Comunidad de Madrid

Los pequeños rentistas no son vulnerables, los pequeños rentistas actúan como enemigos de clase. Eso tiene que ser un punto de partida sobre el que evaluar cualquier medida

No se puede dejar de decir la verdad aunque moleste a los tuyos. De hecho es el momento en el que es más imprescindible decir la verdad, cuando molesta a los tuyos. Una de esas verdades incómodas, y obvias, es explicar a muchos de los potenciales votantes de la izquierda, algunos incluso fieles votantes de la izquierda, que no está bien especular con un bien de primera necesidad y que la tenencia de dos o tres viviendas los convierte en unos privilegiados con una renta muy superior a la media. Entiendo que haya muchos a los que no les guste verse en ese papel, pero es que lo tienen.

Los pequeños rentistas no son vulnerables, los pequeños rentistas actúan como enemigos de clase. Eso tiene que ser un punto de partida sobre el que evaluar cualquier medida. Los pequeños rentistas tienen que ser separados de los grandes tenedores, por supuesto, son diferentes actores de un mismo problema, pero no pueden ser exonerados de la responsabilidad que tienen en el incremento del precio del alquiler en una situación de emergencia habitacional. Los pequeños propietarios juegan con las reglas del mercado, si no lo hicieran no estaríamos como estamos, y son mayoritarios en el mercado del alquiler.

La clase trabajadora ha invertido sus ahorros en vivienda porque siempre ha sido conservadora por definición, no quiere arriesgar lo poco que va ahorrando. Es normal que se invierta en un activo seguro y que no precisa demasiado conocimiento financiero. Esto son también hechos y los hechos no deberían molestar a nadie. Eso ha generado que todos aquellos que hayan querido prosperar hayan preferido comprar vivienda antes que otro tipo de productos de ahorro e inversión. Todos entendemos esa realidad pero hay muchas maneras de manejarse con ese proceder.

Naturalmente que siempre existen excepciones. No te sientas zaherido ni dolido si estás en ese grupo. Nadie va a culpar a un anciano que con el pago del alquiler se paga la residencia, o a quien ha heredado la casa de sus padres y quiere mantenerla buscando un alquiler humanitario en tanto que digno con el que pagar los gastos y sacar un pequeño rendimiento. Hay muchas maneras de alquilar una vivienda sin ser un casero especulador que solo busca incrementar los precios en cuanto puede a costa de aumentar el rendimiento jugando a las reglas del mercado. Existen las bolsas de vivienda municipales, seguro que conocen amigos o familiares que necesitan una casa asequible, no les costará ser decentes y no unas sanguijuelas del trabajo ajeno. Porque el rentismo es parasitario.

El decreto sobre el escudo social no saldrá. No saldrá entre otras cosas porque nunca ha habido una mayoría progresista en el Congreso. Esa es una de las trampas que la izquierda se ha hecho desde 2023 obviando que Junts nunca lo ha sido, a pesar del engaño masivo que supuso el procesismo incluso atrayendo a esos postulados a muchos partidos de izquierdas que por interés y voluntarismo intentaron hacernos al resto comulgar con ruedas de molino. La derecha nacionalista es protectora de rentistas y del capital, y entiendo que cuando tienes que pactar con diferentes tienes que hacer concesiones para lograr algo de todo aquello en lo que crees. Es normal ceder sacando del decreto a los inquilinos vulnerables para eludir de esa responsabilidad a los pequeños propietarios para poder aprobar algo, pero lo que no se puede hacer es vender tu alma al diablo comprando un argumentario que nunca puede ser el nuestro.

No existe rentista bueno. No existe un rentismo tolerable. No hay pequeños rentistas con los que ser condescendiente y, desde luego, no podemos desde la izquierda contemporizar con ese discurso que quiere proteger a los pequeños rentistas y menos aún con un discurso que los dibuja como un colectivo vulnerable. Es tolerable, por fuerza mayor, aceptar que esos pequeños rentistas queden fuera de un decreto de protección a los vulnerables, pero dejando claro que esos rentistas son parte del problema. Porque si no lo fueran, si formaran parte del corpus ideológico de la izquierda que cree que la vivienda es un derecho y no un bien de mercado, no habrían formado parte de la rueda perversa del capital que participa de los beneficios del mercado a costa del esfuerzo y la fuerza de trabajo de los inquilinos.

Si el pequeño rentista quiere ser considerado un agente social a proteger por la izquierda que empiece por poner su vivienda a la mitad de precio de mercado. Todos y cada uno de esos pequeños rentistas seguirían ganando dinero y al menos demostrarían que los que pensamos que son solo una rueda demente más de este sistema que perpetúa el vapuleo a los que menos tienen nos equivocamos. No ocurrirá, no lo harán, solo algunos serán excepción de ese mecanismo egoísta que deja a millones de españoles en una situación de precariedad.

Y no le echen la culpa solo a los políticos, porque ellos lo que hacen es defender los intereses perversos de ustedes, rentistas, que son muchos y muy poderosos, y ellos funcionan solo como el brazo ejecutor de sus intereses. Puede que quieren dar pena con historias inventadas —puede que alguna sea real— de unos pocos propietarios que malviven con el alquiler de una segunda vivienda. A mí no me la dan, y si se sienten aludidos con este texto es que algún pellizco de culpa tendrán por hacer lo que hacen. No me miren a mí por decirles lo que son y empiecen por rebajarles el alquiler a la mitad a su inquilino. El mercado no les obliga a ser avariciosos. Tienen elección.

domingo, 8 de febrero de 2026

"¿UN PAÍS DE HIJOS DE PUTA?". Noelia Adánez, Publico.es 03/02/2026

Concentración contra el Gobierno de Pedro Sánchez
en la sede del PSOE en Ferraz
La primera vez que escuché corear a un grupo de personas el eslógan "Pedro Sánchez, hijo de puta" fue al salir de mi portal. En mi calle, delante de mí, unas madres jóvenes que llevaban de la mano a sus hijos pequeños gritaban esta consigna. Estaban exultantes, entusiasmadas, saltaban, coreaban e incluso se reían, como ocurre en cualquier manifestación. Sentí curiosidad y las seguí unos metros. Se trataba de las primeras convocatorias (después vinieron muchas más) de aquellas manifestaciones contra la ley de amnistía de noviembre de 2023. En un determinado momento, una de las niñas preguntó: "¿mamá, quién es Sánchez?". A lo que su madre contestó: "un hijo de puta". Pensé que esa criatura se estaba socializando en un país en el que había empezado a darse por bueno que un insulto equivale a una consigna política en lugar de a una pedagogía fascista. Y me sobrecogí.

La política en democracia es lo contrario al insulto, que deslegitima y desautoriza la existencia del contrario. La democracia valida el pluralismo y la diversidad y habilita para la competencia y la negociación entre diferentes. En democracia la política es transaccional y exige una forma profunda de respeto que pasa por el reconocimiento del otro como algo más que un mero contrincante, como un miembro de la misma comunidad. El lema "Pedro Sánchez, hijo de puta" no es el fruto de la expresión genuina y espontánea del hartazgo de un sector de la sociedad descontento con las políticas del Gobierno. No nos engañemos.

La realidad es que la radicalización ultra ha generado, a fuerza de repetir la consigna, un imaginario en el que no solo Pedro Sánchez, sino todas aquellas y aquellos que no comulgamos (nunca mejor dicho) con sus planteamientos, somos unos hijos y unas hijas de puta. Esa es nuestra dramática realidad y es muy similar a la de otros muchos países en este tiempo histórico tan inquietante y crepuscular.

Vivo a escasos metros de la calle Ferraz. Desde aquel día de noviembre de 2023 y durante meses, el eslogan antidemocrático "Pedro Sánchez, hijo de puta" no ha parado de sonar. Y sigue haciéndolo. En la esquina de Ferraz con Marqués de Urquijo se oye todas las tardes. Un grupo de ancianos lo profieren, cobijados por el cura párroco del templo católico de la esquina y aparentemente custodiados por los policías nacionales que les observan no tanto por contenerles cuanto por evitar alguna caída o algún atropello al cruzar.

Es curiosa la configuración visual de estas concentraciones en las que los asistentes, adornados con simbología franquista y falangista, vocean flanqueados por la Iglesia católica y las fuerzas de seguridad a escasos cincuenta metros de la sede de un partido democrático.

Las convocatorias de Ferraz me han ido provocando distintas sensaciones con el paso del tiempo. Del miedo inicial pasé al enfado, después al fastidio, más tarde a la vergüenza ajena y ahora ya a la preocupación desapasionada pero sostenida. Esas manifestaciones son un síntoma menor; una excrecencia minúscula de todo el odio que circula desde que la ultraderecha, nativa de las redes sociales y funcional a los intereses de las oligarquías, irrumpió en escena con el propósito (miren a Estados Unidos) de dinamitar la convivencia y destruir la democracia.

"Pedro Sánchez, hijo de puta" es un eslogan político antidemocrático porque se formula como una expresión de odio detrás de la que hay una propuesta implícita. Es de una ingenuidad sideral pensar, a estas alturas, que quienes lo dicen no esperan que al decirlo ocurra algo muy concreto: que Sánchez, su gobierno y el electorado que respalda a la coalición (millones de españoles) desaparezcan; que desaparezca la contienda política, que el parlamentarismo se suspenda, que el gobierno se instituya a partir de principios que no son los democráticos, sino otros que entran en juego cuando un expresidente de Gobierno como Aznar dice "quien pueda hacer, que haga"; o cuando en un chat de militares retirados se insta a aniquilar a 26 millones de españoles; o cuando (como cuenta mi compañero Danilo Albin) el secretario general de Hazte Oír recibe un premio de la ultraderecha franquista por "poner el ojo, el tiro y la bala" en el Gobierno.

El domingo, una concejala del PP de una localidad valenciana viajó hasta Teruel para acudir a un mitin del PSOE. En una acción en ningún caso espontánea, sino premeditada, que claramente buscaba viralizarse para infectar con más odio a la opinión pública, gritó el eslógan "Pedro Sánchez, hijo de puta". Al final del día emitió un comunicado en el que se disculpó, pero el efecto buscado ya se había conseguido. El PP no la ha reprobado ni expulsado. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Cómo podría Feijóo expulsar del PP a una dirigente que se limita a reproducir y secundar un lema concebido en el seno de su propia organización?

Ayuso insultó desde la tribuna del Congreso a Pedro Sánchez y ese acto inicialmente espontáneo se transformó en intencional y performativo desde el momento en que en el gabinete de la Presidenta se tomó la decisión de elevarlo a categoría de lema recurriendo al meme "me gusta la fruta". Meme, por cierto, reproducido por el propio Feijóo.

Los análisis moralizantes sobre el empleo de esta consigna política no sirven de nada. No es un problema de falta de educación lo que hay detrás del uso de expresiones que deshumanizan al adversario a pesar de que a quien envilecen es a quien las utiliza. Es un problema de fascismo.

Tampoco hablar del odio como un mal psicosocial, una enfermedad de época que hay que atajar, da cuenta de la gravedad de la situación. El odio es la pasión que galvaniza la antidemocracia. Hay que contenerlo, por supuesto, pero hay que hacerlo comprendiendo que está al servicio de un proyecto político muy concreto: el de la ultraderecha. Miren el acoso que ejercen los ultras sobre informadores y cómicos estos días, obligados a callar mientras otros vocean: "Pedro Sánchez, ..."

Abandonemos la tibieza frente a quienes se adhieren a los discursos ultras. No nos dejemos amedrentar por la intensificación de la violencia política instigada por responsables y dirigentes de las derechas y secundada por sectores desinformados y fanatizados de la sociedad. La protesta legítima en democracia no tiene absolutamente nada que ver con generar y difundir consignas que lo que proponen es destruir al adversario y, de paso, acabar con la convivencia.


sábado, 7 de febrero de 2026

"HABLAN LOS CLÁSICOS: ¿QUÉ NOS DICE SHAKESPARE SOBRE LA EMIGRACIÓN?.

Esta página ha sido identificada como un manuscrito de Shakespeare. Forma parte de una obra teatral sobre Tomás Moro en la que encargaron a William la escena más álgida. Se enmarca en el motín de 1517, cuando los habitantes de Londres se alzaron para reclamar que los inmigrantes fueran expulsados. Tomás Moro, alcalde de la ciudad, intenta convencer a la multitud para que los acoja. La pieza nunca se estrenó, fue prohibida por la censura de la reina. (Irene Vallejo)

«Imaginad que veis a los desdichados forasteros
con sus hijos a la espalda y su equipaje humilde
arrastrándose a los puertos y costas para ser deportados,
y vosotros, sentados como reyes sobre vuestros deseos,
la autoridad silenciada por vuestra trifulca,
y vosotros, ataviados con vuestras opiniones,
¿qué habríais conseguido? Yo os lo diré. Habríais probado
que la insolencia y la mano dura prevalecen
y en ese escenario ninguno de vosotros llegaría a viejo,
ya que otros rufianes a su antojo
con la misma mano, las mismas razones y el mismo derecho,
os depredarían, y los hombres, como peces voraces,
se devorarían los unos a los otros (…)

Digamos ahora que el rey os destierra. ¿Adónde os marcharíais?
¿Qué país os daría asilo? Marchaos a Francia
o Flandes, a alguna provincia alemana, a España o Portugal,
a cualquier parte que no esté en alianza con Inglaterra,
donde no podéis ser sino extranjeros. ¿Os agradaría
encontrar una nación con temperamento tan bárbaro
que, estallando con una violencia espantosa,
no os proporcionase un hogar en sus dominios,
afilase sus abominables cuchillos contra vuestras gargantas,
os desdeñará como a perros, como si Dios
no fuera vuestro dueño ni os hubiera creado, como si los elementos
no fueran en absoluto apropiados para vuestro bienestar,
sino un privilegio reservado a ellos? ¿Qué pensaríais
si se os tratara de esa manera? Este es el caso de los extranjeros
y tal es vuestra monumental falta de humanidad».

Traducción: Víctor Rico

Texto completo en la Revista Contexto (mayo 2016)

Documento digitalizado en la web de la British Library

viernes, 6 de febrero de 2026

"BUKELE, EL REY DESNUDO". Óscar Martínez (2026), Barcelona, Anagrama

 

Contundente e informado perfil de Nayib Bukele, escrito desde el exilio.

Un perfil del líder autoritario de El Salvador, el mandatario más popular de América en la última década: Nayib Bukele. Sarcástico cuando cabe y con una apuesta clara por la narración, Óscar Martínez retrata al dictador en siete capítulos, cada uno en torno a una escena reveladora. Desde 2020, el autor dirige Elfaro.net, el medio salvadoreño más atacado por Bukele desde que llegó al poder: ha coordinado investigaciones que han sacado a la luz decenas de casos de corrupción, violaciones masivas de los derechos humanos y pactos criminales que atraviesan todo su gobierno. El libro fue escrito en sus primeros seis meses de exilio, debido a órdenes de captura por su trabajo periodístico.

jueves, 5 de febrero de 2026

"QUIJOTISMO". Luis García Montero, El País

Las cosas han cambiado mucho en el argumento de la novela que vivimos; ahora son los encantadores quienes actúan como locos

Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible, se dijo Don Quijote al contemplar el fracaso de sus ilusiones. Los impulsos a la hora de desfacer entuertos solían jugarle malas pasadas. Estaba condenado a enredarse con sus locuras y sus entuertos. Los nobles ideales de la justicia y el afán por defender a los débiles ante los malandrines quedaban escondidos bajo los molinos de viento. Eran los excesos disparatados del caballero de lanza en ristre, adarga antigua y rocín flaco. Las cosas han cambiado mucho en el argumento de la novela que vivimos. Ahora son los encantadores quienes actúan como locos, mientras el quijotismo se encarna en el sentido común y en la gente que va de su corazón a sus asuntos sin molestar a nadie. Hay que ser quijotes para reafirmarse en la defensa de los derechos, la libertad, la igualdad y la fraternidad, aspiraciones muy mediocres en este vendaval de amenazas que anima los foros nacionales e internacionales. Quijotes, pero de un heroísmo poco ruidoso, porque las furias están con los que han renunciado a cualquier ideal que no sea el arrebato de su propio individualismo. Y no basta con la sensatez de Sancho; hay que ser verdaderos quijotes para seguir manteniendo el respeto a una convivencia democrática.

El quijotismo llegó a sentirse en la cultura del siglo XX como una seña de identidad del patriotismo y la psicología española. Frente a toda apariencia, quizá sea posible seguir haciendo de España una tierra de quijotes. Ya no se trata de armar escándalos en nombre de las leyes de caballería. Para enfrentarse a los balidos de las ovejas, basta con el sosiego de defender los valores que han fundado la Modernidad en nombre del progreso y del respeto humano. El quijotismo es ahora una simple voluntad de resistencia ante los que invaden las llanuras y cruzan los mares para proclamar nuevas formas de esclavitud.

miércoles, 4 de febrero de 2026

"CEREBROS DESCEREBRADOS". Irene Vallejo

La belleza nos ciega. Según los psicólogos, tendemos a pensar que las personas atractivas son además inteligentes y dignas de confianza. Si nos gusta el aspecto físico de alguien, proyectamos esa aprobación a toda su personalidad. A consecuencia de este espejismo, conocido como “efecto halo”, nos fiamos de los bellos famosos que recomiendan productos y dietas, incluso cuando avalan estrafalarias teorías pseudocientíficas. Industrias millonarias, como la alimentaria o la cosmética, se aprovechan de este sesgo cognitivo para empujarnos a gastar dinero en belleza o salud con dudosos resultados.

Ya los antiguos griegos se dejaban deslumbrar por el aura de los cuerpos hermosos. En Atenas se hizo famosa Friné, una modelo que posó para los mejores escultores. Se cuenta que fue acusada de un delito grave y su abogado, uno de los oradores más prestigiosos del ágora, no logró convencer de su inocencia al jurado popular. A la desesperada, probó un golpe teatral: arrancó la túnica de Friné para exhibirla desnuda ante el tribunal, preguntando si una mujer tan bella podía mentir. Con ese peregrino argumento, consiguió su absolución por unanimidad. Quizá nos conviene practicar un sano escepticismo ante lo que afirman las bocas hermosas: confiemos en los verdaderos expertos y recordemos que los consejos de las celebridades pueden ser descerebrados.

domingo, 1 de febrero de 2026

"GALICIA FUE EL AVISO: CUANDO EL PODER EXPULSA A LOS POBRES Y EL EVANGELIO SE CONVIERTE EN ACUSACIÓN". José Carlos Enríquez Díaz, Religión Digital 31 ene 2026

La Doctrina Social de la Iglesia es tajante. "Gaudium et Spes" afirma que la persona humana es el principio, el sujeto y el fin de toda organización social. Cuando ese orden se invierte y la contabilidad ocupa el lugar de la vida, no estamos ante una opción técnica, sino ante un pecado estructural.

Hay momentos en los que la política deja de ser gestión y se convierte en juicio. No porque alguien lo decida, sino porque la realidad misma comparece como testigo. Cuando un anciano recibe una orden de desalojo con una cuenta atrás de quince días, cuando se niega una mejora mínima a quienes sobreviven con lo justo, cuando se cuestiona si alguien merece agua, luz o un techo, ya no estamos ante un debate técnico. Estamos ante una interpelación moral directa.

España vive uno de esos momentos. Y para entenderlo no hace falta imaginar futuros distópicos ni recurrir al alarmismo: basta con mirar a Galicia.

Galicia fue el aviso. No una metáfora ni un eslogan, sino una experiencia concreta. Bajo el mandato de Alberto Núñez Feijóo, la gestión de la pobreza adoptó una lógica precisa y reconocible: desconfianza hacia el pobre, sospecha sistemática, castigo institucional. La RISGA, diseñada como instrumento de integración, se transformó en un mecanismo de control y expulsión, reduciendo perceptores, endureciendo requisitos y desplazando la responsabilidad del Estado hacia las familias y la caridad privada.

No fue eficiencia. Fue deshumanización. Y no lo dijeron adversarios ideológicos, sino los propios trabajadores sociales. que denunciaron que aquello no integraba, sometía. Vidas convertidas en expedientes, dignidad reducida a baremos, personas obligadas a demostrar su abandono absoluto para ser ayudadas. La pobreza tratada como culpa.

La Doctrina Social de la Iglesia es tajante. Gaudium et Spes afirma que la persona humana es el principio, el sujeto y el fin de toda organización social. Cuando ese orden se invierte y la contabilidad ocupa el lugar de la vida, no estamos ante una opción técnica, sino ante un pecado estructural. El profeta Amós lo denunció sin eufemismos: «Venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias» (Am 2,6).

Ese mismo modelo reaparece hoy a escala estatal. La negativa del Partido Popular a apoyar la subida de las pensiones, del Ingreso Mínimo Vital no es un episodio aislado, sino coherencia ideológica. Coherencia con una visión donde los derechos se convierten en concesiones, donde ayudar al pobre se presenta como un riesgo moral y donde la pobreza se gestiona como una desviación que hay que corregir. No es responsabilidad fiscal: es crueldad organizada.

Y mientras a los pensionistas se les niega la subida mínima que les corresponde, algunos dirigentes, como Moreno Bonilla, han visto sus salarios incrementarse hasta 92.208,84 euros, lo que supone un aumento de 20.541 euros en solo tres años. Ese contraste no es anecdótico: mientras los pobres deben sobrevivir con migajas, el poder se autoadjudica incrementos sustanciales sin justificación ética.

Pero el salto cualitativo llega cuando Alberto Núñez Feijóo acusa al Gobierno de utilizar a los pensionistas como “rehenes” por aprobar junto a esa subida medidas como la suspensión de los desahucios de personas vulnerables, la prohibición de cortar suministros básicos —luz, agua, gas— o la protección de quienes no tienen alternativa habitacional. Según este marco, impedir que alguien duerma en la calle sería un chantaje, y evitar que una familia quede a oscuras, una manipulación política.

El PP, junto con Junts y Vox, sostiene que estas medidas fomentan la “inquiocupación” y desprotegen a los propietarios. El lenguaje no es neutro. El pobre vuelve a ser sospechoso, el vulnerable, un posible abusador. Isaías lo describió con una claridad que atraviesa los siglos: «¡Ay de los que dictan leyes injustas y promulgan decretos opresores, para negar justicia a los pobres!» (Is 10,1-2).

Hace poco conocí el caso de un hombre de 85 años. Vive solo. Su propietario le comunicó que debía abandonar su vivienda y le dio un plazo de 15 días. Quince días para desaparecer. No había alternativa habitacional, no había red familiar, no había margen real. Solo una cuenta atrás. ¿Qué tiene que decir Alberto Núñez Feijóo ante esto? ¿En qué párrafo de su discurso encaja este anciano? ¿En el del orden? ¿En el del mérito? ¿En el de la contabilidad?

Este caso no es una excepción. Es una parábola contemporánea. Personas mayores, familias con menores, enfermos, trabajadores pobres. Sin la suspensión de los desahucios, van a la calle. Sin la prohibición de cortar suministros, quedan sin agua, sin luz, sin calefacción. No es ideología. Es intemperie. Jeremías lo gritó con palabras que hoy incomodan al poder: «Se hacen ricos y poderosos, pero no defienden la causa del pobre» (Jer 5,28).

El Evangelio no admite interpretaciones cómodas. “Tuve hambre y me disteis de comer; fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). No hay letra pequeña. No hay baremos. No hay distinción entre pobres “merecedores” y “sospechosos”. Cuando la política introduce filtros donde el Evangelio no los pone, se coloca frontalmente contra él.

Fratelli Tutti advierte que una sociedad se deshumaniza cuando normaliza la exclusión, y Caritas in Veritate recuerda que la pobreza no se combate recortando derechos, sino garantizándolos. Llamar “rehén” a un pensionista mientras se cuestiona su protección frente al desahucio o el corte de suministros no es solo una contradicción política: es una fractura moral.

A esto se suma la criminalización del inmigrante pobre, convertido en chivo expiatorio del malestar social. El relato del “efecto llamada” no protege a nadie: divide a los de abajo y absuelve a los de arriba. Decir que solo merece ayuda quien ha cotizado es moralmente obsceno. ¿Qué cotizó un niño con discapacidad severa? ¿Qué aportó una mujer que huye de la violencia? ¿Qué cotiza quien trabaja en negro porque el sistema le cierra la puerta? La dignidad no se cotiza: se reconoce.

En el plano económico, el proyecto compartido por PP y Vox apuesta por adelgazar el Estado, privatizar lo común y mercantilizar los derechos. Sanidad, educación y vivienda pasan de ser garantías a ser productos. Un país de dos velocidades, donde los pobres esperan y los ricos eligen. La Doctrina Social lo dice sin rodeos: los bienes esenciales no pueden quedar al arbitrio del mercado.

Y todo ello se acompaña de una forma de ejercer el poder basada en la distancia. Feijóo afirmó que, si mentía, se marcharía. Hoy, ese compromiso con la verdad aparece erosionado por contradicciones y por su comparecencia telemática ante la DANA, cuando la ética pública exigía presencia, cercanía y responsabilidad. Gobernar es dar la cara. Comparecer desde una pantalla no es neutral: es huir del rostro del sufrimiento.

España ya vio este patrón con el “plasma” de Mariano Rajoy. Aquella imagen simbolizó la evasión de la rendición de cuentas. Hoy, el eco regresa. Primero se relativiza la verdad, luego se deshumaniza al débil y finalmente se gobierna desde la distancia.

Galicia fue el laboratorio social. Allí se comprobó que, bajo este modelo, la pobreza no se combate: se castiga. Hoy, con el IMV, las pensiones mínimas, los desahucios, los suministros básicos y la vivienda, el riesgo es el mismo, pero a escala estatal.

La pregunta final no es económica ni electoral. Es apocalíptica en el sentido bíblico: revela lo que hay debajo. ¿De qué lado se sitúa el poder cuando un anciano de 85 años recibe un ultimátum de 15 días para abandonar su casa? ¿Del contrato o de la persona? ¿Del mercado o de la vida?

Porque, como advierte Jesús sin anestesia, al final no se nos preguntará por el déficit ni por el equilibrio presupuestario, sino por el pobre expulsado, el hambriento ignorado y el forastero rechazado. Y entonces, ya no habrá comparecencias a distancia.

Galicia fue el aviso. Ignorarlo no será ingenuidad. Será complicidad.

"EL RENTISTA VULNERABLE". Antonio Maestre, elDiario.es

Un hombre protesta con un cartel durante una  manifestación por el alquiler en la Puerta del Sol, frente a la sede de la Comunidad de Madrid...