jueves, 2 de julio de 2026

"LA MALETA DEL LENGUAJE". María Stepanova, Equator-Ensayo 17/06/2026

De la serie "Emigros" de Egor Borie
Cómo la nueva generación de exiliados políticos rusos está redefiniendo lo que significa perder la patria.

En El don (1938), la última novela que escribió en su lengua materna, Vladimir Nabokov describe una disputa literaria entre escritores emigrados, es decir, escritores rusos que solo se leen entre sí y muestran poco interés por Berlín, la ciudad a la que las circunstancias los han llevado, o por la gente que camina por sus calles, o por la literatura que florece allí.

El motivo de la disputa es un texto en particular que ha generado un descontento generalizado. Un personaje se burla de su autor —un escritor ruso ya en decadencia, aunque todavía leído en círculos de emigrados— con una metáfora visual: un retrato de un antepasado desconocido, que ha colgado en la casa familiar durante muchos años, incluso décadas; puede que ni siquiera represente a un pariente, sino a un conocido. Sin embargo, sin razón aparente, el objeto ha acompañado a la familia a lo largo de su vida, apareciendo siempre como una mala hierba. Cualquiera que sea el revés del destino —incendio, guerra, desplazamiento repentino—, el retrato sigue figurando entre las posesiones que conservarán para el futuro. Si alguien intentara arrebatárselo, lo defenderían como un tesoro. Lo mismo ocurre con la obra de este escritor anciano.

Comienzo con este retrato —completamente prescindible, excesivamente importante— para explicar por qué hablo hoy en ruso, en lugar de, digamos, en inglés, idioma que más personas en este auditorio entenderían. Incluso el título de esta conferencia no se ajusta bien al ruso. En ruso, «persona desplazada» se traduce oficialmente como «peremeshchennoe litso»: literalmente, «persona que ha sido trasladada de un lugar a otro», palabras con un significado preciso y burocrático. Pero la noción espiritual de «desplazamiento» parece no existir en ruso. Para transmitir este sentido de cambio biográfico e histórico, debemos inventar neologismos y paliativos; debemos definir y explicar.

Quizás esto no sea sorprendente. Al fin y al cabo, este es un país donde la esclavitud fue abolida hace poco más de 150 años. Todos los sistemas políticos que le sucedieron en Rusia se basaron en una premisa de propiedad similar: que el Estado tiene derecho sobre sus ciudadanos, sobre todo lo que poseen y sobre todo lo que producen.

Vivir en un lugar donde nada te pertenece y donde cualquier cosa puede suceder en cualquier momento: este es un sentimiento compartido por todos aquellos con un pasado soviético, aunque sus raíces son aún más profundas. Los siervos campesinos estaban legalmente obligados a trabajar una parcela de tierra que no les pertenecía; nunca se les permitía abandonarla. Sin embargo, sus dueños podían venderlos o reubicarlos a su antojo. Incluso un terrateniente con miles de personas a su cargo no era dueño de su propio destino: podía ser enviado al exilio o condenado a trabajos forzados por las autoridades zaristas. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 1 de julio de 2026

"EL PESO DE LAS PALABRAS". Juan José Millás, El País

Una mujer desplazada lleva a un niño en Goma,
en República Democrática del Congo en 2025

¿Pero qué hay de esta mujer sin nombre, con un bebé sin nombre, qué hay de esta pobre mujer “desplazada” de su hogar en la República Democrática del Congo?

El término desplazado (o desplazada, puto genérico incapaz) suele pasar por la lavandería antes de salir a escena. Está ahí, colgado de la percha, como un traje, para que lo utilicemos sin culpa. “Miles de desplazados”, decimos, y continuamos tan frescos porque no los vemos, no los imaginamos, no somos capaces de ponernos en su lugar. Desplazamos ligeramente una silla de su sitio para pasar la escoba. Desplazamos la cama unos centímetros para cambiar las sábanas. Desplazamos el cursor por la pantalla del ordenador para buscar porno. Desplazamos una maceta para que le dé el sol, o una pieza de ajedrez para huir del jaque, o el peso del cuerpo de una pierna a otra para…

¿Pero qué hay de esta mujer sin nombre, con un bebé sin nombre, qué hay de esta pobre mujer “desplazada” de su hogar en la República Democrática del Congo? Sin nombre ni ella ni el niño, y con la espalda cargada de un colchón y cuatro cosas más. No huye solo de un punto en el mapa. Deja atrás sin duda una cocina, una esterilla, una puerta, unos vecinos, una sombra familiar, una cama, un vaso, una butaca. Una geografía física, sí, pero sobre todo un espacio sentimental. Detrás de cada “desplazamiento” hay un estallido, una amenaza, un tanque, un grupo de violadores armados. El lenguaje tiene estas trampas. Llamamos “desplazados” a quienes han sido desalojados de sus vidas. Las fotografías devuelven a veces a la realidad el peso que las palabras habían perdido en las conversaciones. Todos vivimos “emplazados” en una red invisible de afectos, costumbres y rutinas que esta mujer acaba de perder.

martes, 30 de junio de 2026

"TRAFICANTES DE HALAGOS". Irene Vallejo, El País

FERNANDO VICENTE
La mejor manera de impedir que los narcisistas tomen el poder es abordar las amenazas que inquietan a los ciudadanos

En los hipnóticos escaparates de las redes sociales, la influencia se puede comprar. Existen empresas que ofrecen admiración de alquiler: seguidores, comentarios entusiastas, adhesiones apasionadas, elogios en serie —aunque no en serio—. La reputación tiene un precio, y la alabanza amañada catapulta a quien paga. Después de todo, la palabra fama proviene del verbo latino fari —hablar—, ya que famoso es quien está en boca de todos. Curiosamente, de la misma raíz deriva fábula: la celebridad tiene algo de cuento. Siguiendo el hilo y la melodía lingüística, fanfarrón, del árabe hispano farfar, significa “inestable, volátil, charlatán”. En esta feria de las banalidades, la vanidad digital cultiva el truco y trato.

La compra de ovaciones tiene precedentes antiguos. El historiador romano Suetonio cuenta en sus crónicas que Nerón amaba la música y, aun siendo su voz débil y ronca, insistía en dar recitales. Pagó sumas exorbitantes para que 5.000 jóvenes reclutados aplaudieran sus lamentables interpretaciones. Esta argucia serviría como inspiración a las claques europeas. En el siglo XIX, surgieron agencias que proveían a los teatros y autores de aduladores, un mecanismo que derivaría con el tiempo en las risas enlatadas de la televisión. El principio es el mismo: escenificar el éxito ayuda a triunfar. Tener público, aunque sea ficticio, genera publicidad. Ahí nacen las campañas dopadas y la demoscopia fantasiosa. Como intuyó Nerón, pionero de la mercadotecnia, es posible conseguir poder verdadero a través de la fama falsa.

Esta es una lógica que encumbra, cada vez más, a ególatras y aduladores. Las apariencias nos engañan y nos encantan; el prestigio, como su nombre indica, ama a los prestidigitadores. Desde tiempos de Nerón, una y otra vez, numerosas sociedades se han entregado, seducidas y convencidas, a fatuos arrogantes. La teoría proclama que los grandes líderes son quienes anteponen su misión a su ego, el interés público a la vanidad personal. En principio, los narcisistas son fáciles de identificar: se jactan de sí mismos, reclaman atención constante, se sienten con derecho a un trato especial y, cuando no lo obtienen, se erigen en víctimas y airean sus quejas. Pero, paradójicamente, todavía hoy, continúan hechizando y atrapando voluntades.

Un estudio sobre las elecciones estadounidenses entre los siglos XIX y XX reveló que, en tiempos de inestabilidad social, la gente deseaba un presidente que transmitiera aplomo, audacia y dominio. La abrumadora sensación de incertidumbre y ansiedad es propicia para las voces autoritarias que prometen restaurar el orden y para los ególatras embriagados de confianza y desafío. Como explica Giuliano da Empoli en su ensayo La hora de los depredadores, el caos ya no es el alma de los rebeldes, sino el sello distintivo de los poderosos. En un mundo impredecible gana el actor que se mueve con mayor decisión, de forma más agresiva, más sorprendente, el que impone su propia realidad. Serán avasalladores, pero nunca aburridos: folclóricos, extravagantes y cínicos, un espectáculo entretenido. Responsabilizarse es serio y tedioso; tiene más gracia atesorar medallas, coleccionar aplausos y atribuirse logros legendarios.

Sin embargo, sabemos que las personas con altos niveles de narcisismo son peores gobernantes. La experiencia enseña que están más dispuestas a manipular a los demás, a tomar atajos y esquivar las normas. Intentarán deshacerse de todo lo que ralentiza y limita su voluntad, ya sean los procedimientos garantistas, las leyes, los periodistas, los contrapoderes o los jueces. Se atribuyen todos los méritos mientras culpan a los demás de los fracasos. Se jactan de ser escudo frente a amenazas que ellos mismos crean y contra enemigos a los que previamente azuzaron. Consideran el liderazgo como una oportunidad que deben aprovechar; el poder es para ellos más un vicio que un servicio. El legado de estos líderes con frecuencia queda empañado por los desmanes despóticos y nepotistas, la corrupción y la hybris de decisiones desastrosas.

Intoxicados por las loas de los aduladores, estos líderes corren el riesgo de caer en la obstinación y negarse a cambiar de rumbo. En ocasiones, jaleados por sus colaboradores incondicionales, se enrocan en su torreón o se lanzan a galopar hacia temerarias decisiones y ostentaciones. En una época de constantes desahucios, el emperador Nerón, enamorado de los ornamentos dorados, se empeñó en construir una enorme mansión, la Domus Aurea, en pleno centro de Roma, con incrustaciones de oro y madreperla que destellaban bajo el sol, además de un lago artificial y una colosal estatua suya de más de 30 metros. Uno de sus predecesores, Calígula, despreciaba a los consejeros que no se plegaban a sus deseos, así que depositó toda su confianza en un caballo originario de Hispania llamado Incitatus, es decir, Impetuoso. Le regaló un establo de mármol con abrevadero de marfil, una villa amueblada y esclavos a su exclusivo servicio. El animal lucía mantas de púrpura, símbolo regio. Según averiguaciones de Suetonio, el emperador planeaba, en un gesto de sarcástico desprecio hacia las instituciones, nombrar a Incitatus cónsul, la máxima magistratura romana. Desde entonces Calígula, que eligió a un asesor capaz solo de relinchar, es el símbolo de la arrogancia política. Cuando el poder pierde los estribos, las proclamas épicas terminan por resultar patéticas.

En un ecosistema encabezado por vanidosos proliferan los aduladores y lamebotas. El filósofo griego Teofrasto, discípulo de Aristóteles, describió agudamente en Los caracteres al individuo que recurre a la lisonja para ganarse el favor de jefes y gerifaltes. Endulza sus oídos: “Fíjate como todos te miran: esto no le sucede a nadie más, solo a ti”. Le quita una mota o un pelo de la ropa mientras elogia su buen gusto y su figura. Si su alabado habla, ordena que callen los demás. Cuando termina, grita: “¡Bravo!”. En el teatro, se adelanta para mullirle los cojines. Si el patrón se burla de alguien, lo celebra a carcajadas; y, llevándose la mano a la boca, finge retorcerse de risa. En una comedia de Plauto, aparece retratado en plenitud de facultades el parásito Ganapán. Este hambriento perpetuo consigue camelar a un soldado fanfarrón para que le pague la cena, lanzándole su red de halagos: “Eres un héroe intrépido. En la India, le rompiste la pata a un elefante de un puñetazo”. “Y sin esfuerzo”, dice el militar. “Segurísimo. Si hubieras golpeado con todas tus fuerzas, tu brazo habría atravesado la panza del elefante. Bajo tus golpes perecieron un mismo día 150 soldados en Cilicia, 100 más en Sardes y 60 en Macedonia”. “¿Y eso cuánto suma?”. “7.000″. Plauto juega a la caricatura, pero nos avisa sobre el poder de los elogios para manipular y lograr favores de los vanidosos. Es el punto débil de quienes se derriten ante las alabanzas: cebado su ego —y cegada su razón—, resultan fáciles de embaucar por quien promete éxitos y mayores glorias.

La historia prueba que la mejor manera de impedir que los narcisistas tomen el poder consiste en abordar las amenazas que inquietan a la gente. Una vida más amable, tiempos serenos, mayor seguridad laboral y menor zozobra volverán a los votantes reacios a candidatos prepotentes. Adictos al caos, los ególatras pregonan su fuerza mientras dividen y debilitan la sociedad. Por el contrario, los líderes humildes, admitiendo sus fragilidades, nos robustecen. Cuidado con confundir vanidad con valía: la fanfarronería suele ser solo fanfarria.

lunes, 29 de junio de 2026

"EUROPA EN EL CORAZÓN". Luis García Montero, infoLibre.es

El deseo de que la palabra España deje de significar un sacrificio late ahora en el corazón de muchos españoles

César Vallejo escribió el poema “España, aparta de mí este cáliz” durante la Guerra Civil española. Con ese título se reunieron después los poemas que el maestro peruano dedicó al drama bélico abierto por el golpe de Estado de 1936. El deseo de que la palabra España deje de significar un sacrificio late ahora en el corazón de muchos españoles heridos por la atmósfera muy crispada de nuestra convivencia. La economía no va mal, la realidad no es un campo de fuego, pero se impone día a día un relato de odios y enfrentamientos. Necesitamos encontrar una salida, y quizá sea bueno recordar que César Vallejo escribió su poema sobre España y el cáliz doloroso como un diálogo con los niños del mundo. No vivía la posible derrota como un problema nacional español, sino como un horizonte que afectaba a la política internacional.

Creo que es una buena estrategia para resistir en esta situación que invita al desánimo. No se trata de un problema solitario español, sino de una dinámica desatada contra los valores democráticos. Y la palabra "mundo" adquiere mucho protagonismo. Por eso podemos recordar también el libro de Pablo Neruda titulado España en el corazón, y sentir que el amor por España se equivoca hoy cuando se encierra en los límites nacionales. Así que le pido permiso a Neruda para ampliar su título y escribir 'Europa en el corazón', tomando conciencia de la realidad global de la palabra "mundo". Las derivas nacionalistas de la extrema derecha ponen en riego el papel de Europa como unidad de valores democráticos, algo que interesa por igual a los viejos mandarines totalitarios y a las nuevas formas de dictadura que nacen de la ambición neoliberal, el capitalismo dispuesto a romper el Estado social para separar la libertad de los compromisos de la igualdad y la fraternidad. Así que la mejor manera de pensar en la Madre España de Vallejo es pedirle permiso a Neruda para vivir hoy con Europa en el corazón.

Los populismos nacionalistas suponen en la Comunidad Europea una proyección política de la cultura individualista que ha impuesto el neoliberalismo. Frente a la convivencia y las ilusiones colectivas impera la ley del más fuerte y la lucha por el triunfo de lo mío frente a las responsabilidades compartidas. Esta es la lógica que le da fuerza al racismo y a las prioridades nacionales contra los derechos humanos y la justicia universal. El cáliz de la crispación española, además de hacerme vivir con España y Europa en el corazón, gracias a Neruda, me devuelve a la poesía de César Vallejo y a su poema titulado “Masa”. Tanto amor y no poder contra la muerte, fue la queja del poeta peruano que buscaba en la oscuridad motivos para la esperanza. Escribió la historia de un combatiente muerto en la batalla. A su cadáver se acercó un hombre, y luego dos, y después veinte, cien, mil, quinientos mil, millones de individuos con un ruego común: quédate hermano. Cuando todos los seres humanos de la Tierra llegaron a rodear al individuo muerto, el cadáver se incorporó y se echó a andar.

La imagen solidaria de Vallejo me ayuda a luchar en mí mismo por una resurrección de la esperanza. La mejor manera de apartarme del cáliz de las desilusiones y las renuncias es comprender que no se trata de una batalla española, sino mundial, y que no puedo dejar que los mandatos del individualismo me hagan olvidar el compromiso colectivo con la dignidad de los seres humanos de la tierra. Las prioridades individuales sólo encuentran un buen destino en las ilusiones colectivas.

Madre España que vive con Europa en el corazón. Cosas de la poesía.

domingo, 28 de junio de 2026

"EL DEMONIO DEL MEDIODÍA". Irene Vallejo, El País

Nos define un volátil entramado de clarividencias y cegueras. Dime lo que atiendes –entiendes– y te diré quién eres

Sorprende que alguien nos sostenga la mirada largo tiempo, que nos escuche con total intensidad. En un mundo de imágenes fugaces, lo habitual es la atención menguante, saltarina, nutrida con comida mental rápida, brincando de la pantalla a la prisa. Sin embargo, no podemos estar pendientes de todo a la vez. El cerebro está preparado para pensar conscientemente en una sola cosa, y esta limitación fundamental no ha cambiado en miles de años. Si le exigimos pasar rápido de una tarea a otra, sus malabarismos nos provocan una sensación de omisión y de exceso. ¿Qué me acabas de preguntar? ¿Qué leí en las redes que me dejó inquieta? ¿Ha llegado otro mensaje? Hacemos más, sí, pero con eficacia decreciente. Todos nuestros logros perdurables han requerido gran dedicación: volcarnos en una sola tarea, sin interrupciones, se ha convertido hoy en un acto de rebeldía.

No estamos solos. Los monjes del cristianismo primitivo, deseosos de ausentarse del mundo para concentrarse en Dios, descubrieron pronto la dificultad de su empeño. Fueron tal vez los primeros en dar la batalla de la atención. El escritor y asceta Juan Casiano, fundador de una importante abadía en el siglo V, describió en términos psicológicos muy precisos un problema que obsesionaría a los teólogos medievales: la acedía. El monje acedioso no consigue controlar su mente ni perseverar en su tarea. Aparta la mirada y su imaginación se extravía. Exhausto, hambriento, siente ansiedad “y una absurda confusión se apodera de él como una tiniebla repugnante”. Los monjes estaban vigilados y, cuando eran sorprendidos en ese estado de distracción, los consideraban poseídos. Casiano afirmó que esta enfermedad era provocada por los demonios del mediodía, ya descritos en los textos mágicos paganos. Diablos distintos a los que nos aterrorizan de noche. Seres malignos que instilan el hastío y la impaciencia, responsables de la insolación, la fiebre y el desasosiego, hermanos de las sirenas que desviaban a los marineros de su ruta con tentadores cantos.

Tal vez intuyendo el inmenso poder del demonio meridiano –según mis conjeturas, acérrimo adversario del ángel de la siesta–, la filósofa irlandesa Iris Murdoch construyó su ética alrededor de la idea de concentración como aprendizaje y entrenamiento. Reclamaba «una mirada justa y amorosa, dirigida sobre la realidad individual». Esa «atención amorosa» implica captar qué necesita el otro. No se trata de enunciar una norma y actuar siempre de acuerdo con ella, sino de remediar la sed y la angustia de cada cual en su particularidad. El amor atento sería la herramienta moral que nos ayuda a captar la realidad de una persona al orientar la atención hacia ella. En su ensayo La idea de perfección, Murdoch afirma que cambiar el modo en que miramos afecta instantáneamente a nuestra forma de actuar, también a nuestros lazos con los demás. Y nos revela bellezas inadvertidas.

En una gélida y ajetreada mañana de enero, un hombre empezó a tocar el violín en los túneles del metro en Washington. A su alrededor se apresuraban más de mil personas, rumbo al trabajo. Quien prestó más atención fue un niño de tres años. Su madre tiraba del brazo, apurada. La escena se repitió con otros niños, y todos los padres, sin excepción, los forzaron a seguir la marcha. Solo siete personas se detuvieron, así que el violinista recaudó apenas treinta dólares. Cuando se hizo silencio, no hubo aplausos. El agobiado gentío había desperdiciado la oportunidad de escuchar a uno de los mejores músicos del mundo con un violín tasado en millones. Solo unos días antes, Joshua Bell había abarrotado un teatro con entradas a precios imposibles. La actuación de incógnito fue organizada por el diario The Washington Post como experimento social. Pretendían averiguar si percibimos la belleza en momentos de prisa, en lugares sin prestigio. Si nos detenemos a apreciarla, si reconocemos el talento en contextos inesperados. Cuando no reparamos en un don tan rotundo, qué más estaremos pasando por alto.

Nos define un volátil entramado de clarividencias y cegueras. Dime lo que atiendes –entiendes– y te diré quién eres.

sábado, 27 de junio de 2026

"LA VERGÜENZA DE EUROPA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El endurecimiento de la política migratoria en la UE no sólo expulsa a los migrantes: fabrica una categoría de personas

Empezó con un aplauso que fue creciendo hasta que aparecieron los puños en alto, y desde los escaños de la derecha y la extrema derecha del Parlamento Europeo acabó tomando la forma de un cántico: “Send them back!”. Devolvedlos. Se acababa de aprobar una de las reformas migratorias más duras de la historia de la Unión. El cántico no expresaba el alivio de quien resuelve un problema, sino el júbilo de quien al fin ha encontrado un enemigo. Y eso, en una Cámara que nació para desterrar al enemigo de la política europea, es una noticia mucho más grave que la ley misma. Vale la pena detenerse en lo que se aprobó, pues, como siempre, el lenguaje administrativo lo vuelve casi inofensivo. Deportaciones más rápidas, detención ampliada hasta dos años en algunos supuestos, registros domiciliarios asimilables a los métodos del ICE estadounidense, y centros de retorno fuera de la UE, en terceros países a los que enviar a personas sin vínculo alguno con ese lugar. Cada medida, por separado, se presenta como simple gestión, pero juntas dibujan otra cosa: deshumanización.

Conviene reparar en esa desproporción, porque nadie corea una ley. El entusiasmo no se explica por lo que hace la norma, sino por lo que dice: hay un “nosotros” y hay un “ellos”, y el poder acaba de ponerse del lado del “nosotros”. El cántico no celebraba la política migratoria, sino una pertenencia que solo se vuelve gozosa cuando hay alguien a quien apartar. Fue, en el fondo, un acto de identidad disfrazado de medida legislativa. Y para que algo así suceda en un parlamento hace falta que alguien le abra la puerta, y se la abrió el centro. La mayoría que aprobó la ley rompió el pacto tácito sobre el que se sostenía la cámara. El Partido Popular Europeo dejó de buscar el consenso con socialistas y liberales y votó con los conservadores y la extrema derecha. No es la primera vez en materia migratoria, pero ha dejado de ser excepción para volverse método. Al votar y celebrar junto a ellos, el centroderecha no solo sumó escaños: los legitimó.

Bajo el ruido del cántico hay algo que casi nadie nombró. La ley no sólo expulsa: fabrica una categoría de personas. Quien acaba en un centro de retorno, detenido durante meses, sin vínculo con el lugar y sin comunidad que lo reclame, no ha perdido un derecho concreto, sino el suelo desde el cual los derechos son posibles. Es una de las lecciones del siglo XX: la catástrofe del desposeído no es ser tratado injustamente, sino dejar de pertenecer a una comunidad obligada a protegerlo porque es superfluo. Nuestra historia nos enseña con cuánta facilidad se pasa de negarle a alguien todos sus derechos a arrebatarle la existencia. Con todo, lo inédito fue el espectáculo. Europa lleva años excluyendo en silencio, en nuestras fronteras y aguas, pero lo asombroso es que se celebre a la vista de todos. ¿Qué pasa cuando la crueldad ya no se oculta como algo vergonzante y se exhibe como un triunfo? Deja de ser un coste incómodo del que preferiríamos no hablar para convertirse en el mensaje, en seña de identidad y motivo de orgullo. Entramos poco a poco en un mundo donde ya no sirve apelar a la vergüenza. Quien se muestra cruel sin avergonzarse no comete un desliz: enseña los dientes. Las democracias, lo sabemos, no mueren de un golpe sino de costumbre: se insensibilizan, aplauso a aplauso, hasta que la exclusión deja de ser noticia y pasa a ser el clima. Hoy, la única resistencia real es la más modesta y difícil: negarse a acostumbrarse. Que algo así, todavía, nos parezca impensable.

miércoles, 24 de junio de 2026

"EL SUMO SACERDOTE". Juan José Millás, El País

No se pierdan a Florentino Pérez entrando en la sala de prensa de Valdebebas con el gesto de quien se dispone, más que a responder preguntas, a administrar un sacramento a hostias. Hay en su expresión una mezcla de fatiga y de severidad pontificia, como si acabara de descender del monte sagrado con las Tablas de la Ley en las que se establece el modo en que los periodistas y demás ralea deberán hablar en el futuro de esa entidad metafísica denominada Real Madrid. Viene inflamado de una ira divina. De ahí quizá la presencia excesiva del extintor colgado de la pared no para apagar un fuego físico, sino una combustión teológica.

A mí, pese a que practico el ateísmo futbolístico, me impresionó, qué quieren que les diga. El magnate de ACS no hablaba, emitía encíclicas papales. No defendía una gestión, sino una esencia. La idea del Madrid aparecía en sus palabras como algo eterno, inmaculado, quizá anterior incluso a la creación del mundo. Los críticos no eran discrepantes, sino herejes. Los periodistas incómodos, sacrílegos que se revolcaban como cerdos en una cochiquera blasfema. Más que como presidente, actuaba como sumo sacerdote de una religión perseguida.

Ningún poder excesivo puede sostenerse solo sobre balances económicos o victorias deportivas. Necesita una mística. Necesita un misterio. Necesita un dogma. Necesita un relato sagrado. Mientras veía el telediario, pensé que el fútbol quizá sea el último lugar de Occidente en el que aún se cree de verdad, a ciegas, sin distancia irónica alguna. Y Florentino, al atravesar esa puerta azul de Valdebebas, era consciente de ello.

"LA MALETA DEL LENGUAJE". María Stepanova, Equator-Ensayo 17/06/2026

De la serie "Emigros" de Egor Borie Cómo la nueva generación de exiliados políticos rusos está redefiniendo lo que significa perde...