martes, 7 de julio de 2026

"Francesc Torralba: “Los prejuicios no se tienen, se sufren. Son cárceles invisibles”. Anatxu Zabalbeascoa, El País

Es filósofo, teólogo, historiador, antropólogo y pedagogo. Tiene cuatro carreras, tres doctorados y ha escrito un centenar de ensayos. Hace dos años, tras la muerte de su hijo, escribió ‘No hay palabras’. Este año ha ganado el Premio Josep Pla con ‘Anatomía de la esperanza

Se adivina que Francesc Torralba (Barcelona, 59 años) lleva décadas dando clase por el tono alto y claro de su voz explicando una misma idea con distintas palabras. Más allá de ese tono, en forma y sonriente, se muestra cercano. Capaz de una combinación poco habitual: hablar de dolor sin emocionarse, pero sin frialdad. La entrevista es en una de las sedes de la Universidad Blanquerna-Ramón Llull donde da clase.

¿Ha aprendido más leyendo o viviendo?

Nada suple la experiencia. Aportan especialmente las difíciles. Las que ni esperas ni deseas te transforman.

¿Por qué?

Una enfermedad, una ruptura, la muerte de un ser querido en mi caso… Jaspers hablaba de situaciones límite: te ponen a prueba. Aristóteles llamaba amigos instrumentales a los que te rodean cuando tienes dinero o éxito. Cuando vives una experiencia terrible, y podrías ser una mala compañía porque sientes rabia o dolor, desaparecen todos menos el amigo de verdad. La contrariedad es el principio de verificación de la amistad.

Séneca aconsejó prepararse para lo impensable.

No lo hacemos. En Cartas a Lucilio dice: “No pospongas”. Planificamos y llega lo inesperado: una pandemia, un accidente, un energúmeno en la Casa Blanca declara una guerra… Las cosas lejanas tienen consecuencias en nuestro microcosmos. En las redes hay un ejército de analfabetos emocionales que responden visceralmente a cualquier reacción. Cuesta encontrar líderes prudentes a la hora de hablar y actuar.

¿Qué desarrolla una cultura emocional?

La experiencia. Uno aprende que cuando actúa sin reflexionar generalmente naufraga y hiere a los demás.

¿Ser contenido no choca con el “no pospongas” de Séneca?

Los fracasos son ocasión de aprendizaje. Me viene un alumno con todo suspendido en febrero. Le pregunto qué ha aprendido. “Que no puedo hacer tantas cosas. Que estoy disperso”. ¿Qué hacemos con el fracaso? Lo imputamos al otro: al profesor, al árbitro… Cuando el fracaso es digerido, en lugar de atribuirlo a otro, aprendemos. Eso vale para el profesor: ¿siempre es el alumno el que no está atento? Si lo que dices está en Google, eres innecesario.

¿Enseña de lo leído o de lo vivido?

Si hablas de experiencias, comunicas lo que te ha conmovido. Había hablado mucho del duelo antes de la muerte de mi hijo. Cuando uno habla en primera persona se hace el silencio, ¿por qué? Porque ChatGTP no tiene experiencia. Se nutre de ordenar datos.

Su hijo Oriol se precipitó en los Picos de Europa. Escribió No hay palabras. De la impotencia pasó a la gratitud.

Por haber vivido con él 26 años. Kafka escribió: “Las palabras son malos alpinistas y malos espeleólogos”. Tanto ante las experiencias cumbre, de plenitud, como ante las de desgarramiento, las palabras son insuficientes. Ese vacío no puede articularse en palabras. Pero el consuelo tampoco. Afortunadamente, tenemos otros lenguajes: el de las lágrimas, el de la caricia… Una experiencia así es como un movimiento sísmico. A lo de atrás no se puede volver. Pero se puede aprender.

¿Qué?

Humildad, que san Agustín decía que era la madre de las virtudes. La muerte es despótica. Y, a la vez, democrática. Esa experiencia del límite une. Te permite ponerte en la piel de otro. Y te salva de hacer el ridículo diciendo: “Tienes que pasar página…”.

¿No es humano intentar consolar?

Claro. Pero santa Teresa dice: “No hablaré de nada que no haya experimentado una o muchas veces”.

Deberíamos hacer camisetas…

Es el principio de humildad. El tertuliano que puede hablar de Rosalía, Gaza o Lamine Yamal es omnisapiente, un atributo de Dios. Tras el gran dolor aprendes una virtud olvidada: la magnanimidad. No puedes malgastar tu vida en estupideces.

No deja de creer cuando muere Oriol. ¿Tampoco siente culpa por haber dedicado tanto tiempo a estudiar?

Para entender a un ateo hay que comprender cómo se le habló de Dios cuando era niño. Tuve la suerte de recibir una formación en la que se presentaba a Dios como un oído dispuesto a escuchar, no como un ojo que vigila para condenar. Fui a un colegio laico.

¿Siempre percibe ese amor?

El amor es Dios. A veces experimentas el grito de Jesús: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Su esposa y sus hijas ¿cómo reaccionaron a la muerte de Oriol?

El duelo es intransferible. Es distinto vivir la muerte de un hermano que la de un hijo, a los 20 años que a los 56. Hemos hablado mucho. Hay duelos que destruyen familias. Y parejas. Querrías que el otro saliera de ese pozo…

Y no sabes cómo.

Puedo decir: a mí me ha ido bien leer el Eclesiastés, las cartas paulinas. Igual otro lo lee y se queda tan ancho. Pero tengo claro que si uno identifica algo balsámico, tiene que compartirlo. No imponerlo, exponerlo.

Ha escrito sobre la amputación emocional de los hombres.

Los hombres lloran solos. Se autolimitan emocionalmente. En los grupos de duelo esencialmente hay mujeres. Mi hija Anna iba a uno especializado en la muerte de un hermano. Nunca había ningún hombre. A los hombres les cuesta llorar. Ahora hay tenistas que se retiran llorando. Viven un duelo. Hay quien se ríe de eso.

¿Llorar es debilidad?

No. Es mostrar, con otro lenguaje, un dolor infinito que las palabras son insuficientes para expresar. Schopenhauer decía que la lágrima era el lenguaje universal del sufrimiento.

¿Qué le llevó a la teología?

Iba para químico y un sacerdote me conmovió hablando de libertad y muerte. Empezaron las preguntas. La Universidad de Barcelona tenía profesores militantemente ateos que hablaban del Papa como del gran brujo blanco de Roma. Para mí fue motivo de batallas interiores.

Su libro más vendido, El arte de saber escuchar, habla de la indigencia vital.

Ser escuchado, reconocido y amado es esencial en cualquier edad. María Zambrano dice que somos seres mendicantes, siempre pidiendo: que me aplaudan, que me lean… El yo necesita del otro.

¿El budismo propicia autonomía?

Es un ejercicio espiritual de gran alcance: reducir nuestro sufrimiento limitando nuestros deseos. Pero en esta sociedad todo nos estimula a desear.

¿Escuchar es buscar la verdad del otro?

Las razones del otro, aunque violenten las nuestras. Acoges a un huésped que puede ser inquietante. En la escucha puedes romper tópicos y estereotipos.

Ganó el Premio Josep Pla por Anatomía de la esperanza en tiempos difíciles para encontrarla.

Para vivir necesitamos un horizonte. Y cada uno tiene que forjar el suyo. La esperanza consiste en creer que es posible hacer realidad horizontes difíciles. Requiere tiempo, constancia y comunidad. Solo no vas a poder. No hay esperanza sin temor porque no es una certeza. No tienes garantizado que tu sueño se haga realidad.

¿Querer no es poder?

Se puede hasta cierto punto. Lo saben los deportistas de élite. El bien no es fácil de conseguir. Pero el que tiene esperanza confía en que es posible.

¿Qué da confianza?

La experiencia, la propia y la de los demás. He hecho 15 maratones. El primero cuesta. Pero otros te ayudan: “Te tienes que hidratar bien, debes dosificar…”.

Ha leído, escrito, educado, corrido… ¿A qué ha renunciado?

Sin el apoyo de mi esposa no hubiera conseguido nada. Es historiadora. Se dedicó a la paleografía. Fue profesora en un instituto, guía turística y desde hace años creamos una SL.

¿Ella ha sacrificado algo?

Imagino que sí. Como yo. La vida de biblioteca significa renuncia a vida social y a atención a los hijos. Aunque yo no lo vivo como renuncia. Mi mujer ha dedicado tiempo a aprender griego, alemán, japonés y ahora perfecciona el latín. Ese poliglotismo la llena. Toda decisión conlleva renuncias. Pero cuando el proyecto te colma, no lo vives con amargura.

Sus padres ¿qué hacían?

Él fue director comercial de una empresa de cables de acero. Y mi madre era ama de casa. Cuando quise estudiar Filosofía me advirtieron: no será fácil. Otro hermano hizo Físicas, y otro, Filología. A todos nos ha ido bien. Mi padre murió hace tiempo, y mi madre, hace poco de un alzhéimer prolongado.

¿Es un duelo anticipado?

Te despides antes. Cuando se corta el hilo de la vida, la despedida es distinta.

Una paradoja de la esperanza es que es mejor no esperar demasiado.

Las expectativas infundadas son fruto de la ignorancia.

¿Ganamos dudando o confiando?

Solo dudar conduce a la parálisis. Pero necesitas el yin y el yang, la afirmación y la negación. La vida es un acto de confianza y esperanza.

¿La duda se parece a la soledad?

Sí. Porque la necesitas para autoanalizarte y para, como Unamuno, aislarte del mundanal ruido. Pero necesitas el aprendizaje de los demás. Aristóteles dice en la Política: si vive completamente solo, o es Dios o es una bestia. Porque lo propio del zoon politikón, que es lo que somos, es vivir en comunidad.

La convivencia de contrarios parece explicar todo. En palabras de mi madre: hagas lo que hagas, te equivocarás.

¿Sabes quién lo dice como tu madre? Kierkegaard. En Discurso extático: “Si te casas, te arrepentirás. Si no te casas, también”. Es decir: cualquier decisión conlleva un arrepentimiento. Eso no te debe conducir a no tomar la decisión. Tienes que optar: domesticar la angustia que va unida a la decisión. Una vida sin angustia no existe. Kierkegaard dice que el animal tiene miedo y la angustia es humana. El animal teme ser atacado o devorado. La angustia es reflexiva.

¿El erudito ha leído y el sabio ha digerido?

El erudito tiene memoria oceánica. Identifica el texto oportuno para ilustrar una idea. El sabio ha aprendido de las experiencias. Es capaz de comunicar pensamientos complejos con sencillez. El erudito a veces cae en la ampulosidad. En la universidad hay mucha.

“El hombre que ha cometido un error y no lo corrige comete otro mayor”.

A aforismos sabios expresados con sencillez se llega sedimentando una experiencia. En una parábola de Jesús —la del hijo pródigo, la del buen samaritano— hay sabiduría. Explican lo complejo con niveles de profundidad.

¿Cómo afronta sus prejuicios?

Los prejuicios no se tienen, se sufren. Nos separan de los demás. Son cárceles invisibles en las que uno está metido sin darse cuenta. Es un juicio anticipado que hacemos de otro sin conocerlo por pereza, miedo o comodidad. Cuando uno empieza a deconstruir sus prejuicios, su mapa del mundo se desordena: es alemán, pero no es puntual; es español, pero trabajador. Ante los prejuicios, el caos es el buen camino. Tienes un alumno con un tatuaje y un piercing. No das un duro y te hace un examen extraordinario. Si por inercia nos cuesta cuestionar nuestros prejuicios, vivimos de tópicos. Se lo digo a mis alumnos: los juicios, a posteriori, nunca a priori.

¿Crecemos cuando nos conocemos o cuando conocemos el mundo?

Educar es ayudar al educando a conocerse a sí mismo: Nosce te ipsum, conócete a ti mismo. Pero no lo cumplimos: terminan el bachillerato sin tener idea de quiénes son. Miramos más hacia fuera que hacia dentro. Uno de los motivos principales de la infelicidad es la dependencia del qué dirán. Puede doler una mala crítica o un comentario. Pero no puedes hacer depender tu felicidad del juicio de los demás, que a veces es injusto o ingrato.

¿La crítica ayuda a mejorar?

La razonada, sí. El criticón, no. Al primero lo mueve la excelencia; al segundo, la envidia o la frustración. Creo en el elogio público y en la crítica privada.

¿Saber estar solo es más difícil que convivir?

Los individuos resentidos dificultan la convivencia. Ante ellos, la soledad puede ser una liberación. Pero hay soledades difíciles porque obligan a confrontar nuestra culpa, nuestro remordimiento. La soledad es el precio que hay que pagar para conocerse.

¿Todo el mundo se la puede permitir?

Es posible que no. Creo en la soledad a raciones. No tengo vocación de anacoreta, pero creo que la soledad juega un papel de laboratorio antropológico: uno se piensa. Aristóteles y el Génesis dicen lo mismo: “No es bueno que el hombre esté solo”.

¿Escuchar es una forma de amar?

Una de las más sublimes. Sobre todo al que nadie escucha. Escuchar a una persona que argumenta es un placer. Escuchar al que nadie quiere escuchar es un acto de amor infinito.

¿Quién merece ser escuchado?

Aquí intervienen los prejuicios. Creo en la escucha intergeneracional. El anciano tiene que escuchar al joven y el joven al anciano. No escuchamos por prejuicios: porque es pobre, negro, mujer, homosexual, católico, musulmán… Y no damos la posibilidad de que se rompa el tópico porque la claridad jamás se da al principio, es el resultado de mucho trabajo. Para Ortega, la claridad era la cortesía del filósofo. Hay algunos que juegan a la oscuridad, con criptolenguajes, para llegar solo a iniciados.

“A escuchar enseñamos escuchando”.

Los niños hoy son despóticos, están hiperestimulados y son tecnoadictos. Les hemos robado la infancia. Alguien ha ganado mucho dinero con la necesidad de que tengan móvil. El ámbito escolar debería tener un ecosistema de protección. A una planta pequeña debes dejarle espacio para crecer. Con la madurez retiras la protección para no caer en el paternalismo.

¿Se puede amar sin conocerse?

Sin autoconocerse es difícil. ¿Qué le pasa a quien termina una relación y ya está empezando otra? Que utiliza a sus parejas como parches. Intentar convertir al otro en un ser a imagen y semejanza de tus sueños es un error terrible.

“Solo quien ama está vivo”. Esa frase suya da miedo.

Hay personas vivas que ya no están aquí. Si no amas, ¿qué te queda? Quien ama se pone en movimiento. Y sufre: el precio del amor es sufrir.

¿De qué depende la buena vida?

Mejorar la calidad de vida de tus semejantes genera felicidad, y esa actividad, aunque sea ingrata o canse, te colma. Ser amable es ser amado por los demás. ¿Por qué? Por la manera como escucha, humilde, capaz de autocrítica, de rectificar, de elogiar al otro… Hay personas que se quedan solas y no entienden por qué. Pero nadie se acerca a un cactus.

lunes, 6 de julio de 2026

"EL PATRIOTISMO". Federico García Lorca (1917)

¡Cuántas veces nos han hablado del patriotismo! Siempre hemos entendido desde niños al patriotismo por un sentimiento que tiene por espíritu a un trapo de colores, por voz una corneta desafinada y por fin defender las tumbas, las casas etc., etc., de nuestras familias. Los encargados de danzar ante el sacro fuego de sus ideas son unos señores muy ordinarios con bigotes tiesos y voces campanudas que nos hacen a los jóvenes besar una cruz infame formada por la bandera y una espada; es decir la cruz de las tinieblas y de la fuerza. Hay que pensar para qué sirve toda esa multitud de muñecos grotescos que son sacerdotes del patriotismo y que van arrollando a la dulzura y al amor. No se puede concebir por qué todo un pueblo se lanza contra otro únicamente por esta pasión... En España nos las damos de muy patriotas. En la escuela nos dicen: “España es nuestra segunda madre y el Rey su representante”, es decir, su maniquí... Y nosotros mirábamos al maestro que, encendido el pecho de entusiasmo, nos decía: “Es nuestra segunda madre. Vosotros como buenos hijos debéis dar hasta la última gota de vuestra sangre” (esta es la frase de cajón). Paseábamos por la calle y al fondo de ella aparecía el ejército brioso, marcial, marchando elegante al son de una sinfonía bélica... y nos daban escalofríos, autosugestionados por el medio ambiente, y nos descubríamos ante la bandera con un no sé qué. Indudablemente los tramoyistas de la vida nacional preparan admirablemente los efectos. Producen emociones involuntarias valiéndose del aparato y de la música. Hay que confesar que la fastuosidad y la etiqueta mezclada con sones apabullantes de músicas produce en las muchedumbres el vértigo. Primero el gran aparato de las armas les produce el miedo y el asombro y luego las músicas les sugieren los sentimientos amables... porque nada como la música comprendida por muchas almas a la vez para formar una sola en una sola voluntad. Es el efecto que recibe la multitud sin darse cuenta. Hay que ir contra esas exhibiciones llenas de lástima y con los oídos del alma tapados como Ulises se tapó los suyos para no caer en la tentación de las hadas del mar... ¿De qué se valen las congregaciones religiosas sino de la fastuosidad y de la riqueza para atraer a la multitud? Saben muy bien que la masa es muy impresionable y le hacen postrarse ante el brillo del oro. Y se da el caso raro de gentes que comprendiendo lo ridículo e imbécil de dichos actos asisten a ellos para recrearse en su solemnidad y teatralidad. En la idea de patriotismo se supeditan las pasiones, el amor, la caridad y la dulzura a la flor áspera y punzante del deber... Es la idea fin del patriotismo convertir muchas almas en cuerpos... Las creencias individuales, sus apasionamientos, sus amores quedan supeditados a la voz de un hombre que grita muy grave: “Ordeno y mando”, y lanza los cuerpos unos contra otros porque las almas volaron al comenzar la tragedia.

Es necesario, preciso que las multitudes se despierten llenas de amor y caridad. Es preciso acabar con lo inútil de las ideas patrióticas. El patriotismo es uno de los grandes crímenes de la humanidad porque de sus senos podridos por el mal surgen los monstruos de la guerra. Por patriotismo los hombres han caído en las negruras de la muerte. Por patriotismo la verdadera patria fue deshecha y escarnecida. Por patriotismo nacieron los males de la tierra. Por patriotismo fueron los hombres odiosos y crueles... Las banderas son los símbolos de la oscuridad y de la negación de Dios... Al hallarse los hombres divididos pusieron el ideal de su bienestar sobre esos trapos de colores que flotan como orgullos con forma sobre todo el mundo. Desde la escuela, en vez de enseñarnos a amarnos y ayudarnos en nuestras miserias, nos enseñan la deplorable historia de nuestros países salpicados de sangres, de odios, y nos dicen: “Aprended a matar a vuestros enemigos. Mirad. ¿Veis este retrato? Pues es Felipe II, que quemó 8.000 herejes. ¡Admirad este otro! Es el Cid Campeador, que luchó contra la cruel morisma y que en Valencia asesinó a muchos hombres... Y este es Santiago, patrón de España, que luchó contra los moros y los exterminó”. Las almas de los niños se educan en ese ambiente de fuerza y de crueldad y llegan a considerar muy afligidos, aunque sin darse cuenta, al Dios de las batallas... “Ya lo sabéis, niños —exclama el maestro—. Dios crió a los hombres para amparar exclusivamente a nosotros, a los cristianos...” Y todos los niños se acostumbran a ver en las demás razas una humanidad inferior y digna de ser exterminada. En las escuelas en vez de enseñar el triunfo de la verdad sobre la fuerza enseñan el apoteosis de la crueldad y la razón espantosa de la fuerza... Todas las historias de los pueblos tan llenas de horrores sirven de guía a la juventud en vez de ampararse en la inefable luminosidad del Evangelio de Jesús. Desde nuestros primeros años nos predican la guerra como cosa necesaria para la gloria de la patria. El patriotismo borró de la historia a los espíritus débiles pero llenos de amor... Cuando en la historia nos quieren hablar de Dios, aparece la espantosa Inquisición. Cuando de formas de pedir misericordia, aparece aquel formidable espíritu del mal llamado Domingo de Guzmán. Cuando nos hablan de la fe en el más allá, nos enseñan la execrable figura del rey Carlos, el encantado por Barrabás. El maestro se levanta y dice: “¡Amar a España! En sus dominios no se ponía nunca el sol”. ¡Ay, nuestras gloriosas tradiciones! Todas incubadas en la maldad y amparadas cobardemente a la sombra augusta de la cruz... España tomó para encubrir sus maldades a Cristo crucificado. Por eso aún vemos su ultrajada imagen por todos los rincones. Con el nombre de Jesús se tostaban hombres. En el nombre de Jesús se consumó el gran crimen de la Inquisición. Con el nombre de Jesús se echó a la ciencia de nuestro suelo. Con el nombre de Jesús ampararon infamias de la guerra. Con el nombre de Jesús inventaron la leyenda de Santiago guerrero. Toman la luz y la hacen oscuridad. Toman la paz y la hacen luchas. Toman la gloria del amor eterno y crean la fuerza para amordazar conciencias. Estos son los crímenes de lo que llaman patriotismo. Estas son las aureolas de la bandera española. Todas las banderas de todas las naciones están nimbadas de sangre mártir que no dio la fuerza que según los reyes debió dar, ¡Ay Dios mío! ¿Hasta cuándo hemos de invocar a nuestras tradiciones....? Porque aquí en España pocas veces se nombran en las escuelas aquellos hombres suaves y plácidos que predicaron la paz por las mesetas castellanas y no los mientan por considerarlos malos españoles indignos de pertenecer a este desventurado país. Nuestra tradición guerrera no significa nada, puesto que el presente no dio su utilidad. ¿A qué oscurecer la conciencia con los recuerdos de sangre? Debemos de formar en las escuelas ciudadanos amantes de la paz y conocedores del Evangelio. Debemos de crear hombres que no sepan que existió el desdichado Fernando el Santo ni Isabel la fanática ni Carlos el inflexible ni Pedros ni Felipes ni Alfonsos ni Ramiros. Debemos de resucitar las almas niñas contándoles que España fue la cuna de Teresa la admirable, de Juan el maravilloso, de Don Quijote divino y de todos nuestros poetas y cantores. Ocultar a los niños que tuvimos reyes fratricidas y sanguinarios. Borrar de las conciencias el admirado Gran Capitán y echar el velo del olvido sobre el pasado. Que en las escuelas en vez de decir cantando “A Felipe I sucedió Felipe II”, que griten los niños “y nació Cervantes y Fray Luis”. Inculcar el amor a toda la humanidad en los niños y el odio a las espadas y a los escudos... y que una mañana, mañana con arreboles de sol glorioso y perfumes de verdad y justicia, vayan todos los niños en procesión a los campos con las manos llenas de rosas y claveles y que se detengan frente a un gran monte de libros de nuestra historia que esté ardiendo con gran furia, y los niños cantarán el amor de la humanidad. Luego que sea el monte ceniza, que arrojen sobre él las flores y de ellas surgirá el milagro. Un evangelio gigante se abrirá y los niños leerán el consuelo para la vida... y del horizonte brotará la aurora de una paz infinita. Hay que arrancar las nefastas ideas patrióticas de la juventud como hay que arrancar a los patrioteros por honor a nuestras madres el concepto de la patria madre. ¡Nunca puede ser madre nuestra la que según decís tenemos que dar la última gota de nuestra sangre por ella! Ella nos lo manda y eso no lo ordena ninguna madre. Vosotros los que empuñáis eternamente las armas, en vez de empuñar el arado o alguna cosa santa y útil, no sabéis lo que es una madre. Las vuestras al permitir que fuerais fratricidas ya dieron prueba de que no os sintieron en sus entrañas. ¡No, señores luchadores de oficio! ¡No! ¡No! y ¡No! Las madres que poseemos son la que nos dio el ser y la de todos los hombres. La Humanidad. ¡No, caballeros del bufido y la espuela! La madre es el amor gigante, la piedad, el sacrificio. El único amor verdadero que poseemos en la vida. La madre es la compasión, la luz, el beso de Dios. La madre es el cuerpo del cual somos alma y corazón. ¡No, patriotas oscuros, la patria no es nuestra segunda madre! En todo caso una madrastra como la de Cenicienta. Lo que nos envía a matar hombres contra la razón no puede ser madre. Hay que ser hijos de la verdadera patria. La patria del amor y de la igualdad.

Invocación

¡Ay, desdichada España! País de negruras, de fuego y horror. Apoteosis de la imbecilidad dirigida por curas lujuriosos, toreros, chulos, prostitutas sin alma, ladrones de frac e ignorantes de fe. ¡Ay, divino país de colores, de apasionamientos, de sonidos y de religiosidad campestre! ¡Ay! ¡Ay, tierra mártir de unos cuantos espectros del mal que maman en tus ricos senos tu pureza y tu hermosura! ¡Ay, desierto en donde mueren las ideas grandes! ¡Ay, pueblo débil y durmiente que has asesinado a Alonso Quijano el Bueno! ¡Ay, multitud fría y sin alma que abandonas a los Cristos que salen a redimirte...! ¡Ay, moribunda España! Hombres sin sangre y sin bríos amordazados por los vampiros de la noche de la razón... Desdichado país cubierto de cipreses de muerte... Estabas hundido en los ponzoñosos lagos de los crímenes políticos y unos caballeros andantes del bien te quisieron salvar... ¡Ay, y no pudieron porque tu corazón no se despertó del todo y volcaron sobre él la fuerza eternamente injusta! ¡Ay, mártires de las ideas de la fraternidad calumniados por los eternos comediantes del mal! Nubes de apasionamiento y romanticismo que os disolvieron antes de que escanciarais vuestros perfumes. Hombres todo corazón que pasasteis un calvario de dolor entre los que se llaman patriotas. Espíritus de amistad y de bienestar, que os cortaron las alas en el primer vuelo gigante. Caballeros pregones del humilde que quisisteis escribir la salvación sobre el cadáver de España... Amaneceres de juventud que cubrió con su manto ignominioso la vejez desastrosa. Sacrificados de vuestros sentimientos que abandonasteis vuestro bienestar del hogar por amor a vuestro pueblo. ¡Admirables valientes de la verdad! Ya lo veis, los que ordenan las cosas de vuestro país os arrojan tonsurados y disfrazados con el traje afrentoso sobre un lago de horror para toda vuestra vida. ¡No! ¡No! ¡Mártires! ¡Cristo! ¡Quijotes! Imposible. Vuestro pueblo rugirá; aún es león. ¿Dónde están los poetas para que lloren? ¿Dónde se ocultan las liras del dolor? ¿Por qué senda se perdieron los ecos del español todo pasión? ¡Admirables caballeros de la igualdad, el divino poeta Hugo está llorando por vosotros en el infinito!

El ensayo 'El patriotismo', firmado por Lorca el 29 de octubre de 1917, se incluyó en el tomo IV (“Primeros Escritos”) de las Obras completas de Federico García Lorca a cargo de Miguel García- Posada (Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 1997), págs. 731-36.

sábado, 4 de julio de 2026

"EL NIÑO QUE SE QUERÍA CURAR". Víctor Gutiérrez, infoLibre.es

Ahora sé que tuve suerte. Porque, aunque crecí pensando que estaba enfermo, nunca caí en las garras de las terapias de conversión. Tuve el apoyo de mi familia y mi entorno.

Hay quien dice que a las personas LGTBI nos roban una parte de nuestra vida. En mi caso es cierto. Durante los últimos años de mi infancia y toda mi adolescencia, me inocularon una idea que se extendió en mí como un parásito a medida que iba creciendo. La idea de que ser como era estaba mal. Que lo que me pasaba era una enfermedad que se podía curar.

No necesité escucharlo en casa de boca de mis padres. Me lo enseñó la poca vida que podía tener por entonces un niño de 13 años. Porque la primera información que tuve sobre lo que significaba ser homosexual fue a través de un insulto que recibí y que ni siquiera era capaz de identificar. Una sola palabra, pero llena de contenido: maricón.

“¿Qué significa eso?”, pregunté a mis amigos. “Eso es que te gustan los tíos”. Como es lógico pensé que, si aquello era algo por lo que los demás podían insultarte, no quería serlo.

Pero llegó la pubertad y, con ella, la constatación de que no compartía ese interés por las chicas que sí manifestaban mis amigos, mis compañeros de equipo y el resto de compañeros que me rodeaban. Me di cuenta, para mi vergüenza, de que efectivamente era eso que me habían llamado. Un maricón.

Y así fue como crecí. Pensando que había algo malo en mí. Con el peso de la culpa. Con la vergüenza como compañera perpetua, y con miedo. Con mucho miedo de que alguien pudiese enterarse y comenzasen los insultos, las humillaciones, las burlas e incluso los golpes. Todo aquello no era fruto de mi imaginación. Era lo que mis propios ojos veían cuando otros chicos identificaban a alguien como yo.

Pero lo peor de todo era la soledad. Porque precisamente esa vergüenza, ese miedo y esa culpa me impedían compartir lo que sentía con nadie. Me aterrorizaba sufrir acoso. Pero también decepcionar a mi familia. Así que hice lo que la inmensa mayoría de personas LGTBI nos vemos obligadas a hacer: sobrevivir. Me puse una careta y fingí ser otra persona. Vigilaba cómo me reía, cómo me sentaba, con quién me juntaba… todo para eliminar cualquier resquicio que pudiese descubrirme como un “maricón”. Traté de educar mis gustos, mis compañías, mis deseos… me apliqué, sin saberlo, una autoterapia de conversión.

Mi alivio llegó en pleno debate social de la ley de matrimonio igualitario, cuando un día escuché en la televisión a un psicólogo decir que la homosexualidad era una enfermedad y que se podía curar. Recuerdo perfectamente lo que sentí: un alivio ensordecedor. “Lo mío tiene solución”. Alguien era capaz de curar aquello. Me interesé, como el que no quiere la cosa para no despertar sospechas, por saber más sobre aquel hombre, y pude conocer su nombre: Aquilino Polaino.

Corrí a mi habitación, apunté su nombre en un papel y lo escondí pensando, “cuando sea mayor, iré a curarme”.

Por suerte, con el paso de los años conseguí destruir aquella idea que como un cáncer se apoderó de mí durante tantos años. Conseguí entender que no me pasaba nada malo. Conseguí desprenderme de la pesada culpa, de la vergüenza y del miedo. Y entonces dejé de sentirme solo. Me di cuenta de que mi familia y mis amigos me querían tal y como era. Me di cuenta de que la mayor parte de la sociedad era capaz de verme con ojos de naturalidad y normalidad. Y sin darme cuenta, también empecé a ser feliz.

Ahora sé que tuve suerte. Porque, aunque crecí pensando que estaba enfermo, nunca caí en las garras de las terapias de conversión. Tuve el apoyo de mi familia y mi entorno. Tuve unas redes que me sostuvieron, incluso en momentos oscuros.

Pero no puedo dejar de pensar en que otros muchos chicos y chicas no tuvieron la misma suerte. Críos, como yo entonces, que tuvieron que escuchar en su casa que estaban enfermos, que eran un error y que les podían arreglar. Chavales que no consiguieron soltar la mochila de la culpa y la vergüenza. E incluso otros muchos que fueron arrastrados a esas terapias por sus propios padres. Yo podría haber sido uno de ellos.

La aprobación este jueves de la Ley para penalizar las terapias de conversión que convierte a estas en un delito no sólo es un avance para las personas LGTBI. Es un símbolo. Lanza el mensaje de que este país no mira hacia otro lado, como hizo durante tanto tiempo. Y también son justicia democrática. Por todas aquellas personas que las sufrieron. Por todas aquellas personas a las que destrozaron la vida. Me enorgullece ver que, como país, mayoritariamente queremos pasar esta terrible página de nuestra historia. Aunque la pasamos no sin resistencia, la del PP y VOX.

Como cada avance LGTBI, nos encontramos enfrente a un PP que defiende la libertad… Pero la libertad de llevar a sus hijos a estas torturas, o de que estas queden impunes si se realizan con el consentimiento de la persona. Por suerte todo esto no se permitirá por ley.

Su oposición es, quizás, el mayor ejemplo de que, aunque avancemos, debemos seguir luchando en otros frentes, porque seguirá habiendo niños y niñas que piensen que están enfermos, y padres que quieran curarles. Y ante esa maldad, nada mejor que una ley que nos dice que nunca nos pasó nada malo. Que lo verdaderamente cruel e indigno es querer arrancar la propia identidad a una persona.

Llegamos tarde, pero llegamos para hacer justicia y proteger.

viernes, 3 de julio de 2026

"SINVERGÜENZAS". Unai Sordo, infoLibrel.es

Unai Sordo junto a Rozalén,
en la fotografía citada en el artículo

Me provoca un profundo asco el cuestionamiento de la llamada 'ley de nietos”

Cuando hablé delante del papa, me permití ponerme en la americana un pequeño triángulo que además llevo habitualmente. Muy poca gente se fijó (alguno sí) porque realmente muy poca gente sabe lo que significa ese triángulo, y sobre todo ese color: el azul, que se aprecia bien en la foto que me hice con María. Normalmente se ven ese tipo de triángulos colocados en solapas, pero son de color rojo.

Ambos son símbolos. Representan los infames distintivos con los que se señalaba a los presos en los campos de concentración y exterminio nazis. Con el color rojo se señalaba a los prisioneros por motivos políticos. Comunistas, socialistas, liberales, demócratas…

Lo que mucha gente no sabe es que los prisioneros españoles no eran marcados con el triángulo rojo, sino el azul. Y una ´S´, de Spanier/Español. Porque no se les consideraba prisioneros por motivos políticos. Se les consideraba apátridas. Porque la dictadura retiró la nacionalidad española a los luchadores antifascistas. Al ser considerados apátridas y no estar protegidos por ningún Estado soberano, los nazis los clasificaron con ese triángulo azul. Muchos de estos españoles eran además considerados presos políticos (lo que implicaba portar el triángulo rojo). Sin embargo, el gobierno franquista y las autoridades alemanas acordaron el estatus apátrida para facilitar su deportación y evitar el amparo de la Convención de Ginebra.

El franquismo no fue solo un golpe de Estado y luego una guerra ante la resistencia a la usurpación del poder por parte de los traidores facciosos. Fue un intento de exterminio del pueblo democrático, de expulsión y extracción de la España republicana. Con muerte, fusilamiento, cunetas, represión, exilio y alejamiento.

¿A qué viene todo esto? Al profundo asco que me ha provocado el cuestionamiento de la llamada ley de nietos que permite a hijos/as y nietos/as de españoles, descendientes de quienes perdieron su nacionalidad por haber tenido que exiliarse durante la dictadura, argumentando que se pretende “modificar el censo electoral”. El censo electoral lo modificó no votar durante cuarenta años. El censo electoral lo modificaron los paseíllos al amanecer, las cunetas, el garrote vil, la tortura y el exilio. Si no se hubieran tenido que ir, no habría que reconocer la nacionalidad a su descendencia. Sinvergüenzas.

jueves, 2 de julio de 2026

"LA MALETA DEL LENGUAJE". María Stepanova, Equator-Ensayo 17/06/2026

De la serie "Emigros" de Egor Borie
Cómo la nueva generación de exiliados políticos rusos está redefiniendo lo que significa perder la patria.

En El don (1938), la última novela que escribió en su lengua materna, Vladimir Nabokov describe una disputa literaria entre escritores emigrados, es decir, escritores rusos que solo se leen entre sí y muestran poco interés por Berlín, la ciudad a la que las circunstancias los han llevado, o por la gente que camina por sus calles, o por la literatura que florece allí.

El motivo de la disputa es un texto en particular que ha generado un descontento generalizado. Un personaje se burla de su autor —un escritor ruso ya en decadencia, aunque todavía leído en círculos de emigrados— con una metáfora visual: un retrato de un antepasado desconocido, que ha colgado en la casa familiar durante muchos años, incluso décadas; puede que ni siquiera represente a un pariente, sino a un conocido. Sin embargo, sin razón aparente, el objeto ha acompañado a la familia a lo largo de su vida, apareciendo siempre como una mala hierba. Cualquiera que sea el revés del destino —incendio, guerra, desplazamiento repentino—, el retrato sigue figurando entre las posesiones que conservarán para el futuro. Si alguien intentara arrebatárselo, lo defenderían como un tesoro. Lo mismo ocurre con la obra de este escritor anciano.

Comienzo con este retrato —completamente prescindible, excesivamente importante— para explicar por qué hablo hoy en ruso, en lugar de, digamos, en inglés, idioma que más personas en este auditorio entenderían. Incluso el título de esta conferencia no se ajusta bien al ruso. En ruso, «persona desplazada» se traduce oficialmente como «peremeshchennoe litso»: literalmente, «persona que ha sido trasladada de un lugar a otro», palabras con un significado preciso y burocrático. Pero la noción espiritual de «desplazamiento» parece no existir en ruso. Para transmitir este sentido de cambio biográfico e histórico, debemos inventar neologismos y paliativos; debemos definir y explicar.

Quizás esto no sea sorprendente. Al fin y al cabo, este es un país donde la esclavitud fue abolida hace poco más de 150 años. Todos los sistemas políticos que le sucedieron en Rusia se basaron en una premisa de propiedad similar: que el Estado tiene derecho sobre sus ciudadanos, sobre todo lo que poseen y sobre todo lo que producen.

Vivir en un lugar donde nada te pertenece y donde cualquier cosa puede suceder en cualquier momento: este es un sentimiento compartido por todos aquellos con un pasado soviético, aunque sus raíces son aún más profundas. Los siervos campesinos estaban legalmente obligados a trabajar una parcela de tierra que no les pertenecía; nunca se les permitía abandonarla. Sin embargo, sus dueños podían venderlos o reubicarlos a su antojo. Incluso un terrateniente con miles de personas a su cargo no era dueño de su propio destino: podía ser enviado al exilio o condenado a trabajos forzados por las autoridades zaristas. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 1 de julio de 2026

"EL PESO DE LAS PALABRAS". Juan José Millás, El País

Una mujer desplazada lleva a un niño en Goma,
en República Democrática del Congo en 2025

¿Pero qué hay de esta mujer sin nombre, con un bebé sin nombre, qué hay de esta pobre mujer “desplazada” de su hogar en la República Democrática del Congo?

El término desplazado (o desplazada, puto genérico incapaz) suele pasar por la lavandería antes de salir a escena. Está ahí, colgado de la percha, como un traje, para que lo utilicemos sin culpa. “Miles de desplazados”, decimos, y continuamos tan frescos porque no los vemos, no los imaginamos, no somos capaces de ponernos en su lugar. Desplazamos ligeramente una silla de su sitio para pasar la escoba. Desplazamos la cama unos centímetros para cambiar las sábanas. Desplazamos el cursor por la pantalla del ordenador para buscar porno. Desplazamos una maceta para que le dé el sol, o una pieza de ajedrez para huir del jaque, o el peso del cuerpo de una pierna a otra para…

¿Pero qué hay de esta mujer sin nombre, con un bebé sin nombre, qué hay de esta pobre mujer “desplazada” de su hogar en la República Democrática del Congo? Sin nombre ni ella ni el niño, y con la espalda cargada de un colchón y cuatro cosas más. No huye solo de un punto en el mapa. Deja atrás sin duda una cocina, una esterilla, una puerta, unos vecinos, una sombra familiar, una cama, un vaso, una butaca. Una geografía física, sí, pero sobre todo un espacio sentimental. Detrás de cada “desplazamiento” hay un estallido, una amenaza, un tanque, un grupo de violadores armados. El lenguaje tiene estas trampas. Llamamos “desplazados” a quienes han sido desalojados de sus vidas. Las fotografías devuelven a veces a la realidad el peso que las palabras habían perdido en las conversaciones. Todos vivimos “emplazados” en una red invisible de afectos, costumbres y rutinas que esta mujer acaba de perder.

martes, 30 de junio de 2026

"TRAFICANTES DE HALAGOS". Irene Vallejo, El País

FERNANDO VICENTE
La mejor manera de impedir que los narcisistas tomen el poder es abordar las amenazas que inquietan a los ciudadanos

En los hipnóticos escaparates de las redes sociales, la influencia se puede comprar. Existen empresas que ofrecen admiración de alquiler: seguidores, comentarios entusiastas, adhesiones apasionadas, elogios en serie —aunque no en serio—. La reputación tiene un precio, y la alabanza amañada catapulta a quien paga. Después de todo, la palabra fama proviene del verbo latino fari —hablar—, ya que famoso es quien está en boca de todos. Curiosamente, de la misma raíz deriva fábula: la celebridad tiene algo de cuento. Siguiendo el hilo y la melodía lingüística, fanfarrón, del árabe hispano farfar, significa “inestable, volátil, charlatán”. En esta feria de las banalidades, la vanidad digital cultiva el truco y trato.

La compra de ovaciones tiene precedentes antiguos. El historiador romano Suetonio cuenta en sus crónicas que Nerón amaba la música y, aun siendo su voz débil y ronca, insistía en dar recitales. Pagó sumas exorbitantes para que 5.000 jóvenes reclutados aplaudieran sus lamentables interpretaciones. Esta argucia serviría como inspiración a las claques europeas. En el siglo XIX, surgieron agencias que proveían a los teatros y autores de aduladores, un mecanismo que derivaría con el tiempo en las risas enlatadas de la televisión. El principio es el mismo: escenificar el éxito ayuda a triunfar. Tener público, aunque sea ficticio, genera publicidad. Ahí nacen las campañas dopadas y la demoscopia fantasiosa. Como intuyó Nerón, pionero de la mercadotecnia, es posible conseguir poder verdadero a través de la fama falsa.

Esta es una lógica que encumbra, cada vez más, a ególatras y aduladores. Las apariencias nos engañan y nos encantan; el prestigio, como su nombre indica, ama a los prestidigitadores. Desde tiempos de Nerón, una y otra vez, numerosas sociedades se han entregado, seducidas y convencidas, a fatuos arrogantes. La teoría proclama que los grandes líderes son quienes anteponen su misión a su ego, el interés público a la vanidad personal. En principio, los narcisistas son fáciles de identificar: se jactan de sí mismos, reclaman atención constante, se sienten con derecho a un trato especial y, cuando no lo obtienen, se erigen en víctimas y airean sus quejas. Pero, paradójicamente, todavía hoy, continúan hechizando y atrapando voluntades.

Un estudio sobre las elecciones estadounidenses entre los siglos XIX y XX reveló que, en tiempos de inestabilidad social, la gente deseaba un presidente que transmitiera aplomo, audacia y dominio. La abrumadora sensación de incertidumbre y ansiedad es propicia para las voces autoritarias que prometen restaurar el orden y para los ególatras embriagados de confianza y desafío. Como explica Giuliano da Empoli en su ensayo La hora de los depredadores, el caos ya no es el alma de los rebeldes, sino el sello distintivo de los poderosos. En un mundo impredecible gana el actor que se mueve con mayor decisión, de forma más agresiva, más sorprendente, el que impone su propia realidad. Serán avasalladores, pero nunca aburridos: folclóricos, extravagantes y cínicos, un espectáculo entretenido. Responsabilizarse es serio y tedioso; tiene más gracia atesorar medallas, coleccionar aplausos y atribuirse logros legendarios.

Sin embargo, sabemos que las personas con altos niveles de narcisismo son peores gobernantes. La experiencia enseña que están más dispuestas a manipular a los demás, a tomar atajos y esquivar las normas. Intentarán deshacerse de todo lo que ralentiza y limita su voluntad, ya sean los procedimientos garantistas, las leyes, los periodistas, los contrapoderes o los jueces. Se atribuyen todos los méritos mientras culpan a los demás de los fracasos. Se jactan de ser escudo frente a amenazas que ellos mismos crean y contra enemigos a los que previamente azuzaron. Consideran el liderazgo como una oportunidad que deben aprovechar; el poder es para ellos más un vicio que un servicio. El legado de estos líderes con frecuencia queda empañado por los desmanes despóticos y nepotistas, la corrupción y la hybris de decisiones desastrosas.

Intoxicados por las loas de los aduladores, estos líderes corren el riesgo de caer en la obstinación y negarse a cambiar de rumbo. En ocasiones, jaleados por sus colaboradores incondicionales, se enrocan en su torreón o se lanzan a galopar hacia temerarias decisiones y ostentaciones. En una época de constantes desahucios, el emperador Nerón, enamorado de los ornamentos dorados, se empeñó en construir una enorme mansión, la Domus Aurea, en pleno centro de Roma, con incrustaciones de oro y madreperla que destellaban bajo el sol, además de un lago artificial y una colosal estatua suya de más de 30 metros. Uno de sus predecesores, Calígula, despreciaba a los consejeros que no se plegaban a sus deseos, así que depositó toda su confianza en un caballo originario de Hispania llamado Incitatus, es decir, Impetuoso. Le regaló un establo de mármol con abrevadero de marfil, una villa amueblada y esclavos a su exclusivo servicio. El animal lucía mantas de púrpura, símbolo regio. Según averiguaciones de Suetonio, el emperador planeaba, en un gesto de sarcástico desprecio hacia las instituciones, nombrar a Incitatus cónsul, la máxima magistratura romana. Desde entonces Calígula, que eligió a un asesor capaz solo de relinchar, es el símbolo de la arrogancia política. Cuando el poder pierde los estribos, las proclamas épicas terminan por resultar patéticas.

En un ecosistema encabezado por vanidosos proliferan los aduladores y lamebotas. El filósofo griego Teofrasto, discípulo de Aristóteles, describió agudamente en Los caracteres al individuo que recurre a la lisonja para ganarse el favor de jefes y gerifaltes. Endulza sus oídos: “Fíjate como todos te miran: esto no le sucede a nadie más, solo a ti”. Le quita una mota o un pelo de la ropa mientras elogia su buen gusto y su figura. Si su alabado habla, ordena que callen los demás. Cuando termina, grita: “¡Bravo!”. En el teatro, se adelanta para mullirle los cojines. Si el patrón se burla de alguien, lo celebra a carcajadas; y, llevándose la mano a la boca, finge retorcerse de risa. En una comedia de Plauto, aparece retratado en plenitud de facultades el parásito Ganapán. Este hambriento perpetuo consigue camelar a un soldado fanfarrón para que le pague la cena, lanzándole su red de halagos: “Eres un héroe intrépido. En la India, le rompiste la pata a un elefante de un puñetazo”. “Y sin esfuerzo”, dice el militar. “Segurísimo. Si hubieras golpeado con todas tus fuerzas, tu brazo habría atravesado la panza del elefante. Bajo tus golpes perecieron un mismo día 150 soldados en Cilicia, 100 más en Sardes y 60 en Macedonia”. “¿Y eso cuánto suma?”. “7.000″. Plauto juega a la caricatura, pero nos avisa sobre el poder de los elogios para manipular y lograr favores de los vanidosos. Es el punto débil de quienes se derriten ante las alabanzas: cebado su ego —y cegada su razón—, resultan fáciles de embaucar por quien promete éxitos y mayores glorias.

La historia prueba que la mejor manera de impedir que los narcisistas tomen el poder consiste en abordar las amenazas que inquietan a la gente. Una vida más amable, tiempos serenos, mayor seguridad laboral y menor zozobra volverán a los votantes reacios a candidatos prepotentes. Adictos al caos, los ególatras pregonan su fuerza mientras dividen y debilitan la sociedad. Por el contrario, los líderes humildes, admitiendo sus fragilidades, nos robustecen. Cuidado con confundir vanidad con valía: la fanfarronería suele ser solo fanfarria.

"Francesc Torralba: “Los prejuicios no se tienen, se sufren. Son cárceles invisibles”. Anatxu Zabalbeascoa, El País

Es filósofo, teólogo, historiador, antropólogo y pedagogo. Tiene cuatro carreras, tres doctorados y ha escrito un centenar de ensayos. Hace ...