miércoles, 18 de marzo de 2026

"VON DER LEYEN Y LA MUERTE DE EUROPA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El mal, en política, rara vez se presenta con la máscara del villano. Más a menudo adopta la forma de una conclusión prudente

Europa escucha hoy una frase que pretende ser realista: “La UE ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial”. Lo dijo Ursula von der Leyen, arrogándose unas competencias que no son suyas y un liderazgo que está muy lejos de poder ejercer. Lo dijo como una constatación, como quien lee el parte meteorológico. Las metáforas de inevitabilidad, frecuentes en la retórica política, tienen su función precisa: disolver la propia responsabilidad en el clima de la Historia. El orden mundial está cambiando, de acuerdo, pero lo inquietante es la tranquilidad con la que aceptamos que ciertas líneas éticas y normativas, hasta ayer consideradas fundamentales, pasan a ser obstáculos prácticos. El mal, en política, rara vez se presenta con la máscara del villano. Mucho más a menudo adopta la forma de una conclusión prudente. La diferencia entre Trump y Von der Leyen no es solo el contenido de sus posiciones, sino la estética moral con la que narran su necesidad: Trump exhibe la ruptura como voluntad; Von der Leyen la presenta como realidad.

La realpolitik funciona como un dispositivo retórico que convierte casi cualquier acción en justificable mediante la apelación a la necesidad. El argumento es siempre igual: ante circunstancias excepcionales, los principios ordinarios no se aplican, la responsabilidad exige realismo y a quien no lo acepta se le relega al papel de ingenuo. Von der Leyen no ha dicho “abandonemos el derecho internacional porque es malo”, sino algo mucho más eficaz: “las circunstancias nos obligan a ser realistas”. Es la forma más clásica ―y más peligrosa― del entreguismo anticipado: se enmascara una elección política como una simple rendición ante los hechos. Es una lógica sin ningún freno interno. Una vez que se acepta que la necesidad suspende las normas, ya no hay un punto claro donde detenerse: es una pendiente.

El peligro está en el político que deja de percibir que sus manos están sucias. Von der Leyen no dijo “sé que esto tiene un coste enorme, pero las circunstancias me obligan”. Al menos, habría sido honesto. Dijo algo peor: no hay coste, es pragmatismo. Pero cuando abandonar los principios no es una dramática excepción y se presenta como mero sentido común, el daño ya no necesita justificarse porque se vuelve invisible. En uno de los momentos más reveladores del discurso Von der Leyen pidió que no se debatiera si la guerra de Irán es “elegida o necesaria” porque perdíamos “el punto esencial”. Setenta años de derecho internacional dirían exactamente lo contrario: ese es el único punto. Distinguir entre guerra elegida y guerra necesaria no es un debate filosófico: es la diferencia entre agresión y legítima defensa, entre un crimen y una respuesta. Descartarla no es pragmatismo. Es decir que la legalidad es irrelevante cuando los fines son convenientes.

Lo que se nos presenta como realismo es, en realidad, la pérdida del juicio político: la capacidad de ver los hechos sin rendirse ante ellos, de entender el mundo sin confundirlo con el único mundo posible. Necesitamos líderes que mantengan viva la tensión entre el mundo que existe y el mundo que debe existir. Porque esa tensión no es ingenuidad. Es la política misma. Trump destruye el orden internacional desde fuera, con voluntad y como acto de fuerza. Pero para que el colapso sea completo necesita que los agentes que deberían defender ese orden lo abandonen antes de que llegue el ataque. Von der Leyen le ha proporcionado esta semana exactamente eso. Ni siquiera por complicidad consciente, sino por algo más profundo y difícil de combatir: asumir que la única política posible es la que acepta las condiciones del adversario. Europa no muere en directo por el empuje de sus enemigos. Lo hace por la incompetencia de quienes creen que la salvan.

martes, 17 de marzo de 2026

"DISCURSO SOBRE LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA". Étienne de La Boétie


Murió por la peste en Germignan el 18 de agosto de 1563 a los 33 años. El Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno es una corta requisitoria de 18 páginas, contra el Absolutismo que sorprende por su erudición y solidez ya que quien lo escribió sólo tenía 18 años de edad. Al leer esta obra Michel de Montaigne quiere conocer al autor y de este encuentro nace una amistad que sólo acaba con la muerte de La Boétie. El texto de La Boétie plantea la cuestión de la legitimidad de cualquier autoridad sobre un pueblo y analiza las razones de la sumisión (relación dominación/ servidumbre). De esta manera el Discurso prefigura la teoría del contrato social e invita al lector a una minuciosa vigilancia siempre con la libertad como punto de mira. Los numerosos ejemplos sacados de la Antigüedad clásica que —como era costumbre en la época— aparecen en el texto, le permiten criticar, bajo una apariencia de erudición, la situación política de su tiempo. Si bien La Boétie fue un servidor del orden público, es considerado por algunos como un precursor intelectual de la desobediencia civil y del anarquismo.

lunes, 16 de marzo de 2026

"LA EXPULSIÓN DE LO DISTINTO". Han, Byung-Chul (2017), Barcelona, Herder


Los tiempos en los que existía el otro han pasado. El otro como amigo, el otro como infierno, el otro como misterio, el otro como deseo van desapareciendo, dando paso a lo igual. La proliferación de lo igual es lo que, haciéndose pasar por crecimiento, constituye hoy esas alteraciones patológicas del cuerpo social. Lo que enferma a la sociedad no es la alienación, la sustracción, la prohibición ni la represión, sino la hipercomunicación, el exceso de información, la sobreproducción y el hiperconsumo. La expulsión de lo distinto y el infierno de lo igual ponen en marcha un proceso destructivo totalmente diferente: la depresión y la autodestrucción.

Este nuevo ensayo de Byung-Chul Han rastrea el violento poder de lo igual en fenómenos tales como el miedo, la globalización y el terrorismo, que son los que caracterizan la sociedad actual.


"EL DERRUMBE DEL DEBATE PÚBLICO". Esther Palomera, elDiario.es

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso,
en el pleno de la Asamblea regional 
Cuando en la conversación manda el escándalo diario, la mentira, la confrontación y la ausencia de valores es que el pensamiento, el análisis y el diálogo se han esfumado definitivamente. Cada día, gana espacio la bajeza moral y la vulneración de todos los estándares éticos, políticos y periodísticos sin que haya quien se escandalice por ello.

Sostener que Begoña Gómez es una mujer trans o el “esposo” del presidente del Gobierno y que está vinculada al narcotráfico es “improvisación”. Ni injuria ni calumnia. Es repentizar y es libertad de expresión.

Sostener que “ETA gobernará el País Vasco y Navarra en un año” es una “verdad incómoda”. Ni pronóstico, ni obsesión, ni lucubración. Es una certeza como que en las próximas elecciones “nos jugamos la Corona y la desagregación de España”.

Sostener en sede parlamentaria que el PSOE de Madrid está “jodío” es institucionalidad. Ni chabacanería ni mala educación. Es altura política y es propio de un liderazgo inigualable.

Sostener ante un micrófono que uno conoce cuatro cosas del presidente del Gobierno que le obligarán a dimitir sin aportar ni cuáles, ni cuándo, ni qué pruebas hay al respecto es periodismo de calidad aunque de tal afirmación haya pasado más de uno año y no haya rastro ni de bombas de racimo ni de detonaciones informativas.

Un país en el que todo lo anterior se aplaude, se jalea, se premia y, además, se le otorga categoría de veracidad es un país en el que cada día gana espacio la bajeza moral y la vulneración de todos los estándares éticos, políticos y periodísticos sin que haya quien se escandalice por ello.

Son solo unos ejemplos. Pero hay muchos más: las inventadas cuentas en el extranjero de media docena de ministros, las minas de oro de un expresidente de Gobierno de las que no hay rastro, la reunión de Sánchez con Otegi en un caserío que no existió, el itinerante parador en el que en pandemia se pegó la juerga padre Ábalos, el dinero que Bolaños ofreció a Aldama por su silencio…

Astracanadas que, de no ser acusaciones serias, serían dignas de carcajada y de materia para un buen libreto de Muñoz Seca. Se sostienen, se publican y se difunden por quienes siempre ven la paja en el ojo izquierdo pero nunca la viga en el derecho. Quienes se erigen en salvadores de una patria en la que solo caben ellos. Quienes destilan bilis en cada palabra que pronuncian. Quienes prefieren la gloria al rigor. Quienes quieren ajustar cuentas. Quienes no olvidan agravios.

En política, en periodismo y en cualquier ámbito profesional se cometen errores a diario, pero una cosa es el yerro involuntario y otra muy distinta la manipulación, la insidia, la inquina o la ausencia de objetividad, que no es lo mismo que neutralidad. Acusar sin pruebas, contar historias a sabiendas de que son inciertas o dar pábulo a lo que se lee en redes sociales, cuenta algún represaliado o declara el primer delincuente confeso sin la más mínima comprobación puede ser el camino para un honor efímero, pero rara vez consolida trayectorias.

La agitadora y tertuliana Pilar Baselga, que afirmó en un programa de Distrito TV en noviembre de 2022 que Begoña Gómez era una mujer transexual y la involucró en casos de narcotráfico, sabía que sus palabras eran susceptibles de demanda y, sin embargo, en el juicio celebrado contra ella por calumnias e injurias se ha escudado en que se hizo eco de “noticias publicadas” y que, con perspectiva, ahora entiende que lo que dijo fue “inadecuado”.

El exministro Jaime Mayor Oreja sabe que ETA dejó de matar hace 15 años, se desarmó hace 9 y se disolvió oficialmente hace 8. También que Bildu es una coalición de partidos legal, con representación parlamentaria y a la que han votado miles de ciudadanos vascos. Y aun así fantasea con un gobierno de etarras. No es desconocimiento, sino un enésimo y burdo intento de manipulación de los hechos construido desde la mentira a sabiendas de que lo es.

José María Aznar sabe que si España es hoy una monarquía constitucional es porque, entre su alma republicana y su compromiso con la Constitución, hace ya más de 40 años que el PSOE eligió lo segundo. Si los socialistas un día abjurasen de ese contrato, en el Congreso de los Diputados habría una mayoría republicana. Felipe VI lo sabe, pero el expresidente del Gobierno y todo el PP se empeñan en dibujar a Sánchez como un peligro para la monarquía cuando en realidad la principal amenaza para el jefe del Estado es hoy la ultraderecha de Vox, socio y hermano de los populares.

Isabel Díaz Ayuso es la autora del “Pedro Sánchez, hijo de puta” y del “que te vote, Txapote”, además de la campeona de los eslóganes vacíos y la voz más injuriante de cuantas anidan en la conversación pública. Este jueves ha hecho mofa del HODIO, el instrumento que el Gobierno ha inventado para identificar la huella del odio en las redes sociales, para atacar al PSOE madrileño: “Veo que la herramienta se llama ‘jodío’, que es como lo llevan ustedes”. Y la sincronizada de guardia ha aplaudido la gracia y casi pedido el ingreso como académica de la Lengua por su conocimiento y dominio del castellano. No hay extravagancia, insulto, corruptela o boutade que no tape un buen pellizco en publicidad institucional.

Pedro Sánchez, pese a una supuesta bomba de racimo que con toda seguridad iba a llevarle a la dimisión hace año y medio, sigue en el Gobierno. De momento, tampoco nadie ha aportado pruebas de algo que le implique en trama alguna de corrupción, pero ahí siguen los autores de tanta falsa exclusiva impartiendo lecciones de ética, de imparcialidad y de periodismo.

El panorama, sin duda, es desolador porque estamos ante un verdadero derrumbe del debate público. Cuando en la conversación pública y publicada mandan el escándalo diario, la mentira, la confrontación y la ausencia de valores es que el pensamiento, el análisis y el diálogo constructivo se han esfumado definitivamente. Y llegará el día en que nos lamentemos por no haber hecho algo para evitarlo.

sábado, 14 de marzo de 2026

"MEDITACIÓN SOBRE LA OBEDIENCIA Y LA LIBERTAD". Simone Weil

La sumisión de la mayoría a la minoría, hecho fundamental de casi toda organización social, no ha dejado de asombrar a quienes han reflexionado mínimamente sobre este tema. Vemos en nuestro entorno cómo lo más pesado prevalece sobre lo menos pesado, cómo las razas más prolíficas asfixian a las demás. Entre los hombres, esas relaciones tan claras parecen invertidas. Sabemos, sin duda, por la experiencia cotidiana, que el hombre no es un simple fragmento del ecosistema, que lo más elevado del hombre—la inteligencia, la voluntad, la fe— produce todos los días milagros enormes. Pero no es esta cuestión lo que se trata aquí. La necesidad implacable que ha mantenido y mantiene de rodillas a las masas de esclavos, de pobres o de subordinados no tiene nada de espiritual; es análoga a todo lo que hay de brutal en nuestro entorno. Y, sin embargo, se ejerce aparentemente en virtud de leyes contrarias a las del ecosistema. Como si, en la balanza social, el gramo prevaleciese sobre el kilo.

Hace casi cuatro siglos, el joven La Boétie, en su Contr’un, plantea la pregunta, sin responder a la misma. ¡Con qué ilustraciones conmovedoras podríamos apoyar su pequeño libro nosotros, que vemos hoy, en un país que ocupa la sexta parte del globo, a un solo hombre desangrando a toda una generación! Cuando la muerte se enseñorea cuando el milagro de la obediencia estalla ante nuestros ojos. Que muchos hombres se sometan a uno solo por miedo a ser masacrados por él es ciertamente sorprendente; pero ¿cómo comprender que permanezcan sometidos hasta el punto de morir por orden suya? ¿Cómo se mantiene obediencia cuando comporta al menos tantos riesgos como la rebelión?.

El conocimiento del mundo material en que vivimos pudo desarrollarse tanto a partir del momento en que Florencia, después de tantas otras maravillas, aportó a la humanidad, por medio de Galileo, la noción de fuerza. Fue sólo entonces cuando la industria pudo emprender el aprovechamiento del medio material. Y nosotros, que pretendemos organizar el medio social, no poseemos de él ni siquiera el conocimiento más burdo mientras no hayamos concebido claramente la noción de fuerza social. La sociedad no puede tener sus ingenieros mientras no tenga su Galileo. ¿Existe en este momento, en toda la superficie de la Tierra, una inteligencia que pueda entender, aunque sea vagamente, cómo es posible que un hombre, en el Kremlin, tenga la posibilidad de hacer caer cualquier cabeza dentro de los límites de las fronteras rusas?.

Los marxistas no han facilitado una visión clara del problema al elegir la economía como clave del enigma social. Si se considera a una sociedad como un ser colectivo, entonces ese gran animal, como todos los animales, se define principalmente por la manera en que se asegura el alimento, el sueño, la protección de la intemperie, en pocas palabras, la vida. Pero la Sociedad considerada en su relación con el individuo no puede definirse simplemente por los modos de producción. Por más que se recurra a todo género de sutilezas para hacer de la guerra un fenómeno esencialmente económico, es patente y manifiesto que la guerra es destrucción no producción. La obediencia y el mandato son también fenómenos que las condiciones de producción no bastan para justificar. Cuando un viejo obrero sin trabajo y sin ayuda perece silenciosamente en la calle o un cuchitril, esta sumisión que se extiende hasta la muerte no se puede explicar por el juego de las necesidades vitales. La destrucción masiva del trigo o el café durante las crisis es un ejemplo no menos claro. La noción de fuerza, y no la de necesidad, constituye la clave que permite leer los fenómenos sociales. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 13 de marzo de 2026

"MÁS FEMINISMOS, MENOS RELIGIÓN". Violeta Assiego, elDiario.es

El feminismo que necesitamos hoy tiene que ser capaz de ver la imagen completa del patriarcado y del colonialismo, de la violencia de género y de la violencia imperialista, sobre los cuerpos de las mujeres, pero también de los hombres y de las niñas y niños que habitan los territorios saqueados y bombardeados

La imagen de Trump rodeado de líderes religiosos, hombres y mujeres que rezan mientras le imponen las manos, no es una escena espiritual. Es una imagen de poder. Representa la alianza entre la extrema derecha política y la extrema derecha religiosa, una alianza que no busca solo ganar elecciones, sino ante todo gobernar las conciencias. Su agenda es global y coordinada, profundamente contraria a los derechos humanos.

El dios que bendice esta alianza es un dios militarista, negacionista del cambio climático, cómplice de la violencia de género, que persigue según el origen y el color de la piel, legitimador de guerras y genocidios… Es un dios vengativo y cruel. Es el dios que usa la religión como dispositivo de odio.

La imagen que hemos visto en el Despacho Oval de la Casablanca no es un gesto estrambótico de un presidente impredecible, sino que es parte de una transformación institucional deliberada. En este segundo mandato de Trump, las reuniones gubernamentales se abren con oraciones cristianas y versículos bíblicos y una recién creada Comisión de Libertad Religiosa trabaja para redefinir los (no) límites entre el Gobierno y la religión con propuestas que incluyen retirar financiación a escuelas consideradas “hostiles a la fe” o perseguir a quienes vayan contra la fe cristiana. El propio Trump dejó claras sus intenciones cuando la presentó el febrero pasado: “las personas no pueden ser felices sin religión, sin esa creencia. Traigamos de vuelta a la religión. Traigamos de vuelta a Dios a nuestras vidas (..) Tenemos que traer de vuelta la religión a Estados Unidos, más fuerte que nunca.” Si bien fue uno de sus comisionados quien dejó claro de cuál es la motivación: “Estamos en una guerra religiosa y cultural, y cada uno de nosotros es un combatiente.”

Pero esta alianza no es nueva. Dorothee Sölle acuñó en los años setenta el término cristofascismo para describir el apoyo de sectores cristianos al nazismo. En España, esa alianza entre poder político autoritario y religión adoptó otra forma, la del nacionalcatolicismo franquista. Hoy, teólogos como Juan José Tamayo hablan de cristoneofascismo para describir la alianza actual entre extrema derecha política, ultraliberalismo económico y movimientos cristianos integristas. En este contexto es imprescindible la lectura de su libro La internacional del Odio.

La actual alianza entre la extrema derecha y el fundamentalismo religioso es profundamente reaccionaria en términos de género, y sigue siendo profundamente colonial. Durante siglos, el discurso de la “civilización cristiana” ha servido para justificar conquistas, dominación y extracción de recursos en distintos lugares del mundo. Hoy reaparece con nuevos lenguajes que hablan de defensa de Occidente, lucha contra la decadencia moral, de ideología de género, de reemplazo e invasión… En el fondo, se trata del mismo relato en el que una civilización se presenta como superior y que necesita enemigos para reafirmarse. Una civilización que lleva siglos explotando y expoliando los cuerpos y los territorios de esos otros pueblos a los que ni miramos ni nos conmueven porque están en esos márgenes a los que no llega nuestra “empática blanquitud”.

Trump está haciendo del nacionalismo cristiano uno de los pilares de su liderazgo político. Se presenta como un defensor de la fe, como el líder elegido por Dios para restaurar y proteger los valores tradicionales de Occidente. Ese nacionalismo cristiano necesita un enemigo interior (la inmigración, el progresismo, el feminismo, la diversidad...) y un enemigo exterior (la inmigración, el comunismo, el islam...) para cohesionar a sus electores y legitimar su poder. En ese marco, la religión no es espiritualidad sino violencia, un relato que sacraliza al líder de la nación y convierte la violencia en una guerra santa. Convierte la política exterior es una misión mesiánica que defiende la superioridad moral de Occidente para justificar intervenciones, expansión de intereses estratégicos y las violaciones del derecho internacional.

Religión, nación y supremacía civilizatoria se entrelazan para sostener estructuras de dominación que no son nuevas, porque son el mismo proyecto colonial de siempre, ahora relanzado desde la Casa Blanca con una Biblia en la mano. Frente a ello, necesitamos un feminismo que no puede ser liberal ni solo occidental. El feminismo que necesitamos hoy tiene que ser capaz de ver la imagen completa del patriarcado y del colonialismo, de la violencia de género y de la violencia imperialista, sobre los cuerpos de las mujeres, pero también de los hombres y de las niñas y niños que habitan los territorios saqueados y bombardeados. Porque todas estas violencias tienen el mismo origen y se sostienen mutuamente. Un feminismo antirracista y decolonial no es una opción más dentro del movimiento, ahora más que nunca es la condición para que el movimiento sea verdaderamente emancipador.

jueves, 12 de marzo de 2026

"EL MONSTRUOSO VICIO DE LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA". Berta Ares Yáñez, El País

Hemos llegado al siglo XXI completamente inclinados por el interés material, atados a los dispositivos celulares y rodeados de tiranos

Era muy joven cuando sentó las bases de su famoso escrito. Como mucho rozaba la actual mayoría de edad, no obstante, Étienne de La Boétie, el gran amigo de Michel de Montaigne, escribió uno de los textos más profundos contra la tiranía: El discurso sobre la servidumbre voluntaria. Un texto breve, absolutamente contemporáneo, profusamente traducido y publicado desde que se difundió por primera vez años después de su fallecimiento a causa de la peste, en 1563.

Este poeta, filósofo y abogado del Renacimiento describió la servidumbre voluntaria como un “monstruoso vicio”. Un vicio que lleva a un número infinito de personas a ser tiranizadas y conducidas al servilismo por su propia voluntad, con el cuello bajo el yugo, no obligadas bajo una fuerza mayor, encantadas y fascinadas “por el solo nombre de uno”. Todo ello a pesar de que es perjudicial, pues la servidumbre al tirano implica, primero, la pérdida del sentido natural de la libertad, después la merma del valor y, finalmente, se instala la impotencia.

El tirano se alimenta de obediencia, servidumbre y devoción voluntaria de las personas. Nunca alcanza la amistad, porque está hecha de una virtud que no posee ni poseerá. No es amado ni ama. Una vez asentado en el poder, gana en astucia. Le resulta fácil engañar y persuadir. Su esquema de funcionamiento es piramidal. Somete a los que están en la cúpula, próximos, mediante el reparto de propiedades y dinero, pues sabe que nada avasalla tanto como la riqueza. A los súbditos, los que forman las bases, los embrutece. El tirano teme la traición. A su alrededor solo hay conspiración. Todo se corrompe.

No es de extrañar que entrado el siglo XX el escrito de La Boétie acompañara la reflexión de no pocos pensadores en torno al totalitarismo y el valor de la desobediencia. Simone Weil, por ejemplo, escribió una Meditación sobre la obediencia y la libertad. Lo hizo en la primavera de 1937, es decir, tras haber participado en la Guerra Civil española. Es una reflexión provocada por el ascenso de los fascismos. Plantea el asombro que le produce ver la sumisión de la mayoría a una minoría criminal y trata de vislumbrar cuál debe ser la fuerza social capaz de romper ese fatídico sometimiento colectivo. Se pregunta cómo comprender que los hombres permanezcan sometidos hasta el punto de morir por orden del tirano. Escribe: “La mayoría obedece hasta dejarse imponer el sufrimiento y la muerte, mientras que la minoría manda”. En esta breve meditación, Weil señala que todo lo que hay de más alto en la vida humana, todo esfuerzo de pensamiento, todo esfuerzo de amor, es corrosivo para el orden tiránico. Y, sin embargo, ve imposible trasladar a la acción política la pureza de espíritu sin condenarse de antemano a la derrota.

Frente al vicio de la servidumbre, La Boétie, al igual que su amigo Montaigne, eligió la virtud de la libertad. Explica Montaigne en su célebre ensayo dedicado a la amistad que, al contrario de la servidumbre, la condición de libertad voluntaria no produce nada más propiamente suyo que el afecto. Rememora también a Aristóteles, quien insistiera en que los buenos legisladores cuidaron más de la amistad que de la justicia, pues las formas de afecto son más hermosas y generosas que aquellas edificadas sobre el placer o el beneficio.

En su texto, La Boétie ilustra con ejemplos históricos que quienes no se entregaron a la servidumbre lucharon con más ímpetu y mejor en defensa de su libertad que quienes vivían subyugados. El Discurso fue comprendido como radical, pues somete a crítica los fundamentos mismos de la autoridad. Pero es que él confiaba en la bondad de la virtud y ésta sólo puede darse en libertad. Este es un punto central de su argumento. Él pensaba que la naturaleza es contraria a la ofensa y, por tanto, si los seres humanos fuimos creados diferentes los unos de los otros es precisamente para favorecer que entre las personas se den los afectos y los cuidados. Naturalmente libres, escribió, todos somos compañeros.

Montaigne describó a La Boétie como un hombre de otra época. Quizá de un tiempo, si es que realmente existió, en el cual la virtud prevalecía sobre el poder y el dinero. Nada que ver con el actual. Las sociedades contemporáneas hemos llegado al siglo XXI completamente inclinadas por el interés material. Vivimos entregados a un embrutecimiento sin parangón. Despreocupados ante la desatendida transmisión del conocimiento de los clásicos y de la antigüedad. Dominados por patologías que se producen en el seno de nuestras democracias. Fatalmente anclados en conflictos políticos del pasado. Servilmente atados a los dispositivos celulares. Embelesados ante los avances de una inteligencia artificial dirigida por intereses que nos alejan de los afectos, por decirlo suavemente. No es de extrañar que al final nos hayamos rodeado de tiranos, cada vez más peligrosos y sofisticados. ¿Qué permanece? De momento todos somos humanos.

"VON DER LEYEN Y LA MUERTE DE EUROPA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El mal, en política, rara vez se presenta con la máscara del villano. Más a menudo adopta la forma de una conclusión prudente Europa escucha...