domingo, 19 de julio de 2026

"INDEPENDENCIA E IMPARCIALIDAD DE LOS JUECES". Tomás de la Quadra Salcedo, El País

Juan Carlos Peinado, en los juzgados de la plaza de Castilla en Madrid
Solo anulando completamente toda la instrucción del juez se hubiera salvado la credibilidad y dignidad de la Justicia que aquí está en juego junto con los derechos fundamentales de los inculpados

El Tribunal Supremo en sentencia de 2/2/2011 anuló una condena impuesta por la Audiencia Nacional (AN) por su parcialidad, pues en una condena por enaltecimiento del terrorismo (caso Otegi), la presidenta de la AN —tras negarse el acusado a responder a la pregunta sobre si condenaba el terrorismo de ETA— dijo: “Ya sabía que no me iba a responder a esta pregunta”. Sometido a nuevo juicio, un tribunal de distinta composición absolvió finalmente al acusado.

Recordar la importancia de la imparcialidad viene a cuento de las palabras del juez Peinado —instructor del caso de Begoña Gómez— en sus autos de 11.4.26 y de 20.6.26, en los que, en relación con el delito de tráfico de influencias que le imputa, sostenía: “Lo determinante es que, por mucho que se busque en la jurisprudencia, … no podrá hallarse un supuesto de similares características, pues las conductas que provienen de palacios presidenciales, como este supuesto, parecen más propias de regímenes absolutistas, por suerte ya olvidados en el tiempo en nuestro Estado, lo que obliga a tratar de analizar (quizás hubiera que remontarse al reinado de Fernando VII) este tipo desde la perspectiva de una interpretación teleológica y hermenéutica de los citados artículos 428 y 429 del Código Penal”.

Esas palabras no expresan la opinión serena y objetiva de un juez imparcial que describe los hechos que está investigando, sino que son —en los términos estrictamente objetivos de su formulación— su antítesis: un “prejuicio” donde los hechos puros se sustituyen por calificativos, opiniones y valoraciones de conductas ajenas a su investigación. En un supuesto delito de tráfico de influencias, los autos lo vinculan con el presidente del Gobierno bajo la sinécdoque de “palacios presidenciales absolutistas”, referidas inequívocamente al consorte de la investigada; y los hechos –únicos que son objeto de la instrucción– se sustituyen por el “prejuicio” de la desmesura que expresa el párrafo con la imagen del absolutista presidente/Fernando VII, sugerente de los mayores excesos y abusos de los que, asegura, no hay noticia peor en nuestra historia hasta esos mismos autos.

Un juicio sobre la total conducta del presidente, completamente ajena a la concreta instrucción y a las pruebas practicadas, ceñidas a singulares actuaciones de su consorte en relación con la Universidad Complutense. Nunca, en todo caso, la investigación ha versado sobre el total comportamiento político del presidente, que es a lo que se refieren con perífrasis claras las palabras transcritas del auto. Estamos ante un “prejuicio” que no se refiere a hechos, sino a la opinión general del instructor sobre el Presidente; opinión que Peinado considera “determinante” del juicio indiciario sobre el supuesto delito de su esposa, contaminado, así, por su opinión política sobre el desempeño integral del Presidente –“palacios presidenciales absolutistas” sin parangón desde Fernando VII– en modo alguno circunscrito al caso investigado. Una opinión política del instructor, disparatada y sectaria a todas luces, que –en lo que aquí importa― necesariamente condiciona (“determinante”, dicen los autos mismos) su juicio sobre los hechos de que está conociendo, valorándolos integrados en el contexto ―imaginado y ni siquiera investigado― del comportamiento del calificado como dictador absolutista.

Las razones de la Sentencia del Tribunal Supremo de 2/2/2011 antes citada —reiteradas en sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) de 6/12/2018 sobre el mismo afectado (Asunto Otegi Mondragón y otros c. España)— pueden traerse a colación aquí sobre las consecuencias nulificantes de tal parcialidad del instructor. Los términos de la decisión del juez Peinado no se ajustan al deber de imparcialidad objetiva que también obliga al instructor, como veremos, y contaminan de nulidad lo actuado; del mismo modo, las doce palabras de la presidenta en el caso Otegui ―“ya sabía que no me iba a responder a mi pregunta”― anularon el juicio entero, incapacitando a todos los miembros de la Sala para volver a conocer del asunto.

Ciertamente, la instrucción de los jueces tiene carácter inquisitivo en cuanto, a partir de algunos hechos conocidos pero incompletos, tienen que completar los hechos mismos y su autoría e investigar y buscar la verdad, construyendo e imaginando hipótesis, sospechas (y sospechosos) con arreglo a las cuales continúan la investigación para completar los hechos y descubrir la verdad. Ese carácter inquisitivo les puede hacer perder inicialmente parte de su imparcialidad, pero solo en ese sentido de empezar por construir hipótesis que han de verificar, pues la imparcialidad se exige de todos los jueces, también del instructor (art. 14 del Pacto internacional de derechos civiles y políticos y art. 47 de la Carta de derechos de la UE), impidiéndole formular afirmaciones sobre hechos ajenos a la investigación y de naturaleza política que “determinen” lo investigado. Eso es lo que ocurre cuando se equipara al marido de la investigada con un déspota absolutista: se pierde objetivamente la imparcialidad.

Reclamar públicamente la imparcialidad —exigible también ante una instrucción— es indispensable cuando a muchos se les escapa tanto su ausencia en este caso como su trascendencia. Lo prueba que un director de programa radiofónico —para mí muy estimable— se limitara a calificar esa afirmación del auto como “ventajista” o como “escarceo histórico del juez Peinado” o “concesión populista del juez al público más cafetero” y en esa línea otros comentaristas y tertulianos. Es preocupante cómo al público y a muchos comentaristas se les escapa que un juez no puede hacer “una concesión populista al público más cafetero”, como lo pueden hacer políticos deslenguados que solo merecen, en atención a su libertad de expresión política, el reproche de la opinión pública. Un juez nunca tiene esa libertad en sus autos para decir lo que Peinado ha dicho: sus palabras son una confesión propia de su parcialidad objetiva no amparada por la independencia judicial indisolublemente vinculada con la imparcialidad. Quien no lo vea así blanquea lo más inadmisible y abre paso, inconscientemente tal vez, a una independencia judicial hipertrofiada, erigida y transformada en patente de corso para cualquier concreta parcialidad en que se incurra; una especie de legitimación para interferir en los derechos fundamentales de los ciudadanos más allá de los límites de la función jurisdiccional. La parcialidad que los autos confiesan desvela, finalmente, la real naturaleza de lo que algunos han querido pasar por meras extravagancias de las que rebosa la instrucción.

La imprescindible independencia judicial la reclamamos todos, empezando por los tribunales nacionales e internacionales (Luxemburgo y Estrasburgo), que evitan sin embargo sus excesos con la doctrina de la imparcialidad objetiva sin necesidad de atender a la intención subjetiva del órgano judicial, proscribiendo que la independencia sirva para corromper la imparcialidad con conductas o expresiones que, objetivamente, la ponen en entredicho: bajo el digno pabellón de la independencia, no cabe de contrabando la mercancía de la parcialidad.

No es el CGPJ ―en una actividad netamente jurisdiccional―, sino la Audiencia Provincial de Madrid, quien, aplicando la doctrina del TS en la sentencia de 2/2/2011 citada al principio, pudo poner remedio a la parcialidad de Peinado declarando la nulidad de toda su instrucción. Una instrucción objetivamente parcial no se convalida ni remedia en el juicio oral, irremediablemente contaminado ya por aquella hasta convertirlo en una formalidad vacía, como denunciara en 2007 Vives Antón (vicepresidente del Tribunal Constitucional y catedrático de Derecho penal). Solo anulando completamente toda la instrucción del juez se hubiera salvado la credibilidad y dignidad de la Justicia que aquí está en juego junto con los derechos fundamentales de los inculpados. La Audiencia Provincial acaba de comprometerlas al seguir adelante sin detectar ―desconociendo la doctrina del TS y del TEDH― la parcialidad objetiva del instructor que, por la nulidad absoluta que comporta, podrá y deberá declararla de oficio cuando la perciba, aunque solo sea para salvar el honor de la Justicia.

sábado, 18 de julio de 2026

"YO FANÁTICA". Irene Vallejo

Es más fácil convivir si actuamos con menos inclemencia, si nos reímos de nuestra solemnidad y empatizamos con el prójimo

Desde siempre, tus amigos han bromeado sobre tu terquedad. Cuando una idea te obsesiona, te aferras al asunto, te exaltas y no sueltas el mordisco. Poco ágil en las conversaciones saltarinas y ligeras, insistes en ahondar machaconamente y ser escuchada hasta la última minúscula matización. Necesitas vencer y convencer. Llegué, vi, insistí. Cuentan que Churchill —autor del mayor glosario de citas probablemente ficticias— afirmó: “Un fanático es alguien que no puede cambiar de mentalidad y no quiere cambiar de tema”. Te asalta una hipótesis incómoda: quien sufre este arrebato intransigente no se da cuenta. Quizá ni siquiera tú misma.

“Fanático” deriva del latín fanum, que significaba “santuario” o “templo”. En la Antigüedad llamaban así a los sacerdotes del culto de Belona o Cibeles, cuyos ritos resultaban excéntricos y frenéticos para los creyentes paganos. Desde el principio, integrista siempre es alguien de otro credo. El escritor Amos Oz se consideraba —con saludable ironía— un experto en fanatismo comparado. Sostenía que el peligro no solo acecha en las manifestaciones colectivas de fervor ciego, entre esas multitudes que agitan sus puños mientras gritan eslóganes en lenguas que no entendemos. No, el fanatismo también se expresa con modales silenciosos y un barniz civilizado. Está presente en nuestro entorno y tal vez también seamos víctimas de su temida infección.

El fenómeno fan se ha incorporado a la vida cotidiana a través de la música y el deporte. Son sus manifestaciones más leves —aludidas con solo las tres primeras letras de la palabra—, aunque a veces también se desmadran. En la antigua Roma algunos devastadores motines empezaron como reyertas en los juegos de gladiadores o en el circo, entre partidarios de las distintas facciones deportivas.

El fanatismo nace de la necesidad —profundamente humana— de pertenecer a algún grupo, equipo o colectivo. Por desgracia, ese anhelo suele derivar en el rechazo a quienes no forman parte de nuestro núcleo, hasta el punto de querer cambiar a los demás, o expulsarlos. Estas actitudes comienzan en casa, en esa tendencia tan común de mejorar al vecino, de enmendar al cónyuge, de hacer ingeniero al niño o enderezar al hermano, en vez de dejarlos tranquilos. El fanático quiere salvarte, redimirte, mejorar tus hábitos. Se desvive por ti, te alecciona. En uno de sus discursos fundacionales de la democracia ateniense, Pericles formuló una idea novedosa para construir comunidades donde nadie sea despreciado: “En el trato cotidiano, no nos enfadamos con el prójimo si hace su gusto, ni ponemos mala cara”. En cada caso y en cada casa, antes de intentar modelar al otro o darle la espalda, recordemos el deseo universal de vivir a nuestro aire.

El romano Luciano de Samósata escribió en el siglo II un irresistible repertorio de obras satíricas donde parodia a los filósofos por sus feroces enemistades, su rigidez y su habilidad para olvidar sus propias faltas cuando pontifican. Con sus bromas certeras denuncia que hasta los sabios se embarran de autoritarismo. Podemos volvernos fanáticos de todo, incluso del diálogo y el respeto. Con frecuencia, quien empieza predicando la tolerancia termina apedreando verbalmente a los diferentes. En nuestras ágoras mediáticas, abundan los fanáticos antifanáticos y los cruzados antifundamentalistas.

Contra este trastorno, previene Oz en su ensayo Contra el fanatismo, no hay tratamiento de eficacia probada. Nos pueden ayudar el arte y la ficción, que abren la mirada a otras mentes y fomentan cambios de perspectiva. Incluso si alguien está absolutamente en lo cierto y el otro vive en el error, sigue siendo útil ponerse en el lugar de los demás. Aprender a mirarnos como nos ven. Asumir que, cuando nos sentimos cargados de razones, nos volvemos pelmas. Peligrosos pomposos. A la larga, es más fácil convivir si actuamos con menos inclemencia, nos reímos de nuestra solemnidad y empatizamos con el prójimo. En un arrebato de locura, incluso podríamos llegar a considerar como posibilidad que —tal vez— estemos equivocados —un poco—. Por supuesto, eso es imposible, puro delirio, pero resulta preferible caer en un exceso fantástico que fanático.

viernes, 17 de julio de 2026

"La catástrofe moral de los tecnomagnates totalitarios: nos roban los datos, nos roban la democracia". Shoshana Zuboff, El País

SR. GARCÍA
Un grupo de caciques corporativos son los responsables del colapso democrático al que asistimos a escala mundial. Con sus algoritmos han conseguido que los ciudadanos naveguemos en un lodo informativo mientras los líderes políticos improvisan ante cada nueva crisis. Cuando las prácticas empresariales entrañan un coste moral y humano inaceptable, hay que abolirlas. Se hizo con el trabajo infantil. Y con la esclavitud

El 10 de noviembre de 2019, la presidenta electa de la Comisión, Ursula von der Leyen, viajó de Bruselas a Berlín para entregarme el Premio Axel Springer por La era del capitalismo de la vigilancia. Parecía consciente de la importancia histórica de aquel momento en el que Europa era la única fuerza geopolítica capaz de frenar la caída precipitada hacia la distopía digital.

“Creemos que lo más importante es el ser humano. Europa pone los valores, los derechos, la confianza y el Estado de derecho por delante de todo lo demás, y eso debe valer también para la estrategia europea en la era digital. Para nosotros, las nuevas tecnologías nunca significarán nuevos valores… Las personas somos, ante todo, ciudadanos, dotados de derechos y con el control de nuestra propia vida… Tanto en el mundo analógico como en el digital…”.

La presidenta electa era consciente de que las demás grandes potencias iban a pulverizar esos valores. “En EE UU, el mercado es tradicionalmente lo más importante… En Asia, el Gobierno tiende a dominar y el individuo tiene que aceptar un papel subordinado al del grupo. Rusia exige a los proveedores de internet que instalen equipos de red capaces de identificar el origen del tráfico y filtrar contenidos”. “Por el contrario”, subrayó, “Europa tiene una larga tradición de equilibrio entre el poder del Estado y el del mercado y, al mismo tiempo, otorga una prioridad especial al individuo. Esa es la gran ventaja de Europa a la hora de dar forma a la era digital. Y todavía no es demasiado tarde. Por supuesto, el progreso no está garantizado. Hay que seguir trabajando”.

Recuerdo el ambiente que se respiraba en la sala después de sus palabras. El viento helador azotaba las ventanas que dominaban la ciudad, pero allí dentro compartíamos una sensación de esperanza, calidez y solidaridad al ver que la mujer que iba a presidir la UE comprendía verdaderamente la importancia y la oportunidad que ofrecía esta próxima gran transformación. También nos tranquilizó ver que comprendía que la UE era la única de las grandes potencias que había institucionalizado y estaba dispuesta a actuar en defensa de los valores, derechos y leyes capaces de forjar un siglo democrático y digital para Europa y para todos los que, en todo el mundo, están desesperados por huir de la distopía. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 15 de julio de 2026

"PATRIOTISMO". Jordi Nieva Fenoll, elDiario.es

El nacionalismo no es más que una ultraidentificación de la propia cultura, que se considera diferente o incluso superior al resto por razones absurdas e inconcretas, por lo general. Si se exacerba, se llega al crimen del racismo

Siempre me ha molestado profundamente que se utilice el deporte para hacer exhibiciones o proclamas patrióticas. Hay quien dice que es mejor que esa exaltación nacionalista se haga en los terrenos de juego y no en el campo de batalla, y también es verdad que, en el panorama ultranacionalista internacional que rige desde hace mucho tiempo, algunos pueblos sin Estado solo pueden expresarse a través de ocasiones incidentales, como el deporte precisamente. Sin embargo, creo que hubiera sido bastante mejor anular la pulsión nacional y no exhibirla en ninguna parte, sustituyéndola por el amor a la cultura, en general. Puede parecer naif este pensamiento. Intentaré explicarlo a continuación.

El nacionalismo no es más que una ultraidentificación de la propia cultura, que se considera diferente o incluso superior al resto por razones absurdas e inconcretas, por lo general. Si se exacerba, se llega al crimen del racismo. Este último ni siquiera se distingue de las peleas entre grupos colindantes de chimpancés, cuyo único pretexto es siempre la protección del propio grupo frente al vecino. Se trata, en definitiva, de un instinto de autoprotección colectivo, considerando que si desaparece el grupo, uno mismo también está en peligro de perecer. Con esa base, se invaden territorios, o se defiende la propia tierra a muerte, y se protegen a veces hasta límites irracionales las propias expresiones culturales o costumbristas, creyendo que, si desaparecen, el grupo también será eliminado.

De ahí que inquiete la presencia de otras culturas en el medio que se considera propio, como le sucede actualmente a demasiadas personas con los inmigrantes. En ocasiones, se produce la misma reacción dentro del propio grupo, cuando algunos quieren distanciarse por preferir una nueva religión, o un cambio político no deseado por el resto, o simplemente nuevas costumbres que alteran las tradiciones respetadas por la mayoría, lo que hace que se individualice a ese grupúsculo de prácticamente la misma genética, y algunos piensen hasta en extirparlo, nuevamente, por el horror a los cambios y al nacimiento de diferencias. En realidad, claro está, las diferencias pueden hacer nacer nuevos grupos, acabando con el original, y ningún grupo desea perder huestes, sobre todo en previsión de ataques de grupos vecinos, para cuya defensa se necesita, por supuesto tropa, como bien sabe cualquier país en guerra. Nuevamente, también les sucede a los chimpancés, como han demostrado los primatólogos. De ahí, de hecho, las ideas ultraconservadoras de la vida de algunas religiones con respecto al aborto o a la eutanasia, y sorprendentemente más liberales con la pena de muerte; no se desea que el ejército pierda soldados, pero sí se desea acabar con los discrepantes.

Todo ello es esencialmente absurdo, si se considera despacio y en simples términos de supervivencia y consecución de la felicidad, que solo es posible gozando de una libertad que no permite el yugo costumbrista de estas agrupaciones de individuos. Sin embargo, hay algo que sí es positivo de todo lo indicado, sobre todo en términos de diversidad en todos los sentidos, que siempre produce mayores oportunidades de supervivencia. Un grupo de sujetos que siempre hace exactamente lo mismo, perecerá si cambian las circunstancias. En cambio, un colectivo propenso a los cambios, sabrá reaccionar a cualquier novedad y sobreponerse cuando dichas novedades se conviertan en adversidades. Además, esa propensión favorecerá la identificación de dichas novedades como oportunidades, lo que hará crecer intelectualmente al colectivo, cosa que, obviamente, también le otorgará mayores oportunidades de supervivencia.

Esa es justamente la razón por la que el amor a la cultura se convierte en una eficaz herramienta de bienestar. Si se respetan y promueven las lenguas propias de todos los individuos de un territorio, sin imponer por la fuerza un idioma común, se conservan diversos modos de expresar la realidad, lo que también hace nacer nuevas ideas. Lo sabe cualquier políglota que, además de recordar palabras en diversos idiomas, es capaz de profundizar en sus raíces etimológicas y comprende que detrás de cada modo de expresarse, existen diversas maneras de ver el mundo que ayudan a entenderlo cada vez mejor. Lo mismo sucede con las ideologías políticas, los hábitos morales o las simples costumbres alimenticias o de higiene. Mejoramos cuando incorporamos platos sabrosos de otras culturas, o adoptamos medidas de control de la suciedad, o del calor, o del frío, o probamos otras formas de vestirnos, o incluso de dirigirnos a los demás. Todo ello amplía el acervo cultural general, de manera que cada vez es menos posible que las diferencias culturales sean contempladas como abismos que nos separan, transformándose en fuentes de curiosidad que nos llevan a acercarnos e integrarnos sin dejar de sentirnos nosotros mismos.

Algo así debería ocurrir algún día con los Estados. Son, en su origen, muy claramente, territorios que se consiguió controlar militarmente en una época pasada, y poco más. El cierre de fronteras ha hecho que sus integrantes se parezcan cada vez más entre sí y se diferencien de sus antiguos vecinos, otrora tan parecidos a ellos. En realidad, en ocasiones no son más que una fuente de empobrecimiento cultural general, pretendiendo a veces ser, en realidad, lo contrario.

Por ello, si bien en el pasado, sobre todo desde la paz de Westfalia del siglo XVII, aprendimos -mal que bien- a respetar las fronteras para prevenir conflictos, puede que la próxima “paz” que llegue en el futuro consista en la toma de consciencia de lo absurdo de las diferencias nacionales, reconociendo a los grupos humanos vecinos como personas de las que aprender y con las que convivir. Mutuamente, por supuesto. De ese modo, será más posible que nadie quiera imponerse culturalmente sobre otro, ni que sigamos tolerando auténticos crímenes de lesa humanidad cuando ridiculizamos formas de vestir, idiomas, religiones, gastronomía o cualquier expresión de las costumbres de cualquier colectivo humano.

Puede que en el futuro seamos capaces de liberarnos de la esclavitud de todas esas expresiones culturales, viendo precisamente en la cultura solamente lo que es: una oportunidad de constante aprendizaje permanente abierta a nuevas experiencias observadas desde el más estricto respeto a la libertad. Tal vez de esa forma logremos disfrutar del deporte como juego, y no como victoria. Quizás de ese modo aprenderemos a perder el orgullo de la pertenencia al propio pueblo en beneficio de la identificación como ser humano. Ojalá que, de ese modo, sepamos ya, por fin, que solamente somos una agrupación de sustancias omnipresentes en un mismo universo que tuvieron la suerte de crear unidades de autoconsciencia que nos dan la oportunidad de disfrutar. De ser felices. Y de vivir pensando permanentemente en hacer felices a los demás como el mejor camino para obtener la propia felicidad.

martes, 14 de julio de 2026

"EL TONTO Y EL IDIOTA". Luis García Montero, infoLibre.es

Luis García Montero

El neoliberalismo ha desplazado poco a poco las ilusiones colectivas en favor de un individualismo radical

La cultura no se reduce a destacar los sentidos del arte y la literatura, lo que ocurre en las paredes de un museo, los escenarios, las pantallas y las páginas de un libro. Necesita también analizar las dinámicas del mundo que habitamos. Tomar conciencia de nuestros sentimientos y nuestras razones es inseparable de la apuesta por la dignidad humana que sostiene desde la ilustración nuestros valores democráticos. El fenómeno de la transformación tecnológica y las redes sociales ha supuesto una nueva oportunidad para el feudalismo, ya que las supersticiones se mueven por nuestras vidas en forma de bulos y de pseudoperiodismo. El pensamiento democrático tiene motivos serios para estar preocupado. Y es una trampa que el uso masivo y popular de internet sea convertido en argumento contra el pretendido paternalismo de los intelectuales de siempre, dispuestos a distanciarse de las costumbres generalizadas para dar lecciones de alta cultura. La conciencia crítica frente a las nuevas formas de dominio ideológico no supone ninguna forma de paternalismo, sino una responsabilidad intelectual en defensa de la convivencia democrática.

Jordi Gracia acaba de publicar el panfleto La izquierda ante el tecnofascismo (Anagrama), decidido a denunciar la situación de unas sociedades en las que el poder económico y los medios controlados de información quieren disponer de las directrices políticas en beneficio de los oligarcas. Asume el tono del panfleto para destacar el compromiso urgente del pensamiento crítico en esta situación. La izquierda democrática no sólo debe superar las críticas de paternalismo, sino que tiene que aprender a legitimar modelos serios de regulación y control para defender el estado del bienestar. Y, además, debe ser consciente de lo que ahora se esconde en las viejas banderas de la rebeldía y la libertad. La libertad es hoy ley del más fuerte y las banderas de su rebeldía son un peligro para la paz, el medio ambiente, la igualdad y la fraternidad.

Como Jordi Gracia alude en sus argumentos a los posibles esclavos involuntarios del sistema y a los nuevos rebeldes de la contrarreforma, la lectura de su libro me ha recordado una distinción en la que he pensado mucho cada vez que necesito discutir sobre las redes sociales, los tecnooligarcas y las nuevas formas de comunicación. No es lo mismo un tonto que un idiota. Según el diccionario de la RAE, tonta es la persona falta de razón y de entendimiento. La palabra idiota añade un matiz decisivo en nuestro tiempo: engreído sin fundamento.

El éxito manipulador de las redes del pensamiento reaccionario puede explicarse por la manipulación de esclavos involuntarios que son engañados hasta conseguir que una población vote en contra de sus propios intereses. El pobre que necesita la sanidad pública vota en favor del oligarca que acaba con la sanidad pública para favorecer el negocio de la medicina privada. Ese es un dato llamativo, pero la tontería no basta para explicar la profundidad de las estrategias de un sistema enemigo que nos conoce bien. Hay una apuesta cultural más profunda.

El neoliberalismo ha desplazado poco a poco las ilusiones colectivas en favor de un individualismo radical. Soy dueño de mis triunfos y responsable de mis fracasos, así que me sobran la política y las vigilancias de un Estado social. En esta lógica, los oligarcas no piensan sólo en tontos a los que manipular, sino en idiotas engreídos que se conviertan en activistas de una contrarreforma y olviden en nombre de su hedonismo consumista el conocimiento, la meditación y el estudio, animados por el populismo y la rabia de los insultos. Los engreídos llegan a creerse dueños de sus idioteces y las consumen con avaricia. Basta con pasearse un momento por las redes para ver hasta qué punto están habitadas, más que por tontos que son engañados, por idiotas engreídos que se creen en posesión rabiosa de su verdad.

Y cuando las redes se presentan como nuevas formas de agrupación dicen una verdad sesgada. No es que acaben con el individualismo en sus nuevas formas de comunicación, es que convierten los rencores individuales en el argumento prioritario de cualquier reunión. De ahí el éxito populista de los movimientos reaccionarios que se agrupan en nombre de los rencores personales y no en favor de las ilusiones colectivas.

No soy intelectual paternalista, sino un ciudadano preocupado por el mundo que habita. Por eso aconsejo la lectura de este ensayo de Jordi Gracia: La izquierda ante el tecnofascismo. Que los tontos y los idiotas sigan sin perdonarme. Ya estoy acostumbrado a sus insultos.

lunes, 13 de julio de 2026

"UN PARIENTE LEJANO". Juan José Millás, El País

Si usted tuviera que empujar una bola de estiércol 10 veces más grande que su organismo a través de un terreno repleto de obstáculos, ¿no viviría en un estado de inquietud permanente?

Compartimos este desasosegante rincón del universo con gente muy extraña. Claro que, para apreciar las diferencias, conviene primero reconocer las semejanzas. Este escarabajo pelotero, por ejemplo, se parece a nosotros en la simetría bilateral. Significa que está hecho de dos mitades iguales pegadas entre sí. Tiene además un tubo digestivo que atraviesa, como el nuestro, sus posesiones corporales. Dispone por tanto de una boca por la que introduce la materia procedente del exterior y de un culo por el que devuelve al mundo aquello que le sobra. Nosotros hemos construido civilizaciones enteras alrededor de esos dos agujeros. Hay infinidad de restaurantes con estrellas Michelin, así como una red universal de miles de millones de kilómetros de alcantarillado por la que circulan las digestiones de esas mismas estrellas. Hay poesía amorosa dedicada a los besos y hay papel higiénico de tres capas. El escarabajo posee asimismo un sistema nervioso encargado de interpretar las noticias que le llegan del entorno. ¿Sufre ansiedad? Quizá. Si usted tuviera que empujar una bola de estiércol 10 veces más grande que su organismo a través de un terreno repleto de obstáculos, ¿no viviría en un estado de inquietud permanente?

Si observamos las cosas desde cierta altura, firmar una hipoteca de 40 años con la mierda de los intereses, y disponiendo solo de cuatro extremidades (el bicho tiene seis), es de locos. Así que cuanto más me fijo en el insecto, más se parece a mí. Uno de esos parientes lejanos, en fin, con los que te encuentras de ciento a viento porque andamos todos de cabeza.

domingo, 12 de julio de 2026

"SENTIRSE VIVA". Manuel Jabois, El País

La chica quería morir, llevaba tiempo intentándolo, unas cuantas horas

En agosto de 2016, Maider, una mujer vasca de 27 años, estaba en la estación de un pequeño pueblo de Dinamarca esperando la llegada del tren junto a una docena de personas. Entonces, vio bajar las escaleras a una chica de unos 20 años, guapísima, muy alta, “un pibonazo de tía”. Llevaba la cabeza agachada y se movía de manera errática, pero nadie lo percibió salvo Maider. Le llamó la atención la belleza y luego la manera que tenía la chica de desprenderse de ella, a cada paso zombi, como si se desnudase. Llevaba la mirada clavada en el suelo, la melena a los lados. Maider advirtió que llevaba los brazos llenos de sangre. Echó a correr y, cuando la chica estaba a punto de saltar a las vías del tren, la agarró de la camiseta y la tiró al suelo con violencia. La chica quería morir, llevaba tiempo intentándolo, unas cuantas horas, y Maider cree que no la disuadió. “Ese día sí, pero seguramente esté muerta ya, no quedaba gota de vida en ella”, me dice Maider. En su relato, sin embargo, no hay timbre de orgullo. Había empezado así: “¿Te conté que una vez salvé una vida?”. Y siguió: “Pero no lo hice por la chica. Lo hice porque no quería ver la carnicería. Luego me sentí un poco mal por eso, pero tampoco debo, ¿no?”. Le dije que cada vez estaba menos seguro de la importancia que le damos a la motivación de nuestras acciones, siempre que sean buenas. Que te importe la vida de una chica suicida que aparece de la nada en la estación de un pequeño pueblo danés puede ser fácil o difícil. Que quieras ahorrarte la visión de un suicidio, y sus correspondientes consecuencias, es natural. A Maider le sorprendió que el resto de pasajeros se subió al tren como si nada. Quizá la chica hacía eso todos los día a la misma hora, le digo. Quizá la única manera de sentirse viva es saber que una mano, aunque sea de tan lejos, siempre la tirará al suelo.

"INDEPENDENCIA E IMPARCIALIDAD DE LOS JUECES". Tomás de la Quadra Salcedo, El País

Juan Carlos Peinado, en los juzgados de la plaza de Castilla en Madrid Solo anulando completamente toda la instrucción del juez se hubiera s...