lunes, 24 de agosto de 2026

"SI TANTO TE GUSTAN, MÉTELOS EN TU TRASTERO". Toñi Mejías, Publico.es

Hay una noticia que resume mejor que cualquier discurso la hipocresía de esta crisis de Ceuta: un migrante escondido en un trastero, sin luz ni unas condiciones mínimas para vivir, pagando hasta 500 euros a la semana por un lugar donde nadie debería dormir. No es una metáfora. Es lo que ha destapado la Cadena SER estos días. Dicen los mediocres que donde unos ven una crisis, ellos ven una oportunidad. Ese discurso ha debido calar en esos patrioteros dispuestos a exprimir al máximo al extranjero que dicen odiar.

Porque llevamos semanas escuchando hablar de invasiones, de avalanchas, de fronteras, de seguridad y de patriotismo. Palabras grandes, solemnes, diseñadas para que dejemos de ver a las personas y empecemos a ver una amenaza. Pero mientras algunos gritan que España está siendo invadida, otros han encontrado una manera bastante española de combatir la invasión: sacar tajada de esos supuestos invasores por dormir en un agujero. El patriotismo tiene estas cosas. Cuando toca poner una bandera en el balcón, todo el mundo sabe ser patriota. Cuando toca señalar al extranjero, también. Pero cuando aparece una oportunidad para ganar dinero con la desesperación de ese mismo extranjero, parece que la patria puede esperar.

La noticia de la SER cuenta algo todavía más difícil de digerir. Algunos de estos migrantes pagan cantidades desorbitadas para esconderse porque tienen miedo de ser descubiertos y expulsados. No buscan un hotel. No buscan un apartamento con vistas al Mediterráneo. Buscan un lugar donde pasar la noche sin que nadie los encuentre. Y hay quien ha decidido que ese miedo tiene precio. Eso también es Ceuta. No solo las imágenes de las playas. No solo los dispositivos policiales. No solo las declaraciones de los políticos. No solo los vídeos que circulan por redes sociales y que alimentan el miedo. También las personas haciendo negocio con la angustia de otros.

Porque resulta curioso que se hable tanto de quienes llegan y tan poco de quienes convierten su llegada en un negocio. Resulta curioso que algunos ciudadanos que aseguran sentirse amenazados por la presencia de migrantes no tengan ningún problema en recibir su dinero. Que el extranjero sea una amenaza cuando está en la calle, pero una oportunidad cuando tiene 500 euros en el bolsillo. Es una de las formas más perversas del racismo: convertir a una persona en un problema cuando pide derechos y en un cliente cuando paga.

Hace unos días escribía sobre cómo hemos pasado de la conmoción que provocó la fotografía del pequeño Aylan muerto en una playa turca a una sociedad en la que algunos celebran la muerte de personas migrantes. Ahora la crisis de Ceuta vuelve a enseñarnos hasta dónde hemos llegado. Antes nos horrorizaba ver un niño muerto en una playa, ahora discutimos si quienes sobreviven merecen siquiera una cama y, mientras discutimos, hay quienes les cobran por un trastero.

Sucede porque la deshumanización empieza muchas veces con las palabras. Primero dejamos de decir personas y decimos ilegales. Después dejamos de decir migrantes y decimos invasores. Después dejamos de preguntarnos qué les ha ocurrido y empezamos a preguntarnos cómo podemos librarnos de ellos. Y, finalmente, conseguimos mirar una fotografía de alguien durmiendo en el suelo y pensar que el problema es que está ahí y no que esté durmiendo al raso sin unas condiciones mínimas.

No sé si tanto consumir series distópicas nos ha atrofiado el cerebro. Si tanto episodios históricos como una pandemia global, catástrofes naturales en la puerta de casa, apagones… ha hecho a muchas personas cruzar el umbral hacia la desconfianza, el negacionismo y la rabia sin canalizar. Pero en el momento en el que vemos una amenaza a una persona al borde de la inanición tirado en una playa a cientos de kilómetros de casa y pensamos que es muy listo el que les saca hasta el último ahorro que tienen para vivir en infra condiciones, hemos superado la última barrera que nos quedaba hacia la indigencia moral. Antes los patriotas de pandereta gritaban eso de “si tanto te gustan, mételos en tu casa”. Pero han descubierto que mejor los meten ellos en zulos a precio de palacio. No solo son los trasteros de Ceuta. Son los poblados en el campo. Son los “pisos patera” en las ciudades.

La crisis migratoria y la crisis de la vivienda mano a mano. Pero donde tú ves personas, ellos ven una oportunidad. Donde tú no ves futuro, ellos ven su futuro con un alto tren de vida. ¿Y si los expulsamos a ellos? Elige bien a tu amenaza o lo harán ellos por ti mientras te sacan hasta el último céntimo.

domingo, 23 de agosto de 2026

"¿QUÉ ES UNA FRONTERA". Jaime Rubio Hancock, El País

Cuando miles de marroquíes cruzaron la frontera con Ceuta quedó claro, sobre todo, la crueldad del régimen de Hassan VI, que no tuvo ningún reparo en (al menos) permitir y aprovechar un asalto en el que murieron 141 personas. Además de eso, al ver cómo se podía pasar de un país a otro a nado o abriendo un agujero en una alambrada, resultaba fácil preguntarse qué es lo que hace que una frontera sea una frontera.

Tendemos a pensar en las fronteras como si fueran barreras naturales o dependieran de ellas (como los Pirineos o el río Bravo), pero son barreras artificiales, líneas en un mapa que hemos dibujado nosotros. Las podemos modificar o quitar, como recordará cualquiera que en 1995 pasara de España a Francia en coche, tras la apertura del espacio Schengen y la suspensión de controles fronterizos. De un día para otro, cruzar un país era tan fácil como pasar de Barcelona a Girona.

‌Esto es así porque una frontera es, como diría el filósofo estadounidense John Searle (1932-2025), un hecho institucional, igual que el dinero, la propiedad privada, el gobierno, el matrimonio, las elecciones o una fiesta de cumpleaños. En La construcción de la realidad social, Searle escribe que estos hechos sociales existen porque les hemos asignado una función de forma colectiva y poseen una serie de normas, además de que históricamente se han considerado útiles o, al menos, un mal necesario. En el caso de las fronteras, igual que ocurre con el dinero, también son una cuestión de poder: hay un Estado y unas leyes internacionales que las imponen y refuerzan.

‌Esto no significa que no sean reales o que solo sean una fantasía. El dinero es tan real como las gafas que llevo puestas. Pero lo es de otro modo: las gafas, los átomos de hidrógeno o los canguros son reales con independencia de lo que pensemos al respecto y del nombre que les pongamos. Pero no ocurre lo mismo con el dinero. Hablo del dinero porque es el ejemplo más claro: todo nuestro dinero son trozos de papel, de metal, o números en una cuenta corriente que valen lo que se supone que valen porque tienen un gobierno detrás y nosotros confiamos en ese sistema. Pero ese dinero puede perder todo el valor si la confianza, por los motivos que sea, se quiebra. El ejemplo clásico es el de Zimbabue, que en 2015 retiró su moneda y admitió un canje con el dólar, como contaba EL PAÍS, de “175.000 billones de dólares zimbabuenses por cinco dólares estadounidenses”. Todo el mundo dejó de creer que el dólar zimbabuense era dinero. En cambio, los canguros no desaparecerán aunque perdamos la fe en ellos.

Las fronteras también tienen elementos simbólicos, como el dinero. Un billete azul vale cinco euros y otro rojo vale diez, aunque en ambos casos estemos ante rectángulos de algodón. Pensemos en la “muralla flotante” que se ha instalado en las aguas que separan Ceuta de Marruecos. No es una medida de contención real, ya que es relativamente fácil de sortear. Su valor no está en que sea infranqueable, sino en que actúa como una señal, como un símbolo. Como recogía la noticia de EL PAÍS, “la Moncloa considera que esta medida permite recuperar las denominadas devoluciones en caliente de migrantes que accedan irregularmente a territorio español a través del mar”. Como hay algo parecido a una valla, podemos actuar como si hubiera una valla. Salvando las distancias, es casi como cuando de niños marcábamos los límites de una portería imaginaria con dos mochilas.

Insisto: esto no significa que las fronteras sean “de mentira”. Los hechos institucionales tienen efectos reales (visados, controles, expulsiones). Pero desde esta perspectiva podemos entender mejor algunas de las cosas que pasan con las fronteras. Por ejemplo, se pueden crear nuevas, como cuando la República Checa y Eslovaquia se separaron en 1993. O pueden desaparecer, como cuando empezó a operar el espacio Schengen en 1995, o, de forma más dramática, cuando un país invade a otro. También pueden convertirse en porosas, como, tras el brexit, la de Gibraltar. O en gestos políticos, como cuando Italia y España se han vuelto a poner controles la una a la otra a raíz de lo ocurrido en Ceuta.

Además, los atributos de las fronteras han cambiado a lo largo de la historia: la noción de límite preciso en un mapa y con los rasgos normativos actuales existe desde hace unos tres siglos y medio, escribe el filósofo Juan Carlos Velasco en Anatomía de la frontera. Velasco también recuerda que no han estado cerradas ni siempre ni en todo lugar: hasta inicios del siglo XX, “el control total y riguroso del paso a través de las fronteras no constituía la norma” y era posible moverse por gran parte del mundo “sin documentos de viaje ni controles”, algo que cambió tras la Primera Guerra Mundial. Velasco cita El mundo de ayer, donde Stefan Zweig escribe que “antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba donde quería y permanecía allí el tiempo que quería (…). La gente subía y bajaba de los trenes y de los barcos sin preguntar o ser preguntada, no tenía que rellenar ni uno del centenar de papeles que se exigen hoy en día”.

Las fronteras no son solo cada vez más rígidas, sino que ya no se quedan en los límites geográficos de un país. Como explica el filósofo francés Étienne Balibar, estas barreras se multiplican. Sobre todo si uno tiene el pasaporte (o el color de piel) equivocado: como escribe en su ensayo ¿Qué es una frontera? (título que le he robado vilmente), un control fronterizo no significa lo mismo para un turista alemán que para un joven desempleado de Marruecos. En estos casos la frontera se convierte casi en dos entidades distintas que solo tienen en común el nombre. Para el desempleado no es solo “un obstáculo muy difícil de superar, sino también un sitio contra el que choca repetidamente, cruzándola una y otra vez”.

‌Pensemos en el marroquí que pasa a Ceuta: la valla o la playa solo es la primera barrera. De allí tendrá que ir a la península y se encontrará otra frontera antes de subir al ferry. Y si consigue llegar, se encontrará con nuevas fronteras a la hora de buscar trabajo, buscar piso, empadronarse, conseguir el permiso de residencia, cuando se le permita reunirse con su familia o si se le expulsa. Vemos al otro como un peligro, por lo que multiplicamos los controles (haya sido su paso legal o no) y esa frontera se convierte “al final, en un lugar donde reside. Es una zona espaciotemporal extraordinariamente viscosa, casi un hogar. Un hogar en el que se vive una vida en espera, una no-vida”.

‌Pero las fronteras no solo han cambiado, sino que seguirán cambiando, al ser una construcción social e histórica, igual que han cambiado el dinero, el matrimonio y las elecciones. Y son lo suficientemente importantes como para que no dejemos que se nos imponga únicamente una visión desde el miedo. Podemos pensarlas desde la justicia o desde la igualdad de oportunidades, por ejemplo. No es un problema técnico, no es imposible cambiar su naturaleza, sino político y ahí está, por ejemplo, nuestro voto como primera herramienta. Podemos transformarlas para que estén tanto a nuestro servicio como al de quien la cruza, que es alguien que muy a menudo no tiene ganas de hacerlo (casi nadie quiere abandonar su país, su familia, sus amigos y jugarse la vida por un futuro incierto). Incluso, si algún día nos pareciera adecuado, podríamos prescindir de ellas: no han existido siempre y no tienen por qué existir para siempre.

sábado, 22 de agosto de 2026

"EL GIRO ÉTICO: CÓMO CAMBIAR EL CAPITALISMO SALVAJE DESDE DENTRO PARA HACER EL BIEN". Sergio C. Fanjul, El País

Manifestación del movimiento 15-M en la Puerta del Sol,
el 21 de mayo de 2011
La reflexión ética no está de moda en un mundo despiadado, pero varios autores proponen ideas para, sin caer en la ingenuidad y ser tachados de ‘buenistas’, transformar la sociedad y construir una vida mejor

Pueden acusarle a usted de buenista o de naíf. Pensar en el bien común no está de moda. La especie humana atraviesa tiempos de guerra, odio y división, y un nutrido menú de amenazas existenciales hace el futuro temible. En esta desesperanza, algunos de los gobernantes y empresarios más poderosos del planeta se asemejan más a villanos de ficción que a los héroes que nos hicieron soñar: privilegian el poder desmedido y la fuerza bruta frente a la negociación, la cooperación y las reglas compartidas. El bien cotiza a la baja.

“La manera de salir de todas las amenazas y retos que se nos presentan será haciendo más cosas juntos y comprometiéndonos con una vida en común y más cohesionada. No queda otra alternativa”, dice a este periódico el politólogo Jorge Tamames. Si vuelven Dios y los pantalones de campana, ¿por qué no va a volver la ética? Ya hay quien se preocupa por ello. Es posible dicen, hacer el bien dentro del sistema, dentro de las empresas, en el trabajo de cada uno o, como veremos, estableciendo un servicio de cooperación social obligatorio. Varios ensayos recientes reivindican que la ética no es una reliquia, sino una necesidad política y social de nuestro tiempo. Se trata de recuperar el discurso en tiempos de cinismo, ironía, competición… y hasta malismo.

El filósofo alemán Markus Gabriel no es un revolucionario: no quiere derrumbar el sistema, como tantas veces se intentó para empeorar las cosas, sino conseguir implementar un capitalismo ético (no cree que sea oxímoron) en el que “el negocio de los negocios sea hacer el bien”. Es decir, no se trata de que la humanidad entre en una especie de modo angelical donde todo el mundo obre de manera virtuosa, sino de lograr una organización del mundo que haga que el bien sea rentable. Gabriel propone, nada menos, que una Nueva Ilustración basada en estos principios.

Eso se lee en su libro Hacer el bien. Cómo el capitalismo ético puede crear un nuevo contrato social (Pasado & Presente), que sigue la senda de obras anteriores como Ética para tiempos oscuros. “Necesitamos una nueva ética (…) cuya función sea regular al alza nuestra economía para que satisfaga las necesidades humanas reales y las de sociedades futuras moralmente más progresistas”, escribe Gabriel. Es lo que llama la reconciliación del valor moral y el económico, en la que tiene mucho que decir la regulación estatal coercitiva (y no la bondad por arte de magia), pero también la autorregulación en las empresas. En algunos momentos recuerda al Green New Deal, que propone hacer de la lucha contra el cambio climático un motor económico, y también quiere aparejar el interés económico al interés moral.

Del “trabajo de mierda” a la ambición moral

Luego, en el sistema capitalista, hay “trabajos de mierda”, como acuñó muy famosamente el antropólogo anarquista David Graeber, que no son los que están mal pagados o tienen malas condiciones —que también—, sino esos muy bien pagados, con nombres rimbombantes, prestigiosos y deseados… pero que no aportan nada a la sociedad. Se basaba en una encuesta realizada por YouGov en Estados Unidos en 2015 en la que el 37% de los encuestados afirmaban que su trabajo no hacía ninguna contribución significativa al mundo.

Contra esta deriva hay quien nos incita a actuar para cambiar el mundo. Es el caso del ensayista neerlandés Rutger Bregman en Ambición moral (Península): se enfoca en la cantidad de personas inteligentes y preparadas que están desperdiciando su talento en busca de la riqueza o el prestigio —a veces haciendo el mal— cuando podrían contribuir a hacer un mundo mejor. “De todo lo que desperdiciamos en estos tiempos de desperdicio, lo más importante es el talento echado a perder”, escribe.

Bregman apuesta por combinar, de forma ambiciosa, el desarrollo personal con la acción social. Si Markus Gabriel expone cómo las empresas pueden obtener beneficios haciendo el bien —el capitalismo ético—, Bregman lo traslada a nuestra actividad laboral y cotidiana: también podemos tener algo así como éxito laboral ético. No basta con ser bueno en la vida privada; podemos trabajar en el bien, algo que, según el escritor, no abunda en sectores como la banca, el marketing, la consultoría o la tecnología. Lo verdaderamente ambicioso no es trepar hasta lo más alto del escalafón social, sino hacerlo tratando de resolver los problemas que aquejan a la sociedad de nuestro tiempo.

Para ello es necesaria una compasión radical: “Queremos ampliar nuestra compasión a ayudar a tanta gente y animales como sea posible”, escribe Bregman en su decálogo para la ambición moral. “Como los abolicionistas [de la esclavitud] y las sufragistas antes que nosotros, intentamos mover las fronteras del círculo moral de la humanidad. Nos preocupan las futuras generaciones y queremos ser buenos ancestros”.

¿Por qué no lo hacemos juntos?

Si seguimos dentro del sistema, algunos proponen normativizar de algún modo ese compromiso con la sociedad. Es el caso del politólogo Jorge Tamames en Algo que hicimos juntos (Círculo de Bellas Artes / Lengua de Trapo), que parte de una pregunta sencilla: “¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo útil y valioso por los demás?”. Inspirado en cosas tan dispares como la ciencia ficción de Ursula K. Leguin o el ensayo El amanecer de todo, de David Graeber y David Wengrow, y partiendo de su pregunta inicial, aboga por un “servicio civil universal y obligatorio” —una especie de mili social y solidaria— mediante el que la ciudadanía de a pie puede afrontar los cuidados colectivos o la crisis medioambiental.

Según lo plantea Tamames, tendría también algo de experiencia vital, donde “juntar a gente de orígenes diferentes, borrar las jerarquías y distinciones”. Trabajarían codo con codo, en igualdad de condiciones, el pobre y el rico, el jefe y el empleado, el de aquí y el de allá. En definitiva, no difiere mucho de los trabajos vecinales que se hacían en los pueblos. En su texto no obvia las posibles objeciones (algunas bastante cuñadas) que se le harían, desde el rechazo a la obligatoriedad hasta el calificativo de “mili woke”, pasando por las críticas desde la izquierda, que podría ver aquí una sustitución del Estado de bienestar. A todas responde. “Creo que el tono general de la época es bastante optimista, y quise escribir en un registro algo más utópico, aunque también pragmático y realista”, dice, no en vano el libro ganó el premio Utopías que caben en el BOE que busca eso mismo: utopías que se puedan aterrizar en nuestro día a día.

Son todas propuestas para actuar desde la reflexión ética y cambiar el sistema desde dentro y en el marco de lo posible. Aunque tal vez el ánimo social sea el contrario: el malismo (en oposición al buenismo), que el artista Mauro Entrialgo describió en un libro homónimo, Malismo (Capitán Swing, 2024). “Se trata de una estrategia de comunicación que consiste en confesar deseos o actos que tradicionalmente habrían sido reprobables con el fin de conseguir algún tipo de beneficio”, dice el autor.

Hay malismo de distintos grados: ahí mete desde el nombre de los bares “canallitas” y los jurados severos en los talent shows hasta las bandas de trolls de las redes sociales (perfecto caldo de cultivo del malismo), pasando, sobre todo, por la actitud de ciertos gobernantes sin complejos que se vanaglorian de tener comportamientos poco éticos, como no hacer “nada” por facilitar el acceso a la vivienda o desmantelar a la fuerza campamentos de personas sin hogar. No en vano muchos de los grandes personajes de los productos audiovisuales del s. XXI no son los héroes sino los villanos: tal vez de ahí salga el fervor malista.

En definitiva, puede pensarse que estas iniciativas por encarar el bien común, a pesar de su voluntad pragmática, son absurdas en un mundo superindividualista y desnortado (a la par que malista), pero quizá la verdadera ingenuidad consista en creer que los grandes problemas de nuestro tiempo se resolverán sin una renovada idea de bien común.

jueves, 20 de agosto de 2026

"LA DELINCUENCIA NO TIENE NACIONALIDAD, SOLO CIRCUNSTANCIAS". Carmen Morán Breña, El País

Un estudio de la Universidad Carlos III rebaja la brecha de delincuencia entre extranjeros y españoles un 48% y muestra sustanciales diferencias por países

El uso político de la inmigración deja a menudo frases incriminatorias de alto calado que acusan a los extranjeros de violaciones o abusos contra las mujeres, de homicidios, robos y fraudes que han solidificado la idea tabernaria que identifica al extranjero con un delincuente. ¿Con qué datos, con qué pruebas? Jesús Sánchez Barricarte, sociólogo de la Universidad Carlos III, ha invertido unos años en analizar 5,6 millones de sentencias condenatorias dictadas entre 2007 y 2023 y, tras estandarizar los datos, es decir, comparar entre españoles y extranjeros pero de las mismas edades y sexos, encuentra que la brecha delincuencial entre unos y otros se reduce en un 48%. Los extranjeros cometen 1.294 delitos por cada 100.000 habitantes y los españoles 675. Si la tasa delincuencial de los extranjeros era 2,7 veces la de los españoles, al estandarizar los datos resulta solo 1,9. Aun así, esa diferencia entre ambos hay que buscarla en otros factores, dado que hay países de procedencia con cifras muy por debajo de las nacionales. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 19 de agosto de 2026

"¿POR QUÉ DEJAS QUE TE DIGAN QUÉ PENSAR? LOS INFLUENCERS VIVEN DE TI". Lucía Taboada, elDiario.es

Ser 'influencer' de profesión ya no es cosa de unos 
pocos muy famosos, cada vez son más los perfiles
que consiguen hacer de esto un trabajo real
Hemos normalizado que perfiles salidos de la nada, pero con muchos seguidores, conviertan cualquier cosa en una decisión de consumo y, de paso, trasladen esa misma confianza a asuntos políticos, sociales o científicos. Hemos normalizado que su número de seguidores sea una especie de forma de autoridad. Y la culpa es nuestra

Comienzo esta columna con una distinción necesaria porque meter a todo aquel que crea contenido en el mismo saco es tan vago como llamar periodista a cualquiera que vaya por ahí lanzando supuestas preguntas incómodas en un portal. Una cosa son los creadores de contenido que llevan años construyendo una audiencia a base de vídeos, fotografías, reels, divulgación, humor o lo que sea, con mayor o menor talento pero cierta continuidad, oficio y una idea detrás. Y otra, bastante distinta, es la última hornada de nada-influencers, personajes lanzados al estrellato digital después de pasar por un reality o de protagonizar una infidelidad televisada.

Hace unos días se popularizó el vídeo de una de estas neo celebridades digitales (con casi un millón de seguidores) indignada porque, según explicaba, España está llena de jetas y sinvergüenzas que viven de las “paguitas” mientras personas como ella se dejan la piel pagando impuestos. Como ejemplo hablaba de un supuesto vecino, ya entrado en años, que cobraba una pensión de orfandad. En España, sin embargo, la pensión de orfandad tiene límites de edad bastante concretos —con carácter general hasta los 21 años y, en determinados supuestos, hasta los 25—, así que el relato tenía el pequeño inconveniente de la realidad. Pero lo interesante no es esa influencer concreta ni su vecino. Lo interesante es la facilidad con la que determinados discursos han encontrado en las redes sociales una nueva cadena de distribución. Véase: El que cobra una ayuda es sospechoso, el inmigrante invade, los impuestos son un robo, hasta un eclipse puede convertirse en material para la enésima batalla cultural porque, al fin y al cabo, un eclipse es difícil de monetizar si no es por la vía de la indignación.

Existe un ecosistema digital que recompensa extraordinariamente bien la seguridad sin conocimiento y la opinión sin la molestia previa de haberse informado. Pero, claro, resulta que los influencers viven de ti, de mí, de nosotros. Ningún algoritmo obliga a nadie a seguir a una persona que, por cierto, suele mostrar exactamente lo mismo que la influencer de al lado, aunque cambie ligeramente el envase. Pueden ser dos bikinis distintos de Shein, dos versiones del mismo bizcocho de avena, plátano y chocolate con la proteína en polvo de turno, o dos cápsulas milagrosas para el pelo con un 15% de descuento utilizando el código MARTA15 o SONIA15. Porque después de años registrando nuestros deseos, el algoritmo ha terminado homogeneizándolos.

El influencer sin formación y sin demasiada intención de adquirirla, es la culminación perfecta de haber dejado que introduzcan un incentivo económico dentro de nuestras relaciones en redes sociales. Quizá por eso empieza a percibirse cierto cansancio de esta burbuja. Porque hemos normalizado que perfiles salidos de la nada, pero con muchos seguidores, conviertan cualquier cosa en una decisión de consumo y, de paso, hemos normalizado que trasladen esa misma confianza a asuntos políticos, sociales o científicos. Hemos normalizado que su número de seguidores sea una especie de forma de autoridad.

Yo celebro con cierta esperanza la creciente ola de hartazgo hacia la cultura influencer. Aunque igual ni siquiera existe tal hartazgo y es de nuevo la trampa de mi algoritmo enseñándome vídeos de gente cansada de los influencers porque ha descubierto que me gusta ver vídeos de gente cansada de los influencers. Ya no te puedes fiar de nada en Internet. Pero si realmente estamos entrando en el ocaso de esta cultura, que lo dudo, convendría no atribuirnos demasiado mérito porque a todos esos influencers los hemos creado nosotros. Podemos exigir responsabilidad a las marcas u honestidad a los creadores, pero lo cierto es que para que alguien influya tiene que haber otro alguien dispuesto a ser influido. Así que la pregunta real es a quién estás pagando con tu atención para que te diga qué comprar, qué pensar o de qué tienes que estar enfadado.

martes, 18 de agosto de 2026

"CUANDO LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN DE LA IGLESIA HABLAN EL LENGUAJE DE LA ULTRADERECHA". José Antonio Vázquez Mosquera, Religión digital

Tragedia humanitaria en Ceuta
Llamar "invasión" a una tragedia humanitaria no solo deshumaniza a las víctimas; traiciona el Evangelio y compromete la responsabilidad de quienes permiten que ese discurso se difunda desde medios vinculados a la Iglesia.

«Fui extranjero y me acogisteis.»
(Mt 25,35)

Hay palabras que matan. No porque disparen un arma, sino porque preparan el terreno para que otros la disparen. No levantan fronteras ni agreden directamente a nadie. Pero moldean nuestra manera de mirar hasta conseguir que dejemos de ver personas y empecemos a ver amenazas. Eso está ocurriendo estos días con la llegada de miles de personas pobres a Ceuta.

Numerosos medios de comunicación han presentado esta tragedia humana como una "invasión". El término se repite una y otra vez hasta construir una imagen profundamente falsa: la de un ejército atacando nuestras fronteras.

Los pobres se convierten en soldados.Los refugiados pasan a ser invasores. Las víctimas aparecen como amenaza. Y la pobreza deja de ser el problema para convertirse en sospechosa.

Es difícil imaginar una inversión más radical del Evangelio.

El lenguaje nunca es inocente

Llamar "invasión" a una crisis humanitaria no es simplemente elegir una palabra desafortunada. Es construir un marco mental.

Cuando durante horas una sociedad escucha que está siendo invadida, deja de ver niños, familias o jóvenes desesperados y empieza a ver combatientes.Y cuando aparecen combatientes, cualquier respuesta violenta parece más fácilmente justificable.

No es casual que, paralelamente a este discurso, hayan aparecido manifestaciones con gritos de «¡A por ellos!» y agresiones contra migrantes.Las palabras preceden muchas veces a la violencia. Los imaginarios terminan convirtiéndose en conductas.

La verdadera noticia no son los migrantes, es la pobreza.

Mientras las tertulias hablan de invasiones, apenas se escucha la pregunta verdaderamente importante. ¿Por qué miles de personas abandonan Marruecos? ¿Por qué arriesgan la vida? ¿Por qué tantos jóvenes consideran preferible jugarse la muerte antes que permanecer donde nacieron?

La respuesta no está en Ceuta. Está en la pobreza estructural. En la desigualdad económica. En un sistema económico internacional profundamente injusto que sigue reproduciendo relaciones neocoloniales entre el Norte y el Sur.

Está también en una situación de graves vulneraciones de derechos humanos en Marruecos denunciadas desde hace años por organismos internacionales.

Y tampoco puede descartarse que el régimen marroquí, con sus aliados Trump, Netanyahu y toda la ultraderecha internacional, enemigos del gobierno de España, utilice los flujos migratorios como instrumento de presión política, algo que merece una investigación rigurosa.

Pero incluso si hubiera intereses geopolíticos detrás de estos movimientos, quienes cruzan la frontera siguen siendo personas vulnerables. Nunca dejan de ser víctimas porque otros intenten utilizarlas.

El Evangelio nunca habló de invasiones

Jesús jamás llamó amenaza a los pobres. Nunca convirtió al extranjero en enemigo.Nunca identificó la seguridad con el rechazo del necesitado.Al contrario. Se identificó personalmente con él. «Fui extranjero y me acogisteis.» No dijo: «Fui extranjero y me llamasteis invasor.»

El criterio definitivo del juicio de Mateo 25 no será cuánto protegimos nuestras fronteras. Será qué hicimos con quien tenía hambre. Con quien era extranjero. Con quien estaba desnudo. Con quien sufría.

El cristianismo comienza precisamente cuando dejamos de mirar al otro como una amenaza y empezamos a reconocer en él el rostro de Cristo.

La auténtica espiritualidad conduce necesariamente a hacerse cargo del mundo y a una praxis de justicia y compasión hacia quienes más sufren. Una espiritualidad que no desemboca en el compromiso con las víctimas termina convirtiéndose en una espiritualidad vacía.

La mayor vergüenza

Pero quizá lo más doloroso de estos días no haya sido escuchar este discurso en determinados sectores políticos. Lo verdaderamente desconcertante es escucharlo también en medios de comunicación vinculados a la Iglesia.

Que en TRECE TV o en COPE, en determinados programas, se utilice reiteradamente el término "invasión" para referirse a una tragedia humanitaria constituye una profunda vergüenza para la Iglesia institucional propietaria de estos medios.

Precisamente los medios que deberían ayudarnos a mirar la realidad con los ojos del Evangelio terminan muchas veces contemplándola con las categorías del miedo, de la sospecha y de la confrontación.

Uno espera escuchar las Bienaventuranzas.Y escucha discursos donde los pobres aparecen como un peligro. Uno espera encontrar el relato del Buen Samaritano.Y encuentra marcos narrativos extraordinariamente parecidos a los que hoy difunden amplios sectores de la extrema derecha internacional.

Resulta difícil comprender cómo unos medios supuestamente nacidos para evangelizar pueden terminar utilizando un lenguaje que desfigura el núcleo mismo del Evangelio.

La responsabilidad de la Conferencia Episcopal Española

Aquí ya no basta con responsabilizar únicamente a periodistas o tertulianos. También existe una responsabilidad pastoral. Los obispos españoles no pueden limitarse a guardar silencio mientras unos medios vinculados a la Iglesia difunden de manera reiterada un lenguaje que convierte a los pobres en sospechosos y a los migrantes en una amenaza.

El silencio también comunica. La pasividad también educa.

No basta con publicar documentos sobre la Doctrina Social de la Iglesia ni citar al papa León XIV cuando después se permite que desde medios de inspiración cristiana se difundan discursos incompatibles con el corazón del Evangelio.

No se trata de imponer una determinada posición política sobre la inmigración. Es legítimo debatir sobre las políticas migratorias y sobre cómo gestionar las fronteras. Lo que no resulta compatible con el Evangelio es demonizar a quienes huyen del hambre, de la pobreza o de la desesperación.

Si un medio de comunicación que habla en nombre del cristianismo convierte sistemáticamente a los pobres en una amenaza, quienes tienen la responsabilidad última sobre esos medios deberían preguntarse seriamente si están cumpliendo su misión evangelizadora.

Porque no puede proclamarse el domingo que Cristo está presente en el pobre y permitir durante la semana que desde medios vinculados a la Iglesia se contribuya a presentarlo como un enemigo social.

Cuando la Iglesia adopta el lenguaje del poder

La historia demuestra que el cristianismo pierde su alma cuando deja de hablar el lenguaje de las víctimas para adoptar el lenguaje del poder.

Ocurrió con la esclavitud. Con el colonialismo. Con demasiadas dictaduras. Y puede volver a ocurrir con la inmigración.

El seguimiento de Jesús nunca consistió en tranquilizar a los poderosos. Consistió en anunciar una buena noticia para los pobres.

La consecuencia más preocupante de este clima no es únicamente el aumento del rechazo social. Es que llegará un momento en que quienes acompañen, alimenten, defiendan jurídicamente o simplemente abracen a personas migrantes serán presentados como ingenuos, cómplices o traidores.

Ya sucede en otros países. Sacerdotes, religiosas, voluntarios y organizaciones humanitarias han sido objeto de campañas de desprestigio simplemente por practicar aquello que el Evangelio llama misericordia. Sería una inmensa contradicción que esa sospecha acabara siendo alimentada, directa o indirectamente, desde medios vinculados a la propia Iglesia.

Recuperar el lenguaje de Jesús

Quizá el primer paso para construir una sociedad más humana sea recuperar las palabras. No llamar invasión a la desesperación. No llamar ejército a quienes huyen del hambre. No llamar amenaza a quien busca sobrevivir.

Porque la verdadera invasión no es la de quienes llegan pobres a nuestras fronteras. La verdadera invasión es la del miedo ocupando el lugar de la compasión. La del nacionalismo ocupando el lugar de la fraternidad. La de la propaganda ocupando el lugar de la verdad.

Y, lo que resulta todavía más doloroso, la de un lenguaje ajeno al Evangelio ocupando el espacio de medios de comunicación que deberían llenarse con las palabras de Jesús.

El día en que la Iglesia llame invasor al extranjero dejará de anunciar el Reino de Dios para repetir el discurso de los poderosos.

Y mientras seguimos discutiendo sobre fronteras, el Evangelio continuará haciéndonos la única pregunta verdaderamente decisiva: ¿Qué has hecho con tu hermano?

"SI TANTO TE GUSTAN, MÉTELOS EN TU TRASTERO". Toñi Mejías, Publico.es

Hay una noticia que resume mejor que cualquier discurso la hipocresía de esta crisis de Ceuta: un migrante escondido en un trastero, sin luz...