Esta barbarie humana es posible porque hay partidos políticos que trabajan al servicio de los especuladores y se comprometen más con los beneficios de los buitres que con la vida de la gente
Algunos acontecimientos simbolizan las realidades de la vida, unas realidades que a veces quedan enmascaradas bajo las discusiones y las dinámicas crispadas. Vemos de pronto las imágenes de una mujer mayor obligada a abandonar su casa de toda la vida porque una empresa se dedica a hacer negocios con su vivienda. Amparada por la ley, compra edificios para especular, sube los alquileres de forma disparatada, no respeta a las personas y acaba pidiéndole a la policía que suba por las escaleras, rompa la puerta del domicilio y se lleve el cuerpo vencido de una anciana para dejarlo en la calle. Esta barbarie humana es posible porque hay partidos políticos que trabajan al servicio de los especuladores y se comprometen más con los beneficios de los buitres que con la vida de la gente.
La ley se inventó para sustituir a la violencia. Es preferible convivir que luchar a vida o muerte en el deseo de sobrevivir. Cuando la ley y la Administración se ponen al servicio de la violencia, las imágenes de lo sucedido nos hacen comprender que algo falla y que la política se ha olvidado de sus compromisos sociales, unas regulaciones necesarias en sus compromisos humanos. El cuerpo de una anciana es humillado por las garras avariciosas de la especulación porque hay partidos políticos que trabajan al servicio de los especulabuitres. Bajo las discusiones sobre esto y aquello, que si tú, y que si yo, conviene recordar que hay partidos políticos que votan en contra de cualquier regulación de las leyes sobre la vivienda, porque sus idearios tienen mucho más que ver con los beneficios de los negociantes que con el respeto a la vida y al cuerpo golpeado de una anciana. Y ahí está la anciana.
Así que conviene tocarse el cuerpo a la hora de pensar en la política, pasar las manos por las arrugas de la piel, unir las ideas a las realidades de carne y hueso. Aquí es la derrota de una anciana, allí el cadáver de un niño sobre los escombros de Gaza. Puede verse una y otra vez, el cadáver y el escombro de la dignidad, la muerte humana, el cuerpo humano, los derechos humanos bajo los bombardeos de un genocidio amparado por la mezquindad de una destrozada política internacional. Cientos, miles de cuerpos asesinados delante de nuestros ojos.
Las cuentas de los buitres necesitan también un pensamiento buitre que justifique sus garras. La avaricia de hoy está pervirtiendo de manera interesada los conceptos que sirvieron ayer para fundar la democracia. Y la libertad no supone ahora el derecho a una conciencia individual en la vida colectiva, sino la ley del más fuerte que se siente libre para bombardear los cuerpos de los niños o para desahuciar a una anciana. Y la tolerancia deja de ser el respeto a la diversidad de los valores humanos para convertirse en la complicidad con lo intolerable. Así que en nombre de la libertad y la tolerancia se pueden incluso firmar manifiestos para defender la complicidad con un genocidio. Cada cual tiene derecho a pensar como quiera, incluso cuando el pensamiento justifica el apoyo a los genocidas o el silencio ante la barbarie de la explotación y la muerte.
Conviene devolverle a la política sus compromisos de carne y hueso. Las imágenes de un desahucio y los cadáveres de los niños sobre los escombros nos obligan a pensar en nuestras responsabilidades y nuestros derechos a la libertad, la igualdad y la fraternidad. Porque la lógica de la especulación sobre los cuerpos es también la que ampara la destrucción de la sanidad pública en favor de los intereses económicos privados o el deterioro de la enseñanza en una inercia que hace distinciones desde la infancia para potenciar el elitismo de los poderosos.
Necesitamos una política que se toque el cuerpo, que recupere el desnudo de su verdad. Una política que piense en sí misma como cada uno de nosotros puede pensar en sus hijos, en sus ancianos o en la vulnerabilidad de nuestro cuerpo.




