sábado, 22 de agosto de 2026

"EL GIRO ÉTICO: CÓMO CAMBIAR EL CAPITALISMO SALVAJE DESDE DENTRO PARA HACER EL BIEN". Sergio C. Fanjul, El País

Manifestación del movimiento 15-M en la Puerta del Sol,
el 21 de mayo de 2011
La reflexión ética no está de moda en un mundo despiadado, pero varios autores proponen ideas para, sin caer en la ingenuidad y ser tachados de ‘buenistas’, transformar la sociedad y construir una vida mejor

Pueden acusarle a usted de buenista o de naíf. Pensar en el bien común no está de moda. La especie humana atraviesa tiempos de guerra, odio y división, y un nutrido menú de amenazas existenciales hace el futuro temible. En esta desesperanza, algunos de los gobernantes y empresarios más poderosos del planeta se asemejan más a villanos de ficción que a los héroes que nos hicieron soñar: privilegian el poder desmedido y la fuerza bruta frente a la negociación, la cooperación y las reglas compartidas. El bien cotiza a la baja.

“La manera de salir de todas las amenazas y retos que se nos presentan será haciendo más cosas juntos y comprometiéndonos con una vida en común y más cohesionada. No queda otra alternativa”, dice a este periódico el politólogo Jorge Tamames. Si vuelven Dios y los pantalones de campana, ¿por qué no va a volver la ética? Ya hay quien se preocupa por ello. Es posible dicen, hacer el bien dentro del sistema, dentro de las empresas, en el trabajo de cada uno o, como veremos, estableciendo un servicio de cooperación social obligatorio. Varios ensayos recientes reivindican que la ética no es una reliquia, sino una necesidad política y social de nuestro tiempo. Se trata de recuperar el discurso en tiempos de cinismo, ironía, competición… y hasta malismo.

El filósofo alemán Markus Gabriel no es un revolucionario: no quiere derrumbar el sistema, como tantas veces se intentó para empeorar las cosas, sino conseguir implementar un capitalismo ético (no cree que sea oxímoron) en el que “el negocio de los negocios sea hacer el bien”. Es decir, no se trata de que la humanidad entre en una especie de modo angelical donde todo el mundo obre de manera virtuosa, sino de lograr una organización del mundo que haga que el bien sea rentable. Gabriel propone, nada menos, que una Nueva Ilustración basada en estos principios.

Eso se lee en su libro Hacer el bien. Cómo el capitalismo ético puede crear un nuevo contrato social (Pasado & Presente), que sigue la senda de obras anteriores como Ética para tiempos oscuros. “Necesitamos una nueva ética (…) cuya función sea regular al alza nuestra economía para que satisfaga las necesidades humanas reales y las de sociedades futuras moralmente más progresistas”, escribe Gabriel. Es lo que llama la reconciliación del valor moral y el económico, en la que tiene mucho que decir la regulación estatal coercitiva (y no la bondad por arte de magia), pero también la autorregulación en las empresas. En algunos momentos recuerda al Green New Deal, que propone hacer de la lucha contra el cambio climático un motor económico, y también quiere aparejar el interés económico al interés moral.

Del “trabajo de mierda” a la ambición moral

Luego, en el sistema capitalista, hay “trabajos de mierda”, como acuñó muy famosamente el antropólogo anarquista David Graeber, que no son los que están mal pagados o tienen malas condiciones —que también—, sino esos muy bien pagados, con nombres rimbombantes, prestigiosos y deseados… pero que no aportan nada a la sociedad. Se basaba en una encuesta realizada por YouGov en Estados Unidos en 2015 en la que el 37% de los encuestados afirmaban que su trabajo no hacía ninguna contribución significativa al mundo.

Contra esta deriva hay quien nos incita a actuar para cambiar el mundo. Es el caso del ensayista neerlandés Rutger Bregman en Ambición moral (Península): se enfoca en la cantidad de personas inteligentes y preparadas que están desperdiciando su talento en busca de la riqueza o el prestigio —a veces haciendo el mal— cuando podrían contribuir a hacer un mundo mejor. “De todo lo que desperdiciamos en estos tiempos de desperdicio, lo más importante es el talento echado a perder”, escribe.

Bregman apuesta por combinar, de forma ambiciosa, el desarrollo personal con la acción social. Si Markus Gabriel expone cómo las empresas pueden obtener beneficios haciendo el bien —el capitalismo ético—, Bregman lo traslada a nuestra actividad laboral y cotidiana: también podemos tener algo así como éxito laboral ético. No basta con ser bueno en la vida privada; podemos trabajar en el bien, algo que, según el escritor, no abunda en sectores como la banca, el marketing, la consultoría o la tecnología. Lo verdaderamente ambicioso no es trepar hasta lo más alto del escalafón social, sino hacerlo tratando de resolver los problemas que aquejan a la sociedad de nuestro tiempo.

Para ello es necesaria una compasión radical: “Queremos ampliar nuestra compasión a ayudar a tanta gente y animales como sea posible”, escribe Bregman en su decálogo para la ambición moral. “Como los abolicionistas [de la esclavitud] y las sufragistas antes que nosotros, intentamos mover las fronteras del círculo moral de la humanidad. Nos preocupan las futuras generaciones y queremos ser buenos ancestros”.

¿Por qué no lo hacemos juntos?

Si seguimos dentro del sistema, algunos proponen normativizar de algún modo ese compromiso con la sociedad. Es el caso del politólogo Jorge Tamames en Algo que hicimos juntos (Círculo de Bellas Artes / Lengua de Trapo), que parte de una pregunta sencilla: “¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo útil y valioso por los demás?”. Inspirado en cosas tan dispares como la ciencia ficción de Ursula K. Leguin o el ensayo El amanecer de todo, de David Graeber y David Wengrow, y partiendo de su pregunta inicial, aboga por un “servicio civil universal y obligatorio” —una especie de mili social y solidaria— mediante el que la ciudadanía de a pie puede afrontar los cuidados colectivos o la crisis medioambiental.

Según lo plantea Tamames, tendría también algo de experiencia vital, donde “juntar a gente de orígenes diferentes, borrar las jerarquías y distinciones”. Trabajarían codo con codo, en igualdad de condiciones, el pobre y el rico, el jefe y el empleado, el de aquí y el de allá. En definitiva, no difiere mucho de los trabajos vecinales que se hacían en los pueblos. En su texto no obvia las posibles objeciones (algunas bastante cuñadas) que se le harían, desde el rechazo a la obligatoriedad hasta el calificativo de “mili woke”, pasando por las críticas desde la izquierda, que podría ver aquí una sustitución del Estado de bienestar. A todas responde. “Creo que el tono general de la época es bastante optimista, y quise escribir en un registro algo más utópico, aunque también pragmático y realista”, dice, no en vano el libro ganó el premio Utopías que caben en el BOE que busca eso mismo: utopías que se puedan aterrizar en nuestro día a día.

Son todas propuestas para actuar desde la reflexión ética y cambiar el sistema desde dentro y en el marco de lo posible. Aunque tal vez el ánimo social sea el contrario: el malismo (en oposición al buenismo), que el artista Mauro Entrialgo describió en un libro homónimo, Malismo (Capitán Swing, 2024). “Se trata de una estrategia de comunicación que consiste en confesar deseos o actos que tradicionalmente habrían sido reprobables con el fin de conseguir algún tipo de beneficio”, dice el autor.

Hay malismo de distintos grados: ahí mete desde el nombre de los bares “canallitas” y los jurados severos en los talent shows hasta las bandas de trolls de las redes sociales (perfecto caldo de cultivo del malismo), pasando, sobre todo, por la actitud de ciertos gobernantes sin complejos que se vanaglorian de tener comportamientos poco éticos, como no hacer “nada” por facilitar el acceso a la vivienda o desmantelar a la fuerza campamentos de personas sin hogar. No en vano muchos de los grandes personajes de los productos audiovisuales del s. XXI no son los héroes sino los villanos: tal vez de ahí salga el fervor malista.

En definitiva, puede pensarse que estas iniciativas por encarar el bien común, a pesar de su voluntad pragmática, son absurdas en un mundo superindividualista y desnortado (a la par que malista), pero quizá la verdadera ingenuidad consista en creer que los grandes problemas de nuestro tiempo se resolverán sin una renovada idea de bien común.

jueves, 20 de agosto de 2026

"LA DELINCUENCIA NO TIENE NACIONALIDAD, SOLO CIRCUNSTANCIAS". Carmen Morán Breña, El País

Un estudio de la Universidad Carlos III rebaja la brecha de delincuencia entre extranjeros y españoles un 48% y muestra sustanciales diferencias por países

El uso político de la inmigración deja a menudo frases incriminatorias de alto calado que acusan a los extranjeros de violaciones o abusos contra las mujeres, de homicidios, robos y fraudes que han solidificado la idea tabernaria que identifica al extranjero con un delincuente. ¿Con qué datos, con qué pruebas? Jesús Sánchez Barricarte, sociólogo de la Universidad Carlos III, ha invertido unos años en analizar 5,6 millones de sentencias condenatorias dictadas entre 2007 y 2023 y, tras estandarizar los datos, es decir, comparar entre españoles y extranjeros pero de las mismas edades y sexos, encuentra que la brecha delincuencial entre unos y otros se reduce en un 48%. Los extranjeros cometen 1.294 delitos por cada 100.000 habitantes y los españoles 675. Si la tasa delincuencial de los extranjeros era 2,7 veces la de los españoles, al estandarizar los datos resulta solo 1,9. Aun así, esa diferencia entre ambos hay que buscarla en otros factores, dado que hay países de procedencia con cifras muy por debajo de las nacionales. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 19 de agosto de 2026

"¿POR QUÉ DEJAS QUE TE DIGAN QUÉ PENSAR? LOS INFLUENCERS VIVEN DE TI". Lucía Taboada, elDiario.es

Ser 'influencer' de profesión ya no es cosa de unos 
pocos muy famosos, cada vez son más los perfiles
que consiguen hacer de esto un trabajo real
Hemos normalizado que perfiles salidos de la nada, pero con muchos seguidores, conviertan cualquier cosa en una decisión de consumo y, de paso, trasladen esa misma confianza a asuntos políticos, sociales o científicos. Hemos normalizado que su número de seguidores sea una especie de forma de autoridad. Y la culpa es nuestra

Comienzo esta columna con una distinción necesaria porque meter a todo aquel que crea contenido en el mismo saco es tan vago como llamar periodista a cualquiera que vaya por ahí lanzando supuestas preguntas incómodas en un portal. Una cosa son los creadores de contenido que llevan años construyendo una audiencia a base de vídeos, fotografías, reels, divulgación, humor o lo que sea, con mayor o menor talento pero cierta continuidad, oficio y una idea detrás. Y otra, bastante distinta, es la última hornada de nada-influencers, personajes lanzados al estrellato digital después de pasar por un reality o de protagonizar una infidelidad televisada.

Hace unos días se popularizó el vídeo de una de estas neo celebridades digitales (con casi un millón de seguidores) indignada porque, según explicaba, España está llena de jetas y sinvergüenzas que viven de las “paguitas” mientras personas como ella se dejan la piel pagando impuestos. Como ejemplo hablaba de un supuesto vecino, ya entrado en años, que cobraba una pensión de orfandad. En España, sin embargo, la pensión de orfandad tiene límites de edad bastante concretos —con carácter general hasta los 21 años y, en determinados supuestos, hasta los 25—, así que el relato tenía el pequeño inconveniente de la realidad. Pero lo interesante no es esa influencer concreta ni su vecino. Lo interesante es la facilidad con la que determinados discursos han encontrado en las redes sociales una nueva cadena de distribución. Véase: El que cobra una ayuda es sospechoso, el inmigrante invade, los impuestos son un robo, hasta un eclipse puede convertirse en material para la enésima batalla cultural porque, al fin y al cabo, un eclipse es difícil de monetizar si no es por la vía de la indignación.

Existe un ecosistema digital que recompensa extraordinariamente bien la seguridad sin conocimiento y la opinión sin la molestia previa de haberse informado. Pero, claro, resulta que los influencers viven de ti, de mí, de nosotros. Ningún algoritmo obliga a nadie a seguir a una persona que, por cierto, suele mostrar exactamente lo mismo que la influencer de al lado, aunque cambie ligeramente el envase. Pueden ser dos bikinis distintos de Shein, dos versiones del mismo bizcocho de avena, plátano y chocolate con la proteína en polvo de turno, o dos cápsulas milagrosas para el pelo con un 15% de descuento utilizando el código MARTA15 o SONIA15. Porque después de años registrando nuestros deseos, el algoritmo ha terminado homogeneizándolos.

El influencer sin formación y sin demasiada intención de adquirirla, es la culminación perfecta de haber dejado que introduzcan un incentivo económico dentro de nuestras relaciones en redes sociales. Quizá por eso empieza a percibirse cierto cansancio de esta burbuja. Porque hemos normalizado que perfiles salidos de la nada, pero con muchos seguidores, conviertan cualquier cosa en una decisión de consumo y, de paso, hemos normalizado que trasladen esa misma confianza a asuntos políticos, sociales o científicos. Hemos normalizado que su número de seguidores sea una especie de forma de autoridad.

Yo celebro con cierta esperanza la creciente ola de hartazgo hacia la cultura influencer. Aunque igual ni siquiera existe tal hartazgo y es de nuevo la trampa de mi algoritmo enseñándome vídeos de gente cansada de los influencers porque ha descubierto que me gusta ver vídeos de gente cansada de los influencers. Ya no te puedes fiar de nada en Internet. Pero si realmente estamos entrando en el ocaso de esta cultura, que lo dudo, convendría no atribuirnos demasiado mérito porque a todos esos influencers los hemos creado nosotros. Podemos exigir responsabilidad a las marcas u honestidad a los creadores, pero lo cierto es que para que alguien influya tiene que haber otro alguien dispuesto a ser influido. Así que la pregunta real es a quién estás pagando con tu atención para que te diga qué comprar, qué pensar o de qué tienes que estar enfadado.

martes, 18 de agosto de 2026

"CUANDO LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN DE LA IGLESIA HABLAN EL LENGUAJE DE LA ULTRADERECHA". José Antonio Vázquez Mosquera, Religión digital

Tragedia humanitaria en Ceuta
Llamar "invasión" a una tragedia humanitaria no solo deshumaniza a las víctimas; traiciona el Evangelio y compromete la responsabilidad de quienes permiten que ese discurso se difunda desde medios vinculados a la Iglesia.

«Fui extranjero y me acogisteis.»
(Mt 25,35)

Hay palabras que matan. No porque disparen un arma, sino porque preparan el terreno para que otros la disparen. No levantan fronteras ni agreden directamente a nadie. Pero moldean nuestra manera de mirar hasta conseguir que dejemos de ver personas y empecemos a ver amenazas. Eso está ocurriendo estos días con la llegada de miles de personas pobres a Ceuta.

Numerosos medios de comunicación han presentado esta tragedia humana como una "invasión". El término se repite una y otra vez hasta construir una imagen profundamente falsa: la de un ejército atacando nuestras fronteras.

Los pobres se convierten en soldados.Los refugiados pasan a ser invasores. Las víctimas aparecen como amenaza. Y la pobreza deja de ser el problema para convertirse en sospechosa.

Es difícil imaginar una inversión más radical del Evangelio.

El lenguaje nunca es inocente

Llamar "invasión" a una crisis humanitaria no es simplemente elegir una palabra desafortunada. Es construir un marco mental.

Cuando durante horas una sociedad escucha que está siendo invadida, deja de ver niños, familias o jóvenes desesperados y empieza a ver combatientes.Y cuando aparecen combatientes, cualquier respuesta violenta parece más fácilmente justificable.

No es casual que, paralelamente a este discurso, hayan aparecido manifestaciones con gritos de «¡A por ellos!» y agresiones contra migrantes.Las palabras preceden muchas veces a la violencia. Los imaginarios terminan convirtiéndose en conductas.

La verdadera noticia no son los migrantes, es la pobreza.

Mientras las tertulias hablan de invasiones, apenas se escucha la pregunta verdaderamente importante. ¿Por qué miles de personas abandonan Marruecos? ¿Por qué arriesgan la vida? ¿Por qué tantos jóvenes consideran preferible jugarse la muerte antes que permanecer donde nacieron?

La respuesta no está en Ceuta. Está en la pobreza estructural. En la desigualdad económica. En un sistema económico internacional profundamente injusto que sigue reproduciendo relaciones neocoloniales entre el Norte y el Sur.

Está también en una situación de graves vulneraciones de derechos humanos en Marruecos denunciadas desde hace años por organismos internacionales.

Y tampoco puede descartarse que el régimen marroquí, con sus aliados Trump, Netanyahu y toda la ultraderecha internacional, enemigos del gobierno de España, utilice los flujos migratorios como instrumento de presión política, algo que merece una investigación rigurosa.

Pero incluso si hubiera intereses geopolíticos detrás de estos movimientos, quienes cruzan la frontera siguen siendo personas vulnerables. Nunca dejan de ser víctimas porque otros intenten utilizarlas.

El Evangelio nunca habló de invasiones

Jesús jamás llamó amenaza a los pobres. Nunca convirtió al extranjero en enemigo.Nunca identificó la seguridad con el rechazo del necesitado.Al contrario. Se identificó personalmente con él. «Fui extranjero y me acogisteis.» No dijo: «Fui extranjero y me llamasteis invasor.»

El criterio definitivo del juicio de Mateo 25 no será cuánto protegimos nuestras fronteras. Será qué hicimos con quien tenía hambre. Con quien era extranjero. Con quien estaba desnudo. Con quien sufría.

El cristianismo comienza precisamente cuando dejamos de mirar al otro como una amenaza y empezamos a reconocer en él el rostro de Cristo.

La auténtica espiritualidad conduce necesariamente a hacerse cargo del mundo y a una praxis de justicia y compasión hacia quienes más sufren. Una espiritualidad que no desemboca en el compromiso con las víctimas termina convirtiéndose en una espiritualidad vacía.

La mayor vergüenza

Pero quizá lo más doloroso de estos días no haya sido escuchar este discurso en determinados sectores políticos. Lo verdaderamente desconcertante es escucharlo también en medios de comunicación vinculados a la Iglesia.

Que en TRECE TV o en COPE, en determinados programas, se utilice reiteradamente el término "invasión" para referirse a una tragedia humanitaria constituye una profunda vergüenza para la Iglesia institucional propietaria de estos medios.

Precisamente los medios que deberían ayudarnos a mirar la realidad con los ojos del Evangelio terminan muchas veces contemplándola con las categorías del miedo, de la sospecha y de la confrontación.

Uno espera escuchar las Bienaventuranzas.Y escucha discursos donde los pobres aparecen como un peligro. Uno espera encontrar el relato del Buen Samaritano.Y encuentra marcos narrativos extraordinariamente parecidos a los que hoy difunden amplios sectores de la extrema derecha internacional.

Resulta difícil comprender cómo unos medios supuestamente nacidos para evangelizar pueden terminar utilizando un lenguaje que desfigura el núcleo mismo del Evangelio.

La responsabilidad de la Conferencia Episcopal Española

Aquí ya no basta con responsabilizar únicamente a periodistas o tertulianos. También existe una responsabilidad pastoral. Los obispos españoles no pueden limitarse a guardar silencio mientras unos medios vinculados a la Iglesia difunden de manera reiterada un lenguaje que convierte a los pobres en sospechosos y a los migrantes en una amenaza.

El silencio también comunica. La pasividad también educa.

No basta con publicar documentos sobre la Doctrina Social de la Iglesia ni citar al papa León XIV cuando después se permite que desde medios de inspiración cristiana se difundan discursos incompatibles con el corazón del Evangelio.

No se trata de imponer una determinada posición política sobre la inmigración. Es legítimo debatir sobre las políticas migratorias y sobre cómo gestionar las fronteras. Lo que no resulta compatible con el Evangelio es demonizar a quienes huyen del hambre, de la pobreza o de la desesperación.

Si un medio de comunicación que habla en nombre del cristianismo convierte sistemáticamente a los pobres en una amenaza, quienes tienen la responsabilidad última sobre esos medios deberían preguntarse seriamente si están cumpliendo su misión evangelizadora.

Porque no puede proclamarse el domingo que Cristo está presente en el pobre y permitir durante la semana que desde medios vinculados a la Iglesia se contribuya a presentarlo como un enemigo social.

Cuando la Iglesia adopta el lenguaje del poder

La historia demuestra que el cristianismo pierde su alma cuando deja de hablar el lenguaje de las víctimas para adoptar el lenguaje del poder.

Ocurrió con la esclavitud. Con el colonialismo. Con demasiadas dictaduras. Y puede volver a ocurrir con la inmigración.

El seguimiento de Jesús nunca consistió en tranquilizar a los poderosos. Consistió en anunciar una buena noticia para los pobres.

La consecuencia más preocupante de este clima no es únicamente el aumento del rechazo social. Es que llegará un momento en que quienes acompañen, alimenten, defiendan jurídicamente o simplemente abracen a personas migrantes serán presentados como ingenuos, cómplices o traidores.

Ya sucede en otros países. Sacerdotes, religiosas, voluntarios y organizaciones humanitarias han sido objeto de campañas de desprestigio simplemente por practicar aquello que el Evangelio llama misericordia. Sería una inmensa contradicción que esa sospecha acabara siendo alimentada, directa o indirectamente, desde medios vinculados a la propia Iglesia.

Recuperar el lenguaje de Jesús

Quizá el primer paso para construir una sociedad más humana sea recuperar las palabras. No llamar invasión a la desesperación. No llamar ejército a quienes huyen del hambre. No llamar amenaza a quien busca sobrevivir.

Porque la verdadera invasión no es la de quienes llegan pobres a nuestras fronteras. La verdadera invasión es la del miedo ocupando el lugar de la compasión. La del nacionalismo ocupando el lugar de la fraternidad. La de la propaganda ocupando el lugar de la verdad.

Y, lo que resulta todavía más doloroso, la de un lenguaje ajeno al Evangelio ocupando el espacio de medios de comunicación que deberían llenarse con las palabras de Jesús.

El día en que la Iglesia llame invasor al extranjero dejará de anunciar el Reino de Dios para repetir el discurso de los poderosos.

Y mientras seguimos discutiendo sobre fronteras, el Evangelio continuará haciéndonos la única pregunta verdaderamente decisiva: ¿Qué has hecho con tu hermano?

lunes, 17 de agosto de 2026

"VOTAR TIENE CONSECUENCIAS". Agustín Martínez, El independiente de Granada

Manuel Gavira toma posesión en presencia de Juan Manuel Moreno

Hay decisiones políticas que pueden ser discutibles. Otras son equivocadas. Algunas son directamente incomprensibles. Y después está lo que acaba de hacer el presidente de la Junta de Andalucía: entregar a Vox las competencias relacionadas con la valoración de las víctimas de violencia machista en Andalucía. Esto último no es un error. Ni un despiste. Ni una consecuencia inevitable de la reorganización del Gobierno. Es una decisión política. Y, por tanto, tiene un responsable político: Juanma Moreno.

Conviene empezar por ahí porque en política existe una costumbre demasiado extendida de intentar presentar como accidente aquello que en realidad responde a una estrategia. Moreno Bonilla sabe perfectamente a quién estaba entregando esas competencias. Sabe perfectamente qué piensa Vox de la violencia de género. Sabe con todo detalle el historial de ese partido en esta materia. Y sabe, además, que Andalucía no es precisamente el lugar de España donde uno pueda permitirse experimentar con la protección de las mujeres.

Andalucía encabeza desde hace años las estadísticas de asesinatos machistas y soporta una dimensión de esta tragedia que debería obligar a extremar las garantías, no a rebajarlas. Son miles las mujeres que necesitan protección y seguimiento. Más de 16.000 las que se encuentran dentro del sistema VioGén en la comunidad. Detrás de esa cifra no hay una estadística fría: hay mujeres que tienen miedo, que han cambiado sus rutinas, que miran hacia atrás cuando caminan por la calle, que duermen con el teléfono cerca y que necesitan saber que al otro lado de la Administración hay profesionales que creen en lo que les está ocurriendo.

¿Se ha preguntado Juanma Moreno cómo se sienten esas mujeres al saber que ha puesto al frente de una parte esencial de la Administración que debe protegerlas a un partido que niega la existencia de la violencia machista como fenómeno específico?

Porque esa es la cuestión. No estamos hablando de una disputa semántica sobre si llamamos a las cosas violencia machista, violencia intrafamiliar o violencia doméstica. Estamos hablando de la mirada desde la que se analiza el riesgo de una mujer y se decide qué protección necesita. Las Unidades de Valoración Forense Integral son precisamente eso: una pieza fundamental para evaluar el riesgo y las secuelas de la violencia sobre mujeres y menores. No son una oficina burocrática cualquiera.

Y ponerlas bajo la responsabilidad política de Vox resulta especialmente obsceno cuando recordamos que ese mismo partido pidió en 2019 conocer los nombres y apellidos de los profesionales que trabajaban en las unidades contra la violencia de género. Francisco Serrano los acusaba de estar “ideologizados” y cuestionaba su cualificación.

¿Se ha preguntado Moreno Bonilla cómo se sienten ahora aquellos profesionales? ¿Qué pensará quien durante años ha dedicado su trabajo a proteger a mujeres maltratadas y que vio cómo Vox pretendía poner su nombre y apellidos en la diana? ¿Qué confianza puede transmitirles ahora su Gobierno cuando entrega precisamente esa responsabilidad a quienes entonces los señalaban?

La respuesta de Moreno no puede ser que se trata de una cuestión de reparto de competencias. Porque no lo es. Si quería configurar una macroconsejería para satisfacer las exigencias de Vox, podía haber dejado fuera de ese paquete aquellas materias que afectan directamente a la protección de las víctimas. Podía haber mantenido bajo responsabilidad del Partido Popular la violencia de género. Podía haber hecho lo mismo con la protección de los menores migrantes no acompañados. Podía haber establecido líneas rojas.

No lo ha hecho.

Y ahí aparece la palabra que Moreno seguramente querrá evitar: cesión.

Otra más.

Porque esta legislatura andaluza empieza a parecerse peligrosamente a una negociación permanente en la que Vox marca el territorio y el Partido Popular paga el alquiler con competencias, políticas y principios. Todo, eso sí, en nombre de la estabilidad. La estabilidad de quién, cabría preguntar. ¿La de las instituciones? ¿La de Andalucía? ¿O la de la poltrona de San Telmo?

Moreno ha tenido una oportunidad extraordinaria para demostrar que existen cuestiones que están por encima de una mayoría parlamentaria, de una negociación presupuestaria y, desde luego, de un sillón.

Pero no lo hizo.

Y ahora pretende que miremos hacia otro lado porque estamos en agosto. Como si el machismo cerrara por vacaciones. Como si las mujeres amenazadas suspendieran sus vidas hasta septiembre. Como si los agresores entendieran de puentes, chiringuitos y operaciones salida. Como si la responsabilidad política pudiera esconderse detrás del calendario estival.

No, presidente. Agosto no es una coartada.

Tampoco vale decir que los profesionales seguirán siendo los mismos. Claro que los profesionales deben seguir haciendo su trabajo con rigor y profesionalidad. Precisamente por eso merecen una Administración que respalde su labor y una dirección política que no ponga en cuestión el problema que están tratando de combatir.

La propia Junta de Andalucía reconoce oficialmente que la violencia de género comprende la violencia física, psicológica, sexual y económica y que las políticas públicas deben actuar frente a esas distintas manifestaciones.

Por eso resulta tan brutal la contradicción: mientras la Administración andaluza financia programas de prevención, formación y sensibilización contra la violencia contra las mujeres, el presidente decide entregar una parte esencial de su gestión a quienes políticamente cuestionan ese marco.

Eso tiene un nombre: incoherencia. Pero tiene otro mucho más grave cuando hablamos de vidas humanas: irresponsabilidad.

Votar tiene consecuencias. Conviene recordarlo. También cuando se vota pensando que determinadas líneas rojas son inamovibles. También cuando se cree que una cosa es el discurso electoral y otra gobernar. Porque gobernar consiste precisamente en decidir qué no se está dispuesto a entregar.

Moreno Bonilla acaba de decirnos, con hechos, cuál es el precio que está dispuesto a pagar para conservar la presidencia.

Y ese precio lo pagan las mujeres.

Lo pagan las profesionales que trabajan contra la violencia machista.

Lo pagan las familias de las víctimas.

Y lo paga también Andalucía, porque un Gobierno que convierte la protección de las mujeres en moneda de cambio está enviando un mensaje político demoledor: que hay principios que pueden esperar cuando está en juego el poder.

Juanma Moreno aún está a tiempo de rectificar. Pero la rectificación ya no sería un gesto administrativo. Sería la única forma de demostrar que queda algo de aquella supuesta moderación, aquella famosa “vía andaluza” y aquel liderazgo centrado que durante años quiso vendernos.

Porque la dignidad política consiste, precisamente, en saber cuándo hay que decir que no.

Y si para seguir sentado en San Telmo hay que entregar a un partido negacionista la responsabilidad sobre la protección de las mujeres maltratadas, quizá el problema no sea que Vox haya exigido demasiado.

Quizá el problema sea que Juanma Moreno estaba dispuesto a concederlo.

Y eso, presidente, no es un error.

Es una elección indigna que debería tener consecuencias.

domingo, 16 de agosto de 2026

"EL PRIVILEGIO DE CRUZAR UNA FRONTERA". Imanol Zubero, elDiario.es

Marruecos desarrolla políticas para conseguir que cada vez más personas procedentes de Europa crucemos su frontera; Europa desarrolla políticas para conseguir que determinadas personas que se encuentran en Marruecos no crucen la nuestra

Agosto es, en Europa, el mes del movimiento. Aeropuertos abarrotados, autopistas congestionadas, estaciones de ferrocarril llenas, ferris que cruzan el Mediterráneo, familias que recorren miles de kilómetros para llegar a una playa, una ciudad o una casa de vacaciones. Centenares de miles de personas atravesamos estos días fronteras internacionales con una naturalidad extraordinaria. Enseñamos un pasaporte, una tarjeta de embarque o, muchas veces, ni siquiera eso; dentro del espacio Schengen podemos viajar de un país a otro sin advertir que acabamos de cruzar una frontera.

No se trata de un fenómeno marginal. Según ONU Turismo, en 2024 se registraron en el mundo 1.400 millones de llegadas de turistas internacionales, recuperándose prácticamente los niveles anteriores a la pandemia. Y la tendencia ha seguido creciendo: solo entre enero y marzo de 2025 más de 300 millones de personas viajaron internacionalmente por turismo. Vivimos, efectivamente, en la época de la movilidad. Pero ¿de la movilidad de quién?

Mientras millones de personas cruzamos fronteras para disfrutar de nuestras vacaciones, en Ceuta decenas de miles han intentado atravesar otra frontera. Muchas lo han hecho a nado, bordeando espigones, lanzándose al mar o aprovechando cualquier resquicio que pudiera permitirles alcanzar territorio español. Muchas han muerto en el intento. Una vez más, la frontera entre África y Europa se ha convertido, literalmente, en un lugar de muerte.

Hay muchas maneras de analizar lo sucedido. Podemos hablar de la política migratoria europea, de la responsabilidad de Marruecos, de la instrumentalización política de las migraciones, del control de fronteras, del derecho de asilo, de las mafias, de las responsabilidades de España o de la Unión Europea. Todas estas cuestiones son importantes. Pero hay otra que quizá resulte más incómoda porque no permite situar el problema exclusivamente en gobiernos, policías o instituciones, sino que nos obliga a mirarnos también a nosotras mismas: mientras unas personas arriesgan la vida para cruzar una frontera, otras cruzamos fronteras para irnos de vacaciones. No es mi intención aventar una culpabilización simplista de quien viaja, pero eso no significa declarar inocente al turismo. Porque viajar no es un acto situado fuera de las relaciones sociales y de las desigualdades que estructuran el mundo, mucho menos cuando viajamos desde sociedades ricas hacia sociedades empobrecidas. CONTINUAR LEYENDO

"EL GIRO ÉTICO: CÓMO CAMBIAR EL CAPITALISMO SALVAJE DESDE DENTRO PARA HACER EL BIEN". Sergio C. Fanjul, El País

Manifestación del movimiento 15-M en la Puerta del Sol, el 21 de mayo de 2011 La reflexión ética no está de moda en un mundo despiadado, per...