miércoles, 1 de abril de 2026

"PADRES DEPRIMIDOS". Silvia Cosío, Publico.es

Siempre he creído que hay mucho de irresponsabilidad, de autoindulgencia y de ego en la decisión de convertirse en madre o padre. Que pensemos que estamos preparados para atender, cuidar, educar y proteger a un ser humano dependiente de nosotros, vulnerable y maleable es, si se piensa en frío, una locura. Cinco minutos antes de conocer a mi hija yo estaba inmersa en una burbuja de emoción, expectación y felicidad que no me dejaba pensar, solo sentir, pero esa noche, ya más calmada, en la habitación de aquel hotel en Addis Abeba, mirando a mi hija que dormía profundamente, sentí todo el peso de la responsabilidad que acababa de adquirir. El peso de saber que ese diminuto ser, su felicidad, su bienestar y su futuro reposaban en mis manos. De mi primer año como madre me queda el recuerdo de un montón de experiencias maravillosas, pero también la memoria del vértigo, del miedo, de la ansiedad, de las dudas, del cansancio, del desbordamiento y del estrés que padecí y que me hicieron sentir tan culpable como avergonzada. Tardé en darme cuenta de que eran sentimientos complejos y duros pero también naturales. Y, si bien es verdad que yo me libré de la montaña rusa hormonal que lleva aparejada la maternidad biológica, compensé su ausencia con las dificultades y retos que conlleva una adopción. Y hubo días en los que lo único en lo que podía pensar era en salir por la puerta y no mirar atrás.

Las madres de mi generación, y las de las generaciones anteriores, no solíamos verbalizar ni hacer público nada de esto, pues la sociedad tiende a censurar cualquier despliegue que nos humanice y que, por tanto, desmienta el halo de santidad, devoción y vocación innata con el que hemos dibujado tradicionalmente la imagen de la maternidad. Por eso no hay peor insulto ni peor afrenta para una mujer que la acusación de ser una mala madre, que es aún más estigmatizante incluso que la sospecha que recae en las mujeres que no desean o que han renunciado a la maternidad. Porque, aunque ambas representan la negación de la esencia de lo que nos han querido convencer que constituye “lo femenino”, la mala madre personifica además la “antimujer”, convirtiéndose así en una criatura contranatura que se deja arrastrar por sus necesidades y sus caprichos. En una mujer que abdica de la devoción, los cuidados y la abnegación y que se pone por delante de sus hijos. En una mujer que usurpa el papel tradicional del padre.

Afortunadamente el feminismo -ese que los amigos de los maltratadores dicen que ha llegado demasiado lejos- ha ido abriendo las mentes y los ojos de muchas de nosotras, tomándose además su tiempo para desmontar construcciones ideológicas y sociales que nos empequeñecían y nos limitaban a la vez que nos daba las herramientas con las que transformar nuestras mentes y vidas pero también con las que reforzar la confianza en nosotras mismas para admitir, aceptar y celebrar nuestras imperfecciones. En un mundo en el que se nos exige a las mujeres la perfección en todo, en el que si queremos que se nos tenga en cuenta tenemos que ser y estar siempre bellas, elegantes y delgadas, pero también ser productivas, profesionales y eficientes sin renunciar a ser hogareñas, cariñosas, tiernas y, por encima de todo, buenas y sacrificadas madres, aceptar que se es una madre imperfecta, es tanto una victoria como un alivio.

Pero más allá del valor terapéutico que han tenido las aportaciones y las reflexiones de las pensadoras feministas que han diseccionado, deconstruido y remodelado el concepto de maternidad, contribuyendo así a la mejora de nuestra calidad de vida al ayudarnos a reforzar nuestra autoestima y nuestra salud mental, su importancia se mide especialmente en que la mirada crítica del feminismo hacia la maternidad se ha materializado en las llamadas políticas de conciliación. Unas políticas con las que se busca equilibrar la vida familiar y laboral mediante permisos por nacimiento -compartidos entre ambos progenitores-, reducciones laborales, permisos de lactancia, adaptaciones de las jornadas laborales o excedencias de hasta tres años para el cuidado de los hijos, y que en teoría están pensadas para que se puedan acoger a ellas tanto las madres como los padres. Sin embargo son las mujeres las que de forma abrumadora -nueve de cada diez personas que se acogen a la reducción laboral para conciliar son mujeres- acaban priorizando el cuidado de los hijos a sus intereses, necesidades y ambiciones laborales. Y es que muchas de nosotras nos habremos librado de la maldita culpa cristiana y patriarcal que íbamos arrastrando por no conseguir ser unas madres perfectas, abnegadas y altruistas, pero seguimos cargando sobre nuestras espaldas con el peso de los cuidados.

Y ahora descubrimos que los padres que han entendido que la baja de paternidad está pensada para que se hagan cargo de sus criaturas recién nacidas, y no para entrenar para el Ironman o para ver el Mundial de Fútbol, resulta que se deprimen y se desbordan. Que pelearse con jefes y encargados para que cumplan con la ley, que las horas perdidas en la sala de espera del pediatra, que la falta de sueño, que el cansancio o que el ver cómo el mundo laboral les va dejando atrás les está pasando factura a su salud mental y a su autoestima y exigen que se les preste atención. Parece que al fin han entendido lo que las feministas llevamos más de un siglo denunciando y combatiendo.

Y es por esto que el feminismo es un artefacto tan peligroso, porque ha venido a poner patas arriba lo que nos han hecho creer que constituía la naturaleza y la esencia de ese invento que llamamos “mujer” y, por esa regla de tres, de lo que creíamos también que era ser “hombre”. Pero sobre todo porque ha venido para decirles a los señores que ya va siendo hora de que dejen de hacerse los tontos y que asuman de una vez su parte de responsabilidad. Por dura que esta sea. Porque al final saldremos todos ganando. También ellos.

martes, 31 de marzo de 2026

"ARGUMENTOS". Luis García Montero, El País

Es aburrido hablar de sanidad y educación públicas, economía, impuestos, paz, justicia internacional o derechos humanos; mejor descalificar e insultar

Como las vacaciones de Semana Santa facilitarán las comidas familiares y las reuniones de amigos con tambores y cornetas, quiero ofrecer algunas palabras para que las bocas de la derecha y la extrema derecha puedan analizar las causas de la mala, muy mala, malísima situación que vive España. Si atendemos a la capacidad metafórica del mundo animal, los rojos son hienas, zorros (o zorras, mucho peor), sabandijas, ratas, víboras, chinches, fieras, moscas y todo tipo de bichos que pueden representar la molestia cojonera o los colmillos peligrosos.

Este amor del ser humano por el mundo animal se justifica por identificación. Los rojos muestran unas raíces fundadas en el mal: malhechores, malcasados, malparidos, maleducados y malolientes. También ayuda el prefijo des: deshonestos, desleales, desafectos o, si el insulto viene de la izquierda a la izquierda, descafeinados. Los rojos representan la degradación de la humanidad cuando se comportan, todo junto, como delincuentes, corruptos, sobornados, pesebreros, viciosos, mentirosos, pervertidos, moros, islamitas, antisemitas, antisionistas, ladinos, judíos, migrantes, feminazis, pecadores, anticlericales, devotos, sacrílegos, clerófobos, canallas, sinvergüenzas, granujas, bribones, rastreros, chusma, gentuza, morralla, vengativos, amargados, fracasados, abortados, mierdas, analfabetos, incultos, imbéciles o indocumentados comunistas.

¡Miserables! La lengua saca mucho petróleo de sus pozos para jugar con los sexos, las almas y los cuerpos. Es aburrido hablar de sanidad y educación públicas, economía, impuestos, paz, justicia internacional o derechos humanos. Mejor descalificar e insultar. Uno se tiene que morder la lengua para no hablar de los rebaños o las coces de los mulos que rebuznan. Mejor recordar que mi infancia son recuerdos donde madura el limonero y que ya no hay dos Españas que quieran rompernos el corazón. Ahora nos basta con una.

lunes, 30 de marzo de 2026

"HABERMAS: EL FILÓSOFO QUE CREYÓ QUE CONVENCER ERA POSIBLE". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Perder al pensador no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena

Habermas muere en un momento poco hospitalario para la empresa a la que dedicó su obra. No es una paradoja sentimental, sino un diagnóstico preciso. Construyó el andamiaje intelectual más sofisticado del siglo XX para sostener una idea simple y radical: que la democracia puede fundarse en la razón comunicativa, que la legitimidad nace del mejor argumento y no del poder bruto, y que Europa podía ser la prueba histórica de que ese proyecto era viable. Hoy, cuando sus dirigentes hablan con naturalidad de abandonar la pretensión normativa que definió el proyecto europeo, la muerte de Habermas adquiere un significado que no es biográfico sino político.

Jürgen Habermas fue el filósofo que se negó a rendirse ante el pesimismo. Heredero de la Escuela de Fráncfort, creció intelectualmente en la sombra de Adorno y Horkheimer, pensadores que habían visto en la razón moderna no solo una promesa de emancipación sino también el germen de Auschwitz. Habermas tomó ese diagnóstico sombrío y lo sometió a una corrección radical: si la razón había contribuido a la catástrofe, pensaba, no era porque estuviera condenada, sino porque había sido reducida a un instrumento. Había que repensarla de otro modo: no como técnica de dominio, sino como capacidad de entendimiento entre sujetos. De esa intuición nació su gran proyecto filosófico: la teoría de la acción comunicativa.

La idea es tan simple en su formulación como exigente en sus consecuencias. Cuando los seres humanos hablan para entenderse —no para manipular ni para vencer— activan una forma de racionalidad distinta a la del mercado o a la de la burocracia del Estado. Una racionalidad que propone en lugar de imponer, que escucha en lugar de silenciar y que funda su legitimidad no en el poder de quien habla sino en la fuerza del mejor argumento. De ese principio Habermas extrajo una teoría de la democracia, una filosofía del derecho y una defensa del proyecto europeo como el experimento político más avanzado de la historia: la apuesta de que es posible construir orden sin soberano y legitimidad sin espada. Fue también, como se señaló desde la teoría feminista, un proyecto con puntos ciegos: su ideal de imparcialidad tendía a expulsar del espacio público precisamente aquello que no encajaba en el molde de la razón desapasionada. Pero era un proyecto. Tenía horizonte. Creía que el mundo podía ser mejor mediante la palabra.

Habermas no fue un teórico de gabinete. Fue un intelectual que entendía que los argumentos tienen consecuencias y que por tanto hay que defenderlos en público. Intervino en el debate sobre la memoria del nazismo cuando historiadores conservadores intentaban relativizarlo. Se enfrentó a Foucault y a los posmodernos cuando creyó que su escepticismo radical disolvía las bases mismas de la crítica. Criticó la intervención en Irak y se posicionó sobre Ucrania cuando ya tenía más de noventa años. No siempre tuvo razón, pero siempre estuvo dispuesto a jugársela.

Habermas construyó toda su obra sobre un supuesto: que existe un espacio público donde los argumentos pueden competir en condiciones de igualdad y que el mejor argumento tiene posibilidades de ganar. Ese supuesto no era ingenuo. Sabía que el capitalismo lo erosionaba, que los medios lo podían distorsionar, y que el poder lo podía colonizar. Lo diagnosticó en 1962 con una lucidez extraordinaria, pero el diagnóstico de 1962 describía una degradación. Lo que tenemos hoy es algo cualitativamente distinto: no la colonización del espacio público sino su sustitución. Como ha señalado Evgeny Morozov, el espacio público habermasiano donde debía nacer el entendimiento ha sido reemplazado por una infraestructura propietaria donde el debate no se distorsiona desde fuera sino que se diseña desde dentro. Y en ese nuevo espacio el intelectual público de la razón ilustrada -el que baja al barro con argumentos, el que cree que convencer es posible- ha sido sustituido por el oráculo tecnológico. En lugar de argumentar, profetiza; en lugar de debatir, acumula seguidores; en lugar de buscar el mejor argumento, administra el algoritmo. Eso es Yarvin frente a Habermas. Eso es Musk frente a Habermas. Ese contraste resume, en última instancia, la oposición entre la Ilustración Oscura y la Ilustración tout court: entre el filósofo que creía posible convencer mediante argumentos y el tecnomagnate que controla la plataforma, diseña el algoritmo y decide qué argumentos circulan y cuáles desaparecen.

La teoría de la acción comunicativa no tenía herramientas para pensar un mundo en el que el espacio del debate deja de ser corrompido y pasa a ser privatizado, y en el que la manipulación no se ejerce sobre los argumentos sino sobre la arquitectura misma del debate. Eso es una limitación real y hay que decirlo. Pero la pregunta que animaba todo su proyecto —¿puede la razón ser el fundamento de la democracia?— es hoy más urgente que nunca. Precisamente porque ya nadie la defiende con su rigor. Precisamente porque se ha vuelto incómoda, ingenua, pasada de moda. Perder a Habermas no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena. En un momento en que los oráculos de Silicon Valley han ocupado el lugar del intelectual público y los líderes europeos abandonan el orden normativo como quien se quita un abrigo que ya no calienta, lo que se va con Habermas no es solo un filósofo. Es la última gran voz que insistió, sin ingenuidad y sin rendirse, en que el poder necesita justificarse ante la razón. Y no al revés.

domingo, 29 de marzo de 2026

"LA INVASIÓN". Leila Guerriero, El País

Javier Milei y Viktor Orbán en Budapest
Si mis entrañables abuelos sirios eran invasores, se camuflaron bien

Parece que mis abuelos invadieron la Argentina. No estoy segura, pero intento averiguarlo desde que el presidente Javier Milei le dijo a Orbán, el primer ministro húngaro: “Cuando la inmigración no se adapta culturalmente al lugar donde va, deja de ser inmigración para convertirse en invasión”. Orbán quedó contento porque considera que la inmigración es “un veneno”.

Si mis entrañables abuelos sirios eran invasores, se camuflaron bien: tomaban mate, pero “sospechosamente” lo primero que hicieron fue plantar una higuera para recordar su tierra, y comían más keppe, guisos de trigo y tabule que carne. Hablaban español, pero entre ellos y con sus hijos hablaban en árabe. Mi abuelo hacía un ayuno largo, no religioso, en cualquier momento del año, porque lo había aprendido en su tierra para depurarse. Los días de calor no tomaban bebidas frías sino té caliente y se ponían varias capas de ropa porque era el método que usaban en su país para estar frescos. Mi abuelo hablaba con nostalgia de cuando se “duchaba” con arena. Mi abuela añoraba los gusanos de seda que criaba y las moreras que les servían de alimento. Iban a reuniones donde se bailaba dabki, se tomaba anís y café con borra. Se vestían siempre de la misma forma modesta y ninguno de los dos sabía conducir.

¿Qué salió de esa gente trabajadora, bondadosa? Una mujer elegante, lectora, mi madre, que cocinaba desde ñoquis hasta asado pasando por todas las recetas de mi abuela, que escuchaba tango, folklore, Amalia Rodrigues, Joan Manuel Serrat y música árabe, que adoraba el teatro, que sabía carpir, bordar, ultimar un animal, criar hijos, recitar a Sor Juana, hablar perfectamente su lengua materna, vestirse como una modelo y manejar un camión. Después vengo yo, que cuando llego a Madrid, Bogotá o Ciudad de México el día de Halloween, y veo a todas esas personas disfrazadas de zombies, me digo que la invasión empezó hace rato y que la venimos tragando de lo más bien.

sábado, 28 de marzo de 2026

"LOS BUENOS COMEN LANGOSTA: LAS OBSCENIDADES DE LA GUERA DE IRÁN". Íñigo Domínguez, El País

El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth,
en el Pentágono, el pasado 19 de marzo
A la monstruosa ofensiva en Oriente Próximo se suma un estilo y un lenguaje que parecen una caricatura del peor estereotipo de estadounidense

El ataque a Irán iba a ser cosa de unas semanas, cada día se anuncia que Irán ya ha sido destruido (deben de reconstruirlo por la noche), pero resulta que ahora el dinero no les llega. El Departamento de Defensa de la Casa Blanca, que el aspirante a Nobel de la Paz ha renombrado Departamento de Guerra, acaba de pedir 200.000 millones de dólares. Su secretario, Pete Hegseth, lo ha argumentado así: “Hace falta dinero para matar a los malos”. Yo siempre lo he dicho, si es que solo es cuestión de dinero. Y no les quiero ni contar el que hace falta para que vivan los buenos, sobre todo si los buenos quieren vivir bien. Porque los buenos, por ejemplo, comen langosta. Yo la he comido una o dos veces en mi vida, así que muy bueno no debo de ser. Pero según la plataforma de transparencia Open The Books, solo en septiembre, último mes del año fiscal, Hegseth se fundió 93.000 millones, cifra histórica, la mitad de lo que pide ahora. Y una parte fue en cosas como un piano de cola Steinway & Sons de 98.000 dólares para la casa de un mando de aviación. Es verdad que en un momento dado puede usarse como arma de guerra, lanzándolo desde el aire, pero hay otros dispendios menos comprensibles: en un mes, 6,9 millones de dólares en langosta y dos millones en centollos reales de Alaska. Ni Departamento de Guerra, ni de Paz, mejor Departamento de Crustáceos. Además Trump es de color naranja, le encantaría. En todo caso el nombre está disputado, porque también se les fueron 124.000 dólares en máquinas de helados y 139.000 en dónuts. No puedes evitar imaginar a Homer Simpson sentado ante los mandos de la guerra de Irán. Aunque Pete Hegseth, exmarine y expresentador de la Fox, es uno de esos individuos que ahora, y no importa cuándo lea esto, está haciendo flexiones, y seguramente enfadado, siempre está enfadado.

“Tenemos que asegurarnos de que nuestras tropas cuentan con todo lo que necesitan”, ha justificado. Lo dice uno del Gobierno que ha acabado con los programas de asistencia alimentaria y sanitaria de sus compatriotas por ser un derroche innecesario. Por no hablar del cierre de los programas de cooperación, que han hundido la ayuda humanitaria y han dejado a millones de personas sin acceso a un médico, a medicinas, a una escuela, a comida, y eso que nunca comían langosta. En fin, esos 200.000 millones de dólares son tres veces más que la ayuda militar que EE UU ha enviado a Ucrania en cuatro años.Hay algo monstruosamente obsceno en esta guerra, más allá de que cualquier guerra lo sea, por una mera cuestión de estilo y de lenguaje, en la manera de hacer y decir las cosas. Asistimos a un paroxismo casi caricaturesco del peor estereotipo de estadounidense que imaginemos, incluso sin haber estado nunca en Estados Unidos, por lo que hemos visto en películas de vaqueros y de policías sobrados. El equivalente español sería Torrente con una bomba nuclear. Esta apoteosis de langostas me ha recordado a David Foster Wallace, bendito sea, que en uno de sus descacharrantes reportajes se fue en 2003 al Festival de la Langosta de Maine, un despiporre americano total donde se comen toneladas de este animal, con gorras con forma de langosta y langostas hinchables, y una masa popular devorando todo a su paso en una catarsis consumista, en la que nadie reparaba en el extraño ritual de la muerte de miles de bichos: “Puros americanos del último tipo: ajenos, ignorantes, ansiosos de algo que no se podrá tener nunca, desilusionados como no podrán admitir jamás”, escribió. Ahora mandan, agitan la Biblia y declaran guerras. Y encima son los buenos. Así que ya saben, a portarse bien.

viernes, 27 de marzo de 2026

Odome Angone, ensayista: “Las personas no blancas no tenemos derecho a ser nosotros. Hablamos siempre en nombre de un colectivo”. Una entrevista de Silvia Laboreo Longás publicada en El País

Profesora de literatura hispanoafricana en la universidad en Dakar, ha escrito el libro ‘¿De qué color son los blancos?’, donde reflexiona sobre quién produce el conocimiento aceptado y visibiliza las voces silenciadas

Odome Angone (Gabón, 46 años) se define como madre, universitaria y africana. Tres etiquetas que “carga con mucho orgullo”. Desde hace más de 11 años, esta filóloga hispánica y doctorada por la Universidad Complutense es profesora de literatura hispanoafricana y afrodescendiente en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar, desde donde reflexiona sobre quién produce el conocimiento que es aceptado.

Su último libro, ¿De qué color son los blancos? (Edicions Bellaterra, 2025), presentado recientemente en Casa África en Canarias y en Madrid, pretende visibilizar las voces históricamente eclipsadas y empujadas hacia los márgenes de la normalidad en la ciencia, la academia o el arte.

“Nos da la impresión, a las personas que no somos de esa categoría social, de que muchas veces las personas blancas han sido socializadas como si no tuvieran color. Por eso titulo el libro con esa pregunta sarcástica”, explica Angone en una entrevista con este diario. “Para que ellos también se autocritiquen y piensen qué papel desempeñan en ese sistema global, que al fin y al cabo ha sido diseñado según una perspectiva eurocéntrica y que de algún modo les beneficia”, añade.

miércoles, 25 de marzo de 2026

"SIN RAMADÁN NO HAY SEMANA SANTA". Sergio del Molino, El País

Rezo colectivo musulmán en Jumilla (Murcia)
Si jugamos a la aconfesionalidad, hay que jugar bien: o se ponen facilidades para ambas fiestas o se las saca de la calle

Impotente ante un conflicto religioso y social que le supera, un policía local de Jumilla fió la solución a “que su Dios y el nuestro se pongan de acuerdo”. Se lo contó a la periodista de EL PAÍS Elena Reina, que andaba por el municipio murciano dando noticia de los problemas que la comunidad musulmana tuvo para celebrar el Ramadán en un espacio público. La frase del agente es ingeniosa y conciliadora, al estilo de un capitán Renault en Casablanca, pero también falsaria: el dios de las tres religiones monoteístas es el mismo. Una confusión normal en el politeísmo católico, que trata a la Virgen del Pilar y a la de la Macarena como entidades distintas y rivales. Así no hay dios que se aclare.

Más grave es que un funcionario haga distingos entre dioses “nuestros” y “de ellos”, como si en un municipio cupiera un “nosotros” diferente al que engloba a todos los vecinos. Y mucho peor que se invoque la aconfesionalidad del Estado para reprimir la libertad religiosa de una parte de la población. Los laicistas y ateos no vimos venir que un día se usaría el comodín laico para defender privilegios religiosos, pues muchos de los que quieren prohibir ramadanes tienen ya los hábitos de cofrade planchados y listos para procesionar. Laicismo, sí, pero solo para los moros. Para los demás, incienso y tambores.

Si jugamos a la aconfesionalidad, hay que jugar bien: los mismos argumentos que los agitadores voxeros avientan para hacer la puñeta a los vecinos musulmanes sirven también para que no se corte el tráfico ante el paso de los penitentes. En unos días, cientos de miles de católicos se apropiarán del espacio público para expresar su fe, exactamente igual que los musulmanes al final del Ramadán. Una sociedad que respete la libertad religiosa no puede elegir entre este y la Semana Santa: o pone facilidades para ambas fiestas o las saca de la calle.

Abrir la espita laicista plantearía un debate sobre los usos religiosos del espacio común, pero me temo que a los saboteadores de ramadanes no los anima la confrontación de ideas, por mucho que las palabras democracia y libertad no se les caigan de la boca. Si así fuera, centrarían los ataques en la religión mayoritaria, la que más presencia pública disfruta de lejos y la que más invade las calles y las plazas. Pero si solo te molesta una religión, no eres laicista, tan solo un intolerante, y cabe aplicarte aquel versículo del evangelio según Víctor Manuel, que debería conocer también el policía municipal de Jumilla: “Aquí cabemos todos o no cabe ni Dios”.

"PADRES DEPRIMIDOS". Silvia Cosío, Publico.es

Siempre he creído que hay mucho de irresponsabilidad, de autoindulgencia y de ego en la decisión de convertirse en madre o padre. Que pensem...