sábado, 7 de noviembre de 2026

"Expertos desmontan el mito de las derechas de que las ayudas sociales quitan las ganas de buscar trabajo". Santiago F. Reviejo, Publico.es

La calle Mirlo, en el barrio de Los Pajaritos, en Sevilla
 Dos sociólogos desmontan la descripción de los barrios con menor renta de España en un programa social del Ayuntamiento de Sevilla que veía falta de motivación para buscar empleo en quienes perciben el IMV.

Culpabilizar al pobre, no a la pobreza, es decir, a las condiciones socioeconómicas y culturales que determinan que esa persona no tenga recursos económicos. Dos sociólogos, uno de ellos catedrático de la Universidad Pablo de Olavide (UPO) de Sevilla, han publicado un trabajo en el que muestran cómo hay administraciones públicas que desde sus programas de atención social achacan a los colectivos desfavorecidos desidia, pereza y falta de voluntad para superar sus problemas con el empleo o mejorar el rendimiento escolar de sus hijos, una práctica que, advierten, está creciendo con el avance de la ultraderecha.

El trabajo publicado por el catedrático Enrique Martín Criado y Carlos Alonso Carmona en la web de sociología Entramados Sociales del Grupo de investigación para la desigualdad social, con el título Barrios abandonados, vecinos culpables: estigmatizar para no actuar, describe un patrón cada vez más extendido que sostiene que las políticas de protección social como el Ingreso Mínimo Vital (IMV) generan desincentivos para el empleo y cronifican la dependencia y la pérdida de iniciativa individual. Esos argumentos, sin embargo, rara vez se aplican, a su juicio, a las numerosas transferencias, beneficios fiscales y subvenciones que perciben las clases medias y altas.

Estos dos sociólogos han analizado la descripción que hace el Ayuntamiento de Sevilla, gobernado por el PP con apoyos de Vox, de los barrios más desfavorecidos dentro del programa Eracis (Estrategia Regional Andaluza para la Cohesión e Inclusión Social) que impulsa la Junta en toda Andalucía. Ese programa abarca seis zonas de una ciudad que tiene seis de los quince distritos con menor renta por habitante de toda España, según el informe de Indicadores Urbanos del Instituto Nacional de Estadística de 2026, ingresos que son casi siete veces inferiores a los de los más ricos, situados en Madrid.

En el caso de Tres Barrios-Amate, el más pobre de España con una renta media anual de solo 7.688 euros por habitante, el ayuntamiento afirma en su web del programa Eracis que gran parte de los ingresos familiares provienen de prestaciones públicas, como el Ingreso Mínimo Vital, "lo que en algunos casos ha influenciado negativamente en la motivación para la formación y la búsqueda activa de empleo". Y en cuanto a la educación señala que hay un "alto absentismo y fracaso escolar, agravados por la falta de modelos educativos, escasa implicación parental y brecha digital".

El Polígono Sur, el segundo barrio con menor renta de todo el país, tiene, según el ayuntamiento, una "fuerte dependencia del Ingreso Mínimo Vital, lo que ha debilitado la motivación hacia el empleo y la formación". Y de la educación de sus niños y niñas dice que el absentismo y fracaso escolar son muy elevados, agravados por la falta de implicación familiar y la percepción de que el esfuerzo no es necesario".

Torreblanca, otro de los barrios más pobres de la capital andaluza, padece una "fuerte dependencia de ayudas sociales como el Ingreso Mínimo Vital", que contribuye a generar "un círculo de exclusión difícil de romper", afirma el ayuntamiento en la descripción de su programa de atención social a zonas desfavorecidas. En el caso de El Cerezo, un barrio con una creciente población migrante, señala que "la poca implicación de las familias en la educación de sus hijos e hijas es un factor clave" en los problemas de absentismo y abandono escolar. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 6 de noviembre de 2026

"LA PERCEPCIÓN SECUESTRADA. NEUROCIENCIA DE LA POLARIZACIÓN". Zoe García, Ethic

Vivimos inmersos en un clima de creciente polarización social y política, donde las emociones parecen más decisivas que los hechos y el diálogo razonado es sustituido por «zascas» y radicalismos de frase corta

Vivimos inmersos en un clima de creciente polarización social y política, donde las emociones parecen más decisivas que los hechos y el diálogo razonado es sustituido por «zascas» y radicalismos de frase corta. Esta tensión no es casual ni nueva, pero se ha intensificado con una fuerza insólita gracias a los mecanismos de manipulación de las nuevas tecnologías, que operan directamente sobre nuestro sistema nervioso. Comprender estos mecanismos desde la neurociencia puede ayudarnos a recuperar el control sobre nuestras percepciones y elecciones.

La percepción humana no es un espejo fiel de la realidad, es una construcción biológica adaptativa que selecciona, filtra y deforma la información del entorno para que resulte funcional a nuestras necesidades de supervivencia. Nuestros sentidos solo captan una fracción mínima del mundo exterior —del espectro visible, por ejemplo, percibimos apenas el 0,0035%— y de los aproximadamente once millones de bits de información que recibimos por segundo en nuestros sentidos, el cerebro consciente apenas procesa cincuenta. Lo que consideramos «realidad» es un relato, cuidadosamente ensamblado por procesos inconscientes que priorizan la eficacia sobre la precisión.

Esta arquitectura mental está sostenida por dos principios: el etiquetado funcional (que nos permite categorizar el mundo de forma útil, aunque simplificada) y el ahorro energético (que automatiza decisiones, incluso si eso implica deformar lo observado). El cerebro no está diseñado para conocer la verdad, sino para reaccionar rápido y con el menor gasto posible. Solo corrige sus atajos probabilísticos cuando fallan sistemáticamente en obtener la supervivencia o cuando encuentra una alternativa más beneficiosa, por lo que nuestra experiencia consciente del presente está totalmente sesgada por nuestras experiencias y conceptos previos.

En ese proceso de construcción perceptiva, el contraste juega un papel esencial. Para definir quién soy yo, necesito delimitar quiénes son los otros. Nuestro sentido de identidad se forja en oposición: entre el «nosotros» y el «ellos». Esta frontera identitaria no es solo cultural, sino profundamente biológica. Dos de los principales sistemas que la modelan son: el sistema de vinculación, guiado por la oxitocina, y el sistema de amenaza, regulado por la amígdala.

La oxitocina nos hace sentir pertenencia, cercanía, afecto, un legado evolutivo diseñado para proteger a nuestras crías y linaje. Pero esta hormona también tiene una cara oscura: cuanto más fuerte es el vínculo con el grupo, más crece la hostilidad hacia lo ajeno. El segundo sistema, el de amenaza, es aún más primitivo. Ante el peligro, la amígdala activa respuestas automáticas de lucha, huida o parálisis, incluso antes de que seamos conscientes del estímulo. Es un sistema rápido, eficaz… y fácil de manipular. Un entorno saturado de mensajes amenazantes paraliza el juicio crítico, bloquea la reflexión y nos deja reaccionando impulsivamente a merced de quien controle el relato del miedo.

A lo largo de la historia, las estructuras sociales han aprendido a secuestrar estos mecanismos neurológicos para asegurarse cohesión interna y expansión externa (a fin de cuentas, los sistemas sociales funcionan como seres vivos que nacen, crecen, se reproducen, e intentan perpetuarse lo más posible, aunque eso conlleve grandes sacrificios de sus componentes). Desde las primeras religiones y estados, hasta los movimientos ideológicos modernos, se ha ido perfeccionado una secuencia de captura de nuestros sistemas biológicos que, si te fijas, puedes observar en miles de causas de hoy en día.

Primero se promete cubrir alguna necesidad básica del ser humano: protección, pertenencia, recursos… «Con nosotros vas a ser más fuerte, más listo, etcétera».

Luego se mimetizan vínculos familiares a través del lenguaje: los integrantes se llaman «hermanos», «madre patria», «nuestro dios padre»…. Esto no es nimio, ni casual, haciendo esto suplantan una identidad externa por un vínculo biológico y ponen a funcionar los sistemas instintivos del individuo. Finalmente, a esto se le introducen las ideas puras: causas nobles y bellas por las que merece la pena luchar y se construye una narrativa grandiosa que justifica acciones extremas.

Una vez ya tenemos el sistema de vinculación establecido, ya eres un «nosotros», se le añade el sistema de amenaza. Se crea un «ellos» y este enemigo siempre es retratado como una amenaza biológica contagiosa o degenerada: «son una plaga», «una enfermedad», «una subespecie». Ideas muy básicas de reducción y deshumanización sistemática, que permiten activar la amígdala, eliminar barreras éticas y justificar la violencia.

La trampa más eficaz de este sistema es el «por lo tanto» que se adhiere a las ideas puras. La paz, la justicia, la unidad son valores compartidos por casi todos los seres humanos. El problema aparece cuando se utilizan como vehículo para la exclusión o el castigo: «quiero paz, por lo tanto, debo eliminar a los que actúan distinto»; «quiero un pueblo unido, por lo tanto, hay que silenciar a los disidentes».

Con esto el sistema pone en marcha la exigencia de sacrificio de sus integrantes, de donde extrae energía para llevar a cabo su necesidad de supervivencia y obtención de recursos, enmascarada bajo la lucha de ideologías nobles.

Cuanto más elevada es la idea y más absoluta la amenaza, menos espacio queda para el pensamiento crítico y más atrocidades se pueden llevar a cabo sin cuestionamiento. En ese marco, los individuos se sienten superiores, emocionalmente reforzados, moralmente eximidos, al sentirse simplemente obedientes de un mandato superior y dispuestos al sacrificio.

Además, una vez que alguien ha invertido emocional e intelectualmente en una causa, resulta muy difícil abandonarla, incluso ante evidencias de contradicción. Se ha comprobado que el cerebro protege sus propias inversiones justificándolas: a más haya invertido en algo, más reacio será a pensar que no es cierto o válido. Así, las estructuras polarizadas se perpetúan y sus integrantes se vuelven más obedientes, incluso si eso implica abdicar de su responsabilidad personal.

En las últimas décadas, este proceso ha sido amplificado por un nuevo actor de alcance global: las plataformas digitales. Estas tecnologías funcionan como un subsistema más que busca perpetuarse, pero su arquitectura se alimenta a través de capturar atención, y en esa lógica el contenido extremo, emocional y conflictivo es el que más rédito genera, por lo que estas tecnologías ensalzan y potencian los discursos polarizados y entierran los moderados. Las redes sociales explotan nuestros sesgos cognitivos: premian la confirmación de nuestras creencias, nos aíslan en burbujas informativas donde todo refuerza nuestra visión previa, y fomentan la adicción a estímulos rápidos y fragmentados. El pensamiento reflexivo cede ante la reacción inmediata.

Además, las redes destruyen el espacio compartido: cada usuario puede habitar una «realidad digital» distinta, construida a medida de sus gustos, miedos y creencias. La comunidad se atomiza, y el vecino se vuelve incomprensible, incluso hostil. Vivimos en universos paralelos de información, sin puntos de encuentro ni terreno común.

Frente a este panorama, es urgente recuperar el control sobre nuestra percepción. Y no se trata de desconectarse del mundo, sino de reaprender a mirar. Existen prácticas sencillas pero poderosas: detenerse antes de reaccionar, respirar, cuestionar la fuente de la información y sus posibles beneficiarios. Siempre que te llegue una información piensa que a alguien le ha interesado lo suficiente como para gastar tiempo y dinero en que te llegue, por lo que cuestiónate siempre una simple pregunta: ¿para qué y a quién le ha interesado que yo vea esto? Exponerse a la experiencia real, no solo simbólica es fundamental; examinar los discursos que nos emocionan y preguntarnos qué acciones justificamos por culpa de ellos es urgente; observa tus lealtades: ¿qué te has permitido hacer o que te hagan por una idea noble?

La clave está en la curiosidad: vivir, viajar, conversar, observar matices. El prejuicio no resiste la experiencia directa. Y también está en el cuestionamiento lúcido: no todo lo que parece justo lo es, y no toda emoción intensa es una brújula fiable. Preguntarse «¿qué contradicciones estoy pasando por alto?», o «¿cuántos «por lo tanto» estoy asumiendo?» puede marcar la diferencia entre ser sujeto o instrumento.

En un tiempo donde las percepciones son manipulables y las emociones son el blanco principal de guerras simbólicas, necesitamos, más que nunca, recuperar el timón de nuestra mente. Entender cómo funcionamos y que hay procesos automáticos en los que todos caemos no es debilidad: es el primer paso hacia la libertad. Porque solo quien comprende su arquitectura mental y biológica puede resistir el intento de ser manipulado.

jueves, 5 de noviembre de 2026

"LA TENTACIÓN AUTORITARIA". Daniel Innerarity, El País

ENRIQUE FLORES
Conocemos bien la decepción de los jóvenes con la democracia, pero deberíamos interrogarnos sobre la confianza depositada en su alternativa

Las razones de quienes protestan pueden desvanecerse por el modo como lo hagan, pero también en función de la alternativa que propongan para conseguir aquello que pretenden. Quienes protestan o reivindican ejercen un derecho democrático y no están obligados a presentar un plan de gobierno para conseguir los derechos exigidos. Cuando hablo de perder la razón no apunto solo al vandalismo que en ocasiones acompaña a las manifestaciones y que por sí solo no impugna el valor de cuanto reclaman. Me refiero a cierta reordenación de los valores que está implícita en sus reivindicaciones. Para calibrarla es necesario examinar la naturaleza común de estas nuevas protestas que se realizan en diversos países europeos y que, más allá de sus lógicas diferencias, tienen una gran similitud.

Si las comparamos con nuestro 15-M constatamos que 15 años después ya no estamos en aquellas exigencias democráticas (mejor representación, más pluralismo en vez de bipartidismo, demandas de mayor participación e inclusión, lucha contra la corrupción, plurinacionalidad), sino más bien en unas exigencias de resultados (la provisión de unos bienes públicos cuya falta se achaca en ocasiones a que hay demasiado pluralismo, es decir, demasiados actores y competencias dispersas, lo que dificulta el acuerdo y los resultados). Si el objeto de la crítica era antes la eficacia sin democracia, hoy lo es la burocracia de la democracia; entonces decepcionaba la falta de democracia, mientras que hoy defrauda la falta de efectividad. El Estado no proporciona los bienes que promete: vivienda asequible, mejores salarios, educación pública de calidad, atención sanitaria sin largas esperas, protección frente a los nuevos riesgos, seguridad pública, trabajo para todos, trenes puntuales, un futuro mejor. El expresidente del Tribunal Constitucional Federal de Alemania, Andreas Vosskuhle, dijo en cierta ocasión que el Deutsche Bahn es también un problema para la democracia. Para un alemán que sus trenes no funcionen es el paradigma de un Estado que seguramente tampoco funciona en otros campos (vivienda, salud, educación, seguridad): un indicador de que ya no podemos creer en la eficacia de las instituciones estatales ni de las democracias en general.

Todo esto coincide en el tiempo con la realidad de unos jóvenes que, según nos dicen las encuestas, son el gran caladero de votos de la extrema derecha y que estarían cada vez más dispuestos a sacrificar algunos valores democráticos a cambio de bienes materiales (bienes que a la vez creen asequibles con menores impuestos, por cierto). Se trata de una nueva credulidad porque no se preguntan si el mercado por sí solo puede garantizarnos esos bienes. Por supuesto que entre el Sindicato de Inquilinas y los votantes jóvenes de Vox no hay casi nada en común, pero esta coincidencia en que, por ejemplo, el derecho a la vivienda sea efectivo y no una mera declaración nos está señalando que entramos en una nueva fase de la evolución de nuestras democracias, entre esperanzadora e inquietante, que reordena las prioridades sociales. Al mismo tiempo, nos faltan todavía análisis más sofisticados acerca de este desplazamiento hacia la derecha de buena parte de la juventud, que no es exactamente una regresión. No hay un retroceso democrático total (no se propugna literalmente la vuelta al franquismo, ni esta joven generación parece dispuesta a renunciar a las conquistas liberales en materia de costumbres o libertades), pero sí que supone una preocupante aceptación de la manera autoritaria de gobernar la sociedad. Resultados a cambio de democracia o, en versión más casposa: Franco construía más pisos y pantanos.

Los recientes estudios sobre la juventud indican que, en un contexto de gran incertidumbre, una creciente extrañeza del mundo, inestabilidad económica y una evolución futura imprevisible, existe una poderosa nostalgia de determinados valores convencionales como seguridad, patria, protección y comunidad. La sensación de pérdida de control frente al mundo es una experiencia contemporánea que dispara los valores asociados al orden y la autoridad. Este es el clima que explicaría el reajuste de los valores que estamos contemplando entre los nuevos protagonistas de nuestras democracias.

Quien está dispuesto a ese trueque no debería llamar pragmatismo a la disposición a consentir medidas autoritarias. ¿Por qué un poder menos controlado resolvería mejor sus problemas? ¿Conseguiría una vivienda más asequible un gobernante menos contestado? ¿Sería más sensible a los bajos salarios? ¿Tendrían los jóvenes más capacidad para exigirle responsabilidades? ¿Les estaría permitido instalarse en Sol para protestar si ese poder incumple sus promesas? Conocemos bien su decepción con la democracia, pero deberíamos interrogarnos sobre la confianza depositada en su alternativa. Estamos sometiendo a la democracia al examen de sus resultados reales y dejamos al autoritarismo disfrutar de sus resultados imaginarios. La democracia queda del lado de las promesas incumplidas; la disposición a prescindir de ella, del lado del realismo pragmático.

Algunos análisis sociológicos han estudiado muy bien los motivos de la insatisfacción y el descontento, pero son demasiado comprensivos con su traducción en una mayor aceptabilidad de las salidas autoritarias. Como dice José Andrés Torres Mora, a veces los sociólogos se caracterizan por un empirismo abstracto que consiste en medir con micrómetro, marcar con tiza y partir con hacha. A partir de datos precisos, dan saltos enormes al interpretarlos. El malestar de una parte importante de la juventud merece comprensión. Cuestión distinta es la salida autoritaria a ese malestar. Estar enfadado no explica por sí solo por qué se elige esa salida, ni mucho menos la convierte en acertada. La asimetría es muy reveladora: a la democracia se le exigen resultados, sin embargo, a la tentación autoritaria se le conceden motivos. Y parecen olvidarse de que la democracia también consiste en poder controlar y destituir a quien manda. Eso ya es un resultado y perderlo tiene consecuencias terribles.

En todo esto hay multitud de incoherencias y contradicciones, por supuesto. A veces no es una cuestión de ineficiencia del Estado, sino de voluntad de desmantelar ciertos servicios públicos, con la promesa de que el mercado los proveerá mejor. Me refiero a la creencia que estuvo detrás de los proyectos neoliberales de Reagan o Thatcher, a la motosierra de Milei, las privatizaciones de Díaz Ayuso, al proyecto de adelgazar la administración con el que fracasó Elon Musk. Apenas consiguieron que lo público funcionara mejor, pero tuvieron dos grandes éxitos: alterar la asignación de responsabilidades, que pasaban a reposar exclusivamente sobre los hombros de los sujetos merecedores de que les fuera bien, y conseguir la equiparación entre administración y burocracia. Una vez instaladas estas dos creencias, desburocratizar no era un proyecto para hacer más eficaz al sector público sino para legitimar que el sector privado se hiciera cargo de unas tareas que implicaban un cambio radical de las reglas del juego.

La larga lista de fracasos que cosechan nuestras democracias convierte en especialmente atractivas las promesas de una eficacia conseguida a costa de los procedimientos democráticos, degradados a la categoría de formalidades prescindibles. Ahora bien, aunque los gobiernos democráticos tienen muchos problemas de ineficacia, ni estos problemas se deben a que estén obligados a respetar la voluntad popular y los requisitos legales, ni las autocracias son un modelo de eficacia. Sacrificar la democracia en el altar de los resultados no nos asegura la eficacia y añade a todos nuestros problemas uno democrático. ¿Por qué no tratar ambos asuntos al mismo tiempo, sin que uno de ellos se consiga a costa de otro? La provisión de bienes públicos es hoy el principal problema de la democracia y se equivoca quien piense que su solución puede conseguirse mediante procedimientos que no sean democráticos.

miércoles, 4 de noviembre de 2026

"LA VERDAD DE LA FRACTURA GENERACIONAL". Azahara Palomeque, El País

Intentar solucionar esta encrucijada con fórmulas simplistas, mediante el ataque a los derechos sociales o borrando la pizarra constituye la pereza mental que caracteriza nuestra época

Hay una escena de los Diarios de Rafael Chirbes que me hiela el corazón cada vez que la leo. El escritor valenciano narra la desaparición del paisaje hortelano de su infancia, sustituido por grandes edificaciones y una maraña de corrupción, para, acto seguido, colocar la responsabilidad en su generación: “La de los que íbamos a transformar el mundo”, la del Mayo del 68 o, después, la Transición. Finalmente, sentencia, ya en tercera persona: “Son Saturnos. Se están comiendo a sus hijos entre dos rebanadas de cemento”. Chirbes, cuya clarividencia histórica es incuestionable, describe el legado dejado por los boomers como una retahíla de especulación inmobiliaria, desigualdad económica y destrucción medioambiental, a la vez que señala la traición de los ideales que alimentaron no pocas promesas de cambio.

No es el único que observa este fenómeno; la Premio Nobel francesa Annie Ernaux desgrana una culpa consustancial a quienes alentaron la revolución y luego se aburguesaron de la mano del neoliberalismo: ella misma, según cuenta a lo largo de su obra intimista. A los procesos descritos por ambos literatos los acompaña la estadística: era más barato, para los de su quinta, comprar una vivienda; los sueldos daban de media para vivir; estudiar hallaba su recompensa bajo el paraguas de cierta meritocracia; y la naturaleza aún no se había desbocado. ¿Qué ocurrió con la siguiente hornada de hijos? Que nos encontramos el templo en ruinas avivadas por la crisis de 2008.

Ha llovido desde que publiqué Vivir peor que nuestros padres en 2023 y la fractura generacional no ha hecho más que recrudecerse, extendiendo sus tentáculos dentro y fuera de España. El debate se ha ideologizado tanto que, aupado por la crispación y el odio ya hegemónico al que han contribuido las redes sociales, resulta casi imposible pensarlo con serenidad: a la derecha, se utiliza para pedir el desmantelamiento de garantías legítimamente adquiridas como las pensiones, y azuzar una rabia en algunos casos destructiva, contraproducente; a la izquierda, no falta quien niegue la mayor argumentando que todo es “clase social” con una suerte de marxismo destartalado que sirve para iluminar algunas zonas grises y, simultáneamente, opacar certezas cristalinas.

En mitad de este clima beligerante, las acusaciones de filicidio o parricidio se multiplican sin prestar atención a las causas estructurales que hacen de esta fractura una verdad irrebatible, independientemente de que siempre haya habido ricos y pobres, brecha, que, por cierto, también se ha incrementado. Pero ni el espíritu que atenta contra el Estado del bienestar y criminaliza a los mayores, ni el negacionismo de quienes obliteran el factor etario y anulan particularidades históricas conseguirán nunca llevarnos a buen puerto. Entre otras cosas, porque casi nadie vincula el problema a la emergencia climática, indispensable para ubicarnos conceptualmente en el mundo mientras nos abrasamos de calor, o entre las llamas de un incendio.

¿Por qué se omite este vector? Los cálculos más recientes de las muertes provocadas por la ola de calor de junio en Europa apuntan a las 10.000 almas, sin contar los fallecidos de julio. Sabemos que las temperaturas extremas no paran de aumentar, en grados y en duración; que no podremos librarnos de una meteorología tan devastadora como la que azuzó la dana; y ya hay estudios que hablan de “inflación climática”, referida, sobre todo, a la comida, debido a una debacle ecológica que, en el próximo año, agravará El Niño y el encarecimiento de los combustibles fósiles de la mano de Ormuz, entre otras cosas.

El planeta en ebullición que se ha construido de manera deliberada especialmente en el último medio siglo produce indefectiblemente una desventaja para los más jóvenes, como ha demostrado en numerosas ocasiones el IPCC (Panel de Expertos sobre Cambio Climático, dependiente de la ONU). Los bebés actuales, los adolescentes, los Z y hasta los millennials podemos esperar biografías que se desarrollarán en unas condiciones inhóspitas jamás sufridas por nuestros predecesores, dentro de una atmósfera política, además, cargada de tendencias autoritarias y el programa explícito de destrozar los servicios públicos destinados a la protección de la ciudadanía. De tan obvio, duele redactarlo: ni nos hemos beneficiado de la bonanza económica, ni gozaremos de un clima estable donde reconstruir nuestras vidas; para más inri, tampoco nos son útiles los marcos de sentido neoliberales, pues de ahí brota el espantoso calentamiento global.

Intentar solucionar esta encrucijada con fórmulas simplistas, mediante el ataque a los derechos sociales o borrando la pizarra constituye, una vez más, la pereza mental que caracteriza nuestra época, a veces movida por el rédito electoral. Da pena comprobar lo desnortados que andamos a pesar del conocimiento a nuestra disposición, también filosófico, pues esta fractura hunde las raíces en otra gran distancia: la que separa el horizonte de expectativas con que crecieron los boomers, su anhelo de tiempo conquistado, su esperanza, y el pavor al futuro agotado de los nacidos más tarde. Pero no nos engañemos, “alzad la mirada” —decía el Papa—: el rayo que no cesa baja con 45 grados, más mortífero para quien no tiene casa y respira a la intemperie.

martes, 3 de noviembre de 2026

""APOCALIPSIS AHORA Y ENTONCES". Arundhati Roy, Equator.es

La inteligencia artificial es el destino final del capitalismo

Los presagios caen con fuerza. Piensa o hunde. Obedece o muere. Mira hacia arriba o te quedarás fuera. Y así, con estas amenazas nada suaves, ha sucedido que la Era de la IA — Idiotez real, Súper idiotez real, Idiotez recursiva en bola de nieve — está sobre nosotros. Caramba, ya he usado dos guiones en este párrafo inicial. Eso, como dicen, es una señal. Así que, tal vez no he escrito este ensayo en absoluto. Tendrías que usar una aplicación de IA para comprobar si realmente es IA, y si soy realmente, o no realmente, o solo parcialmente yo. Ya no puedes usar tus instintos. Tienes que usar la aplicación. Ahora que la IA es dueña del guion largo, ¿qué pensarán las futuras generaciones de Emily Dickinson y su amor por ellas? ¿También la han entregado a la máquina? ¿La amarán menos? ¿Nos están excluyendo gradualmente del lenguaje? ¿Importa ya?

Por razones que tienen más que ver con el ego de un escritor que con la fe, siempre me ha fascinado el primer versículo del Evangelio según San Juan: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». Creo que esto es cierto. Creo que perturbar y viciar la relación fundamental entre los seres humanos y el lenguaje socavará toda apariencia de coherencia social.

La IA ha irrumpido en el mundo de la literatura, dejando a escritores, editores, agentes literarios, lectores, críticos, profesores y estudiantes con la sensación de que el suelo se abre bajo sus pies. Los profesores ahora deben mirar los trabajos de los estudiantes con desconfianza. Las editoriales deben evaluar a los nuevos escritores como detectives que inspeccionan la escena de un posible crimen. Es difícil describir el impacto que esto tiene en la lectura y el aprendizaje. El placer y el desafío del compromiso intelectual han sido reemplazados por algo cerrado, mordaz y mecánico. Un Shangri-La de taxidermistas donde todo lo que alguna vez estuvo vivo ha sido disecado y te mira fijamente, con un brillo significativo en sus ojos brillantes y falsos. Es como mirar a alguien y preguntarse si realmente es quien crees que es. O mirarse en el espejo y ver tu propio reflejo, pero saber que no eres tú.

Con el tiempo, también podríamos perder ese conocimiento. Entonces ya no sabremos quiénes somos, ni siquiera si existimos.

Y cuando esto le sucede a toda una sociedad, a toda una especie, cuando ya no podemos confiar en instintos aprendidos a lo largo de los siglos, transmitidos de generación en generación, cuando ya no podemos confiar en nuestros corazones, nuestros ojos ni nuestros oídos, cuando ya no podemos distinguir la verdad de la mentira ni lo virtual de lo real, cuando el tiempo se desmorona y el pasado, el presente y el futuro se entremezclan, cuando un millón de lenguas y culturas se convierten en una masa informe, cuando un antiguo pacto social —cualesquiera que sean sus limitaciones y defectos— se hace añicos hasta quedar irreconocible, ¿nos estamos preparando para una psicosis colectiva? CONTINUAR LEYENDO

lunes, 2 de noviembre de 2026

"ARDE EUROPA: CONVOCATORIA ABIERTA PARA ADOLESCENTES VULNERABLES". Dolores Almudéver, elDiario.es

Los han llamado a filas. A los adolescentes y jóvenes más vulnerables. Los han convocado a través de TikTok, Telegram, carteles chapuceros hechos con IA, vídeos virales de otros chavales en plena batalla campal en la palma de la mano. Y nadie se lo ha visto venir. O sí

Los han llamado a filas. A los adolescentes y jóvenes más vulnerables. A los menores desclasados de las periferias, esos chicos “en situación de riesgo social”. A los hijos de las familias migrantes sin recursos o llegados hace pocos años a España ellos mismos. A esa juventud invisibilizada, si no repudiada, de los países con mayor bienestar de Europa. Pero también a los alumnos de Bachillerato de la parte alta de la ciudad que andan desnortados, en general, y embelesados con Alvise, en particular. Los han convocado a través de TikTok, Telegram, carteles chapuceros hechos con IA, vídeos virales de otros chavales en plena batalla campal en la palma de la mano. Y nadie se lo ha visto venir. O sí.

La violencia teatral y de motivaciones ambiguas que ahora toma las calles de Barcelona o Bilbao, y que tanto sorprende a la ciudadanía y en los platós, se ha venido alimentando a fuego lento de un tiempo a esta parte en nuestros jóvenes –ese “ejército en deportivas blancas y chándal negro” sobre el que escribí hace unas semanas– por parte de poderes que les tienen secuestrados el teléfono y el cerebro, y a los que todavía no sabemos ponerles cara ni nombre, pero cuyo origen se va descubriendo poco a poco.

Fue en 2022, tal vez 2023, cuando los equipos docentes empezamos a observar en la conducta y discurso de nuestro alumnado el reflejo de una maquinaria perversa, a priori sin ideología (creadores de contenido y presentadores de televisión ecuánimes, adalides del sentido común y el justo medio), con un tufo inconfundible a neofascismo disfrazado de apatía o escepticismo. (No hace falta citar aquí a Hannah Arendt porque ya sabemos todas que tenía más razón que una santa).

En las aulas de Formación Profesional Básica o las escuelas de segunda oportunidad, donde racistas y racializados comparten pupitre, precariedad y amor al GTA, así como desde pisos tutelados y otros lugares de protección y asistencia a la infancia y la adolescencia, los educadores y agentes sociales hemos sido testigos de un suceso cruel y amargo: la creación de una retaguardia que no sabe que lo es. Lo que no podíamos intuir es que la iban a usar ya.

(En los colegios concertados acomodados, me comentan compañeras de profesión de Barcelona, se ha creado otra retaguardia similar que también participó de los altercados del sábado, según contaron los propios alumnos el lunes en clase. La diferencia entre ambas radica en que, posiblemente, esta tropa entiende mejor cuándo es hora de volverse para casa –una casa que nada tiene que ver en condiciones y código postal con las casas de la otra facción–).

Podría referir muchas escenas, con diferente nivel de sutileza, vividas en los últimos cursos que han hecho que se me ponga un nudo en la garganta; señales de una agresividad soterrada pero fiera que hoy emerge. Desde una dinámica inaugural para conocer a los chicos y chicas que incluye la cuestión: “Nombra a una persona a quien admiras mucho y da tres razones por las que merece tu admiración” y, al abrir el papel de un estudiante, encontrar un “A Abascal porque, aunque tenga ideas racistas, quiere lo mejor para el país y para los españoles. Muerte a Pedro Sánchez” (el mejor amigo de este alumno a quien yo quise mucho era un chico nacido en Senegal); a un desafiante “Profe, ¿tú no serás una feminista de esas?” lanzado, a los diez minutos de haber empezado la sesión, por un alumno al que acabo de conocer. Está el “Rojo muerto, abono para mi huerto” que dos chicas incluyeron en un directo grabado dentro de la propia aula y están los constantes “Pero es que yo tengo libertad para pensar lo que quiera”, igual da que se hable de biología que de Derechos Humanos. Del terraplanismo, la desconfianza en la ciencia y el nihilismo sumiso y mal entendido ya he hablado. Todo normalizado, todo en los marcos de lo que ven y escuchan a través del móvil.

Los ejércitos de capucha y zapatilla de marca que se despliegan ahora por nuestras calles, aunque no son exactamente los que actuaron en Milán o París, comparten algo fundamental: no son antisistema: son el sistema mismo. Menores y veinteañeros uniformados, con poco o nada que perder, atravesados por todas las violencias y aficionados a la estética de videojuego postapocalíptico –de las adicciones a la consola y a las partidas online hablamos luego–, lanzados a pelear contra otros hombres igualmente uniformados. La fuerza del grupo, la testosterona y la adrenalina hacen el resto. A diestro y siniestro. Igual les da reventar un McDonald's que una librería porque no hay ideología, sino desprotección, falta de sentido y ganas de ser parte de algo que salga por las redes; de consumidores a protagonistas de imágenes virales. El sistema los ha criado y para sí los usa.

Porque no hay nada más útil que un edificio en llamas abriendo telediarios para desviar la atención de las verdaderas reivindicaciones y las protestas legítimas –necesarias y urgentes a estas alturas– de los estudiantes, el profesorado o los jóvenes que exigen acceso a la vivienda; ni mejor modo de azuzar el miedo contra quienes conforman la otredad de este país (que es la población que vive bajo el umbral de la pobreza y no los inmigrantes; hacia los expats y digital nomads y jubilados de Calahonda no tenemos acritud ninguna), un discurso de odio racista y aporófobo del que se benefician los dueños de internet y del cotarro.

Sacrificar a 89 menores detenidos en Barcelona y 10 en Bilbao es un mal menor. Pero yo los conozco. Los profesores, las educadoras, los asistentes sociales los conocemos. Y sabemos de su fragilidad y de la falta de oportunidades, de su influenciabilidad y su ceguera ante el retorcido funcionamiento del entramado económico y político que los ha mandado al calabozo.

Estos episodios de violencia finalizarán una vez se les haya sacado el rédito pertinente, pero la juventud desprotegida, nuestra infancia desamparada y manejable, a merced de algoritmos y redes invisibles, permanecerá. La escuela tiene ahora un papel más importante que nunca. Tanto en cuanto a espacio de convivencia y justicia social, como en cuanto a centro de alfabetización digital, que nada tiene que ver con configurar un Excel (que también), sino con saber que En ese grupo de Telegram no te metas, nene, que no quieres acabar esposado esta noche, y con No te da por preguntarte quién le paga las emisiones y la difusión masiva a ese youtuber tan simpático. Los protegeremos desde ahí, aunque nuestros disgustos nos cueste.

Que no nos despisten los contenedores ardiendo (tiemblo ante ese horror y sufro por las personas que han perdido el coche, su pequeño comercio, el sueño). Inversión, inversión y más inversión en Educación pública, en servicios sociales, en bibliotecas y otros espacios de encuentro y aprendizaje para la juventud. Eso piden los estudiantes en Europa, eso pedimos profesoras y profesores de Madrid, Comunitat Valenciana, Catalunya. Lo demás es juego sucio de sobremesa y de sobra sabemos de dónde están sacando a los peones.

domingo, 1 de noviembre de 2026

"POLÍTICA COMECOÑOS". Najat El Hachmi, El País

Gabriel Rufián e Irene Montero hablan con David Broncano
en el programa 'La revuelta', de TVE

El problema no es de Montero ni de Rufián; es el de un tiempo en el que llamar la atención es más importante que el tema sobre el que se consigue que te miren y te escuchen

Hay que espectacularizar la realidad y todo tiene que ser entretenimiento banal y frívolo, incluso obsceno. Y en campaña electoral epatar es lo que importa: hacerse viral, llegar al votante indiferente y al rezagado. Entiendo que la comunicación manda pero ¿no creen ustedes, señoras y señores de la izquierda posmoguay, ecopija y deconstructora, no creen que se están pasando tres pueblos? Mientras las calles arden pidiendo techo, después de ocho años en los que a pesar de tocar algo de poder, aunque fuera de modo tangencial, no derogaron la reforma laboral de Rajoy ni su ley mordaza, ni hicieron nada que cambiara el problema de la vivienda, habiendo destruido la cohesión del feminismo español suplantándolo por una feria de identidades, mientras los trabajadores (rebautizados por ustedes como los de “abajo” o “de la mierda”, expresión que usa Gabriel Rufián para hablar de sí mismo cuando era pobre y currante) sienten sobre el cuello la bota de un sistema que explota cada minuto de su existencia, mientras todo esto pasa, ¿de verdad creen que lo mejor es hablarles a los españoles de comer coños y comer culos? Que no digo yo que el tema no tenga su relevancia pero, señora Montero, ¿acaso va a promulgar usted una ley para que los hombres aprendan el muy noble arte del cunnilingus?

No es un problema de Montero ni de Rufián; es el de un tiempo en el que llamar la atención es más importante que el tema sobre el que se consigue que te miren y te escuchen. Que los jóvenes están alejados de la política y pueden quedarse en casa el día que toca ir a las urnas, pues hablémosles de coños y culos y pollas como los niños dicen teta, culo, caca. A esos niveles han bajado quienes aspiran a presidir este país. Y lo hacen, además, en la televisión que pagamos todos, donde todo el mundo debería expresarse de forma libre, claro está, ¿pero de verdad creen que insultar así nuestra inteligencia es una buena estrategia? Será que de verdad nos toman por idiotas porque la propia Irene Montero, cuando David Broncano acierta preguntándole por qué a la izquierda le cuesta tanto hablar de inmigración, achaca el problema a que los xenófobos lo son porque la extrema derecha los ha convencido de que tienen que odiar al vecino inmigrante. Lo cual es en parte cierto pero no tiene en cuenta el malestar en los barrios donde los pobres, de aquí y de fuera, compiten en la miseria de los márgenes. Entiendo que sea difícil entender la complejidad y las tensiones de esa realidad que tan lejos queda de Galapagar, donde las señoras tienen preocupaciones más importantes: conseguir que alguien les coma bien el coño.

"Expertos desmontan el mito de las derechas de que las ayudas sociales quitan las ganas de buscar trabajo". Santiago F. Reviejo, Publico.es

La calle Mirlo, en el barrio de Los Pajaritos, en Sevilla  Dos sociólogos desmontan la descripción de los barrios con menor renta de España ...