viernes, 13 de marzo de 2026

"MÁS FEMINISMOS, MENOS RELIGIÓN". Violeta Assiego, elDiario.es

El feminismo que necesitamos hoy tiene que ser capaz de ver la imagen completa del patriarcado y del colonialismo, de la violencia de género y de la violencia imperialista, sobre los cuerpos de las mujeres, pero también de los hombres y de las niñas y niños que habitan los territorios saqueados y bombardeados

La imagen de Trump rodeado de líderes religiosos, hombres y mujeres que rezan mientras le imponen las manos, no es una escena espiritual. Es una imagen de poder. Representa la alianza entre la extrema derecha política y la extrema derecha religiosa, una alianza que no busca solo ganar elecciones, sino ante todo gobernar las conciencias. Su agenda es global y coordinada, profundamente contraria a los derechos humanos.

El dios que bendice esta alianza es un dios militarista, negacionista del cambio climático, cómplice de la violencia de género, que persigue según el origen y el color de la piel, legitimador de guerras y genocidios… Es un dios vengativo y cruel. Es el dios que usa la religión como dispositivo de odio.

La imagen que hemos visto en el Despacho Oval de la Casablanca no es un gesto estrambótico de un presidente impredecible, sino que es parte de una transformación institucional deliberada. En este segundo mandato de Trump, las reuniones gubernamentales se abren con oraciones cristianas y versículos bíblicos y una recién creada Comisión de Libertad Religiosa trabaja para redefinir los (no) límites entre el Gobierno y la religión con propuestas que incluyen retirar financiación a escuelas consideradas “hostiles a la fe” o perseguir a quienes vayan contra la fe cristiana. El propio Trump dejó claras sus intenciones cuando la presentó el febrero pasado: “las personas no pueden ser felices sin religión, sin esa creencia. Traigamos de vuelta a la religión. Traigamos de vuelta a Dios a nuestras vidas (..) Tenemos que traer de vuelta la religión a Estados Unidos, más fuerte que nunca.” Si bien fue uno de sus comisionados quien dejó claro de cuál es la motivación: “Estamos en una guerra religiosa y cultural, y cada uno de nosotros es un combatiente.”

Pero esta alianza no es nueva. Dorothee Sölle acuñó en los años setenta el término cristofascismo para describir el apoyo de sectores cristianos al nazismo. En España, esa alianza entre poder político autoritario y religión adoptó otra forma, la del nacionalcatolicismo franquista. Hoy, teólogos como Juan José Tamayo hablan de cristoneofascismo para describir la alianza actual entre extrema derecha política, ultraliberalismo económico y movimientos cristianos integristas. En este contexto es imprescindible la lectura de su libro La internacional del Odio.

La actual alianza entre la extrema derecha y el fundamentalismo religioso es profundamente reaccionaria en términos de género, y sigue siendo profundamente colonial. Durante siglos, el discurso de la “civilización cristiana” ha servido para justificar conquistas, dominación y extracción de recursos en distintos lugares del mundo. Hoy reaparece con nuevos lenguajes que hablan de defensa de Occidente, lucha contra la decadencia moral, de ideología de género, de reemplazo e invasión… En el fondo, se trata del mismo relato en el que una civilización se presenta como superior y que necesita enemigos para reafirmarse. Una civilización que lleva siglos explotando y expoliando los cuerpos y los territorios de esos otros pueblos a los que ni miramos ni nos conmueven porque están en esos márgenes a los que no llega nuestra “empática blanquitud”.

Trump está haciendo del nacionalismo cristiano uno de los pilares de su liderazgo político. Se presenta como un defensor de la fe, como el líder elegido por Dios para restaurar y proteger los valores tradicionales de Occidente. Ese nacionalismo cristiano necesita un enemigo interior (la inmigración, el progresismo, el feminismo, la diversidad...) y un enemigo exterior (la inmigración, el comunismo, el islam...) para cohesionar a sus electores y legitimar su poder. En ese marco, la religión no es espiritualidad sino violencia, un relato que sacraliza al líder de la nación y convierte la violencia en una guerra santa. Convierte la política exterior es una misión mesiánica que defiende la superioridad moral de Occidente para justificar intervenciones, expansión de intereses estratégicos y las violaciones del derecho internacional.

Religión, nación y supremacía civilizatoria se entrelazan para sostener estructuras de dominación que no son nuevas, porque son el mismo proyecto colonial de siempre, ahora relanzado desde la Casa Blanca con una Biblia en la mano. Frente a ello, necesitamos un feminismo que no puede ser liberal ni solo occidental. El feminismo que necesitamos hoy tiene que ser capaz de ver la imagen completa del patriarcado y del colonialismo, de la violencia de género y de la violencia imperialista, sobre los cuerpos de las mujeres, pero también de los hombres y de las niñas y niños que habitan los territorios saqueados y bombardeados. Porque todas estas violencias tienen el mismo origen y se sostienen mutuamente. Un feminismo antirracista y decolonial no es una opción más dentro del movimiento, ahora más que nunca es la condición para que el movimiento sea verdaderamente emancipador.

jueves, 12 de marzo de 2026

"EL MONSTRUOSO VICIO DE LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA". Berta Ares Yáñez, El País

Hemos llegado al siglo XXI completamente inclinados por el interés material, atados a los dispositivos celulares y rodeados de tiranos

Era muy joven cuando sentó las bases de su famoso escrito. Como mucho rozaba la actual mayoría de edad, no obstante, Étienne de La Boétie, el gran amigo de Michel de Montaigne, escribió uno de los textos más profundos contra la tiranía: El discurso sobre la servidumbre voluntaria. Un texto breve, absolutamente contemporáneo, profusamente traducido y publicado desde que se difundió por primera vez años después de su fallecimiento a causa de la peste, en 1563.

Este poeta, filósofo y abogado del Renacimiento describió la servidumbre voluntaria como un “monstruoso vicio”. Un vicio que lleva a un número infinito de personas a ser tiranizadas y conducidas al servilismo por su propia voluntad, con el cuello bajo el yugo, no obligadas bajo una fuerza mayor, encantadas y fascinadas “por el solo nombre de uno”. Todo ello a pesar de que es perjudicial, pues la servidumbre al tirano implica, primero, la pérdida del sentido natural de la libertad, después la merma del valor y, finalmente, se instala la impotencia.

El tirano se alimenta de obediencia, servidumbre y devoción voluntaria de las personas. Nunca alcanza la amistad, porque está hecha de una virtud que no posee ni poseerá. No es amado ni ama. Una vez asentado en el poder, gana en astucia. Le resulta fácil engañar y persuadir. Su esquema de funcionamiento es piramidal. Somete a los que están en la cúpula, próximos, mediante el reparto de propiedades y dinero, pues sabe que nada avasalla tanto como la riqueza. A los súbditos, los que forman las bases, los embrutece. El tirano teme la traición. A su alrededor solo hay conspiración. Todo se corrompe.

No es de extrañar que entrado el siglo XX el escrito de La Boétie acompañara la reflexión de no pocos pensadores en torno al totalitarismo y el valor de la desobediencia. Simone Weil, por ejemplo, escribió una Meditación sobre la obediencia y la libertad. Lo hizo en la primavera de 1937, es decir, tras haber participado en la Guerra Civil española. Es una reflexión provocada por el ascenso de los fascismos. Plantea el asombro que le produce ver la sumisión de la mayoría a una minoría criminal y trata de vislumbrar cuál debe ser la fuerza social capaz de romper ese fatídico sometimiento colectivo. Se pregunta cómo comprender que los hombres permanezcan sometidos hasta el punto de morir por orden del tirano. Escribe: “La mayoría obedece hasta dejarse imponer el sufrimiento y la muerte, mientras que la minoría manda”. En esta breve meditación, Weil señala que todo lo que hay de más alto en la vida humana, todo esfuerzo de pensamiento, todo esfuerzo de amor, es corrosivo para el orden tiránico. Y, sin embargo, ve imposible trasladar a la acción política la pureza de espíritu sin condenarse de antemano a la derrota.

Frente al vicio de la servidumbre, La Boétie, al igual que su amigo Montaigne, eligió la virtud de la libertad. Explica Montaigne en su célebre ensayo dedicado a la amistad que, al contrario de la servidumbre, la condición de libertad voluntaria no produce nada más propiamente suyo que el afecto. Rememora también a Aristóteles, quien insistiera en que los buenos legisladores cuidaron más de la amistad que de la justicia, pues las formas de afecto son más hermosas y generosas que aquellas edificadas sobre el placer o el beneficio.

En su texto, La Boétie ilustra con ejemplos históricos que quienes no se entregaron a la servidumbre lucharon con más ímpetu y mejor en defensa de su libertad que quienes vivían subyugados. El Discurso fue comprendido como radical, pues somete a crítica los fundamentos mismos de la autoridad. Pero es que él confiaba en la bondad de la virtud y ésta sólo puede darse en libertad. Este es un punto central de su argumento. Él pensaba que la naturaleza es contraria a la ofensa y, por tanto, si los seres humanos fuimos creados diferentes los unos de los otros es precisamente para favorecer que entre las personas se den los afectos y los cuidados. Naturalmente libres, escribió, todos somos compañeros.

Montaigne describó a La Boétie como un hombre de otra época. Quizá de un tiempo, si es que realmente existió, en el cual la virtud prevalecía sobre el poder y el dinero. Nada que ver con el actual. Las sociedades contemporáneas hemos llegado al siglo XXI completamente inclinadas por el interés material. Vivimos entregados a un embrutecimiento sin parangón. Despreocupados ante la desatendida transmisión del conocimiento de los clásicos y de la antigüedad. Dominados por patologías que se producen en el seno de nuestras democracias. Fatalmente anclados en conflictos políticos del pasado. Servilmente atados a los dispositivos celulares. Embelesados ante los avances de una inteligencia artificial dirigida por intereses que nos alejan de los afectos, por decirlo suavemente. No es de extrañar que al final nos hayamos rodeado de tiranos, cada vez más peligrosos y sofisticados. ¿Qué permanece? De momento todos somos humanos.

miércoles, 11 de marzo de 2026

"CUANDO LA POLÍTICA IRRUMPE EN LA GRAMÁTICA". Alex Grijelmo, El País

La concejala del Ayuntamiento de Madrid Rita Maestre atiende a los medios
Volvió a suceder. Una persona que en sus declaraciones públicas suele duplicar sustantivos, adjetivos y pronombres cuando pronuncia términos positivos o neutrales –aunque a veces desista o se despiste porque cuesta mantener la concentración– deja de hacerlo cuando toca expresar una carga negativa. Rita Maestre, portavoz de Más Madrid en el Ayuntamiento de la capital, escribió en X el 4 de febrero: “Nos roban la ciudad y se ríen. Vamos a plantar cara a esta minoría de privilegiados y lacayos de los ricos”.

La “visibilidad” de las mujeres deja de constituir un objetivo cuando se trata de lacayos, privilegiados y ricos; o cuando han de pronunciarse genéricos como “los millonarios inflacionistas”, “los intereses de grandes inversores”, “los especuladores”, “los empresarios”, “los banqueros”.

En las distintas declaraciones públicas de la concejala Rita Maestre, con cuyas posiciones de fondo suelo concordar, conviven estas frases…:

“Feliz Año Nuevo chino a todos y todas las vecinas chinas que han hecho de Madrid su casa”. “Lo que oyes en el chat de madres y padres, en las calles, en el metro”. “Orgullo madrileño de vecinas y vecinos organizados frente a los fondos buitres”. “Los madrileños y madrileñas tienen derecho a saber qué hacen asesores municipales del alcalde en la Universidad Complutense”.

…Con estas otras:

“Buitres y poderosos nos están robando Madrid”. “La única respuesta al poder de los poderosos que gobiernan en Madrid es el poder de la gente organizada”. “Vamos a pelear para ponerle freno a la especulación, el turismo de lujo y los millonarios que compran nuestra ciudad a trozos”. “15.000 pisos turísticos ilegales en Madrid. 1.289 denuncias. Solo 92 sancionados”. “Las facilidades son para los millonarios (...), para los famosos; para la gente normal todo son facturas, burocracias y listas de espera”.

Si diéramos por válido que las mujeres no se hallan representadas en los genéricos (por lo que hace falta esa duplicación que convierte los genéricos en masculinos), resultaría que no existen ricas, ni poderosas, ni corruptas, ni criminalas (en analogía con “concejalas”). Ni banqueras, aunque conozcamos a financieras como Ana Botín (Santander), María Dolores Dancausa (Bankinter) o Christine Lagarde (Banco Central Europeo). Ni empresarias como Marta Ortega (Inditex), Cristina Álvarez Guil (El Corte Inglés), Belén Garijo (de la farmacéutica francesa Sanofi, y antes de la alemana Merck)…

Sí tiene sentido que quienes doblan los sustantivos, los adjetivos o los pronombres expresen en masculino (y no en genérico) “los agresores sexuales”, por ejemplo, puesto que las agresoras son estadísticamente insignificantes. Pero quien considera que el genérico excluye a las mujeres debería duplicar también, salvo manipulación en su mensaje: “los banqueros y las banqueras”, “los ricos y las ricas”, “los corruptos las corruptas”…; que existen.

A cada rato leemos en las nuevas leyes la expresión “las personas trabajadoras”, a fin de evitar el genérico “los trabajadores”, pero no se menciona jamás a “las personas empresarias” porque no se ve problema en el genérico “los empresarios”. Observamos aquí por tanto uno de los efectos que se producen cuando la política irrumpe en la gramática: que la bienintencionada sinrazón de no discriminar mediante el uso de los genéricos acaba derivando en una discriminación mediante el uso de los genéricos.

lunes, 9 de marzo de 2026

"HAY QUE HABLAR". Elvira Lindo, El País 17 jun 2015

La escritora Elvira Lindo charla con su marido, Antonio Muñoz Molina,
en el Ateneo de Madrid

Ceder continuamente el uso de la palabra, esa empecinada costumbre nos perjudica a todas. Y a ellos, aunque no lo sepan

Imparto una charla sobre mi trabajo. Al final, se abre el turno de preguntas del público. La situación es incómoda, porque quien desee preguntar ha de acercarse al micrófono. Entiendo que intimide. A mí, acostumbrada como estoy a hablar en público, también me pasa, pero he comprendido que la timidez no es aceptable como excusa. Aunque la audiencia es mayoritariamente femenina, sólo los hombres preguntan. Sin embargo, cuando el acto termina, se me acercan varias de las mujeres que tan atentamente me han escuchado a compartir de tú a tú sus pensamientos.

Acudo al jurado de un premio. La representación femenina es ridícula. La quinta parte. Hablan los hombres, hablan y hablan. Nada nuevo. De vez en cuando, una de las tres mujeres apostilla. O sonríe. O asiente. O niega dulcemente. Yo trato de no hablar demasiado para no parecer la típica mujer que habla demasiado. El resultado es que intervenimos poco y nuestro papel se me antoja meramente representativo.

Tal vez no se puedan construir teorías generales de la experiencia propia, pero tras muchos años de oficio y haber observado el frecuente silencio de las mujeres, el voluntario y el forzado, se me vienen a la cabeza algunas preguntas que formularía a todas aquellas que tienen, tenemos, alguna posibilidad de cambiar esta inercia: ¿por qué no hablamos? ¿por qué sólo opinamos en las distancias cortas? ¿no estamos hartas de escuchar? La brillante investigadora Jocelyn Bell se pregunta por qué si mejoramos los equipos con nuestra presencia nos retraemos luego en cuanto hay que pelear por un puesto directivo. O cedemos continuamente el uso de la palabra, añadiría yo. Esa empecinada costumbre nos perjudica a todas. Y a ellos, aunque no lo sepan.

domingo, 8 de marzo de 2026

"MUJER,VIDA,LIBERTAD". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Los cuerpos de las mujeres son el territorio donde primero se instala el poder autoritario y desde donde se le puede desmontar

En septiembre de 2022, Mahsa Amini murió bajo custodia de la policía de la moral iraní por llevar el velo supuestamente mal puesto. Su muerte convirtió en consigna global el lema: “Mujer, vida, libertad”. Esta semana, en plena guerra contra Irán, Emmanuel Macron anunció que Francia reforzará su arsenal nuclear, y dijo: “El próximo medio siglo será una época de armas nucleares. Seamos poderosos, estemos unidos, seamos libres”. Dos invocaciones de la libertad, una acompañada de cabezas nucleares y otra de un cuerpo sin vida. Pero el orden de las palabras importa. Macron llega a la libertad desde la potencia destructiva: primero el arsenal, luego el poder, luego la libertad. Las mujeres iraníes hacen el camino inverso: primero ellas, sus cuerpos; luego la vida, la condición de existencia; finalmente el anhelo político, la libertad. No empiezan por una abstracción, sino por lo que no se puede eludir. Hay algo en su lema que en Europa no hemos sabido leer. “Mujer, vida, libertad” no es un eslogan sino una doctrina política. La mujer no funciona en ella como identidad sino como principio, pues el cuerpo de las mujeres es precisamente el territorio donde primero se instala el poder autoritario, y desde donde se le puede desmontar. El feminismo de estas mujeres no pide representación, o no solo; más bien impugna la gramática del poder desde la experiencia de quien lo sufre en su propia piel. Paradójicamente, el país desde donde ese lema sacudió al mundo está hoy siendo bombardeado en nombre de la seguridad nuclear. Las mismas mujeres que Occidente aplaudió como símbolo de libertad viven y mueren bajo las bombas de quienes invocaban esa hermosa palabra. Mientras, Macron la utiliza vestido de luto, y con un submarino nuclear detrás.

Hannah Arendt dedicó algunas de sus páginas a pensar exactamente sobre esto. La política, escribió, existe porque los seres humanos somos plurales y compartimos un mundo. Pero la bomba atómica, explicaba, introducía algo nuevo: la capacidad de eliminar ese mundo. No es solo un arma más potente: es el instrumento que destruye las condiciones mismas de la política. Invocar la libertad mostrando aquello que puede borrar el espacio donde la libertad ocurre no es política. Es su amenazante negación. Al final de El corazón de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad, cuando la prometida de Kurtz pregunta cuáles fueron sus últimas palabras, el narrador, Marlow, contesta que fue su nombre, a pesar de que sabe que murió invocando el horror. Marlow comprende que ella necesita seguir creyendo en Kurtz, en la nobleza del proyecto civilizatorio: no soportaría la verdad. Y es algo así lo que hacemos hoy en Occidente. Donald Trump habla de defensa mientras bombardea un país que no le ha atacado. Friedrich Merz habla de responsabilidad mientras avala en el Despacho Oval un cambio de régimen que nadie le ha pedido. Macron habla de libertad mientras anuncia más cabezas nucleares. Cuando se invoca la democracia para Irán, lo que se busca en realidad es un Irán sometido, no libre. Una democracia iraní sería nacionalista, tendría política exterior propia y probablemente mantendría su programa nuclear. Sería un interlocutor incómodo, no un subordinado. Y la prueba es que los aliados actuales de Estados Unidos en la zona —como Arabia Saudí, como Emiratos— no son democracias y a nadie le importa: son funcionales.

Las mujeres iraníes no son la meliflua prometida de Kurtz. No necesitan que les mintamos porque conocen el horror de primera mano. Lo viven en su cuerpo, en el velo impuesto, en la represión, ahora en las bombas que también las matan. Y desde esa experiencia, desde ese conocimiento, construyeron una secuencia que no admite trampas: “Mujer, vida, libertad”. Sin atajos, sin abstracción, sin mentira. Este 8 de marzo, la pregunta no es cuántas mujeres hay en el poder, es en cuál de estas dos invocaciones de la libertad nos reconocemos: la que nació del cuerpo sin vida de Mahsa Amini o la que puede destruirlo todo invocando su nombre.

"NUESTRA BATALLA". Elvira Lindo, El País

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso,
da un discurso durante el acto institucional con motivo
del Día Internacional de la Mujer
Los mismos que adoptan una actitud burlesca hacia la causa de las mujeres son los que luego acusan a las feministas de ignorar a la mujer afgana o a la iraní

Quédate conmigo porque contigo todos los días son el Día de San Valentín, decía irónicamente el viejo estándar de Rodgers y Hart, de la misma forma que el Sombrerero Loco animaba a Alicia, la del País de las maravillas, a celebrar cada día el No Cumpleaños. Las efemérides desprenden en su esencia esa contradicción. Lo que verdaderamente nos recuerdan las fechas en rojo es la manera insensata con que dejamos que la vida pase, igual que pasa la corriente cuando el río busca el mar, que cantaban los Pata Negra en aquella canción jorgemanriqueña, sin ser conscientes, pobres de nosotros, de que nuestra existencia es aquello que ocurre entre los días que se dedican a celebrarla. Otro 8 de marzo. Y qué sensaciones contradictorias desprende este nuevo Día de la Mujer. En un momento de regresión como este, en el que hay una muchachada educándose en la pedagogía del resentimiento que promulgan los varones enfurruñados; en un tiempo en el que de las encuestan se desprende que hay un número no despreciable de jóvenes que cree que el feminismo ha ido tan lejos como para borrarles el protagonismo del que gozaron antaño, o demasiado lejos como para que ellos sean excluidos en favor de ellas; ahora, precisamente, cuando frente al sexo libre celebrado en otras décadas se ondea la bandera de la espiritualidad o de la tranquila vida segregada al margen de las emociones que el otro sexo puede provocar; ahora, hoy, cuando de manera preventiva hay quien ya va descartando la palabra feminismo en favor de un término que suena más conciliador, como es igualdad, en este presente confuso en que más que una labor de progreso la debemos hacer de resistencia ante la fuerte corriente que nos arrastra hacia atrás; ahora, paradójicamente, las mujeres volvemos a protagonizar de una manera tramposa la conversación y hay quienes, sin vergüenza, nos usan para armarse de razones, armarse, repito, hasta las cejas, y liarse a bombazos en nuestro nombre. Es Donald Trump, el mismo que pretende borrar cualquier rasgo de diversidad en el lenguaje de la administración y de las investigaciones académicas, Trump, el que separa a niños de sus madres para cumplir su promesa de limpieza étnica, es Trump, el mismo que agarraba el coño a las mujeres, el de los papeles de Epstein, quien invade un país para erigirse en salvador de las mujeres iraníes. Nunca juzgaré a una mujer iraní que aplauda estos bombazos desde su terraza, pero mi situación me permite tener la cabeza fría como para saber qué lugar ocupa en la mente trastornada de Trump la dignidad de estas mujeres, o en la de Benjamin Netanyahu, el asesino de niños, que desea borrar a un pueblo de la faz de la tierra.

Y aunque cualquiera podría entender que despreciar la legalidad internacional puede desbaratar, si es que no lo está haciendo, el frágil equilibrio del mundo (incluso Matteo Renzi puede entenderlo), aunque la historia reciente nos dice dónde quedó la soberanía de las mujeres o la paz en países que fueron invadidos y después se abandonaron a su suerte, son incapaces, los defensores de esta nueva guerra, de reconocer que no son las mujeres las que importan, sino la relativa tranquilidad comercial que ofrece ser vasallo de un tirano; en vez de ir de frente, envuelven cínicamente la acción bélica con el manto de una causa noble y hermosa: la libertad de las mujeres. Los mismos que en su casa niegan protección a una concejal que denuncia acoso o abuso por no perjudicar al partido, los mismos que adoptan una actitud burlesca hacia la causa de las mujeres, son los que luego acusan a las feministas de ignorar a la mujer afgana o a la iraní. Es verdad que hay causas que de pronto se imponen a otras, como la de Gaza, porque constituyen un paradigma, un aviso, un resumen de los crímenes de nuestro tiempo, pero el feminismo debería imponerse hoy, más que nunca, como una voz sin fronteras que luche contra los señores de la guerra. Y sí, he dicho señores.

sábado, 7 de marzo de 2026

"FURIA ÉPICA". Equator, editorial

La adoración de la fuerza se ha convertido en la pasión dominante de Occidente

Durante el invierno de 1940, unos meses después de que la Wehrmacht completara su conquista de Francia, la filósofa de 31 años Simone Weil publicó un ensayo sobre La Ilíada en la revista Cahiers du Sud, con sede en Marsella . «La Ilíada, o el poema de la fuerza» interpreta la epopeya de Homero como un espectáculo inhumano cuyas lecciones son completamente contemporáneas. Para Weil, el poema es un «estudio de los extremos y de los actos injustos de violencia», que presenta un retrato inquebrantable de lo que la fuerza hace a los humanos que la ejercen y la sufren por igual. O bien «convierte a un hombre en una piedra», escribió, o bien, «ejercitado hasta el límite, lo convierte en un cadáver».

La importancia contemporánea del texto de Weil reside no solo en su descripción de los efectos de la fuerza sobre los individuos, sino también sobre las sociedades y civilizaciones que caen bajo su influencia. En la raíz de tantas de nuestras crisis morales y políticas actuales se encuentra lo que Weil, al describir la vida bajo el fascismo europeo, denominó «la adoración del poder en su forma más brutal».

La vulgaridad de la guerra estadounidense e israelí contra Irán es solo la última demostración del poder profético de Weil. Desde el inicio de los bombardeos, los beligerantes han hecho pocos esfuerzos por justificar legal o moralmente el asesinato: dicho sin rodeos, creen que el poder de dominación otorga licencia para matar. Al negarse a articular una justificación coherente para iniciar lo que ahora se ha convertido en un conflicto regional, con consecuencias incalculables, Trump y Netanyahu han enviado un mensaje claro: actuaron porque podían.

Pete Hegseth, secretario de Guerra de Estados Unidos, se jactó de que los iraníes se enfrentarán a «muerte y destrucción desde el cielo todo el día» y anunció que «los estamos atacando mientras están caídos, que es exactamente como debe ser». Nos muestra lo que Dwight Macdonald (quien primero presentó el ensayo de Weil a los lectores anglófonos cuando lo publicó en Politics en 1945) describió como «la máxima devastación física acompañada del mínimo significado humano». CONTINUAR LEYENDO

"MÁS FEMINISMOS, MENOS RELIGIÓN". Violeta Assiego, elDiario.es

El feminismo que necesitamos hoy tiene que ser capaz de ver la imagen completa del patriarcado y del colonialismo, de la violencia de género...