sábado, 6 de junio de 2026

"HISTORIAS DE FANTASMAS". Siri Hustvedt (2026), Barcelona, Seix Barral


A punto de fallecer, Paul Auster le dijo a su esposa que quería convertirse en un fantasma, regresar para ver cómo estaba, qué escribía tras su partida o cómo crecía su nieto Miles. Y eso es lo que ha llegado a ser para Siri Hustvedt, una presencia siempre palpable y reconfortante: al oler su tabaco en casa, al sumergirse en sus libros y al rememorar una historia de amor y una comunión intelectual que duró cuarenta y tres años.

En su obra más personal, Hustvedt reconstruye su unión legendaria con él a través de la textura desgarradora del duelo y el consuelo de un amor eterno. A medio camino entre el diario y la narración literaria, el texto parte de documentos inéditos de enorme valor, desde las notas que intercambiaron durante décadas hasta los últimos escritos de Paul Auster en forma de cartas a su nieto.

Figura clave para entender la literatura norteamericana contemporánea, en este libro extraordinario Siri Hustvedt encarna emociones que nos conciernen a todos: muestra cómo la pérdida de un ser querido erosiona nuestra identidad, pero la intimidad de una vida compartida deja una huella imborrable en nuestra memoria. «Es un año de duelo convertido en oro sabio y veraz. Qué texto tan honesto. Qué regalo de amor» (David Mitchell).

"SEER LIBRE NO ES DIVERTIDO". Santiago Alba Rico, Publico.es

Concentración en favor de la ley de la eutanasia
Cada vez desconfío más de la gente que tiene las cosas demasiado claras y aborda todos los conflictos, propios y ajenos, con tajante firmeza simplificadora. Personalmente, respecto de la eutanasia, como respecto del aborto, lo único que tengo claro es que se trata de dilemas morales que todos nosotros preferiríamos no tener que afrontar jamás.

Uno y otro, sin embargo, se repiten con demasiada frecuencia como para escurrir el bulto. ¿Qué hacer? ¿Qué decidir? En general, la derecha cristiana lo plantea como si la elección fuese entre la Vida y la Muerte, palabras pronunciadas acusatoriamente con mayúsculas, reprochando así al "progresismo" su necrofilia: a la izquierda le gustaría, al parecer, asesinar niños y enfermos. Dejo a un lado ahora la paradoja de que aquí la Vida, despojada de todas las apreturas materiales, sociales, psicológicas, en las que cobra sentido humano, se enuncia en su pura desnudez biológica, pero con mucho más valor que la de un pez o la de un perro en razón de una intervención exterior: es sagrada -quiero decir- porque la ha creado Dios. Se la reduce primero a su composición celular para salvarla después desde fuera, a través del prestigio prestado por un ser cuya existencia pertenece al orden muy personal de las creencias religiosas. Inseparable de esta paradoja es esa otra, señalada una y otra vez con mucho tino, en virtud de la cual, entre el aborto y la eutanasia, entre el embrión y el ictus, la vida deja de tener valor y se puede escribir de nuevo, digamos, con letras minúsculas: para esa misma derecha cristiana, en efecto, no hay nada sagrado en la vida de un niño palestino, de una mujer iraní o de un anciano abandonado en pleno covid en una residencia de Madrid.

Ahora bien, si no se puede escurrir el bulto, entonces hay que intentar plantear bien la cuestión. No se trata, no, de decidir entre la Vida y la Muerte. Se trata de decidir quién decide. No soy un constructivista radical que cree que uno es su propio dios y que no hay ningún “dato”, nada "dado", que preceda a nuestra voluntad soberana. Si tenemos que decidir quién decide es justamente porque hay cosas que nos caen encima, y esas cosas que nos caen encima -la nieve, el cuerpo, la familia, el amor, la mortalidad- hacen imposible desatar la belleza del dolor. Conviene aceptar esta atadura si no queremos renunciar al sentido humano de la vida. Pero conviene no menos rescatar ese sentido de entre las garras de los ricos, los machos, los poderosos, los sacerdotes, los patrones. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 4 de junio de 2026

"ESPERANZA CONTRA TODA ESPERANZA". Sahar Delijani, Equator.es 29.05.2026 Argumento

Protesta en Teherán contra el velo obligatorio, 1979
Generaciones de organizadores y disidentes han mantenido viva la lucha iraní

Pocas horas después de mi nacimiento, mi madre y yo fuimos llevadas de vuelta a prisión. Era septiembre de 1983, cuatro años después de la revolución iraní y tres años después del inicio de la guerra con Irak, que la República Islámica utilizaba para reforzar su maquinaria de represión. Mi madre sangraba abundantemente por un desgarro sufrido durante el parto, pero la enfermera —los guardias de la prisión la llamaban «Hermana» y «Hermano»— ignoró la súplica del médico para que permaneciera ingresada en el hospital durante la noche.
Con los ojos vendados, esposada, apenas pudiendo mantenerme en pie: era imposible que me cargara. Fue la monja quien me sostuvo en sus brazos mientras nos llevaban en coche a través del tráfico de la hora punta de regreso a Evin, un complejo penitenciario situado en las idílicas estribaciones de las montañas Alborz, al norte de Teherán. Llegamos por la tarde. Cuando la monja abrió la puerta, las compañeras de celda de mi madre se apresuraron hacia adelante, vestidas con sus mejores galas, como si fuera Nowruz. El suelo de la celda, abarrotada de gente, estaba barrido; un ramo de hojas de principios de otoño brillaba en un tarro de aluminio. Las mujeres aplaudieron y cantaron al entrar. La monja pidió silencio, pero la ignoraron: riendo, llorando, aullando, pasándome de un par de brazos a otro.

La cálida bienvenida sorprendió a mi madre, una izquierdista que cumplía una condena de dos años por activismo político. Casi a diario, sus compañeras de celda apenas se soportaban y casi no se hablaban. Formaban parte de las decenas de miles de activistas —desde socialistas y comunistas hasta islamistas-marxistas— que la República Islámica había encarcelado. Muchas habían contribuido al derrocamiento del Shah, respaldado por Occidente, solo para encontrarse, poco después, tras otros muros. Cada una pertenecía a un bando diferente; cada una culpaba, en cierta medida, a las demás de una revolución descarriada y de la tiranía que le siguió. Y, sin embargo, ese día, dejaron de lado sus diferencias y se unieron en torno a algo más inmediato: una nueva vida.

La caída de la monarquía en 1979 no puso fin a la dictadura; la transformó. El rey se convirtió en Líder Supremo; la SAVAK, la policía secreta del Shah, fue reemplazada por la Guardia Revolucionaria y la milicia Basij. Las cárceles volvieron a llenarse.

La prisión de Evin abarcó ambas épocas. Construida en 1971 por el Shah como centro de detención de alta seguridad para disidentes, cumplió la misma función durante la revolución y sus largas y violentas consecuencias. Muchos iraníes la llaman, en tono de broma, la Universidad de Evin, por la gran cantidad de intelectuales, escritores, profesores, estudiantes, poetas, activistas y artistas que pasaron por sus muros. En nuestra conciencia colectiva, Evin no es solo un tristemente célebre lugar de represión, sino también, sobre todo, un espacio de resiliencia, donde se articula un lenguaje de resistencia que se transmite de generación en generación.

Presos políticos retractándose en la prisión de Evin, 1986
Hoy, ese legado persiste, aunque en las condiciones más extremas. Evin fue bombardeada por primera vez en junio de 2025, durante la Guerra de los Doce Días, cuando misiles israelíes mataron no solo a personal y guardias, sino también a prisioneros, familiares que los visitaban, trabajadores sociales y un niño de cinco años. Volvió a ser atacada durante los atentados estadounidenses-israelíes de 2026, cuando explosiones cercanas devastaron sus pabellones. Mientras tanto, la República Islámica ha emprendido su propia guerra contra los prisioneros. Las condiciones dentro de Evin, como en muchas cárceles del país, son catastróficas: hacinamiento, suciedad e infestación de insectos. La comida y el agua escasean, la electricidad y el agua caliente se cortan con frecuencia y se niega la atención médica. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 3 de junio de 2026

"QUIETO TODO EL MUNDO". Elvira Lindo, El País

Ignatius Farray, fotografiado en el barrio de Malasaña de Madrid
Hay políticos que a veces juegan a ser humoristas. No funciona y a veces da vergüenza

El insigne Ignatius Farray dijo el otro día que si el expresidente Aznar había tomado como lema eso de “el que pueda hacer que haga” era porque la frase “¡Quieto todo el mundo!” ya estaba cogida. El humorismo siempre ha sido una profesión de riesgo, y no es de extrañar, porque mientras el analista ha de tomarse un tiempo para expresar una idea que, dado que se basa en una sospecha, ha de presentar con matices y manejar en el terreno de lo indiciario (palabra de moda), el humorista, o la humorista, traduce lo que tanta gente intuye en unas pocas palabras puntiagudas que mueven a la risa a unos y ofenden a los señalados. El humor es creativo, el humorista no necesita echar el rato leyéndose un auto judicial, el humorista huele lo que se cuece en la olla podrida y lo suelta. Así ha soltado el Mundo Today eso de que “el expresidente Felipe González celoso porque Zapatero está haciendo más por la derecha que él”. ¿Será cierto? Ese terreno que el periodista no puede pisar sin ser tachado de sectario es en el que retoza el humorista, convirtiendo el rumor en chiste y el chiste, cuanto más exprese lo que no nos atrevemos a decir, más carcajadas provoca. También alivia, porque es un desahogo vicario. El humorista que no se arriesga no hace del todo honor a su oficio. Hay humoristas a los que esperan a la salida de las salas donde actúan, hay humoristas a los que amenazan desde el universo virtual, supuestamente inofensivo. Pero los humoristas, desde que el humor se hizo presente en la especie humana, saben que, por más admiradores que llenen sus shows en buenos teatros, siempre habrán de ser fieles a su carácter de pobladores de los márgenes, de payasos que dicen lo inadecuado como así harían los niños. El humorista que dejó de ser niño, que perdió su inocencia, el que intelectualiza el humor porque en el fondo le da vergüenza dedicarse a algo tan primitivo, no pertenece a ese grupo de los que siempre eligen decir lo inadecuado y sin haber reflexionado mucho sobre ello sueltan lo que se huelen que el pueblo quiere decir y no puede.

Hay políticos que a veces juegan a ser humoristas. No funciona y a veces da vergüenza. No es compatible hacer humor cuando se practica desde una posición de poder; sea cual sea el cargo, la gracieta chirría. A veces los vemos hacer juegos de palabras, que les han escrito otros, y quieren hacer como si se les acabara de ocurrir. Desistan, por Dios, porque el repentista canta y cuenta de manera totalmente improvisada. El repentismo es un arte para el que están dotados muy pocos. Solo a veces responde a un don popular colectivo que dejan en herencia abuelos y abuelas, como ocurre en la ciudad de Cádiz, donde cada bar parece contar con un tipo repentizando. El humor, como el compás, se lleva en el corazón, aunque se desarrolle luego prestando oído al habla de la calle. El humor nace de abajo arriba por eso no hay humorista, al menos en España, que no alimente su humor de las palabras que escuchó en la calle. Inglaterra, ejem, ya es otra cosa. Nuestro humor es cervantino, corrosivo con el poderoso, escatológico, sanchopancista, especialmente adecuado para hacer reír en tiempos de crisis. En vísperas de la llegada de este Papa que se nos ha revelado como el hombre que en voz baja dice, sin que le tiemble la voz, lo que piensa, yo animo a ponerles unas velas a esos santos que no están en las iglesias, a ese batallón de payasas y payasos que nos sirven de espejo mucho mejor de lo que podemos hacer desde una columna como esta. Ellos, en ese afán de alimentarnos la risa, ya viven en el reino de los cielos. Salen al escenario y tienen las butacas llenas de fieles que están esperando como agua de mayo llenarse el pecho de risa para seguir resistiendo. Cuando acaba el show, Ignatius Farray se quita los pantalones y enseña los huevos al respetable. Hay semanas en las que una solo espera eso: que un payaso inocente se muestre desnudo.

lunes, 1 de junio de 2026

"MIRAR HACIA ROMA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

León XIV hace lo que la política democrática ha dejado de hacer: invocar un estándar frente al cual medir la desviación

Cuando un Papa dice sobre la IA lo que ningún gobierno democrático se atreve a decir con la misma autoridad, la pregunta no es en qué acierta la Iglesia, sino qué ha dejado de hacer la política. La misma mañana en la que Pedro Sánchez visitaba el Vaticano y agradecía a León XIV su encíclica Magnifica humanitas por su llamamiento a desarmar la IA, a someterla al control público, a devolver a la persona al centro, la UCO entraba en Ferraz. Ni siquiera importa cuál de las dos escenas retrata mejor nuestro tiempo. ¿Por qué la palabra política ha dejado de obligar por sí misma y necesita tomar prestada su autoridad de otra parte? Pero conviene un matiz sobre la encíclica. El papa Prevost diagnostica el síntoma, no la enfermedad. Pide “volver a poner a la humanidad en el centro”, como si lo que estuviera en juego fuese una esencia humana amenazada por la técnica. La IA no pone en riesgo lo que somos, sino lo que existe entre nosotros: las condiciones materiales de la conversación, los hechos que aceptamos juntos, las instituciones que arbitran cuando no nos ponemos de acuerdo, el lenguaje que sirve para describir lo mismo y no para anularlo. El problema no es esencialista, sino político; no es nuestra falta de humanidad, sino de mundo. Por eso es preocupante que el diagnóstico, aun parcial, llegue de Roma y no del campo democrático. Cuando quienes deben producir el lenguaje político dejan de hacerlo, el lugar no se queda vacío. Lo llena lo que tiene autoridad propia y no necesita la del juego democrático: una iglesia, un mercado, una plataforma, un caudillo.

Pero seamos concretos. En España oímos que “este juez es parcial” o que “todo es fango” y parecen lo mismo, pero no lo son. Lo primero es crítica democrática, lo otro, cinismo disolvente. Decir que un juez es parcial implica creer en la imparcialidad: la usa como medida y denuncia su ausencia. Tiene arreglo. Decir “todo es fango” niega cualquier medida. Si la imparcialidad es imposible, no hay nada que reparar, solo bandos. La pregunta ya no es “¿es justo este fallo?” sino “¿de qué lado está?”. Sustituimos el eje justo/injusto por el de amigo/enemigo. Y eso no es neutral. La democracia se sostiene en justificarse ante una norma común; el poder fuerte solo se impone. Disolver al árbitro no nivela el campo: desarma al único equipo que jugaba con reglas. Si ya nadie puede decir “esto es injusto” y ser oído porque pensamos que toda vara es una ficción o una máscara de poder, si toda crítica se lee como jugada de bando, entonces el único que aún puede decir “esto no es permisible” y ser escuchado es quien habla desde fuera del juego. Alguien cuya autoridad no dependa de las reglas que hemos disuelto. Eso es el Papa: no convence por tener mejores argumentos, sino porque no está en el tablero. El Papa suena a pensamiento no porque acierte sino porque nuestra habla política está tan hueca, tan secuestrada, que ya no se puede decir “esto no es permisible” con voz propia.

Es inquietante. Al parecer, el único enunciado normativo audible viene de una autoridad que no rinde cuentas a nadie. La encíclica no es una buena o mala noticia sobre la Iglesia. Es un termómetro de la democracia. León XIV hace lo que la política democrática ha dejado de hacer: invocar un estándar frente al cual medir la desviación, aunque su diagnóstico se quede corto. Lo inquietante no es que él hable, es que su voz suene tan sola y tan fuerte. Y la pregunta que deja la coincidencia de esa mañana —el Vaticano y Ferraz, la palabra elevada y el ruido judicial— no es cuál de las dos escenas dice la verdad de nuestro tiempo. Es por qué la silla desde la que se enuncia el principio común está, ahora mismo, en Roma.

domingo, 31 de mayo de 2026

"UN PAÍS SIN AUTOESTIMA". Ingnacio Escolar, elDiario.es

Recordar de dónde venimos es la única manera de saber quiénes somos. Nuestro presente es muy mejorable. Pero, si miras medio siglo atrás, simplemente no hay color. ¿Por qué nos cuesta tanto reconocerlo.

Hay una manera eficaz para evaluar los cambios en la vida. Recordar el pasado, pero no de año en año, sino de lustro en lustro. Dónde estabas hace cinco años, hace diez, hace quince, hace veinte... Cómo era entonces tu familia, tu trabajo, tu casa, tu vida. Quién eras entonces. Quién eres hoy.

Cuando recuerdas en lustros, y no en meses o en años, el paso del tiempo se comprende mejor. Es inevitable caer en la nostalgia, en la idealización del pasado. Pero los cambios profundos se distinguen bien.

Con los países, la escala cambia, pero el procedimiento es válido también. En vez de cinco años, cincuenta. Una medida que demuestra a las claras el éxito o el fracaso de una nación.

En el caso de España, los datos objetivos son los que son. Hay que irse a ejemplos como Taiwán o Corea del Sur para encontrar una historia de éxito tan enorme como el último medio siglo español. España era un país pobre, inculto y atrasado. Subdesarrollado para los estándares europeos. Secuestrado por una dictadura y por la moral católica. Era un convento y un cuartel.

Hoy España es uno de los países más prósperos y libres del mundo. La esperanza de vida supera los 83 años –una de las más altas del planeta–, y el nivel de desarrollo humano la sitúa entre el diez por ciento de naciones con mejores condiciones de vida. Es una democracia plural y europeísta. Tiene sanidad universal, educación pública y libertades civiles que hace medio siglo parecían inalcanzables. La renta per cápita más que duplica la media mundial y es casi 20 veces más alta que medio siglo atrás. Es un país donde las mujeres votan, deciden, gobiernan. Uno de los lugares del mundo donde amar a quien quieras o decir lo que piensas no te cuesta la cárcel.

Medio siglo ha dado para mucho. Me resulta sencillo ponerme en esa escala porque es la medida de mi vida. Nací el 20 de diciembre de 1975. Justo un mes después de la muerte de Franco. Cuando esta revista llegue a nuestros socios y socias, yo también cumpliré 50 años.

Veo las fotos de mi infancia, en un pequeño pueblo de Burgos, y me parece estar viendo otro país. Las calles de tierra, los hombres con boina, las mujeres con el negro del eterno luto. Recuerdo a mi tío Álvaro y sus historias de cuando era emigrante en Suiza. La casa de mis abuelos, con las vacas en el establo y sus madrugones todos los días del año para ordeñar y sacar el estiércol. El baño de la casa donde vivía con mis padres, que estaba en un antiguo balcón; en invierno, había que dejar el grifo levemente abierto para que las tuberías no explotaran por congelación y, algunas mañanas, allí amanecía un pequeño carámbano de hielo. Recuerdo el Citroën 2CV que compró mi madre a plazos, y su cara de felicidad cuando lo estrenó.

No ha habido, en la historia de España, una transformación mayor que la vivida en este medio siglo. No hay, en ningún momento del pasado, una etapa de mayor prosperidad. Nunca hubo un periodo mejor que celebrar. Tampoco el imperio español, salvo para quienes confunden el poder de los Austrias con el bienestar del pueblo español.

No diré que todo sea perfecto. Sin duda no lo es. Hay muchísimo por mejorar y algunos asuntos –como el acceso a la vivienda– donde hemos ido claramente para atrás. Las libertades, tan duramente conseguidas, están hoy en cuestión. Nuestra democracia es mejorable y corre el riesgo de una involución autoritaria. La prosperidad económica no ha alcanzado a todos los barrios por igual. El ascensor social sigue roto, aunque casi todos los jóvenes hoy llegan a la universidad. La memoria sigue siendo otra de las asignaturas pendientes. En parte explica por qué ofende tanto la celebración del último medio siglo en algunos sectores de la derecha: les molesta que se recuerde lo nefasta que fue la dictadura, el pésimo periodo anterior.

Nuestro presente es muy mejorable. Pero, si miras medio siglo atrás, simplemente no hay color. A ojos de un extranjero –lean, en esta misma revista, el fantástico artículo de Martín Caparrós– la transformación de España es siempre vista con admiración. Algo que cambia cuando la mirada es la propia. ¿Por qué nos cuesta tanto a los españoles reconocer los méritos de nuestro propio país? ¿Por qué tenemos la autoestima tan baja?

Como todos los traumas, para entenderlo hay que mirar al pasado; a la muy deficiente construcción nacional española. El historiador José Álvarez Junco lo explicó como nadie en una obra imprescindible: ‘Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX’. En ese ensayo, explica cómo se torció en nuestro país ese concepto progresista: la nación. Una idea revolucionaria, nacida del 1789 francés, y que transformaba al pueblo en soberano, a los súbditos en ciudadanos. De esa nación progresista –que aquí se despreció como “afrancesada”– surgió en España una mutación reaccionaria: el nacionalcatolicismo. Su idea más estúpida viene del propio hito fundacional, el 2 de mayo de 1808. Como fue el pueblo más bruto, y no los ilustrados, quien se rebeló en Madrid contra el francés, llegaron a la nefasta conclusión de que el español cuanto más analfabeto más patriota. La ignorancia, y una ensalada de falsos mitos sobre Numancia, la reconquista y el Cid, sustituyeron a un verdadero proyecto nacional con una idea de futuro para el país.

En el resto de Europa, la nación se construyó con escuelas públicas. Aquí no. El nacionalcatolicismo entregó la educación a la Iglesia, que nunca tuvo interés en educar a ciudadanos, sino a cristianos.

Miremos la historia, de cincuenta en cincuenta años, para entender cómo hemos llegado hasta aquí. En los últimos dos siglos, España perdió las colonias, vivió cuatro guerras civiles, sufrió varias dictaduras y se convirtió en la caricatura del hidalgo, del Quijote, alguien con sueños de una gloria pasada que más bien son delirios. Y así llegó España a 1975, con la nación de los ciudadanos –que no súbditos– por construir. Una patria donde quienes la celebran piensan en desfiles militares, en vez de en hospitales públicos. Para algunos de estos supuestos patriotas, es coherente llevar una pulserita rojigualda y esconder su dinero en Panamá.

En la derecha, se instaló una idea de España enfrentada a medio país –a la que de nuevo se vuelve a tachar de “antiespaña”–. Y en la izquierda, esa España excluyente provocó una reacción, un complejo, una desilusión. El modelo autonómico ha sido parte del éxito. Y al mismo tiempo, ha provocado una respuesta furibunda de quienes confunden federalismo con debilidad de la nación. Esos que tanto dicen querer España, y de apretarla tan fuerte, un día se la van a cargar.

Por eso nos cuesta tanto querernos como país. Porque durante demasiado tiempo el patriotismo fue monopolio de los reaccionarios y el rechazo a la bandera, la respuesta natural de quienes defendían la libertad. En España, el amor a la patria se confundió con el amor a la dictadura, y a la democracia le ha costado construir un relato propio. El resultado es esta paradoja: un país que ha vivido su mejor época y, sin embargo, no se la cree.

Superar esa contradicción no exige olvidar el pasado –como plantea la derecha– sino comprenderlo. Mirarlo de frente, sin miedo ni indulgencia. Recordar de dónde venimos es la única manera de saber quiénes somos. La historia de España no es solo la de sus reyes ni de sus guerras, sino también la de quienes lucharon por la libertad, la ciencia, la cultura, la justicia y la igualdad; la de las Misiones Pedagógicas, la de Ramón y Cajal, la de Rosalía de Castro, Clara Campoamor, María Moliner, Miguel Hernández y Concepción Arenal, la de Lorca, Buñuel, Machado, Pardo Bazán o Pérez Galdós. En ellos, entre otros nombres, está la verdadera herencia nacional que deberíamos reivindicar.

Medio siglo después de la muerte de Franco, este país tiene motivos de sobra para recuperar su autoestima. No la altanería hueca del nacionalismo, sino el orgullo tranquilo de quienes saben de dónde vienen y adónde quieren ir. Ese, y no otro, debería ser el verdadero patriotismo español.

"DESMITIFICANDO LA EDAD MEDIA PENINSULAR. Cómo y por qué se ha construido una historia que no existió". Alejandro García Sanjuán (2026), Madrid, Los Libros de la Catarata

La crítica a la llamada leyenda negra española ha derivado con frecuencia en su reverso acrítico: una leyenda rosa igualmente falsificadora del pasado. Desde el romanticismo hasta la historiografía moderna, la idealización de la Edad Media ha alimentado mitos nacionales que presentan la historia como un relato continuo de identidad, fe y destino colectivo. En el caso español, la cronología misma del período —de 711 a 1492— revela una lectura orientada por la idea de la lucha contra el islam como origen de la nación. Esta narrativa, promovida especialmente durante el franquismo, y también en democracia, por instituciones, manuales escolares y discursos públicos, no es inocente: cumple funciones de legitimación política y genera vínculos emocionales que refuerzan la idea de un nosotros que se enfrente a ellos. Este libro ofrece herramientas para reconocer cómo el pasado se selecciona, se edulcora y se tergiversa para justificar identidades e inadmisibles exclusiones en el presente.

"HISTORIAS DE FANTASMAS". Siri Hustvedt (2026), Barcelona, Seix Barral

A punto de fallecer, Paul Auster le dijo a su esposa que quería convertirse en un fantasma, regresar para ver cómo estaba, qué escribía tras...