martes, 8 de septiembre de 2026

"DESHACER LA MALETA". Juan José Millás, El País

La fascinación que produjo el eclipse vino a demostrarnos que no somos de aquí. Ni de aquí abajo ni, probablemente, del universo. ¿A quién le fascina lo propio? Nos fascina un cuadro de Picasso porque no nos pertenece, aunque seamos sus propietarios. Nos fascina un animal salvaje porque pertenece a un orden del que hemos sido expulsados o al que jamás pertenecimos. El Sol, en cambio, creíamos que era nuestro. También la Luna. Los hemos incorporado al mobiliario doméstico como el frigorífico. Nadie llama a sus hijos para que contemplen cómo se hace de noche, aunque se trata de un acontecimiento monstruoso que la costumbre ha reducido a mera rutina.

Hasta que llega un eclipse.

Entonces salimos a la calle con esas gafas de no ver y miramos hacia arriba. Y lo que descubrimos es que esos dos objetos que creíamos nuestros no lo eran. Durante unos minutos, el cielo deja de formar parte del paisaje y recupera su condición de abismo. Algo que estaba domesticado se ha vuelto salvaje. De ahí esa mezcla de entusiasmo y desasosiego que nos proporcionó el eclipse. También ocurre con el cuerpo. No hay nada más nuestro, en apariencia, que una mano, pero basta mirarla fijamente durante medio minuto para que empiece a parecernos la de otro.

La hipnosis colectiva del pasado 12 de agosto demostró que somos extranjeros. Estamos en el universo como quien ocupa una habitación de hotel. Hemos colocado nuestras cosas en los cajones, hemos aprendido dónde está el interruptor del baño y nos quejamos del servicio. Pero no es nuestra casa. Nos morimos sin haber deshecho del todo la maleta.

domingo, 6 de septiembre de 2026

"Ni guerra entre hermanos ni conflicto inevitable: historiadores desmontan el revisionismo franquista 90 años después del golpe". Laura Prieto Gallego, Publico.es

El dictador Francisco Franco tras una celebración
religiosa haciendo el saludo fascista

El 18 de julio de 1936 se inicia la Guerra Civil y 'Público' aprovecha este aniversario para conversar con expertos sobre la persistencia de relatos falsos que perpetúan el blanqueamiento del franquismo.

El 18 de julio de 1936, el fracaso de un golpe de Estado militar contra la República da lugar a tres años de conflicto armado. En El holocausto español, el historiador Paul Preston cifra en 300.000 los muertos en ambos bandos en el campo de batalla. El autor cifra en unas 150.000 las víctimas mortales de la represión fascista durante la guerra y la inmediata posguerra. Unos 20.000 republicanos fueron ejecutados tras el final de la contienda, a los que añade muchos más fallecidos por hambre, enfermedades, trabajos forzados y las condiciones de las cárceles franquistas. Muchos continúan ocho décadas después en cunetas y fosas comunes.

Noventa años después, historiadores y académicos siguen enfrentándose a aquellos que niegan los hechos tal y como ocurrieron y tratan de difundir "realidades paralelas" que distorsionan este periodo clave en la historia de España. "Es algo habitual cuando suceden masacres y atrocidades. Siempre hay alguien que se identifica con el verdugo", afirma el profesor Xabier Irujo, especialista en historia contemporánea de Euskadi y en el estudio de genocidios.

Irujo explica que, a lo largo de su carrera, se ha encontrado con dos grandes corrientes del revisionismo: el negacionismo y el reduccionismo. Ambas han estado presentes, por ejemplo, durante sus investigaciones sobre los bombardeos del bando franquista en la Guerra Civil. "¿Qué suelen hacer? Reducen el número de muertos, ocultan información y fuentes o tergiversan los motivos por los que se produjo cierto ataque para reducir las culpas", añade.

El historiador y politólogo Alberto Reig Tapia se ha topado con éstas y otras fórmulas: desde minimizar las consecuencias de la Guerra Civil y la dictadura a criticar "a quienes no quieren pasar página y se dedican a remover el pasado". "Esta última, una tesis profundamente equivocada porque solo se puede pasar página conociendo la historia. Si no se demuestra lo que pasó, los hijos y nietos seguirán buscando la verdad", deja claro.

Reig Tapia es autor del libro Anti-Moa, en el que desmonta metódicamente las tesis vertidas por el pseudo historiador Pío Moa, uno de los principales precursores del revisionismo de la historia moderna de España. Este best seller de la ultraderecha se encargó a principios de los 2000 de recuperar algunos de los grandes mitos del franquismo: que la revolución del 34 fue el verdadero origen de la guerra, que las elecciones del 36 fueron un fraude o que el colapso de la República fue responsabilidad exclusiva de sus dirigentes democráticos.

"Básicamente lo que hace es actualizar las justificaciones clásicas del franquismo sobre el golpe de Estado del 18 de julio. Parte de autores de la dictadura como Joaquín Aguirre, Eduardo Comín, Ricardo Cierva, Francisco Pérez de Urbel… Coge las tesis de siempre y, entre comillas, las moderniza", afirma el historiador a Público. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 5 de septiembre de 2026

"MARRUECOS CONTRA LOS MARROQUÍES". Najat El Hachmi, El País

El régimen lleva décadas forzando la emigración para rebajar las tensiones de la pobreza y la tiranía

La entrada masiva de marroquíes a finales de julio en Ceuta no es una entrada masiva; es la plasmación más gráfica y fidedigna del trato que da el régimen alauí a su gente, en especial a sus menores. Estarán orgullosos los artífices de la iniciativa, quienes hayan decidido usar a la población para lo que es a todas luces un ataque a una ciudad que lleva cinco siglos siendo española. Estarán contentos por haber dado al mundo esa imagen precisa de lo que es en realidad un país que se presenta como el más moderno, que progresa económicamente, el que tiene una buena selección de fútbol (compuesta casi toda por hombres que ni nacieron ni crecieron en Marruecos y que le deben poco o nada a la bandera que llevan en la camiseta), que prohíbe las bolsas de plástico de forma radical lavando en verde el despotismo con que somete a su población.

Nada nuevo, en realidad: el mundo no lo ha visto, pero el país en el que nací lleva décadas haciendo exactamente lo que hizo este verano, vertiendo a los marroquíes en otros países como se vierte la mierda en las alcantarillas. Pregunten a cualquiera que proceda del magnífico reino dirigido por Mohamed VI y les contará lo que es no tener patria porque la que se supone tuya de nacimiento hace lo posible para que te vayas, para que huyas de su territorio. No es algo reciente: la emigración ya la usaba Hassan II como arma de represión contra sus “súbditos”. La historia de la zona de la que yo procedo, el Rif, no es más que una historia de destierros involuntarios. Nos contaron que era por razones económicas, para tener una vida mejor; pero lo que quedó enterrado por el silencio traumático de nuestros padres y abuelos es que hubo políticas deliberadas para que nos fuéramos. Éramos demasiados, queríamos comer, organizábamos manifestaciones cuando subía el precio del pan y no veíamos forma alguna de aplacar el hambre en esa tierra yerma y abandonada, arrasada por las élites extractivas —empezando por el propio Rey, que puede llevar una vida de lujo y regalar joyas carísimas a mandatarios extranjeros— mientras los niños que viven bajo su dictadura no ven otra salida que la de ir hacia el Norte, donde sus ídolos viven en paz y puede crecer la esperanza.

No, ese Marruecos que ha visto el mundo entero no es nada nuevo, es el plomo de antaño, es Betty Lachgar encarcelada por una camiseta, es Nasser Zafzafi cumpliendo 20 años a la sombra, es usar a seres humanos con finalidades geoestratégicas. Es arrojar a los niños al mar. Y que se ahoguen como se ahoga el resto del país bajo la bota dictatorial.

viernes, 4 de septiembre de 2026

"LA BONDAD DE LOS LINCHADORES". Santiago Alba Rico, Publico.es

Decenas de personas durante una manifestación en Ceuta
Entre 1880 y 1950 más de cuatro mil negros fueron linchados en los Estados sureños de los EEUU. El linchamiento no era un crimen; era un acto de justicia popular en el que participaban mujeres y niños y que se celebraba con orgullo y alborozo. Las víctimas, acusadas con o sin fundamento, eran conducidas a golpes a la plaza pública y allí quemadas o ahorcadas. Después se tomaban fotografías de los cadáveres, junto a los cuales posaban los alegres ciudadanos, y esas imágenes se convertían en tarjetas postales que a continuación se enviaban, acompañadas de algunas frases, a los parientes y amigos lejanos. Pueden encontrarse algunas de estas postales en internet. Veo, por ejemplo, el cadáver calcinado de Will Stanley colgado de un poste, más indefenso que nunca, observado por una multitud satisfecha; al pie de la foto se puede leer el texto que escribió un tal Joe, cómplice del linchamiento, para comunicarle a su padre la noticia: "Esta es la barbacoa que disfrutamos anoche. Mi retrato está a la izquierda, con una cruz encima. Tu hijo Joe". Era el 30 de julio de 1915 y diez mil personas se habían reunido en la plaza principal de Temple (Texas) para contemplar la pira. Veo en otra postal los cadáveres de Virgil Jones, Robert Jones, Thomas Jones, y Joseph Riley, ahorcados el 31 de julio de 1908 en Russellville (Kentucky); del pecho de Riley, con el cuello tronchado y vestido con un mono azul, cuelga un cartel de advertencia: warning. O veo asimismo los cuerpos semidesnudos de Elias Clayton, Elmer Jackson e Isaac McGhie, trabajadores de circo en Duluth, linchados en Minnesota el 15 de junio de 1920. Una multitud de hombres blancos, vestidos como de domingo, atildados y sonrientes, posan a su alrededor como si se tratase de una boda o de una fiesta de graduación.

Los linchadores, no lo olvidemos, eran gente buena: padres responsables, trabajadores honestos, vecinos solidarios. Eran ciudadanos ejemplares que se sentían inseguros, amenazados, en peligro, y que sólo pretendían restaurar los valores de la civilización, mancillada por la presencia invasiva de esos negros salvajes. El negro les hacía daño: visual y culturalmente constituía en sí mismo una agresión moral. Daba igual si eran realmente culpables de la violación o del robo que les atribuían. El negro era el Mal mismo. Matar al negro era purificar los pecados del mundo. Matar al negro no era un crimen; no era ni siquiera un pecado; no era ni siquiera una falta; era una restauración del bien común que todos juntos debían festejar. Era, sí, el triunfo de la comunidad a través de un acto de justicia colectivo.

Es imposible no evocar esta especie de "moralidad del mal" cuando el fascismo regresa a nuestras vidas. Pienso en los israelíes que suben a la colina de Sderot, con una cesta de picnic, para contemplar los bombardeos de Gaza, pero también en los ciudadanos de Ceuta que se reúnen para impedir la entrega de alimentos a los inmigrantes, quemar sus tiendas y golpear sus cuerpos; y que se manifiestan reclamando al gobierno el incumplimiento de la ley y la expulsión de esos "invasores" hambrientos y descalzos. No voy a negar el atolladero de una crisis al mismo tiempo geopolítica, institucional y humanitaria. Que se trate de un verdadero atolladero, facilitado por la inacción del gobierno, explica en parte la reacción de esa gente buena que, alentada por partidos y dirigentes irresponsables, considera legítimo y razonable renunciar a la ética común -la que enseñan a sus hijos en casa- y transformarse en una muta fascista. Hace unos meses escribía yo un artículo en el que, citando a Gramsci, me mostraba preocupado por esta "transformación molecular". A partir de la hipótesis de un naufragio en el mar, Gramsci describía un proceso muy frecuente: el de una persona que, en condiciones excepcionales, se convence a sí misma, de la manera más honesta y sincera, de que es no sólo necesario sino legítimo y moral el canibalismo. Ahora bien, es en las situaciones excepcionales donde la ética universal realmente cuenta; donde la moral, en ausencia de orientación política, decide la diferencia entre el bien y el mal o, si se prefiere, entre los Evangelios y Mein Kampf.

Conviene ser humilde -y estar alerta- para no caer blandamente del lado malo; a cualquiera le puede pasar. Los humanos somos seres sociables, no morales. Nos gusta estar juntos y juntos hacemos el bien y juntos hacemos el mal y quizás por la misma razón: por el placer de la sociabilidad. Por eso la política es tan importante: porque trata de gestionar la sociabilidad humana en favor del bien común. Lo que llamamos "república" es justamente eso: la autogestión reglada de la sociabilidad humana, al margen de la moral, en defensa de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Pero el solo hecho de "estar juntos" no garantiza nada; de ese placer participan por igual las mafias, las sectas, las verbenas, las escuadras fascistas y las asambleas constituyentes. Frente al neoliberalismo, se impone, sí, un regreso a la idea de comunidad; pero frente a la comunidad negativa, cuando la política retrocede, ya sólo cabe confiar en la supervivencia disruptiva de la moral. Como dice el adagio castizo, a veces es mejor estar solos que mal acompañados. La moral es siempre una decisión individual, imprevisible y en general inútil. Cuando los seres sociables se unen para hacer el mal no basta la ética de la responsabilidad ni un razonable programa político que casi nadie escucha; pasamos a depender del ejercicio individual de la ética de principios, en la que ningún otro puede "representarnos" ni reemplazarnos. Hay situaciones que demandan, en efecto, un gesto moral individual. En El joven Lincoln, la película de 1939 de John Ford, el futuro presidente de los EEUU, bisoño abogado de pueblo, interpela por su nombre a un vecino que se ha sumado a una turba linchadora: "a veces hacemos todos juntos cosas que nos avergonzaría hacer a solas", le dice. El joven Lincoln consigue que un sujeto individual, sumergido en una comunidad negativa, se moralice de nuevo, de manera que su vergüenza privada arrastra a todos los demás al desistimiento de su acción criminal.

Tras capear muchos temporales, es muy probable que la crisis de Ceuta dé la puntilla a las esperanzas de renovación de un gobierno de coalición en las próximas elecciones. Políticamente, Ceuta, la periferia ambigua de una España ya muy zarandeada, marca el umbral de la victoria del PP y de Vox, la vanguardia consciente de la más negra antipolítica. Pero desde Ceuta entra también en España, de manera definitiva, el fascismo como normalización de "la moralidad del mal": como comunidad negativa normalizada, como honesta defensa del linchamiento.

Decía Bertold Brecht en su Galileo: "triste el país que necesita héroes". Nada más triste y peligroso que ese otro mundo posible, regüeldo de la historia de España, en el que la política, derrotada por el fascismo, tiene que ser sustituida por la moral. En el que hace falta, ay, una especial moralidad para no linchar espontáneamente a un negro.

jueves, 3 de septiembre de 2026

"'HADHIA', LA FRONTERA INVISIBLE A LA QUE SE ENFRENTAN LOS MIGRANTES EXPULSADOS DE EUROPA CUANDO VUELVEN A MARRUECOS". Sonia Moreno, Publico.es

El fracaso del proyecto migratorio vivido en el exterior lleva a la vergüenza, al rechazo familiar y al estigma al retornar a Marruecos.

Una media de unos 10.000 ciudadanos marroquíes migrantes retorna al país magrebí cada año, expulsados de Europa o forzados a volver por falta de regularización.

Sin embargo, el regreso no termina necesariamente cuando el migrante cruza de nuevo la frontera. Más bien es entonces cuando comienza otro proceso: la rendición de cuentas ante su propia comunidad. Una vez en Marruecos, sufren la mirada social de su entorno que observa, evalúa y juzga al migrante que vuelve sin dinero ni estatus.

Así, se enfrentan a una difícil reintegración no solo en el ámbito económico o administrativo, sino también en el social. La Organización Internacional de Migraciones (OIM) señala que el estigma asociado al estatus del migrante retornado y la exclusión social constituyen obstáculos importantes para la reintegración.

Les resulta difícil tener que situarse de nuevo dentro de un entramado de familia, vecinos y comunidad, y explicar qué ha ocurrido durante su ausencia y por qué han vuelto.

En su trabajo de campo en Marruecos, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), un foro internacional que ayuda a los gobiernos a coordinar políticas para mejorar el bienestar económico y social de las personas, documenta que los retornados atraviesan una fase en la que intentan justificar su vuelta ante familiares y vecinos y comprender cómo es percibido por ellos.

Esta organización expone que en determinados contextos de migración las familias pueden haber contribuido a financiar la salida y esperar posteriormente que el migrante envíe remesas y regrese con capital y bienes de consumo.

Situación muy diferente en la mayoría de los casos a la que presentan los retornados forzosos. Algunos de ellos, a pesar de recibir apoyo económico y de permanecer en sus casas familiares, manifiestan no sentirse comprendidos ni acogidos por su propia familia y terminan llevando una vida relativamente aislada. Mientras otro migrantes rechazados evitan regresar precisamente por el escrutinio familiar y los sentimientos de culpa y vergüenza.

Vergüenza de retornar sin éxito

En ese contexto surge el término hadhia. Aunque significa “regalo” en árabe marroquí, aparece constantemente al hablar con las personas migrantes tras su retorno. Porque figurativamente engloba las expectativas sobre lo que un buen migrante debe hacer: enviar dinero, ayudar a la familia, llevar regalos, mejorar la casa, financiar estudios, contribuir a celebraciones, etcétera.

El regalo es la prueba material de que la migración ha funcionado. Si el joven vuelve de Europa con ropa, dinero, teléfono, perfumes o cualquier otro objeto asociado a Occidente, está llevando consigo una narración de éxito. Si vuelve con las manos vacías, la ausencia del regalo también cuenta una historia.

Por ejemplo, Bader Oumina (27 años) llegó a Canarias en una patera desde la costa atlántica marroquí. Estuvo en una ONG, después cobijado en una iglesia de Lanzarote y después de cinco años, cuando aprendió a hablar español, encontró un trabajo y normalizó su situación en España, regresó de vacaciones a su pueblo natal, Beni Melal, donde fue recibido como un héroe. En una entrevista en Arrecife explicaba que todo el pueblo se volcó en su llegada y que le organizaron una fiesta que parecía una boda. Toda la comunidad se sentía orgulloso de él, y fue un regalo para sus padres, que le habían costeado el proyecto migratorio.

Al contrario, cuando alguien es devuelto desde Europa contra su voluntad o porque no encuentra un bienestar, esa lógica se rompe de golpe: vuelve sin haber completado el proyecto migratorio y, en muchos casos, sin los recursos que se esperaba que generara. Ahí aparece el sentimiento de vergüenza.
Vacío institucional en Marruecos

Los que no tienen la suerte de Bader se enfrentan a una vulnerabilidad multidimensional agravada por el vacío institucional y falta de políticas públicas. Son ciudadanos marroquíes por derecho, pero ninguna institución pública los reconoce como una categoría específica.

Ni la principal institución estatal de acción y asistencia social, la Ayuda Mutua Nacional (Entraide Nationale) ni la Agencia Nacional para la Promoción del Empleo y las Competencias (ANAPEC) disponen de las herramientas necesarias para identificar o apoyar a estos migrantes. Incluso las estadísticas no reflejan la migración de retorno.

El Comité Europeo para la Formación y la Agricultura (CEFA), que desarrolla programas enfocados en la integración socio-cultural, la inserción laboral y el apoyo a personas migrantes en Marruecos, se centra en la problemática de la migración de retorno con proyectos específicos porque regresar a casa no significa volver a la vida de antes.

“Muchos de los que apoyamos nos suplican: Por favor, no le digan a mi familia que me han deportado. Díganles que solo estoy de vacaciones”, compartió Jamal Boutbagha, animador territorial de CEFA, en un taller en Rabat organizado este año con la Red Marroquí de Periodistas de Migración (RMJM).

Esta petición de discreción refleja la intensidad de la presión ejercida por sus familias. La inversión familiar realizada para financiar su partida, entre préstamos, hipotecas y movilización de ahorros colectivos, transforma su regreso en una traición a los ojos de sus seres queridos, explica esta organización italiana.

Fracaso y remigración

De esta manera, quienes partieron “para triunfar” y regresan sin dinero, sin estatus, a veces sin documento nacional de identidad, se enfrentan a un veredicto colectivo inequívoco: el fracaso.

Son impactantes las conclusiones del periodista y escritor Hicham Houdaifa, miembro de RMJM, tras pasar cuatro años trabajando en un proyecto de campo en Hay Sbata (Casablanca). Describe una realidad de hacinamiento y falta de privacidad, donde el regreso del migrante no provoca una oleada de solidaridad, sino más bien un reflejo de rechazo.

En un sistema superpoblado, donde varios familiares comparten la casa heredada, el migrante que regresa no es percibido como un miembro más, sino como un intruso. “Imaginen a un hombre de treinta o cuarenta años que ni siquiera tiene su propio espacio privado... ni siquiera experimenta la privacidad”, describieron desde CEFA en el terreno.

Atrapados en un círculo vicioso, sin ingresos para alquilar una vivienda en otro lugar, sin documento de identidad para obtener un permiso de residencia, sin permiso de residencia para renovar su documento de identidad, el migrante que regresa se hunde cada vez más en lo que Jamal Boutbagha describió como un “círculo vicioso administrativo y social” del que algunos solo escapan recurriendo a la calle.

Igualmente, compartió el caso de un profesor universitario que llevó a sus hijos a España con visados de turista para “abandonarlos” en un centro de acogida, pensando que les estaba dando un futuro, antes de volver solo a Marruecos. “A su regreso, estas experiencias se convierten en problemas duraderos: depresión, insomnio, pérdida de confianza y conductas adictivas”, lamentó Jamal Boutbagha.

Algunos migrantes recibieron atención psiquiátrica en el país de acogida, con medicación regular. “En Europa, recibía tratamiento psiquiátrico. En Marruecos, no tiene ni los medios para consultar a un médico ni acceso a la medicación que tomaba allí, porque simplemente no está disponible aquí”, explicó Boutbagha.

Por supuesto, las mujeres están expuestas a vulnerabilidades específicas. Su viaje migratorio está marcado por un mayor riesgo de violencia física y sexual. A su regreso, se enfrentan a un doble obstáculo: la sociedad marroquí es más reacia al regreso de una mujer que al de un hombre, y las familias tienden a confinar a la mujer que regresa al ámbito doméstico.

“Aceptamos el regreso de un hombre, pero no el de una mujer. Y si la aceptamos, la confinamos a casa y le impedimos salir”, confesó Boutbagha. Además, cuando una mujer regresa con un hijo, las puertas a la reintegración se cierran aún más.

Sanidad, lazos familiares y anonimato

No obstante, los migrantes que llegan a Marruecos en muchas ocasiones vuelven a migrar. Jamal Boutbagha identifica tres razones que desafían la idea preconcebida de una motivación exclusivamente económica.

La primera es el acceso a la atención médica. La percepción de una brecha en la calidad de los servicios sanitarios es un factor en el apego emocional a Europa que las políticas de retorno no tienen en cuenta. “Un migrante me dijo: Allá, incluso sin papeles, voy al hospital, recibo tratamiento y me dan la medicación gratis. Aquí, si no tengo dinero, me muero en la puerta”, narró Boutbagha en el taller de Rabat.

El segundo factor es la propia hadhia. En Europa, incluso en situaciones precarias, estas personas disfrutan de un anonimato liberador. En Marruecos, se sienten vigiladas por sus vecinos, familiares y comunidad. La posibilidad de vivir sin ser juzgadas representa una forma de libertad a la que se niegan a renunciar.

El tercer factor son los lazos familiares forjados en Europa (hijos y cónyuges que se quedaron atrás), que crean un ancla emocional que ningún billete de avión puede romper.

martes, 1 de septiembre de 2026

"EL REGRESO DE LA VIOLENCIA VISIBLE". Azahara Palomeque, El País

Fragmento del vídeo publicado por Itamar Ben-Gvir
El aviso llega meses después de la aprobación de una ley que permite este tipo de castigo y afectará previsiblemente a los palestinos, como han denunciado varias organizaciones, pero lo espeluznante no es solo la nueva legislación sino el régimen de visibilidad que transmite

Un día del siglo XVI, la Plaza Mayor de Valladolid se había transformado “en un enorme circo de madera, con más de dos mil asientos en las gradas”; la ciudad entera, en un polvorín de gentío alborotado, entre autóctonos, forasteros llegados de toda Castilla y extranjeros; todos ellos “incapaces de reprimir su júbilo ante el gran festejo que se avecinaba”. Así describe Miguel Delibes el ambiente celebratorio en torno al auto de fe que tiene lugar en la novela El hereje; con presencia de las autoridades y hasta del rey Felipe II, el municipio se había colocado sus mejores galas para ver a los condenados por la Inquisición, primero en el escenario donde se leían sus sentencias de muerte, y luego en procesión hacia el quemadero, donde podrían también contemplar cómo ardían. El sadismo de la población el lector lo infiere con ojos de hoy, pero la prosa del maestro es comedida, ajustada a un sentir extático de época que juzgaba la crueldad más extrema como una fiesta. El mundo que quizá regrese –me digo–, o que ya está aquí.

He recurrido a las páginas de El hereje buscando respuestas al regocijo público que provoca el dolor ajeno, la humillación y, finalmente, el fin de unas vidas inocentes; y lo he hecho convencida de que la España de 1559 tal vez aporte pistas para una interpretación del clima moral contemporáneo. Hace unos días, el ministro israelí Ben Gvir se grabó en vídeo anunciando la construcción de un patíbulo o, como él mismo lo llamó, “instalación de ahorcamiento” para condenados a la pena capital, en teoría, por “terrorismo”. El aviso llega meses después de la aprobación de una ley que permite este tipo de castigo y afectará previsiblemente a los palestinos, como han denunciado varias organizaciones, pero lo espeluznante no es solo la nueva legislación sino el régimen de visibilidad que transmite.

El cadalso, cuyas obras se intuyen en las imágenes, contará con “cabinas de observación”, y se expedirán “permisos de visitantes”. A falta de más detalles, una puede presentir el carácter ejemplarizante que se pretende imprimir a las ejecuciones, muy en la línea con otros actos de violencia al alcance de la mirada de todos: los repartos de comida en Gaza, o el video futurista en que la zona aparece convertida en resort de lujo, difundido por Trump, apuntan a un tratamiento del sufrimiento más cercano a los gloriosos días del Santo Oficio que al paradigma de los Derechos Humanos, tan próximo en el tiempo y lejano en su aplicación.

Si uno de los rasgos de la modernidad europea había consistido, como argumentaba Michel Foucault, en ocultar el castigo y sustituirlo, poco a poco, por mecanismos disciplinarios menos cruentos, el regreso de la violencia a la plaza pública nos habla de una mudanza de valores que ya no encaja con nuestra secuencia histórica. Pensemos en la Alemania nazi, donde la existencia de los campos de concentración era sabida por la población, pero sin alarde, mientras que los desplazamientos y, especialmente, los asesinatos, se llevaban a cabo con una mecánica discreción: bajo los filmes propagandísticos donde se mostraba a familias felices desempeñando distintas labores en sus guetos se escondía la maquinaria sangrienta del horror, invisible para las masas.

En aquel entonces, se intentaron destruir las pruebas gráficas de la matanza; ahora, más bien, circula por el universo digital una avalancha de fotos, reels y otros materiales que, aunque puedan desatar rechazo en algunas personas, contribuyen a un deleite colectivo basado en el ver al Otro retorcerse en su padecimiento: el homicidio en directo de George Floyd, los disparos del ICE, etc. Como si todo lo que nos escandalizaba hace unos años hubiese dejado de hacerlo; ahora, me atrevería a decir, pocos se sorprenderían con descubrimientos como las imágenes de los primeros presos de Guantánamo: encapuchados y vestidos de naranja, lo que supuso una aberración pública hoy constituiría, posiblemente, un motivo para el alborozo de las mayorías.

¿Qué ha ocurrido para que se haya producido esta degradación moral, tan acelerada y robusta? De la compasión al goce sádico, de la contención a la obscenidad; la pérdida de memoria colectiva también ha sido crucial a la hora de fomentar nuevas nociones del enemigo en etiquetas tan difusas como “terrorismo”, pretendidas “invasiones” –aunque se trate de niños migrantes–, o incluso el infame grito de “Pedro Sánchez, hijo de puta” que suena ocasionalmente en discotecas y verbenas. Vamos perdiendo grados de humanidad cada vez que no se responde a una agresión con la defensa del atacado o se responde añadiendo más leña al fuego, lo cual malogra no solo el ordenamiento jurídico y el resto del andamiaje de normas y comportamientos decorosos no escritos, sino también la convivencia. La reacción social que ha suscitado la presencia de inmigrantes en la ciudad de Ceuta podría considerarse parte del mismo fenómeno: el odio ha ido creciendo conforme la crisis humanitaria se agravaba, y ni siquiera somos capaces de ponernos de acuerdo en torno a la seguridad de 500 niñas extranjeras, las víctimas más vulnerables, susceptibles de sufrir violencia de género en sus innumerables manifestaciones.

Tal vez exista una relación entre la poca importancia que va teniendo la vida humana y el hecho de que lo humano cada vez se parezca menos a la naturaleza primigenia que le atribuíamos. Santiago Alba Rico analiza la desaparición de los besos como síntoma de una sociedad alienada en un narcisismo que actúa como frontera con el prójimo; y yo añadiría que la carencia de afectos y el mal aclamado, la saña frente al débil, se retroalimentan hasta situarnos en la posición de espectadores del cadalso. Enfebrecidos frente a las llamas, iracundos, experimentando un extraño placer ante la carne calcinada del vecino, aquellos personajes de novela exudan tanta realidad que asusta.

lunes, 31 de agosto de 2026

""Me quedé embarazada con 15 años y me casaron con mi maltratador": la dimensión feminista de una crisis que arrastró a centenares de jóvenes a Ceuta". Noor Ammar Lamarty, Publico.es

Menores en un campamento en Ceuta
El Gobierno calcula que actualmente hay unas 700 niñas acogidas en la ciudad autónoma, aunque la mayoría siguen sin tener acceso a condiciones salubres ni a una atención psicológica adecuada.

El 30 de julio de 2026, hace un mes exactamente, Ceuta amaneció recibiendo a miles de personas que cruzaban desde Marruecos por el Tarajal. El Ministerio del Interior terminaría cifrando en unas 72.000 las entradas de aquellos dos días, en una ciudad desbordada por una llegada que volvió a activar el vocabulario habitual de la frontera, y esta vez se añadió la palabra "invasión". A 29 de agosto de 2026, la cifra oficial más reciente del Ministerio del Interior es que quedan alrededor de 5.000 personas migrantes en Ceuta de las aproximadamente 72.000 que entraron los días 30 y 31 de julio. De esas 5.000, unas 1.500 son menores. Según la ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, entre los 1.500 menores actualmente acogidos hay unas 700 niñas. Es decir, las niñas representan aproximadamente el 47% de los menores. La mayoría de ellas siguen sin tener acceso a un servicio en condiciones salubres, lo que aumenta el riesgo de que su salud empeore.

Pero Ceuta no es únicamente el lugar donde una frontera se desborda de vez en cuando. Es una ciudad hecha, en buena medida, por la propia frontera. Durante el protectorado español en Marruecos, (que es el lugar de procedencia de la mayoría de las niñas y mujeres que hay en Ceuta) entre 1912 y 1956, fue puerto, retaguardia militar y nodo de circulación hacia el norte marroquí; después de la independencia de Marruecos, la separación política no eliminó una cultura fronteriza construida durante generaciones entre Tetuán, Castillejos y Ceuta, donde se daban trabajo, comercio, cuidados, familias y vidas que atravesaban diariamente una línea que para unos era rutina y para otros, cada vez más, obstáculo.

Esa frontera guarda además su propia memoria de crisis. En octubre de 1995, centenares de migrantes subsaharianos permanecían bloqueados en Ceuta, viviendo en las Murallas y sin posibilidad de continuar hacia la Península. La salida autorizada de un grupo de kurdos provocó protestas entre quienes se sintieron discriminados y, el día 11, la situación terminó en graves disturbios, más de doscientas detenciones y un policía herido de bala por un disparo cuya autoría nunca llegó a determinarse; de aquel episodio surgiría después el campamento de Calamocarro y una nueva forma institucional de gestionar la inmigración en la ciudad. Treinta y un años después, Ceuta dispone de vallas, cámaras, centros de acogida, acuerdos bilaterales y financiación europea, pero conserva una vieja paradoja: puede perfeccionar indefinidamente la administración de la frontera sin resolver qué hacer con las personas que quedan atrapadas en ella. Esta vez, entre esos cuerpos había también miles de mujeres y niñas. Y esa clave es fundamental porque a diferencia de otras veces la mayoría son de origen marroquí y están en circunstancias de vulnerabilidad máximas.

La violencia

Me siento en el campamento de Sidi Embarek, gestionado por Karima y su hijo Abdelah, vecinos de Ceuta que se ofrecieron a ayudar a las mujeres y niñas que pudiera albergar la carpa. Son alrededor de 380. Casi todas duermen sobre alfombras o mantas apiladas; varias organizaciones llevan comida, agua y los recursos más básicos. Me siento a escuchar y enseguida comprendo que no existe escucha suficiente para acoger la vivencia de tantos cuerpos. Me colocan una pequeña mesa de pupitre en uno de los extremos de la carpa y empiezan a acercarse algunas menores.

Sumaya tiene 15 años, ojos grandes y el pelo largo y castaño. Se sienta frente a mí y responde con timidez a las preguntas más básicas. Karima lleva un registro de las personas alojadas en el campamento y yo voy completando algunos datos. Le pregunto si ha podido hablar con su familia. Dice que sí, que ha hablado con su madre, y empieza a llorar: "Cuando mi madre sale a trabajar, él me pega. A veces me pega tanto que me desmayo. Me ha pegado tanto que puedo estar aquí un año más y no volver. Me ha roto los dientes varias veces". Entonces se quita la pieza dental que sustituye parte de sus dientes delanteros y me la enseña con vergüenza. "Mi madre no se va a divorciar de él. Tiene miedo de que acabemos en la calle. De que la eche. De que su familia no la quiera. De que el casero diga que ya no podemos vivir allí", explica.

La abrazo. La abrazo porque la profesión se me atraganta. Porque reconozco que son sobre todo las niñas de mi país. Al cabo de un rato me dice que es la primera vez que le cuenta a una adulta lo que le ha pasado, que se siente aliviada. Le digo que los dientes pueden arreglarse, que sigue siendo preciosa. Pero una niña de 15 años no debería tener que abrir una herida así y quedarse después sola frente a ella. Contar no siempre repara. Una menor sometida a violencia sostenida necesita atención psicológica, protección y acompañamiento social especializado; necesita un lugar donde reposar la culpa, la vergüenza y el miedo que quedan después. Necesita algo que en el campamento de Sidi Embarek no existe, porque no es posible que exista sin apoyo gubernamental, sin un despliegue de expertas. Sin un triaje que permita saber en qué circunstancias se encuentran estas menores y jóvenes. Pero lo que sí sabemos es que según el Haut-Commissariat au Plan, el 70,7% de las adolescentes marroquíes de entre 15 y 19 años sufrió alguna forma de violencia en los doce meses anteriores a su gran encuesta nacional de 2019; casi seis de cada diez la sufrieron dentro del espacio doméstico.

Hay trabajadoras humanitarias sosteniendo necesidades inmensas con recursos mínimos. Hay personas agotadas, pero no profesionales especializados en violencia contra adolescentes y jóvenes, no es una forma de violencia explícita contra la infancia, el factor de que son mujeres es imprescindible para comprender lo que les sucede. El machismo, el dispositivo de control sexual, es clave para explicar quiénes son estas niñas. Sumaya termina de hablar, se levanta de la silla y la siguiente niña se sienta frente a m

No existen los matrimonios de menores, es la legalización de la violencia sexual contra las menores

No hay matrimonios de menores que no constituyan violencia sexual. "Cuando me dijeron que me iban a casar en realidad me dijeron que me iban a violar. El día que se abrió la frontera salí corriendo de mi casa. Corrí horas, corrí tanto que no fui ni consciente de cómo llegué al otro lado de la frontera. No sé cómo no me ahogaron tantas personas agarradas a mi cuerpo. Salí escapando del tirón de pelos de mi hermano que ahora está en la cárcel", explica, y muerde el bocadillo que se está comiendo. Ella, Salma (nombre ficticio) y su amiga desde hace un mes, Khadija, estaban en la cafetería a la que entré a comprar algo de comer, en una mesa en un sitio repleto de hombres. Usan el baño de la cafetería para hacer sus necesidades, pero las obligan a consumir algo. Me senté con ellas para comer y entonces Salma me dijo que me contaría la verdad, y que prefiere volver en un ataúd a Marruecos antes que volver viva. "Mi hermano es politoxicómano, cuando sale se droga y cuando vuelve a casa me pega. A veces estoy dormida y me despierto en mitad de las palizas. Ya no sé de qué estoy hecha porque nada me duele", me dice en tono jocoso. Tiene una mirada dura y su cuerpo de 19 años parece el de una adolescente de 16 años. Se levanta la camiseta de la selección marroquí de fútbol que lleva y me enseña las cicatrices.

"Esta fue de cuando les dije que no me iba a casar. Me enteré de que mi padre me había vendido. El hombre con el que me querían casar le había dado a mi padre una importante cantidad de dinero. Venía a mi habitación en mitad de la noche y me daba el teléfono para hablar con este hombre de 38 años. Me decía: Respóndele puta". Me dice que siempre lo hizo lo mejor que pudo para que no pegasen también a su madre, pero que el régimen de terror y torturas en la casa pasaba por impedirle hasta cerrar la puerta de la habitación. "Arrancaron la cerradura de mi habitación, y cada pocas noches eran violencias distintas. Un mes antes de venir a Ceuta, mi hermano entró drogado y empezó a pegarme navajazos", dice mientras me enseña las cicatrices.

Aquella noche Salma se desangró, y no fue hasta el día siguiente cuando la llevaron al médico y se quedaron ambos padres con ella cerca del médico para asegurarse de que no contase cómo le había pasado aquello. Se inventaron una historia, nadie preguntó y se la llevaron a casa.

"Pero no me casé. Me llevé todas las palizas posibles, pero no me casé. Cuando el matrimonio ya no era una opción, mi padre me dijo que saliese y fuese a buscar dinero, que le daba igual la forma. Quería que me prostituyese. No quiero casarme nunca de hecho. Quiero estudiar, necesito estudiar. Es lo único que quiero hacer en España. Trabajaré y estudiaré y ayudaré a mi madre a irse de esa casa", añade.

Sukaina sin embargo no pudo evitarlo cuando se quedó embarazada con 15 años de un chico de su barrio: "Después de dar a luz me obligaron a casarme con él. No sé cómo lo hicieron, pero la Policía me convocó a tribunales y nos casamos." Es una menor a cargo de un menor de dos años.

En Marruecos, aunque la edad legal para casarse es de 18 años, el Código de Familia mantiene excepciones judiciales que permiten el matrimonio de menores: en 2024 se presentaron más de 16.000 solicitudes y alrededor de 10.000 fueron autorizadas, casi todas relativas a niñas. El matrimonio infantil funciona así no solo como consecuencia de la pobreza, sino también como un dispositivo de control de la sexualidad femenina porque convierte en un asunto matrimonial embarazos, relaciones o situaciones de vulnerabilidad que deberían activar protección social, atención sanitaria y acompañamiento. El matrimonio de una menor es el reconocimiento de la legitimidad de la violencia sexual porque la mayoría de las menores se casan con hombres adultos que se convierten en quienes están a su cargo. Algunas de las jóvenes y menores que han llegado a Ceuta necesitan pañales y leche para sus hijos, pero también protección para ellas mismas, atención psicológica, asesoramiento jurídico y un espacio donde poder explicar si aquel matrimonio fue elegido, impuesto o simplemente la única salida que los adultos dejaron disponible. Llamarlas únicamente "madres migrantes" borra lo esencial, y es que se hicieron madres cuando eran aún niñas.

Explotación laboral y acoso sexual

Salwa y Naima dejaron los estudios con 16 años y empezaron a trabajar en talleres de costura. Ninguna tenía contrato ni seguridad social. "El mes que mejor cobramos llegamos a 2.500 dírhams", cuenta una de ellas. Las jornadas tampoco tenían un final definido: "Hay noches que te dejan hasta las dos, las tres o las cuatro de la mañana porque hay un cupo de producción que se tiene que alcanzar. Da igual que estés enferma. Da igual todo". Salir de la fábrica no significaba estar a salvo. A esas horas dependían de taxis colectivos que a veces las dejaban en mitad de la carretera. "Volvíamos rezando", dicen, primero riéndose y después ya no. Una noche tuvieron que caminar durante horas hasta que otra mujer las recogió. Tres horas después estaban de nuevo en pie para regresar al trabajo.

La precariedad económica se mezclaba con otra forma de violencia. Varias describen acercamientos, tocamientos y acoso por parte de encargados y superiores. "Tienes que protegerte haciéndote la loca. Sabes perfectamente lo que está haciendo, pero haces como que no", explica Naima. Protestar podía significar perder el empleo. Suhayla lo hizo cuando un superior la agarró del culo: "Le pegué un empujón. Después se aseguró de que nunca más pudiera estar tranquila. Quería que me fuera yo y fue lo que hice". Le pregunto si encontró otro trabajo. Se encoge de hombros, como si la respuesta fuese evidente, que cuando el empleo es miserable, pero es lo único que tienes, incluso defender el propio cuerpo es un lujo.

Emergencia humanitaria feminista

Hablar de una emergencia humanitaria feminista en Ceuta no es añadir la palabra género a una crisis migratoria, es reconocer que una parte significativa de las violencias que arrastran estas niñas y jóvenes no puede comprenderse únicamente desde la pobreza, la migración o la minoría de edad. Son violencias específicamente atravesadas por el hecho de ser mujeres: abandono escolar para asumir responsabilidades familiares, matrimonios forzosos de menores, embarazos adolescentes, dependencia económica, violencia sexual, violencia intrafamiliar y una ausencia sostenida de recursos públicos capaces de ofrecer alternativas reales. Marruecos sigue sin proteger a la infancia y a las mujeres, pero la opresión añadida de las niñas lleva a una realidad cruel porque las niñas están sometidas a un dispositivo de control sexual que pasa a través de la violencia. La fractura del país que organiza mundiales y progresa en términos económicos es la insuficiencia de políticas sociales que permitan a una adolescente salir de una casa violenta, a una madre divorciarse sin caer en la precariedad o a una menor embarazada recibir protección sin que el matrimonio aparezca como una solución.

Los derechos sociales de las mujeres y las adolescentes no están en las conversaciones políticas centrales del país y mucho menos sus derechos sexuales y reproductivos porque no solo oprime la legislación carente, sino también la sociedad que repudia, maltrata y estigmatiza, y el entorno familiar que a menudo representa una cárcel para la emancipación. Cuando no existen refugios suficientes, atención psicológica, autonomía económica ni garantías efectivas sobre los derechos sexuales y reproductivos, la violencia ya no es sólo lo que ejerce un padre, un marido o un empleado, también está en la ausencia de un sistema de atención al que poder acudir.

Muchas de las chicas que encuentro en Ceuta han cruzado precisamente porque saben que aquello que les ocurre no debería ocurrirles. Esa conciencia importa. No son cuerpos pasivos desplazados por una crisis que no comprenden; han tomado una decisión, a menudo extrema, para buscar una salida. España aparece en sus relatos como un lugar donde imaginan que una mujer puede denunciar, trabajar, estudiar, divorciarse, vivir sola o pedir ayuda sin quedar necesariamente expulsada de su comunidad. No idealizan España, consideran que en España son personas de pleno derecho. No significa que España sea ese refugio perfecto ni que aquí las mujeres estén libres de violencia. Significa que ellas atribuyen a este lado de la frontera una promesa institucional que tiene que ver con la posibilidad de que exista alguien a quien recurrir. Su migración contiene, por tanto, una forma de agencia política. Están diciendo que no aceptan como inevitable la violencia que han conocido, y que la opresión por nacer mujeres en un país que no las mira es algo que pueden cambiar.

Y casi todas las historias terminan regresando a sus madres. Madres maltratadas que no pueden abandonar al marido; madres divorciadas que trabajan sin conseguir sostener solas a todos sus hijos; madres que temen perder la vivienda, el apoyo familiar o la protección social si se separan; mujeres cuya falta de autonomía acaba reorganizando también la vida de sus hijas. Las adolescentes dejan los estudios para trabajar, sostienen a sus hermanos, aceptan empleos abusivos o buscan en la migración una posibilidad que sus madres nunca tuvieron. La violencia contra una generación se convierte así en la precariedad de la siguiente. España está recibiendo en Ceuta a menores y mujeres jóvenes que llegan desde una crisis profunda de derechos de las mujeres y que, precisamente porque han sido capaces de identificar la injusticia de aquello que viven, están pidiendo otra cosa. Si la respuesta humanitaria no incorpora protección de menores, salud sexual y reproductiva, atención psicológica, recursos residenciales seguros, acompañamiento jurídico y alternativas reales de autonomía, la violencia de las mafias, de la exposición a la prostitución y la trata irá en aumento.

La organización Mujeres en Zona de Conflicto (MZC) reclama que el Gobierno de España y la ciudad autónoma de Ceuta asuman de forma efectiva la coordinación de la respuesta humanitaria y dejen de descargar sobre asociaciones vecinales, ciudadanía y ONG la cobertura de necesidades básicas como agua, alimentación, salud y alojamiento. La entidad exige una atención descentralizada y con enfoque de género, especialmente para niñas, adolescentes, embarazadas y mujeres en situación de extrema vulnerabilidad, con recursos de salud sexual y reproductiva, mediación intercultural, protección de menores y espacios seguros. También alerta del riesgo de trata y explotación sexual o laboral en un contexto de saturación y desprotección, y reclama mecanismos de detección precoz y acompañamiento especializado.

"Pedimos a vigilancia, a Policía, a los ministerios protección militar o policial alrededor de los campamentos donde están las mujeres. No hay espacios seguros y dignos, porque eso no puede suceder solo con gestión vecinal", declara Ana Martín, coordinadora del Área de Trata y Acción Social de Mujeres en Zona de Conflicto. “Hemos reclamado a las distintas instituciones públicas vigilancia y seguridad para los espacios habilitados por las asociaciones vecinales para mujeres y niñas. La protección no puede recaer sobre las asociaciones vecinales. Es necesario que la administración habilite espacios dignos y seguros. Mientras tanto, seguirán estando expuestas a la captación y explotación sexual y laboral.”

"DESHACER LA MALETA". Juan José Millás, El País

La fascinación que produjo el eclipse vino a demostrarnos que no somos de aquí. Ni de aquí abajo ni, probablemente, del universo. ¿A quién ...