viernes, 30 de octubre de 2026

"LA JUSTICIA CAPTURADA". Baltasar Garzón, infoLibre.es

Nemesis (The Great Fortune) de Alberto Durero

Garzón repasa en este texto las carencias estructurales de la justicia, denuncia su instrumentalización política y mediática y reclama una regulación de los colaboradores con la justicia

Cartas secretas

Hay una imagen que no me abandona. La del ministro Fernando de los Ríos, en septiembre de 1931, anunciando la retirada del Gran Collar de la Justicia para reemplazarlo por una función viva, moderna, al servicio de los ciudadanos. Noventa y cinco años después, ese collar sigue puesto. No en el cuello de nadie en concreto, sino en la cultura, en los usos, en la distancia infranqueable entre quienes imparten justicia y los que la necesitan.

Lo recordaban el fiscal Carlos Jiménez Villarejo y el juez Antonio Doñate en su libro Jueces, pero parciales: la ritualidad elevada al máximo, el lenguaje críptico, la toga como escudo frente a la realidad, incluso para protegerse de la sociedad. Es la conceptuación de la justicia como algo exclusivo y excluyente salvo para una élite ideológica que ampara a quienes beneficia. La justicia ha adoptado formas nuevas –tecnología, eficiencia procesal, especialización– sin transformar su médula. Esta médula tiene nombre: el poder de nombrar, de ascender, de decidir quién ocupa qué sillón. Mientras ese poder siga siendo el verdadero motor del sistema, la independencia será una palabra, pero no una realidad que proteja a la ciudadanía.

Escribo esto desde la experiencia acumulada en décadas como juez de instrucción en la Audiencia Nacional, en la investigación del terrorismo, el narcotráfico, el blanqueo de dinero, la corrupción sistémica. Y, también, desde la experiencia de haber sido objetivo de ese mismo sistema cuando incomodé a quienes no debía incomodar. Sé de lo que hablo. Precisamente por ello no me quedo en el diagnóstico: busco soluciones.

Si tuviera que buscar un origen al lawfare en nuestras instituciones judiciales, lo ubicaría en la interacción entre la política y la judicatura que comienza desde el momento en que se decide quién gobierna a los jueces. El Consejo General del Poder Judicial lleva décadas siendo el tablero en el que los grandes partidos mueven sus fichas. El episodio del WhatsApp del portavoz del PP en 2018 no fue una anécdota: fue la expresión sin filtros del funcionamiento del sistema. El “control” de la Sala Segunda del Tribunal Supremo “desde detrás”, que las votaciones fueran “cercanas al 21 a 0”, revela que el objetivo no era el mejor jurista sino el más manejable. Eso no es independencia judicial. Es colonización institucional.

El juez emérito Perfecto Andrés Ibáñez lo ha formulado con precisión: cuando la política de nombramientos no responde a los valores constitucionales, promueve auténticos contravalores que se filtran hacia abajo, generación tras generación, en forma de juristas que saben que su carrera depende no de la calidad de sus resoluciones sino de la fidelidad a quien meció su cuna. A ello hay que añadir la influencia de estructuras corporativas, de corporaciones económicas, financieras, mediáticas o religiosas como el Opus Dei, que han colocado estratégicamente sus piezas mediante un proceso tan eficaz como invisible. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 29 de octubre de 2026

"HIPÓCRITA HOMENAJE A LA VIRTUD". Aldo Conway, elDiario.es

Carteles de protesta en la primera manifestación
por el desahucio de Maricarmen
El conservador ha descubierto el placer de saltarse las normas y lo presenta como su arma para ofender a una sociedad de ofendidos, de wokes y de sojas que se escandalizan por darle a una abuela una patada en el culo. La ofensa es la prueba de que sus golpes funcionan: si el otro se indigna, es que has dado en el clavo

La Rochefoucauld dejó escrito que la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud. La frase tiene algo de consuelo. Un hipócrita miente, pero al mentir admite que hay algo que debe ocultarse y, con eso, reconoce, aunque sea a su pesar, que existe un consenso moral por el que debe pasar. Mientras alguien se siga tomando la molestia de disimular, por ejemplo, su crueldad, la crueldad seguirá siendo algo de lo que avergonzarse. La derecha española nunca ha sido precisamente discreta. En el año 2012, mientras Rajoy anunciaba el recorte de las prestaciones por desempleo, una diputada del PP, Andrea Fabra, gritó “¡que se jodan!” desde su escaño. Aquello causó un gran revuelo, y la hija de Carlos Fabra —acaba de ocurrírseme que este es un insulto muy ingenioso— tuvo que disculparse y e inventarse que lo había dicho mirando a la bancada socialista. Esa excusa de Fabra era lo que La Rochefoucauld llamó siglos antes el homenaje a la virtud.

Catorce años después, aquel “que se jodan” no necesitaría ninguna disculpa. En 2012, el daño a los parados era el efecto colateral de un recorte mayor, con un sentido y una dirección, y celebrarlo en voz alta fue un desliz; un desliz de desalmado, pero un desliz. Hoy la crueldad se ejerce por sí misma, porque sirve para reconocerse a sus iguales. El periodista estadounidense Adam Serwer lo formuló a propósito del trumpismo con una frase que circuló mucho: la crueldad es el objetivo. Para explicarlo, recordaba las fotografías de linchamientos en el sur de Estados Unidos, en las que lo que más perturba no es el cuerpo colgado; lo peligroso son las sonrisas complacientes de quienes posaban a su alrededor.

Para que la crueldad pueda celebrarse en público, antes hay que hacer desaparecer a la víctima. No se trata de esconder el cadáver, es darle una coartada al buitre que lo sobrevuela: quien se burla de una víctima queda como un miserable, pero quien desenmascara a una farsante queda como un valiente. Así que primero hay que convertirla en otra cosa, en una actriz o en una aprovechada. O en una vieja mala que va al bingo por las tardes.

Ese “valiente” es el personaje que encarna el zeitgeist. La derecha que ha dado este giro lo vive como una liberación y lo llama rebeldía. El conservador ha descubierto el placer de saltarse las normas y lo presenta como su arma para ofender a una sociedad de ofendidos, de wokes y de sojas que se escandalizan por darle a una abuela una patada en el culo. La ofensa es la prueba de que sus golpes funcionan: si el otro se indigna, es que has dado en el clavo. Pero toda rebeldía necesita un poder contra el que rebelarse, y, al no encontrarla arriba, la fabrica mirando hacia abajo, e inventa una dictadura de lo políticamente correcto, una policía del pensamiento que nadie ha visto patrullar, pero que justifica cualquier exceso contra los que sufren. Gracias a ella, el requeté de un periódico monárquico o el mamporrero de la pequeña burguesía que veta leyes en el Congreso puede presentarse como un disidente perseguido. Es una rebeldía muy cómoda, porque nunca se enfrenta a nadie más fuerte que ella. Se atreve con la inquilina y deja en paz al casero, se burla del parado y no molesta al empresario, y cuando alguien se lo reprocha, lo toma como la confirmación de que tenía razón.

Pasa que, esta forma de identidad, tiene una debilidad estructural. Quien se define llevando la contraria al adversario acaba dependiendo por completo de él, porque necesita saber qué piensa el otro para saber qué debe pensar él. Esa dependencia anula la posibilidad de rectificarse. Cuando la realidad tumba su relato, detenerse equivaldría a conceder, y reconocer que se está equivocado es lo único que esa identidad no se puede permitir, de modo que su única opción es subir la apuesta. La muerte, que en la tradición política que esa misma derecha decía encarnar obligaba a una pausa, ha dejado de obligar, y lo que en otro tiempo habría sido un silencio incómodo se convierte en una nueva vuelta de tuerca.

Esa mecánica, además, tiene quien la pague. En 2021, tres investigadores de Cambridge y Nueva York analizaron cerca de tres millones de publicaciones en redes sociales y llegaron a una conclusión poco consoladora: lo que más se difunde no es la indignación en abstracto, sino la hostilidad hacia el grupo contrario. Cada palabra dedicada al adversario aumenta de forma notable las posibilidades de que un mensaje circule. Las plataformas no inventaron la crueldad, pero le pusieron precio, y ese precio se cobra en atención, que es la moneda con la que hoy se compra casi todo lo demás. Sería cómodo concluir que la máquina los arrastra, pero no es así; no son víctimas de nada. El mismo algoritmo está a disposición de todos, y lo que distingue a unos de otros es el entusiasmo con que han aceptado el precio a pagar.

Lo más extraño de todo es que nadie tiene que hacer nada para que ocurra. Llorar a alguien no es una estrategia; llorar a Maricarmen, tampoco; es lo que haría cualquiera que no haya convertido la crueldad en un carné de afiliado a cualquier club de tarados. Pero basta con que alguien haga lo normal para que quien vive de llevar la contraria quede obligado a situarse en el lado opuesto, y a veces el lado opuesto es el borde de un precipicio. No hace falta empujarlos. Basta con no seguirlos, y saltarán solos, convencidos de que la gravedad también es una forma de rebeldía a la física más elemental.

miércoles, 28 de octubre de 2026

"EL GRAN REEMPLAZO EUROPEO". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Los movimientos en Bruselas contra la política migratoria española muestran que se está rompiendo el relato de Von der Leyen: sí que hay alternativa

¿Recuerdan cuando la UE reconvenía a estados como Hungría o Polonia cuando sus gobiernos recortaban derechos, cuando debatíamos cómo controlar sus desmanes iliberales? Esta semana, en el Consejo Europeo celebrado en Bruselas, la primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen, con el respaldo entusiasta de la posfascista Giorgia Meloni, invirtió de forma oficial esa lógica al pedir que se examinara a España no por recortar derechos, sino por reconocérselos a medio millón de personas mediante un proceso de regularización. Esa inversión dice mucho sobre el estado de la Unión, pues Europa servía precisamente para proteger los derechos individuales frente a las mayorías y acervos nacionales, mientras hoy, de forma falaz, cuando nadie puede afirmar que la regularización viole norma alguna, se apuesta abiertamente por una política migratoria, mayoritaria en Europa, donde los derechos, pensados para no someterse a votación, pueden revisarse y cercenarse cuando así lo quieren nuestros gobiernos.

¿Quién compone esa mayoría y en nombre de qué habla? Tras la crisis de Ceuta, Meloni y Frederiksen publicaron una delirante declaración comprometiéndose a proteger la herencia cultural cristiana de Europa y pidiendo a quienes llegan que no les impongan un modo de vida que no desean. Tiene guasa que esa defensa de la cristiandad la firmen la heredera de la tradición fascista y la primera ministra socialdemócrata de uno de los países más secularizados del mundo. Su cristianismo sin creyentes solo remite a una frontera, y su vocabulario, el del Gran Reemplazo, delata un desplazamiento de fondo, pues ya no hablamos de derechos reconocidos a quienes viven bajo una misma ley, sino de un modo de vida que se hereda y hemos de defender. Es fácil ver la ironía en que pidan examinar a España por apartarse de lo europeo quienes promueven centros de deportación en terceros países. Frederiksen acusa a España de actuar por su cuenta cuando solo la mueve su propio interés electoral, y lo hace un mes después de haber pactado a solas el futuro de Groenlandia. En enero, cuando Trump amenazaba con apoderarse de la isla y castigar a los países que enviaron allí fuerzas simbólicas, los europeos cerramos filas con Copenhague sin preguntarnos a qué electorado le convenía hacerlo, aunque a Frederiksen aquella solidaridad le vino estupendamente. Hoy, quien recibió esa solidaridad pide examinar a un socio a punto de celebrar elecciones, y lo hace por algo que no amenaza a nadie, sino que reconoce a quienes ya viven y trabajan en España.

Pero lo más revelador de la cumbre fue el desayuno que la precedió, donde dieciocho gobiernos y la propia Comisión se reunieron sin España para preparar su ofensiva. La forma (el método del club) reproduce el contenido: quienes discuten quién no pertenece a Europa lo hacen en secreto, sin contar con otros socios. Pero la legitimidad de Europa depende de que sus decisiones se tomen en público, con reglas conocidas y responsabilidades claras, como debiera garantizar la Comisión, supuesta guardiana de los tratados y que debería estar por encima de las facciones. Que conspire con el bando que prepara un ataque a otro Estado miembro dice mucho sobre la deriva de Von der Leyen. Pero su repliegue es un signo de debilidad: la regularización española quiebra la supuesta inevitabilidad del relato europeo sobre migración, desmintiendo que no haya alternativa y planteando recuperar aquello que nos dijeron que era ser europeos: derechos, convivencia y protección jurídica y laboral.

martes, 27 de octubre de 2026

"EXILIADOS: ESPAÑA HA MUERTO". Paco Cerdá, El País

Varias personas esperan a la entrada del Consulado de España
en Ciudad de México

Hace 20 años no ocurrió nada cuando la Ley de Memoria Histórica reconoció el derecho a la nacionalidad a los descendientes de los españoles. Ahora sí

I. Iba Cernuda por una calleja de Londres y una sombra lo seguía. El poeta sevillano acababa de llegar al exilio, ese mundo sin raíces lleno de cartas por escribir y recuerdos que llorar. Atrás quedaba su tierra sangrante y en ruinas mientras él se preguntaba qué puede el hombre contra la locura de todos.

La guerra no terminaba, la posguerra no empezaba y a la paz no se la esperaba. En ese paréntesis cargado de monstruos, Cernuda, romántico apasionado, que en el 36 luchó voluntario en la sierra de Guadarrama con un fusil al hombro y un tomo de Hölderlin en la chaqueta, que en el 37 gritó contra el fascismo entre el coro de escritores antifascistas que acudió a España para intentar salvar a Europa, en aquella noche del 38 arrastraba sus pasos exiliados por una calleja de Londres mientras una sombra lo seguía.

La sombra era misteriosa. Un hombre. Caminaba solo, lento, fatigoso, como cargando el peso de su tumba. Al llegar a su altura, aquella sombra espectral le dijo al poeta: “¿España? Un nombre. España ha muerto”.

II. Los nietos de los exiliados no votarán en las próximas elecciones españolas. No lo ha querido la derecha y la ultraderecha, no lo ha permitido el Supremo, no lo ha impedido el Constitucional. Hace 20 años no ocurrió nada cuando la Ley de Memoria Histórica reconoció el derecho a la nacionalidad a los descendientes de los españoles salidos de nuestro país entre 1936 y 1955. Ahora sí. Hoy se habla de trampa, de fraude, de pucherazo. Y es lógico: el panorama es muy distinto. El ambiente está polinizado de odio y todo lo malo enseguida germina.

No voy a hablar del voto, con todo el simbolismo que tiene que tantos nietos de exiliados queden castrados de voz ante el probable regreso de la ultraderecha al poder del Estado que expulsó a sus familias. Lo que siento es pena por asistir a esta venganza cometida sobre una vieja venganza. Por la dolorosa humillación que supone. Por la segunda expulsión que se comete contra los exiliados. Por la inhumanidad con la que algunos hablan de ellos. Por la frialdad con la que se piden papeles acreditativos. Vuelven a ser culpables hasta que no demuestren lo contrario. Sísifos errantes.

Desde Chile me escribe Beatriz Lorenzo. A sus padres españoles los expulsó el exilio. También ella tuvo que exiliarse en España en los terribles años de Pinochet. Ida, vuelta, y así va la Historia aunque lo olvidemos. Pero Beatriz me aconseja que no busque conmover. Yo no creo, me dice, que esta mezquindad se entienda mejor a través de la historia triste de un nieto que va a ser despojado de su derecho a voto. Se entiende a partir del justo derecho —en justicia, no en legalidad— a poder heredar sus nietos la nacionalidad, con todos sus deberes y derechos, del país que los expulsó. Que los centrifugó a los cuatro vientos a partir de una victoria que no llevó paz sino venganza. A los que se fueron de España entre 1938 y 1948, me dice, los echó la guerra y la venganza. A los que se fueron hasta 1960 los echó el hambre. ¿Qué hay que demostrar?, me pregunta.

III. El tiempo fue pasando para Luis Cernuda. También las cartas, y los recuerdos, y las chinchetas negras en el negro mapa de su exilio. París, Londres, Glasgow, Cambridge, Oxford, Surrey. Massachusetts, Los Ángeles, Berkeley, Ciudad de México.

Su voz es la voz del exilio español más culto, consciente, profundo. Pero hubo otros exiliados, los sin nombre. Pensaba en ellos esta primavera al acariciar en Buenos Aires las altas puertas del Gran Hotel España. Debajo de su letrero rojo y en medio de aquel vestíbulo estrecho, tan oscuro, tan de calle sin sol, podía imaginar maletas, esperanzas, desilusiones, pérdidas, fríos, melancolías, una herida viva y al otro lado olvidada. Amargos los días de una larga espera.

Seguro que sus historias eran mejores que la de Cernuda. Pero Cernuda tenía la voz. Y con esa voz escribió: “Ellos, los vencedores, Caínes sempiternos, de todo me arrancaron, me dejan el destierro”. Con esa voz, encallada por tanto dolor, a España le advirtió: “Un día, tú ya libre de la mentira de ellos, me buscarás. Entonces, ¿qué ha de decir un muerto?”.

Ya han pasado 90 años. Puede que España recuperase su libertad. Puede que haya simulado recobrar su memoria. Sin embargo, lo que nunca ha apaciaguado es el tormento del exilio. Nunca ha saldado esa deuda. Hay deudas imposibles de saldar.

Un día me buscarás, dijo el poeta.

Qué macabra ironía. A los exiliados y a sus descendientes los busca España ahora. Con un desprecio ideológico freudiano. Con saña administrativa.

Qué metáfora tan brutal: los busca ahora, cuando la calleja se va haciendo más y más oscura. Justo ahora, cuando solo un giro del destino podría apartarnos de esa niebla fanática que el exilio sabe leer.

Hay catástrofes futuras que se avistan mejor desde el pasado. A veces alguien, una sombra, un poeta, viene de allí para susurrarnos España ha muerto.

lunes, 26 de octubre de 2026

"LO QUE LES DUELE ES EL BOLSILLO". Luis Arroyo, infoLibre.es

Para mucha gente, el nuestro es casi un estado fallido y “el Sanchismo” un régimen dictatorial al que hay que desalojar

¿Por qué este odio visceral a Pedro Sánchez? ¿De verdad es creíble que la razón sea que pactó hace ocho años con los independentistas catalanes? Los pactos postelectorales y el liderazgo de Sánchez y de Salvador Illa han reducido el independentismo en Cataluña a mínimos históricos y han resuelto el más grave conflicto político de nuestro país en este siglo, junto con el terrorismo de ETA.

¿Nos toman por estúpidos quienes atribuyen al Gobierno una corrupción generalizada en su seno? ¿David Sánchez? ¿Begoña Gómez? ¿El fiscal general? ¿Zapatero? ¿En serio? Ha habido un único caso de corrupción detectado en el Gobierno y el PSOE (el llamado caso Ábalos), de dimensiones bastante pequeñas, por cierto, a pesar de la pena impuesta a los condenados.

¿Bromea quien critica al presidente del Gobierno por la pérdida de relevancia política de nuestro país en el mundo, cuando basta con darse un paseo por Roma o París –no digamos por Nueva York o Buenos Aires– para que cualquiera declare su admiración por la apuesta de nuestro país por la paz, la integración y la igualdad?

¿De qué habla quien afirma que se ha deteriorado el sistema institucional? ¿En qué se ha deteriorado exactamente, excepto en esa erosión de la confianza en la Justicia promovida por una decena de jueces activistas? ¿Cuánto tiempo aguantarían en pie ante cualquier ser con un poquito de criterio y buena voluntad las acusaciones de que el Gobierno quiere matar a una jueza, quedarse con un par de cientos de miles de votos de los nietos de los exiliados, o hacer trampas con el voto por correo?

De acuerdo: hemos estado tres años con presupuestos prorrogados. Más allá de la estética de esa anomalía, favorecida básicamente por Junts, un partido en decadencia, ¿qué problema grave hemos tenido que no hayamos podido abordar con las cuentas 2023? Tenemos desafíos colectivos importantes que afrontar. Pero estamos en uno de los países más funcionales del mundo, en un auténtico paraíso en comparación con casi cualquier otro país.

Es evidente que las encuestas y los indicadores electorales no cuadran con esta versión de España que ofrezco, digamos que casi idílica. Ver algunos programas de televisión, escuchar a los portavoces de Vox y del PP y observar a la legión de activistas y desatados analistas de las derechas españolas es asomarse a un museo de los horrores cuyas deformaciones han calado bien en la población. Para mucha gente, el nuestro es casi un Estado fallido y “el Sanchismo” un régimen dictatorial al que hay que desalojar. Pero, ¿por qué es así si los datos objetivos y la realidad socioeconómica del país son relativamente benévolos?

La respuesta es muy sencilla. El Gobierno de coalición progresista ha trasvasado en estos siete años decenas de miles de millones de euros desde las empresas y las grandes fortunas, al común. Y eso duele al bolsillo de los más poderosos. Por ejemplo: unos 5.800 millones que el Estado ha ingresado del gravamen a la banca y las energéticas en 2023 y 2024. Otros 1.400 millones en ese mismo periodo, que se han ingresado por el impuesto a las grandes fortunas, las que ingresan más de tres millones de euros. Otros 2.000 millones, aproximadamente, por las subidas de dos puntos para las rentas superiores a 300.000 euros, o de cinco para las plusvalías de esa misma cifra.

La subida del salario mínimo ha producido un trasvase de unos 21.400 millones de euros desde los beneficios empresariales a los salarios brutos. Una parte se lo lleva la inflación, sin duda, pero hasta en eso (una inflación provocada básicamente por el idiota de Trump y aliviada por nuestra menor dependencia de las energías fósiles), nuestro país es modélico.

Al mismo tiempo, el Gobierno trata de contener en la escasa medida de sus posibilidades –pues las competencias son regionales– las transferencias que las derechas promueven en sentido contrario, desde la gente a los poderosos: por ejemplo, eliminando el impuesto de sucesiones o destinando más y más fondos a convenios y acuerdos con empresas privadas de los sectores de la Sanidad y la Educación.

Ahí, en el vil metal, está el verdadero activador del odio a Sánchez y los socialistas. Lo percibe uno en las escuelas de negocios, en los think tanks conservadores, entre los consejeros de las grandes empresas o en las patronales y las organizaciones empresariales y en los clubs y gimnasios pijos. De ahí parten la indignación y el odio que luego encuentran eco y acompañamiento en las iglesias y los cuarteles y los juzgados. Parten de los que manejan y acumulan el dinero y lo invierten en publicidad y patrocinios y mecenazgos diversos. Díaz Ayuso, Feijóo y Abascal no son más que los peleles en manos de esos poderes superiores a los que Sánchez y su Gobierno han incordiado todos estos años. ¿Quién dijo que saldría gratis afrentar a los de arriba?


sábado, 24 de octubre de 2026

Gonzalo Fanjul, (2026), “Contra las fronteras”. Como reemplazar un régimen migratorio fallido, Barcelona, Anagrama


Una crítica lúcida al régimen migratorio contemporáneo y sus efectos sobre la democracia.

Las migraciones se han convertido en el campo de batalla moral y político de nuestro tiempo. Entre el miedo, la hipocresía y la propaganda, los Estados levantan muros que no detienen los flujos de movilidad, pero sí erosionan derechos, alimentan la desigualdad y debilitan la democracia. El investigador y activista Gonzalo Fanjul denuncia en este ensayo el régimen migratorio actual y propone alternativas realistas para gobernar la movilidad humana de forma más justa e inteligente. Porque el problema no es que la gente se mueva, sino cómo conseguir que todos ganemos con ello.

 

"LA JUSTICIA CAPTURADA". Baltasar Garzón, infoLibre.es

Nemesis (The Great Fortune) de Alberto Durero Garzón repasa en este texto las carencias estructurales de la justicia, denuncia su instrument...