viernes, 15 de mayo de 2026

"EL VERANILLO DE LA VIDA". Elvira Lindo, El País

Los músicos Joan Manuel Serrat y Ana Belén 

Serrat y Trump muestran dos maneras muy diferentes de ser viejo

Joan Manuel Serrat tiene 82 años. Donald Trump tiene 79. Por fortuna para nosotros, no hay en ellos asomo de parecido alguno, salvo que son viejos, Serrat un poco más. Digo “viejos” utilizando la misma palabra, tan denostada, que usó el artista el otro día en unas jornadas sobre eso que se llama colectivo de la tercera edad que tenían lugar en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona. Decía Serrat sentirse en ese tiempo de propina en que a menudo el alma suele conversar consigo misma. Ese veranillo de la vida, decía citando al filósofo francés Pascal Bruckner, un regalo del que se siente agradecido. En un discurso cargado de emoción, Serrat afirmaba que ignorar a los mayores, su opinión y su memoria, es algo así como quemar libros. No puedo estar más de acuerdo y observo a menudo ese odioso tonillo condescendiente que se suele emplear para hablar con las personas mayores no solo en el trato cotidiano sino también en conversaciones públicas, como una prueba hiriente de cómo se las intenta aniñar como si fueran ciudadanos que ya no cuentan salvo como personajes pintorescos.

Desde que Donald Trump comenzó su segundo mandato y alteró el equilibrio mundial con continuas decisiones criminales y arbitrarias (salvo para mejorar su fortuna), venimos escuchando con insoportable frecuencia que todo es consecuencia o bien de la locura o bien de la edad. Un viejo chocho, en suma. Justo lo mismo que él dice de su predecesor Biden. Esa descripción contiene dos desprecios alarmantes: el que se refiere a los enfermos mentales, dado que un porcentaje altísimo jamás hace daño a nadie y vive agazapado en su miedos, y el que señala a los ancianos, a los que haciendo tabla rasa se les considera incapaces de razonar con sensatez. En el mundo artístico de vez en cuando al viejo se le bautiza como maestro, para tenerlo ahí, oh, aislado, melancólicamente envanecido en una urnita previa a la tumba. Se olvidan, quienes en la arrogancia de la juventud (a menudo hoy alargadíiisima) encierran a la ancianidad en un colectivo que desean callado y entrañable, que mucho antes de lo que piensan tomarán el relevo. Fiera venganza la del tiempo, que decía el tango. Olvidan, por encima de cualquier consideración, que la edad no cambia demasiado el carácter: nos parecemos tanto a quienes fuimos, que miedo da observar que a pesar de la experiencia conservamos temores, manías y dulzuras de la niñez. Y en ese convertir a los ancianos en un grupo uniforme no advierten que un hombre como Serrat sabe disfrutar de sus ilusiones, como muchos y muchas de su edad, compartir su opinión autorizada y mejorarnos con la voz de la experiencia. En cuanto a Trump, es el mismo cretino que cuando era joven, así que quien asegura que es la edad lo que le ha cambiado es porque ignora su biografía. Esta semana un psicoanalista francés, también anciano, del que he olvidado el nombre, decía que Trump poseía sin duda una personalidad psicopática con unos valores aprendidos en la infancia que priorizaban su ambición por el dinero por encima de cualquier atisbo de piedad humana. Así fue cuando su padre lo mandaba a cobrar los alquileres del marrullero negocio inmobiliario, cuando rechazaban a inquilinos negros, cuando tomó como mentor al indecente Roy Cohn, cuando en su relación con las mujeres solo conocía las tretas del abusador, cuando exhibía su verbo grotesco en un show televisivo. Todo estaba ya a la vista. Y aun así le votaron. La diferencia entre aquel joven y este es la edad, simplemente. Hoy el nivel de testosterona de Trump es sin duda mucho más bajo, pero ser presidente le permite desahogar su chulesca masculinidad de mil maneras. Sin importarle el prójimo, gusta de invadir países, bombardearlos, expulsar inmigrantes, plantar su rostro en el pasaporte de sus súbditos. Ilusiones del pobre señor. Las de Serrat, para suerte nuestra, son llamativamente distintas.

miércoles, 13 de mayo de 2026

"UN TELEPREDICADOR PARA DOMINARNOS A TODOS". Israel Merino, Publico.es

Ronald Reagan fue una mala escolopendra inteligentísima que entendió antes de su primer mandato, allá por 1981, que podía instrumentalizar la fe para doblar la rodilla del pueblo a favor del único dios del que realmente era siervo y esclavo: el dinero. El también actor y artista de variedades –a mi abuelo le gustaban sus pelis de vaqueros– se sirvió de lo que había aprendido en la farándula y el espectáculo, en la televisión y el choubiznes, para apuntalar su carrera política gracias al camino neopentecostal ochentero, una corriente religiosa e ideológica – muy importante esto último: hacen proselitismo infame de las injerencias políticas –que extraía del imaginario cristiano sus discursos más masculinos y reaccionarios– o sea, veterotestamentarios –para fusionarlos con lo que sus séquitos denominan teoría de la prosperidad, una antítesis de la revolucionaria teología de la liberación que convierte lo espiritual en un acto individual y atomizado con una recompensa material en lugar de espiritual: la fe, según esta charlotada yanki, será recompensada por Dios y el Espíritu Santo con riquezas materiales en esta vida sin que importe que seas o no buena persona, que seas justo con el prójimo o que siembres tu existencia de malas obras; resulta que Cristo prometió anillacos de oro y residencias palaciegas a cambio de idolatrarlo y no nos habíamos enterado.

El hábil lector comprenderá que desacoplar la fe de las buenas obras es peligroso y destruye un sistema de creencias colectivo –o sea: una religión– para convertirlo en una superstición histriónica donde lo único que importa es el yo y la relación inapelable que tenga con Dios, y esa es exactamente la premisa desde la que Reagan trabajó para apuntalar su neoliberalismo capillita; además, si a esto se le suma el reaccionarismo político salvaje y la brutal espectacularización que suelen acompañar al camino neopentecostal, con su indivisible arcén de telepredicadores ostentosos y actorcillos bazarescos que fingen milagros y posesiones en auditorios repletos de exaltados para fundamentar sus animaladas, tenemos la herramienta mediática y pastoral definitiva del necroliberalismo para justificar el vasallaje laboral como el único camino hacia Dios: trabaja como un cabrón y sin quejarte, siervo mío, que allá al fondo encontrarás la Verdad; y dame dinero para comprarme un iPhone nuevo, que así lo quiere nuestro machísimo Señor; y repudia en público a tu hijo maricón si no quieres convertirte también en un mancebo mamañemas de Satanás.

El paradigma necroliberal hispánico, Isabel Díaz Ayuso, ha comprendido cuarenta y cinco años después lo mismo que Reagan y ha decidido vender Madrid a esta fe sectaria de talonario y gatillo de oro, y cualquiera que esté despierto en la ciudad lo habrá notado. Por ejemplo, ha quedado en el recuerdo colectivo la intervención de Yadira Maestre, una telepredicadora evangelista afincada en el barrio de Usera, en un mitin del PP de Madrid de 2023; y ya son parte del escaparate cotidiano de la región los locales de culto neopentecostales que afloran constantemente en los barrios, o los actos multitudinarios que celebran previo pago de entrada cada dos por tres, como el de este domingo en el estadio Metropolitano.

El evangelismo neopentecostal, con su horrenda fusión de individualismo, ultraconservadurismo e idolatría por el dinero –sus telepredicadores no creen en Dios, solo en sus banqueros–, es la herramienta perfecta para que Ayuso termine de convertir Madrid en la sucursal más exacta y amoral del imperio necroliberal; una franquicia brillante del infierno, quizá incluso el mismísimo Pandemónium, donde cualquier ramalazo de colectividad sea reprimido por un actorzuelo de teletienda que te convenza de que sindicarte va contra los principios de un Cristo que ahora lleva al cinto una Smith & Wesson y hace burpis al amanecer.

martes, 12 de mayo de 2026

"ASÍ SE UTILIZÓ A LAS MUJERES COMO PIEZAS DE INTERCAMBIO POLÍTICO EN NAVARRA A FINALES DEL MEDIEVO". Íñigo Mugueta, Univ. Pública de Navarra Y Alicia Inés Montero, Univ. Autónoma de Madrid, Theconversation.com

La prohibición a la reina Juana (esposa de Juan II) de acompañar al
príncipe de Viana a Barcelona, por Claudi Lorenzale (alrededor de 1866).
Museu Nacional d'Art de Catalunya
Como sociedad, tendemos a creer que en el pasado la violencia estaba más extendida que hoy en día, resultado de las pulsiones de gentes rudas e ignorantes, incapaces de actuar de otro modo. Pero interpretarlo así nos impide comprender un aspecto fundamental: la violencia no era irracional. Al igual que ocurre en la actualidad, respondía con frecuencia a unas estrategias concretas.

En la Edad Media, la guerra era un arte complejo en donde se llegó a utilizar la violencia contra las mujeres como instrumento de agresión hacia los hombres. Durante los siglos medievales, la honra de la mujer marcaba el valor del hombre y de su grupo familiar. Atacarlas a ellas, y en particular a su virginidad, significaba atacarlos a ellos.

Visto así, la masculinidad descansaba en el control del grupo familiar al que uno pertenecía.

Nuestra investigación ha analizado cómo, en medio de la guerra civil que destruyó el reino de Navarra al final de la Edad Media (1450 a 1521), los dos bandos en conflicto, conocidos como agramonteses y beaumonteses, utilizaron a las mujeres nobles como instrumentos de ataque y consolidación del linaje.

El conflicto nace de la guerra sucesoria que se entabló, tras la muerte de Blanca de Navarra, entre Juan II de Aragón, su esposo, y el príncipe Carlos de Viana, su hijo. Los beaumonteses, con el conde de Lerín a la cabeza, defendían la legitimidad del príncipe, mientras que los agramonteses obedecían a Juan de Aragón. Con el estallido de la guerra, la nobleza se alineó con cada uno de los bandos en función de sus intereses, fidelidades y, especialmente, de los rencores enquistados entre familias desde hacía generaciones.

Un documento detallado

La fuente principal de este estudio es un texto que relata casos de estas violencias contra las mujeres, escasos en la documentación del periodo. Esto hace que su hallazgo sea excepcional.

Se trata de un memorial de agravios redactado hacia 1456, en el que se reúnen 87 acusaciones hacia el bando beaumontés y sus líderes, los ya mencionados príncipe de Viana y conde de Lerín. La intención de este texto era justificar el desheredamiento de Carlos (heredero al trono de Navarra) y legitimar la sucesión de la casa de Foix (en la persona de la infanta Leonor, hermana de Juan II, y de su marido, Gastón de Foix).

Dentro de esas 87 acusaciones se incluyen ocho agravios hacia mujeres nobles, relacionados siempre con la pérdida de la honra femenina.

Algunas de estas denuncias describen intentos de agresión sexual, como la acontecida a la princesa Inés de Cleves, esposa del príncipe de Viana. En este caso, el conde de Lerín y sus secuaces trataron de provocar el adulterio de la princesa con propuestas deshonestas constantes y, al fallar estas, llegaron incluso al intento de agresión sexual y, más tarde, a su envenenamiento. El objetivo que perseguían los de Beaumont era casar a una mujer de su propio clan con el príncipe, para lo que necesitaban deshacerse de Inés de Cleves.

También, y sobre todo, se incluyen matrimonios forzosos promovidos por los beaumonteses para ampliar su red de alianzas y debilitar a los agramonteses. Lo hacían uniendo a las mujeres, por ejemplo, con un linaje inferior, algo que repercutía directamente en el grupo familiar al que ellas pertenecían. Las acusaciones insisten en la coacción (“por fuerza”) ejercida para imponer enlaces, romper acuerdos previos o desheredar a quienes se negaban a aceptar matrimonios con miembros –a menudo bastardos– del linaje Beaumont.

La honra femenina como patrimonio

Como se ve, las mujeres quedaban reducidas a piezas de intercambio político. Sin embargo, formalmente las víctimas directas eran los varones, que veían vulnerado su derecho a concertar los matrimonios de sus hijas.

En una sociedad en la que la honra de la familia descansaba en la sexualidad y el comportamiento de sus mujeres, garantizar la virginidad, la legitimidad de la descendencia y la adecuación de los matrimonios era esencial para preservar patrimonio y prestigio. Siguiendo esta lógica, atacar la honra de una mujer implicaba dañar al conjunto del linaje. Por ello, la coacción matrimonial, las amenazas y las agresiones sexuales fueron utilizadas como armas políticas.

Lejos de ser un fenómeno puntual, nuestro estudio muestra el empleo sistemático de estas estrategias. Esta forma de entender la honra y su defensa dejó una huella profunda en la cultura política y social de los siglos siguientes que llega incluso hasta el momento actual.

Del Medievo en adelante

Si en la Edad Media la violencia contra las mujeres podía ser un recurso de guerra, en la Edad Moderna su control cotidiano pasó a sostener todo un orden social. La mujer quedó relegada al espacio privado, en donde se la enseñó a guardar su honra y la del grupo familiar al que pertenecía, a través de todo un conjunto de normas. En algunos casos, dichas normas se expresaron a través de conocidos manuales de conducta como La perfecta casada (1583) de fray Luis de León, texto que ha servido de guía para las mujeres españolas hasta fechas recientes.

Entre ambos momentos no hay una ruptura total, sino la transformación de una misma lógica: la que convierte a las mujeres en garantes del honor ajeno.


lunes, 11 de mayo de 2026

"LA HORA POSTRERA". Juan José Millás, El País

Me pregunto si todos los yoes que soy fallecerán de golpe, como en un apagón global, o según algún orden

El caso es que, si lo pienso, no he disfrutado nunca de un yo estable. Digamos que he fabricado uno para cada situación. Erijo yoes a cien por hora. Mi yo es un fijo discontinuo, un eventual, un becario sin sueldo, un falso autónomo… Cuando pienso en mi vida, veo un archipiélago de yoes que no se comunican entre sí. Un yo fragmentado, si lo prefieren, hecho pedazos como un espejo roto en mil pedazos. Estoy en todos esos trozos del espejo y en ninguno. Por eso necesito tanto amor, porque el amor funciona a modo de aglomerante de esa naturaleza atomizada. Está el yo que come, el yo que duerme, el yo que mea (con dificultades, por una próstata insurrecta), el yo que va al cine, el que sale del cine, el que lee y deslee, el que es padre, el que fue hijo… Ya no soy hijo porque mis padres murieron, así que dispongo también de un yo huérfano, que vive en la cafetería del tanatorio, y al que acompaño en el sentimiento.

Cuando entro en una farmacia, aparece un yo particular que pronuncia con precisión los nombres de los medicamentos y asiente, sumiso, a cuanto le dice el farmacéutico (o la farmacéutica, puto genérico con discapacidad). En cambio, en una librería me sale un yo más insolente, un yo con un complejo de inferioridad que la insolencia trata de ocultar. El yo de la farmacia ignora al de la librería del mismo modo que el de los funerales ignora al de las bodas.

Me pregunto si todos esos yoes fallecerán de golpe, como en un apagón global, o atendiendo a alguna clase de orden. ¿A cuál de ellos le tocará hacerse cargo de mi último suspiro? Dispongo yoes discretos que apenas han tenido ocasión de manifestarse. Quizá en esa hora postrera pidan el protagonismo que se les ha negado en vida. Tal vez todos seamos no un yo roto, sino una multitud mal avenida de yoes que, de vez en cuando, logran firmar un convenio de colaboración. Y a ese acuerdo provisional es a lo llamamos, con cierta soberbia, identidad.

domingo, 10 de mayo de 2026

"EL ÉXITO DE UNA VIDA PEOR". José Luis Sastre, El Pais

La revolución se produjo cuando el capitalismo pasó de ser un sistema económico a un sistema emocional. Y nunca era suficiente

Es difícil, porque es contradictorio. Te dirán que el éxito no se mide con la nota de un examen ni con balances o con hojas de resultados. Te dirán que el éxito está en la satisfacción de dormir a pierna suelta, sin que te desvele ni un reproche ni un prejuicio. Sin que te importe el qué dirán. Lo que son las cosas: lo que más te dirán es que no te importe lo que digan los demás. A la vez, querrán saber de ti a través de tus números, como si ahí estuviera nuestra mayor intimidad. Como si, en el fondo, fuéramos todos medibles.

Lo fuimos siempre. Nos midieron en encuestas y en hábitos de consumo. Antes de que nos pusieran un adjetivo nos pusieron siempre un número. Porque el número dará un criterio objetivo para tomarnos por ahorradores o por tacaños, por impulsivos o templados, por progresistas o conservadores. Por fieles o infieles. Ahora nos medimos a nosotros mismos con los teléfonos que nos ponemos en los bolsillos y en las manos.

Asociaron el éxito con el crecimiento y no bastaba con tener, sino con tener un poco más. Esa fue la revolución: cuando el capitalismo pasó de ser un sistema económico a un sistema emocional. Y no alcanzaba nunca. Nunca era suficiente. Siempre se podía un poco más. Lo contrario era la renuncia: la falta de ambición. Lo contrario era una vida que consideraban peor. Una vida con menos horas y de horas desgastadas. Una vida enganchada a los mensajes y al correo. Una vida de agotamiento físico y mental, con la atención puesta en mil sitios. Pero una vida peor. Eso dirían los que dicen que no importa lo que digan los demás. Cómo ibas a renunciar a eso.

Quizá la revolución no esté en que la sociedad deje de ser lo que la tecnología la aboca a ser, enceguecida de algoritmos. Quizá el cambio radique en fijarse en datos distintos: que no se midan solo las horas que trabajamos, sino la carga del trabajo. Que se midan las horas en las que puede de veras conciliarse. Las tardes que los niños pasan con sus padres por cada tarde que pasan con sus abuelos. Que no se midan solo los salarios, sino que se asocien con el precio de los alquileres. Que no se dé la estadística de lo felices que decimos ser sin añadir los ansiolíticos que consumimos. Si todo se ha de medir, igual esa es la primera de las batallas: saber cada efecto que produce nuestro capitalismo más mundano.

sábado, 9 de mayo de 2026

"UN POQUITO DE EMPATÍA, POR FAVOR". Violeta Assiego, elDiario.es

Protesta en Las Palmas de Gran Canaria
contra la llegada del crucero MV Hondius,
infectado con hantavirus.
Fernando Clavijo expresó públicamente su rechazo a que el crucero 'Hondius' atracara en Canarias. Santiago Abascal ha llegado a acusar al Gobierno de permitir la llegada de “un barco con un virus mortífero” para “ocultar las actividades de su mafia”. Y Alberto Núñez Feijóo habla de “confusión”

Hay quien dice que la empatía está de moda. Lo curioso es que mientras las empresas llevan años estudiando cómo la inteligencia emocional mejora los equipos, reduce conflictos y hasta incrementa beneficios, parte de la clase política parece haber descubierto justo lo contrario, que la ausencia de empatía o, mejor dicho, que todo lo contrario a la empatía, la deshumanización, también puede dar rédito electoral. Resulta difícil no ver cierta paradoja en cómo la movilización del miedo, del rechazo y de la impulsividad más primaria e irracional se ha convertido en una herramienta política extraordinariamente eficaz para determinadas derechas y extremas derechas. Como si la apelación constante a las emociones más básicas e insolidarias fuera, en el fondo, su reconocimiento implícito de que nadie votaría sus propuestas desde la serenidad, el pensamiento crítico o la reflexión ética. Como si su proyecto político únicamente pudiera abrirse paso debilitando nuestra capacidad de reconocer al otro como alguien digno de consideración, de interpretar el dolor ajeno y de responder a la incertidumbre desde lugares distintos al miedo, el rechazo o la agresividad.

Estos días lo estamos viendo con el brote de hantavirus detectado en el crucero neerlandés MV Hondius, que llegará el domingo a Canarias tras registrarse varios contagios y fallecimientos relacionados con una variante del virus que preocupa especialmente por ser la única conocida con capacidad de transmisión entre humanos, aunque los expertos insisten en que su capacidad de contagio es extremadamente limitada. Desde que escuché la noticia no he dejado de pensar en las personas que están en ese barco y en cómo deben de estar viviendo estos días de aislamiento, protocolos sanitarios e incertidumbre. También en sus familias, pendientes a distancia de cada información y cada actualización médica. Y en la mujer neerlandesa fallecida en Johannesburgo mientras acompañaba el traslado del féretro de su marido, muerto días antes por el mismo virus.

Más allá del alarmismo interesadamente desatado en el plano político, y del complejo y legítimo análisis sanitario que exige una situación así, deberíamos poder mirar lo que ocurre en ese barco desde un lugar mucho más empático. Es decir, ser capaces de ponernos, aunque sea un instante, en la piel de sus pasajeros y comprender que dentro de ese crucero no hay una amenaza apocalíptica, sino personas enfermas, asustadas y aisladas desde hace días. Personas sometidas a muchísima incertidumbre, a protocolos médicos y al miedo mientras ellas y sus familias siguen la situación a distancia pendientes de cada noticia y cada actualización sanitaria. Algunos pasajeros han relatado a varios medios el clima de angustia y agotamiento emocional que se vive a bordo desde que se detectaron los primeros casos. Pensar en ellos desde ese lugar nos lleva a la conclusión bastante lógica de que es importante que, cuanto antes, reciban atención médica, apoyo psicológico y una respuesta sanitaria organizada, mejor para todos.

Sin embargo, frente a esa reacción profundamente humana, han emergido otras muy distintas en forma de bulos y cadenas de mensajes que llaman a rechazar el barco, e incluso interceptarlo e impedir cualquier acercamiento, es decir, a levantar una especie de frontera de rechazo social contra quienes están dentro. Como si esa manera de actuar fuera una respuesta más razonable que la del operativo en el que participan el Ministerio de Sanidad, Defensa, Interior y Política Territorial junto a la Organización Mundial de la Salud y la Comisión Europea. Pero este nuevo miedo colectivo nace de la fabricación de un estado emocional basado en la sospecha, la alarma permanente y la percepción constante de amenaza que tiene, desgraciadamente, en nuestro país, responsables políticos bastante reconocibles. Fernando Clavijo expresó públicamente su rechazo a que el crucero atracara en Canarias. Santiago Abascal ha llegado a acusar al Gobierno de permitir la llegada de “un barco con un virus mortífero” para “ocultar las actividades de su mafia”. Y Alberto Núñez Feijóo habla de “confusión”, exige “todos los documentos que avalen las decisiones sanitarias” o se publiquen el nombre de los expertos y cuestiona la gestión de la crisis solo por atacar al Gobierno de Pedro Sánchez incluso después de que se sepa que esta está coordinada por las autoridades sanitarias nacionales e internacionales de varios países.

El problema es que ese miedo colectivo, que la derecha y la extrema derecha llevan meses alimentando en España (siempre hay una nueva amenaza apocalíptica a la que señalar), está deteriorando no solo la convivencia y la calidad democrática de nuestro país, sino también la salud mental de nuestra sociedad. Porque activa en parte de la ciudadanía respuestas primitivas asociadas al miedo y la hostilidad, debilitando su capacidad de pensar con lucidez ante situaciones complejas como la que ahora plantea la crisis del hantavirus. Lo inquietante es que la neurociencia lleva décadas explicando justo lo contrario de lo que estos discursos políticos promueven. La empatía no es una debilidad moral ni una ingenuidad sentimental, sino que es una capacidad cognitiva sofisticada, vinculada al desarrollo de las funciones ejecutivas, a la cooperación social y a la propia supervivencia colectiva. Los seres humanos prosperamos precisamente porque aprendimos a colaborar, a cuidarnos y a interpretar el sufrimiento propio y ajeno como algo relevante no solo para nuestra vida individual, sino también para la vida en comunidad.

Mientras la ciencia, la psicología, el derecho y el conocimiento avanzan hacia formas más humanas de convivencia, determinados liderazgos políticos siguen apelando deliberadamente al miedo, la hostilidad y los impulsos más primarios, disfrazándolos de libertad. Como si quienes no son como nosotros, o no forman parte de los nuestros, solo pudieran entenderse como una amenaza. Como si aún viviéramos atrapados en una lógica gobernada únicamente por el instinto que nos impide reaccionar desde lo que nos hace crecer como personas y avanzar como humanidad: reaccionar con lucidez y humanidad incluso cuando tenemos miedo, ayudarnos.

viernes, 8 de mayo de 2026

"SEMANA SANTA: ¿QUÉ TRADICIÓN?". Azahara Palomeque, Publico.es

Cuando mi abuela Luciana me llevaba de la mano a ver procesiones yo me estremecía entre el ritmo de los pasos, el olor a incienso y el sentimiento que le entraba a ella hasta las lágrimas a raíz de aquel desfile. Era capaz de hilvanar una historia bíblica a partir de las esculturas, y me la contaba bajito, susurrando, mientras se persignaba tocando centímetros de una ropa elegante, pues debíamos, si no estrenar, sacar las mejores galas del armario para la ocasión, al igual que los zapatos. Un año, mi madre me compró unas manoletinas de piel rematadas con una flor que yo arranqué cuando todo el mundo dormía, porque me parecía una cursilada; pero otro, mi abuela –ella sí sabía– me regaló un par de charol sin moña que aún hoy me pondría si las tuviera adaptadas a mi talla. Siempre me gustó la Semana Santa, como lugar de reunión familiar que invitaba a la excepción, no sólo respecto al atuendo, sino también, por ejemplo, en lo concerniente a la comida: qué rico el bacalao frito, y los pestiños. Décadas más tarde, ya fallecida su fervorosa espectadora, he seguido sintiendo que aquella festividad me pertenecía, debido a ese componente espiritual que guarda mucho de baúl afectivo y memoria. Sin embargo, algo se ha roto en la ecuación y no sólo porque falten mis mayores: quizá su finalidad última, lo que volvía especiales los encuentros y albergaba el deseo de esperar justo al mismo instante del año siguiente.

Recientemente, una cofradía multitudinaria de Sagunto (Valencia) ha votado por mayoría de dos tercios de cofrades –todos hombres– impedir que las mujeres participen en las caminatas destinadas a pasear a los santos en angarillas. La decisión ha desatado no pocos detractores, e incluso el gobierno ha puesto el foco en el asunto por una posible violación de las premisas democráticas de igualdad con que intentamos regir la vida. El argumento adoptado para tal sentencia es tan sencillo como demoledor: "la tradición es la tradición" –dijeron–, como fuente inamovible de unas prácticas que, por definición, mutan a lo largo de la historia. En el Malleus maleficarum (1487), dos frailes alemanes propusieron novedosos métodos de tortura y muerte para las brujas, señoras a las que asumían pactando con el diablo. Gracias a ese libro sabemos que miles de féminas inocentes fueron quemadas en la hoguera, instaurándose así una tradición que también caló en España, aunque de manera más minoritaria que en el norte de Europa. Lo curioso es que los autores del famoso libro se quejaban de que los castigos fuesen tan blandos: antiguamente se arrojaba a los herejes a las fieras –reportaron–; ahora se prefiere que ardan, sólo porque la mayoría son mujeres. ¡Qué benevolencia!

Quizá debamos dar las gracias por haber superado aquella fase de violencia, pero lo que quiero resaltar aquí es el hecho de que, con la tradición, nunca llueve a gusto de todos. Tradicional fueron las palizas y los llamados "crímenes pasionales", la homofobia, pero también –durante otras épocas– la tolerancia religiosa entre judíos, cristianos y musulmanes. En cuanto a la abarcadura de mi propia memoria, considero tradicional una juntura social en torno al compás de los nazarenos y nazarenas, sus cirios y la banda de música que los acompañaba por unas calles libres de turistas. Porque todo el mundo compartía unos códigos de respeto ceremonioso y sólo se alzaba la cámara de profesionales, los elementos de la performance penetraban de forma profunda hasta en los corazones más descreídos. Ahora acuden hordas de visitantes que, en Andalucía, desde donde hablo, anegan cada vericueto e impiden el tránsito incluso en situaciones de emergencia; la colonización masiva del espacio público se da, además, en unos cascos históricos donde algunos lugareños tampoco viven: sólo se acercan, en sus coches, cuando les conviene, reclamando más aparcamientos antes de retornar a la España de las piscinas, que diría Jorge Dioni. El carácter popular del ritual queda profanado por butacas de pago a lo largo de los trayectos; la fe –que solía ser austera– se mide en ocupación hotelera y miles de euros. Supongo que esos okupas no importan tanto en las agendas políticas, pero tradición, lo que se dice tradición, no son.

Tampoco recuerdo yo que antaño se llegase al fin de la cuaresma en AVE, aunque en Málaga andan rasgándose las vestiduras porque la alta velocidad ferroviaria no funciona, como consecuencia de las últimas lluvias atroces, y eso repercute directamente en el descenso del turismo. ¿Qué parte de los usos y costumbres se valora y cuál no? Si queremos que lo habitual continúe inexpugnable, ¿no deberíamos propugnar una celebración calmada entre vecinos que no perciban, de madrugada, las ruedecitas de maletas dirigiéndose hacia la cerradura sin llave, apenas el código bajo el cartel que reza "AT"? Y las niñas de merceditas de charol acurrucadas bajo las faldas de sus abuelas; y la absoluta mudez reverencial frente a la procesión del silencio, ¡ah!, cuando no había borrachos que la perturbasen. Lástima de tradición crematística rabiosamente contemporánea, nunca protegida por ningún corpus jurídico.

"EL VERANILLO DE LA VIDA". Elvira Lindo, El País

Los músicos Joan Manuel Serrat y Ana Belén  Serrat y Trump muestran dos maneras muy diferentes de ser viejo Joan Manuel Serrat tiene 82 años...