sábado, 4 de abril de 2026

"LA SOLEDAD DE EUROPA NO ES UNA CONDENA, ES UNA LIBERACIÓN". Anrtoniio Scurati, El País

Eva Vázquez
Estados Unidos y Rusia están conduciendo el mundo hacia un lugar distinto al que se soñó desde Europa. E incluso quienes deberían venerar los valores del Viejo Continente, como la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, hacen amagos de ceder ante la nueva ola imperialista. La UE se ha quedado sola. Pero en esa soledad está su fortaleza para renacer como la última barrera defensiva contra la deriva fascistoide

Cuántas veces nos lo hemos repetido en nuestro fuero interno, con un gesto melancólico mientras bebemos a sorbos nuestro campari bien agitado? Por el este nos amenaza la Rusia de Putin; por el oeste, los Estados Unidos de Trump, después de abandonarnos, insultarnos y sabotearnos, se han convertido también en una amenaza; nuestra influencia en el resto del mundo no deja de disminuir. Solos, debilitados, consternados. Así nos sentimos. Así nos vemos a nosotros mismos. Parece que todo nuestro pasado glorioso nos hubiera olvidado. “Europa, esa pequeña península del continente asiático”. Nuestra rabia da la razón al sarcasmo de Paul Valéry, el gran poeta europeo del siglo pasado, él también olvidado. Ahora bien, ¿y si la soledad de Europa fuera una oportunidad? ¿Y si no fuera una maldición, sino una promesa?

En un libro reciente sobre Europa, El continente sin cualidades [que publicará en español Siruela], Peter Sloterdijk la describe como un escenario vacío. El gran filósofo alemán adopta una metáfora teatral y arroja luz sobre un fenómeno sin precedentes en la historia europea: la renuncia a toda ambición imperial. Durante milenios, la política europea se aferró, en versiones más o menos creativas, al guion fundacional del Imperium Romanum. De Carlomagno a Hitler, la Europa política fue “el teatro en el que se volvían a escenificar los sistemas de poder romanos”. Ese deseo provocó devastadoras guerras continentales de conquista y una violencia colonial obscena.

Después del apocalipsis de la Segunda Guerra Mundial, Europa renunció al imperio en un pronunciamiento sin precedentes. El último país de Occidente que aspiró a recrear el Imperio Romano fue Estados Unidos. Y ese fue un cambio trascendental, porque, desde esta perspectiva, la segunda mitad del siglo XX inaugura una era en la que todavía estamos viviendo. Cuando el presidente francés se negó a que Estados Unidos se apropiara de Groenlandia y dijo “no a un nuevo imperialismo”, estaba renovando los votos de los padres fundadores de la Europa de la posguerra y reafirmando su renuntiatio ab imperio.

Una de las primeras escenas de este guion divergente que señala Sloterdijk se produce el octavo día de abril de 1341, Domingo de Pascua, en Roma. Ese día, Francesco Petrarca es “coronado” poeta e historiador supremo en una solemne ceremonia. La coronación de Petrarca es la escena paradigmática de otra Europa, distinta del poder político y eclesiástico. Yo la llamaría la Tercera Europa. La Europa que introduce en el mundo un formidable impulso ascendente, la “explosión del conocimiento”, en las famosas palabras de Peter Burke.

En suelo europeo se desatan las energías disruptivas del progreso: aprendizaje permanente, constante superación personal, libertad para la ciencia, competencia y comercio, sistemas innovadores en los ámbitos de las artes, las tecnologías y las instituciones gubernamentales. Siguiendo esta evolución, Europa comienza donde termina el poder político imperial romano y resurge de sus propias ruinas; es el denominado Renacimiento.

En este sentido, la genealogía de Europa es peculiar: no presenta una fecha de nacimiento concreta, sino muchas en las que vuelve a vivir. Europa no nace (ni muere) de una vez por todas. Renace una y otra vez. La Europa moderna —nuestra Tercera Europa— no se construye mediante la reencarnación política del Imperio Romano, sino por la supervivencia del núcleo de su cultura dentro de una civilización milenaria. Europa no es una geografía. Es una civilización.

El núcleo de esa civilización europea, a pesar de todas sus catástrofes, sus repetidos holocaustos y renacimientos, es el humanismo: la revolucionaria visión del mundo derivada de situar al ser humano en el centro del universo. Todos los logros morales y materiales de la civilización europea moderna emanan de esta visión, que en el Renacimiento tendió un puente —­transitable en ambas direcciones— hacia la Antigüedad. De ella descienden el reconocimiento y la defensa de los derechos humanos y su inviolabilidad por parte del poder político y religioso. En otras palabras: la libertad es la dignidad de la persona. La Europa moderna nace y renace cada vez que un individuo, movido por pasiones creativas, reivindica su libertas frente al poder religioso y el poder político. Esta génesis diferida, esta tarea sin fin, como dice Sloterdijk, “consiste en desaprender gradualmente la sumisión”. En resumen: la democracia liberal.

No podemos extraer conclusiones sin mencionar, al menos por un instante, el lado oscuro de la luminosa explosión de conocimiento impulsada por el humanismo europeo, es decir, los imperios coloniales europeos. Estamos hablando del eje central de la historia mundial moderna. Esto no es un elogio, sino un hecho. Pero también es importante reconocer que el humanismo europeo engendró, al mismo tiempo, un sistema de conocimiento y pensamiento comprometido con el ejercicio de la crítica y la limitación constantes del poder político. Los pueblos oprimidos por la política europea recibieron de la propia Europa las herramientas culturales para su liberación. 

Para afrontar la crisis actual, debemos ser plenamente conscientes de que nuestra época representa el fin de esa historia de dominación. Vivimos en el ocaso de una era. A principios del siglo XXI, por primera vez en 500 años, Occidente ha dejado de ser hegemónico. Desde luego, Europa no lo es. Y creo que todavía no se han evaluado ni apreciado por completo las inmensas consecuencias psicopolíticas de este ocaso. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 3 de abril de 2026

"ABANDONEMOS A LOS LÍDERES FUERTES. ABRACEMOS EL PODER DE LO FEMENINO". Corine Pelluchon, El País

Muchos ciudadanos se refugian en los autócratas y aceptan perder libertad a cambio de una ilusión de protección. Ante la crisis de la democracia, la filósofa francesa Corine Pelluchon propone “el poder de lo femenino”. No es algo reservado a las mujeres, sino un potencial humano al alcance de todos. Una política basada en la consideración, los cuidados y la madurez emocional es posible

En toda Europa y más allá, la democracia se percibe frágil. Las instituciones siguen en pie. Se celebran elecciones. Los tribunales funcionan. Sin embargo, algo más profundo se está erosionando.

Los ciudadanos ya no confían los unos en los otros. El debate público se ha convertido en un campo de batalla de acusaciones y humillaciones. El miedo viaja más rápido que los hechos. El resentimiento se expande a más velocidad que la esperanza. Muchos analistas explican esta crisis en términos económicos: globalización, desigualdad, precariedad laboral, transición ecológica. Otros apuntan a la decadencia institucional o la fragmentación de los medios de comunicación. Estas explicaciones no son erróneas, pero sí incompletas.

La crisis de la democracia también es psicológica. Pero las disposiciones psicológicas no surgen en el vacío. Nuestras formas de ser y nuestras emociones están moldeadas por estructuras socioeconómicas que organizan el trabajo, el reconocimiento y la pertenencia social.

Por lo tanto, debemos tener en cuenta el impacto de las estructuras socioeconómicas en la psique. Sin ello, cualquier diagnóstico seguirá siendo incompleto y cualquier remedio, inadecuado. La dinámica de aceleración característica de la modernidad tardía —marcada por una expansión constante de la producción, el consumo y el intercambio sin otro fin que sostenerse a sí misma—, junto con las formas de gestión del trabajo, las nuevas tecnologías y las redes sociales, somete a los individuos a una presión intensa. Muchos llegan a sentirse superfluos, intercambiables, insignificantes. La consiguiente desubjetivización y la dificultad para establecer relaciones significativas con el mundo y con los demás se traducen en una insatisfacción generalizada y en un malestar difuso, persistente.

Al mismo tiempo, se ha abierto una brecha cada vez mayor entre la innovación tecnológica y económica —que avanza a un ritmo frenético— y la política, que requiere el tiempo lento de la deliberación. Este desajuste alimenta la desconfianza hacia el Estado de derecho y hacia Europa, ambos percibidos como demasiado lentos e ineficaces a la hora de abordar problemas urgentes. Este desencanto con la democracia, combinado con el miedo al descenso social en un mundo donde la competencia impregna todas las relaciones, vuelve a los individuos más vulnerables a los discursos autoritarios que glorifican el nacionalismo y dividen a las sociedades entre buenos y malos, puros e impuros.

Analizar las fuerzas conscientes e inconscientes que llevan a una parte cada vez mayor de la población a votar a partidos de extrema derecha no consiste en emitir un juicio moral. Se trata de dotar a los ciudadanos de las herramientas necesarias para reconocer las estrategias de quienes se aprovechan de la ansiedad social y del miedo al declive, y para comprender cómo gestionar las emociones negativas generadas por las convulsiones económicas, tecnológicas y geopolíticas actuales.

Solo enfrentándonos a nuestras heridas narcisistas —en lugar de reprimirlas— podremos adquirir la madurez necesaria para convivir en un planeta frágil. Analicemos el vínculo específico entre los líderes de extrema derecha y sus seguidores, la naturaleza de la fascinación que ejercen y las condiciones en las que un proyecto ecológico y democrático podría, en el contexto actual, resultar más atractivo.

El psicoanalista alemán Erich Fromm advirtió en su día de que la humanidad había desarrollado un extraordinario poder técnico sin alcanzar una madurez emocional y moral equivalente. El resultado, sugirió, era un desequilibrio peligroso: habíamos aprendido a fabricar armas destructivas, pero no a superar nuestro narcisismo. Y, sin embargo, este narcisismo es la raíz tanto del sufrimiento personal como de la tragedia colectiva. Refleja una incapacidad para convivir con los demás y, en última instancia, una incapacidad para amar. En este sentido, el nacionalismo no es más que narcisismo colectivo: un delirio compartido, tan intenso y violento como una pasión devoradora, pero totalmente desprovisto de amor. Porque no se basa en el reconocimiento de la diferencia, sino en un vínculo narcisista: la necesidad de llenar un vacío interior, expulsar el miedo y protegerse de la vulnerabilidad. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 2 de abril de 2026

"ESPAÑA PARTIDA EN DOS". Julián Casanova (cómic)

Julián Casanova introduce de forma magistral la apasionante historia de la guerra civil española. Escrito en una prosa elegante y accesible, el libro narra los acontecimientos y batallas más significativos, junto con los principales protagonistas de la tragedia. Casanova da respuesta a algunas de las preguntas más apremiantes que se han planteado en los 90 años transcurridos desde el golpe de Estado contra la Segunda República. Explica los profundos orígenes internos del conflicto y lo sitúa en el contexto europeo marcado por los convulsos cambios continentales entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Esta nueva versión en cómic, adaptada por Miguel Casanova e ilustrada por Carles Esquembre, parte de la edición ampliada y actualizada del libro en 2022. Una obra que combina el rigor histórico con la fuerza visual de la novela gráfica para acercar la historia reciente de España a nuevas generaciones de lectores. Ideal para jóvenes, estudiantes y lectores interesados en comprender la guerra civil española, este volumen convierte el conocimiento histórico en una experiencia de lectura tan atractiva como reveladora.


miércoles, 1 de abril de 2026

"PADRES DEPRIMIDOS". Silvia Cosío, Publico.es

Siempre he creído que hay mucho de irresponsabilidad, de autoindulgencia y de ego en la decisión de convertirse en madre o padre. Que pensemos que estamos preparados para atender, cuidar, educar y proteger a un ser humano dependiente de nosotros, vulnerable y maleable es, si se piensa en frío, una locura. Cinco minutos antes de conocer a mi hija yo estaba inmersa en una burbuja de emoción, expectación y felicidad que no me dejaba pensar, solo sentir, pero esa noche, ya más calmada, en la habitación de aquel hotel en Addis Abeba, mirando a mi hija que dormía profundamente, sentí todo el peso de la responsabilidad que acababa de adquirir. El peso de saber que ese diminuto ser, su felicidad, su bienestar y su futuro reposaban en mis manos. De mi primer año como madre me queda el recuerdo de un montón de experiencias maravillosas, pero también la memoria del vértigo, del miedo, de la ansiedad, de las dudas, del cansancio, del desbordamiento y del estrés que padecí y que me hicieron sentir tan culpable como avergonzada. Tardé en darme cuenta de que eran sentimientos complejos y duros pero también naturales. Y, si bien es verdad que yo me libré de la montaña rusa hormonal que lleva aparejada la maternidad biológica, compensé su ausencia con las dificultades y retos que conlleva una adopción. Y hubo días en los que lo único en lo que podía pensar era en salir por la puerta y no mirar atrás.

Las madres de mi generación, y las de las generaciones anteriores, no solíamos verbalizar ni hacer público nada de esto, pues la sociedad tiende a censurar cualquier despliegue que nos humanice y que, por tanto, desmienta el halo de santidad, devoción y vocación innata con el que hemos dibujado tradicionalmente la imagen de la maternidad. Por eso no hay peor insulto ni peor afrenta para una mujer que la acusación de ser una mala madre, que es aún más estigmatizante incluso que la sospecha que recae en las mujeres que no desean o que han renunciado a la maternidad. Porque, aunque ambas representan la negación de la esencia de lo que nos han querido convencer que constituye “lo femenino”, la mala madre personifica además la “antimujer”, convirtiéndose así en una criatura contranatura que se deja arrastrar por sus necesidades y sus caprichos. En una mujer que abdica de la devoción, los cuidados y la abnegación y que se pone por delante de sus hijos. En una mujer que usurpa el papel tradicional del padre.

Afortunadamente el feminismo -ese que los amigos de los maltratadores dicen que ha llegado demasiado lejos- ha ido abriendo las mentes y los ojos de muchas de nosotras, tomándose además su tiempo para desmontar construcciones ideológicas y sociales que nos empequeñecían y nos limitaban a la vez que nos daba las herramientas con las que transformar nuestras mentes y vidas pero también con las que reforzar la confianza en nosotras mismas para admitir, aceptar y celebrar nuestras imperfecciones. En un mundo en el que se nos exige a las mujeres la perfección en todo, en el que si queremos que se nos tenga en cuenta tenemos que ser y estar siempre bellas, elegantes y delgadas, pero también ser productivas, profesionales y eficientes sin renunciar a ser hogareñas, cariñosas, tiernas y, por encima de todo, buenas y sacrificadas madres, aceptar que se es una madre imperfecta, es tanto una victoria como un alivio.

Pero más allá del valor terapéutico que han tenido las aportaciones y las reflexiones de las pensadoras feministas que han diseccionado, deconstruido y remodelado el concepto de maternidad, contribuyendo así a la mejora de nuestra calidad de vida al ayudarnos a reforzar nuestra autoestima y nuestra salud mental, su importancia se mide especialmente en que la mirada crítica del feminismo hacia la maternidad se ha materializado en las llamadas políticas de conciliación. Unas políticas con las que se busca equilibrar la vida familiar y laboral mediante permisos por nacimiento -compartidos entre ambos progenitores-, reducciones laborales, permisos de lactancia, adaptaciones de las jornadas laborales o excedencias de hasta tres años para el cuidado de los hijos, y que en teoría están pensadas para que se puedan acoger a ellas tanto las madres como los padres. Sin embargo son las mujeres las que de forma abrumadora -nueve de cada diez personas que se acogen a la reducción laboral para conciliar son mujeres- acaban priorizando el cuidado de los hijos a sus intereses, necesidades y ambiciones laborales. Y es que muchas de nosotras nos habremos librado de la maldita culpa cristiana y patriarcal que íbamos arrastrando por no conseguir ser unas madres perfectas, abnegadas y altruistas, pero seguimos cargando sobre nuestras espaldas con el peso de los cuidados.

Y ahora descubrimos que los padres que han entendido que la baja de paternidad está pensada para que se hagan cargo de sus criaturas recién nacidas, y no para entrenar para el Ironman o para ver el Mundial de Fútbol, resulta que se deprimen y se desbordan. Que pelearse con jefes y encargados para que cumplan con la ley, que las horas perdidas en la sala de espera del pediatra, que la falta de sueño, que el cansancio o que el ver cómo el mundo laboral les va dejando atrás les está pasando factura a su salud mental y a su autoestima y exigen que se les preste atención. Parece que al fin han entendido lo que las feministas llevamos más de un siglo denunciando y combatiendo.

Y es por esto que el feminismo es un artefacto tan peligroso, porque ha venido a poner patas arriba lo que nos han hecho creer que constituía la naturaleza y la esencia de ese invento que llamamos “mujer” y, por esa regla de tres, de lo que creíamos también que era ser “hombre”. Pero sobre todo porque ha venido para decirles a los señores que ya va siendo hora de que dejen de hacerse los tontos y que asuman de una vez su parte de responsabilidad. Por dura que esta sea. Porque al final saldremos todos ganando. También ellos.

martes, 31 de marzo de 2026

"ARGUMENTOS". Luis García Montero, El País

Es aburrido hablar de sanidad y educación públicas, economía, impuestos, paz, justicia internacional o derechos humanos; mejor descalificar e insultar

Como las vacaciones de Semana Santa facilitarán las comidas familiares y las reuniones de amigos con tambores y cornetas, quiero ofrecer algunas palabras para que las bocas de la derecha y la extrema derecha puedan analizar las causas de la mala, muy mala, malísima situación que vive España. Si atendemos a la capacidad metafórica del mundo animal, los rojos son hienas, zorros (o zorras, mucho peor), sabandijas, ratas, víboras, chinches, fieras, moscas y todo tipo de bichos que pueden representar la molestia cojonera o los colmillos peligrosos.

Este amor del ser humano por el mundo animal se justifica por identificación. Los rojos muestran unas raíces fundadas en el mal: malhechores, malcasados, malparidos, maleducados y malolientes. También ayuda el prefijo des: deshonestos, desleales, desafectos o, si el insulto viene de la izquierda a la izquierda, descafeinados. Los rojos representan la degradación de la humanidad cuando se comportan, todo junto, como delincuentes, corruptos, sobornados, pesebreros, viciosos, mentirosos, pervertidos, moros, islamitas, antisemitas, antisionistas, ladinos, judíos, migrantes, feminazis, pecadores, anticlericales, devotos, sacrílegos, clerófobos, canallas, sinvergüenzas, granujas, bribones, rastreros, chusma, gentuza, morralla, vengativos, amargados, fracasados, abortados, mierdas, analfabetos, incultos, imbéciles o indocumentados comunistas.

¡Miserables! La lengua saca mucho petróleo de sus pozos para jugar con los sexos, las almas y los cuerpos. Es aburrido hablar de sanidad y educación públicas, economía, impuestos, paz, justicia internacional o derechos humanos. Mejor descalificar e insultar. Uno se tiene que morder la lengua para no hablar de los rebaños o las coces de los mulos que rebuznan. Mejor recordar que mi infancia son recuerdos donde madura el limonero y que ya no hay dos Españas que quieran rompernos el corazón. Ahora nos basta con una.

lunes, 30 de marzo de 2026

"HABERMAS: EL FILÓSOFO QUE CREYÓ QUE CONVENCER ERA POSIBLE". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Perder al pensador no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena

Habermas muere en un momento poco hospitalario para la empresa a la que dedicó su obra. No es una paradoja sentimental, sino un diagnóstico preciso. Construyó el andamiaje intelectual más sofisticado del siglo XX para sostener una idea simple y radical: que la democracia puede fundarse en la razón comunicativa, que la legitimidad nace del mejor argumento y no del poder bruto, y que Europa podía ser la prueba histórica de que ese proyecto era viable. Hoy, cuando sus dirigentes hablan con naturalidad de abandonar la pretensión normativa que definió el proyecto europeo, la muerte de Habermas adquiere un significado que no es biográfico sino político.

Jürgen Habermas fue el filósofo que se negó a rendirse ante el pesimismo. Heredero de la Escuela de Fráncfort, creció intelectualmente en la sombra de Adorno y Horkheimer, pensadores que habían visto en la razón moderna no solo una promesa de emancipación sino también el germen de Auschwitz. Habermas tomó ese diagnóstico sombrío y lo sometió a una corrección radical: si la razón había contribuido a la catástrofe, pensaba, no era porque estuviera condenada, sino porque había sido reducida a un instrumento. Había que repensarla de otro modo: no como técnica de dominio, sino como capacidad de entendimiento entre sujetos. De esa intuición nació su gran proyecto filosófico: la teoría de la acción comunicativa.

La idea es tan simple en su formulación como exigente en sus consecuencias. Cuando los seres humanos hablan para entenderse —no para manipular ni para vencer— activan una forma de racionalidad distinta a la del mercado o a la de la burocracia del Estado. Una racionalidad que propone en lugar de imponer, que escucha en lugar de silenciar y que funda su legitimidad no en el poder de quien habla sino en la fuerza del mejor argumento. De ese principio Habermas extrajo una teoría de la democracia, una filosofía del derecho y una defensa del proyecto europeo como el experimento político más avanzado de la historia: la apuesta de que es posible construir orden sin soberano y legitimidad sin espada. Fue también, como se señaló desde la teoría feminista, un proyecto con puntos ciegos: su ideal de imparcialidad tendía a expulsar del espacio público precisamente aquello que no encajaba en el molde de la razón desapasionada. Pero era un proyecto. Tenía horizonte. Creía que el mundo podía ser mejor mediante la palabra.

Habermas no fue un teórico de gabinete. Fue un intelectual que entendía que los argumentos tienen consecuencias y que por tanto hay que defenderlos en público. Intervino en el debate sobre la memoria del nazismo cuando historiadores conservadores intentaban relativizarlo. Se enfrentó a Foucault y a los posmodernos cuando creyó que su escepticismo radical disolvía las bases mismas de la crítica. Criticó la intervención en Irak y se posicionó sobre Ucrania cuando ya tenía más de noventa años. No siempre tuvo razón, pero siempre estuvo dispuesto a jugársela.

Habermas construyó toda su obra sobre un supuesto: que existe un espacio público donde los argumentos pueden competir en condiciones de igualdad y que el mejor argumento tiene posibilidades de ganar. Ese supuesto no era ingenuo. Sabía que el capitalismo lo erosionaba, que los medios lo podían distorsionar, y que el poder lo podía colonizar. Lo diagnosticó en 1962 con una lucidez extraordinaria, pero el diagnóstico de 1962 describía una degradación. Lo que tenemos hoy es algo cualitativamente distinto: no la colonización del espacio público sino su sustitución. Como ha señalado Evgeny Morozov, el espacio público habermasiano donde debía nacer el entendimiento ha sido reemplazado por una infraestructura propietaria donde el debate no se distorsiona desde fuera sino que se diseña desde dentro. Y en ese nuevo espacio el intelectual público de la razón ilustrada -el que baja al barro con argumentos, el que cree que convencer es posible- ha sido sustituido por el oráculo tecnológico. En lugar de argumentar, profetiza; en lugar de debatir, acumula seguidores; en lugar de buscar el mejor argumento, administra el algoritmo. Eso es Yarvin frente a Habermas. Eso es Musk frente a Habermas. Ese contraste resume, en última instancia, la oposición entre la Ilustración Oscura y la Ilustración tout court: entre el filósofo que creía posible convencer mediante argumentos y el tecnomagnate que controla la plataforma, diseña el algoritmo y decide qué argumentos circulan y cuáles desaparecen.

La teoría de la acción comunicativa no tenía herramientas para pensar un mundo en el que el espacio del debate deja de ser corrompido y pasa a ser privatizado, y en el que la manipulación no se ejerce sobre los argumentos sino sobre la arquitectura misma del debate. Eso es una limitación real y hay que decirlo. Pero la pregunta que animaba todo su proyecto —¿puede la razón ser el fundamento de la democracia?— es hoy más urgente que nunca. Precisamente porque ya nadie la defiende con su rigor. Precisamente porque se ha vuelto incómoda, ingenua, pasada de moda. Perder a Habermas no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena. En un momento en que los oráculos de Silicon Valley han ocupado el lugar del intelectual público y los líderes europeos abandonan el orden normativo como quien se quita un abrigo que ya no calienta, lo que se va con Habermas no es solo un filósofo. Es la última gran voz que insistió, sin ingenuidad y sin rendirse, en que el poder necesita justificarse ante la razón. Y no al revés.

domingo, 29 de marzo de 2026

"LA INVASIÓN". Leila Guerriero, El País

Javier Milei y Viktor Orbán en Budapest
Si mis entrañables abuelos sirios eran invasores, se camuflaron bien

Parece que mis abuelos invadieron la Argentina. No estoy segura, pero intento averiguarlo desde que el presidente Javier Milei le dijo a Orbán, el primer ministro húngaro: “Cuando la inmigración no se adapta culturalmente al lugar donde va, deja de ser inmigración para convertirse en invasión”. Orbán quedó contento porque considera que la inmigración es “un veneno”.

Si mis entrañables abuelos sirios eran invasores, se camuflaron bien: tomaban mate, pero “sospechosamente” lo primero que hicieron fue plantar una higuera para recordar su tierra, y comían más keppe, guisos de trigo y tabule que carne. Hablaban español, pero entre ellos y con sus hijos hablaban en árabe. Mi abuelo hacía un ayuno largo, no religioso, en cualquier momento del año, porque lo había aprendido en su tierra para depurarse. Los días de calor no tomaban bebidas frías sino té caliente y se ponían varias capas de ropa porque era el método que usaban en su país para estar frescos. Mi abuelo hablaba con nostalgia de cuando se “duchaba” con arena. Mi abuela añoraba los gusanos de seda que criaba y las moreras que les servían de alimento. Iban a reuniones donde se bailaba dabki, se tomaba anís y café con borra. Se vestían siempre de la misma forma modesta y ninguno de los dos sabía conducir.

¿Qué salió de esa gente trabajadora, bondadosa? Una mujer elegante, lectora, mi madre, que cocinaba desde ñoquis hasta asado pasando por todas las recetas de mi abuela, que escuchaba tango, folklore, Amalia Rodrigues, Joan Manuel Serrat y música árabe, que adoraba el teatro, que sabía carpir, bordar, ultimar un animal, criar hijos, recitar a Sor Juana, hablar perfectamente su lengua materna, vestirse como una modelo y manejar un camión. Después vengo yo, que cuando llego a Madrid, Bogotá o Ciudad de México el día de Halloween, y veo a todas esas personas disfrazadas de zombies, me digo que la invasión empezó hace rato y que la venimos tragando de lo más bien.

"LA SOLEDAD DE EUROPA NO ES UNA CONDENA, ES UNA LIBERACIÓN". Anrtoniio Scurati, El País

Eva Vázquez Estados Unidos y Rusia están conduciendo el mundo hacia un lugar distinto al que se soñó desde Europa. E incluso quienes debería...