domingo, 29 de marzo de 2026

"LA INVASIÓN". Leila Guerriero, El País

Javier Milei y Viktor Orbán en Budapest
Si mis entrañables abuelos sirios eran invasores, se camuflaron bien

Parece que mis abuelos invadieron la Argentina. No estoy segura, pero intento averiguarlo desde que el presidente Javier Milei le dijo a Orbán, el primer ministro húngaro: “Cuando la inmigración no se adapta culturalmente al lugar donde va, deja de ser inmigración para convertirse en invasión”. Orbán quedó contento porque considera que la inmigración es “un veneno”.

Si mis entrañables abuelos sirios eran invasores, se camuflaron bien: tomaban mate, pero “sospechosamente” lo primero que hicieron fue plantar una higuera para recordar su tierra, y comían más keppe, guisos de trigo y tabule que carne. Hablaban español, pero entre ellos y con sus hijos hablaban en árabe. Mi abuelo hacía un ayuno largo, no religioso, en cualquier momento del año, porque lo había aprendido en su tierra para depurarse. Los días de calor no tomaban bebidas frías sino té caliente y se ponían varias capas de ropa porque era el método que usaban en su país para estar frescos. Mi abuelo hablaba con nostalgia de cuando se “duchaba” con arena. Mi abuela añoraba los gusanos de seda que criaba y las moreras que les servían de alimento. Iban a reuniones donde se bailaba dabki, se tomaba anís y café con borra. Se vestían siempre de la misma forma modesta y ninguno de los dos sabía conducir.

¿Qué salió de esa gente trabajadora, bondadosa? Una mujer elegante, lectora, mi madre, que cocinaba desde ñoquis hasta asado pasando por todas las recetas de mi abuela, que escuchaba tango, folklore, Amalia Rodrigues, Joan Manuel Serrat y música árabe, que adoraba el teatro, que sabía carpir, bordar, ultimar un animal, criar hijos, recitar a Sor Juana, hablar perfectamente su lengua materna, vestirse como una modelo y manejar un camión. Después vengo yo, que cuando llego a Madrid, Bogotá o Ciudad de México el día de Halloween, y veo a todas esas personas disfrazadas de zombies, me digo que la invasión empezó hace rato y que la venimos tragando de lo más bien.

sábado, 28 de marzo de 2026

"LOS BUENOS COMEN LANGOSTA: LAS OBSCENIDADES DE LA GUERA DE IRÁN". Íñigo Domínguez, El País

El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth,
en el Pentágono, el pasado 19 de marzo
A la monstruosa ofensiva en Oriente Próximo se suma un estilo y un lenguaje que parecen una caricatura del peor estereotipo de estadounidense

El ataque a Irán iba a ser cosa de unas semanas, cada día se anuncia que Irán ya ha sido destruido (deben de reconstruirlo por la noche), pero resulta que ahora el dinero no les llega. El Departamento de Defensa de la Casa Blanca, que el aspirante a Nobel de la Paz ha renombrado Departamento de Guerra, acaba de pedir 200.000 millones de dólares. Su secretario, Pete Hegseth, lo ha argumentado así: “Hace falta dinero para matar a los malos”. Yo siempre lo he dicho, si es que solo es cuestión de dinero. Y no les quiero ni contar el que hace falta para que vivan los buenos, sobre todo si los buenos quieren vivir bien. Porque los buenos, por ejemplo, comen langosta. Yo la he comido una o dos veces en mi vida, así que muy bueno no debo de ser. Pero según la plataforma de transparencia Open The Books, solo en septiembre, último mes del año fiscal, Hegseth se fundió 93.000 millones, cifra histórica, la mitad de lo que pide ahora. Y una parte fue en cosas como un piano de cola Steinway & Sons de 98.000 dólares para la casa de un mando de aviación. Es verdad que en un momento dado puede usarse como arma de guerra, lanzándolo desde el aire, pero hay otros dispendios menos comprensibles: en un mes, 6,9 millones de dólares en langosta y dos millones en centollos reales de Alaska. Ni Departamento de Guerra, ni de Paz, mejor Departamento de Crustáceos. Además Trump es de color naranja, le encantaría. En todo caso el nombre está disputado, porque también se les fueron 124.000 dólares en máquinas de helados y 139.000 en dónuts. No puedes evitar imaginar a Homer Simpson sentado ante los mandos de la guerra de Irán. Aunque Pete Hegseth, exmarine y expresentador de la Fox, es uno de esos individuos que ahora, y no importa cuándo lea esto, está haciendo flexiones, y seguramente enfadado, siempre está enfadado.

“Tenemos que asegurarnos de que nuestras tropas cuentan con todo lo que necesitan”, ha justificado. Lo dice uno del Gobierno que ha acabado con los programas de asistencia alimentaria y sanitaria de sus compatriotas por ser un derroche innecesario. Por no hablar del cierre de los programas de cooperación, que han hundido la ayuda humanitaria y han dejado a millones de personas sin acceso a un médico, a medicinas, a una escuela, a comida, y eso que nunca comían langosta. En fin, esos 200.000 millones de dólares son tres veces más que la ayuda militar que EE UU ha enviado a Ucrania en cuatro años.Hay algo monstruosamente obsceno en esta guerra, más allá de que cualquier guerra lo sea, por una mera cuestión de estilo y de lenguaje, en la manera de hacer y decir las cosas. Asistimos a un paroxismo casi caricaturesco del peor estereotipo de estadounidense que imaginemos, incluso sin haber estado nunca en Estados Unidos, por lo que hemos visto en películas de vaqueros y de policías sobrados. El equivalente español sería Torrente con una bomba nuclear. Esta apoteosis de langostas me ha recordado a David Foster Wallace, bendito sea, que en uno de sus descacharrantes reportajes se fue en 2003 al Festival de la Langosta de Maine, un despiporre americano total donde se comen toneladas de este animal, con gorras con forma de langosta y langostas hinchables, y una masa popular devorando todo a su paso en una catarsis consumista, en la que nadie reparaba en el extraño ritual de la muerte de miles de bichos: “Puros americanos del último tipo: ajenos, ignorantes, ansiosos de algo que no se podrá tener nunca, desilusionados como no podrán admitir jamás”, escribió. Ahora mandan, agitan la Biblia y declaran guerras. Y encima son los buenos. Así que ya saben, a portarse bien.

viernes, 27 de marzo de 2026

Odome Angone, ensayista: “Las personas no blancas no tenemos derecho a ser nosotros. Hablamos siempre en nombre de un colectivo”. Una entrevista de Silvia Laboreo Longás publicada en El País

Profesora de literatura hispanoafricana en la universidad en Dakar, ha escrito el libro ‘¿De qué color son los blancos?’, donde reflexiona sobre quién produce el conocimiento aceptado y visibiliza las voces silenciadas

Odome Angone (Gabón, 46 años) se define como madre, universitaria y africana. Tres etiquetas que “carga con mucho orgullo”. Desde hace más de 11 años, esta filóloga hispánica y doctorada por la Universidad Complutense es profesora de literatura hispanoafricana y afrodescendiente en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar, desde donde reflexiona sobre quién produce el conocimiento que es aceptado.

Su último libro, ¿De qué color son los blancos? (Edicions Bellaterra, 2025), presentado recientemente en Casa África en Canarias y en Madrid, pretende visibilizar las voces históricamente eclipsadas y empujadas hacia los márgenes de la normalidad en la ciencia, la academia o el arte.

“Nos da la impresión, a las personas que no somos de esa categoría social, de que muchas veces las personas blancas han sido socializadas como si no tuvieran color. Por eso titulo el libro con esa pregunta sarcástica”, explica Angone en una entrevista con este diario. “Para que ellos también se autocritiquen y piensen qué papel desempeñan en ese sistema global, que al fin y al cabo ha sido diseñado según una perspectiva eurocéntrica y que de algún modo les beneficia”, añade.

miércoles, 25 de marzo de 2026

"SIN RAMADÁN NO HAY SEMANA SANTA". Sergio del Molino, El País

Rezo colectivo musulmán en Jumilla (Murcia)
Si jugamos a la aconfesionalidad, hay que jugar bien: o se ponen facilidades para ambas fiestas o se las saca de la calle

Impotente ante un conflicto religioso y social que le supera, un policía local de Jumilla fió la solución a “que su Dios y el nuestro se pongan de acuerdo”. Se lo contó a la periodista de EL PAÍS Elena Reina, que andaba por el municipio murciano dando noticia de los problemas que la comunidad musulmana tuvo para celebrar el Ramadán en un espacio público. La frase del agente es ingeniosa y conciliadora, al estilo de un capitán Renault en Casablanca, pero también falsaria: el dios de las tres religiones monoteístas es el mismo. Una confusión normal en el politeísmo católico, que trata a la Virgen del Pilar y a la de la Macarena como entidades distintas y rivales. Así no hay dios que se aclare.

Más grave es que un funcionario haga distingos entre dioses “nuestros” y “de ellos”, como si en un municipio cupiera un “nosotros” diferente al que engloba a todos los vecinos. Y mucho peor que se invoque la aconfesionalidad del Estado para reprimir la libertad religiosa de una parte de la población. Los laicistas y ateos no vimos venir que un día se usaría el comodín laico para defender privilegios religiosos, pues muchos de los que quieren prohibir ramadanes tienen ya los hábitos de cofrade planchados y listos para procesionar. Laicismo, sí, pero solo para los moros. Para los demás, incienso y tambores.

Si jugamos a la aconfesionalidad, hay que jugar bien: los mismos argumentos que los agitadores voxeros avientan para hacer la puñeta a los vecinos musulmanes sirven también para que no se corte el tráfico ante el paso de los penitentes. En unos días, cientos de miles de católicos se apropiarán del espacio público para expresar su fe, exactamente igual que los musulmanes al final del Ramadán. Una sociedad que respete la libertad religiosa no puede elegir entre este y la Semana Santa: o pone facilidades para ambas fiestas o las saca de la calle.

Abrir la espita laicista plantearía un debate sobre los usos religiosos del espacio común, pero me temo que a los saboteadores de ramadanes no los anima la confrontación de ideas, por mucho que las palabras democracia y libertad no se les caigan de la boca. Si así fuera, centrarían los ataques en la religión mayoritaria, la que más presencia pública disfruta de lejos y la que más invade las calles y las plazas. Pero si solo te molesta una religión, no eres laicista, tan solo un intolerante, y cabe aplicarte aquel versículo del evangelio según Víctor Manuel, que debería conocer también el policía municipal de Jumilla: “Aquí cabemos todos o no cabe ni Dios”.

martes, 24 de marzo de 2026

"MUJER Y NEGRA: LAS FEMINISTAS BLANCAS ANTE SUS PRIVILEGIOS". Paula Cáceres, El País

Una mujer peina a otra de edad
Las mujeres caucásicas deben reconocer su posición en la jerarquía colonial y entender que la raza no es un tema más, sino la base de una modernidad que las beneficia

Acabamos de vivir otro 8-M, así que hemos leído y escuchado la palabra interseccionalidad en todos lados. Devenida en muletilla política, desde hace tiempo asistimos a una suerte de redefinición política de este concepto, producto de la manipulación del feminismo hegemónico que lo ha terminado convirtiendo en un arma de lucha para sus privilegios de mujeres blancas, vaciándolo de su contenido original y despojándolo de su significado e historia.

Por estas fechas, es común que el término aparezca en un sinfín de manifiestos, afiches, declaraciones, convocatorias y eslóganes, forme parte de documentos institucionales y se utilice a modo de validación en campañas de comunicación. Dicho de otro modo, este concepto se ha convertido en un “sello de calidad”, o lavado de cara, para el activismo feminista blanco.

Y es también común que se realicen congresos, conferencias, talleres y cursos sobre interseccionalidad, o que se publiciten eventos utilizando este concepto. Sin embargo, también es habitual que en los equipos que diseñan y organizan estas actividades no se incluya la participación de ninguna mujer negra, ni perteneciente a otra comunidad/pueblo racializado, o que su participación quede relegada a un papel meramente estético y superficial: 20 minutos para dar una charla en un marco de discursos mayoritariamente blancos, o un afiche publicitario con su imagen. En otras palabras, un concepto que surgió del feminismo negro para describir la vivencia de la opresión cuando está presente el eje de la raza se ha terminado utilizando en prácticas que reproducen precisamente racismo y colonialismo.

El concepto interseccionalidad no surgió para que las mujeres blancas se sintieran “incluidas” en la diversidad. El término lo acuña a finales de la década de los ochenta la abogada y académica estadounidense Kimberlé Crenshaw, figura clave en el desarrollo de la teoría crítica de la raza, basándose en el análisis de una demanda que interpuso un grupo de mujeres negras contra General Motors tras ser despedidas. El tribunal del caso concluyó que no había existido discriminación por raza, ya que muchos hombres negros seguían trabajando en la empresa, y que tampoco existía discriminación por género, puesto que muchas mujeres (blancas) también permanecían contratadas.

A partir del análisis de este caso, Crenshaw determinó que la experiencia de las mujeres negras no podía ser explicada solo desde el punto de vista de la raza o solo desde el punto de vista del género, ya que es la intersección de ambos ejes la que produce su realidad concreta y, por tanto, una forma única de discriminación. No se trata solo de la suma de opresiones, sino de la manera en que estas se imbrican e interactúan, generando experiencias concretas que describen la discriminación específica que viven las mujeres negras, primero por ser negras y luego por ser mujeres.

Interseccionalidad fue el término que acuñó Crenshaw para poner de manifiesto esta realidad, un prisma desde el que observar cómo la raza intersecciona e interactúa con cuestiones como la clase y el género. Antes de Crenshaw, mujeres de diferentes movimientos subalternos, en diversos contextos históricos y geopolíticos, ya debatían sobre cómo el factor étnico y racial juega un rol determinante en la configuración de las relaciones de poder, y por qué es imposible analizar la opresión de género o de clase sin tomar en cuenta cuestiones como la raza o la etnia, lo que evidencia el intenso debate que ya existía en los movimientos de mujeres no blancas sobre esta materia.

El enfoque teórico de Crenshaw fue ampliamente desarrollado en la tercera ola del feminismo, una etapa muy marcada por la introducción de conceptos como raza, etnia, religión y sexualidad. En este contexto, relevante fue el aporte teórico de la socióloga estadounidense negra Patricia Hill Collins con su concepto “matriz de dominación”, un enfoque que permite analizar cómo los diferentes sistemas de poder (raza, clase, género, etcétera) se interrelacionan y se refuerzan mutuamente, creando una jerarquía de dominación (privilegio) y opresión (resistencia) que organiza y estructura la sociedad.

A pesar del origen de estos debates, con el tiempo hemos visto cómo el feminismo blanco ha convertido el término interseccionalidad casi en un sinónimo de feminismo hegemónico. Tal como afirma la filósofa Esther (Mayoko) Ortega Arjonilla en el prólogo del libro de Rafia Zakaria Contra el feminismo blanco, uno de los ejemplos más evidentes del extractivismo epistémico que hace el feminismo es la utilización del término, llegando al punto de entenderlo como la forma de hacer “un análisis del género y todo lo demás”, como le afirmó en una ocasión una feminista académica blanca.

Lo que estamos presenciando es un borrado progresivo, interesado y político del factor raza/etnia del concepto interseccionalidad. No estamos planteando que se dejen fuera categorías de opresión diversas, sino que no se excluya el aspecto racial, que fue lo que dio origen no solo al término, sino a todo el estudio y análisis del eje raza/etnia en la configuración de las relaciones de poder.

El extractivismo ha sido una constante en la historia del sistema-mundo. En palabras del sociólogo Ramón Grosfoguel, se trata de un saqueo, robo, despojo y apropiación de recursos del sur global para el beneficio de grupos demográficos considerados racialmente superiores. Con el tiempo este extractivismo se ha extendido también al ámbito epistémico y ontológico, y la redefinición interesada del concepto interseccionalidad es una clara prueba de ello.

El concepto interseccionalidad interpela a las feministas blancas a que reconozcan su posición en la jerarquía colonial y entiendan que la raza no es un “tema más”, sino el cimiento sobre el que se construyó la modernidad que hoy las privilegia. No olvidemos que el feminismo blanco se ha cimentado sobre la división racial del trabajo porque para que las feministas blancas salgan de sus casas, estudien, entren al mercado laboral, ocupen puestos de dirección y cargos políticos, han tenido que existir mujeres negras, mujeres racializadas, que les limpien, cocinen, críen a sus hijos y cuiden de sus padres y abuelos. Se trata de mujeres que muchas veces no tienen la posibilidad de formarse ni de cuidar a su propia descendencia, o que incluso teniendo formación deben ejercer trabajos mal pagados, por parte incluso de estas mismas mujeres blancas que hablan de derechos y liberación.

Porque el feminismo blanco se ha visto beneficiado por un sistema que marca racialmente como inferiores a los pueblos del sur global a través de marcadores raciales como el color de la piel, la etnicidad, la religión, el idioma o la cultura, situándolos en una zona de no-ser, una zona deshumanizada de no derechos, con el fin de mantener la supremacía y los privilegios políticos, económicos y sociales de las poblaciones blancas, entre las que se incluyen las feministas blancas. No reconocer esta realidad implica la anulación y negación de la definición misma del concepto interseccionalidad que sitúa el eje de la raza como un factor estructurante y jerarquizante del sistema-mundo que las privilegia sobre las mujeres racializadas.

¿Están dispuestas las feministas blancas a reconocer sus privilegios? ¿Están dispuestas a hacerse a un lado para ceder y compartir espacios de trabajo, participación y visibilidad?

lunes, 23 de marzo de 2026

"ENTREVISTA A ARUNDHATI ROY, ESCRITORA INDIA". Marc Bassset, El País

ARUNDHATI ROY

La escritora india, autora de ‘El dios de las pequeñas cosas’, encarna la figura de la intelectual radical y global. Rechaza el ataque de Trump en suelo iraní. Argumenta que ella vive bajo un régimen cruel, el de Nerendra Modi, pero eso no significa que quiera que llegue Estados Unidos a bombardear el país. Y avisa de que en autoritarismo, la India va muy por delante de Occidente: allí, dice, el odio y el veneno ya no vienen solo del Estado, sino también de la sociedad

La cita para esta entrevista, al principio, estaba fijada a mediados de febrero en un hotel de Berlín. La escritora Arundha­ti Roy (Shillong, India, 64 años) estaba invitada a la Berlinale, el festival de cine, con ocasión del estreno de la versión restaurada de In Which Annie Gives It Those Ones (en el que Annie la monta, sin traducir al español), un popular telefilme de 1989 cuyo guion ella escribió y en el que actuó. A última hora, y estando en París a punto de subirse al avión hacia Berlín, vio que, en una rueda de prensa el cineasta alemán Wim Wenders, presidente del jurado, y otros miembros del cónclave eludían las preguntas sobre Israel y Gaza. “Me sorprendió que personas tan inteligentes tuviesen miedo de decir cualquier cosa sobre Gaza”, recuerda Roy. Y anuló el viaje y la entrevista.

La autora de El dios de las pequeñas cosas, la novela que la lanzó a la fama hace casi tres décadas, publicó hace unos meses en castellano Mi refugio y mi tormenta (Alfaguara, traducción de Catalina Martínez Muñoz), unas memorias centradas en la figura de su madre, una mujer a la vez extraordinaria y compleja. “Alguien me dijo que tuve la misma relación con la India que con ella”, dice. “La India también es mi refugio y mi tormenta”. Acosada por el nacionalismo hindú, y en el punto de mira de la justicia de su país por haber cuestionado que la región de Cachemira hubiese sido históricamente india, Roy —referente para intelectuales occidentales como Judith Butler o Naomi Klein— encarna la figura de la intelectual radical, a la vez global y muy arraigada en la India, su civilización y su universo de referencias.

“Por supuesto, habría podido ir al pase en Berlín, pero entonces habría sido ‘la mujer cabreada en el circo’, y era algo que yo no quería hacer”, explicó unos días después de la polémica en la Berlinale. Roy ya había vuelto a Nueva Delhi y se había concertado otra cita para la entrevista, esta vez por videoconferencia. “Es interesante”, explicó, “porque ha circulado una cita de Wim Wenders, de 1988, y es muy inteligente lo que dice. Dice que las películas que no son políticas son en realidad las más políticas, porque en cada fotograma apoyan el statu quo. No es que esto no se entienda ahora, es que, cuando se trata de Gaza, los cerebros se revuelven. Pueden ser políticos sobre cualquier cosa, pero no sobre Palestina”.

sábado, 21 de marzo de 2026

"LAS MUJERES IRANÍES NO NECESITAN SALVADORES". Violeta Assiego, elDiario.es

 Si algo necesitan de quienes dicen defenderlas es que dejen de bombardearlas y dejen de instrumentalizarlas. Porque el feminismo no va a ser nunca un lenguaje al servicio de la guerra

Las mujeres iraníes no pidieron esto. Pedían el fin de la policía moral, el derecho a elegir su vestimenta, igualdad ante la ley y el fin de la impunidad estatal. Lo venían diciendo desde las calles, desde las cárceles, desde la rebelión de los velos que dio origen al lema “Mujer, Vida, Libertad” como grito por la libertad política y los derechos fundamentales frente al autoritarismo. Un movimiento de mujeres que surgió en 2022 como una respuesta directa a décadas de opresión contra ellas y la imposición obligatoria del hiyab. Cuando los ataques aéreos de las fuerzas israelíes y estadounidenses comenzaron en todo Irán el pasado 28 de febrero a las 9:45 (hora local) nadie les había preguntado si querían esas las bombas que están cayendo sobre las escuelas de sus hijas e hijos, sobre sus familias, sobre sus vidas. Las que reducen a escombros sus hogares. Las que están asesinando a su gente y a ellas mismas.

Ellas son el pretexto. Las bombas de Israel y de Estados Unidos no caen en su nombre. Porque la violencia no se detiene con más violencia. Netanyahu invocó precisamente el lema “Mujer, Vida, Libertad” para justificar esos bombardeos y Trump habló de rescatar al pueblo iraní de la opresión. Lo que esta guerra produce no es la liberación de las mujeres iraníes, sino más precariedad, más destrucción y más violencia sobre ellas y sobre el conjunto de la población civil. El lema que nació del asesinato de Jina Mahsa Amini está siendo mancillado por los soldados israelíes que lo escriben en sus armas, no lo están honrando: lo están profanando. Shirin Ebadi, Premio Nobel de la Paz, lo ha dicho sin ambigüedad, los derechos de las mujeres iraníes no se conquistan con bombas. Se conquistan desde dentro, con las mujeres iraníes como sujeto, no como símbolo. Esa es la diferencia entre el feminismo como práctica política y el feminismo como coartada geopolítica.

La propaganda de Israel habla de ataques selectivos y eliminación de líderes. Pero calla sobre las miles de personas civiles asesinadas, las ciudades arrasadas, las vidas atravesadas por el terror y la pérdida. Mientras construyen un relato errático de victoria, la realidad es otra más de un millón de personas han sido desplazadas, se ha documentado el uso de fósforo blanco en zonas residenciales, sanitarios asesinados en el sur del Libano… e imposible borrar de la memoria el bombardeo sobre la escuela primaria Shajare Tayyebeh (Minab) mientras estaba llena de alumnas y donde al menos 180 personas murieron, en su mayoría niñas de entre siete y doce años. Nadie está pensando en las mujeres ni en términos de vida ni de derechos. Esta lógica es la de la muerte, la de la destrucción, la del genocida, la de colonialismo devorando todo deshumanizadamente.

Nadje Al-Ali, que ha investigado durante décadas los efectos de los conflictos armados sobre las mujeres en Irak y en toda la región, señala que las intervenciones militares empeoran sistemáticamente la vida de las mujeres, aunque se justifiquen en su nombre. Porque la violencia en una guerra, en un conflicto armado, en la invasión de otro país, nunca es neutra. Como dice Judith Butler en Marcos de Guerra no todas las vidas son consideradas llorables, hay vidas que cuentan y vidas que no, hay muertes que se narran y otras que se diluyen en cifras. Esa jerarquía del duelo es también una forma de violencia. Las niñas de Minab no merecieron un minuto de silencio en ningún parlamento occidental.

Lo que está en juego no es solo este conflicto concreto, sino los valores que queremos que ordenen el mundo. Las mujeres iraníes no necesitan salvadores, les basta con que se reconozca su agencia política, su capacidad de lucha y su derecho a decidir sobre sus propias vidas sin injerencias que las utilicen como coartada. Si algo necesitan de quienes dicen defenderlas es que dejen de bombardearlas y dejen de instrumentalizarlas. Porque el feminismo no va a ser nunca un lenguaje al servicio de la guerra. Por cierto, defender el derecho internacional no es ingenuidad, es memoria política. Es el aprendizaje acumulado de otras guerras, de otros genocidios, de otros crímenes horribles donde ya vimos lo que ocurre cuando la fuerza sustituye al Derecho. Es, precisamente, el límite que las sociedades se han dado para que el poder no arrase sin freno, para que la violencia no se convierta en norma. Defenderlo es defendernos sin excepciones, sin jerarquías, sin bombas. Es defender la Vida.

"LA INVASIÓN". Leila Guerriero, El País

Javier Milei y Viktor Orbán en Budapest Si mis entrañables abuelos sirios eran invasores, se camuflaron bien Parece que mis abuelos invadier...