lunes, 8 de junio de 2026

"RADIOGRAFÍA DE UNA ESPAÑA EN MÁXIMOS HISTÓRICOS DE ODIO". Sabela Rodríguez Álvarez, infoLibre.es

Montaje gráfico de varias manifestantes sobre una
imagen en blanco y negro de una protesta ultra

Los delitos de odio han crecido un 23,63% en un año y la violencia se hace cada vez más visible en las calles

El domingo por la tarde, un joven de Vila de Gràcia (Barcelona) "antifascista e independentista" fue apuñalado por un "fascista español de 52 años", según denuncia el grupo al que pertenecía, Eskapulats –aficionados del Club Esportiu Europa–, a través de un comunicado. El autor de los hechos fue detenido y se investiga si detrás de la agresión hubo motivos ideológicos. "Todo intento de blanquear la motivación ideológica del agresor, de mentir sobre el origen del intento de asesinato y de generar dudas sobre el contexto, nos encontrará de cara e iremos hasta donde sea necesario para preservar la verdad", sostiene el grupo.

Los delitos de odio por motivaciones ideológicas han crecido un 63,95% en el último año, siendo los terceros más frecuentes según el registro confeccionado anualmente por el Ministerio del Interior. El departamento de Fernando Grande-Marlaska ha hecho público este miércoles el Informe de Evolución de los Delitos e Incidentes de Odio, relativo a 2025. La estadística más reciente confirma el peor de los escenarios: los delitos de odio han aumentado un 23,63% en un año, alcanzando el máximo histórico. Y a la cabeza, tres categorías: el racismo, la LGTBIfobia y la violencia por motivos ideológicos.

El análisis elaborado por el Ministerio del Interior diferencia entre hechos conocidos, entendidos como el conjunto de infracciones penales y administrativas que llegan a las autoridades, y los hechos esclarecidos, que pasan a ser considerados como tal cuando la investigación avanza y arroja luz sobre los acontecimientos.

Las víctimas de este tipo de delitos son mayoritariamente hombres (62,34%), pero quienes ejercen la violencia también (78,49%). La mayoría son españoles. La violencia se expresa a través de amenazas, lesiones y humillaciones, pero también toma forma de injurias, trato degradante y coacciones. Casi siempre sucede a la vista de todos: más de un tercio de los delitos denunciados se produjo el año pasado en la vía pública.
Racismo en el corazón del sistema

El racismo y la xenofobia son las categorías más frecuentes en suelo español, en un contexto de rearme ideológico por parte de la extrema derecha y propagación de discursos que sitúan a las personas migrantes como máximo enemigo. Vox ha monopolizado esa estrategia, pero la derecha ha decidido ponerse de perfil y dar carta blanca a narrativas racistas, especialmente en lo que respecta al proceso de regularización de migrantes.

El año pasado, las autoridades tuvieron constancia de 934 delitos de odio de carácter racista, lo que supone el 42,95% del total de hechos conocidos. Son, con diferencia, los más habituales.

Silvana Cabrera, portavoz de Regularización Ya, lamenta que la violencia contra las personas migrantes haya sido tradicionalmente una realidad invisible para los ojos de la mayoría social. "Venimos denunciándolo desde hace muchos años, pero no nos tomaban en serio", asiente en conversación con este diario.

La activista enseguida pronuncia el nombre de Haitam Mejri, porque la violencia que recae sobre grupos vulnerables va más de nombres que de cifras. El joven falleció a finales de diciembre tras una intervención policial en la que recibió entre ocho y once descargas eléctricas. "Métele más táser", gritaron los agentes. El juzgado terminó por archivar la investigación el pasado mes de abril.

Para Cabrera, ahí está uno de los grandes problemas que soportan las personas migrantes: el racismo en el corazón del sistema. "La Policía violenta sistemáticamente a las personas migrantes y no existe justicia al respecto, ni responsabilidad, ni reparación", sostiene. Una violencia estructural y sistémica que "afecta a toda la ciudadanía, como hemos visto en València".
"Bollera de mierda"

El miércoles pasado, una joven denunció haber sido insultada y atacada por tres hombres desconocidos mientras caminaba por las calles de Pontevedra. "Bollera de mierda, tu abuela debe estar contenta", lanzaron los agresores, momentos antes de arremeter contra ella golpeándola con una botella. La víctima cayó desplomada al suelo y apenas recuerda cómo pudo librarse de los golpes.

Es uno de los muchos casos de violencia extrema que sufre la comunidad LGTBIQ+, uno de los principales colectivos en los que ponen el foco los divulgadores de odio que buscan trasladar la violencia a las calles. El balance de Interior se hace eco de 571 incidentes de odio de esta tipología el año pasado, el segundo grupo más numeroso.

"No solo hay una enorme infradenuncia, sino que el proceso de investigación es muy penoso para la víctima y muchas veces ni siquiera es reconocida como tal". Habla Toño Abad, presidente del Observatorio Valenciano contra la LGTBIfobia. Los datos del ministerio, comenta al otro lado del teléfono, incluso siendo parciales como consecuencia de la escasa tasa de denuncia, evidencian un incremento sostenido en el tiempo de los ataques.

"Se ha instalado un discurso en las instituciones que ha permeado en determinadas capas de la sociedad" y que está siendo difundido gracias a la complicidad de las redes sociales y los pseudomedios, analiza el activista. Pero, además, una vez se materializa la violencia, los engranajes del sistema no son capaces de reparar el daño. "Constantemente se cuestiona a las víctimas y sobre todo se pone en duda el carácter homófobo de determinadas agresiones", lamenta Abad. A esto se suma una estrategia en alza: las denuncias cruzadas. "Vemos que muchos agresores denuncian a sus víctimas para victimizarse en el proceso, algo absolutamente intolerable" y que tiene un efecto disuasorio para quienes verdaderamente sufren en sus carnes la violencia.
Palomino, Agulló y la violencia política

Algo similar ocurre con las víctimas de violencia ideológica, con casos en los que no solo operan las denuncias cruzadas como estrategia de los atacantes, sino que están también atravesados por una narrativa que los sitúa como meras reyertas entre grupos radicales, una equiparación funcional a los agresores que sitúa al mismo nivel la violencia ultra y la autodefensa antifascista.

La violencia política que recae sobre quienes militan en movimientos sociales, sindicatos y organizaciones políticas ha pasado tradicionalmente desapercibida en la agenda política y mediática. Pero las agresiones por motivos ideológicos han estado siempre presentes en las calles. Son, según los datos oficiales, el tercer tipo de delitos de odio más frecuentes en el país. En total, las autoridades han registrado 241 hechos vinculados con esta forma de violencia.

En el proyecto Crímenes de odio se encuentran los nombres de Carlos Palomino y Guillem Agulló como columna vertebral del análisis en torno a los crímenes ideológicos que han marcado a generaciones. Lo sabe bien Miquel Ramos, periodista y coautor de esta herramienta que clasifica, visibiliza y documenta casos específicos de violencia contra distintos colectivos.

Igual que el grueso de los expertos consultados, el investigador coincide en que "la mayoría de delitos que se cometen no se denuncian", por lo que las cifras oficiales nacen sesgadas. "Muchas veces ni siquiera se recoge el agravante de odio y otras tantas queda a criterio de la Policía", con los riesgos que esa arbitrariedad entraña. En España pueden tener la consideración de delitos de odio actos organizados contra grupos fascistas y así ha sucedido en diversas ocasiones, "llegando a considerar víctimas a nazis", lo que demuestra que "la interpretación de esta tipología tiene muchas lagunas".

Para Ramos, si existe una voluntad real por perseguir a quienes ejercen violencia, debe existir también el compromiso firme de frenar a aquellos que la alientan. "No es raro escuchar que han detenido a un tuitero, pero los mayores difusores de los discursos de odio son políticos o medios de comunicación". Y en ese terreno pantanoso, zanja el entrevistado, impera de nuevo la impunidad y la inacción.

domingo, 7 de junio de 2026

"POR QUÉ ESTE AUTO DEL JUEZ CALAMA NO SE PARECE A LOS SUYOS". Daniel Valverde Ríos, infoLibre.es

La imputación de Zapatero, leída junto a otras dos resoluciones del mismo juez, abre interrogantes que el instructor o un tribunal superior tendrá que responder

No hace falta ser jurista para leer tres autos del mismo juez y notar que uno de ellos está construido de otra manera. Hace falta, eso sí, tomarse el trabajo de leerlos. He leído íntegramente el auto del 18 de mayo de 2026 por el que el magistrado José Luis Calama imputa al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero en el caso Plus Ultra,[1] y lo he comparado con otros dos autos suyos: el del caso Banco Popular, de 2024, y el de una trama de fraude de hidrocarburos, de 2021.[2][3] Los tres investigan delitos económicos complejos. Los tres son obra del mismo instructor. Pero solo uno de ellos hace tres cosas que los otros dos evitan cuidadosamente. Este artículo trata de esas tres diferencias, y de la única pregunta que importa: por qué.

Conviene decir desde el principio qué no sostengo. No sostengo que Zapatero sea inocente ni culpable: eso corresponde a los tribunales, y la causa tiene recorrido. No sostengo que el documento sea falso: tiene Código Seguro de Verificación válido en la sede de la Administración de Justicia y está firmado electrónicamente por el juez y la letrada. Tampoco afirmaré que lo redactó una máquina, porque no puedo probarlo. Sostengo algo más limitado y, creo, más difícil de rebatir: que este auto se aparta del método que el propio Calama aplica cuando construye una imputación sólida, y que esa diferencia merece una explicación que el expediente público no ofrece.

Primera diferencia: la conclusión va antes que las pruebas

Un auto de instrucción razona hacia adelante: expone los indicios y, a partir de ellos, concluye. El auto de 2021 lo hace de manera de manual. Antes de afirmar nada sobre nadie, enumera su base probatoria: los informes periciales de la Agencia Tributaria con sus fechas exactas y veinte atestados de la Guardia Civil identificados uno por uno con su número.[4] Solo después, sobre ese cimiento, construye las conclusiones.

El auto del Banco Popular, de 2024, es aún más escrupuloso. Es un documento de 83 páginas sobre una de las materias más técnicas que existen: la contabilidad de una entidad financiera bajo supervisión del Banco Central Europeo; y dedica sus primeras páginas íntegramente a explicar la normativa aplicable antes de entrar en un solo hecho. Su primer fundamento se titula, literalmente, «breve exordio», y habla con prudencia de «una certeza provisional».[5] Es la voz de un juez que sabe que las conclusiones se ganan, no se anuncian.

El auto de Zapatero hace lo contrario. Su primer párrafo de fundamentos jurídicos (la primera frase, antes de cualquier indicio) ya contiene la conclusión:

«Las diligencias de investigación practicadas hasta la fecha [...] permiten afirmar la existencia de una estructura organizada y estable, dirigida por José Luis Rodríguez Zapatero, orientada al ejercicio ilícito de influencias.»[6]

Lo que sigue durante las siguientes cincuenta páginas no son los indicios de los que se deduce esa conclusión: son la ilustración de una conclusión ya tomada. La diferencia parece sutil y no lo es. Un instructor que concluye primero y busca después no está investigando: está sosteniendo una tesis. Y un juez que en 2021 y en 2024 colocó las pruebas antes que el veredicto sabe perfectamente cuál de las dos cosas está haciendo.

Segunda diferencia: el razonamiento que no se puede refutar

Hay en el auto una frase que, a mi juicio, es la más reveladora de todas. Al llegar al punto en que debe explicar en qué consiste exactamente el liderazgo de Zapatero sobre la supuesta trama, el instructor escribe:

«José Luis Rodríguez Zapatero se erige como el núcleo decisor y estratégico de la red. Su liderazgo no se manifiesta de forma formal o pública, sino a través de su capacidad de dirección, coordinación y supervisión, evitando en lo posible la ejecución directa de las gestiones más comprometidas.»[7]

Léase despacio, porque el mecanismo es notable. El auto reconoce que no hay prueba formal ni pública del liderazgo, y a continuación convierte esa misma ausencia de prueba en confirmación de la astucia del investigado: no aparece porque es lo bastante hábil para no aparecer. Es un razonamiento que se blinda contra cualquier refutación posible. Si no hay rastro, es porque el líder sabía borrarlo. Cuanto menos se encuentra, más se confirma la hipótesis.

Eso no es un indicio. Es lo que en lógica se llama una petición de principio: dar por probado lo que había que probar. Y no es el modo en que Calama trabaja en sus otros autos. En el de 2021, cuando describe al segundo de la organización, no deduce su papel de la ausencia de pruebas: lo ancla en sus cargos societarios concretos, en las órdenes que transmitió y en los atestados que las documentan. La ley penal exige precisamente eso, indicios plurales, concluyentes y razonados,[8] no la deducción de que alguien es culpable porque es demasiado listo para parecerlo. No soy el único que lo ha advertido: la misma observación la hizo, desde la lectura periodística, el director editorial de infoLibre, Jesús Maraña.[9]

Tercera diferencia: pruebas de otra causa

La tercera diferencia es la más fácil de medir, porque se cuenta. El caso Plus Ultra investiga si hubo tráfico de influencias en el rescate de una aerolínea. El caso Koldo es un procedimiento distinto, instruido por un tribunal distinto, el Tribunal Supremo. Son dos causas separadas.

En el auto de Zapatero, sin embargo, el caso Koldo aparece por todas partes. El nombre de Ábalos figura quince veces; el de Koldo, siete; hay referencias al «Delcygate» y una sección dedicada a un comisario cuya tarjeta de visita se encontró en las oficinas de Plus Ultra. Nada de esto se conecta causalmente con Zapatero ni con el rescate. Simplemente está ahí, mezclado con el objeto de la causa.

Para que se vea la magnitud de la anomalía, basta contar lo mismo en los otros dos autos:

En 2021, una trama con más de veinte investigados y siete sociedades: ninguna mención a causas ajenas. En 2024, la contabilidad del Banco Popular con todo el aparato del Banco Central Europeo: ninguna.[10] En 2026, un auto saturado de material de otro procedimiento. El mismo juez que durante años mantuvo herméticamente separados los objetos de sus causas, en esta los mezcla.
El indicio que no resiste una resta

A las tres diferencias de método se añade un problema que no es de estilo sino de aritmética. El indicio económico más concreto del auto, el que conectaría el dinero con la influencia, es un presunto pago al director del fondo público que gestionó el rescate. El rescate de Plus Ultra se aprobó el 9 de marzo de 2021. El director de ese fondo fue nombrado el 17 de agosto de 2021, cinco meses después.[11] No se puede influir sobre quien decide un rescate a través de alguien que aún no ocupaba el cargo cuando el rescate se decidió. La secuencia temporal, comprobable en registros públicos, invalida el indicio. El auto no la aborda.

Conviene recordar, además, que ese rescate ya había pasado por dos filtros que no encontraron irregularidad: el Tribunal de Cuentas y el Tribunal de Justicia de la Unión Europea.[12] No es terreno virgen: es una decisión administrativa examinada y avalada, sobre la que ahora se construye una hipótesis de organización criminal liderada por un expresidente.

La única pregunta que queda: ¿por qué?

Llegamos a lo esencial. Las tres diferencias no son interpretables: están en los documentos y se pueden verificar. Lo que sí admite interpretación es su causa. Caben, razonablemente, tres explicaciones, y conviene examinarlas sin descartar ninguna de antemano.

Explicación primera: la complejidad del caso

Podría pensarse que Plus Ultra es sencillamente más complicado y que eso explica las costuras. No se sostiene. El auto del Banco Popular es, técnicamente, mucho más complejo (contabilidad bancaria, normativa europea, estructuras en Luxemburgo) y es justamente el más cuidadoso de los tres. Si la complejidad produjera anomalías, el Banco Popular debería ser el peor, no el mejor. Es al revés.

Explicación segunda: la prisa

Calama recibió el caso por inhibición en marzo de 2026 y dictó el auto en mayo.[13] Dos meses para un asunto que llevaba años en otro juzgado. La prisa explicaría bien algunas cosas: tomar el informe policial y volcarlo sin depurarlo, lo que arrastraría el material del caso Koldo, anteponer la conclusión, no detectar la contradicción de fechas. Es la explicación más benévola y probablemente recoge una parte de verdad. Pero deja intacta una pregunta incómoda: ¿por qué un juez que en 2021 dedicó tres años a levantar un auto sólido sobre una trama equivalente se conformó esta vez con dos meses y un resultado mucho más débil, tratándose nada menos que de la primera imputación a un expresidente del Gobierno en democracia? La prisa, cuando es elegida, también es una decisión.

Explicación tercera: el momento

La tercera explicación no la afirmo; la dejo formulada, porque los hechos la hacen pertinente y ocultarla sería deshonesto. El auto se dicta en una semana muy concreta: la misma en que un informe de la Guardia Civil vacía de contenido el caso contra Begoña Gómez, la misma en que arranca en Badajoz un juicio donde la propia Fiscalía pide la absolución del hermano del presidente, los mismos días de un resultado electoral incómodo para la oposición. Que el auto más débil metodológicamente de los tres aparezca con ese encaje de calendario es un hecho. Que ese hecho pruebe una intención es algo que no afirmo y que, con la información pública disponible, nadie puede afirmar. Pero la coincidencia existe, y un análisis honesto la nombra en lugar de esconderla.

Lo que sí podemos exigir

La firma electrónica del juez convierte estas tres anomalías en responsabilidad suya, con independencia de cómo se redactara el documento o de qué herramientas se emplearan en su confección. Quien firma, responde. Y lo que ha firmado se aparta de su propio método en las tres dimensiones que distinguen una imputación fundada de una afirmación de culpabilidad anticipada.

No pido que se crea mi conclusión. Pido algo más modesto y más exigente: que cualquiera coja los tres autos (los dos de CENDOJ son públicos y el tercero ha circulado en la prensa) y los lea en paralelo. La diferencia salta a la vista en la primera página de los fundamentos de cada uno. A partir de ahí, la pregunta de por qué este auto no se parece a los suyos deja de ser una opinión y se convierte en lo que de verdad es: una cuestión que el instructor, o el tribunal que revise su decisión, tendrá que responder. Mientras tanto, la presunción de inocencia no es un tecnicismo que proteja a un expresidente: es lo que nos protege a todos de que la ausencia de pruebas pueda presentarse, algún día, como la prueba más concluyente.

sábado, 6 de junio de 2026

"HISTORIAS DE FANTASMAS". Siri Hustvedt (2026), Barcelona, Seix Barral


A punto de fallecer, Paul Auster le dijo a su esposa que quería convertirse en un fantasma, regresar para ver cómo estaba, qué escribía tras su partida o cómo crecía su nieto Miles. Y eso es lo que ha llegado a ser para Siri Hustvedt, una presencia siempre palpable y reconfortante: al oler su tabaco en casa, al sumergirse en sus libros y al rememorar una historia de amor y una comunión intelectual que duró cuarenta y tres años.

En su obra más personal, Hustvedt reconstruye su unión legendaria con él a través de la textura desgarradora del duelo y el consuelo de un amor eterno. A medio camino entre el diario y la narración literaria, el texto parte de documentos inéditos de enorme valor, desde las notas que intercambiaron durante décadas hasta los últimos escritos de Paul Auster en forma de cartas a su nieto.

Figura clave para entender la literatura norteamericana contemporánea, en este libro extraordinario Siri Hustvedt encarna emociones que nos conciernen a todos: muestra cómo la pérdida de un ser querido erosiona nuestra identidad, pero la intimidad de una vida compartida deja una huella imborrable en nuestra memoria. «Es un año de duelo convertido en oro sabio y veraz. Qué texto tan honesto. Qué regalo de amor» (David Mitchell).

"SEER LIBRE NO ES DIVERTIDO". Santiago Alba Rico, Publico.es

Concentración en favor de la ley de la eutanasia
Cada vez desconfío más de la gente que tiene las cosas demasiado claras y aborda todos los conflictos, propios y ajenos, con tajante firmeza simplificadora. Personalmente, respecto de la eutanasia, como respecto del aborto, lo único que tengo claro es que se trata de dilemas morales que todos nosotros preferiríamos no tener que afrontar jamás.

Uno y otro, sin embargo, se repiten con demasiada frecuencia como para escurrir el bulto. ¿Qué hacer? ¿Qué decidir? En general, la derecha cristiana lo plantea como si la elección fuese entre la Vida y la Muerte, palabras pronunciadas acusatoriamente con mayúsculas, reprochando así al "progresismo" su necrofilia: a la izquierda le gustaría, al parecer, asesinar niños y enfermos. Dejo a un lado ahora la paradoja de que aquí la Vida, despojada de todas las apreturas materiales, sociales, psicológicas, en las que cobra sentido humano, se enuncia en su pura desnudez biológica, pero con mucho más valor que la de un pez o la de un perro en razón de una intervención exterior: es sagrada -quiero decir- porque la ha creado Dios. Se la reduce primero a su composición celular para salvarla después desde fuera, a través del prestigio prestado por un ser cuya existencia pertenece al orden muy personal de las creencias religiosas. Inseparable de esta paradoja es esa otra, señalada una y otra vez con mucho tino, en virtud de la cual, entre el aborto y la eutanasia, entre el embrión y el ictus, la vida deja de tener valor y se puede escribir de nuevo, digamos, con letras minúsculas: para esa misma derecha cristiana, en efecto, no hay nada sagrado en la vida de un niño palestino, de una mujer iraní o de un anciano abandonado en pleno covid en una residencia de Madrid.

Ahora bien, si no se puede escurrir el bulto, entonces hay que intentar plantear bien la cuestión. No se trata, no, de decidir entre la Vida y la Muerte. Se trata de decidir quién decide. No soy un constructivista radical que cree que uno es su propio dios y que no hay ningún “dato”, nada "dado", que preceda a nuestra voluntad soberana. Si tenemos que decidir quién decide es justamente porque hay cosas que nos caen encima, y esas cosas que nos caen encima -la nieve, el cuerpo, la familia, el amor, la mortalidad- hacen imposible desatar la belleza del dolor. Conviene aceptar esta atadura si no queremos renunciar al sentido humano de la vida. Pero conviene no menos rescatar ese sentido de entre las garras de los ricos, los machos, los poderosos, los sacerdotes, los patrones. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 4 de junio de 2026

"ESPERANZA CONTRA TODA ESPERANZA". Sahar Delijani, Equator.es 29.05.2026 Argumento

Protesta en Teherán contra el velo obligatorio, 1979
Generaciones de organizadores y disidentes han mantenido viva la lucha iraní

Pocas horas después de mi nacimiento, mi madre y yo fuimos llevadas de vuelta a prisión. Era septiembre de 1983, cuatro años después de la revolución iraní y tres años después del inicio de la guerra con Irak, que la República Islámica utilizaba para reforzar su maquinaria de represión. Mi madre sangraba abundantemente por un desgarro sufrido durante el parto, pero la enfermera —los guardias de la prisión la llamaban «Hermana» y «Hermano»— ignoró la súplica del médico para que permaneciera ingresada en el hospital durante la noche.
Con los ojos vendados, esposada, apenas pudiendo mantenerme en pie: era imposible que me cargara. Fue la monja quien me sostuvo en sus brazos mientras nos llevaban en coche a través del tráfico de la hora punta de regreso a Evin, un complejo penitenciario situado en las idílicas estribaciones de las montañas Alborz, al norte de Teherán. Llegamos por la tarde. Cuando la monja abrió la puerta, las compañeras de celda de mi madre se apresuraron hacia adelante, vestidas con sus mejores galas, como si fuera Nowruz. El suelo de la celda, abarrotada de gente, estaba barrido; un ramo de hojas de principios de otoño brillaba en un tarro de aluminio. Las mujeres aplaudieron y cantaron al entrar. La monja pidió silencio, pero la ignoraron: riendo, llorando, aullando, pasándome de un par de brazos a otro.

La cálida bienvenida sorprendió a mi madre, una izquierdista que cumplía una condena de dos años por activismo político. Casi a diario, sus compañeras de celda apenas se soportaban y casi no se hablaban. Formaban parte de las decenas de miles de activistas —desde socialistas y comunistas hasta islamistas-marxistas— que la República Islámica había encarcelado. Muchas habían contribuido al derrocamiento del Shah, respaldado por Occidente, solo para encontrarse, poco después, tras otros muros. Cada una pertenecía a un bando diferente; cada una culpaba, en cierta medida, a las demás de una revolución descarriada y de la tiranía que le siguió. Y, sin embargo, ese día, dejaron de lado sus diferencias y se unieron en torno a algo más inmediato: una nueva vida.

La caída de la monarquía en 1979 no puso fin a la dictadura; la transformó. El rey se convirtió en Líder Supremo; la SAVAK, la policía secreta del Shah, fue reemplazada por la Guardia Revolucionaria y la milicia Basij. Las cárceles volvieron a llenarse.

La prisión de Evin abarcó ambas épocas. Construida en 1971 por el Shah como centro de detención de alta seguridad para disidentes, cumplió la misma función durante la revolución y sus largas y violentas consecuencias. Muchos iraníes la llaman, en tono de broma, la Universidad de Evin, por la gran cantidad de intelectuales, escritores, profesores, estudiantes, poetas, activistas y artistas que pasaron por sus muros. En nuestra conciencia colectiva, Evin no es solo un tristemente célebre lugar de represión, sino también, sobre todo, un espacio de resiliencia, donde se articula un lenguaje de resistencia que se transmite de generación en generación.

Presos políticos retractándose en la prisión de Evin, 1986
Hoy, ese legado persiste, aunque en las condiciones más extremas. Evin fue bombardeada por primera vez en junio de 2025, durante la Guerra de los Doce Días, cuando misiles israelíes mataron no solo a personal y guardias, sino también a prisioneros, familiares que los visitaban, trabajadores sociales y un niño de cinco años. Volvió a ser atacada durante los atentados estadounidenses-israelíes de 2026, cuando explosiones cercanas devastaron sus pabellones. Mientras tanto, la República Islámica ha emprendido su propia guerra contra los prisioneros. Las condiciones dentro de Evin, como en muchas cárceles del país, son catastróficas: hacinamiento, suciedad e infestación de insectos. La comida y el agua escasean, la electricidad y el agua caliente se cortan con frecuencia y se niega la atención médica. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 3 de junio de 2026

"QUIETO TODO EL MUNDO". Elvira Lindo, El País

Ignatius Farray, fotografiado en el barrio de Malasaña de Madrid
Hay políticos que a veces juegan a ser humoristas. No funciona y a veces da vergüenza

El insigne Ignatius Farray dijo el otro día que si el expresidente Aznar había tomado como lema eso de “el que pueda hacer que haga” era porque la frase “¡Quieto todo el mundo!” ya estaba cogida. El humorismo siempre ha sido una profesión de riesgo, y no es de extrañar, porque mientras el analista ha de tomarse un tiempo para expresar una idea que, dado que se basa en una sospecha, ha de presentar con matices y manejar en el terreno de lo indiciario (palabra de moda), el humorista, o la humorista, traduce lo que tanta gente intuye en unas pocas palabras puntiagudas que mueven a la risa a unos y ofenden a los señalados. El humor es creativo, el humorista no necesita echar el rato leyéndose un auto judicial, el humorista huele lo que se cuece en la olla podrida y lo suelta. Así ha soltado el Mundo Today eso de que “el expresidente Felipe González celoso porque Zapatero está haciendo más por la derecha que él”. ¿Será cierto? Ese terreno que el periodista no puede pisar sin ser tachado de sectario es en el que retoza el humorista, convirtiendo el rumor en chiste y el chiste, cuanto más exprese lo que no nos atrevemos a decir, más carcajadas provoca. También alivia, porque es un desahogo vicario. El humorista que no se arriesga no hace del todo honor a su oficio. Hay humoristas a los que esperan a la salida de las salas donde actúan, hay humoristas a los que amenazan desde el universo virtual, supuestamente inofensivo. Pero los humoristas, desde que el humor se hizo presente en la especie humana, saben que, por más admiradores que llenen sus shows en buenos teatros, siempre habrán de ser fieles a su carácter de pobladores de los márgenes, de payasos que dicen lo inadecuado como así harían los niños. El humorista que dejó de ser niño, que perdió su inocencia, el que intelectualiza el humor porque en el fondo le da vergüenza dedicarse a algo tan primitivo, no pertenece a ese grupo de los que siempre eligen decir lo inadecuado y sin haber reflexionado mucho sobre ello sueltan lo que se huelen que el pueblo quiere decir y no puede.

Hay políticos que a veces juegan a ser humoristas. No funciona y a veces da vergüenza. No es compatible hacer humor cuando se practica desde una posición de poder; sea cual sea el cargo, la gracieta chirría. A veces los vemos hacer juegos de palabras, que les han escrito otros, y quieren hacer como si se les acabara de ocurrir. Desistan, por Dios, porque el repentista canta y cuenta de manera totalmente improvisada. El repentismo es un arte para el que están dotados muy pocos. Solo a veces responde a un don popular colectivo que dejan en herencia abuelos y abuelas, como ocurre en la ciudad de Cádiz, donde cada bar parece contar con un tipo repentizando. El humor, como el compás, se lleva en el corazón, aunque se desarrolle luego prestando oído al habla de la calle. El humor nace de abajo arriba por eso no hay humorista, al menos en España, que no alimente su humor de las palabras que escuchó en la calle. Inglaterra, ejem, ya es otra cosa. Nuestro humor es cervantino, corrosivo con el poderoso, escatológico, sanchopancista, especialmente adecuado para hacer reír en tiempos de crisis. En vísperas de la llegada de este Papa que se nos ha revelado como el hombre que en voz baja dice, sin que le tiemble la voz, lo que piensa, yo animo a ponerles unas velas a esos santos que no están en las iglesias, a ese batallón de payasas y payasos que nos sirven de espejo mucho mejor de lo que podemos hacer desde una columna como esta. Ellos, en ese afán de alimentarnos la risa, ya viven en el reino de los cielos. Salen al escenario y tienen las butacas llenas de fieles que están esperando como agua de mayo llenarse el pecho de risa para seguir resistiendo. Cuando acaba el show, Ignatius Farray se quita los pantalones y enseña los huevos al respetable. Hay semanas en las que una solo espera eso: que un payaso inocente se muestre desnudo.

lunes, 1 de junio de 2026

"MIRAR HACIA ROMA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

León XIV hace lo que la política democrática ha dejado de hacer: invocar un estándar frente al cual medir la desviación

Cuando un Papa dice sobre la IA lo que ningún gobierno democrático se atreve a decir con la misma autoridad, la pregunta no es en qué acierta la Iglesia, sino qué ha dejado de hacer la política. La misma mañana en la que Pedro Sánchez visitaba el Vaticano y agradecía a León XIV su encíclica Magnifica humanitas por su llamamiento a desarmar la IA, a someterla al control público, a devolver a la persona al centro, la UCO entraba en Ferraz. Ni siquiera importa cuál de las dos escenas retrata mejor nuestro tiempo. ¿Por qué la palabra política ha dejado de obligar por sí misma y necesita tomar prestada su autoridad de otra parte? Pero conviene un matiz sobre la encíclica. El papa Prevost diagnostica el síntoma, no la enfermedad. Pide “volver a poner a la humanidad en el centro”, como si lo que estuviera en juego fuese una esencia humana amenazada por la técnica. La IA no pone en riesgo lo que somos, sino lo que existe entre nosotros: las condiciones materiales de la conversación, los hechos que aceptamos juntos, las instituciones que arbitran cuando no nos ponemos de acuerdo, el lenguaje que sirve para describir lo mismo y no para anularlo. El problema no es esencialista, sino político; no es nuestra falta de humanidad, sino de mundo. Por eso es preocupante que el diagnóstico, aun parcial, llegue de Roma y no del campo democrático. Cuando quienes deben producir el lenguaje político dejan de hacerlo, el lugar no se queda vacío. Lo llena lo que tiene autoridad propia y no necesita la del juego democrático: una iglesia, un mercado, una plataforma, un caudillo.

Pero seamos concretos. En España oímos que “este juez es parcial” o que “todo es fango” y parecen lo mismo, pero no lo son. Lo primero es crítica democrática, lo otro, cinismo disolvente. Decir que un juez es parcial implica creer en la imparcialidad: la usa como medida y denuncia su ausencia. Tiene arreglo. Decir “todo es fango” niega cualquier medida. Si la imparcialidad es imposible, no hay nada que reparar, solo bandos. La pregunta ya no es “¿es justo este fallo?” sino “¿de qué lado está?”. Sustituimos el eje justo/injusto por el de amigo/enemigo. Y eso no es neutral. La democracia se sostiene en justificarse ante una norma común; el poder fuerte solo se impone. Disolver al árbitro no nivela el campo: desarma al único equipo que jugaba con reglas. Si ya nadie puede decir “esto es injusto” y ser oído porque pensamos que toda vara es una ficción o una máscara de poder, si toda crítica se lee como jugada de bando, entonces el único que aún puede decir “esto no es permisible” y ser escuchado es quien habla desde fuera del juego. Alguien cuya autoridad no dependa de las reglas que hemos disuelto. Eso es el Papa: no convence por tener mejores argumentos, sino porque no está en el tablero. El Papa suena a pensamiento no porque acierte sino porque nuestra habla política está tan hueca, tan secuestrada, que ya no se puede decir “esto no es permisible” con voz propia.

Es inquietante. Al parecer, el único enunciado normativo audible viene de una autoridad que no rinde cuentas a nadie. La encíclica no es una buena o mala noticia sobre la Iglesia. Es un termómetro de la democracia. León XIV hace lo que la política democrática ha dejado de hacer: invocar un estándar frente al cual medir la desviación, aunque su diagnóstico se quede corto. Lo inquietante no es que él hable, es que su voz suene tan sola y tan fuerte. Y la pregunta que deja la coincidencia de esa mañana —el Vaticano y Ferraz, la palabra elevada y el ruido judicial— no es cuál de las dos escenas dice la verdad de nuestro tiempo. Es por qué la silla desde la que se enuncia el principio común está, ahora mismo, en Roma.

"RADIOGRAFÍA DE UNA ESPAÑA EN MÁXIMOS HISTÓRICOS DE ODIO". Sabela Rodríguez Álvarez, infoLibre.es

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