domingo, 17 de mayo de 2026

"EL MESTIZAJE DE AYUSO". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El viaje de la presidenta madrileña no fue solo una ‘performance’ de nostalgia imperialista. Fue un capítulo más de la operación liderada por Trump, que celebró en octubre que Colón llevase a América “los principios de la civilización occidental”

Son tiempos de palabras que no describen la realidad. Más bien sirven para sustituirla. Vean, por ejemplo, “Evangelización y mestizaje”, el emblema enarbolado por Isabel Díaz Ayuso esta semana en Ciudad de México en un chusco acto de homenaje a Hernán Cortés. Es una formulación conocida, pero tampoco la única que el pensamiento español tiene a su disposición. Rafael Sánchez Ferlosio dejó escrito hace años, en Esas Yndias equivocadas y malditas, que cuando el mestizaje surge dentro de una relación de conquista y desigualdad, la mezcla no expresa igualdad, sólo la huella social de la dominación. Pero Ayuso, claro, no quiere dialogar con la historia sino producir una imagen reconocible de sí misma, por eso es inútil responder con archivos, historiografía o datos: el emblema no opera en el régimen de la verdad. “Evangelización y mestizaje” simula ser una descripción histórica, pero funciona como un “¡Viva España!”. Quien lo repite no sostiene una tesis, exhibe una bandera, y al exhibirla evita la conversación que desde hace tiempo impugna la idea celebratoria de la mezcla: la de que el “descubrimiento” no fue un hallazgo, sino la declaración de que aquello que ya existía no contaba hasta ser nombrado por el conquistador. Como escribió Ferlosio, la asimetría del mestizaje revela quién tenía el poder, quién era incorporado al mundo del otro. Y aunque el discurso oficial todavía no lo haya recogido, una parte del pensamiento español ya impugnó hace tiempo esta lectura con un rigor que la fórmula de Ayuso no admite, pues no busca convencer sino exacerbar el sentido de pertenencia.

Lo que Ayuso vendía en México (la España imperial civilizadora, la herencia de Cortés, los gobiernos progresistas latinoamericanos como amenaza autoritaria y Madrid como refugio pijo de la libertad) no es una verdad incómoda que México necesita escuchar. Es mercancía vieja, pero México no es un escenario pasivo; tiene sus propios practicantes de la guerra cultural sobre la conquista, con experiencia y oficio, y la narrativa interesada de Ayuso tuvo que sostenerse en un país que respondió desde su Estado, desde su presidenta, desde sus medios y desde la calle, incluso desde la oposición conservadora y la propia jerarquía católica, que la recibieron sin defenderla cuando arreció el cuestionamiento. El balance ha sido cualquier cosa menos un éxito. Ayuso rozó el ridículo, y el ridículo en política obliga a producir un relato que lo redima. Por eso lanzó, casi al instante, una segunda narrativa falsa ("Nos hemos sentido en peligro") convirtiendo el fracaso de su salida anticipada de México en su segundo movimiento.

¿Por qué México y por qué ahora? La lectura doméstica se queda corta. El viaje no fue solo una performance de la nostalgia imperial, reciclada como provocación culturalista y dirigida al votante madrileño. Fue un capítulo más de una operación que trasciende la escala nacional. Giorgia Meloni ya publicó una glosa sobre el “vínculo indisoluble” entre Europa y América como “esencia de Occidente”. Y Trump firmó en octubre una proclamación celebrando que Colón llevase a América “los principios de la civilización occidental”. No es nostalgia sino estrategia, y aquí aparece la paradoja. Lo que invocan como Occidente (el conquistador civilizador, la cruz sobre la espada) no es la modernidad democrática que Occidente tardó siglos en construir, precisamente contra esa tradición. Los supremacistas son hoy sus mayores destructores.

El viaje, en fin, no fue casual, ni en destino ni en fecha. Mientras Trump presiona a México por el flanco norte, Sheinbaum articula con Sánchez, Petro y Lula una alianza por el sur. Ayuso aparece en medio de esa pinza, donde se la oye mejor. Su gesto se inscribe en un movimiento internacional que reacciona cuando el sur global ha empezado a presentarle a Occidente una cuenta pendiente, la de hacernos cargo de nuestra historia para seguir siendo un interlocutor legítimo. Lo que Ayuso vino a hacer es lo contrario: negar la cuenta con altivez, precisamente, cuando reconocer al otro es la única manera de seguir hablándonos.

sábado, 16 de mayo de 2026

"LOS QUE SIEMPRE ESTÁN". José Luis Sastre, El País

Operativo de desembarco de los españoles del crucero 'MV Hondius'
en Granadilla de Abona, Tenerif
Un elogio a esos que se enfundan los trajes de aislamiento y cumplen con su deber sin que nadie hable apenas de ellos

Esos a los que nadie conoce, de quienes nadie sabe. Esos que se dan por supuesto: porque siempre están. Esos que tienen el trabajo tan tasado que no tienen casi tiempo de publicar en sus redes, ni de compartir memes, ni de esparcir el miedo. Esos que tienen sus propios miedos y su propio nervio y que, en cambio, imponen la templanza de su oficio. Esos que suben al barco para atender a los contagiados o que repasan con un test al conjunto del pasaje. Esos que se enfundan los trajes de aislamiento y cumplen con su deber sin que nadie hable apenas de ellos.

Esos que saben lo fácil que resultaría llamar la atención. Los que saben que alcanzaría con unas pocas mayúsculas o con un comentario ocurrente en el momento justo. Esos que tienen claro que el mundo no son las redes sociales, pero que tampoco se llaman a engaño: que sea un mundo virtual no lo convierte en un mundo de mentira. Algunas de las dinámicas de la vida ya se parecen mucho a la vida de los algoritmos, y llegan más los gritos y el desconcierto. Llega antes el miedo que una buena explicación. Corren más los bulos que las ratas.

Esos cuyos nombres desconocemos. Esos que no tienen miles de seguidores en sus cuentas. Esos que subieron al barco y organizaron el traslado hasta los aviones. Esos que atienden en el hospital y en las ambulancias. Los que llevan el autobús. Esos de los que los organismos, los gobiernos y los medios internacionales han alabado su eficaz dispositivo, resuelto a encapsular el virus y a combatirlo. Capaces de evacuar en solo 36 horas el barco donde hubo un brote.

Esos que echan las manos que hagan falta las veces que haga falta. Esos que no reclaman ni una pizca de protagonismo. Esos que enfrentaron la confusión con el rigor de su conocimiento y, en muchos casos, con el impulso de su propia vocación. Esos que han demostrado la ejemplaridad de los servicios públicos, tan denostados, y que han traducido con sus actos cómo la grandeza de un país al que miraba el mundo podía explicarse con los pequeños gestos de personas corrientes: las que siempre están.

viernes, 15 de mayo de 2026

"EL VERANILLO DE LA VIDA". Elvira Lindo, El País

Los músicos Joan Manuel Serrat y Ana Belén 

Serrat y Trump muestran dos maneras muy diferentes de ser viejo

Joan Manuel Serrat tiene 82 años. Donald Trump tiene 79. Por fortuna para nosotros, no hay en ellos asomo de parecido alguno, salvo que son viejos, Serrat un poco más. Digo “viejos” utilizando la misma palabra, tan denostada, que usó el artista el otro día en unas jornadas sobre eso que se llama colectivo de la tercera edad que tenían lugar en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona. Decía Serrat sentirse en ese tiempo de propina en que a menudo el alma suele conversar consigo misma. Ese veranillo de la vida, decía citando al filósofo francés Pascal Bruckner, un regalo del que se siente agradecido. En un discurso cargado de emoción, Serrat afirmaba que ignorar a los mayores, su opinión y su memoria, es algo así como quemar libros. No puedo estar más de acuerdo y observo a menudo ese odioso tonillo condescendiente que se suele emplear para hablar con las personas mayores no solo en el trato cotidiano sino también en conversaciones públicas, como una prueba hiriente de cómo se las intenta aniñar como si fueran ciudadanos que ya no cuentan salvo como personajes pintorescos.

Desde que Donald Trump comenzó su segundo mandato y alteró el equilibrio mundial con continuas decisiones criminales y arbitrarias (salvo para mejorar su fortuna), venimos escuchando con insoportable frecuencia que todo es consecuencia o bien de la locura o bien de la edad. Un viejo chocho, en suma. Justo lo mismo que él dice de su predecesor Biden. Esa descripción contiene dos desprecios alarmantes: el que se refiere a los enfermos mentales, dado que un porcentaje altísimo jamás hace daño a nadie y vive agazapado en su miedos, y el que señala a los ancianos, a los que haciendo tabla rasa se les considera incapaces de razonar con sensatez. En el mundo artístico de vez en cuando al viejo se le bautiza como maestro, para tenerlo ahí, oh, aislado, melancólicamente envanecido en una urnita previa a la tumba. Se olvidan, quienes en la arrogancia de la juventud (a menudo hoy alargadíiisima) encierran a la ancianidad en un colectivo que desean callado y entrañable, que mucho antes de lo que piensan tomarán el relevo. Fiera venganza la del tiempo, que decía el tango. Olvidan, por encima de cualquier consideración, que la edad no cambia demasiado el carácter: nos parecemos tanto a quienes fuimos, que miedo da observar que a pesar de la experiencia conservamos temores, manías y dulzuras de la niñez. Y en ese convertir a los ancianos en un grupo uniforme no advierten que un hombre como Serrat sabe disfrutar de sus ilusiones, como muchos y muchas de su edad, compartir su opinión autorizada y mejorarnos con la voz de la experiencia. En cuanto a Trump, es el mismo cretino que cuando era joven, así que quien asegura que es la edad lo que le ha cambiado es porque ignora su biografía. Esta semana un psicoanalista francés, también anciano, del que he olvidado el nombre, decía que Trump poseía sin duda una personalidad psicopática con unos valores aprendidos en la infancia que priorizaban su ambición por el dinero por encima de cualquier atisbo de piedad humana. Así fue cuando su padre lo mandaba a cobrar los alquileres del marrullero negocio inmobiliario, cuando rechazaban a inquilinos negros, cuando tomó como mentor al indecente Roy Cohn, cuando en su relación con las mujeres solo conocía las tretas del abusador, cuando exhibía su verbo grotesco en un show televisivo. Todo estaba ya a la vista. Y aun así le votaron. La diferencia entre aquel joven y este es la edad, simplemente. Hoy el nivel de testosterona de Trump es sin duda mucho más bajo, pero ser presidente le permite desahogar su chulesca masculinidad de mil maneras. Sin importarle el prójimo, gusta de invadir países, bombardearlos, expulsar inmigrantes, plantar su rostro en el pasaporte de sus súbditos. Ilusiones del pobre señor. Las de Serrat, para suerte nuestra, son llamativamente distintas.

miércoles, 13 de mayo de 2026

"UN TELEPREDICADOR PARA DOMINARNOS A TODOS". Israel Merino, Publico.es

Ronald Reagan fue una mala escolopendra inteligentísima que entendió antes de su primer mandato, allá por 1981, que podía instrumentalizar la fe para doblar la rodilla del pueblo a favor del único dios del que realmente era siervo y esclavo: el dinero. El también actor y artista de variedades –a mi abuelo le gustaban sus pelis de vaqueros– se sirvió de lo que había aprendido en la farándula y el espectáculo, en la televisión y el choubiznes, para apuntalar su carrera política gracias al camino neopentecostal ochentero, una corriente religiosa e ideológica – muy importante esto último: hacen proselitismo infame de las injerencias políticas –que extraía del imaginario cristiano sus discursos más masculinos y reaccionarios– o sea, veterotestamentarios –para fusionarlos con lo que sus séquitos denominan teoría de la prosperidad, una antítesis de la revolucionaria teología de la liberación que convierte lo espiritual en un acto individual y atomizado con una recompensa material en lugar de espiritual: la fe, según esta charlotada yanki, será recompensada por Dios y el Espíritu Santo con riquezas materiales en esta vida sin que importe que seas o no buena persona, que seas justo con el prójimo o que siembres tu existencia de malas obras; resulta que Cristo prometió anillacos de oro y residencias palaciegas a cambio de idolatrarlo y no nos habíamos enterado.

El hábil lector comprenderá que desacoplar la fe de las buenas obras es peligroso y destruye un sistema de creencias colectivo –o sea: una religión– para convertirlo en una superstición histriónica donde lo único que importa es el yo y la relación inapelable que tenga con Dios, y esa es exactamente la premisa desde la que Reagan trabajó para apuntalar su neoliberalismo capillita; además, si a esto se le suma el reaccionarismo político salvaje y la brutal espectacularización que suelen acompañar al camino neopentecostal, con su indivisible arcén de telepredicadores ostentosos y actorcillos bazarescos que fingen milagros y posesiones en auditorios repletos de exaltados para fundamentar sus animaladas, tenemos la herramienta mediática y pastoral definitiva del necroliberalismo para justificar el vasallaje laboral como el único camino hacia Dios: trabaja como un cabrón y sin quejarte, siervo mío, que allá al fondo encontrarás la Verdad; y dame dinero para comprarme un iPhone nuevo, que así lo quiere nuestro machísimo Señor; y repudia en público a tu hijo maricón si no quieres convertirte también en un mancebo mamañemas de Satanás.

El paradigma necroliberal hispánico, Isabel Díaz Ayuso, ha comprendido cuarenta y cinco años después lo mismo que Reagan y ha decidido vender Madrid a esta fe sectaria de talonario y gatillo de oro, y cualquiera que esté despierto en la ciudad lo habrá notado. Por ejemplo, ha quedado en el recuerdo colectivo la intervención de Yadira Maestre, una telepredicadora evangelista afincada en el barrio de Usera, en un mitin del PP de Madrid de 2023; y ya son parte del escaparate cotidiano de la región los locales de culto neopentecostales que afloran constantemente en los barrios, o los actos multitudinarios que celebran previo pago de entrada cada dos por tres, como el de este domingo en el estadio Metropolitano.

El evangelismo neopentecostal, con su horrenda fusión de individualismo, ultraconservadurismo e idolatría por el dinero –sus telepredicadores no creen en Dios, solo en sus banqueros–, es la herramienta perfecta para que Ayuso termine de convertir Madrid en la sucursal más exacta y amoral del imperio necroliberal; una franquicia brillante del infierno, quizá incluso el mismísimo Pandemónium, donde cualquier ramalazo de colectividad sea reprimido por un actorzuelo de teletienda que te convenza de que sindicarte va contra los principios de un Cristo que ahora lleva al cinto una Smith & Wesson y hace burpis al amanecer.

martes, 12 de mayo de 2026

"ASÍ SE UTILIZÓ A LAS MUJERES COMO PIEZAS DE INTERCAMBIO POLÍTICO EN NAVARRA A FINALES DEL MEDIEVO". Íñigo Mugueta, Univ. Pública de Navarra Y Alicia Inés Montero, Univ. Autónoma de Madrid, Theconversation.com

La prohibición a la reina Juana (esposa de Juan II) de acompañar al
príncipe de Viana a Barcelona, por Claudi Lorenzale (alrededor de 1866).
Museu Nacional d'Art de Catalunya
Como sociedad, tendemos a creer que en el pasado la violencia estaba más extendida que hoy en día, resultado de las pulsiones de gentes rudas e ignorantes, incapaces de actuar de otro modo. Pero interpretarlo así nos impide comprender un aspecto fundamental: la violencia no era irracional. Al igual que ocurre en la actualidad, respondía con frecuencia a unas estrategias concretas.

En la Edad Media, la guerra era un arte complejo en donde se llegó a utilizar la violencia contra las mujeres como instrumento de agresión hacia los hombres. Durante los siglos medievales, la honra de la mujer marcaba el valor del hombre y de su grupo familiar. Atacarlas a ellas, y en particular a su virginidad, significaba atacarlos a ellos.

Visto así, la masculinidad descansaba en el control del grupo familiar al que uno pertenecía.

Nuestra investigación ha analizado cómo, en medio de la guerra civil que destruyó el reino de Navarra al final de la Edad Media (1450 a 1521), los dos bandos en conflicto, conocidos como agramonteses y beaumonteses, utilizaron a las mujeres nobles como instrumentos de ataque y consolidación del linaje.

El conflicto nace de la guerra sucesoria que se entabló, tras la muerte de Blanca de Navarra, entre Juan II de Aragón, su esposo, y el príncipe Carlos de Viana, su hijo. Los beaumonteses, con el conde de Lerín a la cabeza, defendían la legitimidad del príncipe, mientras que los agramonteses obedecían a Juan de Aragón. Con el estallido de la guerra, la nobleza se alineó con cada uno de los bandos en función de sus intereses, fidelidades y, especialmente, de los rencores enquistados entre familias desde hacía generaciones.

Un documento detallado

La fuente principal de este estudio es un texto que relata casos de estas violencias contra las mujeres, escasos en la documentación del periodo. Esto hace que su hallazgo sea excepcional.

Se trata de un memorial de agravios redactado hacia 1456, en el que se reúnen 87 acusaciones hacia el bando beaumontés y sus líderes, los ya mencionados príncipe de Viana y conde de Lerín. La intención de este texto era justificar el desheredamiento de Carlos (heredero al trono de Navarra) y legitimar la sucesión de la casa de Foix (en la persona de la infanta Leonor, hermana de Juan II, y de su marido, Gastón de Foix).

Dentro de esas 87 acusaciones se incluyen ocho agravios hacia mujeres nobles, relacionados siempre con la pérdida de la honra femenina.

Algunas de estas denuncias describen intentos de agresión sexual, como la acontecida a la princesa Inés de Cleves, esposa del príncipe de Viana. En este caso, el conde de Lerín y sus secuaces trataron de provocar el adulterio de la princesa con propuestas deshonestas constantes y, al fallar estas, llegaron incluso al intento de agresión sexual y, más tarde, a su envenenamiento. El objetivo que perseguían los de Beaumont era casar a una mujer de su propio clan con el príncipe, para lo que necesitaban deshacerse de Inés de Cleves.

También, y sobre todo, se incluyen matrimonios forzosos promovidos por los beaumonteses para ampliar su red de alianzas y debilitar a los agramonteses. Lo hacían uniendo a las mujeres, por ejemplo, con un linaje inferior, algo que repercutía directamente en el grupo familiar al que ellas pertenecían. Las acusaciones insisten en la coacción (“por fuerza”) ejercida para imponer enlaces, romper acuerdos previos o desheredar a quienes se negaban a aceptar matrimonios con miembros –a menudo bastardos– del linaje Beaumont.

La honra femenina como patrimonio

Como se ve, las mujeres quedaban reducidas a piezas de intercambio político. Sin embargo, formalmente las víctimas directas eran los varones, que veían vulnerado su derecho a concertar los matrimonios de sus hijas.

En una sociedad en la que la honra de la familia descansaba en la sexualidad y el comportamiento de sus mujeres, garantizar la virginidad, la legitimidad de la descendencia y la adecuación de los matrimonios era esencial para preservar patrimonio y prestigio. Siguiendo esta lógica, atacar la honra de una mujer implicaba dañar al conjunto del linaje. Por ello, la coacción matrimonial, las amenazas y las agresiones sexuales fueron utilizadas como armas políticas.

Lejos de ser un fenómeno puntual, nuestro estudio muestra el empleo sistemático de estas estrategias. Esta forma de entender la honra y su defensa dejó una huella profunda en la cultura política y social de los siglos siguientes que llega incluso hasta el momento actual.

Del Medievo en adelante

Si en la Edad Media la violencia contra las mujeres podía ser un recurso de guerra, en la Edad Moderna su control cotidiano pasó a sostener todo un orden social. La mujer quedó relegada al espacio privado, en donde se la enseñó a guardar su honra y la del grupo familiar al que pertenecía, a través de todo un conjunto de normas. En algunos casos, dichas normas se expresaron a través de conocidos manuales de conducta como La perfecta casada (1583) de fray Luis de León, texto que ha servido de guía para las mujeres españolas hasta fechas recientes.

Entre ambos momentos no hay una ruptura total, sino la transformación de una misma lógica: la que convierte a las mujeres en garantes del honor ajeno.


lunes, 11 de mayo de 2026

"LA HORA POSTRERA". Juan José Millás, El País

Me pregunto si todos los yoes que soy fallecerán de golpe, como en un apagón global, o según algún orden

El caso es que, si lo pienso, no he disfrutado nunca de un yo estable. Digamos que he fabricado uno para cada situación. Erijo yoes a cien por hora. Mi yo es un fijo discontinuo, un eventual, un becario sin sueldo, un falso autónomo… Cuando pienso en mi vida, veo un archipiélago de yoes que no se comunican entre sí. Un yo fragmentado, si lo prefieren, hecho pedazos como un espejo roto en mil pedazos. Estoy en todos esos trozos del espejo y en ninguno. Por eso necesito tanto amor, porque el amor funciona a modo de aglomerante de esa naturaleza atomizada. Está el yo que come, el yo que duerme, el yo que mea (con dificultades, por una próstata insurrecta), el yo que va al cine, el que sale del cine, el que lee y deslee, el que es padre, el que fue hijo… Ya no soy hijo porque mis padres murieron, así que dispongo también de un yo huérfano, que vive en la cafetería del tanatorio, y al que acompaño en el sentimiento.

Cuando entro en una farmacia, aparece un yo particular que pronuncia con precisión los nombres de los medicamentos y asiente, sumiso, a cuanto le dice el farmacéutico (o la farmacéutica, puto genérico con discapacidad). En cambio, en una librería me sale un yo más insolente, un yo con un complejo de inferioridad que la insolencia trata de ocultar. El yo de la farmacia ignora al de la librería del mismo modo que el de los funerales ignora al de las bodas.

Me pregunto si todos esos yoes fallecerán de golpe, como en un apagón global, o atendiendo a alguna clase de orden. ¿A cuál de ellos le tocará hacerse cargo de mi último suspiro? Dispongo yoes discretos que apenas han tenido ocasión de manifestarse. Quizá en esa hora postrera pidan el protagonismo que se les ha negado en vida. Tal vez todos seamos no un yo roto, sino una multitud mal avenida de yoes que, de vez en cuando, logran firmar un convenio de colaboración. Y a ese acuerdo provisional es a lo llamamos, con cierta soberbia, identidad.

domingo, 10 de mayo de 2026

"EL ÉXITO DE UNA VIDA PEOR". José Luis Sastre, El Pais

La revolución se produjo cuando el capitalismo pasó de ser un sistema económico a un sistema emocional. Y nunca era suficiente

Es difícil, porque es contradictorio. Te dirán que el éxito no se mide con la nota de un examen ni con balances o con hojas de resultados. Te dirán que el éxito está en la satisfacción de dormir a pierna suelta, sin que te desvele ni un reproche ni un prejuicio. Sin que te importe el qué dirán. Lo que son las cosas: lo que más te dirán es que no te importe lo que digan los demás. A la vez, querrán saber de ti a través de tus números, como si ahí estuviera nuestra mayor intimidad. Como si, en el fondo, fuéramos todos medibles.

Lo fuimos siempre. Nos midieron en encuestas y en hábitos de consumo. Antes de que nos pusieran un adjetivo nos pusieron siempre un número. Porque el número dará un criterio objetivo para tomarnos por ahorradores o por tacaños, por impulsivos o templados, por progresistas o conservadores. Por fieles o infieles. Ahora nos medimos a nosotros mismos con los teléfonos que nos ponemos en los bolsillos y en las manos.

Asociaron el éxito con el crecimiento y no bastaba con tener, sino con tener un poco más. Esa fue la revolución: cuando el capitalismo pasó de ser un sistema económico a un sistema emocional. Y no alcanzaba nunca. Nunca era suficiente. Siempre se podía un poco más. Lo contrario era la renuncia: la falta de ambición. Lo contrario era una vida que consideraban peor. Una vida con menos horas y de horas desgastadas. Una vida enganchada a los mensajes y al correo. Una vida de agotamiento físico y mental, con la atención puesta en mil sitios. Pero una vida peor. Eso dirían los que dicen que no importa lo que digan los demás. Cómo ibas a renunciar a eso.

Quizá la revolución no esté en que la sociedad deje de ser lo que la tecnología la aboca a ser, enceguecida de algoritmos. Quizá el cambio radique en fijarse en datos distintos: que no se midan solo las horas que trabajamos, sino la carga del trabajo. Que se midan las horas en las que puede de veras conciliarse. Las tardes que los niños pasan con sus padres por cada tarde que pasan con sus abuelos. Que no se midan solo los salarios, sino que se asocien con el precio de los alquileres. Que no se dé la estadística de lo felices que decimos ser sin añadir los ansiolíticos que consumimos. Si todo se ha de medir, igual esa es la primera de las batallas: saber cada efecto que produce nuestro capitalismo más mundano.

"EL MESTIZAJE DE AYUSO". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El viaje de la presidenta madrileña no fue solo una ‘performance’ de nostalgia imperialista. Fue un capítulo más de la operación liderada po...