lunes, 19 de octubre de 2026

"LAS TRIBULACIONES DEL MILLONARIO ESTOICO". Irene Vallejo, El País

Fernando Vicente

Los nuevos centuriones del triunfo ofrecen desde sus tribunas virtuales técnicas infalibles para tomar las riendas de tu vida. La mala noticia es que es mentira

Érase una vez la disciplina. El trono del esfuerzo. Madruga, haz ejercicio, invierte, explota tu mejor versión, adiestra tu cuerpo y mente para ser invulnerable. Esculpe la realidad con el cincel de tus pensamientos. En nombre de la filosofía estoica, con un repertorio de citas de Marco Aurelio siempre a punto, los nuevos centuriones del triunfo —hoy sin túnica ni camiseta— ofrecen desde sus tribunas virtuales consignas, vídeos, cursos, libros y conferencias con técnicas infalibles para tomar las riendas de tu vida. No lo dudes, eres jinete de las adversidades, capitán de tu destino. Por suerte es verdad; la mala noticia es que también es mentira. Los genuinos estoicos griegos y romanos insistían en distinguir entre lo que podemos controlar y lo que escapa de nuestras manos: los logros de la voluntad se equilibran con el peso de las circunstancias —salud, dinero, apoyos—. Aquellos filósofos antiguos exaltaban, es cierto, el trabajo interior. Pero no prometían que triunfarías, prometían que el éxito te daría igual. Fortalecimiento, resignación y esfuerzo eran los ingredientes de su receta para alcanzar el sosiego: “Hay que abstenerse de buscar riquezas fuera de uno mismo”.

La contradicción estoica es tan antigua como la vida de Séneca. Nacido en Corduba, hoy Córdoba, en los albores de nuestra era, fue uno de los primeros provincianos que logró el rango de cónsul. No escaló desde la pobreza a la cumbre. Empezó desde arriba, con el trampolín de una familia rica y bien situada, como la mayoría de triunfadores. En la antigua Roma, el clientelismo movía todos los resortes. Conquistar el éxito requería ambición, mucho dinero y la protección de grandes personajes.

Todo lo tuvo. Llegó a acumular una de las mayores fortunas de su siglo: 75 millones de denarios ­—como referencia, los treinta denarios de Judas representaban un muy buen salario mensual—. Fue el mayor prestamista de la época, porque era el más rico. Cobraba elevadísimos intereses, como es lógico. Usó y abusó de su crédito, su autoridad social y sus relaciones para engrosar su patrimonio. Cuando los romanos conquistaron Britania, Séneca adelantó 10 millones de denarios, pues no cabía duda de que los deudores devolverían el capital al consejero del príncipe. Creó lo que podríamos llamar el banco de crédito más importante de su época, atendido por un grupo de infatigables esclavos. Adquirió fincas en Egipto, el gran negocio inmobiliario de la época. Sus viñedos en Mentana, a las afueras de Roma, eran célebres. Si ya era rico por estirpe y gracias a su sentido del negocio, se convirtió en multimillonario gracias a Nerón, que le colmó de fincas y otros regalos. El filósofo hispano fue preceptor y “amigo” —título oficial— del César. En aquellos remotos tiempos, tan lejanos de los nuestros, el emperador enriquecía a su círculo íntimo a cambio de adulación, apoyo y legitimidad: bienaventurado quien a buen árbol se arrima.

Séneca predicaba un evangelio de autotransformación y contención de los deseos. Afirmaba que no es rico quien más tiene, sino quien menos necesita. Pero la enorme fortuna que acumuló menguaba su credibilidad como estoico y predicador de austeridades. Su tratado De vita beata recoge algunos ataques de sus críticos: “¿Por qué hablas con más energía que vives? ¿Por qué tu mujer lleva en las orejas la renta de una casa suntuosa? ¿Por qué tienes posesiones allende del mar, más de las que conoces?“. Séneca respondía que un sabio es digno en su pobreza, pero también sabe usar bien una gran fortuna —cuando no queda otro remedio—. En sus escritos, intentó armonizar la filosofía con su profesión de político y opulento favorito, sin llegar nunca a resolver la lucha entre lo pensado y lo vivido.

Los esclavos que pertenecían a Séneca y los inquilinos de sus muchas haciendas tendrían, hay que suponer, opiniones más informadas sobre el tener poco y trabajar mucho. Ya Aristóteles escribió en su Política que “todas las revoluciones giran en torno al problema de la propiedad”. Se diría que el magnate estoico no captaba la ironía —tan evidente y chirriante para todos los demás— de elogiar la disciplina, el arduo trabajo y el esfuerzo tenaz mientras escalaba como terrateniente rentista y consejero mimado del emperador, bienvenido a todas sus redes y prebendas. Cuando aconsejaba desapego y frugalidad, cuando recomendaba ejercitarse en la pobreza una vez a la semana comiendo un mendrugo de pan tosco —lo que hoy llamamos ayuno intermitente— y durmiendo en el suelo, cómo no iban a tomárselo a guasa sus contemporáneos.

En cambio, otro famoso estoico, Epicteto, conocía las aristas más cortantes de la vida. Fue muchos años esclavo en Roma, y su amo lo dejó lisiado en una de sus palizas. Cuando logró la libertad, vivió en una casa humilde, enseñando a un pequeño grupo de alumnos en qué consiste la serenidad, hasta que lo forzaron a exiliarse. En sus conferencias solía explicar que no podemos tener un corazón alegre si nuestras mentes son un afligido caldero de temor y ambición. Con cuánta facilidad nos deslumbran —añadía— los cargos, los títulos, los honores, las posesiones, la ropa cara. Anhelantes de todo eso, nos esclavizamos y explotamos a los demás. Entramos en una lógica que nos aprisiona y encadena a los que nos rodean. Epicteto defendía que, si deseas sosiego interior, ánimo apaciguado y libertad perdurable, deberás privarte de la riqueza y el poder. El mismo mensaje de Séneca, pero afilado por la congruencia vital.

Cuando miramos al pasado, solemos seleccionar aquello que nos conviene, pequeñas porciones, lecturas interesadas. Nuestros legionarios del éxito han tomado de aquellos filósofos solo la idea de salvarnos a solas, el trabajo sobre uno mismo, la búsqueda de una felicidad individual. En la quiebra de los ideales colectivos, convierten al yo en un único punto de apoyo. Esa lectura egocéntrica del estoicismo se ajusta al ideal narcisista de nuestro tiempo, un solipsismo que quiere romper las formas de solidaridad y comunidad. Tal vez porque saben bien que, con esos lazos colectivos, se tejen las redes de resistencia y apoyo mutuo.

En su novela Todo un hombre, Tom Wolfe sigue los pasos de Charlie Croker, un magnate inmobiliario que debe más de mil millones de dólares a los bancos, pero se niega a creer que su imperio pueda desmantelarse por una nimiedad así. Él no es un perdedor. En el camino de Croker se cruza Conrad Hensley, un fugitivo desarraigado e idealista. En sus conversaciones le da a conocer la filosofía estoica, que descubrió en la biblioteca penitenciaria. Convierte al promotor inmobiliario a la doctrina de la renuncia y la resistencia. Charlie, en bancarrota, decide explorar la vía del gurú de la autorrealización. Un viejo conocido del incombustible tiburón de los negocios comenta: “Parece que a Croker le va bien otra vez. Va hablando de un tal Epic…nosequé. Es dinamita. Está a punto de firmar un acuerdo con la Fox para un programa que va a llamarse La hora del estoico". Ese estoicismo con más pose que poso se convierte en la nueva fórmula de éxito de Croker. Wolfe anticipa la última vuelta de tuerca: hacer dinero —muchísimo dinero— comerciando con una filosofía nacida para combatir la codicia y sus turbulencias.

domingo, 18 de octubre de 2026

"LA POLÍTICA Y LAS REALIDADES SOCIALES". Luis García Montero, infoLibre.es

Las palabras deben bajar a la calle, comprender lo que está en juego, saber qué se defiende y qué se vota en unas elecciones

La historia nos ha enseñado muchas formas de manipulación política. En un extremo está el recurso de cargar de significado negativo el compromiso político, como si se tratara de una opción poco ética. Suele ser una estrategia de la que se sirven las élites del poder y sus servidores, interesados en legitimar la dominación con los argumentos de la naturalidad, la neutralidad, la objetividad y las manos limpias. Así es el mundo porque tiene que ser así; no se trata de injusticia, sino de normalidad, y quien se opone a esta situación es que está politizado. Jovellanos, Espronceda, Antonio Machado, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Ángela Figuera, Blas de Otero o José Hierro pudieron ser grandes poetas, mejores personas, si no llegan a politizarse.

En el otro extremo, la manipulación política no se sirve del desprestigio, sino de la crispación y las discusiones impuestas para ocultar la realidad. Las nuevas estrategias comunicativas ocultan los asuntos más importantes con debates que enmascaran la verdadera dimensión humana de las cosas. Por eso resulta importante que, a veces, las situaciones iluminen lo que ocurre y nos faciliten la comprensión de lo que pasa en la calle. Me ha parecido muy significativo que, con motivo de las posibles medidas sobre la vivienda, el PP, Vox y Junts per Catalunya –es decir, los gritos de Feijóo, Abascal y Puigdemont– se unan para apoyarse entre sí en favor de la especulación inmobiliaria y el poder de las élites. Después de que uno criticara mucho a España para ganar votos en Girona, y otros denunciaran el peligro catalán para ganar votos en Madrid, haciendo negocio político de una tensión innecesaria y dañina, resulta que ahora se unen sin vergüenza para defender los intereses de un capitalismo desalmado capaz de desahuciar a las personas más necesitadas.

Lo bueno de estas posturas tan tristes es que quizá nos ayuden a comprender las dinámicas de los debates sociales y el significado de palabras como nación y comunidad. Yo no me siento patriota al defender los himnos, los grandes despachos y las estrategias de los especuladores, sino al preguntarme cómo vive la gente, mi gente, la mayoría de los seres humanos que forman parte de mi comunidad. Y más que renegar de la política y de un Estado con poderes para regular la convivencia, pido una política capaz de defender el derecho a una vivienda decente, la dignidad laboral, la sanidad y la educación pública en condiciones de igualdad.

La cultura, como indagación en el sentido de pertenencia y en los valores que conforman la realidad, ha sido inseparable de la política. Cada uno con sus ideas, no es raro que Quevedo acabara en prisión, que el autor de Poeta en Nueva York acabara ejecutado por unos fascistas o que Rosa Chacel y Concha Méndez tuvieran que exiliarse. El compromiso de la cultura no se limita a protestar por las injusticias, sino a analizar las dinámicas de la realidad, las identidades profundas que luego se convierten en sucesos. Una observación clave en las mejores indagaciones filosóficas de nuestro mundo es la denuncia de los procesos de mercantilización que se están imponiendo en el mundo. La economía de los buitres se impone sobre los domicilios, las administraciones, los debates nacionales, las fronteras y las experiencias humanas de carne y hueso. Y los buitres acusan de estar politizados a los que quieren defender desde su vocación la dignidad de la vida y las realidades que ocultan los mandarines de la avaricia con debates crispados. Se trata de una avaricia que intenta desarticular hoy la democracia social en Europa y que no tiene vergüenza a la hora de apoyar genocidios e invasiones bélicas.

Por eso las palabras deben bajar a la calle, comprender lo que está en juego, saber qué se defiende y qué se vota en unas elecciones.

jueves, 15 de octubre de 2026

"SI ESTO ES UN ESTADO". Íñigo Domínguez, El País

El ex primer ministro israelí Menachem Begin

La ultraderecha mundial dora la píldora a Netanyahu solo porque es mucho más despiadado (aún) que sus antecesores

Esta semana hemos recordado los horrendos asesinatos de Hamás del 7 de octubre, de imágenes insoportables, gente como usted y yo arrastrados por los pelos a un coche, ejecutados en el jardín de su casa. Hemos recordado también lo que siguió, y sigue. En Naza, documental en el que 24 militares de Israel explican el uso de la IA en Gaza, lo más angustioso es la deshumanización extrema, maquinal, a la que se ha llegado. Hablan de noche, envueltos en la oscuridad moral, como el coronel Kurtz. Uno de ellos, que admite haber matado a miles de civiles, dice que antes no entendía cómo un nazi podía asesinar y seguir con la vida de siempre, pero ahora confiesa que no sabe bien lo que es él. Parecía extraviado en el horror, en un camino torcido en un punto muy lejano.

En 1946 el grupo terrorista judío Irgun puso una bomba en el hotel King David de Jerusalén, sede del mando británico, y causó 91 muertos. En abril de 1948 asesinó a un centenar de vecinos en la aldea árabe de Deir Yassin. Su líder se llamaba Menájem Beguin. ¿Era esto terrorismo? Lo era para 28 intelectuales que firmaron una carta contra él en The New York Times, en diciembre de 1948. Acababa de fundar, tras el nacimiento de Israel, el partido Herut (Libertad). Los firmantes advertían que era “muy similar a los partidos nazi y fascista”. ¿Eran gente woke antisemita? Juzguen ustedes, entre ellos estaban Albert Einstein y Hannah Arendt, que habían visto a los nazis de cerca y podían comparar.
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Beguin hizo carrera y su línea se impuso, entre guerras y terribles atentados palestinos, como en Múnich. En 1963 fundó el Likud, el partido de Sharon y Netanyahu. En 1977 ganó las elecciones y por primera vez la derecha sionista llegó al poder en Israel. Beguin fue primer ministro y hasta ganó el Nobel de la Paz por los acuerdos de Camp David. Luego invadió Líbano en 1982. Diez días después, en Italia, varios intelectuales pidieron la retirada de las tropas: “La solución militar” evocaba “un lenguaje de triste memoria para cualquier judío”. ¿Eran otros antisemitas? No, eran Primo Levi, Natalia Ginzburg, Edith Bruck, entre otros. Al frente de la invasión estaba Ariel Sharon, ministro de Defensa, y lo entrevistó Oriana Fallaci. Le preguntó si acaso no eran ellos terroristas cuando ponían bombas en el King David y Sharon respondió: “No, éramos combatientes por la libertad”. Fallaci le reprochó la ferocidad, la desproporción de sus bombardeos en Beirut, expresó su pena por cómo había cambiado Israel (“Ya no sois la nación del gran sueño”), y le mostró fotos de niños muertos bajo los escombros. Sharon contestó: “Me tiene que creer, hemos querido evitar estas cosas lo máximo posible”. Diez días después fue la masacre de palestinos en Sabra y Chatila, obra de las Falanges Libanesas con la anuencia del ejército israelí. ¿Fue un genocidio? Así la definió tres meses después la asamblea general de la ONU, sin votos en contra. Primo Levi pidió la dimisión de Beguin, “fascista” de “arrogancia sanguinaria”. En 1984 dio una amarga entrevista sobre la deriva de Israel, de título helador: Si esto es un Estado, alusión a Si esto es un hombre, su obra esencial del Holocausto. Luego vino Netanyahu, hasta hoy, después de que un sionista de extrema derecha asesinara a Isaac Rabin por firmar la paz en 1995. Hoy es todo mucho peor. Las masacres son como un videojuego y quieren quitar la nacionalidad a los autores de Naza. La ultraderecha mundial dora la píldora a Netanyahu solo porque es despiadado, admira su brutalidad. Esa es la línea política, la oscura emoción que hoy quiere ser dominante.

lunes, 12 de octubre de 2026

¿POR QUÉ LA CRUELDAD ES RENTABLE ELECTORALMENTE?". Violeta Assiego, elDiario.es


Solo desde esta lógica se pueden comprender algunas de las cosas que hemos escuchado sobre Maricarmen antes de morir, e incluso después. Desde el «Morocarmen» y el «puta sinvergüenza» hasta la ironía de Ayuso: «Que me avisen a partir de qué edad dejo de pagar». Esta obscenidad y crueldad no es un error político, es una estrategia

“La crueldad es electoralmente rentable”. Así resumía el politólogo Pablo Simón, con lucidez, una de las claves del momento político que vivimos. Para ilustrarlo, hacía referencia a un estudio publicado en la revista científica Political Psychology que reveló que más de un tercio de las personas encuestadas en Estados Unidos estaba dispuesto a votar a un candidato que prometiera impulsar políticas perjudiciales para los simpatizantes del partido contrario. No porque esas políticas fueran a mejorar sus propias vidas, sino por la satisfacción de saber que quienes consideran sus adversarios lo iban a pasar mal, es decir, el sufrimiento del otro convertido en recompensa electoral.

Solo desde esta lógica se pueden comprender algunas de las cosas que hemos escuchado sobre Maricarmen antes de morir, e incluso también después. Desde el «Morocarmen» y el «puta sinvergüenza» hasta la ironía de Ayuso: «Que me avisen a partir de qué edad dejo de pagar». Esta estrategia, la de la obscenidad de la crueldad no es un error político, es una estrategia política. Humillar, despreciar o recrearse en el sufrimiento de quien previamente ha sido convertido en adversario, y hacerlo, además, ante un público dispuesto a celebrarlo y a votarte por ello.

Resulta especialmente llamativo que Feijóo denuncie un intento de «manipulación emocional» con el caso de Maricarmen, mientras su partido alimenta el resentimiento y el desprecio hacia quienes convierte en adversarios. Al PP y a Vox les molesta que la ciudadanía se conmueva ante el sufrimiento de esta mujer de 87 años, desahuciada de su casa y presentan esa conmoción como manipulación emocional, mientras exhiben la crueldad que destilan sus propias palabras, sus mensajes en las redes sociales y hasta sus negativas a guardar un minuto de silencio por ella.

No es casual que se desprecie la empatía mientras se exhibe la crueldad como una demostración de poder. Es una de las grandes batallas del orden político del patriarcado, convertir la crueldad en una forma de ejercer el poder y hacer de su aprendizaje una vía para conquistarlo y mantenerse en él. Inevitable pensar, por ello, en la antropóloga feminista Rita Segato, que lleva años advirtiéndonos sobre esa pedagogía de la crueldad, sobre «todos los actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas». Es decir, a deshumanizar, a quebrar la empatía y a romper los vínculos que nos permiten reconocernos en el sufrimiento de otras personas.

Hay algo en el pensamiento de Segato a lo que quizá no hemos prestado suficiente atención desde los feminismos: esta pedagogía también se ejerce sobre los propios hombres, a quienes el mandato de masculinidad obliga a demostrar su poder mediante la dominación y el desprecio de la vulnerabilidad. Para ejercer esa crueldad sobre otros, primero tienen que aprender a ejercerla sobre sí mismos, amputando su propia capacidad de sentir, cuidar y conmoverse, cualquier rastro de empatía, miedo o ternura. Ese aprendizaje de la crueldad no solo condiciona cómo tratamos a los demás, sino también cómo sentimos, cómo juzgamos y qué decisiones tomamos, incluida la de votar.

El neurocientífico portugués António Damásio lleva décadas demostrando que las emociones no son lo contrario de la razón, sino que forman parte de nuestros procesos de decisión. Por eso, despachar como simples irracionalidades los discursos y comportamientos cargados de odio y crueldad que presenciamos puede impedirnos comprender lo que hay detrás. La cuestión es que la crueldad también nos enseña a sentir de otra manera, a encontrar satisfacción en la humillación ajena, a canalizar la frustración, el resentimiento o el malestar propio contra otras personas. Y cuando esa satisfacción se convierte en una motivación política, el sufrimiento del adversario puede llegar a importar más que el propio bienestar. Cabe preguntarse, entonces, cuántas personas acudirán a las próximas elecciones no tanto para mejorar sus propias vidas como para disfrutar viendo empeorar las de quienes han aprendido a considerar sus enemigos: las personas migrantes, feministas, LGTBIQ+, racializadas, ecologistas, sindicalistas, de izquierdas, trabajadoras y voluntarias de ONG, defensoras de derechos humanos…

Viktor Frankl, superviviente de los campos de concentración nazis, exponía en El hombre en busca de sentido la importancia de la responsabilidad personal frente a las circunstancias y que incluso en los contextos más adversos, nuestras decisiones tienen una dimensión moral. La Historia nos ha enseñado hasta dónde puede llegar una sociedad cuando convierte a determinados grupos humanos en enemigos a los que despojar de su dignidad. Nadie está a salvo de esa pedagogía de la crueldad, tampoco quienes creemos combatirla, por eso no podemos caer en la misma trampa, denunciar la crueldad no exige deshumanizar a quienes la ejercen, sino comprender sus mecanismos, señalar sus actos, exigir responsabilidades y construir alternativas que no reproduzcan su lógica.

El movimiento por la vivienda nos está dando algunas pistas de cómo hacer, nadie se esperaba este despertar de la conciencia colectiva que nos muestra que frente a una política que necesita enemigos, lo que nos une es colocar en el centro las necesidades de las personas y sus derechos. Pero, además, nos recuerda algo que la historia de nuestras democracias confirma, que han sido los movimientos sociales, con sus luchas y conquistas, quienes han empujado a las instituciones políticas a reconocer derechos y transformar nuestras sociedades. Quizá por eso al fascismo le da tanto miedo la empatía, porque desactiva su propuesta política de crueldad y deshumanización.

domingo, 11 de octubre de 2026

"MÁS ALLÁ DE LA DESOLACIÓN". José Henrique Bortoluci, Revista Piauí

La noche de la primera ronda de elecciones no dejó lugar a dudas sobre nuestro estado de descontento y la magnitud de nuestra responsabilidad

Algunos pensamientos fervientes, en una noche que resume gran parte de nuestra desolación y expone inequívocamente nuestra responsabilidad con el futuro:
  1. En la última década, la extrema derecha ha logrado llevar a cabo una revolución cultural radical en Brasil; simultáneamente, el Centrão (o la derecha oportunista) ha podido implementar una serie de reformas políticas que han alterado definitivamente las reglas del ordenamiento político e institucional establecido por la Constitución de 1988.
  2. Estos dos vectores se combinaron en una alianza de inmensa fuerza, un coloso político capaz de generar transformaciones sociales pocas veces vistas en nuestra historia. Esta convergencia se produjo en un contexto internacional y en un entorno tecnológico-comunicativo que garantizó un alcance histórico y aportó información valiosa a estos movimientos internos.
  3. En el ámbito cultural, la derecha ha desarrollado una estética, un amplio dominio de la comunicación de masas, tecnologías sociales y afectivas para la construcción de comunidad, un diálogo profundo con la espiritualidad popular y una utopía convincente del individualismo como camino hacia la transformación personal. Una auténtica revolución gramsciana centrada en imágenes y valores guiados por la fe, la familia y la prosperidad individual.
  4. Esta es una visión seductora y de gran alcance, a pesar de su cinismo, su complicidad con las formas más brutales de explotación, su apelación a la violencia, su retroceso en materia de derechos y su perpetuación de la desigualdad. Al mismo tiempo, es un error no percibir cómo esta visión del mundo resuena con la vida real de la mayoría de la población y ofrece cierta esperanza, una utopía de lo posible y algunas herramientas para afrontar los reveses de la vida.
  5. El individualismo del sálvese quien pueda y la concepción de la vida como una guerra en la que gana el más fuerte, promovida por esta amalgama reaccionaria, dan nuevos matices a nuestra historia de violencia social y devastación ambiental. En los últimos años, se ha observado en Brasil la expansión metastásica de una especie de «capitalismo minero», una mezcla de «ética vorcaro» con lógica de milicia, con amplia penetración en las instituciones públicas. Las «apuestas», por citar solo una faceta de esta economía política y lógica cultural, son también una forma de explotación de vidas, apuestas y los ingresos de familias ya empobrecidas.
  6. Mientras los distintos grupos de derecha promovían esta revolución, nosotros, en el bando progresista, perdimos la energía de lo nuevo.
  7. La centroizquierda dominante, tanto en sus gobiernos como en sus discursos, prácticamente solo conserva el recuerdo de políticas ya rutinarias, muchas de ellas implementadas hace unos veinte años, o de propuestas que apenas modifican el statu quo. Esto se debe en parte al éxito de logros como Bolsa Família (un programa de asistencia social), el aumento del salario mínimo y la expansión de la educación superior: políticas públicas cruciales, pero que hoy son percibidas por la mayoría de la población como políticas estatales ya garantizadas o como medidas insuficientes. Y es fundamental reconocer que, de hecho, son absolutamente insuficientes.
  8. Tras los intentos de golpe de Estado del gobierno de Bolsonaro y los ataques del 8 de enero de 2023, la única arma política de alto calibre que se sumó a la lucha democrática fue la consolidación de un Tribunal Supremo agresivo e hiperpersonalista, una estrategia que fue notoriamente contradictoria desde el principio y que ahora ha demostrado ser una carga imposible de soportar.
  9. Los nuevos avances en el ámbito progresista, por fundamentales y justos que sean (el fortalecimiento del movimiento feminista, la ampliación del repertorio de luchas antirracistas y LGBT+), no han logrado generar mayorías políticas ni popularizar visiones de futuro que organicen la relación entre la vida privada de los ciudadanos y la vida colectiva. Son fuerzas indispensables, lo que exige una evaluación de sus logros, sus limitaciones, sus tácticas, sus repertorios y su eficacia en la movilización.
  10. Para revertir esta situación, es necesario crear alternativas que se correspondan con la revolución política y cultural implementada con impresionante éxito por la oposición. Una visión radicalmente nueva y convincente del futuro, tangible, arraigada en la realidad e impulsada por la energía de los sueños.
  11. Esto exige la creación de nuevas lógicas culturales, nuevos discursos, nuevos enfoques estéticos, nuevas lógicas de comunicación; tejer formas de solidaridad aún no probadas y desarrollar propuestas políticas transformadoras. Nos estamos desacostumbrando a lo ya establecido, lo que requiere una nueva disposición a escuchar a la mayoría de la población en su inmensa diversidad, un distanciamiento de nuestro propio vocabulario (no se puede escuchar si insistimos en imponer nuestro léxico) y la observación de iniciativas innovadoras que ya están en marcha en comunidades y movimientos, así como en ámbitos intelectuales y artísticos menos visibles.
  12. En cuanto al arte, ya es hora de que miremos más allá del pequeño escenario donde siempre se repiten la viejas y jóvenes estrellas. Lo nuevo no vendrá de aquellos artistas y expresiones que se pliegan a los gustos repetitivos y predecibles de la izquierda dominante, por muy grandes que sean sus logros en las últimas décadas y por muy buenas que sean las intenciones de los nuevos miembros de este grupo selecto.
  13. Este diagnóstico es independiente del resultado final de las elecciones presidenciales. Una victoria de Lula en la segunda vuelta podría impedir una aceleración aún mayor de esta revolución en curso, y por ello es crucial que el sector democrático concentre todas sus energías en las próximas semanas. Sin embargo, por sí sola, no allanará el camino hacia lo nuevo ni sentará sus bases. Quizás ganemos algo de tiempo, pero las placas tectónicas de la devastación social, el desmantelamiento de los derechos y la descarada vulgaridad no cesarán.
  14. El futuro es una ficción política que escribimos hoy. Recurro a estas dos palabras: responsabilidad y valentía. La responsabilidad de investigar el pasado reciente y evaluar nuestro progreso (que ha sido considerable), pero también de pensar más allá de las soluciones existentes, las estrategias consolidadas, los discursos aceptados y las políticas públicas ya probadas. La valentía de admitir que todo lo que hemos construido en el pasado y lo que estamos construyendo en el presente se queda corto respecto a lo que la historia nos impone como nuestra misión.
  15. Esta postura ética es, además, una manifestación de respeto por las luchas y victorias del pasado, pero, sobre todo, un reconocimiento a las derrotas de otras épocas. Invertir en un futuro de justicia e igualdad, contra viento y marea, es una forma de honrar a nuestros muertos y vencidos de luchas pasadas; estos compañeros aguardan, al lento ritmo de la historia, el momento de su redención.
  16. Si seguimos por este camino, será una construcción que llevará muchos años, quizás décadas, y no estará liderada por una sola persona, un solo partido o un solo movimiento. Es una tarea que involucra a amplios sectores de la sociedad, una diversidad de conocimientos, experimentos y apuestas, y requiere la audacia de participar en las batallas políticas más difíciles, incluso si esto implica derrotas a corto plazo.
  17. Esta responsabilidad es inmensa. Es la mayor misión política de nuestras vidas.

sábado, 10 de octubre de 2026

"NO ES CRUELDAD ES ENCARNIZAMIENTO". Noelia Adánez, Publico.es

Acampada en la Puerta del Sol de Madrid
por el derecho a la vivienda
Se han cumplido tres años del inicio del genocidio perpetrado por Israel en Gaza. Las cifras de esta operación premeditada de exterminio y ocupación son escalofriantes. Más de 74 mil muertos de entre los cuales más de 21 mil eran niñas y niños. Un número indeterminado de desaparecidos, cuyos cadáveres se pudren bajo los escombros de una Gaza ruinosa a la que Israel ha sustraído por la fuerza bruta más del 70% de su territorio. Cerca de dos millones de palestinos han sido desplazados y los que permanecen son víctimas del asedio y la violencia que el ejército israelí sigue desplegando en la zona.

El daño causado a Gaza no afecta únicamente al pueblo palestino. Las consecuencias de la atrocidad israelí y la exposición pública y documentada de la violencia infringida escala a la humanidad en su conjunto. El dolor de Gaza es el dolor de todas. Hacernos cargo del sufrimiento de este pueblo exige reaccionar; exige como mínimo tener una posición.

Este miércoles Isabel Díaz Ayuso expresó públicamente su posición al respecto al tuitear un mensaje de apoyo a Israel. Durante estos tres años, la presidenta de la Comunidad de Madrid, sionista confesa y simpatizante del gobierno de extrema derecha que preside Benjamin Netanyahu (sobre quien existe una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional), ha guardado un silencio absoluto respeto del genocidio en Gaza. Ni una sola palabra sobre el hecho de que, a la vista de todo el mundo, Israel continúe matando de hambre y dejando morir de enfermedades al pueblo palestino. Ese silencio va más allá de la crueldad y entra de lleno en el terreno del encarnizamiento, puesto que se recrea y persiste de manera implacable en el sufrimiento de un pueblo.

En esta misma línea de encarnizamiento, el Gobierno de Ayuso -como hemos contado en ‘Público’- ha reducido de 4.039 a 1.000 euros la cuantía de las ayudas destinadas a facilitar la conciliación de las familias que tienen a su cargo hijos o hijas con enfermedades que requieren cuidados constantes. La Comunidad de Madrid razonó estos recortes argumentando que "la experiencia adquirida (...) aconseja el diseño e implementación de un nuevo modelo (...) con el fin de garantizar una asignación eficiente de los recursos económicos disponibles (...) evitando cargas adicionales innecesarias para los ciudadanos".

Esta es una más de las muchas decisiones políticas que el Gobierno de la Comunidad de Madrid ha tomado, desacomplejadamente, en contra de la ciudadanía cuyo bienestar y cuyos derechos pisotea.

Los protocolos de la vergüenza aplicados en pandemia constituyeron un hito en este sentido, pero ha habido muchos otros jalones en esta larga historia de desprotección, arbitrariedad y abuso de poder. El mismo Gobierno que recorta las ayudas a las familias con hijos que sufren enfermedades graves y lo argumenta alegando que lo hace para evitar cargas innecesarias a la ciudadanía, es el que ha comprado sin justificación y con una muy fundada sospecha de malversación un ático de lujo de más de seis millones de euros. Esto también es encarnizamiento, como lo es negarse a topar los precios del alquiler en plena crisis habitacional o evitar activamente que se avance en la elaboración de las listas de objetores para que las madrileñas puedan abortar en la sanidad pública.

Al momento de escribir esta tribuna, se ha conocido que un juzgado de lo social condena al gobierno de Ayuso por haber discriminado a una mujer de 73 años con discapacidad intelectual, física y sensorial a la que negó el acceso a una plaza en una residencia especializada.

Ayuso cercena derechos ciudadanos de forma deliberada y continua. El menoscabo de derechos que provocan sus medidas no es incidental a las políticas de recortes presupuestarios y ahorro con las que se justifican. El encarnizamiento que despliega aspira a disciplinar a la ciudadanía, violentándola hasta dejarla sin capacidad de respuesta, sumisa.

La forma en que se ha gestionado el desahucio de Maricarmen y su trágica muerte por parte de las instituciones madrileñas sigue esta estela de encarnizamiento. Ayuso se descolgó, como acostumbra a hacerlo, con unas declaraciones en las que frivolizaba con el arrancamiento de una mujer de 87 años de su casa y cuestionaba su derecho a resistirse a abandonar su hogar, por el que llevaba años pagando religiosamente un alquiler. La presidenta madrileña embarró la figura de Maricarmen cuando estaba viva y ya había sido desahuciada. Tras su muerte, ni ella ni el alcalde de Madrid han aceptado guardar un minuto de silencio en la Asamblea y el Ayuntamiento respectivamente.

El desahucio de Maricarmen ha sido uno más de los miles que tienen lugar cada año en España, pero por lo dilatado de su proceso, por la edad de esta vecina y por el apoyo decidido y constante del Sindicato de Inquilinas, Maricarmen ha simbolizado y dignificado la lucha por la vivienda como nadie lo había hecho hasta ahora en nuestro país.

Su historia ha hecho comprensible el problema de la exclusión residencial a sectores de la sociedad que o bien permanecían indiferentes ante la crisis habitacional o bien no sabían cómo expresar su indignación.

Maricarmen ha sido y es un símbolo de lucha, la chispa que ha prendido la llama de lo que se vislumbra como un ciclo intenso de movilizaciones reivindicativas y solidarias que se sustentan, precisamente, en una crítica severa a la crueldad como forma de relacionarse en sociedad. Estas movilizaciones, además, anteceden un ciclo electoral en el que las políticas del encarnizamiento practicadas por las derechas podrían sufrir un correctivo democrático en forma de castigo electoral.

Tanto si es esto sucede como si no, tenemos enfrente la inmensa tarea de recuperar la humanidad. La que has liado, Maricarmen.

viernes, 9 de octubre de 2026

"MORIR EN CASA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Maricarmen Abascal encabeza el pasacalles organizado por el Sindicato de
Inquilinas e Inquilinos de Madrid en protesta contra su orden de desahucio,
el pasado mes de junio en Madrid
Todas las sociedades deciden qué vidas quedan a la intemperie, entre las que están con demasiada frecuencia las mujeres mayores

Una casa es tu biografía hecha cosa. La silla que heredaste de tu abuela, el hueco gastado del sofá donde siempre te sientas, la vajilla que se saca solo en Navidad, el orden en que guardas las cosas y que nadie más entiende. Nada de eso tiene valor de mercado, pero cada objeto remite a algo que te pasó, a alguien que estuvo ahí, a una época. La filósofa Iris Marion Young pensó en el hogar como anclaje material de una identidad que, por lo demás, es cambiante y frágil porque en esas cosas se sedimenta quién eres y de dónde vienes. Pero también en esa familiaridad del cuerpo que sabe dónde está cada cosa sin mirar y que es lo primero que se rompe cuando te sacan de casa, sobre todo a los 87 años.

Cuando una ciudad expulsa a la mujer que llevaba 70 años subiendo la misma escalera y saludando a los mismos vecinos, pierde a quien podía recordar cómo era aquel portal antes de que llegaran los inversores, quién vivió en cada piso y qué familias se fueron marchando, y con ella se va una memoria del barrio que ningún registro de la propiedad conserva. Maricarmen Abascal llegó a su casa del Retiro con 17 años y salió de ella con 87, tumbada en una camilla y sin poder llevarse sus cosas, de modo que lo que perdió aquel día no fue únicamente un techo, sino el lugar donde estaba depositada su propia historia. Catorce días después ha muerto en un hospital sin haber podido regresar a su casa.

La filósofa Judith Shklar advertía que la frontera entre la desgracia y la injusticia no la traza la naturaleza sino la política, y que solemos llamar desgracia a aquello de lo que no queremos hacernos cargo. Por eso conviene desconfiar de quienes estos días han presentado el caso de Maricarmen como uno más de los miles de desahucios que se ejecutan cada año, o como un drama ante el que no cabía otra cosa que obedecer a los jueces, porque cuando un caso pasa más de un año a la vista de todos, con alternativas sobre la mesa, y aun así termina con una mujer de 87 años en una camilla, algo ha fallado en quienes tenían el poder de impedirlo. Shklar llamaba injusticia pasiva a esto, la de quienes, pudiendo evitar un daño, se limitan a dejar que ocurra.

Esa injusticia pasiva termina siempre recayendo sobre un cuerpo concreto, y no sobre cualquiera, porque hay formas de precariedad que se reparten políticamente y dejan a unas personas mucho más expuestas que a otras. Maricarmen Abascal tenía 87 años y una salud frágil, y esa vulnerabilidad es la que tarde o temprano compartimos todos, pero lo que vino a sumarse a ella, un desahucio, una camilla y 14 días de hospital, fue algo que otros decidieron o no supieron impedir. Ninguna sociedad lo dice abiertamente, pero todas deciden qué vidas cuentan con más redes que las sostengan y cuáles quedan a la intemperie, y entre estas últimas están con demasiada frecuencia las mujeres mayores. Mujeres que viven más años que los hombres y cobran de media pensiones más bajas, a menudo porque dedicaron buena parte de su vida a un trabajo de cuidados que nadie les pagó, y que, cuando todavía viven de alquiler, como ella, dependen de contratos de renta antigua que la venta de un edificio puede convertir en papel mojado.

Hay una medida mínima de la decencia de una sociedad, anterior a cualquier ideal de justicia, que la ética política lleva décadas recordándonos y consiste en que sus instituciones no humillen a quienes deberían proteger. Pocas humillaciones son más hondas que ser arrancada, al final de la vida, del lugar que guarda tu propia historia. Madrid ha perdido a una vecina y, con ella, ha dejado de poder decir que en esta ciudad se puede envejecer y morir en casa.

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