martes, 30 de junio de 2026

"TRAFICANTES DE HALAGOS". Irene Vallejo, El País

FERNANDO VICENTE
La mejor manera de impedir que los narcisistas tomen el poder es abordar las amenazas que inquietan a los ciudadanos

En los hipnóticos escaparates de las redes sociales, la influencia se puede comprar. Existen empresas que ofrecen admiración de alquiler: seguidores, comentarios entusiastas, adhesiones apasionadas, elogios en serie —aunque no en serio—. La reputación tiene un precio, y la alabanza amañada catapulta a quien paga. Después de todo, la palabra fama proviene del verbo latino fari —hablar—, ya que famoso es quien está en boca de todos. Curiosamente, de la misma raíz deriva fábula: la celebridad tiene algo de cuento. Siguiendo el hilo y la melodía lingüística, fanfarrón, del árabe hispano farfar, significa “inestable, volátil, charlatán”. En esta feria de las banalidades, la vanidad digital cultiva el truco y trato.

La compra de ovaciones tiene precedentes antiguos. El historiador romano Suetonio cuenta en sus crónicas que Nerón amaba la música y, aun siendo su voz débil y ronca, insistía en dar recitales. Pagó sumas exorbitantes para que 5.000 jóvenes reclutados aplaudieran sus lamentables interpretaciones. Esta argucia serviría como inspiración a las claques europeas. En el siglo XIX, surgieron agencias que proveían a los teatros y autores de aduladores, un mecanismo que derivaría con el tiempo en las risas enlatadas de la televisión. El principio es el mismo: escenificar el éxito ayuda a triunfar. Tener público, aunque sea ficticio, genera publicidad. Ahí nacen las campañas dopadas y la demoscopia fantasiosa. Como intuyó Nerón, pionero de la mercadotecnia, es posible conseguir poder verdadero a través de la fama falsa.

Esta es una lógica que encumbra, cada vez más, a ególatras y aduladores. Las apariencias nos engañan y nos encantan; el prestigio, como su nombre indica, ama a los prestidigitadores. Desde tiempos de Nerón, una y otra vez, numerosas sociedades se han entregado, seducidas y convencidas, a fatuos arrogantes. La teoría proclama que los grandes líderes son quienes anteponen su misión a su ego, el interés público a la vanidad personal. En principio, los narcisistas son fáciles de identificar: se jactan de sí mismos, reclaman atención constante, se sienten con derecho a un trato especial y, cuando no lo obtienen, se erigen en víctimas y airean sus quejas. Pero, paradójicamente, todavía hoy, continúan hechizando y atrapando voluntades.

Un estudio sobre las elecciones estadounidenses entre los siglos XIX y XX reveló que, en tiempos de inestabilidad social, la gente deseaba un presidente que transmitiera aplomo, audacia y dominio. La abrumadora sensación de incertidumbre y ansiedad es propicia para las voces autoritarias que prometen restaurar el orden y para los ególatras embriagados de confianza y desafío. Como explica Giuliano da Empoli en su ensayo La hora de los depredadores, el caos ya no es el alma de los rebeldes, sino el sello distintivo de los poderosos. En un mundo impredecible gana el actor que se mueve con mayor decisión, de forma más agresiva, más sorprendente, el que impone su propia realidad. Serán avasalladores, pero nunca aburridos: folclóricos, extravagantes y cínicos, un espectáculo entretenido. Responsabilizarse es serio y tedioso; tiene más gracia atesorar medallas, coleccionar aplausos y atribuirse logros legendarios.

Sin embargo, sabemos que las personas con altos niveles de narcisismo son peores gobernantes. La experiencia enseña que están más dispuestas a manipular a los demás, a tomar atajos y esquivar las normas. Intentarán deshacerse de todo lo que ralentiza y limita su voluntad, ya sean los procedimientos garantistas, las leyes, los periodistas, los contrapoderes o los jueces. Se atribuyen todos los méritos mientras culpan a los demás de los fracasos. Se jactan de ser escudo frente a amenazas que ellos mismos crean y contra enemigos a los que previamente azuzaron. Consideran el liderazgo como una oportunidad que deben aprovechar; el poder es para ellos más un vicio que un servicio. El legado de estos líderes con frecuencia queda empañado por los desmanes despóticos y nepotistas, la corrupción y la hybris de decisiones desastrosas.

Intoxicados por las loas de los aduladores, estos líderes corren el riesgo de caer en la obstinación y negarse a cambiar de rumbo. En ocasiones, jaleados por sus colaboradores incondicionales, se enrocan en su torreón o se lanzan a galopar hacia temerarias decisiones y ostentaciones. En una época de constantes desahucios, el emperador Nerón, enamorado de los ornamentos dorados, se empeñó en construir una enorme mansión, la Domus Aurea, en pleno centro de Roma, con incrustaciones de oro y madreperla que destellaban bajo el sol, además de un lago artificial y una colosal estatua suya de más de 30 metros. Uno de sus predecesores, Calígula, despreciaba a los consejeros que no se plegaban a sus deseos, así que depositó toda su confianza en un caballo originario de Hispania llamado Incitatus, es decir, Impetuoso. Le regaló un establo de mármol con abrevadero de marfil, una villa amueblada y esclavos a su exclusivo servicio. El animal lucía mantas de púrpura, símbolo regio. Según averiguaciones de Suetonio, el emperador planeaba, en un gesto de sarcástico desprecio hacia las instituciones, nombrar a Incitatus cónsul, la máxima magistratura romana. Desde entonces Calígula, que eligió a un asesor capaz solo de relinchar, es el símbolo de la arrogancia política. Cuando el poder pierde los estribos, las proclamas épicas terminan por resultar patéticas.

En un ecosistema encabezado por vanidosos proliferan los aduladores y lamebotas. El filósofo griego Teofrasto, discípulo de Aristóteles, describió agudamente en Los caracteres al individuo que recurre a la lisonja para ganarse el favor de jefes y gerifaltes. Endulza sus oídos: “Fíjate como todos te miran: esto no le sucede a nadie más, solo a ti”. Le quita una mota o un pelo de la ropa mientras elogia su buen gusto y su figura. Si su alabado habla, ordena que callen los demás. Cuando termina, grita: “¡Bravo!”. En el teatro, se adelanta para mullirle los cojines. Si el patrón se burla de alguien, lo celebra a carcajadas; y, llevándose la mano a la boca, finge retorcerse de risa. En una comedia de Plauto, aparece retratado en plenitud de facultades el parásito Ganapán. Este hambriento perpetuo consigue camelar a un soldado fanfarrón para que le pague la cena, lanzándole su red de halagos: “Eres un héroe intrépido. En la India, le rompiste la pata a un elefante de un puñetazo”. “Y sin esfuerzo”, dice el militar. “Segurísimo. Si hubieras golpeado con todas tus fuerzas, tu brazo habría atravesado la panza del elefante. Bajo tus golpes perecieron un mismo día 150 soldados en Cilicia, 100 más en Sardes y 60 en Macedonia”. “¿Y eso cuánto suma?”. “7.000″. Plauto juega a la caricatura, pero nos avisa sobre el poder de los elogios para manipular y lograr favores de los vanidosos. Es el punto débil de quienes se derriten ante las alabanzas: cebado su ego —y cegada su razón—, resultan fáciles de embaucar por quien promete éxitos y mayores glorias.

La historia prueba que la mejor manera de impedir que los narcisistas tomen el poder consiste en abordar las amenazas que inquietan a la gente. Una vida más amable, tiempos serenos, mayor seguridad laboral y menor zozobra volverán a los votantes reacios a candidatos prepotentes. Adictos al caos, los ególatras pregonan su fuerza mientras dividen y debilitan la sociedad. Por el contrario, los líderes humildes, admitiendo sus fragilidades, nos robustecen. Cuidado con confundir vanidad con valía: la fanfarronería suele ser solo fanfarria.

lunes, 29 de junio de 2026

"EUROPA EN EL CORAZÓN". Luis García Montero, infoLibre.es

El deseo de que la palabra España deje de significar un sacrificio late ahora en el corazón de muchos españoles

César Vallejo escribió el poema “España, aparta de mí este cáliz” durante la Guerra Civil española. Con ese título se reunieron después los poemas que el maestro peruano dedicó al drama bélico abierto por el golpe de Estado de 1936. El deseo de que la palabra España deje de significar un sacrificio late ahora en el corazón de muchos españoles heridos por la atmósfera muy crispada de nuestra convivencia. La economía no va mal, la realidad no es un campo de fuego, pero se impone día a día un relato de odios y enfrentamientos. Necesitamos encontrar una salida, y quizá sea bueno recordar que César Vallejo escribió su poema sobre España y el cáliz doloroso como un diálogo con los niños del mundo. No vivía la posible derrota como un problema nacional español, sino como un horizonte que afectaba a la política internacional.

Creo que es una buena estrategia para resistir en esta situación que invita al desánimo. No se trata de un problema solitario español, sino de una dinámica desatada contra los valores democráticos. Y la palabra "mundo" adquiere mucho protagonismo. Por eso podemos recordar también el libro de Pablo Neruda titulado España en el corazón, y sentir que el amor por España se equivoca hoy cuando se encierra en los límites nacionales. Así que le pido permiso a Neruda para ampliar su título y escribir 'Europa en el corazón', tomando conciencia de la realidad global de la palabra "mundo". Las derivas nacionalistas de la extrema derecha ponen en riego el papel de Europa como unidad de valores democráticos, algo que interesa por igual a los viejos mandarines totalitarios y a las nuevas formas de dictadura que nacen de la ambición neoliberal, el capitalismo dispuesto a romper el Estado social para separar la libertad de los compromisos de la igualdad y la fraternidad. Así que la mejor manera de pensar en la Madre España de Vallejo es pedirle permiso a Neruda para vivir hoy con Europa en el corazón.

Los populismos nacionalistas suponen en la Comunidad Europea una proyección política de la cultura individualista que ha impuesto el neoliberalismo. Frente a la convivencia y las ilusiones colectivas impera la ley del más fuerte y la lucha por el triunfo de lo mío frente a las responsabilidades compartidas. Esta es la lógica que le da fuerza al racismo y a las prioridades nacionales contra los derechos humanos y la justicia universal. El cáliz de la crispación española, además de hacerme vivir con España y Europa en el corazón, gracias a Neruda, me devuelve a la poesía de César Vallejo y a su poema titulado “Masa”. Tanto amor y no poder contra la muerte, fue la queja del poeta peruano que buscaba en la oscuridad motivos para la esperanza. Escribió la historia de un combatiente muerto en la batalla. A su cadáver se acercó un hombre, y luego dos, y después veinte, cien, mil, quinientos mil, millones de individuos con un ruego común: quédate hermano. Cuando todos los seres humanos de la Tierra llegaron a rodear al individuo muerto, el cadáver se incorporó y se echó a andar.

La imagen solidaria de Vallejo me ayuda a luchar en mí mismo por una resurrección de la esperanza. La mejor manera de apartarme del cáliz de las desilusiones y las renuncias es comprender que no se trata de una batalla española, sino mundial, y que no puedo dejar que los mandatos del individualismo me hagan olvidar el compromiso colectivo con la dignidad de los seres humanos de la tierra. Las prioridades individuales sólo encuentran un buen destino en las ilusiones colectivas.

Madre España que vive con Europa en el corazón. Cosas de la poesía.

domingo, 28 de junio de 2026

"EL DEMONIO DEL MEDIODÍA". Irene Vallejo, El País

Nos define un volátil entramado de clarividencias y cegueras. Dime lo que atiendes –entiendes– y te diré quién eres

Sorprende que alguien nos sostenga la mirada largo tiempo, que nos escuche con total intensidad. En un mundo de imágenes fugaces, lo habitual es la atención menguante, saltarina, nutrida con comida mental rápida, brincando de la pantalla a la prisa. Sin embargo, no podemos estar pendientes de todo a la vez. El cerebro está preparado para pensar conscientemente en una sola cosa, y esta limitación fundamental no ha cambiado en miles de años. Si le exigimos pasar rápido de una tarea a otra, sus malabarismos nos provocan una sensación de omisión y de exceso. ¿Qué me acabas de preguntar? ¿Qué leí en las redes que me dejó inquieta? ¿Ha llegado otro mensaje? Hacemos más, sí, pero con eficacia decreciente. Todos nuestros logros perdurables han requerido gran dedicación: volcarnos en una sola tarea, sin interrupciones, se ha convertido hoy en un acto de rebeldía.

No estamos solos. Los monjes del cristianismo primitivo, deseosos de ausentarse del mundo para concentrarse en Dios, descubrieron pronto la dificultad de su empeño. Fueron tal vez los primeros en dar la batalla de la atención. El escritor y asceta Juan Casiano, fundador de una importante abadía en el siglo V, describió en términos psicológicos muy precisos un problema que obsesionaría a los teólogos medievales: la acedía. El monje acedioso no consigue controlar su mente ni perseverar en su tarea. Aparta la mirada y su imaginación se extravía. Exhausto, hambriento, siente ansiedad “y una absurda confusión se apodera de él como una tiniebla repugnante”. Los monjes estaban vigilados y, cuando eran sorprendidos en ese estado de distracción, los consideraban poseídos. Casiano afirmó que esta enfermedad era provocada por los demonios del mediodía, ya descritos en los textos mágicos paganos. Diablos distintos a los que nos aterrorizan de noche. Seres malignos que instilan el hastío y la impaciencia, responsables de la insolación, la fiebre y el desasosiego, hermanos de las sirenas que desviaban a los marineros de su ruta con tentadores cantos.

Tal vez intuyendo el inmenso poder del demonio meridiano –según mis conjeturas, acérrimo adversario del ángel de la siesta–, la filósofa irlandesa Iris Murdoch construyó su ética alrededor de la idea de concentración como aprendizaje y entrenamiento. Reclamaba «una mirada justa y amorosa, dirigida sobre la realidad individual». Esa «atención amorosa» implica captar qué necesita el otro. No se trata de enunciar una norma y actuar siempre de acuerdo con ella, sino de remediar la sed y la angustia de cada cual en su particularidad. El amor atento sería la herramienta moral que nos ayuda a captar la realidad de una persona al orientar la atención hacia ella. En su ensayo La idea de perfección, Murdoch afirma que cambiar el modo en que miramos afecta instantáneamente a nuestra forma de actuar, también a nuestros lazos con los demás. Y nos revela bellezas inadvertidas.

En una gélida y ajetreada mañana de enero, un hombre empezó a tocar el violín en los túneles del metro en Washington. A su alrededor se apresuraban más de mil personas, rumbo al trabajo. Quien prestó más atención fue un niño de tres años. Su madre tiraba del brazo, apurada. La escena se repitió con otros niños, y todos los padres, sin excepción, los forzaron a seguir la marcha. Solo siete personas se detuvieron, así que el violinista recaudó apenas treinta dólares. Cuando se hizo silencio, no hubo aplausos. El agobiado gentío había desperdiciado la oportunidad de escuchar a uno de los mejores músicos del mundo con un violín tasado en millones. Solo unos días antes, Joshua Bell había abarrotado un teatro con entradas a precios imposibles. La actuación de incógnito fue organizada por el diario The Washington Post como experimento social. Pretendían averiguar si percibimos la belleza en momentos de prisa, en lugares sin prestigio. Si nos detenemos a apreciarla, si reconocemos el talento en contextos inesperados. Cuando no reparamos en un don tan rotundo, qué más estaremos pasando por alto.

Nos define un volátil entramado de clarividencias y cegueras. Dime lo que atiendes –entiendes– y te diré quién eres.

sábado, 27 de junio de 2026

"LA VERGÜENZA DE EUROPA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El endurecimiento de la política migratoria en la UE no sólo expulsa a los migrantes: fabrica una categoría de personas

Empezó con un aplauso que fue creciendo hasta que aparecieron los puños en alto, y desde los escaños de la derecha y la extrema derecha del Parlamento Europeo acabó tomando la forma de un cántico: “Send them back!”. Devolvedlos. Se acababa de aprobar una de las reformas migratorias más duras de la historia de la Unión. El cántico no expresaba el alivio de quien resuelve un problema, sino el júbilo de quien al fin ha encontrado un enemigo. Y eso, en una Cámara que nació para desterrar al enemigo de la política europea, es una noticia mucho más grave que la ley misma. Vale la pena detenerse en lo que se aprobó, pues, como siempre, el lenguaje administrativo lo vuelve casi inofensivo. Deportaciones más rápidas, detención ampliada hasta dos años en algunos supuestos, registros domiciliarios asimilables a los métodos del ICE estadounidense, y centros de retorno fuera de la UE, en terceros países a los que enviar a personas sin vínculo alguno con ese lugar. Cada medida, por separado, se presenta como simple gestión, pero juntas dibujan otra cosa: deshumanización.

Conviene reparar en esa desproporción, porque nadie corea una ley. El entusiasmo no se explica por lo que hace la norma, sino por lo que dice: hay un “nosotros” y hay un “ellos”, y el poder acaba de ponerse del lado del “nosotros”. El cántico no celebraba la política migratoria, sino una pertenencia que solo se vuelve gozosa cuando hay alguien a quien apartar. Fue, en el fondo, un acto de identidad disfrazado de medida legislativa. Y para que algo así suceda en un parlamento hace falta que alguien le abra la puerta, y se la abrió el centro. La mayoría que aprobó la ley rompió el pacto tácito sobre el que se sostenía la cámara. El Partido Popular Europeo dejó de buscar el consenso con socialistas y liberales y votó con los conservadores y la extrema derecha. No es la primera vez en materia migratoria, pero ha dejado de ser excepción para volverse método. Al votar y celebrar junto a ellos, el centroderecha no solo sumó escaños: los legitimó.

Bajo el ruido del cántico hay algo que casi nadie nombró. La ley no sólo expulsa: fabrica una categoría de personas. Quien acaba en un centro de retorno, detenido durante meses, sin vínculo con el lugar y sin comunidad que lo reclame, no ha perdido un derecho concreto, sino el suelo desde el cual los derechos son posibles. Es una de las lecciones del siglo XX: la catástrofe del desposeído no es ser tratado injustamente, sino dejar de pertenecer a una comunidad obligada a protegerlo porque es superfluo. Nuestra historia nos enseña con cuánta facilidad se pasa de negarle a alguien todos sus derechos a arrebatarle la existencia. Con todo, lo inédito fue el espectáculo. Europa lleva años excluyendo en silencio, en nuestras fronteras y aguas, pero lo asombroso es que se celebre a la vista de todos. ¿Qué pasa cuando la crueldad ya no se oculta como algo vergonzante y se exhibe como un triunfo? Deja de ser un coste incómodo del que preferiríamos no hablar para convertirse en el mensaje, en seña de identidad y motivo de orgullo. Entramos poco a poco en un mundo donde ya no sirve apelar a la vergüenza. Quien se muestra cruel sin avergonzarse no comete un desliz: enseña los dientes. Las democracias, lo sabemos, no mueren de un golpe sino de costumbre: se insensibilizan, aplauso a aplauso, hasta que la exclusión deja de ser noticia y pasa a ser el clima. Hoy, la única resistencia real es la más modesta y difícil: negarse a acostumbrarse. Que algo así, todavía, nos parezca impensable.

miércoles, 24 de junio de 2026

"EL SUMO SACERDOTE". Juan José Millás, El País

No se pierdan a Florentino Pérez entrando en la sala de prensa de Valdebebas con el gesto de quien se dispone, más que a responder preguntas, a administrar un sacramento a hostias. Hay en su expresión una mezcla de fatiga y de severidad pontificia, como si acabara de descender del monte sagrado con las Tablas de la Ley en las que se establece el modo en que los periodistas y demás ralea deberán hablar en el futuro de esa entidad metafísica denominada Real Madrid. Viene inflamado de una ira divina. De ahí quizá la presencia excesiva del extintor colgado de la pared no para apagar un fuego físico, sino una combustión teológica.

A mí, pese a que practico el ateísmo futbolístico, me impresionó, qué quieren que les diga. El magnate de ACS no hablaba, emitía encíclicas papales. No defendía una gestión, sino una esencia. La idea del Madrid aparecía en sus palabras como algo eterno, inmaculado, quizá anterior incluso a la creación del mundo. Los críticos no eran discrepantes, sino herejes. Los periodistas incómodos, sacrílegos que se revolcaban como cerdos en una cochiquera blasfema. Más que como presidente, actuaba como sumo sacerdote de una religión perseguida.

Ningún poder excesivo puede sostenerse solo sobre balances económicos o victorias deportivas. Necesita una mística. Necesita un misterio. Necesita un dogma. Necesita un relato sagrado. Mientras veía el telediario, pensé que el fútbol quizá sea el último lugar de Occidente en el que aún se cree de verdad, a ciegas, sin distancia irónica alguna. Y Florentino, al atravesar esa puerta azul de Valdebebas, era consciente de ello.

domingo, 21 de junio de 2026

"LA AGENDA DE LOS ULTRARRICOS". Azahara Palomeque, Publico.es

Manifestación contra la celebración por el establecimiento
de Elon Musk como primer billonario del mundo

En la era del exceso y la aceptación social de la inmoralidad –desde algunos sectores, incluso con aires celebratorios– ha pasado por legítimo un hecho que debería provocar estupor: Elon Musk, tras la salida a bolsa de su empresa SpaceX, dedicada a la actividad aeroespacial en conjunción con la Inteligencia Artificial, se ha convertido en el primer billonario del mundo. "Billonario" siguiendo la acepción del neologismo en castellano; pues billionaire, en el diccionario anglosajón (mil-millonario), ya lo era. Se calcula que el magnate posee la misma riqueza que el 46% más pobre de la población: unos 3.800 millones de personas. La cantidad, nunca antes acumulada en las manos de un solo individuo en la historia de la humanidad, nos habla de un mundo con los niveles más altos de desigualdad –como ya analizara el economista Thomas Piketty–; de la falta de políticas fiscales redistributivas y la permisividad generalizada ante este hecho; de una injusticia estructural embadurnada con la falsa pátina de la meritocracia. Además de todo ello, esa cifra de sonoridad estrambótica, que obliga a construir otro lenguaje, apunta, sobre todo, a una nueva reconfiguración del poder mediante la acción de empresarios que trazan su propia agenda política, y la exhiben impudorosamente ante los ojos admirados de muchos.

Si uno se da un paseo por Hollywood, comprobará las enormes colas que se forman de ciudadanos de a pie deseando realizar un tour alrededor de las mansiones de famosos. La gente paga por contemplar, llena de fervor y encomio, la desigualdad en el estado inmobiliario: la misma que los ha condenado a unas existencias probablemente dificultosas. Las cuentas en redes sociales de estas celebrities se encuentran plagadas de fans procedentes de todas las clases sociales, también las más humildes. Y me gustaría recordar la anécdota de esa familia que acudió a un restaurante de lujo para sacarse fotos y reproducirlas en internet, sin revelar, por supuesto, que aquella cena iban a pagarla a plazos. No se trata sólo de que los grandes magnates, CEOs o "estrellas" cinematográficas o deportistas luzcan sus obscenas fortunas, sino de que han sabido construir subjetividades capaces de darles la enhorabuena y ambicionar destinos parecidos, a todas luces inalcanzables. Los valores de los ultrarricos se han transformado en hegemónicos; su marco de sentido parece ya ser el de todos, o casi todos, pues cada vez son más minoritarias las voces que exigen subirles los impuestos, dinero con el que podrían financiarse nuestros raquíticos Estados del bienestar. Por no hablar de la huella de carbono de estos multimillonarios, cuyo impacto apenas se cuestiona.

Y, ¿qué hay de su programa político? Muchos son los que aplauden la militarización de las naciones, con puntos concretos del mapa donde la guerra no cesa. Sabemos de los peligros de la IA en cuanto a la seguridad nacional, el retroceso cognitivo que experimentamos a nivel global, la pérdida de la verdad y sus consiguientes consensos sociales; aun así, se sigue favoreciendo que la IA continúe en manos privadas, felices de lucrarse con ella. La destrucción medioambiental ligada a la actividad espacial y el proyecto último de fundar una colonia en Marte, según una visión post-humanista radicada en un extractivismo interplanetario, va calando en las conciencias de una manera que perjudica la supervivencia de la especie humana y otras, y nos despoja de no pocos aspectos que caracterizaron los procesos evolutivos, como la conexión con la naturaleza. Por último, el ideario de la Ilustración Oscura, validado por buena parte de la élite tecnológica, propone suprimir la democracia y sustituirla por una suerte de feudalismo corporativo donde las mayorías sociales estaríamos destinadas a ejercer de siervos de la gleba. Con este panorama, resulta aún más desolador la desorganización de las izquierdas mundiales, cuando no su connivencia con unos objetivos que persiguen la destitución de casi toda alma viviente.

viernes, 19 de junio de 2026

"Laura Bates: “La reacción contra el progreso feminista está alimentada con el poder inmenso de los algoritmos”. Ana Requena Aguilar, elDiario.es

En su libro 'La nueva era del machismo', la periodista inglesa analiza cómo la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías están reinventando el odio contra las mujeres

Es un libro de tecnología que, en realidad, va de otra cosa. Lo explica su autora, la periodista Laura Bates (Oxford, 1986): “Va de poder y de sexismo”. En La nueva era del machismo (Península), Bates, que en su anterior libro (Los hombres que odian a las mujeres, editado por Capitán Swing) trazaba el panorama de las subculturas misóginas online y alertaba sobre la manosfera, analiza cómo la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías están reinventando el odio contra las mujeres.

En su libro habla de IA de 'deepfakes', de robots sexuales, de asistentes creados para ser parejas sentimentales... ¿Algunas tecnologías son un problema en sí mismas o el problema es la manera en la que se entrenan y configuran?

En general, la tecnología en sí no es realmente el problema, se trata más bien del sesgo en la información con la que se entrena o de la falta de ajustes de seguridad y medidas de protección. Pero en algunos casos la tecnología sí me parece en sí misma el problema, y me refiero a las aplicaciones de 'deepfakes': programas y herramientas diseñados para permitir el abuso, para permitir desnudar a otra persona sin su consentimiento. El otro ejemplo es quizá la 'novia virtual', porque están diseñadas para crear la ilusión de una forma muy específica de desequilibrio de poder de género en las relaciones y, si facilitan el abuso sexual virtual, creo que eso es directamente perjudicial en sí mismo.

Cuando hablamos de 'deepfakes' sexuales hay quien excusa su uso en que se trata de imágenes que no son reales, ¿cómo responder a esta justificación?

Podemos ver muy claramente que el daño es real: hay niños que abandonan la escuela, hay niñas de 10 y 11 años que se avergüenzan tanto cuando les sucede que no salen de casa, hay mujeres que son chantajeadas con estas imágenes. Hay políticas que son blanco de ataques con ellas; periodistas y mujeres de la vida pública contra las que se utiliza estas imágenes para amenazarlas, chantajearlas y obligarlas a callar, o para apartarlas de la vida pública. Podemos ver que el impacto psicológico es real: todo el mundo entiende que si llevas unas gafas de realidad virtual o estás viendo una película en 3D en el cine y un tiburón sale de la pantalla hacia ti, das un respingo, tu ritmo cardíaco se acelera y empiezas a sudar. Sabemos que hay una respuesta fisiológica real a los estímulos virtuales y, sin embargo, cuando se trata de mujeres y niñas simplemente no queremos aceptar que sabemos que estas imágenes están provocando que las mujeres pierdan sus trabajos y que, en algunos casos, algunas corran el riesgo de sufrir violencia a causa de ellas o de perder la custodia de sus hijos. El peligro es real porque la misoginia es real y nuestra respuesta a las imágenes es real. Diría que esa excusa es solo otra versión de las formas en las que la sociedad lleva años intentando silenciar las objeciones feministas.

Nos decían que no le diéramos tanta importancia al acoso callejero porque, al menos, no es una violación, así que no podíamos hablar de ello. Nadie está diciendo que las formas de violencia sexual en Internet sean iguales a las que se dan fuera de línea, pero eso no significa que no sean totalmente inaceptables por sí mismas. Es un tipo diferente de daño, pero es un daño muy real y sigue siendo inaceptable.

Los 'deepfakes' se generan con aplicaciones o incluso con bots, y hemos visto algunos casos, como el que sucedió en Almendralejo, que menciona en su libro, en el que los chavales lo usan casi como un juego. ¿Hay una sensación de que esas aplicaciones son eso, una especie de juego? ¿Hay un envoltorio que hace que haya una especie de gamificación de los 'deepfakes'?

Sí, y eso contribuye a la normalización, porque lo convierte en algo colaborativo y social que los hombres hacen juntos y, de nuevo, eso lo normaliza y hace que resulte más aceptable. Lo que estamos viendo en algunos colegios es el intercambio de estas imágenes 'deepfake', casi como si fuera un juego de cromos, es decir, además de normalizar, esa gamificación fomenta la difusión, el intercambio y el comercio de estas imágenes. Eso es muy malo para las mujeres y las niñas, se convierte en una forma de deshumanización.

Señala que la inmensa mayoría de 'deepfakes' que se generan están relacionados con contenido sexual de mujeres pero que, sin embargo, las iniciativas que están surgiendo para regularlos se centran en los 'deepfakes' que afectan a políticos, ¿por qué?

Es un ejemplo de un problema más amplio: cuando pensamos en los retos o riesgos de la IA, la gente piensa en los retos para los hombres, pensamos en quiénes verán afectados sus puestos de trabajo, nos preguntamos si los futuros políticos se verán amenazados y si los robots se harán con el control del mundo. Pero la gente no presta atención a las mujeres, que ya están sufriendo en este mismo momento. ¿Por qué? Porque no hay una legislación adecuada. No hay ninguna protección eficaz y, una vez más, las mujeres se quedan solas haciendo frente a un problema enorme que, en esencia, se ignora.

¿Sigue siendo difícil de asumir socialmente que cuando hablamos de 'deepfakes' sexuales o de difusión de imágenes íntimas sin consentimiento estamos hablando de un delito?

Sí, creo que encaja en dos patrones. Uno es el patrón según el cual pensamos que lo que ocurre en Internet no es real y no creemos que tenga consecuencias en el mundo real; y el otro es que no nos tomamos en serio los delitos de violencia y acoso contra las mujeres. Así que, cuando ambas cosas se unen, como sociedad nos mostramos muy desdeñosos con el problema. Despreciamos a las víctimas y no vemos que el debate público al respecto sea una emergencia, que lo es, porque tantas mujeres políticas actualmente en el cargo están siendo blanco de esta forma de abuso que existe un riesgo real de socavar la democracia. Estamos viendo cómo mujeres políticas de todo el mundo dimiten antes de tiempo, y el abuso en línea es una de las principales razones por las que lo hacen, y eso esa es una amenaza para la política y para la democracia.

Con o sin IA, ¿en el fondo el problema sigue siendo el señalamiento y la culpabilización de la sexualidad femenina?

Sí, esto facilita que se ataque a las mujeres de esta manera porque la sociedad ya está cómoda con avergonzar y señalar la sexualidad de las mujeres, lo que agrava aún más el impacto de estos delitos. Y, por supuesto, eso significa que este es solo el último ejemplo de una larga tradición de ataques contra las mujeres basados en su sexualidad y en sus cuerpos. La gente poco sensata culpaba a las mujeres. Decían: “Bueno, tú hiciste estas fotos” o “tú compartiste estas imágenes, ¿qué pensabas que iba a pasar?”. Lo que sucede ahora con el abuso de los 'deepfakes' es la prueba definitiva de que ese planteamiento es un gran error, porque lo que vemos es que incluso las que no se hacen fotos desnudas pueden ser víctimas. Eso demuestra que nunca deberíamos haber pensado en si las mujeres se mantuvieran a salvo, deberíamos habernos centrado desde el principio en los agresores, en hacer que las empresas tecnológicas rindan cuentas por hacer posible esta tecnología y en la necesidad de que el gobierno la regule.

En el libro relata lo fácil que resulta que sucedan agresiones sexuales en el metaverso. ¿Una agresión sexual en el metaverso es una agresión sexual?

Creo que debería considerarse un delito sexual. Tenemos que tener en cuenta el impacto psicológico que esto tiene. En el Reino Unido en este momento la policía está investigando una violación colectiva virtual de una menor de 16 años en el metaverso. La policía ha hecho pública información indicando que esa chica ha sufrido un trauma psicológico muy similar al de una víctima real de un delito sexual real. Yo diría que los delitos no tienen por qué ser iguales para que reconozcamos que ambos son inaceptables y graves.

También es muy importante reconocer que el desarrollo de la tecnología wearable (vestible) avanza tan rápido que, en un periodo de tiempo muy breve, podremos llevar un traje que cubra todo el cuerpo y que esté equipado con sensores por todas partes, de modo que, cuando alguien te toque o te agreda en la realidad virtual, lo sentirás en todo el cuerpo. Así que nos estamos acercando aún más a una agresión sexual real y es muy importante que nos lo tomemos en serio. ¿Qué significa esto para la sociedad? Estamos construyendo este mundo completamente nuevo que se supone que nos debe entusiasmar, pero si simplemente hacemos la vista gorda ante el hecho de que hay hombres que persiguen a las mujeres, fingen agredirlas, les gritan, las acosan y las acechan, haciendo que esos espacios sean inseguros para ellas, estamos construyendo un mundo nuevo, pero dejando completamente atrás a las mujeres.

¿Cuál es la diferencia entre jugar a videojuegos en los que hay violencia explícita y participar en un metaverso en el que suceden comportamentos violentos?

En primer lugar, cuando jugamos a videojuegos violentos experimentamos una respuesta fisiológica. Por eso, nos sobresaltamos cuando alguien nos dispara en un videojuego. Pero la gran diferencia es que, cuando jugamos a un videojuego violento, estamos tomando la decisión de jugar a ese juego porque queremos participar en esa actividad, mientras que las mujeres están siendo acosadas y agredidas en el metaverso y eso no es lo que ellas han elegido, no es lo que quieren, no han dado su consentimiento para eso.

De alguna manera parece relacionar lo que sucede con el metaverso, los robots sexuales o los asistentes que la gente está usando como una especie de pareja creada por IA con que la violencia sexual y contra las mujeres se siga reproduciendo. ¿No es peligroso hacer una conexión directa entre una cosa y otra?, ¿la violencia de género y sexual no sucede independientemente de que todas esas tecnologías existan porque su origen es otro?

Yo no defiendo eso exactamente, sugiero que existe la posibilidad de que, si normalizamos por completo la violencia sexual en estos espacios online, esto anime a los agresores en la vida real, especialmente a los jóvenes que crecen en un mundo online que para ellos es tan real como el mundo exterior y ven cómo se acosa, se menosprecia y se maltrata constantemente a las mujeres en esos espacios online. Quizás esto aumente la probabilidad de que se insensibilicen ante ese tipo de comportamientos también fuera de Internet, pero no creo que necesitemos demostrar esa relación para afirmar que, en cualquier caso, es inaceptable que esos comportamientos se produzcan en los espacios virtuales por sí mismos.

Usted se pregunta en el libro qué se está haciendo al respecto de todo esto y responde: casi nada. ¿Qué no se está haciendo que sí se debería estar haciendo?

Regulación. Regulación en los casos en que se lanzan al público productos que constituyen nuevas herramientas y tecnologías emergentes, o cuando los estados los adquieren y los integran en los sistemas sanitarios o judiciales, o cuando las empresas privadas los compran para utilizarlos en sus procesos de selección de personal. Por ejemplo, en el caso de los servicios financieros, debería haber un punto en el que, antes de que esos productos lleguen a afectar al público en general, deban cumplir una norma de seguridad.

Esto no es nada nuevo, es exactamente lo que ocurre con las normas alimentarias y de higiene. Cuando se lanzan al mercado los coches, primero deben cumplir las normas de seguridad y superar unas pruebas; lo mismo ocurre con los juguetes. Incluso en la ropa y en cualquier otro sector, aceptamos que, cuando los productos van a salir al mercado, primero deben cumplir unas normas que dejen claro que no van a ser peligrosos, inseguros o causantes de daños. Solo en el ámbito tecnológico no tenemos la percepción generalizada de que esa regulación deba existir.

Cambiando de tema y hablando de las comunidades misóginas que utilizan Internet para extender esa misoginia, usted rechaza el término 'incel' (que describe a quienes se han llamado célibes involuntarios) y propone que utilicemos los 'autodenominados incel', ¿por qué?

Porque, de lo contrario, estaríamos aceptando la premisa de que, que una mujer decida no tener relaciones sexuales con esos hombres es un acto de violencia o crueldad tal que impone toda una categoría de identificación y victimismo, cuando la realidad es que estos hombres eligen percibirse a sí mismos como víctimas. Y, por lo tanto, creo que es muy importante que no nos limitemos a aceptar acríticamente la premisa presentada por esos grupos misóginos y extremistas; ahí es donde creo que deberíamos describirlos como los llamados o autodenominados incels. También porque ese lenguaje crea la sensación de que no han hecho nada y de que no pueden evitar la situación en la que se encuentran, pero mi investigación sugiere claramente que su misoginia y sus actitudes extremas hacia las mujeres son probablemente la causa de su celibato. Así que en realidad no es involuntario, porque están tomando decisiones para comportarse de ciertas maneras que son extremadamente problemáticas.

En este contexto político que vivimos en buena parte del mundo, en el que las derechas cuestionan conceptos clave como el de violencia de género y despliegan un doble rasero sobre la violencia sexual, ¿corremos el riesgo de dar un paso atrás respecto a concienciación y a políticas que aborden las violencias machistas?

Estamos viviendo un momento muy peligroso, ya estamos asistiendo a un retroceso de los derechos de las mujeres en países de todo el mundo, desde Estados Unidos hasta Irán y Afganistán. Vemos una reacción contra la idea de la justicia social y del progreso feminista que está siendo alimentada, con un poder inmenso, por algoritmos en todo el mundo. Eso significa que las actitudes también se están volviendo en contra de los movimientos e ideas progresistas. El momento se vuelve aún más peligroso por la proximidad política entre los magnates de las grandes tecnológicas y las administraciones políticas, lo que significa que la tecnología que está impulsando y facilitando gran parte de esta reacción es casi intocable. Es muy importante que sigamos reconociendo y poniendo de relieve la misoginia extrema. Existe el riesgo de que los políticos de extrema derecha estén normalizando ahora ese discurso hasta tal punto de que simplemente se acepte.

Tenemos que seguir dejando claro que es inaceptable, pero también debemos rechazar el secuestro de la narrativa sobre la violencia contra las mujeres y las niñas que hacen grupos racistas de extrema derecha, que afirman actuar como defensores de las mujeres y las niñas, cuando un análisis riguroso de sus políticas y posturas reales sugiere que planean socavar nuestros derechos de las mujeres de todas las formas posibles si llegan al poder. Por todo eso es realmente importante que luchemos contra la desinformación. Debemos apoyar y educar a los jóvenes de nuestro entorno para que identifiquen la desinformación en Internet, para que comprueben los hechos y reconozcan que lo que ven en la red no es necesariamente real. Y no debemos perder la esperanza.

"TRAFICANTES DE HALAGOS". Irene Vallejo, El País

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