sábado, 25 de abril de 2026

"AVERROES, UNA OPORTUNIDAD PARA LA RAZÓN". Carmen Calvo Poyato, Emilio González Ferrín, El País

El pensador medieval cordobés sigue vigente en la España actual porque plantea algo muy actual: cómo convivir en una sociedad diversa sin renunciar a la razón ni a las creencias

Se cumplen 900 años del nacimiento del cordobés Averroes (1126-1198), el pensador andalusí cuya obra pasó desapercibida en el espacio islámico y fue prohibida en el París de 1277, cuando el obispo Étienne Tempier incluyó el averroïsme entre las 219 proposiciones condenables por atentar contra el statu quo institucional eclesiástico, fundamento de la enseñanza superior europea de sus tiempos. El pensamiento de Averroes, a través de sus traducciones latinas, había inundado las artes liberales francesas y se presentaba como una oleada de racionalismo radical, contra los efectos de la cual se exigiría en Europa una inicial declaratio fidei, en cada obra hecha pública, en la que se constatase que la verdad está siempre del lado de la fe y que la filosofía no puede discutirla. Es decir, la negación explícita de Averroes y sus postulados más destacados: que el cometido de la filosofía es hacer preguntas que nos encaminen hacia lo verificable, y que la fe no tiene el monopolio de la verdad. Nunca abominó Averroes del hecho religioso, sino que simplemente lo ubicó en el terreno de lo emocional, si bien apuntando maneras literarias de gran interés a la hora de comprender los postulados de la fe: si hay algo inexplicable en ella, algo incoherente, absurdo, imposible, es porque debemos entender su entramado simbólico, y de ahí lo literario frente a lo literal. Todo eso acabó siendo conocido como la doble vía de la verdad: la fe para quien así lo sienta y la razón para quien la necesite. Dos patas de una escalera por las que poder subir en busca de las verdades, eligiendo cada cual según su criterio y proponiendo así Averroes una revolución epistemológica: una oportunidad para la razón.

No quedó ahí la obra del cordobés. Como todo sabio medieval que se preciase, en su polimatía aportó interesantes disquisiciones del corte astronómico, también otras derivadas de su práctica de la medicina o incluso reflexiones jurídicas en las que estuvo a la altura de su tradición familiar, los Banu Rushd, ejerciendo como jurista entre Córdoba y Sevilla y debiendo saltar a Marruecos por rivalidades entre los lobbies de la época. Además, apuntó nuestro autor unas interesantes nociones en materia de gestión de vida en común, de lo político en su mejor acepción, que probablemente no casasen entonces, ni probablemente ahora, en tiempos obsesionados por liderazgos en lugar de consensos: dos siglos después de Averroes, el filósofo de la historia Ibn Jaldún —el Aben Jaldún de Ortega y Gasset— iniciaría el largo y tedioso quehacer historiológico de las decadencias, de contemplar la historia como un permanente declinar de viejos apogeos. Pues bien, cuanto Ibn Jaldún presente en el siglo XIV como la panacea del éxito civilizador la asabiya o cohesión social, a modo de un sistema nervioso conectado con un cerebro a la altura —liderazgo indiscutible—, lo había esquivado nuestro Averroes en sus tratados sobre la simple y llana gestión colectiva de la medina, la ciudad en tanto que traslado en árabe de los tratados y asuntos de la polis. La medina de Averroes es, así, menos gestión individual de un carisma alimentado y mucho más atención a la innegable diversidad; lo dialógico y comunicativo, que estará mucho después en la base de la paradoja del recientemente desaparecido Jürgen Habermas: “¿Es posible el triunfo del diálogo?”. La razón averroísta dice que sí, por más que la sinrazón pueda hacer más ruido.

Una figura como la de Averroes no se improvisa. Se ha definido en ocasiones el tiempo de Al-Ándalus como el largo camino que lleva a Averroes, trasladándose en semejante exageración hiperbólica la inevitable cadena de transmisión de conocimiento que debió desplegarse, a lo largo de los siglos, desde Aristóteles hasta Averroes, su más completo comentador. Porque fue el estagirita el primer maestro en las artes racionales del Islam, así como la ciencia de los griegos, en ese genérico patrístico del saber universal, fue conocida en árabe como “la ciencia de los antiguos”, no “de los otros”, clave de bóveda para comprender no solo el esencial eslabón averroísta en el transcurrir de la razón aplicada, sino el sentido último troncal de una civilización islámica, siempre distinguible de una religión musulmana, que en el totum revolutum de nocturnidad con que contemplamos lo transeuropeo siempre parece todo igual, menor, ajeno.

El director de cine egipcio Yusuf Chahine nos presentó en 1997 una biografía hagiográfica del cordobés Averroes. En la película, que lleva por título traducido El Destino (1997), nuestro pensador andalusí se nos muestra envuelto en una profunda y esencialista pureza y orgullo de estirpe, con una inteligencia casi profética pero destacada, sobre un mundo prácticamente desértico. El profeta en el desierto. Sin embargo, el pensamiento averroísta de razón y medina, urbano y humano, requiere un resaltado con mucha menos excepcionalidad y más ejemplaridad, y tal es el cuidadoso tratamiento al que ha sido sometido por parte de dos grandes interpretadores, el español Andrés Martínez Lorca y el marroquí Muhammad Abid al-Jabri. Es importante mostrar estas dos caras de la moneda averroísta a ambos lados del Estrecho porque se corresponden con la efervescencia vital del propio Averroes, desde su florecimiento en Al-Ándalus hasta su refugio y finalmente muerte en Marruecos. Pues bien, si Martínez Lorca realiza una pormenorizada lectura europea de Averroes, destacando que llamar nuestra a la cultura de Al-Ándalus es romper un viejo paradigma de negación cultural, Abid al-Jabri definió al cordobés universal como la oportunidad perdida de la razón árabe. Porque no se le leyó en su tiempo ni siglos después en lengua árabe, es por lo que el marroquí proponía un retorno averroísta a la razón en latitudes cuyas medinas, decía Al-Jabri, están tratando de ubicar los espacios sentimentales religiosos al terreno de lo domiciliario.

Averroes simboliza una etapa (Al-Ándalus) donde convivieron distintas culturas. La idea averroísta de diálogo entre culturas y religiones resulta clave para encauzar positivamente los conflictos y fomentar la integración. Hoy, el pensamiento de Averroes sigue vigente en la España actual porque plantea algo muy actual: cómo convivir en una sociedad diversa sin renunciar a la razón ni a las creencias.

En la era de la desinformación, su defensa de la razón, la lógica, el pensamiento crítico y el conocimiento es más relevante que nunca. Averroes no es solo una figura imprescindible del pasado: es una presencia latente, casi susurrante en el presente convulso que habitamos. Su pensamiento no pertenece únicamente a la historia, sino que respira —aunque a veces débilmente— en cada intento de comprender antes que imponer, en cada gesto que elige el diálogo frente al dogma.

Hoy, cuando tantas voces se alzan con la pretensión de ser únicas, definitivas, inapelables, volver a Averroes es como abrir una ventana en una habitación cargada en la que entra el aire y la luz de primavera. Y con ella, la sospecha de que ninguna verdad que necesite imponerse por la fuerza puede ser completamente verdadera. Porque lo que no persuade al entendimiento, difícilmente arraiga en el corazón.

Averroes nos recuerda que la razón no es fría ni distante, sino profundamente humana: es el puente invisible que permite a las diferencias no convertirse en abismos. Su vigencia reside precisamente en su capacidad de interpelarnos en medio del ruido ensordecedor de la confrontación irracional, de invitarnos a comprender al otro sin malestar, sin sentir que renunciamos.

En su tiempo, habló de convivencia como quien siembra en tierra incierta; habló de tolerancia como quien confía en un futuro que no verá; habló de separar la política de la fe como quien intuye que el poder, sin el contrapeso de la razón, se vuelve ciego. Y en esa intuición hay algo profundamente contemporáneo: la certeza de que la libertad necesita reflexión y pensamiento y el pensamiento requiere libertad.

Por eso su legado no es un conjunto de ideas muertas, sino una llama que debe mantenerse sin estridencia, pero persistente. Y en tiempos de penumbras tan ruidosas, esa luz discreta se vuelve indispensable.

Averroes es una figura imprescindible para el presente y extraordinariamente oportuna y necesaria en el momento que nos ha tocado vivir. Al mundo le hace falta recordar su doctrina porque frente a los pensamientos fundamentalistas y extremistas que buscan imponer una única visión de la vida, apelar a Averroes es revindicar la razón no sólo como un medio de conocimiento, sino también como una herramienta para la convivencia pacífica. Recuperar su obra nos da la oportunidad de escrutar mucho mejor todo tipo de fundamentalismo, no sólo religioso sino también económico y político, para poder reconocerlos y contestarlos con mucha mayor contundencia.

Recordar a Averroes hoy no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de resistencia serena: la defensa de una forma de estar en el mundo donde la razón no divide, sino que une; donde el diálogo no debilita, sino que fortalece; donde pensar sigue siendo, todavía, un anhelo de esperanza.

viernes, 24 de abril de 2026

"UN BURKA EN ALMENDRALEJO". Antonio Maestre, elDiario.es

La presidenta del PP extremeño, María Guardiola (c), y el
líder de Vox, Óscar Fernández Calle (3d), anunciando 
el acuerdo para formar gobierno en Extremadura
En España hay mucho racista. Hay mucho racista para el que el racismo es el motor fundamental de su vida. Por eso para los racistas no sirven de nada los números que voy a dar, porque son racistas.

La mayor gilipollez que se suele decir cuando la extrema derecha tiene cierto éxito es que ocurre porque la izquierda ha abandonado a la clase trabajadora y ha dejado de ocuparse de sus problemas materiales. Si algo ha dejado en evidencia la política de los últimos años es que a la extrema derecha solo le preocupan las cuestiones culturales como instrumento para garantizar los privilegios materiales de los que más tienen. Extremadura es el último ejemplo donde se busca un burka en Almendralejo para que los terratenientes puedan seguir explotando moros.

En España hay mucho racista. Hay mucho racista para el que el racismo es el motor fundamental de su vida. Por eso para los racistas no sirven de nada los números que voy a dar, porque son racistas. Pero esos números sirven para desmontar esa gilipollez de que la izquierda no se ocupa de los problemas materiales y por eso se van hacia la extrema derecha que sí se ocupa de esos problemas, porque si algo ha hecho este gobierno, con mayor o menor fortuna por la coyuntura internacional, es poner en el centro de su política precisamente esas cuestiones materiales de la clase trabajadora. No como muchos quisiéramos, pero es indudable que eso ha sido nuclear en su política por encima de las cuestiones culturales.

El acuerdo de gobierno de PP y Vox, el acuerdo racista, ha propuesto prohibir en espacios públicos que las mujeres porten burka o niqab. Una demanda popular histórica extremeña, por delante de su derecho a un tren digno y unas infraestructuras del primer mundo, por fin ha sido puesta en el centro. Se acabó que las moras no puedan ir tapadas, estén donde están aunque nadie haya visto una. Para entender la necesidad de esta medida hay que conocer una serie de datos que contextualicen hasta qué punto Vox se ocupa de problemas inexistentes que tienen como único objetivo alimentar pulsiones racistas donde no hay problemas para capitalizar ese sentimiento de odio.

En Extremadura hay una población aproximada de 20.000 musulmanes, bastante estable con pequeñas oscilaciones desde el año 2016. La mayoría de esa población se encuentra en Badajoz, Cáceres y Talayuela, con una población general en toda Extremadura de 1.065.000 habitantes. Los musulmanes suponen el 1,8% de la población, muy por debajo de la media nacional que está cerca del 5%. Extremadura es una población con una extensión de 41.635 kilómetros cuadrados, lo que supone que hay un musulmán por cada 0,46 kilómetros cuadrados. Si segmentamos la población musulmana más aún mirando solo a la población femenina, que es la potencial portadora de burka o niqab, tan solo existen 7.000 mujeres en una población de más de un millón de personas, lo que supone el 0,69% de la población.

El gobierno de PP y Vox ha puesto en el foco una ley para perseguir y criminalizar a un colectivo que supone el 0,69% de la población. Así empiezan los pogromos. Pero podemos aún recortar más si hacemos una estimación. La mayoría de la población musulmana en Extremadura es de Marruecos, donde el burka no existe y el niqab es marginal. Así que atendiendo a la población existente, las características culturales y el uso de estas prendas en la población general, le he pedido a Claude que haga una estimación sobre cuál es el uso potencial de estas prendas en Extremadura. La Inteligencia Artificial de Anthropic ha considerado una estimación de uso del niqab de entre 5 y 20 personas y del burka de un total de 0 mujeres musulmanas. Es decir, la preocupación fundamental de Vox y el PP es atender y poner en el centro un problema que no existe.

Para seguir contextualizando es más probable encontrarse con una especie en peligro de extinción crítico como el Águila Imperial, que mantiene 75 parejas reproductoras en toda Extremadura, la Cigüeña Negra, el Avetoro o el Desmán Ibérico. Es más probable encontrarse con especies casi desaparecidas de nuestra fauna extremeña que con una mujer musulmana portando por las calles de cualquier población extremeña un burka o un niqab. Como ya hemos dicho ninguno de estos datos servirá para convencer a un racista que deje de serlo y por eso este tipo de medidas seguirá produciéndose en partidos racistas como VOX que las proponen y en partidos racistas como el PP que las aceptan, pero no por ello tenemos que dejar de explicar que legislar sobre el burka en Extremadura tiene el mismo sentido concreto que preocuparse por la proliferación del leopardo de las nieves por La Siberia extremeña. Pero así funciona el odio y la irracionalidad, porque con una buena campaña de desinformación y propaganda puede que algunos piensen que por qué no va a haber por Herrera del Duque un animal que tiene como apellido “de las nieves” estando en La Siberia. No subestimen el poder de la idiocia.

jueves, 23 de abril de 2026

"LA JUSTICIA". Luis García Montero, El País

El poder judicial se ha demostrado incapaz de vigilar la ética de algunos de sus jueces

La democracia española supuso una toma de conciencia del valor decisivo de una justicia independiente. La decisión sobre los delitos y las penas no puede someterse a los intereses de un Gobierno con la cárcel a su servicio. Pero la democracia, cuando se pone delante del espejo, necesita mirarse a los ojos, comprender el carácter y el tiempo de sus arrugas. La justicia no sólo debe ser independiente de un Gobierno, sino de todos los intereses que viven y reviven en una sociedad. Hay jueces que son muy dependientes de los que necesitan atacar al Gobierno para establecer un orden distinto. Así que no se trata sólo de asegurar una justicia independiente del Gobierno, sino de asegurarse de que una administración judicial no juegue con las leyes, los procedimientos y los tiempos según la vanidad, la falta de ética o las dependencias de un juez. Más que con las dependencias del Gobierno, los problemas de la justicia española tienen que ver con un poder judicial que se ha demostrado incapaz de vigilar la ética de algunos de sus jueces.

El tiempo en el que vivimos despeina la justicia en un mundo de otras dependencias. Las manipulaciones comunicativas sustituyen el conocimiento por el ruido y los escándalos forzados. Sólo puede entenderse el comportamiento de algunos jueces o algunas instancias judiciales si observamos las dinámicas comunicativas que sustituyen la información veraz por alborotos en las redes sociales y titulares que desacreditan no ya a un partido, sino a la política en general y a la autoridad cívica capaz de decidir que los ricos deben pagar impuestos y que la sanidad y la educación pública son ejes imprescindibles de la democracia, tanto como la prensa y la justicia independiente. ¿En qué mundo vivimos para que la gente vote a personajes como Trump, Milei o Ayuso? Esa pregunta es el contexto en el que deben situarse las preocupaciones sobre la independencia judicial.

miércoles, 22 de abril de 2026

"HUMANIDAD E INHUMANIDAD". Manuel Rivas, El País 12 FEB 2017

QUISIERA CREER y de alguna forma creo en los milagros. Y estoy convencido de que algunos, que hoy vemos como leyendas, fueron verdad. Como el que se cuenta de aquel ermitaño irlandés de Glendalough, Kevin, que vivió en el siglo VI, y que tenía la costumbre de permanecer orando toda la Cuaresma con los brazos en cruz, inmóvil, las palmas hacia el cielo en posición de gracias. En las manos anidaron los mirlos y, pasada la Cuaresma, Kevin decidió no moverse hasta que las crías alzaron el vuelo.

Tengo querencia por el milagro animal, así que otro de mis preferidos es el que trata del sermón de san Antonio de Padua a los peces en Rímini. Como los humanos no le prestaban atención, con imaginación ecológica, decidió ampliar su audiencia a toda la creación. Una muchedumbre de peces acudió a escucharlo en la orilla, con la cabeza sobresaliendo del agua. Y seguro que agradecieron una cierta ironía en el santo: “Al sobrevenir el diluvio universal, todos los demás animales murieron. Y el creador os ha dado las aletas para poder ir adonde os agrada”.

Quisiera creer y de alguna forma creo en esa variante del milagro (o de la física cuántica) que se ha dado en llamar causalidad mágica. Un hecho, gesto o frase, a veces con apariencia menor o azarosa, que puede generar grandes consecuencias a distancia. Mucho hiló Borges sobre la casualidad como causalidad. Todavía no sé si en esta categoría incluiría un gol de Messi. Pero un buen ejemplo es el que relata Martin Buber en su cuento El descuido. El emperador austrohúngaro se dispone a firmar un edicto de persecución de los judíos. En un lugar de la Galitzia –región de Europa del Este–, conocedor de lo que se trama en Viena, un rabino vuelca un cuenco de sopa. En ese mismo instante, el emperador vuelca sin querer el tintero sobre la orden firmada. Rompe el papel. Y el edicto queda en suspenso.

Tenía la secreta esperanza de que un milagro frenaría los planes más inmediatos de Trump. Los vetos a los refugiados y a los inmigrantes. La arquitectura canalla del muro fronterizo con México. La violencia catastral de los nuevos oleoductos, cruzando la reserva siux. ­Preferiría que fuese un milagro tradicional. Una llamada divina. En Trump casi todo resulta inverosímil, pero nadie se extrañaría de que Dios llamase a la Casa Blanca dadas las circunstancias. Pero acabo de ver ese milagro cinematográfico que es Silencio, de Martin Scorsese, y casi puedo entender el silencio de Dios. Lo que resultaría imposible de entender sería el silencio humano frente a Trump. Porque la confrontación que el magnate presidente ha puesto en marcha en las conciencias del mundo no es, como él pretende, si estás o no con Estados Unidos de América, sino si estás con la humanidad o con la inhumanidad.

Intenté por mi cuenta el segundo remedio. La causalidad mágica. Vertí platos de sopa y tinteros con la esperanza, esta vez, de provocar con los derrames que la tinta embadurnase las nuevas cortinas doradas de la Casa Blanca. Algo que desequilibrase, antes de firmar las órdenes, a ese superego digno de estudio en el Instituto Tecnológico de Massachusetts o en el Museo de la Boina de Balmaseda. Algún crítico dijo de Lacan que era un psiquiatra que necesitaba un psiquiatra, Trump es un presidente que necesita con urgencia un presidente.

Quisiera creer y creo en el poder del humor. Trump utiliza ese mecanismo perverso de ensalzar a su público, haciéndoles creer que son mejores que otros. Su industria ha pasado de ser el cemento y el hormigón a la producción de odio y a la fabricación del enemigo. La forma en que ha firmado las primeras órdenes recuerda el modo que mejor caracteriza al gobierno autoritario: el decisionismo. La idea de que los actos del jefe, por ser del jefe, tienen rango de ley. Tal vez sí. Tal vez el humor crítico pueda desactivar su discurso. Si unas palabras lo han llevado al poder, otras pueden desnudarlo. Groucho Marx ya anticipó a un personaje así: “Este hombre puede que parezca idiota y se comporte como un idiota, pero no deje que eso le engañe: realmente es un idiota”.

En lo que más creo es en el poder de la vergüenza. Espero el día en que la verdadera “gran América” se avergüence de un presidente así.


martes, 21 de abril de 2026

"Los Secretos de los Machado Zuloaga: Una Oligarquía en el Corazón de la Corrupción y la Pobreza en Venezuela". Por Oscar Flores

La historia de la familia Machado Zuloaga es la de una oligarquía que, generación tras generación, se ha posicionado en la cima de la sociedad venezolana, aprovechándose de su poder e influencia para acumular riquezas, muchas veces en detrimento del bien público. Desde la época colonial hasta nuestros días, esta familia emblemática de la élite venezolana ha prosperado explotando las debilidades del Estado y las necesidades del pueblo. A continuación, examinamos las prácticas de depredación y corrupción en el corazón de una de las familias más poderosas del país.

Un origen aristocrático y esclavista

Los Machado Zuloaga descienden de una aristocracia fundada en la esclavitud a principios del siglo XVIII. Esta familia, gran propietaria de esclavos en la época colonial, forma parte de aquellas líneas de sangre que han dominado la sociedad venezolana a través de su fortuna y su desprecio por las clases populares. Este legado esclavista es la base de una ideología de superioridad y dominación que se perpetúa en las prácticas contemporáneas de la familia.

Control de empresas estratégicas: una fortuna asegurada

En el siglo XX, los Machado Zuloaga diversificaron sus actividades, convirtiéndose en accionistas de grandes empresas nacionales, tales como Electricidad de Caracas, Fundición Sivensa, Banco Mercantil, VIASA e Inversiones Tacoa. Al controlar estos sectores estratégicos, la familia se asegura una influencia económica y política determinante, maximizando sus ganancias a expensas de las necesidades públicas.
Complicidad en la fuga de divisas: un golpe a la economía nacional
En el año 2000, Enrique Machado Zuloaga, figura central de esta dinastía, vendió Electricidad de Caracas al consorcio estadounidense AES. Esta transacción, que facilitó la fuga de capitales al extranjero, representó un duro golpe para la economía venezolana. Este acto, motivado únicamente por la búsqueda de ganancias rápidas, demuestra el poco interés de esta familia en el impacto de sus acciones en la economía del país.

Explotación de la pobreza: los barrios, fuente de lucro

Tras la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, miles de campesinos pobres se vieron obligados a abandonar sus tierras para trasladarse a Caracas, como parte de un “Plan de Emergencia” orquestado por la élite, incluyendo a los Machado Zuloaga. Estos campesinos, obligados a asentarse en barrios marginales, se convirtieron en una oportunidad económica para la empresa familiar, que aprovechó su precariedad para suministrarles servicios eléctricos financiados por el Estado. Este cinismo revela la estrategia familiar de capitalizar la miseria social.

Privatización y quiebra de VIASA: una transacción jugosa

El colapso de la aerolínea nacional VIASA también lleva la marca de los Machado Zuloaga. Bajo la dirección de Luis Ignacio Mendoza Machado, primo de María Corina, VIASA fue vendida a la compañía española IBERIA, generando comisiones ilegales para los dirigentes familiares. Esta decisión solo buscaba llenar las arcas de la familia, sin importar el impacto desastroso en la infraestructura aérea nacional.

Conexiones antidemocráticas y antinacionales

Corina Parisca Pérez de Mendoza, madre de María Corina, está estrechamente vinculada a la élite anti-Chávez. En 2002, fue propuesta para integrar el Consejo Nacional Electoral por Fedecámaras, junto a Pedro Carmona Estanga, líder del golpe de Estado contra Hugo Chávez. Estos vínculos demuestran la inclinación de la familia por favorecer alianzas con fuerzas contrarias a la democracia, reforzando su influencia en detrimento de la voluntad popular.

Corrupción bancaria y escándalos financieros

Los Machado Zuloaga no se detienen en las grandes industrias y el sector energético. María Corina Machado se casó con Ricardo Sosa Branger, cuya familia está implicada en varios escándalos financieros y bancarios. Los hermanos de Sosa Branger, Eduardo e Ignacio, están asociados a los bancos que quebraron en 2010 y vinculados con el banquero fugitivo Eligio Cedeño. Estas relaciones ilustran el alcance de las prácticas financieras dudosas en torno a los Machado Zuloaga.

Provocación a la violencia: el sacrificio de los hijos de otros

Mientras María Corina Machado mantiene a sus propios hijos en el extranjero, llama regularmente a los jóvenes de sus seguidores a movilizarse contra el gobierno, en ocasiones con violencia. No duda en alentar a los hijos de otros a exponerse al peligro, alimentando disturbios civiles al servicio de sus ambiciones políticas.

Enriquecimiento personal a expensas del Estado

Finalmente, la familia Machado Zuloaga ha utilizado sus conexiones de poder para enriquecerse personalmente, a través de contratos estatales y redes de influencia bien establecidas. Protegidos por sus apellidos y alianzas, los miembros de esta familia han construido un imperio económico basado en la explotación de recursos públicos y de instituciones nacionales.

lunes, 20 de abril de 2026

"A LA MIERDA". Silvia Cosio, Publico.es

La semana pasada decidí que ya era hora de cortarme el pelo y hacerme un shag. Lo que es una decisión arriesgada si tienes el pelo rizado -y eres bajita como una servidora- porque la posibilidad de acabar como Frodo Bolsón está siempre presente. De hecho yo recomiendo a todo el mundo en mi situación que se hagan con un chaleco y una capa para, en caso de emergencia, abrazar con todas las de la ley su nueva identidad como hobbit. Afortunadamente mi peluquero es un sol y me dejó guapísima, en plan mirarme de reojo en los espejos y sonreír. Todo esto sucedió el mismo día en el que Trump amenazó con borrar del mapa Irán, esto es, apretar el botón de la bomba nuclear y destruirnos a todos por el camino de su inabarcable estulticia y egocentrismo ridículo. Y yo mirándome al espejo -que es algo rarísimo en mí- y tocándome el pelo, ahora con flequillo, ahora para atrás, ahora con volumen, ahora detrás de las orejas y pensando que si el mundo se iba a acabar a mí me pillaba lista para el primer plano, señor De Mille. Y me entró la risa. Y esa noche conseguí dormir a pesar de la amenaza de levantarme y ver el mundo -y mi mundo- hecho unos zorros.

Mi marido siempre me dice que soy capaz de reírme de cualquier cosa. Y lo dice como un elogio. Tiene razón, me río muchísimo. También soy de lágrima fácil, ponme un perro delante haciendo monerías o una princesa Disney bailando y se me cae la lágrima. Hay quien piensa que la risa -y el llanto- son síntomas de inestabilidad y debilidad mental. Pero como ando con el ego subidísimo gracias a mi peluquero no me va a temblar el pulso en defender todo lo contrario: que la risa es un arma poderosa. Y también temible.

La risa es tan peligrosa que durante siglos las élites, que hasta el invento de las democracias liberales se identificaban con el Estado, se han preocupado en mantener su monopolio, al igual que han hecho con la violencia. Porque la risa ha sido el instrumento de los poderosos para humillar a los de abajo, la excusa de los abusones para vejar al débil, el pretexto del cerrado de mente para despreciar todo -y a todos- lo que no entiende, el bozal con el que se quiere silenciar al disidente, al discordante. Pero en manos de los de abajo, en manos del pueblo, la risa destruye los pedestales construidos con arcilla a los que se suben los poderosos, los iguala -como la muerte- al resto, les roba la "gravitas" con la que justifican su poder y arbitrariedad, les humaniza y les recuerda que todos somos, en algún momento de nuestras vidas, risibles, falibles, ridículos. También ellos. Sobre todo ellos.

En tiempos en los que las élites, con los dueños de Silicon Valley a la cabeza, sueñan con recuperar el orden del Antiguo Régimen y deshacer los principios de la Ilustración para volver a encarnar el Estado -incuestionable, inconmovible, caprichoso, autoritario, corrupto-, debemos recuperar el poder disuasorio y subversivo de la risa. Porque esta pone a prueba las costuras de ese invento maravilloso que llamamos democracia. En Atenas, por ejemplo, las comedias, que se representaban delante de toda la polis, eran las que realmente testaban el compromiso democrático de las élites, pues en ellas era donde se las dejaba expuestas al escarnio público, desnudadas y ridiculizadas ante toda la ciudad, incluidos los esclavos. Este era el peaje que había que pagar si se quería ostentar el poder -político, religioso, económico, moral-. Porque solo los tiranos -y los idiotas- prohíben que se rían de ellos.

Por eso, que en España la judicatura mire hacia otro lado cuando se acosa en los portales de las casas a políticos o periodistas, se pide “cuneta” para una sindicalista o cuando se ahorcan muñecos con la imagen del presidente, pero que se muestre implacable si alguien hace un chiste sobre Dios o ETA -dos entes inexistentes, pues la banda terrorista vasca cesó toda actividad armada en el año 2011 y desapareció en el 2018-, es un síntoma de una enfermedad más que preocupante. Toda una revelación, no solo de la falta de sentido del humor de la que hacen gala algunas de sus señorías, sino sobre todo de su intolerancia y arbitrariedad y, principalmente, de lo confundidos que parecen estar sobre cuestiones tan fundamentales como su papel como garantes de la democracia, el laicismo y la libertad de expresión.

Y es que la risa bien usada -de abajo hacia arriba- es emancipadora y contestataria. Porque la risa no elude el conflicto, lo enfrenta, lo desafía. No es superficialidad ni banalidad, sino compromiso con la vida y el mundo que te rodea, desenmascaramiento de la pomposidad, la arrogancia y la estupidez con la que se manejan las élites y los poderosos. Tampoco es conformismo, pues la risa lleva a la alegría y esta solo puede nacer del verdadero inconformismo que pone en cuestión el orden establecido. De esta manera la risa y la alegría de vivir deberían ser los ejes centrales en todo movimiento de izquierdas, progresista y emancipador, de todo proyecto que luche por acabar con las desigualdades y aspire a garantizar la buena vida -alegre, feliz, segura, agradable- para todos y todas sin excepción.

Pero hete aquí que en casa nos encontramos con una izquierda ceniza, triste y en perpetuo cabreo. Una izquierda que siempre está dando pellizcos de monja a sus aliados, que siempre acaba poniéndole peros a todo, escrutando dónde está la mácula que desvirtúa cualquier victoria, cualquier avance. Una izquierda -cada vez más minoritaria pero muy ruidosa- que ha hecho de su aguafiestismo militante su razón de ser. Una izquierda tan tristona y chirriante que ya es incapaz de reconocer los triunfos, mucho menos celebrarlos. Porque lo sucedido el pasado fin de semana en Hungría fue mucho más que la caída de Orbán y de su régimen, que se había convertido en la punta de lanza y en el laboratorio de las políticas de la internacional reaccionaria en Europa. Fue el anuncio del principio de algo. De un cambio impulsado por la sociedad húngara, que fue capaz de unirse para vencer a todo un vicepresidente de EEUU -por muy devaluado que esté este cargo en la actualidad-, a los señores tecnofeudales de Silicon Valley, al ejército de bots rusos y a un sistema electoral amañado y que hacía casi imposible la derrota del tirano húngaro. Una sociedad que se encontraba en una encrucijada y que eligió democracia frente a Reacción, alegría y risa frente al miedo, las presiones y las amenazas de Trump y Putin.

Esta izquierda de suspirito jesuítico está molesta por que la marea política por fin comience a cambiar, porque no son ellos los que lideran este cambio. Una izquierda mustia empeñada en negar lo que tiene delante de sus narices: que Europa parece dar muestras de que está despertando y de que es posible revertir la fiebre reaccionaria que nos empequeñecía, que nos estaba ahogando en miedo, odio y tristeza. Y es que hay -y siempre ha habido- una Europa que merece la pena, una Europa que quiere dejar atrás a las Von der Leyen y la severidad calvinista que nos metió en la trampa de la austeridad y alentó el resurgimiento del fascismo. Una Europa que, con todas sus sombras y máculas, salió masivamente a las calles a denunciar y exigir el fin del genocidio del pueblo palestino y la complicidad de la UE con Israel, Una Europa que grita No a la Guerra, una Europa que comienza a darle la espalda a la reacción, al enfado constante. Una Europa que sonríe, que desafía, que planta cara.

Resulta esperanzador que, en medio de tanta confusión y ruido, la resistencia a la Reacción, a la guerra, a las amenazas de matón de un Trump cada vez más acorralado, aislado y enajenado -incluso del propio movimiento MAGA-, esté personificada por dos italianos en camiseta fumando, bebiendo Campari y escuchando música de los ochenta en una terraza al sol. Una terraza que podría estar en Xixón, Berlín, Barcelona o Sofía. Una terraza europea que, cuando más lo necesitamos, representa la alegría de vivir, el compromiso con todo lo bueno de la vida y el desafío al gesto torcido, al mohín del que nunca está conforme, al dedito de señorita Rottenmeyer, al aguafiestas. Una Europa que por fin comienza a entender su papel en el mundo y que está perdiendo el pudor y el miedo de decirles a los cenizos, a los reaccionarios y a la mala gente que ya va siendo hora de que se vayan a la mierda.

domingo, 19 de abril de 2026

"POLARIZACIÓN ASIMÉTRICA". Daniel Innerarity y José Andrés Torres Mora, El País

NICOLÁS AZNÁREZ

Si la animadversión al adversario fuera equidistante, el rechazo al líder rival debería ser igual entre los votantes del PP y los del PSOE, pero no lo es

Que los políticos se enfrenten con mayor o menor dureza es algo que ha ocurrido siempre. Cuando hablamos de polarización como un fenómeno político peligroso para la convivencia nos referimos, sobre todo, a un clima social. Hablamos más de cómo actúan los electorados que de cómo actúan los líderes.

La polarización política no es solo un aumento del desacuerdo. Es algo más profundo y más inquietante: la transformación del adversario en un otro moralmente ilegítimo. Cuando la política deja de ser una disputa sobre fines, medios o prioridades y pasa a ser un juicio sobre la esencia del otro —sobre su decencia, su patriotismo, su legitimidad o incluso su humanidad—, la convivencia democrática entra en zona de riesgo.

La cuestión acerca de quién es el responsable de la polarización en España suele tener, en general, dos explicaciones. La primera atribuye la polarización exclusivamente al adversario: son “ellos” quienes crispan, quienes dividen. La segunda, algo más elegante pero no menos problemática, reparte la culpa entre todos: todos tensan, todos son responsables por igual. Esta equidistancia suele presentarse como ecuanimidad, pero a menudo es también una forma de pereza intelectual.

El mayor obstáculo para una discusión honesta sobre la responsabilidad de la polarización es la dificultad de acordar un criterio objetivo. ¿Cómo se mide? ¿Cómo se establece la responsabilidad? ¿Dónde empieza el desacuerdo legítimo y dónde la demonización? ¿Cuándo diríamos que un electorado está polarizado? Si no fijamos un criterio compartido, el debate sobre la polarización se convierte en una prolongación del propio conflicto que pretende analizar.

Si aceptamos que la polarización conlleva el odio al adversario o, cuando menos, su rechazo radical, entonces podríamos encontrar un indicador aceptable que nos permitiera poner números a nuestras intuiciones. Las opiniones sobre los líderes políticos no se construyen únicamente a partir de lo que hacen o dicen. Se construyen, en gran medida, a partir de cómo se califica lo que dicen: si se presenta como un error, como una discrepancia legítima o como una prueba de maldad moral.

El CIS pide cada mes a una muestra representativa de la sociedad española que valore, del 1 al 10, a los líderes políticos. ¿Cómo es el nivel de máximo rechazo de quienes votaron al PP en las últimas elecciones generales al presidente del Gobierno? ¿Y cómo es el nivel de máximo rechazo de los votantes socialistas al líder del PP?

Si la polarización fuera simétrica, entonces el rechazo extremo al líder rival debería ser parecido entre los votantes del PP y los del PSOE. Pues bien, lo que observamos en el barómetro de marzo del CIS es que el 67% de los votantes del PP le dan al presidente Sánchez un 1, la calificación más baja posible, mientras que el 32% de los votantes del PSOE le dan un 1 al señor Núñez Feijóo. De modo que, si la polarización de los electorados fuera simétrica, esos porcentajes deberían aproximarse; pero no lo hacen. Alguien podría argüir que la diferencia de valoración se debe a razones objetivas, y que la valoración de los líderes no está influida por la ideología de quienes los juzgan, pero lo cierto es que el porcentaje de 1 al presidente Sánchez, incluso entre los votantes del PP, crece fuertemente, cuanto más a la derecha se sitúan. Y lo mismo ocurre, aunque con mucha menos radicalidad, entre los votantes de izquierdas cuando valoran al señor Núñez Feijóo.

Mientras que una parte significativa de los votantes progresistas percibe al líder conservador como un adversario político con el que discrepa, entre los votantes conservadores predomina una visión del presidente del Gobierno como alguien moralmente inaceptable, incluso peligroso. Este clima no se genera solo a partir de los hechos, sino muy principalmente a través de los marcos interpretativos desde los que esos hechos son leídos. La polarización no es ni simétrica ni espontánea. No es irrelevante que, en ese contexto, el líder de la oposición haya hablado en varias ocasiones de encarcelar al presidente del Gobierno: no porque esas palabras sean jurídicamente viables, sino porque refuerzan la idea de que el adversario no es simplemente alguien equivocado al que mandar a la oposición, sino alguien que merece ser castigado con la cárcel. Esa lógica es profundamente corrosiva para la democracia.

Tal vez la pregunta decisiva es qué tipo de vínculo político estamos reforzando: uno basado en la afirmación de un proyecto común o uno sostenido por la negación del otro. De esa respuesta depende, en buena medida, la calidad de nuestra convivencia democrática. Lo primero es políticamente saludable: implica identificación, proyecto, expectativa. Lo segundo es negativo: se basa en el miedo, el desprecio o la hostilidad moral. Ambas dinámicas generan movilización, pero no producen el mismo tipo de democracia.

Si ambos electorados se cohesionaran por igual mediante el entusiasmo, entonces la valoración de 10 al líder propio debería ser parecida en ambos casos. Sin embargo, si atendemos al recuerdo de voto, mientras que el 24% de los votantes de Sánchez lo califican con un 9 o un 10, en el caso de Feijóo solo lo hacen el 7%. No es lo mismo: hay más entusiasmo extremo en el PSOE hacia su líder que en el PP hacia el suyo.

De todo lo anterior cabría extraer al menos tres conclusiones. La primera es que la polarización no es un hecho natural inevitable sino una estrategia cuidadosamente elaborada y en la que los actores políticos participan de diferente modo e intensidad. Unos son más polarizadores que otros y el criterio que aquí hemos empleado (el porcentaje de valoraciones mínimas, que de hecho suponen una descalificación radical del adversario) puede hacer que el debate acerca de quién polariza sea menos subjetivo (la culpa sería siempre de los otros) y menos equidistante (todos lo hacen por igual). La segunda conclusión es que la polarización es una estrategia tan tentadora cuanto menos se confía en sí mismo. Incidir en lo malo que son los otros pone de manifiesto que se confía poco en la bondad del propio proyecto. La voluntad de polarizar contra el adversario termina revelando más lo poco que se valora uno a sí mismo que la maldad del adversario. La tercera conclusión es más bien un interrogante acerca de cómo evolucionará la política en las sociedades democráticas. Hoy por hoy, la política del rechazo parece electoralmente más beneficiosa que la política en positivo. Esto es así al menos a corto plazo, pero cabe preguntarse si no hay una recompensa electoral para quien formula sus propuestas políticas sin necesidad de descalificar al adversario, si es tan atractiva y viable una política fundada exclusivamente sobre el rechazo al otro. Polarizar es una manera de infravalorar la capacidad de la gente para identificar lo mejor y suponer que su juicio político se reduce a rechazar aquello que hemos descalificado como lo peor.

"AVERROES, UNA OPORTUNIDAD PARA LA RAZÓN". Carmen Calvo Poyato, Emilio González Ferrín, El País

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