sábado, 4 de julio de 2026

"EL NIÑO QUE SE QUERÍA CURAR". Víctor Gutiérrez, infoLibre.es

Ahora sé que tuve suerte. Porque, aunque crecí pensando que estaba enfermo, nunca caí en las garras de las terapias de conversión. Tuve el apoyo de mi familia y mi entorno.

Hay quien dice que a las personas LGTBI nos roban una parte de nuestra vida. En mi caso es cierto. Durante los últimos años de mi infancia y toda mi adolescencia, me inocularon una idea que se extendió en mí como un parásito a medida que iba creciendo. La idea de que ser como era estaba mal. Que lo que me pasaba era una enfermedad que se podía curar.

No necesité escucharlo en casa de boca de mis padres. Me lo enseñó la poca vida que podía tener por entonces un niño de 13 años. Porque la primera información que tuve sobre lo que significaba ser homosexual fue a través de un insulto que recibí y que ni siquiera era capaz de identificar. Una sola palabra, pero llena de contenido: maricón.

“¿Qué significa eso?”, pregunté a mis amigos. “Eso es que te gustan los tíos”. Como es lógico pensé que, si aquello era algo por lo que los demás podían insultarte, no quería serlo.

Pero llegó la pubertad y, con ella, la constatación de que no compartía ese interés por las chicas que sí manifestaban mis amigos, mis compañeros de equipo y el resto de compañeros que me rodeaban. Me di cuenta, para mi vergüenza, de que efectivamente era eso que me habían llamado. Un maricón.

Y así fue como crecí. Pensando que había algo malo en mí. Con el peso de la culpa. Con la vergüenza como compañera perpetua, y con miedo. Con mucho miedo de que alguien pudiese enterarse y comenzasen los insultos, las humillaciones, las burlas e incluso los golpes. Todo aquello no era fruto de mi imaginación. Era lo que mis propios ojos veían cuando otros chicos identificaban a alguien como yo.

Pero lo peor de todo era la soledad. Porque precisamente esa vergüenza, ese miedo y esa culpa me impedían compartir lo que sentía con nadie. Me aterrorizaba sufrir acoso. Pero también decepcionar a mi familia. Así que hice lo que la inmensa mayoría de personas LGTBI nos vemos obligadas a hacer: sobrevivir. Me puse una careta y fingí ser otra persona. Vigilaba cómo me reía, cómo me sentaba, con quién me juntaba… todo para eliminar cualquier resquicio que pudiese descubrirme como un “maricón”. Traté de educar mis gustos, mis compañías, mis deseos… me apliqué, sin saberlo, una autoterapia de conversión.

Mi alivio llegó en pleno debate social de la ley de matrimonio igualitario, cuando un día escuché en la televisión a un psicólogo decir que la homosexualidad era una enfermedad y que se podía curar. Recuerdo perfectamente lo que sentí: un alivio ensordecedor. “Lo mío tiene solución”. Alguien era capaz de curar aquello. Me interesé, como el que no quiere la cosa para no despertar sospechas, por saber más sobre aquel hombre, y pude conocer su nombre: Aquilino Polaino.

Corrí a mi habitación, apunté su nombre en un papel y lo escondí pensando, “cuando sea mayor, iré a curarme”.

Por suerte, con el paso de los años conseguí destruir aquella idea que como un cáncer se apoderó de mí durante tantos años. Conseguí entender que no me pasaba nada malo. Conseguí desprenderme de la pesada culpa, de la vergüenza y del miedo. Y entonces dejé de sentirme solo. Me di cuenta de que mi familia y mis amigos me querían tal y como era. Me di cuenta de que la mayor parte de la sociedad era capaz de verme con ojos de naturalidad y normalidad. Y sin darme cuenta, también empecé a ser feliz.

Ahora sé que tuve suerte. Porque, aunque crecí pensando que estaba enfermo, nunca caí en las garras de las terapias de conversión. Tuve el apoyo de mi familia y mi entorno. Tuve unas redes que me sostuvieron, incluso en momentos oscuros.

Pero no puedo dejar de pensar en que otros muchos chicos y chicas no tuvieron la misma suerte. Críos, como yo entonces, que tuvieron que escuchar en su casa que estaban enfermos, que eran un error y que les podían arreglar. Chavales que no consiguieron soltar la mochila de la culpa y la vergüenza. E incluso otros muchos que fueron arrastrados a esas terapias por sus propios padres. Yo podría haber sido uno de ellos.

La aprobación este jueves de la Ley para penalizar las terapias de conversión que convierte a estas en un delito no sólo es un avance para las personas LGTBI. Es un símbolo. Lanza el mensaje de que este país no mira hacia otro lado, como hizo durante tanto tiempo. Y también son justicia democrática. Por todas aquellas personas que las sufrieron. Por todas aquellas personas a las que destrozaron la vida. Me enorgullece ver que, como país, mayoritariamente queremos pasar esta terrible página de nuestra historia. Aunque la pasamos no sin resistencia, la del PP y VOX.

Como cada avance LGTBI, nos encontramos enfrente a un PP que defiende la libertad… Pero la libertad de llevar a sus hijos a estas torturas, o de que estas queden impunes si se realizan con el consentimiento de la persona. Por suerte todo esto no se permitirá por ley.

Su oposición es, quizás, el mayor ejemplo de que, aunque avancemos, debemos seguir luchando en otros frentes, porque seguirá habiendo niños y niñas que piensen que están enfermos, y padres que quieran curarles. Y ante esa maldad, nada mejor que una ley que nos dice que nunca nos pasó nada malo. Que lo verdaderamente cruel e indigno es querer arrancar la propia identidad a una persona.

Llegamos tarde, pero llegamos para hacer justicia y proteger.

viernes, 3 de julio de 2026

"SINVERGÜENZAS". Unai Sordo, infoLibrel.es

Unai Sordo junto a Rozalén,
en la fotografía citada en el artículo

Me provoca un profundo asco el cuestionamiento de la llamada 'ley de nietos”

Cuando hablé delante del papa, me permití ponerme en la americana un pequeño triángulo que además llevo habitualmente. Muy poca gente se fijó (alguno sí) porque realmente muy poca gente sabe lo que significa ese triángulo, y sobre todo ese color: el azul, que se aprecia bien en la foto que me hice con María. Normalmente se ven ese tipo de triángulos colocados en solapas, pero son de color rojo.

Ambos son símbolos. Representan los infames distintivos con los que se señalaba a los presos en los campos de concentración y exterminio nazis. Con el color rojo se señalaba a los prisioneros por motivos políticos. Comunistas, socialistas, liberales, demócratas…

Lo que mucha gente no sabe es que los prisioneros españoles no eran marcados con el triángulo rojo, sino el azul. Y una ´S´, de Spanier/Español. Porque no se les consideraba prisioneros por motivos políticos. Se les consideraba apátridas. Porque la dictadura retiró la nacionalidad española a los luchadores antifascistas. Al ser considerados apátridas y no estar protegidos por ningún Estado soberano, los nazis los clasificaron con ese triángulo azul. Muchos de estos españoles eran además considerados presos políticos (lo que implicaba portar el triángulo rojo). Sin embargo, el gobierno franquista y las autoridades alemanas acordaron el estatus apátrida para facilitar su deportación y evitar el amparo de la Convención de Ginebra.

El franquismo no fue solo un golpe de Estado y luego una guerra ante la resistencia a la usurpación del poder por parte de los traidores facciosos. Fue un intento de exterminio del pueblo democrático, de expulsión y extracción de la España republicana. Con muerte, fusilamiento, cunetas, represión, exilio y alejamiento.

¿A qué viene todo esto? Al profundo asco que me ha provocado el cuestionamiento de la llamada ley de nietos que permite a hijos/as y nietos/as de españoles, descendientes de quienes perdieron su nacionalidad por haber tenido que exiliarse durante la dictadura, argumentando que se pretende “modificar el censo electoral”. El censo electoral lo modificó no votar durante cuarenta años. El censo electoral lo modificaron los paseíllos al amanecer, las cunetas, el garrote vil, la tortura y el exilio. Si no se hubieran tenido que ir, no habría que reconocer la nacionalidad a su descendencia. Sinvergüenzas.

jueves, 2 de julio de 2026

"LA MALETA DEL LENGUAJE". María Stepanova, Equator-Ensayo 17/06/2026

De la serie "Emigros" de Egor Borie
Cómo la nueva generación de exiliados políticos rusos está redefiniendo lo que significa perder la patria.

En El don (1938), la última novela que escribió en su lengua materna, Vladimir Nabokov describe una disputa literaria entre escritores emigrados, es decir, escritores rusos que solo se leen entre sí y muestran poco interés por Berlín, la ciudad a la que las circunstancias los han llevado, o por la gente que camina por sus calles, o por la literatura que florece allí.

El motivo de la disputa es un texto en particular que ha generado un descontento generalizado. Un personaje se burla de su autor —un escritor ruso ya en decadencia, aunque todavía leído en círculos de emigrados— con una metáfora visual: un retrato de un antepasado desconocido, que ha colgado en la casa familiar durante muchos años, incluso décadas; puede que ni siquiera represente a un pariente, sino a un conocido. Sin embargo, sin razón aparente, el objeto ha acompañado a la familia a lo largo de su vida, apareciendo siempre como una mala hierba. Cualquiera que sea el revés del destino —incendio, guerra, desplazamiento repentino—, el retrato sigue figurando entre las posesiones que conservarán para el futuro. Si alguien intentara arrebatárselo, lo defenderían como un tesoro. Lo mismo ocurre con la obra de este escritor anciano.

Comienzo con este retrato —completamente prescindible, excesivamente importante— para explicar por qué hablo hoy en ruso, en lugar de, digamos, en inglés, idioma que más personas en este auditorio entenderían. Incluso el título de esta conferencia no se ajusta bien al ruso. En ruso, «persona desplazada» se traduce oficialmente como «peremeshchennoe litso»: literalmente, «persona que ha sido trasladada de un lugar a otro», palabras con un significado preciso y burocrático. Pero la noción espiritual de «desplazamiento» parece no existir en ruso. Para transmitir este sentido de cambio biográfico e histórico, debemos inventar neologismos y paliativos; debemos definir y explicar.

Quizás esto no sea sorprendente. Al fin y al cabo, este es un país donde la esclavitud fue abolida hace poco más de 150 años. Todos los sistemas políticos que le sucedieron en Rusia se basaron en una premisa de propiedad similar: que el Estado tiene derecho sobre sus ciudadanos, sobre todo lo que poseen y sobre todo lo que producen.

Vivir en un lugar donde nada te pertenece y donde cualquier cosa puede suceder en cualquier momento: este es un sentimiento compartido por todos aquellos con un pasado soviético, aunque sus raíces son aún más profundas. Los siervos campesinos estaban legalmente obligados a trabajar una parcela de tierra que no les pertenecía; nunca se les permitía abandonarla. Sin embargo, sus dueños podían venderlos o reubicarlos a su antojo. Incluso un terrateniente con miles de personas a su cargo no era dueño de su propio destino: podía ser enviado al exilio o condenado a trabajos forzados por las autoridades zaristas. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 1 de julio de 2026

"EL PESO DE LAS PALABRAS". Juan José Millás, El País

Una mujer desplazada lleva a un niño en Goma,
en República Democrática del Congo en 2025

¿Pero qué hay de esta mujer sin nombre, con un bebé sin nombre, qué hay de esta pobre mujer “desplazada” de su hogar en la República Democrática del Congo?

El término desplazado (o desplazada, puto genérico incapaz) suele pasar por la lavandería antes de salir a escena. Está ahí, colgado de la percha, como un traje, para que lo utilicemos sin culpa. “Miles de desplazados”, decimos, y continuamos tan frescos porque no los vemos, no los imaginamos, no somos capaces de ponernos en su lugar. Desplazamos ligeramente una silla de su sitio para pasar la escoba. Desplazamos la cama unos centímetros para cambiar las sábanas. Desplazamos el cursor por la pantalla del ordenador para buscar porno. Desplazamos una maceta para que le dé el sol, o una pieza de ajedrez para huir del jaque, o el peso del cuerpo de una pierna a otra para…

¿Pero qué hay de esta mujer sin nombre, con un bebé sin nombre, qué hay de esta pobre mujer “desplazada” de su hogar en la República Democrática del Congo? Sin nombre ni ella ni el niño, y con la espalda cargada de un colchón y cuatro cosas más. No huye solo de un punto en el mapa. Deja atrás sin duda una cocina, una esterilla, una puerta, unos vecinos, una sombra familiar, una cama, un vaso, una butaca. Una geografía física, sí, pero sobre todo un espacio sentimental. Detrás de cada “desplazamiento” hay un estallido, una amenaza, un tanque, un grupo de violadores armados. El lenguaje tiene estas trampas. Llamamos “desplazados” a quienes han sido desalojados de sus vidas. Las fotografías devuelven a veces a la realidad el peso que las palabras habían perdido en las conversaciones. Todos vivimos “emplazados” en una red invisible de afectos, costumbres y rutinas que esta mujer acaba de perder.

martes, 30 de junio de 2026

"TRAFICANTES DE HALAGOS". Irene Vallejo, El País

FERNANDO VICENTE
La mejor manera de impedir que los narcisistas tomen el poder es abordar las amenazas que inquietan a los ciudadanos

En los hipnóticos escaparates de las redes sociales, la influencia se puede comprar. Existen empresas que ofrecen admiración de alquiler: seguidores, comentarios entusiastas, adhesiones apasionadas, elogios en serie —aunque no en serio—. La reputación tiene un precio, y la alabanza amañada catapulta a quien paga. Después de todo, la palabra fama proviene del verbo latino fari —hablar—, ya que famoso es quien está en boca de todos. Curiosamente, de la misma raíz deriva fábula: la celebridad tiene algo de cuento. Siguiendo el hilo y la melodía lingüística, fanfarrón, del árabe hispano farfar, significa “inestable, volátil, charlatán”. En esta feria de las banalidades, la vanidad digital cultiva el truco y trato.

La compra de ovaciones tiene precedentes antiguos. El historiador romano Suetonio cuenta en sus crónicas que Nerón amaba la música y, aun siendo su voz débil y ronca, insistía en dar recitales. Pagó sumas exorbitantes para que 5.000 jóvenes reclutados aplaudieran sus lamentables interpretaciones. Esta argucia serviría como inspiración a las claques europeas. En el siglo XIX, surgieron agencias que proveían a los teatros y autores de aduladores, un mecanismo que derivaría con el tiempo en las risas enlatadas de la televisión. El principio es el mismo: escenificar el éxito ayuda a triunfar. Tener público, aunque sea ficticio, genera publicidad. Ahí nacen las campañas dopadas y la demoscopia fantasiosa. Como intuyó Nerón, pionero de la mercadotecnia, es posible conseguir poder verdadero a través de la fama falsa.

Esta es una lógica que encumbra, cada vez más, a ególatras y aduladores. Las apariencias nos engañan y nos encantan; el prestigio, como su nombre indica, ama a los prestidigitadores. Desde tiempos de Nerón, una y otra vez, numerosas sociedades se han entregado, seducidas y convencidas, a fatuos arrogantes. La teoría proclama que los grandes líderes son quienes anteponen su misión a su ego, el interés público a la vanidad personal. En principio, los narcisistas son fáciles de identificar: se jactan de sí mismos, reclaman atención constante, se sienten con derecho a un trato especial y, cuando no lo obtienen, se erigen en víctimas y airean sus quejas. Pero, paradójicamente, todavía hoy, continúan hechizando y atrapando voluntades.

Un estudio sobre las elecciones estadounidenses entre los siglos XIX y XX reveló que, en tiempos de inestabilidad social, la gente deseaba un presidente que transmitiera aplomo, audacia y dominio. La abrumadora sensación de incertidumbre y ansiedad es propicia para las voces autoritarias que prometen restaurar el orden y para los ególatras embriagados de confianza y desafío. Como explica Giuliano da Empoli en su ensayo La hora de los depredadores, el caos ya no es el alma de los rebeldes, sino el sello distintivo de los poderosos. En un mundo impredecible gana el actor que se mueve con mayor decisión, de forma más agresiva, más sorprendente, el que impone su propia realidad. Serán avasalladores, pero nunca aburridos: folclóricos, extravagantes y cínicos, un espectáculo entretenido. Responsabilizarse es serio y tedioso; tiene más gracia atesorar medallas, coleccionar aplausos y atribuirse logros legendarios.

Sin embargo, sabemos que las personas con altos niveles de narcisismo son peores gobernantes. La experiencia enseña que están más dispuestas a manipular a los demás, a tomar atajos y esquivar las normas. Intentarán deshacerse de todo lo que ralentiza y limita su voluntad, ya sean los procedimientos garantistas, las leyes, los periodistas, los contrapoderes o los jueces. Se atribuyen todos los méritos mientras culpan a los demás de los fracasos. Se jactan de ser escudo frente a amenazas que ellos mismos crean y contra enemigos a los que previamente azuzaron. Consideran el liderazgo como una oportunidad que deben aprovechar; el poder es para ellos más un vicio que un servicio. El legado de estos líderes con frecuencia queda empañado por los desmanes despóticos y nepotistas, la corrupción y la hybris de decisiones desastrosas.

Intoxicados por las loas de los aduladores, estos líderes corren el riesgo de caer en la obstinación y negarse a cambiar de rumbo. En ocasiones, jaleados por sus colaboradores incondicionales, se enrocan en su torreón o se lanzan a galopar hacia temerarias decisiones y ostentaciones. En una época de constantes desahucios, el emperador Nerón, enamorado de los ornamentos dorados, se empeñó en construir una enorme mansión, la Domus Aurea, en pleno centro de Roma, con incrustaciones de oro y madreperla que destellaban bajo el sol, además de un lago artificial y una colosal estatua suya de más de 30 metros. Uno de sus predecesores, Calígula, despreciaba a los consejeros que no se plegaban a sus deseos, así que depositó toda su confianza en un caballo originario de Hispania llamado Incitatus, es decir, Impetuoso. Le regaló un establo de mármol con abrevadero de marfil, una villa amueblada y esclavos a su exclusivo servicio. El animal lucía mantas de púrpura, símbolo regio. Según averiguaciones de Suetonio, el emperador planeaba, en un gesto de sarcástico desprecio hacia las instituciones, nombrar a Incitatus cónsul, la máxima magistratura romana. Desde entonces Calígula, que eligió a un asesor capaz solo de relinchar, es el símbolo de la arrogancia política. Cuando el poder pierde los estribos, las proclamas épicas terminan por resultar patéticas.

En un ecosistema encabezado por vanidosos proliferan los aduladores y lamebotas. El filósofo griego Teofrasto, discípulo de Aristóteles, describió agudamente en Los caracteres al individuo que recurre a la lisonja para ganarse el favor de jefes y gerifaltes. Endulza sus oídos: “Fíjate como todos te miran: esto no le sucede a nadie más, solo a ti”. Le quita una mota o un pelo de la ropa mientras elogia su buen gusto y su figura. Si su alabado habla, ordena que callen los demás. Cuando termina, grita: “¡Bravo!”. En el teatro, se adelanta para mullirle los cojines. Si el patrón se burla de alguien, lo celebra a carcajadas; y, llevándose la mano a la boca, finge retorcerse de risa. En una comedia de Plauto, aparece retratado en plenitud de facultades el parásito Ganapán. Este hambriento perpetuo consigue camelar a un soldado fanfarrón para que le pague la cena, lanzándole su red de halagos: “Eres un héroe intrépido. En la India, le rompiste la pata a un elefante de un puñetazo”. “Y sin esfuerzo”, dice el militar. “Segurísimo. Si hubieras golpeado con todas tus fuerzas, tu brazo habría atravesado la panza del elefante. Bajo tus golpes perecieron un mismo día 150 soldados en Cilicia, 100 más en Sardes y 60 en Macedonia”. “¿Y eso cuánto suma?”. “7.000″. Plauto juega a la caricatura, pero nos avisa sobre el poder de los elogios para manipular y lograr favores de los vanidosos. Es el punto débil de quienes se derriten ante las alabanzas: cebado su ego —y cegada su razón—, resultan fáciles de embaucar por quien promete éxitos y mayores glorias.

La historia prueba que la mejor manera de impedir que los narcisistas tomen el poder consiste en abordar las amenazas que inquietan a la gente. Una vida más amable, tiempos serenos, mayor seguridad laboral y menor zozobra volverán a los votantes reacios a candidatos prepotentes. Adictos al caos, los ególatras pregonan su fuerza mientras dividen y debilitan la sociedad. Por el contrario, los líderes humildes, admitiendo sus fragilidades, nos robustecen. Cuidado con confundir vanidad con valía: la fanfarronería suele ser solo fanfarria.

lunes, 29 de junio de 2026

"EUROPA EN EL CORAZÓN". Luis García Montero, infoLibre.es

El deseo de que la palabra España deje de significar un sacrificio late ahora en el corazón de muchos españoles

César Vallejo escribió el poema “España, aparta de mí este cáliz” durante la Guerra Civil española. Con ese título se reunieron después los poemas que el maestro peruano dedicó al drama bélico abierto por el golpe de Estado de 1936. El deseo de que la palabra España deje de significar un sacrificio late ahora en el corazón de muchos españoles heridos por la atmósfera muy crispada de nuestra convivencia. La economía no va mal, la realidad no es un campo de fuego, pero se impone día a día un relato de odios y enfrentamientos. Necesitamos encontrar una salida, y quizá sea bueno recordar que César Vallejo escribió su poema sobre España y el cáliz doloroso como un diálogo con los niños del mundo. No vivía la posible derrota como un problema nacional español, sino como un horizonte que afectaba a la política internacional.

Creo que es una buena estrategia para resistir en esta situación que invita al desánimo. No se trata de un problema solitario español, sino de una dinámica desatada contra los valores democráticos. Y la palabra "mundo" adquiere mucho protagonismo. Por eso podemos recordar también el libro de Pablo Neruda titulado España en el corazón, y sentir que el amor por España se equivoca hoy cuando se encierra en los límites nacionales. Así que le pido permiso a Neruda para ampliar su título y escribir 'Europa en el corazón', tomando conciencia de la realidad global de la palabra "mundo". Las derivas nacionalistas de la extrema derecha ponen en riego el papel de Europa como unidad de valores democráticos, algo que interesa por igual a los viejos mandarines totalitarios y a las nuevas formas de dictadura que nacen de la ambición neoliberal, el capitalismo dispuesto a romper el Estado social para separar la libertad de los compromisos de la igualdad y la fraternidad. Así que la mejor manera de pensar en la Madre España de Vallejo es pedirle permiso a Neruda para vivir hoy con Europa en el corazón.

Los populismos nacionalistas suponen en la Comunidad Europea una proyección política de la cultura individualista que ha impuesto el neoliberalismo. Frente a la convivencia y las ilusiones colectivas impera la ley del más fuerte y la lucha por el triunfo de lo mío frente a las responsabilidades compartidas. Esta es la lógica que le da fuerza al racismo y a las prioridades nacionales contra los derechos humanos y la justicia universal. El cáliz de la crispación española, además de hacerme vivir con España y Europa en el corazón, gracias a Neruda, me devuelve a la poesía de César Vallejo y a su poema titulado “Masa”. Tanto amor y no poder contra la muerte, fue la queja del poeta peruano que buscaba en la oscuridad motivos para la esperanza. Escribió la historia de un combatiente muerto en la batalla. A su cadáver se acercó un hombre, y luego dos, y después veinte, cien, mil, quinientos mil, millones de individuos con un ruego común: quédate hermano. Cuando todos los seres humanos de la Tierra llegaron a rodear al individuo muerto, el cadáver se incorporó y se echó a andar.

La imagen solidaria de Vallejo me ayuda a luchar en mí mismo por una resurrección de la esperanza. La mejor manera de apartarme del cáliz de las desilusiones y las renuncias es comprender que no se trata de una batalla española, sino mundial, y que no puedo dejar que los mandatos del individualismo me hagan olvidar el compromiso colectivo con la dignidad de los seres humanos de la tierra. Las prioridades individuales sólo encuentran un buen destino en las ilusiones colectivas.

Madre España que vive con Europa en el corazón. Cosas de la poesía.

domingo, 28 de junio de 2026

"EL DEMONIO DEL MEDIODÍA". Irene Vallejo, El País

Nos define un volátil entramado de clarividencias y cegueras. Dime lo que atiendes –entiendes– y te diré quién eres

Sorprende que alguien nos sostenga la mirada largo tiempo, que nos escuche con total intensidad. En un mundo de imágenes fugaces, lo habitual es la atención menguante, saltarina, nutrida con comida mental rápida, brincando de la pantalla a la prisa. Sin embargo, no podemos estar pendientes de todo a la vez. El cerebro está preparado para pensar conscientemente en una sola cosa, y esta limitación fundamental no ha cambiado en miles de años. Si le exigimos pasar rápido de una tarea a otra, sus malabarismos nos provocan una sensación de omisión y de exceso. ¿Qué me acabas de preguntar? ¿Qué leí en las redes que me dejó inquieta? ¿Ha llegado otro mensaje? Hacemos más, sí, pero con eficacia decreciente. Todos nuestros logros perdurables han requerido gran dedicación: volcarnos en una sola tarea, sin interrupciones, se ha convertido hoy en un acto de rebeldía.

No estamos solos. Los monjes del cristianismo primitivo, deseosos de ausentarse del mundo para concentrarse en Dios, descubrieron pronto la dificultad de su empeño. Fueron tal vez los primeros en dar la batalla de la atención. El escritor y asceta Juan Casiano, fundador de una importante abadía en el siglo V, describió en términos psicológicos muy precisos un problema que obsesionaría a los teólogos medievales: la acedía. El monje acedioso no consigue controlar su mente ni perseverar en su tarea. Aparta la mirada y su imaginación se extravía. Exhausto, hambriento, siente ansiedad “y una absurda confusión se apodera de él como una tiniebla repugnante”. Los monjes estaban vigilados y, cuando eran sorprendidos en ese estado de distracción, los consideraban poseídos. Casiano afirmó que esta enfermedad era provocada por los demonios del mediodía, ya descritos en los textos mágicos paganos. Diablos distintos a los que nos aterrorizan de noche. Seres malignos que instilan el hastío y la impaciencia, responsables de la insolación, la fiebre y el desasosiego, hermanos de las sirenas que desviaban a los marineros de su ruta con tentadores cantos.

Tal vez intuyendo el inmenso poder del demonio meridiano –según mis conjeturas, acérrimo adversario del ángel de la siesta–, la filósofa irlandesa Iris Murdoch construyó su ética alrededor de la idea de concentración como aprendizaje y entrenamiento. Reclamaba «una mirada justa y amorosa, dirigida sobre la realidad individual». Esa «atención amorosa» implica captar qué necesita el otro. No se trata de enunciar una norma y actuar siempre de acuerdo con ella, sino de remediar la sed y la angustia de cada cual en su particularidad. El amor atento sería la herramienta moral que nos ayuda a captar la realidad de una persona al orientar la atención hacia ella. En su ensayo La idea de perfección, Murdoch afirma que cambiar el modo en que miramos afecta instantáneamente a nuestra forma de actuar, también a nuestros lazos con los demás. Y nos revela bellezas inadvertidas.

En una gélida y ajetreada mañana de enero, un hombre empezó a tocar el violín en los túneles del metro en Washington. A su alrededor se apresuraban más de mil personas, rumbo al trabajo. Quien prestó más atención fue un niño de tres años. Su madre tiraba del brazo, apurada. La escena se repitió con otros niños, y todos los padres, sin excepción, los forzaron a seguir la marcha. Solo siete personas se detuvieron, así que el violinista recaudó apenas treinta dólares. Cuando se hizo silencio, no hubo aplausos. El agobiado gentío había desperdiciado la oportunidad de escuchar a uno de los mejores músicos del mundo con un violín tasado en millones. Solo unos días antes, Joshua Bell había abarrotado un teatro con entradas a precios imposibles. La actuación de incógnito fue organizada por el diario The Washington Post como experimento social. Pretendían averiguar si percibimos la belleza en momentos de prisa, en lugares sin prestigio. Si nos detenemos a apreciarla, si reconocemos el talento en contextos inesperados. Cuando no reparamos en un don tan rotundo, qué más estaremos pasando por alto.

Nos define un volátil entramado de clarividencias y cegueras. Dime lo que atiendes –entiendes– y te diré quién eres.

"EL NIÑO QUE SE QUERÍA CURAR". Víctor Gutiérrez, infoLibre.es

Ahora sé que tuve suerte. Porque, aunque crecí pensando que estaba enfermo, nunca caí en las garras de las terapias de conversión. Tuve el a...