miércoles, 7 de octubre de 2026

"ESCRITO EN LA CARA". Antonio Muñoz Molina, El País

FRAN PULIDO
Dolores Vázquez es el ejemplo de que basta acusar a un inocente para que nos parezca culpable

Basta que a uno lo acusen de algo para que se le ponga cara de culpable. Por eso en las fotos de frente y de perfil de las fichas policiales no hay nadie que parezca inocente. Yo quisiera encontrar ciertas fotos mías de hace 52 años que me tomaron en las dependencias de la Dirección General de Seguridad, en Madrid, al día siguiente de la ejecución de Salvador Puig Antich. A las once de la mañana estaba participando en mi primera manifestación antifranquista en la Ciudad Universitaria y antes de la una ya me habían tomado las huellas dactilares y me estaban tomando fotos de frente y de perfil con un flash que empalidecía más aún y aumentaría la cara de susto y de culpa del retratado. Esa es la cara que me gustaría ver de nuevo, y que no se si andará todavía grapada a un expediente en los subsuelos de un archivo de quién sabe dónde. Cómo sería esa cara de 18 años recién cumplidos, de adolescente que se había empezado a dejar la barba y el pelo largo nada más salir de la vigilancia capilar de su padre, de inocente arrojado a la intemperie y la amplitud de un Madrid más habitable en los sueños de provincia que en la torva realidad de las postrimerías franquistas.

Una vez se le pone a alguien la cara de culpable a ver cómo se la quita. Una persona sola es tan frágil como un insecto cuando se vuelca sobre ella el peso terrible de las instituciones acusadoras del Estado y el no menos amenazante de la condena colectiva. Ya es terrorífico que la policía, los fiscales, los jueces, los funcionarios de la justicia se conjuren para perseguirlo a uno: pero además están los vecinos, los entrañables colegas, los aficionados a gritar palabras infames a las puertas de los juzgados, los criminólogos y psicólogos y hasta astrólogos que en caso necesario certificarán en los platós de televisión la culpabilidad indudable del señalado y alentarán esa impaciencia por que se haga justicia que es difícil de distinguir de la sed de venganza.

Estoy convencido de que, aparte de la anestesia, la presunción de inocencia es una de las mayores conquistas de la civilización. En el mundo más o menos desarrollado la anestesia no se le niega a casi nadie. La presunción de inocencia también ayuda en lo posible a reducir el dolor innecesario, pero cada vez se administra, al menos entre nosotros, con más cicatería, y hasta los que más deberían defenderla prescinden de ella, porque a todo el mundo le gusta sumarse al linchamiento de un culpable. Tereixa Constenla recordaba hace unos días el infierno en que se convirtió de la noche a la mañana la vida de Dolores Vázquez, hace 25 años, cuando la acusaron de asesinar a puñaladas a Rocío Wanninkhof, la hija de la mujer con la que había convivido hasta no mucho tiempo antes. Que la acusación fuera inverosímil, y las pruebas de la inocencia de Vázquez indudables, no fue obstáculo para que los investigadores de la Guardia Civil la señalaran sin vacilación, y para que un juez y un jurado la condenaran a largos años de cárcel por el asesinato.

Era fácil mirar las fotos de Dolores Vázquez y encontrarle cara de culpable. Quien va esposado, rodeado de policías, asediado por una chusma ávida de sensacionalismo y venganza, baja la cabeza y pone una expresión de derrumbe y vergüenza, más aún si es inocente. Revisadas ahora, en el reportaje estremecedor de Constela, las supuestas pruebas de la culpa despiertan la incredulidad, y hasta el miedo. Con investigaciones y expertos así a cualquiera lo pueden condenar por cualquier cosa: Dolores Vázquez parecía “fría y calculadora”; las huellas de los neumáticos de su coche no coincidían con las encontradas en el lugar del crimen, y existía la certeza de que justo esa noche ella estaba cuidando a su madre, pero ni los jueces, los jurados, los periodistas, los aficionados a disfrutar del sufrimiento ajeno, estaban dispuestos a que unos mezquinos pormenores de la realidad malograran la fantasía que entre todos habían levantado. Que la Guardia Civil aportara el testimonio de una vidente nos sume ya no en el desconcierto ni la indignación sino el puro desconsuelo. Quizás a los detenidos las fuerzas del orden deberían leerles las rayas de la mano, además de tomarles las huellas dactilares.

En la cara de Dolores Vázquez lo veían escrito todo: el rencor hacia su antigua amante, la voluntad de castigarla matando a su hija, la saña de las puñaladas, la sangre fría de esconder el cadáver en el coche para tirarlo en otra parte, hasta la ausencia de remordimiento —sin olvidar el morbo añadido de la condición sexual—. Veinticinco años después, Vázquez conserva el aire reservado que tenía entonces, una cara fuerte que resiste bien el paso del tiempo, igual que su fortaleza de espíritu le ha permitido no claudicar a la amargura. Lo que ahora lleva escrito en la mirada es una serena integridad que debería abrumar de vergüenza a quienes pusieron tanto empeño en agredirla, de cerca y de lejos.

La cara de Dolores Vázquez nos impresiona más cuando nos damos cuenta de que su ejemplo no ha servido para que los acusadores vocacionales, las instituciones, los medios, acepten y ejerzan la presunción de inocencia, el sagrado escrúpulo de la búsqueda de la verdad, del respeto a un procedimiento de indagación que debe ejercerse con la discreción y el rigor necesarios para que la tarea de la justicia y la reparación de las víctimas no impliquen el daño y menos aún el castigo anticipado de quien bien puede no tener culpa de nada, incluso cuando las apariencias indiquen lo contrario, cuando parezca que lleva su crimen escrito en la cara. En un país tan sectario como el nuestro, a nadie le cuesta respetar la presunción de inocencia, a condición de que el acusado sea uno de los suyos. En el caso contrario, la sospecha se convierte en seguida en acusación, y el presunto culpable es despojado preventivamente de su dignidad, de su derecho a defenderse, de su trabajo, de su forma de vida.

Hay castigos evidentes, y otros insidiosos, sobre todo en ámbitos profesionales muy viciados. Alguien aparta un instante la mirada, alguien se cruza a otra acera con la cabeza baja. La cobardía y el gregarismo pueden ser tan dañinos como la maldad, y agravarla. Hay un espantoso instinto humano muy anterior a la idea de la justicia, que es el del señalamiento de un miembro de la comunidad que de repente ha de ser excluido, castigado, hasta sacrificado. En La caza, una película de Thomas Vintenberg (en Filmin), que tiene la virtud de devolvernos la limpia emoción inesperada del cine, Mads Mikkelsen interpreta a un maestro de escuela infantil en un pueblo edénico de Suecia, que se ve acusado de abusar de una de las niñas, hija además de su mejor amigo. El grupo fraternal de amigos y vecinos se convierte en una jauría. La autoridad pone en marcha sus protocolos implacables. Una historia de amables costumbres escandinavas, con navidades nevadas y coros de voces blancas, deriva en una película de terror: el terror verdadero y factible, el que uno siente que puede invadir su propia vida e instalarse en los lugares cotidianos, y volver monstruosas las caras de las personas más cercanas. Nosotros, los espectadores de la película, sabemos que ese maestro, Lucas, es inocente, y que su naturalidad jovial en el trato con los niños será precisamente un argumento para quienes se apresuran a considerarlo un criminal depravado. Pero nos haría falta aceptar la duda, la posible sospecha, y sin embargo aceptar siempre la posibilidad humana del error, y reconocerle hasta a quien parece más culpable su derecho a la presunción de inocencia. Cuesta muy poco destruir una vida.

martes, 6 de octubre de 2026

"UNA CASA EN EL KILÓMETRO CERO". Máriam Martínez Bascuñán, El País

Aunque el Congreso haya tumbado los decretos, lo ocurrido quizá haya empezado a cambiar la manera en cómo este país concibe lo que es una casa

Una plaza se vuelve plenamente pública cuando la usamos para mostrar lo que sufrimos a solas y descubrimos que es asunto de todos. Por eso es tan revelador el modo en que Ayuso —quien gobierna el mercado de alquiler más caro del país con competencias para intervenir en él— pretende tratar como un problema de orden público el ejercicio de un derecho, y hacer desaparecer de la vista lo que la plaza ha conseguido mostrar. Ocurre, sin embargo, que los movimientos sociales nunca hablan solo hacia fuera, a las instituciones a las que piden una ley, sino también hacia dentro, a la sociedad que construyen con su protesta. Al llevar a la plaza las necesidades que suelen quedarse en casa, quienes acampan en Sol nos piden a todos que nos hagamos cargo de ellas, y en esa ciudad efímera de turnos, cuidados y asambleas nos muestran que es posible otra manera de habitar juntos, una que ningún decreto puede recoger. Pero estamos tan acostumbrados a imaginar el futuro como catástrofe (el colapso climático, las guerras, las máquinas que nos sustituyen) que cualquier otra posibilidad nos parece ingenua, como si el sentido común hubiera decidido de antemano qué es realista y qué no.

Los movimientos sociales rara vez consiguen de inmediato lo que piden, pero hacen algo más duradero: desplazar los límites de lo posible y razonable, al igual que la lucha contra los desahucios convirtió hace una década en injusticia colectiva lo que muchas familias vivían como un fracaso privado. Por eso, aunque el Congreso haya tumbado los decretos, lo ocurrido quizá haya empezado a cambiar la manera en cómo este país concibe lo que es una casa. Durante años dimos por muerto el 15-M, juzgándolo con el lenguaje de las instituciones, de los escaños ganados o perdidos por los partidos nacidos de él, sin advertir que lo que abrió no era una opción electoral, sino una manera de mirar. Esa mirada es la que vuelve hoy a la Puerta del Sol, no como nostalgia, sino con una pregunta distinta. Ya no se trata de saber si habrá trabajo; aun teniéndolo, la pregunta es si es posible construir una vida digna, pues el empleo ya no es esa llave que abría las puertas de la vida adulta: el techo, el tiempo para criar, la luz y el calor en invierno, la certeza de poder quedarse donde hemos echado raíces. La palabra vivienda no respeta las fronteras habituales de la ideología, la clase o el territorio. Alcanza a la vez al trabajador precario, al joven mal pagado, al migrante y la familia de clase media, al estudiante y al jubilado, al catalán y al andaluz.

Pierre Rosanvallon dice que la democracia consiste en dar un lenguaje a lo que vive la gente. Por eso la política francesa no vio venir los chalecos amarillos, porque no encajaban en ninguna de sus categorías, como no encaja hoy la inseguridad que comparten la joven precaria o la jubilada desahuciada, y que las instituciones traducen a su lenguaje de cartón piedra, el del orden público y los propietarios frente a los inquilinos, el de las competencias y el cálculo electoral. La confianza en las instituciones se construye cuando sentimos que nos reconocen, y por eso lo ocurrido el viernes en el Congreso fue algo más que una derrota legislativa, fue la negativa a reconocer como asunto político lo que la plaza lleva días mostrando. Quienes acampan en Sol ya han hecho lo que la democracia no supo hacer por ellos: encontrar un lenguaje para nombrar lo que viven, con tiendas, cuerpos y asambleas, y la pregunta que nos arrojan es si la política institucional, y todos nosotros, estamos dispuestos a aprenderlo.

lunes, 5 de octubre de 2026

"LA ACAMPADA DISPUTA UNA NUEVA IDEA DE MUNDO". Amador Fernández-Savater, Ctxt.es

El movimiento de la vivienda ha plantado en el corazón de la conversación pública un problema material y compartido

Estos días se dan, por todas partes, conversaciones sobre el problema de la vivienda. Entre las distintas posiciones hay algo en común: reconocer que existe un problema. El punto de partida es compartido, aunque difiramos en los enfoques y las propuestas de solución.

Esto es ya un mérito y una fuerza del movimiento de la vivienda: haber plantado en el corazón de la conversación pública un problema material y compartido. Algo que afecta transversalmente a cualquiera.

Estas conversaciones tienen lugar también en la propia Puerta del Sol. Como vengo contando, mi amigo Javier Bachiller dialoga con los transeúntes de la plaza sobre la acampada: “¿Sabes por qué se está acampando? ¿Cómo lo ves? ¿Qué piensas?”.

Es una manera de desmontar estereotipos, de anular distancias, de invitar a la participación, de rozar los propios pensares y sentires con los de otros, aunque estos muchas veces desconfían de la acampada o tienen un enfoque liberal o muy derechizado del problema de la vivienda.

Javier no presupone que el otro sea un enemigo, sino alguien capaz de desplazarse. Sin ceder ni un milímetro en sus propias convicciones, me cuenta que se está esforzando en ensayar otra sensibilidad, otro acercamiento y otro trato. Muchos quedan sólo por ello ya descolocados.

En esas charlas hay quien argumenta, por ejemplo, sobre el derecho a hacer con las viviendas en propiedad lo que se quiera; hay quien habla de la importancia de no “tensionar” las leyes del mercado con intervenciones públicas; hay quien teme que se desposea al pequeño propietario de sus derechos en favor de un inquilino “parásito” u “okupa”. ¿Cómo discutir posiciones así?

En lugar de limitarse a chocar argumentos como bolas de billar, Javier intenta llevar la conversación a otro punto donde pueda aparecer algo en común: ¿qué idea de mundo está contenida en las formas en las que hablamos de la vivienda?

Allí donde se manifiesta cierta crueldad cristalizada en argumentarios endurecidos sobre la “ley de hierro” de la economía, Javier introduce por ejemplo las historias personales: “¿Y qué pasa con aquellos a los que expulsa? Déjame hablarte de mis amigos, de la gente que acude a una asamblea de un sindicato de vivienda”. Su historia, más que un argumento, es una evidencia sensible de las consecuencias concretas de tratar la vivienda como un bien de mercado más.

¿Qué mundo producen concretamente esos comportamientos que se elogian o se naturalizan en el discurso como la especulación o la acumulación? El dinero se pone por encima del arraigo y de la vida. Nuestros barrios y nuestras ciudades se vuelven más pobres en experiencia, en relaciones, en historias.

Los arraigos –entre las personas, entre las personas y los lugares, entre las personas, los lugares y sus historias– tejen espacios ricos en vínculos, relaciones, cariños, solidaridades, huellas y memorias. Cada desahucio no sólo expulsa a una persona de su casa, sino que descose las tramas de vida, rompe continuidades y convierte barrios y ciudades en espacios cada vez más equivalentes e intercambiables. ¿Es ahí donde queremos vivir?

¿De qué libertad hablamos cuando alguien defiende que “la propiedad es lo más sagrado”? ¿Qué felicidad puede desentenderse por completo de la suerte de los demás? ¿Qué idea de buena vida es esa que no considera que tenemos relaciones y obligaciones con otros, lugares y paisajes que cuidar, memorias que recibir y transmitir?

No se trata para Javier de ganar estas conversaciones, de convencer o reclutar a nadie, sino de poner en el centro la pregunta y el problema comunes de la vivienda para ampliar la capacidad de apertura e interpelación de la acampada. No hay victoria argumentativa, pero sí fisuras en las evidencias.

La plaza se vuelve así no sólo un lugar de protesta, sino también de des-identificación. Alguien llega con una posición muy clara, con sus filias y fobias bien ordenadas según las clasificaciones disponibles, pero el encuentro introduce una pequeña perturbación.

La acampada disputa una idea de mundo. No sólo intenta cambiar lo que pensamos sobre la vivienda, sino aquello que nos parece deseable, normal, soportable y vivible. ¿Qué consideramos una vida buena, una ciudad deseable, un barrio habitable? ¿Qué entendemos por riqueza, libertad, propiedad, felicidad?

Y lo hace también a través de sus formas de estar y de escucharse, de organizarse y de cuidarse, de abrirse y discutir con el diferente, de elaborar el conflicto de un modo diferente a la guerra. No sólo diciendo que otro mundo es posible, sino haciendo la experiencia, aquí y ahora, de que podemos convivir de otra manera.

29.09.26

Hannah Arendt hablaba de “un lugar en el mundo”: ese lugar desde el que una persona puede ser vista, escuchada y reconocida por otros. Una realidad compartida, un mundo común. En la antesala del nazismo, y como su condición de posibilidad, Arendt describe un proceso de “desolación”: la pérdida de ese lugar en el mundo para millones de personas (apátridas, refugiados, masas de personas desarraigadas). La pérdida de una realidad compartida, la desconexión de un mundo común.

La propaganda totalitaria, explica Arendt, prende y sólo puede prender en la “soledad de masas”. Entre individuos aislados que ya no pueden escuchar y ser escuchados, contrastar percepciones, discutir interpretaciones, orientarse colectivamente. Cuando desaparece el mundo común, la propaganda sustituye la realidad por una coherencia ficticia, un sistema de explicaciones en circuito cerrado, una ideología.

Esta es una de las mayores dificultades de una “comunicación antagonista o alternativa”: no sólo se trata de decir otras verdades, sino de rehacer los lugares y los espacios desde donde elaborarlas conjuntamente, hoy borrados o virtualizados en ese nuevo proceso de desarraigo de masas que llamamos “neoliberalismo”.

También por esto la acampada por la vivienda en Sol es importante. Es un medio para un fin: la lucha por una vivienda digna para todos y todas. Pero también es un lugar en el mundo donde encontrarse, escucharse, mezclarse y abrirse a los relatos de vida de desconocidos. Rehacer un mundo común.

Así me lo narra mi amigo Javier Bachiller, que pasa el día en la acampada hablando con la gente que ocupa la plaza, con los jóvenes recién llegados con sus tiendas de campaña, con esas personas que acuden a compartir su historia, su preocupación, su malestar.

Las conversaciones con mucha de la gente que pasa por la puerta del Sol no son en absoluto fáciles. Lo que Javier se encuentra a menudo es una naturalización de la “lucha por la existencia”, un realismo crudo que se expresa en fórmulas como: “No todo el mundo puede vivir en las ciudades”, “tampoco pasa nada por irse a vivir al campo”, “no se debe tensionar la economía con intervenciones estatales”, “soy libre para sacarle todo el beneficio que quiera a mi propiedad”.

Lo que operan aquí son ideas de mundo, ideas sensibles que se conectan a experiencias de vida, pero que desconectan de otras de las que no quieren saber nada (los desahuciados, los expulsados, los “perdedores” de esa guerra de todos contra todos). Subjetividades profundamente especuladoras que ven la vivienda (y cualquier otra cosa) como un activo valorizable. Javier les discute, entendiendo que la acampada es también un espacio de contacto con el otro: “¿todo es un activo valorizable, también el cuerpo, el cuerpo de tus hijos?”, “¿te parece lo mismo el derecho a la vivienda y el derecho a la especulación?”, “¿no ves una diferencia entre movilidad forzada o escogida?”.

A la acampada llegan también jóvenes sin experiencia de politización previa. ¿Quiénes son, qué ganas e imaginarios traen? Javier les habla de los sindicatos de vivienda, distintos a los sindicatos tradicionales, espacios donde la gente se reúne en torno a un problema, donde es posible escuchar a gente muy distinta –de otros países, de otras clases sociales– relatando en primera persona experiencias muy duras de vida. Al compartirse, saltan las lágrimas pero las lágrimas se convierten después en acción colectiva, el malestar se nombra y politiza. La acampada sirve también para descubrir mundos nuevos, nuevos modos de entender y practicar esa palabra tan desprestigiada que es la política.

Javier me cuenta también otras historias: la de un chico muy perdido que llega buscando ayuda para un desahucio inmediato, la de una mujer con pinta de vagabunda que aparece por la noche y relata lúcidamente lo que es la vida en la calle después de haber sido expulsada de su casa, la de un hombre anarquista con muchas peleas a sus espaldas que comparte su diagnóstico fatalista sobre un país enfermo de desigualdad y maltrato e imposible de curar.

Todas estas historias, todos estos personajes, todas estas experiencias encuentran en la acampada “un lugar en el mundo”. No sólo un medio para un fin, sino un espacio donde ser vistas y oídas, reconocidas y escuchadas, donde ser rescatadas de la soledad como destino fatal. Un lugar donde podemos medirnos con las razones y vivencias de otros, pero donde estamos obligados a tenerlas en cuenta, a no apartarlas de la vista. Un espacio donde pueden cuestionarse y empezar a disolverse los imaginarios que naturalizan la agresión, la desigualdad, el descarte, donde la idea de guerra de todos contra todos por la existencia puede dar paso a un mundo más habitable, más igualitario, más común.

28.09.26

Mi amigo Javier Bachiller me cuenta lo siguiente: ha decidido pasar buena parte de su tiempo en la acampada hablando con la gente random que pasa por la plaza. Supongo que un poco por “defecto profesional” (trabaja como mediador en una institución cultural), por el gusto que le da el hablar con extraños y por convencimiento político de que eso tiene interés, aborda a los curiosos o los paseantes y les pregunta: “¿Sabes por qué se está acampando?”. E inicia una conversación.

Persigue con humor y suavidad a los que no quieren saber nada (porque creen saberlo ya todo) diciéndoles: “¿Pero te vas a quedar con lo que dicen en la tele?”. Me cuenta las charlas que tuvo ayer, difíciles, ásperas, con gente que no sólo no está de acuerdo sino que rechaza directamente (y lo hace saber) lo que representa la acampada. Todo lo que se encuentra me parece bien interesante y le pido permiso para poner algo por escrito.

Por ejemplo esa señora que está en contra de la acampada porque “es de los de Pedro Sánchez” y que se queda desconcertada cuando Javier le dice que todo lo contrario, que es para presionarle a hacer lo que debería hacer y no hace. O esa pareja que afirma con contundencia que “la economía manda” pero se queda pensativa cuando Javier les pregunta: “¿Y qué pasa con aquellos a los que expulsa?”. O esos jóvenes que desconfían de la acampada porque hay banderas de Palestina y de la República pero escuchan cuando Javier les explica que sí, que el tema de la vivienda es una cuestión social escorada a la izquierda, pero que también hay mucha gente sin color político claro y “sin bandera”. O esos caseros que rentan un segundo piso y aseguran nunca haber apretado al inquilino, pero también hablan de que hay gente –refiriéndose tal vez a Maricarmen o a los jóvenes de la acampada– que no quieren “esforzarse” y ahí Javier les discute.

Ahora que se habla tanto del 15M, pienso que lo más importante de aquello (y su verdadera fuerza) no fueron las tiendas de campaña y las lonas, sino este espíritu: tenemos nuestras verdades, por supuesto, pero podemos entrar en contacto –más o menos difícil, áspero, conflictivo– con las verdades de otros. Tratar de descolocar sus estereotipos mentales a través de la invitación al diálogo. Pulir nuestras razones en el roce con otros argumentos o experiencias. Confiar en el encuentro con los extraños. Buscar en la emoción, como la que ha suscitado Maricarmen, esa potencia del consenso (que significa sentimiento compartido) entre los diferentes que hace temblar a los poderosos.

domingo, 4 de octubre de 2026

"OTRO MUNDO ES POSIBLE". Luis García Montero, infoLibre.es

Los graves problemas de vivienda simbolizan los peligros de una democracia en crisis que pierde el equilibrio entre igualdad y justicia social

Una vez más conviene insistir en el lema que popularizó a principios del siglo XXI el Foro Social Mundial: otro mundo es posible. Que la realidad nacional e internacional sea muy difícil no puede significar una renuncia a la hora de defender de manera activa los derechos sociales y de pedir que las transformaciones y la economía estén al servicio de la dignidad de los seres humanos. Por eso es de agradecer el activismo que estos días ha vuelto a las plazas. Resulta necesario buscar un papel político significativo a las movilizaciones progresistas.

No se trata de desconocer la complejidad de la situación que vivimos, capaz de definir como costumbre, normalidad y ley las desigualdades: una avaricia dispuesta a pisar a la gente hasta el punto de no respetar la situación de una anciana indefensa ante las subidas del alquiler y el desahucio. Es todo un símbolo. En el “Romance sonámbulo”, Federico García Lorca presentó a un personaje en crisis con dos versos certeros: “Pero yo ya no soy yo / ni mi casa es ya mi casa”. Los graves problemas de vivienda simbolizan los peligros de una democracia en crisis que pierde el equilibrio entre igualdad y justicia social para permitir la especulación sobre nuestras vidas.

Como digo, la meditación cultural nos enseña, bajo las polémicas y las protestas, que la situación de la democracia en el mundo es conflictiva. Personajes representativos de lo injusto hubo siempre y no son una novedad ni en EE.UU ni en España. Personajes dispuestos a favorecer la violencia, las guerras y la especulación no faltan en la historia del mundo. Pero tampoco es ese el problema más grave que tenemos. Desde luego es dañina la personalidad de líderes que convierten en un espectáculo su falta de ética y que, por ejemplo, abandonan a su suerte en una pandemia a los ancianos de las residencias, enfermos mayores sin derecho a un tratamiento médico, o que desmantelan la sanidad pública de la ciudadanía para facilitar el negocio de una empresa privada y un novio. Ese desmantelamiento sistemático de la sanidad y la educación pública es mucho más indecente que las cuentas oscuras en la compra de un ático, y conviene no olvidarlo al pensar en nuestros hijos y nuestros abuelos.

Pero tampoco conviene olvidar que la indecencia de un líder no es el problema más grave, ya que la verdadera crisis democrática se produce cuando el líder sin escrúpulos gana elecciones y recibe el apoyo de la gente. A los que creemos en la democracia y en el voto popular nos asusta menos el líder turbio que el apoyo de la gente a ese líder. Por eso las reflexiones culturales meditan hoy sobre todo lo que cabe en el concepto de subjetividad. No basta con decir que una cosa es la realidad y otra los bulos, porque las personas formamos parte de la realidad y existen hoy poderosos mecanismos para entrar en el interior de las personas con las mismas dinámicas que mueven las ruedas de molino en el exterior. Modos de cultivar los odios. Y no sólo se trata de hacer atractiva la indecencia, sino de provocar que las personas que se nieguen a ella prefieran encerrarse en su casa, dar lo público por perdido, todos son iguales, nada tiene arreglo.

Meditar las causas del cultivo íntimo y personal de la indecencia, como nueva fórmula de la superstición religiosa, es una tarea importante, una de las más importantes tareas de la filosofía desde que Etienne de La Boétie escribió su Discurso sobre la servidumbre voluntaria. La cultura debe seguir indagando sobre los mecanismos éticos, las redes sociales y todas las fórmulas de la manipulación. Pero conviene también abrir la puerta de las palabras, bajar las escaleras, salir a la calle y llegar hasta Puerta del Sol para levantar la voz y defender una vez más que otro mundo es posible. Los que encarnan y propagan la falta de escrúpulos lo tendrán mucho más fácil si las personas decentes se abstienen, se ocultan y se hunden en la desconfianza de sus propios valores. Debemos ser nosotros mismos, nosotras mismas, si queremos que nuestra casa sea nuestra plaza y nuestra casa.

sábado, 3 de octubre de 2026

"NETANYAHU Y LA VÍCTIMA PERPETUA". Máriam Martínez-Bascuñán

Necesitamos un espacio común donde toda violencia pueda ser juzgada, también si la ejerce Israel

Cada septiembre, la ONU reúne a los líderes del mundo y repite el lamento por un orden basado en reglas que se desmorona. Una regla solo obliga mientras incumplirla delante de los demás resulte vergonzoso, en ese lugar que Hannah Arendt llamaba el espacio de aparición, donde todos nos mostramos ante los demás, fuera de la tribu, y aceptamos ser vistos y juzgados. Mientras ese lugar existió, las normas se violaban con disimulo. Hoy se violan a la vista de todos, porque ya nadie habla ante los otros. El jueves, esa pérdida adoptó la forma de un soliloquio. Cuando Netanyahu se acercaba al atril de la Asamblea General, decenas de delegaciones abandonaron la sala. Él esperó a que se apagara el murmullo e invitó a marcharse a cualquier otro “cobarde moral” que quedara en la sala. Más que lamentar el vacío, parecía celebrarlo, como quien sabe que no habla para los que tiene delante: Israel vota en octubre, y pocas imágenes le convenían más a Netanyahu que la de líder solo ante un mundo hostil. Esa soledad le servía también para algo más hondo: conservar para sí todo el lugar de la víctima.

Al llamar cobardes a quienes se marchaban, exprimía su posición de víctima y, como decía Sánchez-Ferlosio, apuraba hasta la última gota la ocasión de cargarse de razón. Cada desplante se convierte en prueba de su verdad, y su victimización en algo sagrado que no admite réplica. Cualquier agravio sirve para acumular autoridad moral. Solo desde ahí puede conservar para sí, de forma permanente, el lugar de los ofendidos. Si nuestra ética política parte, como advierte Judith Butler, de que solo un grupo ocupa ese lugar de víctima de forma permanente, todo lo que haga queda protegido de antemano. Pero ser víctima no es una identidad, sino una posición que depende de lo que ocurre; por eso necesitamos un espacio común donde toda violencia pueda ser juzgada, también si la ejerce Israel. Las palabras de Netanyahu no eran un adorno, sino el marco que le permitía hablar solo a los suyos. En el léxico de la patria, la fuerza, la supervivencia y el destino, el sujeto es la nación amenazada, la perfecta víctima perpetua. En el derecho internacional, el sujeto moral es la población civil, y el lugar de la víctima pasa de unos a otros según lo que dictan los hechos. Ese es el lenguaje de la esfera pública que el multilateralismo encarna. Quien habla con el primero ya se ha salido de ella, aunque siga tras el atril.

Pero quien solo habla a los suyos pierde además la mirada de los otros, la que permite verse desde fuera. Por eso Netanyahu no oye cómo suenan ante el mundo sus propias palabras. Preguntó qué genocida permite la entrada de vacunas y de alimentos. Ante los suyos sonaba a generosidad, pero fuera de ese círculo sonaba a otra cosa, porque quien permite comer decide si se come, y eso es lo que le imputa el Tribunal Penal Internacional al incluir en su orden de arresto el uso del hambre como arma de guerra. Para los suyos, llamar cobardes morales a quienes se marchaban era decir que no se atrevían a oír la verdad, y permitir la entrada de alimentos era una prueba de generosidad. Fuera, solo oímos el altivo desprecio por el resto del mundo, la terrible confirmación de que en sus manos está que los gazatíes coman o no. Pero el mundo no desaparece porque uno deje de mirarlo. Lo que se dice para los nuestros acaba siendo oído, y juzgado, por todos. Para eso servía el multilateralismo: no solo para dictar reglas, sino para obligarnos a hablar ante quienes no creemos de los nuestros, y a escuchar lo que decimos con sus asombrados oídos.

viernes, 2 de octubre de 2026

"FEIJOO DA UNA VUELTA DE TUERCA A LA DESHUMANIZACIÓN DEL ESPACIO PÚBLICO: DEL 'INQUIOKUPA' AL 'INVASOR'". Fernando Varela, infoLibre.es

Borja Sémper, Miguel Tellado, Alberto Núñez Feijóo,
Esther Muñoz y Cuca Gamarra

El PP se entrega a las etiquetas lingüísticas para activar emociones como el miedo, el enojo y la percepción de agravios territoriales

No son niños desprotegidos, expuestos a mafias y maltrato en un país que no es el suyo. Son “menas”. No son personas en situación de necesidad que no pueden pagar el alquiler porque el propietario se lo ha multiplicado, como le sucedió esta semana a Maricarmen, la anciana de 87 años expulsada de su vivienda. Son “inquiokupas”.

La estrategia de deshumanización y de construcción de mensajes a partir de palabras cuidadosamente elegidas para ser incluidas en la conversación pública, retratando a los menores no acompañados como peligrosos delincuentes o “invasores” de España o a los inquilinos en dificultades como ladrones que amenazan la propiedad privada, está superando todos los límites.

Y, a medida que nos vamos acercando a las elecciones generales, que previsiblemente tendrán lugar en algún momento entre enero y junio del año que viene, el lenguaje del PP de Alberto Núñez Feijóo se acerca cada vez más a las construcciones mentales de la ultraderecha, en un último intento de atraer a sus votantes y evitar que Vox acabe imponiendo todas sus condiciones en una eventual negociación para formar Gobierno. Una estrategia que, por otra parte, ha fracasado estrepitosamente en las cuatro elecciones autonómicas celebradas en los últimos nueve meses.

El discurso del Partido Popular recurre en todo momento a la criminalización como técnica de encuadre: los problemas estructurales y los conflictos sociales son desplazados del foco para situarlos bajo la óptica del código penal.

Puede verse en sus discursos sobre el acceso a la vivienda —reducido sistemáticamente al sobredimensionamiento forzado del fenómeno de la ocupación y a su supuesta amenaza para la propiedad privada—, así como en torno a los migrantes.

Un problema de orden público

Al transformar un problema de precariedad socioeconómica o de derechos humanos en un asunto estrictamente policial y de orden público, el PP justifica la respuesta punitiva e invisibiliza el debate de fondo sobre la falta de vivienda pública, la desigualdad, las causas de la exclusión o el derecho de asilo.

A este marco, importado directamente desde la extrema derecha, hay que añadir una retórica de contaminación simbólica que clasifica al rival político o a las personas en situación de desprotección a través de metáforas biológicas, sanitarias o de degradación física.

El empleo de términos como “carcoma” o “degradación” para referirse a las alianzas parlamentarias con el independentismo, o de expresiones como “oleadas” o “infiltración” al abordar la inmigración, intenta situar a los ciudadanos ante un asunto de higiene social.

Al representar a estos actores no como sujetos de derecho o interlocutores políticos, sino como agentes infecciosos o toxinas que “enferman” el Estado de derecho, se busca activar una respuesta visceral de rechazo que desactive la empatía colectiva y deshumanice a cualquiera dispuesto a negociar o llegar a acuerdos con el Gobierno.

El engranaje se completa con la enemistad moral, mediante la cual la discrepancia partidista se eleva a un juicio ético maniqueo. Calificar al Ejecutivo central como un Gobierno que “odia a España” o que es “cómplice del terrorismo” implica abandonar el reconocimiento del adversario como un actor democrático legítimo.

Contienda identitaria

El oponente ya no es alguien con quien negociar o discrepar en el Parlamento, sino un enemigo existencial que encarna el mal o la “traición” a la patria. La política pierde su naturaleza de compromiso transaccional y se transforma en una contienda identitaria donde cualquier acuerdo o cesión se presenta como un acto de rendición moral.

El efecto combinado que todo esto tiene sobre el espacio público es la degradación de la deliberación democrática y el sometimiento del debate a una polarización afectiva cada vez más extrema, con la que el PP espera conseguir el empuje que necesita para ganar las elecciones.

Al asfixiar el espacio público con amalgamas delictivas, metáforas de infección —hablan de un Ejecutivo “sucio” y de “basura” para referirse a sus miembros— y acusaciones de invalidez moral, se destruye el terreno común necesario para la convivencia. De ese modo, el debate sobre datos, leyes o recursos se vuelve imposible.

Lo vemos en cada sesión de control al Gobierno: ha sido sustituido por la sospecha permanente, la erosión de la confianza en las instituciones comunes y la imposibilidad de construir consensos transversales, reduciendo la plaza pública a una trinchera infranqueable.

El epítome de esta estrategia ha sido la participación y el apoyo sin reservas del PP al manifiesto que este sábado puso punto y final a la manifestación organizada por la asociación derechista Sociedad Civil Española en Madrid, y que se leyó al pie del arco que todavía conmemora en la capital la victoria del bando golpista en la Guerra Civil.

El “traidor”

Con su apoyo y participación, el PP ha respaldado expresamente la acusación al presidente Pedro Sánchez de “traidor” y la “creciente sospecha de que el Gobierno prepara un pucherazo electoral”. El manifiesto recurre a las palabras clave de esta ofensiva: Sánchez está “liquidando” España, “nos la está robando”, con ayuda de “separatistas contumaces”, “herederos del terrorismo” y “extremistas de izquierda liberticidas”. Una “banda” de “forajidos”, una “sucia componenda que nos oprime”, “en connivencia dolosa con un sultanato absolutista, artero y venal”.

Los discursos y las intervenciones públicas de los dirigentes del PP —de su secretario general, Miguel Tellado, pero también de Feijóo, de su portavoz, Borja Sémper, y de su equivalente en el Congreso, Esther Muñoz, por citar solo a los más conocidos—, cuyo argumentario alimenta directamente el equipo de estrategia de Génova, el más próximo a su líder, tratan de presentar problemas sociales complejos en figuras de “amenaza”, “invasión”, suciedad moral o delincuencia asociada a colectivos enteros.

Es un patrón que asoma con especial virulencia en los debates sobre inmigración y vivienda, pero también en la ofensiva personal desatada contra Pedro Sánchez y su entorno, donde el adversario se presenta como enemigo ilegítimo o moralmente degradado.

No son simples insultos. La mecánica de la deshumanización política suele operar presentando a personas o grupos como una amenaza difusa, menos dignos de derechos, o reduciéndolos a etiquetas que borran su individualidad: “invasores”, “ocupas”, “menas”, “ilegales”, “prostitución”, “sanchismo”, “enemigos de España”. Todas ellas, expresiones presentes en todas y cada una de las intervenciones de dirigentes del PP en las últimas semanas.

Migrantes como criminales

En materia de inmigración, el patrón es evidente. El PP está recurriendo a diario a fórmulas que asocian la llegada de personas migrantes con la idea de pérdida de control, inseguridad o amenaza colectiva.

Feijóo habla de “recuperar la protección de las fronteras”, como si la entrada fuese libre; de una política “cerrada a cal y canto” para quienes “vengan a saltarse la ley”, dando a entender que son delincuentes; y de expulsar a quienes “han ocupado” territorios como Ceuta, un encuadre que deliberadamente busca desplazar un problema de desigualdad económica como motor de la migración a uno de soberanía, describiendo una invasión que no existe.

En el caso de la ciudad autónoma, se han multiplicado las referencias de dirigentes del PP a los migrantes como portadores de “enfermedades” o como “ladrones”, “invasores” o “violadores”, además de frases sobre menores no acompañados y devoluciones masivas que tratan de tapar las obligaciones legales en materia de protección infantil para centrar la conversación en un problema de orden público.

Cuando se habla de vivienda, ocurre algo parecido. El PP elude constantemente el problema real de quien no puede pagar el alquiler y mucho menos adquirir un piso. Y lo hace explotando un léxico que moraliza el problema y lo simplifica en figuras casi parásitas: “ocupas”, “inquiokupas”, gente que “se aprovecha” o a quien hay que sacar “en 24 horas”.

El problema real de acceso a la vivienda queda así recodificado como un conflicto entre ciudadanos respetables, que serían los propietarios, y unos sujetos que supuestamente dañan la convivencia, quieren hacerse con bienes sin el debido esfuerzo o reciben un trato de favor para conseguirlo.

Activar las emociones

El resultado es un marco emocional muy eficaz en términos de opinión pública: produce miedo, enojo y sensación de agravio territorial, y facilita desplazar la atención desde los precios elevados, la oferta escasa, los salarios limitados o la falta de regulación hacia un enemigo mucho más fácil de señalar.

El discurso del PP no quiere hablar de Maricarmen, porque cambia el marco. Le resulta mucho más útil denunciar la ocupación como si ese fuera el núcleo de la crisis habitacional, y no la conversión de la vivienda en un negocio muy rentable para los especuladores inmobiliarios y las empresas dedicadas al turismo.

Esta manera de trabajar para condicionar el centro de gravedad de los debates públicos no se limita a asuntos como la vivienda o la migración. En realidad, tiene su centro en el rival político, en particular en Pedro Sánchez. Hace mucho tiempo que la retórica del PP ha pasado de la crítica dura a una estrategia de degradación personal y moralización del adversario. Se trata de construir el “sanchismo” como una categoría que concentra corrupción, traición o ilegitimidad.

Las constantes alusiones a supuestos “prostíbulos” o “saunas-prostíbulos” de la familia de Begoña Gómez se inscriben en esa misma lógica: no se busca fiscalizar hechos, sino envolver al presidente en un relato de suciedad moral que lo degrade a él y a su entorno familiar. En este terreno, el PP utiliza un lenguaje con una carga de repudio muy alta, que desplaza la disputa política hacia la humillación pública.

¿Será así para siempre? Al portavoz del PP, Borja Sémper, se le escapó el pasado lunes: “Cuando Feijóo sea presidente del Gobierno, se va a desterrar el insulto y la mala educación”.

jueves, 1 de octubre de 2026

"LO INTOLERABLE". Enrique Díaz Álvarez (2026), Barcelona, Anagrama



Una exploración de las formas en las que el poder ejerce su represión y la posibilidad de convertir nuestra mirada en un acto de resistencia.

¿Qué es lo que nuestra sociedad decide no ver? ¿Qué cuerpos pueden ser golpeados, encerrados o explotados sin que nadie se indigne o intervenga?

Allí donde el poder ejerce sus mecanismos de represión de forma más descarada es donde surge lo intolerable. Esto es: no solo lo que sucede en los campos de refugiados o tras los muros de las prisiones, sino también, como nos recuerda Díaz Álvarez –en la estela de Michel Foucault, Angela Davis, John Berger o Richard Mosse–, la complacencia con la que observamos la crueldad sin sentir repulsión, vergüenza ni responsabilidad.

"ESCRITO EN LA CARA". Antonio Muñoz Molina, El País

FRAN PULIDO Dolores Vázquez es el ejemplo de que basta acusar a un inocente para que nos parezca culpable Basta que a uno lo acusen de algo ...