"No necesitamos hombres que piensen, sino bueyes que trabajen" (Juan Bravo Murillo, Ministro de Instrucción Pública). "Quienes no se mueven no notan sus cadenas" (Rosa Luxemburgo).
"Ningún hombre tiene derecho a una verdad que perjudique a otro" (Benjamín Constant)
Compadecerse de los adolescentes por la pérdida de sus privilegios patriarcales les perjudica; hay que animarles a que se pongan las pilas
Pobrecitos míos, esos chavales reaccionarios. Hay que entenderlos. Claro, ¿cómo no se van a sentir mal si están todas las chicas adelantándoles a derecha e izquierda, formándose más, sacando mejores notas, organizando mejor sus vidas? ¿Cómo no nos van a dar pena si resulta que ellas saben bien lo que quieren y ya no están para aguantar a niñatos posesivos, ni dispuestas a sufrir ni por amor ni por sexo ni por príncipes de ningún color? Ni un segundo hemos tardado en justificar su pataleta contra el cambio cultural de la igualdad y lo que les pide: que renuncien a los privilegios de género que vienen heredando desde hace siglos por simple razón biológica mediante esa sólida estructura llamada patriarcado. No, hay que entenderlos a ellos, tan frágiles, tan heridos por esa charla sobre violencia que les dieron un día en el instituto. No es el machismo lo que los hace machistas sino el feminismo, mira tú por dónde. ¿Cómo se explica que un niño que ha crecido en las mismas aulas que sus homólogas femeninas de repente llegue a la adolescencia y se declare partidario de un orden antiguo hegeliano en el que el esclavo siempre se flexiona en femenino? ¿Cómo unas criaturas con madres trabajadoras, fruto de parejas que se escogen y se vinculan libremente (para eso está el divorcio) puedan transformarse en aspirantes a machos dominantes? ¿Cómo, pero cómo puede ser que habiendo crecido en una sociedad en la que hay maestras, médicas, funcionarias, mujeres policía o soldado, cómo se puede tener por normal esa rebelión contra lo que no es más que una cuestión de equidad y justicia? Pobrecitos, repiten, no mojan porque ellas se han vuelto exigentes, desean y aman siendo fieles a sí mismas, sin someterse y claro, los que no las quieren así, emancipadas e independientes, no tienen opciones. Y por ellos debemos llorar, nos dicen. Como las madres de antes, que sentían pena por el niño al que todo le costaba mientras que a la niña le mandaba hacerle la cama, fregar los platos, recoger la ropa sucia del hombrecito de la casa. Y esa compasión por los machitos destronados los perjudica a ellos aunque no lo vean. En vez de acompañarlos en el lloriqueo alguien (a ser posible un hombre adulto) debería decirles que se pongan de una vez las pilas, que si quieren llegar a sus compañeras no les queda otra que cambiar de cultura y sumarse a la del feminismo. Y que esos que les susurran a través de las pantallas que volverán tiempos pasados de dominación masculina no son más que timadores embusteros que los están llevando a engaño. Y en masa.
Sobre los animales siguen circulando simplificaciones, que algunos usan para justificar sus ideales sociales
De madrugada el despertador taladra nuestros sueños. Es el heraldo chillón de los horarios y las obligaciones, de las tareas nuestras de cada día. En esos instantes todavía oníricos, entre bostezos, alguien añora tal vez una vida sin jefes ni imposiciones. En lugar de legañas y atascos de tráfico, imagina un mundo a su mando, una vida sometida solo a su voluntad. Y mientras acalla a la fiera aulladora que da la hora desde la mesita de noche, fantasea con parecerse a esos animales salvajes y pletóricos que aterrorizan la selva. Al parecer, existen tantos hombres deseosos de encarnar la quimera del macho alfa que ha nacido un nuevo negocio: el mercado ofrece campamentos de endurecimiento para padres e hijos, concebidos por gurús del ramo. Prometen largas tandas de flexiones, baños en agua helada y rutas reptando entre barrizales y alambradas, amenizadas por arengas de marines retirados, todo incluido. Garantizan la inmediata transformación en un tipo duro y triunfador, un auténtico jefe de la manada.
Somos carne, hueso y fantasías. Pensamos el mundo y, en algún momento misterioso, las teorías se impregnan de nuestras burbujeantes ilusiones. El concepto del macho alfa empezó siendo una descripción estrictamente científica, pero brincó al territorio anhelante de las aspiraciones. En el camino se forjó un gran malentendido. El primatólogo Frans de Waal, que contribuyó sin pretenderlo a construir el mito, señala que la expresión se refería a los lobos, luego incluyó a los primates, pero no se aplicaba a los humanos. Todo cambió cuando su libro La política de los chimpancés catapultó el concepto al torrente de las revistas, los vídeos y los discursos sobre el liderazgo agresivo. La biología parecía refrendar un viejo sueño de poder. Había nacido un arquetipo social: el hombre arrogante y avasallador que domina intimidando a sus competidores.
Desde entonces, De Waal ha intentado rebatir esos estereotipos falaces. Explicó que en cada grupo de primates hay un macho alfa, pero también una hembra alfa; ambos no se excluyen y a veces trabajan juntos. Contra la idea extendida, el macho de mayor rango no es el más grandullón. La posición en la cima no se dirime en la cruda lucha, sino a través de un proceso político que depende de coaliciones. Si el cabecilla resulta demasiado violento —a veces triunfan tiranos y matones—, alguien suele desafiarlo y los demás apoyan la revuelta. En la naturaleza, el macho alfa ideal protege a los desvalidos, detiene peleas y mantiene al grupo unido. Hay diferentes tipos simultáneos de poder: las imponentes abuelas alfa ejercen el mando por sus conocimientos, carisma y redes de apoyo. De Waal lamentó que una lectura interesada modificara el sentido del término en la primatología. “Deberíamos volver al significado original, el del líder responsable macho —y muy a menudo hembra— que vela por la convivencia. Esa tontería sobre demostrar quién es el jefe siendo autoritario, obtuso y egoísta para quedarse con las chicas es una equivocación".
A lo largo del tiempo, una y otra vez hemos mirado a otras especies animales para entender quiénes somos. Más egolatría que biología: siempre se trata de nosotros. Ya en las fábulas del griego Esopo, animales antropomórficos encarnan nuestros rasgos y pasiones: el zorro es astuto; el burro, estúpido; el león, rey todopoderoso; el lobo, rapaz y traicionero; la cigarra, indolente y poco previsora; la oveja, ingenua. Estos personajes ofrecen una mirada con moraleja sobre la humanidad, pero nada revelan sobre esas especies. El escritor hondureño guatemalteco Augusto Monterroso escribió, entre otras fábulas contemporáneas, El mono que quiso ser escritor satírico. En ella, el mico —y cómico— protagonista asiste a todos los cócteles de la jungla para observar por el rabillo del ojo a sus congéneres animales mientras unos y otros, copa en mano, charlan sobre política internacional. Le abrían las puertas de los más elegantes salones selváticos porque era gracioso y entretenía a todos con sus piruetas. Y así —escribe Monterroso— llegó a ser, entre la fauna, “el más experto conocedor de la naturaleza humana”.
Sobre los animales siguen circulando simplificaciones, que algunos usan para justificar sus ideales sociales. Si los machos alfa de los chimpancés no son como pretenden ciertos gurús, tampoco las hembras reales se amoldan al estereotipo de criaturas pasivas, menudas, desvalidas o complacientes. En su ensayo Hembras, Lucy Cooke, especialista en Zoología, describe sociedades animales dominadas no por machos, sino por hembras que van desde el tipo más benevolente hasta el más brutal. Despliegan un fascinante espectro de anatomías y conductas. Pueden competir entre sí con saña: las antílopes topi se enzarzan en feroces batallas por los machos más deseados, mientras las matriarcas suricatas son el mamífero más sanguinario del planeta. Existen arañas hembra caníbales que se comen a sus amantes como tentempié después del coito, o lagartijas que prescinden de los machos y se reproducen por clonación. El animal más grande conocido es la hembra de la ballena azul —que supera al macho de su especie—. Un ejemplar capturado en las islas Georgias del Sur medía 30 metros de largo y pesaba 173 toneladas: tres veces la longitud de un autobús de dos pisos y más de trece veces su peso.
Según Cooke, observar con verdadera atención a los animales enriquece nuestra visión de lo que significa ser hembras. Se documentan madres cariñosas, pero también otras que se desentienden de la descendencia. En la mayoría de especies de peces, los padres se encargan solos del cuidado de las crías, mientras las madres desaparecen para siempre. Algunos machos, como el del caballito de mar, incluso dan a luz. Tras el cortejo, la hembra deposita sus huevos en el saco de crianza del macho, donde este los insemina. Diversas investigaciones recientes revelan que el carnoso saco del macho se asemeja mucho a un útero.
Solemos contemplar el reino animal a través del prisma de nuestra existencia más bien limitada —y usarlo para limitarnos todavía más—. Muchos creen que la naturaleza enseña a las sociedades humanas lo correcto: es la falacia naturalista. El error consiste en convertir una descripción en prescripción moral o política. Hay machos que devoran a las crías de una hembra para aparearse con ella, o hembras que se zampan a su pareja sexual. Sucede en el seno de la madre naturaleza, pero eso no lo convierte en pauta de conducta. No es cierto que lo natural sea siempre bueno y lo cultural no: en la vida salvaje pueden devorarte vivo, pero no te graduarán unas gafas ni recibirás un trasplante de corazón.
El estudio de las especies vivas demuestra que, lejos de las expectativas estrictas y obsoletas, el abanico de conductas es variopinto y dinámico. Sea lo que sea lo que busques, encontrarás algún ejemplo en apoyo de tu posición. Existe la competencia descarnada, pero también abunda la colaboración. Las características de los animales, tan variadas como plásticas, no ofrecen un modelo unívoco. O más bien sí: de capacidad para transformarse, perpetuo ajuste y lucha por la supervivencia. Machos y hembras, hombres y mujeres nos parecemos en la asombrosa diversidad que podemos desplegar. ¿Qué es la bravuconería alfa? Un delirio fanfarrón, una sombra, una ficción. Antes de creer en energías masculinas y femeninas, Frans de Waal reclamaba que aprendamos biología: será una revelación e incluso una revolución.
Los gallegos emigrados sufrieron el mismo látigo de los tópicos étnicos y de clase, reduccionistas e hirientes, que se aplica ahora a las nuevas colectividades inmigrantes
A veces los mapas son jeroglíficos que al resolverlos funcionan como un libro de historia. En el interactivo que publicó EL PAÍS el pasado día 14 para radiografiar la presencia de extranjeros en España hay un detalle imperceptible a primera vista. Lejos de las grandes zonas de inmigración —las costas, los centros agrícolas y las grandes ciudades— aparece un punto aislado con una alta concentración de foráneos. Está en el interior de Galicia, en el límite entre las provincias de Ourense y Pontevedra, aparentemente un lugar con poco reclamo, habida cuenta del despoblamiento y el nulo desarrollo industrial. En ayuntamientos como Avión, Beariz, Boborás o A Lama viven más de un 30% de extranjeros, según el censo, aunque pocos lo sientan así, ya que sus familias salieron de ese lugar al que ellos, descendientes, han vuelto. En ese cuadrilátero migratorio —tanto de expulsión como de acogida— se encierra siglo y medio de historia y, también, se guarda una lección de peso en torno al debate sobre las migraciones y la regularización aprobada por el Gobierno.
Dos millones de gallegos dejaron su aldea por América entre 1850 y 1960, apenas por debajo de Irlanda en porcentaje de población. Iban a cubrir la acuciante demanda de mano de obra no cualificada en países en pleno crecimiento. En los años 60 cambiaron los barcos por la carretera y se encaminaron al centro y norte de Europa, donde se requerían brazos para las fábricas, la construcción, la hostelería. La fuerza de trabajo llegó del sur pobre del continente, entre otros lugares de Galicia, donde la sangría demográfica fue más bien una hemorragia sin freno justamente en los puntos negros del mapa. El historiador Félix García Yáñez calcula que en la década de 1960 emigró el 56% de la población de Ourense de entre 18 y 40 años. Hay que leerlo dos veces para darse cuenta de la magnitud del fenómeno.
Cuando España empezó a converger con Europa se produjo el retorno desde la Europa rica, donde magrebíes y subsaharianos de las excolonias reemplazaron a italianos, portugueses y españoles como mano de obra barata (y garantía para pagar las pensiones). En Galicia, que es pura migración, a ese regreso se añadió el más reciente de los descendientes latinoamericanos. Solo han cambiado los prefijos, de emigración a inmigración, pero las causas de las diásporas, sus patrones de vida y sus comportamientos son demasiado parecidos como para desdeñarlos ahora que las flechas en los mapas son de entrada y no de salida. ¿Cómo no va a haber empatía entre los gallegos, algo que se podría ampliar a asturianos, vascos, andaluces o canarios? Hagamos un ejercicio de comparación entre los que se fueron y los que han ido llegando.
Cuando alguien dice que la inmigración irregular la provocan el tráfico de personas y las mafias, habría que recordar la aventura de terror que era salir hacia América desde Galicia en las primeras oleadas. Atraídos por los ganchos de las navieras y consignatarias, muchos eran engañados con propaganda falsa. Hubo casos sangrantes, como el contingente que llevó como esclavos a Cuba a cientos de gallegos para la zafra del azúcar o el reclutamiento masivo para la construcción del Canal de Panamá. Entre los 40.000 obreros había una mayoría de afroantillanos, pero también 6.500 gallegos, expuestos a las penurias del clima y las enfermedades.
Se escucha a políticos pedir el cierre de fronteras, pasando por alto que a nuestros coterráneos les abrieron las puertas de par en par en América: Brasil subvencionaba la inmigración al punto de pagar el billete a los trabajadores, porque necesitaba músculo para las ingentes infraestructuras que emprendió en el salvaje interior del país. El México de Lázaro Cárdenas tendió la mano al exilio de la Guerra Civil, e incluso Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. En los años cincuenta Venezuela promovió una política sin restricciones: en un lustro entraron 150.000 españoles a un país de cinco millones de habitantes. Hoy hay unos 700.000 venezolanos en una España de casi 50 millones, menos de la mitad en términos porcentuales.
Donde no se abrían puertas se tiraban abajo de manera irregular, ya fuera con entradas clandestinas sin papeles, como polizones, numerosísimos, o estableciendo cadenas migratorias que facilitaban la radicación a través del parentesco y la reunión familiar, enrolados en los mismos trabajos manuales o pequeños negocios comerciales de escala muy básica. Como ocurre hoy con las nuevas diásporas, no todos eran exiliados económicos, sino también refugiados políticos o incluso militares, huyendo de reclutamientos y guerras. Casi todos varones jóvenes en un primer momento, y no todos honrados padres de familia o hijos ejemplares; también pícaros, buscavidas y escapistas. Pero esto no va de poner adjetivos, sino de entender que la gente se marcha de su país para mejorar, da igual en qué siglo o continente de salida y entrada suceda.
“Éramos como los venezolanos que ahora nadie quiere aquí”, me dijo en Panamá un oriundo de Ourense. Él llegó como ambulante, cuando los gallegos en América se apretujaban para dormir turnándose los colchones, el sistema de camas calientes —quizás les suene— en viviendas colectivas: “conventillos” en Argentina, “repúblicas” en Brasil, “vecindades” en México, tenements en Estados Unidos, por cierto todos ellos países llamados a sí mismos con orgullo “naciones inmigrantes”.
En Nueva Jersey se instaló una última oleada, consecuencia de la crisis pesquera tras la entrada de España en la CEE. Como tantos ahora, ingresaban en el país en avión sin visado y ya no salían. Otros, más avezados, se enrolaban en un buque mercante en Galicia y al llegar a la orilla americana se quedaban para siempre. “Saltaban el barco”, así lo llaman sus descendientes, ellos ya sí regularizados antes de las arremetidas del ICE de Trump.
A los que repiten el mantra de que los extranjeros no se integran se les podría llevar a visitar a nuestros migrantes, que a duras penas aprendieron inglés. A quienes dicen que los recién llegados se encierran en sus culturas y forman guetos se les puede recordar que los gallegos eran conocidos por invadir calles y plazas para sus xuntanzas y romerías. También lo eran por sus centros gallegos, que les daban respaldo asistencial y un lugar para el ocio al margen de la sociedad. En algunos países latinoamericanos se siguen casando entre coterráneos y mantienen la zeta en el habla como símbolo de estatus. En otros, todavía en este siglo, se hacía la matanza del cerdo en pueblos y ciudades. Y en toda América se siguen escuchando la lengua gallega y las gaitas. No solo es folclore e identidad; también se mantienen los negocios cerrados dentro de la colectividad y se celebran como una marca distintiva.
Ahora cambiemos la gallega por cualquiera de las nuevas diásporas. Podría repasarse punto por punto y el relato sería semejante, y hay algo que sería idéntico. El látigo de los tópicos étnicos y de clase, reduccionistas e hirientes, que fueron arrastrando los gallegos en todos esos países, chistes incluidos, se aplica ahora a las nuevas colectividades inmigrantes. Esa herida compartida añade grados a la empatía y funciona como antídoto contra la xenofobia: hasta la fecha, Galicia es la única comunidad donde la extrema derecha carece de representación, pues no ostenta ni un solo cargo público, ni siquiera a nivel municipal.
Quizás porque los gallegos saben que ir contra las migraciones es como ir contra la lluvia: una pérdida de tiempo. Y porque cualquier día el mapa se da la vuelta otra vez y ellos serán los primeros en saber cómo abrir la misma puerta que algunos quieren poner al campo. Otro imposible.
Arturo Lezcano es autor de El país invisible. La epopeya atlántica de la diáspora gallega (Libros del KO).
A veces, en mitad de una conversación trivial o mientras espero a que cambie el semáforo, algo se desajusta de pronto
De pequeño, se me salía con frecuencia la cadena de la bicicleta, de modo que adquirí cierta maña para obligarla a regresar a su sitio. Bastaba un pequeño salto, un cambio de ritmo en el pedaleo, una distracción mínima, y la cadena se desprendía de los dientes del plato con un chasquido seco que interrumpía su marcha. Yo me bajaba, le daba la vuelta y, manchándome las manos de grasa, volvía a poner las cosas en su lugar. Había algo tranquilizador en ese gesto: la certeza de que el mecanismo, aunque traicionero, obedecía a unas leyes. Si encontrabas el punto exacto, si tensabas lo suficiente, todo volvía a encajar. La bicicleta recuperaba su sintaxis y yo podía continuar el trayecto (o la frase) como si nada hubiera ocurrido.
Con los años, también a mí se me sale la cadena. No hay un chasquido audible, pero sí una especie de desplazamiento interior, una pérdida de engranaje con la realidad. Ocurre en momentos inesperados, a veces en mitad de una conversación trivial o mientras espero a que cambie el semáforo. De pronto, algo se desajusta: las palabras de los otros suenan huecas, los gestos se vuelven mecánicos, y yo experimento la sensación de haberme salido del carril común. Como si la relación con el mundo, que damos por hecha, se hubiera roto.
No sé cómo devolverme a mi sitio. Quizá, se me ocurre a veces, no tengo sitio. Me mancharía con gusto las manos si ese fuera el precio. Pero no hay un plato ni un piñón donde recolocar lo desacoplado. Permanezco entonces en una situación de atonía, observando desde fuera una realidad que continúa sin mí, perfectamente engrasada, indiferente a mi avería. Por lo general, el engranaje se recompone solo. Una frase, un golpe de luz, o un recuerdo cualquiera actúan como ese pequeño empujón que devolvía la cadena a su lugar. Entonces, las palabras recuperan su peso, los semáforos su utilidad, y yo, más o menos, mi papel en el conjunto. Pero no logro pillarle el truco.
¡Feliz día de la Comunidad de Madrid! Un enclave idóneo para asentarse. Una de las regiones de Europa más prósperas, ajena a la escisión norte-sur entre ricos y pobres, ni en la región ni en la capital. Así, la sierra verde del norte y la campiña seca del sur tienen el mismo PIB, y las célebres divisiones de Salamanca y Lavapiés resultan intercambiables, resultado de no tener que habitar el madrileño la pobreza ni entornos discriminados. Madrid, donde no existe ninguna laxitud política ante el posible abuso de las fuerzas de seguridad que persiguen a manteros e inmigrantes sin papeles como si fueran la causa y no el resultado de un sistema corrupto.
Es, también, una comunidad unida a la capital del reino: la gran ciudad que te acoge con los brazos abiertos. Quizás porque el precio del alquiler es razonable y se puede vivir cerca del trabajo, así como dentro de la M30, en su corazón cultural y espiritual. No encontrarás pisos a precios desorbitados, sin apenas ventilación y en zonas no habitables: garajes, porterías y trasteros. Quien vive en Madrid y se deja el sueldo en el alquiler es porque quiere. Y esto se debe al esfuerzo de sus políticos: nacionales, regionales y locales.
Pero la excelencia de una comunidad no solo la otorga un inmueble digno. En Madrid, si enfermas, las listas de espera son casi inexistentes. La sanidad pública no está amenazada por la privada –tampoco la universidad–. Si, además, sobreviniera una nueva pandemia, las instituciones no te dejarían morir en casa. Las cifras dibujadas en las camisetas por los trabajadores de las residencias serían un valor cercano al cero. Y las mascarillas tendrían el precio intervenido gracias a los pactos de sus políticos.
¡Qué honor poder decirse uno de Madrid! Una tierra permeable a otros regímenes democráticos que ha concedido medallas a Milei y a Donald Trump por ser “el principal faro del mundo libre”. Muy porosa culturalmente. ¡Si hasta tiene su propia falla en Madrid Río! Un espectáculo que agrada sobre todo a la fauna del río.
No tiene playa ni montaña, pero no le hace falta. Siempre se puede fabricar una. A tal efecto, se renombraría si fuera necesario la estación más importante de la capital como Vodafone Sol y se rotularía para Año Nuevo la Puerta del Sol con las letras de una serie de Netflix. Estas usurpaciones identitarias se compensarían con el esfuerzo político para que resistan los negocios de barrio de toda la vida. Porque esta ciudad no es una bella carcasa de tripas parasitadas por multinacionales y fondos buitre. Madrid ha sido la primera región occidental en prohibir los alquileres turísticos y en reducir a dos el número de inmuebles permitidos por persona. Ha sentado jurisprudencia al respecto. No ejecuta orden sin contemplar al pueblo. La identificación con el ciudadano es clave. Por eso, aquí es gratis hasta orinar en las estaciones. La sola idea de que el baño de Atocha fuera de pago es ridícula.
Pero lo mejor de Madrid es que sus dirigentes nunca se vanagloriarían de una gestión impoluta ni señalarían Madrid como un paraíso. Son conscientes de que están lejísimos de asegurar a sus habitantes unos derechos básicos como vivienda digna, educación y sanidad públicas de primer orden. Y eso los hace grandes.
Ahora, a ver quién es el espabilado que se marca un Trueba y desea que no celebremos hoy el Dos de Mayo. ¡Longue vie à la Communauté de Madrid!
La crítica a la llamada leyenda negra española ha derivado con frecuencia en su reverso acrítico: una leyenda rosa igualmente falsificadora del pasado. Desde el romanticismo hasta la historiografía moderna, la idealización de la Edad Media ha alimentado mitos nacionales que presentan la historia como un relato continuo de identidad, fe y destino colectivo. En el caso español, la cronología misma del período —de 711 a 1492— revela una lectura orientada por la idea de la lucha contra el islam como origen de la nación. Esta narrativa, promovida especialmente durante el franquismo, y también en democracia, por instituciones, manuales escolares y discursos públicos, no es inocente: cumple funciones de legitimación política y genera vínculos emocionales que refuerzan la idea de un nosotros que se enfrente a ellos. Este libro ofrece herramientas para reconocer cómo el pasado se selecciona, se edulcora y se tergiversa para justificar identidades e inadmisibles exclusiones en el presente.
Alejandro García Sanjuán es catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Huelva. Su principal campo de investigación es el medievo peninsular, con especial atención a al-Andalus.
Santiago Abascal, ante la estatua de Don Pelayo en Covadonga
Desmontar mitos históricos manipulados no supone atentar contra la nación o nacionalidades de la patria común, al contrario, es una obligación cívica
“Aún circula por nuestras venas la sangre de Pelayo”. Tan rotundo aserto aparecía en un artículo de El Día. Gaceta política independiente, el 6 de noviembre de 1859. La cita la retoma el ensayo Desmitificando la Edad Media peninsular. Cómo y por qué se ha construido una historia que no existió (Libros de la Catarata, 2026), escrito por Alejandro García Sanjuán, catedrático de Historia medieval en la Universidad de Huelva. Autor de importantes estudios sobre tergiversación histórica (La conquista islámica de la península ibérica y la tergiversación del pasado, Marcial Pons, 2019), es además editor, junto con investigadores del CSIC y de otras universidades, de la revista de divulgación Al-Ándalus y la historia (https://www.alandalusylahistoria.com/).
Una creencia (errónea) propia de la cultura histórica europea es pensar que en la Edad Media se encuentra el origen de cualquiera de sus naciones. Se imagina una continuidad (artificial) entre Francia y Carlomagno, Inglaterra y la Carta Magna, Italia y las ciudades renacentistas, o entre Suiza y Guillermo Tell. Los héroes medievales encarnarían a todo un pueblo, Robin Hood, Juana de Arco, Pelayo o el Cid. Estas ideas son mitos que componen los grandes relatos históricos que proporcionaban sentido de pertenencia a los habitantes de los países europeos y una misión histórica con la que asentar identidades nacionales sobre comunidades que carecían de ellas. Sociólogos y politólogos les denominan “mito-motor” (mythomoteur) y se desarrollaron a lo largo del siglo XIX, período de expansión de los Estados-nación. Y España no ha sido una excepción. Al llegar el siglo XX estos mitos medievales estaban ya tan arraigados, penetrando en la psique del europeo o del español común (como los cuentos de hadas que estudió el psicólogo Bruno Bettelheim), que resulta muy laborioso desmontarlos racionalmente.
Los historiadores de oficio analizan la Edad Media con métodos propios de una ciencia social con los que elaboran un conocimiento fundamentado del pasado. Probado está que las comunidades medievales no eran uniformes, sino complejas y carentes del sentimiento de nación. Pero este conocimiento cae a veces como un jarro de agua fría sobre quien prefiere recrearse placenteramente en las leyendas épicas medievalizantes de ciertas novelas históricas o de las series de turno. Los historiadores, si hacen bien su trabajo, son considerados, a veces, unos molestos aguafiestas. Y es que, para cierto tipo de lector, el ensayo de García Sanjuán puede resultar un libro incomprensible. En plena orgía de revivals neomedievales, cuando el Cid aparece hasta en los uniformes de la policía local, desmontar estos mitos tiende a generar sentimientos de rechazo. “¿Por qué se empeñan los historiadores en cogerle tirria al pobre Cid?”, pensarán. La respuesta pasa por comprender que las figuras históricas como el Cid no deben nunca confundirse con sus correspondientes mitos, y que los mitos, al sostenerse en emociones, se prestan a manipulaciones que pueden volverse muy dañinas. Explicar esto es la finalidad de este ensayo que pretende aportar las herramientas para esa comprensión.
Escribía Eric Hobsbawm, uno de los historiadores europeos más lúcidos, en un ensayo de 1994 recogido en Sobre la historia que “la deconstrucción de mitos políticos o sociales disfrazados de historia forma parte desde hace tiempo de las obligaciones profesionales del historiador, con independencia de sus simpatías”. El ensayo Desmitificando la Edad Media peninsular se ciñe a ese programa, centrándose en los historiadores que se dedicaron (o se dedican) a hacer pasar por Historia lo que no era más que un conjunto de mitos sobre España o sus territorios. Porque, como ha escrito Tommaso de Carpegna: “Los verdaderos mitógrafos han sido los historiadores y arqueólogos” (El presente medieval. Bárbaros y cruzados en la política actual, Icaria, 2015).
El libro hace un viaje cronológico por la formación de los dos mitos que conforman lo que el autor denomina “el combo mitológico” del nacionalismo español sobre el medievo peninsular: la Reconquista, forjadora de una España luchadora contra el islam y salvadora de Europa, y el “mito antisemita e islamófobo de la España musulmana”, que diseñó un al-Ándalus paradójicamente desislamizado y despojado de sus componentes arabobereberes. Estos dos mitos se han retroalimentado, siendo el de la Reconquista el más persistente. Con una escritura clara y contundente desgrana en breves capítulos las piezas de ese doble combo mitológico (héroes, tópicos, reutilizaciones…), desde los antecedentes pre-nacionales anteriores al siglo XVIII hasta la actualidad, poniendo el foco en los historiadores y las obras que idearon y alimentaron todo ese entramado.
Historiadores liberales y republicanos, historiadores franquistas y también democráticos se vieron arrastrados por la seducción del mito. Perfiles ideológicos diversos, como los de Menéndez Pidal, Sánchez Albornoz o Luis Suárez Fernández y otros medievalistas de la escuela de este último, que fue mandarín de la universidad durante el franquismo y postfranquismo, terminaron así coincidiendo en lo esencial. Esa transversalidad contribuyó a la asimilación y perdurabilidad de estos mitos, idea clave del libro que explica por qué han llegado hasta hoy. La visión que se nos ofrece no es partidista: no se enfrenta una crítica progresista a un relato reaccionario, no, puesto que la izquierda también alimenta esos mitos cuando idealiza a al-Ándalus con una historia inventada, tal como nos recuerda el autor. Los mismos mitos identitarios han servido al españolismo y a los nacionalismos periféricos, incluso a la propia tradición árabe e islámica.
Desmontar mitos históricos manipulados no supone atentar contra la nación o nacionalidades de la patria común, al contrario, es una obligación cívica. El libro termina con un capítulo sobre mitificación y discursos del odio, muy oportuno en un momento en el que se apela a la Reconquista para incitar a la violencia, como ocurrió en Torre Pacheco el verano pasado. Las reflexiones finales de García Sanjuán apelan a la responsabilidad del historiador medievalista que debe ser consciente de la trascendencia de profundizar en la deconstrucción de los mitos identitarios, pues, enseñar una falsa historia medieval a la ciudadanía puede llegar a engendrar violencia. Y es que, como el propio Hobsbawm advertía “la historia mala no es historia inofensiva. Es peligrosa. Las frases que se escriben en teclados aparentemente inocuos pueden ser sentencias de muerte”.