miércoles, 15 de julio de 2026

"PATRIOTISMO". Jordi Nieva Fenoll, elDiario.es

El nacionalismo no es más que una ultraidentificación de la propia cultura, que se considera diferente o incluso superior al resto por razones absurdas e inconcretas, por lo general. Si se exacerba, se llega al crimen del racismo

Siempre me ha molestado profundamente que se utilice el deporte para hacer exhibiciones o proclamas patrióticas. Hay quien dice que es mejor que esa exaltación nacionalista se haga en los terrenos de juego y no en el campo de batalla, y también es verdad que, en el panorama ultranacionalista internacional que rige desde hace mucho tiempo, algunos pueblos sin Estado solo pueden expresarse a través de ocasiones incidentales, como el deporte precisamente. Sin embargo, creo que hubiera sido bastante mejor anular la pulsión nacional y no exhibirla en ninguna parte, sustituyéndola por el amor a la cultura, en general. Puede parecer naif este pensamiento. Intentaré explicarlo a continuación.

El nacionalismo no es más que una ultraidentificación de la propia cultura, que se considera diferente o incluso superior al resto por razones absurdas e inconcretas, por lo general. Si se exacerba, se llega al crimen del racismo. Este último ni siquiera se distingue de las peleas entre grupos colindantes de chimpancés, cuyo único pretexto es siempre la protección del propio grupo frente al vecino. Se trata, en definitiva, de un instinto de autoprotección colectivo, considerando que si desaparece el grupo, uno mismo también está en peligro de perecer. Con esa base, se invaden territorios, o se defiende la propia tierra a muerte, y se protegen a veces hasta límites irracionales las propias expresiones culturales o costumbristas, creyendo que, si desaparecen, el grupo también será eliminado.

De ahí que inquiete la presencia de otras culturas en el medio que se considera propio, como le sucede actualmente a demasiadas personas con los inmigrantes. En ocasiones, se produce la misma reacción dentro del propio grupo, cuando algunos quieren distanciarse por preferir una nueva religión, o un cambio político no deseado por el resto, o simplemente nuevas costumbres que alteran las tradiciones respetadas por la mayoría, lo que hace que se individualice a ese grupúsculo de prácticamente la misma genética, y algunos piensen hasta en extirparlo, nuevamente, por el horror a los cambios y al nacimiento de diferencias. En realidad, claro está, las diferencias pueden hacer nacer nuevos grupos, acabando con el original, y ningún grupo desea perder huestes, sobre todo en previsión de ataques de grupos vecinos, para cuya defensa se necesita, por supuesto tropa, como bien sabe cualquier país en guerra. Nuevamente, también les sucede a los chimpancés, como han demostrado los primatólogos. De ahí, de hecho, las ideas ultraconservadoras de la vida de algunas religiones con respecto al aborto o a la eutanasia, y sorprendentemente más liberales con la pena de muerte; no se desea que el ejército pierda soldados, pero sí se desea acabar con los discrepantes.

Todo ello es esencialmente absurdo, si se considera despacio y en simples términos de supervivencia y consecución de la felicidad, que solo es posible gozando de una libertad que no permite el yugo costumbrista de estas agrupaciones de individuos. Sin embargo, hay algo que sí es positivo de todo lo indicado, sobre todo en términos de diversidad en todos los sentidos, que siempre produce mayores oportunidades de supervivencia. Un grupo de sujetos que siempre hace exactamente lo mismo, perecerá si cambian las circunstancias. En cambio, un colectivo propenso a los cambios, sabrá reaccionar a cualquier novedad y sobreponerse cuando dichas novedades se conviertan en adversidades. Además, esa propensión favorecerá la identificación de dichas novedades como oportunidades, lo que hará crecer intelectualmente al colectivo, cosa que, obviamente, también le otorgará mayores oportunidades de supervivencia.

Esa es justamente la razón por la que el amor a la cultura se convierte en una eficaz herramienta de bienestar. Si se respetan y promueven las lenguas propias de todos los individuos de un territorio, sin imponer por la fuerza un idioma común, se conservan diversos modos de expresar la realidad, lo que también hace nacer nuevas ideas. Lo sabe cualquier políglota que, además de recordar palabras en diversos idiomas, es capaz de profundizar en sus raíces etimológicas y comprende que detrás de cada modo de expresarse, existen diversas maneras de ver el mundo que ayudan a entenderlo cada vez mejor. Lo mismo sucede con las ideologías políticas, los hábitos morales o las simples costumbres alimenticias o de higiene. Mejoramos cuando incorporamos platos sabrosos de otras culturas, o adoptamos medidas de control de la suciedad, o del calor, o del frío, o probamos otras formas de vestirnos, o incluso de dirigirnos a los demás. Todo ello amplía el acervo cultural general, de manera que cada vez es menos posible que las diferencias culturales sean contempladas como abismos que nos separan, transformándose en fuentes de curiosidad que nos llevan a acercarnos e integrarnos sin dejar de sentirnos nosotros mismos.

Algo así debería ocurrir algún día con los Estados. Son, en su origen, muy claramente, territorios que se consiguió controlar militarmente en una época pasada, y poco más. El cierre de fronteras ha hecho que sus integrantes se parezcan cada vez más entre sí y se diferencien de sus antiguos vecinos, otrora tan parecidos a ellos. En realidad, en ocasiones no son más que una fuente de empobrecimiento cultural general, pretendiendo a veces ser, en realidad, lo contrario.

Por ello, si bien en el pasado, sobre todo desde la paz de Westfalia del siglo XVII, aprendimos -mal que bien- a respetar las fronteras para prevenir conflictos, puede que la próxima “paz” que llegue en el futuro consista en la toma de consciencia de lo absurdo de las diferencias nacionales, reconociendo a los grupos humanos vecinos como personas de las que aprender y con las que convivir. Mutuamente, por supuesto. De ese modo, será más posible que nadie quiera imponerse culturalmente sobre otro, ni que sigamos tolerando auténticos crímenes de lesa humanidad cuando ridiculizamos formas de vestir, idiomas, religiones, gastronomía o cualquier expresión de las costumbres de cualquier colectivo humano.

Puede que en el futuro seamos capaces de liberarnos de la esclavitud de todas esas expresiones culturales, viendo precisamente en la cultura solamente lo que es: una oportunidad de constante aprendizaje permanente abierta a nuevas experiencias observadas desde el más estricto respeto a la libertad. Tal vez de esa forma logremos disfrutar del deporte como juego, y no como victoria. Quizás de ese modo aprenderemos a perder el orgullo de la pertenencia al propio pueblo en beneficio de la identificación como ser humano. Ojalá que, de ese modo, sepamos ya, por fin, que solamente somos una agrupación de sustancias omnipresentes en un mismo universo que tuvieron la suerte de crear unidades de autoconsciencia que nos dan la oportunidad de disfrutar. De ser felices. Y de vivir pensando permanentemente en hacer felices a los demás como el mejor camino para obtener la propia felicidad.

martes, 14 de julio de 2026

"EL TONTO Y EL IDIOTA". Luis García Montero, infoLibre.es

Luis García Montero

El neoliberalismo ha desplazado poco a poco las ilusiones colectivas en favor de un individualismo radical

La cultura no se reduce a destacar los sentidos del arte y la literatura, lo que ocurre en las paredes de un museo, los escenarios, las pantallas y las páginas de un libro. Necesita también analizar las dinámicas del mundo que habitamos. Tomar conciencia de nuestros sentimientos y nuestras razones es inseparable de la apuesta por la dignidad humana que sostiene desde la ilustración nuestros valores democráticos. El fenómeno de la transformación tecnológica y las redes sociales ha supuesto una nueva oportunidad para el feudalismo, ya que las supersticiones se mueven por nuestras vidas en forma de bulos y de pseudoperiodismo. El pensamiento democrático tiene motivos serios para estar preocupado. Y es una trampa que el uso masivo y popular de internet sea convertido en argumento contra el pretendido paternalismo de los intelectuales de siempre, dispuestos a distanciarse de las costumbres generalizadas para dar lecciones de alta cultura. La conciencia crítica frente a las nuevas formas de dominio ideológico no supone ninguna forma de paternalismo, sino una responsabilidad intelectual en defensa de la convivencia democrática.

Jordi Gracia acaba de publicar el panfleto La izquierda ante el tecnofascismo (Anagrama), decidido a denunciar la situación de unas sociedades en las que el poder económico y los medios controlados de información quieren disponer de las directrices políticas en beneficio de los oligarcas. Asume el tono del panfleto para destacar el compromiso urgente del pensamiento crítico en esta situación. La izquierda democrática no sólo debe superar las críticas de paternalismo, sino que tiene que aprender a legitimar modelos serios de regulación y control para defender el estado del bienestar. Y, además, debe ser consciente de lo que ahora se esconde en las viejas banderas de la rebeldía y la libertad. La libertad es hoy ley del más fuerte y las banderas de su rebeldía son un peligro para la paz, el medio ambiente, la igualdad y la fraternidad.

Como Jordi Gracia alude en sus argumentos a los posibles esclavos involuntarios del sistema y a los nuevos rebeldes de la contrarreforma, la lectura de su libro me ha recordado una distinción en la que he pensado mucho cada vez que necesito discutir sobre las redes sociales, los tecnooligarcas y las nuevas formas de comunicación. No es lo mismo un tonto que un idiota. Según el diccionario de la RAE, tonta es la persona falta de razón y de entendimiento. La palabra idiota añade un matiz decisivo en nuestro tiempo: engreído sin fundamento.

El éxito manipulador de las redes del pensamiento reaccionario puede explicarse por la manipulación de esclavos involuntarios que son engañados hasta conseguir que una población vote en contra de sus propios intereses. El pobre que necesita la sanidad pública vota en favor del oligarca que acaba con la sanidad pública para favorecer el negocio de la medicina privada. Ese es un dato llamativo, pero la tontería no basta para explicar la profundidad de las estrategias de un sistema enemigo que nos conoce bien. Hay una apuesta cultural más profunda.

El neoliberalismo ha desplazado poco a poco las ilusiones colectivas en favor de un individualismo radical. Soy dueño de mis triunfos y responsable de mis fracasos, así que me sobran la política y las vigilancias de un Estado social. En esta lógica, los oligarcas no piensan sólo en tontos a los que manipular, sino en idiotas engreídos que se conviertan en activistas de una contrarreforma y olviden en nombre de su hedonismo consumista el conocimiento, la meditación y el estudio, animados por el populismo y la rabia de los insultos. Los engreídos llegan a creerse dueños de sus idioteces y las consumen con avaricia. Basta con pasearse un momento por las redes para ver hasta qué punto están habitadas, más que por tontos que son engañados, por idiotas engreídos que se creen en posesión rabiosa de su verdad.

Y cuando las redes se presentan como nuevas formas de agrupación dicen una verdad sesgada. No es que acaben con el individualismo en sus nuevas formas de comunicación, es que convierten los rencores individuales en el argumento prioritario de cualquier reunión. De ahí el éxito populista de los movimientos reaccionarios que se agrupan en nombre de los rencores personales y no en favor de las ilusiones colectivas.

No soy intelectual paternalista, sino un ciudadano preocupado por el mundo que habita. Por eso aconsejo la lectura de este ensayo de Jordi Gracia: La izquierda ante el tecnofascismo. Que los tontos y los idiotas sigan sin perdonarme. Ya estoy acostumbrado a sus insultos.

lunes, 13 de julio de 2026

"UN PARIENTE LEJANO". Juan José Millás, El País

Si usted tuviera que empujar una bola de estiércol 10 veces más grande que su organismo a través de un terreno repleto de obstáculos, ¿no viviría en un estado de inquietud permanente?

Compartimos este desasosegante rincón del universo con gente muy extraña. Claro que, para apreciar las diferencias, conviene primero reconocer las semejanzas. Este escarabajo pelotero, por ejemplo, se parece a nosotros en la simetría bilateral. Significa que está hecho de dos mitades iguales pegadas entre sí. Tiene además un tubo digestivo que atraviesa, como el nuestro, sus posesiones corporales. Dispone por tanto de una boca por la que introduce la materia procedente del exterior y de un culo por el que devuelve al mundo aquello que le sobra. Nosotros hemos construido civilizaciones enteras alrededor de esos dos agujeros. Hay infinidad de restaurantes con estrellas Michelin, así como una red universal de miles de millones de kilómetros de alcantarillado por la que circulan las digestiones de esas mismas estrellas. Hay poesía amorosa dedicada a los besos y hay papel higiénico de tres capas. El escarabajo posee asimismo un sistema nervioso encargado de interpretar las noticias que le llegan del entorno. ¿Sufre ansiedad? Quizá. Si usted tuviera que empujar una bola de estiércol 10 veces más grande que su organismo a través de un terreno repleto de obstáculos, ¿no viviría en un estado de inquietud permanente?

Si observamos las cosas desde cierta altura, firmar una hipoteca de 40 años con la mierda de los intereses, y disponiendo solo de cuatro extremidades (el bicho tiene seis), es de locos. Así que cuanto más me fijo en el insecto, más se parece a mí. Uno de esos parientes lejanos, en fin, con los que te encuentras de ciento a viento porque andamos todos de cabeza.

domingo, 12 de julio de 2026

"SENTIRSE VIVA". Manuel Jabois, El País

La chica quería morir, llevaba tiempo intentándolo, unas cuantas horas

En agosto de 2016, Maider, una mujer vasca de 27 años, estaba en la estación de un pequeño pueblo de Dinamarca esperando la llegada del tren junto a una docena de personas. Entonces, vio bajar las escaleras a una chica de unos 20 años, guapísima, muy alta, “un pibonazo de tía”. Llevaba la cabeza agachada y se movía de manera errática, pero nadie lo percibió salvo Maider. Le llamó la atención la belleza y luego la manera que tenía la chica de desprenderse de ella, a cada paso zombi, como si se desnudase. Llevaba la mirada clavada en el suelo, la melena a los lados. Maider advirtió que llevaba los brazos llenos de sangre. Echó a correr y, cuando la chica estaba a punto de saltar a las vías del tren, la agarró de la camiseta y la tiró al suelo con violencia. La chica quería morir, llevaba tiempo intentándolo, unas cuantas horas, y Maider cree que no la disuadió. “Ese día sí, pero seguramente esté muerta ya, no quedaba gota de vida en ella”, me dice Maider. En su relato, sin embargo, no hay timbre de orgullo. Había empezado así: “¿Te conté que una vez salvé una vida?”. Y siguió: “Pero no lo hice por la chica. Lo hice porque no quería ver la carnicería. Luego me sentí un poco mal por eso, pero tampoco debo, ¿no?”. Le dije que cada vez estaba menos seguro de la importancia que le damos a la motivación de nuestras acciones, siempre que sean buenas. Que te importe la vida de una chica suicida que aparece de la nada en la estación de un pequeño pueblo danés puede ser fácil o difícil. Que quieras ahorrarte la visión de un suicidio, y sus correspondientes consecuencias, es natural. A Maider le sorprendió que el resto de pasajeros se subió al tren como si nada. Quizá la chica hacía eso todos los día a la misma hora, le digo. Quizá la única manera de sentirse viva es saber que una mano, aunque sea de tan lejos, siempre la tirará al suelo.

sábado, 11 de julio de 2026

"PRIMUN NON NOCERE". José Manuel López, publico.es

Presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso

En España se producen anualmente cerca de 60.000 abortos espontáneos, que es casi el 20% de los embarazos, es decir, uno de cada cinco no llega a término. Detrás de este dato epidemiológico hay una experiencia personal difícil. Si estás entre el grupo de personas que lo ha pasado, no te tengo que contar nada. Si no, te diré que es muy mala experiencia, que duele mucho que se trunque un proyecto familiar, que, si eres mujer, además de lo afectivo te va a doler en lo físico. Que no se pasa bien. que se tarda uno en recuperar. Y este dolor es cuando se ha malogrado un feto ¿cómo sería si además tuviera nombre? ¿Si la administración le hubiera inscrito en un registro? ¿Si te hubieran obligado a dar previamente pasos que ahora sólo das cuando tu hija o hijo ya ha nacido? Pues que el dolor sería mucho más grande; que tendrías que hacer los trámites de una defunción ¿tal vez un entierro? ¿Qué sentido tiene esto?

Estas preguntas las tendrán que contestar 60.000 familias anualmente con la ley del concebido no nacido que nos está proponiendo el PP. Sigo con las preguntas ¿en qué piensas cuando planteas una política así? ¿En la gente? ¿Miras los datos? Primum non nocere -lo primero es no hacer daño- es uno de los principios fundamentales de la ética médica. Se trata de evitar causar daño a los pacientes en la atención médica. A veces es mejor no hacer, porque hacer puede hacer más daño. Si no puedes evitar el dolor, al menos no lo amplifiques, mitígalo.

No, no parece que el PP esté pensando en lo que te puede pasar a ti o a tus cercanos. Porque si piensas en lo real, en lo cotidiano, en lo que de verdad importa, no se te ocurre hacer una propuesta así. Trabajo en el Ministerio de Sanidad y sé que las políticas que previenen el dolor, la prevención en general, no son electoralmente rentables. El trabajo contra la obesidad infantil o el tabaquismo, el acceso a gafas y lentillas para los menores o los cribados neonatales no se inauguran. No hay cintas que cortar, pero mejoran mucho tu vida hoy y en el futuro.

Parece más bien una propuesta ideologizada muy separada de lo vital. Una idea de esas que agitan el avispero y se cuelan un par de días en las tertulias televisivas. Seguramente da que hablar en algún desayuno o una cena con amistades. Es ese tipo de mensaje que consigue despegarse de tu experiencia vital y te mete en un plano teórico sobre el que opinar. Vuelvo a preguntar ¿estás entre los que han sufrido la experiencia? ¿Conoces a alguien que esté? Acuérdate cuando toque hablar del tema y ponte en su piel.

Una última pregunta ¿en qué piensa el señor Feijóo cuando quiere elevar a nivel estatal el sinsentido que propone la señora Ayuso para Madrid? Creo que en nada, no tiene un proyecto para el país y no tiene proyecto para su partido. Una vez más ha cogido el camino que le ha mostrado la Comunidad de Madrid, que no sabe dónde le lleva, ni dónde nos quiere llevar. Para esto, mejor no hacer nada.

Lo dicho primum non nocere.

viernes, 10 de julio de 2026

"¿QUIÉN HABLA CUANDO HABLA UN OBISPO?". Imanol Zubero, Noticias Obreras 10 julio 2026

Fue mi ama la primera que me informó ayer de las declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal. Tiene 93 años, es una mujer creyente, católica de toda la vida. Ha conocido varios papas, la posguerra nacionalcatólica, el Concilio Vaticano II, la Transición democrática y los profundos cambios vividos por la Iglesia y por la sociedad vasca y española. No me lo contó para comentar una noticia de la actualidad política, como tantas otras veces (siempre ha sido una persona comprometida y preocupada por la política, y sigue siéndolo), sino porque se sentía escandalizada por lo que había escuchado. Al escucharla pensé que, cuando una mujer que ha vivido casi un siglo dentro de la Iglesia, que ha procurado vivir el Evangelio con sencillez y fidelidad, experimenta escándalo al escuchar al presidente de la Conferencia Episcopal, el problema no resida únicamente en la dureza de unas palabras o en su mayor o menor fundamento, sino en la relación entre la autoridad eclesial y el modo de ejercerla.

Escribo estas líneas como creyente. No desde la distancia, ni desde el resentimiento, ni desde la hostilidad hacia la Iglesia. Precisamente porque me siento parte de ella creo que también tengo la responsabilidad de expresar una preocupación que pueden compartir muchas personas católicas.

Hay una frase que he utilizado en diversas ocasiones, incluso en alguna conversación con relevantes figuras del Episcopado español: todas y todos tenemos pájaros en la cabeza, la diferencia es que, en demasiadas ocasiones, los obispos creen que son el Espíritu Santo.

Todas y todos interpretamos la realidad desde una determinada biografía, una tradición cultural, unas opciones políticas, unos intereses, unos miedos, unos prejuicios y unas ignorancias. Nadie habla desde un lugar completamente puro o neutral. Tampoco las personas creyentes, ni las consagradas. La fe no elimina nuestra condición humana; debería hacernos más conscientes de ella. Reflexionar sobre nuestro lugar de enunciación es imprescindible. Por eso me inquietan especialmente determinadas intervenciones públicas de algunos obispos. No porque entren en cuestiones políticas: sería absurdo pretender que la Iglesia no tuviera nada que decir sobre la vida pública, la doctrina social de la Iglesia afirma precisamente lo contrario. El seguimiento de Jesús tiene consecuencias sociales y políticas ineludibles, y es por ello que la defensa de la dignidad humana, la justicia, la paz, los pobres o la creación exige tomar la palabra. ¡Acabamos de tener a un Papa hablando en el Congreso!

El problema no es que los obispos hablen de política. El problema es cómo hablan y, sobre todo, desde dónde hablan. Cuando el presidente de la Conferencia Episcopal afirma que “cuando un Estado olvida la ética se convierte en una banda de ladrones, y a las pruebas me remito”, no está hablando simplemente como un ciudadano, un intelectual o un comentarista político. Habla revestido de un ministerio que representa institucionalmente a la Iglesia católica y esa circunstancia exige una responsabilidad extraordinaria. Porque el ministerio episcopal no concede un privilegio epistemológico. La ordenación sacramental no convierte a nadie en un mejor economista, sociólogo, jurista o analista político. Un obispo continúa siendo un hombre de su tiempo, con una determinada sensibilidad cultural, unas lecturas, una historia personal, unos afectos, unos intereses y unos sesgos. La gracia del ministerio no elimina esa condición, al contrario, debería hacer todavía más consciente a quien lo ejerce de la necesidad permanente de discernir críticamente su propia mirada.

La tradición cristiana conoce muy bien este problema. Si existe el discernimiento es precisamente porque no toda convicción procede del Espíritu. También nuestras ideologías, nuestros prejuicios, nuestros miedos o nuestras preferencias pueden revestirse, incluso para nosotros mismos, de apariencia de evidencia moral. Nadie está inmunizado frente a esa confusión. Antes de hablar en nombre de la Iglesia, un obispo debería preguntarse cuánto hay en su análisis de Evangelio y cuánto de ideología, cuánto de escucha y cuánto de reacción, cuánto de tradición eclesial y cuánto de clima cultural, cuánto de esperanza y cuánto de miedo. Esa depuración constituye una parte esencial del propio ministerio.

Por eso resulta especialmente problemática la apelación a san Agustín. Su afirmación Remota itaque iustitia, quid sunt regna nisi magna latrocinia? (“Suprimida, pues, la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes latrocinios?”) no fue formulada para descalificar a un gobierno concreto ni para alimentar la confrontación política de su tiempo. Agustín estaba desarrollando una reflexión de enorme profundidad sobre la legitimidad del poder: todo poder, cualquiera que sea su signo, pierde su fundamento cuando se separa de la justicia. Su crítica es universal, se dirige a todos los poderes, no solo a aquellos con los que uno discrepa. Convertir esa intuición teológica en una insinuación sobre un gobierno determinado supone manipular maliciosamente su alcance. San Agustín deja de interpelar críticamente a cualquier forma de dominación para convertirse en un argumento de autoridad al servicio de una posición política concreta.

Y eso debería preocupar especialmente a quienes tienen la responsabilidad de custodiar la tradición de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en uno de sus textos más luminosos, recuerda que las cuestiones temporales admiten con frecuencia diversas respuestas compatibles con la fidelidad al Evangelio. Gaudium et spes afirma: “Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera”. Y añade una advertencia que conserva hoy toda su vigencia: “En estos casos de soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes, muchos tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerse luz mutuamente con un diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud primordial pro el bien común”.

No se trata de una llamada al relativismo. Al contrario, es una invitación a distinguir cuidadosamente entre la certeza de la fe y la inevitable provisionalidad de nuestros juicios prudenciales sobre la realidad histórica. Y es aquí donde las declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal, como las de otros obispos antes que él, muestran una tentación particularmente peligrosa: el clericalismo intelectual. Solemos asociar el clericalismo al abuso de poder o al autoritarismo, pero también existe cuando se presupone que el ministerio episcopal otorga una autoridad especial para interpretar la realidad política. No es así. Los obispos no reciben con la ordenación un carisma de infalibilidad sociológica, ni siquiera ética, y por ello su misión no puede consistir en sustituir el discernimiento de las y los fieles, sino en hacerlo posible, no en clausurar el debate entre ellas y ellos, sino en iluminarlo desde el Evangelio.

Algo semejante sucede con otras expresiones utilizadas en esa misma intervención. Hablar de “paguitas” para referirse a las políticas sociales significa adoptar un lenguaje cargado de connotaciones partidistas que no puede identificarse con el estilo propio de la doctrina social de la Iglesia. Esta ha sido siempre muy crítica con cualquier forma de paternalismo o de dependencia que menoscabe la dignidad de las personas, pero jamás ha necesitado recurrir al sarcasmo o a la descalificación para expresarlo. Del mismo modo, las afirmaciones sobre el Orgullo, las personas LGTBI y las llamadas “terapias de conversión” suscitan en muchas personas creyentes una profunda incomodidad y, al menos en mi caso, una crítica abierta. De nuevo, no porque cuestionen la posibilidad de un discernimiento moral desde la fe, sino porque transmiten una forma de hablar que se percibe antes como condena que como acompañamiento. Y una Iglesia que afirma ser sacramento de la misericordia no puede dejar de preguntarse qué experimentan quienes escuchan sus palabras, en si el modo de expresarlas transparenta o no el respeto, la compasión y la cercanía que caracterizan al Evangelio.

La autoridad de un obispo no debería medirse por la contundencia de sus afirmaciones, sino por la calidad de su discernimiento. Y discernir comienza precisamente por reconocer la posibilidad del autoengaño. Solo quien acepta que puede confundirse está verdaderamente disponible para escuchar al Espíritu. Por eso lo que más me preocupa de estas declaraciones no es su contenido político, sino el escándalo que provocan en muchas personas creyentes. Y utilizo deliberadamente esta palabra en su sentido evangélico. El escándalo no es simplemente aquello que irrita o molesta, es aquello que hace tropezar en la fe. Jesús reservó algunas de sus palabras más severas para quienes escandalizan a los pequeños. Cuando una mujer creyente de 93 años, que ha permanecido fiel a la Iglesia durante toda su vida, escucha al presidente de la Conferencia Episcopal y siente que esas palabras no le ayudan a reconocer el rostro de la Iglesia que ama, estamos ante un problema pastoral antes que político. Ese escándalo merece ser escuchado. No porque mi madre tenga razón por el hecho de ser mi madre, ni por su edad, sino porque representa a tantos y tantas creyentes sencillas cuya fidelidad ha sostenido la vida de nuestras comunidades.

Los obispos tienen el derecho y el deber de intervenir en los debates públicos. Pero ese derecho exige una responsabilidad proporcional: no confundir nunca sus convicciones personales con la voz misma de Dios o de la Iglesia. La misión de la Iglesia no consiste en canonizar análisis políticos, sino en ofrecer criterios evangélicos para discernirlos. Por eso, creo que la primera reflexión que un obispo debería hacerse antes de pronunciar determinadas palabras no es si serán aplaudidas por unos o criticadas por otros. La pregunta debería ser mucho más sencilla y mucho más exigente: ¿ayudará esto a que los creyentes reconozcan un poco mejor el rostro de Cristo y el de su Iglesia? Si la respuesta no es clara, quizá convenga guardar silencio durante un tiempo y seguir discerniendo. Porque también el silencio, cuando nace de la humildad, puede ser una forma de obediencia al Espíritu. Tal vez ahí resida hoy una de las tareas más urgentes del ministerio episcopal: recordar que el Espíritu Santo nunca coincide automáticamente con nuestras propias certezas. También las de un obispo necesitan ser permanentemente discernidas, corregidas y convertidas.

miércoles, 8 de julio de 2026

"EL ÚLTIMO MISTERIO". Irene Vallejo, El País

Fernando Vicente
Los oráculos digitales prometieron un mundo más democrático, pero han gestado monopolios con liderazgos despóticos

Fui una buscadora de presagios. De niña y adolescente descubría advertencias secretas en el baile de las hojas que el viento amarillo del otoño arrancaba de los árboles. Evitaba el mal augurio de pisar el borde de los adoquines o las franjas blancas en los pasos de cebra. Deshojaba margaritas, leía avisos del destino cuando rompía un vaso o perdía una bufanda. Posaba los ojos, esperando una señal, en una página que abría al azar de un libro amado. El viento de mi ciudad natal crea instantes prodigiosos, cuando el sol encuentra un hueco entre la flota de nubes veloces impulsadas por el cierzo y, en la catarata súbita de luz, rescatado del gris, todo se colorea y brilla. En esa iluminación repentina había un significado mágico, que me esforzaba en descifrar. Me peinaba trenzas cuando necesitaba suerte, mi jersey azul impedía estrellarse a los aviones. No existían casualidades, todo era signo.

Con el tiempo, aprendí que nuestras mentes inquietas nos impulsan a las supersticiones; es un efecto secundario de nuestra capacidad para encontrar patrones en todo lo que nos sucede. Si queremos planear necesitamos predecir, y eso nos vuelve criaturas sedientas de pistas, lógicas o insensatas, para anticiparnos al porvenir. Ser capaces de imaginarlo es nuestra gran ventaja, y también la fuente de nuestros más feroces insomnios. Nos obsesiona desvelar ese último misterio, el futuro.

En su ensayo Profecía, la filósofa mexicana Carissa Véliz propone una tesis audaz. Los algoritmos predictivos de nuestros flamantes dispositivos tecnológicos no son sino la versión contemporánea de los oráculos de antaño. La fe en los datos ha sustituido a la de las hojas de té, las vísceras de los animales y las estrellas en cuyos dibujos nuestros antepasados vislumbraban el mañana. Descreídos de los adivinos, hoy las cifras, los cómputos y las estadísticas nos cautivan con su espejismo de máxima objetividad. Confiamos en los números porque hemos dejado de confiar en las personas, olvidando que son personas quienes elaboran esos números.

Nuestras vidas dependen de las profecías que unos pocos ­—ayudados o no por máquinas— proyectan sobre nosotros. Esas predicciones cierran caminos y mutilan encrucijadas. Seremos elegidos o descartados para una hipoteca, un puesto de trabajo, un trasplante. Nos niegan oportunidades —préstamos, empleos, becas— como resultado de lo que otros vaticinan. No por lo que hemos hecho, sino por lo que alguien decide que llegaremos a ser. Véliz, experta en ética, cuestiona esas herramientas de selección. Frente a las promesas de libertad, el pronóstico tecnológico se ha convertido en una barrera insalvable que amuralla horizontes.

Desde tiempos antiguos sabemos que el negocio de la profecía es un sofisticado mercado de manipulación. El historiador griego Heródoto mencionaba acusaciones contra los sacerdotes de Delfos por aceptar pagos a cambio de vaticinios políticamente convenientes. Los oráculos podían hundir a los gobernantes reacios a obedecer sus directrices. En la antigua Roma, existía un cargo denominado pullarius, cuidador en jefe de un corral de pollos sagrados. Estas aves eran nada menos que intérpretes de la voluntad divina. En momentos decisivos, se les consultaba ofreciéndoles grano: si comían, significaba que los dioses aprobaban el designio de los romanos; si rechazaban la comida, los hados eran adversos. Puede parecernos absurdo, pero recordemos que nosotros hemos consultado a un pulpo las victorias del Mundial de fútbol. Lógicamente, el apetito de los pollos proféticos dependía de cómo los cebase el pullarius, con un cálculo muy consciente. En la Primera Guerra Púnica, el general Publio Claudio Pulcro acudió a los plumíferos adivinos antes de emprender una batalla naval. Enfadado por la inapetencia de los pollos, clamó: “Si no quieren comer, que beban”, y ordenó arrojarlos al mar. El sacrilegio aterrorizó a sus tropas, que, sumidas en el pánico, sufrieron una derrota aniquiladora. Así, al amañar la nutrición de aquel puñado de pollos, un sacerdote podía interferir en las altas esferas de la estrategia bélica. La corrupción, los sobornos y las tretas florecen, desde siempre, allá donde se juega el ajedrez del poder.

Milenios después de las sibilas y los arúspices sospechosos, los pronósticos siguen siendo manipulados, desde la información privilegiada a las campañas engañosas o las estadísticas maquilladas. Si las encuestas electorales moldean las percepciones de los votantes, ¿son predicción o persuasión: una instantánea o un cincel? En realidad, las afirmaciones sobre el porvenir son por definición suposiciones, no hechos, porque los hechos futuros aún no existen. Como explica Véliz, aspiran al control, no al conocimiento. Cuando el director ejecutivo de una marca tecnológica anuncia que en unos años todo el mundo utilizará sus productos, en realidad trata de empujarnos a consumirlos por miedo a quedar atrás y, de esa forma, hacer realidad su visión. Con ese objetivo, ciertas empresas ávidas de información recopilan nuestros datos, incluso incumpliendo los reglamentos de protección. Muchas aplicaciones se diseñan para rastrear nuestras vidas y modelar nuestras decisiones. Que nos resulten útiles, entretenidas o hipnóticas es solo el incentivo para que entreguemos la llave de nuestros deseos. El producto estrella somos nosotros.

La experiencia histórica advierte de que las sociedades obsesionadas por la vigilancia y las profecías autocumplidas suelen desarrollar una fe creciente en el control y la supervisión, antesala de opresiones. Ahí palpita el desasosiego de la película Minority Report, dirigida por Steven Spielberg, que conecta la obra futurista de Philip K. Dick con el mito griego de Edipo. La empresa privada PreCrime, subcontratada por la policía, predice crímenes que todavía no han sucedido. De esa forma —asegura— se logra evitar los asesinatos. John Anderton, jefe de PreCrime en Washington, es un exitoso agente, convencido de su misión. Las alarmas saltan cuando, un día, el sistema advierte que Anderton va a asesinar a un hombre. Desde entonces tendrá que escapar de sus colegas, que lo persiguen para impedir el homicidio anunciado. Como Edipo, Anderton huye, además, del destino que le vaticinan. ¿Cree en el determinismo que defiende su empresa o se sabe libre de no matar? ¿Cómo podemos defendernos si nos acusan de lo que aún no hemos hecho?

Aquella etapa infantil como calamitosa intérprete de signos me dejó un poso de escepticismo. Los intereses, deseos y miedos se infiltran fácilmente en la entraña de nuestras profecías. La complejidad del mundo se resiste tercamente a las previsiones exhaustivas. Es más, el afán de predecir puede incrementar las amenazas mientras dice reducirlas. Bajamos la guardia si confiamos en que las tecnologías pueden preverlo todo. Cuanto más intentamos controlar el mundo, mayores manifestaciones monstruosas de lo incontrolable creamos, como la vigilancia total o la escalada armamentística y nuclear.

Los oráculos de internet, las redes sociales y la inteligencia artificial prometieron nuevos territorios de libertad al tiempo que construían sistemas de espionaje y dominio. Proclamaron un mundo más democrático y cooperativo, pero han gestado monopolios con liderazgos despóticos. Hoy pronostican la conquista de otros planetas mientras colonizan nuestra imaginación. Necesitamos ser previsores, pero también entender las predicciones como actos de poder: toda profecía es un intento de fabricar un mañana a medida. Así, creer en los algoritmos predictivos equivale a obedecer órdenes. Ante los vaticinios tecnológicos, cabe elegir entre la resignación o la rebeldía. No queremos el guion minucioso de nuestra vida, sino un cuaderno con espacios en blanco. El futuro no se prescribe: se escribe.

"PATRIOTISMO". Jordi Nieva Fenoll, elDiario.es

El nacionalismo no es más que una ultraidentificación de la propia cultura, que se considera diferente o incluso superior al resto por razon...