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jueves, 26 de febrero de 2026

"Edith Bruck, superviviente de Auschwitz: “El mal está dentro de nosotros”. Entrevista de Íñigo Domínguez, El País

La novelista húngara, nacionalizada italiana, es uno de los últimos testigos vivos de los campos de concentración nazis. Señala que los países no se enfrentan a su pasado

Edith Bruck, de 94 años, nació en un pequeño pueblo de Hungría en una familia judía muy pobre, en un ambiente hostil. A los 13 años fue deportada a Auschwitz con su familia y solo sobrevivieron ella y una de sus hermanas. Participó en la terrible marcha de la muerte de evacuación de Auschwitz, hasta ser liberada en 1945. Tiene un poema que dice: “Nacer por casualidad/ nacer mujer/ nacer pobre/ nacer judía/ es demasiado/ en una sola vida”. Pero es una vida que Bruck ha vivido intensamente, incluso sigue fumando, y la recuerda conversando con EL PAÍS en su casa del centro de Roma.

Tras dar tumbos por Europa e Israel, acabó en Italia en 1954, donde empezó una nueva vida en la que ha sido escritora, periodista, guionista y directora de cine. En 1959 publicó su primera novela, Quien así te ama (editorial Ardicia), donde narraba sus vivencias en el campo de concentración, telón de fondo de muchos de sus libros, poco traducidos en España. Además de su primera obra, en 2021 se publicó El pan perdido (Universidad de Salamanca). Pero en Italia es una institución, y hasta el papa Francisco fue a visitarla a su casa en 2021. No se cansa de recordar, se toma la memoria como una misión.

viernes, 21 de marzo de 2025

"HAY QUE DINAMITAR EL VALLE DE LOS CAÍDOS". Joaquín Urías, elDiario.es 20 Mar 2025

Pintada en el despacho de Joaquín Urías,
profesor de la facultad de Derecho
en la Universidad de Sevilla.

Los falangistas que decoraron mi despacho con pegatinas que dicen “Dios con nosotros” creen sinceramente que el todopoderoso existe y es franquista. Por eso les duele que alguien proponga acabar con el mayor monumento al dictador

No tengo muy claro cuál sería la mejor solución para el Valle de los Caídos. Es un problema tan complejo que no tengo formada una opinión contundente al respecto. El valle se construyó, con trabajo forzado, como homenaje a la barbarie, el fascismo y la dictadura. Sin embargo, ya está ahí y también nos enseña sobre nuestro pasado. Así que prefiero confiar en las opiniones y sugerencias de los expertos e historiadores sobre cómo debemos gestionarlo ahora.

Lo que sí tengo claro es que en esto, como en cualquier cuestión, es imprescindible poder tener un debate social en libertad. Y tengo claro que nadie debe ser perseguido por expresar una opinión u otra sobre qué hacer con el Valle de los Caídos. Aun así, en España, en los tiempos trumpistas que vivimos, ya hay al menos dos personas encausadas judicialmente por opinar sobre el tema. Al auge del autoritarismo se le suman los efectos de la escasa calidad de muchos de nuestros jueces, incapaces de resistirse a abusar de su posición como poder del Estado para imponer su propia ideología. Así que he decidido que mientras haya en nuestro país personas perseguidas por decirlo, por militancia democrática, también yo voy a decir públicamente que hay que dinamitar el Valle de los Caídos. En este momento el debate no es ya sobre el monumento fascista en cuestión; es ahora un debate sobre la libertad de expresión.

Frente a esto hay quien dice que “el valle no se toca”. Algunos de ellos se han encargado de dejarme claro estos días –incluso en las paredes de mi despacho en la universidad– que son nostálgicos del fascismo y que añoran la brutal represión y el asesinato en frío de decenas de miles de españoles por pensar diferente. Me parece importante que incluso estos tipos puedan expresar su opinión y personalmente no me supone ningún coste discutir con ellos sobre el tema. Sin amenazas ni intimidaciones.

En la concepción radical de la libertad de expresión, todos debemos poder expresarnos libremente. El hecho de que una opinión resulte molesta no es motivo para prohibirla. No me gusta oír a nadie ensalzando el genocidio y creo que es un discurso peligroso, pero prefiero combatirlo con palabras antes que prohibirlo. A cambio, espero que si alguien le molesta mi opinión dinamitera, actúe igual. Los falangistas que decoraron mi despacho con pegatinas que dicen “Dios con nosotros” creen sinceramente que el todopoderoso existe y es franquista. Por eso les duele que alguien proponga acabar con el mayor monumento al dictador. Les duele tanto que lo consideran como una blasfemia o un insulto a ese Dios suyo ultraderechista. Tienen que saber que eso, sin embargo, no los legitima para intimidar ni amenazar a nadie.

La expresión de ideas no tiene límites. Los actos sí los tienen. Cuando se castiga a quien con una pintada anticlerical daña un muro de valor histórico no se lo está persiguiendo por sus ideas, sino por sus actos. Igualmente, quien insulta o amenaza no está lanzando una idea al espacio público para su debate colectivo, sino actuando sobre una persona para doblegar su voluntad o humillarla. Y con la misma fuerza con la que defiendo la libertad de expresión defiendo también la libertad y la dignidad de todos y de todas. Así, la cuestión de la libertad de expresión se convierte en la cuestión sobre los derechos en general. Y en ese terreno la sociedad está sufriendo un peligroso retroceso que se manifiesta con especial intensidad en el seno de la Universidad. CONTINUAR LEYENDO

martes, 31 de diciembre de 2024

"LOBOTOMÍA DEMOCRÁTICA". Antonio Muñoz Molina, El País 19 DIC 2024

Fran Pulido
A la derecha ya no le basta con el olvido y la indiferencia hacia el sufrimiento de las víctimas de Franco. Ahora ha descubierto el sarcasmo

... La democracia española quiso poner sensatamente todo su acento en la reconciliación, pero desde el principio fue mezquina y olvidadiza con las víctimas de la posguerra y de toda la dictadura, con los represaliados, los exiliados, los militantes antifascistas, los luchadores del sindicalismo clandestino, hombres y mujeres de un coraje y una integridad más firmes todavía porque en lugar de extraviarse en los desvaríos teóricos universitarios se concentraban en la lucha por los derechos de los trabajadores. Ahora la derecha asegura que por delante de la memoria pone la concordia, y que si se niega a honrar a las víctimas del franquismo es para no abrir heridas, para no fomentar el odio. Pero quienes desde muy pronto hablaron de reconciliación no fueron los vencedores ni sus herederos, sino los derrotados y los perseguidos. El presidente Manuel Azaña pidió “paz, piedad, perdón”, en su discurso estremecedor en Barcelona en julio de 1938. Y fue el Partido Comunista, en 1956, con miles de militantes en las cárceles, el que promovió una política de reconciliación nacional entre los vencedores y los vencidos.

La triste verdad es que, durante muchos años, de las víctimas y de los luchadores no quería acordarse casi nadie, y no por culpa de ese cobarde “pacto de silencio” del que se ha hablado y escrito tanto. No hubo ningún pacto de silencio por la triste razón de que no hacía falta. Con unas cuantas excepciones, todo el mundo, y no solo en la política, sino también en el ámbito confuso en el que se cruzan la actualidad y la cultura, prefería no acordarse de los que más habían sufrido, ni mostrar gratitud hacia los que más habían luchado, ni reconocimiento a los que habían escrito en la clandestinidad o el destierro. Y fue una cuestión de moda. Había que desprenderse cuanto antes de un pasado inmediato que de la noche a la mañana se había quedado arcaico. Había que ser moderno sin interrupción, como el dandi de Baudelaire, y todo lo que sonara a antiguo, a rancio, a provinciano, a sombrío, era un estorbo en la afiebrada modernidad de los años ochenta. Había que dejar cuanto antes atrás no solo el franquismo, sino también el antifranquismo, y del mismo modo que se descartaron las chaquetas de pana, las barbas espesas y el tabaco negro —todo lo cual era de agradecer— se despreció el legado formidable de la cultura liberal, republicana y emancipadora que se extinguió con la guerra, con sus severas exigencias éticas y su insistencia en el laicismo y la instrucción pública.

La persistencia de la corrupción, el desdén hacia el conocimiento y el secuestro de una parte creciente de la educación por intereses especulativos y clericales tienen que ver con la pérdida de esos principios que la izquierda dejó de hacer suyos justo cuando más oportunidad tuvo de recuperarlos, en los largos años de mayorías socialistas. Se desdeñaron los principios, con la disculpa de la urgencia de las tareas prácticas, pero también se desdeñó y se olvidó a quienes los habían hecho suyos, los exiliados que volvieron para ser recibidos por la indiferencia, los veteranos cuyas historias nadie quería ya escuchar, los dañados por la prisión y la tortura que no recibieron compensación moral alguna, y todavía menos recompensa material que no fuera tardía o miserable, o inexistente.

... Ahora, además, ha descubierto el sarcasmo. Núñez Feijóo, el hombre de la blanda máscara de goma, fuerza un conato de sonrisa para explicar que el pasado le da mucha pereza, porque lo suyo es el mañana, y que la izquierda es tan retrógrada que se muere de nostalgia por los años cuarenta, los cincuenta, los sesenta, los setenta. Se ve que la izquierda añora las cárceles, los juicios sumarísimos, las condenas sin misericordia, la persecución, el despojo de los bienes y de los puestos de trabajo, las torturas, las cabezas rapadas, la pérdida de todos los derechos, incluyendo el derecho a la vida.

... En Madrid, en lo que fue la Dirección General de Seguridad, hay una placa que celebra el levantamiento del 2 de Mayo de 1808, pero ni una sola huella, ni un recuerdo, a toda la gente que pasó por esas celdas y esos siniestros despachos en los que se torturaba y en ocasiones se asesinaba. El portavoz del Gobierno regional, que tiene su lujosa sede en el edificio, acaba de anunciar que no permitirán que sea designado como “lugar de la memoria democrática”, ni que sea usado el próximo año para ningún acto conmemorativo. Pero cuanto más niegan, borran, ignoran, desprecian, más revelan sin darse cuenta la fealdad de lo que son.


miércoles, 23 de octubre de 2024

"EL ARTE DE INVOCAR LA MEMORIA". Un libro de Esther López Barceló


La memoria es una forma de invocar el pasado que se conjuga en presente y se traduce en futuro. Muchas veces, la puerta de acceso del hoy a los ayeres requiere de llaves codificadas que, al estilo de la magdalena de Proust, nos ayuden a liberar del olvido a quienes en él quedaron desterrados. En 'El arte de invocar la memoria', la escritora e historiadora Esther López Barceló da cuenta de la fuerza del recuerdo colectivo a través de sus múltiples representaciones y materialidades: objetos personales encontrados en fosas, como los zapatos representados en la cubierta de este libro; grafitis fugaces, a modo de epitafios de urgencia, que dan cuenta del paso de condenados por un campo de concentración; unas escaleras transformadas en pruebas periciales; libros y documentales, depositarios de incómodas verdades, a los que se trata de hacer desaparecer? Este vibrante ensayo, escrito en un delicado tono poético, trenza un recorrido por distintas formas de invocar la memoria de una herida abierta, la de las víctimas del franquismo ?y de otras dictaduras?, a través de vestigios arqueológicos y de artefactos culturales que nos interpelan y, a la vez, nos conectan a un pasado que, gracias a ellos, no es ni será nunca un tiempo perdido.

sábado, 6 de abril de 2024

"LEYES QUE BLANQUEAN VICTIMARIOS Y OFENDEN A LAS VÍCTIMAS". Un artículo de José M. Portillo (Crónica Vasca 4 ABR 2024)

PP y Vox registran la Proposición de Ley de Concordia en las Cortes

“El período histórico de la violencia en Euskal Herria ha mostrado que no importa el bando, origen o creencias de las víctimas, pues el sufrimiento fue el mismo para todas. Es obligación de los poderes públicos atenderlas a todas por igual, dejando a un lado la confrontación partidista para no repetir los errores del pasado”. ¿Les parecería bien esta redacción en una propuesta de ley impulsada por el ultranacionalismo vasco para tratar de la memoria del terrorismo en Euskadi? ¿Creen que a las víctimas del terrorismo les agradaría tener una ley que no nombrara el terrorismo como la causa primera y principal de su dolor? ¿Estarían a gusto mientras trataran en su parlamento de tomarles el pelo diciéndoles que el “período histórico” de la violencia se motiva por la represión del Estado, vaciando de responsabilidad a los propios terroristas?

Pues bienvenidos a Castilla y León y Valencia, donde exactamente eso es lo que está próximo a suceder al impulsar el Partido Popular, con el apoyo de Vox, nuevas leyes, llamadas de Concordia, que en realidad lo son de blanqueo y olvido de todo el pasado de sufrimiento y dolor provocado por la dictadura franquista. La dictadura no necesita ser amnistiada porque ya lo fueron sus responsables al inicio de la Transición. De todas las fechorías cometidas desde 1936 hasta 1977 se evaporó toda responsabilidad penal, al igual que quedaron limpios como una patena los terroristas de ETA que habían asesinado hasta días antes de la promulgación de dicha ley en octubre de 1977. La legislación autonómica de blanqueo de la dictadura, de prosperar, añadirá a esa excepcionalidad penal la tergiversación histórica. Para ello nada mejor que aludir a una complejidad del pasado “que requiere aproximaciones plurales” y sobre el que los historiadores sostienen encarnizados debates.

La historiografía es debate, sí, pero ningún análisis solvente proveniente de la profesión sostiene que la causa de las tropelías de la dictadura franquista tenga su origen en 1931. Componer un todo de responsabilidad compartida entre la República de 1931 y el franquismo no responde a criterio historiográfico alguno, sino a un posicionamiento ideológico y a una voluntad política de blanquear el franquismo. Según el PP, secundado por Vox, el franquismo no sería más que una etapa más en un momento histórico que va desde 1931 hasta el atentado islamista de 2017 en Barcelona.

La lógica ideológica y política que hay detrás de ello la conocemos bien en el País Vasco. No hay que retroceder en el pasado reciente, sino leer en el presente. El candidato de Bildu a la presidencia del Gobierno Vasco, Pello Otxandiano ha reclamado “una memoria plural” para el “reconocimiento de todas las víctimas sin excepción”, haciendo alusión a las “víctimas del terrorismo de Estado y de las torturas”. El mismo patrón que usan en Castilla y León o en Valencia el PP y Vox: la historia es depende, todos tienen responsabilidad, vamos a atender a todas las víctimas por igual y, como resultado se obtiene ese ideal de suma cero, es decir, el blanqueo de los victimarios.

Lo mismo que para Otxandiano ETA existe solo en la medida en que es un actor más de la violencia junto al “Estado y sus cuerpos represivos”, para el PP y Vox no existe el franquismo más que como una etapa más en una historia de violencia que arranca en 1931, es decir, con el régimen democrático que Francisco Franco liquidó provocando una guerra civil de tres años. De hecho, esto último no existe en el discurso del PP y Vox porque la responsabilidad esta diluida entre republicanos, franquistas, etarras e islamistas radicales.

Lo mismo que la ex ministra Irene Montero se encontró con una consecuencia no deseada de su flamante ley del solo sí es sí, PP y Vox están promoviendo una legislación que va a tener una consecuencia letal para las víctimas de ETA. Ya no van a encontrar un relato dignificante que establezca con claridad la responsabilidad única e intransferible de los perpetradores de su dolor, sino que tendrán que aceptar que son solamente un segmento de una “memoria plural” y unas más de “todas las víctimas sin excepción” que también quiere Bildu en el País Vasco.

Para la derecha, como para Bildu, no existen ya las víctimas de ETA, como tampoco existen las víctimas de la dictadura franquista. Todas son víctimas globales, es decir, nada. Su cancelación se produce al cancelar su propio tiempo, al negarles la condición de sujetos históricos. En el argumento del PP y Vox no puede haber víctimas del franquismo porque el franquismo en sí no es responsable de un tiempo histórico forzado que abarca desde 1931 hasta 2017. Si la responsabilidad de las víctimas del franquismo es también del régimen republicano, la de las víctimas de ETA es también del franquismo: exactamente lo que propone Otxandiano. Las asociaciones de víctimas deberían decir también algo a este respecto. Es su dignidad la que está en juego.

jueves, 4 de abril de 2024

"HUMILLAR A LAS VÍCTIMAS". Editorial de El País 1ABR 2024

El PP ignora a los familiares de fusilados por el franquismoy legitima la cruzada de Vox contra la memoria histórica

La resistencia contra cualquier avance en el reconocimiento de las víctimas olvidadas de la Guerra Civil y el franquismo es un pilar de la extrema derecha española, cuya ideología es heredera directa de los vencedores. En su actual forma política, Vox, se convierte además en otro aspecto de la guerra cultural que la alimenta electoralmente desde hace años. La novedad es que sus pactos con el PP tras las elecciones autonómicas de mayo de 2023 han llevado su retórica revisionista a las instituciones. Así, Aragón ha derogado su ley de memoria histórica, los gobiernos de Castilla y León y Comunidad Valenciana trabajan en proyectos para sustituir las suyas, mientras en Cantabria, Baleares y Extremadura existe ese compromiso programático entre las formaciones de Feijóo y Abascal. El Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática advirtió ayer contra este tipo de iniciativas y anunció que si es necesario presentará un recurso ante el Tribunal Constitucional.

Las normas autonómicas de memoria surgieron para facilitar la aplicación de la Ley estatal de 2007, que reconoció por primera vez el derecho a exhumar los miles de cadáveres repartidos en fosas comunes para darles sepultura digna. Se acababa así con una larga anomalía española. La ley, sin embargo, dejaba en manos de las familias el ejercicio efectivo de esa búsqueda. El Gobierno de Mariano Rajoy no tocó la ley, pero mostró un absoluto desinterés por ayudar a los familiares, muchos de ellos, ya ancianos. La nueva Ley de Memoria Democrática, de 2022, obliga al Estado en todos sus niveles a hacerse cargo de la búsqueda y exhumación.

Ahora Vox se propone derogar una por una esas leyes allí donde tenga poder para hacerlo, es decir, donde el PP se lo permita, y sustituirlas por otras con una retórica falaz. La cruzada extremista parte de dos premisas falsas. Primero, que la ley solo reconoce a las víctimas de un bando, cuando en realidad alude expresamente a todas las víctimas de la Guerra Civil. Y segundo, que la legislación sobre memoria ataca el espíritu de la Transición. Bien al contrario: es la extrema derecha quien parte de argumentos marginales para relativizar la dictadura o equipararla con la Segunda República como si fuera todo parte de un mismo periodo violento, en contra del amplísimo consenso historiográfico mundial en torno al siglo XX. En un giro orwelliano, las nuevas leyes propuestas por Vox se llaman “de concordia”.

La memoria del golpe de Estado de 1936, la Guerra Civil, la dictadura y la Transición democrática no pertenece a un partido ni a un territorio. Hay pocos asuntos verdaderamente nacionales que apelan a todos los españoles por igual. En este sentido, la ley estatal sigue vigente, pero unas víctimas tendrán apoyo autonómico y otras no. Las mayorías de PP y Vox tienen derecho a derogar las leyes regionales, pero al hacerlo envían un mensaje inequívoco: en lo que dependa de ellos, las víctimas están solas. Promover leyes revisionistas es, además, humillarlas.

Vox tiene su propia opinión sobre la dictadura franquista, el cambio climático, el feminismo o el aborto. Es un partido reaccionario sin complejos y se lo ha dejado muy claro a los españoles. El que debe resolver sus contradicciones es el PP, que se presenta ante los votantes como un partido que defiende los consensos constitucionales mientras concede pábulo político y apoyo institucional al extremismo.

domingo, 30 de abril de 2023

"LA CULTURA DE LA MEMORIA". Un artículo de Joseba Eceolaza publicado en Noticias de Navarra el 26 de abril de 2023

En España la Ley de Amnistía consolidó la idea de que el olvido, aunque sea parcial, es necesario para superar la violencia. Se abanderó la desmemoria y se impuso la idea del pasar página cuanto antes como base para la armonía social. El olvido tuvo prestigio y se elevó a actitud generalizada.

Uno de los peores efectos que dejó aquel modelo de transición es que se instaló la idea, a la fuerza, en la opinión pública de que el olvido es un costo asumible, si a cambio los avances son sustanciales. El precio de la Transición fueron las víctimas de la violencia política, la de ETA, la de grupos ultras y la del franquismo, que nunca fueron tenidas en cuenta ni protagonizaron el debate político. Tomás Dorronsoro, que luchó por la memoria socialista de su padre, su hermano y su tío, asesinados en 1936 hasta perder el aliento y la esperanza, decía que “eso no se olvida, eso está dentro para siempre”.

Ese dolor incrustado y no abordado oficialmente es uno de los motivos que explican que la Transición española sea una obra inacabada. Tal vez una de las reflexiones que se nos ha quedado grabada de este tiempo es que el progreso sin cerrar o ajustar las cuentas de las víctimas y la sociedad tarde o temprano se desgarra por la grieta de la memoria. Porque el olvido no es duradero. Siempre habrá alguien que pregunte qué pasó y qué hicimos.

Se suele decir que la verdad es un derecho, pero en realidad la verdad es una cualidad de la convivencia. La verdad, como actitud institucional, ha estado ausente en nuestro sistema político. Tanto es así que 42 años después de la muerte de Franco, España ha tenido que aprobar una ley, la de Memoria Democrática, que corrigiera los olvidos de la Transición.

Así la elaboración de una verdad pública, compartida socialmente e interiozada por las nuevas generaciones estaba en manos de asociaciones y víctimas. La memoria democrática, como base para la construcción de nuestro sistema político, pero también como transmisor de valores, queda así relegada a una memoria íntima o particular. Así ha sido hasta ahora. Y cuando esto pasa la memoria colectiva del pasado, de los luchadores por la democracia, se abandona a merced del relativismo.

Esto explica, entre otras razones, que dos de los grandes mitos franquistas hayan llegado hasta nuestros días. El primero, el mito de los dos bandos igualmente responsables e igualmente mortíferos parece instalado en buena parte de la opinión pública. El segundo, el abuso de la figura del fusilado por envidia, que también ha tenido poca contestación desde las instituciones públicas. Como si el golpe de Estado, la Guerra Civil o los cuarenta años de dictadura hubieran sido producto de las rencillas entre hermanos o las envidias o las disputas por los terrenos y las lindes.

La reconstrucción de los hechos, ya sea jurídica o histórica, hace que las víctimas obtengan respuestas o se planteen preguntas que las persiguen durante toda la vida. De hecho, la verdad del testimonio consiste en dejar hablar y escuchar a la víctima, implica adentrarse en pasajes de la historia que solo ella puede contar. Dar testimonio y tenerlo en cuenta, darle importancia pública, puede llegar a suplir a la justicia como instrumento de reparación cuando ha pasado mucho tiempo desde el delito y ha prescrito o cuando los crímenes se quedan sin esclarecer. Por eso, reconocer y reparar oficialmente a las víctimas también implica dar veracidad a los testimonios.

El olvido institucionalizado ha consolidado en España una cultura de la impunidad y de la ausencia de verdad que en parte seguimos arrastrando, por ejemplo para el caso de los crímenes no esclarecidos de ETA. Por eso la verdad del testimonio necesita asentarse en una cultura de la memoria que nos ayude a cerrar las heridas de la mejor manera, sin atajos, sin correr, sin dejar tareas pendientes. “Me dirijo a todos ellos para decirles que es la hora de la verdad, que digan dónde están los cadáveres de Humberto, Fernando y Jorge. Que sepan que nunca dejaremos de exigirles que reconozcan la verdad”, les dijo Coral Rodríguez a los dirigentes de Sortu hace pocas semanas ante el caso de estos tres jóvenes gallegos que fueron asesinados y hechos desaparecer por ETA en 1973. Uno de ellos, Humberto, era su tío.

Uno de los retos de la cultura de la memoria es el de evitar las cegueras cruzadas. Romper con la sensación social de que recordar a las víctimas de ETA es de derechas y hacerlo con las republicanas, de izquierdas nos ayudará a reforzar los mecanismos de prevención ante la violencia.

Hoy, ante el final de ETA, seguimos arrastrando una cultura de la impunidad y el relativismo que protagonizó nuestro modelo de transición. Por eso, en esta era del testimonio necesitamos construir una cultura de la memoria que nos ayude a cerrar las heridas del terrorismo de la mejor manera, sin atajos, sin correr, sin dejar tareas pendientes, sin caer en la tentación de la compensación de daños, sin poner en marcha un relato para neutralizar otro, sin caer en la trampa de la teoría del empate.

Para que las enseñanzas de la memoria sean universales, para que la impunidad o la ausencia de verdad se resuelvan en todos los casos y para todas las víctimas, independientemente de la época en la que fueron agredidas, tenemos que darle prestigio a la memoria, aunque a veces nos coloque delante de nuestro propio espejo y la imagen que nos devuelva cuestione nuestros comportamientos más esenciales ante el terrorismo y sus justificaciones. Porque solidarizarnos solo con aquellas víctimas que están cerca ideológicamente no supone un acto de empatía ante el dolor, sino de refuerzo político poco útil en el cierre de heridas.

Como Reyes Mate recoge en su libro El tiempo, tribunal de la historia, el filósofo Theodor Adorno antes de morir le susurró a Habermas: “¿Sabes? Ya sé donde se originan nuestros juicios de valor más básicos: en la compasión, en nuestro sentido del sufrimiento de los demás”.

domingo, 31 de julio de 2022

"LA MEMORIA INCOMPLETA". Conferencia de Antonio Muñoz Molina

 La conferencia de Antonio Muñoz Molina se desarrolló en la Universidad de Utrecht el 20 de octubre de 2011 dentro del Ciclo de Conferencias Spinoza

En primer lugar, tengo que decir que para mí, dar una conferencia que lleva el nombre de Baruch Spinoza es ya conmovedor porque representa dos cosas para mí muy importantes: la defensa de la racionalidad frente al fanatismo y al oscurantismo religioso y de cualquier otro tipo, y representa también la dignidad de las personas perseguidas que se quedan sin país, sin idioma, y que son expulsadas hasta por aquellos que parecían los suyos. Hay un soneto maravilloso de Borges dedicado a él que me aprendí de memoria. Empieza diciendo:

Las traslúcidas manos del judío
labran en la penumbra los cristales
y la tarde que muere es miedo y frío.
(Las tardes a las tardes son iguales).

Y así sigue el poema. Imaginarse a Spinoza puliendo lentes que ayudarán al conocimiento del mundo material y elaborando teorías que contribuirán, de manera decisiva, en un futuro, al progreso de la razón humana es una de las grandes imágenes que para un escritor, que aspira a ser un escritor español y europeo, es muy importante.

Cuando el profesor Valdivia me invitó a venir aquí a dar esta conferencia, yo pensé que podría ser útil que explicara el modo en que la necesidad de indagar, de buscar o de completar de algún modo la memoria española, la memoria del pasado español, la necesidad que yo había sentido desde muy joven; y el modo en que esa memoria fragmentaria, o dividida, o muchas veces suprimida o engañada estaba flotando en el aire cuando yo era niño…; el modo en que esa memoria contribuyó a crear mi propia imaginación como escritor.

A lo que aspira la literatura de ficción es a explicar el mundo mediante relatos y cada escritor, creo yo, tiene una narración básica que va persiguiendo a lo largo de su vida. Y, en mi caso, por circunstancias biográficas y probablemente psicológicas, esa búsqueda de una memoria rota, o perdida, o incompleta, ha sido desde el principio un elemento fundamental. Entre los primeros recuerdos de mi vida están los recuerdos de oír a los mayores: en mi casa, en la familia o en el campo donde trabajaban mis padres. Oír a las personas mayores hablar de algo que era muy extraño para mí: la guerra. La guerra para un niño era la guerra que se veía en las películas. Eran los cómics que había cuando era pequeño que se llamaban Hazañas bélicas. Eran cómics de soldados americanos luchando heroicamente contra los nazis y contra los japoneses. La guerra eran también las películas de guerra. Y para mí ver que aquellas personas que eran comunes y que eran de mi familia o conocidos hablaban de una guerra en la que ellos habían estado despertaba mi imaginación de una manera muy poderosa. Porque después, en otras tentativas de modificación de la memoria, se ha dicho que en España, hasta prácticamente el año pasado, no se hablaba de la guerra. Es una historia atractiva, pero tiene el defecto de ser falsa. CONTINUAR LEYENDO

viernes, 15 de abril de 2022

La guerra contra la memoria: demandas contra investigadores e impunidad para crímenes franquistas. Por Olga Rodríguez (elDiario.es)

 

Rostros de personas fusiladas o desaparecidas por el franquismo.

La demanda contra el historiador Fernando Mikelarena es la última de una serie de denuncias que buscan paralizar investigaciones sobre la represión franquista. Historiadores y memorialistas temen una judicialización de la investigación histórica como la que se está produciendo en Polonia

¿Cómo puede afectar a un historiador una demanda por publicar datos documentados? ¿Y a un familiar de una víctima del franquismo que haya investigado, recogido indicios y publicado testimonios de testigos? La demanda presentada contra el historiador Fernando Mikelarena, de la que informó esta semana elDiario.es, ha causado revuelo en círculos de historiadores, memorialistas y familiares de víctimas del franquismo.

En ella Arturo del Burgo, hijo del exdiputado de UPN-PP Jaime Ignacio del Burgo, denuncia a Mikelarena por publicar que su abuelo Jaime del Burgo era jefe de requetés cuando se produjo la saca de Tafalla, la mayor matanza de republicanos en Navarra. Dicha información fue extraída por Mikelarena de varios documentos, entre ellos el diario Pensamiento Navarro.

"Es evidente que este tipo de hechos pueden suponer una pesadilla para el demandado", señala el historiador Francisco Espinosa, autor del libro Callar al mensajero, publicado en 2009, donde recoge una docena de casos de personas que han sido demandadas desde el año 1980. "Algunos fueron terribles, los denunciados lo pasaron muy mal".

"Es lógico que ante este tipo de denuncias la gente opte por no incluir todos los nombres que la documentación ofrece, o por expresar un cuidado especial, conduciendo a cierta autocensura", explica Espinosa. "Aunque la demanda quede en nada, los años de pesadilla hasta que se archive el caso están ahí", añade. CONTINUAR LEYENDO

"DIVAGACIONES ESTIVALES SOBRE LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA". Carlos López-Keller, infoLibre.es

Cuando la probabilidad sustituye a las pruebas En los albores del derecho romano, que es tanto como decir del derecho mismo, dos escuelas de...