Recordar el pasado y defender la memoria histórica es ahora una apuesta decisiva
De trabajo en Mánchester, mientras preparamos desde allí la apertura de una Cátedra Cervantes en la Universidad de Queen's de Belfast, Martín López Vega me lleva a visitar el People's History Museum. Había tenido ya la oportunidad de ver hace unos años este museo de la gente, y conocí los testimonios que conserva de la Guerra Civil española. Pero noto que ahora me emocionan más las fotografías de los bombardeos, el miedo en una situación de terror y la necesidad de sobrevivir que se mezcla con el espanto, pero también con la inocencia de los niños.
Las imágenes con las que convivimos en los últimos tiempos, la barbarie del genocidio que Israel y Estados Unidos están sosteniendo en Palestina, las cifras de niños muertos y el paisaje de los escombros y la aniquilación de la dignidad democrática internacional, se mezcla de nuevo con mi propia historia, por ejemplo, cuando veo una fotografía del poeta Federico García Lorca que ilustra la noticia de su asesinato o los cadáveres de unas mujeres españolas después de un bombardeo. Apuntan desde luego al corazón, lo mismo que las cartas de los niños. Son documentos que se mezclan con la historia, pero también con el presente.
Leo una carta en la que un niño agradece los envíos de leche recibidos de una organización solidaria y aprovecha para preguntar si en Inglaterra por casualidad habría también galletas. A otro niño, ya en el exilio, se le invita a decir qué deporte le gusta más. Quizá aconsejado por alguna de sus maestras, afirma que lo más deseable es que se le deporte a México. Y muchos de esos niños acabaron en México, como el poeta Luis Cernuda, que fue destinado al Reino Unido para ayudar en lo posible a una infancia maltratada por el terror. Los dibujos de trenes y barcos, el vuelo de los aviones en el lápiz de los niños, las cartas de las madres separadas de sus hijos y las revistas ilustradas con los testimonios de la crueldad me devuelven por desgracia del pasado al presente.
Se notan dos direcciones en las dinámicas inglesas de entonces. Había quien consideraba mejor cerrar los ojos, no darse por enterados de lo que ocurría en España para no ofender al nazismo alemán, y también había quien consideraba el sufrimiento español de 1937 como un anticipo de lo que no tardaría en sufrir el mundo entero. Se estaba permitiendo que personajes como Hitler fuesen a más sobre Madrid, Barcelona, Bilbao para ejercer sin escrúpulos el autoritarismo y la violencia. Así estaban las cosas en el pasado, y así están ahora. Por eso lo documentos que veo en el People's History Museum de Mánchester me conmueven más que cuando los vi por primera vez hace unos años. Nos equivocábamos al creer que el mundo había superado para siempre algunas realidades simbolizadas por el golpe de Estado de 1936 y la Guerra de España, anticipo de los campos de concentración en Alemania o los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki.
Recordar el pasado y defender la memoria histórica es ahora una apuesta decisiva. Dentro del festival literario Centroamérica Cuenta, que preside el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, se ha presentado en España el libro Lo intolerable (Anagrama, 2026) de Enrique Díaz Álvarez, un ensayista mexicano que estudia los vientos históricos de nuestro presente. Como en las épocas más cruentas de la historia, quieren inclinarnos a aceptar aquello que no tiene justificación humana. Se pervierte la palabra tolerancia para guardar silencio ante la crueldad. Pero defender la tolerancia exige también denunciar lo que resulta intolerable. La barbarie no es sólo un asunto público, necesita la indiferencia, las ventanas cerradas y la corrupción de las conciencias individuales. Habitamos un mundo que quiere obligarnos a aceptar lo intolerable.
Si no asumimos ya una militancia activa en favor de los derechos humanos universales, volveremos a pasar de los deportes a las deportaciones y beberemos leche recordando con nostalgia el sabor pacífico de las galletas.

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