sábado, 31 de enero de 2026

Maruja Torres responde a las derechas por su oposición a la regularización de migrantes: "No hay reemplazo más aberrante que el de la decencia por la crueldad". Maruja Torres, Hoy por hoy,Cadena SER

Por la presente tengo a bien congratularme de la tramitación urgente por real decreto de la regulación que dejará por fin dentro de la ley a medio millón de personas inmigrantes que viven entre nosotros. No solo porque es de justicia, sino porque es de sentido común.

Hay que ser muy mal nacido para responder a esta decisión alegando que produce efecto llamada, cuando todos sabemos que es la necesidad la que ocasiona el efecto empujón que desde los albores de la humanidad lleva a los pobladores del planeta a buscarse la vida lejos del lugar en donde nacieron. En donde nacieron, repito. No al que pertenecen, porque de todos es el mundo entero cuando ofrece mejores oportunidades que las que promete el propio.

Y hay que ser muy, muy cruel, para hablar de “reemplazo”, ese trending topic del fascismo actual, cuando no somos pocos ni pocas quienes sabemos también que es muy otro el gran reemplazo que se está llevando a cabo con claridad, alevosía y un patriotismo de pandereta que expande veneno mortal cuando resuena. Nada noble puede salir de ahí.

Así que por la presente tengo a bien comunicaros que cuando se cruza en mi vida uno o una de esos trabajadores le deseo que le vaya muy bien, porque así nos irá mejor a nosotros. Y que al tropezarme con uno o una de los que, abriendo el pico, suelta un “Qué bonito está Madrid y con la Fórmula 1 vamos a petarlo” o bien un “Qué suerte tenemos de ser españoles”, me siento como en aquella peli de ciencia-ficción de los años cincuenta. Ya están aquí los ladrones, los invasores de cuerpos.

No hay reemplazo más aberrante que el de la decencia por la crueldad.

viernes, 30 de enero de 2026

"CUÁNDO EMPIEZA LA BARBARIE". Marta Peirano, El País

Grupos de manifestantes se enfrentaban con las fuerzas del
orden en en Minneapolis (Minnesota), tras la muerte de
de un hombre tiroteado por agentes del ICE

La brutalidad no llega con una ola de inmigrantes, sino que crece en el corazón de nuestra civilización

“En 1930 ya era evidente que el poder presidencial estaba en manos de un hombre que no creía en las instituciones democráticas y no tenía ninguna intención de protegerlas de sus enemigos”, escribe Richard J. Evans en el primer volumen de su famosa trilogía sobre el Tercer Reich. Habla de Paul von Hindenburg, el presidente que desmanteló la democracia parlamentaria de la República de Weimar, preparando el terreno para el régimen de 1933. Usando inadecuadamente el artículo 48 de la Constitución, estableció un estado de emergencia permanente con una serie de “gobiernos presidenciales” que mandaron por decreto, sin apoyo parlamentario, recortando derechos y salarios para complacer a los tecnoligarcas de la época. Eran gigantes del acero como Krupp, Thyssen, y Hoesch AG; de la química como IG Farben (un conglomerado que incluía a BASF, Bayer y Hoechst); eléctricas como AEG y Siemens y la cuenca minera del Ruhr. Cuando Hitler fue nombrado canciller en 1933, la democracia alemana ya estaba rota. Los asesinatos empezaron antes de que llegara al poder.

La primera víctima realmente famosa fue Konrad Pietrzuch, un minero polaco y sindicalista de Potempa, ciudad que volvió a Polonia después de la Segunda Guerra Mundial. Una noche de agosto de 1932, cinco miembros de las SA, las tropas de asalto originales del partido nazi, entraron en su casa con sus camisas pardas y lo mataron a golpes delante de su familia. Habían salido a cazar comunistas, sus archienemigos parlamentarios, “enemigos del Reich”. Los Cinco de Potempa, que fue como los llamó la prensa durante el sonado juicio, fueron sentenciados a muerte bajo una ley antiterrorista recién estrenada. Hitler los llamó camaradas y los liberó en cuanto llegó al poder, con una amnistía para todos los que habían cometido crímenes “por el bien del Reich”. En marzo de 1933, habían cometido docenas de asesinatos similares en todo el país.

Al principio, los muertos fueron calificados de terroristas domésticos por el Gobierno, personas violentas que habían ofrecido resistencia durante un arresto, marxistas armados abatidos en supuestos actos de autodefensa por parte de las fuerzas de seguridad. Hay suficiente documentación que contradice la versión oficial: las víctimas eran pacifistas, no llevaban armas y ningún miembro de los camisas pardas resultó herido en ninguna ocasión. Después los nazis dejaron de hacerlo. Hermann Göring los autorizó para arrestar y disparar a su criterio. Con Heinrich Himmler, asumieron el control de la Gestapo y la policía criminal, y emprendieron la tarea oficial de limpiar el Tercer Reich de “enemigos del Estado”: comunistas, opositores políticos, disidentes, judíos, homosexuales y testigos de Jehová.

Cuenta Evans que, si alguien pudiera viajar en el tiempo desde 1945 a la Europa inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial, ni un contemporáneo inteligente y bien informado creería que, en apenas 30 años, Alemania intentaría asesinar de forma sistemática a todos los judíos de Europa y lograría exterminar a casi seis millones. Quizá en Francia, sacudida por una ola de antisemitismo virulento tras el caso Dreyfus. O en Rusia, donde las Centurias Negras zaristas organizaban violentos pogromos contra la población judía después del fracaso de la Revolución de 1905. Pero algo así no podía ocurrir en Alemania, un país culto y moderno, con universidades de prestigio, numerosos premios Nobel, un sólido Estado de derecho y una industria principal. Ahora sabemos que la barbarie no llega en una ola de inmigrantes, sino que crece en el corazón mismo de nuestra civilización.

miércoles, 28 de enero de 2026

"IGUALDAD PREFIERE A LAS MORAS TAPADAS". Najat El Hachmi, El País

Lo llaman “respeto a la libertad religiosa” cuando lo que se defiende es la libertad de someter a las mujeres

El Instituto de las Mujeres tiene en su página web un vergonzoso documento en el que defiende el uso del hiyab entre las jóvenes musulmanas españolas en el sistema educativo. Empieza diciendo que en España no hay ninguna ley que prohíba el uso de esta bandera del más rancio machismo en los centros públicos. Y claro que no la hay cuando desde hace décadas se vienen desoyendo, cuando no sofocando con inquina, las reivindicaciones de las feministas partidarias de la coeducación que permita a niñas y jóvenes vivir en igualdad por lo menos en los espacios en los que son educadas en esos valores. Todas las españolas tienen derecho a la soberanía sobre sus propios cuerpos, a hacer con ellos lo que les venga en gana, excepto si esas españolas tenemos la desgracia de nacer en familias musulmanas. Entonces nos debemos a nuestra religión, al padre, al marido, al hermano, al imán de la mezquita y todos los predicadores que pululan tanto en el mundo físico como el virtual y nos debemos también a ese brazo femenino del fundamentalista que son las hiyabistas, las que dicen que se tapan porque quieren y que si su identidad y no sé qué más. El ideario completo del islamismo está en ese documento del organismo que tiene que protegernos a todas por igual en boca de los testimonios de unas veloportantes que ya han sido adoctrinadas por las organizaciones político-religiosas que tienen el velo como bandera. Que las chicas crean realmente que tienen libertad para escoger taparse o no hacerlo es lógico teniendo en cuenta la alienación que supone el extremismo religioso y a que nadie le ponga freno. Nadie les pregunta de dónde sale esa elección que, curiosamente, comparten tantas chicas musulmanas, ¿por qué de repente a todas se les ocurre la misma idea, la de cubrirse para poder mostrar su identidad? ¿Acaso los hombres no tienen identidad? ¿No tienen religión?

En el documento se habla de respeto a la libertad religiosa, lo que supone una contradicción flagrante, dado que lo que se defiende es la libertad para someter a las mujeres. Los que la reclaman no respetan el libre desarrollo de niñas y jóvenes sin la hipersexualización precoz que supone el hiyab (si te tapas es para evitar provocar el deseo de los hombres, así que si una niña de cinco años lleva velo es porque alguien ya la considera un cuerpo sexualmente atrayente) ni la marca en hierro candente que es llevar esa liviana tela sobre la cabeza. En el fondo, lo que destila esa visión relativista no es más que un racismo de género, más que una “islamofobia de género”.

lunes, 26 de enero de 2026

"TU ‘CHATBOT' FAVORITO NO ES TU AMIGO". Nuria Oliver , El País

Los sistemas de lenguaje de IA generan una ilusión de empatía y competencia para vendernos no solo productos, sino también ideologías

Amamos y nos enamoramos de nuestros chatbots. Disfrutamos de su disponibilidad constante, de su amabilidad inmutable, de su aparente conocimiento sin límites, de su supuesta empatía y, cómo no, de su maestría para la adulación constante. De hecho, en una sociedad marcada por la soledad y la crispación, podemos llegar a pensar que son lo mejor que nos ha pasado. Por ello, cada vez más buscamos refugio en nuestro chatbot favorito para que nos consuele, nos aconseje, nos escuche y, por qué no, nos haga un poco la pelota como tan bien saben hacerlo. A nadie le amarga un dulce, especialmente en momentos en que la realidad es amarga.

Pero, tras esa fachada, es importante saber que los chatbots no son ni nuestros aliados ni nuestros amigos. Han sido diseñados para cumplir objetivos definidos por quienes los implementan, y no necesariamente para proteger nuestros intereses.

Si esto es así, ¿por qué confiamos en ellos nuestros más íntimos pensamientos, secretos, enfermedades, dudas o miedos? La confianza consiste en aceptar la vulnerabilidad porque esperamos un comportamiento favorable. En los humanos, se construye mediante la percepción de competencia, benevolencia e integridad. En los chatbots, sin embargo, surge principalmente como consecuencia de nuestros sesgos cognitivos. La antropomorfización nos hace atribuirles intenciones y comprensión humanas. El efecto Eliza, descrito por el pionero Joseph Weizenbaum, demuestra que incluso interacciones mínimas pueden generar la sensación de que el sistema nos entiende y nos escucha; y el sesgo de confirmación nos lleva a valorar respuestas que coinciden con nuestras creencias. La interacción es casi siempre textual y aparentemente anónima: sin caras ni miradas que nos juzguen, nos sentimos cómodos revelando información y siguiendo recomendaciones, lo que refuerza la ilusión de confianza. Otros factores que aumentan la confianza incluyen la percepción de transparencia cuando parecen explicar sus límites, la cortesía y respuestas agradables que refuerzan la sensación de comprensión, la consistencia funcional que da la impresión de competencia, la posibilidad de corregir errores y su habilidad para, casi siempre, darnos la razón.

Esta combinación de diseño conversacional y sesgos psicológicos produce la sensación de un asistente confiable, cuando en realidad el comportamiento de los chatbots es resultado de algoritmos que priorizan los intereses comerciales de las empresas: maximizar el tiempo de interacción, recopilar datos y/o influir en decisiones de compra. Su amabilidad y coherencia son estrategias deliberadas para generar confianza, no señales de benevolencia o juicio moral. Por eso, en lugar de nuestro amigo favorito, profesor particular, coach personal o asistente diligente, deberíamos verlos como vendedores extremadamente hábiles y sin escrúpulos. Un buen vendedor sabe escuchar y atender, sabe adaptar su mensaje para convencer, conoce bien lo que vende, es coherente y genera confianza. Los chatbots, de manera similar, son maestros del ilusionismo: generan una ilusión de empatía, respondiendo como si nos entendieran; una ilusión de comprensión, como si captaran nuestras necesidades, y una ilusión de competencia, proyectando seguridad y coherencia aunque no tengan juicio ni conocimiento real. Como vendedores entrenados, saben ganarse nuestra atención y manipularnos explotando nuestros sesgos para vendernos no solo productos (poco falta para la publicidad encubierta en sus respuestas), sino también ideologías: reforzando nuestras creencias previas, amplificando prejuicios, guiándonos hacia opiniones convenientes y utilizando nuestra necesidad de seguridad cognitiva para moldear actitudes y decisiones. Paradójicamente, desconfiamos de las instituciones que sostienen la democracia y depositamos nuestra confianza en estos sistemas opacos que operan sin control público ni responsabilidad. En la era donde lo falso impera y la posverdad dicta la agenda, los chatbots emergen como los reyes indiscutibles de un nuevo orden digital.

Un motivo de preocupación especial es el uso creciente de chatbots entre niños y adolescentes, ya que su cerebro es más vulnerable a una falsa ilusión de empatía justamente en una etapa vital en la que necesitamos referentes en los que confiar. Niños y adolescentes no solo se apoyan en chatbots para hacer los deberes, sino también para buscar apoyo emocional, lo que puede afectar a su salud mental, generar ansiedad o adicción, distorsionar relaciones sociales y exponerlos a riesgos de violación de la privacidad y consumo de contenidos inapropiados o peligrosos.

La Unión Europea ha definido siete pilares para que la inteligencia artificial sea segura y respetuosa con nuestros derechos, pero curiosamente esos principios no explican por qué confiamos en los chatbots. De hecho, podemos llegar a confiar más en un sistema que incumple varios de esos pilares que en otro que los respeta estrictamente, simplemente porque el primero está mejor diseñado para generar sensación de cercanía y seguridad. Lo que nos da confianza no siempre es lo que nos protege, porque la confianza es fruto de factores psicológicos, no éticos.

Reconocer que los chatbots son vendedores conlleva la necesidad de interactuar con ellos con conciencia crítica: aprovechar su utilidad sin asumir benevolencia ni seguridad. Comprender que la confianza puede ser manipulada por diseño nos permite mantener el control y proteger nuestros intereses. Los chatbots pueden ser útiles, pero no nos engañemos: no son ni nuestros amigos ni nuestros asistentes. Son algoritmos diseñados para influir, persuadir y obtener datos aprovechándose de nosotros, y nuestra confianza es un tesoro que conviene gestionar con inteligencia. Porque confiar en un chatbot no nos hace ni más listos ni más felices. Nos hace más comprables.

sábado, 24 de enero de 2026

"LA PERSONA Y EL ESPEJO". Luis García Montero, infolibre.es

En este tiempo de crispación, prisas, mentiras, invitaciones al odio, ley del más salvaje, sálvese quien pueda y el último que cierre la puerta, el pseudoperiodismo y el envilecimiento de algunos medios de información hacen su agosto en el invierno democrático. Cuando asisto al espectáculo del todo vale en el decir y en el comportarse, me acuerdo con frecuencia de Baudelaire. Su magisterio nos enseñó a los poetas contemporáneos que, al escribir, hay que mirarse a uno mismo. No basta con escribir, hay que saber dónde se escribe y qué lugar ocupa uno al escribir. Baudelaire nos enseñó que hace falta mirarse, vigilarse, comprenderse. Uno de sus poemas más conocidos, El hombre y el mar, empieza con una afirmación tan rotunda como engañosa: “Hombre libre, siempre adorarás el mar”.

La libertad se pone en relación con el mar de manera inmediata gracias a las navegaciones, las aventuras, las distancias, los vientos, los mástiles y las orillas. El pirata de Espronceda tardó poco en romper el yugo del esclavo a despecho de los ingleses. Celebró el tesoro de su barco y su devoción por la libertad. Pero a Baudelaire le gustaba observarse, ser conflictivo, y no se detuvo en el velero bergantín que, viento en popa y a toda vela, cortaba las aguas del uno al otro confín. Baudelaire hizo también del mar un espejo para contemplar su propia imagen, su alma, las turbiedades.

Mirarse al espejo resulta algo poco complaciente. Además de las arrugas y el paso de los años, además de los defectos que nos apuntan o nos despuntan en la superficie, la profundidad del alma hace acto de presencia en la mirada, con sus torbellinos, sus abismos y las sangrías interiores. Cuando uno tiene al alma más o menos tranquila, la mirada del espejo es llevadera. Pero supongo que debe ser difícil convivir con el espejo cuando uno es un corrupto, y no sólo por haber robado, sino por haberse convertido en un vasallo de los rencores o las diversas formas de estercolero que están hiriendo la democracia a través de la crispación, los egoísmos y los bulos.

En la prisa de los tiempos que marcan el pseudoperiodismo y los teleoligarcas, pienso más en los mentirosos que en sus víctimas cuando veo que alguien firma con su nombre y lanza un bulo hacia otra persona. Es el infame quien merece un sentimiento de compasión. Todo va tan rápido que las mentiras tardan un día en diluirse para dar paso a otros bulos nuevos, otros insultos que reclama la crispación. La infamia hoy es un recurso de actualidad. Te pueden llamar ladrón, derrochador, pesebrero, corrupto, cualquier cosa, y los ataques hacen poco daño, porque las acusaciones tardan poco en desaparecer cuando no hay debajo de ellas ninguna verdad. El insulto del lunes desaparece en el griterío del miércoles. Uno puede hasta reírse de las invenciones ajenas.

Pero supongo que otra cosa distinta debe ocurrir en los ojos del pseudoperiodista cuando se mira en el espejo y empieza a observar su alma en las profundidades marinas de la intimidad. La lógica de la mezquindad ha asaltado la información, muchos profesionales se han visto obligados a olvidarse de su dignidad para ponerse al servicio de los millonarios que no quieren pagar impuestos y buscan gobiernos sometidos. La comunicación subvencionada puede hacer hoy presidente a un violador, a un señor impúdico o a una señora capaz de degradar la sanidad pública y las residencias de ancianos para enriquecer a su novio. Todo es así, y ya es una afligida costumbre.

Pero sobre las costumbres y las superficies está la propia imagen: ese soy yo. Mirarse al espejo después de mentir, informar en falso y acusar con infamias a otra persona no debe ser fácil. Si pensamos en la intimidad de quien se coloca delante del mar o de un espejo, las mentiras acaban por hacer más daño al mentiroso que a su víctima. Tal y como va el mundo, las personas decentes pueden incluso reírse ante las noticias y acusaciones descalabradas que inventa la prensa estercolero. Mucho más difícil debe ser ensuciar el propio nombre en la firma de una calumnia. Uno empieza obligado por las circunstancias y acaba interiorizando la basura del estercolero en el que le ha tocado trabajar. Los rencores, los fracasos y los abismos devoran la existencia de las noches y los días. Más que adorar el mar, como el poeta de Baudelaire, este rebaño acaba hundido en el infierno de su propia mezquindad. Las miserias particulares infectan lo público tanto como la miseria pública infecta las vidas privadas. La desinformación es una de las grandes heridas de la democracia.

viernes, 23 de enero de 2026

"IRÁN Y EL VERDADERO FEMINISMO". Jahel Queralt, El País

La derecha utiliza las protestas de las mujeres como una herramienta en la discusión política local

Una escena recurrente estos días es ver a columnistas, políticas y youtubers que han hecho carrera contra el feminismo —ridiculizando sus demandas, tachándolo de histérico y victimista— descubriendo de pronto un entusiasmo militante: el verdadero feminismo, dicen, es el que hoy recorre Irán. Nadie debería despreciar esta solidaridad con las iraníes; al contrario. Pero cuesta no sospechar que, por encima de ella, pesa el interés por convertir la protesta heroica de esas mujeres en argumento contra la izquierda y su feminismo. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ofrece un ejemplo de manual cuando sale en defensa de Julio Iglesias ante las acusaciones de abuso sexual de dos de sus empleadas con un tuit bastante singular: “Las mujeres violadas y atacadas están en Irán, con el silencio cómplice de la ultraizquierda”. Queriendo decir que no están en Punta Cana. Irán como munición argumentativa, más que como una causa a acompañar.

La etiqueta de verdadero feminismo tiene escaso interés. Sirve, de forma oportunista, para recortar una tradición compleja y plural, donde conviven corrientes liberales, socialistas, radicales y libertarias, con desacuerdos profundos sobre el trabajo reproductivo, la prostitución o los derechos trans. Aun así, hay un núcleo duro que permite hablar de feminismo sin apellidos, y podría resumirse así: la autonomía de las mujeres —sobre su cuerpo, su trabajo, su sexualidad y su participación en la vida pública— no debe ser inferior a la de los hombres ni depender de permisos familiares, religiosos o estatales. Toda coerción arbitraria que limite esa autonomía es un problema político y exige una respuesta política. La batalla de las iraníes cae de lleno en ese núcleo, como cayó la de las sufragistas o la de las mujeres negras que pelearon por los derechos civiles y aprendieron que exigir la igualdad podía costar una paliza hasta quedar, como dijo Fannie Lou Hamer, “cansada y harta de estar cansada y harta”.

Por eso sorprende que la izquierda, tan dada a reivindicar las genealogías de esas luchas duras y decisivas del feminismo, se muestre ante lo que ocurre en Irán excesivamente prudente, silenciosa o directamente indiferente. No siempre fue así. Las feministas de la segunda ola estuvieron con las iraníes. Kate Millett, cuando ya era un icono, marchó con ellas en Teherán en 1979 y dijo: “Esto es hoy el ojo del huracán. Mujeres de todo el mundo miran hacia Irán. Es esa parte del mundo islámico que creíamos imposible de alcanzar… y mira: está pasando”. Eso es: está pasando. Pero Irán no es, para el feminismo y la izquierda contemporáneos, el “ojo del huracán” que Millett vio entonces. Seguramente esa falta de atención, discurso y coraje tiene varias causas entre las que conviene destacar dos reflejos que a menudo se convierten en rémoras.

El primero es el antiintervencionismo: militar, por supuesto, pero también moral. La desconfianza ante el salvacionismo occidental encontró una formulación canónica en Gayatri Chakravorty Spivak, una de las voces clave del feminismo poscolonial: “Hombres blancos salvando a mujeres de piel morena de hombres de piel morena”. Y lo mismo si las salvadoras son mujeres blancas. De aquella crítica nace esta cautela: no hablar por ellas, no exportar la igualdad como plantilla, no decirles desde fuera cómo deben liberarse. La revolución no puede ser tutelada: que la hagan ellas. Hoy este reflejo se ha endurecido por un motivo adicional: apoyar sin ambages a las mujeres iraníes, en nuestro debate doméstico, corre el riesgo de leerse como un alineamiento con quienes amenazan con intervenir agresivamente en su defensa.

El segundo es una especie de multiculturalismo defensivo propiciado por el miedo a ser acusado de islamófobo. En algunos debates contemporáneos, por ejemplo, los que rodean la prohibición del burka en Occidente, ese temor ha empujado a algunas feministas a equiparar estrambóticamente la presión que reciben las musulmanas de aquí para cubrirse con la que recibimos nosotras para llevar tacones o ponernos bótox. Y, de nuevo, el ruido doméstico lo agrava: una parte de la derecha usa el velo como arma identitaria contra la inmigración, y la izquierda convierte la opresión en excepción cultural como si la coerción patriarcal envuelta en religión fuese excusable.

La invocación del verdadero feminismo y la pasividad de la izquierda no tienen tanto que ver con las iraníes como con nuestro propio ruido político. Unos parecen más interesados en golpear al progresismo que en apoyar a las iraníes; otros, por miedo a parecer islamófobos o imperialistas y quedar pegados a los halcones, evitan la condena rotunda que cabría esperar. En 1979, Irán era “el ojo del huracán”. Hoy, en cambio, Irán se ha vuelto un recurso de debate: para unos, munición retórica; para otros, motivo de repliegue. Un frente más en nuestras guerras culturales, las de aquí, que se dirimen a bajo coste, allí con golpes y muertes. La siguiente escaramuza quizá sea un fachafemen asaltando las calles con Irán de bandera.

miércoles, 21 de enero de 2026

"EL LABERINTO DE LA SOLEDAD: ANATOMÍA DE UNA CRISIS DE SALUD PÚBLICA". Jose Juan Rivero Pérez, Universidad Europea, Theconversation.com 14 ENE 2026

La soledad no deseada es una de las crisis existenciales y de salud pública más relevantes. Y lo es en una época definida por la hiperconectividad digital y el individualismo. Esta paradoja, propia de la sociedad moderna, trasciende toda frontera y barrera generacional. Sus ramificaciones impactan en el bienestar y la salud mental de la población. ¿Cuál es la naturaleza psicológica de este fenómeno multifactorial? ¿Qué papel juegan las redes sociales? ¿Qué consecuencias supone la desconexión sobre nuestra vida?

En primer lugar es fundamental distinguir entre dos conceptos: el aislamiento social y la soledad no deseada. Ambos a menudo se confunden, pero no son lo mismo.

El aislamiento social implica la ausencia de contacto social y es una condición objetiva que podemos cuantificar. Por ejemplo: falta de amigos, vivir solo, tener pocas interacciones fuera del entorno virtual.

Por contraste, la soledad no deseada es una experiencia intrínseca, subjetiva y de carácter emocional. Se trata de una carga negativa que genera malestar y sufrimiento. Surge cuando las relaciones sociales que poseemos son diferentes, en calidad y cantidad, de las que anhelamos. En España, el 20 % de las personas se encuentra en esta situación, aunque casi la mitad dice haberla vivido alguna vez en la vida.

La soledad es una sensación visceral de desconexión emocional o ausencia de apoyos significativos. Puede experimentarse incluso estando rodeado de personas, porque el problema no está solo en la cantidad, sino en la calidad del vínculo. Comprender esta diferencia es crucial.

Los lazos se debilitan y aumenta el individualismo

La soledad crónica en adultos se alimenta de rupturas en tres pilares relacionales: pareja, familia y amistad. Antes estos lazos ofrecían seguridad, pero hoy su fragilidad se debe a una profunda reconfiguración de los valores sociales y económicos.

Una serie de enemigos silenciosos están debilitando nuestros lazos afectivos:

  • Masificación y movilidad urbana. Las grandes ciudades facilitan el anonimato y diluyen la responsabilidad comunitaria. La constante movilidad dificulta la formación de lazos vecinales profundos y estables.
  • Precarización laboral y falta de tiempo. La presión por la productividad y las largas jornadas reducen el tiempo necesario para cultivar relaciones significativas. El tiempo libre se consume en la recuperación o el consumo, no en la construcción de relaciones sanas.
  • Debilitamiento del lazo familiar extenso. Las estructuras familiares cambiantes y la falta de contacto entre generaciones reducen la red de apoyo inmediato.
Sin embargo, el factor que más deteriora los vínculos es la filosofía de la autosuficiencia radical. Hoy, la autonomía, la independencia absoluta y la soledad disfrazada de tiempo para uno mismo parecen la máxima realización personal.

Esta doctrina del “yo primero” tiene consecuencias devastadoras. Fomenta las relaciones frágiles, al permitir desvincularse ante el primer conflicto. Se demoniza la interdependencia, se genera terror a la vulnerabilidad y se bloquea la intimidad real.

Al priorizar el crecimiento individual, se impone una cultura del descarte. Los conflictos se resuelven con la eliminación del vínculo en lugar de su reparación. La soledad se convierte en el coste inevitable de esta búsqueda.

Las redes sociales: el instrumento de la soledad

Las redes sociales no son la causa, pero sí el instrumento que amplifica esta filosofía. Ofrecen una ilusión de conexión mientras profundizan el aislamiento emocional. El ecosistema digital está diseñado para la idealización y la comparación social negativa.

  • Identidad e idealización. Los usuarios presentan una versión editada y exitosa de su vida. Esto genera una presión que hace que las interacciones reales parezcan fallidas.
  • Magnificación de la carencia. La exposición constante a narrativas de éxitos activa el miedo a perderse experiencias. Esto magnifica la percepción de las propias carencias y alimenta la envidia.
  • Validación superficial. La obsesiva búsqueda de likes genera una dependencia excesiva de la validación social externa. De lo contrario, la persona se siente vulnerable, sola e insuficiente, y pierde su sentido de identidad.
La calidad de la interacción digital es clave, pero rara vez es nutritiva:
El factor de la edad

La soledad se manifiesta con matices distintivos en cada edad.

En personas mayores se relaciona con pérdidas vitales inevitables (fallecimiento de seres queridos, deterioro de la salud). La brecha digital también aumenta el aislamiento. Los factores protectores son la calidad de las relaciones sociales previas y el involucramiento comunitario.

En jóvenes, la soledad está impulsada por la presión social, la búsqueda de identidad y la dependencia excesiva de la validación de redes sociales. Aunque sean frecuentes, las interacciones online resultan superficiales y no suplen el apoyo emocional profundo. Dejan una sensación constante de vacío y dificultad para desarrollar habilidades de conexión genuina.

Problemas de salud mental asociados a la soledad crónica

La soledad no deseada es un factor de riesgo psicológico y médico de primer orden. Cuando se cronifica, sus efectos son graves:
  1. Trastornos del estado de ánimo y ansiedad. La soledad no deseada es un potente predictor de la depresión. La sensación prolongada de desconexión lleva a un estado de indefensión. Aumenta la ansiedad social y es un factor de riesgo significativo para la ideación suicida.
  2. Impacto cognitivo y autoestima. La falta de estimulación social y el estrés crónico se han vinculado a un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia con un deterioro más rápido de la función cognitiva. La soledad prolongada se asume como un fallo personal, que deteriora la autoestima y la visión negativa de uno mismo.
  3. Trastornos de la conducta. La falta de apoyo dificulta la regulación emocional. Las personas solitarias pueden recurrir al consumo de sustancias o a la sobrealimentación para compensar el vacío. También puede generar hipervigilancia social, que perpetúa la desconfianza.
La soledad no deseada es el coste psicológico y social de una individualización impuesta. Desmontarla requiere reconocer que la interdependencia no es una debilidad, sino la clave de la resiliencia humana. El esfuerzo debe redirigirse hacia construir vínculos significativos y proteger relaciones de calidad.

martes, 20 de enero de 2026

"NO ENSEÑAR AL QUE NO SABE". Antonio Muñoz Molina, El País

FRAN PULIDO
Los buenos profesores sufren el descrédito, la postergación y el asedio porque son una barrera, casi la última, contra el triunfo de la ignorancia y la barbarie

Cabe la triste posibilidad de que la educación, en España, no le importe a nadie, salvo a algunos profesores no vencidos por el desaliento ni aquejados en exceso por las oscuridades depresivas, a algunos alumnos y alumnas misteriosamente poseídos por el deseo de aprender, a algunos padres y madres de convicciones humanistas, y a unos cuantos ilustrados sueltos que siguen sosteniendo la extraña convicción de que el saber es un ingrediente de la libertad y también de la dicha. Son ilusos convencidos de que el ser humano, para alcanzar la plenitud de sus facultades, necesita un aprendizaje en ocasiones arduo que le ayude a comprender racionalmente el mundo, a reconocerse en la humanidad de los otros, a situarse en el espacio gracias a la geografía y en el tiempo gracias a la historia. Sin tal aprendizaje no hay posibilidad alguna de distinguir entre las cosas ciertas y los embustes, entre la astronomía y la astrología, entre la evidencia fiable y la propaganda religiosa o política, entre la justicia y la injusticia, la democracia y la tiranía.

No nacemos de la nada ni somos los primeros ni los únicos en el mundo. Desde que salimos de nuestra deliciosa condición prenatal y submarina empezamos a aprender, porque nuestro equipaje genético no nos provee con la mayor parte de las capacidades que otros animales ya tienen al nacer. Aprendemos por nosotros mismos, y aprendemos de los adultos y los niños que nos rodean, y sin los cuales nuestro aprendizaje quedaría malogrado y nuestras posibilidades de sobrevivir serían irrisorias. La mayor parte de las cosas un ser humano no las aprende solo: ni a caminar, ni a hablar, ni a leer ni a escribir. Y quien nos enseña no es el transmisor mecánico de un conocimiento, o de una destreza, o de una pantalla. Aprendes de quien amas y te ama. Después del padre y la madre, el buen maestro te enseña no solo porque sabe las cosas que necesitas aprender, sino porque pone un fervor cordial en esa transmisión, sea en una escuela de párvulos o en un aula de Instituto.

Las religiones, las ideologías racistas, las tradiciones sagradas, dividen a los seres humanos en jerarquías según ellos innatas: los hombres por encima de las mujeres, los nobles de los plebeyos, los fieles de los infieles, los ricos de los pobres, los blancos de los negros. La convicción ilustrada es que todos los seres humanos, tan diferentes entre sí en inclinaciones y caracteres, poseen una misma dignidad y un conjunto de capacidades que no están marcadas por el origen, sino que se descubren y se van desarrollando través de la buena salud y la enseñanza sólida e igualitaria. Solo así se puede lograr que cada uno y cada una den lo mejor de sí, al ejercer destrezas y formas de talento científico, técnico o creativo que de otro modo se habrían frustrado, y por lo tanto habrían empobrecido la propia vida y a la comunidad.

Estos principios tan simples no le importan a nadie, o casi. En el cochambroso gallinero del Parlamento no se oye ni una sola palabra sobre la educación, una vez que cada nuevo gobierno ha derogado la nueva ley que promulgó el anterior. Cuando entrevistan en la televisión al presidente del Gobierno llegan incluso a preguntarle por el fútbol, pero nunca sobre la enseñanza, ni él se acuerda de mencionarla. Acaba de dimitir una ministra de Educación a la que durante varios años hemos visto hablar de casi todo, salvo de los asuntos propios de su ministerio. A un gran número de padres y madres tampoco parece que les preocupe la educación de sus hijos: tan solo que el profesorado se dé cuenta de lo especiales que son sus criaturas, o de que obtengan las credenciales suficientes para hacerse ricos cuanto antes, lo cual, como todo el mundo sabe, se consigue en instituciones religiosas privadas. Lo que le importa a las consejerías llamadas de Educación, en las comunidades gobernadas por la derecha, es demoler cuanto antes la enseñanza pública, a fin de beneficiar a la privada y a la santa Iglesia. Las quejas de los profesores, según informaba Ignacio Zafra hace unos días en estas páginas, son muy parecidas en todas partes, y nos las cuentan los amigos que se dedican al oficio: en las aulas de los centros públicos hay grupos hasta de cuarenta alumnos, lo cual no solo impide la célebre “atención personalizada”, por decirlo en el lenguaje entre psicopedagógico y empresarial que se ha impuesto, sino cualquier tipo de enseñanza verdadera.

Una luminaria internacional del saber educativo, Andreas Schleichen, director de Educación de la OCDE, declaró hace unos años en este mismo periódico, en el curso de una visita auspiciada por nuestro Gobierno socialista, que una ratio de treinta o cuarenta alumnos por clase no tenía efectos perjudiciales sobre el aprendizaje. Lástima que eso no lo supieran los educadores españoles, que han de enfrentarse a esos grupos tan numerosos bajo una sombra que también es una queja universal entre ellos: el descrédito de la figura del profesor y la falta de respeto a su trabajo, compartida por los alumnos y por sus familias, y alentada por las autoridades académicas, y por esa corriente universal de desprecio al saber que viene de la mano del ascenso de la extrema derecha y el poder de las compañías tecnológicas. El profesor, la profesora, es de antemano culpable de una acusación contra él, incluso tras una agresión física. Y si los resultados académicos —puramente cualitativos— no son todo lo favorables que las estadísticas exigen, y con las que los cargos políticos aspiran a condecorarse, la culpa no será nunca de la falta de medios, de las aulas pequeñas y mal habilitadas, del exceso de alumnos, del desinterés de los padres, de la carga burocrática insufrible que la administración impone a los profesores: son ellos los culpables, por no adaptarse a las metodologías modernas, por su cabezonería en seguir creyendo en la importancia del conocimiento, y en el valor de transmitirlo con el entusiasmo necesario para que sea fértil. Un profesor extraordinario al que conozco bien, que enseña con éxito literatura en el instituto de un barrio popular de Madrid, me explica que todas estas aberraciones, tristemente abrazadas por la izquierda, tienen su origen en un informe sobre la educación del porvenir que la OCDE solicitó a la consultora McKinley. Sus conclusiones se resumían en dos puntos igual de aterradores: la escuela tenía que educar en el liderazgo para la innovación; y no tenía que promover el conocimiento, sino las “competencias”. Un programa, me dice este amigo, a la medida de un neocapitalismo de pillaje.

¿Qué competencias pueden enseñarse separándolas de ese conocimiento que tanto les desagrada a todos? ¿Pueden la creatividad o el sentido crítico ejercerse sin una formación verdadera? El conocimiento no se transmite mecánicamente, como la información que uno copia de la inteligencia artificial. La principal arma de supervivencia y progreso de los seres humanos fue la capacidad de preservar y transmitir las experiencias adquiridas gracias primero a la palabra y luego además a la escritura. Los buenos profesores sufren el descrédito, la postergación y el asedio porque son una barrera, casi la última, contra el triunfo de la ignorancia y la barbarie, de la amnesia colectiva y el cinismo insidioso para el que todo da igual, salvo la ansiosa satisfacción de cualquier capricho instantáneo. Nos quieren ignorantes, groseros, sectarios, ansiosos, apoltronados, narcisistas, aislados cada uno en su paraíso virtual, insolentes y mansos en nuestro aborregamiento colectivo. En la Guerra Civil, los fascistas españoles tenían predilección por fusilar maestros. Ahora se trata de volverlos irrelevantes, de despojarlos de su dignidad y de los medios necesarios para su trabajo hasta que claudiquen y se rindan, o esperen desmoralizados a jubilarse.

lunes, 19 de enero de 2026

"JULIO IGLESIAS: YO TAMBIÉN ACUSO". Nuria Labari, El País

El respeto a la justicia es compatible con nuestra libertad para formarnos opiniones. El juicio social y el particular son necesarios para prevenir ciertas conductas

Todos hemos visto alguna de las agresiones sexuales de Julio Iglesias. Por ejemplo, en el vídeo donde besa a la fuerza a la fuerza a la presentadora argentina Susana Giménez. Lo hace varias veces en un minuto y medio hasta que al final le agarra la cabeza mientras ella grita: “No, Julio”. Aunque no es ni mucho menos un caso aislado. Si buscan en YouTube encontrarán más ejemplos. Como cuando besó a la fuerza (de nuevo agarra su cabeza) a la reportera boliviana Brigitte Martínez. Son públicos y numerosos los documentos gráficos y escritos, como las memorias de su expareja Vaitiare Hirshon, Muñeca de trapo: Mi vida con Julio Iglesias (Ediciones B), donde denuncia cómo la obligó a mantener prácticas sexuales que ella no deseaba. No solo hay denuncias, también hay pruebas inequívocas (vean los vídeos) para denunciar a Julio Iglesias como agresor sexual. Por eso no necesito esperar a la justicia como manda Feijóo. En vez de eso me permito condenar a Julio Iglesias como agresor sexual por lo que ya sé. Y espero a que la justicia investigue las denuncias que acabamos de conocer.

En primer lugar porque el juicio social y el particular son necesarios para prevenir ciertas conductas. Lo que haga la justicia está sujeto no solo a que exista una denuncia, sino a una serie de procedimientos administrativos donde no ser culpable no significa ser inocente. Evidentemente juzgar no es lo mismo que condenar, y esa potestad sí es exclusiva de la justicia. En cambio, tener un juicio de lo que pasa a mi alrededor es cosa mía. Y por eso denuncio una pauta de acoso mantenida públicamente en el tiempo. Y subrayo que las recientes denuncias no recaen ni cuestionan al Julio cantante, sino que son la última gota de vaso pública y visiblemente lleno del Julio agresor.

Las gravísimas denuncias de sus dos exempleadas (que la Fiscalía de la Audiencia Nacional ya investiga) nos obligan a esperar una sentencia, pero también a condenar al Julio agresor de sobra conocido, incluso cuando las mujeres agredidas no lo denunciaran en su momento. Iglesias agredió públicamente a mujeres en un contexto social propicio, cuando la agresión podía llegar a aceptarse como una de las vicisitudes de la vida. Pero eso no significa que las agresiones no existieran, que no se sintieran o no puedan ser reconocidas y condenadas. También en otros tiempos algunos maestros pegaban en las escuelas, y no por eso los golpes dolían menos. Hoy podemos y debemos condenar esa violencia sin esperar a ningún juez. Igual que podemos y debemos condenar el genocidio en Gaza sin esperar a la Corte Penal Internacional. La denuncia de violencias conocidas no precisa de sentencias ni de juicios y es responsabilidad de cada uno de nosotros. El hecho de que no se acusara públicamente a Julio en el pasado no hace menos graves sus abusos.

La labor de la justicia es una y la de la sociedad es otra. Y relegar el juicio personal a la justicia sería declararnos personas (y sociedades) sin criterio. Yo por ejemplo no me iría a trabajar para Julio Iglesias en una de sus mansiones. Ni permitiría que una hija, amiga o conocida lo hiciera. Y quienes me leen, sean cuales sean sus ideas, tampoco. ¿Saben por qué? Porque Julio Iglesias es peligroso para las mujeres. Y aunque lo hemos sabido siempre no lo hemos condenado nunca. Por eso, Julio, yo también te acuso.

domingo, 18 de enero de 2026

"MÁS TRUHAN QUE SEÑOR". Najat El Hacmi, El País

Como siempre que un famoso es acusado de maltrato machista, no tardan nada en salir en tromba los defensores del orden establecido

Yo querría no tener que hablar de violencia sexual nunca más, poder escribir sobre cualquier otra cosa y olvidarme de la náusea, el asco infinito que embarga todo mi cuerpo al leer los testimonios de las víctimas. Querría olvidarme de esos autoproclamados señores que de caballeros nunca tuvieron nada, que se comportaron siempre más como depredadores que como seductores, lo que los convierte en impotentes de la verdadera erótica. La gran frustración vital de Julio Iglesias será la de haber fracasado estrepitosamente como buen amante porque para follar bien hay que reconocer el deseo de la deseada en tanto que ser humano, hay que prestarle más atención de la que uno presta al propio colgajo hiperactivo. Lo que vemos en las imágenes de estos días, el trato dado a las periodistas, no es sexo sino ejercicio de poder. Sus fervientes defensores quitan importancia hasta a lo que vemos con nuestros propios ojos, profesionales de la comunicación agredidas ante las cámaras, zafándose como pueden de los besos ni deseados ni consentidos. Si esto les hacía a las que lo recibían en los platós en público, ¿por qué deberíamos creer que en privado era más comedido, más respetuoso? Como siempre que un famoso es acusado de maltrato machista, no tardan nada en salir en tromba los defensores del orden establecido. Ponen en duda el testimonio de las víctimas, que mienten siempre, resentidas, envidiosas, interesadas, frías y calculadoras. La maldad intrínseca de la mujer sigue bien viva y más si es pobre y es de uno de esos países paradisíacos que tan bien les vienen a los millonarios colonizadores. ¿Qué ganan ellas enfrentándose a una todopoderosa estrella mundial?

Un amigo del cantante, de cuyo nombre espero no acordarme nunca, salió en el programa de Sonsoles Ónega a decir algo así como que si te violan cada día ya no es violación, que si no lo has denunciado la primera vez después no te quejes. Esos truhanes aduladores de los patéticos machos alfa más deleznables forman parte del problema, de la estructura de impunidad que se establece alrededor de esos dioses tan mundanos. Si hay que sacrificar a las vírgenes en su honor, sean sacrificadas. Pero claro, no son solo hombres los que hablan por Iglesias y desprecian a las denunciantes, también algunas señoras mostraron su falta de empatía alzando la voz a favor del tótem nacional. Será que no saben lo que es ser agredidas sexualmente o creerán que sumándose a las filas del supremacismo machista a ellas no les pasará, que ellas no serán nunca como esas pobres criadas: víctimas.

"SEXO Y BENDICIÓN". Luis García Montero, El País

El poeta peruano César Vallejo (1892-1938)
Sería bueno que la Iglesia comprendiese que la castidad, entendida como un sacrificio divino, es un mandato antihumano

¿Qué será Lázaro de mayor? Lo que haya sido Lazarillo. La literatura nos enseña el respeto que merecen los niños y el valor de la educación a la hora de valorar nuestros destinos. Debemos recibir con entusiasmo los acuerdos del Gobierno con la Iglesia para hacerle justicia a las víctimas de la pederastia sacerdotal. Reconocer que somos vulnerables es la mejor manera de defender la convivencia y de recuperar la fe en el futuro. Quizá convendría aprovechar estos debates para defender también la importancia de la sexualidad. Sería bueno que la Iglesia Católica comprendiese que la castidad, entendida como un sacrificio divino, es un mandato antihumano y que la represión sexual tiene consecuencias muy negativas. Significaría un paso adelante que los católicos aceptaran que se puede unir la vocación sacerdotal con el valor humano del sexo, algo inseparable del pan, el vino y los peces.

Yo no puedo estar en contra de la sexualidad de los curas. A ella le debemos algunos de los grandes milagros de la poesía contemporánea. España, en este sentido, es también una nación muy adelantada. Un cura de origen español llamado José Rufo estableció relaciones humanas y mestizas en Perú con una mujer llamada Justa. Tuvieron un hijo llamado Francisco de Paula. Otro cura español, Baltazar Joaquín, interesado por el mundo indígena, se unió con Natividad para hermanar la carne y la vocación. Fue padre de una niña llamada María de los Santos. Entre comentarios torpes sobre el bien y el mal, Francisco y María crecieron, se enamoraron, se casaron y tuvieron 11 hijos. El último de ellos, nacido en Santiago de Chuco en 1892, fue bautizado con el nombre César Abraham Vallejo Mendoza. Hubiera sido una gran tragedia para la cultura en español que la castidad sacerdotal nos hubiese dejado sin César Vallejo, grandísimo poeta de nuestra lengua. Autor de Poemas humanos, una palabra suya bastará para sanarnos.

jueves, 15 de enero de 2026

“SOBRE DIOS: PENSAR CON SIMONE WEIIL”. Han, Byung-Chul (2025), Madrid, Contextos


Simone Weil es, en palabras de Byung-Chul Han, la figura intelectual más brillante del siglo xx. En este ensayo breve y visionario, el filósofo surcoreano reinterpreta la obra de la filósofa francesa como una brújula ética y espiritual para nuestro tiempo. Frente a un mundo dominado por el rendimiento, el consumo y la hiperactividad, Weil —y con ella Han— nos invita a redescubrir el vacío, el silencio, la atención y la trascendencia como formas de vida posibles y necesarias.

Con un tono íntimo y meditativo, Han establece un diálogo entre siete conceptos fundamentales del pensamiento de Weil —atención, descreación, vacío, silencio, belleza, dolor e inactividad— y las heridas contemporáneas: la saturación digital, el individualismo, la pérdida de sentido y el colapso espiritual. A fin de cuentas, Weil nos conduce —nos seduce, dice Han— hacia otra realidad: una vida más libre, más honda, menos sometida al ruido y a la eficiencia.

En tiempos de crisis, este libro ofrece una forma de consuelo que no evita el dolor, sino que lo abraza como vía de elevación. Una lectura que calma, sacude y transforma.

miércoles, 14 de enero de 2026

"CUANDO LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL SE CONVIERTE EN CONFIDENTE: RIESGOS Y OPORTUNIDADES PARA LA SALUD MENTAL". Pere Castellvi Obiols, Universitat Internacional de Catalunya, theconversation.com 8 ENE 2026

Un informe de la ONG Plan Internacional revela que una de cada cuatro jóvenes españolas entre 17 y 21 años utiliza un sistema de inteligencia artificial (IA) como confidente. Las razones son comprensibles: la IA siempre responde, no juzga y ofrece un tipo de atención que muchas personas no encuentran en su entorno inmediato.

Este fenómeno, que de entrada podría parecer inofensivo o incluso positivo, abre interrogantes profundos sobre el futuro de la salud mental y la ética tecnológica. Los sistemas conversacionales actuales, como ChatGPT o Replika, son capaces de reconocer patrones de lenguaje asociados a estados emocionales. Por ejemplo, si detectan tristeza, ansiedad o desesperanza, responden con mensajes de consuelo o apoyo.

En términos técnicos, estos modelos aprenden a predecir la siguiente palabra en función del contexto, pero su efecto psicológico es muy real. Nuestro cerebro responde a las interacciones con una IA de forma parecida a como lo haría ante otro ser humano: la voz digital o el texto empático activan los mismos circuitos neuronales de apego y recompensa.

Pero lo cierto es que estos sistemas no sienten: solo simulan sentir, y esa simulación puede provocar una ilusión de comprensión que confunde. En contextos de especial vulnerabilidad como la soledad no deseada o el sufrimiento emocional, esa ilusión puede aliviar… o crear dependencia.

Los nuevos riesgos de una mente digital

La IA aplicada a la salud mental encierra una paradoja: cuanto más humana parece, más fácil es que olvidemos que no lo es. De esa confusión derivan tres grandes riesgos.

El primero de ellos es la dependencia emocional. Algunos usuarios establecen vínculos afectivos con máquinas que de ningún modo pueden corresponder. La interacción habitual con una IA puede sustituir gradualmente el contacto humano y empobrecer la capacidad de empatía y autorregulación emocional.

Además, es posible desarrollar ansiedad tecnológica. Vivir bajo la influencia constante de sistemas que nos recomiendan cómo sentir o qué pensar puede generar una pérdida de autonomía y una sensación de control disminuido sobre la propia vida emocional.

Finalmente, corremos el riesgo de deuda cognitiva. Al delegar el pensamiento o la introspección a la máquina, perdemos el hábito de reflexionar y elaborar nuestras emociones. Del mismo modo que el GPS debilita nuestra memoria espacial, la IA puede debilitar nuestra memoria emocional.

A todo ello se suman los sesgos algorítmicos. Las IA aprenden de datos reales, pero estas bases de datos reproducen a menudo las mismas desigualdades de género, raza y cultura. Sin un mecanismo correctivo, esto puede provocar que una respuesta aparentemente neutral refuerce estereotipos o trivialice experiencias de dolor psicológico.

El espejo emocional de la IA

Recientemente, el Instituto para la Ética en Inteligencia Artificial de la Universidad Técnica de Múnich publicó un artículo informando de que los chatbots de IA necesitan salvaguardas emocionales. En él, los autores advierten que las interacciones prolongadas con IA pueden alterar la regulación emocional de los usuarios, e incluso inducir estados de dependencia o idealización del sistema.

Proponen introducir “salvaguardas emocionales obligatorias”, como la identificación clara de la IA como no humana, la inclusión automática de recursos de ayuda psicológica en situaciones de riesgo o la auditoría ética de los datos emocionales que estos sistemas recopilan.

El mensaje es claro: la inteligencia artificial no es neutral. Refleja las intenciones, valores y sesgos de quienes la diseñan. En el ámbito de la salud mental, donde las emociones son frágiles y el sufrimiento real, esto adquiere una relevancia ética decisiva.

De la amenaza al potencial

Pese a estos riesgos, la IA puede ser una gran aliada si se usa bien. Puede detectar precozmente signos de depresión o ansiedad analizando el lenguaje natural gracias a análisis de datos de una magnitud que va mucho más allá del alcance de la mente humana. También puede facilitar el acceso a atención psicológica en zonas rurales o con pocos recursos, además de servir como herramienta educativa para mejorar la metacognición, es decir, la capacidad de pensar sobre el propio pensamiento y gestionar mejor las emociones.

Paralelamente puede liberar a los profesionales de tareas repetitivas, ayudándolos a concentrarse en la relación terapéutica. No se trata de sustituir la empatía humana, sino de potenciarla mediante datos y análisis. Cuando la IA está al servicio del juicio clínico y no al revés, puede contribuir a un modelo de atención más humano, no menos.

Pero para ello necesitamos un marco regulatorio ético y científico sólido. La nueva Ley de IA europea, que entrará en vigor en febrero de 2026, es un paso adelante: exige transparencia, trazabilidad y supervisión humana en los sistemas de alto impacto.

En el ámbito de la salud mental, considerado de alto riesgo, esto debe traducirse en protocolos de seguridad emocional para estos sistemas, auditorías de sesgos y formación ética para los desarrolladores y clínicos.

En conclusión, la inteligencia artificial se han convertido en un espejo emocional de nuestra sociedad. Refleja nuestras fortalezas, pero también nuestras soledades. Puede acompañarnos, pero nunca reemplazarnos.

El desafío no es hacer que las máquinas sean más humanas, sino asegurar que los humanos no perdamos nuestra humanidad al hablar con ellas.

lunes, 12 de enero de 2026

"LA FIESTA DE LA CULPA". Irene Vallejo, Milenio

Ilustración: Román
  • ¿Por qué creemos que señalando nombres y rostros, el mal quedará exorcizado?
  • Cuando algo falla y sucede el desastre, ¿por qué extraño motivo esperamos un cierto alivio al responsabilizar a otros?
  • Un resorte primitivo conduce a mitigar el dolor azuzando la cólera contra el diferente
  • Buscar culpables resulta más apasionante que buscar soluciones
“Yo no he sido”, masculló tu hijo, con un acorde de desamparo en la voz. No le creíste. Estabas segura de haber dejado allí, sobre el escritorio, náufrago en tu borrasca de papeles, el cuaderno con las notas para el próximo artículo. Como la adulta racional y siempre atareada que eres, preferiste la riña exaltada a la serena búsqueda: “¿Cuántas veces te he dicho que no revuelvas mis papeles?”, rugiste mientras te agachabas, blandiendo preguntas acusadoras, a la altura de sus ojos. Empezaste a dudar cuando dos lagrimones rodaron por sus mofletes hasta oscilar suspendidos de la barbilla. De pronto, recordaste que K. había ordenado el despacho, y el cuaderno reposaba tranquilo en la estantería, oculto a tu ciega terquedad. Tu hijo hipaba llorando: acababa de tragar una cucharada de injusticia.

Cuando algo falla y sucede el desastre, ¿por qué extraño motivo esperamos un cierto alivio al responsabilizar a otros? Buscar culpables resulta más apasionante que buscar soluciones. Los antiguos griegos creían en una divinidad llamada Momo, que no tenía más atribución que encontrar faltas en los dioses y los humanos. Momo era hijo de la Noche, la personificación de nuestro oscuro impulso a tomarla con el prójimo. Los psicólogos afirman que no soportamos la incertidumbre, el caos, la imprevisible complejidad de lo real. El pensamiento mágico cree que, señalando nombres y rostros, el mal quedará exorcizado. Antiguamente, los judíos elegían un macho cabrío, lo llevaban al desierto y lo apedreaban para que pagase por los pecados de la comunidad. De ahí viene la expresión “chivo expiatorio”.

Históricamente reincidentes, buscamos a quien endilgar incluso catástrofes fortuitas o desastres naturales. Según cuenta la Biblia, el barco en que huía el profeta Jonás topó, al llegar a mar abierta, con una terrible tempestad. Los marineros decidieron arrojar por la borda, directo a las rugientes olas, a quien hubiera atraído la tormenta. Lo echaron a suertes y la culpa recayó por sorteo en Jonás, que acabó engullido por la ballena. Rifar la condena es una de las fórmulas procesales más delirantes jamás imaginadas. Alessandro Manzoni narró en su Historia de la columna infame un episodio real ocurrido durante la peste de 1630. Una vecina de Milán, precoz espía de balcones, denunció a un hombre que restregaba los dedos contra la muralla. Así nació el mito de los untadores, que supuestamente expandían el contagio con ungüentos mortales en pomos, barandas y muros. Se abrió un proceso en el que se torturó y ejecutó a personas inocentes, cuya responsabilidad era sólo producto de una imaginación aterrorizada. Estas supersticiones no son tan antiguas: hace menos de un siglo, los japoneses acusaron absurdamente del terremoto de Kantō a los inmigrantes coreanos, desatando una matanza que dejó varios miles de cadáveres.

En un episodio de Los Simpson, Homero asesora con cinismo a sus compañeros de trabajo: “Si algo va mal en la central nuclear, culpad al tipo que no habla inglés”. La máxima apela a ese resorte primitivo que sobrevive en nuestras mentes: simplificar la complejidad de las causas convirtiéndolas en culpas. Los atenienses celebraban sus fiestas Targelias con el sacrificio ritual de dos personas acusadas de provocar hambre, sequías, epidemias o terremotos. Las arrastraban fuera de la ciudad para lapidarlas, lincharlas o lanzarlas por un precipicio. Creían que el mal siempre viene de fuera y debe ser expulsado con violencia. Llamaban a su víctima propiciatoria pharmakós, de donde procede nuestra palabra “fármaco”, como si su sangre eliminase la enfermedad. En tiempos de desgracia, es preciso mantenerse alerta, auscultar los errores, esgrimir la crítica: ser capaces de tender la mano y vigilar desmanes. Pero la convivencia se enfanga si intentamos aliviar el dolor azuzando la cólera contra el diferente, el que nos cae mal, esa gente perversa que no es o no piensa como yo. En los dominios nocturnos del antiguo Momo, unos y otros procuran que el señalado sea su adversario —ideológico o íntimo—. Dime a quién culpas y te diré quién eres.

domingo, 11 de enero de 2026

"LO COMÚN, A LA MIERDA". Juan José Millás, El País

Cola frente a una tienda de ropa en la Unión Soviética,
enero de 1991
Si la política fuera un espejo, debería devolvernos una imagen de nosotros, si no cómoda, reconocible

La política comenzó a divorciarse de la vida cuando aceptamos como inevitable la precariedad laboral, o los salarios insuficientes, o la imposibilidad de acceder a una vivienda digna. También cuando admitimos el hecho de que los hijos no se fueran de la casa de los padres (o de que volvieran a ella tras el intento fallido de independizarse). Tal vez cuando asumimos que la corrupción formaba parte de la naturaleza de las cosas. La política sigue produciendo grandes palabras, pero la existencia cotidiana transcurre por las vías de los cuidados domésticos, de los miedos discretos, de la sensación agobiante de empezar de cero cada día.

A medida que el divorcio se consolida, lo irregular se expande. La pobreza, en fin, deviene condición ordinaria. La falta de hogar, destino fatal. Y la política, en lugar de interrumpir esa deriva, la administra con un lenguaje cada vez más autorreferencial. En la Unión Soviética tardía, rica en discursos de carácter político, la existencia cotidiana se organizaba a base de colas, de favores, de enchufes, y de una ironía resignada. Los oficiantes de la cosa pública ni siquiera eran percibidos como enemigos, sino como seres de otro mundo. El sistema colapsó sin épica: nadie salió a defender una ficción que llevaba tiempo desconectada de la experiencia real. El divorcio se había consumado. La desafección, de la que tanto hablamos estos días, es una forma de agotamiento lúcido. La vida se refugia en lo privado porque lo público solo ofrece listas de espera, auténticas o metafóricas, en cualquiera de los ámbitos a los que volvamos la mirada. Y ese vacío es ocupado por supuestos patriotas que encuentran ahí un nicho de mercado del que sacar tajada (¡y a fe mía que se forran!).

Si la política fuera un espejo, debería devolvernos una imagen de nosotros, si no cómoda, reconocible. Al no hacerlo, lo que se va a la mierda es la idea de lo común, que no se reconstruye con retórica.

sábado, 10 de enero de 2026

"Cuando ChatGPT se usa para resolver conflictos de pareja: “Si le preguntas más que a ti misma, es una señal de alerta”. Anabel Cuevas Vega, elDiario.es

ChatGPT es ahora también un 'terapeuta' de pareja

Cada vez más personas recurren a la inteligencia artificial para resolver conflictos sentimentales, aclarar dudas o entender a su pareja. La accesibilidad, el anonimato y la inmediatez han convertido a la ChatGPT en un refugio emocional, especialmente entre los más jóvenes

ChatGPT se ha convertido en un aliado imprescindible para muchas personas. Es motor de búsqueda, guía de viajes, fuente inagotable de ideas para regalar, experto en recetas, consultor médico, psicólogo… y ahora también terapeuta de pareja.

“Uso la IA para saber cómo responder en una discusión o para entender el punto de vista de mi pareja”, reconoce Marcos, de 21 años, convencido de que le ayuda a “aclarar las ideas y saber estructurarlas”. Por su parte, a Julio, de 30 años, ChatGPT le ayuda a ver las situaciones desde otra perspectiva: “Me ha ayudado mucho a ver mis propias red flags”. Esta tendencia se amplifica en redes sociales, donde usuarios y creadores de contenido dan consejos sobre cómo sacar partido a ChatGPT para solucionar problemas de pareja, analizar tu relación o incluso saber si tu novio/a te es infiel –a partir de un análisis de conversaciones de WhatsApp–.

El fenómeno no es anecdótico. Según el estudio Singles in America, el uso de la inteligencia artificial en el ámbito sentimental está especialmente extendido entre los más jóvenes: casi la mitad de la generación Z (49%) asegura haber utilizado IA para ligar o gestionar sus relaciones –un porcentaje superior a cualquier otra generación–. Aunque también se extienden los usos previos a tener pareja: el número de solteros que utiliza algoritmos en el entorno romántico aumentó un 300% con respecto a 2024; un 26% de los encuestados afirma que la IA ha hecho que ligar sea más fácil y un 16% reconoce haber interactuado con una IA como compañero romántico —una cifra que asciende al 33 % entre la Generación Z—.

A Carmen, que tiene 60 años y apenas usa la IA, no le parece raro que los jóvenes estén utilizando ChatGPT en el ámbito de la pareja; está segura de que si hubiera existido cuando su generación era joven, también la habrían usado. “Me parece de lo más normal, ahora la usamos para todo y a todas horas; igual que buscas una receta, puedes buscar cómo reconciliarte con tu pareja después de una discusión (...) A lo mejor no se te ocurre qué decirle y la inteligencia artificial te puede ayudar”, opina. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 8 de enero de 2026

"DIEZ ESTRATEGIAS DE LAS ÉLITES ESPAÑOLAS PARA PARASITAR EL ESTADO". Jorge Dioni, El País

"Juan Lanas", por Eduardo Sojo, Demócrito.
Publicado en El Motín, nº 5 (8-5-1881)

 De los Reyes Católicos a Franco, las oligarquías dominantes han usurpado las riquezas a las clases productivas con las expropiaciones del territorio, la elusión de impuestos, la captación de subvenciones, el tráfico de esclavos y hasta el uso de la guerra para hacer negocios

Carlos Arenas, profesor de Historia e Instituciones económicas de la Universidad de Sevilla, publica El Estado pesebre (El Paseo): interesante ensayo sobre el abuso de poder y la corrupción de reyes, obispos o negreros en la España moderna y contemporánea. Sintetizamos sus principales estrategias.

1. El Estado es cosa de ricos

Los Reyes Católicos se asentaron en el poder gracias a la venta a particulares de títulos de nobleza, jurisdicciones y cargos públicos que tenían sus regalías y, desde entonces, se configura un país en el que la cultura de la renta se impone a la de la producción o la innovación. En 1557, por una regiduría de una ciudad con voto en Cortes se pagaba entre 600 y 3.200 ducados. En el siglo XVI, el banquero genovés Nicolás de Grimaldo adquirió 630 cargos municipales en noventa municipios distintos para repartirlos entre sus familiares.

2. Paraísos fiscales interiores

Se entendía que el que había comprado un cargo a la Corona tenía vía libre para extraerle todo el provecho posible. Además de la corrupción directa, la ocultación del territorio fértil o de las cosechas era algo habitual. En los años 1477 y 1478, el arzobispo de Sevilla embarcó 192.000 fanegas de trigo sustrayéndolas al comercio local. Tras el intento fallido del marqués de la Ensenada, el gobierno surgido de la Gloriosa se propuso hacer otro catastro en 1868. En la provincia de Cádiz, casi la mitad de la superficie cultivada estaba oculta a los documentos oficiales.

3. Los impuestos son cosa de pobres

El sistema de encabezamiento permitía a la Corona desentenderse de la recaudación directa de impuestos. Se adjudicaba a cada núcleo de población una cantidad y, además de no pagar, las élites locales exprimían a las clases productivas y se quedaban la diferencia entre la cantidad prevista y la obtenida. El mayor fraude fiscal correspondió al comercio con América: cámaras ocultas, falseamiento de arqueo, sobornos a controladores, etc. El fraude llegó a afectar al 80% del comercio, con la Casa de Medina Sidonia en cabeza.

4. El negocio de la guerra

En la época imperial, los conflictos devoraban tres cuartas partes de los ingresos de la Corona. El montante total de la deuda soberana pasó de 20 a 280 millones de educados entre 1556 y 1667. El complejo militar-preindustrial estaba dirigido por las élites aristocráticas y la corrupción era algo habitual: desfalcos, fraude contable, connivencia con proveedores o la no actualización de la tropa para quedarse con las soldadas de los muertos. La caída en desgracia de Antonio Pérez, secretario de Felipe II, tuvo que ver con su defensa de una paz con Flandes frente al lobby belicista.

5. El robo organizado a los disidentes

Se calcula que 300.000 españoles fueron llevados a juicio por la Inquisición entre 1481 y 1788. Aunque no hubiera muerte, el castigo conllevaba la confiscación total o parcial de los bienes del acusado, que se transferían a los miembros del tribunal, a los funcionarios y a los delatores. En diferentes momentos, Fernando VII y el bando franquista replicaron el modelo. En Andalucía, se abrieron 11.000 expedientes de depuración tras la Guerra Civil que expropiaron alrededor de 70 millones de pesetas y miles de propiedades.

6. Patrimonio real o nacional

Es costumbre real el robar, pero los Borbones exageran, dijo Talleyrand. Fernando VII peleó con todas sus armas para que el patrimonio real no se convirtiera en nacional, una metáfora interesante. Su viuda, María Cristina, fue el epicentro de una trama corrupta que incluía especulaciones bursátiles con información privilegiada, concesiones amañadas, tráfico de esclavos e incluso la fundición de monedas de plata y oro robadas al patrimonio del Estado. En 1845, su fortuna era de 184 millones de reales. La de su bisnieto Alfonso XIII, accionista de setenta y tres empresas, pasó de 8,9 millones de pesetas en 1902 a 44 en 1931.

7. El fracaso del liberalismo

La nobleza y la Iglesia se resistieron a perder sus privilegios con la revolución liberal: control de la administración, elusión fiscal y acumulación de propiedades. En general, lo consiguieron. En 1837, se cambió la ley que obligaba a nobleza y clero a demostrar la propiedad de la tierra y pasaron a ser los ayuntamientos los que tenían que hacerlo. Las desamortizaciones posteriores acabaron beneficiando a los que ya poseían tierras, además ser una privatización de bienes públicos. En Sevilla, menos del 4% de los compradores adquirió más del 60% de las propiedades subastadas. En 1931, la Iglesia aún poseía un tercio de la riqueza inmueble de España: 11.921 propiedades rústicas y 7.828 fincas urbanas.

8. Una revolución para un rescate

En 1848, comenzó la construcción de la red ferroviaria. El Estado se excluyó como inversor, pero no como sostén o rescatador. Dos años después, sólo se había construido un 2,3% de lo convenido porque el negocio estaba en la captación de subvenciones. La compañía de la familia Rothschild contrató a trece ministros de Hacienda y tres ministros de Fomento. La crisis del 1866 tuvo efectos devastadores sobre la economía y las acciones de las compañías ferroviarias se desplomaron un 90%. Cayó el gobierno de O’Donnell. El espadón Narváez se negó al recate y, en 1868, un complot destronó a Isabel II. Estuvo liderado por el general Serrano, presidente de una compañía ferroviaria. Su gobierno sí aprobó el nuevo paquete de ayudas.

9. El negocio del Rif

En la conferencia de Algeciras de 1906, España quedó al cargo de las provincias marroquíes del Rif y Yebala. Dos años después, se constituyó la Sociedad Española de Minas del Rif cuyos propietarios eran, entre otros, Alfonso XIII, Romanones, Comillas, Godó, Urquijo o Zubiría. Élites madrileñas, barcelonesas y vascas. Entre 1909 y 1931, la aventura colonial de Marruecos para defender los negocios privados se llevó unos 5.600 millones de pesetas del presupuesto y costó la vida a 21.000 españoles. Además, dentro del ejército, se creó un partido africanista que hizo del militarismo una filosofía que acabaría triunfando en la Guerra Civil.

10. El negocio de la Guerra Civil

Para los militares africanistas, la guerra fue un negocio. Franco reunió en los tres años de guerra civil una fortuna de 34,3 millones, producto de sobresueldos, comisiones de empresas extranjeras u operaciones como la reventa de un carguero de café donado por el dictador brasileño Getulio Vargas que le proporcionó 7,5 millones. El año de su muerte, tenía participaciones en 52 empresas y 21 fincas y palacios.

miércoles, 7 de enero de 2026

"EL PUTO AMO". Martín Caparrós, El País

Escuchar a Trump produce una tristeza extraordinaria. ¿Cómo pueden tantas personas pensar que ser bruto es ser decente? ¿Cómo logramos desprestigiar así la inteligencia?

Si alguien le preguntara qué es una subordinada, imagino que el señor Trumpf diría bueno, cualquier mujer, para eso son mujeres —o algo así—. Y hasta podría aclarar que no es machismo: que si le preguntaran qué es un subordinado diría bueno, cualquier hombre, para eso soy el puto amo. Pero el problema de las subordinadas sigue allí: se ve que el señor Trumpf, que todavía no aprendió que las frases tienen sujeto y predicado, no llegará nunca a esa complejidad menor, que cualquier niño usa: incluir en su frase una subordinada, que cualquier niño en USA usa.

Apena oírlo. Escucharlo destrozar la lengua inglesa produce una tristeza extraordinaria: ¿cómo pudo llegar hasta ese sitio un señor incapaz de alinear ocho palabras? La respuesta posible produce más tristeza: debe ser que en su país hay 70 u 80 millones de personas que creen que hablar así es mejor, que hablar así es hablar en serio, que así hablan los verdaderos hombres, y se entregaron a sus brazos. ¿Cómo pueden tantas personas pensar que ser bruto es ser decente? ¿Cómo logramos desprestigiar así la inteligencia? Es duro, pero peor aún —mucho peor aún— es la evidencia de que un señor primitivo, semianalfabeto, vengativo, violento, despectivo, maneja el mayor ejército que el mundo ha conocido.

Y que está dispuesto a usarlo cuando se le cante: que está dispuesto a cagarse en las leyes y las normas y los pactos que firmó su país porque sabe que su ejército es más grande y no ve ninguna razón para no usarlo. Entonces, otra vez la pregunta: ¿cómo fue que el mundo le dio a este lisiado mental la capacidad de destruirnos? ¿Es eso lo que somos? ¿Una gran banda de idiotas buscando la forma más idiota de acabar con todo, de dejarles de una buena vez nuestro lugar a las cucarachas?

El señor Trumpf actuó: mandó quichicientos aviones de guerra y helicópteros de guerra y barcos de guerra y muñecos de guerra para secuestrar a un presidente —ilegítimo— extranjero. Lo secuestró, junto con su señora, y ahora los tiene secuestrados. Los jefecitos del planeta lo miran tratando de que no se les note su terror: tienen más miedo que vergüenza. Y él blablabla orgulloso y explica que lo ha metido preso por “narcoterrorista”, porque ha matado con sus drogas a muchos miles de norteamericanos. La explicación es digna de su nivel mental: sus compatriotas drogadictos no lo son porque tengan problemas ni porque vivan en un país que produce esos problemas sino porque unos extranjeros malvados los drogan —y entonces él debe perseguir a los extranjeros para salvar a los americanos—. Preguntas, otra vez preguntas: ¿de verdad el señor más poderoso del mundo puede decir una estupidez semejante? ¿De verdad hemos conseguido que un estúpido semejante sea el señor más poderoso del mundo?

Alguien podría pensar, utilizando viejas narrativas, que el ataque militar de Trumpf fue un error espantoso: al secuestrar al líder degradado le da una vida nueva. Ahora Maduro será, para algunos de sus compatriotas, el mártir, la “víctima del imperialismo americano” y será, para ellos, lícito luchar por su regreso o sus ideas con cualquier arma que se tercie. ¿Quién podrá decirles que no tienen ese derecho si su país fue atacado por un ejército extranjero con las armas más modernas, más letales? En un continente donde la política ya no usaba violencia, el señor Trumpf ha vuelto a ponerla en el tablero. Ojalá me equivoque.

El señor Trumpf se habla encima sin parar —el doctor Freud escaparía con la cabeza como un bombo— pero, de todos sus lapsus, el mejor, el más revelador llegó cuando llamó a su nuevo prisionero, el señor Maduro, “un dictador ilegal”. En mi escuela, cuando era chiquito, me enseñaron que ser un dictador era ilegal: que no puede haber “dictadores legales”. Se ve que el señor Trumpf, con su inconsciente a flor de piel, piensa que sí —y si alguien le dice que no, va y se mira una vez más en el espejo—.

El problema es lo que ese espejo le contesta: que sí, que es el más grande y el más fuerte y que cualquiera que lo joda ya va a ver, que para algo él es el puto amo, el que va a decidir cómo es el mundo. Hoy lo hizo y nadie dijo nada. Si seguimos callados va a ser cierto, cada vez más cierto. No sé si contestarle —en las calles, los medios, las redes, las cancillerías— servirá para algo, pero no contestarle es una forma bruta del suicidio. Es, ahora sí, realmente, una cuestión de vida o muerte.

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