sábado, 26 de abril de 2025

"Distopías, autoritarismos, amenaza tecnológica... ¿Se acabó el progreso?" Sergio C. Fanjul, El País 23 FEB 2025

Pensábamos que el mundo iría siempre a mejor. Que alcanzaríamos mayores cotas de bienestar y de felicidad, y que lo natural es que los hijos vivan mejor que sus padres. Pero, tras décadas de avances, afrontamos tiempos de gran incertidumbre: resulta difícil imaginar un futuro en un contexto de guerras, populismos y desastres naturales. ¿Qué es hoy el progreso? ¿Aún es posible?

El mundo siempre va a mejor. A mayores cotas de bienestar, de respeto, de felicidad. Esta idea, la idea de progreso, ha parecido natural al ser humano durante los últimos tres siglos. Está incardinada en nuestra psique y tenemos una forma cotidiana de pensar en ella: los hijos siempre vivirán mejor que sus padres. Pero la idea de un progreso lineal y ascendente ni ha existido siempre, ni tiene beneficios indiscutibles, ni parece sostenerse en tiempos de futuro abolido, cuando la civilización se da de bruces contra un muro. Los hijos, descubrimos con sorpresa, vivirán peor que sus padres. El menú de apocalipsis cotidianos nunca pareció tan nutrido en un momento en el que Donald Trump ha vuelto a la Casa Blanca encabezando una ola de populismos de extrema derecha que amenazan la democracia, continúan los conflictos bélicos en Ucrania y Gaza, y sobre el futuro se ciernen las sombras de la crisis climática o la tecnología desbocada. Es difícil imaginar un futuro. Y más difícil imaginar un futuro apetecible. ¿Tiene sentido pensar hoy en el progreso?

Hubo un tiempo en el que el mundo parecía estático. La gente nacía y moría, no se movía del terruño, no sabía lo que pasaba en el resto del planeta y todo permanecía más o menos igual. Los cambios sucedían lentamente y predominaba la idea de un tiempo circular, según explicaba Mircea Eliade, el historiador de las religiones de origen rumano, en El mito del eterno retorno (Alianza Editorial). En el pensamiento arcaico, los sucesos de la vida eran solo repeticiones de otros sucesos que ocurrieron en un tiempo mítico, de ahí el carácter sagrado de actividades como la caza, la pesca, el sexo y la veneración de los ancestros. Todo era repetición, igual que se repiten los días y las estaciones. A pesar de que el cristianismo puso un inicio y un fin a la historia (la Creación y el Juicio Final), en las gentes del común persistió arraigada esa sensación de circularidad.

El tiempo lineal, y con él la idea de progreso, llega con la Modernidad, fruto de la Ilustración, las revoluciones científica e industrial y sus consecuencias sociopolíticas: el capitalismo y la democracia liberal. El mundo empieza a marchar a velocidad creciente al hilván de los pensadores ilustrados y su tríada razón-progreso-bienestar. Es la época de las luces que vencen a la oscuridad medieval (una oscuridad que hoy se pone en solfa) y que conducen a nuestro mundo de avances y prodigios. Emerge la actual idea de futuro: un futuro glorioso al que nos dirigimos casi por necesidad.

“La idea de progreso creó el mundo moderno”, explica por correo electrónico Johan Norberg, autor de libros como Progreso: 10 razones para mirar al futuro con optimismo (Deusto, 2018) o Abierto: la historia del progreso humano (Deusto, 2021). Pone ejemplos de sus beneficios: la disminución de la pobreza extrema global, el aumento de la esperanza de vida o la reducción de la mortalidad infantil. “Esto ocurrió gracias a la riqueza y la tecnología, pero las personas no habrían trabajado arduamente para invertir, innovar y crear si no creyeran que sus esfuerzos podrían funcionar. Necesitamos una cultura de esperanza y posibilidad si queremos que el progreso humano continúe”, dice el historiador sueco, considerado parte de los nuevos optimistas, corriente a la que también se asocia, entre otros, al psicólogo Steven Pinker. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 23 de abril de 2025

¿IGNORANCIA O MALDAD? Juan José Millás, El País 20 ABR 2025

El ideólogo populista y exasesor de Donald Trump Steve Bannon
hace el saludo nazi en la CPAC el 20 de febrero de 2025.
Me asombra la expresión del rostro de este hombre que al ejecutar el saludo fascista parece lanzar al público un guiño de inteligencia, de complicidad y de autoafirmación:

—¡Fijaos en lo que hago!

Lo que hace Steve Bannon es refrendar una doctrina que exterminó a seis millones de judíos y a cientos de miles de gitanos. Detrás de ese gesto están los homosexuales marcados con triángulos rosas, detenidos, torturados, castrados, asesinados o forzados a “curarse” mediante procedimientos médicos atroces. Están también las personas con discapacidades físicas o mentales, eliminadas por el régimen de Hitler bajo el programa Aktion T4, en nombre de una pureza biológica que justificaba la aniquilación de quienes no encajaban en su ideal. Están los millones de civiles muertos en bombardeos, ejecuciones sumarias o deportaciones masivas. Están los niños separados de sus familias, están los pueblos arrasados por haber escondido o ayudado a “los otros”, está el miedo convertido en norma, la delación en práctica cotidiana, la cultura trocada en propaganda. Está la mujer reducida a máquina de reproducción de la raza, está el cuerpo disciplinado y están los afectos vigilados.

El saludo fascista glorifica la imposición violenta de una única forma de ser, de pensar y vivir. Constituye una negación de la pluralidad y una amenaza para cualquiera que no encaje en el angosto molde del ideal fascista. Lo que dice el hombre de la foto al levantar el brazo es: “Si sucediera hoy, le daría mi apoyo”.

¿En qué cabeza cabe? En muchas, lamentablemente, a veces por ignorancia, pero sobre todo por maldad.

domingo, 20 de abril de 2025

"EL FASCISMO EN ESTADOS UNIDOS". Siri Hustvedt, El País 18 ABR 2025 -

SR. GARCÍA
Mi padre solía decir: “Cuando el fascismo llegue a América, lo llamarán americanismo”.


En mi barrio de Brooklyn, todo sigue aparentemente igual. Las tiendas están abiertas y la gente camina dedicada a sus cosas. Sin embargo, la rutina está teñida de miedo. Al otro lado del puente, en el Upper West Side de Manhattan, se encuentra la Universidad de Columbia, donde estudié y obtuve mi doctorado en Literatura en 1986 y que ahora está en apuros con el nuevo Gobierno. Mi difunto esposo, Paul Auster, era estudiante en Columbia en 1968. Fue uno de los centenares de personas que ocuparon un edificio; recibió patadas y golpes de la policía y pasó una noche en la cárcel. Mi cuñado, el artista Jon Kessler, es profesor en la Escuela de Artes de Columbia. En definitiva, es una universidad que siento muy cercana. Después de que hubiera en ella manifestaciones propalestinas durante la pasada primavera, el Gobierno de Trump, para castigarla, le ha retirado millones de dólares de fondos federales con el pretexto del antisemitismo. La universidad ha capitulado ante las draconianas exigencias.

“Las universidades son el enemigo”, se titulaba un discurso pronunciado en 2021 por J. D. Vance, ahora vicepresidente de Estados Unidos y que, irónicamente, se graduó en la Facultad de Derecho de Yale.

Las palabras importan. Alteran la percepción humana, excitan las emociones e influyen en el rumbo de los acontecimientos políticos.

Desde el ascenso de Trump en 2015, se han publicado incontables artículos en distintos medios de comunicación que plantean una pregunta: ¿MAGA es o no es fascista? Jason Stanley, profesor de Yale y autor de Facha, y Ruth Ben-Ghiat, de la Universidad de Nueva York, que publicó Strongmen en 2020, han señalado muchos paralelismos entre el trumpismo y el fascismo europeo. Robert Paxton, autor de La Francia de Vichy: vieja guardia y nuevo orden, 1940-1944, llegó a la conclusión de que MAGA tenía características fascistas al presenciar los actos violentos del 6 de enero de 2021.

La respuesta de los principales medios de comunicación (y muchos académicos) ha sido que realizar esas comparaciones es “irresponsable”. Que los únicos que asocian a Trump con Hitler son los alarmistas de izquierdas. Los Estados Unidos de 2025 no son la Alemania de 1933.

La insistencia en que no se puede utilizar la palabra “fascismo” para hablar del Partido Republicano corresponde al pensamiento convencional. El discurso vocinglero de la extrema derecha es cada vez más habitual en la política. Para situarse en un terreno intermedio, los llamados medios de comunicación tradicionales, que están vinculados a intereses empresariales, tienen miedo de perder el acceso al poder y desean mantener un tono de moderación y continuidad, han decidido recurrir a las paráfrasis. Los berridos racistas, xenófobos y misóginos y las frases incoherentes de Trump pasan a ser declaraciones fluidas y racionales. La técnica tiene un nombre: sanewashing, dar un aire de sensatez a lo que no es más que una locura. Varios periodistas —entre ellos Paul Krugman, excolumnista del periódico— han acusado a The New York Times de caer en ello.

Los grandes medios de comunicación, colaboracionistas.

El racismo descarado a la hora de buscar chivos expiatorios entre las personas no blancas y los inmigrantes; la demonización de feministas y marxistas; la evocación de una edad de oro triunfal pero ilusoria que se va a recuperar gracias al gran macho líder, cuya virilidad teatral y beligerante encarna una voluntad cuasi religiosa del “pueblo”; el borrado de la historia; el despido de profesores; la prohibición de libros; la restricción de los derechos de la mujer y la insistencia en que los roles sexuales “tradicionales” son “lo natural”; la alarma por el descenso de la tasa de natalidad; el discurso eugenésico de los “genes malos” y la mágica transformación del grupo que domina una sociedad en víctima son elementos presentes en todos los movimientos fascistas (del siglo XX) y neofascistas (del siglo XXI) del mundo entero.

Hay que destacar que el auge del fascismo en Europa y el ascenso del Ku Klux Klan, la histeria contra los inmigrantes y la popularidad de la eugenesia en Estados Unidos se produjeron después de una pandemia mundial de gripe. La segunda encarnación de MAGA surgió inmediatamente después de la covid-19.

La propaganda, que conecta con los sentimientos colectivos de malestar, proporciona a los espectadores unos cómodos objetos a los que culpar y odiar. Convierte una irritación colectiva sin causa identificable en un diagnóstico específico: son los judíos; es lo woke (que abarca a todo lo que no son hombres blancos heterosexuales). Resulta apropiado llamarlo propaganda. La propaganda es el lenguaje que tiene una misión.

“No hay nada que confunda tanto a la gente como la falta de claridad o de rumbo”, escribió en 1931 Joseph Goebbels, futuro ministro de propaganda nazi, en Wille und Weg. “El objetivo no es presentar al hombre común todas las teorías distintas y contradictorias posibles. La esencia de la propaganda no está en la variedad, sino en la contundencia y la persistencia con las que se seleccionan ideas del pensamiento en general y se inculcan en las masas utilizando los métodos más diversos”.

Goebbels, un hombre con un doctorado en Filología, entendía qué es lo que hay que hacer con el mensaje. Cuando se repite una y otra vez, se consigue el objetivo. Hoy, los medios de comunicación de derechas estadounidenses, como hacía la maquinaria de propaganda nazi, repiten y amplifican las frases de Trump. Hace poco oí a un locutor de radio repetir una y otra vez “FRAUDE Y ABUSOS”, el mantra con el que Elon Musk y sus secuaces justifican el asalto a organismos gubernamentales y el despido de decenas de miles de trabajadores. Un ciudadano estadounidense que no escuche o vea más que los medios de comunicación MAGA está tan aislado como lo estaba el alemán ario cuando los nazis tomaron el control total de los medios de comunicación.

Se ha filtrado a la prensa una lista de 199 palabras marcadas como sospechosas por el Gobierno, entre ellas, negro, diverso, gay y mujer. Blanco, homogéneo, heterosexual y hombre no están incluidos. La purga sería cómica y absurda si no fuera por el miedo que inspira. Los científicos y académicos que aspiren a recibir subvenciones oficiales deben evitar estas palabras. También figuran en la lista mujer y género. Vigilar el lenguaje no es exclusivo del fascismo; es un mal endémico de los regímenes autoritarios.

El filósofo ruso M. M. Bajtín escribió La imaginación dialógica en época de Stalin, cuando emplear la palabra que no tocaba podía suponer el Gulag. El libro, un análisis de la novela, no se publicó hasta 1975. Para Bajtín, el género literario se distingue por tener una variedad de perspectivas y estilos lingüísticos que él llamó heteroglosia. El discurso autoritario, por el contrario, es unitario e inflexible y se impone desde arriba. Está “indisolublemente unido a su autoridad —al poder político, a una institución, a una persona— y se sostiene y cae junto con esa autoridad”.

El poder del lenguaje democrático, de la auténtica libertad de expresión, reside en la igualdad, la variedad, la contradicción, la interpretación y el diálogo: una polifonía encarnada en distintos oradores en diferentes situaciones, cuyas palabras cambian sin cesar porque reaccionan a las palabras con las que se expresan los demás.

La mitad de los votantes de este país no han elegido el neofascismo. A pesar de que hay cada vez más miedo, también hay cada vez más oposición. Mi marido y yo, junto con otros escritores, fundamos en 2020 Writers Against Trump (Escritores contra Trump), ahora llamada Writers for Democratic Action (WDA, siglas en inglés de Escritores por la Acción Democrática), que cuenta con más de 3.000 miembros y es una de las muchas organizaciones de resistencia que están emprendiendo acciones colectivas. Las palabras importan. Las palabras son acción. Hablar y escribir públicamente, o en la clandestinidad si se agrava la represión, será crucial para contribuir a que la segunda versión de Trump conserve o pierda su autoridad.

Siri Hustvedt es escritora, ensayista y poeta, premio Princesa de Asturias de las Letras 2019. Este texto se publicó originalmente el día 9 en Le Monde.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

sábado, 19 de abril de 2025

"UN NIÑO PALESTINO SIN BRAZOS Y CON NOMBRE: MAHMOUD". Isaac Rosa, elDiario.es 18 ABR 2025

'Mahmoud Ajjour, de nueve años'
No sé a ti, pero a mí me ha roto la foto ganadora del World Press Photo de este año, de la palestina Samar Abu Elouf: el retrato del pequeño Mahmoud Ajjour, que perdió los dos brazos en un bombardeo israelí. Perdón, corrijo: no “perdió” los brazos, no se le cayeron; se los arrancó un bombardeo israelí.

Me ha roto la foto de Mahmoud, pero no voy de sensible ni intento amargarte la semana santa, qué va: reconozco que me ha roto por un motivo personal, anecdótico y hasta frívolo: Mahmoud se parece a mi sobrino Asier, tiene una expresión muy similar, la forma de la boca, la mirada, el cuerpo delgadito y moreno. La vi y lo primero que pensé: cómo se parece a Asier.

Me fijé en la foto, no por la doble amputación, fotografiada con tanta delicadeza que puede incluso pasar desapercibida, no darnos cuenta de que le faltan los brazos. Yo no me fijé por los muñones, sino por el parecido con mi sobrino, y este parecido me hizo ver de pronto a Mahmoud, un niño real y vivo, con nombre propio y vida propia y una mirada entre triste y ensoñadora. Un niño como mi sobrino, tras dos años y medio viendo niños asesinados, aplastados, mutilados, despedazados, quemados, ensangrentados, que me dolían pero en los que no veía a los niños que habían sido o que podrían haber sido en el futuro: solo veía niños genéricos, palestinos genéricos, cadáveres genéricos, amputados genéricos; despersonalizados como pasa siempre con las víctimas, y en el caso de los palestinos además deshumanizados.

Llevamos dos años y medio de matanza en Gaza, con capítulo aparte de infanticidio: más de 15.000 menores asesinados, y otros 34.000 heridos, entre ellos muchos sin brazos o piernas. Solo en las últimas semanas, desde la ruptura de la tregua, Israel ha asesinado a más de 500 niños, a un ritmo diario superior al de los meses anteriores, como si estuviese acelerando el exterminio infantil. Con la impunidad de quien sabe que por asesinar y mutilar niños no le van a expulsar ni de Eurovisión.

Dos años y medio viendo niños genéricos, hasta que he visto a Mahmoud y me ha impactado el parecido físico con mi sobrino Asier, y de pronto he visto a un niño, y he visto sus brazos que le arrancaron y he visto todo lo que hace mi sobrino con las manos y que Mahmoud ya solo podrá hacer con los pies, con ayuda de sus cuidadores, con prótesis algún día si la suerte le acompaña; y he visto manos infantiles, las de Asier y las que ya no tiene Mahmoud, manos que juegan, dibujan, escriben, teclean, cogen libros y juguetes, sujetan cubiertos y vasos, trepan, botan, rompen, exploran, acarician, rascan, hurgan, pellizcan o toman otra mano.

Lo he pensado al ver la foto, al ver el parecido de Mahmoud con Asier, y he sentido una profunda vergüenza, la verdad. Vergüenza propia por no haber visto antes a ningún niño palestino porque no se parecían a mi sobrino. Vergüenza propia porque, al no ser mi sobrino, me olvidaré de él en seguida. Y vergüenza propia de no hacer más que escribir este artículo, el típico artículo horrorizado pero inofensivo, no hacer más para impedir que niños como Mahmoud sigan perdiendo brazos, piernas, padres, madres, hermanos, el futuro, la vida.

viernes, 18 de abril de 2025

"EL DISCURSO QUE NO SE PUDO ESCUCHAR EN EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE BUCHENWALD". Omri Boehm, El País 13 ABR 2025

Supervivientes en el campo de exterminio de Buchenwald,
cerca de la ciudad de Weimar (Alemania), en 1945.
El filósofo israelo-alemán Omri Boehm, nieto de un superviviente del Holocausto y crítico con Netanyahu, iba a pronunciar un discurso en el 80º aniversario de la liberación de Buchenwald. Pero su participación fue cancelada por las presiones de la Embajada israelí en Berlín, según ‘Der Spiegel’. Ofrecemos íntegra su intervención

El historiador judío-estadounidense Yosef Hayim Yerushalmi fue uno de los más profundos conocedores de la historia de la memoria judía. Su obra más destacada, Zakhor, que se publicó en alemán en 1988 con el título Zachor-¡Recuerda!, termina con una pregunta: “¿Y si lo contrario del olvido no fuera el recuerdo, sino la justicia?”. El propio Yerushalmi nunca respondió a la pregunta hasta su muerte en 2009, ni se molestó en explicar lo que quería decir con ella. Y, sin embargo, constituye un buen punto de partida para reflexionar sobre el significado y la fuerza del recuerdo en un momento en que ese recuerdo se enfrenta a nuevos e intolerables desafíos.

Según Yerushalmi, la tradición judía distingue claramente entre la historia y la memoria. La historia se escribe en tercera persona, y su objetivo es transmitir conocimientos fácticos sobre el pasado. La memoria, en cambio, solo puede contarse en primera persona, ya sea singular o plural; y no es puramente objetiva ni estrictamente descriptiva, sino que nos interpela, nos insta a actuar. La diferencia fundamental es, por tanto, que mientras la historia trata realmente del pasado, el recuerdo en realidad se orienta hacia el presente y el futuro. Y esa es también la razón por la que es posible recordar y, sin embargo, olvidar. En otras palabras, lo contrario del olvido no es solo conocer el pasado, sino también acatar en el futuro las obligaciones que nos impone dicho pasado.

El objetivo moral más elevado

Esta constatación nos permite resolver una contradicción que parece constituir la esencia de la vida y del pensamiento judíos. Por un lado, el judaísmo se caracteriza por ocuparse intensamente de la memoria; por otro, constituye una tradición profética que se interesa principalmente por el futuro o incluso por la utopía y el ideal. Y no es ninguna contradicción, ya que cuando los profetas exhortan una y otra vez “¡recuerda!”, ¡zakhor!, en realidad quieren que no olvidemos nunca que solo podremos honrar el pasado si buscamos la justicia en el futuro.

Pero me gustaría ir más lejos en esta argumentación porque, en mi opinión, las reflexiones de Yerushalmi a este respecto no son más que el comienzo. El objetivo más elevado que nos marcan los profetas, de hecho, no es la justicia, sino la paz. Martin Buber, por ejemplo, lo vio claramente. Pero fue Hermann Cohen quien lo expresó de manera más rotunda, cuando explicó que la justicia no puede ser el objetivo moral más elevado, porque depende de la ponderación y valoración, y, por tanto, es en sí incompleta y sesgada. La paz, por el contrario, representa en la tradición judía lo que para los griegos era la armonía: la perfección, el todo. La palabra shalem en hebreo significa “completo”, y es el origen de la palabra hebrea para paz: Shalom. La paz viene a completar la justicia universalizándola. ¿Es posible entonces que lo contrario del olvido no sea ni el recuerdo ni la justicia, sino la paz?

Al hacer estas reflexiones, Cohen no solo se basaba en los profetas, sino también en el ideal fundamental de la Ilustración, al que Kant dedicó su obra más influyente: Sobre la paz perpetua. Frente a la doctrina de Heráclito según la cual “la guerra es el padre de todas las cosas” (que desde siempre convence a todos los que se consideran “realistas”), los profetas hebreos y Kant plantean una alternativa radical: para ellos, el origen de las relaciones humanas, de la política humana y del derecho humano no es la supuesta necesidad de la guerra, sino el ideal de la paz. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 16 de abril de 2025

"EL ÁNGEL DEL SEÑOR SE ANUNCIÓ A UN POLÍTICO". Lola Pons Rodríguez, El País 12 ABR 2025

El mesianismo nacionalista supone que hay algo supraideológico que marca los derechos de un territorio frente a otros

A ver si va a ser verdad que hay ángeles. Escucho discursos políticos donde parece que los hubiera. Pero yo no encuentro nada sagrado en los liderazgos, no oigo llamadas divinas sobre ningún territorio. Veo políticos, responsables públicos salidos de las listas electorales, que gestionan con mayor o menor acierto lo que les corresponde, durante el plazo y en la proporción que les hemos dado los ciudadanos al votar. Pero parece que hubiera ángeles.

Estas son frases reales, dichas por políticos o gestores institucionales con distintas ideologías y cuyo sujeto es una comunidad autónoma: “Galicia está llamada a ser un icono del siglo XXI”, “Aragón está llamado a ser un referente en inteligencia artificial”, “Valencia está llamada a ser uno de los hubs mundiales en movilidad sostenible”, “Andalucía está llamada a ser una potencia energética”, “Madrid está llamada a ser un catalizador disruptivo”, “Cataluña está llamada a ser un eje de estabilidad intercultural en la península Ibérica, al sur de Europa y al oeste del Mediterráneo”... No entro en lo que están llamadas a ser estas comunidades autónomas (aunque dan ganas: hubs, catalizadores, el pavor a decir “España” al situar a Cataluña en el mapa...). Me fijo en la expresión que se repite en todos los enunciados: ser llamado a. Acudamos al truco que los malos profesores de Gramática recomendaban para identificar los sujetos en las frases: preguntar quién al verbo. ¿Quién llama?, ¿quién es el agente aquí? Adviertan la sorprendente unidad retórica para omitir la agencia de esa llamada, para no declarar la identidad del llamante y para, desde luego, usar la frase siempre enfatizando realidades fascinantes. No esperen que nadie diga que su comunidad está llamada a ser un territorio depauperado, un eje de desigualdades o un icono de precariedad.

Ser (o estar) llamado se usa en español históricamente. A veces, se emplea en entornos donde la entidad que llama no se especifica por estar sobrentendida y no ser identificable en una persona concreta. Pensemos en expresiones como ser llamado a filas o ser llamado a votar (las armas y las urnas, aquí conectadas); en el ámbito militar, ser llamado a seguido de un nombre de lugar era ser nombrado para ocupar un puesto allí; en lo religioso, la llamada la hace una entidad divina: recuerden la “llamada de Dios” o la famosa cita bíblica de “muchos son los llamados pero pocos los escogidos”.

Cuando escucho que un territorio está llamado a ser algo, yo me pregunto por lo agentivo de esa frase: ¿hemos recibido una visita divina que nos ha señalado para cumplir una misión, un destino? Me pregunto qué clase de ángel anunciador se aparece a un político para decirle que es su territorio y no otro el llamado a protagonizar algo. Es cierto que por la localización de un lugar, su demografía o su tejido empresarial y académico, hay espacios donde es más fácil que se desarrollen estrategias dirigidas a un logro concreto. Pero no es lo mismo decir, pongamos por caso, “Extremadura está llamada a...” que declarar “Extremadura tiene las condiciones para...”. Porque si lo decimos así, de esta segunda forma, rebajamos la idea de mesianismo de la frase y hacemos evidente la responsabilidad política sobre el propósito que se persigue; subrayamos que, ante una potencialidad preexistente, corresponde a quien ejerce la gestión política y administrativa el encargo (la agencia) de trabajar para conseguir una meta específica y sacar partido a esa ventaja.

Al hablar, la política tiene que dejar claro quién se responsabiliza de las acciones; desconfío de la idea de predestinación en este tiempo de nacionalismos y populismos. Porque, aplicado a los territorios, el mesianismo construye la noción, tan profundamente excluyente como racista, de que hay algo histórico y supraideológico que marca los derechos de un espacio frente a otros, que un halo divino tocó un territorio para que fuese algo que los demás no podrán ser, y que el elegido para acometer la misión es ese pastor de los votantes que atiende la llamada del ángel.

No es la primera vez que cito en estas páginas a la filóloga argentina María Rosa Lida (1910-1962). Los lectores me dirán (y tendrán razón) que se me ve el plumero sacando a relucir el divino panteón académico que yo misma me he construido. Creo que viene al caso. Publicación póstuma de Lida fue el trabajo “La dama como obra maestra de Dios”, donde recorría los textos antiguos que ponderaban a la mujer amada como resultado de la mano divina. Yo me echo a temblar pensando que alimentemos el tópico de la comunidad autónoma como obra maestra de Dios, y que a las adoraciones o latrías ya existentes (egolatría, heliolatría, idolatría o pirolatría entre otras) tengamos que sumar, disculpen este invento de palabra, la regionlatría.

Quiero pensar que estamos ante un desafortunado recurso retórico que, apoyado en la estrategia de delegar en otros la consecución de objetivos legítimos, ha prendido en el discurso político. Los territorios no están invocados a nada, nadie llama a que un lugar sea de una forma u otra. Saquemos el incensario de la política, por respeto a la política y a los incensarios. Prefiero las religiones conocidas, las que se ven venir; prefiero los ángeles de toda la vida, los que no asignaban cometidos fantásticos a una comunidad autónoma, los que no decían hub sino ave.

martes, 15 de abril de 2025

"LA TRAMPA DEL 'SIN ELLOS' ". Najat El Hachmi, El País 11 ABR 2025

La dignidad de los inmigrantes no debería basarse en si son útiles a la economía

En los vídeos de la campaña Sin ellos de la Sexta aparecen grupos de trabajadores de distintos sectores de los que se van los inmigrantes, dejando así un notorio vacío. Su objetivo es contrarrestar los discursos xenófobos mostrando lo necesarios que son los extranjeros. El problema es que este discurso entraña una trampa peligrosa. Muchos de los llamados “ellos” no son, de hecho, “ellos” sino “nosotros” dado que hace décadas que vienen “ellos” y hay muchos “ellos” que se sienten parte del “nosotros”. A mi madre la siguen considerando de “ellos” porque viste como “ellas”, a mi hijo mayor lo tienen por uno de “ellos” porque su pelo es rizado, a mi hija pequeña porque lleva mi apellido. Tengo amigos y conocidos que son arrinconados a esa marca hispánica que separa y aísla a pesar de que ni han conocido lo que hay más allá de sus confines ni se han tenido nunca por extranjeros. Pero el tema ni siquiera es ése, el tema es que las libertades, los derechos humanos y el lugar que ocupamos en el mundo, nuestra dignidad no debería ser establecida en base a si somos o no útiles para la economía, meros instrumentos a su servicio. Los valores democráticos deberían ser defendidos por encima del mercado y sus necesidades.

¿No se dan cuenta los que repiten una y otra vez que “ellos” vienen a cuidar de “nuestros mayores” que están justificando nuestra existencia mientras estemos dispuestos a cambiarles los pañales a sus abuelos? ¿No ven que degradan así los dos sujetos que forman la ecuación “ellos que cuidan de nuestros abuelos” porque transmiten la idea de que hay que aceptar que sean “ellos” quienes vengan a ocuparse de las tareas que nadie más quiere hacer? ¿Qué pasará el día que ningún inmigrante quiera cuidar abuelos o recoger la fruta o limpiar casas? ¿Entonces nos parecerá aceptable que sean detenidos y encarcelados sin haber cometido delito alguno, sin juicio ni sentencia? ¿Toleraremos que se apliquen normas discriminatorias específicas para los “ellos” que sobren? Pues yo les digo que sí, porque eso es lo que pasó después de la crisis de 2008: que los primeros expulsados del mercado laboral fueron inmigrantes que al dejar de ser trabajadores perdieron sus derechos. Aunque esa historia no la conoce nadie, porque si algo tienen “ellos” es que casi nunca se les permite hablar en primera persona. Otros deciden si son útiles o no, si merecen existir o no en función de si son productivos o no. De si, como ha dicho el Defensor del Pueblo, son “la solución”.

"CUIDADO CON LOS PATRIOTAS". Luis García Montero, El País

Quien estudia la cultura desde que España se constituyó como nación en el siglo XIX comprueba el afán sucesivo con el que traicionan a su pa...