sábado, 28 de febrero de 2026

"ORGULLO DEMOCRÁTICO". Luis García Montero, infoLibre.es 15 FEB 2026

Sentarse a escribir, igual que sentarse a escuchar, es una toma de postura ante la prisa, esa dinámica que enturbia la capacidad de pensar y nos empuja al mundo accidentado de las obsesiones. Cuando habitamos una situación difícil, el destino puede llegar a confundirse con la fatalidad y el futuro se hunde en la desconfianza como si cualquier deseo de luz estuviese condenado al fracaso. Tomar conciencia supone desde luego valorar las heridas, medir la gravedad, sentir los peligros, pero también implica una reflexión sobre las causas, un análisis de los acontecimientos y un compromiso con la esperanza. Se puede tratar de un compromiso activo, porque no tirar la toalla, no renunciar a la conciencia, debe ser algo más que sentarse a esperar los acontecimientos. La esperanza invita al activismo. Seamos activistas de la esperanza, un modo de espera en el compromiso de la propia conciencia.

Las dinámicas que atentan en los últimos años contra la democracia son evidentes. Más allá de los desalientos y las tristezas de la actualidad, la memoria puede ayudarnos a comprender el significado de las situaciones, y la comprensión de las causas facilita a veces que el desaliento se convierta en orgullo. Cosas de la edad y la poesía. La relevancia que el machismo ha recuperado ahora en el pensamiento reaccionario puede ser un buen ejemplo.

Confieso que se trata de un asunto que me afecta de manera especial, porque la poesía se relaciona de forma íntima con la educación sentimental de la sociedad. Los poetas herederos de Antonio Machado aprendimos que la historia no sólo pasa por las declaraciones políticas, sino también por el modo de decir amor, te quiero. Así que intentar comprometerse en la sociedad a través de la poesía supone siempre un esfuerzo por transformar los sentimientos más íntimos, esos que dialogan con el deseo, el miedo y los matices profundos de la palabra yo. ¿Qué digo yo cuando digo te quiero?

A principios de los años 80, hace más de 40 años, un grupo de poetas publicamos una declaración en la que asumíamos nuestro compromiso para conseguir una nueva sentimentalidad. La democracia no consistía sólo en poder votar cada 4 años. El franquismo había supuesto algo más que la cancelación del derecho al voto. Además de prohibir la libertad del pensamiento político, la dictadura había fijado una vigorosa instrucción sentimental fundada en un machismo imperativo.

Quien tenga edad para recordar las costumbres dictatoriales sabrá qué significa vivir en una sociedad fundada en el machismo, y no sólo porque la mujer dependiese legalmente del marido a la hora de tomar decisiones, sino porque la condición femenina se identificaba con el espacio de lo privado, la dependencia familiar, la incomodidad pública (en el trabajo, la literatura o las relaciones sociales) y la tarea natural de los cuidados domésticos. Si comparo la condición femenina que marcó la vida de mi madre con la que hoy define la vida de mis hijas, la distancia es abismal. Y yo me siento democráticamente orgulloso de esa diferencia. Creo, además, que la poesía, la cultura democrática, han ayudado mucho a transformar la sociedad.

Creo también que el protagonismo machista en el pensamiento reaccionario es una respuesta a los avances conseguidos por una democracia de la que, en medio de las dificultades, podemos sentirnos orgullosos. Y podemos comprender así las estrategias reaccionarias: un esfuerzo por no hablar de los derechos legítimos en la igualdad, una apuesta por convertir cualquier avance justo en una amenaza. Las mujeres son un peligro contra los hombres. De ahí la confusión que un pensamiento conservador e indignado busca a la hora de denunciar cualquier progreso, convirtiéndolo en un peligroso desarreglo social.

Y puestos a sentir orgullo, me hago una pregunta que nos invita a seguir pensando. El apoyo de las élites económicas, los oligarcas de las tecnológicas y las grandes multinacionales a la extrema derecha antidemocrática, ¿no significa también que la democracia, pese a sus defectos y limitaciones, ha conseguido avances económicos en favor de la igualdad?

Para luchar por la democracia, además de los defectos, conviene sentirse orgulloso de lo conseguido. Y un poeta como yo, nacido en Granada poco después del asesinato de Federico García Lorca, tiene muchos motivos para sentirse orgulloso de nuestra democracia.

viernes, 27 de febrero de 2026

"INGERENCIA EXTRANJERA O MANGONEO TECNOLÓGICO". Clara Jiménez, El País

Cuando los magnates ponen las redes al servicio de sus propios intereses y tratan de moldear la conversación pública, hay que replantear la influencia que tienen en los asuntos internos de los países

Deberíamos buscar un término para definir lo que magnates tecnológicos como Pável Dúrov o Elon Musk están intentando hacer en España (y en otros países). No queremos llamarlo injerencia porque eso se le atribuye a estados, pero, ¿cómo llamamos a la presión política directa que viene de compañías internacionales que, en ocasiones, tienen un valor de mercado superior al PIB de la mayoría de países? ¿Qué hacemos cuando usan su acceso privilegiado a esas aplicaciones, que utilizan un gran porcentaje de ciudadanos, y los obligan a consumir su opinión? Cuando los magnates de la tecnología la ponen al servicio de sus propios intereses y tratan de moldear de manera directa e indirecta la conversación pública, entonces igual hay que plantearse que alguna influencia pueden tener en los asuntos internos de un Estado.

Los CEO de Telegram y X pueden tener opinión, faltaría más, y expresarla públicamente, incluso en forma de emoji de caca hacia el presidente español o hacia cualquier otro dirigente. El problema no es ese. El problema es la utilización de las estructuras de comunicación masiva de sus plataformas para que le lleguen a todos los usuarios de un país, también a los que no están interesados en su opinión ni la han buscado: desde la utilización del chat de soporte de Telegram por parte de Pável Dúrov para expresar su opinión sobre las medidas anunciadas por el Gobierno, al hecho de que cada vez que abres X lo primero que ves es un tuit de Elon Musk. Esto no es la primera vez que ocurre ni pasa solo en España.

En 2021, cada vez que un australiano iba a buscar algo en Google, se topaba con un banner de la propia compañía en que explicaba por qué estaban en contra de la legislación que pretendía aprobar el Gobierno de Australia para obligar a las plataformas a pagar por el contenido periodístico que usaban. En 2023, Google y YouTube, entre otros, consiguieron tumbar el Proyecto de Ley de las Fake News propuesto por el Gobierno de Brasil gracias a una agresiva campaña de lobby que incluía banners publicitarios en sus propios buscadores rechazando el proyecto. Este modus operandi no siempre está en contra del Gobierno de turno. En enero de 2025, los usuarios estadounidenses que accedían a TikTok se encontraban con un mensaje que avisaba de que la red social había sido prohibida por ley en EE UU. Ese mensaje también decía que “afortunadamente el presidente Trump” ya había dicho que reinstauraría TikTok una vez tomase posesión. Dos días después, TikTok volvía a estar disponible en el país gracias a una orden ejecutiva de Trump.

Podemos pensar que es legítimo que las plataformas utilicen sus propios sistemas como altavoz de defensa de sus ideas siempre que lo hagan de manera transparente y sin manipulación algorítmica. Pero estas intromisiones directas en las decisiones legislativas de un país aparecen cuando se pretende regular el ecosistema digital: no tienen un interés público, sino un interés privado. Mensajes como el del fundador de Telegram alentando a los españoles a luchar por sus derechos para que nuestro país no se convierta en un “Estado de vigilancia” no parten del buenismo de las grandes tecnológicas, sino de un interés de negocio y un rechazo a cualquiera que intente legislarles. Si bien esto no quiere decir necesariamente que los planes anunciados por el Gobierno sean adecuados o que los peligros que plantean Dúrov y Musk sobre ellos no tengan base.

Solo conocemos el anuncio de las medidas y es difícil valorar legislación sin texto legal, pero es comprensible que la idea de prohibir el acceso de menores de 16 años a las redes sociales plantee tantas esperanzas como recelos. Ni una medida que pretende proteger a los menores puede convertirse de facto en el fin del anonimato en internet o en un mecanismo de control por parte del Estado para saber quién y quién no tiene un perfil en redes; ni las plataformas pueden ser por sí solas las garantes de este cumplimiento si esto les lleva a recopilar y procesar datos sensibles de todos sus usuarios, especialmente si son menores. Prohibir el acceso a menores es una de las posibles medidas, pero no la única. Los menores y todos los españoles necesitamos mucha más formación para afrontar las amenazas en internet, para cultivar el sentido crítico y la alfabetización mediática. La escuela y el hogar son espacios adecuados para tener este tipo de conversaciones y las administraciones pueden favorecerlas, empezando por incluir oficialmente estos temas como competencias transversales en el currículo educativo. A día de hoy, esto no ocurre de manera sistémica.

Sería fútil pensar que solo los magnates tecnológicos están intentando influir en la toma de decisiones legislativas sobre el espacio digital en otros países. Esta semana se ha publicado un informe del Congreso de EE UU en el que se acusa a la Unión Europea de llevar 10 años censurando el “contenido americano”. El informe, en realidad, es una crítica frontal a la legislación Europea sobre grandes plataformas, más en concreto, la Ley de Servicios Digitales.

Como parte de ese informe se adjuntan centenares de comunicaciones entre las grandes plataformas, la Comisión Europea, y las organizaciones de la sociedad civil (entre ellas la Fundación Maldita.es) en el marco del Código de Conducta sobre desinformación de la UE. En esas conversaciones se debaten medidas para proteger a la ciudadanía europea de los riesgos sistémicos de dichas plataformas en cuanto a integridad electoral, salud o protección de menores. Medidas con las que las plataformas estaban de acuerdo hasta el día en que Trump tomó posesión.

La soberanía de los Estados democráticos está siendo cuestionada por terceros que quieren hacernos creer que somos Bielorrusia. Nuestra democracia tiene sus defectos, muchos, pero no somos ni Bielorrusia, ni El Salvador, ni Corea del Norte. Tampoco Hungría. En este país habrá elecciones libres en 2027 (si no antes) y el Gobierno entrante tendrá que lidiar con los mismos problemas que el actual en lo que a soberanía digital se refiere. Para los magnates tecnológicos esto no va de qué políticas digitales concretas se adoptan en Europa o en España, sino de cuestionar que los Gobiernos democráticos tengan legitimidad para ponerle reglas a internet con el fin de proteger a la ciudadanía. Y esas personas, por ser dueños de una tecnología que usamos todos, tienen una influencia directa en el grado de libertad con el que formamos nuestras opiniones o con el que decidimos nuestro voto en esas elecciones. A eso es a lo que tenemos que poner nombre y atención cuanto antes.

jueves, 26 de febrero de 2026

"Edith Bruck, superviviente de Auschwitz: “El mal está dentro de nosotros”. Entrevista de Íñigo Domínguez, El País

La novelista húngara, nacionalizada italiana, es uno de los últimos testigos vivos de los campos de concentración nazis. Señala que los países no se enfrentan a su pasado

Edith Bruck, de 94 años, nació en un pequeño pueblo de Hungría en una familia judía muy pobre, en un ambiente hostil. A los 13 años fue deportada a Auschwitz con su familia y solo sobrevivieron ella y una de sus hermanas. Participó en la terrible marcha de la muerte de evacuación de Auschwitz, hasta ser liberada en 1945. Tiene un poema que dice: “Nacer por casualidad/ nacer mujer/ nacer pobre/ nacer judía/ es demasiado/ en una sola vida”. Pero es una vida que Bruck ha vivido intensamente, incluso sigue fumando, y la recuerda conversando con EL PAÍS en su casa del centro de Roma.

Tras dar tumbos por Europa e Israel, acabó en Italia en 1954, donde empezó una nueva vida en la que ha sido escritora, periodista, guionista y directora de cine. En 1959 publicó su primera novela, Quien así te ama (editorial Ardicia), donde narraba sus vivencias en el campo de concentración, telón de fondo de muchos de sus libros, poco traducidos en España. Además de su primera obra, en 2021 se publicó El pan perdido (Universidad de Salamanca). Pero en Italia es una institución, y hasta el papa Francisco fue a visitarla a su casa en 2021. No se cansa de recordar, se toma la memoria como una misión.

miércoles, 25 de febrero de 2026

"TE ESTÁN USANDO PARA JODER A TU ABUELO". Antonio Maestre, elDiario.es

Nadie va a decir abiertamente que quiere recortar las pensiones porque quiere quedarse con ese pastel, tiene que venderlo como una necesidad imperiosa por el equilibro de las cuentas, y para llevarlo a cabo necesita aliados dentro de la sociedad

No existe el conflicto generacional. Es un invento del capital para facilitar el negocio de las pensiones privadas. Nadie va a decir abiertamente que quiere recortar las pensiones porque quiere quedarse con ese pastel, tiene que venderlo como una necesidad imperiosa por el equilibro de las cuentas, y para llevarlo a cabo necesita aliados dentro de la sociedad. Los principales objetivos para ejercer como quintacolumnistas dentro de la clase trabajadora son los jóvenes que ven muy lejano el momento en el que se harán beneficiarios de una pensión, quien tiene difícil el presente es imposible que piense en el futuro lejano.

Cada vez que escuches a alguien hablar de Zeta, X, Millenial, Boomer, Alfa o categorizaciones similares basadas únicamente en el año en el que naciste para hablar de política económica échate la mano al bolsillo porque quiere robarte. A veces dirán que lo hacen porque eres víctima, pero solo es una estrategia para instaurar otro inmenso expolio de clase y fomentar una nueva etapa de acaparamiento de capital por parte de las capas más privilegiadas de la estratificación social. No es difícil saber quiénes son: los mismos que para solucionar el problema de la vivienda tienen como única medida relajar los impuestos para construir más sin poner límites a la especulación.

Todo discurso que niega el conflicto de clases para sustituirlo por el conflicto generacional tiene como objetivo ser funcional a una futura rebaja de las pensiones. Es normal que este debate sea liderado por esas personas que forman parte del colectivo en el que se quiere instaurar el estado de agravio y que sin verse afectados por tener una posición de clase favorable busca el favor del capital para mejorar en esa estratificación de clase. Su actitud es en sí misma una evidencia de que el conflicto es de clase y no generacional.

No es un discurso que tenga ninguna base intelectual seria ni deba tenerse en cuenta desde el punto de vista narrativo, es una retórica que tiene como objetivo mejorar su propia situación personal ayudando a los que quieren que las pensiones públicas desaparezcan para ser sustituidas por el jugoso negocio de las pensiones privadas. De forma paradójica la negación del conflicto de clases es una manera de confirmarlo porque buscan mejorar su situación profesional y aumentar su capital. Por eso serán acogidos con alborozo por todo el sistema extractivista para usarlo en su beneficio dando unas cuántas migajas al colaboracionista.

A los jóvenes de clase trabajadora que se sientan cercanos a este mensaje solo lanzarles una advertencia: te están usando para joder a tu abuelo. Es lo único que les interesa, y si eso no te convence porque solo piensas en tu presente, que sepas que un mensaje así no va a mejorar tu presente, pero sí ten claro que va a hipotecar tu futuro. La clase trabajadora que se siente atraída por el discurso de la lucha generacional perderá su juventud antes de que mejore su situación convirtiéndose antes de que se dé cuenta en el enemigo de ese mismo discurso que antes defendía. Los años pasan más rápido que los cambios estructurales a mejor mientras que los recortes de derechos son casi inmediatos.

Es lamentable asistir a discursos completamente desinformados sobre la estratificación social y que tengan espacio privilegiado en el debate publicado. No pido que desaparezcan los adanistas que se creen que inventan conceptos y relatos, pero al menos que tengan un mínimo de sentido del ridículo y lean lo que se ha escrito antes de provocar bochorno. No es posible hablar de clases sociales o negar las clases sociales sin atender todo lo teorizado por Karl Marx, Max Weber, Talcott Parsons, Ralph Dahrendorf, Pierre Bourdieu, Erik Olin Wright o Michael Savage. Al menos hay que tener un poco de vergüenza y no querer pontificar ante quienes sí los conocen y los han estudiado porque se os ven todas las costuras.

Personalmente siento un desprecio profundo por esa degeneración individualista que encabeza discursos lesivos para el colectivo solo para el beneficio propio. Es propio de trepas y advenedizos y es muy fácil identificarlos porque van buscando aquellos mensajes que favorecen a las elites para poco a poco adaptarlos y encabezarlos para lograr su favor. No es difícil hacer una leve prospección por los espacios mediáticos para identificarlos.

martes, 24 de febrero de 2026

"EL CANALLA COMO IDEAL: POR QUÉ EL NEOLIBERALISMO PREMIA AL QUE DESPRECIA". Daniel Seara, Spanish Revolution 23 MAY 2025

EL CANALLA ES EL NUEVO HÉROE DEL CAPITALISMO TARDÍO

Vivimos en una sociedad donde ser una buena persona no cotiza. Es sospechoso. Es “blandito”. Y el algoritmo, como el mercado, penaliza la ternura y recompensa la puñalada. ¿Para qué cuidar si puedes destacar? ¿Para qué empatizar si puedes pisar? Esa es la lógica que ha convertido el canallismo —esa mezcla de cinismo, egoísmo y crueldad sonriente— en una identidad aspiracional.

La bondad no vende. La ternura no viraliza. El sistema necesita antagonismo, ruido, conflicto. Porque si nos organizáramos desde el cuidado, si entendiésemos que nuestras vidas están entrelazadas, entonces empezaríamos a cuestionarlo todo: desde los sueldos de miseria hasta los algoritmos que deciden lo que vemos, lo que deseamos, lo que odiamos. Por eso el canalla no es una anomalía: es el ciudadano modelo del neoliberalismo. Agresivo, competitivo, narcisista. Perfectamente adaptado al desastre.

Lo grave no es que haya gente así. Lo grave es que les aplauden. Les votan. Les dan platós, micrófonos, editoriales. Les celebran como si fueran valientes, cuando en realidad no son más que cobardes con traje y community manager.

EDUCACIÓN PARA PISAR, INFLUENCERS DE LA CRUELDAD Y LIBERTAD SIN ÉTICA

Desde pequeños nos enseñan que hay que destacar. Ser los mejores. Brillar. Competir. Ganar. Y claro, en un mundo así, cuidar al de al lado no sirve para nada. Al contrario: te retrasa. Te hace débil. Así que aprendemos a mirar hacia otro lado, a justificar lo injustificable, a normalizar el dolor ajeno. Se educa para ascender, no para convivir. Y así, el canalla no solo sobrevive: prospera.

No es casual que los grandes referentes de la derecha contemporánea —Trump, Milei, Ayuso, Bolsonaro— sean modelos perfectos del canalla sin vergüenza. Han demostrado que se puede mentir, insultar, robar y seguir ganando. Porque si algo ha enseñado el poder en los últimos años es que ser mala persona sale gratis. A veces incluso da beneficios.

Y ahora, además, está de moda. No hay más que abrir TikTok. La crueldad se monetiza. La empatía, no. Hay influencers cuya marca personal consiste en burlarse de quien sufre, humillar al diferente, reírse del feminismo, del ecologismo, de los derechos humanos. Convertir en chiste lo que debería ser un escándalo. Y lo peor no es que lo hagan. Lo peor es que funcionan.

Lo llaman libertad de expresión. Pero no es libertad: es impunidad. No es personalidad: es violencia performativa. No es sinceridad: es brutalidad con aplausos. La nueva derecha emocional ha conseguido una cosa muy peligrosa: transformar la falta de ética en autenticidad. Y así, el canalla ya no se esconde. Se exhibe. Se enorgullece. Y se reproduce.

SER BUENA PERSONA ES SUBVERSIVO. Y LO SABEN

En este contexto, ser buena persona se ha vuelto revolucionario. Es ir a contracorriente. Es elegir la solidaridad en un mundo que premia la competencia. Es frenar un comentario machista en una comida familiar. Es no compartir el vídeo que humilla a alguien. Es poner el cuerpo cuando insultan a una compañera. Es decir que no a la deshumanización aunque lo digan los más seguidos, los más votados, los más influyentes.

La bondad es hoy un gesto de disidencia. Porque va contra todo lo que este sistema celebra.

Y por eso hay tanto empeño en ridiculizarla. Porque saben que si dejáramos de competir para empezar a cuidarnos, su mundo se vendría abajo. Porque no habría espacio para el fascismo si la empatía fuese hegemónica. Porque no podrían sostenerse los abusos si todas y todos nos atreviéramos a nombrarlos.

La pregunta es sencilla: ¿quieres ser el que levanta o el que pisa? El que suma o el que desprecia. El que cuida o el que escupe. Porque esa decisión no es solo personal: es política. Y urgente.

No necesitamos más canallas con megáfono. Necesitamos a quien, en medio del barro, elige no ensuciarse el alma.

lunes, 23 de febrero de 2026

"CUIDADO CON LOS PATRIOTAS". Luis García Montero, El País

Quien estudia la cultura desde que España se constituyó como nación en el siglo XIX comprueba el afán sucesivo con el que traicionan a su patria los que se llaman patriotas

Algunos estribillos históricos se repiten. Quien estudia la cultura desde que España se constituyó como nación en el siglo XIX comprueba el afán sucesivo con el que traicionan a su patria los que se llaman patriotas con un orgullo agresivo. Jovellanos vio como los absolutistas vendían España a los franceses para imponer sus privilegios frente a los liberales. El falso imperialismo españolista sobre Cuba y Filipinas facilitó que los procesos naturales de independencia y diálogo desembocasen en un feroz dominio imperialista norteamericano. Machado murió en el exilio cuando el llamado bando nacional preparó un golpe de Estado con la ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista para cancelar la democracia republicana. Y los escritores y artistas que intentan hoy con su trabajo afianzar en España e Iberoamérica los lazos culturales comunes, frente a una identidad norteamericana muy represiva, ven que la Comunidad de Madrid, el centro de la Madre Patria, concede la Medalla Internacional a los Estados Unidos de Donald Trump.

Prefiero aplaudir a Bad Bunny. No voy a explicar aquí los lazos que se forjan ahora en la fraternidad panhispánica amenazada, ni los esfuerzos para defender el español como lengua de herencia en favor de los más de 50 millones de estadounidenses que tienen una identidad hispánica. Me limitaré a dos cosas. Primero, recordar que los autoproclamados españolistas son siempre los más traidores a su patria. Y segundo, que merece la pena dar la batalla en favor de España. Así que celebro los insultos de los patriotas, loros de cloaca, programados para traicionar la convivencia en español y defender un nuevo caciquismo. Pueden decir que soy un rojo asqueroso y llamarme basura, comunista, pesebrero, comemierdas, viudo de una criminal, ladrón de dinero público y lameculos. Soy peor, pero bajo el tono para no atentar contra el Libro de estilo de estas columnas.

domingo, 22 de febrero de 2026

"CONTRA LA FRUSTRACIÓN". Juan José Millás, El Faro de Vigo

No basta con advertir de los peligros de la derecha si, al mismo tiempo, no se ofrece una imagen clara de mejora tangible

En los últimos días, a raíz sobre todo de los movimientos impulsados por Gabriel Rufián -ese llamamiento a construir un frente común de izquierdas porque “lo que viene no se para con siglas”-se ha instalado una idea que muchos, en la ensalada de partidos que conforman las fuerzas progresistas, comparten: hay que unirse para frenar el avance de la derecha. La propuesta seduce desde el punto de vista táctico. El problema aparece cuando se examina atentamente el contenido de la proposición. Porque el mensaje que acaba llegando al ciudadano no es “vamos a mejorar su vida”, sino “vótennos para que no ganen los otros”. Y el miedo, ya se sabe, moviliza un rato, pero no construye proyectos vitales.

La izquierda parece hablar hoy más del adversario que de la vida cotidiana de sus votantes. Mientras tanto, mucha gente que ha venido apoyando programas presentados por fuerzas progresistas, siente que su horizonte se estrecha: la vivienda se vuelve inalcanzable, el ahorro una rareza y la idea misma de hacer planes a largo plazo algo casi extravagante. No es una cuestión ideológica, tampoco una bronca de carácter académico. Es una cuestión doméstica: llegar a fin de mes, imaginar el futuro sin vértigo.

Por eso el discurso defensivo resulta insuficiente. No basta con advertir de los peligros de la derecha si, al mismo tiempo, no se ofrece una imagen clara de mejora tangible. El votante medio no quiere participar en una guerra permanente de trincheras; quiere saber si podrá pagar un alquiler sin hipotecar la mitad de su sueldo o si tendrá alguna oportunidad real de estabilidad. Quizá el problema no sea solo la falta de unidad, sino la falta de concreción. Bastaría tal vez un programa mínimo, un programa que cupiera en medio folio, un programa de cuatro o cinco compromisos claros, verificables, y la promesa -casi notarial- de ejecutarlos en meses, no en décadas.

La política española ha abusado de los grandes relatos y de las grandes alarmas. Tal vez ha llegado el momento de la modestia: prometer menos, precisar más y cumplir rápido. Porque quien renuncia a formar una familia por falta de medios materiales no vota contra algo; vota, simplemente, contra la frustración.

viernes, 20 de febrero de 2026

"DESPUÉS DE LOS TERREMOTOS. El problema fundamental del presente es la complicidad". Editorial de "Equator", 11.02.2026

Leon Golub: Interrogatorio II (1981) 
En 1956, la noticia de que Nikita Khrushchev había relatado los crímenes del estalinismo en un discurso "secreto" provocó una conmoción generalizada y una parálisis intelectual en todo el bloque soviético. El escritor ruso Ilya Ehrenburg se encontraba entre quienes quedaron "conmocionados", no porque desconociera algunos hechos ampliamente conocidos sobre el estalinismo, sino porque estos habían sido pronunciados "por el primer secretario del partido". Para Ehrenburg y muchos otros, comprometidos por un sistema quebrado, la confesión planteó una pregunta desestabilizadora: ¿Qué nos llevó a ocultar lo obvio durante tanto tiempo?

Muchos en el mundo libre se enfrentan hoy a un ajuste de cuentas similar. Los terremotos de las últimas semanas —empezando por el secuestro de Maduro por parte de Trump, sus amenazas a Europa por Groenlandia, el continuo estrangulamiento de Cuba y las escabrosas revelaciones de depredación en los archivos de Epstein— han confrontado a la élite anglófona con una realidad que ignoraban o negaban activamente.

Hannah Arendt escribió que si el problema fundamental de la vida intelectual de posguerra después de 1918 era la muerte, después de 1945 era el mal. Hoy, el problema fundamental es la complicidad: lidiar con nuestra aquiescencia a un sistema político que de repente parece criminal. Todas estas conmociones exponen algo podrido bajo la superficie de la respetabilidad liberal: cómo las élites participan en atrocidades mientras mantienen el prestigio; cómo las instituciones que se supone deben salvaguardar la justicia, de hecho, protegen a los poderosos y explotan a los vulnerables; cómo el consentimiento masivo se asegura mediante una cuidadosa distribución del acceso y el silencio. Los nombres en esos archivos de Epstein —líderes políticos, titanes corporativos, académicos y empresarios culturales— son inquietantes porque su autoridad continua y sus carreras ininterrumpidas hacen innegable lo que sabíamos, pero quizás nos negamos a admitir por completo: que el vocabulario moral del orden internacional liberal liderado por Estados Unidos se convirtió en una tapadera para la dominación y la cleptocracia.

La indignación de Epstein y la demolición del prestigio estadounidense por parte de Trump han propiciado el colapso del silencio forzado. La admisión de Mark Carney en Davos de que el orden liderado por Estados Unidos había sido aprobado fue aplaudida por las mismas élites atlantistas que lo defendieron durante décadas. La obscenidad de Trump ha hecho que el sistema sea imposible de defender con la piedad habitual. El hecho de que estos mismos comentaristas no se conmovieran ante el apoyo de Biden al genocidio demuestra lo que realmente les preocupa: no la violencia oculta del orden, sino la pérdida de su fachada digna. Ahora se lucha por salvar reputaciones en medio del colapso general.

La geografía de estas recientes revelaciones tampoco es casual: es un breve salto de la isla de Epstein a Caracas, un recordatorio, al igual que las amenazas de Trump a Groenlandia, de cómo Washington trata a los territorios fuera del santuario de ese mismo orden, sujetos a extracción, interferencia o confiscación directa. El lema de Trump, "América Primero", simplemente explicita el credo que durante mucho tiempo ha impulsado el poder estadounidense en esta zona de impunidad.

Aimé Césaire observó que el fascismo se volvió inaceptable para los europeos solo cuando desató en Europa la brutalidad que habían infligido a los pueblos "inferiores" de Asia y África. Su visión se confirma hoy con una velocidad vertiginosa en el contraste entre la alarma europea por Groenlandia y la indiferencia oficial ante una campaña de exterminio contra los palestinos proclamada a viva voz. Los líderes occidentales aún posan sonrientes para fotos con criminales de guerra israelíes buscados.
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Durante décadas después de 1945, y especialmente después de 1989, se impuso un poderoso mito: que todas las sociedades, independientemente de sus puntos de partida, convergían hacia una modernidad de corte occidental. Esta era una afirmación metafísica más que geopolítica. El orden internacional liberal liderado por Estados Unidos funcionaba no solo mediante el poder militar y económico, sino también mediante la gestión de la imaginación política. La disidencia con este consenso, la sugerencia de que las sociedades podrían modernizarse siguiendo caminos diferentes y de que el poder estadounidense no era ni benévolo ni inevitable, se consideraba una especie de herejía intelectual.

La desaparición de esta ilusión revela algo crucial sobre la complicidad de las élites. Nunca se trató solo de fracasos morales individuales, sino de instituciones y redes organizadas en torno a una teleología que situaba a Washington al final de la historia. Quienes se atrevieron a contrarrestar estas ortodoxias fueron marginados, y sus advertencias fueron desestimadas por radicalmente antiamericanas o ingenuamente utópicas. La maquinaria de complicidad y preservación de las élites funcionó precisamente controlando el pensamiento aceptable, insistiendo en que no había alternativa a los modelos angloamericanos de democracia y capitalismo.

Ahora esa trayectoria se ha revelado como una ficción. Los viejos cronistas y bardos del poder atlántico luchan por reposicionarse, pero carecen de las categorías para comprender un mundo que ya no se organiza en torno a lo que Perry Anderson una vez llamó "la civilización de la OCDE". Por eso, la tarea de comprender nuestro momento no puede dejarse en sus manos. Muchos alcanzaron la madurez en el momento triunfalista posterior a 1989, cuando el "Fin de la Historia" parecía evidente, y han pasado tres décadas confundiendo esta fábula con una verdad inmutable. Han sido generosamente remunerados por su conformismo, pero este los ha incapacitado para un análisis lúcido. Estos centristas desconcertados solo pueden proferir profecías catastróficas o fantasear con recuperar el orden liberal de alguna forma, mientras pierden terreno ante una extrema derecha insurgente que ofrece formas de dominación más brutales.

La cuestión de la complicidad no se centra principalmente en atribuir culpas individuales. Se trata de comprender cómo los sistemas de poder aseguran la participación y distribuyen beneficios y cargas de maneras que hacen que la resistencia parezca imposible o incluso impensable. La red de Epstein funcionó mediante redes de complicidad. Los abogados obtuvieron resultados legales favorables, los fiscales ofrecieron acuerdos indulgentes, los académicos aceptaron donaciones, los políticos mantuvieron vínculos y sus socios se negaron a cuestionar lo que estaba sucediendo. Cada decisión individual, quizás comprensible de forma aislada, en conjunto constituyó un negocio de protección.

Lo mismo ocurre con nuestra relación con el orden internacional liberal liderado por Estados Unidos, como se aprecia con mayor claridad en Gaza. No todos somos igualmente cómplices ni responsables del genocidio israelí. Pero todos estamos implicados en sistemas que nos obligan a no registrar plenamente ciertas realidades, a mantener formas de ignorancia y a participar en rituales de denuncia que dejan intactas las estructuras subyacentes de la impunidad occidental.
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“Todas las naciones occidentales están atrapadas en una mentira”, advirtió James Baldwin en 1963. “La mentira de su pretendido humanismo; esto significa que su historia carece de justificación moral y que Occidente carece de autoridad moral”. Quienes están atrapados en esta mentira ya no pueden sostenerla. ¿Qué hacemos con este conocimiento ahora innegable?

Nos encontramos ahora en un mundo completamente desprovisto de los significados morales y espirituales que antaño generaban las narrativas estadounidenses de progreso universal. Debemos hacerlo habitable para las generaciones futuras y afrontar sus injusticias. Esto requiere más que una simple crítica. Requiere la construcción de nuevas infraestructuras intelectuales y culturales capaces de dar sentido a un mundo posestadounidense; no desde la nostalgia por lo perdido, sino desde el reconocimiento de la complejidad que hemos sido liberados para ver. Requiere reconocer nuestra propia complicidad no como parálisis, sino como el inicio de un pensamiento genuino.

«Algo extraordinario está sucediendo», le dijo un estudiante a Ehrenburg en 1956. «Todo el mundo discute, y además, absolutamente todo el mundo empieza a pensar». Hoy, millones de personas discuten y empiezan a reflexionar sobre cuáles deberían ser sus propias visiones del futuro. Se encuentran en una realidad geopolítica que ya no se define por bloques estabilizados y divisiones familiares, y se enfrentan a un mundo cuya multiplicidad y heterogeneidad ya no pueden encajar en una única historia de inevitable convergencia occidental.

La historia se construirá cada vez más fuera de Occidente, sin ajustarse a ninguno de los diseños racionales propuestos por los marcos intelectuales originados en una parte relativamente pequeña y uniforme del mundo. Nuestra tarea es participar en este diálogo sin pretender eludir la complicidad, construir nuevas formas de solidaridad admitiendo nuestra implicación en sistemas de opresión, imaginar futuros que no repliquen la violencia del pasado, registrando la profundidad con la que ese pasado ha moldeado nuestra capacidad actual de imaginación. Esta es la tarea que nos enfrenta: la difícil práctica de aprender a pensar y actuar sin las garantías y certezas que hicieron posible nuestra complicidad.

jueves, 19 de febrero de 2026

"LA PÁGINA TREINTA Y DOS". Juan José Millás, El País

Las ideas brotan cuando permaneces distraído; liberada del ejercicio de la búsqueda, la mente se dedica a jugar con los materiales acumulados

A las buenas ideas no se las ve llegar: se manifiestan de súbito, como el espíritu de un muerto. Cuando ves llegar a un muerto, es que no se trata de un muerto, sino de alguien que nos lo recuerda. En cambio, un día abres la nevera, sacas el pescado que compraste ayer y notas que su ojo es el ojo de tu padre extinto. La sensación dura poco, porque enseguida vuelve a ser astutamente el ojo de un salmonete. Pero durante una fracción de segundo tu progenitor se asomó a ti a través del pescado. Lo sabes, lo sabes, no lo podrías explicar, pero lo sabes. Por eso mismo, porque no lo podrías explicar, lo guardas para ti. Luego arrojas el pez a la sartén y aquí paz y después gloria.

Las ideas, decíamos, son como ese ojo. Se te aparecen, qué sé yo, en la ducha, cuando no puedes tomar nota de ellas. No les gusta que las apuntes, porque es como externalizarlas, sino que las conserves en la memoria y que les des vueltas en ella, igual que a un caramelo en la boca. ¿De dónde vienen? No se sabe. Viven en los pliegues de la memoria, como los calcetines perdidos en las rugosidades del tambor de la lavadora. Se acumulan allí restos de conversaciones oídas en el autobús, titulares de periódico que apenas llamaron tu interés, o una frase suelta de un libro abandonado en la página treinta y dos. Todas esas partículas de experiencia, que parecen inútiles, flotan en un depósito invisible hasta que un día se atraen como limaduras de hierro y forman una imagen inesperada. ¡Eureka!

Las ideas brotan cuando permaneces distraído (mientras pelas una patata, por ejemplo). Liberada del ejercicio de la búsqueda, la mente se dedica a jugar con los materiales acumulados. Las ideas habitan en la frontera borrosa donde lo íntimo se abraza a lo extraño. Como si el pensamiento fuera, en gran medida, un préstamo de lo que flota en el ambiente. Recibámoslas con hospitalidad, como al fantasma de un muerto que viene a decirnos algo de la vida.

miércoles, 18 de febrero de 2026

"TODA ESTA LIBERTAD QUE NO QUERRÍA PERDER". Najat El Hachmi, El País

Cristina Estanislao
El velo islámico no es un derecho individual; es la parte visible de una política sexual que pretende anular nuestra condición de sujetos deseantes

Será solo un fantasma el que me persigue: el de la posibilidad de volver atrás en el tiempo y que, en vez de seguir disfrutando de esta gozosa libertad, el retroceso me devuelva a los tiempos oscuros en los que la sumisión no solo era tenida por natural sino por algo deseable y respetable. Hoy ese espectro lo agita una joven estudiante de Logroño, que ha llevado a los tribunales al centro educativo que la está formando porque, aplicando la normativa que ya tenía el instituto, no la dejaban entrar con la cabeza cubierta. La chica, apoyada por numerosas asociaciones y defendida por una abogada comunista, pedía una indemnización de 40.000 euros, porque hacerle cumplir con las normas del centro era “vulnerar su derecho a la libertad religiosa”. Algo en lo que ha estado de acuerdo la magistrada que ha dictado sentencia, que ha hecho prevalecer el derecho del islam a someter a las mujeres por encima del derecho de las niñas a tener una educación igualitaria. No sabemos cómo llega la jueza a la conclusión de que el hiyab representa la identidad como musulmana de la joven, cuando no hay un solo versículo en el Corán que especifique hasta dónde tiene que cubrirse una para cumplir con el mandato de modestia y recato que sí exige al sexo femenino. Si las sentencias judiciales se van a poner a validar los preceptos religiosos de los ciudadanos, yo reclamo que revisen la entrepierna de todos los varones que se declaran seguidores de Mahoma y se aseguren de que no queda en ellos ni rastro de prepucio, no sea que se esté vulnerando así su libertad religiosa.

Este caso es grave porque sienta un precedente y porque la magistrada no parece haber tenido en cuenta el interés superior de la menor, su derecho a tener una infancia y una adolescencia libres de la marca de misoginia que es el hiyab en todas sus formas. Pero hay algo mucho más profundo y trascendental en esta cuestión que velo sí o velo no, incluso más que feminismo sí o feminismo no. Lo que está en juego es un concepto de libertad del que hoy parecen desconfiar incluso los demócratas de esta parte del mundo. Es algo que puedo nombrar con conceptos abstractos que todos conocemos, pero más que nada es algo que siento incluso de un modo físico y que me permite ser enteramente persona. Es una expansión, un sentido de la vida misma. No estar sometida a la voluntad de otro ser humano, no tener que obedecer a otro solo porque ese otro tenga unos determinados rasgos que se consideran mejores que los míos (por ejemplo, gónadas fuera de la cavidad abdominal, un apéndice que cuelga). La libertad es tomar decisiones por mi propia cuenta, con toda la angustia existencial que caracteriza a los neuróticos, con todas las dudas, idas y venidas, con todo ese árbol de ramificaciones de pensamientos que atormentan a los que tenemos la facilidad de imaginar todo tipo de catástrofes. Es también la escritura misma, como hago ahora en un arrebato que siento como una secreción corporal y que sé que no me va a traer un castigo tan insoportable que tenga que callarme. La libertad es escribir, decir, reírse de todo aquello que alguien decidió que era sagrado. Impugnar ese orden establecido con una sonora carcajada que emerge del grito de la vida misma.

¿Exagero? Podría ser, es a lo que nos dedicamos los escritores, pero creo que hay algo muy real en mi miedo a perder la libertad, no solo a perderla para mí, sino para todos y para todas las nacidas en familias y tradiciones que odian que podamos ser sin someternos, que nos odian cuando nos alzamos firmes sobre nuestros propios pies y no nos doblegamos por terribles que sean las consecuencias. Las religiones no son más que formas de dominar extensos grupos humanos. Nosotros mismos creamos dioses, los moldeamos, inventamos historias y mitos con los que sostenerlos y luego los adoramos y nos sometemos a ellos. Solo que algunos, unas élites privilegiadas, se dedican a mover los hilos para su propio beneficio. ¿O alguien puede creer en el relato ingenuo que afirma que una chica menor de edad acaba llegando por sí sola a la conclusión de que tiene que erigirse en una Juana de Arco del hiyab? ¿O que de repente a tantos jóvenes les dé una epifanía casualmente católica? Tomarse en serio las religiones y sus preceptos es, a estas alturas, ridículo. ¿Cómo voy a tener en cuenta las opiniones de un obispo si sé que cree que Jesucristo fue concebido de forma inmaculada? ¿Cómo no tener por locos a quienes afirman que María parió a un hijo siendo virgen? ¿Por qué los cristianos son más respetables que los terraplanistas? Si los segundos tuvieran más poder y estuvieran organizados en iglesias que establecen pactos y concordatos con los Estados, tendríamos leyes que nos obligarían a respetar su “libertad religiosa”. En cambio, seguimos aceptando todos los pulpos que nos venden las confesiones más establecidas y otorgándoles derechos inmerecidos que atentan contra el orden democrático mismo. ¿Puede una organización que afirma que Mahoma estuvo una noche entera dando tumbos por el cielo montado sobre un caballo alado decidir la identidad y la forma de vestir de las mujeres en un país con una Constitución basada en principios republicanos, un país aconfesional? ¿Puede una magistrada docta en leyes laicas aceptar la injerencia de un ser imaginario y fantástico en la autonomía de un centro educativo, por muy Alá que se llame?

Entiendo que con la secularización alcanzada por la sociedad española en su conjunto no veamos hasta qué punto el empuje del oscurantismo fundamentalista puede hacer peligrar los cimientos de este sistema, pero ya fue asesinado un profesor en Francia por hablar de libertad de expresión, ya se viene atacando y señalando a cualquiera que no se comporte como es debido con el islam; es decir, como un creyente. Porque muchos musulmanes que dicen defender la libertad religiosa en realidad están aprovechando este derecho fundamental para imponer su propia visión teocrática; están queriendo someter al resto de ciudadanos a sus propios dogmas. Cuando una madre pone una queja en la escuela a la que van sus hijos porque han recibido una charla de educación sexual, está pretendiendo imponer el islam al sistema educativo, está enfrentándose y atacando una de las libertades más importantes y que más ha costado conquistar: la libertad del propio cuerpo sexuado, del deseo y los afectos.

¿Se imaginan vivir en un país sin libertad sexual? Gozar sin culpa, sabiendo que no hay nada malo en el placer carnal; explorar y descubrir este vasto terreno de la existencia que es lo contrario a la muerte, fantasear sin remordimientos, llenarse del aire único que provoca el orgasmo. Y decirlo y escribirlo y que no pase nada. Entender profundamente que no es delito ni transgresión ni algo malo o sucio. Desenturbiar y desoscurecer el placer y traerlo a la luz de lo normal y natural y bueno. El deseo liberado de atávicas ataduras impuestas por los clérigos hincha el pecho de la fuerza necesaria para denunciar el resto de opresiones y represiones. ¿Se imaginan no tener todo esto? Cuando les hablo de libertad a los fanáticos, me flagelan con una pregunta que en realidad es una acusación, un reproche: ¿para qué quieres la libertad? ¿Para follar? A veces, añaden esos insultos tan universalmente patriarcales para reprocharnos que queramos ser dueñas de nuestros cuerpos y gozarlos como nos venga en gana: “Zorra”, “puta”. Fornicadoras, en lenguaje coránico. Así que el velo no solo no es una simple tela ni mucho menos un derecho individual; es la parte visible de una política sexual que pretende seguir convirtiéndonos en objetos inertes al servicio del hombre y anular nuestra condición de sujetos deseantes. Qué miedo tan grande les debemos provocar las mujeres sexualmente libres cuando dedican tanto esfuerzo a organizar nuestro sometimiento, a borrar nuestro deseo.

martes, 17 de febrero de 2026

"AGRUPÉMONOS TODOS". Antonio Muñoz Molina, El País

FRAN PULIDO
Las fuerzas progresistas se pelean con saña hasta que el triunfo del enemigo contra el que no supieron unirse les descubre que tienen en común la cárcel, la persecución, el exilio

Las fuerzas progresistas se pelean con saña entre sí hasta que el triunfo del enemigo contra el que no supieron unirse les hace descubrir que por fin tienen algo en común: la cárcel, la persecución, el exilio. Los que tanto se pelearon se encuentran por fin juntos en una celda, o en un café de desterrados en el que van envejeciendo sin mucha expectativa de regreso, y en el que son capaces de revivir con una furia parecida los enfrentamientos que los debilitaron hasta hacer más fácil su derrota. Pasan los años, y en vez de la lucidez del escarmiento lo que llega es el victimismo que convierte en épica el fracaso y permite volver a las andadas, una vez que la democracia que no se supo defender queda restablecida, una o varias generaciones después. En la universidad yo no aprendí casi nada, pero desde muy joven me ha apasionado el estudio de la Historia. No creo en las leyes históricas inquebrantables que nuestros profesores querían inculcarnos, pero sí en la capacidad de obcecación de la mente humana. Y lo que he aprendido del trabajo de los historiadores, y de los testimonios de muchos perseguidos y exiliados, lo voy pudiendo completar con una memoria personal que se remonta a los primeros años sesenta, y que sigo cultivando con un grado creciente de melancolía, aunque no de fatalismo, pues esa misma experiencia me dice que a veces las cosas cambian a mejor.

En la Alemania de Weimar, que tan actual se nos vuelve a cada momento, los comunistas llamaban socialfascistas a los socialdemócratas, y los combatían con más furia que a los nazis, junto a los cuales votaron unas cuantas veces en el Parlamento. Los comunistas alemanes, como los de otros partidos de Europa, incluidos los del entonces minúsculo PC español, seguían la consigna dictada por la Tercera Internacional, es decir, por el poder soviético y Stalin: la confrontación máxima, la “guerra de clase contra clase”. En circunstancias imposibles de derrota e inflación, gobiernos formados por socialdemócratas y partidos de centro y de inspiración cristiana habían ido tejiendo una república de grandes mejoras sociales y progreso democrático, a cada momento amenazada por conspiraciones de extrema derecha y por la creciente brutalidad demagógica de los nazis. Pero a partir de 1933, cuando empezaron las persecuciones y se abrieron los primeros campos, los comunistas se encontraron compartiendo el destino de los que creían sus peores enemigos, aquellos vergonzosos reformistas y socialfascistas, los socialdemócratas.

Fue en noviembre de ese mismo año cuando en las elecciones generales de la República española la dirigencia del Partido Socialista decidió no repetir la coalición con los republicanos que había llevado a la victoria en 1931, propiciando dos años de consolidación del régimen y avances sociales de mucho calado: en la construcción de escuelas públicas, en el derecho a voto de las mujeres, entre otros. En las guerras internas de los socialistas se imponía la actitud extremista de Francisco Largo Caballero, que dominaba el partido y la UGT, por encima de dirigentes más sensatos, Indalecio Prieto y Julián Besteiro. Sindicalista veterano pero de pocas luces, Largo Caballero había caído bajo la influencia de intelectuales doctrinarios como Julio Álvarez del Vayo y Luis Araquistain, de los que yo siempre he sospechado que actuaban a las órdenes directas de los soviéticos. Como era de prever, la pureza ideológica y el utopismo político que a Largo Caballero le impedían colaborar con burgueses reformistas y poltrones como Manuel Azaña sirvió para que esas elecciones las ganaran las derechas, la CEDA católica y el Partido Radical de Alejandro Lerroux. Los anarquistas, tan puros siempre, promovían la abstención. Lerroux era un antiguo libertino incendiario, y Gil-Robles, el líder de la CEDA, un beato de misa diaria, pero eso no les impidió colaborar en un Gobierno impaciente por abolir los avances de los dos años anteriores.

En vez de aprender una lección, Largo Caballero y los suyos decidieron dar un paso valeroso hacia el abismo. Que el Gobierno fuera conservador y Lerroux un botarate corrupto en modo alguno justificaba nada menos que un levantamiento armado contra la legalidad republicana. En octubre de 1934, el Partido Socialista y la UGT, bajo la inspiración de Largo Caballero, al que sus manipuladores halagaban llamándole el Lenin Español, dieron la orden de desatar un movimiento revolucionario que no tenía ni planificación ni fines claros, pero que, al prender entre los mineros de Asturias desató una represión militar que fue el ensayo general del salvajismo del golpe de 1936. El Lenin Español se quedó en su casa. Indalecio Prieto, que había maniobrado para suministrar armas a los revolucionarios, aunque era consciente del disparate que emprendían, escapó gloriosamente a Francia en el maletero de un coche.

Poco después, Stalin cambió de estrategia: de la guerra de clases había que pasar a los frentes populares contra el avance del fascismo. Ahora sí se podía unir fuerzas con reformistas socialdemócratas y burgueses. Formado a toda prisa, y con muy pocos objetivos unitarios de verdad, salvo la amnistía para los presos de 1934, el Frente Popular español fue tan débil que en el momento mismo de la victoria en febrero de 1936 ya estaba desmoronándose. Conseguida la amnistía, los anarquistas siguieron con sus estrategias de agitación permanente. Los socialistas estaban tan divididos que ese Primero de Mayo Indalecio Prieto tuvo que dar su mitin en Cuenca, y no en Madrid, donde no iban a permitirlo los caballeristas. Juan Negrín tuvo que salir huyendo del acto público en el que participaba, interrumpido a tiros por pistoleros de su propio partido. Abandonados a su suerte por la irresponsabilidad y la trifulca interna de los socialistas, sus únicos socios naturales, los republicanos formaron solos un Gobierno condenado a una inestabilidad extrema, justo cuando arreciaban la violencia sectaria y las conspiraciones militares. Cuando llegó el 18 de julio, Madrid estaba paralizado por una huelga de la construcción decretada por la CNT. El sindicato no consideró que una amenaza de golpe militar fuera motivo para suspenderla.

En el Hospital Real de Granada, donde estaba entonces la Facultad de Letras, hubo en la primavera de 1976 una explosión de huelgas, de asambleas políticas, de pintadas y carteles que llenaban los muros, carteles enormes escritos a mano con proclamas revolucionarias, muchos signos de admiración, estrellas rojas, hoces y martillos. Vivíamos en una especie de Mayo del 68 pobre y comprimido: a unos pasos, montaban guardia los furgones y las patrullas de los grises, que en cualquier momento podían asaltarlo. A lo que nos dedicábamos en aquella especie de invernadero ideológico era a pelearnos los unos con los otros, cada uno en el reducto de su partidillo ínfimo, troskos, chinos, marxistas-leninistas, hasta unos exóticos carlistas defensores del socialismo autogestionario. Los partidos de extrema izquierda se multiplicaban por escisión, como las amebas. Los más fuertes y mejor organizados, claro, eran los comunistas del PCE, contra los que se enfurecían de manera unánime todos los demás, por su reformismo (¡habían renunciado a la dictadura del proletariado!), en los ratos en los que no estaban peleándose entre sí con disquisiciones teóricas ardientes, aunque también superfluas. ¿Íbamos a derribar solo al fascismo, en una primera frase revolucionaria, o, ya puestos derribaríamos a la vez el fascismo y el capitalismo, en vez de conformarnos un tiempo con la democracia burguesa? Éramos como cristianos primitivos discutiendo en las catacumbas sobre la naturaleza del Espíritu Santo mientras los leones del circo se relamían en sus jaulas. Estábamos tan concentrados en nuestros anatemas mutuos que casi no nos acordábamos de que el franquismo permanecía intacto. De vez en cuando, la Policía daba un golpe y se llevaba por delante a alguien sin fijarse en las siglas, y le aplicaba la todavía vigente ley antiterrorista, que no era una broma, aunque Franco estuviera muerto. Pero andábamos tan a la greña que ni las colectas para pagar multas y abogados para los detenidos eran unitarias.

lunes, 16 de febrero de 2026

"EL 'CASO EPSTEIN' REVELA EL ROSTRO DE UNA NUEVA ÉLITE QUE ENGLOBA MONARQUÍAS, GOBIERNOS Y MAGNATES". Martine Orange (Mediapart), infoLibre

Bill Gates, Steve Bannon, Richard Branson con Jeffrey Epstein
Es imposible separar al delincuente financiero del mundo en el que se mueve

Los millones de documentos publicados reflejan la imagen espantosa de una clase dirigente globalizada que ha prosperado con el neoliberalismo

“Esto tiene que acabar.” Tres días después de que el Departamento de Justicia de Estados Unidos publicara tres millones de documentos, Donald Trump volvió a intentar cerrar lo antes posible el caso Epstein ante la avalancha de preguntas de los periodistas. Pero, a pesar de su voluntad, esto no va a acabar. Se está extendiendo una onda expansiva mundial a medida que aparecen nombres, hechos, conversaciones y estructuras en esa gigantesca masa de documentos.

En una semana, los daños ya eran considerables. Al menos en Europa. Tras el descubrimiento de sus vínculos comerciales con el poco recomendable financiero, revelados por Mediapart, Jack Lang presentó su dimisión del Instituto del Mundo Árabe. En Gran Bretaña no deja de extenderse el escándalo Mandelson, obligado a dimitir de su cargo de embajador en Estados Unidos en septiembre tras revelarse su estrecha relación con Jeffrey Epstein. La dimisión del jefe de gabinete del primer ministro británico, Keir Starmer, el 8 de febrero, no es más que el último intento del Gobierno laborista por sobrevivir.

En Noruega, más allá del descubrimiento de los vínculos familiares que mantenía la princesa Mette-Marit, el descubrimiento de que personalidades de primer orden formaban parte del círculo íntimo del depredador sexual está conmocionando a todo el país. El ex primer ministro laborista Thorbjørn Jagland, que también fue miembro del comité del Nobel y secretario general del Consejo de Europa, está directamente implicado, al igual que el diplomático Terje Roed-Larsen, uno de los artífices de la paz de Oslo, o el político Børge Brende, presidente del Foro de Davos desde 2017. Los organizadores del Foro Económico Mundial anunciaron el 5 de febrero que abrirían una investigación para determinar los vínculos de este último con Jeffrey Epstein.

El Wall Street Journal, periódico de referencia del mundo financiero, no se equivoca sobre los peligros del momento. “Para aquellos que se encuentran fuera del restringido círculo de los poderosos —los millennials antiboomer, la generación Z, los mal pagados y las personas agraviadas—, las revelaciones sobre Epstein confirman una sórdida historia que sospechaban desde hacía tiempo. Ahí están, los ricos y poderosos, algunos expresando sus simpatías por un criminal de su círculo, a menudo para proteger a los suyos”, escribe Pamela Paul, una de las columnistas del periódico, el 6 de febrero.

En pocos días, el caso Epstein ha cambiado de dimensión. Ya no es solo un gran escándalo de pederastia, agresiones y abusos sexuales en el que están implicados multimillonarios, miembros de la realeza y personas poderosas. La revelación de millones de documentos, conversaciones privadas, correos electrónicos, fotos y vídeos que afectan a prácticamente todo este mundo globalizado, en el que se mezclan financieros, políticos, gerifaltes de lo digital, antiguas familias del establishment, académicos, asesores de todo tipo, estrellas y figuras mediáticas, ha tenido un efecto devastador. Expone el horroroso y escalofriante espejo de una clase dirigente globalizada que ha perdido todo límite, toda moral, dominada por la depredación, la corrupción, el compromiso y la impunidad. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 15 de febrero de 2026

"NO INCOMODA LA PROSTITUCIÓN: INCOMODA QUE SE NOMBRE COMO VIOLENCIA". Amelia Tiganus, El País

Ninguna mujer debería tener que poner su cuerpo al servicio del deseo masculino para sobrevivir y el feminismo no puede convertirse en un gestor amable del mercado sexual

Cada cierto tiempo, la prostitución vuelve a aparecer en el debate feminista presentada como un supuesto dilema moral. Y casi siempre con la misma escenografía: una historia individual elevada a verdad universal; una mujer convertida en excepción que pretende desmontar el análisis estructural; y un feminismo retratado como rígido, dogmático o desconectado de la “vida real”. El artículo sobre Georgina Orellano ―publicado en Ideas el pasado 9 de febrero― encaja, punto por punto, en ese guion ya conocido.

La verdad es que no estamos ante un debate honesto sobre “escuchar voces”. Estamos ante algo bastante más concreto: una operación política que busca redefinir la prostitución como trabajo y, de paso, desactivar su lectura como violencia sexual estructural. Y para ello se recurre a una estrategia muy eficaz: enfrentar experiencia a teoría, cuerpo a pensamiento, calle a análisis feminista. Como si el feminismo no hubiera nacido, precisamente, del cuerpo vivido, del dolor encarnado, de la experiencia directa de millones de mujeres explotadas sexualmente.

Yo también he sido prostituida. Yo también he puesto el cuerpo. Y desde ahí, desde ese lugar que no es abstracto ni cómodo, digo algo muy claro: la prostitución no es trabajo. Es violencia sexual organizada por un sistema patriarcal y capitalista. No lo afirmo desde una torre de marfil, sino desde una trayectoria vital y política que he desarrollado también por escrito en La revuelta de las putas, un libro que nace de la necesidad de nombrar lo que tantas veces se nos ha pedido callar: que la prostitución no nos libera, nos desgasta, nos rompe y nos deja fuera.

El artículo presenta a Orellano como prueba de que el feminismo debería “salir de su confort moral”. Pero conviene detenerse un momento y preguntarse: ¿de qué confort estamos hablando? ¿Del confort de nombrar la prostitución como explotación cuando se ha vivido en el propio cuerpo? ¿Del confort de señalar que la mayoría de mujeres prostituidas son pobres, migrantes, racializadas, con historias previas de violencia? ¿O del confort de no mirar nunca al sujeto central del sistema prostitucional: los hombres que pagan?

Porque, seamos sinceras, no hay nada radical en llamar “trabajo” a una práctica que consiste en que hombres compren acceso sexual al cuerpo de mujeres en situación de desigualdad. Eso no incomoda al patriarcado. Al contrario: lo ordena, lo legitima y lo hace más presentable. Lo verdaderamente incómodo es decir que no existe consentimiento libre cuando hay necesidad, miedo, dependencia o desigualdad estructural. Lo incómodo es señalar que convertir la prostitución en “trabajo” implica normalizar que el cuerpo de las mujeres funcione como un recurso económico más, como una mercancía disponible.

Se acusa al feminismo abolicionista de negar . Pero la agencia no flota en el aire. No existe en el vacío. Elegir entre pobreza o prostitución no es libertad; es supervivencia. Y la supervivencia no puede convertirse en coartada ideológica. Defender derechos laborales sobre esa base no emancipa: institucionaliza la desigualdad. Por eso, cuando se habla de “derechos conquistados”, conviene hacerse algunas preguntas incómodas: ¿derechos para quién?, ¿a costa de quién?, ¿derechos que no cuestionan la demanda masculina ni el mercado sexual global?

El artículo insiste en la idea de “violencia epistémica” cuando se cuestiona la voz de Orellano. Pero hay otra violencia, mucho más persistente, de la que apenas se habla: el silencio sistemático sobre las mujeres que quieren salir de la prostitución, las que no pudieron, las que enfermaron, las que fueron desechadas cuando dejaron de ser rentables. Esas mujeres no escriben libros, no presiden sindicatos, no ocupan tribunas mediáticas. Y, sin embargo, son la norma. No la excepción.

Nombrar la prostitución como violencia no es negar la humanidad de las mujeres prostituidas. Es exactamente lo contrario. Es negarse a aceptar que su explotación sea presentada como destino laboral legítimo. Es decir, sin rodeos, que ninguna mujer debería tener que poner su cuerpo al servicio del deseo masculino para sobrevivir. Es rechazar que el feminismo se convierta en un gestor amable del mercado sexual.

El feminismo no tiene que elegir entre teoría y experiencia. El feminismo nace, precisamente, del cruce entre ambas. De cuerpos explotados que pensaron políticamente su dolor. De mujeres que entendieron que lo que les pasaba no era un fracaso individual, sino una estructura.

La prostitución no incomoda al patriarcado.
Lo sostiene.

Lo que incomoda —y mucho— es que se diga alto y claro.
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Amelia Tiganus es escritora y activista abolicionista de la prostitución, superviviente de la trata de mujeres.​

sábado, 14 de febrero de 2026

"NAIDE QUEMA NADA, PERO TODO ARDE". Juan José Millás, El País

Donald Trump y María Corina Machado posan
con la medalla del Nobel de la Paz en la Casa Blanca
el 16 de enero de 2026, en Washington D. C.

Debajo del retrato de George Washington, cuidadosamente enmarcado para convertirlo en símbolo, cuelga la Declaración de Independencia, protegida por cortinas que se abren o se cierran a gusto del consumidor, como el que baja la persiana del dormitorio cuando el domingo por la mañana entra demasiada luz. Quizá no hacían falta: la musealización (¡qué extraño sustantivo: musealización!) ya anquilosa o fosiliza lo suyo. Nada como colocar una joya histórica sobre una peana para que pierda su significado, si algún día lo tuvo. Y, al contrario: basta con instalar un bacín sobre un pedestal para otorgárselo (recuerden el famoso urinario de Duchamp). Son contradicciones del arte, qué le vamos a hacer. Ese famoso texto, que nació para incomodar al poder, aparece aquí reducido a decorado solemne. Si se desprendiera de la pared y se estrellara contra el suelo, el marco sonaría a ataúd roto, quizá a ataúd vacío. La escena es de una crueldad casi municipal. Arriba, el fundador, neutralizado por el óleo, que a veces funciona como camisa de fuerza. Debajo, un documento que habla de igualdad, rebelión y límites al poder. Y un poco más abajo todavía (donde arriba y abajo poseen connotaciones de orden moral) Corina Machado y Trump sonríen como quienes acaban de inaugurar una rotonda para organizar el tráfico mundial de diplomas noruegos.

Todo aparece planchado, aunque institucionalmente muerto, como el decorado de una peli cuando se termina la jornada de rodaje. No hay choque, pese a la acumulación de contradicciones cuidadosamente ordenadas. Nadie quema nada, pero arde todo.

viernes, 13 de febrero de 2026

"ESTA INACABABLE CHARLATANERÍA". Irene Vallejo, El País

Fernando Vicente
Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha

Un grupo de inconformistas se reúne en casa de un amigo para beber vinos y arreglar el mundo. La conversación se adentra en la noche, y fluye y sigue. Saben que les ha tocado vivir malditos tiempos interesantes. A sus ojos, la política se parece cada vez más a una despiadada guerra de bandos. En la atmósfera de una democracia nerviosa y amenazada, hasta el lenguaje empieza a transformarse; muchos desprecian la moderación como disfraz de pusilánimes y la inteligencia como incapacidad para la acción. Consideran digno de confianza al más furibundo; y al que no, sospechoso. La adhesión de los exaltados recibe aplausos, mientras la razón sosegada solo cosecha burlas. Estamos en El Pireo, hace unos 2.500 años. Quien inicia el debate es un tal Sócrates. Lo narran las primeras páginas de La República de Platón.

Uno de los comensales lanza la pregunta esencial: qué es lo justo y la justicia. Rodeados de rugidos y furia, aquellos insólitos personajes —de profesión, filósofos— creían imprescindible interrogarse sobre esos conceptos en los que nos jugamos la vida, dedicar sus esfuerzos al excéntrico empeño de la conversación, buscando la palabra precisa, la idea certera. En los primeros compases del debate, parecen acercarse a un acuerdo: la justicia sería garantizar a cada cual lo que le corresponde o merece. Hasta que el sofista Trasímaco pierde la calma y estalla: “¿A qué viene, Sócrates, toda esta inacabable charlatanería? ¿Qué sentido tienen todas estas estúpidas condescendencias? Lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte".

Todos callan, sobrecogidos. Desde siempre, el cinismo irrumpe en el debate ético con aura de experiencia, sagacidad y realismo. Sócrates, sin apabullarse, lo enfrenta con socarronería zalamera. ¿A quién se refiere Trasímaco cuando dice: “más fuerte”? ¿A los campeones de lucha libre? ¿Deberían ser los luchadores olímpicos nuestros gobernantes? A lo largo de la historia, la propaganda de las dictaduras ha exaltado los cuerpos hercúleos, pero los dictadores mismos no suelen responder a su propio ideal físico supremacista. Buena parte de los líderes autoritarios, tan engreídos, no sobrevivirían en la jungla ni destacarían en el club de la lucha. Para Trasímaco ser fuerte no es cuestión de músculo, pelea y esplendor halterofílico, sino inspirar obediencia, sumisión y miedo; es decir, tener poder. Un poder que, como demuestra la experiencia, recae en aptos e ineptos, en personas cuerdas y también en gente desequilibrada. Esa fuerza. Y al calor de la conversación, estalla la pregunta incómoda: ¿es la justicia una ilusión, una invención al servicio de los poderosos?

En democracia, como en las tiranías, aclara Trasímaco, cada gobierno establece las leyes que le interesan y castiga a quienes no las cumplen. Justicia es, concluye, el deseo de quien manda: el poder define el bien y el mal. Milenios más tarde, este argumento del sofista inspiró a Nietzsche, que denunciaría la moral cristiana como glorificación del débil y mutilación de la excelencia. A su muerte, su hermana Elisabeth editó muchos de esos textos y los aproximó al imaginario del nazismo. Y hoy, por el zigzagueante camino de la filosofía y de los siglos, aquella conversación en el Pireo influye también en los teóricos de la Ilustración Oscura, los nuevos autoritarios, que defienden tesis antidemocráticas y aspiran a regir los países como si se tratara de grandes empresas donde se ensalza la obediencia al jefe máximo.

El diálogo platónico aborda sin rodeos esta cuestión aún palpitante. Sócrates afirma que gobernar no estriba en buscar lo que conviene al dirigente, sino a los gobernados. La política debería parecerse a la medicina: ambos oficios consisten en cuidar y beneficiar a otros. Intentando probar la candidez e ingenuidad de esa idea, Trasímaco desnuda su teoría sin rodeos: la política no tiene ni la más remota aspiración al servicio público, solo consagra al depredador máximo.

A lo largo de milenios, una ristra interminable de tiranos y políticos corruptos parece dar la razón al cinismo de Trasímaco. El sofista defiende que abusar resulta siempre más provechoso que ser justo. En todas partes salen ganando –dice– quienes rapiñan, quienes no tributan, quienes se aprovechan de lo público, quienes benefician a familiares y amigos a costa de lo común. Sostiene que nos quejamos de las injusticias cuando las sufrimos, pero a todos nos parece estupendo cometerlas. Cuando pronuncia esas palabras, el fuego de sus ojos parece preludiar la democracia en llamas. Este filósofo, defensor a ultranza de los poderosos, existió en carne, hueso y fiereza; no se trata de una ficción inventada por Platón. Nacido en el Bósforo, fue maestro itinerante de retórica. El patriarca de quienes, hechizados por el aura del líder firme y aplastante, aclaman la política de la fuerza y no la del servicio.

Sócrates, en tono socarrón, replica con una paradoja: incluso los ladrones y bandidos, sea cual sea el saqueo que realicen en común, conseguirán mejores resultados si colaboran. Los atropellos y dentelladas contra tus aliados despiertan rencor y luchas. Lo mismo en una familia que en cualquier sociedad: nada lograrás si siembras discordias y enemistades.

Siglos después, San Agustín escribiría: “¿Qué ladrón hay que soporte a otro ladrón?“. También los injustos exigen justicia y lealtad hacia ellos: no es extraño que, de hecho, exhiban una piel muy fina. La apología del poder como apetito sin límites exalta el egoísmo —propio— mientras reclama obediencia, renuncia y hasta servilismo —ajenos—. Incluso la persona más despiadada lo es asimétricamente: se muestra inmisericorde hacia el prójimo, pero exige ser tratada con respeto y delicadeza. Así opera la extraña equidad de los apóstoles de la desigualdad.

Sócrates argumenta que un estado arbitrario termina por ser más débil: la solidez de una ciudad no se mide por lo que unos pocos pueden saquear, sino por la unidad de todos. La violencia no trae concordia, la corrupción levanta sospechas mutuas, el abuso no robustece. Los economistas del presente han detectado una clara correlación entre leyes justas, confianza y prosperidad. Y, frente a las bravuconadas de Trasímaco, la historia prueba que los líderes fieros dividieron a las ciudades y condujeron a grandes tragedias colectivas.

El biólogo Edward Wilson, en su ensayo La conquista social de la Tierra, ofrece la clave para entender el dilema del éxito de los ególatras. "En la evolución social genética existe una regla de hierro, según la cual los individuos egoístas vencen a los individuos altruistas, mientras que los grupos altruistas ganan a los grupos de individuos egoístas". La gran ventaja de nuestra especie deriva de esa insólita capacidad para colaborar y repartir los beneficios de la cooperación. La pregunta de Sócrates continúa vigente: ¿para qué nos sirven a todos los demás esos individuos egoístas, interesados y codiciosos que convierten su voluntad en ley? A ellos mismos les beneficia su avidez, de acuerdo, pero ¿por qué deberíamos aplaudirlos o votarlos, cuando solo nos consideran adversarios o instrumentos a su servicio y además nos debilitan como grupo? Tendremos mejores líderes si dejamos de admirar la ferocidad de sus éxitos individuales —casi siempre frágiles— y valoramos su capacidad de forjar comunidades robustas —es decir, justas—. Nuestros mejores logros nunca han sido fruto de la fuerza bruta. Confundir la prepotencia con la potencia es el signo del momento histórico e histriónico que vivimos.

"VON DER LEYEN Y LA MUERTE DE EUROPA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

El mal, en política, rara vez se presenta con la máscara del villano. Más a menudo adopta la forma de una conclusión prudente Europa escucha...