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| Operativo de desembarco de los españoles del crucero 'MV Hondius' en Granadilla de Abona, Tenerif |
Un elogio a esos que se enfundan los trajes de aislamiento y cumplen con su deber sin que nadie hable apenas de ellos
Esos a los que nadie conoce, de quienes nadie sabe. Esos que se dan por supuesto: porque siempre están. Esos que tienen el trabajo tan tasado que no tienen casi tiempo de publicar en sus redes, ni de compartir memes, ni de esparcir el miedo. Esos que tienen sus propios miedos y su propio nervio y que, en cambio, imponen la templanza de su oficio. Esos que suben al barco para atender a los contagiados o que repasan con un test al conjunto del pasaje. Esos que se enfundan los trajes de aislamiento y cumplen con su deber sin que nadie hable apenas de ellos.
Esos que saben lo fácil que resultaría llamar la atención. Los que saben que alcanzaría con unas pocas mayúsculas o con un comentario ocurrente en el momento justo. Esos que tienen claro que el mundo no son las redes sociales, pero que tampoco se llaman a engaño: que sea un mundo virtual no lo convierte en un mundo de mentira. Algunas de las dinámicas de la vida ya se parecen mucho a la vida de los algoritmos, y llegan más los gritos y el desconcierto. Llega antes el miedo que una buena explicación. Corren más los bulos que las ratas.
Esos cuyos nombres desconocemos. Esos que no tienen miles de seguidores en sus cuentas. Esos que subieron al barco y organizaron el traslado hasta los aviones. Esos que atienden en el hospital y en las ambulancias. Los que llevan el autobús. Esos de los que los organismos, los gobiernos y los medios internacionales han alabado su eficaz dispositivo, resuelto a encapsular el virus y a combatirlo. Capaces de evacuar en solo 36 horas el barco donde hubo un brote.
Esos que echan las manos que hagan falta las veces que haga falta. Esos que no reclaman ni una pizca de protagonismo. Esos que enfrentaron la confusión con el rigor de su conocimiento y, en muchos casos, con el impulso de su propia vocación. Esos que han demostrado la ejemplaridad de los servicios públicos, tan denostados, y que han traducido con sus actos cómo la grandeza de un país al que miraba el mundo podía explicarse con los pequeños gestos de personas corrientes: las que siempre están.

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