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| Ignatius Farray, fotografiado en el barrio de Malasaña de Madrid |
Hay políticos que a veces juegan a ser humoristas. No funciona y a veces da vergüenza
El insigne Ignatius Farray dijo el otro día que si el expresidente Aznar había tomado como lema eso de “el que pueda hacer que haga” era porque la frase “¡Quieto todo el mundo!” ya estaba cogida. El humorismo siempre ha sido una profesión de riesgo, y no es de extrañar, porque mientras el analista ha de tomarse un tiempo para expresar una idea que, dado que se basa en una sospecha, ha de presentar con matices y manejar en el terreno de lo indiciario (palabra de moda), el humorista, o la humorista, traduce lo que tanta gente intuye en unas pocas palabras puntiagudas que mueven a la risa a unos y ofenden a los señalados. El humor es creativo, el humorista no necesita echar el rato leyéndose un auto judicial, el humorista huele lo que se cuece en la olla podrida y lo suelta. Así ha soltado el Mundo Today eso de que “el expresidente Felipe González celoso porque Zapatero está haciendo más por la derecha que él”. ¿Será cierto? Ese terreno que el periodista no puede pisar sin ser tachado de sectario es en el que retoza el humorista, convirtiendo el rumor en chiste y el chiste, cuanto más exprese lo que no nos atrevemos a decir, más carcajadas provoca. También alivia, porque es un desahogo vicario. El humorista que no se arriesga no hace del todo honor a su oficio. Hay humoristas a los que esperan a la salida de las salas donde actúan, hay humoristas a los que amenazan desde el universo virtual, supuestamente inofensivo. Pero los humoristas, desde que el humor se hizo presente en la especie humana, saben que, por más admiradores que llenen sus shows en buenos teatros, siempre habrán de ser fieles a su carácter de pobladores de los márgenes, de payasos que dicen lo inadecuado como así harían los niños. El humorista que dejó de ser niño, que perdió su inocencia, el que intelectualiza el humor porque en el fondo le da vergüenza dedicarse a algo tan primitivo, no pertenece a ese grupo de los que siempre eligen decir lo inadecuado y sin haber reflexionado mucho sobre ello sueltan lo que se huelen que el pueblo quiere decir y no puede.
Hay políticos que a veces juegan a ser humoristas. No funciona y a veces da vergüenza. No es compatible hacer humor cuando se practica desde una posición de poder; sea cual sea el cargo, la gracieta chirría. A veces los vemos hacer juegos de palabras, que les han escrito otros, y quieren hacer como si se les acabara de ocurrir. Desistan, por Dios, porque el repentista canta y cuenta de manera totalmente improvisada. El repentismo es un arte para el que están dotados muy pocos. Solo a veces responde a un don popular colectivo que dejan en herencia abuelos y abuelas, como ocurre en la ciudad de Cádiz, donde cada bar parece contar con un tipo repentizando. El humor, como el compás, se lleva en el corazón, aunque se desarrolle luego prestando oído al habla de la calle. El humor nace de abajo arriba por eso no hay humorista, al menos en España, que no alimente su humor de las palabras que escuchó en la calle. Inglaterra, ejem, ya es otra cosa. Nuestro humor es cervantino, corrosivo con el poderoso, escatológico, sanchopancista, especialmente adecuado para hacer reír en tiempos de crisis. En vísperas de la llegada de este Papa que se nos ha revelado como el hombre que en voz baja dice, sin que le tiemble la voz, lo que piensa, yo animo a ponerles unas velas a esos santos que no están en las iglesias, a ese batallón de payasas y payasos que nos sirven de espejo mucho mejor de lo que podemos hacer desde una columna como esta. Ellos, en ese afán de alimentarnos la risa, ya viven en el reino de los cielos. Salen al escenario y tienen las butacas llenas de fieles que están esperando como agua de mayo llenarse el pecho de risa para seguir resistiendo. Cuando acaba el show, Ignatius Farray se quita los pantalones y enseña los huevos al respetable. Hay semanas en las que una solo espera eso: que un payaso inocente se muestre desnudo.

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