sábado, 13 de abril de 2024

"SOY AUTISTA, Y CLARO QUE NO LO PAREZCO". Un artículo de (El País 11 ABR 2024)

NICOLÁS AZNÁREZ
Hay que normalizar que no todos somos iguales, ampliar la idea de realidad para acabar con el estigma, e incluir a quienes no saben cómo funciona esa realidad que, en el fondo, hemos inventado

Lo desconocido está ahí para que lo conquistemos, no para que lo temamos, dice Dakota Fanning en un momento dado de Larga vida y prosperidad (Ben Lewin, 2017). No lo dice en realidad ella, sino que es una línea del guion que su personaje ha escrito para participar en un concurso de Paramount Pictures relacionado con Star Trek. En Larga vida y prosperidad, Dakota Fanning es Wendy, una chica con autismo que vive en un centro para jóvenes como ella —lejos de su hermana, que se ve incapaz de cuidarla— y que, convencida de que puede ganar el concurso, ha escrito un guion hermosísimo, profundo, solipsista, monumental —tiene 450 páginas— en el que Spock y el capitán Kirk están solos en un planeta moribundo, y el primero se atreve, por fin, a sostenerle la mirada al segundo.

Y lo hace porque, en ese mundo, en el mundo que dibuja el guion de Wendy, Spock, y ella —porque ella es Spock ahí dentro—, han aprendido a liberar sus sentimientos. A ser como el resto, siendo ellos mismos. Hay en la película de Lewin un elemento valioso, y no es únicamente esa línea de guion —ese lo desconocido está ahí para que lo conquistemos, no para que lo temamos—, sino la forma en que evidencia de qué manera el esfuerzo —por entender el mundo en el que vive— proviene siempre de un único lugar: Wendy. Y todo lo horrible que le ocurre en ese viaje en autobús sola a Los Ángeles —el robo, la crueldad en los mostradores, en el propio autobús, la desconsideración en el hospital— le ocurre porque nadie está siquiera planteándose que Wendy podría no ser como ellos.

“Soy autista, y claro que no lo parezco”, leo en un muro, siempre cambiante, en la sala de espera de la consulta a la que llevo a mis dos hijos, de 15 y 10 años, diagnosticados ambos hace cinco con trastorno del espectro autista (TEA). Él tiene un asperger de altas capacidades con TDH. Ella, que aprendió a hablar a los seis, y aún hoy puede tardar una importante colección de minutos en completar una frase, tiene una discapacidad del 33%. Ninguno de los dos entiende bien cómo funciona el mundo. Pero, ¿saben qué? Yo tampoco lo he entendido nunca. Porque, ¿saben una cosa de la que nunca se habla cuando se habla de autismo? El autismo es hereditario y, sí, las madres y los padres de la sala de espera lo saben, pero no siempre lo admiten. A veces ni siquiera lo aceptan. Y he aquí, para mí, una de las razones por las que el estigma —oh, qué palabra tan horrible— se perpetúa.

Vuelvo a Wendy, y a la manera en que no recibe un solo gesto de empatía por parte de aquellos que supuestamente nacen con ella, esto es, los neurotípicos, y me digo que si pudiese verse de alguna forma lo que Wendy está sintiendo —lo que siente mi hija cuando saluda a sus compañeras y nadie le devuelve el saludo, o cuando una supuesta amiga le pide que cierre los ojos en el tobogán y lo baje de pie—, nadie se atrevería a tratarla así. ¿Y saben cómo podría verse? Si, por una vez, el otro lado, el lado supuestamente empático, hiciese un esfuerzo por entender que tal vez esa persona que te ha preguntado tres veces por su asiento puede estar necesitándote. Que tal vez hay otro tipo de ser humano, profundamente humano, que jamás va a hacerte daño porque no sabe cómo hacerlo. Pero tú sí puedes hacérselo a él. Y no es divertido.

Leo en un titular, en este mismo periódico, que el Ministerio de Derechos Sociales ha presentado un plan que contará con 40 millones de euros “para desterrar la discriminación hacia el colectivo”. Y también que el desempleo y el acoso escolar son “las luchas pendientes de las personas con autismo”. El acoso escolar fue la razón por la que descubrimos el autismo de nuestro hijo, que solo supo que estaba siendo acosado después de que los Mossos d’Esquadra se pasasen por el colegio para explicar en qué consistía y ¿saben? el resto de sus compañeros sí sabían que estaba siendo acosado; lo sabían todos menos él. ¿Y saben quién podría solucionar una cosa y la otra? ¿Saben quién las provoca? Como diría Raymond Carver, “todos nosotros”.

Empecemos a nombrar y a aceptar. Empecemos a normalizar que no todos somos iguales. Ampliemos la idea de realidad para incluir a aquellos que no saben cómo funciona esa realidad que, en el fondo, hemos inventado. Porque la realidad es ampliable, y no debería ser única. Aprovechemos también esa diversidad. La neurodiversidad. Porque es nuestra. Como todas las demás. No hay que encerrarla en un colectivo. Lo primero que hizo mi hijo cuando cambió de colegio fue informar a sus compañeros de que era un niño con asperger. Les dejó claro que no le gustaba el ruido, que no entendía las bromas y que siempre que decía algo, lo decía en serio. Que no sabía mentir. Que no le gustaban las mentiras. Que a veces no sabía lo que pasaba, y que podía hablar sin parar sobre algo que podía interesarle únicamente a él.

¿Y saben qué? Le fue bien. Cuando alguien hacía una broma, y él no la entendía, alguien se la explicaba. Había quien le recordaba todo lo que podía haberse olvidado de apuntar en la agenda. Y empezó a levantar la mano en clase para hablar de eso que le obsesiona: los planetas, el espacio, los agujeros negros, como decía de niño, “todo lo que ya estaba aquí cuando llegó el ser humano”. Fue ganando tal confianza en sí mismo que, durante una excursión, se atrevió a plantarle cara a la chica más popular de la clase y a decirle todo lo que no le gustaba de la manera en que se comportaba con él. “Fue un momento mágico”, nos dijo su tutor. “Ella le pidió perdón, y le dijo que no se había dado cuenta de hasta qué punto le estaba haciendo daño”, nos dijo. “Yo me lo tomo todo en serio”, nos dijo que le había dicho él, y también que ella lo sabía, “y tú lo sabías, o deberías saberlo”.

Lo desconocido está ahí para que lo conquistemos, no para que lo temamos, me digo, y también que la conquista pasa, en este caso, por crear un mundo en el que nadie quede fuera, en el que toda diferencia —también la neurológica, la base de todo lo que somos— se contemple como una posibilidad, una distinta, una nueva, que ha estado aquí desde el principio y que merece ser incluida en esa realidad que puede y debe ser múltiple, que lo ha sido siempre. La conquista pasa, me añado, por el conocimiento, por el destierro definitivo del estigma. El estigma, déjenme decirles, se ha construido a conciencia, y de una forma descuidadamente cruel. El autista es el raro. Y qué fácil es llamar raro a alguien y apartarse de su camino. Lo difícil, lo humano, es quedarse porque sabes que no es raro sino diferente, y que no ha elegido serlo, como no se elige el color de la piel.

“Un mismo espectro, infinitos matices” era este año el lema de la campaña por el Día Mundial del Autismo. Y es un lema excelente. Habría que llevarlo a cada rincón del país. Al bar de la esquina. A todas las clases de los institutos del mundo. A aquel vagón de tren donde me encontré con una chica que, me dije, podría ser mi hija durante su primer viaje lejos, sola. Nada exteriormente te decía que estaba perdida y asustada. Pero lo estaba. Miraba todo el tiempo una libreta con instrucciones y su billete. Sabía que no iba a pedir ayuda, así que le pregunté el número de su asiento y la llevé hasta él. Le mostré el baño de camino y le dije cuánto duraba el trayecto y por qué lado debía bajar. La vi sentarse aliviada. Y volví a mi sitio pensando en que ojalá mi hija, en el futuro, se encontrase con alguien que la viese así.

Laura Fernández es periodista y escritora. Es autora de La señora Potter no es exactamente Santa Claus (Random House).


viernes, 12 de abril de 2024

"EL COMERCIO DE LA SOLEDAD". Un artículo de Luis Garcia Montero (infoLibre.es 6 ABR 2024)

Cuando voy a trabajar, paso sobre las 8 de la mañana por delante de un supermercado. Siempre hay en la puerta algunas personas en negociación con sus teléfonos móviles. No tienen pinta de ser clientes, sino trabajadores, compañeros de trabajo. Esperan que el encargado abra la puerta para dirigirse a sus faenas. Parece que no tienen nada que decirse, nada que compartir, ni antes ni después de ponerse el delantal. Están amarrados a sus soledades, igual que los grupos de amigos sentados en una cafetería, cada cual a lo suyo, sin cruzar palabra y con sus móviles en las manos. Escenas para comprender nuestro tiempo. Quizá exagero un poco, pero este tipo de imaginación valiente es necesaria para indagar en la verdad según nos enseñó María Zambrano con su razón poética en Hacia un saber sobre el alma (Losada, 1950).

María Zambrano empezó a meditar sobre las peligrosas distancias entre las razones y los sentimientos cuando advirtió la paradoja fundacional de la cultura romántica. En un siglo XIX marcado por el desarrollo científico y el conocimiento positivista de la naturaleza, el romanticismo tuvo la necesidad de imaginar un cosmos infinito de tormentas y abismos. La gota de agua analizada en el laboratorio propició el protagonismo de los mares ingobernables y los horizontes rotos por el oleaje. Me parece que ahora ocurre una paradoja semejante. En medio del mundo globalizado, intercomunicado, lleno de seguidores, me gustas e intimidades compartidas, se produce una cultura de la soledad. Somos consumidores de muchas cosas, también de nuestra propia soledad.

Como escribir es defender las palabras, me interesa aquí defender la palabra soledad tal como la pensaron María Zambrano y Luis Cernuda. La soledad es necesaria como afirmación de la conciencia que se niega a disolverse en cualquier homogeneización dominante. Saber quedarse solo resulta imprescindible para participar con honestidad en un sueño colectivo. Soledad del que piensa de manera libre en lo que escucha y en lo que quiere decir, sin verse obligado a repetir como un loro lo que flota en el ambiente. Defender este sentido humano de la soledad es un modo de apostar por la comunidad, el entendimiento, el diálogo, el acuerdo, el compromiso social a la hora de formar un nosotros.

El tumulto de las redes sociales y la inteligencia artificial corre el peligro de provocar una soledad distinta. Pienso ahora en Edgar Allan Poe y Charles Baudelaire. Cuando el poeta parisino tradujo al escritor de Boston, comprendió que una multitud puede parecerse a un conjunto de soledades, gentes que caminan sin conocerse y sin un bien común que compartir. Bajo la ley del más fuerte, los mensajes y las noticias se quedan sin conversación. Este tipo de soledades no supone una afirmación del propio ser, sino una existencia definida por el desamparo.

Ahora que todo es sabido, comunicado y ruidoso, la metáfora de la vida quizá sea la puerta de un supermercado con trabajadores que nada tienen que decirse, o en la mesa de una pareja de novios que buscan en sus móviles algo en lo que poner los ojos. Quizá exagero, pero este tipo de cultura neoliberal de las soledades está en la base de la paradoja social que fundamente el nuevo autoritarismo de nuestras democracias. Si las mentiras se extienden más rápido que las verdades, es porque las verdades necesitan pensarse, decirse en sus matices. Las mentiras se lanzan a la calle con aspecto de consignas que no admiten una duda. Y la gente solitaria, desamparada, prefiere someterse a las consignas para sentirse acompañada. Someterse a las palabras que ordenan, no a las que proponen una conversación. Mejor estar entre los miles de seguidores que repiten un bulo. De qué sirve quedarse en las reflexiones compartidas de un diálogo.

Será bueno cambiar de inercia. Es posible amar la soledad para defendernos juntos de las malas compañías.

jueves, 11 de abril de 2024

"CORRUPCIÓN". Irene Vallejo

“Corrupción” es una palabra que viene del latín y significa “unirse para quebrantar”. El término mismo habla del pacto entre el poderoso tentado por una oferta ilícita y el particular tentado por un posible atajo para forzar el espíritu de las leyes. Es una moneda con dos caras (duras). Es cierto que la corrupción siempre ha existido en todos los engranajes políticos y económicos, pero no por eso debe cesar la lucha por desenmascararla, conocer sus límites, diferenciar sus grados y desmantelarla una y otra vez. Por otro lado, en época de escándalos se corre el riesgo de caer en una desconfianza generalizada y disculpar provechos propios ante la enormidad de las trampas ajenas. La honradez existe y meter a todos en el mismo saco es una victoria de los impunes.

Montesquieu escribió que fue Julio César quien generalizó la costumbre de corromper como mecanismo de financiación política. Los gastos electorales en Roma antes de la era de la publicidad y las apariciones televisivas eran ya enormes. Julio César financió su campaña al consulado recurriendo a los fondos del rico constructor Craso, al que recompensó después con contratos públicos como la concesión del servicio de bomberos. Cuentan que los esbirros de Craso acudían a las viviendas en llamas y exigían al afligido propietario una suma exorbitada por sofocar el fuego. Si aceptaba, Craso se enriquecía. Si no, dejaban arder la casa, Craso compraba el solar, construía y se enriquecía de todas formas. Dice el refrán que más vale maña que fuerza. Y Craso añadiría que lo que más vale es una contrata amañada.

sábado, 6 de abril de 2024

"LEYES QUE BLANQUEAN VICTIMARIOS Y OFENDEN A LAS VÍCTIMAS". Un artículo de José M. Portillo (Crónica Vasca 4 ABR 2024)

PP y Vox registran la Proposición de Ley de Concordia en las Cortes

“El período histórico de la violencia en Euskal Herria ha mostrado que no importa el bando, origen o creencias de las víctimas, pues el sufrimiento fue el mismo para todas. Es obligación de los poderes públicos atenderlas a todas por igual, dejando a un lado la confrontación partidista para no repetir los errores del pasado”. ¿Les parecería bien esta redacción en una propuesta de ley impulsada por el ultranacionalismo vasco para tratar de la memoria del terrorismo en Euskadi? ¿Creen que a las víctimas del terrorismo les agradaría tener una ley que no nombrara el terrorismo como la causa primera y principal de su dolor? ¿Estarían a gusto mientras trataran en su parlamento de tomarles el pelo diciéndoles que el “período histórico” de la violencia se motiva por la represión del Estado, vaciando de responsabilidad a los propios terroristas?

Pues bienvenidos a Castilla y León y Valencia, donde exactamente eso es lo que está próximo a suceder al impulsar el Partido Popular, con el apoyo de Vox, nuevas leyes, llamadas de Concordia, que en realidad lo son de blanqueo y olvido de todo el pasado de sufrimiento y dolor provocado por la dictadura franquista. La dictadura no necesita ser amnistiada porque ya lo fueron sus responsables al inicio de la Transición. De todas las fechorías cometidas desde 1936 hasta 1977 se evaporó toda responsabilidad penal, al igual que quedaron limpios como una patena los terroristas de ETA que habían asesinado hasta días antes de la promulgación de dicha ley en octubre de 1977. La legislación autonómica de blanqueo de la dictadura, de prosperar, añadirá a esa excepcionalidad penal la tergiversación histórica. Para ello nada mejor que aludir a una complejidad del pasado “que requiere aproximaciones plurales” y sobre el que los historiadores sostienen encarnizados debates.

La historiografía es debate, sí, pero ningún análisis solvente proveniente de la profesión sostiene que la causa de las tropelías de la dictadura franquista tenga su origen en 1931. Componer un todo de responsabilidad compartida entre la República de 1931 y el franquismo no responde a criterio historiográfico alguno, sino a un posicionamiento ideológico y a una voluntad política de blanquear el franquismo. Según el PP, secundado por Vox, el franquismo no sería más que una etapa más en un momento histórico que va desde 1931 hasta el atentado islamista de 2017 en Barcelona.

La lógica ideológica y política que hay detrás de ello la conocemos bien en el País Vasco. No hay que retroceder en el pasado reciente, sino leer en el presente. El candidato de Bildu a la presidencia del Gobierno Vasco, Pello Otxandiano ha reclamado “una memoria plural” para el “reconocimiento de todas las víctimas sin excepción”, haciendo alusión a las “víctimas del terrorismo de Estado y de las torturas”. El mismo patrón que usan en Castilla y León o en Valencia el PP y Vox: la historia es depende, todos tienen responsabilidad, vamos a atender a todas las víctimas por igual y, como resultado se obtiene ese ideal de suma cero, es decir, el blanqueo de los victimarios.

Lo mismo que para Otxandiano ETA existe solo en la medida en que es un actor más de la violencia junto al “Estado y sus cuerpos represivos”, para el PP y Vox no existe el franquismo más que como una etapa más en una historia de violencia que arranca en 1931, es decir, con el régimen democrático que Francisco Franco liquidó provocando una guerra civil de tres años. De hecho, esto último no existe en el discurso del PP y Vox porque la responsabilidad esta diluida entre republicanos, franquistas, etarras e islamistas radicales.

Lo mismo que la ex ministra Irene Montero se encontró con una consecuencia no deseada de su flamante ley del solo sí es sí, PP y Vox están promoviendo una legislación que va a tener una consecuencia letal para las víctimas de ETA. Ya no van a encontrar un relato dignificante que establezca con claridad la responsabilidad única e intransferible de los perpetradores de su dolor, sino que tendrán que aceptar que son solamente un segmento de una “memoria plural” y unas más de “todas las víctimas sin excepción” que también quiere Bildu en el País Vasco.

Para la derecha, como para Bildu, no existen ya las víctimas de ETA, como tampoco existen las víctimas de la dictadura franquista. Todas son víctimas globales, es decir, nada. Su cancelación se produce al cancelar su propio tiempo, al negarles la condición de sujetos históricos. En el argumento del PP y Vox no puede haber víctimas del franquismo porque el franquismo en sí no es responsable de un tiempo histórico forzado que abarca desde 1931 hasta 2017. Si la responsabilidad de las víctimas del franquismo es también del régimen republicano, la de las víctimas de ETA es también del franquismo: exactamente lo que propone Otxandiano. Las asociaciones de víctimas deberían decir también algo a este respecto. Es su dignidad la que está en juego.

jueves, 4 de abril de 2024

"HUMILLAR A LAS VÍCTIMAS". Editorial de El País 1ABR 2024

El PP ignora a los familiares de fusilados por el franquismoy legitima la cruzada de Vox contra la memoria histórica

La resistencia contra cualquier avance en el reconocimiento de las víctimas olvidadas de la Guerra Civil y el franquismo es un pilar de la extrema derecha española, cuya ideología es heredera directa de los vencedores. En su actual forma política, Vox, se convierte además en otro aspecto de la guerra cultural que la alimenta electoralmente desde hace años. La novedad es que sus pactos con el PP tras las elecciones autonómicas de mayo de 2023 han llevado su retórica revisionista a las instituciones. Así, Aragón ha derogado su ley de memoria histórica, los gobiernos de Castilla y León y Comunidad Valenciana trabajan en proyectos para sustituir las suyas, mientras en Cantabria, Baleares y Extremadura existe ese compromiso programático entre las formaciones de Feijóo y Abascal. El Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática advirtió ayer contra este tipo de iniciativas y anunció que si es necesario presentará un recurso ante el Tribunal Constitucional.

Las normas autonómicas de memoria surgieron para facilitar la aplicación de la Ley estatal de 2007, que reconoció por primera vez el derecho a exhumar los miles de cadáveres repartidos en fosas comunes para darles sepultura digna. Se acababa así con una larga anomalía española. La ley, sin embargo, dejaba en manos de las familias el ejercicio efectivo de esa búsqueda. El Gobierno de Mariano Rajoy no tocó la ley, pero mostró un absoluto desinterés por ayudar a los familiares, muchos de ellos, ya ancianos. La nueva Ley de Memoria Democrática, de 2022, obliga al Estado en todos sus niveles a hacerse cargo de la búsqueda y exhumación.

Ahora Vox se propone derogar una por una esas leyes allí donde tenga poder para hacerlo, es decir, donde el PP se lo permita, y sustituirlas por otras con una retórica falaz. La cruzada extremista parte de dos premisas falsas. Primero, que la ley solo reconoce a las víctimas de un bando, cuando en realidad alude expresamente a todas las víctimas de la Guerra Civil. Y segundo, que la legislación sobre memoria ataca el espíritu de la Transición. Bien al contrario: es la extrema derecha quien parte de argumentos marginales para relativizar la dictadura o equipararla con la Segunda República como si fuera todo parte de un mismo periodo violento, en contra del amplísimo consenso historiográfico mundial en torno al siglo XX. En un giro orwelliano, las nuevas leyes propuestas por Vox se llaman “de concordia”.

La memoria del golpe de Estado de 1936, la Guerra Civil, la dictadura y la Transición democrática no pertenece a un partido ni a un territorio. Hay pocos asuntos verdaderamente nacionales que apelan a todos los españoles por igual. En este sentido, la ley estatal sigue vigente, pero unas víctimas tendrán apoyo autonómico y otras no. Las mayorías de PP y Vox tienen derecho a derogar las leyes regionales, pero al hacerlo envían un mensaje inequívoco: en lo que dependa de ellos, las víctimas están solas. Promover leyes revisionistas es, además, humillarlas.

Vox tiene su propia opinión sobre la dictadura franquista, el cambio climático, el feminismo o el aborto. Es un partido reaccionario sin complejos y se lo ha dejado muy claro a los españoles. El que debe resolver sus contradicciones es el PP, que se presenta ante los votantes como un partido que defiende los consensos constitucionales mientras concede pábulo político y apoyo institucional al extremismo.

miércoles, 3 de abril de 2024

"“Las redes sociales nos animan a tener una opinión sobre todo”: Dan Lyons analiza cómo los bocazas están arruinando el mundo". Un artículo de Enrique Alpañés (El País OCT 2023)

El ensayista examina el auge de los habladores compulsivos en su nuevo libro ‘Cállate. El poder de mantener la boca cerrada en un mundo de ruido incesante’

Están por todas partes y explican cosas. Alargan las reuniones con cháchara inútil. Interrumpen. Te preguntan qué tal el fin de semana solo para poder contarte el suyo. Son los que no tienen una pregunta, más bien una reflexión. Los que escriben “dentro hilo” en X. Siempre tienen una opinión, una teoría, una anécdota. La ciencia los señala como habladores compulsivos. La calle, como cuñados o mansplainers, neologismos que bautizan comportamientos cada vez más comunes y que ya dan una pista, pues es un fenómeno esencialmente masculino. La diarrea verbal es una enfermedad. Y está cogiendo tintes de pandemia.

Dan Lyons los conoce perfectamente, él era uno de ellos. Este periodista y ensayista estadounidense llevaba años hablando por los codos. Perdió un trabajo por no saber callarse a tiempo, perdió ocho millones de dólares, casi pierde a su mujer. Durante la pandemia de la covid, cuando medio mundo se recluyó en sus casas en silencio, empezó a plantearse qué le pasaba. Preguntó a antropólogos y psicólogos. Consultó estudios científicos y libros. Se pasó varios meses intentando entender por qué no podía mantener la boca cerrada y entonces entendió que no era un problema individual. “El problema no solo soy yo, no sois solo vosotros. El mundo entero tiene que cerrar la puta boca”.

Con esta contundente idea arranca su nuevo libro Cállate. El poder de mantener la boca cerrada en un mundo de ruido incesante (Capitán Swing). En él, Lyons asegura que vivimos en la época más ruidosa de la historia. Las redes sociales prometían convertirse en un ágora griega, un lugar que fomentara el diálogo. Pero en la práctica se parecen más al Speaker’s Corner de Londres, un espacio en el que miles de personas chillan monólogos histéricos que nadie escucha. Y lo peor es que este comportamiento, que nace en el mundo digital, ha acabado saltando a la vida analógica.

Recurriendo a la ciencia, Lyons explica cómo el ruido permanente a nuestro alrededor destruye el pensamiento crítico y erosiona el diálogo. También da consejos para aprender a dejar de hablar en exceso. El primero, dejar las redes sociales, lo siguió a rajatabla, pero lo ha tenido que abandonar para promocionar su libro. El segundo era un post-it junto a su ordenador con una orden concisa a seguir durante las reuniones: cállate y escucha. No lo tiene en el ordenador desde el que atiende a EL PAÍS en videollamada. Aun así, Lyons se muestra comedido. Sus respuestas son concisas y la entrevista no dura más de 25 minutos.

Pregunta. ¿Cómo se dio cuenta de que hablaba demasiado?

Respuesta. Sabía desde hacía tiempo que decía cosas de forma compulsiva. Cosas que estaban arruinando mi vida y sucedía una y otra vez. Causaba problemas en mi matrimonio, en mis amistades y en lo laboral. En una ocasión dije algo en Facebook que terminó costándome el puesto de trabajo. Hace poco miré el precio de las acciones de esa empresa y vi que, si me hubiera quedado, tendría ocho millones de dólares. Recuerdo haber pensado, ¿qué saqué de esa publicación de Facebook?

P. Publicó un libro sobre ello... [Disrupción, en el que denuncia el edadismo de su antigua empresa y de todo Silicon Valley].

R. Sí, bueno, prefiero ocho millones de dólares.

P. Al menos sabe que no está solo en esto de ser un bocazas. Dice que en toda la historia de la humanidad nunca ha habido una época tan ruidosa como la nuestra. ¿A qué cree que se debe?

R. Las redes sociales tienen un papel importante en esto. Ahora podemos tener una opinión sobre todo. Cada vez que sucede algo, nos animan a compartir nuestra opinión, a rebatir y discutir. Y esa actitud se ha extendido al resto de nuestras vidas, de modo que la gente no para de hablar y opinar sobre todo. Se ha trasladado al mundo laboral, donde tenemos demasiadas reuniones. Se ha trasladado al ocio, donde tenemos millones de canales y plataformas de televisión. Y esto genera demasiado ruido, una sobrecarga de información y no creo que nuestros cerebros estén preparados para manejarla.

P. ¿Pero las redes sociales son causa o consecuencia? ¿Siempre hemos tenido esa necesidad de dar nuestra opinión o nos la han creado Facebook, Instagram y Twitter?

R. Un poco son las dos cosas. Siempre tuvimos esta urgencia, pero no una forma de compartirla con una gran audiencia. Podrías escribir una carta al director de un periódico, por ejemplo, pero solo se publican un par. Las redes sociales crearon una plataforma que hizo que fuera fácil y gratis compartir tus pensamientos con una audiencia global. Pero no son neutrales, están pensadas para manipularte y empujarte a compartir contenido, haciendo que hables demasiado. Te están induciendo a seguir hablando, a ponerte nervioso, a agitarte para que te comprometas y empieces a discutir con la gente y a debatir. De esa forma, acabas compartiendo demasiado en línea, pero no se queda ahí. Ese tipo de agitación regresa contigo, la acabas incorporando a tu vida analógica.

P. No todo el mundo debería callarse por igual.

R. Sí, en esto de hablar demasiado, hay un sesgo claro de género. Más allá del famoso mansplaining, en mi libro hablo de dos neologismos. Uno es el maninterrupting. Los hombres no solo hablan más, sino que interrumpen más que las mujeres. Hay mucha investigación al respecto.

[Un estudio de la Universidad George Washington reveló que los hombres interrumpían a las mujeres un 33% más que a los hombres. Otro estudio, de la Universidad de Standford, comparó las conversaciones de dos hombres, de dos mujeres y la de un hombre y una mujer. En las conversaciones entre personas del mismo sexo se produjeron siete interrupciones. En las conversaciones entre hombres y mujeres hubo 48, 46 de ellas por parte del hombre].

El otro neologismo es el manalog, es el tipo que habla en una cena o en una fiesta y quiere contarles todo a todos y no se calla, va a seguir y seguir y seguir. Creo que los hombres encajamos en ese patrón mucho más que las mujeres. Sin embargo, históricamente, han sido ellas las que han tenido fama de charlatanas y cotillas, lo cual es asombroso. Y se remonta a mucho tiempo atrás, hay referencias escritas de la Edad Media, pero esta idea ha existido desde siempre. Creo que es una forma de control a las mujeres. De decirles, “habláis demasiado”. Y ellas replican, “bueno, hablamos menos que tú”. “Vale, pero eso sigue siendo demasiado”. De ahí viene ese estereotipo, ha sido una herramienta para silenciar a las mujeres.

[Investigadores de la Universidad de Texas descubrieron que tanto las mujeres como los hombres pronuncian 16.000 palabras al día de media. Los tres sujetos más habladores de la muestra eran varones]

P. Esta diferencia se hace especialmente patente en el entorno laboral

R. Sí, ahí es donde ves que los hombres interrumpen más en las reuniones, ya sabes, y creo que es un ejercicio interesante para cualquiera, especialmente para los hombres: la próxima vez que vayas a una reunión, toma un cuaderno. Y simplemente presta atención cada vez que alguien interrumpe. Toma notas. Y al final, probablemente te des cuenta de que son hombres los que lo hacen. Una vez que lo ves, no puedes dejar de verlo.

P. Hablando de reuniones. Dice en su libro que el trabajador medio asiste a 62 al mes, y los participantes aseguran que la mitad de ellas son una completa pérdida de tiempo.

R. Hay dos tipos de personas: las que disfrutan de las reuniones y las que están cuerdas. Y el primer grupo va ganando. El problema no solo es que sean muchas, es que son demasiado largas, improductivas. La gente se siente obligada a decir algo en las reuniones. De lo contrario, sienten que no están aportando nada, que no están a la altura. Pero a veces lo más inteligente es sentarse y escuchar, más que hablar. Y luego, después de escuchar a todos, quizá tienes que decir algo conciso o que aporte, no solo hablar por hablar. Hay directores ejecutivos realmente inteligentes como Tim Cook en Apple que hacen eso.

P. O Jack Dorsey. En su libro lo pone como ejemplo de persona que sabe callarse y escuchar. Por entonces era ejecutivo de Twitter. Ahora mismo lo ha sustituido Elon Musk [famoso por ser un bocazas de libro]. No sé qué moraleja podemos extraer de este cambio…

R. Sí, Elon Musk me ha destrozado la tesis. Ja, ja, ja. Cuando estaba escribiendo el libro, Dorsey estaba a cargo, y me di cuenta de que no tuiteaba mucho. Pasa lo mismo con [el director ejecutivo de Meta, Mark] Zuckerberg, no le ves parloteando sobre cualquier cosa en Facebook. Pero tiene un emporio que nos empuja a todos los demás a hacerlo. Las personas que construyen estas cosas son a menudo las que no se dejan llevar por ellas. Musk es un caso único. También lo es [el expresidente de Estados Unidos Donald] Trump. Los dos han tirado por tierra en cierto modo mi tesis de que las personas poderosas no hablan demasiado. Pero sigo creyendo que es así. Que ambos se han metido en problemas por hablar demasiado. Y que se meterán en problemas en el futuro.

P. Hablemos del amor. La charlatanería no solo nos afecta en lo laboral, en lo sentimental también puede ser peligroso.

Sí, tiene que haber cierto equilibrio, tampoco quieres estar completamente en silencio. Cuando conoces a alguien se tiene que aplicar la regla 60-40. Hay que hablar no más del 60% pero no menos del 40%. De esta forma hay cierto equilibrio y se puede tener una conversación en la que participen los dos. Pero también hay investigaciones que encontraron que en las citas rápidas, las personas que hacen preguntas y escuchan tienen más probabilidades de obtener una segunda cita. Y si lo piensas es obvio, si estás interesado en la otra persona, realmente la escuchas. Cuando estás en un matrimonio o una relación a largo plazo es diferente. En ese caso, pasar un tiempo juntos en silencio o no tener nada que decir puede ser algo bueno. En mi caso yo creo que ayudó a nuestra relación. Hay una gran frase de Ruth Bader Ginsburg, jueza de la Corte Suprema [de EE UU] que dice: A veces ayuda ser un poco sordo.

P. Pero si nadie habla no sé qué diálogo vamos a fomentar ¿Es una cuestión solo de cantidad o de calidad también?

R. Entrevisté a este científico alemán de la Universidad de Arizona [el doctor Matthias Mehl] que hizo una investigación y descubrió que las personas que tienen conversaciones significativas son más felices e incluso más saludables que otras personas. Y le dije bueno, espera un minuto, eso mata mi libro porque estás diciendo que deberíamos tener más conversaciones. Pero él me replicó que no. Hay que tener conversaciones más significativas, las conversaciones auténticas son aquellas en las que escuchas mucho. No solo hablas, hablas y hablas. Aprendes a escuchar.

P. Así que es algo que se puede aprender ¿Usted ha cambiado mucho escribiendo este libro?

R. Sí. Creo que mejoré bastante. Aunque le confieso que antes, alguien me estaba entrevistando sobre el libro en un pódcast e igual dije algo que puede haber cabreado a alguna persona, así que aún tengo margen para afinar.

P. ¿Y qué dijo?

R. Mejor me lo callo.

martes, 2 de abril de 2024

"PERSONAS RACIALIZADAS". Un artículo de Alex Grijelmo (El País 29 MAR 22024)

El término se aparta de la morfología habitual, y no se entiende a la primera. Es fruto del anglocentrismo reinante

El sufijo -izar es muy productivo en español. Entre otras posibilidades, ha creado verbos a partir de adjetivos, con sus consecuentes participios en -izado: ilegal, ilegalizar, ilegalizado; normal, normalizar, normalizado; ágil, agilizar, agilizado.

Cualquier hablante entenderá generalmente (aunque haya salvedades) que en las formaciones de verbos transitivos se transfiere al complemento un resultado de la acción significada en la raíz (interpretación causativa). O sea: “ilegalizar” equivale a “hacer ilegal”; “normalizar”, a “hacer normal”; y “agilizar” es lo que desearíamos para la burocracia, que se convirtiera en ágil. Se deduce aquí que el complemento directo del verbo, implícito o explicito, transforma su estado: se ilegaliza lo que no era ilegal, se normaliza lo que no era normal, se agiliza lo que era una absurda pesadez.

A ese sistema han llegado últimamente el verbo “racializar” y su participio y adjetivo “racializado”. Si deducimos los mecanismos morfológicos más esperables, esta formación se puede entender como el resultado de “racializar”, que a su vez significaría cambiar el estado de alguien para quedar convertido en… ¿racial?, ¿en raza? Sin embargo, no parece que las personas racializadas hayan sido transformadas de pronto en raciales. Sí se podría racializar una música: aquella cuyo ritmo se transforma para dotarla de rasgos étnicos. Pero racializar a una persona, que ya tiene una raza…, me ocasiona dudas.

“Racializar” es clonación del neologismo inglés racialize, que no hallo en los diccionarios inglés-español en papel pero sí en internet: el Cambridge: “Hacer o creer que la raza es una característica importante de un grupo de personas, de una sociedad o de un problema”. El Collins: “Dar un tono o contenido racial”. El Merriam-webster: “Dar un carácter racial”. Por su parte, la FundéuRAE lo hace equivaler a “dar una interpretación racial a algo”, “clasificar o identificar algo o a alguien en función de su pertenencia a un grupo étnico”. Y Moha Gerehou, especializado en informar sobre racismo y que escribe en eldiario.es, aportó esta definición: “Alguien que recibe un trato favorable o discriminatorio en base a la categoría racial que la sociedad le atribuye”. Con arreglo a esas definiciones, una persona racializada puede ser alguien a quien se ha hecho creer que la raza es un rasgo importante suyo; o alguien a quien se ha dado un contenido o carácter racial; o quizás a quien se ha clasificado por su pertenencia a un grupo étnico; o que recibe un trato distinto por la raza que otros ven en ella.

No sabría con cuál quedarme. Y tampoco sabría encajar todo eso en las informaciones que hablaban de Athenea Pérez como “primera representante española racializada en concursar para Miss Universo”, por ejemplo.

Sea como fuere, y aunque se puedan aportar otros argumentos gramaticales, si yo estuviera encargado de una campaña contra el racismo preferiría no utilizar en ella un término alejado de la descodificación más sencilla que activarán mis destinatarios, que no se entiende a la primera y que en cada caso requiere una explicación; aunque para eso tuviera que apartarme del anglocentrismo reinante en los movimientos sociales hispanos. Quizá no fuera mala idea volver a términos que todos entendemos: personas discriminadas, personas definidas por sus rasgos físicos, personas que sufren racismo. Y si no hubiera ocurrido nada de eso, como sería de desear en el proceso de elección de Athenea Pérez, simplemente personas de raza negra. Las palabras comprensibles ayudarían en la batalla. Las incomprensibles nos alejan de ella.

"DESENTENDERSE DE TODO". Santiago Alba Rico, elDiario.es

España, por otro lado, es una nación fallida cuya historia poco ejemplar vuelve ahora, como un regüeldo, a través del fascismo de Vox. Ahora...