domingo, 4 de febrero de 2024

"EL GRAN ROBO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL. ¿Alguien pidió permiso para vampirizar todo conocimiento generado por los humanos?" Un artículo de Naomi Klein (El País 11 JUN 2023)

Tecnologías como ChatGPT se adueñan del ingenio, la inspiración y las revelaciones colectivas de la humanidad sin nuestro consentimiento. No desembocar en un mundo invadido por manipulaciones y bulos, bucles de imitación y desigualdades agravadas depende de decisiones políticas

En los numerosos debates en torno al rápido lanzamiento de la llamada inteligencia artificial, hay una escaramuza relativamente poco conocida sobre la elección de la palabra “alucinar”. Este es el término que los arquitectos y los promotores de la inteligencia artificial utilizan para calificar las respuestas de los chatbots, que son totalmente inventadas o se equivocan por completo. Como, por ejemplo, cuando le pides a un bot una definición de algo que no existe y te da una respuesta bastante convincente, incluso con notas a pie de página inventadas. “Ninguno de los expertos ha resuelto hasta ahora los problemas de alucinación”, declaró hace poco en una entrevista Sundar Pichai, consejero delegado de Google y Alphabet.

Todo eso es verdad, pero ¿por qué llamar a los errores “alucinaciones”? ¿Por qué no llamarlos basura algorítmica? ¿O fallos técnicos? Pues porque alucinación indica la misteriosa capacidad del cerebro humano para percibir fenómenos que no están presentes, al menos no de forma convencional y material. Al apropiarse de una palabra de uso común en psicología, psicodelia y diversas formas de misticismo, los impulsores de la IA, aunque reconocen que sus máquinas pueden fallar, alimentan la mitología preferida del sector: que, al construir estos grandes modelos lingüísticos y entrenarlos en todo lo que los seres humanos hemos escrito, dicho y plasmado visualmente, están dando a luz una inteligencia animada que va a desencadenar un salto evolutivo para nuestra especie. Si no, ¿cómo iban a estar los bots como Bing y Bard trastabillando por el éte

En el mundo de la IA hay alucinaciones retorcidas, sin duda, pero no son los robots los que las padecen, sino los ejecutivos de las empresas tecnológicas que les han dado rienda suelta y su falange de seguidores, atrapados, tanto individual como colectivamente, en unos delirios disparatados. No me refiero a la alucinación en el sentido místico o psicodélico, un estado de alteración mental que incluso puede ayudar a desvelar unas verdades profundas que antes no se percibían. No. Esta gente alucina, sin más: ve —o finge ver— unos hechos completamente inexistentes e incluso conjura unos universos que harían que sus productos contribuyeran a engrandecer y educar a todo el mundo.

Nos dicen que la inteligencia artificial generativa acabará con la pobreza. Curará todas las enfermedades. Solucionará el cambio climático. Hará que nuestro trabajo tenga más sentido y nos entusiasme más. Nos permitirá tener una vida de ocio y contemplación y recuperar la esencia humana que hemos perdido por culpa de la mecanización del tardocapitalismo. Acabará con la soledad. Volverá a nuestros gobiernos racionales y sensibles. Me temo que estas son las auténticas alucinaciones de la IA, las que llevamos oyendo en bucle desde que se presentó ChatGPT, a finales del año pasado. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 1 de febrero de 2024

Entrevista a "NAOMI KELIN". Iker Seisdedos (El País, Ideas 21 ENE 2024)

La ensayista, referente de los descontentos con la globalización, reflexiona en su nuevo libro sobre las realidades paralelas catapultadas por internet y recreadas en la política, en los medios y por la inteligencia artificial

La primera vez fue en 2011, en un baño público próximo a la acampada de Occupy Wall Street.

―“¿Has oído lo que ha dicho Naomi Klein?”, le preguntó una mujer a otra, indignada por unas críticas a la manifestación de ese día.

Klein, que las escuchó tras la puerta de uno de los cubículos y no había dicho nada al respecto, las corrigió al salir: “Me parece que estáis hablando de Naomi Wolf”.

Entonces, la confusión aún tenía cierto sentido. Ambas se llamaban Naomi y eran escritoras de izquierdas “de libros de grandes ideas”: feminismo, en el caso de Wolf, autora del éxito El mito de la belleza; los descontentos de la globalización, en el de Klein. Las dos eran judías de pelo largo moreno. Hasta sus parejas compartían nombre: Avram. Pero, después, Wolf se deslizó por el abismo de las conspiraciones, se hizo antivacunas, negacionista electoral, y empezó a aparecer en el programa de Steve Bannon, ideólogo del trumpismo y líder de la internacional nacionalpopulista. Cayó, como la Alicia de Lewis Carroll, en la madriguera, y la confusión trascendió el mero incordio hasta inspirar un poemilla que se hizo viral: “Si la Naomi es Klein / todo bien / si la Naomi es Wolf [pronúnciese Wulf] / uuuuf”.

Así que Klein (Montreal, 53 años) decidió durante la pandemia que debía escribir un libro a partir de “La otra Naomi”. Se titula Doppelganger, como cierto arquetipo de la literatura, no solo fantástica, que resulta de combinar en alemán Doppel (doble) y Gänger (caminante) y que Freud describió como “esa especie de miedo que parte de lo que antaño conocíamos bien, pero que de pronto se torna ajeno”. Editado por Paidós y traducido por Ana Pedrero e Ignacio Villoro, llega en español a las librerías.

Gracias a sus exitosos ensayos No Logo (1999), manifiesto contra la globalización corporativa, y La doctrina del shock (2007), sobre Milton Friedman y su recetas para el (capitalismo del) desastre, Klein se erigió en una de las voces más influyentes de la generación altermundialista del cambio de siglo, la que salió a las calles en Seattle, Génova y Porto Alegre, y volvió a hacerlo una década después para acampar en las plazas de Madrid a Nueva York. A la lucha contra la negación del futuro que trajo el cambio climático a los hijos de aquellos manifestantes dedicó Klein su activismo de la década siguiente (y los libros Esto lo cambia todo y En llamas, también en Paidós).

Doppelganger es otra cosa: una memoria personal e intelectual de la pandemia, una historia cultural sobre la idea del doble (de Doctor Jekyll y Mister Hyde a Vértigo o la magistral novela de Philip Roth Operación Shylock) y un tratado sobre la desinformación y cómo internet nos incita a crear nuestros propios clones para alimentar una cierta identidad de marca personal. Trata sobre ver cómo personas a las que creías conocer regresan radicalmente cambiadas de un día para otro de los rincones más oscuros de las redes sociales, y sobre quedarse “sin palabras” ante las teorías de la conspiración. El resultado es un brillante artefacto sobre el mundo en el que vivimos, con su difusión de la realidad y su abono para el extremismo, que no escatima críticas a la suficiencia de la izquierda y a la dialéctica del “nosotros contra ellos”.

La auténtica Naomi Klein estaba el jueves pasado poco después del amanecer esperando en el pintoresco puerto de Sechelt la llegada del único pasajero del hidroavión de línea que cubre el trayecto desde Vancouver. Estaba previsto que la entrevista se celebrara en la universidad de la ciudad canadiense, donde imparte una asignatura sobre justicia climática, pero hubo que reprogramar el encuentro debido a una tormenta de nieve.

Klein se mudó desde Estados Unidos junto a su esposo y su hijo a este remoto rincón de la costa sur del Pacífico canadiense durante la pandemia para “estar cerca de sus padres”. Fue entonces cuando empezó a obsesionarse con su doble, y a recibir clases de escritura. “Doppelganger”, explicó al volante de su 4X4, que condujo por carreteras nevadas, “surgió del deseo de escribir diferente. Estaba aburrida de la no ficción tradicional y deprimida de lo que esta era capaz de lograr. No me veía con fuerzas para hacer otro libro-alerta sobre que solo nos quedan cinco años para evitar la catástrofe climática”. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 29 de enero de 2024

"MIEDO DE SER DOS". Un libro de Rafael Narbona

Rafael Narbona considera que la vida solo es tolerable porque existe el cine y la literatura. No es extraño por tanto que los fantasmas de Marilyn, Audrey Hepburn o Sylvia Plath se paseen por las páginas de este texto difícil de clasificar (¿y por qué habríamos de hacerlo?) a medio camino de la autobiografía y la ficción; pero sobre todo un exorcismo y un relato vital que, siguiendo la guía caprichosa de la bipolaridad sufrida, rastrea el sentido de una existencia. Pero Miedo de ser dos es también un paseo por la historia de España, un viaje desde la intrahistoria en el que nos acercamos a años grises, los que van desde la guerra civil y la posguerra a la Transición, hasta el ligero atisbo de color que supusieron los 80 y su Movida. No esperes encontrar en este libro una propuesta fría o hueca, porque si abres sus páginas estás abriendo las venas de un hombre.

"USOS DE LA IRA: LAS MUJERES RESPONDEN AL RACISMO (1981). Por Audre Lorde (1934-1992)

Racismo. Creencia en la superioridad inherente de una raza con respecto a las demás y, por tanto, en su derecho a dominar, ya sea manifiesto o implícito.

Respuesta de las mujeres al racismo. Mi reacción ante el racismo es la ira. Una ira que me ha acompañado casi toda la vida, tanto si hacía caso omiso de ella como si me alimentaba de ella o aprendía a emplearla antes de que echara a perder mi visión. Antes, vivía la ira en silencio, asustada por sus consecuencias. Mi miedo a la ira no me aportó nada. Vuestro miedo a la ira tampoco os aportará nada.

La respuesta de las mujeres al racismo pasa por hacer explícita su ira; la ira provocada por la exclusión, por los privilegios establecidos, por las distorsiones raciales, por el silencio, el maltrato, la estereotipación, las actitudes defensivas, la estigmatización, la traición y las imposiciones.

Mi ira es una respuesta a las actitudes racistas y a los actos e ideas preconcebidas que derivan de ellas. Si vuestra relación con las demás mujeres refleja esas actitudes, mi ira y vuestros miedos concomitantes son focos de luz de los que podemos valernos para crecer tal como yo me valí de la expresión de mi ira para crecer. No se trata de despertar sentimientos de culpa sino de practicar una cirugía que corrija los defectos. La culpabilidad y las actitudes defensivas son ladrillos de un muro contra el que todas chocamos; no tienen el menor valor para nuestro futuro.

Como no quiero que esto se convierta en un debate teórico, voy a ilustrar mis palabras con varios ejemplos tomados de las relaciones entre las mujeres. Seré breve porque no nos sobra el tiempo. Quiero que sepáis que hay muchos otros ejemplos.

En un foro académico doy expresión directa a la ira provocada por algo concreto, y una mujer blanca me dice: “Cuénteme cómo se siente, pero no lo cuente con tanta crudeza porque me impide escucharla”. Y yo me pregunto: ¿Son mis modales lo que le impiden escucharme o es la amenaza de que mis palabras le digan que su vida puede cambiar?

El Programa de Estudios sobre las Mujeres de una universidad sureña invita a dar clases a una mujer Negra tras una semana de debates sobre las mujeres Negras y blancas. “¿De qué os ha valido esta semana?”, pregunto. La mujer blanca que mejor se expresa de las presentes responde: “Creo que esta semana me ha valido de mucho. Tengo la sensación de que ahora las mujeres Negras me comprenden mucho mejor; se han formado una idea más correcta de mis orígenes”. Como si comprenderla a ella fuera la clave del problema del racismo. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 22 de enero de 2024

"EL ESTATUS SOCIAL TAMBIÉN SE HEREDA". Un artículo de Jorge Ratia (Ethic 16 Enero 2024) )

https://ethic.es/2024/01/el-estatus-social-tambien-se-hereda/

Un estudio reciente cuestiona la capacidad de las instituciones públicas para influir significativamente en las tasas de movilidad social, y destaca el rol de los genes como predictores de éxito profesional.

En el mundo de Gattaca, película de 1997, los avances en ingeniería genética permiten concebir a niños con características muy concretas para asegurar que poseen los mejores rasgos de sus padres. Aquellos nacidos de manera natural son considerados inválidos y discriminados en todos los aspectos de la vida, desde el acceso a la educación hasta las oportunidades de empleo. Afortunadamente, Gattacca es una ficción distópica, en el mundo real cualquier individuo puede superar las limitaciones impuestas por el ADN y colocarse en el estrato social que buenamente desee… ¿O quizá la realidad no es tan optimista al respecto?

Los resultados de un estudio de 2023 sobre la persistencia del estatus social a través de múltiples generaciones desafían el rol del intervencionismo social y la importancia de la genética en el estatus. El autor principal es Gregory Clark, profesor de Economía en la Universidad de Dinamarca del Sur. Sus campos principales de investigación son el crecimiento económico a largo plazo, la historia económica de la Revolución Industrial y la movilidad social.

«En Inglaterra, desde el 1600 hasta el 2022, ha habido cambios considerables en las instituciones sociales a lo largo del tiempo. La mitad de la población era analfabeta en 1800, y hasta 1880 no se introdujo la enseñanza primaria obligatoria. Progresivamente, la oferta educativa y otras ayudas sociales para las familias más pobres aumentaron considerablemente. El documento muestra, sin embargo, que estas intervenciones no modificaron de forma apreciable la fuerte persistencia familiar del estatus social a través de las generaciones», afirma Clark.

En resumen, el estudio cuestiona la creencia generalizada en ciencias sociales sobre la capacidad de las instituciones sociales y sus intervenciones para influir significativamente en las tasas de movilidad social (es decir, en el cambio en la condición socioeconómica de las personas).

Si es verdad que la promoción de movilidad social y la meritocracia no funcionan, ¿cuáles podrían ser las causas? La razón, según Clark, es la fuerte transmisión familiar de los atributos que conducen al éxito social. Por ello, la política gubernamental no puede hacer más que mordisquear los márgenes de la persistencia del estatus.

Asimismo, podría ser que la baja movilidad se vea afectada por la homogamia (la tendencia a emparejarse con otros individuos que se asemejan a uno). Si la gente se junta con personas de estatus similar, sus hijos reflejarán mejor su estatus: «En Inglaterra conocemos los nombres completos de la mayoría de las personas que fueron a las universidades de Oxford o Cambridge desde aproximadamente 1200 hasta la actualidad», afirma Clark. «Si solamente sé que compartes un apellido con alguien que era rico en 1800, ahora puedo predecir que tienes hasta 9 veces más probabilidades de ser alumno de Oxford o Cambridge. También que vas a vivir 2 años más que una persona media en Inglaterra, y que vas a tener más riqueza. Es más probable que seas médico, tienes más probabilidades de ser abogado».

Tras años de trabajo, Clark ha trazado un modelo basado en el parentesco genético para explicar la distribución del estatus a lo largo de muchos siglos en Inglaterra. Utilizando este modelo, el economista afirma que, incluso en los casos en que la riqueza se transmite del padre a la descendencia (como es de esperar en una sociedad patriarcal), el estatus ocupacional se hereda por igual de la madre y del padre, como es de esperar en un marco genético y no cultural.

Otro resultado sorprendente es que la tasa de movilidad social se ha mantenido invariable a lo largo de 400 años en Inglaterra, a pesar de los enormes cambios culturales y políticos. En definitiva, se sugiere que la genética, dentro de las comunidades nacionales o a escala de nación, es imbatible por las instituciones sociales y políticas.

Ahora bien, la creencia de que «los ricos serán siempre ricos y los pobres siempre serán pobres» no significa que la función pública haya sido inútil. Si bien es cierto que la brecha entre clases sociales parece reducirse a un ritmo demasiado lento, las condiciones de vida de las familias humildes han mejorado enormemente desde la Revolución Industrial, no con respecto a las familias más adineradas, sino con respecto a unos estándares de vida y unas necesidades básicas que antes se ignoraban, y que ahora todo el mundo debería poder cubrir sin importar su apellido o la receta genética de la que están hechos.

domingo, 21 de enero de 2024

" ¿QUIÉN SERÁ EL AHORCADO? Un artículo de Juan José Millás (El País 14 ENE 2024)

En la casa de mis padres, como en casi todas las de la época, había un cuadro de la Última cena que me ha venido a la memoria al tropezar con esta foto. Se trataba de una reproducción de la pintura de Leonardo en la que Jesús aparece rodeado de sus apóstoles. Creo recordar que el momento captado por el artista era aquel en el que Cristo aseguraba que uno de los presentes, a no mucho tardar, le traicionaría. Los apóstoles se sorprenden, como es lógico, se miran unos a otros, se interpelan, agitan los brazos, componen gestos de interrogación… Se escandalizan tanto, en fin, que parecen todos culpables. Yo, de niño, pasaba horas observando aquella obra de arte que, más que una obra de arte, era una denuncia con algo de acertijo, pues la escena te invitaba a descubrir al traidor, Judas, que mostraba la misma extrañeza que el resto de sus compañeros. Es posible que el pobre no conociese aún su papel en la historia.

En la escena presidida por Milei hay 12 apóstoles del ultraliberalismo económico que quizá acaban de cenar sobre esa magnífica mesa de la que no han recogido todavía el vaso de agua. No necesitan un traidor porque nadie va a ser crucificado, a excepción, claro, del pueblo argentino al que, apenas terminado el conciliábulo, le devaluaron la moneda, le subieron los precios de la fruta y los amenazaron con cortarles los subsidios si protestaban en la calle. Los hijos de quienes tenían la Última cena en el salón de su casa la sustituimos en la nuestra, años más tarde, por el Guernica. Dan más miedo los rostros de los discípulos de Milei que los monstruos de Picasso.

lunes, 15 de enero de 2024

"LA PALABRA ANARCOCAPITALISMO". Un artículo de Martín Caparrós (El País 13 ENE 2024)

Murray Rothbard
Es fea. Para empezar es fea, horrible: cocapí y todas esas cosas, anar, talista. Para seguir, es el engaño más cochino.

Hay, a veces, palabras que aparecen y se imponen a la lógica y se difunden aunque lo que dicen sea imposible y, entonces, cada vez, se ríen del que las pronuncia. Se divierten: palabras que se miran y se guiñan un ojo y dicen uy qué bruto, ya me dijo otra vez. Pensemos en microgigantes, barbilampiños, polipieles: palabras que contienen su propia negación. O palabras inverosímiles, como si yo me definiera calvopitt: un Brad Pitt con la cara de torta, los ojos pardos arrugados, ni un pelo en el cráneo pero sí, algo en los lóbulos que se parece a las orejas del americano. Las personas, es obvio, se reirían de mí. Por eso esas palabras-chasco suelen tener una carrera corta. Pero ahora hay una que demasiada gente acepta y lanza y reproduce sin reírse: anarcocapitalismo, dicen, como si dijeran algo. Calvopitt.

La palabra anarcocapitalismo es un invento que se mantuvo décadas en merecidas sombras. La acuñó Murray Rothbard, un troglodita norteamericano. Nació en el Bronx en 1926, hijo de inmigrantes judíos europeos; aplicado, hacendoso, se volvió economista, matemático, politólogo, y empezó a dar clases y escribir libros. En uno de ellos, hacia 1955, intentó definir el “anarco-capitalismo”: un sistema donde “anarco” significaba que el Estado debía desaparecer para que “el Mercado” pudiera actuar sin regulación, porque el único derecho inalienable, decía, además de la vida, es la propiedad privada, y el Estado la viola recaudando impuestos, apoderándose de los bienes de todos. “El Estado es una banda de ladrones, compuesta por los individuos más inmorales, codiciosos y sin escrúpulos de cada sociedad”, escribió. Y se apropió de la palabra anarquismo y la despojó de todos sus sentidos y se guardó uno solo: el de rechazar el Estado.

Sin Estado, decía, solo “el Mercado” puede definir y validar las relaciones entre las personas: todos tienen derecho a vender su trabajo y sus propiedades —incluido su cuerpo o partes de su cuerpo— si se les canta o antoja, y nadie tiene la opción de impedirlo: es su libertad. Aquellos que lo sepan hacer bien vivirán bien; los que no, mala suerte muchachos. Comerán los que puedan vender o venderse; los otros, vaya usted a saber, que pedaleen o roben o se mueran. Es la definición de una sociedad hiper-individualista, donde solo vale el triunfo personal y toda forma de solidaridad es una afrenta. Nada podría estar más lejos de la idea de anarquismo, tanto más compleja que el borrón de Rothbard. El anarquismo tuvo su gran momento en el siglo XIX, impulsado por pensadores/militantes como Proudhon, Bakunin, Malatesta, Kropotkin y tantos otros: en esos días era, junto al socialismo, la forma más habitual de rebelarse contra las instituciones y su base económica, el capitalismo.

El anarquismo no se definía contra el Estado: se definía contra el poder. Los sindicatos y grupos anarquistas rechazaban todas sus formas: el dinero, los patrones, los sacerdotes, las armas. El anarquismo no se opone al Estado porque sí ni porque cobra impuestos o impide hacer negocios: lo combate porque es la herramienta de dominio que permite ejercer todos los demás poderes.

El anarquismo nunca se pensó como un sálvese quien pueda: al contrario, se definía como “el orden menos el poder”, sociedades autorreguladas por la solidaridad y colaboración de todos sus miembros para instaurar un orden colectivo igualitario y acabar, precisamente, con el imperio del dinero. Cuya forma más eficaz y difundida es, en nuestras sociedades, el capitalismo. Por eso “anarco-capitalismo” es una contradicción flagrante, una de las mayores falacias de esta época de identidades falaces. Es obvio que no se puede ser anarquista y capitalista al mismo tiempo. Pero tantos lo repiten, lo aceptan como si fuera siquiera pensable. Habría que evitar la vergüenza de decirlo como, por ejemplo, convendría evitar la de decir catolicateo o pacibelicista. O la de hablar de “libertad” cuando uno solo quiere tomarse una cerveza —o que lo exploten. O llamar “cambio” a lo que hicieron los ricos neoliberales de los 90, cuando recuperaron viejos privilegios. No por nada: solo para mantener cierto respeto por uno mismo, para no ser hablado por el lenguaje de los medios baratos, por el idioma de los amos. Para saber —o disimular que uno no sabe— qué dice cuando habla.

Y me disculpo por los exabruptos: pocas cosas me ponen más nervioso que escuchar cómo millones dicen lo que unos pocos quieren que repitan. Eso, exactamente eso, es lo que esa forma de educación llamada anarquismo siempre quiso evitar.

"DIVAGACIONES ESTIVALES SOBRE LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA". Carlos López-Keller, infoLibre.es

Cuando la probabilidad sustituye a las pruebas En los albores del derecho romano, que es tanto como decir del derecho mismo, dos escuelas de...