sábado, 8 de noviembre de 2025

"LA MANIPULACIÓN DE LA IRA: UN ASPECTO DE LA MODERNIDAD EXPLOSIVA". Ana Marta González, El País

Acto del ultraderechista Vito Quiles
en la Universidad de Alicante
El deterioro de la convivencia civil, visible en sucesos como el ocurrido en la Universidad de Navarra por la gira de Vito Quiles, tiene muchas causas, y las redes sociales no son la menor

Tienen ganas de pelea, aunque no sabrían decir por qué. Algunos sacan provecho partidista de esa ignorancia, definiéndoles un enemigo sobre el que proyectar sus energías frustradas y, como no saben articular políticamente sus diferencias, recurren a la violencia. La suspensión de la actividad académica en la Universidad de Navarra, ante la anunciada visita del activista Vito Quiles, evitó oportunamente un enfrentamiento entre grupos extremistas del que hubieran podido seguirse graves consecuencias.

Evidentemente, no piensan mucho. Son jóvenes y tienen sed de emociones fuertes. Han frecuentado entornos digitales donde se normaliza el insulto y se banaliza la violencia; entornos poco propicios para la reflexión y la conversación cualificada. No han pensado en el efecto de la violencia sobre su propio carácter, ni en cómo deteriora la convivencia, hasta volverla irrespirable. Sus bisabuelos vivieron una guerra civil. Pero ellos solo la conocen por los libros y, por lo visto, ningún ejercicio de memoria histórica ha servido para hacerles reflexionar sobre la fragilidad de la convivencia civilizada y cuán fácilmente los conflictos enconados tienen un desenlace trágico.

“Los jóvenes no son discípulos adecuados para la política”, decía Aristóteles. Y añadía: “El defecto no es la juventud, sino el procurarlo todo según la pasión”. Pero la política exige cordura y trabajo, porque es un ejercicio de la razón: no una razón abstracta e ideológica, sino una razón práctica y sobria, que toca el corazón, porque mira a las necesidades reales de las personas y trabaja pacientemente por resolver sus problemas, sin dejarse embaucar por relatos pseudoheroicos. El deterioro de la convivencia civil tiene muchas causas. Las redes sociales no son la menor. Cualquier gesto o palabra sacado de contexto —algo frecuente en las redes— puede desencadenar una explosión de indignación, aunque de ordinario dure poco, porque enseguida tiene lugar un nuevo escándalo. En su último libro, Eva Illouz caracteriza nuestra situación como “modernidad explosiva”. Con ello quiere apuntar el hecho de que muchos rasgos clave de nuestra cultura moderna han entrado en conflicto entre sí, generando tensiones y contradicciones que encuentran eco en nuestra vida emocional: las emociones se han convertido en un campo de batalla en torno al que parece girar la identidad. Así ocurre, de manera singular, con la ira.

Los fenómenos de radicalización se producen cuando un agravio sufrido por una persona se extiende a un grupo. La ira que entonces aflora “se convierte en constitutiva de su identidad y la del grupo que crea en torno de su agravio”. De esa forma se multiplica exponencialmente. “¿Por qué tantos grupos étnicos y sociales de diferentes tendencias políticas muestran cada vez más ira en muchas sociedades democráticas?”, se pregunta Illouz. Al respecto se han barajado muchas hipótesis: acaso la democracia prometía más de lo que podía cumplir, y, en consecuencia, ha generado frustración; acaso el sistema ha producido un puñado de ganadores y una masa de perdedores, alimentando el resentimiento; acaso los partidos y el discurso político han evolucionado hacia una progresiva polarización que se contagia a sus bases… A juicio de Illouz, la indignación se ha generalizado simplemente porque se ha legitimado, como si constituyera indefectiblemente un índice de moralidad. Sin embargo, no siempre lo es. De hecho, “la ira es moralmente ambigua y psicológicamente desconcertante, porque, en principio, no hay forma de diferenciar entre la ira como expresión de amenaza al privilegio y la ira como respuesta a la injusticia; entre la ira como protección farisaica del propio estatus y la ira como reacción al despojo de tierra, trabajo y dignidad”.

Las emociones no se interpretan solas. Reclaman el discernimiento de la razón, tanto en el terreno personal como en la vida política. La convivencia no es posible sin civilizar las emociones, procurando transformar los gritos que dividen en palabras que podemos compartir. De eso trata, en gran medida, la educación y esa es la función de los espacios educativos. “Ni unos ni otros: dejadnos estudiar”. Esa fue la pancarta que al día siguiente colgaron algunos estudiantes que lo han entendido.

viernes, 7 de noviembre de 2025

"HABLAR CON UNA PERSONA". Belén Gopegui Durán, El País

mikel Jaso

Antes que la IA, la desigualdad social ha dado lugar a una discriminación en el acceso a un trato humano sosegado

En un ciclo de conversaciones sobre la llamada IA, alguien preguntó a la lingüista computacional Emily Bender cómo evitar que nos dejen atrás si cuestionamos los grandes modelos de texto sintético. Lo primero, contestó, sería analizar la metáfora “que nos dejen atrás” y preguntarse quiénes van delante y si realmente queremos seguirlos. Pues acaso, añadimos, no hay un delante ni un atrás, sino varios caminos diferentes.

La artista Jennifer Walshe, en su libro 13 maneras de ver la IA el arte y la música (Alpha Decay), habla de la IA con desenfado y voluntad de apertura, y la considera un abono para la imaginación. A Walshe, como a la programadora Marga Padilla, autora de Inteligencia Artificial, ¿jugar o romper la baraja? (Traficantes de sueños), les interesa conocer la herramienta, jugar con ella, saber para qué puede y no puede, quizá no debe, servir. En el extremo opuesto se sitúa el músico Anthony Mosser, cuyo post “Soy un hater de la IA” ha sido leído con avidez en internet: “Me convertí en un odiador haciendo precisamente aquello que la IA no puede hacer: leer y comprender el lenguaje humano; pensar y razonar sobre ideas; considerar el significado de mis palabras y su contexto; amar a la gente, crear arte, vivir en mi cuerpo con sus defectos, sentimientos y vida. La IA no puede ser un hater, porque no siente, no sabe, no le importa. Solo los humanos pueden ser odiadores. Celebro mi humanidad”. Los tres coinciden, sin embargo, en que IA es una etiqueta encubridora de distintas tecnologías, procesos, infraestructuras y finalidades.

Una gran parte de esos procesos tienen que ver con la automatización, sistemas de decisión automatizada, optimización predictiva, aprendizaje automático, inferir pero no comprender. La automatización puede ser útil en algunos contextos y perjudicial en otros. Puede ser útil para reducir la fatiga, y al mismo tiempo puede generar una nueva clase de fatiga por aturdimiento y pérdida de capacidad de maniobra. Puede ser útil en modelos especializados para predecir niveles de contaminación o formular nuevos antibióticos. Ahora bien, cuando lo que está en juego son las relaciones humanas nadie suele querer que le traten como una pieza de un engranaje, como un número.

Dos cosas nos constan a los seres humanos, ha escrito el poeta Carlos Piera: que somos todos distintos y que somos todos iguales. Porque somos todos iguales no debemos ser discriminados en cuanto a los derechos. Y porque somos todos distintos necesitamos un mundo que contemple lo que no es fácil medir, lo que no se puede medir y la certeza de que dos casos parecidos a menudo no son iguales porque cada persona trae vida, contexto, vínculos, arterias, pequeñas y grandes desdichas, un mundo de relaciones donde, como dijo Richard Feynman, la excepción prueba que la regla es falsa. Aunque las regulaciones generales sean necesarias, aspiramos a que algo de lo que hay de único en cada una de nosotras pueda ser escuchado y, tal vez, entendido.

Algunas personas en sus profesiones olvidan que tienen delante a un ser humano, quizá por indiferencia, pero quizá porque se les ha dicho que no pueden hacer otra cosa, pues están dentro de un engranaje que no deja tiempo a la verdadera atención. Algo no encaja en la plantilla, la persona atendida propone un rodeo, pues solucionar ese trámite es vital para sus días; quien atiende mira impotente la pantalla: “Comprendo”, dice, “pero el sistema no me deja”. Así se humaniza al sistema, “no me deja”, se deshumaniza a la persona que está delante, “me da igual tu circunstancia”, y también a la persona que trabaja, cuyos criterios no son escuchados, cuya experiencia no sirve, cuya voluntad de tratar a la ciudadanía como lo que es, un conjunto de personas diversas y con derecho a todos los derechos humanos, no cuenta.

El sistema no es una entidad, es un procedimiento casi siempre fruto de una necesidad artificialmente producida. Luchar para mejorar las condiciones en que las personas trabajan y viven, y para aumentar su autonomía y capacidad de acción, no suele estar entre los objetivos de las plataformas ni en los de quienes convierten sus ofertas en normativas. Si a veces se trata al profesorado y al alumnado como si fueran números, la solución no es convertirlos en números o en meros asistentes de máquinas, sino actuar para mejorar el entorno y el sentido de una escuela.

Mucho antes de la IA la desigualdad social ha dado lugar a discriminación también en el acceso a un trato humano sosegado. Lo lógico sería combatir esa discriminación. Lo inadmisible, amplificarla y legitimarla a mayor escala en aras de una supuesta eficiencia. Si en una consulta médica no hay tiempo para mirar y ver a cada persona, la solución no es degradar la función y automatizarla, y menos aún pretender asentar la idea de que será aceptable que el derecho al trato humano dependa de dónde vives, a quién conoces o de cuánto puedes pagar, sino intervenir en las condiciones de trabajo y de vida en común.

La privatización, la corrupción, no pensar en qué se necesita y para qué, dañan el sentido del trabajo, aun cuando queden tantas personas que lo hacen de un modo admirable. Ser más eficiente no quiere decir nada con respecto al sentido. Se puede ser más eficiente, como se ha visto, para expulsar o matar sin juicio, para manipular. El proyecto de una eficiencia automatizada, nos dicen, es imparable, pero ¿por qué? ¿Acaso no estamos en un momento grave de la historia donde demasiadas decisiones pueden tener consecuencias irreversibles y deben ser atentamente sopesadas?

Al colectivo Tu Nube Seca Mi Río, pionero en sacar a la luz el despilfarro eléctrico e hídrico de los centros de datos, se suman cada vez más voces que denuncian cómo pueden poner en peligro la salud de los ecosistemas, la vida. Cuando los límites del planeta deberían estar ya obligándonos a modificar comportamientos, la apropiación abusiva de recursos es uno de los grandes puntos débiles de la automatización en marcha. Hay muchos más, entre otros, el porcentaje de error que multiplica exponencialmente los fallos cuando se cometen por sistemas difundidos a gran escala, la automatización del engaño, de la chapuza y la especulación, la incapacidad de garantizar la custodia de los datos exigidos o extraídos de la ciudadanía, el abaratamiento de la vigilancia y su uso para acosar y privar de derechos, la negativa a revelar los conjuntos de datos de entrenamiento, la falta de cuidado al elegirlos, la amplificación de los sesgos, la elusión de responsabilidades, cómo devalúa las relaciones humanas.“Quiero hablar con una persona” quizá sea la frase más repetida al otro extremo de la línea de un chatbot. Cuando se logra romper con ella el bucle, a veces el modelo de texto sintético emite: “Lamento no haber podido atenderte”. En esas palabras no hay ficción sino fraude, pues no hay voluntad de narrar, tampoco un yo, ni acción de lamentar, ni el tú de la forma verbal atenderte significa. El lenguaje es patrimonio común, no deberíamos permitir que se malbarate hasta el punto de olvidar que tras cada significado ha de haber un querer decir, y tras cada acción con consecuencias un querer ser responsables para poder ser libres.

jueves, 6 de noviembre de 2025

"JUAN CARLOS PEINADO, UN JUEZ QUE NO ESCRIBE BIEN". Álex Grijelmo, El País

Es difícil entender que alguien con esas carencias haya llegado a magistrado del juzgado de instrucción número 41 de Madrid

El juez Juan Carlos Peinado no sabe escribir bien. Desconoce los usos de las mayúsculas, de la puntuación, las concordancias, la oportunidad de los gerundios, la relación entre oraciones, el hilo narrativo. El lenguaje claro no va con él.

Se hace difícil asumir que alguien que sufre esas carencias haya llegado a magistrado-juez del juzgado de instrucción número 41 de Madrid, desde el que ha encausado a un ministro y a la esposa del presidente.

La resolución de 32 folios mediante la que elevó al Supremo su acusación de falso testimonio y malversación contra Félix Bolaños, firmada el 23 de junio, es un desorden expositivo que empieza con una frase de 166 palabras nada menos (un párrafo entero: 12 anchas líneas), a la que sigue otra de 161 (el segundo párrafo completo, de 13 largos renglones).

(Esta columna suma hasta aquí 138 palabras en total, para que ustedes se hagan una idea).

El citado segundo párrafo del auto contiene siete comas de más, derramadas a voleo; en el tercero (de 6 líneas), sobran cinco. En el cuarto (de 8), seis comas… y así sucesivamente. En otra frase ¡de 26 líneas! se esparcen 21 comas incorrectas, que junto con lo intrincado de la redacción convierten la lectura en un suplicio. Comas entre sujeto y verbo, entre verbo y complemento. Comas absurdas.

Frases tan enrevesadas oscurecen las argumentaciones, incluso si se releen los párrafos para discernir entre las oraciones principales y las extensas aposiciones, con incongruencias como esta: “Se tuvo la necesidad procesal de proceder a la apertura de una pieza separada (…) derivada de la indicada apertura de pieza separada”.

Pero en los folios 8 y 9, que recuerdan la regulación del falso testimonio, la puntuación se vuelve impoluta. Eso lleva a sospechar (y a confirmar) que procede de mano ajena, por un cortapega de otras resoluciones similares. Sin embargo, en el folio 10 reaparece el lío; y después de otros tres folios impecables, en la página 15 regresa el desastre: “(…) Que ese hecho, fue negado, por dicha persona, Raúl Díaz Silva, cuando declaró, en dos ocasiones, como testigo y bajo juramento, los días 14 y 28”. (...) “Y lo que constituye el indicio principal, para que, se eleve, esta Exposición razonada, por el delito de falso testimonio en causa Judicial, además de por el delito de Malversación”.

El folio 21 recoge la declaración de un testigo, pero con 96 líneas de seguido, sin delimitar los turnos de palabra; sin rayas de diálogo ni punto y aparte alguno, casi siempre sin el signo de apertura de interrogación y a veces con él pero sin el de cierre, de modo que con frecuencia no se distingue quién inquiere y quién contesta.

Esos mismos errores se repiten en el auto que el mismo juez firmó el 23 de septiembre, donde se lee un fundamento segundo con una frase de 220 palabras en la que no soy capaz de discernir cuál es el verbo principal.

Alguien se preguntará por qué me fijo en este magistrado y no en otros. Ah, ¿hay otros que redactan igual? Más a mi favor. Porque entonces se hace aún más imprescindible que el Poder Judicial desempolve el Informe para la modernización del lenguaje jurídico (2010) y exija a todos los jueces su cumplimiento. Y que el acceso a la carrera judicial incluya pruebas por escrito que evalúen la capacidad para razonar con claridad, sobre un papel y no con respuestas orales y memorísticas que se lleva el aire. Habría venido bien interceptar a tiempo la incompetencia lingüística (termómetro de otros males) de quienes con palabras argumentan, condenan o absuelven; y cuya negligencia expositiva constituye un desprecio a los ciudadanos y da pistas acerca del caos mental con el que se supone hacen justicia.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

"ELOGIO Y REFUTACIÓN DE LA RISA". Daniel Innerarity, Diario Vasco

Asistimos a un choque entre la libertad de expresión, llevada al límite de la burla, y la capacidad de sentirse ofendido, llevada al límite de quienes no son capaces de tolerar la sátira de lo que consideran más sagrado. Me temo que esta espiral causada por las caricaturas de Charlie Hebdo y a las que ha seguido una respuesta terrorista brutal no es más que el comienzo de un conflicto destinado a durar.

El humor es algo que nos distingue como humanos y la capacidad de ampliar el catálogo de aquellas cosas de las que podemos reírnos constituye una gran conquista de la humanidad. Forma parte de esta liberalidad el tener que convivir con gustos, expresiones y modos de vivir que nos parecen absurdos, que incluso nos desagradan profundamente, pero por cuyo derecho a existir nos batiríamos todo lo que hiciera falta. No deberíamos renunciar a nuestra libertad de expresión, que incluye el deber de soportar el humor incluso sobre aquello que consideramos intocable por la ironía. Tampoco estamos obligados, por cierto, a que esas caricaturas nos hagan ninguna gracia. La libertad de practicar una religión no incluye el derecho a que ningún aspecto de esa religión pueda ser objeto de sátira por otros.

El derecho a caricaturizar a cualquiera forma parte de este tipo de civilización, abierta y liberal, pero por eso mismo está limitado y debe reconsiderarse en un mundo que no está organizado en torno a una civilización dominante sino que se configura como una constelación de civilizaciones. Este es el primer asunto sobre el que deberíamos reflexionar. ¿Cómo convive la secularización en una parte del mundo con el fanatismo religioso o, simplemente, la susceptibilidad que podemos juzgar excesiva? Me refiero tanto a la convivencia en un mismo espacio como a esa convivencia peculiar de la globalización en virtud de la cual todos están al tanto de todo y, por ejemplo, Macron y Erdogan comparten el mismo mundo.

Nuestra cultura de la sátira está pensada para sociedades homogéneas y no para las sociedades plurales y globales. En la actual fusión y convivencia de culturas la misma idea de caricatura cambia de significado. Como lo cómico y la ironía, la caricatura solo se entiende en el marco de una comunidad que comparte los códigos simbólicos, fuera de los cuales resulta incomprensible e incluso agresiva. Jacob Rogozinski llamaba la atención sobre el hecho de que las sociedades secularizadas no podamos concebir que cierto ejercicio de nuestra libertad de expresión pueda ser percibido como una ofensa no solamente por una minoría de fanáticos sino también por un gran número de creyentes pacíficos de buena voluntad. Hay creyentes incultos, por supuesto, pero también increyentes que no tienen la menor idea qué significa lo sagrado para otros.

Es cierto que nadie tiene el derecho a no ser ofendido, como decía un editorial del The Economist tras los brutales atentados terroristas en Francia, pero también es verdad que nadie está eximido de la obligación de medir las consecuencias de sus acciones. Mi argumento no gira tanto a deberes y derechos como a la convivencia. De hecho, todos tenemos experiencia en la vida privada de haber auto-limitado nuestro “irrenunciable” derecho a la libertad de expresión por no ofender, por motivos de prudencia o para facilitar la convivencia. No tenemos el deber de sacrificar siempre y en todo nuestra libertad de expresión por el hecho de que haya unos fanáticos que no nos la reconozcan, pero sí el deber de examinar si en lo que hacemos y decimos hay algo que pueda resultar ofensivo para alguien, incluidos quienes no tienen, para su desgracia, la cultura de sarcasmo e ironía de la que disfrutamos. Si todo lo reducimos a cuestiones de principio (la apelación abstracta a la libertad de expresión), seremos incapaces de resolver aquellos conflictos en los que además de tener razón hay que tener prudencia. Defender la libertad de expresión y el derecho a caricaturizar es compatible con la autolimitación pragmática para no ejercerlos siempre y de cualquier modo.

Si hay una libertad de blasfemar, faltaría más, es porque también existe el deber de no ofender innecesariamente a nadie. De hecho, la libertad de expresión está muy limitada en casi todas las legislaciones, por lo que no tenemos que elegir entre una libertad absoluta y una autocensura total. Hay una regulación de esta libertad, del mismo modo que está regulada la libertad económica o el derecho de asociación. Como ha señalado la filósofa Donatella di Cesare, precisamente en estos tiempos oscuros de pandemia se pone de manifiesto qué vacía es la idea de libertad de un sujeto soberano que se siente emancipado de cualquier tipo de responsabilidad en relación con los demás. No existe en nuestras legislaciones el delito de blasfemia, pero sí el de odio. No deja de ser contradictorio que se exalte abstractamente la libertad de expresión en un momento en el que estamos debatiendo intensamente sobre cómo combatir el discurso del odio en las redes sociales, cuando la reflexión postcolonial llama la atención sobre la arrogancia implícita en el intento de imponer unos valores pretendidamente universales sobre otras culturas y cuando tratamos de que nuestro lenguaje no resulte ofensivo, discriminatorio o machista.

Hay una frontera muy fina que separa la sátira del desprecio. ¿Es posible ironizar sin arrogancia, un sarcasmo que no implique humillación? Las bromas y las ridiculizaciones no suelen ayudarnos en la tarea de revisar los estereotipos que tenemos de los demás y frecuentemente construyen un cierto tipo de superioridad frente a ellos. Por cierto: ¿qué tipo de burla estaríamos dispuestos a tolerar si el objeto fueran nuestras serias ceremonias de homenaje a las víctimas de los atentados islamistas? ¿Aceptaríamos la ridiculización de los judíos, los homosexuales o las mujeres? Reconozcamos que toda sociedad traza un límite del que no es demasiado consciente entre lo que se puede y no se puede decir. En todas hay algo incuestionable o sagrado, aunque solo sea el derecho universal a la mofa, que nadie puede cuestionar. En cualquier caso, lo que demuestra una mayor madurez y liberalidad no es burlarse de otros sino ser capaz de mirarse a sí mismo con ironía. ¿Estaríamos dispuestos a tomarnos menos en serio nuestro derecho a ridiculizar a los demás, sean humanos o divinos?

lunes, 3 de noviembre de 2025

"LAS VOCES DE LOS MUERTOS". Elvira Lindo, El País

Familiares de las víctimas increpan a Mazón durante
el funeral de Estado en memoria de las víctimas de la dana.

Me provoca desazón que nadie exigirá responsabilidades a los palmeros que protegieron a Mazón para que escondiera la verdad a costa de humillar a las víctimas

Nada hay comparable a la voz. La voz de la persona que se fue es lo que va disipándose en la memoria. Se desvanece el recuerdo exacto de lo que fuera su risa, el llanto, el tono de las palabras que nos dieron consuelo. No hay inteligencia artificial que pueda reproducir lo que nos diría un muerto si pudiera hablarnos desde el más allá, porque la voz de los muertos es patrimonio y fantasía de los que se quedan y nos habla desde el lado más íntimo del pasado.

Veo que hay personas que quieren que la IA le devuelva la voz de su madre y no me explico cómo pueden encontrar consuelo en esa simulación macabra. Esto lo escribo yo, que llevo dialogando con los muertos desde hace 50 años. Jamás he dejado de escucharlos, queriendo creer que me transmiten un orgullo póstumo o temiendo que me juzguen por algo que no aprueban; siguiendo sus consejos o desobedeciéndolos para liberarme de algún prejuicio antiguo que no comparto.

Los vivos cargamos con la obligación de dar voz a los ausentes y esto es lo que hicieron esta semana los familiares de las víctimas de la dana. Conscientes de que son ellos los encargados de defender su memoria nos han ido describiendo a los seres irrepetibles que perdieron. A las imágenes de la terrible avalancha de agua, que nos acercan tan solo un poco al terror que debieron pasar esas criaturas, se superpusieron las voces de los que intentan mantener viva la memoria de los ahogados.

Los hemos escuchado esta semana guardando silencio. Mientras desayunábamos, sus voces surgían de la radio, en la comida, en el café ante la tele, y ocurría que cuando esas voces a veces quebradas por la emoción resumían la vida del ser querido, se disipaba el ruido insoportable de tantos voceros de la vida pública, porque los relatos de experiencias reales lograban imponerse, de manera contenida y verdadera, a la desfachatez y brutalidad que soportamos a diario. Ha sido una lección de dignidad que nos ha ayudado a percibir que habitamos en dos países cada vez más ajenos entre sí: el de quienes saben transmitir un dolor que nace de la verdad y del corazón, aunque éste se encuentre herido, y aquellos otros seres que enmascaran su vergüenza acusando a las víctimas de estar manipuladas.

No sé si los políticos que durante este año aplaudieron al presidente de la Generalitat valenciana, de manera muy pública y hasta el mismo día del funeral de estado, han sido capaces de callarse siquiera unos minutos para escuchar las voces de aquellos que compartían su sufrimiento; no sé si en algún rincón de la conciencia de estos desalmados algo les decía que con esos aplausos situaban el oficio de la política en su escalón más bajo, en el mismo lodo que anegó los hogares de tantos inocentes.

Cabe preguntarse si en un futuro, cuando el estúpido relato de suspense desvele un final que se sospecha sonrojante, alguien se atreverá a pedir perdón por haber vitoreado a un mentiroso mayúsculo que no tuvo la valentía de confesar el error. La verdad se sabrá, y quienes creyeron que podrían seguir disfrutando del poder olvidando las voces de los muertos habrán de pagarlo de una u otra manera. Pero lo que me provoca verdadera desazón es que nadie exigirá responsabilidades a los palmeros que lo protegieron para que escondiera la verdad como un trilero, a costa de humillar a las víctimas. Y ocurrirá que los mismos idiotas que aplaudieron sus embustes serán los primeros en darle la espalda en cuanto sea defenestrado.

Esto es, insisto, como vivir en dos países diferentes y cada vez más ajenos: el cinismo sigue un camino; la honestidad, otro paralelo. A menudo pienso que hay una indiscutible responsabilidad de los medios que por creer que solo la bronca atrae al pueblo ceden un espacio inmerecido a los portavoces del enconamiento y la estupidez. Hasta que un día ocurre una tragedia y entonces nos acordamos de que ese otro país habitado por personas nobles también existe.

domingo, 2 de noviembre de 2025

"ADIÓS A PODEMOS. MI DECISIÓN DE DEJAR LA POLÍTICA A LOS 31 AÑOS". Lilith Vestrynge, Ecuator 29.10.2025

Nunca esperé jubilarme a los treinta años, pero supongo que la política es el arte de lo imposible: lo que promete, lo que extrae. Una década en el corazón del experimento político moderno más audaz de España me envejeció de una manera que apenas he comenzado a comprender.



En mayo de 2014, solo cuatro meses después de su fundación, el partido de izquierda español Podemos ganó cinco escaños en el Parlamento Europeo. Como recién graduado universitario que había formado parte de un grupo local de Podemos (o círculo, como se les conocía) en París, me contrataron para trabajar para estos parlamentarios. Llegamos a Bruselas como completos tiranos y tuvimos que aprender todo en el trabajo. Pero estábamos motivados por la promesa de hacer lo que solíamos llamar "política real", es decir, no las luchas de poder internas y los patrones climáticos ideológicos del movimiento (que siempre fueron abundantes), sino los problemas reales, como la discriminación de género y el desempleo, en los que esperábamos tener un impacto.

Durante los años siguientes, Podemos continuó cambiando el esclerótico sistema bipartidista de España. En las elecciones generales de noviembre de 2019, obtuvimos suficientes escaños para unirnos a la primera coalición gobernante de España, bajo el presidente del gobierno Pedro Sánchez, como socio menor del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de centroizquierda.

Poco después de esas elecciones, recibí una llamada de Madrid: era Pablo Iglesias Turrión, el carismático politólogo y fundador de Podemos, que pronto sería el segundo viceprimer ministro y ministro de Derechos Sociales de España.

"Creo que deberías volver a Madrid", dijo. Me ofreció un trabajo en el Ministerio de Derechos Sociales, haciendo muchas de las mismas cosas que yo hacía para los diputados de la UE: ayudar con discursos, comunicación y negociaciones políticas. Por supuesto, dije que sí.

Tendríamos que aprender casi todo desde cero, de nuevo. Algunos funcionarios públicos de larga data ya estaban pidiendo ser transferidos porque no querían trabajar para estos jóvenes radicales. Pero otros nos dijeron con entusiasmo que habían votado por nosotros, que el gobierno necesitaba sangre nueva. Esto también se sintió como política real; Una cosa era decir que el sistema bipartidista estaba roto y otra cosa era descubrir cómo gobernar junto a ellos.

Cuando regresé a Madrid, estaba preparado para los ataques de la derecha, acusándome de que solo había conseguido el trabajo gracias a mi padre, Jorge Verstrynge, quien una vez ayudó a liderar el principal partido conservador post-Franco de España. (Esta era en parte la razón por la que había pasado tantos años estudiando y trabajando en el extranjero). Pero la derecha siempre es sorprendente.

Dos semanas después de comenzar el trabajo, en marzo de 2020, mientras todavía estaba buscando un piso para alquilar, después de haberme mudado temporalmente a la habitación de mi infancia, comencé a recibir mensajes de texto preguntándome si había estado en línea ese día. De la noche a la mañana, hubo un bombardeo de titulares en los periódicos de derecha que alegaban que me habían contratado en el Ministerio de Derechos Sociales porque era amante de Iglesias. No importaba que apenas lo hubiera conocido en persona. Con la mitad del país ahora pegado a sus computadoras durante el primer cierre de la pandemia, el rumor ya estaba en todas partes. CONTINUAR LEYENDO

sábado, 1 de noviembre de 2025

"EL INFIERNO EN EL-FASHER: 460 PERSONAS ASESINADS EN UN HOSPITAL DE SUDÁN ANTE LA INDIFERENCIA DEL MUNDO". Spanish Revolution

El genocidio étnico avanza con armas financiadas por Emiratos y silencio occidental mientras Darfur vuelve a ser un matadero humano

EL HOSPITAL CONVERTIDO EN FOSA COMÚN

El 29 de octubre de 2025, la Organización Mundial de la Salud (OMS) confirmó una de las masacres más atroces de los últimos años: 460 personas fueron asesinadas en el Hospital Saudí de Maternidad de El-Fasher, en Sudán. Entre ellas, pacientes, acompañantes, personal sanitario y menores. Ninguna sobrevivió.

La autoría es de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), el grupo paramilitar heredero de las milicias yanyauid, conocidas por su papel en el genocidio de Darfur en 2003. Testigos presenciales relatan que los combatientes irrumpieron en el hospital y ejecutaron a sangre fría a todas las personas presentes, incluyendo enfermeras, médicos y pacientes recién operados.

“Convirtieron las salas en un matadero humano”, denunció la Red de Médicos de Sudán. Videos difundidos por Al Jazeera muestran a combatientes del RSF entre cadáveres. En uno de ellos, una víctima intenta incorporarse. Le disparan en la cabeza.

El ataque no fue un hecho aislado. Desde el inicio de la guerra civil en abril de 2023, la OMS ha verificado 285 ataques contra instalaciones sanitarias en Sudán, con más de 1.200 muertes de trabajadores y pacientes. La violencia se concentra en Darfur, donde la guerra ha adquirido una dimensión étnica contra comunidades africanas negras, principalmente zaghawa y masalit.

“Es un genocidio basado en la etnicidad”, denunció Tasneem Al-Amin, portavoz de los médicos sudaneses. “El mundo lo sabe y no hace nada”.

LA COMPLICIDAD INTERNACIONAL Y EL ECO DE DARFUR

La caída de El-Fasher marca un punto de no retorno. La ciudad era el último bastión del ejército sudanés en Darfur, y tras 18 meses de asedio, ha sido arrasada. Las imágenes por satélite analizadas por la Universidad de Yale muestran calles cubiertas de cuerpos y grandes charcos de sangre, compatibles con operaciones de limpieza puerta a puerta.

La Agencia de Migración de la ONU estima que 35.000 personas huyeron en solo tres días. Otras miles permanecen atrapadas entre las ruinas, sin agua ni atención médica. Testimonios recogidos por Associated Press describen “un campo de exterminio a cielo abierto”.

Y, sin embargo, las armas siguen llegando. Informes de la ONU y de Truthout confirman que Emiratos Árabes Unidos continúa suministrando armamento al RSF, incluso después de que Estados Unidos reconociera formalmente los crímenes de genocidio cometidos por el grupo.

La congresista Rashida Tlaib fue directa: “Debemos cortar todas las ventas de armas a Emiratos, que está financiando esta limpieza étnica”. El senador Chris Murphy denunció que tanto Trump como Biden han permitido esta alianza sucia. “Estados Unidos financia a quien perpetra una masacre con dinero público estadounidense”, escribió.

Mientras tanto, Europa calla. Ningún gobierno ha pedido sanciones contra Abu Dabi. Ningún medio de masas europeo ha abierto sus portadas con las 460 víctimas del hospital. El silencio mediático es parte del crimen.

Darfur ya fue el escenario de una de las peores limpiezas étnicas del siglo XXI, con 300.000 muertos entre 2003 y 2008, según Naciones Unidas. Dos décadas después, la historia se repite con los mismos verdugos, la misma indiferencia y nuevas alianzas empresariales y geopolíticas.

La guerra en Sudán es el espejo roto de nuestra civilización: un país arrasado mientras los responsables cierran contratos energéticos con quienes pagan las balas.
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Nadie puede decir que no lo sabía.
Porque esta vez las cámaras grabaron todo.
Porque esta vez los cuerpos siguen ahí, bajo el logo de un hospital que ya no cura, sino que testimonia el colapso moral del

"EL PRIVILEGIO DE CRUZAR UNA FRONTERA". Imanol Zubero, elDiario.es

Marruecos desarrolla políticas para conseguir que cada vez más personas procedentes de Europa crucemos su frontera; Europa desarrolla políti...