jueves, 10 de julio de 2025

"LA TRAMPA DE LAS PELOTAS DE TENIS". Alex Grijelmo, El País 9 JUL 2025

Alberto Núñez Feijóo, durante el pleno de este miércoles

La técnica de las pelotas de tenis consiste en lanzarle al rival en un debate un número ingente de bolas a la vez, para que de ninguna manera pueda devolverlas todas: afirmaciones sin matizar, manipuladas, plagadas de insinuaciones que se basan en trucos de silencio (se cuenta una parte pero se omite otra que la rebaja o la matiza), y casi todas de una sola oración, sin subordinadas ni subjuntivos: contundentes, exageradas, apocalípticas. Es el lenguaje ajeno al rigor y la precisión.

Alberto Núñez Feijóo ofreció ayer en el Congreso un ejemplo que merecerá circular entre los asesores de comunicación política, bien para copiar su afinada ejecución o bien para aprender a combatir este uso tan artero. En una sola frase, el presidente del PP arrojó un aluvión de pelotas de tenis cuya carga explosiva habría necesitado el trabajo de un artificiero y el tiempo de un ajedrecista.

Dijo Feijóo: “Un día se plagia una tesis, otro se convive con prostíbulos con la mayor normalidad, más adelante se esconden urnas detrás de una cortina y así poco a poco se va moviendo el umbral ético hasta que cabe todo: hasta que a uno le arreglan un puesto en la Diputación de Badajoz y a la otra le dan una cátedra sin haber pisado la universidad”.

Caramba, ¿todo eso lo habrá hecho el jefe del Gobierno?, se preguntará el respetable público.

Si Feijóo enviara su discurso a un gran periódico de prestigio mundial (pongamos el Washington Post o The New York Times) para su publicación como artículo, sus acreditados verificadores empezarían a sudar tinta nada más leer esa parrafada.

Una vez repuestos del susto, deberían comenzar el trabajo por reclamarle al articulista que precisase a quién se refiere con el uso impersonal “un día se plagia una tesis…”, pues no encontrarían ninguna resolución que la avalase. Solo podrían hallar asuntos relacionados con la falsificación de un título de máster, en caso ya sentenciado; pero enseguida el editor pensaría que el político de la derecha no iba a arrojar eso contra alguien de su partido que se benefició de la maniobra.

El verificador agraciado con la tarea sí habría podido confirmar enseguida que un puesto de coordinador de los conservatorios de música (después “jefe de la Oficina de Artes Escénicas”) le fue adjudicado en 2016 en Badajoz a un hermano de Sánchez cuando este no era ni diputado (había dimitido meses antes), asunto que aún se halla en litigio.

La referencia a los prostíbulos, eso sí, lo dejaría perplejo, y obligado a suprimirla mientras no se verifique que el propio presidente ha vivido en uno de ellos como se da a entender; y también lo concerniente a esos sufragios escondidos tras una cortina: “¿De cuántos votos estamos hablando y de qué elecciones?”. Y ya puestos, ¿de qué color era la cortina?

Por su parte, la afirmación “…y a la otra le dan una cátedra sin haber pisado la universidad” le atraería enormemente en un primer momento al editor. ¿Es posible en España que a uno lo hagan catedrático sin haber terminado una carrera? Ah, no. Se trata de que la Complutense organizó “cátedras” que no eran dirigidas por catedráticos, una de ellas adjudicada a la esposa del jefe del Gobierno, Begoña Gómez. “Señor articulista”, escribiría el editor, “puede referirse usted a la manipulación de la palabra ‘cátedra’ por la universidad, y a que la titulación de la señora Gómez no pasaría un filtro exigente, y a que tal vez hizo valer su influencia, pero no nos parece correcto insinuar que la nombraron catedrática. ¿Desea modificar su frase para acercarla más a la verdad?”.

No podemos responder aquí con todos los detalles a ese aluvión de bolas amarillas. Tampoco los editores de un gran diario que recibiese el texto. Ni siquiera Sánchez, que necesitaría para ello el tiempo de otro debate.

El Parlamento no tiene un libro de estilo. Pero si algún día se propusiera la edificante tarea de elaborarlo, ese manual habría de advertir sobre la ventajista trampa de las pelotas de tenis.

miércoles, 9 de julio de 2025

Carissa Véliz, filósofa: “Muchos adolescentes ni siquiera alcanzan a imaginar cómo es vivir con privacidad” Entrevista de Elena Sanz a Carissa Véliz Researcher, University of Oxford Theconversation.com 27 junio 2025

Asegura Carissa Véliz (Reino Unido) que aprende lo indecible en las conversaciones con sus estudiantes de la Universidad de Oxford, con los que habla del valor de lo analógico, de las relaciones personales, de qué hace que una vida sea buena… Está convencida de que solo protegiendo la privacidad podemos mantener a salvo la democracia. Y le preocupa que muchos jóvenes, acostumbrados a crecer sin ella, no se den cuenta de las implicaciones que su ausencia puede tener para su futuro.

En alguna ocasión ha comentado que la privacidad es un instinto animal que compartimos con todas las especies y, sin embargo, últimamente vivimos como si pudiéramos prescindir de ella. ¿Son conscientes las generaciones más jóvenes de su importancia?

Es difícil responder porque “los jóvenes” no son un grupo homogéneo: hay diferencias importantes en función de dónde nacen, dónde viven, incluso depende de si son hombres o son mujeres. Últimamente me ha sorprendido bastante que mis estudiantes son más conscientes de la importancia de la privacidad y están menos enganchados a la tecnología que muchos adultos. Aunque quizás mis estudiantes no sean lo suficientemente representativos de la población.

En general, me preocupa el hecho de que haya muchos chavales que no han crecido con privacidad, que ni siquiera alcanzan a imaginar lo que es vivir con privacidad y, sobre todo, que no se dan cuenta de las implicaciones que su ausencia tiene para su futuro.

La privacidad no es solo una cuestión de si permitimos o no que nos vean o sepan de nosotros. Cuando empresas y gobiernos tienen acceso a información acerca de quiénes somos, qué hacemos, si gozamos de buena o de mala salud, cuáles son nuestras tendencias políticas o religiosas o de quién nos enamoramos, eso tiene implicaciones.

Así es. Sobre todo porque cuando has vivido siempre en una democracia es difícil imaginar que es frágil, que es vulnerable, que puede tener un fin si no la cuidamos.

La pérdida de la privacidad puede coartar tu libertad, la libertad de poder decir lo que piensas, la libertad de juntarte con quien elijas, la libertad de poder protestar de manera pacífica. Cuando todo eso desaparece, uno empieza a tener miedo de lo que ha dicho, o de lo que puede decir, y acaba autocensurándose.

Ocurre ya que en Inglaterra y Estados Unidos se invade la privacidad de quienes tratan de alquilar un piso: los propietarios contratan compañías de datos para obtener información sobre el posible inquilino. Y si le rechazan, si le niegan el acceso a una vivienda, no tienen que justificar por qué, no necesitan dar un motivo.

Se vulneran, entonces, varios de los derechos que recoge el artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que proclama garantizar la protección de la vida privada, la familia, el domicilio, la reputación…

Claro. Y lo más preocupante es que los problemas no surgen en el momento en el que se recolectan los datos, sino que suelen aparecer mucho más tarde. Es más, ni siquiera cuando surgen es fácil hacer una conexión directa entre el momento en el que un dato deja de pertenecerte y el momento en que sufrimos discriminación o exclusión por ese dato perdido.

Los derechos son derechos justamente porque son un bien a proteger, imprescindible. Y, si la sociedad vive con una perspectiva demasiado individualista, nos arriesgamos a perder derechos y libertades. CONTINUAR LEYENDO

martes, 8 de julio de 2025

"ACOGER A LOS INMIGRANTES NO ES SUFICIENTE: EL VERDADERO SENTIDO DE LA HOSPITALIDAD". Jesús David Cifuentes Yarce. Profesor de filosofía, Universidad de La Sabana. Theconversarion.com 16 junio 2025

En la antigua Grecia surgió el mito de Procusto. Era este un posadero que, desde la hospitalidad, acogía al forastero para acostarlo en su cama y “ajustarlo” a su medida: si era más grande lo cercenaba; lo estiraba si era más pequeño. Según el poeta y escritor Robert Graves, Teseo acabó con Procusto aplicándole su mismo castigo.

Hoy la realidad de Procusto se vive en la acogida al inmigrante, a quien se “recibe” para contratarle como mano de obra tan barata que no permite ni siquiera los mínimos de una vida digna.

Pero la hospitalidad no reside solo en abrir las fronteras, sino en aceptar la realidad del otro.

Para Kant, filósofo del siglo XVIII, la hospitalidad es uno de los principios fundamentales para construir la paz perpetua, entendida como aquella paz por la que debemos trabajar día a día. Así, la hospitalidad se fundamenta en el derecho natural que tenemos todos los seres humanos a la superficie de la tierra.

Ahora bien, lo relevante de su propuesta es que el derecho a la hospitalidad es transitorio, ya que es el derecho no a ser un huésped sino un visitante con el que “no puede el otro comportarse hostilmente”. Para ser huésped, plantea, “se necesita un contrato especialmente bondadoso”. En este sentido, ser visitante implica el derecho a poder retornar al hogar.

Y precisamente a la vuelta queremos apelar, que el derecho a la hospitalidad implica el derecho a retornar, por tanto, que ser hospitalario no es solo acoger al otro sino también su realidad para poder ayudar a transformarla.

Huir de la pobreza

El historiador holandés Rutger Bregman, en su libro Utopía para realistas, plantea que una niña somalí tiene un 20 % de probabilidades de morir antes de cumplir los 5 años. Este dato contrasta con el 1.8 % de probabilidades que tenía de morir un soldado norteamericano en primera línea de batalla en la Segunda Guerra Mundial.

La cifra desvela lo que tanto viene denunciando el filósofo y profesor de la Universidad de Yale Thomas Pogge: “aproximadamente un tercio de todas las muertes humanas, unos 18 millones al año, se deben a causas relacionadas con la pobreza, fácilmente prevenibles”.

Por ello, no es de extrañar que la gente escape del lugar en el que está abocada a morir. El profesor Paul Collier, de la Universidad de Oxford, es reiterativo en sus denuncias a los “paraísos” de acogida. Alega que los países desarrollados “tientan” a los inmigrantes para que expongan sus vidas en el mar, pero esta es, según su percepción, una salida moralmente inaceptable. Es, como decíamos al inicio, un Procusto que acoge para contratar como mano de obra barata, pero que no “acoge” la realidad de la que viene el inmigrante.

Por esta razón lo que plantea es el cambio del capitalismo por una “solidaridad mutua”. Bajo esta perspectiva, no se trata sólo de pensar políticas respecto al inmigrante, sino –y este es el horizonte de reflexión del humanismo– dirigir la mirada a las causas de la inmigración. Es decir, no se trata sólo de dar asilo al pobre, sino de desestructurar el sistema que lleva la pobreza; no se trata de sólo refugiar a quien huye de la guerra, sino de darle fin a la misma.

Ofrecer la posibilidad de regresar

Construir el derecho al retorno implica dirigir la mirada al mundo para que haya un ahorro del dolor y una economía que no tenga como centro el mercado. Que deje de ser una economía del consumo y pase a ser una economía del incremento en humanidad.

En este sentido, la hospitalidad abre un horizonte mucho más amplio de comprensión, para que, como planteo en mi libro Dialogando sobre el diálogo, el mundo pueda seguir existiendo. Lo hace entendiéndola como una acogida que no elimina el derecho al retorno, que no desvía la mirada de las causas que causan el dolor del desarraigo.

Y ¿qué significa que “el mundo siga existiendo”? “Pues que siga existiendo la posibilidad de ser seres humanos. No hay mundo cuando hay guerra, cuando hay muerte, cuando hay hambre, cuando la indiferencia es el statu quo. Hay mundo cuando se reconoce que los conflictos bélicos destruyen, cuando se mira el rostro humano del hambre, de la enfermedad, y se interpela la realidad de uno mismo y del otro y se busca cómo cambiarla. Esta interacción exige un diálogo.” La hospitalidad, por tanto, acoge al pobre, pero también mira hacia la pobreza; acoge a la persona y mira hacia la realidad.

Así pues, Kant, el filósofo que planteó la urgencia de ser ciudadanos del mundo, comprendió que la hospitalidad es fundamental para lograr una paz perpetua, invitando a la humanidad a reconocerse en un espacio común. Un espacio que debe pensarse como bueno para todo el mundo. Es una hospitalidad que se abre a la realidad del otro para que encuentre acogida en el lugar al que llega, pero también posibilidad de retornar si así lo decide.

Ante la dificultad que se presenta, cabe finalizar acudiendo al filósofo italiano Diego Fusaro. En su libro Idealismo o barbarie: por una filosofía de la acción trae a colación dos metáforas de la filosofía para comprender el compromiso que todos tenemos en la construcción del mundo a partir de una idea de algo mejor: la caverna de Platón y la jaula de hierro de Max Weber.

La jaula de hierro es la creencia de la imposibilidad de cambiar el mundo. El mutismo de la acción y de los sueños.

Sin embargo, el mito de Platón apela a la urgencia de ser proactivo. Tras desatarse, una de las personas encerradas en la caverna, que veía solo sombras y creía que eso era el mundo, consigue escapar y ser testigo de la realidad. Y después, en vez de huir, baja para rescatar a los otros y darles la opción de acceder a un mundo que contempló como mejor.

Así pues, en el mito de la caverna está el compromiso de pensar, soñar y construir un mundo mejor. Como plantea el profesor de filosofía Francisco Rodríguez Valls, “el hombre no sólo es creador de realidades, sino que se crea junto con el universo que se construye”.

lunes, 7 de julio de 2025

"EL ÁNGULO OSCURO". Irene Vallejo, El País 29 JUN 2025

La historia nos enseña que a los hombres poderosos se les terminan perdonando sus corrupciones y atropellos

Si no lo creo, no lo veo. Cuando los sospechosos son los nuestros, solemos ser más ciegos a sus corrupciones y transgresiones. Nada nuevo bajo el sol ni entre las sombras: la combinación de fachada respetable y cloacas abusivas remonta al pasado más remoto. A lo largo de los siglos han visto la luz oscuros desmanes de gobernantes, hombres de negocios, poderosos magnates, intelectuales, individuos respetables y aparentemente alejados de cualquier mancha, con alta opinión de sí mismos. Con frecuencia, estos atropellos han sido absueltos por el imaginario colectivo: a sus señorías se les perdonan las fechorías.

No se suelen mencionar los turbios negocios del célebre Julio César, aplaudido por sus victorias militares y ensalzado en crónicas gloriosas que escribió él mismo sin pudor en elogiosa tercera persona. Según Montesquieu, fue Julio César quien generalizó la costumbre de corromper como mecanismo de financiación política. El coste de sus carísimas campañas electorales agotó su fortuna; así que, como narra Suetonio, pidió préstamos, vendió alianzas, extorsionó. Había una relación causal entre sus deudas y sus guerras. Convirtió su gobierno provincial en una gran ofensiva de conquista, la más sangrienta que emprendió Roma. El historiador afirma que en la Galia destruyó ciudades enteras para costear su carrera con el pillaje y la venta de prisioneros como esclavos. Acabaría forzando las puertas del mismísimo Tesoro público y apoderándose de miles de lingotes de oro y millones de sestercios. Este dechado de virtudes republicanas dejaría su nombre inscrito en una amplia cartografía de títulos imperiales: césar, zar y káiser.

En la civilización romana, cuando los autores de la época mencionan la palabra “amistad” en relación a gobernantes, ricos y aristócratas, conviene sospechar. En general aluden a relaciones clientelares, complicidades y redes de intereses creados. Así sucedió con un clásico de la literatura, Salustio, amigo del mismísimo Julio César, quien lo nombró gobernador de una rica provincia africana. Allí explotó la región a base de extorsiones y rapiñas que escandalizaron a sus contemporáneos. Sus administrados entablaron un proceso judicial contra él, del que salió indemne gracias a su poderoso benefactor. Se rumoreó que Salustio pagó a César una generosa comisión de las ganancias del saqueo.

El elocuente Cicerón se encaprichó de una lujosa casa en el Palatino por la que pagó tres millones y medio de sestercios. Bromeando con un amigo por carta, admitió que se había endeudado hasta las orejas: “Estaría dispuesto a unirme a una conspiración si hubiera alguna que me aceptase”. Los préstamos de las adquisiciones inmobiliarias se solventaban ya entonces con oscuras complicidades políticas.

La palabra “corrupción”, que proviene del latín, significa “unirse para quebrantar”. Habla del pacto entre el poderoso tentado por una oferta ilícita y el particular seducido por un atajo rentable para lograr contratos o beneficios. Una moneda con dos caras—duras. Ante cualquier escándalo, regresa la conveniente estrategia de la generalización exculpatoria: resulta más fácil disculpar los desmanes propios con el manido argumento de las trampas ajenas. Pero la honradez existe, y universalizar las culpas es tan solo una victoria de los impunes. Como la corrupción es una amenaza constante y una tentación perpetua en todos los engranajes políticos y económicos, no debe cesar la lucha por desenmascararla, conocer sus límites, diferenciar sus grados y desmantelarla una y otra vez. Aspirar a una vida pública honesta exige fortalecer los contrapesos y cortapisas, aumentar los controles, acrecentar el equilibrio entre poderes, robustecer las leyes. CONTINUAR LEYENDO


viernes, 4 de julio de 2025

"AMELIA CONTRA LOS PUTEROS". Najat El Hachmi, El País

Si a mí me duelen los audios de la trama Koldo-Cerdán-Ábalos como mujer y como feminista, ¿cómo será para una mujer que ha sobrevivido a la explotación sexual escuchar esas frases vomitivas?

Desde que escuché los audios de la trama Koldo-Cerdán-Ábalos no puedo dejar de pensar en ella, en Amelia Tiganus. Me acuerdo de su fuerza y su inteligencia, de su enorme valentía y releo su magnífico libro La revuelta de las putas (Sine Qua Non). Si no conocen a esta activista y pensadora del abolicionismo, que se define como “testigo del sistema prostitucional” (que sobrevivió a la explotación sexual y se convirtió en una activista feminista de una solidez intelectual admirable), busquen sus charlas en internet y entenderán de qué hablamos cuando hablamos de comprar y vender mujeres. Pienso en ella porque el grupo parlamentario del PSOE la invitó a hablar en una sesión dedicada al asunto. Si a mí me duelen los audios como mujer y como feminista, ¿cómo será para ella escuchar esas frases vomitivas? Chicas nuevas para Ábalos, podría decir la también infatigable Mabel Lozano.

Ante el descubrimiento de esta putrefacción rancia resulta imposible no recordar todas las veces que el PSOE pospuso iniciativas para acabar con esta esclavitud normalizada de mujeres (muchas de ellas traídas de otros países para ocuparse de este “trabajo”, según lo llaman algunos). Es imposible no caer en la cuenta de que los frenos al avance del abolicionismo no estaban fuera sino dentro de la propia organización y que las mujeres que han estado trabajando en esta dirección desde dentro han tenido que hacerlo contra esos señores que se podían declarar igualitarios y luego frecuentar prostíbulos donde les tenían preparadas las que “están recién”. En este sentido, cuesta creer que las socialistas más cercanas a estos personajes no supieran nada de su deleznable comportamiento. Sea como sea, los audios suponen una humillación pública a todas las feministas socialistas. El consumo de mujeres es deleznable no solo por el uso de dinero público, como le afea la derecha al PSOE, sino por lo que supone de degradación de todas, también las compañeras de filas.

Ana Redondo ha manifestado su repugnancia ante los audios, pero no nos basta. Y más cuando la propia ministra de Igualdad vino a dar largas al abolicionismo argumentando que es un tema complicado. Más complicado es que vivamos en un país que importa seres humanos para consumirlos como si fueran mercancías, que la voz de Amelia no sea difundida de forma masiva, que se ignore el avance feroz de una “industria” que no fabrica nada, sino que destruye la condición humana de mujeres y niñas sin que en la opinión pública se considere un delito tan flagrante como las violaciones o los asesinatos.

miércoles, 2 de julio de 2025

"YO SÍ LAS CREO". Seis mujeres señalan a un catedrático de la Universitat de Barcelona (Ramón Flecha) por pedirles masajes y sexo mientras era su jefe. Ana Requena Aguilar, elDiario.es 2 de julio de 2025

Los testimonios de hasta nueve personas muestran que este tipo de comportamientos tuvo lugar al menos entre el 2000 y la actualidad. Se trata de un catedrático emérito de la Universitat de Barcelona, el tercer autor más citado en el campo de la Sociología en España y conferenciante habitual sobre violencia de género y acoso sexual

“Yo era becaria de su grupo de investigación, él se me tiró encima y solo recuerdo que acabamos en su habitación”. “Entiendes que o pasas por esto o abandonas tu carrera en la academia”. “Él insistía en que nadie podía saberlo”. “Yo sentía claramente que yo no quería, que eso no estaba bien, pero también quería creerme que no pasaba nada. En esos encuentros yo no era un sujeto, era un objeto, llegué a pensar que la única forma de sobrevivir en la academia era seguir enrollándome con él”. “Controlaba con quién podías quedar y si podías enrollarte con él o no”. “A veces, en su casa, pedía masajes, llegó un momento en que se quitó los pantalones y en un par de ocasiones, también los calzoncillos”.


Son frases extraídas de los testimonios de seis mujeres que señalan que el catedrático de la Universitat de Barcelona (UB) Ramón Flecha –el tercer autor más citado en el campo de la Sociología en España, según Dialnet– las coaccionó para mantener sexo con ellas y les pedía masajes mientras él mantenía una relación de superioridad jerárquica sobre ellas: él era el líder del grupo de investigación CREA del que ellas formaban parte y, en ocasiones, su director de tesis o parte del tribunal que juzgaría su trabajo de investigación para convertirse en doctoras.


elDiario.es, junto a RTVE Noticias, Ràdio 4-RNE e Infolibre, ha recopilado y contrastado el testimonio de seis mujeres que relatan este tipo de comportamientos por parte de Ramón Flecha a lo largo de más de dos décadas, entre el año 2000 y la actualidad. Otras tres personas confirman que existieron este tipo de conductas, así como el testimonio de una mujer incluido en un expediente interno de la UB de 2004. Todas las mujeres han preferido aparecer en este reportaje con pseudónimos por temor a represalias y para priorizar el relato colectivo.


Los relatos de las seis mujeres son coincidentes. Casi todas conocieron a Ramón Flecha durante la carrera, cuando él fue su profesor en la Universitat de Barcelona, y empezaron a colaborar con CREA; y todas relatan un comportamiento envolvente que termina en sexo y/o masajes: el catedrático las introduce en su equipo cuando son muy jóvenes, les ofrece participación en investigaciones y proyectos, e inicia una relación personal -a solas y con otros miembros del grupo- por la que obtiene información íntima de ellas, que después utiliza.


“Siempre que hacías algo mal en el trabajo, eso era culpa de tus relaciones pasadas”, resume una de ellas. “Él lo llevaba todo a lo sexual”, añade otra. Una tercera afectada concluye: “Te dice que tener relaciones con él es lo que te va a redimir y hacer que tengas una vida mejor”. Todas las personas entrevistadas coinciden también en que el catedrático utiliza las publicaciones científicas sobre violencia de género en las que aparece su firma como parapeto ante cualquier crítica o acusación.


Ramón Flecha (Bilbao, 1952) es catedrático emérito de Sociología de la Universitat de Barcelona (UB). Especializado en educación, es conocido por su proyecto Comunidades de Aprendizaje, basadas en su teoría del aprendizaje dialógico. Fue en 1991 cuando creó lo que hoy se conoce como CREA -Community of Research on Excellence for All-, un equipo de investigación ligado a la UB. elDiario.es ha recabado la versión de la universidad, que asegura que el equipo no pertenece a la UB desde 2020. No obstante, su directora, Marta Soler, utiliza un correo de la UB, la propia web de CREA está alojada en el dominio de esta universidad y usa como mails de contacto los pertenecientes a este centro académico. En su web, actualizada el 30 de septiembre de 2024, CREA se autodefine como “un proyecto de investigación de la Universidad de Barcelona, financiado con fondos europeos”.


Desde 2013, Flecha ha participado también en conferencias y publicaciones sobre violencia de género, como “Las nuevas masculinidades alternativas y la superación de la violencia de género” o “Acoso sexual de segundo orden: violencia contra los silenciadores que apoyan a las víctimas”. Él mismo asegura en su perfil de redes sociales ser el “Científico nº 1 (ranking mundial) en Gender Violence”.


En 2016, la Universitat remitió a la Fiscalía tres denuncias que acusaban a CREA de funcionar como una secta y de practicar un alto grado de “manipulación psicológica”. Tiempo después, la Fiscalía archivó el caso porque no había, decía, elementos suficientes para considerar que los hechos pudieran calificarse como delito, pues las personas tenían la libertad de entrar y salir de CREA.


Esa no era la primera vez que la universidad recibía denuncias internas sobre Flecha y el CREA. Ya en 2004, y tras varias quejas, la Universitat abrió un expediente interno, al que ha tenido acceso elDiario.es. El instructor de ese informe recomendó abrir una investigación rigurosa y tomar medidas preventivas de manera inmediata. En ese expediente aparecía el testimonio de una mujer que relataba haber sido alumna de Flecha y mantener sexo con él mientras el catedrático tenía la capacidad de decidir sobre becas y proyectos. La UB afirma que “por personas que trabajaban entonces en el centro” sí se hizo seguimiento de ese expediente y sus recomendaciones, pero que, debido al tiempo discurrido, “trazar el detalle exhaustivo de las actuaciones realizadas en aquél momento no es nada sencillo”. En 2006 Ramón Flecha dejó la dirección de CREA, aunque todos los testimonios y pruebas recabadas muestran que nunca dejó de ser la persona que lideraba el equipo.


En el último año, al menos 24 personas han abandonado CREA. Varias de ellas han buscado asesoramiento legal ante el temor de que su salida supusiera algún tipo de represalia. En una carta fechada el 17 de junio y dirigida al rector de la Universitat de Barcelona, Joan Guàrdiá Olmos, la representación legal de un grupo de 14 exmiembros de CREA advierte de “la gravedad de las situaciones vividas” por sus representadas “durante su pertenencia a la red CREA”, solicita información sobre cómo dio continuidad la universidad a las recomendaciones hechas en 2004, entre otros asuntos, y pide un canal seguro para abordar la situación que garantice “la seguridad” de las mujeres.


En la misiva, las abogadas cuentan que algunas de sus clientas “relatan haber mantenido relaciones sexuales con el Sr. Ramón Flecha en un contexto de clara desigualdad jerárquica —en calidad de alumnas, becarias, doctorandas o subordinadas— y bajo un patrón reiterado de conducta que encaja con una lógica de coerción sexual, abuso de poder, acoso sexual, violencia psicológica y explotación laboral”. La UB asegura que sus servicios jurídicos han respondido a esa carta y que no existen más denuncias que las de 2004 y 2016.


A preguntas de los cuatro medios de comunicación que participan en esta investigación, Ramón Flecha ha negado todos los hechos y asegura que existe una campaña para difamarlo debido a su apoyo a las víctimas de violencia de género y su lucha contra el acoso sexual en la universidad. Flecha asegura que “nunca” ha mantenido este tipo de relaciones ni pedido masajes a subordinadas o alumnas. Preguntado sobre si ha podido incurrir en este tipo de conductas con mujeres cuyos contratos no dependieran directamente de CREA, pero sí estuvieran vinculadas académicamente al grupo, el catedrático se negó a especificar más: “Hacerme preguntas sobre sexo es acoso sexual”. No obstante, Flecha subraya que es “líder mundial” en investigación sobre violencia de género y “pionero” en denunciar el acoso sexual en las universidades y que por eso mismo es “víctima de la violencia de género aisladora”.

Las historias

Mónica es una de las mujeres que relata este tipo de comportamientos por parte de Flecha. En su caso, la relación con el catedrático comenzó cuando, después de haber tenido varios encuentros con ella y otras personas, le ofreció un contrato como ayudante de investigación en CREA. Cuando tenía 23 años, y mientras mantenía una relación laboral con CREA, Ramón Flecha la invitó a cenar: “Recuerdo que me hizo preguntas personales, sobre mi pareja, mi familia, yo le conté muchas historias íntimas que demostraban de alguna manera mi vulnerabilidad. Yo confié en él. Ahí ya va ganándote porque ya has compartido ese tipo de cosas”. A partir de ahí, recuerda, la exposición a “situaciones sexualizadas” fue creciendo, como leves roces en brazos o manos, sorpresivamente y de manera unilateral, preguntas frecuentes sobre su pareja y juicios sobre su relación sentimental.

Mónica hizo su tesis vinculada a un proyecto de CREA y su relación profesional con Flecha se estrechó. Finalmente, durante un viaje de trabajo, la mujer asegura que Ramón Flecha aprovechó un silencio durante una conversación para abrazarla “muy fuertemente”. “Me muestra que está teniendo una erección. Me quedé en shock. No lo procesé, no fue un abrazo mutuo ni consentido. Yo no me moví. Él era mi jefe, mi beca dependía de él, yo trabajaba full time para él”, relata. Mónica cree que tener pareja en ese momento la protegió para que la situación no llegara a más. Sin embargo, la ruptura con su novio marca un punto de inflexión: “Me machacaban por haber estado con este chico, me culpan, me dicen que esta relación casi destruye el CREA. Y en esa situación de vulnerabilidad Ramón aprovecha para tener relaciones conmigo”. Las relaciones se extendieron durante unos meses, pero Flecha también involucró a Mónica en los masajes, recuerda, durante varios años más

Tal y como relatan otras personas involucradas en CREA durante años, era frecuente que parte de la actividad del grupo tuviera lugar en casa de Ramón Flecha, desde trabajo de investigación hasta tertulias, comidas o cineforums. Así empezaron los encuentros íntimos: “Él te decía de repente ‘vamos a hablar’ y te llevaba a la habitación. Casi siempre había más gente, pero también a veces sola... Muchas veces nos decía que estaba hecho polvo, que le ayudáramos, que tenía tensión ahí o allá… era un asco, lo envolvía todo de que era algo para cuidarle porque él cuidaba a todo el mundo y nadie cuidaba de él, se quejaba. Una vez, él estaba estirado en la cama, y una de mis personas de confianza estaba sentada con él. Él me cogió de la cabeza y se acarició la tripa con mi pelo, fue horrible”. Mónica recuerda que era frecuente que Flecha se quitara la camisa y que en ocasiones también se quitó los pantalones para tenderse en la cama y recibir los masajes. “Muchas veces me sentía simplemente exhausta, llegaba a pensar que sí, que había que cuidarlo. Yo aún no tenía ni 30 años, estaba contratada en algunos de sus proyectos de CREA, él era mi jefe”, subraya,

La presión se intensificó, asegura la mujer, quien recuerda peticiones de su jefe para que fuera a su casa: “En cualquier momento te decía ‘ven’ o ‘ven a casa y prepárate’. Era una orden, no sabías bien a qué ibas. Podía avisarte por teléfono, decirte ‘¿dónde estás?’ o ‘¿estás libre esta noche? Pues ven’. O te decía que te avisaba luego y tú tenías que estar pendiente. Era una orden, nos tenía a su disposición”. Una vez que sucedían los encuentros sexuales, Mónica recibía por parte de él comentarios sobre su mejora física o su belleza: “Creías que estabas mejorando pero ni siquiera sabías en qué. La idea era que tenías que comportarte bien para que confiaran en ti y te mandaran a un sitio u otro, porque si salía una convocatoria de beca o de plaza todos preguntábamos a quién le tocaba presentarse, y era él quien decidía. Si decidías por libre te machacaban, eras individualista, trepa...”.

Otro de los detalles que recuerda Mónica, y que coincide con el relato de otras mujeres, es que Ramón Flecha le pidió que no hablara con nadie sobre sus encuentros sexuales y que, después, le escribiera correos electrónicos “contándole lo bien que había estado” y lo que significaba para ella acostarse con él.

Este tipo de comportamientos se alternaba con lo que esta mujer describe como “machaque”. “Te decía que era mejor que él decidiera todo porque él era el que mejor decidía y lo que tú hicieras podía estar mal. Decía que no le valorábamos porque él era una nueva masculinidad alternativa, y que nosotras estábamos sometidas a nuestra socialización y que hacían falta 500 años para que las mujeres cambiáramos esa socialización y empezáramos a valorar a los hombres como él en lugar de a los chulos. De repente, te decía que lo estabas destrozando todo. Empezó a difamarme y a inventarse cosas sobre mí. Yo me estaba volviendo loca, ya pedía perdón por cosas que no había hecho”, describe.

Defender a CREA

“Mi relato público siempre ha sido defender a CREA”, dice Alejandra, otras de las mujeres que vivió este tipo de comportamientos. Como otras, esta mujer ha defendido durante años la imagen de CREA y de Ramón Flecha y creyó que las acusaciones y rumores se debían a un ataque académico hacia él y hacia su grupo de investigación: “Lo importante es que al final muchas hemos visto al mismo tiempo lo que realmente estaba sucediendo, las unas gracias a las otras”.

Mientras estudió Sociología en la Universitat de Barcelona, Alejandra acudía un día a la semana a CREA para colaborar con labores de investigación. “Ahí coincidimos sin más. Un día sí nos tomamos un café y me contó un asunto personal muy importante, yo no entendí por qué me lo estaba contando a mí”. La mujer se involucró más en la actividad de CREA, acudiendo con frecuencia a una reunión periódica en la que quienes participaban contaban sus experiencias sexuales y sus primeras relaciones afectivas, “porque decía que era la clave para entender nuestra vida sentimental”. Al acabar la carrera y empezar el máster, Alejandra comenzó a tener más relación con Flecha. “Él me empieza a apoyar y empezamos a tener una relación más estrecha, empiezo a ir a su casa, antes no había ido. Te cuenta cosas personales para que tú le cuentes, hablamos mucho sobre mi vida y pareja, se rompía la barrera entre lo profesional y lo personal. En ese momento, el CREA me empieza a potenciar. Yo siempre tuve un contrato externo a CREA, pero te hace entender que todo lo que tienes es gracias a ellos. En esos años, él era mi director de tesis, y sabes que en los tribunales hay gente de CREA”, explica.

Fue en esos encuentros en casa de Flecha donde, prosigue, comenzó a ver “que le pedía a mujeres que le dieran masajes”. “Cuando ibas a su casa no sabías si era a ver la tele, a escribir un artículo… Yo lo veía como cuidar a un señor mayor, que estaba muy cansado, él iba de víctima”, apunta. Fue así como, en 2016, Flecha comenzó a pedirle masajes, una conducta que duró entre 2016 y 2019: “Como lo había visto antes, cuando me lo pidió a mí me pareció natural. A veces había otra gente en el piso, y en ese momento yo los veía como mi familia, pasábamos todo el día juntos. Otras veces estaba sola con él. Algunos me los pidió en el salón, otras en su habitación, con otra chica o solo yo con él…. Hubo varios en la espalda, llegó un momento en que se quitaba los pantalones para que se los diéramos en las piernas. Al menos en un par de ocasiones se quedó desnudo”. Alejandra recuerda que las peticiones de masajes empezaron justo después de que ella le confesara un episodio de abusos que había sufrido: “Decía que era para que superara las imágenes que yo tenía en mi cabeza, mi trauma”.

Alejandra describe la dinámica de premios y castigos que Ramón Flecha desplegaba con las mujeres: “No había un contexto para decir que no, no podíamos negarnos a lo que pedía, se enfadaba y te castigaba. Veías que lo había hecho con otra gente, apartarla de repente, o si se molestaba, estaba días sin invitarte a ir a nada, te rechazaba cosas, decidía no enviarte a una charla que pedía una universidad”. Ella nunca compartió con nadie lo que sucedía con los masajes y ni siquiera, afirma, se atrevían a hablarlo entre las mujeres que participaban.

A preguntas de elDiario.es, la actual directora de CREA (en el cargo desde 2006), Marta Soler, ha insistido en los mismos argumentos que Ramón Flecha y asegura que los testimonios responden a una campaña de difamación por su apoyo a las víctimas de violencia de género. Al mismo tiempo, y preguntada por si CREA ha tenido en algún momento conocimiento sobre los hechos relatados por estas mujeres, Soler responde: “Esta pregunta transmite otra falsedad que reproduce el peor machismo coercitivo y retrógrado que desarrolla actitudes paternalistas hacia mujeres mayores de edad que ejercen su libertad. Se trata de un discurso muy propio de contextos antidemocráticos con los que se infantiliza a las mujeres como si no tuviéramos capacidad de escoger con criterio nuestras relaciones personales o de amistad o incluso de gestionar nuestras vidas”.

En ningún caso Soler habla de abrir algún tipo de investigación interna para indagar sobre los comportamientos señalados por estas seis mujeres ni por las que suscriben la misiva a la UB. elDiario.es ha decidido publicar de manera íntegra la respuesta de Soler al final de este artículo.

Ocultar los encuentros

“2017 y 2018 fueron los peores años, llegué a tener pensamientos suicidas”, admite Sofía, que conoció a Ramón Flecha una década antes, cuando tenía un trabajo de unas pocas horas en un proyecto de CREA. Fue en 2011 cuando comienzan lo que ella describe como “acercamientos personales”. La primera quedada fue en la cafetería de un hotel, algo que le extrañó. En esas citas. la mujer relata conversaciones íntimas sobre sus vidas en las que él pedía detalles. Fue cuando ella le compartió un problema de salud que sufría, cuando Flecha le aseguró que se debía a su historia sentimental. “A partir de ahí empezó toda su teoría de que todos mis problemas derivaban de mis rollos sexuales. Según él, yo me iba a curar a través del diálogo con él, porque él despreciaba el tratamiento médico”, cuenta.

El primer masaje ocurrió en 2014: “Después de una cena con él y otra compañera, ella nos dejó con el coche en casa de Ramón, allí de repente se quitó la camiseta y me pidió un masaje. Entré en shock. Ese capítulo lo había querido dejar en el rincón de mi memoria. El miedo que tuve ese día, y la sensación de ”esto no está bien“, ”esto no lo quiero“... ”. La tensión era tan alta, recuerda, que el propio catedrático le dijo que parara.

Tiempo después hubo otro punto de inflexión, cuando Ramón Flecha la invitó a un viaje a Bilbao del que pidió que no contara nada a nadie: “Él me dice explícitamente que nadie se puede enterar de ese viaje, porque puede generar envidias. Era un viaje importante para él y una semana antes me dijo que yo no parecía lo suficientemente motivada. Yo estaba asustada, no quería nada con él”. En ese viaje, Sofía asegura que Flecha intentó besarla, pero ella lo esquivó. “Tenía ganas de vomitar. Sentí, ¿cómo me escapo de esto? Esto es claramente una emboscada. Era muy difícil”. La mujer recuerda que el catedrático aprovechó para criticar a su novio, con el que había roto, y para atacarla a ella por defenderlo y por haber estado con él.

“Volví a Barcelona con mucha angustia y mucha culpa y se lo digo a Ramón”, prosigue. A partir de ahí, empieza un año “en el que no para de reventarme”: “No paró de picar piedra, de decirme que yo tenía un problema de deseo ancla, que yo había hecho de puta gratis… Yo era la peor persona que pisaba el mundo. Durante esos meses, yo me convencí a mí misma de que me tenía que morder la lengua, y hablar menos. Él le contó a la gente que yo estaba en un proceso de resocialización”. Finalmente, una vez pasó ese año, Ramón Flecha la besó y ella cedió, “puse el piloto automático, pensé que era un acto que me iba a liberar de todo esto”. Al mismo tiempo, señala, el catedrático insistía mucho en la importancia de tener oportunidades en la academia.

Desde ese momento, Sofía habla de lo que ve ahora como un patrón: “Quedábamos para lo que fuera y luego él decidía qué pasaba. Él podía decirme lo que quisiera, yo tenía que callarme porque estaba en un ‘proceso de reforma’. No te puedes atrever a hacer ninguna sugerencia ni nada, porque él nos dice que es el mejor tío del mundo y nos criticaba nuestra doble moral. Pensé que tenía que elegir: entre seguir en la academia y aguantar o irme, y la única forma de sobrevivir en la academia era enrollarme con él, así que lo hice y me disocié. Yo estaba hecha mierda por todo lo que había pasado. Sentía claramente que yo no quería, que no estaba bien, pero una parte de mí quería creerse que no pasaba nada, que nadie se enteraría nunca. Él estaba en una posición en la que podía tomar decisiones sobre mi carrera, yo me quería morir”. Él, asegura, insistía en que nadie debía saber lo que sucedía entre ellos.

Como con otras mujeres, después de esos encuentros él le hacía escribirle correos y mensajes “para decirle que todo estaba bien, para que le contara lo bonito que había sido el sexo, que le reportaras tu nivel de transformación y satisfacción… todo eran conversaciones sobre la bondad y la belleza de esos encuentros”. De la misma manera, cuando le hacía saber que se había equivocado en algo, ella tenía que escribirle una disculpa. “Tú ya sabías lo que tenías que escribir. Le obsesionaba mucho que le pudieran pillar”, piensa ahora esta mujer sobre aquellas instrucciones.

Su último encuentro fue en 2019: “Estuvo horas reventándome con cosas que yo había hecho mal y de repente todo está maravilloso y hay que ir a dormir juntos. Él elige siempre, no tienes margen, yo en esos encuentros no era un sujeto, era un objeto”. Sofía empezó a inventarse que tenía la regla o migrañas para evitar esos momentos a solas.

Tutorías en su casa

Raquel, que fue alumna de doctorado con Ramón Flecha a principios de los 2000, relata una dinámica similar. Encuentros con más gente en los que él reproduce la idea de que a las mujeres les gustan “los cabrones” porque tienen un problema de socialización, en los que se anima a las personas a compartir detalles íntimos sobre sus vidas y a analizar sus relaciones.


Tres semanas después de dejar la relación con su pareja, Ramón Flecha le propone hacer un viaje a Bilbao. “Estamos con otra compañera, que se va a dormir, nos quedamos en el sofá, empieza a acercarse, a acariciarme, yo estoy muy incómoda y me dice que miremos por la ventana a ver no sé qué. Cuando volvemos al sofá ya me da un beso, no pasó nada más”, recuerda. En el viaje de vuelta a Barcelona, en coche, Raquel, a petición de Flecha, tuvo que “repasar todas y cada una de las relaciones que yo había tenido y él me reinterpreta mis historias, me decía quién me había tratado bien y quién mal”. Desde entonces, esa información sirvió, “de manera insistente” para relacionar cada error de ella con esas historias. “También me contó detalles de mujeres de CREA que eran profesoras con las que tenía relaciones y me preguntaba que dónde me situaba yo. Y me decía que la transformación social y personal van de la mano”.

En 2002, a la salida de un seminario, una profesora de CREA se dirigió a ella: “Me dijo que me veía muy bien y que yo ya estaba preparada. Entendía que se refería a tener sexo con él. Estaba nerviosísima, lo consulto con una de esas personas cercanas a él y me dice que tengo que entregarme. En ese momento yo colaboraba con CREA y, no recuerdo ni cómo, empezaron las relaciones en casa de él”. Raquel le contó uno de sus encuentros a una amiga y eso llegó a oídos de Flecha: “Me echó una bronca tremenda, que no podía decírselo a nadie, solo a una persona que era de su confianza”.

Desde entonces, la mayoría de veces que ella pedía tutoría para su tesis, las reuniones tuvieron lugar en casa de Ramón Flecha, “y a veces acababa en sexo”. Él fue el presidente de su tribunal de tesis. En ese mismo periodo y durante algunos meses, Raquel tuvo una beca en el grupo en el que Flecha era el investigador principal. Esas relaciones duraron tiempo, hasta que ella logró tomar distancia del grupo, aunque seguía ocupándose de otras tareas personales. Raquel también participó de los masajes durante años, casi siempre con otras chicas y con Flecha, apunta, desnudo de cintura para arriba, “puntualmente sin pantalón”

“A mí Ramón me ha machacado personalmente, también delante de otras personas. Me ha dicho que destrozo los momentos bonitos, que siempre voy a fastidiar. Si te rebelas, te amenaza con que te vas porque no apoyas a las víctimas de violencia de género”, asevera.

Control

Los testimonios de Sonia y María tienen también muchos puntos en común. En el caso de Sonia, Ramón Flecha fue su codirector de tesis a comienzos de los 2000.. Ella había entrado a trabajar en CREA en el 2000. “Hablamos mucho sobre relaciones, empiezo a pensar que yo elijo mal y que por eso me va mal, él lo contrapone a su modelo de relaciones abiertas, podías contarle todo, no se escandalizaba de nada. Él iba de que era el hombre más feminista del mundo”, relata. Pronto comenzaron las conductas de control, por ejemplo era él quien tenía que darle permiso a ella si quería entablar alguna relación con un chico.

“Ni me planteaba no seguir esas normas, tenía miedo al machaque, a que me hundieran. Me echaban broncas porque decían que era muy competitiva por los hombres y que quería quitarle el chico a las demás. Tenías que pedir perdón, reconocer que te habías equivocado, obedecer. Siempre que hacías algo mal en el trabajo, eso era culpa de tus relaciones pasadas”, cuenta.

Sonía empezó a tener sexo con Ramón Flecha. “Cuando empezamos a tener relaciones, él dirigía los proyectos en los que yo participaba y mi tesis”, asegura. La mujer recuerda que en ese momento se sentía fascinada por la atención que le daba el profesor. También que existía una dinámica de “premios y castigos”: “Si después de una bronca de trabajo, quedabas con él y te enrollabas con él, eso significaba que lo que había pasado estaba perdonado. Si le decías que no a algunas cosas, entonces podía haber una connotación patologizante o te decía algo como que yo era una conservadora y que por eso no se podían hacer cosas conmigo”. Negarse a hacer un trío le costó a Sonia sufrir ese tipo de “consecuencias”. En ese momento, Flecha era su director de tesis.

En el caso de María, conoció a Flecha cuando él fue su profesor de Sociología de la Educación en segundo de carrera en la UB. “Hablábamos en los pasillos o al final de clase. Un día llegué muy preocupada por un tema personal, me hizo acercarme y me preguntó qué me pasaba y se lo conté. Me dijo: ‘eso es porque tiene problemas sexuales’. Me quedé muy descolocada, él era un señor importante”, rememora. Al final de una de esas clases le ofreció un contrato en CREA, y así fue, como becaria.

Durante las vacaciones de esa beca, Flecha la llamó para invitarla a tomar algo con unos amigos. “Hablamos de cosas personales, me recomendó un libro y me dijo que si subía a su casa me lo dejaba. Una vez allí me dijo que tenía una sala con discos, fuimos, se sentó en su sofá y me sentó encima, yo estaba muy incómoda, solo pensaba ‘¿este hombre qué está haciendo?’ Ante un comentario físico que me hizo, me levanté, entonces él se me tiró encima y solo recuerdo que acabamos en su habitación. Tuve que dormir allí, no dormí nada. En ningun caso mi voluntad era tener sexo con él”, relata. Días después, Flecha le pidió que le enviara un correo contándole qué había sentido en el encuentro “y que tuviera presente que él era la primera persona que me había dicho que me quería mientras me hacía el amor”. Su beca se reanudó poco después.

Durante años, María asumió responsabilidades y proyectos en CREA y fue testigo de las dinámicas del catedrático. “Escoge chicas para ser sus preferidas y para ser su mano derecha. Ha explicado relaciones con compañeras de CREA delante de gente ajena o de mucha gente que no tenía nada que ver. Da detalles de sus relaciones con nombre y apellidos de las chicas y dice cosas como ‘esa chica es de las que no follan’ o ‘¿no la ves más guapa? Es porque ha estado conmigo’. Esas chicas de las que hablaba eran becarias o doctorandas y él igual era su director de tesis o iba a estar en su tribunal de tesis”, explica. María también cuenta “el machaque” al que la sometía con comentarios sobre su físico o su manera de vestir, o las referencias constantes a sus relaciones cuando consideraba que ella había cometido algún error: “Esto es porque te gustan los guarros” o “porque quieres machacar a los chicos majos”.

María cuenta que las peticiones de Ramón Flecha eran prácticamente imposiciones, también en lo académico, cuando les exigía, por ejemplo, que hablaran bien de él a los rectores, que solicitaran que le hicieran doctor honoris causa y que si nadie lo hacía era “porque él estaba del lado de las víctimas de violencia de género”. “Entiendes que o pasas por esto o abandonas tu carrera, dejas la universidad por las represalias y consecuencias que íbamos a sufrir”, resume.

Respuesta de la directora de CREA, Marta Soler, a las preguntas de elDiario.es

“Contesto a todas sus preguntas después de dejar constancia por escrito a todos los efectos la aclaración de quién diseña la campaña en la que ustedes están colaborando activamente y en qué momento se produce y por qué se produce intensivamente en cada uno de los tres momentos que ha habido en el 2004-2006, en el 2016 y ahora en el 2025.

Quien diseña las campañas es un abusador de menores, desde que el CREA apoyó a una de sus víctimas que fue forzada sexualmente por él cuando era menor. En el 2004 encontró la complicidad de varias personas de CREA a quienes una becaria de CREA acusaba de malos tratos. En el 2016 encontró una gran complicidad ya que el CREA había denunciado al catedrático más acosador de las universidades españolas y se sintieron atacados muchos acosadores y sus cómplices. No por casualidad, como el tiempo y las denuncias han demostrado, quienes fueron más activos y activas en los medios fueron quienes tenían más complicidad activa o pasiva de lo que pasaba dentro de ellos.

En esta tercera ocasión el motivo es la defensa del CREA de cualquier persona becaria por reciente y desconocida que sea frente a comportamientos no adecuados de cualquier otra persona, por conocida que sea. Para asegurar institucionalmente su defensa, y a partir de la petición pública de una de ellas el 15 de diciembre del 2023 hasta el 17 de enero del 2025 se ha estado elaborando por parte de la Comisión de Igualdad Violencia 0 un comunicado con comportamientos de abusos de poder que no se admiten en CREA. Ha habido personas que durante ese proceso se han opuesto a ese pronunciamiento y se han ido de CREA. Son ellas las que presentan las denuncias falsas que el abusador de menores quiere que presenten. Saben que, igual que en el 2006 y 2016 se archivarán, pero el abuso de poder mediático que ustedes están preparando, les sirve para poder seguir diciendo toda la vida “se les denunció por”. Esta violencia de género aisladora es la que deja aislada a las víctimas de violencia de género y de abuso de poder. Van a tener ustedes el mérito de dar la razón a quien les dice: “no les apoyes que te van a machacar”.

Por supuesto nos reservamos el derecho de hacer público a nivel internacional esta comunicación que les hacemos a tiempo de que no cometan ese error. También me reservo el derecho de publicar cada una de las palabras con las que contesto a sus preguntas“.

¿Tiene CREA conocimiento de que Ramón Flecha ha mantenido tutorías en su casa con alumnas?

Tengo conocimiento de que eso no lo ha hecho nunca nadie de CREA. También tengo conocimiento de que esa práctica es demasiado habitual. Cuando yo llegué a la universidad fue CREA quien primero lo denunció en las universidades españolas y en nuestra propia universidad al catedrático más reincidente de España.

¿En algún momento CREA ha conocido que Flecha coaccionaba a mujeres que colaboraban con el grupo para hacerle masajes y mantener sexo?, ¿y que estas mujeres asumían a veces labores como prepararle la maleta, encargarse de compra y tareas como fregar o plancharle las camisas?

Esta pregunta transmite otra falsedad que reproduce el peor machismo coercitivo y retrógrado que desarrolla actitudes paternalistas hacia mujeres mayores de edad que ejercen su libertad. Se trata de un discurso muy propio de contextos antidemocráticos con los que se infantiliza a las mujeres como si no tuviéramos capacidad de escoger con criterio nuestras relaciones personales o de amistad o incluso de gestionar nuestras vidas. Es el mismo discurso coercitivo dominante que se encuentra en los centenares de posts que el abusador de menores que ataca a CREA desde el 2004 realiza bajo perfiles anónimos. Realmente quienes les han dicho estas cosas plagian tan bien al abusador de menores que cualquier lector que conozca ambas cosas pensará que se han hecho en estrecha comunicación con él.

¿Cómo es posible que existan testimonios de este tipo de comportamientos durante décadas y nadie en CREA tuviera conocimiento o tomara medidas?

Aunque lleve interrogantes al principio y al final esto que dice usted es una acusación gravísima, ya que está afirmando que había esos comportamientos. Me reservo el derecho de publicar esta entrevista en su integridad con sus preguntas y las respuestas.

Las mujeres aseguran que sentían que corrían un riesgo, en términos personales y laborales, si se desvinculaban del grupo o se negaban a participar en determinadas dinámicas internas o si dan testimonio sobre lo vivido. ¿Qué responden a esto?

Esta acusación que insinúa represalias por desvincularse del grupo es totalmente falsa como demuestran muchas pruebas por escrito de que la realidad es justo la contraria. Lástima que las denuncias se archiven y nunca nos den la oportunidad de presentar las pruebas de las mentiras que dicen cada una de ellas. Claro que usted ya sabe que el objetivo no es ese, sino que usted pueda disfrazar de libertad de expresión la violencia de género aisladora hacia quien apoyamos a las víctimas.

Nos parece que por razones que algún día saldrán a la luz ustedes han elaborado un reportaje queriendo creerse sus mentiras sin contrastarlas, que recurren a nosotras a última hora para cumplir el expediente. Van a hacer un mal infinito, no solo a quienes defendemos a las víctimas y a nuestros hijas e hijos, sino a todas las víctimas de violencia de género y abuso de poder de toda España.

Saludos,

Marta Soler

Doctora por Harvard y Catedrática de la Universitat de Barcelona

Directora de CREA

PD: Como ve, he respondido a todas sus preguntas. Espero que usted también responda a las mías cuando hagamos una investigación científica internacional sobre el impacto que su “periodismo” ha tenido en el aumento de sufrimiento de las víctimas y en el aumento de la violencia de género.

martes, 1 de julio de 2025

"EL BULTO EN LA INGLE". Juan José Millás, El País

¿A quién rayos se le ocurriría la idea del yo? Ser yo todo el rato es como una condena a cadena perpetua

Entré en casa, arrojé las llaves sobre el mueble del recibidor y grité:

—¡Hola!

—¿Eres tú?—, preguntó mi mujer.

—Sí—, corroboré.

Y ahí es donde me di cuenta de lo agotador que era ser yo. ¿Por qué no podía ser Javier Bardem?, por poner un ejemplo. No digo para siempre, digo para un rato. Que hubiera podido contestar a mi mujer:

—Sí, soy yo. Bardem.

Y que a ella le hubiera parecido normal. Quien dice Javier Bardem dice Marta Ortega, o Penélope Cruz.


¿Qué necesidad tenía yo de ser yo? Y de serlo toda la vida, porque llevo toda la vida siendo yo lo mismo que usted lleva toda la vida siendo usted. ¿Quién nos manda ser yo? ¿Qué necesidad tenemos de ser yo todo el rato? Ser yo todo el rato es como una condena a cadena perpetua. Como vivir en una habitación con una ventana única que da siempre al mismo paisaje interior, de donde sale un olor a coles hervidas. ¿A quién rayos se le ocurriría la idea del yo? A lo mejor no se le ocurrió a nadie, sino que un tipo descubrió el yo dentro de sí, como el que se descubre un bulto en la ingle, y no pudo evitar enseñárselo, asustado, al resto de la tribu. El bulto, que era el resultado de una infección muy contagiosa, se transmitió, y al poco todo el mundo tenía un yo que a veces se inflamaba dando lugar a situaciones difíciles. De modo que nuestro ancestro prehistórico entraba en la cueva y gritaba:

—¡Hola!

—¿Eres tú?—, preguntaba su cónyuge.

—Sí—, respondía él dando por supuesto que ella era ella porque, indefectiblemente, ella era ella como él era él. Ahí comenzó a desarrollarse algo muy enfermizo porque entre el yo y el tú deberíamos haber inventado un pronombre intermedio, que a mí me permitiera ser un poco tú y a ti un poco yo, en vez de funcionar como compartimentos estancos: yo aquí y tú ahí, separados por un muro gramatical. Que fluyéramos, en fin, porque no hay cosa que huela peor que un yo estancado.

"EL PENSAMIENTO VIVO DE AVERROES". Juan José Tamayo

Santo Tomás de Aquino confunde a Averroes', de Giovanni di Paolo (1445-1450) Andrés Martínez Lorca reivindica con maestría narrativa, ri...