domingo, 5 de octubre de 2025

"MENSAJE DE DAVID ADLER, JUDÍO EMBARCADO EN LA FLOTILLA RUMBO A GAZA ". David Adler

"Saludos desde la Flotilla Global Sumud mientras nos acercamos finalmente a Gaza.

Hoy les escribo una carta muy personal a todos ustedes: una carta sobre lo que significa para mí ser judío en una misión que llegará a la “Zona Roja” durante Yom Kippur, el día más sagrado del calendario judío.

Casi nunca escribo "como judío". Comparto el agotamiento de verme obligado a priorizar los sentimientos judíos, cuando se ha cometido un genocidio en nombre del "interés nacional" sionista y cuando activistas han sido detenidos, torturados y deportados en nombre de nuestra "seguridad".

Pero hoy me sentí obligado a escribir en ese registro, como uno de los únicos judíos en esta misión, que reúne a más de 500 personas de más de 40 países de todo el mundo.

Creo que el momento de nuestra flotilla no es casual. Al contrario, creo que es una bendición que nos acerquemos a la intercepción justo al inicio de Yom Kipur, nuestro día anual de expiación, que nos llama a reflexionar sobre nuestros pecados y cómo podemos repararlos con el espíritu del tikún olam.

¿Cómo podemos expiar lo que se ha cometido en nuestro nombre? ¿Cómo podemos buscar el perdón por los pecados que se multiplican cada hora, mientras las bombas y las balas llueven sobre Gaza? ¿Cómo podríamos tomar en serio nuestro mandato de "sanar el mundo" cuando el Estado de Israel está tan decidido a destruirlo?

Si hay algo de la Torá que aún recuerdo, es esta obligación que nos impone: “Justicia, justicia perseguirás”. ¿Cómo podríamos quedarnos de brazos cruzados mientras el Estado de Israel pervierte esta sagrada obligación, supervisando un holocausto del pueblo palestino?

Me uní a esta flotilla como cualquier otro delegado: para defender a la humanidad, antes de que sea demasiado tarde. Pero en Yom Kipur, recuerdo que también estoy aquí porque mi herencia judía lo exige.

Cuando era apenas un adolescente, mi abuelo Jacques Adler se unió a la resistencia parisina contra los nazis, arriesgando su vida para sabotear sus operaciones, mientras sus amigos y familiares eran enviados a la muerte en campos de concentración.

Esa es la tradición a la que estoy llamado, y la definición de “justicia” que siento que es fiel a mi identidad judía: la misma furia genocida que atacó a mis antepasados ​​ahora es asumida por sus principales víctimas.

Yom Kipur es un día de ayuno, una forma de manifestar nuestra expiación en forma física. Pero durante los últimos dos años, la población hambrienta de Gaza no ha tenido más remedio que privarse de su pan de cada día.

Si las fuerzas israelíes nos interceptan en Yom Kipur, que vean lo que es la verdadera expiación. No ayunar cómodamente mientras matan de hambre a sus vecinos. No rezar con seguridad mientras lanzan bombas sobre sus cabezas. La expiación implica acción.

Así, mientras el sol se pone esta noche y comienza el ayuno, espero que mis compañeros judíos se unan a mí para redefinir su enfoque de la expiación, junto con la oración silenciosa, y hacia una acción valiente para poner fin a este horrible genocidio.

G'mar chatima tova."


sábado, 4 de octubre de 2025

"EL NEGACIONISMO COMO IDEOLOGÍA". Miguel Urbán, Público, 29 AGO 2025

Imagen de archivo de una pintada que dice
'Yo no creo en el cambio climático'
El negacionismo está de moda. Solo hay que darse una vuelta por las redes sociales o por buena parte de los programas de famosos podcasters para escuchar todo tipo de teorías negacionistas. Aunque creencias más o menos exóticas, más o menos conspiranoicas, han existido siempre, el negacionismo se está convirtiendo en una suerte de ideología con un amplio repertorio temático que abarca desde los movimientos antivacunas, el terraplanismo, el negacionismo climático, el creacionismo (que afirma la imposibilidad científica de la teoría de la evolución), hasta los negacionistas de genocidios tan dispares como la conquista de América o el que actualmente está perpetrando Israel en Gaza. De hecho, el negacionismo moderno surge justamente de la negación de un genocidio, hundiendo sus raíces en la Francia de la posguerra como un movimiento de revisionismo histórico destinado a deslegitimar las evidencias del Holocausto perpetrado por el nazismo.

Así, al hablar del negacionismo como ideología, me refiero a una actitud que va más allá de una decisión personal de un individuo como mecanismo de defensa psicológico —ignorar la realidad de una situación que nos produce aversión o angustia—. Se trata de un posicionamiento activo contra evidencias, realidades y hechos históricos o naturales relevantes, con la intención de influir en los procesos sociales y políticos para favorecer determinados intereses. En este sentido, son conocidos y están documentados los esfuerzos del poder corporativo para impulsar la ideología del negacionismo como una forma de agnotología activa destinada a sembrar dudas: desde los efectos del tabaco sobre la salud en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado hasta el carácter antropogénico del cambio climático.

Un informe publicado hace unos años por Greenpeace, Koch Industries: Secretly Funding the Climate Denial Machine, mostró cómo grandes multinacionales norteamericanas ligadas a la energía fósil son el cerebro y la fuente de financiación del negacionismo climático. Entre estos mecenas ultraconservadores destacan los hermanos Koch, pertenecientes a una estirpe petrolera que llegó a ser la tercera fortuna del país. Los "Big Brothers" —como popularmente se les conocía— utilizaron parte de su fortuna para financiar una enorme maquinaria política ultraconservadora y negacionista climática.

Como explica John Cook, uno de los mayores expertos en el análisis y combate de la propaganda climática, los think tanks conservadores han sido una de las fuentes más prolíficas de desinformación, recibiendo cientos de millones de dólares de las empresas de combustibles fósiles para "atacar de modo general a la ciencia climática, ya fuera el consenso científico, los modelos climáticos, los datos sobre el clima o a los propios científicos". Estos think tanks conservadores han actuado como un auténtico cuarto de máquinas del negacionismo, que, aprovechando la emergencia de una especie de "política de la posverdad" —caracterizada por la aparición de burbujas informativas independientes, inmunes a los pesos y contrapesos que tradicionalmente funcionaban como árbitros en el espacio público—, han conseguido esparcir la ideología negacionista.

Un negacionismo que genera nuevas hegemonías que se oponen a los discursos dominantes y ponen en circulación otros conocimientos, otros valores y otras ideologías. Esta estrategia, como explica la profesora Luisa Martín Rojo, común en el discurso político, adquiere aquí rasgos especiales, sobre todo en la manera en que moviliza la sospecha y la conspiración, y en las fuertes emociones que ambas desatan: el odio y el miedo.

Una estrategia discursiva que se imbrica en la nueva sociedad de la "información", basada en el binomio nuevas tecnologías–internet, en un contexto informativo definido por la sobreabundancia, la inmediatez y el culto a la brevedad. Un ecosistema donde la innovación tecnológica responde a los intereses subterráneos de las grandes empresas, beneficiadas por este desplazamiento de lo real a lo virtual. Donde las personas pueden elegir su fuente de información de acuerdo con sus propias opiniones y prejuicios, en una suerte de inviolabilidad ideológica que es también una forma de autismo informativo que favorece la extensión del negacionismo.

Así, en las redes sociales, la propia exposición a la información —inseparable de la conexión y desconexión con otros usuarios mediada previamente por algoritmos diseñados para personalizar la experiencia del usuario, mostrando contenido que probablemente le guste o con el que interactúe— crea una especie de "burbuja" informativa. Una situación que favorece el modelo conocido como "cámara de eco", donde solo encontramos información u opiniones que refuerzan nuestras propias creencias o puntos de vista, limitando la exposición a perspectivas diversas.

En este sentido, el consumo de información se convierte, en parte, en una experiencia comunitaria condicionada por los lazos que se crean y se deshacen en relación con nuestras filias y fobias, en el marco de un espacio digital mediado por un algoritmo al servicio de los intereses del poder corporativo. Lo que favorece la creación de comunidades negacionistas: terraplanistas, antivacunas, negacionistas climáticos… que trascienden el marco del caso concreto para el que habían nacido y acaban naturalizando los discursos negacionistas, comprometiendo los límites entre "realidad" y "ficción". Porque ya no vale el escrutinio de la razón. Las palabras ya no sirven para designar lo que existe: estamos ante la extensión del negacionismo como ideología, como una forma irracional de estar y de ver el mundo que la extrema derecha está explotando como una palanca para arrastrar pasiones y votantes.

Ex eurodiputado por Anticapitalistas

viernes, 3 de octubre de 2025

"UN VÍDEO DE TU VIDA ENTERA". Irene Vallejo, La Diaria (Uruguay) 19 de septiembre 2025

Ramiro Alonso

Existe un deporte universal que todos practicamos, por perezosos y poco atléticos que seamos: intentar cambiar la forma de ser del prójimo. Empezamos a foguearnos con los padres y alcanzamos nuestras más altas cotas de entrega y dedicación con los hermanos, amigos, pareja e hijos. Lo que no es obstáculo para exigir tercamente que los demás nos quieran tal y como somos. Estas contradicciones tienden a volvernos belicosos y provocar escenas en bucle: modelar el carácter ajeno es una modalidad de alto riesgo.

Aristóteles afirmó que el rasgo más característico del ser humano es la razón. O sea, querer siempre tener razón. Tras años de adiestramiento hogareño, la escritora Shirley Jackson publicó un breve manual de instrucciones titulado “Cómo disfrutar de una discusión familiar”. Todas las familias, escribe, se transforman alguna vez en grupos de pendencieros gritones. Para participar en la batalla conviene aportar una gran indignación. Es importante usar con agilidad un repertorio básico de recursos: la negación e inmediata contraacusación, la caricatura del contrincante, el historial de agravios y las predicciones alarmantes como amenaza. Sólo los padres están autorizados a decir: haz lo que digo, pero no lo que hago. Una vez se han fijado con claridad estas reglas básicas, la discusión familiar fluye con rapidez y sin esfuerzo.

En este tipo de torneos no hay victoria posible, sólo grados de derrota. En algún momento de la refriega inevitablemente la discusión encalla en un acontecimiento pasado sobre el que existen recuerdos opuestos. Ted Chiang ofrece en su libro Exhalación una solución tecnológica a este recurrente problema del buen drama familiar. Remem es una cámara personal que captura un video continuo de tu vida entera, un accesorio que promete ayudarte a pronunciar las palabras más exultantes de nuestro vocabulario: ¿ves que yo tenía razón? “Remem despliega los acontecimientos en la esquina inferior izquierda de tu campo de visión. Si dices: ‘¿Te acuerdas de cuando bailamos la conga en la boda?’, Remem recupera el video y te lo muestra”. Las grabaciones permiten resolver esas discusiones sobre quién había dicho tal o cual cosa, y así demostrar su error a los demás. Sin embargo, disponer de un registro exhaustivo de lo vivido tiene algunos inconvenientes. Al mirarse a través del ojo impasible de la videocámara, el protagonista debe afrontar descubrimientos inquietantes sobre sí mismo. Casi nada sucedió del todo como recordaba, casi siempre se comportó peor de lo que creía. Así comprende que una de las principales tareas de la memoria es elegir qué olvidar, es decir, suavizar la dureza del pasado –como los filtros o los programas de retoque– para permitirnos seguir caminando.

Hubo una vez un escultor llamado Pigmalión obsesionado por crear una estatua con la forma exacta de sus sueños. Al terminar se había enamorado de ella, y rogó a la diosa del amor –en la Antigua Grecia las competencias divinas estaban ya claramente transferidas– encontrar a una mujer idéntica a ese frío bloque de mármol. Afrodita accedió a su súplica dando vida a la piedra. Desde entonces, esta leyenda simboliza el amor posesivo que necesita esculpir el mundo a imagen y semejanza de sus deseos. En las versiones más modernas del mito, desde la adaptación teatral Pygmalion de Bernard Shaw hasta Vértigo de Hitchcock o La piel que habito de Almodóvar, esas historias suelen tener mal fin.

Desde la perspectiva contraria, el filósofo Epicteto creía que somos nosotros quienes debemos adaptar nuestras expectativas a la realidad, porque la pasión transformadora enturbia nuestras relaciones. Afirmaba que no deberíamos malgastar esfuerzos criticando u oponiéndonos al modo de ser de los demás, así nos ahorraremos el monótono dolor de las decepciones evitables. Las personas que nos rodean son lo que son, no lo que deseamos que sean ni lo que parecían ser. Como sabía incluso Pigmalión, que talló sus anhelos en mármol, modelar a los vivos es imposible. Todos queremos cambiar al prójimo para evitar cambiar nosotros: somos inconformistas que no soportan la insumisión.

jueves, 2 de octubre de 2025

"PERDER LAS ESENCIAS". Sergio del Molino, El País 1 OCT 2025

Una calle del madrileño barrio de Lavapiés

Los inmigrantes han destruido la identidad del barrio, y bien destruida está

Terminé muy pronto una gestión y me quedaba una hora larga hasta mi cita. Como estaba al lado del barrio donde vivió mi abuelo hace un siglo, me puse a callejear. Hacía más de 10 años que no lo pisaba, y a esos sitios hay que volver de vez en cuando, en terapia proustiana, por si te viene una epifanía de las que te arreglan el mes.

Sabiendo que el barrio era prácticamente un gueto de extranjeros, marchaba con la esperanza de dar la razón a la mayoría de opinantes españoles y confirmar sus sospechas de que todo tiempo pasado fue mejor. Contrastaría mis recuerdos infantiles —de cuando visitábamos a la familia— y los juveniles —de cuando cerraba los bares—, y entonaría una égloga por la ciudad que se fue, por los ultramarinos, los vecinos a la fresca en sillas de enea y las paradas del mercado llenas de chorizos de pueblo y de otros productos hoy proscritos por los cardiólogos. Qué bien, me dije, por fin seré un español preocupado por la pérdida de sus raíces. Quería entrar en un bar de toda la vida y encararme con el camarero chino: “Mire, esto no son papas bravas ni mansas”.

Para mi desgracia, mis recuerdos infantiles y juveniles eran mucho más sórdidos que lo que se me aparecía en el paseo. Yo recordaba un barrio lleno de yonquis y tomado por prostitutas callejeras al anochecer. Recordaba a chavales pinchándose en los portales, y a mi tía encerrada en casa, con miedo a salir en cuanto oscurecía un poco. Casi todos los abuelos vivían enclaustrados. Recordaba comercios arruinados y bares sucios donde agonizaban alcohólicos colgados de una tragaperras. Luego supe que esto sucedía en muchos barrios históricos de España, que se desconchaban y se retorcían de desempleo, sida y heroína.

El barrio de hoy está lleno de comercio: bazares chinos, carnicerías halal y fruterías tropicales. Han abierto hoteles, porque algunas partes andan ya gentrificadas (y ese es el problema: que los gentrificadores quieren cambiar a los rumanos y a los marroquíes por noruegos y franceses con maletas con ruedas, y necesitan inventarse un infierno para que la Policía les haga el recambio), y los bares que antes asustaban hoy son cafeterías limpias y apetitosas donde los viejos echan la partida y bromean con el dueño, al que llaman Paco, aunque nació en Chengdú o en Cluj Napoca. Se han perdido las esencias, y bien perdidas están. Ojalá se pierdan para siempre y no vuelvan nunca los barrios de la mugre y el miedo por los que Vox y el PP de Feijóo sienten tanta nostalgia.

miércoles, 1 de octubre de 2025

"ABASCAL Y LA MODA DE SER IDIOTA". David Torres, Público 31/08/2025

Dicen que está de moda ser un canalla, un desalmado, un malote, pero lo cierto es que la auténtica sensación, lo último de lo último, consiste en ser idiota. Es difícil saber que vino antes, si el huevo de la gilipollez o la gallina de la depravación, una discusión que se remonta por lo menos a Sócrates, quien ya advertía que no se podía ser malo a sabiendas, que la maldad no es más que una consecuencia de la ignorancia. Sócrates hubiese flipado mucho en nuestra época, cuando, en lugar de una pregunta desde el Ágora, le habría caído un chaparrón de memes, insultos, collejas virtuales y videos de gatitos. Sócrates es que no conocía a Abascal, a Milei, a Trump o a Ayuso, y eso que salió ganando. Llega a conocerlos y, en vez de beberse la cicuta, se corta el cuello con una piedra y se tira desde lo alto de la Acrópolis.

Hablando de Sócrates y de la Acrópolis, conviene recordar que el término "idiota" proviene del griego "idiotes" y servía para catalogar a aquellos ciudadanos que preferían no involucrarse en política, como si la cosa no fuese con ellos. El concepto ha ido ampliándose con el tiempo y hoy día ha triunfado en muchos otros ámbitos, aunque la periodista Sarah Santaolalla volvió a emplearlo con su significado original en un comentario referido a los votantes de derechas que no se molestan en contrastar información sobre los incendios y que se tragan las mierdas dobladas. El adjetivo molestó mucho a los académicos del PP, gente muy educada, siempre respetuosa y precisa con el lenguaje que, en los últimos años, ha calificado al presidente del gobierno sucesivamente de "traidor", "cobarde", "felón", "etarra" e "hijo de puta".

Puesto que las discusiones etimológicas no llevan a ningún sitio, resulta más esclarecedor analizar la conducta de un idiota y observar los mecanismos psicológicos que lo conducen al éxito. Sospecho que el principal, si no el único, es la confianza ciega, la absoluta seguridad en una idiotez que no conoce vacilaciones, dudas ni desánimos. Por ejemplo, una noche iba yo con un amigo a La Fontana de Oro, una taberna histórica cercana a la Puerta del Sol donde todavía sirven Guiness de grifo, cuando un tipo que subía las escaleras me preguntó a voces si sabía por qué se llamaba así. "Claro", respondí, "es el nombre de una novela de Galdós". El tipo, que era un Cayetano de antología, pijo desde el rizo de la gomina hasta la punta de los mocasines, se echó a reír estruendosamente y soltó: "De Valle-Inclán, hombre, de Valle-Inclán".

Lo dijo con tal convicción que me hizo recular, pese a que yo estaba convencido de que se trataba de Galdós: como que en un rincón de la taberna hay no una sino dos figuras de cera que recuerdan al insigne escritor. Sin embargo, aquel botarate hablaba tan imbuido de certidumbre, tan impermeable al titubeo, que consulté el dato en el móvil para corroborar lo que ya sabía: que La Fontana de Oro es el título de la primera novela de Galdós, publicada en 1870, donde sale una descripción de una fonda sita en el mismo lugar que ya tenía casi un siglo de existencia. Esa es la auténtica señal del idiota a las tres, el idiota pata negra, el idiota a la enésima potencia: que está tan seguro de sus gilipolleces, tan repleto de imbecilidad, que no le cabe la menor duda.

Entre los grandes éxitos de esta moda de ser idiota destacan las vacunas, la Tierra plana, la no llegada del hombre a la Luna, el socialismo de Adolf Hitler y la invasión subrepticia de Europa a través del top manta. Abascal, un auténtico especialista en el tema, soltó una idiotez tan tremenda la semana pasada que contenía tres o cuatro idioteces más, como una carga de profundidad con varias minas dentro estallando una detrás de otra. Que hay que hundir el Open Arms porque es un barco negrero. Que esos negros que vienen a invadir Europa a base de collares y camisetas están financiados por multimillonarios. Que esos barcos negreros atraen a las multitudes de inmigrantes que se lanzan alegremente a una patera, convencidos de que el océano es una charca y que al otro lado les espera una paguita. No es fácil saber si detrás de estas afirmaciones está la idiotez, la ignorancia o la maldad, quizá todo junto, aunque dada la gran cantidad de mala gente que está compartiendo el meme del Open Arms hundido en el fondo del mar, de lo que no cabe duda alguna es de que ser idiota está de moda.

domingo, 28 de septiembre de 2025

‘LA SOCIEDAD DE LA DESCONFIANZA', de Victoria Camps: un diagnóstico incómodo para tiempos líquidos". Máriam Martínez-Bascuñáhn, El País 16 SEPT 2025

En su nuevo ensayo, la filósofa desarma meticulosamente el edificio ideológico del neoliberalismo que nos ha vendido la independencia como virtud suprema

Victoria Camps regresa con un libro que duele en los lugares precisos. La sociedad de la desconfianza es un bisturí filosófico aplicado sobre el cuerpo social enfermo, donde cada página confirma lo que intuíamos pero preferíamos no nombrar: hemos construido una civilización de soledades conectadas, de individuos que confunden la autonomía con el aislamiento y la libertad con la irresponsabilidad.

El diagnóstico de Camps es certero y demoledor. La libertad reducida a puro egoísmo no es libertad, sentencia, y desde esta premisa desarma meticulosamente el edificio ideológico del neoliberalismo que nos ha vendido la independencia como virtud suprema. La filósofa catalana identifica en el individualismo extremo la raíz de nuestra incapacidad para confiar: en las instituciones, en los otros, en nosotros mismos. No es casualidad que vivamos la época de los fact-checkers y los departamentos de verificación; cuando la confianza se evapora, todo requiere demostración.

El recorrido intelectual es ambicioso: desde la bioética hasta la educación, del envejecimiento a la comunicación política. Camps construye su argumento apoyándose en un amplio espectro de referencias —de Aristóteles a Byung-Chul Han, de Kant a Michael Sandel— sin perderse en el academicismo. Su prosa mantiene esa claridad que tanto reclama a políticos y tecnócratas, esa “cortesía del filósofo” que Ortega exigía y que hoy brilla por su ausencia en el discurso público.

Particularmente sugerente resulta su análisis del “libertarismo” contemporáneo, esa perversión de la tradición liberal que reduce la libertad positiva —la capacidad de construir una vida con sentido— a mera libertad negativa: hacer lo que me da la gana mientras no me pillen. Es aquí donde su crítica alcanza dimensiones políticas concretas, señalando cómo el abandono de las políticas redistributivas por parte de la izquierda ha dejado el campo libre a populismos que prometen comunidad a cambio de exclusión.

Sin embargo, su argumento —que las políticas de reconocimiento han desplazado las de redistribución— resulta más familiar de lo que reconoce, y su crítica adolece de cierta rigidez binaria. Para Camps no es que ambas luchas sean incompatibles, sino que cuestiona el orden de prioridades. Como sostiene la autora, “la igualdad material es el requisito más importante para que, una vez conseguida, desaparezcan las diferencias discriminatorias de todo tipo”. Sin embargo, esta secuencialidad puede ser problemática: presupone que se puede alcanzar igualdad material sin abordar simultáneamente las estructuras culturales que producen y legitiman esa desigualdad. Su propuesta de “identidades inclusivas enmarcadas en la identidad humana común” corre el riesgo de reproducir una falsa universalidad que históricamente ha servido para invisibilizar diferencias que requieren atención específica. Una trabajadora doméstica racializada no experimenta primero discriminación económica y después cultural: ambas formas de opresión operan simultáneamente y se constituyen mutuamente. Sus bajos salarios están directamente conectados con estereotipos sobre mujeres, inmigrantes y trabajo de cuidados, haciendo artificial cualquier intento de jerarquizar estas dimensiones. La discriminación no funciona por capas secuenciales sino como una estructura integrada donde lo material y lo cultural se refuerzan constantemente entre sí.

Esta tensión se hace más evidente cuando Camps defiende la necesidad de “acercarse a las personas” mientras critica las identidades que precisamente visibilizan a quienes han estado más lejos del centro. Hay algo paradójico en pedir reconocimiento de la interdependencia humana mientras se cuestiona el reconocimiento de ciertas formas de dependencia y vulnerabilidad específicas.

No obstante, estos matices no invalidan la potencia del proyecto intelectual. El libro funciona como un espejo incómodo que refleja nuestras contradicciones: queremos comunidad pero practicamos el individualismo, exigimos transparencia pero huimos del escrutinio, pedimos liderazgo pero despreciamos la autoridad. Camps no ofrece recetas fáciles —lo cual se agradece en tiempos de gurús y coaches— sino que nos devuelve la responsabilidad de hacernos “la pregunta moral por antonomasia: ¿qué debo hacer?”La sociedad de la desconfianza es, en última instancia, un libro necesario. No porque resuelva nuestros dilemas, sino porque los formula con la precisión suficiente para que dejemos de evitarlos. En una época que confunde el ruido con la comunicación y la opinión con el pensamiento, Camps nos recuerda que filosofar sigue siendo un acto de resistencia. O como dice Prometeo en las páginas finales: tal vez el problema no fue dar la libertad a los humanos, sino que estos no han aprendido a ejercerla como autonomía moral responsable.

sábado, 27 de septiembre de 2025

"TIERRA SIN NOSOTROS". Irene Vallejo, El País 21 SEPT 2025

FERNANDO VICENTE
La exaltación de la fuerza está de regreso. Nos impulsan a admirar el poder sin restricciones y la crueldad, que es su despliegue

Nunca más, nunca más. Lo repetía el cuervo implacable en el poema de Poe: “Nunca más”. Lo mismo dijeron millones de voces tras la pleamar del horror, tras la Shoah y —menos recordado— el Holocausto gitano. Sin embargo, la advertencia de aquel pájaro fatal se desvanece una y otra vez: los nuncas y los siempres humanos son efímeros cual pluma al viento. Desde entonces, el monstruo del genocidio ha vuelto a despertar. Exterminios en Camboya, en Guatemala, en Ruanda, en Srebrenica, hoy en Gaza… Con el mismo arsenal de pretendidas justificaciones, los ejércitos siguen masacrando a civiles.

La exaltación de la fuerza está de regreso. Nos impulsan a admirar el poder sin restricciones y la crueldad, que es su despliegue. Nada tiene de novedoso: la sed de destrucción total y las matanzas masivas contra pueblos enteros tienen precedentes antiguos. Hace casi 20 siglos, encontramos una temprana mención a los crímenes contra la humanidad. En el libro VII de su Historia natural, Plinio el Viejo alude a Julio César y le atribuye humani generis iniuriam, es decir, un ultraje, un daño, una afrenta contra el género humano.

Durante sus campañas militares, mientras negociaba una tregua con los usipetes y tencteros, César lanzó un ataque indiscriminado. Lo sabemos por la crónica de sus hazañas, La guerra de las Galias, que escribía para afianzar su propia imagen de general glorioso. Su obra inauguró el recurso de hablar sobre sí mismo en tercera persona, para ocultar —insignificante detalle— que el cronista imparcial y el jefe máximo eran la misma persona. Según contó, “nuestros soldados irrumpieron en el campamento. Una multitud de personas —ancianos, mujeres y niños— huyó en todas direcciones. César envió a la caballería para darles caza. Muchos de ellos fueron asesinados; el resto se arrojó al río y pereció allí, vencido por el pánico, el agotamiento y la fuerza de la corriente". Orgulloso de su gesta, César se jactaba de haber asesinado a más de un millón de combatientes en las Galias, y a 430.000 almas en esa sola acción, a orillas del río ensangrentado. Más allá de la veracidad de las cifras, lo que importa e impacta es la ostentosa satisfacción del general por su ataque a sangre fría contra pueblos desprevenidos con el propósito de aniquilarlos por completo.

A lo largo de la guerra, César entendió el potencial de la hambruna para causar la muerte de familias, incluso de naciones. Gran parte de sus víctimas sucumbió por hambre cuando ordenó confiscar y destruir cosechas, además de quemar asentamientos y granjas. Otras murieron congeladas porque las legiones incendiaron edificios, aldeas y pueblos, expulsando a sus habitantes a la intemperie invernal. Enormes bosques fueron talados para impedirles buscar refugio en la compasión de los árboles. La marcha del ejército romano a través de los territorios enemigos los convirtió en paisajes de devastación y terror.

La masacre de los usipetes y tencteros sacudió Roma. Se nombró una comisión para investigar las acciones militares en las Galias. Catón el Joven exigió que el sanguinario caudillo fuera entregado a los galos por sus delitos. Aquel exterminio parecía violar incluso las laxas ideas romanas sobre las leyes de la guerra. Sin embargo, Julio César, precoz maestro de propagandistas, estaba convencido de que el relato de esas atrocidades afianzaría su reputación como líder invencible. Se aseguró de que sus compatriotas supieran que había sometido a varios millones de personas, muchas asesinadas o vendidas como esclavas, cuantificando minuciosamente sus matanzas. La magnitud de sus victorias acalló las voces críticas y lavó sus crímenes: desde antiguo, el éxito acostumbra a tramitar indultos instantáneos. Partiendo de las cifras de Plutarco y Apiano, se calcula que los ejércitos romanos asesinaron a un cuarto de la población total gala: numerosos historiadores acusan sin ambages a César de genocidio. Como tantas veces ha ocurrido, acto seguido el flamante y admirado general volvió las armas no contra nuevos enemigos extranjeros, sino contra los propios romanos, en una guerra civil. CONTINUAR LEYENDO

"EL PRIVILEGIO DE CRUZAR UNA FRONTERA". Imanol Zubero, elDiario.es

Marruecos desarrolla políticas para conseguir que cada vez más personas procedentes de Europa crucemos su frontera; Europa desarrolla políti...