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| FRAN PULIDO |
Venden como conveniencia el sueño de un adolescente aviejado y misántropo que no quiere salir de su cuarto y tener al instante todo lo que desea sin la molestia de intercambiar una palabra con esos inoportunos humanos
Hay seres que se ganan toda nuestra confianza desde el momento mismo en que los conocemos. Le pasó al reportero de The New York Times Eli Tan, cuando se encontró por primera vez con el que iba a ser su nuevo asistente, que respondía al simpático apodo de Wren, el nombre de un pajarillo marrón que en español se llama chochín. “Hola, Wren”, recuerda que le dijo. “Hola, Eli, ¿qué puedo hacer por ti?” El caso es que podía hacer de todo, en cuanto Eli confió en él lo suficiente para concederle el manejo de su tarjeta de crédito, su número de cuenta bancaria, sus variadas contraseñas de internet, esas que todos olvidamos nada más establecerlas. La vida está llena de complicaciones grandes y pequeñas, de pejigueras, de tiempos muertos al teléfono esperando a que una musiquilla infame dé paso a una voz aproximadamente humana. Justo en esas tareas Wren unía la eficacia a la paciencia, y hasta un grado encomiable de iniciativa personal. Eli le mandó la foto de una multa de aparcamiento y Wren se encargó de pagarla de inmediato, consiguiendo así que su importe se redujera a la mitad. ¿Quién en el máximo de su juventud profesional tiene tiempo de revisar uno por uno los cargos de pagos, a veces ínfimos, de la cuenta corriente? Cumpliendo instrucciones de Eli, Wren fue repasando, como un meticuloso contable, las listas de los pagos de su jefe, descubriendo que algunos estaban duplicados, y que podía recuperar, con una sencilla gestión, los 49,99 dólares que a Eli no le habían devuelto por el primer mes de una suscripción gratuita que luego, por despiste, no había confirmado.
A Eli, como dedujo muy pronto Wren, le gusta mucho cocinar de vez en cuando platos de cierto mérito culinario, pero por desgracia le falta tiempo para hacerlo con tanta frecuencia como le gustaría. Así que cuando Eli le pidió que le buscara uno receta adecuada para él, Wren no tuvo que cavilar mucho para encontrarla, y conociendo la apretada agenda de su jefe —hoy en día todas las agendas están apretadas— tomó la iniciativa y encargó cada uno de los ingredientes necesarios en el supermercado Whole Foods, a donde acuden los profesionales urbanos con inquietudes alimentarias y cierto grado de conciencia ambiental.
En pocos días la confianza entre los dos iba adquiriendo la calidez de una amistad. “Wren”, le dijo Eli. “¿En qué crees que podría gastar esos 49 dólares con 99 centavos que ahorré gracias a ti?” ¿Quizás un donativo benéfico? ¿Una entrada para un partido interesante? Wren apenas lo dudó: en cierta tienda online de antigüedades se ofrecía un cuenco de metal pulido que a Eli, tan aficionado a la artesanía popular, podría encantarle. Ya se sabe que en los anticuarios el regateo es imprescindible. Astuto, persuasivo, Wren consiguió el cuenco por la mitad del precio etiquetado, de modo que acabó costando menos de los 49,99 que Eli tenía reservado para ese gasto.
Wren era una presencia útil y cordial en su vida. En él podía descargar, con alivio y sin queja, ese tipo de obligaciones que uno está siempre postergando: una cita inaplazable en el dentista, una gestión con la vidriosa compañía de seguros acerca de la factura. En ese tipo de llamadas, Wren desplegaba lo que podría considerarse una casi inocente picaresca. Para congraciarse con la voz al otro lado, ponía unas veces voz de hombre y otras de mujer, según su intuición le sugería. Cuando era varón se llamaba Brett; cuando era mujer, Hailey. Esa modesta impostura tenía efectos inmediatos, incluso en las ocasiones en que la voz de atención al cliente sonaba sospechosamente automática.
Aun trabajando en un periódico que junto a una web formidable sigue publicando una edición en papel, la verdad es que Eli, apenas con treinta años, tiene poca paciencia y todavía menos tiempo para la lectura, ni para casi nada, ni siquiera para su afición a fantasear sobre la alineación perfecta para su equipo de fútbol americano. Sabiendo eso, y conociendo a estas alturas sus prioridades informativas y sus inclinaciones, Wren le sugiere nombres posibles de jugadores victoriosos y aprovecha sus extraordinarias competencias tecnológicas y su dominio de las voces para hacerle a Eli un regalo sorpresa: un podcast matinal personalizado, en el que las noticias elegidas se las ofrece una pareja de locutores, Maya y Theo, los dos interpretados por el ventrílocuo Wren. A Eli le gustó mucho la sorpresa, pero dada la calidad de las prestaciones hasta ahora recibidas, consideró que podía mejorarse. “Wren”, cuenta que le dijo, “¿No podrían Maya y Theo cantar la sintonía del podcast con un poco más de animación?” “Eli” —en la voz animosa de Wren no se advertía un tono de queja— “para ser sinceros, Maya y Theo no saben llevar una melodía, y tienen que apoyarse sobre todo en el ritmo. Eso les quita encanto”.
No sabemos si a Eli le remordió la conciencia por ese reproche sin duda injusto que le hizo a Wren. Nuestro posible reflejo de empatía queda atenuado cuando descubrimos que Wren no existe, al menos no en la medida en que la suya no es una existencia biológica basada en el carbono, sino en el silicio, según la distinción inquietante que hace mi amigo el físico errante Luis Otero. Wren, con su nombre de pajarillo, es un avatar, o comoquiera que se llame, del agente de inteligencia artificial comercializado por Meta y bautizado con el nombre de Muse, que como sustantivo se traduce poéticamente por musa, pero que en su forma de verbo significa cavilar: “Estar absorto en los propios pensamientos, meditar”, dice el ingente diccionario American Heritage que tengo siempre abierto medievalmente sobre un atril, por puro gusto, porque da las definiciones más precisas que conozco, y porque es una bella y segura herramienta que llevo usando treinta y tantos años.
En la crónica donde Eli Tan cuenta las dos semanas pasadas en la compañía eficiente y fantasma de Wren, tan solo hace referencia a otro ser no digital: el dueño de la tienda de antigüedades, con el que durante unos minutos mantiene, dice, “una refrescante conversación humana”, como un entretenido pasatiempo en medio de todas las interacciones felizmente automáticas que Wren hace por él, aprovechando toda la información sobre todos los aspectos de su vida que el propio Tan lleva muchos años regalándole a Meta en sus cuentas de Facebook e Instagram. No eres el cliente: eres el producto; no eres el invitado, sino la cena. Ese benefactor de la humanidad, Mark Zuckerberg, que según ha reconocido su empresa ante la justicia, ha arruinado millones de vidas de niños y adolescentes por una monstruosa codicia, ha dicho del agente Muse, que tanto entusiasma al reportero Eli Tan: “Trabaja 24/7 para ayudarte a cumplir tus objetivos, a mejorar tu vida, tu salud, tus relaciones personales, tus finanzas. Ayuda al empoderamiento personal”. Es más bien el sueño de un adolescente aviejado y misántropo que no quiere salir de su cuarto y tener al instante todo lo que desea sin la molestia de intercambiar una palabra con esos seres inoportunos, los demás miembros de la especie humana, los que se encuentran al azar por la calle cuando van al mercado, los que charlan un rato con desconocidos en la cola de la panadería y al salir de ella pasan por el cine y deciden sobre la marcha comprar las entradas para una película, los que en una situación de injusticia o de emergencia serán capaces de agruparse y de cortar el tráfico y arriesgarse a ser apaleados por la policía queriendo salvar del desahucio a una vecina de 87 años que va en silla de ruedas y a la que una justicia ciega y cruel como un algoritmo de extorsión le niega el derecho a pasar los últimos días de su vida en la casa y en su barrio de siempre, con un calor vecinal de presencias humanas, sin la menor necesidad que un robot mercenario viniera a tejer en torno suyo un simulacro helado de compañía.

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