La fascinación que produjo el eclipse vino a demostrarnos que no somos de aquí. Ni de aquí abajo ni, probablemente, del universo. ¿A quién le fascina lo propio? Nos fascina un cuadro de Picasso porque no nos pertenece, aunque seamos sus propietarios. Nos fascina un animal salvaje porque pertenece a un orden del que hemos sido expulsados o al que jamás pertenecimos. El Sol, en cambio, creíamos que era nuestro. También la Luna. Los hemos incorporado al mobiliario doméstico como el frigorífico. Nadie llama a sus hijos para que contemplen cómo se hace de noche, aunque se trata de un acontecimiento monstruoso que la costumbre ha reducido a mera rutina.
Hasta que llega un eclipse.
Entonces salimos a la calle con esas gafas de no ver y miramos hacia arriba. Y lo que descubrimos es que esos dos objetos que creíamos nuestros no lo eran. Durante unos minutos, el cielo deja de formar parte del paisaje y recupera su condición de abismo. Algo que estaba domesticado se ha vuelto salvaje. De ahí esa mezcla de entusiasmo y desasosiego que nos proporcionó el eclipse. También ocurre con el cuerpo. No hay nada más nuestro, en apariencia, que una mano, pero basta mirarla fijamente durante medio minuto para que empiece a parecernos la de otro.
La hipnosis colectiva del pasado 12 de agosto demostró que somos extranjeros. Estamos en el universo como quien ocupa una habitación de hotel. Hemos colocado nuestras cosas en los cajones, hemos aprendido dónde está el interruptor del baño y nos quejamos del servicio. Pero no es nuestra casa. Nos morimos sin haber deshecho del todo la maleta.

No hay comentarios:
Publicar un comentario