Los graves problemas de vivienda simbolizan los peligros de una democracia en crisis que pierde el equilibrio entre igualdad y justicia social
Una vez más conviene insistir en el lema que popularizó a principios del siglo XXI el Foro Social Mundial: otro mundo es posible. Que la realidad nacional e internacional sea muy difícil no puede significar una renuncia a la hora de defender de manera activa los derechos sociales y de pedir que las transformaciones y la economía estén al servicio de la dignidad de los seres humanos. Por eso es de agradecer el activismo que estos días ha vuelto a las plazas. Resulta necesario buscar un papel político significativo a las movilizaciones progresistas.
No se trata de desconocer la complejidad de la situación que vivimos, capaz de definir como costumbre, normalidad y ley las desigualdades: una avaricia dispuesta a pisar a la gente hasta el punto de no respetar la situación de una anciana indefensa ante las subidas del alquiler y el desahucio. Es todo un símbolo. En el “Romance sonámbulo”, Federico García Lorca presentó a un personaje en crisis con dos versos certeros: “Pero yo ya no soy yo / ni mi casa es ya mi casa”. Los graves problemas de vivienda simbolizan los peligros de una democracia en crisis que pierde el equilibrio entre igualdad y justicia social para permitir la especulación sobre nuestras vidas.
Como digo, la meditación cultural nos enseña, bajo las polémicas y las protestas, que la situación de la democracia en el mundo es conflictiva. Personajes representativos de lo injusto hubo siempre y no son una novedad ni en EE.UU ni en España. Personajes dispuestos a favorecer la violencia, las guerras y la especulación no faltan en la historia del mundo. Pero tampoco es ese el problema más grave que tenemos. Desde luego es dañina la personalidad de líderes que convierten en un espectáculo su falta de ética y que, por ejemplo, abandonan a su suerte en una pandemia a los ancianos de las residencias, enfermos mayores sin derecho a un tratamiento médico, o que desmantelan la sanidad pública de la ciudadanía para facilitar el negocio de una empresa privada y un novio. Ese desmantelamiento sistemático de la sanidad y la educación pública es mucho más indecente que las cuentas oscuras en la compra de un ático, y conviene no olvidarlo al pensar en nuestros hijos y nuestros abuelos.
Pero tampoco conviene olvidar que la indecencia de un líder no es el problema más grave, ya que la verdadera crisis democrática se produce cuando el líder sin escrúpulos gana elecciones y recibe el apoyo de la gente. A los que creemos en la democracia y en el voto popular nos asusta menos el líder turbio que el apoyo de la gente a ese líder. Por eso las reflexiones culturales meditan hoy sobre todo lo que cabe en el concepto de subjetividad. No basta con decir que una cosa es la realidad y otra los bulos, porque las personas formamos parte de la realidad y existen hoy poderosos mecanismos para entrar en el interior de las personas con las mismas dinámicas que mueven las ruedas de molino en el exterior. Modos de cultivar los odios. Y no sólo se trata de hacer atractiva la indecencia, sino de provocar que las personas que se nieguen a ella prefieran encerrarse en su casa, dar lo público por perdido, todos son iguales, nada tiene arreglo.
Meditar las causas del cultivo íntimo y personal de la indecencia, como nueva fórmula de la superstición religiosa, es una tarea importante, una de las más importantes tareas de la filosofía desde que Etienne de La Boétie escribió su Discurso sobre la servidumbre voluntaria. La cultura debe seguir indagando sobre los mecanismos éticos, las redes sociales y todas las fórmulas de la manipulación. Pero conviene también abrir la puerta de las palabras, bajar las escaleras, salir a la calle y llegar hasta Puerta del Sol para levantar la voz y defender una vez más que otro mundo es posible. Los que encarnan y propagan la falta de escrúpulos lo tendrán mucho más fácil si las personas decentes se abstienen, se ocultan y se hunden en la desconfianza de sus propios valores. Debemos ser nosotros mismos, nosotras mismas, si queremos que nuestra casa sea nuestra plaza y nuestra casa.

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