miércoles, 16 de marzo de 2022

"PLAZAS DE TOROS, HOTELES, COLEGIOS: LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN DEL FRANQUISMO POR LOS QUE PASAS SIN SABER QUE LO FUERON" (elDiario.es)

 La dictadura abrió unos 300 recintos de este tipo como parte del sistema de represión sistematizada, pero los que a día de hoy están señalizados y recuerdan los horrores que albergaron son una minoría

El franquismo no tardó ni 24 horas en abrir el primer campo de concentración en España. Desde la sublevación militar en julio de 1936 hasta bien entrada la dictadura, fueron casi 300 los recintos de este tipo que funcionaron como método de represión. Aunque algunos fueron levantados desde cero, la mayoría eran edificios que ya existían: iglesias, conventos, colegios, dotaciones militares, plazas de toros, campos de fútbol o prisiones. Hoy en día algunos ya no se conservan y de otros se desconoce la ubicación exacta, pero hay un centenar que siguen usándose para lo que inicialmente fueron concebidos o se han reconvertido sin que nada recuerde qué fueron entonces.

Así lo ha documentado el periodista Carlos Hernández, cuya investigación plasmada en el libro Los campos de concentración de Franco ha servido para arrojar luz sobre un capítulo de la historia que el franquismo se encargó convenientemente de ocultar. Los campos señalizados –en los que al menos se ha instalado una placa que recuerde para qué fueron utilizados– son una excepción. Por la mayoría pasan, visitan, estudian, se alojan o acuden a espectáculos miles de ciudadanos al día sin ser conscientes del horror que encerraron esos mismos lugares concebidos para castigar al enemigo rojo.

Algunos se utilizan a día de hoy para los mismos fines con los que se construyeron en su momento y otros han sido remodelados y su uso se ha modificado. Hay prácticamente en todas las provincias. El PSOE ha registrado una iniciativa en el Senado para instar al Gobierno a que sean señalizados. Según confirma la Secretaría de Estado de Memoria Democrática, es algo que se tratará en la próxima Conferencia Sectorial. “Debe hacerse con las comunidades, por lo que abriremos una línea de colaboración y financiación con el objetivo de que los campos sean señalizados y memorializados”, afirma el secretario de Estado Fernando Martínez. CONTINUAR LEYENDO



martes, 15 de marzo de 2022

"ÁNGELA DAVIS. UNA VIDA LLENA DE FEMINISMO".


Angela Davis: "Cualquier feminismo que privilegia a aquellas que ya tienen privilegios está destinado a ser irrelevante para las mujeres pobres, las mujeres de clase trabajadora, las mujeres de color, las mujeres trans o las mujeres trans de color".

lunes, 14 de marzo de 2022

"LOS PARIAS DE LA TIERRA". Joseba Eceolaza (Gogoan-por una memoria digna). El Diario Vasco, 07.03.2022

ETA intentó emular al IRA en las peores cosas. En ocasiones, de aquella copia salió una versión chapucera del terrorismo que, sin embargo, añadió más drama al asunto. En 1993, tras la Declaración de Downing Street que se leería a posteriori como el prólogo del proceso de paz, hubo diecisiete meses de tregua que el IRA rompió con un atentado en el barrio financiero de Canary Wharf, en Londres. La negociación estaba estancada y el IRA pretendió demostrar su fuerza así, con una potente bomba. Murieron dos personas, Inam Bashir y John Jeffries.

ETA hizo prácticamente lo mismo en la tregua del 2006, que rompió con un atentado en la terminal 4 del aeropuerto de Barajas al colocar una furgoneta bomba en el aparcamiento. La fecha, un concurrido 30 de diciembre. En esa ocasión murieron dos hombres ecuatorianos, que por no tener no tenían ni un sitio para dormir dignamente, ya que habían pasado la noche en sus respectivos coches. Diego Armando Estacio había nacido en el barrio marginal de Machala, en Ecuador, en una casa con ladrillos desnudos y agujeros en las ventanas.

Carlos Alonso Palate fue el otro hombre que murió bajo los escombros de ese pulso sangriento que ETA diseñó. Carlos era de un pueblo de los Alpes ecuatorianos, lleno de polvo y rodeado de piedras. Picaihua se llama. Su madre viajó hasta Madrid para identificar el cuerpo de su hijo. Era la primera vez que salía de su pueblo porque, pobre hasta las cachas, era Carlos quien alimentaba a toda su familia. En su delirio, el IRA trató además de imponer una especie de seguridad pública propia. En ese trabajo al que se dedicaron con mano dura actuaban contra los robos y el consumo drogas. Pero violentos como eran el exceso solía imponerse a su orden.

ETA en esto no fue tampoco muy original. En su particular estrategia de seguridad pública, se dedicó a matar a personas a las que acusaba, en la mayoría de las ocasiones sin fundamento, de chivatos o traficantes. Así fue engordando la lista de damnificados por su locura. Juzgaban como lo hacían los Tribunales Militares del franquismo: ellos eran los jueces, marcaban las normas a seguir, no cabían pruebas contrarias ni existía un esfuerzo probatorio, no había posibilidad de recurso y, por supuesto, la sentencia estaba decidida de antemano. Alguien era chivato, policía secreta o camello que colaboraba con la Guardia Civil porque ETA lo decidía, y nada más.

En 1973 ETA mató a los jóvenes gallegos Fernando Quiroga, José Humberto Fouz y Jorge Juan García porque estando en San Juan de Luz los confundieron con policías. Sus cuerpos, 48 años, después aún están desaparecidos.

En 1981, otros tres chicos jóvenes que iban vendiendo libros a domicilio en Tolosa, Pedro Conrado, Juan Manuel Martínez Castaños e Ignacio Ibarguchi fueron asesinados al ser confundidos también con policías. Al panadero gallego que vivía en Rentería Cándido Cuña le intentaron matar dos veces: una en 1979 y otra en 1983. La acusación no podía ser más estrambótica: vender pan a la guardia civil. A Luis Domínguez Jiménez lo mataron en Bergara en 1980 por ser «amigo de guardias civiles». En 1983, en Irun asesinan a Lorenzo Mendizábal porque en su carnicería compraban guardias civiles. Ramón Díaz fue asesinado con una bomba lapa puesta en su humilde Ford Orion en el año 2001 porque era cocinero en el Cuartel de Loyola, nada más, solo por eso.

El pueblo de Pasajes es oscuro y lluvioso, hecho de inmigración y marineros. En 1985 Ángel Facal, Gelín, con 42 años, iba todas las tardes a comerse un bocadillo a un bar decadente del pueblo. Se quedaba fuera porque aprovechaba para liarse un porro y fumárselo. Delgado, con el pelo desarreglado y de barba larga, Ángel caminaba por el pueblo arrastrando los pies porque su dependencia de las drogas le pesaba más que la lluvia que caía incesante. A eso se dedicaba, a encontrar algo de dinero para comprarse el bocadillo y el hachís para el día, aunque últimamente se había pasado al caballo, hasta que el 26 de febrero Idoia López Riaño, La tigresa, le pegó un tiro en la cabeza. Gelín ya no volvería a ese bar a comer ese bocadillo porque ETA le había acusado de ser un instrumento de la represión del Estado opresor, a él, que no tenía ni para merendar en un bar viejo de su pueblo.

Cuanto más absurda era la acusación, más miedo se generaba y más intimidatorio se volvía el ambiente. El terror actúa como un disolvente de la libertad porque en el miedo, en la cabeza gacha, es donde crece con comodidad. Esos asesinatos de gente común buscaban precisamente eso, que todos fuéramos cobardes porque la pistola y la lengua acusatoria podían apuntarte en cualquier momento. Así que, entre acusaciones de tráfico de drogas y chivateo que estiraron hasta el infinito, ETA aplicó su propia justicia popular a docenas de personas. Una actitud que a veces escondía una chapuza evidente y otras el ánimo de ejercer un control social dictatorial. Porque también los parias de la tierra estuvieron bajo el yugo de ETA.

lunes, 7 de marzo de 2022

"NO ES CUESTIÓN DE AUTOESTIMA". Desirée Bela-Lobedde, Publico.es

Más de una y dos veces, cuando hablo de los comentarios que las mujeres negras recibimos relacionados con nuestra piel y nuestro cabello, aparece una persona blanca y me dice algo del estilo de "Tú lo que tienes que hacer es sentirte orgullosa de cómo eres. Déjales que digan lo que quieran".

Hace algún tiempo, creo que va para dos años o tal vez algo más, en una actividad organizada por el colectivo Black Barcelona sobre cómo criar a niños y niñas afrodescendientes, pasó algo similar. Después de las exposiciones, después de que distintas personas en el público hablásemos de cómo proveer de herramientas a nuestra descendencia para enfrentar el racismo que (sí, en serio) todavía existe, pide la palabra una persona blanca y nos dice lo que tenemos que hacer. Y lo que tenemos que hacer se convirtió en un mensaje bastante paternalista que ponía el foco en nuestra autoestima como comunidad: "Lo que tenéis que hacer es trabajar vuestra autoestima".

Viendo que esto de que aumentar la autoestima es un consejo que las personas suelen dar a menudo, hoy necesito desenredar un poco la madeja y explicarte mi punto de vista sobre esto del refuerzo de la autoestima de las personas africanas y afrodescendientes como estrategia para sobreposición y resistencia al racismo.

La cosa es un poco como sigue: ¿Estamos hablando de conductas y comentarios racistas que hacen terceras personas y lo que me dices que tengo que hacer es trabajar mi autoestima? Pues lo siento (no, no lo siento), pero tengo que decirte que no. Que no es cuestión de autoestima.

No es cuestión de autoestima y deja que te diga por qué para mí no lo es. Venga: pongamos que te hago caso y hago lo que tú me dices que tengo que hacer, y me meto en el Gimnasio de la Autoestima a trabajarla bien duro. Y tengo que trabajarla bien duro porque adquirir una mayor autoestima es un trabajo a largo plazo. Además, hasta donde yo sé, no se comercializan píldoras de efecto inmediato que me den un chute de autoestima. Así que, venga: hago lo que tú me dices que tengo que hacer y estoy trabajando mi autoestima.

A mí se me ocurre una pregunta y es la siguiente: ¿crees que mi autoestima trabajada va a hacer que otras personas dejen de hacer(me) comentarios racistas? ¿Crees de verdad que es así como funciona? ¿Cómo va a pasar? ¿Y mientras estoy trabajando mi autoestima, que ya hemos dicho que es un trabajo que lleva tiempo, qué hago para que los comentarios y actitudes racistas paren?

Tener una autoestima elevada, como mucho, me va a ayudar a responder ante la agresión racista. O quizás no. Porque yo tengo una autoestima elevada, sí; pero hay días que oigo el comentario racista del día, o me mandan el meme o el GIF racista de moda y, aunque tenga la autoestima elevada, no me apetece responder. Así que te pregunto de nuevo: ¿crees de verdad que es la alta autoestima de las personas negras la que tiene que acabar con el racismo?

Además, aquí está pasando otra cosa: ¿son las personas las que reciben las agresiones las que tienen que actuar? Esto lo vemos a todas horas con el feminismo, ¿no? Se nos ordena a las mujeres que cerremos bien las piernas o que vistamos de formas concretas si no queremos ser agredidas, cuando el mensaje tienen que ser para los hombres violadores. Así que se recurre al "mujer, tápate" en vez de al "hombre, no violes". Traslademos esto al feminismo: si a un hombre se le ocurriera decirle a una mujer que lo que tiene que hacer para sobreponerse al machismo de la sociedad es tener la autoestima alta, se liaría un embrollo de proporciones épicas. Pero como nos lo dicen a las personas racializadas no pasa nada.

Volvamos al racismo. Con el "tú lo que tienes que hacer es tener la autoestima alta", insisto, estás poniendo toda la carga y toda la responsabilidad en la persona negra (o latina, gitana, árabe, asiática). Y, ¿de verdad crees que la responsabilidad de dejar de recibir agresiones reside en quien sufre las agresiones? Porque, vale, de acuerdo, yo voy a trabajar mi autoestima, ¿pero qué vas a hacer tú? Determinar que la erradicación de una opresión es responsabilidad única y exclusivamente de quienes la viven es injusto. Y perverso. Es invisibilizar las discriminaciones que sufren determinadas personas, es negar la violencia que se ejerce sobre un colectivo. Y negar esa violencia es... (adivina) ¡violento! Es una de esas técnicas violentas que se ponen en marcha desde la fragilidad blanca cuando se habla sobre racismo y la cosa se pone incómoda.

Porque déjame que te lo recuerde: el racismo es una estructura más de esas (como el sexismo o el clasismo) sobre las que se ha construido la sociedad en la que vivimos hoy. La maquinaria racista se puso en marcha en el momento en el que Europa decidió salir en sus barcos a descubrir y evangelizar. Y desde entonces no ha parado. Se ha desarrollado, se ha sofisticado y sigue impregnándolo todo: la educación, la cultura, la política, el lenguaje… te hablo de racismo institucional, chiqui; pero tú sentencias que, para sobrevivir a todo esto, lo que yo tengo que hacer es aumentar mi autoestima, ¿no? Quienes tenemos que hacer el esfuerzo somos las personas racializadas. Aumentando nuestra autoestima desaparecerá esta estructura racista que nos imposibilita en tantos aspectos, ¿no? Pensemos un poquito más en esto, chiqui. Porque tal vez, si le damos algunas vueltas más, convenimos que, efectivamente, la autoestima (mi autoestima, la autoestima de todo un colectivo), no tiene mucho que ver con el racismo que se ejerce desde fuera.
https://blogs.publico.es/desenredando/2018/12/18/no-es-cuestion-de-autoestima/

viernes, 4 de marzo de 2022

"ARMAS EN LOS LABIOS: PUTIN Y LA INSOPORTABLE TERGIVESACIÓN DE LA HISTORIA". Iván Igartua, Catedrático de Filología Eslava

El recurso a la justificación histórica suele ser inversamente proporcional a la legitimidad o la justicia de las decisiones políticas que lo reclaman. Cuanto más dudosa es su licitud (hasta el extremo de ser a veces nula), tanto mayores serán la carga discursiva y la ristra de motivaciones supuestamente ancladas en la historia que se ofrecen como aval del atropello. La retórica que envuelve la agresión de Rusia a Ucrania, decretada por el presidente ruso Vladímir Putin el 24 de febrero de 2022, el año en que se cumple el centenario de la creación de la Unión Soviética, es un ejemplo trágicamente paradigmático de la manipulación falaz de la historia para justificar, cara a la galería (a su galería), una iniciativa bélica que viola la legalidad internacional (sin ir más lejos, el artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas) y que es, por encima de todo, un infame atentado contra la libertad de la sociedad ucraniana, contra la débil democracia aún incipiente del país y contra la dignidad humana.

Los argumentos que ha esgrimido el régimen autocrático de Rusia para lanzar el ataque a Ucrania son esencialmente geopolíticos, pero conformarse con la idea de que el Kremlin solo exige un cinturón de seguridad para sus ciudadanos frente a la tendencia expansiva de la OTAN supone menospreciar la megalomanía sovietizante de Putin (aparte de caer en la trampa de su marco mental). Imbuido de espíritu revanchista y neoimperial, el presidente ruso aspira a refundar un orden internacional que ha mermado notablemente el peso de Rusia en el mundo desde el hundimiento de la Unión Soviética, la gran catástrofe de la historia moderna, según Putin, y causa de un resentimiento que explica su visión y buena parte de sus actos. Lo suyo es, en el fondo, una rebelión en toda regla ante al fin de la historia anunciado en 1989 por Francis Fukuyama, esa clausura que entrañaba la generalización definitiva de las democracias y el declive irremediable de las tiranías (pronóstico que vino a ser, sin duda, prematuro). El fin liberal de la historia, así lo han entendido Putin y el Rasputin de Putin (el filósofo-estratega Alexander Duguin), representa su propio fin. Pero ellos calculan que aún están a tiempo de conjurar la amenaza.
La reinvención del pasado

El paso que ha dado Rusia en Ucrania es el más dramático desde la anexión de Crimea, aquel primer episodio de la recuperación a plazos de su área de influencia en los territorios eslavos orientales (sin los cuales no hay imperio que valga). Putin no ha dejado de repetir que los rusos y los ucranianos forman un mismo pueblo y deben compartir destino, con independencia, por supuesto, de lo que piensen y deseen estos últimos. A los bielorrusos (o rusos blancos, los del oeste) ni los menciona, los tiene bien atados por ahora. La ficción de la Gran Rusia imaginada por Putin arranca en la Rus de Kiev, primera configuración estatal de pueblos eslavos orientales, que data del siglo IX y cuyos príncipes fueron, al principio, de estirpe varega (es decir, germanos, no eslavos), como atestiguan sus nombres (Riúrik, Oleg, Olga, Igor), todos ellos de ascendencia germánica. Dentro de esa dinastía, Vladímir I el Grande (luego el Santo) convirtió la Rus de Kiev al cristianismo en el año 988 y su hijo Yarosláv I, apodado el Sabio, amplió sus territorios, inicialmente restringidos a parte de la Ucrania actual, hasta llegar, hacia 1054, a zonas septentrionales de lo que hoy es la Rusia europea.

Para Putin esa comunidad de partida resulta suficiente. Pero, por si fuera poco, niega la existencia de Ucrania al margen de Rusia, contra toda verdad histórica, hasta que –dice– Lenin crea su estado en 1922; antes no habría sido más que ‘Malorossiya’, la Rusia Pequeña o Menor, mero apéndice de la Madre Rusia. Silencia convenientemente la época en que Ucrania (o parte de ella, la antigua Rutenia) formó parte del Ducado Lituano (siglos XIV-XVI) y el hecho de que no fue hasta finales del siglo XVIII cuando el imperio ruso la engulló definitivamente. Ni una palabra, desde luego, de la hambruna de 1933, el ‘Holodomor’ (literalmente “muerte por hambre”) que se llevó por delante la vida de más de 3 millones de ucranianos. Tampoco de los procesos forzados de rusificación. Aunque Putin siga a rajatabla el principio orwelliano según el cual quien controla el presente controla también el pasado, la historia no puede ocultarse todo el tiempo, por más que se prohíban actividades como las de ‘Memorial’, asociación que investigaba la represión totalitaria de los tiempos soviéticos. ¿Es posible a estas alturas que el presidente ruso aún se pregunte por qué una mayoría de ucranianos rechaza a toda costa el abrazo aniquilante de su “hermano mayor”?

Una de las falsedades más indecentes que propala el líder ruso es la de que Ucrania está gobernada por nazis o neonazis desde 2014, año en que la sociedad ucraniana consiguió derrocar a Víktor Yanukóvich, la marioneta corrupta de Putin en Kiev. De cara a su público, la “desnazificación” de Ucrania es otro de los motivos que sustentan la agresión a un país soberano (en su jerga, “operación militar especial”; en plata, una ‘Blitzkrieg’ fallida) y la pretensión de derribar un gobierno libremente elegido bajo el pretexto, ominoso si no fuera delirante, de liberar a la población ucraniana de un régimen opresor, responsable de “genocidios”. La calumnia llega a extremos ultrajantes cuando la dirige al actual presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, hoy símbolo de la heroica resistencia de Ucrania, que es judío y varios de cuyos familiares fueron asesinados en el Holocausto. El gran historiador británico Antony Beevor ha manifestado estos días que el único que se está comportando como Hitler es Putin. La última vez que Kiev sufrió un bombardeo fue precisamente en 1941.
Un resentimiento histórico

El desprecio por la verdad de lo sucedido que suele acompañar al enmascaramiento de las iniquidades actuales tiende a coaligarse con una extraña necesidad de fundamentación historicista, cuando en realidad quien comete la tropelía o, como en este caso, el crimen los ejecuta tanto si hay como si no hay razones históricas para ello. Es en ese medio donde toma cuerpo la tentación de instrumentalizar el pasado falseándolo a conciencia, donde campa impune la insoportable –a menudo burda– tergiversación de la historia. El régimen ruso la practica a espuertas, sin pudor alguno, como corresponde a un fiel heredero de las épocas más terribles y oscuras de Rusia.

El resentimiento es una palanca nociva de acción política (y seguramente de cualquier clase de actividad), como se ha advertido desde Nietzsche y Scheler. El colapso de la Unión Soviética y sus efectos, de los que Putin hizo responsable también a Occidente, han sido fuente de un rencor duradero que, transformado en hostilidad hacia el supuesto causante de la ofensa, se cierne ahora como una sombra siniestra sobre Europa y la convivencia en el mundo. Ucrania, un país en el que Putin no ve patria sino patrimonio, es la primera víctima. Las consecuencias de la invasión son impredecibles. “No hay nada más peligroso en política que un resentido con talento”, dijo una vez Unamuno. En especial cuando ese talento despliega su inmenso arsenal destructivo y lo hace, además, amenazando al conjunto de la humanidad libre.

"Ni guerra entre hermanos ni conflicto inevitable: historiadores desmontan el revisionismo franquista 90 años después del golpe". Laura Prieto Gallego, Publico.es

El dictador Francisco Franco tras una celebración religiosa haciendo el saludo fascista El 18 de julio de 1936 se inicia la Guerra Civil y ...