lunes, 31 de enero de 2022

"HISTORIA DE UN PIRÓMANO". Un artículo de Iñaki Arrizabalaga publicado en Diario de Noticias de Navarra el 30.01.2022

Mientras tanto, el expirómano reconvertido a modélico bombero no tiene en esta nueva fase ni media palabra de humanidad o cercanía hacia todas las personas que murieron abrasadas en sus incendios, ni media sílaba de autocrítica por su pasado incendiario.Señor David Pla: qué felicidad que usted ya no sea un pirómano. Pero de ahí a ser bombero... 

Érase una vez un pirómano que por vocación de servicio al pueblo se dedicaba a quemar casas. En esos incendios moría gente que nunca tuvo que haber muerto. El pirómano sabía que estaba muriendo gente, pero a él eso le importaba bien poco, porque seguía quemando casas. Esa causa superior a él -su vocación de servicio al pueblo- estaba por encima de todas las cosas y personas y justificaba todos sus incendios. También había muchas personas que, contra toda lógica y toda ética, aplaudían al pirómano y le instaban a continuar quemando casas.Un día el pirómano y quienes le jaleaban dicen que ahora lo que toca con relación a la vocación de servicio al pueblo es apagar los incendios que él mismo ha ido causando durante tanto tiempo. Y al pirómano lo transforman en bombero. Quienes le apoyaban cuando quemaba casas nos dicen ahora que el pirómano es, en realidad, un bombero de trayectoria ejemplar, modélico apagafuegos a quien debemos reconocer su colaboración, porque sin ella los incendios que él mismo había creado nunca se apagarían. Si les recordamos que lo que pasó en esos incendios no se puede olvidar y que no se puede hacer borrón y cuenta nueva de su pasado de pirómano, entonces nos acusan de querer provocar otro incendio. Mientras tanto, el expirómano reconvertido a modélico bombero no tiene en esta nueva fase ni media palabra de humanidad o cercanía hacia todas las personas que murieron abrasadas en sus incendios, ni media sílaba de autocrítica por su pasado incendiario.Señor David Pla: qué felicidad que usted ya no sea un pirómano. Pero de ahí a ser bombero...

viernes, 28 de enero de 2022

"TENGO MIEDO". Por Patricia Simón. La Marea 13.03.2020

Me da miedo que se aplaudan decisiones coercitivas como el confinamiento forzoso que, incluso pudiendo ser necesario, son el resultado del fracaso de la propia ciudadanía para actuar cívicamente y evitar en la medida de sus posibilidades las interacciones sociales.

Me da miedo lo rápido que perdemos la confianza en la sociedad cuando tenemos miedo.

Me da miedo perder derechos democráticos por una medida excepcional –por muy excepcional que sea el escenario del coronavirus– y tener que vivir durante semanas bajo un sistema más autoritario.

Me da miedo saber que, en determinadas circunstancias, gran parte de la población apoyaría la instauración de un sistema autoritario por un supuesto bien común, así sea el de preservar la salud o, incluso, la vida.

Me da miedo percibir la presteza con la que nos convertimos en policías de la moral, en acusadores de nuestros vecinos y vecinas, en vigilantes de un Estado policial.

Me da miedo la velocidad con la que, perturbados por el miedo y la desconfianza, somos capaces de pensar que este tipo de crisis se gestionarían mejor bajo un régimen dictatorial.

Me da miedo el miedo que esta sociedad le tiene al miedo.

Me da miedo en lo que nos puede convertir el virus del miedo.

Me da miedo plantear estos miedos y ser acusada de inconsciente, ingenua, insolidaria, desleal.

Me da miedo que, cohibida por ese miedo, me calle estos miedos.

Me da miedo el miedo que le tenemos a las dudas.

Dudar no me da miedo.

lunes, 24 de enero de 2022

"EL MEÑIQUE QUE SOSTIENE EL MUNDO". Columna de Irene Vallejo en El País de 23.01.2022

Los problemas de salud mental no son —­contra lo que pensaba Tony Soprano— un síntoma propio de nuestros tiempos

Siendo todavía una niña, aprendiste a descifrar los disimulos de los adultos. Pronto supiste que tu madre ocultaba sus jaquecas como si fueran una debilidad inconfesable. En un extraño juego del escondite acechabas sus evasivas, sus pretextos, ese empeño por mantener el tipo aunque los esfuerzos agudizasen el dolor. Ahora, cuando tú misma protagonizas el teatro ante tu hijo, te preguntas por el perverso resorte que nos induce a sentirnos culpables de nuestras enfermedades.

En el inolvidable comienzo de Los Soprano, Tony sufre un ataque de ansiedad. No se avergüenza de la extorsión y el homicidio —meros gajes del oficio mafioso—, sino de su angustia. En la consulta de su psicóloga añora un pasado donde nadie se quejaba porque solo los blandengues sufrían enfermedades mentales: “Hoy en día, todo el mundo tiene que ir a psiquiatras y consejeros a hablar sobre sus problemas. Qué fue de Gary Cooper, el tipo fuerte y silencioso que no estaba en contacto con sus sentimientos. Simplemente hacía lo que tenía que hacer. Ahora todo es disfunción por aquí y disfunción por allá”. Irónicamente, el Gary Cooper de carne y hueso sufrió una depresión que lo postró en la cama de un hospital a comienzos de los años treinta, justo en los inicios de su fama. En esos mismos días, el actor explicó en una carta a su sobrino: “Dejé que la gente me atacara a través de mis emociones, mi simpatía, mis afectos”.

En nuestro imaginario, el pasado está siempre poblado por seres más fuertes que nosotros. Asociamos la Antigüedad romana con invencibles legionarios y generales impávidos. Sin embargo, la salud mental era una enorme fuente de preocupaciones, patentes en la literatura médica. Según Alejandro de Trales, una mujer vendaba su dedo meñique todos los días temiendo que, al doblarlo, el mundo se derrumbaría. Libanio se refiere a personas que “padecen una ansiedad generalizada de mente y cuerpo, viven afligidos por temblores y se estremecen de terror ante mensajes banales”. Galeno describe a un paciente que creía ser una olla de barro y temía romperse —como el cervantino licenciado Vidriera­—, mientras que otros se identificaban con Atlas cuando soportaba el peso del mundo sobre los hombros. Cuenta el mito griego que el titán Atlas se rebeló contra los dioses y fue condenado a cargar sobre su espalda la bóveda del cielo hasta acabar su vida petrificado, convertido en la cordillera norteafricana del mismo nombre. Simbólicamente, quien sufre hoy el zarpazo de la depresión hereda el dolor de aquel esfuerzo insoportable.

En realidad, esos tipos duros como roca —incluso por castigo— existen únicamente en las leyendas. Para los simples mortales del mundo antiguo, los médicos eran muy caros y aún más el tratamiento en casa, así que la población pobre tenía que conformarse con amuletos y exorcismos. Los enfermos más graves eran encerrados o expulsados a la intemperie, donde vivían como vagabundos. Los Evangelios narran la historia del endemoniado de Gerasa, que rompió los grillos y cadenas para huir al desierto. Cierto día Jesús conjuró a sus demonios y los arrojó a una piara de cerdos, que acto seguido se lanzaron por un precipicio. Aquella legión de animales no pudo soportar el suplicio que afligía a un solo ser humano: era la época del sálvese quien pueda.

Los problemas de salud mental no son —contra lo que pensaba Tony Soprano— un síntoma propio de nuestros tiempos líquidos; si nos adentramos en los textos históricos, descubrimos que han existido siempre. Según la Organización Mundial de la Salud, una de cada cuatro personas sufre un trastorno de este tipo en el mundo. El neurólogo Oliver Sacks llamó a estas patologías “enfermedades moralmente neutras”. En este escenario no caben disfraces, disimulos ni culpas. Lo real es el peso de las adversidades que afrontamos ­—llámense confinamiento, duelo, trabajo precario, violencia o estrés— y nuestros recursos para lidiar con las heridas que provocan. Insistir solo en las flaquezas de las personas deja a cada paciente en soledad. Los trastornos de la mente emergen por fin del silencio. Puede que los veamos como un enigma: no los convirtamos en estigma.

"MENTIRAS QUE CONTAMOS A LOS JÓVENES". Por Elia Barceló, publicado en elDiario.es el 23 de enero de 2022.

Les enseñamos que pueden conseguir lo que se propongan, que todo es cuestión de esfuerzo, de demostrar lo buenos que son. Y eso es terrible porque, cuando, por mucho que se esfuercen no lo consiguen, la conclusión que sacan es que la culpa es de ellos

Que las jóvenes generaciones están -en su mayoría- frustradas y decepcionadas con el mundo adulto que se han encontrado no es nada nuevo para nadie. No hay más que ver las estadísticas de paro juvenil, de depresiones y suicidios.

Es duro reconocer que la culpa la tenemos nosotros, los que pertenecemos a las generaciones anteriores y somos quienes los han educado en valores y creencias que -ahora nos damos cuenta- eran falsas. Bienintencionadas, pero falsas, igual que el mito de los Reyes Magos. Solo que, a diferencia de este, que en algún momento de la infancia se descubre y, a pesar de la mentira en la que hemos vivido hasta ese momento, nos deja un poso de ilusión, de felicidad, de magia e inocencia, las otras ideas que nos han ido inculcando a lo largo de la infancia y la adolescencia, cuando se revelan falsas, crean la sensación de manipulación y de engaño.

Me explico. Casi ningún padre o madre miente a sus retoños a propósito, pero la mayor parte de nosotros protegemos a nuestros hijos de la realidad del mundo que se van a encontrar cuando ingresen en la sociedad ya como adultos. Tratamos de que sean honestos, íntegros, que no copien en los exámenes, que estudien con aplicación, que cumplan sus promesas... Les decimos que, si trabajan y se preparan bien, si aprenden idiomas, si hacen carreras y masters, les irá bien en la vida, encontrarán un trabajo que los hará felices y colaborarán en el progreso del mundo. Y mientras se lo decimos a ellos, nos lo creemos y pensamos que a ellos les irá mejor que a nosotros porque están mejor formados, son más cosmopolitas, saben manejar aparatos que a nosotros nos cuesta entender. Nos hace ilusión pensar que será así.

Luego, cuando ellos, con sus carreras y sus idiomas, pero sin una familia bien situada y con muchos contactos que les permitan colocarse bien, se enfrentan a su propio futuro, se dan cuenta de que muchas veces -demasiadas veces- los mejores puestos van a los más mediocres, a los que nunca expresan una opinión propia, a los que no tienen un comportamiento de integridad insobornable. Los demás jóvenes, que son la gran mayoría, tienen que apechugar con trabajos mal pagados, con contratos vergonzosos, con dos o tres empleos para poder permitirse el “lujo” de pagarse un alquiler que les permita vivir solos o en pareja, sin tener que alargar la etapa de los pisos compartidos hasta los 40 años.

Les hemos mentido. Nosotros, y las películas -sobre todo las estadounidenses- y los libros de superación, que se venden como rosquillas, y las series para adolescentes. A base de cine, han llegado a creerse que, si de verdad deseas algo, lo vas a conseguir contra viento y marea, que el individuo puede enfrentarse a un sistema corrupto y vencerlo. Mentiras podridas que han hecho tanto daño como la búsqueda incesante del príncipe azul, que no llega porque simplemente no existe.

Y lo peor es que nosotros lo sabíamos. Quizá no con todos los detalles, pero sabíamos que el mundo no es el lugar luminoso y justo que les estábamos haciendo creer. Pero no queríamos abrirles los ojos tan pronto. Queríamos que siguieran creyendo en los grandes ideales, igual que nos gustaba que creyeran en la magia y pusieran los zapatos en el balcón. En descargo de las generaciones mayores se puede decir que la mayor parte de nosotros pensábamos que, si los educábamos en la honestidad, en la fe en la justicia, y el respeto, y la equidad, estábamos poniendo nuestro granito de arena para que el mundo fuera haciéndose, generación tras generación, un lugar mejor.

No me arrepiento de haber educado así a mis hijos, pero cuando veo a tantos jóvenes frustrados, convencidos de que no hay futuro para ellos, de que no son más que carne de consumo, de que solo se les tiene en cuenta para venderles productos y servicios que, con mucha frecuencia no pueden pagarse porque no ganan lo bastante, me da mucha pena, y creo que nos hemos equivocado en muchas cosas. Pero ¿qué madre, padre, educador, va a enseñar a los niños a plegarse a condiciones abusivas, a dejarse corromper, a bailarle el agua a un jefe que no está a la altura de su puesto, pero es quien manda?

No. Les enseñamos que pueden conseguir lo que se propongan, que todo es cuestión de esfuerzo, de demostrar lo buenos que son. Y eso es terrible porque, cuando, por mucho que se esfuercen no lo consiguen, la conclusión que sacan es que la culpa es de ellos, que no han trabajado lo suficiente, o no lo deseaban con toda su alma, o no son lo bastante buenos. A la vez, miran a su alrededor y se dan cuenta de que hay mucha gente que está ganando un buen sueldo sin haber terminado ni siquiera un bachiller -véanse en detalle algunos individuos de la clase política o en el ambiente de la televisión-, o personas de su misma edad que, sin saber hacer nada en concreto, están establecidos como “influencers” y pueden vivir de ello.

Los y las jóvenes ven que no los hemos preparado para el mundo como es y las reacciones son variadas: cinismo, depresiones, rabia, consumo de drogas, violencia... Muchos, y esa es de las reacciones más positivas, se retiran a mundos de fantasía a través de novelas, juegos y películas, donde las cosas aún se pueden resolver con magia, o empuñando una espada o un hacha de doble filo. Siempre he pensado que ese interés de las generaciones jóvenes por lo medievalizante y el fantasy viene de la impotencia que sienten en su vida cotidiana. Desean identificarse con personajes que toman su destino en la mano y se abren paso a golpe de espada o de varita mágica por un mundo hostil porque desean sentir que tienen algo de control sobre su vida, justo lo que les falta en su día a día.

Lo triste es que han olvidado que la única manera civilizada de tener control en nuestra sociedad es ejercer su derecho al voto, elegir partidos que tengan las mismas ilusiones que ellos, que deseen crear una sociedad como la que imaginan, que hagan leyes para que los atropellos no sean posibles. Pero, por desgracia, una de las reacciones más frecuentes es no ir a votar. También creen, quizá con algo de razón, que les hemos mentido al decir que la democracia sirve para algo.

domingo, 23 de enero de 2022

"EN EL DESFILADERO HELADO". Por Irene Vallejo

 

El cuerpo es un símil de la realidad donde habita. Cuando a lo largo y ancho del mundo el confinamiento cerró las calles, empezamos a sufrir contracturas físicas y mentales. Somatizamos los duelos como dolores, y la ansiedad es una secuela cada vez más palpable de este paréntesis angosto e interminable. El miedo, las tensiones, el peso del trabajo y el poso de las soledades se traducen a un lenguaje de carne en nuestras piernas, estómagos, corazones y cabezas. Este malestar encajonado tiene raíces antiguas; “angustia” significaba en latín “desfiladero, lugar estrecho, abismo”. Lo mismo ocurre con la tensión que nos oprime: “estrés” procede de strictus, en el sentido de “estricto, apretado, estreñido”. La tristeza estrangula el aire, enmudece la voz. Hasta que, de pronto, como en un hechizo, ciertas palabras nos permiten abandonar el pasadizo helado y encontrar alivio.


Cuántas veces, tratando de levantar nuestro ánimo, hablamos con nosotros mismos para conjurar el miedo, igual que susurramos al niño temeroso de la oscuridad. Nos decimos que es preciso confiar, ser fuertes, no desistir. Esta capacidad para desdoblarnos en un yo sereno que trata de apaciguar al otro yo es una proeza sorprendente y antigua. Ya Homero contaba en la Odisea que, a veces, el llanto sacudía a Ulises, y entonces escondía la cara tras el manto, humedeciendo la tela en silencio. Al regresar a Ítaca, el navegante encontró su palacio ocupado por extraños y tuvo que mendigar en su propia ciudad. Derrotado, se dijo: “Corazón, sé paciente, en otras ocasiones sufriste reveses más duros, pero aguantaste”. Por primera vez en nuestra cultura, un humano habla no con sus semejantes o con los dioses, sino consigo mismo. El diálogo íntimo nació así, con una llamada a la calma y al sosiego.

Durante estos tiempos tormentosos, los duelos amputados han agudizado nuestro malestar. C.S. Lewis intuyó que el dolor por la muerte de un ser querido se expresa a menudo en el idioma de la angustia. Con más de cincuenta años, el devoto profesor de Oxford aceptó casarse con la poeta norteamericana Helen Joy Davidman —católica, divorciada y comunista—, que le pidió ayuda para evitar la expulsión del país cuando le denegaron el permiso de residencia. Por sorpresa, ese matrimonio de conveniencia en la madurez desembocó en un inesperado y hondo enamoramiento, que poco después truncaría el cáncer. Cuando ella murió, Lewis escribió en Una pena en observación: “Nadie me había dicho que la pena se viviese como miedo. La misma agitación en el estómago, la misma inquietud. No estoy asustado, pero la sensación es idéntica. Aguanto y trago saliva. Antes tantos caminos y ahora tantos callejones sin salida”. Lo conmovedor es que esas reflexiones anotadas en cuadernos, sus apuntes sobre la tristeza, se convirtieron en un libro que le ayudaría —como a tantas personas, todavía hoy— a escapar de la calle angosta, de la trinchera circular. 

La ansiedad es una habitación estrecha. Luis Buñuel lo explicó en su película El ángel exterminador, donde unos amigos se reúnen a cenar en un lujoso salón y después, por una razón inexplicable, no consiguen atravesar el umbral para salir. Según el cineasta, habrían sido atacados por una plaga misteriosa e innombrable. Entre esas cuatro paredes se suceden la desesperación y el humor surrealista: una comedia trágica sobre la asfixia y el desasosiego. Cuando el túnel nos aprisiona, la risa ensancha los pulmones con aire fresco. Conversando con otros exiliados españoles en México, el director señaló la clave: “Los hombres cada vez se ponen menos de acuerdo y por eso se combaten entre ellos. Pero ¿por qué no se entienden? En la película es lo mismo, ¿por qué no llegan juntos a una solución?” Según Buñuel, debería asombrarnos no que los personajes sean incapaces de salir, sino que no intenten colaborar. Hoy, más que nunca, hay que observar las penas, hablar con el corazón, reír en el desfiladero y atreverse a buscar ayuda. Hace falta coraje para dar rienda suelta a las palabras enjauladas. No siempre comprendemos cuánta fortaleza se necesita para vivir en la fragilidad.

martes, 18 de enero de 2022

"MIRA A CASADO HACIENDO CARNE EN UNA PARRILLA APAGADA Y VERÁS QUE DA LA BRASA, PERO LO TIENE CRUDO. Benjamín Prado. InfoLibre 17 de enero de 2022

Siempre me ha llamado la atención la tendencia de los políticos al disfraz, a buscar votos no a través de la seducción sino de la imitación, queriendo convencer a quienes los escuchan o miran de que son uno de ellos, alguien en quien confiar por su cercanía. Luego, ganan las elecciones de turno y, si te he visto, no me acuerdo. Lo que no puedo saber es qué pensarán hoy los taxistas que se paseaban por Madrid con la fotografía de Isabel Díaz Ayuso en el parabrisas, casi a modo de santa, cuando la hayan visto posando para la competencia, en este caso Uber, y dándola su apoyo; y lo que no puedo entender es que cualquier trabajador, del ramo que sea, pueda creer que alguien que defiende las ideas neoliberales que defiende la presidenta de la Comunidad de Madrid pueda al mismo tiempo defenderlo a él. O se mira hacia arriba o se mira hacia abajo, pero es imposible hacer las dos cosas a un tiempo.

[...] Gran parte del debate en los medios de comunicación es idéntico: falta objetividad y sobra militancia; faltan argumentos y sobran consignas; faltan razones y sobra ruido; por no hablar ya de cuando, sencillamente, se pierden los modales. El coronavirus no se sabe, pero la famosa crispación sí que ha salido de un laboratorio, el de quienes no aceptan la democracia nada más que cuando ganan y el resto del tiempo se dedican a deslegitimar a quienes los han vencido con sus votos o con la suma de los suyos y los de sus aliados. A base de verlo todos los días, lo hemos normalizado, pero es una anomalía, tanto lo uno como lo otro. Por suerte, hay algunos indicios de que la tendencia cambia, las y los ciudadanos están aburridos de escuchar gritos vacíos y empiezan a preferir los espacios donde el diálogo es posible y los puntos de vista felizmente distintos se pueden defender sin transformar los estudios o los platós en circos. Ojalá, porque si alcanzamos el momento en que se exija a quienes se acercan a un micrófono que sea para decir algo, ellos, nosotros, el país y el mundo podrán mejorar mucho.


"Ni guerra entre hermanos ni conflicto inevitable: historiadores desmontan el revisionismo franquista 90 años después del golpe". Laura Prieto Gallego, Publico.es

El dictador Francisco Franco tras una celebración religiosa haciendo el saludo fascista El 18 de julio de 1936 se inicia la Guerra Civil y ...