lunes, 5 de octubre de 2026

"LA ACAMPADA DISPUTA UNA NUEVA IDEA DE MUNDO". Amador Fernández-Savater, Ctxt.es

El movimiento de la vivienda ha plantado en el corazón de la conversación pública un problema material y compartido

Estos días se dan, por todas partes, conversaciones sobre el problema de la vivienda. Entre las distintas posiciones hay algo en común: reconocer que existe un problema. El punto de partida es compartido, aunque difiramos en los enfoques y las propuestas de solución.

Esto es ya un mérito y una fuerza del movimiento de la vivienda: haber plantado en el corazón de la conversación pública un problema material y compartido. Algo que afecta transversalmente a cualquiera.

Estas conversaciones tienen lugar también en la propia Puerta del Sol. Como vengo contando, mi amigo Javier Bachiller dialoga con los transeúntes de la plaza sobre la acampada: “¿Sabes por qué se está acampando? ¿Cómo lo ves? ¿Qué piensas?”.

Es una manera de desmontar estereotipos, de anular distancias, de invitar a la participación, de rozar los propios pensares y sentires con los de otros, aunque estos muchas veces desconfían de la acampada o tienen un enfoque liberal o muy derechizado del problema de la vivienda.

Javier no presupone que el otro sea un enemigo, sino alguien capaz de desplazarse. Sin ceder ni un milímetro en sus propias convicciones, me cuenta que se está esforzando en ensayar otra sensibilidad, otro acercamiento y otro trato. Muchos quedan sólo por ello ya descolocados.

En esas charlas hay quien argumenta, por ejemplo, sobre el derecho a hacer con las viviendas en propiedad lo que se quiera; hay quien habla de la importancia de no “tensionar” las leyes del mercado con intervenciones públicas; hay quien teme que se desposea al pequeño propietario de sus derechos en favor de un inquilino “parásito” u “okupa”. ¿Cómo discutir posiciones así?

En lugar de limitarse a chocar argumentos como bolas de billar, Javier intenta llevar la conversación a otro punto donde pueda aparecer algo en común: ¿qué idea de mundo está contenida en las formas en las que hablamos de la vivienda?

Allí donde se manifiesta cierta crueldad cristalizada en argumentarios endurecidos sobre la “ley de hierro” de la economía, Javier introduce por ejemplo las historias personales: “¿Y qué pasa con aquellos a los que expulsa? Déjame hablarte de mis amigos, de la gente que acude a una asamblea de un sindicato de vivienda”. Su historia, más que un argumento, es una evidencia sensible de las consecuencias concretas de tratar la vivienda como un bien de mercado más.

¿Qué mundo producen concretamente esos comportamientos que se elogian o se naturalizan en el discurso como la especulación o la acumulación? El dinero se pone por encima del arraigo y de la vida. Nuestros barrios y nuestras ciudades se vuelven más pobres en experiencia, en relaciones, en historias.

Los arraigos –entre las personas, entre las personas y los lugares, entre las personas, los lugares y sus historias– tejen espacios ricos en vínculos, relaciones, cariños, solidaridades, huellas y memorias. Cada desahucio no sólo expulsa a una persona de su casa, sino que descose las tramas de vida, rompe continuidades y convierte barrios y ciudades en espacios cada vez más equivalentes e intercambiables. ¿Es ahí donde queremos vivir?

¿De qué libertad hablamos cuando alguien defiende que “la propiedad es lo más sagrado”? ¿Qué felicidad puede desentenderse por completo de la suerte de los demás? ¿Qué idea de buena vida es esa que no considera que tenemos relaciones y obligaciones con otros, lugares y paisajes que cuidar, memorias que recibir y transmitir?

No se trata para Javier de ganar estas conversaciones, de convencer o reclutar a nadie, sino de poner en el centro la pregunta y el problema comunes de la vivienda para ampliar la capacidad de apertura e interpelación de la acampada. No hay victoria argumentativa, pero sí fisuras en las evidencias.

La plaza se vuelve así no sólo un lugar de protesta, sino también de des-identificación. Alguien llega con una posición muy clara, con sus filias y fobias bien ordenadas según las clasificaciones disponibles, pero el encuentro introduce una pequeña perturbación.

La acampada disputa una idea de mundo. No sólo intenta cambiar lo que pensamos sobre la vivienda, sino aquello que nos parece deseable, normal, soportable y vivible. ¿Qué consideramos una vida buena, una ciudad deseable, un barrio habitable? ¿Qué entendemos por riqueza, libertad, propiedad, felicidad?

Y lo hace también a través de sus formas de estar y de escucharse, de organizarse y de cuidarse, de abrirse y discutir con el diferente, de elaborar el conflicto de un modo diferente a la guerra. No sólo diciendo que otro mundo es posible, sino haciendo la experiencia, aquí y ahora, de que podemos convivir de otra manera.

29.09.26

Hannah Arendt hablaba de “un lugar en el mundo”: ese lugar desde el que una persona puede ser vista, escuchada y reconocida por otros. Una realidad compartida, un mundo común. En la antesala del nazismo, y como su condición de posibilidad, Arendt describe un proceso de “desolación”: la pérdida de ese lugar en el mundo para millones de personas (apátridas, refugiados, masas de personas desarraigadas). La pérdida de una realidad compartida, la desconexión de un mundo común.

La propaganda totalitaria, explica Arendt, prende y sólo puede prender en la “soledad de masas”. Entre individuos aislados que ya no pueden escuchar y ser escuchados, contrastar percepciones, discutir interpretaciones, orientarse colectivamente. Cuando desaparece el mundo común, la propaganda sustituye la realidad por una coherencia ficticia, un sistema de explicaciones en circuito cerrado, una ideología.

Esta es una de las mayores dificultades de una “comunicación antagonista o alternativa”: no sólo se trata de decir otras verdades, sino de rehacer los lugares y los espacios desde donde elaborarlas conjuntamente, hoy borrados o virtualizados en ese nuevo proceso de desarraigo de masas que llamamos “neoliberalismo”.

También por esto la acampada por la vivienda en Sol es importante. Es un medio para un fin: la lucha por una vivienda digna para todos y todas. Pero también es un lugar en el mundo donde encontrarse, escucharse, mezclarse y abrirse a los relatos de vida de desconocidos. Rehacer un mundo común.

Así me lo narra mi amigo Javier Bachiller, que pasa el día en la acampada hablando con la gente que ocupa la plaza, con los jóvenes recién llegados con sus tiendas de campaña, con esas personas que acuden a compartir su historia, su preocupación, su malestar.

Las conversaciones con mucha de la gente que pasa por la puerta del Sol no son en absoluto fáciles. Lo que Javier se encuentra a menudo es una naturalización de la “lucha por la existencia”, un realismo crudo que se expresa en fórmulas como: “No todo el mundo puede vivir en las ciudades”, “tampoco pasa nada por irse a vivir al campo”, “no se debe tensionar la economía con intervenciones estatales”, “soy libre para sacarle todo el beneficio que quiera a mi propiedad”.

Lo que operan aquí son ideas de mundo, ideas sensibles que se conectan a experiencias de vida, pero que desconectan de otras de las que no quieren saber nada (los desahuciados, los expulsados, los “perdedores” de esa guerra de todos contra todos). Subjetividades profundamente especuladoras que ven la vivienda (y cualquier otra cosa) como un activo valorizable. Javier les discute, entendiendo que la acampada es también un espacio de contacto con el otro: “¿todo es un activo valorizable, también el cuerpo, el cuerpo de tus hijos?”, “¿te parece lo mismo el derecho a la vivienda y el derecho a la especulación?”, “¿no ves una diferencia entre movilidad forzada o escogida?”.

A la acampada llegan también jóvenes sin experiencia de politización previa. ¿Quiénes son, qué ganas e imaginarios traen? Javier les habla de los sindicatos de vivienda, distintos a los sindicatos tradicionales, espacios donde la gente se reúne en torno a un problema, donde es posible escuchar a gente muy distinta –de otros países, de otras clases sociales– relatando en primera persona experiencias muy duras de vida. Al compartirse, saltan las lágrimas pero las lágrimas se convierten después en acción colectiva, el malestar se nombra y politiza. La acampada sirve también para descubrir mundos nuevos, nuevos modos de entender y practicar esa palabra tan desprestigiada que es la política.

Javier me cuenta también otras historias: la de un chico muy perdido que llega buscando ayuda para un desahucio inmediato, la de una mujer con pinta de vagabunda que aparece por la noche y relata lúcidamente lo que es la vida en la calle después de haber sido expulsada de su casa, la de un hombre anarquista con muchas peleas a sus espaldas que comparte su diagnóstico fatalista sobre un país enfermo de desigualdad y maltrato e imposible de curar.

Todas estas historias, todos estos personajes, todas estas experiencias encuentran en la acampada “un lugar en el mundo”. No sólo un medio para un fin, sino un espacio donde ser vistas y oídas, reconocidas y escuchadas, donde ser rescatadas de la soledad como destino fatal. Un lugar donde podemos medirnos con las razones y vivencias de otros, pero donde estamos obligados a tenerlas en cuenta, a no apartarlas de la vista. Un espacio donde pueden cuestionarse y empezar a disolverse los imaginarios que naturalizan la agresión, la desigualdad, el descarte, donde la idea de guerra de todos contra todos por la existencia puede dar paso a un mundo más habitable, más igualitario, más común.

28.09.26

Mi amigo Javier Bachiller me cuenta lo siguiente: ha decidido pasar buena parte de su tiempo en la acampada hablando con la gente random que pasa por la plaza. Supongo que un poco por “defecto profesional” (trabaja como mediador en una institución cultural), por el gusto que le da el hablar con extraños y por convencimiento político de que eso tiene interés, aborda a los curiosos o los paseantes y les pregunta: “¿Sabes por qué se está acampando?”. E inicia una conversación.

Persigue con humor y suavidad a los que no quieren saber nada (porque creen saberlo ya todo) diciéndoles: “¿Pero te vas a quedar con lo que dicen en la tele?”. Me cuenta las charlas que tuvo ayer, difíciles, ásperas, con gente que no sólo no está de acuerdo sino que rechaza directamente (y lo hace saber) lo que representa la acampada. Todo lo que se encuentra me parece bien interesante y le pido permiso para poner algo por escrito.

Por ejemplo esa señora que está en contra de la acampada porque “es de los de Pedro Sánchez” y que se queda desconcertada cuando Javier le dice que todo lo contrario, que es para presionarle a hacer lo que debería hacer y no hace. O esa pareja que afirma con contundencia que “la economía manda” pero se queda pensativa cuando Javier les pregunta: “¿Y qué pasa con aquellos a los que expulsa?”. O esos jóvenes que desconfían de la acampada porque hay banderas de Palestina y de la República pero escuchan cuando Javier les explica que sí, que el tema de la vivienda es una cuestión social escorada a la izquierda, pero que también hay mucha gente sin color político claro y “sin bandera”. O esos caseros que rentan un segundo piso y aseguran nunca haber apretado al inquilino, pero también hablan de que hay gente –refiriéndose tal vez a Maricarmen o a los jóvenes de la acampada– que no quieren “esforzarse” y ahí Javier les discute.

Ahora que se habla tanto del 15M, pienso que lo más importante de aquello (y su verdadera fuerza) no fueron las tiendas de campaña y las lonas, sino este espíritu: tenemos nuestras verdades, por supuesto, pero podemos entrar en contacto –más o menos difícil, áspero, conflictivo– con las verdades de otros. Tratar de descolocar sus estereotipos mentales a través de la invitación al diálogo. Pulir nuestras razones en el roce con otros argumentos o experiencias. Confiar en el encuentro con los extraños. Buscar en la emoción, como la que ha suscitado Maricarmen, esa potencia del consenso (que significa sentimiento compartido) entre los diferentes que hace temblar a los poderosos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

"LA ACAMPADA DISPUTA UNA NUEVA IDEA DE MUNDO". Amador Fernández-Savater, Ctxt.es

El movimiento de la vivienda ha plantado en el corazón de la conversación pública un problema material y compartido Estos días se dan, por t...