Las palabras deben bajar a la calle, comprender lo que está en juego, saber qué se defiende y qué se vota en unas elecciones
La historia nos ha enseñado muchas formas de manipulación política. En un extremo está el recurso de cargar de significado negativo el compromiso político, como si se tratara de una opción poco ética. Suele ser una estrategia de la que se sirven las élites del poder y sus servidores, interesados en legitimar la dominación con los argumentos de la naturalidad, la neutralidad, la objetividad y las manos limpias. Así es el mundo porque tiene que ser así; no se trata de injusticia, sino de normalidad, y quien se opone a esta situación es que está politizado. Jovellanos, Espronceda, Antonio Machado, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Ángela Figuera, Blas de Otero o José Hierro pudieron ser grandes poetas, mejores personas, si no llegan a politizarse.
En el otro extremo, la manipulación política no se sirve del desprestigio, sino de la crispación y las discusiones impuestas para ocultar la realidad. Las nuevas estrategias comunicativas ocultan los asuntos más importantes con debates que enmascaran la verdadera dimensión humana de las cosas. Por eso resulta importante que, a veces, las situaciones iluminen lo que ocurre y nos faciliten la comprensión de lo que pasa en la calle. Me ha parecido muy significativo que, con motivo de las posibles medidas sobre la vivienda, el PP, Vox y Junts per Catalunya –es decir, los gritos de Feijóo, Abascal y Puigdemont– se unan para apoyarse entre sí en favor de la especulación inmobiliaria y el poder de las élites. Después de que uno criticara mucho a España para ganar votos en Girona, y otros denunciaran el peligro catalán para ganar votos en Madrid, haciendo negocio político de una tensión innecesaria y dañina, resulta que ahora se unen sin vergüenza para defender los intereses de un capitalismo desalmado capaz de desahuciar a las personas más necesitadas.
Lo bueno de estas posturas tan tristes es que quizá nos ayuden a comprender las dinámicas de los debates sociales y el significado de palabras como nación y comunidad. Yo no me siento patriota al defender los himnos, los grandes despachos y las estrategias de los especuladores, sino al preguntarme cómo vive la gente, mi gente, la mayoría de los seres humanos que forman parte de mi comunidad. Y más que renegar de la política y de un Estado con poderes para regular la convivencia, pido una política capaz de defender el derecho a una vivienda decente, la dignidad laboral, la sanidad y la educación pública en condiciones de igualdad.
La cultura, como indagación en el sentido de pertenencia y en los valores que conforman la realidad, ha sido inseparable de la política. Cada uno con sus ideas, no es raro que Quevedo acabara en prisión, que el autor de Poeta en Nueva York acabara ejecutado por unos fascistas o que Rosa Chacel y Concha Méndez tuvieran que exiliarse. El compromiso de la cultura no se limita a protestar por las injusticias, sino a analizar las dinámicas de la realidad, las identidades profundas que luego se convierten en sucesos. Una observación clave en las mejores indagaciones filosóficas de nuestro mundo es la denuncia de los procesos de mercantilización que se están imponiendo en el mundo. La economía de los buitres se impone sobre los domicilios, las administraciones, los debates nacionales, las fronteras y las experiencias humanas de carne y hueso. Y los buitres acusan de estar politizados a los que quieren defender desde su vocación la dignidad de la vida y las realidades que ocultan los mandarines de la avaricia con debates crispados. Se trata de una avaricia que intenta desarticular hoy la democracia social en Europa y que no tiene vergüenza a la hora de apoyar genocidios e invasiones bélicas.
Por eso las palabras deben bajar a la calle, comprender lo que está en juego, saber qué se defiende y qué se vota en unas elecciones.

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