viernes, 9 de octubre de 2026

"MORIR EN CASA". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Maricarmen Abascal encabeza el pasacalles organizado por el Sindicato de
Inquilinas e Inquilinos de Madrid en protesta contra su orden de desahucio,
el pasado mes de junio en Madrid
Todas las sociedades deciden qué vidas quedan a la intemperie, entre las que están con demasiada frecuencia las mujeres mayores

Una casa es tu biografía hecha cosa. La silla que heredaste de tu abuela, el hueco gastado del sofá donde siempre te sientas, la vajilla que se saca solo en Navidad, el orden en que guardas las cosas y que nadie más entiende. Nada de eso tiene valor de mercado, pero cada objeto remite a algo que te pasó, a alguien que estuvo ahí, a una época. La filósofa Iris Marion Young pensó en el hogar como anclaje material de una identidad que, por lo demás, es cambiante y frágil porque en esas cosas se sedimenta quién eres y de dónde vienes. Pero también en esa familiaridad del cuerpo que sabe dónde está cada cosa sin mirar y que es lo primero que se rompe cuando te sacan de casa, sobre todo a los 87 años.

Cuando una ciudad expulsa a la mujer que llevaba 70 años subiendo la misma escalera y saludando a los mismos vecinos, pierde a quien podía recordar cómo era aquel portal antes de que llegaran los inversores, quién vivió en cada piso y qué familias se fueron marchando, y con ella se va una memoria del barrio que ningún registro de la propiedad conserva. Maricarmen Abascal llegó a su casa del Retiro con 17 años y salió de ella con 87, tumbada en una camilla y sin poder llevarse sus cosas, de modo que lo que perdió aquel día no fue únicamente un techo, sino el lugar donde estaba depositada su propia historia. Catorce días después ha muerto en un hospital sin haber podido regresar a su casa.

La filósofa Judith Shklar advertía que la frontera entre la desgracia y la injusticia no la traza la naturaleza sino la política, y que solemos llamar desgracia a aquello de lo que no queremos hacernos cargo. Por eso conviene desconfiar de quienes estos días han presentado el caso de Maricarmen como uno más de los miles de desahucios que se ejecutan cada año, o como un drama ante el que no cabía otra cosa que obedecer a los jueces, porque cuando un caso pasa más de un año a la vista de todos, con alternativas sobre la mesa, y aun así termina con una mujer de 87 años en una camilla, algo ha fallado en quienes tenían el poder de impedirlo. Shklar llamaba injusticia pasiva a esto, la de quienes, pudiendo evitar un daño, se limitan a dejar que ocurra.

Esa injusticia pasiva termina siempre recayendo sobre un cuerpo concreto, y no sobre cualquiera, porque hay formas de precariedad que se reparten políticamente y dejan a unas personas mucho más expuestas que a otras. Maricarmen Abascal tenía 87 años y una salud frágil, y esa vulnerabilidad es la que tarde o temprano compartimos todos, pero lo que vino a sumarse a ella, un desahucio, una camilla y 14 días de hospital, fue algo que otros decidieron o no supieron impedir. Ninguna sociedad lo dice abiertamente, pero todas deciden qué vidas cuentan con más redes que las sostengan y cuáles quedan a la intemperie, y entre estas últimas están con demasiada frecuencia las mujeres mayores. Mujeres que viven más años que los hombres y cobran de media pensiones más bajas, a menudo porque dedicaron buena parte de su vida a un trabajo de cuidados que nadie les pagó, y que, cuando todavía viven de alquiler, como ella, dependen de contratos de renta antigua que la venta de un edificio puede convertir en papel mojado.

Hay una medida mínima de la decencia de una sociedad, anterior a cualquier ideal de justicia, que la ética política lleva décadas recordándonos y consiste en que sus instituciones no humillen a quienes deberían proteger. Pocas humillaciones son más hondas que ser arrancada, al final de la vida, del lugar que guarda tu propia historia. Madrid ha perdido a una vecina y, con ella, ha dejado de poder decir que en esta ciudad se puede envejecer y morir en casa.

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