miércoles, 14 de septiembre de 2022

"QUÉ MÁS DA SI TODOS SON IGUALES". Por Lucía Taboada en elDiario.es, 11/IX/2022

El odio hacia la clase política es una forma socialmente aceptable de intolerancia en España, además del odio al seleccionador nacional de turno. No aparece en la Constitución, pero debería

Desde hace tiempo, pongamos como fecha de partida la crisis del 2008, los gobiernos pierden legitimidad, en un tapón que no se cierra. Las instituciones se sienten lejanas, ajenas a los problemas reales. Los políticos acumulan los índices de aprobación más bajos de la historia. Los desafíos globales, como el cambio climático, parecen pedirnos soluciones más generalizadas que liderazgos cínicos y sin carisma. Así que la desafección lleva tiempo extendiéndose como una molécula de gas en un globo a punto de estallar. Una desafección que conduce irremediablemente a la abstención. No es solo que algunos votantes no se sientan interpelados por la política, es que piensan que no es útil y, por tanto, dejan de votar. Ocurre, por ejemplo, en los barrios humildes donde el divorcio ciudadano-político es notable.

El otro día Pablo Motos presentaba sus credenciales en la nueva temporada de El Hormiguero. Será una temporada que “aporte la alegría que necesita la gente”, decía. Seguramente este sea el objetivo más loable de cualquier programa de entretenimiento, provocar sonrisas en tiempos grises, generar carcajadas después de días mustios. Pero en su discurso añadía también otro mensaje generalizado, después de mentar a los niveles de inflación: “No parece que nuestros políticos nos vayan a salvar. Yo no confío en los políticos, pero confío mucho en la gente”.

El discurso provocó una sonada ovación en plató. Era previsible. El odio hacia la clase política es una forma socialmente aceptable de intolerancia en España, además del odio al seleccionador nacional de turno. No aparece en la Constitución, pero debería. Solo hay una cosa que gusta más a un público hastiado que la frase “todos los políticos son iguales” (sentencia rara vez exenta de ideología) y es un “a mí no me gustan los políticos, me gusta la gente”. Porque nosotros, la gente, no nos queremos mezclar con la clase política, otra clase de gente, gente en entredicho, gente entre comillas, a veces gentuza. Es un fenómeno similar al que ocurre cuando paseamos por el centro de una ciudad turística y farfullamos “joder, cuánta gente”, como si nosotros no formásemos parte de esa masa. En el puente de la Constitución, paseando por Gran Vía de Madrid, la gente es otra, no tú. En hora punta en una playa cualquiera del levante, la gente es otra, no tú. Tratando de pedir cerveza en la barra de un concierto, la gente es otra, no tú. Cuando embarcas en un avión entre colas enmarañadas y caos grupal, la gente es otra, no tú.

El individualismo, el encogimiento de hombros y una actitud escéptica hacia la política son saludables hasta cierto punto. Hay higiene democrática en la desazón, en la crítica. Pero, bienvenida la obviedad, es la gente la que elige a sus representantes. O, como diría uno de esos representantes elegidos por la gente, es el alcalde el que elige al vecino. Un mal político no suele provocar el caos por sí solo, como un espasmo temporal transitorio; normalmente un mal político es consecuencia del propio caos ya instaurado.

El discurso de “deja de creer en los políticos, solo nos podemos salvar nosotros mismos” rara vez conduce a una salvación. Como mucho conduce a que se salven de los de siempre (los que pueden) o al encumbramiento de nuevas voces que se envisten de salvadoras con ideas de sobra conocidas por todos.


martes, 13 de septiembre de 2022

Waleed Saleh: “Los partidos de izquierda deberían saber que el hiyab no es una prenda cualquiera, sino el símbolo patriarcal por excelencia”

Nacido en Iraq en 1951, Waleed Saleh es doctor en Estudios Árabes e Islámicos y se ha destacado en los últimos años por sus análisis del islam político. Conocido también por ser traductor de Gabriel García Márquez al árabe, en su última obra, Feminismo e islam. Una ecuación imposible (El Paseo), impugna el llamado feminismo islámico como un oxímoron: a lo largo de 170 páginas, Saleh pone de manifiesto el modo en que la influencia del Corán en las leyes aleja la posibilidad de alcanzar sociedades igualitarias, revela la misoginia de algunas fetuas y advierte de los peligros que entraña el relativismo cultural. El autor encontró un momento en sus vacaciones para atender por teléfono las preguntas de elDiario.es Andalucía.


Usted menciona en su libro a los partidos que llevan en sus listas a candidatas con hiyab para ganarse el voto de los musulmanes. En el caso de las formaciones de izquierda, ¿no es atentar contra sus propios principios, colaborando con el patriarcado?

Es una actitud inaceptable. Ellos lo justifican en nombre de la interculturalidad, la pluralidad, el relativismo cultural, la idea de que son sus costumbres y hay que respetarlas. Pero eso es una gran equivocación, y como dices está en contra de sus propios ideales. No se atreven a llegar al fondo de las cosas. Porque el hiyab no es una vestimenta cualquiera, es el signo patriarcal por excelencia. Se alude a que es un signo de identidad. ¿Por qué se lo quitan cuando las mujeres están solas? ¿Deja entonces de ser necesario un signo de identidad? ¿Y por qué tiene la mujer que llevar un signo de identidad, y no el varón? Porque cuando vienen, los vemos vestidos como occidentales, ultramodernos, con sus pantalones cortos y sus gafas de sol, y la mujer al lado metida en un saco negro, ¿por qué esa condena? Sería razonable que los partidos de izquierda lo pensaran y actuaran de otra manera. Yo no estoy en contra de que una mujer madura y consciente lleve el hiyab por su propia voluntad, pero sabiendo siempre lo que significa. Y tiene que saberlo todo el mundo: las sociedades, los partidos, las comunidades y la propia mujer que lo usa.

¿Tiene esperanza de que los partidos tomen esa conciencia?

[risas] Simplemente es importante hacerles ver esta actitud incorrecta. A lo mejor en algún momento reaccionan y actúan de otra manera. Incluso mucha gente académica, profesores, intelectuales, se equivocan al defender el hiyab o las tradiciones que hemos comentado. Por ejemplo, hay cantidad de profesores y profesoras, ¡sobre todo mujeres!, en defensa total del feminismo islámico, apoyándose en libros escritos en España, Inglaterra, Francia, EEUU… No se paran a pensar: ellas son modernísimas pero defienden el hiyab, el tema del divorcio, etc. Me choca muchísimo, me pregunto si saben realmente qué están defendiendo, si han mirado un poco los códigos de familia, los textos fundacionales del islam. El error de la academia para mí es todavía más grave que el de los partidos.

¿No es una forma de racismo defender unas normas para otras que yo jamás aceptaría?

Exacto. Para mí quiero una vida con libertades, puedo fumar en la calle o teñirme el pelo como quiera, ponerme un pantalón corto, una minifalda o un bikini, pero defiendo el pañuelo y el burkini para las mujeres musulmanas, y que el divorcio esté en manos del hombre. Es una actitud selectiva, racista, machista. Y es inaceptable desde el punto de vista de las libertades y los derechos.

lunes, 12 de septiembre de 2022

"ELIMINAR LO ESTEREOTIPOS PARA REIVINDICAR LA VEJEZ". Por Raquel Medina Bañón, publicado en elDiario.es el 27 de agosto de 2022

La crisis sanitaria provocada por la COVID-19 ha hecho que las personas mayores se convirtieran en foco mediático, revelando así la existencia no solamente de los estereotipos, sino de un lenguaje edadista que se ha naturalizado y normalizada

El diccionario de la Real Academia Española define “vejez” de la siguiente manera:

1. f. Cualidad de viejo. 2. f. Edad senil, senectud. 3. f. Achaques, manías, actitudes propias de la edad de los viejos. 4. f. Dicho o narración de algo muy sabido y vulgar.

Claramente, esta definición determina una concepción negativa de la vejez, la cual ha penetrado en los discursos sociales y culturales. Si este concepto negativo se repite una y otra vez en el ámbito público, lo que se produce y perpetúa es la discriminación por edad. De hecho, la edad es la tercera causa de discriminación en España, únicamente superada por la discriminación de género y la racial.

A la discriminación por edad se la denomina ‘edadismo’, un término que fue acuñado por Robert Butler en 1969, quien lo definió como “un proceso de estereotipos y discriminación sistemático contra las personas por ser mayores”. El edadismo se considera parte del sistema social cuyos miembros desarrollan desde una edad temprana un concepto negativo del envejecimiento; es decir, un edadismo interiorizado. Asimismo, los discursos sociales hegemónicos han retratado la vida tras la jubilación como un tiempo de decrepitud, fragilidad, dependencia, pérdida de vigor sexual, aislamiento social, pasividad, falta de atractivo físico e improductividad. Esta homogeneización negativa del envejecimiento es la que resulta necesario eliminar para evitar la discriminación de las personas mayores.

Sin embargo, es necesario también indicar que existe un edadismo interiorizado, el cual se produce cuando los estereotipos por edad contribuyen a una discriminación tanto hacia uno mismo como hacia los demás.

Este edadismo también es intergeneracional y afecta a la percepción que las personas mayores tienen de los/las jóvenes y niños/as y viceversa. Por ejemplo, a los jóvenes también se los homogeneiza con características tales como que son irresponsables, incultos, conflictivos o vagos, entre otras. De la misma manera, las personas jóvenes interiorizan los estereotipos sobre la vejez de tal modo que cuando llegan a ser mayores suelen tener una percepción negativa de aquellas personas que son más mayores, de más edad. En vez de avivar el conflicto generacional (por ejemplo, el que resulta de culpar a los ‘baby boomers’ de la precariedad laboral que sufren los jóvenes y de la hucha de pensiones, o a los jóvenes de los repuntes en contagios durante las últimas olas de la COVID-19), se debería fomentar la solidaridad entre las distintas generaciones y así ayudar a eliminar este edadismo interiorizado y resolver el conflicto intergeneracional que crea.

Como la definición de la RAE pone de manifiesto, el lenguaje tanto escrito como visual tiene el poder de fijar los estereotipos, los prejuicios y la discriminación de las personas mayores. Este edadismo emerge en el ámbito social de muchas maneras; por ejemplo, en la forma en que nos dirigimos a las personas mayores: llamarles viejos/viejas, ancianos/ancianas, abuelos/abuelas o yayos/yayas es edadismo. Hablar de residencias de ancianos o asilos es también edadismo; como también lo es dirigirnos a las personas mayores usando diminutivos o infantilizándoles. Dar por hecho que las personas mayores no entienden de lo que hablamos es edadismo, así como pensar que no pueden aprender cosas nuevas ni enfrentarse a las nuevas tecnologías.

La crisis sanitaria provocada por la COVID-19 ha hecho que las personas mayores se convirtieran en foco mediático, revelando así la existencia no solamente de los estereotipos, sino de un lenguaje edadista que se ha naturalizado y normalizado. Es más, a pesar de que existe una guía, ‘El uso del lenguaje frente al edadismo y los estereotipos’, respaldada por el Imserso, durante la pandemia no hemos dejado de oír y leer una y mil veces palabras como viejos/viejas, ancianos/ancianas, abuelos/abuelas, yayos/yayas, dependientes, jubilados/jubiladas, pensionistas, nuestros mayores, etcétera. Incluso las fotografías que acompañaban a las noticias revelan la deshumanización a la que se ven sometidas las personas mayores al mostrar una parte de su cuerpo, generalmente las manos (y normalmente de mujer), sosteniendo en muchas ocasiones un bastón. ¿Por qué las manos para mostrar a las personas mayores? ¿Es que la vejez no es digna de ser mirada? ¿Solamente lo joven puede ser retratado? ¿Es que todas las personas mayores necesitan un bastón?

Las agendas neoliberales de austeridad han puesto de relieve una política de envejecimiento activo o exitoso con el objetivo de, por una parte, retrasar los costes médicos que para las arcas estatales pueda suponer el envejecimiento de la población, y de, por otra, abrir un sinnúmero de espacios de mercado para el consumo de las personas mayores. En este sentido, la actividad física (gimnasios), la actividad sexual (Viagra), el turismo, el ocio, los cosméticos, las cirugías estéticas... se convierten en productos de consumo que favorecen y apoyan tanto un envejecimiento saludable como la concepción de la vejez como un espacio de consumo. Sin embargo, este envejecimiento activo lo que hace es enfatizar que envejecer de manera positiva se circunscribe a las clases con poder adquisitivo medianamente alto.

La importancia dada al envejecimiento positivo ha llevado a una distinción entre la tercera edad y la cuarta edad. La tercera edad del neoliberalismo se caracteriza como la edad de la jubilación en la que destacan el ocio, la autorrealización, la salud y el compromiso social. En la tercera edad somos mayores, pero no ‘viejos’, con lo que la independencia se mantiene. Por el contrario, la cuarta edad implica la falta de autonomía e individualidad y la presencia de una muerte inminente. En la cuarta edad las personas mayores son despojadas del capital social y cultural y desplazadas a las residencias de mayores o relegadas a la reclusión en el espacio de la casa. Obviamente, este énfasis que se pone en la productividad y en el envejecimiento exitoso deja a los enfermos crónicos, a las personas discapacitadas o a las que prefieren no ser activas o no pueden serlo por cuestiones económicas como un problema para la sociedad, debido a su complacencia con ser ‘viejos’; de ahí que se les aparte y discrimine.

La soledad no deseada de las personas mayores es un gran problema social en España. Según el INE, en 2020 2.131.400 personas mayores de 65 años vivían solas, de las cuales 1.511.000 eran mujeres. Por edad, el 44,1% de las mujeres mayores de 85 años vivían solas, frente al 24,2% de los hombres. La soledad no deseada se produce cuando no se escoge, sino que se impone, pudiendo afectar a nuestro bienestar y estado de salud. La discriminación, los prejuicios y los estereotipos son factores determinantes de la soledad no deseada, de ahí la urgencia en cambiar la percepción de la vejez y del envejecimiento. La labor que diversas ONG (Amigos de los Mayores, Fundación Pilares, Envejecimiento en Red o Matia Fundazioa) están llevando a cabo para acompañar a personas mayores, desarrollar su capacidad creativa y propiciar su participación social es fundamental. Tal y como reivindican estas ONG, es necesario un nuevo modelo de acompañamiento y de cuidados en el que se reconozcan y se prioricen el empoderamiento, la identidad individual y la autonomía.

En definitiva, las personas mayores tienen derecho a tomar decisiones por sí mismas, a potenciar sus relaciones sociales y a obtener prestaciones médicas no discriminatorias que afirmen su dignidad como seres humanos. Por esos motivos, lograr que los derechos humanos de las personas mayores sean respetados debe ser un objetivo primordial de cualquier política social.

domingo, 11 de septiembre de 2022

"EL DÍA EN QUE LA VIDA HUMANA DEJÓ DE IMPORTAR". Por Rosa María Artal en elDiario.es, 6 de septiembre de 2022

Tal vez todo empezó el día en el que se dejó morir a miles de personas y los ciudadanos lo aplaudieron. Pidieron más de restar derechos. Más bombas y menos sanidad pública. Más de Meloni, Truss y Feijóo. Más engaños, más delincuencia mediática. Más crujidos cuando el acordeón se comprime y asfixia

En apenas tres años hemos vivido dos grandes convulsiones, dañinas en sí mismas, que nos han embarcado en un acordeón emocional. Del golpe de la pandemia al profundo brote belicista y de la clara involución democrática. La música no suena al ritmo de la gente que, desconcertada, anda presionando las teclas más chirriantes. En apenas tres años nos ha ocurrido de todo y el ruido turba la razón para encontrar el camino.

Ha habido un cambio de paradigma trascendental. El coronavirus, propagado por todo el mundo con un balance sobrecogedor de víctimas en número y extensión, supuso otra enmienda a la totalidad al capitalismo desbocado, al sistema que despreció cuanto era valioso y hasta indispensable para el bien común, en aras del lucro de unos pocos. Pero, sorprendentemente, no se aprendió la lección. Al desatar la primera cuarentena global, la primera paralización casi total de la Historia, políticos sin escrúpulos lanzaron la idea de que era asumible un cierto número de muertos para mantener “el sistema de vida que teníamos”. La misma frase que usan para apuntarnos a la guerra que no se quiso evitar. Ahora la píldora que tragar son las consecuencias de la confrontación que se sufren en el vivir cotidiano.

Lo que ha cambiado trágicamente es el valor de la vida humana. Antes escaso en muchos países, ahora casi generalizado aunque no en todos por igual. Si dejar morir sin siquiera asistencia médica a miles de ancianos enfermos y secuestrados en las residencias –como hizo fríamente la Comunidad de Madrid de forma más drástica y cruel que la mayoría- no pasaba factura y se premiaba en las urnas ¿para qué buscarse complicaciones? Si lo que importa es detentar el poder y se encuentran cómplices ¿para qué desgastarse? Aun así, gobernantes honestos lo siguieron haciendo. CONTINUAR LEYENDO




martes, 6 de septiembre de 2022

"BUENAS NOCHES". Por Juan José Millás

Es un error pensar que lo que no existe no existe. Te lo digo yo, el monstruo de debajo de la cama

Soy el monstruo de debajo de la cama. Nunca me has visto porque cuando te asomas me escondo en tu cabeza. Estoy dentro de tu cabeza cuando miras y debajo de la cama cuando no miras. Jamás te he agarrado de los tobillos cuando cambias las sábanas porque no tengo manos. Jamás te he mordido porque no tengo boca. Jamás me has olido porque no tengo olor. Jamás me atraparás porque no existo. Ahora bien, ten en cuenta que las cosas que no existen, paradójicamente, existen y son las que mayores desarreglos nos provocan. Dios, sin necesidad de existir, ha producido y produce aún, más muertes que las sequías prolongadas. Dios, sin existir, obliga a millones de mujeres a ir con la cabeza y el rostro cubiertos. Sin existir, estuvo a punto de matar hace poco a Salman Rushdie. Sin existir, apoya y mantiene las dictaduras más crueles del universo mundo. Sin existir, manda a miles de inocentes a la horca cada día. Sin existir, tiene representantes en la Tierra a través de los cuales informa acerca de lo que está bien y de lo que está mal.

Es un error pensar que lo que no existe no existe. Te lo digo yo, el monstruo de debajo de la cama. Millones de críos lloran antes de caer rendidos cada noche porque, pese a lo que les aseguran sus padres, notan mi presencia a tan solo unos centímetros de sus frágiles cuerpos. Saben que puedo devorarlos cuando me venga en gana. Su tuviera nariz, olería su pánico, porque el pánico, creo, huele a flores muertas y podridas. ¿Queréis saber por qué vuestros zapatos nunca aparecen por la mañana en el mismo lugar en el que los dejasteis al meteros en la cama? Porque los cambio yo con el pensamiento, aunque tampoco tengo pensamiento.

Todo esto era para deciros que llevéis cuidado con lo irreal porque, aunque os empeñéis en ignorarlo, influye más en vuestras vidas que lo auténtico. Buenas noches.

domingo, 4 de septiembre de 2022

"ODIO Y VERACIDAD. SOBRE EL ATENTADO A CRISTINA FERNÁNDEZ DE KIRCHNER". Por Miguel Mazzeo

"Hay una contrarrevolución en ciernes. Una rara contrarrevolución, sin revolución pasada y sin amenaza de revolución futura. Anticomunismo sin amenaza comunista”.

¿Cuáles son las usinas de las que surgen los discursos de odio en nuestro país? Sin duda, son los “poderes fácticos”, corporativos, empresariales, judiciales y mediáticos que buscan imponerle a la sociedad argentina una “nueva normalidad”.

Los discursos de odio son el ariete del proyecto que a
spira a una manipulación irrestricta de la fuerza de trabajo, que pretende eliminar los pocos reductos de soberanía nacional que nos quedan y que impulsa unos formatos depredadores de la vida.

Los discursos de odio son la expresión de un devenir fascista del mando del capital y de un tiempo en el que este ya no necesita encubrir su violencia en formas legales. La crisis del sistema judicial, en buena medida, se relaciona con esta circunstancia. Estos discursos son signos de un capitalismo en descomposición. Una civilización agoniza y todo indica que en su larga despedida no ahorrará odio y muerte.

Hay una contrarrevolución en ciernes. Una rara contrarrevolución, sin revolución pasada y sin amenaza de revolución futura. Anticomunismo sin amenaza comunista. No hay contendientes sistémicos de fuste a la vista, por lo cual todo hace pensar que la inestabilidad de la sociedad burguesa responde a sus propias contradicciones. La sociedad burguesa parece haber asumido que su subsistencia exige la profundización de sus propias aberraciones. No quedan resquicios para la filantropía burguesa.

Los discursos de odio tienen efectos de verdad e influyen directamente en los aparatos represivos del Estado, pero también en las personas “comunes” que suelen ser las más peligrosas. Pueden alentar el desprecio a la pobreza y las fantasías paranoides. Pueden proponer un libre mercado de órganos humanos. Pueden reivindicar repúblicas abstractas mientras defienden la dictadura orgánica y concreta del mercado.

Las palabras estigmatizantes, punitivistas, discriminatorias, lanzadas desde tarimas poderosas y replicadas hasta el hartazgo, las ráfagas de vaticinios, tarde o temprano se convierten en balas. Pueden matar, apelando a distintos agentes, a una mujer en su casa del conurbano, a un pibe en el barrio de Barracas o intentar matar a una vicepresidenta de la Nación en el barrio de la Recoleta, en todos los casos, como una forma de imponer la jerarquía y la autoridad que requiere la dictadura orgánica y concreta del mercado.

Los grandes medios de comunicación no son idiotas útiles. Son idiotas morales. Son absolutamente conscientes de la violencia que generan, de la muerte que trafican. Están para eso. El problema es la intangibilidad de la manipulación simbólica a la que se suele adjudicar una cuota de responsabilidad menor que a la acción directa. El problema es la impunidad total de las y los que emiten (o amplifican) símbolos e imágenes. El problema es el enorme poder de las usinas generadoras de los discursos de odio.

Una parte importante de la sociedad argentina identifica a Cristina como un medio resistente, posible y concreto, capaz de contrarrestar el poder de esas usinas. El intento de asesinarla, y el momento de intensidad política que produjo, ratificó esa condición. Le confirió a su figura más veracidad como símbolo de autodefensa. ¿Podrá asumir esa responsabilidad y traducirla en política?

El intento de asesinar a Cristina también nos recordó el comportamiento político-empresarial de las clases dominantes argentinas y el peso del modelo trágico que signa nuestra historia. Para las clases dominantes todo aquello que representa un límite a su poder (o la amenaza de un límite) es una declaración de guerra. Toda función reparadora del universo popular es una declaración de guerra. Y aunque Cristina nunca se corrió de la férrea objetividad burguesa (jamás dijo aspirar a otra cosa), aunque los límites que propuso y propone no alimentan ninguna “enemistad estructural”, las clases dominantes la repelen, como a la misericordia y a la piedad.


"EL PENSAMIENTO VIVO DE AVERROES". Juan José Tamayo

Santo Tomás de Aquino confunde a Averroes', de Giovanni di Paolo (1445-1450) Andrés Martínez Lorca reivindica con maestría narrativa, ri...