martes, 18 de marzo de 2025

"LO QUE SABEMOS SOBRE LA IGNORANCIA". Iren Vallejo, El País 9 MAR 2025

FERNANDO VICENTE
El error es valioso: puede hacernos conscientes de nuestras lagunas y abrir ventanas a lo nuevo e inesperado

La ciencia económica enseña que la mayor parte de los bienes disponibles son limitados y escasos. Las riquezas, el poder o la fama están al alcance de una minoría. Existe, sin embargo, una insólita excepción, un don que cada habitante del planeta posee a raudales: el sentido común. Todo el mundo afirma tenerlo y además se muestra dispuesto a pregonarlo a diestro y siniestro. Algunos incluso auguran una revolución del sentido común que vendría a ser, en realidad, el eterno retorno de lo mismo: pensar que nuestras ideas son ciertas por el simple hecho de ser nuestras.

Heródoto, padre de la historia, descubrió en sus viajes que cada cultura tiende a confundir lo habitual con lo natural. “Si a todos los hombres”, escribió, “se les diera a elegir entre todas las costumbres, cada cual escogería las suyas; tan sumamente convencido está cada uno de que son perfectas”. Por ejemplo, los griegos pensaban que lo más sensato era incinerar a los muertos. Heródoto cuenta que cierta vez el rey persa Darío los convocó a su corte y les preguntó por cuánto dinero accederían a comerse los cadáveres de sus padres. Ellos, indignados, respondieron que a ningún precio. A continuación, Darío invitó a los indios calatias, cuya venerable tradición consistía en devorar a sus progenitores, y quiso saber por qué suma estarían dispuestos a quemar los restos mortales de sus parientes; ellos rompieron a vociferar, rogándole que no blasfemara. La costumbre es reina del mundo, concluye el historiador. Quizá lo realmente común sea despreciar otras formas de pensar y vivir convencidos de que la nuestra es la mejor y más cabal.

Solemos caer en un razonamiento circular: definimos como sentido común un conjunto de afirmaciones con las que todas las personas sensatas estarán de acuerdo, y las personas sensatas son aquellas que poseen nuestro mismo sentido común. Recientemente, Mark Whiting, científico social de la Universidad de Pensilvania, reclutó a más de 2.000 voluntarios para un experimento. Les pidió que valorasen afirmaciones filosóficas, prácticas y morales, como “todo el mundo tiene derecho a estudiar”. Después analizaron las respuestas en busca de patrones de creencias compartidas, pero encontraron una gran variedad de formas de entender la sensatez. Casualmente, estas ideas claras y contundentes, aparentemente obvias y naturales, tienden a coincidir con lo que cada uno piensa: si estamos de acuerdo, lo llamamos sentido común; si no, lo tildamos de ideología. Nos parecen la prueba de nuestro buen juicio, un sillar de certezas sólidas en plena era de la sospecha. En general, son verdades que no se razonan, se amurallan.

En su ensayo Ignorancia, Peter Burke sostiene que todos somos ignorantes, solo que en distintas áreas. Los sesgos del conocimiento humano son la base de nuestra empecinada tendencia al autoengaño. Aun así, el error es valioso: puede hacernos conscientes de nuestras lagunas y abrir ventanas a lo nuevo e inesperado. Del mismo modo que los cantantes han de identificar dónde desafinan, es beneficioso entender que, con frecuencia, estamos equivocados. Saber lo que no sabemos es el preludio de cualquier avance, y el bisturí que disecciona los dogmatismos. CONTINUAR LEYENDO

lunes, 17 de marzo de 2025

"SIENTO CULPA AJENA". Fernando Colina (Psiquiatra), El Norte de Castilla

QUIZÁ la primera característica de la culpa sea su inclinación por escapar del interior de uno mismo y salir a exhibirse fuera. Apenas nos empezamos a sentir culpables cuando ya nos vemos amenazados por miradas ajenas y creemos que los demás han percibido nuestra ignominia y nos acusan sin piedad ni condescendencia. La vergüenza, de hecho, es el primer paso dado al exterior por la culpa. Es el atuendo inaugural del pecado para atraer la mirada acusadora y curiosa de quienes nos rodean. Pocas experiencias humanas sufren tan agudamente la contradicción de ser extraordinariamente íntimas y, al mismo tiempo, poseer una vocación de transparencia tan confusa y espontánea.

Es cierto que la culpa tiene el prestigio de ser una experiencia privada que desarma sin necesidad de argumentos todos los intentos de justificar una culpa compartida. El recurso a una culpabilidad colectiva, cuyo ejemplo más debatido es la supuesta culpa del pueblo alemán en el genocidio, ha sido tachado enseguida por muchos moralistas como un simple pretexto, como una argucia destinada a lograr que todos se vuelvan culpables para que nadie lo sea. A la culpa se la exige que haga gala de individualidad, de esa vehemencia que nos permite sostener de modo autoritario que «la culpa es mía y solo mía», como si se tratara de la más sagrada propiedad.

Sin embargo, la culpa tiende mostrarse por cualquier rendija que encuentra. Primero, en su modo de vergüenza, reclamando la observación de los demás como intensificación de la falta propia. Y, en segundo lugar, contagiando la culpa al conjunto de la sociedad para encubrirse, para intentar justificarse tras una socorrida responsabilidad general. En ambos casos, ya sea de forma pasiva y vergonzosa, ya de modo activo y generalizador, el empuje exterior se vuelve siempre presente y proporciona a la culpa un carácter suprapersonal que choca con la secreta intimidad de que hace gala.

Ahora bien, también en dirección contraria las cosas pintan parecidas. No solo la culpa escapa de nosotros extendiendo su sombra en la familia, los amigos y la sociedad, sino que las culpas de otros nos contaminan con facilidad, colaborando con su infección en demostrar su poder supraindividual. No es gratuito que para explicar la existencia del dolor inmerecido y la existencia del Mal, se haya echado mano a la doctrina del pecado original, esto es, a una culpa trascendente que une al género humano en una falta común. Ni resulta arbitraria la existencia de ese sentimiento, tan irritante y desolador como irreprimible, que llamamos 'vergüenza ajena', que cuadra como primera manifestación de un componente aún más profundo e insondable que aquí identificamos como 'culpa ajena'. Con ello no queremos aludir a la fácil tendencia de echar enseguida la culpa al otro para salvar así nuestra responsabilidad, sino que intentamos aislar y subrayar el proceso inverso, por el cual la culpa de los demás nos alcanza y contamina con su aflicción y pesar.

Sentir 'culpa ajena' es una de nuestras emociones más oscuras y abrumadoras. Es en sí mismo inexplicable que los fallos, sufrimientos y faltas de los demás nos encojan el alma y nos conviertan de inmediato en pecadores culpables de una acción de la que, a lo sumo, hemos sido simples espectadores sin comprometer nuestra actividad. Sin duda, la 'culpa ajena' es uno de los sentimientos más confusos y decisivos del corazón humano, y, desde luego, el que inspira mayor piedad. La fuente, quizá, de la convivencia y la corresponsabilidad universal. El enemigo contumaz de cualquier inocencia.

domingo, 16 de marzo de 2025

"SENTIRSE PROFUNDAMENTE EUROPATRIOTA". Rubén Amón, Ethic 11 marzo 2025

Es del todo casual nacer donde nacemos y del todo pretencioso e irresponsable fomentar la dimensión nativista de semejante accidente.

No solo he comprado en Amazon una bandera de la Unión Europea. La he colocado en mi escritorio como un exorcismo doméstico a la conmoción del trumpismo, como un freno a la estupefacción que se deriva de habernos soltado al dóberman de Putin para sabotear el proyecto comunitario.

La traición del magnate americano desmiente un relato común y un modelo de sociedad compartida. No solo en los marcos institucionales, la OTAN entre ellos, sino en la afinidad hacia las sociedades abiertas, los derechos humanos y laborales, las causas de las minorías, la sensibilidad medioambiental, el progreso del feminismo, la tolerancia hacia los extranjeros, las obligaciones con el estado de Derecho.

Trata de trivializarse la causa de Europa en su relación anestésica con el bienestar, pero la debilidad del continente se explica en la vulnerabilidad misma de las democracias reales. Porque existe la libertad de prensa. Porque se garantiza la separación de poderes. Y porque hemos construido un espacio supranacional de garantías y de cesión de soberanía cuyas inercias benefactoras han corregido la dialéctica fundacional de la guerra.

Y no es del todo cierto que Europa haya observado un periodo ejemplar de paz desde la II Guerra Mundial, pero la masacre identitaria del conflicto balcánico en los años noventa sirvió de recordatorio al peligro del nacionalismo. Reaparecía el fantasma de Sarajevo. Prorrumpía una matanza étnica, arcaica, como si hubieran despertado los cadáveres entre las amapolas. Tiene sentido evocar el poema del oficial John McCrae, víctima él mismo del abismo de la Gran Guerra. Y canadiense. Porque la dignidad de Europa frente al nazismo era la causa extrema de toda la Humanidad: «Contra el enemigo proseguid nuestra lucha. / Tomad la antorcha que os arrojan nuestras manos exangües. / Mantenedla bien en alto. / Si faltáis a la fe de nosotros los muertos, / jamás descansaremos, / aunque florezcan / en los campos de Flandes, / las amapolas».

Las botas de Trump han pisoteado las flores. Ha faltado el sucesor de Biden a las obligaciones con el relato común, pero la profanación también ha estimulado el fervor del europeísmo en la dimensión identitaria más noble. Y no se trata de parecer ingenuos, sino de apreciar en su magnitud la relevancia de la «meta-patria», el lugar que subordina la pulsión fraticida al proyecto incluyente, la geografía ética que abjura de la raza y la diferencia.

Es del todo casual nacer donde nacemos y del todo pretencioso e irresponsable fomentar la dimensión nativista de semejante accidente o semejante accidentalidad. Sentirse muy español reviste el mismo mérito que sentirse lituano o esloveno. Por esa misma razón resulta peligroso confundir la idea legítima de la patria con la degeneración emocional del patrioterismo.

Me acuerdo de Amin Maalouf, convoco la idoneidad de un ensayo sobre la «identidad» que recelaba de la acepción más restrictiva en beneficio de la más extensiva. Sabía de lo que hablaba el escritor franco-libanés en la propia extravagancia de sus orígenes. Lengua materna árabe, ancestros egipcios, religión cristiana maronita, francófono, influencia jesuita, afinidades judías, residencia parisina, y ciudadano de la Europa sin fronteras.

Maalouf nos habla de la identidad como una suma, no como una resta. La concepción de una aleación multivitaminada nos permite comprender el mundo desde la complejidad y desde la tolerancia. Pensaba lo mismo Todorov cuando hablaba de la alteridad. No se trata de definir una frontera mental, psicológica o geográfica, sino se atravesarlas. Y de apreciar hasta qué punto reviste importancia la oportunidad de la Unión Europea.

No porque debamos renunciar a unos orígenes ni a una cultura, sino porque los «exponemos» a un proyecto común que tanto alivia el peso insoportable de la identidad fanática como enfatiza el cosmopolitismo. Circulamos sin fronteras en el continente que se ha desangrado por ellas. Compartimos la misma moneda. Y hasta el programa Erasmus vertebra la noción de una promiscuidad cultural (y no solo) que dilata la óptica y la mente.

Me siento europatriota. Y formo parte de una generación que ha llegado a tiempo de conocer el Muro de Berlín. Que ha vivido la solidaridad de Europa a la plena integración de España. Y que conserva en las entrañas la imagen de Mitterrand y de Helmut Kohl dándose la mano como escolares en el abismo de Verdún, allí donde no crecieron siquiera las amapolas.

Ha liberado Trump a Putin de sus cadenas. Ha roto el eje de Occidente. Porque Occidente no identifica una toponimia, sino una idea de las libertades y de los principios que observamos en Japón y en Canadá, en Australia y en Noruega, en Corea del Sur y en Chile.

Es la oportunidad de construir un mundo alternativo, no solo en la coincidencia de valores y en la reivindicación de las sociedades abiertas, sino también en sus connotaciones económicas y defensivas. La mejor noticia de la ferocidad de Trump consiste en haber estimulado la idiosincrasia dormida del continente. Empezando por el camino de vuelta a casa que ha emprendido Reino Unido de la mano de Keir Starmer.

Ya sabemos que la sensibilidad a la democracia contraindica la competencia entre iguales frente a la tiranía de Putin y el capitacomunismo de China. Y estamos aprendiendo a viajar sin el viento de cola que nos proporcionaba Estados Unidos. Envejecemos los europeos. Hemos subestimado el acontecimiento de la paz y el bienestar. Hemos pervertido nuestra decencia entronizando las satrapías árabes. Y no hemos dado respuesta a los problemas de integración, seguridad ni fluidez migratoria.

Es en Europa donde las fuerzas eurófobas vampirizan las propias libertades, pero la proliferación de enemigos interiores, la insolencia de la ultraderecha y el veneno del nacionalismo no justifican el desánimo ni la capitulación.

Somos Atenas frente al imperio persa. La razón frente al oscurantismo. El derecho frente al abuso de las democracias imitativas. Y tenemos una obligación con el teniente McCrae y con todos los muertos que piden descanso eterno en las entrañas de los campos de Flandes.

sábado, 15 de marzo de 2025

"¿RADICALIZAN A LOS JÓVENES LAS REDES SOCIALES? Santiago Giraldo Luque Profesor de Periodismo. Universidad Autónoma de Barcelona, Cristina Fernández Rovira Coordinadora del grado en Global Studies, Universitat de Vic, The Conversation 4 marzo 2025

Las redes sociales han revolucionado la manera en que nos comunicamos, tanto en el ámbito personal como en el institucional o político. En el caso de los jóvenes, son el entorno en el que se informan y forman sus creencias. Esto tiene un lado negativo, pues al ser sus principales canales de información pueden promover la radicalización de posturas políticas y la propagación de estereotipos de género, ideas homófobas y racistas, como revelan algunos estudios demoscópicos realizados en los últimos años que analizamos a continuación.

La desconfianza en los medios tradicionales y las nuevas formas de socialización vinculadas a internet han construido una dependencia creciente de estas plataformas. Hoy son la influencia principal de adolescentes y jóvenes, y a ellos se dirigen muchos de los discursos emotivos y extremistas que llenan la red con hechos alternativos.

Cambio en las fuentes de información

En 2023, el 50 % de los jóvenes españoles de entre 18 y 24 años decía desconfiar de las noticias de medios de comunicación. Esta creciente desconfianza les ha llevado a buscar información en otras fuentes, especialmente en las redes sociales.

También sabemos que, en España, el 60 % de los adolescentes mayores de 14 años prefieren informarse a través de redes sociales, y el 72 % lo hace mediante amigos o familiares. Nada de medios. Ni siquiera para seguirlos en redes: los periodistas y medios son el grupo de interés menos seguido por los usuarios en las redes sociales, con apenas un 15,6 %, muy por debajo de familiares y amigos (47,8 %), actores o comediantes (29,4 %) e incluso influencers (22,6 %).

Los algoritmos privilegian los contenidos polémicos y fáciles de viralizar

El cambio en las fuentes de información tiene implicaciones significativas. Las redes sociales, a diferencia de los medios tradicionales, no cuentan con mecanismos efectivos para verificar la veracidad de la información que se comparte. Además, como demostró la minuciosa investigación realizada por Jeff Horwitz, periodista de The Wall Street Journal, sus algoritmos privilegian el contenido no por su calidad, sino por su potencial de viralización, con lo cual la polémica, el grito y la emoción (lo que alimenta los hechos alternativos) ganan la partida a la construcción informativa que los medios intentan, de forma regulada, realizar.

Depender de ellas exclusivamente como fuente principal de información ha facilitado la propagación de ideologías extremistas y actitudes discriminatorias entre los jóvenes. Plataformas como X, YouTube, TikTok e Instagram permiten que influenciadores difundan mensajes que pueden cuestionar valores democráticos y promover estereotipos de género, homofobia y racismo. Los jóvenes de 18 a 29 años confían por igual en youtubers que en medios de comunicación tradicionales.

Efectos en el discurso colectivo

La propagación de estereotipos de género provenientes de las redes sociales quedó demostrada con la primera encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sobre percepciones de igualdad y estereotipos de género. Publicada en enero de 2024, reveló que el 44,1 % de los hombres cree que la promoción de la igualdad ha llegado tan lejos que ahora se les discrimina a ellos. Este sentimiento es más pronunciado entre los jóvenes de 16 a 24 años, alcanzando el 51,8 %.

Otras encuestas recientes apuntan a que la difusión de mensajes de odio, machismo y ultracapitalismo calan entre los adolescentes: solo el 35,1 % de los hombres de la generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) se consideraba feminista en 2024.

¿Por qué es preocupante?

La influencia de las redes sociales en la formación de creencias y actitudes entre los jóvenes tiene profundas implicaciones para la cohesión social y la salud democrática.

Las redes sociales no solo han transformado el acceso a la información, sino que moldean de manera profunda, como en el caso de los imaginarios machistas, las creencias políticas y sociales de los jóvenes.

Por ejemplo, que una cuarta parte de los menores de 35 años en España considere que un gobierno autoritario puede ser preferible a la democracia no es un dato menor ni una simple anécdota generacional: es la evidencia de que el modelo de conversación pública en el que se forman sus opiniones puede erosionar los principios democráticos desde su base. Las dinámicas descontroladas de difusión de desinformación y la deslegitimación sistemática de las instituciones que abunda en las redes sociales han creado un entorno en el que la democracia ya no es un valor incuestionable, sino una opción más entre otras.

Aun así, las grandes plataformas tecnológicas operan sin regulación efectiva y los medios han perdido la capacidad de interpelar a una generación que ya no confía en ellos.

¿Dónde está la salida?

El futuro democrático solo puede ser sostenible si la ciudadanía (jóvenes incluidos) se informa en lugares seguros y generados por profesionales de la información. Lugares saneados de la desinformación que campea libre en las redes sociales bajo la falsa idea de libertad de expresión. ¿Es posible convencer a los jóvenes de que les interesa incluir en su “dieta informativa” el trabajo de profesionales del periodismo?

Intentar luchar contra la desinformación en el mismo campo de batalla, es decir en las propias redes sociales, no está funcionando, y tampoco es un modelo rentable para los medios de comunicación tradicionales. La otra opción sería abandonar las redes y crear y fortalecer otras vías de acceso.

No es tan difícil. Cuando en 2020 Australia decidió que las redes sociales deberían pagar a los medios por su contenido, los medios australianos sufrieron algo así como el apagón algorítmico de Facebook, y no dejaron de existir. Al contrario, encontraron alternativas y descubrieron que hay vida más allá de las redes sociales.

Sistemas de suscripción a la calidad informativa, similares a los de Netflix o HBO, que los jóvenes sí conocen, podrían ser la alternativa. Pero para ello, hay que convencer a las generaciones que creen que están informados a cambio de nada, de que ni están informados, ni es a cambio de nada.

viernes, 14 de marzo de 2025

Entrevista a Elena Postigo: «Nos planteamos con demasiada ligereza alterar la especie humana». Luis Pardo, Revista Ethic

Iba Elena Postigo para médico, pero en último momento optó por la filosofía. Luego, acabando la carrera, su interés por la bioética la puso de nuevo en contacto con la ciencia médica y con las intervenciones que afectan a la vida como un área de reflexión apasionante. En una jornada reciente en Madrid sobre «Mejoramiento Humano: mitos y realidades», organizado por la Fundación Lilly, Postigo, directora del Instituto de Bioética de la Universidad Francisco de Vitoria, incidió en que todo desarrollo científico y tecnológico debería llevar implícita una reflexión de carácter ético que contemple el impacto sobre los que están por llegar. Es algo que le preocupa tanto que ya trabaja en un libro que llevará por título ‘Bioética para las generaciones futuras’.

¿De qué hablamos cuando hablamos de mejoramiento humano y a qué disciplinas compete este objetivo?

Cuando hablamos de mejoramiento, hablamos de algo muy amplio. Están la mejora genética y el alargamiento de la vida, pero hay otras formas de mejoramiento que plantean los transhumanistas: el mejoramiento farmacológico, el afectivo, el de hábitos morales, el mental mediante nanochips… Es algo que compete, claro, a médicos, genetistas, pero también a expertos en bioética que valoren riesgos, que tengan en cuenta lo que algunos autores llamamos la responsabilidad intergeneracional. Estamos hablando de hacer cambios que afectarán a las generaciones futuras y lo hacemos sin consultarles. Se habla de efectos desconocidos que pueden tener ciertas alteraciones genéticas. Como dicen los expertos, no basta con quitar un gen y automáticamente se quita la enfermedad; es que ese gen puede influir en muchos otros. Un llamamiento a la prudencia. Por eso la bioética no puede ir a la zaga, tiene que ir a la par que la ciencia. Son imprescindibles los grupos interdisciplinares.

Sobre el alargamiento de la vida, ¿tenemos la obligación moral de mejorar al ser humano y expandir sus capacidades, o solo de proporcionarle la mejor vida posible?

No creo que tengamos la obligación moral de expandir las capacidades del ser humano. Tenemos la obligación de darle los medios necesarios a nivel científico y médico, pero también educativo, social y cultural para mejorar su existencia. Se puede vivir una vida de 30 años que sea muy plena y alcanzar una de 90 años que esté muy vacía. No es tanto los años de vida, sino cómo son vividos. Alargar la vida está bien, pero hay que pensar en dos variables. Una, que no sea solo a nivel individual, que sea un esfuerzo a nivel social, de bien común. Y segundo, cómo vamos a dotar de sentido ese mayor tiempo de vida. Es algo que tendemos a perder de vista: perseguir la ampliación de la vida, sin pensar en qué condiciones y para qué queremos lograrlo.

¿Quién establece los límites de las mejoras biotecnológicas?

Es una cuestión que me preocupa mucho. A día de hoy, los establece la ciencia o, como mucho, el derecho o los gobiernos. Y pensemos en un gobierno autoritario –no mencionaré ninguno concreto– que diga: los estándares son estos y queda fuera quien no los cumpla. Eso puede generar un tipo de sociedad eugenésica, discriminatoria, donde la persona con discapacidad o con poca esperanza de vida quede automáticamente descartada. Hay una cuestión de fondo y es que puede haber una persona genéticamente imperfecta que sea muy feliz, y lo contrario, genéticamente perfecta pero muy infeliz y que acabe suicidándose. Nuestra felicidad no estriba en la perfección. El mejoramiento humano es que lo que se pueda hacer en términos genéticos se complete con una visión integral de la persona a nivel social, familiar, cultural, humano, incluso espiritual, si me apuras. Focalizarse solo en lo genético supone una miopía intelectual y científica. Desde la edad escolar los alumnos deben crecer sabiendo que la felicidad se adquiere de muchas formas: con el cariño en casa, con el respeto al discapacitado, con la ayuda a países del Tercer Mundo… CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 12 de marzo de 2025

"EL PAPA Y JD VANCE: 'ARDO MORIS', LA GRAN DISCUSIÓN. Enric Juliana, La Vanguardia 4 MAR 2025

Ordo amoris. El orden del amor. Si el Papa no se hubiese puesto gravemente enfermo, la discusión abierta con JD. Vance sobre la jerarquía del amor habría traspasado los límites de las publicaciones religiosas. ¿El amor al prójimo se organiza en círculos concéntricos, perfectamente jerarquizados, primero los más próximos y después ya veremos? ¿Hemos de dejarnos conmover por la desgracia o la injusticia que padecen personas que nos son lejanas? Universalismo o un orden moral ceñido a lo más próximo. Es la discusión. Es la gran discusión.

Lo que faltaba: la religión. Sin la religión quizás no podamos entender la vertiginosa curva del siglo XXI. Los mapas no lo explican todo aunque sean imprescindibles. No todo obedece a la tremenda aceleración de la tecnología. Mejor dicho, la aceleración tecnológica invita a la religión a volver a actuar de calmante. La religión reaparece como guía y refugio en medio del caos. “Religare”. Reunir. Agrupar.
​Vamos a situarnos. Washington / Roma, febrero del 2025. Después de las primeras órdenes presidenciales para proceder a la captura y deportación de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos, el Papa dirige una carta a los obispos norteamericanos exhortándoles a defender la dignidad humana y a combatir la identificación de la inmigración con la criminalidad. Cuando Francisco hace pública la carta, el 10 de febrero, la nueva Secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, ya ha aparecido en un vídeo proclamando que va a limpiar el país de “basura”. Antigua gobernadora de Dakota del Sur, propietaria de un rancho, comparece ataviada con un chaleco policial. Después de la carta de Francisco, la Conferencia Episcopal de Estados Unidos presenta una demanda judicial contra el Gobierno federal por el recorte de fondos para la asistencia a los inmigrantes.

En medio de ese pulso, estalla una discusión teológica a propósito de unas palabras de San Agustín reivindicadas por el vicepresidente JD Vance como fundamento moral de su política. “Vive justa y santamente el que tiene el amor ordenado, de suerte que ni ame lo que no debe amarse, ni no ame lo que debe amarse, ni ame más lo que ha de amarse menos, ni ame igual lo que ha de amarse más o menos, ni menos o más lo que ha de amarse igual”.

¿Qué orden debe mantener el amor al prójimo? En unas primeras declaraciones como vicepresidente, Vance, católico converso desde hace seis años, apeló a San Agustín y a Santo Tomás de Aquino para establecer la siguiente jerarquía: “Amas a tu familia, y luego amas a tu vecino, y luego amas a tu comunidad, y luego amas a tus conciudadanos de tu propio país. Y después de eso, puedes enfocarte y priorizar el resto del mundo”. La familia, la comunidad y la nación por delante. Según Vance, la “extrema izquierda” ha invertido los términos del ordo amoris poniendo el acento en los más lejanos.

Su apelación a San Agustín no es casual. La lectura de La Ciudad de Dios de Agustín de Hipona influyó mucho en su conversión. Hijo de una familia pobre de Ohio, vivió una infancia muy dura y desgraciada, fue soldado en Irak, donde se desengañó del neoconservadurismo (atención, José María Aznar) que prometía instaurar la democracia por la fuerza allí donde hiciera falta. Quedo impresionado por la guerra y por la destrucción de la comunidad cristiana iraquí. Estudió Derecho, escribió una autobiografía sobre la dureza de sus orígenes (Hillbilly, una elegía rural, Deusto) y la popularidad adquirida en medios conservadores tras la publicación de ese libro le aproximó a la política. Vance no es un neoliberal clásico. Es un católico integrista que repudia a la élite liberal de Estados Unidos y propugna un gobierno fuerte para enderezar el rumbo de la nación desde los valores religiosos. Considera que el día de su bautizo se unió a La Resistencia. Su pensamiento no está muy lejos de los nacionalistas rusos. CONTINUAR LEYENDO

martes, 11 de marzo de 2025

ENTREVISTA A ARUNDHATI ROY: “No puedes ponerte en huelga de hambre si ya estás pasando hambre”. Andra Aguilar, El País 23 AGO 2020

La reconocida intelectual y activista india recopila en su último libro, ‘Mi corazón sedicioso’, 30 años de combativos reportajes y artículos

Habla desde Nueva Delhi por videoconferencia, vestida de rosa y con una voz tranquila y el suave deje del acento indio, que no ocultan lo tajante, combativo, bien articulado y radical de sus planteamientos. La escritora Arundhati Roy saltó a la fama internacional con su novela El dios de las pequeñas cosas hace ya tres décadas, y no ha cejado desde entonces en la denuncia a través de documentados artículos y ensayos de las injusticias e hipocresías que esconde el sistema neoliberal. Mi corazón sedicioso (Anagrama) reúne 19 textos en los que Roy aborda desde las pruebas nucleares hasta la conversión en símbolos capitalistas de Nelson Mandela, Martin Luther King o Gandhi. A este último le dedica unas desafiantes páginas en las que trata de separar mito y realidad.

"CONDENA ANTES DEL JUICIO". Baltasar Garzón, infoLibre.es

Cuando la sospecha sustituye a la prueba, la víctima no es solo un investigado concreto sino el propio Estado de derecho   "Noticias fa...