sábado, 30 de julio de 2022

"EL REGRESO DEL CONOCIMIENTO. Un artículo de Antonio Muñoz Molina publicado en El País el 25-III-2020

Nos habíamos acostumbrado a vivir en la niebla de la opinión; pero hoy, por primera vez desde que tenemos memoria, prevalecen las voces de personas que saben y de profesionales cualificados y con coraje

Por primera vez desde que tenemos memoria las voces que prevalecen en la vida pública española son las de personas que saben; por primera vez asistimos a la abierta celebración del conocimiento y de la experiencia, y al protagonismo merecido y hasta ahora inédito de esos profesionales de campos diversos cuya mezcla de máxima cualificación y de coraje civil sostiene siempre el mecanismo complicado de la entera vida social. En los programas de televisión donde hasta hace nada reinaban en exclusiva charlistas especializados en opinar sobre cualquier cosa en cualquier momento, ahora aparecen médicos de familia, epidemiólogos, funcionarios públicos que se enfrentan a diario a una enfermedad que lo ha trastocado todo y que en cualquier momento puede atacarlos a ellos mismos. Cada tarde, a las ocho, sobre las calles vacías, estalla como una tormenta súbita un aplauso dirigido no a demagogos embusteros sino a los trabajadores de la sanidad, que hasta ayer mismo cumplían su tarea acosados por los continuos recortes, la falta de medios, el desdén a veces agresivo de usuarios caprichosos o quejicas. Ahora, salvo en los reductos consabidos, no escuchamos eslóganes, ni consignas de campaña diseñadas por publicistas, ni banalidades acuñadas por esa especie de gurús o aprendices de brujo que diseñan estrategias de “comunicación” y a los que aquí también, qué remedio, ya se llama spin doctors: engañabobos, embaucadores, vendedores de humo.

La realidad nos ha forzado a situarnos en el terreno hasta ahora muy descuidado de los hechos: los hechos que se pueden y se deben comprobar y confirmar, para no confundirlos con delirios o mentiras; los fenómenos que pueden ser medidos cuantitativamente, con el máximo grado de precisión posible. Nos habíamos acostumbrado a vivir en la niebla de la opinión, de la diatriba sobre palabras, del descrédito de lo concreto y comprobable, incluso del abierto desdén hacia el conocimiento. El espacio público y compartido de lo real había desaparecido en un torbellino de burbujas privadas, dentro de las cuales cada uno, con la ayuda de una pantalla de móvil, elaboraba su propia realidad a medida, su propio universo cuyo protagonista y cuyo centro era él mismo, ella misma.

Yo iba por la calle y me fijaba en que casi todo el mundo a mi alrededor se las arreglaba para vivir dentro de su espacio privado, exactamente igual que si estuviera en el salón de su casa, en su dormitorio, hasta en su cuarto de baño: la diadema de los cascos gigantes para no oír el mundo exterior y estar alimentado a cada momento por un hilo sonoro ajustado a sus preferencias; la mirada no en la gente con la que te cruzas, sino en la pantalla a la que miras; la voz que habla en el mismo tono que en una habitación cerrada, tan descuidada de los otros que era habitual asistir involuntariamente a conversaciones íntimas embarazosas, a peleas, a estallidos de lágrimas.

“Usted tiene todo el derecho del mundo a sus propias opiniones, pero no a sus propios hechos”, escribió el gran senador demócrata y activista cívico Patrick Moynihan. Lo dijo antes de que un portavoz de Donald Trump acuñara el término “hechos alternativos”, y de que la penuria económica de los medios de comunicación los llevara a alimentarse de opiniones más que de hechos, ya que siempre será mucho más caro, más trabajoso y hasta más arriesgado investigar un hecho que emitir una opinión. Se suma a esto una difusa hostilidad colectiva, que los medios alientan, hacia todo lo que parezca demasiado serio, pesado, poco lúdico. El entrevistador no disimula su impaciencia ante el invitado que suena premioso en cuanto se esfuerza en una explicación. Lo interrumpe: “Dame un titular”. Investigar con rigor y explicar con claridad requiere conocimiento y experiencia, que es el conocimiento más profundo que solo se obtiene con el tiempo y la práctica: son las cualidades necesarias para ejercer una tarea pública comprometida, desde asistir a un enfermo en una sala de urgencias a mantenerla limpia, o conducir una ambulancia, o montar de la noche a la mañana un hospital de campaña.

Pero entre nosotros la experiencia había perdido cualquier valor y todo su prestigio, y el conocimiento provocaba recelo y hasta burla. Cuando todo ha de parecer ostentosamente joven y asociado a la última novedad tecnológica, la experiencia no sirve para nada, y hasta se convierte en una desventaja para quien la posee; cuando alguien cree que puede vivir instalado en la burbuja de su narcisismo privado o de ese otro narcisismo colectivo que son las fantasías identitarias, el conocimiento es una sustancia maleable que adquiere la forma que uno desee darle, igual que su presencia personal queda moldeada por los filtros virtuales oportunos. Y la política deja de ser el debate sobre las formas posibles y siempre limitadas de mejorar el mundo en beneficio de la mayoría para convertirse en un teatro perpetuo, en un espectáculo de realidad virtual, no sometido al pragmatismo ni a la cordura, una fantasmagoría que se fortalece gracias a la ignorancia y que encubre con eficacia la cruda ambición de poder, el abuso de los fuertes sobre los débiles, la propagación de la injusticia, el despilfarro, el robo de dinero público.

En España, la guerra de la derecha contra el conocimiento es inmemorial y también es muy moderna: combina el oscurantismo arcaico con la protección de intereses venales perfectamente contemporáneos, que son los mismos que impulsan en Estados Unidos la guerra abierta del Partido Republicano contra el conocimiento científico, financiada por las grandes compañías petrolíferas. La derecha prefiere ocultar los hechos que perjudiquen sus intereses y sus privilegios. La izquierda desconfía de los que parezcan no adecuarse a sus ideales, o a los intereses de los aprovechados que se disfrazan con ellos. La izquierda cultural se afilió hace ya muchos años a un relativismo posmoderno que encuentra sospechosa de autoritarismo y elitismo cualquier forma de conocimiento objetivo. Ni la izquierda ni la derecha tienen el menor reparo en sustituir el conocimiento histórico por fábulas patrióticas o leyendas retrospectivas de victimismo y emancipación.

Curiosamente, en España, la izquierda y la derecha se han puesto siempre de acuerdo en echar a un lado o arrinconar a las personas dotadas de conocimiento y experiencia en el ámbito público, y someterlas al control de pseudoexpertos y enchufados. Maestros y profesores de instituto llevan décadas sometidos al flagelo de psicopedagogos y de comisarios políticos; los médicos y los enfermeros en la sanidad pública se han visto sometidos al capricho y a la inexperiencia de presuntos expertos en gestión o en recursos humanos cuyo único talento es el de medrar en la maraña de los cargos políticos.

Nos ha hecho falta una calamidad como la que ahora estamos sufriendo para descubrir de golpe el valor, la urgencia, la importancia suprema del conocimiento sólido y preciso, para esforzarnos en separar los hechos de los bulos y de la fantasmagoría y distinguir con nitidez inmediata las voces de las personas que saben de verdad, las que merecen nuestra admiración y nuestra gratitud por su heroísmo de servidores públicos. Ahora nos da algo de vergüenza habernos acostumbrado o resignado durante tanto tiempo al descrédito del saber, a la celebración de la impostura y la ignorancia.

"LOS CUIDADOS A LAS PERSONAS MAYORES Y LA PARTICIPACIÓN LABORAL DE LAS MUJERES". Un artículo de Lidia Brun publicado en elDiario.es el 27 de julio de 2022

El envejecimiento de nuestras poblaciones y las necesidades de cuidado están atravesados por la desigualdad entre hombres y mujeres. La carga de estos cuidados, ya sean dentro de la familia o a través de las alternativas de mercado, recae particularmente sobre las espaldas de las mujeres con menos ingresos. Las políticas públicas dirigidas a atender el número creciente de mayores dependientes deben apoyar la transformación de los sistemas tradicionales de cuidados teniendo en cuenta estas desigualdades persistentes.


viernes, 29 de julio de 2022

Carmiña Navia: "Las mujeres también esperamos una petición de perdón por parte de la Iglesia". Publicado en Religión Digital

La escritora y líder social Carmiña Navia ha dado a conocer una carta abierta al papa Francisco, con ocasión del mea culpa del pontífice a los pueblos indígenas de Canadá

"Muchos de sus gestos y sus palabras me devuelven una muy débil luz de la esperanza", escribió Navia a Francisco

CARTA DE CARMIÑA NAVIA AL PAPA

"No creo que nunca esta carta llegue a sus manos ni sea leída por usted, ni mucho menos contestada. Me sale sin embargo desde muy adentro escribirla y mandarla a recorrer el mundo

Quiero decirle que lo admiro mucho. Usted es un líder espiritual de una gran sabiduría y fortaleza. Creo que su intención de tener una vida coherente desde la sencillez y la cercanía a la gente corriente es particularmente valiosa y nos habla de una iglesia más cercana al espíritu de Jesús de Nazaret. Le escribo principalmente con motivo de su viaje a Canadá, un viaje que usted ha definido como de penitencia y petición de perdón a los pueblos indígenas por lo que padecieron en manos de sectores eclesiales. Es un viaje valiente, especialmente en sus condiciones de salud, y esa petición de perdón demuestra una sintonía muy especial y necesaria con los marginados y maltratados de la historia. No es la primera vez que usted pide perdón y hace gestos de acercarse a los otros, a los distintos, a los y las que transitan por rutas diferentes, a los desposeídos y sufrientes.

En sus actitudes motivo mis palabras. La verdad, le confieso que no espero demasiado de la iglesia. Es tan fuerte el desvío que ha tenido de los anuncios y llamados evangélicos que no creo sea posible un regreso a los rumbos de Jesús. Sin embargo, muchos de sus gestos y sus palabras, me devuelven una muy débil luz de la esperanza…

Y ahora, mi motivo central:

¿No cree que la Iglesia, en su cabeza o en la de otra persona, tendría que pedir perdón a la mujer, a las mujeres en general? Hay tantos motivos, a lo largo de la historia, para ello: El silenciamiento a que ha sido y es sometida, la falta absoluta de reconocimiento. El intentar robar la memoria histórica de una potencia como la de María de Magdala. La condena del cuerpo femenino como un camino hacia el pecado. La persecución a las brujas y sus asesinatos. La marginación y condena a unas mujeres tan extraordinarias y visionarias como las Beguinas, el pasar sobre ellas en silencio en todas las historias de la iglesia y memorias de cristianismo. Una lectura bíblica que las ha identificado con el mal, con la “carne” y sus connotaciones negativas, con el pecado. El no haberle dado jamás un lugar adecuado en la estructura eclesial y el negarle la igualdad plena de derechos y oportunidades en este ya avanzado siglo XXI.

Podría seguir enumerando situaciones, pero en esta carta no se trata de eso. Tan sólo quiero apelar a su sensibilidad tan fina en algunos aspectos y problemas, para que ella se ubique frente a las mujeres creyentes y las anime a vivir nuevas épocas, nuevos amaneceres, nuevas acogidas.

Confío en usted, papa Francisco. Sé que ha intentado reparar el gran error eclesial cometido con las mujeres, al perderse de su aporte y riqueza… pero se trata hasta ahora de intentos tímidos que no se concretan en los puntos nodales. Varias veces usted ha hecho promesas, ha creado comisiones de estudio, ha ofrecido cambios reales creando en muchas una gran ilusión… sin embargo a la hora de concretar, todo se ha diluido. Tal vez usted no pueda cambiar mucho las cosas… tal vez está cautivo de los poderes invisibles… Pero pedir perdón sí puede. Está en sus manos. Las mujeres que amamos al Maestro de Galilea, esperamos esa petición que puede abrirnos a un futuro en abrazos sororos.

Pido a la Divina Sabiduría lo bendiga y proteja.

Sororalmente,

Carmiña Navia Velasco

jueves, 28 de julio de 2022

"VAMOS A FRENAR EL ODIO A LAS PERSONAS INMIGRANTES". Por María José Gascón, Coordinadora de nuevas narrativas sobre migraciones de Oxfam Intermón, publicado en elDiario.es el 27 de julio de 2022

En todo el mundo, sobre todo en Occidente, estamos presenciando una inquietante oleada de xenofobia y racismo. Desde hace tiempo se da un aumento preocupante de expresiones públicas de intolerancia, lo vemos en Europa y lo vivimos en España. Y aunque la migración no es necesariamente el tema central en juego es ahí donde se desarrollan los discursos de odio para exacerbar el miedo, la exclusión y la discriminación hacia las personas migrantes.

Las crisis son el caldo de cultivo perfecto en el que proliferan aún más estos relatos racistas, permeando de manera alarmante en la sociedad. Y, ¡desde el 2008 vamos servidos! La infusión al miedo, rechazo y desconfianza es la intención que está detrás de los mensajes que transmiten estos discursos.

La forma en que se cuenta la migración no son elementos abstractos que se establecen de forma inofensiva en el imaginario común, sino que constituyen el molde del trato que se dispensa a las personas que migran o que buscan refugio, aplicando un doble rasero según su procedencia y color de la piel, como por desgracia hemos visto recientemente en la frontera Sur.

Ese meme o ese audio sobre ayudas sociales, esa pintada en la calle sobre niños, niñas y jóvenes africanos que viajan solos, ese contenido sospechoso que infunde miedo y rechazo hacia otras personas racializadas es desinformación creada a consciencia para que la veamos a diario y que corran como la pólvora por redes sociales o whatsapp. Son herramientas queconstruyen intencionadamente una forma distorsionada de percibir a las personas migrantesEl impacto de la desinformación o los bulos distorsiona la percepción, las creencias y el imaginario social de la población sobre las personas migrantes; también refuerza estereotipos y prejuicios e incrementa sustantivamente la exposición a narrativas de odio. Estas creencias, a su vez, impiden cambios políticos que son necesarios, tanto desde el punto de vista económico como social. Igualmente, sirven para perpetuar y justificar el racismo individual e institucional y además permiten que la migración sea utilizada como chivo expiatorio para encubrir cuestiones no resueltas como la desigualdad, desprotección social, empleo precario, acceso a servicios públicos fundamentales, evitando así que se ponga el foco en las verdaderas causas estructurales de la desigualdad y la pobreza.

El discurso de odio constituye una amenaza para los valores democráticos, la estabilidad, la cohesión social y la paz. Así, afecta directamente y de forma muy concreta a la vida de las personas migradas, a sus familias y a la sociedad en su conjunto, porque dificultan la buena convivencia y limitan su contribución y participación como bien público global.

Seguramente seas una de esas personas que han escuchado algún bulo sobre personas migrantes en alguna ocasión. A lo mejor eres también una de esas personas dentro del elevado porcentaje de población que cree que existe una intención deliberada de manipularlas a través de las redes sociales. Probablemente, a su vez, estés entre ese porcentaje alto de personas que está preocupada por la desinformación y su impacto en la vida real. Es posible igualmente que estés desconcertada y seas parte de la ciudadanía que declara que “hay tanta desinformación que ya no me creo nada” ya que existe una gran dificultad para distinguir lo que es verdad o mentira y, que elige vivir aislada de opiniones y narrativas contrarias a la tuya. Los bulos hay que frenarlos para evitar que otras personas sufran y consigamos dar pasos hacia una justicia social más fuerte y rica. Solas no podemos.

miércoles, 27 de julio de 2022

"AHORA RESULTA QUE EL CALENTAMIENTO GLOBAL ES DE IZQUIERDAS". Por Sergio C. Fanjul en retinatendencias.com

No es indigno que un presidente hable de las muertes que genera el Cambio Climático. Son indignos los que se oponen cerrilmente al conocimiento científico en momentos de emergencia civilizatoria. Y los palmeros que les aplauden las gracias.

“Decir de forma frívola que el cambio climático mata no es propio de alguien que se digne a ser presidente del Gobierno de España”, dijo el otro día Enrique López, el consejero de Presidencia, Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid, en referencia a los incendios en España. Lo dijo con ese patetismo del que cree que está cantando las verdades del barquero (el entrecejo apretado) pero, en realidad, está cayendo en el descrédito. No es el único miembro de la derecha española que le quita hierro al problema del calentamiento global, incluso cuando dicho calentamiento se hace evidente: las olas de calor que se registran son cada vez más frecuentes, más duraderas y más intensas, y tienden más a coincidir en diferentes puntos de la geografía. Y, sí, influyen en el aumento de los incendios.

Varios cargos del equipo de Isabel Díaz Ayuso se han pronunciado de manera parecida en los últimos tiempos, incluso han querido quitar el término “crisis climática” del currículo escolar. Eso en la derecha mediopensionista, en la extrema derecha de Vox se habla con mucho más desparpajo de la “dictadura climática”, de los “chiringuitos climáticos” y, en fin, de todo aquello que, en la línea del trumpismo más descerebrado, pueda desacreditar la, en efecto, “emergencia climática”. Lo más tremendo es el cuñadismo ilustrado de aquel que se seca las gotas de sudor con el pañuelo, si es que no está disfrutando del aire acondicionado su despacho en una administración, y espeta: “¡Es normal que haga calor en verano!”.

El otro día vi un vídeo de mi admirado Carl Sagan compareciendo ante una comisión del Congreso de los Estados Unidos en 1985. Con su voz grave y su excelente manera de explicar los fenómenos naturales, Sagan narraba a sus señorías, en fecha ya tan lejana, cómo el efecto invernadero podía modificar la atmósfera de la Tierra y convertirla en algo parecido a la de otros planetas que eran su objeto de estudio, como el infernal Venus.

Desde esa fecha, como mínimo, viene alertando la comunidad científica, avalada por profusos datos, claro está, y de forma prácticamente unánime sobre la gravedad del asunto. Véase el libro Perdiendo la Tierra (Capitán Swing), de Nathaniel Rich, una crónica de cómo en los años 80 se perdió una gran oportunidad para atajar el problema. Hete aquí que estamos en 2022, con el asunto desatado, olas de calor frecuentes y largas, incendios por doquier, altas cifras de muertes por calor (e-xac-ta-men-te como se había predicho, véase El planeta inhóspito (Debate), de David Wallace-Wells) y, al igual que en la película No mires hacia arriba, hay quien todavía prefiere el negacionismo y las chanzas, antes que la acción urgente. Porque ahora, por motivos electoralistas y para paliar una larga tradición de ecologismo progresista, resulta que la preocupación por el calentamiento global es de izquierdas, cuando debería considerarse un riesgo existencial para la civilización.

Crecí en un mundo donde había unos consensos impepinables que, como tales, se enseñaban desde la escuela infantil. Entre ellos se encontraban el deber de cuidar el medioambiente y el respeto por la ciencia, que es nuestra mejor fuente de conocimiento (aunque este conocimiento sea incompleto, provisional y revisable) y la forma más eficaz de hacer las cosas (ya sean estas cosas curar el cáncer o destruir el planeta). Ahora parece que estos y otros consensos saltan por los aires y ya es difícil manejarse por el mundo, y más aún manejar los destinos humanos, porque ya no existe ni un sustrato común sobre el que entenderse. Qué hacer cuando volvemos a posiciones medievales que hacen prevalecer la creencia sobre la evidencia (ese matiz es precisamente lo que posibilitó el mundo moderno), ya sea en el negacionismo climático de la derecha, el terraplanismo o los antivacunas.

No tomarse en serio el calentamiento global es inadmisible, sobre todo si uno es un político. Es ser un “mal antepasado” para las generaciones venideras, como diría el filósofo Roman Krnacik: debemos dejar de “colonizar el futuro” para extraer rendimiento sin preocuparnos por las personas que lo habitan. Sería conveniente, además, dejar de hablar del futuro del “planeta” o la amenaza “al medioambiente”. En realidad, al planeta, a la naturaleza, al medio ambiente, le importa bien poco el calentamiento global: como sistema resiliente, como siempre ha hecho, se adaptará a la nueva situación, y la vida seguirá avanzando ciegamente hacia el futuro, con su tenacidad habitual. Lo que está en juego no es el planeta, ni la naturaleza, sino la especie humana y la civilización, que sí es vulnerable a una subida de las temperaturas de la magnitud de la que se nos presenta ya mismo.

No es indigno que un presidente hable de las muertes que genera el Cambio Climático. Son indignos que se oponen cerrilmente al conocimiento científico en momentos de emergencia civilizatoria. Y los palmeros que les aplauden las gracias.


Sergio C. Fanjul

Sergio C. Fanjul es licenciado en Astrofísica y Máster en Periodismo. Tiene varios libros publicados (Pertinaz freelance, La vida instantánea, La ciudad infinita). Es profesor de escritura, guionista de tele, radiofonista y performer poético. Desde 2009 firma columnas, reportajes, crónicas y entrevistas en EL PAÍS y otros medios.

lunes, 25 de julio de 2022

"CLASE SOCIAL DE ORIGEN Y RENDIMIENTO ESCOLAR COMO PREDICTORES DE LAS TRAYECTORIAS EDUCATIVAS". Fabrizio Bernardi y Héctor Cebolla

En este artículo exploramos el impacto del rendimiento escolar (conocido como efectos primarios) y la estructura de costes y beneficios a los que se enfrentan los individuos de distinta clase social de origen (efectos secundarios) cuando afrontan la transición entre la educación obligatoria y no obligatoria en España. Ambos predictores de las trayectorias operan a través de un efecto de interacción contribuyendo a la reproducción de desigualdades educativas. Esta interacción parece sugerir que el rendimiento escolar no es interpretado de la misma forma por los individuos de distinto origen social. En concreto, existe un efecto de compensación por el que los estudiantes de clase alta tienen una probabilidad mayor de alcanzar estudios secundarios superiores o universitarios con respecto a los estudiantes de clase baja, cuando sus «notas» son malas. Por lo tanto, la desigualdad por clase social de origen es máxima entre los peores estudiantes. 


jueves, 21 de julio de 2022

"ELOGIO DE LOS TRABAJADORES ESENCIALES". Por Ramón Oliver. ETHIC 18 de julio de 2022

La dedicación de los profesionales de bata, delantal y uniforme de faena fue fundamental para garantizar que al resto de la población no le faltaran suministros de alimentos o medicamentos durante los meses más duros del confinamiento. A pesar de ello, todavía tendemos a medir el valor de una persona por el tipo de profesión que desempeña.

Asumámoslo. La consideración social de la que disfrutan determinadas profesiones de prestigio como abogado, ingeniero o profesor universitario no es la misma que la que se otorga a otras formas de ganarse la vida de menor lucimiento como cajero de supermercado, limpiador o transportista. El motivo: una combinación de esnobismo, idealización y admiración por todo lo que representa llegar hasta determinadas posiciones de gran predicamento social –en términos de esfuerzo intelectual, títulos universitarios, niveles de ingresos o aportación a la sociedad–. 

Sin embargo, si se trata de esfuerzo o de aportación a la sociedad, fueron los profesionales de bata, delantal y uniforme de trabajo –y no los de toga o corbata– quienes resultaron fundamentales para garantizar que al resto de la población no nos faltaran suministros de alimentos o medicamentos durante los meses más duros del confinamiento. Y así lo reconoció el Gobierno, que por esas fechas publicó en el BOE la lista de los considerados como trabajadores esenciales, es decir, aquellos de quien, sencillamente, no se podía prescindir porque sobre sus espaldas descansaba la estabilidad de todo el sistema.

Un listado en el que figuraban personal de tiendas de alimentación y bienes de primera necesidad, farmacias, quioscos, comida a domicilio, tintorerías, lavanderías, gasolineras o transportistas, entre otros. Esa labor clave, desempeñada en silencio a cambio de un salario modesto y jugándose (literalmente) la salud, situó a estos profesionales, junto a sanitarios y fuerzas de seguridad, a la cabeza de la lista de héroes anónimos que mantuvieron el país en funcionamiento cuando todo parecía desmoronarse.

Pero, si, como parece, existe consenso acerca de la decisiva aportación al bien común realizada por estos trabajadores esenciales, ¿por qué antes de la pandemia y de nuevo ahora –una vez que el virus parece más o menos controlado– muchos siguen mirándolos como ciudadanos de segunda? ¿Se imaginan lo que sucedería si nadie desempeñara esas tareas que a veces tendemos a minusvalorar porque no nos parecen lo suficientemente impresionantes? ¡El caos!

La tendencia a medir el valor de una persona por el dinero que gana o el tipo de profesión que desempeña no es nueva. Lleva gobernando las relaciones sociales humanas desde tiempos inmemoriales. En la antigüedad, los esclavos realizaban los trabajos más duros y los hombres libres el resto. Y dentro de estos últimos, los griegos también introdujeron una distinción entre profesiones manuales y profesiones intelectuales o liberales, dicotomía que más tarde adoptaron los romanos, con Cicerón a la cabeza.

Este intelectual despreciaba abiertamente a los trabajadores que recibían un salario a cambio de sus «esfuerzos» (trabajos físicos como comerciantes o artesanos) y ensalzaba a aquellos otros que se lo ganaban merced a sus «talentos» (médicos, maestros, arquitectos o juristas). Más tarde, en la Edad Media (y en algunos lugares del mundo hasta bien entrado el siglo XX), estaban los nobles –que guerreaban, hacían política, se enrolaban en el clero o, directamente, no hacían nada– y los plebeyos, que se ocupaban de todo lo demás.

Hasta tal punto han pesado este tipo de discriminaciones a lo largo de la Historia que han dado pie a esa división en clases sociales que ha perdurado hasta nuestros días. Hay una clase dirigente, una clase media y una clase obrera o trabajadora –irónicamente, la que menos reconocimiento recibe por su trabajo–, categorías con las que sus respectivos integrantes se sienten más o menos identificados y que, pese a los discursos de inclusión e igualdad de oportunidades, siguen condicionando el futuro laboral de las personas a merced de un endogámico entramado de relaciones.

Este sistema hace que, aunque con contadas excepciones, el ascensor social sea cada vez más defectuoso para aquellos que no nacieron en alguna de las clases que permiten el acceso –casi directo– a esos puestos más con mejores condiciones de sueldo y, por tanto, más valorados por la sociedad.

Sin embargo, la idea de que vivimos en un mundo en el que cada cual no ocupa exactamente el lugar profesional para el que sus talentos y esfuerzos le hacen merecedor resulta difícil de digerir en una sociedad avanzada como la nuestra, porque tal cosa supondría admitir que nuestro sistema es injusto. Así que resulta más cómodo interpretar que si alguien está atrapado en un trabajo considerado inferior es por propia elección, por simple conformismo o porque, en realidad, ese empleo es todo a lo que sus capacidades le permiten aspirar.

El problema de entrar en ese juego de etiquetas es que se lleguen a romper los mínimos códigos de urbanidad y relaciones humanas. Y es que algunas personas directamente ignoran a aquellas a las que, por su profesión, no consideran sus pares; es como si sus sentidos las borraran deliberadamente, de manera que evitan el contacto visual o incluso les tacañean un «gracias» o un «adiós». Peor aún es cuando ese sentimiento de superioridad hace que se trate a las personas con paternalismo, displicencia, mala educación o faltas de respeto.

Quienes juzgan al ser humano que tiene delante por el glamour que destila su ocupación no son mayoría (o eso preferimos pensar a veces). Pero quienes aún sientan la tentación de tachar de irrelevantes a este tipo de oficios, deberían imaginar qué habrían hecho sin los profesionales que los desempeñan no ya durante el confinamiento, sino cualquier día de sus vidas.

"LA OBSCENA ISLAMOFOBIA". Adolfo Estrella, infoLibre.es

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