martes, 23 de julio de 2024

"NO TODO VAN A SER GOLES". Elvira Lindo, El País

Un grupo de chavales juega al fútbol en Rocafonda,
el barrio de Lamine Yamal. 
GIANLUCA BATTISTA

 [...] Hay que celebrar sin duda su éxito, pero me resisto a convertir una victoria deportiva en un símbolo patriótico. Entre otras cosas porque, como hemos visto en el espectáculo celebratorio de su hazaña, hay quien concibe la patria como un patrimonio excluyente. También hemos escuchado la idiotez suprema de hablar de diversidad nombrando a ghaneses, marroquíes, vascos, catalanes… En fin, ese no dejar nunca de ser los campeones del sufrimiento. Eso sí, con la mejor de las intenciones convertimos los alegres rostros de Nico y Lamine en símbolos del antirracismo, en el ejemplo más incuestionable de la defensa de la inmigración. Pero esa retórica es tramposa, porque pudiera parecer que la manera de frenar el impacto del racismo en el discurso público es justificando la entrada de inmigrantes como una manera de acoger a futuros deportistas de élite. Se diría que fiamos nuestro apoyo a que destaquen en algo que suele depender de unas condiciones naturales, a las que sin duda se añade el esfuerzo. Ese ha sido el campo que se les cedió a los negros americanos: el deporte, y también la música, aunque no haga mucho tiempo desde que se ha empezado a hablar de cómo se saqueó el talento negro a cambio de casi nada. Cuando vemos las imágenes del barrio de Lamine estamos contemplando muchas periferias de nuestras ciudades. Allí crecen los hijos de la inmigración, la mayoría destinados, en el mejor de los casos, a ser nuestra mano de obra. Lo sabemos muy bien. Sabemos también que ahogando los servicios públicos, sanidad, educación, les estamos forzando a soñar únicamente con hazañas deportivas, negándoles una futura condición de médicos, profesoras, científicas, políticos, abogados, gente de oficios. Es hora ya de defender una acción afirmativa. La presencia de los hijos o nietos de los inmigrantes es casi nula en cualquier representación pública, en la tele, en el mundo periodístico, en el cine. Ellos son la noticia y nosotros los que narramos sus vidas. Es hora de que lo cuenten con su propia voz. No todo va a ser marcar goles.


lunes, 22 de julio de 2024

"IDEOLOGÍA VS. RACIONALIDAD". Iñaki Domínguez, Ethic 17 JUL 2024

La ideología a menudo contradice la realidad, los hechos mismos y su objetividad. Frecuentemente, incluso, es diametralmente opuesta a esa realidad.

Desde finales del siglo XVIII cuando los ideólogos franceses acuñaron el concepto de ideología este ha ocupado un lugar central en el pensamiento político, sociológico, filosófico y antropológico. La ideología sería una herramienta del poder para moldear la conciencia colectiva y ajustar esta a los intereses del mismo; algo así como el filtro o sistema operativo que moldea nuestras conciencias. La ideología es ejercida y perpetuada a todos los niveles y escalafones sociales; digamos que se ramifica a todos los niveles y en todos los estratos sociales. Al igual que el «negro de la casa», del que hablaba Malcolm X, en contraste con el esclavo negro que trabajaba el campo, son a menudo los propios sometidos quienes velan por que el poder imponga su influencia.

Curiosamente, a día de hoy, es una supuesta izquierda la que vela por que la ideología y los poderosos impongan su discurso. Como afirma un meme de internet: «Activista de izquierdas cree luchar contra el sistema mientras su discurso coincide con el de las corporaciones, las universidades, la televisión y Hollywood». Como dijo Gil Scott-Heron en una famosa canción, hace ya mucho: «The revolution will not be televised» (la revolución no será televisada), siendo la televisión otro de los canales que favorece el discurso ideológico. La izquierda ha pasado, por medio de una transición dialéctica, a estar del lado del sistema, del poder, y sin tener conciencia de ello: se ha tornado presa de la ideología con gran ahínco y voluntad. Ya sabemos que tradicionalmente la izquierda ha sido contraria a las empresas farmacéuticas y, curiosamente, durante la crisis del covid ha apoyado sin freno alguno los intereses de tales corporaciones. Y lo cierto es que hay multitud de ejemplos similares. Podemos afirmar que la izquierda y su discurso ha sido cooptado por el poder, con gran éxito. Y ese cooptar, debo decir, es la mayor manera de desactivar y neutralizar a un antagonista político y social.

La ideología a menudo contradice la realidad, los hechos mismos y su objetividad. A menudo, incluso, es diametralmente opuesta a esa realidad. La ideología es un mecanismo antirracional, siendo el enfoque racional aquel que conduce a una vida libre (puesto que nos permite tomar decisiones mejores y más convenientes para nosotros). En el caso de la política, la coherencia sería una forma de ser libre, mientras la visión ideológica es incoherente. El sujeto que ejerce su voto ideológicamente carece de coherencia. Esta falta de coherencia es más que palpable tanto en la izquierda como la derecha. Un ejemplo es la visión que la izquierda a menudo tiene de la ciencia. La ciencia ha sido tradicionalmente baluarte de la izquierda, pero el pensamiento posmoderno, base ideológica de la izquierda woke, es contrario a la misma, haciendo de esta un constructo cultural. El discurso de izquierdas, por ejemplo, dice creer en la ciencia cuando habla de calentamiento global, pero no cuando habla de feminismo, por ejemplo, cuestionando la validez de la ciencia biológica al afirmar que todo es un constructo cultural.

La falta de coherencia de tal posición es manifiesta, puesto que la ciencia será válida en todos los casos, no solo en los que interesan a cada cual. La falta de coherencia es síntoma de un enfoque típicamente ideológico. La derecha, por su parte, habla hoy día de la libertad de expresión, cuando tradicionalmente no ha sido precisamente aliada de la misma. Da la sensación de que la derecha cree en la libertad de expresión cuando los contenidos de la misma favorecen un discurso más tradicional, etc. Lo mismo ocurre con el nacionalismo. La derecha ha sido nacionalista, patriota, en cuanto a la idea de España, pero no ocurre los mismo cuando se trata del nacionalismo catalán o vasco. En esos casos, la derecha habla de la enfermedad del nacionalismo y sus deletéreos efectos, de lo absurdo e irracional que es el nacionalismo. Aquí detectamos, de nuevo, una evidente falta de coherencia.

De nuevo, en el caso del covid, la incoherencia política era total, tanto en la derecha como en la izquierda. Un día la derecha afirmaba que Pedro Sánchez gobernaba una dictadura al tenernos encerrados y, al otro, decía que íbamos a morir por culpa del 8M y sus manifestaciones, puesto que supondría un contagio peligroso. Y lo mismo la izquierda, que celebraba el 8M o protestaba por la muerte de George Floyd generando grandes aglomeraciones humanas, para luego llevar las mascarillas y apoyar el confinamiento como medidas para proteger a los más vulnerables.

Lamentablemente, la mayor parte de la gente opera y vota ideológicamente, no de modo racional y coherente. La política se asemeja a un deporte como el fútbol, que mueve masas. La mayoría vota como votaría un fanático del Real Madrid o el F.C. Barcelona: desea que su partido político gane, como el aficionado desea que su club salga vencedor en la Champions League. Tal realidad no puede sino perjudicar a la ciudadanía como un todo, puesto que es esta la manera alienada y vasalla de votar y actuar; una modalidad de actuación contraria a la libertad, la coherencia y la razón.

viernes, 19 de julio de 2024

"BREVE HISTORIA DEL NACIONALISMO". Gonzalo Cachero, Ethic 17 JUL 2024

Las teorías que privilegian la nación sobre el Estado rara vez han sido progresistas. Hacemos un breve recorrido por las principales fechas y posturas filosóficas que han marcado históricamente al nacionalismo.

Decía Orwell que un nacionalista es «quien piensa únicamente, o principalmente, en términos de prestigio competitivo». De estar en lo cierto, la historia debería mostrar que los chovinistas han capitalizado la idea de que la nación es anterior al Estado. Sin embargo, el curso de los últimos dos siglos muestra una imagen algo diferente: en ocasiones, las ideologías universalistas también se han dejado seducir por este fenómeno político, que Hobsbawm definió como aquel en el que ciertos vínculos de lealtad hacia la comunidad «no solo son superiores a los demás, sino que en cierto sentido los sustituyen».

Para entender por qué conviene repasar su evolución. En líneas generales, el nacionalismo ha atravesado cuatro fases desde el surgimiento del Estado-nación como expresión de la soberanía que la burguesía alcanzó gracias a la Revolución Industrial y a la toma de la Bastilla. Su primera fase fue progresista, en la medida en que la apelación a la nación perseguía apuntalar las instituciones del incipiente liberalismo frente al privilegio feudal. Para derribar reyes, levantar parlamentos.

Sin embargo, pronto devino en una ideología fuertemente conservadora, cuando no reaccionaria. Si en las artes la continuación de la Ilustración fue el Romanticismo, los revolucionarios dieron paso, entre otros, a von Bismarck y Guillermo I, que fundaron el Estado alemán moderno sobrerrepresentando a los terratenientes y germanizando a polacos, daneses y franceses. Décadas después, un vienés como Zweig, víctima absoluta del nacionalismo, recordará que «lo trágico de la idea europea» es que no tiene «centro estable» y que el universalismo nada, por tanto, a contracorriente: «Siempre será más fácil reconocer lo propio que entender, con actitud y abnegación, lo del vecino».

La Primera Guerra Mundial permitió al nacionalismo mutar de nuevo. El año 1914 marcó el momento en el que permeó a todas las capas sociales, pues entre nación y clase, los proletarios se alinearon con lo primero. Y la Segunda concluyó con un movimiento opuesto que abrió una cuarta etapa: en pleno furor por la Reconstrucción, fueron las clases altas las que se hicieron internacionalistas.

De ahí que una parte de la izquierda, como cierta derecha durante el período de entreguerras y aun antes, asumiera postulados nacionalistas. Lo hizo como reacción y en un contexto en el que se estaban produciendo las descolonizaciones, que indagaban en la contradicción al incorporar componentes socialistas.

Desde entonces, esos postulados se han hecho más transversales que nunca, como anticipaba Arendt en la misma época en la que presentaba el nacionalismo, con sus amigos sionistas observando con atención, como «la perversión del Estado en un instrumento de la nación», consecuencia hobsbawniana que equivale a declarar que no hay ningún vínculo por encima de la decisión libre de la ciudadanía. Una intuición que, por cierto, coincide con lo que nos dijeron que era la Ilustración, pues si Dios ha muerto, es el ser humano quien escribe la historia.

jueves, 18 de julio de 2024

"UN NUEVO NOSOTROS". Un artículo de Pau Luque Sánchez, El País 17 JUL 2024

Raquel Marín
Hay pocas ideas más fascistas que aquella según la cual “los migrantes deben integrarse”

Pasó por fortuna desapercebida —situación que espero no revertir irónicamente con este texto— una iniciativa de Vox de hace unos meses en el Congreso al calor del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Se trataba de una proposición no de ley que pretendía “suspender los expedientes de adquisición de la nacionalidad española, las autorizaciones de estancia y residencia y prohibir la entrada en España de inmigrantes procedentes de países de cultura islámica, en tanto no se pueda asegurar su correcta y pacífica integración en nuestro territorio”.

Siempre me ha desconcertado ese ataque de realpolitik que algunos sienten cuando la barbarie se expresa libremente. Me refiero a esa cosa del “No estoy de acuerdo con Vox, pero al menos no son políticamente correctos: si los terroristas son de origen islámico hay que decirlo, hay que decir la verdad”. Cuando los bárbaros con tribuna institucional hablan como tales estigmatizan a los migrantes (o hijos o nietos de migrantes) de origen árabe, incluso aunque no practiquen el Islam. Y, al hacerlo, comienza ese sutil y difuso proceso de legitimación de eventuales agresiones, pues si las instituciones amparan la degradación de las personas mediante el lenguaje, ¿qué impide a las personas de a pie completar la tarea y degradarlas más allá del lenguaje?

Tampoco querría conducir yo a equívocos. No extender la sospecha sobre personas que tienen determinados rasgos o hablan ciertas lenguas o rezan a un dios específico no garantiza que los políticos no sean racistas ni xenófobos. Lo único que garantiza, estrictamente hablando, es que sean hipócritas, porque bien pueden estar diciendo cosas en las que no creen. ¿Pero saben qué? La hipocresía es una virtud civilizatoria. Conseguir que los bárbaros no hablen como bárbaros es deslegitimar su forma de hablar. Y deslegitimar su forma de hablar es, sobre todo cuando cuentan con un atril en el Congreso, un primer paso civilizatorio. Se dirá que no es mucho. Pero al negarnos a aceptar que los bárbaros hablen como si la barbarie fuera una alternativa como cualquier otra, estamos exigiendo que las instituciones nos protejan, como decía Judith Shklar, contra el miedo. Un objetivo modesto, pero nada banal.

La propuesta no de ley de Vox, sin embargo, contenía algo más inquietante. Me refiero a la idea de la “correcta y pacífica integración” de los migrantes. Una de las razones por las que Vox creció como creció se debe, me temo, a que Vox es explícito y enfático con tal idea, que genera un amplio consenso. Y es que, ya se sabe, ellos sí dicen “la verdad”, ellos sí dicen, en fin, lo que supuestamente todo el mundo piensa.

Bien, pues se me ocurren pocas ideas sustantivamente más fascistas que aquella según la cual “los migrantes deben integrarse”. Y es que para pedir a alguien que se integre hay que creer que tenemos más derechos que quien llega de fuera simplemente porque nosotros estábamos antes que tú en esta tierra. Por ejemplo, tenemos el derecho, del que tú careces, de pedirte que renuncies a tu forma de vida y te conformes a la nuestra. O sea, que te integres.

Para quienes creen en el deber de integrarse, el migrante carece de autonomía y agencia: no tiene derecho a armar su vida como considere oportuno; tiene que mimetizar las conductas locales, o, si no queda otro remedio, debe al menos modificar su forma de vida de manera tal que esta sea compatible con aquéllas. Así que el deber de integrarse que tienen los migrantes es correlativo al derecho que tienen los locales de exigir que los migrantes renuncien a ser quienes son únicamente en virtud de ser eso, locales.

Este tipo de nacionalismo es una forma incluyente de nacionalismo, pues al menos admite la entrada de algunos migrantes, siempre y cuando paguen el peaje de que los locales elijan cómo los migrantes deben vivir o qué lengua deben hablar. Y yo me pregunto: si un nacionalista incluyente ya niega toda agencia y autonomía a los migrantes, ¿qué clase de Belzebú es un nacionalista excluyente? (Esto conduce a otra pregunta: ¿no es toda forma de nacionalismo defensivo una forma de nacionalismo agresivo a ojos de quien ocupa, en cada contexto, el último lugar en la cadena trófica de las identidades nacionales?)

La idea de la integración es desagradable ya en abstracto. Pero si uno aterriza en la historia y se da cuenta de que los países que más legitimados se sienten a exigir la integración suelen ser países con un pasado colonialista, entonces la situación se vuelve grave aunque no muy seria. Resulta que los herederos de quienes han colonizado tierras durante siglos ahora exigiremos a los herederos de las tierras colonizadas que acepten definitivamente que nosotros siempre tuvimos razón. La idea de la integración es tal vez la más perversa y refinada expresión de Europa, y más en general de Occidente, concibiéndose a sí mismo como el ombligo del mundo. Es como si tuviera lugar una pelea en el patio de la escuela en que un niño le pega una somanta de palos a otro y, cuando lo tiene finalmente sometido, le pregunta: “¿Verdad que soy el más civilizado, el más culto y el más racional?”.

Pero lo más perturbador de la idea de la integración es que se niega a negociar un nuevo nosotros político. Pedirle a los migrantes que se integren es querer dejar intacto quiénes somos políticamente, cosa en realidad imposible y, sobre todo, indeseable cuando se cruzan formas de vida. La idea de la integración es intrínsecamente reaccionaria porque intenta congelar para siempre un “nosotros” que, por otra parte, muy probablemente nunca ha existido. Respetar políticamente a los migrantes es darles carta de ciudadanía, o sea regularizarlos. Pero, además, es interpretar su llegada como el detonante de la obligación de reconfigurar ese nosotros político.

Los nacionalismos occidentales vienen a plantearnos un dilema que apesta a solemnidad en cada uno de sus cuernos. O bien los migrantes se integran o bien serán las sociedades occidentales las que se desintegrarán. Pues no. Lo único que por suerte se desintegra si los migrantes no se integran es la fantaseada nación centenaria o milenaria. Los nacionalistas nos quieren persuadir de que la sociedad se reduce a la nación. Nada más falso. Un migrante que no se integra es una feliz ofensa para la nación, pero no para la sociedad. La supervivencia de una sociedad no depende de que los migrantes se integren, pero sí de renegociar el nosotros político.

Siendo yo un aficionado muy moderado a las metáforas futbolísticas, resulta irresistible acudir a la selección española de la Eurocopa 2024 para hablar del nuevo nosotros al que la migración obliga. Resulta que el mejor jugador catalán, Lamine Yamal, desdibuja lo que el nacionalismo catalán dice que es un catalán como dios manda: su imaginario sentimental está filtrado por su barrio, Rocafonda (Mataró), no por la nación catalana. Y resulta que el mejor jugador vasco, Nico Williams, desdibuja lo que el nacionalismo vasco dice que es un vasco como dios manda: dijo a finales de 2022, con la sonrisa de un pillo, que su nivel de euskera es cero. Resulta, además, que los dos mejores jugadores de España son precisamente ese catalán y ese vasco, cosa que desdibuja lo que el nacionalismo español dice que es un español como dios manda. La selección española simboliza el feliz triunfo de la sociedad española y la derrota de la nación española. Es la alegoría de un nuevo nosotros.

Pau Luque es investigador en la UNAM. Su último libro es Ñu. Un problema para cada solución (Anagrama).


miércoles, 17 de julio de 2024

"EL GOLPE DE MANO DEL PP". Rosa María Artal en elDiario.es

[...] Ha sido la mayor demolición programada de un partido político y sus líderes, persona a persona. Espiando, inventando delitos porque no había siquiera atisbo de irregularidades. Perpetrada por el Partido Popular, una formación plagada, por el contrario, de sombras de corrupción y de una serie de colaboradores decisivos que aumentan su peligrosidad. Lo sabíamos. Se publicó. Y pasan los años y se engrosa el emplasto. Y la mayor parte de la gente se hace de nuevas en cada vuelta al ovillo. Y el asunto no se resuelve. Que el golpe de mano de Vox al PP no nos haga olvidar el que dieron los populares a la democracia española con miembros pervertidos de su policía lanzados contra Podemos.

[...] Las cloacas del Estado impulsadas por el PP están en marcha. Van incluso a una comisión del Congreso en 2016, pero es como si nada. El lawfare contra Podemos se va desatando de forma salvaje. Hoy sabemos por las pruebas que investiga el juez Pedraz –que admitió a trámite una querella del partido– que el PP desató un espionaje contra Podemos como si realmente temblara el Estado, cuando temían por sus dividendos y sus trampas y eso en la España corrupta se paga muy caro. Hasta en costes personales.

[...] Este largo periodo en el que tantas cosas han cambiado deja imágenes y hechos amargos. Aquel desafío de Grecia por dejar la tijera para paliar la crisis humanitaria de su población era solo el precedente de un liberalismo salvaje con sello de ultraderecha. A ella nos abocan los cómplices de todos los desmanes. Lo hacen cuando se niegan a oír las voces de la razón que pide la sociedad decente o cuando desde política y medios secundan prácticas como las que esta derecha española usa para sus fines.

lunes, 15 de julio de 2024

"El antiintelectualismo en Estados Unidos-" Un artículoI. Asimov, 1980

Isaac Asimov describe lo que él llama «un culto a la ignorancia», en su columna de opinión del 21 de enero de 1980 para la revista Newsweek

Es difícil discrepar con esa vieja sentencia que justifica la libertad de prensa: «la gente de Estados Unidos tiene derecho a saber». Casi parece una crueldad tener la ingenuidad de preguntar «¿Derecho a saber qué? ¿ciencias?¿matemáticas?¿economía?¿lenguas extranjeras?».

Nada de lo mencionado, por supuesto. De hecho, uno bien podría suponer que el sentir popular es que los estadounidenses están mucho mejor sin esas menudencias.

En Estados Unidos hay un culto a la ignorancia, y siempre lo ha habido. El antiintelectualismo ha sido esa constante que ha ido permeando nuestra vida política y cultural, amparado por la falsa premisa de que democracia quiere decir que «mi ignorancia vale tanto como tu saber».

Habitualmente, los políticos se han esmerado en hablar la lengua de Shakespeare y Milton lo más antigramaticalmente que han podido, tratando así de evitar ofender a sus oyentes dándoles la impresión de haber ido al colegio. Así, Adlai Stevenson, que inocentemente dejó entrever cierta cultura e inteligencia en sus discursos, vio como el rebaño de los estadounidenses afluía hacia un candidato a la presidencia que inventó su particular versión de la lengua inglesa y que, desde entonces, no da tregua a los cómicos que lo imitan.

George Wallace, en sus discursos, solía hacer leña del «intelectual relamido», y era digno de ver con qué clamores de aprobación respondía a esa expresión su relamido público.
Expresiones muy usadas

Ahora los oscurantistas tienen una nueva consigna: «¡No confíes en los expertos!». Hace diez años era «No confíes en nadie que tenga más de 30 años». Pero los que aireaban tal consigna vieron que la alquimia inevitable del calendario los acabó volviendo a ellos unos treintañeros indignos de confianza, y parece que decidieron no volver a cometer ese error jamás. «¡No confíes en los expertos!» es algo que se puede decir sin ningún peligro. Nada, ni el paso del tiempo ni la exposición a la información, los convertirá en expertos en nada de provecho.

También está en boga otra palabra con la que se da nombre a todo aquel que admira la aptitud, el conocimiento, la cultura y la capacidad, y que desea que se extiendan. De ese tipo de gente decimos que son «elitistas». Es la palabra más jocosa jamás inventada, ya que los que no pertenecen a la élite intelectual no saben qué es un «elitista» o cómo se pronuncia la palabra.(1) No bien alguien grita «elitista» se hace evidente que dentro de esa persona se esconde un elitista que siente remordimiento por haber ido al colegio.

De acuerdo, olvidémonos de mi ingenua pregunta. Cuando decimos que la gente de Estados Unidos tiene derecho a saber, no nos referimos a cosas elitistas. Lo que tiene derecho a saber es, vagamente, algo así como «lo que pasa». La gente de Estados Unidos tiene derecho a saber «lo que pasa» en los tribunales, en el Parlamento, en la Casa Blanca, en los consejos industriales, en las agencias reguladoras, en los sindicatos; ahí donde tienen asiento los poderosos.

Muy bien, estoy de acuerdo. ¿Pero cómo se va a conseguir que la gente sepa todo eso?

Si nos dan libertad de prensa y nos dan periodistas que quieran investigar, que sean independientes y valientes; no cabe duda de que, cuando haya algo importante que saber, la gente lo sabrá.

Claro, ¡siempre y cuando la gente sepa leer!

Resulta que el leer es una de esas cosas elitistas a las que me refería; y una mayoría de estadounidenses, desconfiando como desconfían de los expertos y despreciando como desprecian a los intelectuales relamidos, no sabe leer y no lee. CONTINUAR LEYENDO

domingo, 14 de julio de 2024

"NI CIERRAN LA PUERTA, NI SE VAN". Violeta Assiego en elDiario.es

[...] La ruptura de Vox con el PP en los gobiernos regionales es una instrumentalización más de la extrema derecha para tratar de acaparar atención y votos a su discurso abiertamente xenófobo y racista, pero también le está sirviendo al PP para aparentar hacer lo que no está haciendo, que es ser solidario con las infancias que migran solas. Los datos lo dicen en las CCAA donde gobierna; es más, sus políticas hacia estos jóvenes (especialmente en la comunidad de Madrid) son las que ahondan en el estigma y les empujan a la exclusión social, obviando toda normativa de derechos humanos y de derechos de infancia y de adolescencia.

La inmigración no es un problema, el problema son los que señalan la inmigración como problema con la única finalidad de alcanzar, mantener y monopolizar el poder ejecutivo pasando por encima de valores de convivencia, humanización y pluralidad, queriendo embrutecer a la ciudadanía para que piense y actúe de forma simplista y visceral. De eso va la ruptura de Vox con el PP, de poder. Los niños, niñas y adolescentes que migran solos son su chivo expiatorio. Mientras, quieren instalar el odio y la mentira. Esa gente sobre la que siembran sospecha es la que sale todos los días a trabajar a sus casas, sus campos, sus restaurantes, sus bares, sus jardines, sus salones de belleza... Gente digna que quiero y tengo como vecina porque la sociedad es nuestra, de todos, como exactamente lo son las y los niños, las y los adolescentes que necesiten apoyo, acompañamiento, que busca oportunidades, vengan de donde vengan. Son nuestros, de todos.

"LA OBSCENA ISLAMOFOBIA". Adolfo Estrella, infoLibre.es

El odio al islam como nuevo sentido común reaccionario Aumentan en España los episodios cotidianos y mediáticos de rechazo al islam, focaliz...