sábado, 8 de octubre de 2022

"AUMENTO DE LOS "ASESINATOS DE HONOR" EN SUDÁN: "ASUMEN QUE HABLAN CON OTROS HOMBRES POR TENER TELÉFONOS MÓVILES". Por Zeinab Mohhamed Salih, Jartum en el Diario.es — 5 de octubre de 2022

Mujeres se manifiestan en favor de la igualdad salarial
y la abolición de las leyes discriminatorias contra ellas,
en Jartum, Sudán, en enero. 
EFE/EPA/MORWAN ALI
En lo que va del año, once mujeres y niñas han sido asesinadas por sus familiares, más del doble de la cantidad registrada por las autoridades en 2021

Activistas sudaneses están exigiendo acciones urgentes para lidiar con lo que describen como un aumento de los “crímenes de honor” en Sudán. En lo que va del año, once mujeres y niñas han sido asesinadas por sus familiares, más del doble de la cantidad registrada por las autoridades en 2021.

En septiembre, una mujer de 18 años, Aisha Abakar, fue asesinada en un ataque llevado a cabo por su padre y otros familiares. Creían que la adolescente de Darfur estaba embarazada. Su hermana menor está en un estado crítico en el hospital, tras haber sido agredida en el mismo ataque. Fueron arrestados tres hombres. Tres días antes, en el mismo estado, una mujer de 21 años fue asesinada por sus hermanos y sus primos. Pensaban que ella estaba hablando con hombres con su teléfono móvil. No ha habido ningún arresto.
Nahla Yousif, directora de Organización por el Desarrollo Futuro, un grupo de defensa de los derechos civiles de las mujeres basado en el estado de Darfur del Sur, dice que los casos registrados son apenas “la punta del iceberg”.
 
Punta del iceberg

“Creo que hay muchos otros crímenes similares en ciudades y pueblos alejados de los medios. Solo nos enteramos de aquellos que son llevados a la policía”, dice. “El problema es la ignorancia y la falta de conciencia. Creen que es vergonzoso que sus hijas tengan relaciones. Estos crímenes siempre existieron, pero ahora son más porque no tienen ninguna consecuencia legal”, explica.

Yousif dice que el aumento del uso de teléfonos móviles hace que más hombres sienten que no pueden controlar a sus familiares mujeres y jóvenes. “Incluso mujeres jóvenes que son activistas y trabajan en lugares importantes, documentando los abusos que sufre la gente en campos [de desplazamiento] ahora son atacadas por sus familiares”, asegura. “Hemos tenido que ofrecer refugio a algunas mujeres tan solo porque tenían teléfonos móviles y sus familiares asumían que estaban conversando con hombres”, relata.

La mayoría de los casos registrados este año ocurrieron en Darfur donde, durante décadas, las violaciones han sido utilizadas como arma contra las mujeres por parte de las milicias Yanyauid. Mohamed Hamdan Daglo, fundador de los Yanyahuid y líder de las temidas Fuerzas de Apoyo Rápido, ahora es vicepresidente del consejo soberano que gobierna Sudán. Yousif dice que su organización está planificando protestas para concientizar acerca de los “asesinatos de honor”, y que le estaba escribiendo al Colegio de Abogados de Darfur para que los letrados ayudaran a llevar los casos a la corte, y que no sean resueltos en silencio entre las familias.

Sulaima Ishaq, directora de la unidad para la detención de la violencia contra las mujeres en el Ministerio de Asuntos Sociales, sostiene que el golpe de octubre del año pasado trastornó las instituciones del Gobierno.

“No funciona nada”

“No hay un sistema que funcione, no funciona nada. El sistema judicial no funciona”, opina. “Ellos [el gobierno] están demasiado ocupados liberando a los que mataron a los mártires en la revolución, aunque digan que hicieron el golpe por la seguridad de la gente de Sudán”, dice.
  
Investigaciones llevadas a cabo por Arab Barometer en 2019 mostraron que más de un cuarto de las personas mayores de 35 años en Sudán piensan que los “asesinatos de honor” son algo aceptable.

Los grupos de mujeres temen que sus derechos estén en peligro en Sudán después de que, en julio, una sudanesa recibiera la primera sentencia en una década de ejecución por apedreamiento por haber cometido adulterio, y luego de que, en agosto, el gobierno anunciara la creación de una nueva unidad policial que sugería el regreso de la “policía de moralidad”, que castigaba los comportamientos “inmorales” bajo la presidencia de Omar al-Bashir.

Traducción de Patricio Orellana

viernes, 7 de octubre de 2022

"PROTEGER EL FUEGO DE PROMETEO". Por Olga Rodríguez Colaboradora de elDiario.es

No son solo unas manzanas podridas ni hechos aislados. El periodismo sufre una descomposición en demasiados lugares. Este oficio olvida a menudo que lo que tiene entre manos –la información– no es una mera mercancía, sino un derecho fundamental, un pilar básico de las sociedades libres y democráticas; que su tarea principal es ser consciente de la gigantesca responsabilidad social que implica escoger qué noticias se difunden y cómo se enfoca esa información. Ese cometido exige enormes dosis de ética, de compromiso, de sentido del deber.

Sin embargo, observamos diariamente cómo proliferan formatos que conceden la misma credibilidad a la verdad y a la mentira, que sitúan al mismo nivel los argumentos a favor y en contra de los derechos humanos y que otorgan espacios privilegiados a los discursos deshumanizadores y de extrema derecha. Nada de la última década puede entenderse sin el papel que ha jugado ese tipo de periodismo.

Una sociedad mal informada es fácilmente manipulable. Lo saben bien quienes abusan de sus privilegios para tergiversar, falsear o practicar esa nociva equidistancia. Son sujetos que desprecian el concepto democrático del periodismo y que se sienten embriagados por la idea de actuar como una elite que nos guía y moldea, que influye y confecciona consensos encumbrando los debates artificiales y enterrando asuntos urgentes de la actualidad.

El periodismo de los despachos y las alfombras rojas padece tortícolis de tanto mirar hacia arriba mientras olvida la terca realidad existente fuera de su burbuja. Considera a la masa receptora como un rebaño desconcertado (Walter Lippmann ‘dixit’), dúctil y maleable que toma los caminos que se le señalen. Aspira a tutelar a las masas con un poder similar al que sustentaba la Iglesia en la Edad Media. Y a menudo lo consigue.

En nuestro país hay tipos que dicen ejercer el periodismo y que presumen de que los presidentes del Gobierno pasan mientras ellos permanecen en sus puestos directivos, marcando pautas con más poder que aquellos que son elegidos en las urnas. El poder periodístico sin ética y sin cultura democrática genera delirios de grandeza y normaliza psicopatías voraces. Quienes abusan de sus batutas y se excitan con ellas consideran imbéciles a quienes luchan por un periodismo digno, a quienes no usan cauces privilegiados para enredar, manipular y enriquecerse de forma deshonesta.

Ante ello, el reto que se nos presenta es urgente. Debemos reivindicar más autocrítica en la profesión y dejar de temer –o incluso de admirar– al periodismo mercenario. Como escribió Primo Levi, “siempre nos queda la facultad de negar nuestro consentimiento”, de evitar participar en dinámicas que dañan la convivencia y la democracia. Es posible ensanchar la mirada, defender la decencia, señalar la injusticia, reivindicar la palabra precisa, preservar la verdad.

El sentido del periodismo es denunciar los abusos del poder, no entregarse a ellos. Como Prometeo, nuestra razón de ser como periodistas es robar el fuego de los dioses para entregárselo a los humanos, arriesgándonos al castigo de Zeus. No estamos aquí para satisfacer a los señores del Olimpo.

jueves, 6 de octubre de 2022

«NINGUNA FRONTERA, PATRIA O IDEA VALE MÁS QUE LAS VIDAS HUMANAS». Entrevista de Eduardo Madina a Irne Montero, Ethic 20 de juniio de 2022

Conversar con Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) en la librería Antonio Machado de la plaza de las Salesas de Madrid convierte un día cualquiera en uno especial. La autora de El infinito en un junco’ (Siruela) domina esa sutil disciplina del lenguaje que transforma cualquier charla en una experiencia única. La extenuante gira de promoción de un fenómeno editorial que ha traspasado fronteras y lenguajes no deja señales de piloto automático. Hay respeto por todas las preguntas, intensidad en las reflexiones y generosidad en las respuestas. Entre otros muchos premios, la escritora ha ganado el de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, el Nacional de Ensayo y el de Los Libreros Recomiendan. No es para menos: su obra ha roto prejuicios, tópicos y verdades asentadas en el mundo editorial y ha acercado a cientos de miles de lectores a un paisaje que, ‘a priori’, parecía más dispuesto para filólogos y profesores. Un libro sobre los libros en la Antigüedad que sigue arrasando en más de treinta países y que ya ha sido traducido a más de veinte idiomas. Todo en Irene Vallejo es verdad, coherente e inteligente, interesante y bello. No hay rasgo alguno de impostura.

El escritor Joseph Roth sostenía que «ninguna patria política da a sus hijos tantos rasgos comunes como una era o una época a los suyos». ¿Qué te dice la actualidad del tiempo que nos ha tocado vivir?

Para mí, la literatura ha sido siempre la demostración de que existen parentescos insospechados con personas que vivieron en otras latitudes e incluso en otras épocas. Cuando traduces a los autores clásicos y te identificas con sus emociones, comprendes que aquello que os une es más fuerte que las cuestiones circunstanciales, las adscripciones o las identidades. Confieso que en algunos momentos de mi vida he tenido la necesidad de que me liberasen del momento asfixiante que vivía dentro de las coordenadas de mi tiempo. Por ejemplo, cuando sufrí acoso escolar, fue a través de la literatura como pude entrever un mundo muchísimo más amplio donde me acogieran; donde sentirme cómoda sin tener que estar transformándome para adaptarme a los que me rodeaban. La literatura nos recuerda que podemos sentirnos identificados con una persona nacida en otro país, en otra patria o con otras inquietudes y sentirnos más cerca de ella que de nuestros contemporáneos.

Si nos aferramos al momento que nos ha tocado, la pandemia no termina de pasar y no acertamos a vislumbrar sus consecuencias a corto, medio y largo plazo. Por si fuera poco, aparece una guerra dura en las fronteras de Europa por la invasión de Putin a Ucrania. Vuelven los fantasmas del pasado: la inflación sube y Alemania se rearma. No puedo evitar pensar que no me gusta nada lo que veo.

Este presente es desasosegante. Nos habíamos olvidado de la fragilidad de todo lo que habíamos conseguido. Habíamos llegado a pensar que la paz era lo normal y la guerra, una excepción, cuando históricamente sucede lo contrario. Dice Homero que antes se cansan los seres humanos de comer, cantar, bailar y festejar que de hacer la guerra. En el siglo XX hicieron el cálculo: en los 3.500 primeros años de civilización solo hubo cerca de 200 años sin guerra. También nos habíamos olvidado de las pandemias y creíamos que algunos de los privilegios de los que disfrutábamos eran seguros, firmes e inquebrantables. Espero que sacudidas como esta sirvan para proteger de nuevo las cosas importantes. Por ejemplo, puede ser un buen momento para repensar la Unión Europea y la democracia, amenazadas por varios frentes. Ha llegado el momento de formar allí donde es importante y olvidar esa confianza temeraria con la que hemos abandonado el pensamiento y la defensa activa de ciertas ideas.



miércoles, 5 de octubre de 2022

"BRASIL Y LA PARADOJA DE LA TOLERANCIA". Por Javier Gallego en elDiario.es del 3 de octubre de 2022

De Europa hasta América, de Trump a Bolsonaro, de Orbán a Meloni, las democracias están siendo socavadas desde dentro por quienes utilizan los mecanismos democráticos para imponer una ideología iliberal, autoritaria y excluyente

En su obra de 1945, La sociedad abierta y sus enemigos, escrita durante la Segunda Guerra Mundial, el filósofo Karl Popper explicaba la hoy muy conocida paradoja de la tolerancia según la cual si no ponemos límites a los intolerantes, acabarán con la tolerancia, es decir, con las democracias y sus libertades. Es una obviedad que estamos reviviendo en este inicio de siglo después de sufrirla a mediados del siglo anterior con el auge del nazismo y el fascismo. De Europa hasta América, de Trump a Bolsonaro, de Orbán a Meloni, las democracias están siendo socavadas desde dentro por quienes utilizan los mecanismos democráticos para imponer una ideología iliberal, autoritaria y excluyente. Son los intolerantes que se aprovechan de la anchura de las sociedades abiertas para clausurarlas.
Brasil es el mejor ejemplo de la paradoja de Popper porque los fascistas han utilizado todos los recursos que ofrece la democracia liberal para hacerse con el poder: la política, la justicia, los medios y la empresa. Gracias al lawfare, la guerra legal, la ultraderecha tumbó a la presidenta Dilma Rousseff con un impeachment, una moción de censura, que fue un golpe encubierto, mientras un juez encarcelaba a Lula Da Silva en un proceso que después fue revocado. Lula pasó más de 500 días en prisión y no pudo presentarse a las elecciones de 2018 que ganó Bolsonaro, quien nombró ministro de Justicia al juez que le había allanado el camino, Sergio Moro. Ahora Moro ha sido elegido senador en las nuevas elecciones brasileñas. Normalidad democrática. Sigan circulando.La elección de Moro es solo una muestra más de cómo la tolerancia ilimitada permite a los fascistas incrustarse en las democracias para seguir devastándolas. Para eso cuentan con la inestimable ayuda de la élite económica, política y mediática, el dinero por decirlo en una palabra, que se infiltra en los poderes públicos y manipula a la opinión pública a través de las redes y la prensa. La primera campaña de Bolsonaro fue un paso más allá de la estrategia de intoxicación masiva de Trump por su uso no solo de los medios mayoritarios y las redes sociales sino también de las redes privadas del Whatsapp. El bombardeo de bulos telefónicos fue tanto o más eficaz que la propaganda por televisión, radio y prensa.

Lamentablemente, funciona. Funciona en Italia, en Suecia y en Brasil. Bolsonaro no ha ganado, pero ha resistido. Cincuenta millones de brasileños le han votado. A pesar de haber negado el coronavirus, de que su país tiene el 10% de las muertes globales por Covid, a pesar de sus aberraciones homófobas, aporófobas y racistas, de fomentar la deforestación del Amazonas, de la persecución de ecologistas y las sospechas de su implicación en el asesinato de la feminista negra Marielle Franco, a pesar de la militarización del gobierno y de su apología de la dictadura. Cuando la élite manipula a la masa para que permita la intolerancia, la intolerancia se enquista y es muy difícil arrancarla.

Lo hemos visto con Bolsonaro y antes con Trump. Son fenómenos que desbordan la figura del líder y pueden volverse incontrolables como ocurrió en Estados Unidos con la toma del Capitolio. Puede suceder también en Brasil si Bolsonaro sigue alimentando las sospechas de fraude electoral como hizo su sosias yanqui. Ambos demuestran que los enemigos de la sociedad abierta están dentro: en áticos, despachos, redacciones y cloacas. Aquí en España teníamos este fin de semana un ejemplo palmario de los cómplices infames del auge de la intolerancia, Fernando Savater quien, en su tribuna de El País, legitimaba a Meloni porque había ganado en las urnas. También lo hizo el nazismo cuando se dio cuenta de que no podía hacerlo por la fuerza.

Popper advertía de que los intolerantes dejarán un día las razones para pasar a las armas y los puños. Empezarán por decir a sus seguidores que sospechen de los razonamientos. Exactamente como ya está sucediendo. En ese caso, dice, “deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución”. Apenas nada se está haciendo en este sentido. Al contrario, son los fascistas los que se valen de las leyes para perseguir y aniquilar libertades. Como reza el manido poema de Niemöller, cuando vengan a por nosotros, será demasiado tarde.

martes, 4 de octubre de 2022

"LOS IMPUESTOS SON IDEOLOGÍA". Por Rafal Escolar en elDiario.es el 29 de setiembre de 2022

Reunión del comité ejecutivo nacional del PP
el pasado abril. 
Emilio Naranjo/EFE

Hay quien pretende camuflar el debate fiscal como una cuestión técnica; suelen ser los mismos que después argumentan con bulos como que bajar impuestos aumenta automáticamente la recaudación. Pero no hay nada más ideológico que los impuestos: quién financia el gasto social y cuánto dinero hay para repartir

Hace unos años, en un viaje a Bogotá, escuché a un importante empresario colombiano quejarse del “populismo” de un político de la izquierda que empezaba a ser percibido como una amenaza por las grandes fortunas del país. Hablaba del hoy presidente, Gustavo Petro, y de su propuesta de elevar los impuestos a los ricos para mejorar los servicios sociales. “Quiere ganar votos prometiendo imposibles”, decía. Pocos minutos después el mismo empresario empezó a quejarse de la inseguridad de Bogotá, y de la envidia que le daban las ciudades españolas, donde cualquiera puede pasear o coger el metro sin miedo a que le secuestren. “Aquí la única manera de andar por la calle es ponerte un jersey viejo y una gorra gastada, y que nadie sospeche que puedes tener dinero”.

“Ambas cosas van unidas, los impuestos y la inseguridad”, le expliqué al empresario. Creo que con poco éxito, a pesar de que los datos son bastante claros.

No es una teoría, es un hecho: la desigualdad económica y el crimen van de la mano. Hay incluso un estudio de una organización tan poco sospechosa de izquierdismo como el Banco Mundial que así lo demuestra. Y nada debería interesar más a un millonario que vivir en un país con un sistema fiscal justo y poderoso, que financie un Estado del bienestar sólido. Aunque le toque pagar más impuestos de lo que desearía.

Porque no solo es una cuestión de justicia. Entre los grandes beneficiados de un sistema fiscal adecuado también están los ciudadanos más ricos de ese país. ¿Hay alguien más interesado que ellos en que se mantenga el contrato social?

En la última semana, nuestros compañeros Raúl Sánchez y Diego Larrouy han publicado tres estupendos reportajes infográficos que os recomiendo encarecidamente. Es un especial que hemos titulado ‘La gran brecha’ y que desmenuza al detalle y con muchos datos y gráficos el sistema fiscal español. El primero explica las trampas: por qué la declaración de la renta beneficia a los millonarios. El segundo es un espectacular mapa interactivo, que muestra de qué vive cada barrio de España –del trabajo, de pensiones o de las rentas del capital–. El tercero pone la lupa sobre los agujeros del impuesto de sociedades: por qué las grandes empresas pagan hoy menos por sus beneficios que quince años atrás.

Todo esto es política. Es ideología. Porque no hay nada que esté más en el centro de la cosa pública que los impuestos: cómo se financia el gasto social y cuánto dinero hay para repartir. Quién paga y quién recibe de ‘la teta del Estado’, como la llaman despectivamente los neoliberales cuando es dinero que no va para ellos.

Hay quien pretende camuflar el debate fiscal como una cuestión técnica; suelen ser los mismos que después argumentan con bulos como que bajar impuestos aumenta automáticamente la recaudación –ya saben, la famosa mentira de la curva de Laffer–. Y sí, es obvio que la política fiscal tiene impacto en la economía, y puede generar efectos no deseados en el crecimiento o el empleo. Pero detrás de los ingresos y el gasto público hay algo más. Eso que llamamos ideología.

Que una familia de Madrid que gana 140.000 euros tenga derecho a una subvención para pagar enseñanza privada es ideología. Esa misma ideología que considera “clase media trabajadora” al 10% más privilegiado de la sociedad. Una ideología que funciona como Robin Hood pero al revés: quitando el dinero a los pobres para dárselo a los ricos. Es la misma comunidad, la de Madrid, que está entre las que menos invierten por habitante en Sanidad, pero perdona a las grandes fortunas 990 millones de euros al año en el Impuesto de Patrimonio.

Que un Gobierno reconozca a las empleadas del hogar los mismos derechos que tiene cualquier otro trabajador también es ideología. Cabe preguntarse por qué esta injusticia ha tardado tanto en corregirse: hace décadas que era una absoluta aberración. La respuesta es obvia: la mayoría de las empleadas del hogar son inmigrantes, sin derecho a voto; quienes votan son sus empleadores. Reconocer al fin este derecho es cualquier cosa menos un gesto populista o electoral.

Dice la Constitución española, artículo 31, que el sistema tributario español deberá ser “justo” y cumplir con los principios de “igualdad y progresividad”. Hace dos décadas que no es así. La progresividad se ha roto en el último peldaño, el del 0,1% más rico, que paga menos de lo que debería. Especialmente en las comunidades autónomas gobernadas por la derecha: Madrid y ahora también Andalucía.

Las medidas anunciadas este jueves por el Gobierno van por eso en la buena dirección, aunque hubiese sido deseable una ambición mayor. No es, en conjunto, una rebaja fiscal: supone un aumento total de 1.500 millones de euros anuales en la recaudación que servirán para financiar el gasto social, medidas como el Ingreso Mínimo Vital. Es, además, una factura que no todos pagarán por igual. ¿Con qué criterio oponerse a unos cambios fiscales que benefician a quienes ganan al año 21.000 euros o menos en detrimento de los 23.000 más ricos de España?

Para esos ricos, aunque muchos no lo crean, también es una buena noticia. Salvo que prefieran vivir en un país donde los millonarios tienen que disfrazarse de pobres para poder pasear sin miedo por la ciudad.


lunes, 3 de octubre de 2022

"LA MADRE ESTUPENDA". Por Carmen G. de la Cueva en elDiario.es del 27 de setiembre de 2022

Khloé Kardashian con su bebé en el hospital. | Hulu
Otro hijo Kardashian en el mundo, otra famosa más invisibilizando la realidad del posparto. La imagen se repite en mis redes sociales, se reproduce una vez tras otra en diferentes perfiles y, entonces, más allá del perfecto rostro de la mujer embutida en un impoluto chándal blanco, me paro a leer y descubro el escándalo: es un bebé comprado

Lo primero que veo es la fotografía de una mujer que se parece a una de las hermanas Kardashian con un bebé recién nacido en los brazos en una cama de hospital. Todo es tan blanco, tan limpio. El rostro de la mujer es hermoso: maquillaje perfecto, cejas perfiladas, eyeliner, labios rosados, una media sonrisa feliz. El bebé envuelto en su mantita como un burrito, con las carnes rojitas, recién salido del vientre. Todo es tan blanco, tan limpio, tan puro, que parece medido al milímetro, una pequeña ficción. Otro hijo Kardashian en el mundo, pienso, otra famosa más invisibilizando la realidad del posparto. La imagen se repite en mis redes sociales, se reproduce una vez tras otra en diferentes perfiles y, entonces, más allá del perfecto rostro de la mujer embutida en un impoluto chándal blanco, me paro a leer y descubro el escándalo: es un bebé comprado.

Toda esa naturalidad era fingida, al fin, un fingimiento pactado, totalmente ficticio. La imagen es una captura de un vídeo donde, ahora lo sé, Khloé Kardashian habla con su hermana Kim que la está grabando para su reality Las Kardashian. En Estados Unidos, el alquiler de vientres —solo con escribirlo tiemblo, es como estar en una distopía de Margaret Atwood— es legal. Khloé está haciendo algo completamente natural allí: sostener a su bebé en brazos mientras su hermana graba el momento para la posteridad. La imagen se viraliza, cruza un océano de bytes y llega hasta España donde no es una práctica legal, aunque miles de parejas decidan hacerlo en otros países como Ucrania —allí los vientres de alquiler son un auténtico negocio— o Estados Unidos.

Todo tenía que ser blanco, las sábanas y el atuendo y hasta el rostro de la madre estupenda con sus pómulos brillantes y aclarados por los polvos del maquillaje. Podemos ver que detrás de esa captura había un peluquero, un maquillador, un equipo de grabación, pero nada se sabe de la mujer que trajo al bebé que sostiene la Kardashian entre los brazos. No hay cuerpo ni rostro desencajado de dolor. No hay sangre. Y sigo leyendo, no dejo de darle vueltas a la fotografía, pienso en la otra mujer, la madre invisible. Antes de que el bebé nazca, las hermanas tienen una conversación delante de las cámaras: «Cuando llegue el bebé, será una bendición, pero el proceso de espera… esta mierda apesta», le dice Khloé a Kim. Y ella le confiesa, poniéndose en su lugar pues, de sus cuatro hijos, dos han sido comprados: “Creo que es como una sensación de distanciamiento porque cuando tienes un niño subrogado, tú no sientes el dolor, no sientes el movimiento del niño”.

Me imagino este momento en la vida de todas esas madres y padres estupendos que pagan cientos de miles de euros o dólares a una agencia para que les consiga un bebé como quien compra un coche de lujo. El capitalismo favorece que el deseo de algunos esté por encima de los derechos humanos. Si es legal, dirán por ahí, no hay nada de malo en ello. Poco sabemos de la realidad económica de esas mujeres que se hormonan, gestan y paren a un hijo que nunca criarán.

Kim recoge a su hermana porque “la madre gestante” se ha puesto de parto antes de tiempo y la lleva al hospital. Una mañana está sentada en el sofá y a las dos horas, tiene un bebé nuevecito en los brazos. Ni siquiera se ha arrugado el chándal. Llegan a la habitación y Kim se graba en el espejo del baño: “¡Hola! Estamos teniendo un bebé”. “Empuja. Más fuerte”, se oye decir al personal médico. El bebé nace, lo envuelven y lo colocan sobre la madre estupenda. El relato de este parto es más escalofriante que el que imaginó Atwood en El cuento de la criada. Todos los actores interpretan su papel con tanta naturalidad que no hay lugar para la culpa o la duda moral. La criada ni siquiera es una secundaria en esta historia.

En el prólogo de El cuento de la criada, Margaret Atwood escribe que nació en 1939 y que, por tanto, su conciencia se formó durante la Segunda Guerra Mundial. Desde muy pequeña supo que el orden establecido puede desvanecerse de la noche a la mañana. “Los cambios pueden ser rápidos como el rayo”, dice. “No se podía confiar en la frase: 'Esto aquí no puede pasar'. En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar”. La República de Gilead que creó Atwood se alza hoy en nuestro mundo sobre los fundamentos del capitalismo. La protagonista de su historia es anónima, nunca se llega a conocer su nombre, simplemente se la llama Offred (compuesto por el nombre de un hombre 'Fred' y el prefijo que denota posesión 'de'). Cuando le preguntan a Atwood por qué, ella lo tiene claro: “A lo largo de la historia mucha gente ha visto su nombre cambiado o simplemente ha desaparecido de la vista”.

Se acaba el capítulo y la madre que acaba de parir, la madre invisible, está en otra habitación, en otra cama, imagino, con las sábanas manchadas, con el cuerpo dolorido, desgarrada quizá, sola. Una madre anónima.

sábado, 1 de octubre de 2022

"PAÑUELOS AL VIENTO". Por Begoña Beristain en Crónica Vasca el 29 de setiembre de 2022

Siempre me ha gustado ver cómo los y las estudiantes lanzan al aire los birretes el día de su graduación. Es una forma de celebrar haber alcanzado la meta, el objetivo, de sentirse libres después de los años de estudio y disciplina. Estos días, cuando veo a las mujeres iraníes lanzar al viento los pañuelos que cubren sus cabezas siento un profundo desasosiego. Ese gesto de liberarse de una prenda que constriñe y resta libertad no es en ese país sinónimo de libertad sino de riesgo. Se arriesgan a ser multadas, agredidas o en los casos más extremos, asesinadas.

Masha Amini era una joven iraní que murió estando bajo custodia policial. Su delito, llevar mal puesto el velo islámico. Las autoridades aseguran que sufrió un repentino infarto pero su familia mantiene que gozaba de buena salud. Me da que a la policía de la moral, que es como se llama la que se encarga de hacer cumplir el código de conducta islámico y tiene a las mujeres en su diana, se le fue la mano en el cumplimiento de las estrictas interpretaciones de la moral.

Conocida la muerte de Masha, miles de mujeres se lanzaron a las calles para denunciar la opresión a la que se ven sometidas por quienes se han arrogado la tarea de hacer cumplir un código de conducta que pretende promover la virtud y prevenir el vicio. Gasht-e Ershad es el grupo que se encarga de controlar que las mujeres usen el pañuelo para cubrir su cabello y de detener a quienes, a su juicio, no lo cumplen. Detener, apalizar y en ocasiones, matar.

Las movilizaciones se han saldado, por el momento, con más de setenta personas muertas. Los agentes han disparado sobre las multitudes que claman por la libertad de las mujeres en una especie de cacería pública. Enfrentarse a esa policía de la moral sale caro, pero las mujeres están perdiendo el miedo. Ante la falta de libertad, el control, la vida restringida y las agresiones, las iraníes están dejando en casa el temor y se lanzan a la calle en un gesto de valentía que personas y gobiernos de todo el mundo deberían apoyar. Pero no pasa. Que se arreglen ellas. Si al mundo occidental le viene bien económicamente el apoyo al gobierno que pisotea los derechos de las mujeres, se mira para otro lado y listo.

No es la primera vez que estas mujeres se organizan y movilizan. “Mi libertad sigilosa”, los “Miércoles blancos” o “Las chicas de la calle Revolución” son algunos de los movimientos que desde hace tiempo denuncian la falta de libertad en Irán. Y no está siendo en vano. El propio presidente del Parlamento ha dicho que la conducta de la policía de la moral ha de ser investigada, aunque esa investigación tendrá que hacerse en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU si se quiere una aclaración veraz. Desde instancias políticas se apuesta porque las unidades policiales no arresten a personas por violar las normas de vestimenta. Normas que no deberían existir, por otra parte. Cómo se visten las mujeres, si se tapan o no el pelo, ha de ser única y exclusivamente responsabilidad de ellas. Violar un derecho tan básico nos da una ligera idea de lo que sucede en otros ámbitos. También el Parlamento Europeo debe involucrarse en el tema, tal y como le piden las mujeres iraníes exiliadas, para que las que siguen en el país no terminen muertas ante los ojos de un mundo que les mira de reojo.

No solo Irán ejerce fuerza y violencia para vigilar los valores morales. Arabia Saudita, Sudán o Malasia funcionan de la misma manera. No podemos dejar pasar aquí la oportunidad de denunciar, alto y claro, cómo se pisotean los derechos de un colectivo que ha decidido lanzarse a las calles desafiando no solo las normas sino también a la policía.

¿Qué dicen ellos? Pues en esta ocasión hay un dato novedoso e importante. Ellos también han salido a la calle y se han mantenido junto a ellas en las protestas por sus derechos. Cierto es que son muchos otros temas los que los hombres reclaman en las calles pero si cada vez son más numerosos en las protestas femeninas, algo habremos avanzado. Es un camino, como el del feminismo, que han de hacer juntos hombres y mujeres.

No podemos dejar solas a las mujeres iraníes. Necesitan nuestro apoyo. Necesitan no solo gestos sino acciones. Que desde España, por ejemplo, se organicen competiciones de fútbol en países que agreden a mujeres, Arabia Saudita, por no llevar un pañuelo en la cabeza y no pase nada es síntoma de que se nos llena la boca clamando por la libertad pero no estamos dispuestos a perder negocio. A eso se le llama hipocresía, sin más. Fingimos sentimientos que se contradicen con lo que hacemos realmente.

A los y las periodistas nos toca contar lo que sucede en el país para que no caiga en el olvido. Tenemos que ser quienes vivimos lejos de ahí y no estamos sometidas a esas terribles leyes, las que insistamos en poner el asunto sobre la mesa. Las periodistas iraníes son testigos incómodos, claro, y están siendo encarceladas, silenciadas y asesinadas. Nuestro trabajo ha de servir para que los derechos de todas las mujeres del mundo sean respetados.

"EL PRIVILEGIO DE CRUZAR UNA FRONTERA". Imanol Zubero, elDiario.es

Marruecos desarrolla políticas para conseguir que cada vez más personas procedentes de Europa crucemos su frontera; Europa desarrolla políti...