sábado, 31 de octubre de 2026

"EL SUEÑO DE UNA SOMBRA". Irene Vallejo, El País

A lo largo de la historia, los días de difuntos han existido en civilizaciones diversas y sin contacto entre sí

Cuando muere alguien querido, se desvanece el futuro que no compartiremos, pero también grandes regiones del pasado. Lo que vivimos juntos, la jerga íntima, las canciones, los chistes incomprensibles para el resto del mundo y los recuerdos quedan huérfanos igual que un zapato solitario. Tenemos que acostumbrarnos a un mundo podado, a una casa vacía. Todo sigue en su sitio, pero nos parece gastado, insulso y tedioso. A medida que pasan los días, disminuye la incredulidad de la ausencia, pero subsiste esa aspereza, como una miga alojada en la garganta, como un guijarro en las botas, y ese ardor sin freno que sube a los ojos.

Y fantaseamos. Loca e inútilmente, los llamamos por su nombre para que vuelvan y restauren el mundo tal y como era. Por eso, todos los grandes mitos incluyen una bajada al país de los muertos. Odiseo había dejado viva a su madre cuando partió a la guerra de Troya, y ya nunca pudo despedirse de ella. En el imaginario homérico, cuando un héroe desea hablar con un espectro amado debe ejecutar un ritual de tintes vampíricos: sacrificar un animal, llenar un hoyo de sangre y dejar que el fantasma se sacie. Tras beber la negra sangre, Anticlea reconoce a Odiseo y ambos rompen a llorar. “Tres veces me acerqué, y tres veces voló de mis brazos semejante a una sombra o a un sueño. ‘Madre mía, ¿por qué no te quedas cuando deseo abrazarte para que ambos gocemos del frío llanto?’. ‘Ay de mí, hijo mío, esta es la condición de los mortales al morir: los nervios ya no sujetan la carne ni los huesos, y el alma anda revoloteando como un sueño”.

Este breve episodio de la Odisea describe bien cómo retornan los muertos, siempre de forma incompleta, etérea, pero deseada. Nos visitan de noche, mientras dormimos, “revoloteando como en un sueño”. Los escuchamos en una nota de voz que quedó varada en el teléfono, y nos golpea esa repentina proximidad. A veces, los dedos reproducen inconscientes la costumbre de hacer una llamada que nadie contestará. Al oír un ruido de pasos o una llave que hurga en la cerradura, levantamos la mirada hacia la puerta, ensordecidos por el galope del corazón.

Ovidio relató en Las metamorfosis, donde abundan los personajes desgarrados, una leyenda sorprendentemente apacible sobre amor y muerte. Se cuenta que cierto día Júpiter y Mercurio bajaron a la tierra disfrazados de viajeros. Al llegar la noche, buscaron cobijo, pero sólo les acogieron dos ancianos, Filemón y Baucis, que compartían una pobre cabaña. En su desvencijado interior, se derrumbaba el techo, apuntalado con varas de madera. Baucis avivó el fuego con roncos soplidos, mientras Filemón salía al huerto a recoger frutas. Tambaleándose, Baucis preparó la mesa en el centro de la choza, usó un tiesto para calzarla y la limpió con una mata de menta. Sobre ella fue colocando un panal de miel, queso, dátiles, manzanas. Los anfitriones sonrieron disculpándose ante sus invitados, las arrugas se enmarañaron alrededor de sus ojos. “Somos dioses”, dijo Júpiter conmovido. “A cambio de vuestra hospitalidad os concederemos un deseo”. Filemón miró a Baucis y le susurró al oído. “Estamos muy unidos. Queremos morir juntos para que yo no vea la tumba de mi esposa ni ella tenga que enterrarme”. Júpiter les concedió más que eso. Llegado su día, los transformó en dos árboles —una encina y un tilo—, que siguieron vivos uno al lado del otro. Generación tras generación, los habitantes del lugar colocaban guirnaldas en sus ramas.

En México conmemoran el Día de Muertos con un despliegue de vitalidad: en las tumbas brillan flores, telas y calaveras de azúcar. Durante la noche, los sepulcros se adornan con grabados de José Guadalupe Posada y su esquelética Catrina, junto a rimas y canciones satíricas sobre la huesuda. En esa fiesta fúnebre, conjuros de canto y llanto, de comida y colorido, de memoria y misterio, reclaman a los ausentes para que regresen como sombra o como sueño. A lo largo de la historia, los días de difuntos han existido en civilizaciones diversas y sin contacto entre sí, alejadas por océanos de tiempo y de distancia. Necesitamos, al menos una vez al año, celebrar que los muertos florecen en la vida de los vivos.

viernes, 30 de octubre de 2026

"LA JUSTICIA CAPTURADA". Baltasar Garzón, infoLibre.es

Nemesis (The Great Fortune) de Alberto Durero

Garzón repasa en este texto las carencias estructurales de la justicia, denuncia su instrumentalización política y mediática y reclama una regulación de los colaboradores con la justicia

Cartas secretas

Hay una imagen que no me abandona. La del ministro Fernando de los Ríos, en septiembre de 1931, anunciando la retirada del Gran Collar de la Justicia para reemplazarlo por una función viva, moderna, al servicio de los ciudadanos. Noventa y cinco años después, ese collar sigue puesto. No en el cuello de nadie en concreto, sino en la cultura, en los usos, en la distancia infranqueable entre quienes imparten justicia y los que la necesitan.

Lo recordaban el fiscal Carlos Jiménez Villarejo y el juez Antonio Doñate en su libro Jueces, pero parciales: la ritualidad elevada al máximo, el lenguaje críptico, la toga como escudo frente a la realidad, incluso para protegerse de la sociedad. Es la conceptuación de la justicia como algo exclusivo y excluyente salvo para una élite ideológica que ampara a quienes beneficia. La justicia ha adoptado formas nuevas –tecnología, eficiencia procesal, especialización– sin transformar su médula. Esta médula tiene nombre: el poder de nombrar, de ascender, de decidir quién ocupa qué sillón. Mientras ese poder siga siendo el verdadero motor del sistema, la independencia será una palabra, pero no una realidad que proteja a la ciudadanía.

Escribo esto desde la experiencia acumulada en décadas como juez de instrucción en la Audiencia Nacional, en la investigación del terrorismo, el narcotráfico, el blanqueo de dinero, la corrupción sistémica. Y, también, desde la experiencia de haber sido objetivo de ese mismo sistema cuando incomodé a quienes no debía incomodar. Sé de lo que hablo. Precisamente por ello no me quedo en el diagnóstico: busco soluciones.

Si tuviera que buscar un origen al lawfare en nuestras instituciones judiciales, lo ubicaría en la interacción entre la política y la judicatura que comienza desde el momento en que se decide quién gobierna a los jueces. El Consejo General del Poder Judicial lleva décadas siendo el tablero en el que los grandes partidos mueven sus fichas. El episodio del WhatsApp del portavoz del PP en 2018 no fue una anécdota: fue la expresión sin filtros del funcionamiento del sistema. El “control” de la Sala Segunda del Tribunal Supremo “desde detrás”, que las votaciones fueran “cercanas al 21 a 0”, revela que el objetivo no era el mejor jurista sino el más manejable. Eso no es independencia judicial. Es colonización institucional.

El juez emérito Perfecto Andrés Ibáñez lo ha formulado con precisión: cuando la política de nombramientos no responde a los valores constitucionales, promueve auténticos contravalores que se filtran hacia abajo, generación tras generación, en forma de juristas que saben que su carrera depende no de la calidad de sus resoluciones sino de la fidelidad a quien meció su cuna. A ello hay que añadir la influencia de estructuras corporativas, de corporaciones económicas, financieras, mediáticas o religiosas como el Opus Dei, que han colocado estratégicamente sus piezas mediante un proceso tan eficaz como invisible. CONTINUAR LEYENDO

jueves, 29 de octubre de 2026

"HIPÓCRITA HOMENAJE A LA VIRTUD". Aldo Conway, elDiario.es

Carteles de protesta en la primera manifestación
por el desahucio de Maricarmen
El conservador ha descubierto el placer de saltarse las normas y lo presenta como su arma para ofender a una sociedad de ofendidos, de wokes y de sojas que se escandalizan por darle a una abuela una patada en el culo. La ofensa es la prueba de que sus golpes funcionan: si el otro se indigna, es que has dado en el clavo

La Rochefoucauld dejó escrito que la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud. La frase tiene algo de consuelo. Un hipócrita miente, pero al mentir admite que hay algo que debe ocultarse y, con eso, reconoce, aunque sea a su pesar, que existe un consenso moral por el que debe pasar. Mientras alguien se siga tomando la molestia de disimular, por ejemplo, su crueldad, la crueldad seguirá siendo algo de lo que avergonzarse. La derecha española nunca ha sido precisamente discreta. En el año 2012, mientras Rajoy anunciaba el recorte de las prestaciones por desempleo, una diputada del PP, Andrea Fabra, gritó “¡que se jodan!” desde su escaño. Aquello causó un gran revuelo, y la hija de Carlos Fabra —acaba de ocurrírseme que este es un insulto muy ingenioso— tuvo que disculparse y e inventarse que lo había dicho mirando a la bancada socialista. Esa excusa de Fabra era lo que La Rochefoucauld llamó siglos antes el homenaje a la virtud.

Catorce años después, aquel “que se jodan” no necesitaría ninguna disculpa. En 2012, el daño a los parados era el efecto colateral de un recorte mayor, con un sentido y una dirección, y celebrarlo en voz alta fue un desliz; un desliz de desalmado, pero un desliz. Hoy la crueldad se ejerce por sí misma, porque sirve para reconocerse a sus iguales. El periodista estadounidense Adam Serwer lo formuló a propósito del trumpismo con una frase que circuló mucho: la crueldad es el objetivo. Para explicarlo, recordaba las fotografías de linchamientos en el sur de Estados Unidos, en las que lo que más perturba no es el cuerpo colgado; lo peligroso son las sonrisas complacientes de quienes posaban a su alrededor.

Para que la crueldad pueda celebrarse en público, antes hay que hacer desaparecer a la víctima. No se trata de esconder el cadáver, es darle una coartada al buitre que lo sobrevuela: quien se burla de una víctima queda como un miserable, pero quien desenmascara a una farsante queda como un valiente. Así que primero hay que convertirla en otra cosa, en una actriz o en una aprovechada. O en una vieja mala que va al bingo por las tardes.

Ese “valiente” es el personaje que encarna el zeitgeist. La derecha que ha dado este giro lo vive como una liberación y lo llama rebeldía. El conservador ha descubierto el placer de saltarse las normas y lo presenta como su arma para ofender a una sociedad de ofendidos, de wokes y de sojas que se escandalizan por darle a una abuela una patada en el culo. La ofensa es la prueba de que sus golpes funcionan: si el otro se indigna, es que has dado en el clavo. Pero toda rebeldía necesita un poder contra el que rebelarse, y, al no encontrarla arriba, la fabrica mirando hacia abajo, e inventa una dictadura de lo políticamente correcto, una policía del pensamiento que nadie ha visto patrullar, pero que justifica cualquier exceso contra los que sufren. Gracias a ella, el requeté de un periódico monárquico o el mamporrero de la pequeña burguesía que veta leyes en el Congreso puede presentarse como un disidente perseguido. Es una rebeldía muy cómoda, porque nunca se enfrenta a nadie más fuerte que ella. Se atreve con la inquilina y deja en paz al casero, se burla del parado y no molesta al empresario, y cuando alguien se lo reprocha, lo toma como la confirmación de que tenía razón.

Pasa que, esta forma de identidad, tiene una debilidad estructural. Quien se define llevando la contraria al adversario acaba dependiendo por completo de él, porque necesita saber qué piensa el otro para saber qué debe pensar él. Esa dependencia anula la posibilidad de rectificarse. Cuando la realidad tumba su relato, detenerse equivaldría a conceder, y reconocer que se está equivocado es lo único que esa identidad no se puede permitir, de modo que su única opción es subir la apuesta. La muerte, que en la tradición política que esa misma derecha decía encarnar obligaba a una pausa, ha dejado de obligar, y lo que en otro tiempo habría sido un silencio incómodo se convierte en una nueva vuelta de tuerca.

Esa mecánica, además, tiene quien la pague. En 2021, tres investigadores de Cambridge y Nueva York analizaron cerca de tres millones de publicaciones en redes sociales y llegaron a una conclusión poco consoladora: lo que más se difunde no es la indignación en abstracto, sino la hostilidad hacia el grupo contrario. Cada palabra dedicada al adversario aumenta de forma notable las posibilidades de que un mensaje circule. Las plataformas no inventaron la crueldad, pero le pusieron precio, y ese precio se cobra en atención, que es la moneda con la que hoy se compra casi todo lo demás. Sería cómodo concluir que la máquina los arrastra, pero no es así; no son víctimas de nada. El mismo algoritmo está a disposición de todos, y lo que distingue a unos de otros es el entusiasmo con que han aceptado el precio a pagar.

Lo más extraño de todo es que nadie tiene que hacer nada para que ocurra. Llorar a alguien no es una estrategia; llorar a Maricarmen, tampoco; es lo que haría cualquiera que no haya convertido la crueldad en un carné de afiliado a cualquier club de tarados. Pero basta con que alguien haga lo normal para que quien vive de llevar la contraria quede obligado a situarse en el lado opuesto, y a veces el lado opuesto es el borde de un precipicio. No hace falta empujarlos. Basta con no seguirlos, y saltarán solos, convencidos de que la gravedad también es una forma de rebeldía a la física más elemental.

miércoles, 28 de octubre de 2026

"EL GRAN REEMPLAZO EUROPEO". Máriam Martínez-Bascuñán, El País

Los movimientos en Bruselas contra la política migratoria española muestran que se está rompiendo el relato de Von der Leyen: sí que hay alternativa

¿Recuerdan cuando la UE reconvenía a estados como Hungría o Polonia cuando sus gobiernos recortaban derechos, cuando debatíamos cómo controlar sus desmanes iliberales? Esta semana, en el Consejo Europeo celebrado en Bruselas, la primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen, con el respaldo entusiasta de la posfascista Giorgia Meloni, invirtió de forma oficial esa lógica al pedir que se examinara a España no por recortar derechos, sino por reconocérselos a medio millón de personas mediante un proceso de regularización. Esa inversión dice mucho sobre el estado de la Unión, pues Europa servía precisamente para proteger los derechos individuales frente a las mayorías y acervos nacionales, mientras hoy, de forma falaz, cuando nadie puede afirmar que la regularización viole norma alguna, se apuesta abiertamente por una política migratoria, mayoritaria en Europa, donde los derechos, pensados para no someterse a votación, pueden revisarse y cercenarse cuando así lo quieren nuestros gobiernos.

¿Quién compone esa mayoría y en nombre de qué habla? Tras la crisis de Ceuta, Meloni y Frederiksen publicaron una delirante declaración comprometiéndose a proteger la herencia cultural cristiana de Europa y pidiendo a quienes llegan que no les impongan un modo de vida que no desean. Tiene guasa que esa defensa de la cristiandad la firmen la heredera de la tradición fascista y la primera ministra socialdemócrata de uno de los países más secularizados del mundo. Su cristianismo sin creyentes solo remite a una frontera, y su vocabulario, el del Gran Reemplazo, delata un desplazamiento de fondo, pues ya no hablamos de derechos reconocidos a quienes viven bajo una misma ley, sino de un modo de vida que se hereda y hemos de defender. Es fácil ver la ironía en que pidan examinar a España por apartarse de lo europeo quienes promueven centros de deportación en terceros países. Frederiksen acusa a España de actuar por su cuenta cuando solo la mueve su propio interés electoral, y lo hace un mes después de haber pactado a solas el futuro de Groenlandia. En enero, cuando Trump amenazaba con apoderarse de la isla y castigar a los países que enviaron allí fuerzas simbólicas, los europeos cerramos filas con Copenhague sin preguntarnos a qué electorado le convenía hacerlo, aunque a Frederiksen aquella solidaridad le vino estupendamente. Hoy, quien recibió esa solidaridad pide examinar a un socio a punto de celebrar elecciones, y lo hace por algo que no amenaza a nadie, sino que reconoce a quienes ya viven y trabajan en España.

Pero lo más revelador de la cumbre fue el desayuno que la precedió, donde dieciocho gobiernos y la propia Comisión se reunieron sin España para preparar su ofensiva. La forma (el método del club) reproduce el contenido: quienes discuten quién no pertenece a Europa lo hacen en secreto, sin contar con otros socios. Pero la legitimidad de Europa depende de que sus decisiones se tomen en público, con reglas conocidas y responsabilidades claras, como debiera garantizar la Comisión, supuesta guardiana de los tratados y que debería estar por encima de las facciones. Que conspire con el bando que prepara un ataque a otro Estado miembro dice mucho sobre la deriva de Von der Leyen. Pero su repliegue es un signo de debilidad: la regularización española quiebra la supuesta inevitabilidad del relato europeo sobre migración, desmintiendo que no haya alternativa y planteando recuperar aquello que nos dijeron que era ser europeos: derechos, convivencia y protección jurídica y laboral.

martes, 27 de octubre de 2026

"EXILIADOS: ESPAÑA HA MUERTO". Paco Cerdá, El País

Varias personas esperan a la entrada del Consulado de España
en Ciudad de México

Hace 20 años no ocurrió nada cuando la Ley de Memoria Histórica reconoció el derecho a la nacionalidad a los descendientes de los españoles. Ahora sí

I. Iba Cernuda por una calleja de Londres y una sombra lo seguía. El poeta sevillano acababa de llegar al exilio, ese mundo sin raíces lleno de cartas por escribir y recuerdos que llorar. Atrás quedaba su tierra sangrante y en ruinas mientras él se preguntaba qué puede el hombre contra la locura de todos.

La guerra no terminaba, la posguerra no empezaba y a la paz no se la esperaba. En ese paréntesis cargado de monstruos, Cernuda, romántico apasionado, que en el 36 luchó voluntario en la sierra de Guadarrama con un fusil al hombro y un tomo de Hölderlin en la chaqueta, que en el 37 gritó contra el fascismo entre el coro de escritores antifascistas que acudió a España para intentar salvar a Europa, en aquella noche del 38 arrastraba sus pasos exiliados por una calleja de Londres mientras una sombra lo seguía.

La sombra era misteriosa. Un hombre. Caminaba solo, lento, fatigoso, como cargando el peso de su tumba. Al llegar a su altura, aquella sombra espectral le dijo al poeta: “¿España? Un nombre. España ha muerto”.

II. Los nietos de los exiliados no votarán en las próximas elecciones españolas. No lo ha querido la derecha y la ultraderecha, no lo ha permitido el Supremo, no lo ha impedido el Constitucional. Hace 20 años no ocurrió nada cuando la Ley de Memoria Histórica reconoció el derecho a la nacionalidad a los descendientes de los españoles salidos de nuestro país entre 1936 y 1955. Ahora sí. Hoy se habla de trampa, de fraude, de pucherazo. Y es lógico: el panorama es muy distinto. El ambiente está polinizado de odio y todo lo malo enseguida germina.

No voy a hablar del voto, con todo el simbolismo que tiene que tantos nietos de exiliados queden castrados de voz ante el probable regreso de la ultraderecha al poder del Estado que expulsó a sus familias. Lo que siento es pena por asistir a esta venganza cometida sobre una vieja venganza. Por la dolorosa humillación que supone. Por la segunda expulsión que se comete contra los exiliados. Por la inhumanidad con la que algunos hablan de ellos. Por la frialdad con la que se piden papeles acreditativos. Vuelven a ser culpables hasta que no demuestren lo contrario. Sísifos errantes.

Desde Chile me escribe Beatriz Lorenzo. A sus padres españoles los expulsó el exilio. También ella tuvo que exiliarse en España en los terribles años de Pinochet. Ida, vuelta, y así va la Historia aunque lo olvidemos. Pero Beatriz me aconseja que no busque conmover. Yo no creo, me dice, que esta mezquindad se entienda mejor a través de la historia triste de un nieto que va a ser despojado de su derecho a voto. Se entiende a partir del justo derecho —en justicia, no en legalidad— a poder heredar sus nietos la nacionalidad, con todos sus deberes y derechos, del país que los expulsó. Que los centrifugó a los cuatro vientos a partir de una victoria que no llevó paz sino venganza. A los que se fueron de España entre 1938 y 1948, me dice, los echó la guerra y la venganza. A los que se fueron hasta 1960 los echó el hambre. ¿Qué hay que demostrar?, me pregunta.

III. El tiempo fue pasando para Luis Cernuda. También las cartas, y los recuerdos, y las chinchetas negras en el negro mapa de su exilio. París, Londres, Glasgow, Cambridge, Oxford, Surrey. Massachusetts, Los Ángeles, Berkeley, Ciudad de México.

Su voz es la voz del exilio español más culto, consciente, profundo. Pero hubo otros exiliados, los sin nombre. Pensaba en ellos esta primavera al acariciar en Buenos Aires las altas puertas del Gran Hotel España. Debajo de su letrero rojo y en medio de aquel vestíbulo estrecho, tan oscuro, tan de calle sin sol, podía imaginar maletas, esperanzas, desilusiones, pérdidas, fríos, melancolías, una herida viva y al otro lado olvidada. Amargos los días de una larga espera.

Seguro que sus historias eran mejores que la de Cernuda. Pero Cernuda tenía la voz. Y con esa voz escribió: “Ellos, los vencedores, Caínes sempiternos, de todo me arrancaron, me dejan el destierro”. Con esa voz, encallada por tanto dolor, a España le advirtió: “Un día, tú ya libre de la mentira de ellos, me buscarás. Entonces, ¿qué ha de decir un muerto?”.

Ya han pasado 90 años. Puede que España recuperase su libertad. Puede que haya simulado recobrar su memoria. Sin embargo, lo que nunca ha apaciaguado es el tormento del exilio. Nunca ha saldado esa deuda. Hay deudas imposibles de saldar.

Un día me buscarás, dijo el poeta.

Qué macabra ironía. A los exiliados y a sus descendientes los busca España ahora. Con un desprecio ideológico freudiano. Con saña administrativa.

Qué metáfora tan brutal: los busca ahora, cuando la calleja se va haciendo más y más oscura. Justo ahora, cuando solo un giro del destino podría apartarnos de esa niebla fanática que el exilio sabe leer.

Hay catástrofes futuras que se avistan mejor desde el pasado. A veces alguien, una sombra, un poeta, viene de allí para susurrarnos España ha muerto.

lunes, 26 de octubre de 2026

"LO QUE LES DUELE ES EL BOLSILLO". Luis Arroyo, infoLibre.es

Para mucha gente, el nuestro es casi un estado fallido y “el Sanchismo” un régimen dictatorial al que hay que desalojar

¿Por qué este odio visceral a Pedro Sánchez? ¿De verdad es creíble que la razón sea que pactó hace ocho años con los independentistas catalanes? Los pactos postelectorales y el liderazgo de Sánchez y de Salvador Illa han reducido el independentismo en Cataluña a mínimos históricos y han resuelto el más grave conflicto político de nuestro país en este siglo, junto con el terrorismo de ETA.

¿Nos toman por estúpidos quienes atribuyen al Gobierno una corrupción generalizada en su seno? ¿David Sánchez? ¿Begoña Gómez? ¿El fiscal general? ¿Zapatero? ¿En serio? Ha habido un único caso de corrupción detectado en el Gobierno y el PSOE (el llamado caso Ábalos), de dimensiones bastante pequeñas, por cierto, a pesar de la pena impuesta a los condenados.

¿Bromea quien critica al presidente del Gobierno por la pérdida de relevancia política de nuestro país en el mundo, cuando basta con darse un paseo por Roma o París –no digamos por Nueva York o Buenos Aires– para que cualquiera declare su admiración por la apuesta de nuestro país por la paz, la integración y la igualdad?

¿De qué habla quien afirma que se ha deteriorado el sistema institucional? ¿En qué se ha deteriorado exactamente, excepto en esa erosión de la confianza en la Justicia promovida por una decena de jueces activistas? ¿Cuánto tiempo aguantarían en pie ante cualquier ser con un poquito de criterio y buena voluntad las acusaciones de que el Gobierno quiere matar a una jueza, quedarse con un par de cientos de miles de votos de los nietos de los exiliados, o hacer trampas con el voto por correo?

De acuerdo: hemos estado tres años con presupuestos prorrogados. Más allá de la estética de esa anomalía, favorecida básicamente por Junts, un partido en decadencia, ¿qué problema grave hemos tenido que no hayamos podido abordar con las cuentas 2023? Tenemos desafíos colectivos importantes que afrontar. Pero estamos en uno de los países más funcionales del mundo, en un auténtico paraíso en comparación con casi cualquier otro país.

Es evidente que las encuestas y los indicadores electorales no cuadran con esta versión de España que ofrezco, digamos que casi idílica. Ver algunos programas de televisión, escuchar a los portavoces de Vox y del PP y observar a la legión de activistas y desatados analistas de las derechas españolas es asomarse a un museo de los horrores cuyas deformaciones han calado bien en la población. Para mucha gente, el nuestro es casi un Estado fallido y “el Sanchismo” un régimen dictatorial al que hay que desalojar. Pero, ¿por qué es así si los datos objetivos y la realidad socioeconómica del país son relativamente benévolos?

La respuesta es muy sencilla. El Gobierno de coalición progresista ha trasvasado en estos siete años decenas de miles de millones de euros desde las empresas y las grandes fortunas, al común. Y eso duele al bolsillo de los más poderosos. Por ejemplo: unos 5.800 millones que el Estado ha ingresado del gravamen a la banca y las energéticas en 2023 y 2024. Otros 1.400 millones en ese mismo periodo, que se han ingresado por el impuesto a las grandes fortunas, las que ingresan más de tres millones de euros. Otros 2.000 millones, aproximadamente, por las subidas de dos puntos para las rentas superiores a 300.000 euros, o de cinco para las plusvalías de esa misma cifra.

La subida del salario mínimo ha producido un trasvase de unos 21.400 millones de euros desde los beneficios empresariales a los salarios brutos. Una parte se lo lleva la inflación, sin duda, pero hasta en eso (una inflación provocada básicamente por el idiota de Trump y aliviada por nuestra menor dependencia de las energías fósiles), nuestro país es modélico.

Al mismo tiempo, el Gobierno trata de contener en la escasa medida de sus posibilidades –pues las competencias son regionales– las transferencias que las derechas promueven en sentido contrario, desde la gente a los poderosos: por ejemplo, eliminando el impuesto de sucesiones o destinando más y más fondos a convenios y acuerdos con empresas privadas de los sectores de la Sanidad y la Educación.

Ahí, en el vil metal, está el verdadero activador del odio a Sánchez y los socialistas. Lo percibe uno en las escuelas de negocios, en los think tanks conservadores, entre los consejeros de las grandes empresas o en las patronales y las organizaciones empresariales y en los clubs y gimnasios pijos. De ahí parten la indignación y el odio que luego encuentran eco y acompañamiento en las iglesias y los cuarteles y los juzgados. Parten de los que manejan y acumulan el dinero y lo invierten en publicidad y patrocinios y mecenazgos diversos. Díaz Ayuso, Feijóo y Abascal no son más que los peleles en manos de esos poderes superiores a los que Sánchez y su Gobierno han incordiado todos estos años. ¿Quién dijo que saldría gratis afrentar a los de arriba?


sábado, 24 de octubre de 2026

Gonzalo Fanjul, (2026), “Contra las fronteras”. Como reemplazar un régimen migratorio fallido, Barcelona, Anagrama


Una crítica lúcida al régimen migratorio contemporáneo y sus efectos sobre la democracia.

Las migraciones se han convertido en el campo de batalla moral y político de nuestro tiempo. Entre el miedo, la hipocresía y la propaganda, los Estados levantan muros que no detienen los flujos de movilidad, pero sí erosionan derechos, alimentan la desigualdad y debilitan la democracia. El investigador y activista Gonzalo Fanjul denuncia en este ensayo el régimen migratorio actual y propone alternativas realistas para gobernar la movilidad humana de forma más justa e inteligente. Porque el problema no es que la gente se mueva, sino cómo conseguir que todos ganemos con ello.

 

"GONZALO FANJUL: “LA MIGRACIÓN ES LA MEJOR NOTICIA QUE PUEDE RECIBIR LA SOCIEDAD”. Carmen Morán Breña, El País

El camino a las urnas se abre en España con un elefante atravesado en medio: la migración. Si se trata de vivienda, se tratará de migración; si de sanidad y educación, de migrantes; y jalonando todo el trayecto estará la crisis de Ceuta, que a buen seguro impedirá cualquier debate propositivo. Es improbable que la derecha suelte ese hueso que tanto rédito electoral le proporciona en todo el mundo, la clave está en el modo que elija la izquierda para encarar el asunto. Sobre todo ello habla Gonzalo Fanjul (Oviedo, 55 años), director de Investigaciones de la Fundación Por Causa, que busca un nuevo tratamiento para el desplazamiento de las poblaciones. Este economista opina que la mejor fórmula para abordar la migración es el orden, pero no solo mediante controles fronterizos, sino un sistema de gobierno que ordene el empleo y el bienestar de los migrantes, porque de lo que no le cabe duda es de que son fundamentales en las sociedades que les acogen: la demografía manda. El libro que acaba de publicar tiene un titular elocuente, Contra las fronteras, editado en los Cuadernos Anagrama, donde disecciona con brevedad y claridad expositiva el momento y las soluciones al elefante que se ha cruzado en la política, la economía y la sociedad.

Fanjul se fijó en el programa electoral de los socialdemócratas suecos, que han ido a elecciones recientemente, por ver si estaban en la línea restrictiva de la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, o tomaban otra senda. Se sorprendió: “Me di cuenta de que habían decidido no hablar de migración, sino mencionar, sencillamente, los temas que preocupan a la gente. Y en realidad, la buena política migratoria se deriva de la buena política del bienestar. Si tú planteas un estado de bienestar ambicioso, en materia de vivienda, de educación o de salud, inevitablemente vas a tener que alimentar la base de la pirámide, porque vivimos en sociedades envejecidas donde hace falta mano de obra y empleo de calidad. Lo que hay que hacer es incorporar a esa población no solo a la solución económica, sino a la solución política también, encontrando discursos que no distingan entre migrantes y nacionales, sino que los incorporen, y ahí es donde yo creo que la izquierda tiene un desafío”.

Parafraseando al economista Branco Milanovic, defiende Fanjul que la desigualdad ya no es un factor de clase, o no solo, sino más bien de localización, es decir, de dónde le ha tocado a uno nacer, da igual lo meritorio de tu esfuerzo, si naces en según qué país, las oportunidades te dan la espalda. Pero las clases existen, y se quejan. El ‘pobres contra pobres’ se deja sentir. “No solo queremos evitar que se deteriore el sistema de reglas que tenemos, no solo queremos una propuesta proactiva en materia de movilidad laboral, sino que además, y ese es el tercer elemento clave, tenemos que conseguir que esto sea recibido y percibido como algo que opera en beneficio de todas las partes involucradas. Aquí de lo que estamos hablando es de la conformación de una nueva clase obrera, si se quiere plantear en esos términos, pero de una clase trabajadora que es diferente a la del pasado. Y el error de la izquierda, yo creo, es haber caído en la trampa de seguir distinguiendo entre nativos y migrantes de una manera casi patológica”.

Esos compartimentos estancos, sostiene, atrapan a los reformistas en una esquina defensiva, en lugar de plantear “cuál es el modelo del Estado de Bienestar que requieren las comunidades de hoy y del futuro, inevitablemente más diversas. Porque lo que es estructural es la transición demográfica”.


viernes, 23 de octubre de 2026

"El sistema de pensiones privadas que propone la derecha en España arruina la jubilación de millones de chilenos". Juan Torres López, ctxt.es

En plena precampaña de las elecciones del 29 de noviembre, la derecha española ha vuelto a poner sobre la mesa una vieja receta: sustituir, en todo o en parte, el sistema público de pensiones basado en la solidaridad por la capacidad que cada persona tenga de ahorrar a lo largo de su vida laboral.

El responsable económico de Vox, José María Figaredo, ha afirmado que el sistema público de pensiones, que paga cada mes a unos diez millones de personas, "es un zombi" y "está quebrado". Su receta es la reforma hacia un modelo mixto que combine el reparto con la capitalización individual y no está solo en la propuesta. El Partido Popular lleva años preparando el terreno para que se lleve a cabo. En 2014, Esperanza Aguirre defendió ante la Convención Nacional del PP que las cotizaciones se considerasen un capital que pertenece a cada trabajador, compatible con los criterios de capitalización de las compañías de seguros. El Gobierno de Rajoy optó por el camino gradual de estimular los planes privados con ventajas fiscales y facilidades de rescate. Formas distintas, más bruscas o más suaves, de ir en la misma dirección, la de trasladar la jubilación desde un derecho colectivo hacia el ahorro individual invertido en los mercados financieros. Aunque hay que señalar por pura honestidad que esta idea no es patrimonio exclusivo del PP y de Vox. Es, en realidad, el programa de la derecha económica, de la banca y de sus centros de estudio, y a veces ha encontrado acomodo en el propio PSOE. Fue un Gobierno de Felipe González el que reguló en 1987 los planes y fondos de pensiones privados y el ministro José Luis Escrivá, ya con Pedro Sánchez de presidente, impulsó en 2022 una ley para impulsar los planes de pensiones de empleo con fondos de promoción pública.

Por eso es muy importante entender que, detrás de esa expresión amable de "modelo mixto", hay un cambio radical que pone en peligro el bienestar de las personas que se jubilan sin disponer de grandes patrimonios.

En un sistema de reparto, como el español, las cotizaciones de quienes trabajan hoy pagan las pensiones de quienes hoy están jubilados. La pensión es un derecho reconocido por ley y garantizado por el Estado y su cuantía se conoce de antemano porque depende de lo cotizado y de los años trabajados, no de lo que pase en la Bolsa. En un sistema de capitalización, por el contrario, cada trabajador ahorra en una cuenta individual y una gestora privada invierte ese dinero en los mercados financieros. La pensión que reciba cuando se jubile no está asegurada, sino que será lo que haya en la cuenta el día de la jubilación, sea mucho o poco, según la evolución de la inflación y los mercados financieros.

Quienes defienden la capitalización para evitar, según dicen, la insostenibilidad de las pensiones públicas, siempre omiten lo fundamental: es un sistema mucho más inseguro, menos rentable, más peligroso y, sobre todo, perjudicial para las rentas más bajas.

No es verdad que la capitalización resuelva el problema que dice resolver, el de la insostenibilidad de las públicas por razones demográficas, porque "en el futuro habrá muchos viejos y pocos trabajadores cotizando".

Las pensiones, se financien como se financien, siempre se pagan con lo que se produce cada año. Un fondo privado no guarda pan ni medicinas para dentro de cuarenta años: guarda acciones y bonos que habrá que vender cuando llegue la jubilación. Y, si de verdad hubiera menos trabajadores produciendo y menos ahorro, también habría menos compradores para esos activos que quienes se vayan jubilando tendrán que vender para obtener dinero líquido. Si las pensiones públicas estuvieran amenazadas por un problema demográfico exactamente igual lo estarían los fondos privados.

Además, los fondos privados de pensiones rinden mucho menos de lo que prometen. Según los datos de INVERCO que analiza Ignacio Zubiri, los fondos españoles con 25 años de antigüedad apenas han logrado una rentabilidad real del 0,42% anual. Como ha señalado Zubiri, "bajo supuestos razonables, ahorrando durante 20 años el 10% de su salario, el trabajador obtendría una pensión que no llegaría al 10% de su último salario. Y con 30 años, su pensión no llegaría al 15% de su último salario".

Los fondos de pensiones privados también son extraordinariamente inseguros. Si los mercados caen, como en 2008 y en otras muchas ocasiones, la pensión privada se hunde. Se volatiliza total o parcialmente. Aunque la gestora, eso sí, cobra siempre.

Tampoco dicen quienes defienden el tránsito a la capitalización que el cambio que habría que hacer desde el sistema actual es carísimo. Tanto, que se puede decir que es inviable hacerlo. Habría que seguir pagando las pensiones de reparto mientras las cotizaciones se iban desviando a cuentas privadas, de modo que una generación tendría que pagar dos veces.

Por supuesto, se omite también que los sistemas de capitalización multiplican la desigualdad. Las personas con salarios bajos, en situación de precariedad, quienes hayan tenido carreras interrumpidas y, sobre todo, las mujeres arrastran esa desventaja hasta la vejez sin ningún mecanismo solidario que las compense.

¿Por qué entonces se defiende que se pase a un sistema de pensiones privado que tiene muchos más defectos objetivos, peligros financieros e inconvenientes que el sistema público?

La respuesta es sencilla: transferir al sector financiero la gestión de la enorme masa de ahorro y dinero que suponen las pensiones públicas es un negocio gigantesco.

Nada de lo anterior es teoría. En Chile hicieron todo esto y lo que allí ha ocurrido es lo que debe tomarse como referencia y aviso a navegantes.

La dictadura de Pinochet impuso en Chile, en 1980, la capitalización individual a través de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Aunque, significativamente, hubo dos colectivos a los que dejó fuera del experimento y que conservaron el viejo sistema público: los militares y los policías. Los arquitectos del modelo sabían bien cuál de los dos sistemas era mejor.

Los resultados después de varias décadas confirman el diagnóstico y lo ocurrido justo este año lo resume todo. Las siete AFP, que controlan activos por unos 229.000 millones de dólares y son la única fuente de ahorro para la jubilación de la mayoría de los chilenos, se lanzaron en los dos últimos años a comprar productos financieros que les darían beneficios si los tipos de interés estadounidenses seguían bajando. Pero ocurrió lo contrario y han registrado pérdidas que rondan los 7.700 millones de dólares. El golpe más duro lo recibió el fondo más conservador, el que se recomienda a quienes están a punto de jubilarse, y lo que perdieron no se evaporó: lo ganaron bancos como Société Générale, Bank of America o BNP Paribas.

La reacción de los responsables del fiasco tampoco tiene desperdicio. El presidente de la patronal de las AFP se negó a hablar de pérdida y la llamó "valorización económica del fondo", y un consejero técnico de la propia Superintendencia propuso como remedio que quienes estén a punto de jubilarse aplacen su retiro hasta que el mercado se recupere.

Y Chile no es una excepción desafortunada. La Organización Internacional del Trabajo ha documentado que, de los treinta países que privatizaron total o parcialmente sus pensiones entre 1981 y 2014, dieciocho tuvieron que revertir la reforma, entre ellos Argentina, Hungría, Polonia y Bolivia.

Es mentira que el sistema público de pensiones esté quebrado. Su sostenibilidad depende de decisiones políticas que determinan la distribución de la renta, de la evolución de la productividad, del empleo, de los salarios y de cómo se financie. Lo que hay que hacer es blindarlo frente a quienes, como en Chile, quieren convertir nuestras pensiones en un negocio privado.

El 29 de noviembre también se decide eso. Vox lo ha dicho sin rodeos, y el PP lleva años abonando el terreno con incentivos fiscales a los planes privados, con discursos sobre la quiebra del sistema y con la idea de que las cotizaciones son un capital individual.

Y si alguien tenía dudas, las ha despejado uno de los grandes altavoces mediáticos de la derecha. El director de OKDiario, Eduardo Inda, comentaba en el programa Milenio las declaraciones de la portavoz parlamentaria del PP, Ester Muñoz, que había puesto en duda el futuro del sistema público, y pidió silencio: «Cállate con las pensiones, que es un tema sensible». "Que hablen -dijo- el 30N o cuando ya estén formando gobierno». No le pidió al PP que garantizara las pensiones, sino que no hablara de ellas hasta que los votantes ya no pudieran tenerlo en cuenta.

Esto es lo que está en juego en las próximas elecciones.

jueves, 22 de octubre de 2026

"EL ASCO". Santiago Alba Rico, elDiario.es

Cargas policiales durante una manifestación
en el campus de Ciudad Universitaria,
 en Madrid
Si ese niño, ese anciano, ese perro apaleado no me conmueven, ¿qué pasa? ¿Tengo que sentirme culpable? ¿Es que no puedo oponerme a la guerra, a un linchamiento, a una agresión “por principios”? ¿Es que no puedo cuidar o curar o apoyar al otro sin compadecerlo, en virtud solamente de un imperativo ético y racional?

Estoy un poco harto, lo confieso, de la “empatía”. No quiero decir que esté harto de los otros sino de la insistencia peligrosa en que nuestras relaciones con los demás se aborden siempre por el costado emocional. Y si no siento nada, ¿qué? Y si ese niño, ese anciano, ese perro apaleado no me conmueven, ¿qué pasa? ¿Tengo que sentirme culpable? ¿Es que no puedo oponerme a la guerra, a un linchamiento, a una agresión “por principios”? ¿Es que no puedo cuidar o curar o apoyar al otro sin compadecerlo, en virtud solamente de un imperativo ético y racional?

Bernardino de Siena, en el siglo XV, cifraba el poder movilizador del crucifijo en la común empatía humana frente al dolor. Cuando uno se acerca a la cruz en la que está clavado Cristo, venía a decir, uno siente su sufrimiento como propio, de manera espontánea y con independencia de cualquier sesgo cultural; antes de hacernos ninguna pregunta (¿qué habrá hecho?) sus clavos se han clavado ya en nuestra carne y nos dejamos vencer por la compasión. Es un argumento muy bello, pero no del todo cierto. En Roma la imagen del crucificado evocaba enseguida la idea de la justicia ejemplar; y el crucificado, por tanto, sugería al primer vistazo la irregularidad de un delito o de un comportamiento criminal. Por lo demás, los que torturaron a Cristo camino del Calvario y los que, una vez allí, lo clavaron en el madero sintieron más bien el placer de romperle los huesos a un judío o el aburrimiento de tener que acometer un trabajo mecánico y desagradable. Es probable que el mundo fuera mejor si cada uno de nosotros sintiera de manera inmediata el dolor de los otros como propio; o quizás no, porque entonces todos sucumbiríamos al primer pinchazo de una aguja; el planeta entero cedería, desde luego, a la muerte del propio hijo. En todo caso, es con esa clase de seres humanos (los que no sienten nada ante la cruz) con los que hay que tratar de construir un mundo llevadero.

En un libro interesante, La paradoja de la bondad (Capitán Swing), el antropólogo evolutivo Richard Wrangham distingue entre “violencia reactiva” y “violencia proactiva”. La “reactiva”, digamos, es la que todavía nos une a nuestros primos primates, la que tiene que ver con los impulsos no mediados: el reflejo instintivo, por ejemplo, frente a una agresión y, en general, el que responde desde el cuerpo a pulsiones antagonistas (los llamados “crímenes pasionales”). La violencia “proactiva”, en cambio, implica premeditación, planificación, proyecto. La “reactiva” es caliente y temperamental; la “proactiva” fría y prospectiva. La tesis de Wrangham es la de que la especie humana es una especie “doméstica”, una especie “autodomesticada” que en los últimos doscientos mil años habría ido reduciendo sin parar los márgenes de su “violencia reactiva” -mientras no dejaba de aumentar, al otro lado, los de la “violencia proactiva”. Podríamos decir que “la paradoja de la bondad” es ésta según la cual el holocausto nazi y el genocidio israelí, por citar dos ejemplos extremos, constituirían en realidad las manifestaciones propias de una especie pacífica, pacificada, domesticada, lingüística.

¿Habrá también una moralidad reactiva y otra proactiva? Tirando de ese hilo, sería coherente añadir que la reactiva sería, en efecto, la que nos vincula al prójimo a través de la empatía; la proactiva, en cambio, la que lo reivindica (al prójimo) como depositario autónomo de valor, o como sujeto de derecho, al margen de toda emoción positiva, en virtud tan solo de un razonamiento. En un mundo mejor los humanos nos repartiríamos el trabajo: los que no “sintieran” bien, razonarían bien. En el mundo realmente existente, sin embargo, veo un cierto peligro en renunciar a la razón para dejar que decidan sobre nuestro bienestar y nuestra convivencia los buenos sentimientos. Porque, en ese caso, los buenos razonadores que, por mucho que se esfuercen, no consiguen sentir nada, se sentirán sólo culpables. Por su parte, los malos razonadores insensibles o, peor, los que sientan placer en el sufrimiento ajeno, verán legitimados sus nulos o malos sentimientos. Si se trata sólo de “sentir”, el malismo es tan legítimo, en efecto, como el buenismo. Sin un criterio, nuestros buenos sentimientos no se diferencian de los malos. Y si poseemos ya ese criterio, ¿a qué exigirnos buenos sentimientos?

El problema de jugárnoslo todo en el terreno de las emociones es que dejamos de ser dueños de nosotros mismos. El espíritu de la época confirma la vuelta de lo violento “reactivo” y de “lo reactivo” en general; se trata precisamente de una “reacción” comprensible frente a un capitalismo abstracto y proactivo que desencarna los cuerpos o los trata con desprecio e indiferencia. Pero cuidado: esta victoria de lo reactivo sobre lo proactivo, para bien y para mal, determina la facilidad y volatilidad de todas las transiciones: es muy sencillo, quiero decir, pasar del bien al mal. En términos antropológicos, el fascismo es justamente eso: el triunfo de la violencia reactiva frente a la moralidad proactiva o, más claramente, el triunfo negativo de los cuerpos sobre los DDHH. Cada vez más humanos normales sienten creciente necesidad, sí, de pasar a la acción desde cerca. Anhelamos contactos cuerpo a cuerpo y los buscamos emocionalmente, en el mal y en el bien. Pero en ese terreno la violencia reactiva es siempre más atractiva y satisfactoria que la moralidad reactiva.

¿Qué es lo contrario de la empatía? La “antipatía”. Ambas emociones se activan en los cuerpos y entre los cuerpos. Mediante la empatía -suele decirse- me pongo en el pellejo del otro. En contraste con ese proceso milagroso de ocupación consonante, la antipatía, por su parte, puede describirse, al revés, como nuestra resistencia al ingreso del otro en mi propio pellejo. Uno de los nombres de la “empatía” es “compasión”. La expresión extrema de la “antipatía”, en cambio, se llama “asco”. Todas esas formas de odio que tildamos de “fobias” (islamofobia, homofobia, xenofobia) encubren un asco irresistible frente a un otro al que atribuimos la voluntad de penetrar en nuestros cuerpos (físicos o sociales) y de los que, por tanto, nos defendemos con violencia reactiva, como cuando nos sacudimos de encima, de manera instintiva, furiosa, ciega, una avispa pegajosa o una alimaña agresiva. Mucho más que el odio, el asco lleva siempre implícita la violencia; de hecho, el odio sólo se vuelve realmente violento cuando se materializa en asco. Pensemos en el nazismo y su relación con el judío deshumanizado; o pensemos en el sionista y en su relación con el palestino animalizado. En el ámbito de las emociones, la nueva lucha de clases (muy antigua) se libra entre la compasión y el asco. El fascismo es la victoria del asco sobre la compasión (y sobre los principios que el uno desdeña y la otra ignora). Esa victoria combina hoy, como hace ochenta años, la violencia proactiva de las clases dirigentes y la violencia reactiva de la gente común.

El asco, por supuesto, tiene un origen cultural; quiero decir que se fabrica, como se fabrican los paisajes y los cachopos. Pensemos, por ejemplo, en la diferencia entre una cucaracha y un escarabajo. Los dos son artrópodos, insectos y neópteros; por su tamaño y morfología no discrepan tanto. Pero la cucaracha nos da asco y el escarabajo no. ¿Por qué? Porque el escarabajo vive en la naturaleza, en paralelo a nuestros cuerpos, mientras que la cucaracha penetra en nuestras cocinas y parasita nuestros alimentos. Lo mismo pasa con los conejos y las ratas. Eso explica que nuestro asco escoja siempre las mismas metáforas animales antes de desatar la violencia sobre los débiles amenazadores. Los judíos ayer y los palestinos hoy no son “escarabajos” ni “liebres”; son “cucarachas”, “piojos” o “ratas”. La cultura fabrica “cucarachas” y luego fabrica, a partir de ellas, humanos débiles y amenazadores que nuestro asco sorprende en el trance de ocupar nuestras casas, nuestras cocinas, nuestros pellejos.

Hay mucho “asco”, sí, en las agresiones homófobas, cuya violencia espantosa es proporcional al miedo del agresor a alojar en su cuerpo un cuerpo extraño.

Hay mucho “asco”, sí, en las agresiones xenófobas, que serán más numerosas y violentas a medida que nuestros políticos identifiquen más y más a los vulnerables con parásitos invasivos potencialmente letales para el “cuerpo nacional”.

Y he visto también, sí, mucho “asco” en los golpes de la policía en la reciente manifestación estudiantil del 14 de octubre, donde la saña autoalimentada de la porra era inseparable del placer de encontrar una resistencia pasiva y de la fuerza impune descargada una y otra vez sobre cuerpos ajenos a la nación y a la humanidad.

Cuidado: la cercanía no siempre produce empatía. En una guerra civil, el vecino al que odiamos, ahora en nuestro poder, sucumbe a nuestro furor revanchista. Odiarlo (o no) no depende de nosotros; quizás, además, era realmente odioso. De pronto, frente a él, queremos sentir piedad, pero su presencia no nos emociona: no sentimos nada que pueda protegerlo; lo que sentimos, al contrario, lo condena. Nos da asco. En esta situación, lo único que puede proteger al vecino de nuestra violencia reactiva, allí donde podríamos vengar todos sus desdenes y egoísmos de la última década, es un principio: el principio interiorizado, racional, del valor de la vida humana.

No es tarea sencilla, cierto, pero es más fácil enseñar a pensar bien que a sentir bien. A eso deberían dedicarse nuestras escuelas, nuestros partidos políticos y nuestras academias de policía.

miércoles, 21 de octubre de 2026

"SI LA FILOSOFÍA NO FORMA UN SENTIDO CRÍTICO NO ESTÁ CUMPLIENDO CON SU IMPULSO LIBERADOR (Jesús Conill)". David Lorenzo Cardiel, Ethic

El catedrático y filósofo Jesús Conill (España, 1952) regresa al atemporal diálogo que representa la filosofía con una nueva propuesta, ‘Nietzsche frente a Habermas‘ (Tecnos, 2021), un ensayo en el que el autor compara las genealogías de la razón de Friedrich Nietzsche y Jürgen Habermas, además de su importancia para la comprensión del mundo que habitamos. Hablamos con el reconocido académico español sobre las ideas centrales de su obra –y otras cuestiones relativas a la actualidad– para adentrarnos en la lúcida mirada ofrecida por su pensamiento.

lunes, 19 de octubre de 2026

"LAS TRIBULACIONES DEL MILLONARIO ESTOICO". Irene Vallejo, El País

Fernando Vicente

Los nuevos centuriones del triunfo ofrecen desde sus tribunas virtuales técnicas infalibles para tomar las riendas de tu vida. La mala noticia es que es mentira

Érase una vez la disciplina. El trono del esfuerzo. Madruga, haz ejercicio, invierte, explota tu mejor versión, adiestra tu cuerpo y mente para ser invulnerable. Esculpe la realidad con el cincel de tus pensamientos. En nombre de la filosofía estoica, con un repertorio de citas de Marco Aurelio siempre a punto, los nuevos centuriones del triunfo —hoy sin túnica ni camiseta— ofrecen desde sus tribunas virtuales consignas, vídeos, cursos, libros y conferencias con técnicas infalibles para tomar las riendas de tu vida. No lo dudes, eres jinete de las adversidades, capitán de tu destino. Por suerte es verdad; la mala noticia es que también es mentira. Los genuinos estoicos griegos y romanos insistían en distinguir entre lo que podemos controlar y lo que escapa de nuestras manos: los logros de la voluntad se equilibran con el peso de las circunstancias —salud, dinero, apoyos—. Aquellos filósofos antiguos exaltaban, es cierto, el trabajo interior. Pero no prometían que triunfarías, prometían que el éxito te daría igual. Fortalecimiento, resignación y esfuerzo eran los ingredientes de su receta para alcanzar el sosiego: “Hay que abstenerse de buscar riquezas fuera de uno mismo”.

La contradicción estoica es tan antigua como la vida de Séneca. Nacido en Corduba, hoy Córdoba, en los albores de nuestra era, fue uno de los primeros provincianos que logró el rango de cónsul. No escaló desde la pobreza a la cumbre. Empezó desde arriba, con el trampolín de una familia rica y bien situada, como la mayoría de triunfadores. En la antigua Roma, el clientelismo movía todos los resortes. Conquistar el éxito requería ambición, mucho dinero y la protección de grandes personajes.

Todo lo tuvo. Llegó a acumular una de las mayores fortunas de su siglo: 75 millones de denarios ­—como referencia, los treinta denarios de Judas representaban un muy buen salario mensual—. Fue el mayor prestamista de la época, porque era el más rico. Cobraba elevadísimos intereses, como es lógico. Usó y abusó de su crédito, su autoridad social y sus relaciones para engrosar su patrimonio. Cuando los romanos conquistaron Britania, Séneca adelantó 10 millones de denarios, pues no cabía duda de que los deudores devolverían el capital al consejero del príncipe. Creó lo que podríamos llamar el banco de crédito más importante de su época, atendido por un grupo de infatigables esclavos. Adquirió fincas en Egipto, el gran negocio inmobiliario de la época. Sus viñedos en Mentana, a las afueras de Roma, eran célebres. Si ya era rico por estirpe y gracias a su sentido del negocio, se convirtió en multimillonario gracias a Nerón, que le colmó de fincas y otros regalos. El filósofo hispano fue preceptor y “amigo” —título oficial— del César. En aquellos remotos tiempos, tan lejanos de los nuestros, el emperador enriquecía a su círculo íntimo a cambio de adulación, apoyo y legitimidad: bienaventurado quien a buen árbol se arrima.

Séneca predicaba un evangelio de autotransformación y contención de los deseos. Afirmaba que no es rico quien más tiene, sino quien menos necesita. Pero la enorme fortuna que acumuló menguaba su credibilidad como estoico y predicador de austeridades. Su tratado De vita beata recoge algunos ataques de sus críticos: “¿Por qué hablas con más energía que vives? ¿Por qué tu mujer lleva en las orejas la renta de una casa suntuosa? ¿Por qué tienes posesiones allende del mar, más de las que conoces?“. Séneca respondía que un sabio es digno en su pobreza, pero también sabe usar bien una gran fortuna —cuando no queda otro remedio—. En sus escritos, intentó armonizar la filosofía con su profesión de político y opulento favorito, sin llegar nunca a resolver la lucha entre lo pensado y lo vivido.

Los esclavos que pertenecían a Séneca y los inquilinos de sus muchas haciendas tendrían, hay que suponer, opiniones más informadas sobre el tener poco y trabajar mucho. Ya Aristóteles escribió en su Política que “todas las revoluciones giran en torno al problema de la propiedad”. Se diría que el magnate estoico no captaba la ironía —tan evidente y chirriante para todos los demás— de elogiar la disciplina, el arduo trabajo y el esfuerzo tenaz mientras escalaba como terrateniente rentista y consejero mimado del emperador, bienvenido a todas sus redes y prebendas. Cuando aconsejaba desapego y frugalidad, cuando recomendaba ejercitarse en la pobreza una vez a la semana comiendo un mendrugo de pan tosco —lo que hoy llamamos ayuno intermitente— y durmiendo en el suelo, cómo no iban a tomárselo a guasa sus contemporáneos.

En cambio, otro famoso estoico, Epicteto, conocía las aristas más cortantes de la vida. Fue muchos años esclavo en Roma, y su amo lo dejó lisiado en una de sus palizas. Cuando logró la libertad, vivió en una casa humilde, enseñando a un pequeño grupo de alumnos en qué consiste la serenidad, hasta que lo forzaron a exiliarse. En sus conferencias solía explicar que no podemos tener un corazón alegre si nuestras mentes son un afligido caldero de temor y ambición. Con cuánta facilidad nos deslumbran —añadía— los cargos, los títulos, los honores, las posesiones, la ropa cara. Anhelantes de todo eso, nos esclavizamos y explotamos a los demás. Entramos en una lógica que nos aprisiona y encadena a los que nos rodean. Epicteto defendía que, si deseas sosiego interior, ánimo apaciguado y libertad perdurable, deberás privarte de la riqueza y el poder. El mismo mensaje de Séneca, pero afilado por la congruencia vital.

Cuando miramos al pasado, solemos seleccionar aquello que nos conviene, pequeñas porciones, lecturas interesadas. Nuestros legionarios del éxito han tomado de aquellos filósofos solo la idea de salvarnos a solas, el trabajo sobre uno mismo, la búsqueda de una felicidad individual. En la quiebra de los ideales colectivos, convierten al yo en un único punto de apoyo. Esa lectura egocéntrica del estoicismo se ajusta al ideal narcisista de nuestro tiempo, un solipsismo que quiere romper las formas de solidaridad y comunidad. Tal vez porque saben bien que, con esos lazos colectivos, se tejen las redes de resistencia y apoyo mutuo.

En su novela Todo un hombre, Tom Wolfe sigue los pasos de Charlie Croker, un magnate inmobiliario que debe más de mil millones de dólares a los bancos, pero se niega a creer que su imperio pueda desmantelarse por una nimiedad así. Él no es un perdedor. En el camino de Croker se cruza Conrad Hensley, un fugitivo desarraigado e idealista. En sus conversaciones le da a conocer la filosofía estoica, que descubrió en la biblioteca penitenciaria. Convierte al promotor inmobiliario a la doctrina de la renuncia y la resistencia. Charlie, en bancarrota, decide explorar la vía del gurú de la autorrealización. Un viejo conocido del incombustible tiburón de los negocios comenta: “Parece que a Croker le va bien otra vez. Va hablando de un tal Epic…nosequé. Es dinamita. Está a punto de firmar un acuerdo con la Fox para un programa que va a llamarse La hora del estoico". Ese estoicismo con más pose que poso se convierte en la nueva fórmula de éxito de Croker. Wolfe anticipa la última vuelta de tuerca: hacer dinero —muchísimo dinero— comerciando con una filosofía nacida para combatir la codicia y sus turbulencias.

domingo, 18 de octubre de 2026

"LA POLÍTICA Y LAS REALIDADES SOCIALES". Luis García Montero, infoLibre.es

Las palabras deben bajar a la calle, comprender lo que está en juego, saber qué se defiende y qué se vota en unas elecciones

La historia nos ha enseñado muchas formas de manipulación política. En un extremo está el recurso de cargar de significado negativo el compromiso político, como si se tratara de una opción poco ética. Suele ser una estrategia de la que se sirven las élites del poder y sus servidores, interesados en legitimar la dominación con los argumentos de la naturalidad, la neutralidad, la objetividad y las manos limpias. Así es el mundo porque tiene que ser así; no se trata de injusticia, sino de normalidad, y quien se opone a esta situación es que está politizado. Jovellanos, Espronceda, Antonio Machado, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Ángela Figuera, Blas de Otero o José Hierro pudieron ser grandes poetas, mejores personas, si no llegan a politizarse.

En el otro extremo, la manipulación política no se sirve del desprestigio, sino de la crispación y las discusiones impuestas para ocultar la realidad. Las nuevas estrategias comunicativas ocultan los asuntos más importantes con debates que enmascaran la verdadera dimensión humana de las cosas. Por eso resulta importante que, a veces, las situaciones iluminen lo que ocurre y nos faciliten la comprensión de lo que pasa en la calle. Me ha parecido muy significativo que, con motivo de las posibles medidas sobre la vivienda, el PP, Vox y Junts per Catalunya –es decir, los gritos de Feijóo, Abascal y Puigdemont– se unan para apoyarse entre sí en favor de la especulación inmobiliaria y el poder de las élites. Después de que uno criticara mucho a España para ganar votos en Girona, y otros denunciaran el peligro catalán para ganar votos en Madrid, haciendo negocio político de una tensión innecesaria y dañina, resulta que ahora se unen sin vergüenza para defender los intereses de un capitalismo desalmado capaz de desahuciar a las personas más necesitadas.

Lo bueno de estas posturas tan tristes es que quizá nos ayuden a comprender las dinámicas de los debates sociales y el significado de palabras como nación y comunidad. Yo no me siento patriota al defender los himnos, los grandes despachos y las estrategias de los especuladores, sino al preguntarme cómo vive la gente, mi gente, la mayoría de los seres humanos que forman parte de mi comunidad. Y más que renegar de la política y de un Estado con poderes para regular la convivencia, pido una política capaz de defender el derecho a una vivienda decente, la dignidad laboral, la sanidad y la educación pública en condiciones de igualdad.

La cultura, como indagación en el sentido de pertenencia y en los valores que conforman la realidad, ha sido inseparable de la política. Cada uno con sus ideas, no es raro que Quevedo acabara en prisión, que el autor de Poeta en Nueva York acabara ejecutado por unos fascistas o que Rosa Chacel y Concha Méndez tuvieran que exiliarse. El compromiso de la cultura no se limita a protestar por las injusticias, sino a analizar las dinámicas de la realidad, las identidades profundas que luego se convierten en sucesos. Una observación clave en las mejores indagaciones filosóficas de nuestro mundo es la denuncia de los procesos de mercantilización que se están imponiendo en el mundo. La economía de los buitres se impone sobre los domicilios, las administraciones, los debates nacionales, las fronteras y las experiencias humanas de carne y hueso. Y los buitres acusan de estar politizados a los que quieren defender desde su vocación la dignidad de la vida y las realidades que ocultan los mandarines de la avaricia con debates crispados. Se trata de una avaricia que intenta desarticular hoy la democracia social en Europa y que no tiene vergüenza a la hora de apoyar genocidios e invasiones bélicas.

Por eso las palabras deben bajar a la calle, comprender lo que está en juego, saber qué se defiende y qué se vota en unas elecciones.

jueves, 15 de octubre de 2026

"SI ESTO ES UN ESTADO". Íñigo Domínguez, El País

El ex primer ministro israelí Menachem Begin

La ultraderecha mundial dora la píldora a Netanyahu solo porque es mucho más despiadado (aún) que sus antecesores

Esta semana hemos recordado los horrendos asesinatos de Hamás del 7 de octubre, de imágenes insoportables, gente como usted y yo arrastrados por los pelos a un coche, ejecutados en el jardín de su casa. Hemos recordado también lo que siguió, y sigue. En Naza, documental en el que 24 militares de Israel explican el uso de la IA en Gaza, lo más angustioso es la deshumanización extrema, maquinal, a la que se ha llegado. Hablan de noche, envueltos en la oscuridad moral, como el coronel Kurtz. Uno de ellos, que admite haber matado a miles de civiles, dice que antes no entendía cómo un nazi podía asesinar y seguir con la vida de siempre, pero ahora confiesa que no sabe bien lo que es él. Parecía extraviado en el horror, en un camino torcido en un punto muy lejano.

En 1946 el grupo terrorista judío Irgun puso una bomba en el hotel King David de Jerusalén, sede del mando británico, y causó 91 muertos. En abril de 1948 asesinó a un centenar de vecinos en la aldea árabe de Deir Yassin. Su líder se llamaba Menájem Beguin. ¿Era esto terrorismo? Lo era para 28 intelectuales que firmaron una carta contra él en The New York Times, en diciembre de 1948. Acababa de fundar, tras el nacimiento de Israel, el partido Herut (Libertad). Los firmantes advertían que era “muy similar a los partidos nazi y fascista”. ¿Eran gente woke antisemita? Juzguen ustedes, entre ellos estaban Albert Einstein y Hannah Arendt, que habían visto a los nazis de cerca y podían comparar.
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Beguin hizo carrera y su línea se impuso, entre guerras y terribles atentados palestinos, como en Múnich. En 1963 fundó el Likud, el partido de Sharon y Netanyahu. En 1977 ganó las elecciones y por primera vez la derecha sionista llegó al poder en Israel. Beguin fue primer ministro y hasta ganó el Nobel de la Paz por los acuerdos de Camp David. Luego invadió Líbano en 1982. Diez días después, en Italia, varios intelectuales pidieron la retirada de las tropas: “La solución militar” evocaba “un lenguaje de triste memoria para cualquier judío”. ¿Eran otros antisemitas? No, eran Primo Levi, Natalia Ginzburg, Edith Bruck, entre otros. Al frente de la invasión estaba Ariel Sharon, ministro de Defensa, y lo entrevistó Oriana Fallaci. Le preguntó si acaso no eran ellos terroristas cuando ponían bombas en el King David y Sharon respondió: “No, éramos combatientes por la libertad”. Fallaci le reprochó la ferocidad, la desproporción de sus bombardeos en Beirut, expresó su pena por cómo había cambiado Israel (“Ya no sois la nación del gran sueño”), y le mostró fotos de niños muertos bajo los escombros. Sharon contestó: “Me tiene que creer, hemos querido evitar estas cosas lo máximo posible”. Diez días después fue la masacre de palestinos en Sabra y Chatila, obra de las Falanges Libanesas con la anuencia del ejército israelí. ¿Fue un genocidio? Así la definió tres meses después la asamblea general de la ONU, sin votos en contra. Primo Levi pidió la dimisión de Beguin, “fascista” de “arrogancia sanguinaria”. En 1984 dio una amarga entrevista sobre la deriva de Israel, de título helador: Si esto es un Estado, alusión a Si esto es un hombre, su obra esencial del Holocausto. Luego vino Netanyahu, hasta hoy, después de que un sionista de extrema derecha asesinara a Isaac Rabin por firmar la paz en 1995. Hoy es todo mucho peor. Las masacres son como un videojuego y quieren quitar la nacionalidad a los autores de Naza. La ultraderecha mundial dora la píldora a Netanyahu solo porque es despiadado, admira su brutalidad. Esa es la línea política, la oscura emoción que hoy quiere ser dominante.

lunes, 12 de octubre de 2026

¿POR QUÉ LA CRUELDAD ES RENTABLE ELECTORALMENTE?". Violeta Assiego, elDiario.es


Solo desde esta lógica se pueden comprender algunas de las cosas que hemos escuchado sobre Maricarmen antes de morir, e incluso después. Desde el «Morocarmen» y el «puta sinvergüenza» hasta la ironía de Ayuso: «Que me avisen a partir de qué edad dejo de pagar». Esta obscenidad y crueldad no es un error político, es una estrategia

“La crueldad es electoralmente rentable”. Así resumía el politólogo Pablo Simón, con lucidez, una de las claves del momento político que vivimos. Para ilustrarlo, hacía referencia a un estudio publicado en la revista científica Political Psychology que reveló que más de un tercio de las personas encuestadas en Estados Unidos estaba dispuesto a votar a un candidato que prometiera impulsar políticas perjudiciales para los simpatizantes del partido contrario. No porque esas políticas fueran a mejorar sus propias vidas, sino por la satisfacción de saber que quienes consideran sus adversarios lo iban a pasar mal, es decir, el sufrimiento del otro convertido en recompensa electoral.

Solo desde esta lógica se pueden comprender algunas de las cosas que hemos escuchado sobre Maricarmen antes de morir, e incluso también después. Desde el «Morocarmen» y el «puta sinvergüenza» hasta la ironía de Ayuso: «Que me avisen a partir de qué edad dejo de pagar». Esta estrategia, la de la obscenidad de la crueldad no es un error político, es una estrategia política. Humillar, despreciar o recrearse en el sufrimiento de quien previamente ha sido convertido en adversario, y hacerlo, además, ante un público dispuesto a celebrarlo y a votarte por ello.

Resulta especialmente llamativo que Feijóo denuncie un intento de «manipulación emocional» con el caso de Maricarmen, mientras su partido alimenta el resentimiento y el desprecio hacia quienes convierte en adversarios. Al PP y a Vox les molesta que la ciudadanía se conmueva ante el sufrimiento de esta mujer de 87 años, desahuciada de su casa y presentan esa conmoción como manipulación emocional, mientras exhiben la crueldad que destilan sus propias palabras, sus mensajes en las redes sociales y hasta sus negativas a guardar un minuto de silencio por ella.

No es casual que se desprecie la empatía mientras se exhibe la crueldad como una demostración de poder. Es una de las grandes batallas del orden político del patriarcado, convertir la crueldad en una forma de ejercer el poder y hacer de su aprendizaje una vía para conquistarlo y mantenerse en él. Inevitable pensar, por ello, en la antropóloga feminista Rita Segato, que lleva años advirtiéndonos sobre esa pedagogía de la crueldad, sobre «todos los actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas». Es decir, a deshumanizar, a quebrar la empatía y a romper los vínculos que nos permiten reconocernos en el sufrimiento de otras personas.

Hay algo en el pensamiento de Segato a lo que quizá no hemos prestado suficiente atención desde los feminismos: esta pedagogía también se ejerce sobre los propios hombres, a quienes el mandato de masculinidad obliga a demostrar su poder mediante la dominación y el desprecio de la vulnerabilidad. Para ejercer esa crueldad sobre otros, primero tienen que aprender a ejercerla sobre sí mismos, amputando su propia capacidad de sentir, cuidar y conmoverse, cualquier rastro de empatía, miedo o ternura. Ese aprendizaje de la crueldad no solo condiciona cómo tratamos a los demás, sino también cómo sentimos, cómo juzgamos y qué decisiones tomamos, incluida la de votar.

El neurocientífico portugués António Damásio lleva décadas demostrando que las emociones no son lo contrario de la razón, sino que forman parte de nuestros procesos de decisión. Por eso, despachar como simples irracionalidades los discursos y comportamientos cargados de odio y crueldad que presenciamos puede impedirnos comprender lo que hay detrás. La cuestión es que la crueldad también nos enseña a sentir de otra manera, a encontrar satisfacción en la humillación ajena, a canalizar la frustración, el resentimiento o el malestar propio contra otras personas. Y cuando esa satisfacción se convierte en una motivación política, el sufrimiento del adversario puede llegar a importar más que el propio bienestar. Cabe preguntarse, entonces, cuántas personas acudirán a las próximas elecciones no tanto para mejorar sus propias vidas como para disfrutar viendo empeorar las de quienes han aprendido a considerar sus enemigos: las personas migrantes, feministas, LGTBIQ+, racializadas, ecologistas, sindicalistas, de izquierdas, trabajadoras y voluntarias de ONG, defensoras de derechos humanos…

Viktor Frankl, superviviente de los campos de concentración nazis, exponía en El hombre en busca de sentido la importancia de la responsabilidad personal frente a las circunstancias y que incluso en los contextos más adversos, nuestras decisiones tienen una dimensión moral. La Historia nos ha enseñado hasta dónde puede llegar una sociedad cuando convierte a determinados grupos humanos en enemigos a los que despojar de su dignidad. Nadie está a salvo de esa pedagogía de la crueldad, tampoco quienes creemos combatirla, por eso no podemos caer en la misma trampa, denunciar la crueldad no exige deshumanizar a quienes la ejercen, sino comprender sus mecanismos, señalar sus actos, exigir responsabilidades y construir alternativas que no reproduzcan su lógica.

El movimiento por la vivienda nos está dando algunas pistas de cómo hacer, nadie se esperaba este despertar de la conciencia colectiva que nos muestra que frente a una política que necesita enemigos, lo que nos une es colocar en el centro las necesidades de las personas y sus derechos. Pero, además, nos recuerda algo que la historia de nuestras democracias confirma, que han sido los movimientos sociales, con sus luchas y conquistas, quienes han empujado a las instituciones políticas a reconocer derechos y transformar nuestras sociedades. Quizá por eso al fascismo le da tanto miedo la empatía, porque desactiva su propuesta política de crueldad y deshumanización.

domingo, 11 de octubre de 2026

"MÁS ALLÁ DE LA DESOLACIÓN". José Henrique Bortoluci, Revista Piauí

La noche de la primera ronda de elecciones no dejó lugar a dudas sobre nuestro estado de descontento y la magnitud de nuestra responsabilidad

Algunos pensamientos fervientes, en una noche que resume gran parte de nuestra desolación y expone inequívocamente nuestra responsabilidad con el futuro:
  1. En la última década, la extrema derecha ha logrado llevar a cabo una revolución cultural radical en Brasil; simultáneamente, el Centrão (o la derecha oportunista) ha podido implementar una serie de reformas políticas que han alterado definitivamente las reglas del ordenamiento político e institucional establecido por la Constitución de 1988.
  2. Estos dos vectores se combinaron en una alianza de inmensa fuerza, un coloso político capaz de generar transformaciones sociales pocas veces vistas en nuestra historia. Esta convergencia se produjo en un contexto internacional y en un entorno tecnológico-comunicativo que garantizó un alcance histórico y aportó información valiosa a estos movimientos internos.
  3. En el ámbito cultural, la derecha ha desarrollado una estética, un amplio dominio de la comunicación de masas, tecnologías sociales y afectivas para la construcción de comunidad, un diálogo profundo con la espiritualidad popular y una utopía convincente del individualismo como camino hacia la transformación personal. Una auténtica revolución gramsciana centrada en imágenes y valores guiados por la fe, la familia y la prosperidad individual.
  4. Esta es una visión seductora y de gran alcance, a pesar de su cinismo, su complicidad con las formas más brutales de explotación, su apelación a la violencia, su retroceso en materia de derechos y su perpetuación de la desigualdad. Al mismo tiempo, es un error no percibir cómo esta visión del mundo resuena con la vida real de la mayoría de la población y ofrece cierta esperanza, una utopía de lo posible y algunas herramientas para afrontar los reveses de la vida.
  5. El individualismo del sálvese quien pueda y la concepción de la vida como una guerra en la que gana el más fuerte, promovida por esta amalgama reaccionaria, dan nuevos matices a nuestra historia de violencia social y devastación ambiental. En los últimos años, se ha observado en Brasil la expansión metastásica de una especie de «capitalismo minero», una mezcla de «ética vorcaro» con lógica de milicia, con amplia penetración en las instituciones públicas. Las «apuestas», por citar solo una faceta de esta economía política y lógica cultural, son también una forma de explotación de vidas, apuestas y los ingresos de familias ya empobrecidas.
  6. Mientras los distintos grupos de derecha promovían esta revolución, nosotros, en el bando progresista, perdimos la energía de lo nuevo.
  7. La centroizquierda dominante, tanto en sus gobiernos como en sus discursos, prácticamente solo conserva el recuerdo de políticas ya rutinarias, muchas de ellas implementadas hace unos veinte años, o de propuestas que apenas modifican el statu quo. Esto se debe en parte al éxito de logros como Bolsa Família (un programa de asistencia social), el aumento del salario mínimo y la expansión de la educación superior: políticas públicas cruciales, pero que hoy son percibidas por la mayoría de la población como políticas estatales ya garantizadas o como medidas insuficientes. Y es fundamental reconocer que, de hecho, son absolutamente insuficientes.
  8. Tras los intentos de golpe de Estado del gobierno de Bolsonaro y los ataques del 8 de enero de 2023, la única arma política de alto calibre que se sumó a la lucha democrática fue la consolidación de un Tribunal Supremo agresivo e hiperpersonalista, una estrategia que fue notoriamente contradictoria desde el principio y que ahora ha demostrado ser una carga imposible de soportar.
  9. Los nuevos avances en el ámbito progresista, por fundamentales y justos que sean (el fortalecimiento del movimiento feminista, la ampliación del repertorio de luchas antirracistas y LGBT+), no han logrado generar mayorías políticas ni popularizar visiones de futuro que organicen la relación entre la vida privada de los ciudadanos y la vida colectiva. Son fuerzas indispensables, lo que exige una evaluación de sus logros, sus limitaciones, sus tácticas, sus repertorios y su eficacia en la movilización.
  10. Para revertir esta situación, es necesario crear alternativas que se correspondan con la revolución política y cultural implementada con impresionante éxito por la oposición. Una visión radicalmente nueva y convincente del futuro, tangible, arraigada en la realidad e impulsada por la energía de los sueños.
  11. Esto exige la creación de nuevas lógicas culturales, nuevos discursos, nuevos enfoques estéticos, nuevas lógicas de comunicación; tejer formas de solidaridad aún no probadas y desarrollar propuestas políticas transformadoras. Nos estamos desacostumbrando a lo ya establecido, lo que requiere una nueva disposición a escuchar a la mayoría de la población en su inmensa diversidad, un distanciamiento de nuestro propio vocabulario (no se puede escuchar si insistimos en imponer nuestro léxico) y la observación de iniciativas innovadoras que ya están en marcha en comunidades y movimientos, así como en ámbitos intelectuales y artísticos menos visibles.
  12. En cuanto al arte, ya es hora de que miremos más allá del pequeño escenario donde siempre se repiten la viejas y jóvenes estrellas. Lo nuevo no vendrá de aquellos artistas y expresiones que se pliegan a los gustos repetitivos y predecibles de la izquierda dominante, por muy grandes que sean sus logros en las últimas décadas y por muy buenas que sean las intenciones de los nuevos miembros de este grupo selecto.
  13. Este diagnóstico es independiente del resultado final de las elecciones presidenciales. Una victoria de Lula en la segunda vuelta podría impedir una aceleración aún mayor de esta revolución en curso, y por ello es crucial que el sector democrático concentre todas sus energías en las próximas semanas. Sin embargo, por sí sola, no allanará el camino hacia lo nuevo ni sentará sus bases. Quizás ganemos algo de tiempo, pero las placas tectónicas de la devastación social, el desmantelamiento de los derechos y la descarada vulgaridad no cesarán.
  14. El futuro es una ficción política que escribimos hoy. Recurro a estas dos palabras: responsabilidad y valentía. La responsabilidad de investigar el pasado reciente y evaluar nuestro progreso (que ha sido considerable), pero también de pensar más allá de las soluciones existentes, las estrategias consolidadas, los discursos aceptados y las políticas públicas ya probadas. La valentía de admitir que todo lo que hemos construido en el pasado y lo que estamos construyendo en el presente se queda corto respecto a lo que la historia nos impone como nuestra misión.
  15. Esta postura ética es, además, una manifestación de respeto por las luchas y victorias del pasado, pero, sobre todo, un reconocimiento a las derrotas de otras épocas. Invertir en un futuro de justicia e igualdad, contra viento y marea, es una forma de honrar a nuestros muertos y vencidos de luchas pasadas; estos compañeros aguardan, al lento ritmo de la historia, el momento de su redención.
  16. Si seguimos por este camino, será una construcción que llevará muchos años, quizás décadas, y no estará liderada por una sola persona, un solo partido o un solo movimiento. Es una tarea que involucra a amplios sectores de la sociedad, una diversidad de conocimientos, experimentos y apuestas, y requiere la audacia de participar en las batallas políticas más difíciles, incluso si esto implica derrotas a corto plazo.
  17. Esta responsabilidad es inmensa. Es la mayor misión política de nuestras vidas.

"EL SUEÑO DE UNA SOMBRA". Irene Vallejo, El País

A lo largo de la historia, los días de difuntos han existido en civilizaciones diversas y sin contacto entre sí Cuando muere alguien querido...