viernes, 17 de enero de 2025

"SE NOS HA PODRIDO EL CEREBRO: QUIZÁ SEA UNA BUENA NOTICIA". Irene Lozano, elDiario.es 5 DIC 2024

No te sucede sólo a ti. La confusión mental, la sensación de letargo, la incapacidad de fijar la atención en una tarea, son señales de deterioro cognitivo más extendidas de lo que parece. Por eso el Diccionario Oxford ha elegido ‘brain rot’ (“putrefacción del cerebro”) como palabra del año. Hay días que casi puedo sentir cómo mi cerebro se reblandece. Si lo aprieto con el dedo se hunde como una patata podrida.

La patata podrida no se puede comer. El cerebro podrido no se puede usar. A bote pronto se me ocurren al menos cinco cosas que se estropean cuando lo hace el cerebro:
  • El pensar de forma crítica (esa sensación de no saber ya distinguir si algo es real o inventado).
  • Nuestras relaciones con los demás (estar con alguien sin estar, mirando en el teléfono cosas que carecen de importancia).
  • Los espacios públicos virtuales (deambular por redes donde sólo vemos odio y falsedades).
  • Nuestro acercamiento a la cultura (sin esperar que nos eleve, sino más bien que nos adormezca y disipe el insomnio).
  • La capacidad de disfrutar del ocio (sin las obligaciones que impone el síndrome del FoMO, el miedo a perdernos algo).
Me quiero detener en las dos últimas, porque la abundancia de productos culturales nos puede inducir a error respecto a su florecimiento. Un ejemplo: se hacen más películas, más accesibles y a mejor precio que nunca. Willy Staley calculaba recientemente en The New York Times que, viendo contenido de Netflix a razón de tres horas diarias (la media de consumo de un estadounidense), una persona tardaría 29 años en consumir el catálogo actual. Parece que Netflix nos da todo, pero sólo agudiza nuestra niebla mental. Se ha convertido en un inmenso contenedor de residuos repleto donde, no es que no se pueda encontrar un título sugerente, es que no se puede buscar. Para sus dueños, en cambio, todo está bien, porque es una gigantesca máquina de hacer dinero.

El arte y la cultura sirven para dar sentido a la experiencia. Desde que las industrias tecnológicas han asaltado la cultura, ha dejado de cumplir esa función. En la economía de la atención, los productos culturales tienen valor en la medida que se pueden ‘monetizar’ (otro palabro). No es que resulte perverso querer vender una película, un texto o una pieza musical en cualquier plataforma digital. Tampoco se trata de los contenidos en sí mismos: el mundo digital está lleno de películas, textos, música o podcasts magníficos. El reblandecimiento del cerebro tiene que ver con el agotamiento de nuestra atención. Estamos mentalmente exprimidos y aun así desperdiciamos nuestro tiempo libre deslizando el dedo por nuestra TL: saltando de un vídeo a otro, encadenando interrupciones, inundados de contenido que no significa nada. Las redes y las plataformas han aplanado nuestro ocio.

¿Por qué la putrefacción del cerebro podría ser una buena noticia? Porque ser conscientes de ella constituye el indispensable punto de partida. Y porque el cerebro es un órgano plástico. Las huellas que deja en él la bazofia se pueden borrar. Los caminos neuronales del aturdimiento se pueden dejar de pisar, para que vuelva a crecer hierba fresca. Todo esto es reversible. Hemos de valorar nuestra atención como lo que es: lo más valioso que tenemos. Del mismo modo que podemos recuperar la forma de nuestros músculos tras unos años sin hacer ejercicio, podemos reverdecer el cerebro. Se trata de empezar a ejercitarlo. No resulta fácil, pero hay que intentarlo: elegir estímulos que nos hagan pensar en lugar de sumirnos en el atontamiento; que nos acerquen a los demás, en vez de llenarnos de odio, que nos induzcan a conversar con el otro en vez de aislarnos.

Las palabras nos dicen mucho del momento que vivimos. No puede ser una coincidencia que el diccionario más antiguo de Australia, el Macquarie, haya elegido como palabra del año “enmerdar” (‘enshittification’). Si pensamos en todo lo que se ha enmerdado, desde Twitter hasta la conversación política, veremos que se corresponde con el alimento que le damos a nuestro cerebro para que se siga pudriendo.

miércoles, 15 de enero de 2025

"DEUS EX MACHINA". Irene Vallejo, El País 15 DIC 2024

Fernando Vicente

Soy complicada. De niña, aturdía a mi abuela con dilemas y cavilaciones. Ella respondía agitando la mano en el aire, como ahuyentando mis embrollos, y zanjaba las conversaciones con una frase muy suya, “todo son cosas”, un suspiro de desamparo ante la tendencia de los asuntos humanos a enmarañarse. Quien más, quien menos —incluso yo, la enrevesada—, todos soñamos con abolir las complejidades de la vida. Desearíamos encontrar soluciones fáciles e infalibles para cada problema.

El conflicto fue la base de la tragedia antigua. Para los dramaturgos griegos, el mundo se presentaba como opción desgarradora: obedecer a las convicciones o a la ley; buscar la dolorosa verdad o preferir la ignorancia; proteger a los más débiles a costa de la propia seguridad o abandonarlos a su suerte. Aquellos atolladeros y pugnas de voluntades resultaban tan difíciles de resolver que necesitaron inventarse el deus ex machina. La maquinaria teatral incluía una grúa con poleas provista de una plataforma; en el clímax de la pugna, allí aparecía algún dios que, con sus poderes, enderezaba la situación. Esa trampa escénica retrata nuestra ansiedad por encontrar la figura milagrosa que ponga en orden los rompecabezas de la vida.

En esta época de épica hiperventilada, los algoritmos, las redes y ciertos medios rentabilizan nuestra angustia. Al amplificar la sensación de caos, explotan la incertidumbre y el desconcierto, y, en esa atmósfera, insuflan la idea de que necesitamos individuos poderosos, carismáticos, autoritarios, capaces de disolver con mano dura las dificultades enquistadas y el desorden. Y, de paso, derribar las regulaciones, ese gran negocio. El historiador Carlo Ginzburg, hijo de Natalia, víctima de las inclemencias del fascismo italiano, escribió: “El miedo está siempre disponible, la cuestión es quién lo usa”. Curiosamente, personas que se definen como inconformistas, rebeldes e indómitas, dicen preferir un liderazgo de ordeno y mando. En la vida cotidiana nos molesta que nos dicten lo que debemos hacer, pero nos deslizamos fácilmente al espejismo del gobernante fuerte y sin contemplaciones. Nuestro anarquista interior, que asoma ante la mínima exigencia ajena, debería protegernos de caer en quimeras despóticas.

Durante algunas décadas, creímos que la democracia era irreversible, el club que nadie quería abandonar. En la sociedad líquida es duro durar. El tiempo desgasta todo rápido, y se puede morir tanto de éxito como de fracaso, por las expectativas crecientes o por la erosión de los sueños. Hoy crece en las encuestas el número de personas, sobre todo jóvenes, que aceptarían gobiernos no democráticos, siempre que garanticen ciertos niveles de bienestar. El atractivo de la mano dura parece aumentar entre quienes nunca la experimentaron. En su imaginación es solo una idea, y se permiten el lujo de idealizarla.

La tentación viene de antiguo, y anida incluso en mentes brillantes. Platón opinaba que la alborotada y convulsa democracia ateniense no tenía rumbo ni remedio. Recibió una invitación a Sicilia de un aristócrata admirador de su filosofía. Este seguidor, Dión, era cuñado de Dionisio, tirano de Siracusa. Platón viajó varias veces para convertirse en consejero del déspota y mentor de su hijo. Soñaba con hacer realidad un viejo sueño político, el gobierno justo del rey filósofo —bien asesorado—. Sin embargo, el heredero no tenía ganas de obedecer a esos dos consejeros pelmas, que a sus ojos eran un par de moscardones moralistas. Platón comprobó a un alto precio que no se debe creer en las ocurrencias de los cuñados: tras esos intentos terminó preso y algunos dicen que incluso vendido como esclavo. Lo salvaron sus amigos atenienses, y volvió a instalarse con inmenso alivio en la ciudad que tanto lo irritó. Cuando Martin Heidegger retomó sus cursos en 1951, tras la vergonzosa etapa de acercamiento a los nazis como rector de la Universidad de Friburgo, un colega le preguntó sarcásticamente: “¿De vuelta de Siracusa?”. El episodio platónico ha quedado asociado a la atracción —catastrófica— por los presuntos tiranos virtuosos, especie todavía no catalogada en ningún inventario de la historia. CONTINUAR LEYENDO

martes, 14 de enero de 2025

Jorge Volpi: «Creamos ficciones sobre nosotros mismos y luego pensamos que eso es nuestra memoria». Por Javier Ors en Zenda

Uno pensaba que era un realista, que vivía con los pies en la tierra, sin pájaros en la cabeza y con la mirada en lo concreto hasta que ha aparecido Jorge Volpi con su Invención de todas las cosas (Alfaguara), que ha venido a desmoronar estas espurias creencias. El escritor mexicano, que vive afincado en Madrid, viene a decirnos que vivimos en una ficción, que todo es una ficción, que usted y yo somos ficciones, y nada más que ficciones, y que hasta nuestros recuerdos son amaños y también son ficciones. Esta manera de dar al traste con los asentamientos ajenos le ha llevado «tres años de trabajo muy intenso», que es como denomina él a la escritura, y «25 años de lecturas y de reflexionar sobre la ficción». Así que aquí tenemos a un hombre, que no suele desenvolverse en gratuidades y florituras, y que viene a decirnos que somos productos de nuestro imaginario y que, si hemos crecido, es sobre todo por la imaginación, algo que consuela al alumno que fue uno y al que siempre le reprocharon estar en las nubes, pensando en fantasías, en ficciones.


... Estamos tratando de combatir de manera muy frágil justamente eso, las ficciones de relatos autoritarios que intentan desprenderse de la realidad y de los datos y de los hechos, que sí existen, para destruir lo que ha conseguido la humanidad. Buscan una modificación estructural del poder. Los autoritarismos persiguen concentrar el poder en una persona y en unos grupos concretos.

... La ficción más terribles es la que dice que el otro no es humano, o que es un humano de categoría inferior, o que es un humano que no merece ser atendido u oído. La peor ficción es la que la anula. Cuando dice que es perfectamente posible matar y aniquilar. La barbarie genocida. La concepción moderna de los nacionalismos excluyentes. Las ficciones nacen para dar sentido y orden, y un sentido y un orden que tiene que ver con la familia y con la comunidad. Hay quienes inventan estas ficciones y prefieren un relato con un enemigo. Lo vimos con los judíos, y en nuestra época con los inmigrantes, que ahora están ahí y están considerados como un enemigo interno por algunos. Eso no es más que una ficción. Es una ficción criminal.

sábado, 11 de enero de 2025

"LA ESTULTOFILIA O PASIÓN POR LA IGNORANCIA. EL SÍNDROME DEL PENSAMIENTO CERO". Lola López Mondéjar

Cuando Hannah Arendt (1.964) presenció y narró el juicio de Eichmann en Jerusalem sólo pudo llegar a la conclusión de que el mal, lejos de ser una rareza en el ser humano, puede aparecer en cualquiera de nosotros. Comprobó que los asesinos como Eichmann no eran monstruos excepcionales sino hombres corrientes que hacían dejación de su capacidad de pensar y de responsabilizarse de sus actos bajo la sumisión y la obediencia a un poder externo que justifica estos; desde entonces el mal cambió su rostro terrorífico por una jánica doble faz:: de un lado el monstruo, el psicópata, el calculador, del otro el hombre sin atributos, el mal como banalidad. Cito a Arendt (2001) “Me impresionó la manifiesta superficialidad del acusado, que hacía imposible vincular la incuestionable maldad de sus actos a ningún nivel más profundo de enraizamiento o motivación. Los actos fueron monstruosos, pero el responsable era totalmente corriente, del montón, ni demoníaco ni monstruoso”. Así presentado, el mal se convierte en algo siniestro que acecha en el interior de los hombres y de las mujeres de la calle sin que en ellos haya ningún estigma previo que los señale como portadores de esa semilla de maldad que se activa a poco que las condiciones sociales abonen su crecimiento. 

Bilbeny (1995), retomando los conceptos de Arendt en lo que se refiere al exterminio de millones de judíos a manos de los nazis, afirma: “El mal capital de nuestro siglo tiene su causa en la apatía moral de seres inteligentes”, y añade: “el asesino de masas es, ante todo, un idiota moral”, el dato compartido por la mayoría de los nazis era la insensibilidad moral. El autor hace referencia a la idiotez colectiva de los pueblos alemanes e ingleses frente al holocausto. Es esta superficialidad del asesino que señala Arendt, tanto como la ausencia de pensamiento que identifica Bilbeny, lo que nos interesa para exponer nuestra tesis. Para Arendt la capacidad de pensar del hombre va unida al reconocimiento de su duplicidad, de su división interna, la conciencia de ser dos en uno que distingue al individuo que hace uso de su capacidad de pensamiento.

Sin embargo, tener capacidad de pensamiento no significa que sea usada -como Arendt bien se encarga de advertirnos-, máxime cuando se elude el reconocimiento de la división subjetiva y nos conformamos con la plácida identificación yoica.

Sara Paín (1985, 1992), que se ocupa desde hace décadas de las dificultades del aprendizaje, identifica a la oligotimia social como el problema más grave del aprendizaje. Nos encontramos, nos dice, en una sociedad que produce sujetos cuya actividad cognitiva, pobre, mecánica y pasiva se desarrolla muy por debajo de lo estructuralmente posible.

Para ella la oligotimia social provoca que el pensamiento, las reflexiones de los más adaptados a las propuestas de nuestra sociedad, estén mutiladas, muy por debajo de lo que cabría esperar de sus capacidades intelectuales. Se trata de una tontuna colectiva, de una vagancia generalizada, de una falta de amor por el conocimiento, de un miedo a pensar con todos los instrumentos que nuestra historia humana nos ha legado. Marcos Roitman (2003) en perfecta consonancia con Paín, afirma que el individuo crítico es hoy socialmente sancionado: “Pretender ejercer el juicio crítico y la facultad de pensar puede considerarse un signo de inadaptación al medio, ser identificado como un enemigo, constituirse en un peligro social y, por ende, ser acusado de alterar el sistema y condenado al ostracismo”, uno de los efectos del social-conformismo es la reorientación del deseo hacia la búsqueda de objetos, “pensar se resuelve en el deseo de comprar”, así como la construcción de “una realidad donde la renuncia al estado de conciencia se plantea como un objetivo por el cual luchar”.

La historia de la humanidad ha estado marcada por la curiosidad. Cuando hace miles de años algunos primates abandonaron los árboles para adentrarse en la sabana, se trataba sin duda de animales valientes y enormemente curiosos. Sin curiosidad los hombres hubiésemos permanecido siempre en el mismo sitio. El amor al conocimiento ha creado nuestra cultura.

Tan intrínseco a la naturaleza de los hombres era ese anhelo que diferentes filósofos y pensadores (desde Jansenius, 1585-1638, hasta Pascal) dividieron el placer humano en tres tipos, postulando que nos movían tres clases de deseos: 
  • Libido sentiendi: el placer que nos procuran los sentidos, la carne, la concupiscencia, la sexualidad. 
  • Libido sciendi: el anhelo de saber, la curiosidad de saber, los ojos como puertas de nuestro organismo al conocimiento del mundo. 
  • Libido dominandi: el ansia de poder y de dominio
La Ilustración (desde la revolución inglesa de 1.688, a la francesa de 1.789) es el paradigma de ese esfuerzo de los hombres por aprender, por conocer el mundo, de su deseo de iluminar a la humanidad por el ejercicio de la razón. Diderot recogió todo el conocimiento en la Enciclopedie, un enorme acervo de la memoria vegetal, el acopio del conocimiento de la humanidad. CONTINUAR LEYENDO

miércoles, 8 de enero de 2025

Entrevista a Beatriz Ranea: “Ningún partido político se atreve realmente a tocar la prostitución”. Isabel Valdéz, El País 21 DIC 2024

La socióloga aboga por un cambio de foco en la política para afrontar este problema estrechamente ligado a la trata y la explotación sexual en el que también se ponga en el centro a los hombres prostituidores

“Voy a intentar sintetizar” es lo que siempre dice Beatriz Ranea (39 años, “madrileña de identidad mostoleña”), pero los temas sobre los que habla, escribe y enseña en la Universidad Complutense de Madrid esta doctora en Sociología no son exactamente fáciles ni resumibles. El título de su último libro da una idea, Puteros: hombres, masculinidad y prostitución, publicado por Catarata el año pasado. También da una idea del cambio de foco que cree que es necesario en torno a la prostitución, la explotación sexual y la trata, tres cuestiones estrechamente ligadas que llevan varios años en medio del debate político porque mientras el consenso es obvio en cuanto a la erradicación de la trata de seres humanos y la explotación sexual, no lo es para la prostitución: ¿mayoría abolicionista?, sí, pero también regulacionismo.

... Pregunta. Uno de los motivos son las diferencias políticas dentro de la izquierda sobre cómo afrontarla, abolición frente a regulación, pero, ¿qué más hay?

Respuesta. No termina de cerrarse porque es una cuestión que toca la raíz de las desigualdades de sexo y género, de clase, origen, etnicidad. También porque en España contamos con una cultura putera muy arraigada, y con una industria de la explotación sexual muy fuerte y muy bien asentada. Para atreverse a cambiar todo lo que hay que remover para abordar de forma integral la prostitución, hace falta mucha voluntad política y una mirada transformadora.

P. ¿Y no existen?

R. Creo que nadie, ningún partido político, se atreve realmente a tocar la prostitución, a mirar en profundidad la situación que atraviesan las mujeres, que siguen siendo consideradas como las nadies, ni a acabar con ese privilegio masculino que es tener la libertad de acudir a los espacios de prostitución y pagar por tener a mujeres sexualmente disponibles para ellos.

... P. Sería así más fácil ver cómo se ajustan a la realidad las distintas posiciones, las de quienes defienden que la inmensa mayoría de las mujeres en prostitución son víctimas de trata y explotación y quienes insisten en que no es tan inmensa esa mayoría y muchas lo hacen libremente, como un trabajo más.

R. Al final el debate gira en torno a esto, a la libertad de las mujeres para prostituirse. ¿Las hay que realmente se dedican a eso porque quieren? Las hay, pero cuántas son. ¿Son muchas, pocas, en comparación a todas las que son prostituidas, explotadas? No parece, no lo sabemos. Y entre las que sí, las que quieren, cómo y por qué quieren. Porque en esta sociedad, a todas y todos nos atraviesan condiciones que nos abocan a firmar contratos precarios, por ejemplo, o a acabar en determinados contextos, como pueden ser los de prostitución. Las condiciones económicas y sociales de todas, las específicas de las migrantes, la discriminación, la exclusión social o la situación de las mujeres trans, que no es casualidad que en prostitución nos encontremos a tantas mujeres trans. ¿Qué libertad es esa? Eso no es libertad. Es supervivencia. Pero preguntémonos otra cosa.

P. Cuál.

R. Qué libertad tienen los hombres, cómo y por qué la usan para elegir demandar prostitución. Creo que esta es la gran pregunta porque cambia el enfoque, la mirada, y somete a una gran contradicción a las personas que desde posiciones de izquierdas defienden la regulación de la prostitución. Al final, defender la regulación de la prostitución es normalizar también la demanda de prostitución. El debate tiene que dejar de girar solo en torno a ellas, hay que incorporar al debate a los hombres, sino ellos acaban desapareciendo de la cuestión.

P. ¿Con qué consecuencias?

R. Con las del impacto que tiene la existencia de la prostitución en el desarrollo de una sociedad más igualitaria. Es un muro infranqueable. El modelo de masculinidad, que puede sentirse más interpelado fuera de los contextos de prostitución, se ve reafirmado en ellos. Ahí se refuerzan los privilegios masculinos que fuera tanto estamos criticando, justo en este momento, en el que hablamos más que nunca antes de la necesidad de transformación de la masculinidad.


jueves, 2 de enero de 2025

"LA POLÍTICA". Luis García Montero, El País 9 DIC 2024

Está cansada. Cada vez que navega por el móvil todo el mundo habla de corrupción, amigos, padres, hijos, hermanos

La palabra Política se levantó tarde. Los malentendidos de la noche se le habían metido en el estómago, igual que los callos a la madrileña. Dos amigos peleándose en un restaurante, tú más que yo, no, no soy como tú, acaban por corromper cualquier conversación. La palabra Política cierra los ojos y se regaña a sí misma. Mejor buscar otro verbo, nunca más corromper. Está cansada. Cada vez que navega por el móvil todo el mundo habla de corrupción, amigos, padres, hijos, hermanos. Mejor evitar la pena, sobreponerse y abrir la ducha.

Bienvenida el agua. La piel de sus sílabas, po-lí-ti-ca, celebra la vida que cae por los hombros y el pecho. Así recupera el ánimo. Mientras se seca el pelo, la Política decide animarse, reconquistar la alegría. Necesita una cena de Nochebuena para reunir sin miedo a la gente que quiere. No está dispuesta a que las mentiras amarguen los abrazos de siempre, llenos de lealtades, cariño y buenos recuerdos. Mientras toma el primer café, marca el número de su hermana. Sí, es verdad, responde la hermana. Bajo un número de teléfono bailaban antes los besos y los cumpleaños. Pero esto del wasap resulta un campo minado. Aunque sé que tú eres decente, la mala fama cae sobre quien se acerca a ti. Prefiero no cenar este año contigo.

La palabra Política se queda helada. Decide no renunciar y llama a su hijo. El niño se llevaba mal con el padre, muy autoritario, pero siempre agradeció que ella respetara su libertad. Por eso le duele tanto una respuesta inesperada. Mira, mamá, estoy cansado de promesas, nunca se cumplen. Echo de menos a papá, regañaba mucho, pero uno sabía a qué atenerse. Mejor eso que la libertad de dejarlo todo y no hacer nada. Ya está bien, prefiero ir por mi cuenta. La palabra Política enmudece, consciente de su soledad. Ni siquiera podrá cenar con la portera. El vecino del ático la despidió porque no quería pagarle el sueldo. Ella no supo impedirlo.

miércoles, 1 de enero de 2025

"VIOLENCIA SEXUAL: UN CAMBIO DE PARADIGMA". Loola Pérez, Ethic 23 DIC 2024

El movimiento feminista o, en su defecto, las voces dominantes, se empozan en un discurso francamente simplón, como si el antídoto a la violación fuera la regla penal, el victimismo y el uso del linchamiento.

La violencia sexual se ha convertido en el tema central del movimiento feminista. La vulnerabilidad, los límites del consentimiento, la agresión ritualizada, la influencia de la pornografía en los guiones sexuales de mujeres y hombres, la explotación mediática del dolor ajeno, la fascinación creciente hacia el psicópata sexual y el auge del populismo punitivo retroalimentan asimismo este interés.

En los últimos tiempos, hemos asistido a un cambio de paradigma con respecto al tratamiento de la agresión sexual. El violador es un hombre que elige hacer el mal y, rara vez, está enfermo de locura. La idealidad delictiva en los delitos de carácter sexual se encuentra cada vez más cuestionada: no hay víctima perfecta.

Además, existe una mayor sensibilización en cuanto a la victimización secundaria. Prueba de ello son las reformas normativas que buscan mejorar la posición procesal de las víctimas. Por ejemplo, la Directiva 2012/29/UE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 25 de octubre de 2012, por la que se establecen normas mínimas sobre los derechos, el apoyo y la protección de las víctimas de delitos o, en el contexto español, la Ley 4/2015, de 27 de abril, del Estatuto de la víctima del delito que, textualmente, dice: «Para evitar la victimización secundaria en particular, se trata de obtener la declaración de la víctima sin demora tras la denuncia, reducir el número de declaraciones y reconocimientos médicos al mínimo necesario, y garantizar a la víctima su derecho a hacerse acompañar, no ya solo del representante procesal, sino de otra persona de su elección, salvo resolución motivada».

Aunque estas medidas constituyen un esfuerzo para evitar la victimización secundaria y proyectan una concienciación de las instituciones al respecto, lo cierto es que siguen ser suficientes. La falta de recursos en el sistema judicial, la lentitud de la justicia, las exigentes necesidades probatorias o la insuficiente preservación de la intimidad puede socavar la satisfacción de las víctimas en el proceso penal. Si no hay confianza en el sistema, en el proceso de denuncia y juicio, así como en los agentes que intervienen, las víctimas no se sentirán respaldadas para denunciar y, por tanto, sus necesidades victimales no tendrán oportunidad de ser resarcidas.

En España, otro acontecimiento que marca el cambio de paradigma con respecto al tratamiento de la violencia sexual es la Ley Orgánica 10/2022, de 6 de septiembre, de garantía integral de la libertad sexual. La normativa, que cuenta con una variedad de argumentos a favor y en contra, y que ha despertado acalorados debates en la opinión pública, ha perfilado la definición de consentimiento. La concreción penal de qué es consentimiento sexual se ha desarrollado de acuerdo a las expectativas del movimiento feminista. De esta manera, se ha tratado de exigir un consentimiento claro, inequívoco y activo en la mujer, en lugar de dirigir la atención a si esta expresó claramente una negativa o hubo resistencia ante el comportamiento sexual ajeno.

En este cambio de paradigma han surgido nuevas complejidades y, a mi juicio, merecen una justa atención. En primer lugar, espectacularizar los abusos sexuales ha desplazado y opacado otras reivindicaciones dentro del feminismo relacionadas con la opresión de clase, racial, los derechos sexuales o reproductivos, o la educación como herramienta preventiva de la desigualdad de género y la violencia contra las mujeres.

Quiero insistir en que, sin ninguna duda, las diversas formas de violencia sexual que sufren las mujeres son una cuestión relevante. El feminismo ha contribuido positivamente a los análisis de «poder» y «sexo». La violación no gira en torno a la excitación descontrolada del varón sino que, más allá de esta posible realidad, hay otros actos y actores que evidencian que la violación es también una cuestión de poder. Asimismo, la reflexión feminista ha permitido cambiar la percepción social sobre la violencia sexual: no es necesario que haya herida para que haya violación. Ahora bien, en esta tendencia por posicionar la violencia sexual como el tema más importante de la agenda feminista, se están diluyendo otros problemas que tienen nombre de mujer. El proyecto político del movimiento feminista no puede reducirse a erradicar la violación.

Por otro lado, el feminismo dominante está cayendo en el bombardeo constante de la denuncia pública y anónima de supuestos casos de violencia sexual y el consecuente linchamiento. Con ello asienta un peligroso mensaje: es preferible que lo cuentes en redes sociales a tener que pasar por el periplo penal, ya nos encargamos nosotras del castigo, del señalamiento, de destrozar la reputación del supuesto agresor y convertir tu testimonio en un acto heroico.

Los linchamientos se mueven desde la indignación social y, por ello, en el seno del feminismo, parecen estar sumamente aceptados. ¿Cómo no indignarse ante un testimonio de violación? ¿Cómo no empatizar con la narración de unos hechos violentos y asquerosos, puedan ser estos reales o inventados? Quien no participa en el linchamiento ya es sospechoso de falta de empatía hacia las víctimas. Quien no participa en esta especie de asesinato social contra el supuesto agresor parece ser cómplice de su comportamiento. Al margen de no facilitar los medios y recursos para que las víctimas denuncien con garantías en el sistema judicial, si hay otra peor forma de no hacerles justicia, es recurrir al linchamiento como solución. Al fin y al cabo, el linchamiento, más allá de atentar contra los derechos humanos de quien es perseguido como «violador», promueve la desconfianza en la justicia, la impunidad del delito, la inseguridad ciudadana y la falta de una respuesta eficaz por parte del Estado a una violencia que, el mismo feminismo, señala como grave y estructural. Por supuesto, nada de esto redunda positivamente en la ciudadanía y en la protección de valores clave para la convivencia como el respeto a la dignidad humana o el derecho a la presunción de inocencia.

Es importante resaltar que la continua referencia al peligro sexual está levantando a su vez una variedad de pánicos sexuales. ¿Se ha convertido el sexo heterosexual en una aventura irresponsable? En los discursos centrados en la violencia sexual encontramos la imposición de determinados códigos de conducta: teme a los hombres, renuncia al sexo sadomasoquista para no ser una mala feminista, el cortejo no deseado ya no es incómodo sino violento, un beso no consentido es una agresión sexual, que un hombre lleve la iniciativa sexual y sea directo se puede catalogar hoy incluso de machista. Soy consciente de que las mujeres somos víctimas del sexismo, pero es un error que optemos siempre y en todo momento por un posicionamiento victimista.

Otra argumentación que quiero compartir sobre los problemas que trae el cambio de paradigma con respecto a la violencia sexual es la confianza en el radicalismo penal. Hay una ingente pasión hacia el castigo en el movimiento feminista, un fanatismo hacia la sanción penal, una idolatración incluso del poder coactivo de Papi-Estado. La «mano dura» se concibe como una solución eficaz, pese a los numerosos estudios que insisten en que esto no reduce la delincuencia sexual. En este sentido, coexiste también una ilusión social: un cambio en el Código Penal, el endurecimiento de las penas y el aumento de la vigilancia decretará una mayor seguridad, una mayor libertad para las mujeres. Curiosamente, este penalismo mágico se ha intensificado a medida que avanzaba el desmantelamiento del Estado de Bienestar.

Estamos en un momento de tránsito, de transformación social. Estamos atravesando un paradigma que, posiblemente, no sea el más efectivo. La ley Orgánica 10/2022 incluye medidas de prevención, sensibilización y formación, no solo plantea como solución la sanción penal. Aún cuando puede aceptar críticas, planea, en mi humilde opinión, en la dirección correcta. Sin embargo, es difícil entender cómo aun cuando aparece una mayor conciencia social sobre la violación y se eleva el estándar de consentimiento, el movimiento feminista o, en su defecto, las voces dominantes, se empozan en un discurso francamente simplón, como si el antídoto a la violación fuera la regla penal, el victimismo y el uso del linchamiento. Mientras este pensamiento siga siendo dominante y permeable en la ciudadanía habrá que seguir haciendo pedagogía social: el autoritarismo del Estado no sirve para acabar con el machismo. El castigo penal no disminuye el número de delincuentes sexuales. La aplicación del derecho penal no cambia la educación sexual. La ampliación de la vigilancia no afecta solo a los perpetradores sino también a las víctimas y potenciales víctimas, pudiéndose reforzar sus miedos y limitar sus libertades.

"LA OBSCENA ISLAMOFOBIA". Adolfo Estrella, infoLibre.es

El odio al islam como nuevo sentido común reaccionario Aumentan en España los episodios cotidianos y mediáticos de rechazo al islam, focaliz...